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La teoría política del conservadurismo de la tradición

Rodríguez Fontenla, Elena Rosalía

Abstract

Esta tesis tiene como objeto el estudio de la teoría política del conservadurismo de la tradición, desde mediados del siglo XX hasta la actualidad y en el entorno británico y estadounidense. En ella se estudia el modo en que dicha corriente conservadora aborda la crítica al racionalismo político desde un particular entendimiento de las nociones de tradición, orden, cambio y acción política. A su vez se analiza cómo el nivel teórico y de pensamiento de esta corriente conservadora puede ser aproximado atendiendo a una dimensión no solo intelectual sino también ideológico discursiva y simbólica, algo que también sería útil en el estudio de cualquier otra ideología política.

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En Santiago de Compostela, 28 de Mayo de 2018. Asdo. º11 . . . • t • t . AUTORIZACIÓN DO DIRECTOR DA TESE La teoría política del conservadurismo de la tradición D. Miguel Anxo Bastos Boubeta INFORMA: Que a presente tese, correspóndese co trabal/o realizado por Dna. Elena Rosalía Rodríguez Fontenla, baixo a miña dirección, e autorizo a sú a pr ese ntación, consider ando que reúne os requisitos esixidos no Regul amento de Estudos de Doutoramento da USC, e que como director desta non incorre nas causas de abstención establecidas na Lei 40/2015. En Santiago de Compostela, 28 de Mayo de 2018. Asd Resumen Esta tesis tiene como ob j eto el estudio de la teoría política del conservadur i sm o de la t ra dición, desde m edi ados d el siglo XX has ta la actualidad y en el ento r no británico y estadounidens e. En ella se estudia el m odo en que dicha corriente conservado ra aborda la crítica al racionalism o político desde un particular entendim ient o de las nociones de tradición, orden, cambio y acción p olítica. A su v ez se analiza c ómo el nivel t eó r ico y de pensam ient o de esta corriente conservadora puede ser aproxim ado atendiendo a una dim ensión no solo intelectual sin o también ideo lógico - discursiv a y simbólica, algo que también sería útil en el estudio de cualquier otra ideología p ol ítica. Resumo Esta tese ten como obxecto o estudo da teoría política do conservadur i sm o da tradición, den de mediados do século XX até a actualidade e no entorno británico e estadounidense. Nela estúdase o m odo en que dita corrente conservadora aborda a crítica ao r ac i ona lism o polít ico, dende un par t icula r entend emento das nocións de tradición, orden, cambio e acción política. Asem ade, analízase c óm o o nivel teórico e de pensamento de dita corr ente conservadora po de ser aprox i m ado atendendo a unha dimensión non só intelectual s enon t am én ideolóxico- discursiv a e simbólica, algo que tamén sería de utilidade para o estudo de calquera outra ideoloxía política. Abstract The main ai m of this doctoral dissert ation is the study of the pol itical theory of tr ad i tional i st conserv atism in the British and American areas, since the m iddle of the 20th century until now. Therefore, this study analyz es the way in which this ideolo gical current tackles the criticism of politica l rationalism from a particular understanding of th e following notions: tradition, order, political change and action. Moreover, it is si m ult an eously examined how the theoretical and thoug ht levels of this conservativ e v ar ian t m a y be addressed no t only covering in detail i ts inte llectual level but al s o it s ideologica l-discursiv e and symbolic dimension s, so mething that could be also meaning ful in the study of any other political i deo l og y. Agradeci mientos Qué sen tido tiene expresar con palabras y públicam ente aquello que , tal vez , a nivel privado se consigue transmitir con mucho m ás valor y aciert o. Y con t odo , es inev itable y de cortesía encabezar una te si s con unos sentido s agradecim ientos, unos agr adecim i entos que de algún modo también han de dirigirse a m ucha s otras pe rsonas que conformaron , ya desde antes del doctorado, e l mar de fond o de mi anda nza universit aria en d erredor de l a ciencia polít ica. Mi prim er agradecimien t o es al pro fesor Miguel A. B ast o s por haberm e dado l a opor tunidad, de forma espontánea, de realiz a r una tesis d octoral ba j o su dirección, alen t ánd om e a ahondar en la lectu r a de l pensamiento en torno a la política y l o político, algo por l o que siempre le estaré agradecida. También quiero dedicar un especial agradecimiento al profesor Ramón Máiz, porque sus admirables conocim ientos, su amabil idad, sus recomendac i one s y sugere ncias h an si do sum am ente v al io sos para pulir y dar forma final a esta tesis. A su vez, deseo expresar toda mi gratitud a la profesora María Pereira, por su generosidad y por el apoyo y los consejos que m e ha brindado desde el prim er día, así com o tam bién a l a profesora Erika Jaráiz, por sus palabras de ánimo y su gentileza. También quiero da r las g racias por haber podido disfrutar de la apasionante exper iencia de la docencia universitaria, agradecim iento que dirijo no solo a mi director sino también al profeso r Guillerm o Márquez así como, naturalm ente, a todos los entrañable s alum nos de lo s grados de Cienc ia Política y de Periodismo. Tampoco me olvido de agradecer a Mariña y a Aurora, compañer as de doctorado, por el oca si on al y rico intercam bio de dudas y consejos a lo largo de este cam ino. O a aquellos otros doctorandos de e sta y otr as uni v er s idades que he tenido la oportun idad de co nocer y cuyos c omentarios y estímulo intelectual agradezco tanto. Y, por supuesto, a todos aquel l os politólogos de licenciatura y de máster, com o Pil i y Rut, cuyas conversaciones y risas han tejido tantas horas y años de este irrepetible trayecto de aprendiz aj e, reservando además una especia l mención a Gema, por todas sus palabras de ánimo y por su i n condicional am i stad. En un plano i ns titucional, quiero ha cer constar m i reconocim i ento al Plan Ga lego de Investigac i ón, Innov ación e Crecemento 2011 -2015 (Plan I 2 C) de l a Xunta de Galicia, por haber sido ben efi ciaria de una de sus ayudas de apoyo a la etapa pr edo ct o r a l . Así como tam bi én a la Biblioteca 3.1.3 Atribucio nes e interpretacion es ideológicas de s u pensamiento ........................................................................................................... 219 3.1.3.1 La cr í tica des d e la «izquierda» .......................................... 221 3.1.3.2 La cr í tica des d e la «derecha»............................................. 222 3.1.3.3 Strauss y los Estraussianos ................................................ 226 3.1.4 El pens amiento po lítico de Le o Strauss com o l a clave para bu sc a r los lineam ient o s de u n conservadur i sm o rac i onal.............................. 229 3.2 El saber y el h acer político según L eo Strau ss: elementos teóric os de su pensam i en t o par a el deli n eamiento de un cons ervadurismo «racional» .............................................................................................. 238 3.2.1 Leo Str auss y su c onc epción de la f i losofía po lítica, el conocim ient o po lítico, y la políti ca .................................................... 241 3.2.1.1 El con t ex to: el aus ente prot agonism o de l a f ilo sofía política ....................................................................................................... 241 3.2.1.2 La conc epción estraussiana d e la filosofía pol í ti ca ............ 244 3.2.1.3 ¿Plan tea Straus s la exis tencia de unos l ím it es f undamentales al conocim iento político? .............................................................. 249 3.2.2 La conce pción estraussiana de l a ac c i ón po l ít ica antimoderna: m oder ación, prud encia y tradición ..................................................... 255 3.2.2.1 Filo sofía y acc ión política: entre la ten si ón y el equilibrio sinérgico ........................................................................................ 255 3.2.2.2 Noción d e moderación o pru dencia ................................... 259 3.2.2.3 Clás i cos ver sus m oder no s: p r ude ncia versus im prudencia 261 3.2.2.4 « La Gran Tradición» ......................................................... 267 3.3. Conclusión : ¿Leo Strauss y las po si b i l idades filosóficas de un conservadur i s mo «racional»? ............................................................. 271 3.3.1 El « cons erv adurism o racional» de Strauss ............................... 271 3.3.2 Strauss o el repertorio intele ctual y f i lo sófico a dispos i ción de l conservadur i sm o de la tradición ........................................................ 277 CAPÍTULO IV. EL CONSERVADURISMO DE LA TRADICIÓN «AMBIGUO»: EL NEW CONSERV ATISM ESTADOUNIDENSE..................................................................... 281 4.1 La constru cción de un mov i mien to político conservador estadouniden se ...................................................................................... 283 4.1.1 El sen t ido de l estud i o de l a s i d ea s políticas del new conse rvatism ........................................................................................................... 283 4.1.2 I dea s y ac ción en el contex t o h i s tórico: auge y caída del liberalism o progresista. ...................................................................... 285 4.1.3 Corrient es s i g ni f icativ as den tro del m ovimiento político conservador : la in t e r m inable lucha por la au t en t icid ad ..................... 291 4.1.3.1 El Conse rvadurismo tradi ci on alista o n ew conservatism .. 292 4.1.3.2 El libe rt a rianism o o libert arianism ................................... 295 4.1.3.3 El deb at e sobre el « fusionismo» ........................................ 296 4.1.3.4 El neo conservadurism o o neoconse r vatism ...................... 299 4.2 La interp ret a ción y construcción i de ol óg i ca de una tradición política y de p ensamiento «conservador a»: el gran reto de l new conservatis m .......................................................................................... 301 4.2.1 A v ueltas con el exce pcionalismo esta douniden se ................... 301 4.2.1.1 El deb at e historiog ráfico sobre el excepcionalism o estadouniden se .............................................................................. 302 4.2.1.2 Argum entos en cont ra y a favor d e la existencia de un conservadur i sm o en los EE.U U. ................................................... 307 4.2.2 Dando fo rma a la « t radición» política e intelectua l estadouniden se : una labor ideológ ico - política................................... 313 4.2.3 La dispu t a sobre los f undamentos d e l a tradición política estadouniden se ................................................................................... 316 4.2.3.1 Las ra íces « occidentales» y « eur opeas» de los EE.UU. .... 317 4.2.3.2 La I ndepe nd encia y la Revolución : disputa sobre los orígenes pol í tico s de una república ............................................... 319 4.2.3.3 La in t erpre t ac i ón del con stit u ci on alismo estadouniden se . 325 4.2.4 La nece si d ad para el conservadu r ism o estadounidense de un Edm und Burke o la reverencia al « derecho natura l clásico y cr istiano» ........................................................................................................... 330 4.2.5 Los ecos del conservaduri smo sureño: la trad i c ión « ar istoc rática» y « descent ralizado ra» y el antim odernism o cultural ......................... 337 4.2.5.1 Visión de la natural eza humana ........................................ 340 4.2.5.2 Econom ía y cultura ........................................................... 343 4.2.5.3 Descen tralización versus cen t ral i z ac ión : el Sur como región amenaz ada ..................................................................................... 347 4.2.6 I ndust rialism o y capitalism o: e l con servadurism o ante la encrucijad a estadounid ense ............................................................... 351 4.2.7 El Lev i ath an desatado ............................................................... 355 4.3 El conser vadurismo «ambiguo» d e la tradición .......................... 361 CAPÍTULO V. EL CONSERVADURISMO DE LA TRADICIÓN «PLURAL»: EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE MICHAEL OAKESHOTT ................................................................................ 365 5.1 Michael Oakeshott: una breve semblanza biogr áf ica ................. 367 5.2 El pensam i en t o po lítico de Oakeshott en términos ideológ i co s .. 368 5.2.1 I nt erpretacio nes académ ica s y pol íti cas ................................... 368 5.2.2 Sus pos i ciones personales acerc a del conservadurism o y el liberalism o ......................................................................................... 375 5.3 Hacia un a recons trucc ión de su pensa miento político: el tratamien to de la noción de conocimiento po l í tico ............................ 381 5.3.1 Postulados filosóficos y noción de filosof í a política: h acia una teoría oakesho ttiana de la relación entre teoría y prax i s pol ít i ca ....... 381 5.3.1.1 La noc ión de filosofía en Oak eshott .................................. 382 5.3.1.2 La noc ión de filosofía polí tica en Oakeshot t ..................... 388 5.3.2 Crítica de la modernidad y del racionalism o político: la visión oakeshottiana d e la tradició n .............................................................. 398 5.3.2.1 I dea s, ideol ogías, institucion es y «v oces » : evolución, diversidad, cont i ng encia ................................................................ 400 5.3.2.2 Noción d e tradición y noción de moral ............................. 406 5.4 El pensam i en t o de O a keshott como fuente de inspiración intelectua l de l cons ervaduris mo de la trad ición ................................ 412 CAPÍTULO VI. LOS MÁRGENES «P LURA LES» Y «NIHILISTAS» DEL CONSE RVAD URISMO DE LA TRADICIÓN: EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE JOHN GRAY .............................................................................................. 419 6.1 Introducción : obra y pensam i en t o de John Gray........................ 421 6.1.1 John Gray y el ambivalente est at u t o f orm al de su pensam iento ................................................................ ........................................... 421 6.1.2 Una ref lexión en t orno a los inten t os de categ ori z ar ideológicam ente su pensam i en to ....................................................... 423 6.1.2.1 Su vis i ón en t o r no al conservadu rismo ............................. 423 6.1.2.2 Su vis i ón en t o r no al liberalism o ....................................... 426 6.1.2.3 Su vis i ón en t o r no a las terceras v ías ................................ . 429 6.1.2.4 Su « sínt e sis» ideoló gica: liberalism o comunitario o comunitarism o li b er a l .................................................................... 432 6.1.2.5 Una valo ración de los inten t os de «calificar» ideológicam ente su pensam i en to: hacia un a lectura «m úl t iple» de su pensamiento ................................................................................... 434 6.2 La inspira ci ón para un conservadur i s m o de l a tradición de nota s liberales y p l ura l e s e n l a a ct ual i dad ................................................... 436 6.2.1 John Gray a la luz del pensam iento del conserv aduri sm o de la tradición: bos quejando una de las m uchas lecturas po sibles de s u pensamiento ....................................................................................... 436 6.2.2 Los ecos conservadores de su pen samiento: haci a una noc i ón «no esenc ialista» de t rad ición ................................ ............................ 441 6.2.2.1 El rela t o en t o r no a la modernidad y el p r oy ecto il u strado 442 6.2.2.2 Visión del pasado y el prog res o ........................................ 445 6.2.2.3 Filo sofía/teor í a po lítica y acción po lítica: la crítica al racionalism o político ................................................................ ..... 447 6.2.2.4 Noción « no esencialista» de tradición ............................... 452 6.2.3 Sus tím i das propuest as pluralistas: com unit a rism o liber a l y modus vivend i .................................................................................... 455 6.2.4 Deriv as « no conservadoras» de su pensamiento ...................... 466 6.3 El pensam i en t o de John Gray co m o e l reflejo de los temores de los conservador es de l a t rad ición hacia las d erivas pot enci a l es del particularismo ...................................................................................... 472 CAPÍTULO VII. EL ESTUDIO DE LA MORFOLOGÍA IDEOLÓGICA DEL CONSERVADURISMO DE LA TRADICIÓN EN SU CRÍTICA AL RACIONALISMO POLÍTICO ...................................................................................... 475 7.1 Una imagen d e conjunto: ¿d e l a am b igüedad conceptua l al cambio mor fo lógic o? ............................................................................ 477 7.2 Análisis m orfológico de la ideo l og í a con servadora de la trad i c i ón: la crítica al racionalismo políti co ........................................................ 482 7.2.1 La crít i ca a l o s postulados intele ct u ales del pensam iento m oder no, racion alista e ilustrado ....................................................... 482 7.2.1.1 La I l ustrac ión y e l terror europ eo: el t raz ado ideológico de una genea logía intelec t ua l ............................................................. 482 7.2.1.2 Visión de la natural eza humana y de l a racionalidad hum ana ....................................................................................................... 487 7.2.2 Acción po l í tica ideo lóg ica ve r sus acción polí tica t radicional ... 498 7.2.2.1 Una cr í tica – id eol óg ica – a las ideo l og í as .......................... 498 7.2.2.2 Despol emización de conce ptos polí ticos que alu den a fines de la acción política ....................................................................... 503 7.2.2.2.1 Libe r tad ...................................................................... 505 7.2.2.2.2 I gualdad, desigualdad y j us t icia ................................. 510 7.2.2.2.3 Dem ocr a ci a ................................................................ 512 7.2.2.3 La tradi ci ó n como base de una n oción de acción pol í tica conservadora .................................................................................. 516 7.2.3 Em oci ones y concep tos en la morfo logía del co nservadur i sm o de la tradición ......................................................................................... 525 7.3 La presión d el contexto sobre los f undamen tos «epistemológic os» del conservadu rismo de la tradición ................................................... 537 7.3.1 La crít i ca cons e r v adora a la contrac ultura ................................ 537 7.3.1.1 El con t ex to de los r evoltosos años sesen ta ........................ 537 7.3.1.2 La cr í tica del conservadurism o de l a tradición al irracionalism o y al relativism o moral y estético ............................ 539 7.3.2 ¿Nuev as despolemizaciones co nceptuales?: el conservadurism o de la tradició n ante la olead a de revalorización de la razón y l a racionalidad e n el conserva durism o ................................................... 543 7.3.3 Una ref lexión glob al: ¿cam bio conc ep t ua l en e l conservadu r ism o de la tradició n? ................................................................................... 549 CAPÍTULO VIII. CONCLUSIONES .......................................... 555 8.1 La dimens i ón « filosófico-intelec tual» de l con se r vadurismo de la tradición: l a cr ítica al rac ionalismo polít ico desde u na disputada noción de tradic i ón ............................................................................... 557 8.2 La dimens i ón « i deo lógica» del conse rvaduris mo de la trad ición: naturaleza pol if a cética y tácticas ideo l óg i ca s .................................... 574 8.3 La compl ej a i den ti dad i deo lógica del conservad urismo de la tradición: núc l eo conceptual «difuso» y d i men sión simbólica ......... 590 8.3.1 Conserv adurismo de la tradició n y nuevo conserv adurismo: entre la conv ergencia y la div er g encia nuclear ........................................... 591 8.3.2 El núc l eo c onceptual «difuso»: un m ati z o complemento a la te sis freedenian a ........................................................................................ 602 8.3.3 La iden t idad « compleja» del conservadurism o de la tradición: la dimensión sim bólica de las noci on es d e tradición, orde n y cambio .. 611 8.4 Futuras l íneas de estudio ............................................................... 626 ANEXOS ......................................................................................... 629 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ......................................... 643 A B R EV I A TU R A S Abreviatura s de uso frecuente, d e libros de autores relevantes del conservadu rismo de la tradición 1 : Michael Oak eshott (1901-1990) EM Experie nce and its mo des ([1933 ] 1966) EPW Early Pol i t ical W ri ti ngs ([ 1925-30] 2011 ) HCA Hobbes on Civil Association ([1937 ] 2012 ) MPME Morality and Pol i t ics i n Modern Europe: The Harvard Lectures (1993) OHC On Human Co nduct (1975) OH On History and o ther essays (1999) PFPS The po l i tics of Faith and the Politics of Scepticis m (1996) RP Rational i sm i n Politic s and Other Ess ays ( 1967 ) RPML Rel igion, Poli t ics a nd the Moral Life (1993) TSPDCE The so ci a l an d political doc t rines o f c ontemporary Europe (1939) VLL The Voice of Liberal Learning (2009) VMES The Voca bul a ry o f a Modern European Sta te ( [ 1975 ] 2011 ) WH Wh at is Histor y? And O t her E ssays (2004) Leo Strauss ( 1989 -1973) AE An Epilogue ([19 63] 1 999) CM The City and M an ([1964] 197 8) CPP On clas si cal p olitical philosoph y (1945) GN G erman Nihilism ([194 1] 1999) 1 L as abreviaturas utilizadas para los libros y ediciones d e obras d e autore s princi pales del conserv adurismo de la t ra d i ción refe ridos en esta t e si s se han adoptado a partir de la edición ingle sa. Para cada o bra se rel at a la fech a de publicación de la misma e n la primer a edició n e n ingl és, junto a la ed i ció n que hemos consultado en co nc re to o, e n su defe ct o, solo ésta última. Por otra parte , a lo largo de t oda la tesis, ci e rta s citas se han intentando extraer , d e existir, d e la ed i c ión t ra ducida al castellano, indicándo se las páginas correspon dientes a ésta y no de la e dición ingle sa, aunque utilizare mos l a abreviatura d e ésta última. En c aso cont r ario traducimos d e l inglés al castell a no y situaremo s a p ie de p ágina la cita origin al en inglés. A su ve z, siempre que sea oportuno, en el caso de aquell os libros que sean el re su l tado de la edición y recopilación de artículos, rese ñ as, ensay os, confere n cias u otros docume ntos urdidos por su autor en dife rentes f echas, se hará indica c ión del título del capítulo e n cuest i ón acompañ ado de l a abreviatura del libro en el que se encuentran. De e xistir difere ncias sustantivas entre la edición ingle sa y castellano en relació n a co n ten idos que estarían prese n tes en la una u, por la contra, en la o tra, se indicará el año par a dar a enten d e r a c uál de l as do s nos e st amos re firiendo. 1 8 del conservadurismo harían un uso más po te n t e de los i ns t rum ent os estatales en pos de sus ob j etiv os políticos, a lgo que, al m enos a nivel discursivo, m uchos de los conservado res de an taño « parecen» rechaz ar más o m enos abiertam ente 2 . Estas dos discord antes alusiones sem ánticas se traducen en una gran controversia en la literatura acad émica y c onservado ra. De est e m odo, algunos académ icos, sostienen que «el problem a no sería tanto saber si el cons ervadurism o es hoy una ideolog í a , como de av er iguar si realm ente sigue siendo con ser v ador» (J ohn son, 2015: 1) 3 . Esta ambiv al encia en el tipo de fenómenos a l o s que nos conduce una primera mirada sobre el conservadur i sm o, exige sin duda, a cualqu ier interesado en el e studio de las ideologías políticas el dar respuesta al interrogan te de qué es en r e alidad el conservadur i sm o, en definitiva qué definición del m ismo puede aportarse , o cuál de l os dos visiones aparentemente opuesta s con las que se asocia sería la correcta. Desde una cier ta pe rspectiv a, este escenario nos puede sugerir que la ideología conserv ador a podría estar siendo resquebra jada en su «presunta» uni dad interna por el desacue rdo entre dos diferentes modos de concebir el conservadu rism o que situarían al conservadu ri sm o en la encrucijad a de la indefinición y de la m ás pura confusión. Unos modos que de form a muy superficial, podemos retratar los respect i v amente como el «conservadur i sm o de l a tradición» (CT), en alu si ón a ese estilo b ur k eano, tradicional, jerárquico y prudente en la política, y com o el « nuevo conservadur i sm o » (NC), refer i do este últim o a e se enten di m ient o de l conservadur i sm o como una ideolog í a más próxim a al l ib re mercado y a la acción polí tica en clav e más potente y « radi ca l » 4 . 2 Ello n os p ue de l levar a conf usión si se ignora que no sie mpre el conservadurismo se h abrí a terminado inclinado más hacia premisas antiinterve n cionist as. El paternalismo tory , tan en boga en el conserv adurismo británico durante e l sigl o XIX, precisamente h abrí a recurrido a med i das que se podrían, desde u na perspectiva ideoló gica liberal, ti l dar d e «interve n cio nistas», como así también serían ca lifica d as p or dichos liberale s aquell as otras propug nadas por pa r tidos de i n s p ir ac ió n s oc i alist a . Naturalme nt e el objet i vo de dichas m edidas sería otro y bien d ife rente al propugnado por e l soc ia l ismo, pues las mismas no se leg i timan en base a la jus ticia soci a l sino p or razo nes de e stabilidad y orden social (vé ase p or ejemplo Eccle sh all , 19 90). Volveremo s sobre la cu e stión e n otras o casiones a lo largo de esta tesis. 3 L a frase compl eta dice : “the r adical change s a sso ciate d with such policies call i nto question t h e exte n t to w hich contempo rary conservati s m is conserv at ive , rathe r than ideolo g ical”. 4 Para r efe rirnos en a del a n te a estas mod a l idades conservadoras ut ilizare mos u na ser i e de abreviaturas . «CT» , para alu d ir a l o q u e hemos denominado como mo dalidad del conse rvadurismo de la tradición y «N C » para referirno s a l nu e vo conservadur ismo. Es preciso su br a y ar que a lo largo de esta tesis podemos referirnos a «VC» para refe rirnos al viejo conserv adurismo , conforma do éste por el CT pero también por el conservadurismo de la l iberta d o « C L» . Y es que, en re alidad, el NC sería disputa do por el «viejo conservadurismo» (VC) y por tanto n o solo p or p arte de la ver t iente de la tradición sino 9 Hagam os ahora un breve inciso , atisbando así ya un poco el sentido de estas denom inaciones clav e que nos a com p añarán a lo l argo de es t a tesi s. CT y NC son dos etique t as pro fundamente vag as y de contenido difuso, además de habitualmente utilizadas, de un modo u otro, para desentrañar el horizonte de la po l í tica conservadora. Si bien estas d enom inaci on es tam bi én se hallan presente s en el ni v el del debat e ideológic o, a nivel académico demostrarán sernos d e util idad a la hora de proced er d e un modo prel im inar al bosqu ejo ideo l óg i co de ambas, y , en particular, del denom i nado C T en tanto representante más pr i m ordial de l VC que será, así definido, nuestro verdadero objeto de interés 5 . Por ello debem os insistir en que, de entrada, y también por esa otra ve rti e nte d e la libe rta d. Para nosotros, « c onse rvadurismo de l a l iberta d » se ref e rirá a aquell a modalidad del VC qu e , oponi éndose ta mbié n al NC, entie n de que la noció n de « lib e rta d» y no la de « tradic ió n » – si bien en may or o me n or sinerg i a c on ésta – constituye el ce ntro de sus preo cu pacio n e s intele ct uale s. Ambos, e l CT y e l C L esta rá n m u c h as vece s tan imbrica dos que costar á re conocerlos, por l o que la distinción, que más e n adelant e d e sarrollare mos de u n modo más pr ofund o, si bien no re su l ta ser categórica será de una gran utilidad analítica. A s u vez, difere n ciamos entre NC (o «nuev o conserv adurismo» ) y «neoconse rvadurismo» , el p rime ro como co nstituyendo una suerte d e ge nus que incluiría al segundo en tanto speci es . En este sen t ido no p ode mos olvidar que el neoconser vad urismo habría «nacido» en el contexto estadounidense en ref erencia a un co njunto de figuras políticas e intele ct uale s mu y concretas (s i bien , naturalme nte, h a b ría viaja do en su aplica b ili dad más allá del contexto estadoun i dense ), de modo qu e no es el único miembro d e l NC así concebi do. Así, en el NC también i ncl u imos aquellas modulaciones conserv adoras en cl a v e «neol iberal», y aun que é stas corre sp onden ideol ó gicamente al co njunto de l liberal i smo , su forma de permear los discursos conserv adores habría si d o i ndudable. Cier t amen t e , alg unos autore s habrían se ñalado dos sent idos posibl es del vocablo «neoconse r vadurismo » en la literatura a cadé mica: el p rime ro refe rido a aquellas versione s conserv adoras de finales del siglo XX, como el thatcherismo británico y el neoconser vadurismo estadounidense , y el segund o, en su se n ti d o más e stricto, aludie n do concretamen t e a e se neoconse rvadurismo estadounidense, en su versión liderada p or Kristol y demás p e nsadore s que hubo lugar en torno a las déca das sesenta y se tenta (Mándi, 200 4). Por ell o, para ev itar confusiones, escog emos refer irnos a «nuev o conse rvadurismo» o NC (e n lugar de a «neoco nservadur ismo» ) como el genus al cual pertene cen tanto esa vertiente neoconse rvadora estadouni d e n se como las modulac i one s m ás propiamen t e neol iberales. Por otra p arte, también diferenciamos entre el nuevo conservad urismo y neoconse rvadurismo p or una pa r te y el “ new conservatism ” por otra. Con éste último aludimos a una corriente co n cre t a (acuñada d e este modo) , también de origen estadouni dense , y que incluimos en el CT, por lo que a lo largo d e la tesis mantendre mos el término “ new conservatism ” en inglés cuando nos ref iramos a ell a para que no se a confundida con los dos vo c ablo s anteriore s. 5 Así, y a los efectos de esta tesis, si en a l guna o c asió n nos refe rimos a la c ontraposición entre VC y NC estaremo s aludiendo (sal vo indicacione s en contrario) al V C f u nda mentalmente en tan t o CT, toda vez qu e la repre sentativida d de lo «v iejo» se pre d icaría sobre todo por parte d e l C T , a la sazón el eje de nuestro objeto de tesis. Si bien, como decíamos, en el VC e n contrar íamos también al CL , é ste se situar ía en realidad en los márgenes «liber a les» de esa etiqueta, toda ve z que su adyacencia ideol ógica con el liberalismo lo ade ntraría más en l os e sp acios i deo lógicos de lo l iberal. A su vez enfati z amos al CT haciendo la salvedad de que en esa etiqu e ta d e V C mu c hos habrían incluido tambié n al paleoco nservadurismo, aunque nosotr os optaremo s por situarlo tambié n e n los márgenes del VC debi do a su adyacencia «autorit aria». Pero expl iquémonos breve mente. En el marco estadou nidense, « paleoconserv a durismo» u “ o ld cons e rv a tism ” se habría utilizado pa r a eng lobar a intelectuales su re ños en derr edor d e la South ern Par ti s a n Quaterly Review (como Thomas Fleming y Cly d e Wilson), así como también al New C onse rvatism (e n la lín e a de Kirk), conservador es «ag rario s» (como A llan Carlson), o a ciertas corrientes libe rtarias (en l a línea de Murray Rothbard y Frank Cho d or ov). De este modo lo 10 de m odo rudimentario y muy vago, entenderem os por CT aquel desa r rol lo ideológico y político ce nt rado en la defensa de ese entend imiento conservador que se reivindica «clásico» y que frente a las nuevas m odal idades conservadoras sitúa la tradición y no, por ejem pl o, la libertad individual o del m er cado, como concepto central y nuclea r de su visión ideológica. Adelantem os que, esta tesis pr e t en derá tener com o obj eto de análisis a la corriente ideológ ica del CT en su vertien te i d eológica de pensamiento (y no en su m ani f estación i d eológica de acción política), cuya evidente carest ía de fuentes literarias, en contraposi ción a las que pueden caracteriz a r a las del NC en su conjunto, será adem ás un factor im port an t e a la hora de valorar las dinám i cas y l os desarro llos ideológicos de esta vertiente dentro de la fam i lia conservadora en la contem por aneidad reciente 6 . Prosigam os en donde lo ha bíamos dejado. Ahondando un poco más, y si nos de tenem os a contemplar superfici almente los discursos conserv ador es contemporán eos, percibim os cóm o m uchos de los que reclam an un CT o que comprende Scotchie (1999), para quien paleo c o nservadurismo englob a así a todos aquello s q ue manifiestan, en contraposició n al neoconse rvadu ris mo , una devo ción hacia la “ old Republic ” frente el encumbra do estado cen t ral izado fru t o d e las políticas de aquél otro. Para otros autores, e n cambio “ older conservatism ” o paleoco n se rvadurismo alude a un pensamiento ideológico racista y e liti sta que se opondría al neoconse rvadurismo el cual, con el tiempo, finalmente terminó s iendo tan prot agonista (Thompso n, 2007). E n esta tesis nos a cog eremos más bie n a e st e último signif icado de « paleoconserv a durismo» en lugar de al más amplio al que habría abogado Scotc hie. Reducimos mejor este término, pues, a aq u e llas manifestacio nes de lo que también se habría dado en d e nominar Alt Right o populismo conser vador, y que se sitúan en torno a publi caciones como Chronicles o Oc c i dental Quaterly , enfatizando ideas c omo la segreg ac ión é tnica o el anti se mitismo y , a diferenc ia de los new conser vatives , no haciendo por ejemplo, concesiones de ningún tipo con lo s ideale s liberales y del cap ital ismo. Y es q ue por la c e rcanía de estas manifestacio n es con el autoritarismo populista eur opeo lo h abríamos de situar bastante alejado de las corrientes d e l conservadurismo «anglo» en su línea moderada, que es, a t raz os muy gruesos, lo que entendemo s co mo el corazó n i deo lógic o de la etiqu eta d e CT, y en el que, como decimos, nos c e n trare mos en est a tesi s. 6 Compáre se por ejemplo , en un senti do muy lato, la c antidad de resultados que arroja a día de hoy la bú s q ue da en Google académico de “ traditionalist conservatism ”/” traditi o nal conserv a tism ” (o incluso, afinando más, de “ new co n serva t is m ” o “ paleoconserv a durism ”…) frente a la de “ neoconservatism ” (tomado éste naturalme nt e como solo u na muestra (aunque la más p ode rosa) d e l fenóme n o del NC) : 8 fre nte a 466 (en búsqueda avanzada “ al l in title ” y sin contar las refe rencias que pu e dan no refer i r se al fenóme no de nuestro interé s). Natural mente, ello no n os diría tanto sobre los fenóme nos en sí (pues la búsquedas de la p ro ducción liter aria de am b os fenóme nos iría más al lá de este simple « primer v istazo» ) como de lo que evo ca rían dichos vocablos en términos de identi d a d ideol ógica. Así el CT carecería d e una etiqueta ideol ógica sólida o capaz de conc i tar el mismo renombre que el neoconserv ad urismo o el conserv adurismo neoliber al que serían los dos fe nómenos más import a nte s dentro de lo que englobamos como NC. A lgo que, tal vez , ya nos diría bastante acerca de la presenc ia r elativa d e una y otra ver tiente en el espectro ideológico conservador en la actualidad así como d e las dificultades, en concreto, del CT, para resistir la h e gemo n ía de l a s c o rrientes principale s d el NC. 11 privilegian un m odo «antig uo» frente a uno «m o derno» de pensar el conservadur i sm o, se oponen en rea lidad a una m odalidad de pe nsa m iento político en la que la querencia por la acción, la nove dad, lo ideológico y lo radical no sería en ning ún caso, desde dicha p erspectiva, m erecedora del apelativ o «conservador» . Los defensores de un NC , en cambio, no se opone n taxativam ente a la tradici ón, mostrando en ocasion es cóm o si bi en é st a permea sus d isc u rsos sí desean representar una nuev a f orm a de pensar e l conservadur i sm o, cul pando a la «anterior» – el adjetivarla de «anterior» ya revela una intención de «apartarla» de la familia conserv ador a – de e xceso de nostalgia, inacció n o insign ificanci a . Y es qu e lo que caracte r iza al CT es su deseo de d esembarazarse del intrusism o del NC, m ientras que éste reci be de buena gana el que se co ntemplasen sus propuestas como diferentes y novedosas, si bien no perm i tiendo el que se le impidiese se g uir disfrutand o y, todav ía más, qu e se l e negase – el dom ini o d e la r eson ancia hi st ó rica e identitaria que brinda el térm ino de « conservadurismo». A su vez, el CT y el NC t ienen unos protagonistas muy concr etos en el entorno «anglo», el cual como co m ent arem os m ás adelante va a const i tuir el espacio geográfico - cultural en el que nos centrarem os en esta tesis. En los EE.UU., los protagonis t as – que en absoluto los únicos – de l ob j eto d e las i nv ectivas de los vie jos conservado r es son, naturalm ente, l o s neoconservado res (aunqu e, previam ent e l o fueron en mayor m edida los libertarios, pese a que mucho s de ellos no suelen m ost rar ningún interés en ser considerados com o «conservadore s») y, a su vez, ya posterio rmente, aquel las corrientes po l íti co- ideológicas que capturaría n el Partido Republicano com o la del propio T e a Party. En Reino Uni do, el conservadu r ism o neoliberal, adoptado de un modo tan ro t undo en la órbita del discurso thatcheriano, fue la diana de los ataques m ás notorios de quienes se consideraban « t radiciona listas», per o de nuevo, aquél no llegó a r eneg ar de la noción de tr ad i c ión en sus discursos, pese a que, es o sí , se desplegó hábilmente en un a to nalidad m ucho más acorde con las reminiscenci as semánticas de lo novedoso. Pod emos a continuac ión ejemplificar brev emente cóm o l as evidenci as de esta contrapos i c ión dialéctica m ut ua entre CT y NC no dej aron de sucederse por parte de sus respectiv os protagoni stas id eol óg i co s. Com en zando con la prete ndida carac t e rización del discurso y de la acción política del NC en términos de «radicalidad» por parte de la crítica que le dirige el CT, lo cierto es que la propi a alusión a lo «radical» es patente en aquellos que, como D’Souza, subraya n la parado ja de que «conservar» no tiene ning ún sentido cuando el orden de cosas pres ente no es de agrado para el conservador: 12 Habitualmente, el conservador intenta conservar, basarse en lo s valores de la sociedad ex istente. ¿Pero que ocurre si dicha sociedad es inherentemente hostil a las creenc ias co nservado ras? Sería absurdo que un con servador intentase conservar dicha cultura. Más bien, deber ía buscar el minarla, enfrentarla y destruir la en sus raíces. Ello significa q ue el conser vador d ebe de dej ar de ser conservador. Más precisa m e nte, deb e ser c onservador a nivel filosófico p ero radical en su temperame nto. (D’So uza, 2009: 31) 7 . Una irónica m uestra es te p árrafo – y sobre t o do, lo dicho en sus úl t im as líneas – , de cóm o muchos «conserv ador e s» se hallan ansiosos de despojarse de dicha i den t idad pero a la par temerosos de p er der la. Así, continúa este ideólogo conservador – o más exactamente « nuevo conserv ador » – que escribe en los t um ultuosa década de l os sesenta, « el act iv i s ta conservado r en el cam pus » ha de acudir a un enfoque « radi cal» ( ibíd .: 31), y debería tener «coraje» para enfrentarse a la « corrección política» . Y es que lo s conservadore s de hoy f r ente a los del « pasado » no deberían de jar d e abogar por los valores antig uos, pero sí habrían de reconocer la necesidad de adaptarlos a las nuev as circunstan cias, art i cu lando «raz ones» para dichos valores en una sociedad que hubiese per d i do todo «consenso moral» ( ibíd .: 198). Los conserv adores, aduci r á, habrían aprendido que es posibl e que muy pocas personas puedan « ca m biar la agenda y el país c on una poderosa idea» ( ibíd .: 199) y que sería vital el «prov ee r argum ent os para reconstruir institucione s» que hubiesen perdido toda su influen cia y racionalidad ( i b í d .: 198). Es así que, exhorta, e l conservador deba «luchar con un ánimo alegre» y con la verdad y el cor aje como guías ( ibíd .: 200). Este testim oni o que en cierto m odo revela l a inseguridad del conserv ador ante l as transform aci ones de una sociedad como l a estadouni dense de las décadas central es del siglo XX, es, para lo que nos interesa, una b uena prueba del importante tránsito que semánticam ente va a sacudir las entrañas de la fam il ia ideológica conservadora. Sugerenc ias de adoptar una actitud más «radical» o llamados al « ca m bi o» sobre la base de « razones» y « ar gum entos » en aras de « reconst ruir» un pai saje institucion al, com enzarán a poblar los discursos de estos intelectua l e s públicos que, no obstan t e, se se g ui rá n cobijando en la añeja som br a del cons e r v adurismo. Tiene se n t ido que nos preguntem os 7 L a cita en ingl és reza como sigue: “Typically , the conser vati ve attempts to conserve , to hold on to the values of the existing society . But what if the existing society is liberal? What if the existing society is inhere ntly hosti l e to conser vative bel i ef s? It is fo olish for a cons ervative to attempt to c o nserve that culture. Rather , he must seek to undermine it, to thwart it, to d e st ro y it at the root leve l. This means that the conserv ative must sto p being conserv a tiv e. More precisely , he must be philoso phically conserv ative but temper amentall y radical ” . 13 cómo es posible que ello ocurra, desde una pers p ectiva « l óg i ca» , pues si el conservadur i sm o reniega d e sus ropa jes previos, tal vez haya sufrido una severa mutación o tal vez se haya incluso extinguido y por tanto descanse m ec ido por el denso si l en cio del cemente rio de las ideologías políticas. Y tiene sentido, enton ces, que a pri o ri muchos académ i cos, como apuntam os anteriorm ente, ante este – en aparienci a – clam oroso robo de las señas de identidad que son habituales en dis cursos m ás pr og r e si stas, se pregunten si el conserv adur ism o sigue siendo conse rvad or. Pe r o p r o si g amos. Es curioso obs er v ar , también, cómo la adopc ión de un esti lo político « raci onalista» no es úni ca m ente un obj eto de las c rít i cas que el CT propina al NC, si no t am bién una descripción que l o s representantes de este últim o están plenam ent e dispues t o s a admitir. As í, Allan Blo om no se res i ente de afirmar di rectam ente que los EE. UU . son el ep ítom e de la raz ón: Los EE.UU. son u no de los más extremos y ele vados lo gros de la búsqueda racional de la buena vida aco r de a la naturaleza. Lo que convi erte a esta estruc tura política en algo posible es el uso de los princi pios racio nales del derecho natural para fundar un p ueblo, uniendo de este modo lo b uen o con lo que es de uno. (Bloom, 1987: 39) 8 . El new conservat i ve Russe ll Kirk ha dedicado en más de una ocasión acerbas crí ticas a los neoconservadores. Desde su pun to de vista, en cambio , no duda en reconocer que fr en t e a los « doct rina r io s radicales» que habrían inundado la administració n y el ámbito académ i co en la d écada de los sesenta desde ideologías progresistas, los neoconserv ador e s se habría n encargado de redescribir l a política como «el arte de l o posible» , de enfrentar al « liberalismo sentimenta l» y el « fanati sm o r adica l» al rea lism o y a la prudencia, introduciendo un elem ento de «espec ul ac ión juiciosa» en la recomendac i ón de decision es políticas (Kirk, 1988b). Pero, con t odo, insis t e, si bien los neocon se rv adores, altamente preparados y formados, estaban plagados de i nf ormación útil sobre el mundo, carecerí an de la capac idad de aprehender d e la «sabiduría a cum ulada de nues tr a civilización» . Ello se pondría de manifiesto en la « infat u ación con la ideo logía» propia de esos intelectual es , y, concreta m ente, en su adhesión a la «cuasi - religión del capitalism o democrático» , noción tan air eada por neoconservadores como Kristol o Novak. Para Kirk es ta adhesión al argum e nto ideológico sería un 8 L a cit a or iginal dice : “ The Unit e d States is one of the highest and most extre me achieveme nts of the ra t io na l qu est for the go od life according t o nature . W h at makes its po liti c a l structure possible is the use of the ra t io n al pr inciples of natura l right to found a pe ople, thus uniting the goo d w it h o ne’s ow n”. 14 rasgo que separaría a los neoconservadores de los p r ev i os co nservadores, m ás atraídos, al contrario, por la amplitud de la « imagi nación política» . Aquéllos, a su v ez, se refugiarían en una v i s i ón de la sociedad muy simplista en términos de capi t a l ism o democrático, ignorando que toda sociedad se arraiga en los d i v er so s arreg los cultura les, religiosos, morales, prescriptivos, políticos y económicos q ue la constituy en. Un sim plismo que para este conservador se traducir í a tam bién en una visión de la política exterior en términos del deber de exportar la democraci a y el modelo constitucional estadouniden se a otras r eg iones del planeta. Un «dogm a ideol óg i co» , el de la democracia « abst racta» que se sustanci aría en el absurdo hecho de que «la m a yoría de los regím en es opresiv os del mundo pre tenden ser dem ocracias» : Los EE . UU . no p ueden estar sie m pre d esestabilizando lo s gobiernos de Estados satélite s, de peq ueñ os países o de aliado s sobre la base de que no so n lo suficientemente de m ocrátic os de acuerd o a las d octrinas de Rousseau, o d e que « d iscriminan » a unos u otros, o p or q ue prefieren s us ec onomías tradicionales a un cap italismo en toda regla […]. La po lítica exterior exitosa, al igual que tod o éxito p olítico, es el r esultado d el arte d e lo p osi ble , no de la rigidez ideoló gica. ( ibíd : 8) 9 . Un entendimiento «abstracto» de la dem ocr ac ia y un acercam i ento excesivam ente « ideológico» a la po l ítica parecen estar así en el centro de las críticas que Kirk diri g e hacia los neoconserv adores. Y es que, unido a ello, el énfasis en las cuestiones de política exteri or así com o las l lam adas a la necesidad de otorgar una m ayor importancia a las cuesti one s de defensa y seguridad en un m undo m a rcado por la Guerra Fría así com o por la s itua ci ón posterior a su fi n, representaron a l g unos de los temas, tal v ez de los m ás relevantes, que dominarían la segunda generació n de neoconservadores y que, en cierto modo, term inarán siendo al g unos de los m ás im por t antes focos de disenso en el interior de la fam ili a ideológica conservadora, t an to en los EE.UU . como también en RU. I r ving K risto l , quien por otr a parte no es un neoconserv ador pl enamente instalado en el espíritu del NC m ás postrero – razón por la cual nos harem os eco de su pens amiento únicam ent e de un modo ocasional a lo largo de esta tesis – expre sa , en div er so s de sus escritos, cómo el neoconservadurism o al 9 L a cita en i ngl és es: “The United States cannot be foreve r unsettling th e gover nments of c lie nt states, or small countr ies, or of allies, on the gr ound that they are not suffici ently democratic in obedience to the doctr ines of R o usseau, or that they ‘ discriminate ’ a ga in s t some bod y or other, or th a t they prefer traditional e conomies to a full-blown abstract ca p ital ism […] S ucc esful fo reign policy , like pol itical success ge nerally, is produced t hroug h the art of the possible , not t h ro ugh ideo logical ridigity ”. 15 contrario que el conservaduri smo de la National Review o frente a « l a nostalgia tory de un Russell Kirk» (K risto l, 2011: 192), sería un estil o m ucho más «esperanzado» , «alegre» «optimista» y más diri g i do en sus orientaciones p olíticas hac ia el horizont e del futu r o. Y no sólo ello, sino también un estilo dotado de una i dea más «perfeccion ista» sobre el camino a emprender para despojar de sus errores a las inst i tucion es del Estado de bienestar, o a tan tos otros ar r eglos institu cionales, a sí com o una perspectiv a que confiaría en l a s i dea s y en la filosofía como parte ineludible de su ideario ( i b í d : 177). Un ánim o opti m ist a, el que ac onse ja Kristol, muy dieciochesco y que poco tendría que ver con la reticen cia e introvertid a timidez del t r adicional ista de antaño 10 . Otras vece s, algunos n eoc ons er v adores ostentan su condición hegem ónica en la familia conservadora de un m odo «hiriente» par a los que se identific an como conserv ador e s de la tradición o como «paleoconserv adores». Para Podhoretz ( 1996 ), en uno de sus artículos en el magazine neoconserv ador Commentary , pese a l o aireado por los paleoconserv adores, no existiría en realidad una pos ición clara que fuese capaz de definir y captar qué sería el neoconserv adurismo después de décadas desde su em ergencia. Y ello, dirá, en un a ut il ización interesada de la teoría del fin de la h istoria de Fukuy a m a, por que el neoconservadu rismo habría m uer to, pe ro m uer to por su propio éxi t o y no por su fracaso, toda vez que su esencia estarí a esp arcida por todo el espectro conserv ador en los EE.UU. (2007: 2 0). A su v ez, Podhoretz car ac t e riza el estilo n eoconse rvador por la «prim ací a y lealtad» que ot org a a las ideas, por ser «polém i co y combativ o » , y por querer aunar «pasión ideológica e intelectua l » ( ibí d : 26) Un conserv ador « alegre» ( a cheerful conserva t ive ), as í se term ina definiendo a sí mismo es te intelectual neoconservador, algo que choca con ese patetism o que habría teñido en t an t as ocasione s los discurso s del conservadur i sm o hasta enton ces dom i nan t e. Pero este j uego de apropiacion es y renegaciones semánticas e ideológ icas es librado a dos bandas. Y es q ue esas derivas ideol ógicas no agradarían a algunos paleoconserv adores es t ado unidenses como es el c aso de MacClanahan y Clyde Wilson (2012). Según estos dos i deólog os (que m ás que del C T serían «paleos» ), el neoconservad uri sm o se habría convert ido, lamentablem ente, e n el único d iscurso de derecha aceptable. Pero los «neocon» no serían m ás que 10 Una muestra de los lazos qu e Kristol traza c o n el pens amiento del C T es por ejemplo su afirmación (r ealizada e n e l contexto de las embestidas contrac u l turale s) de que l a « cu ltura» e sta ba definida por « t radición y a u toridad» (Kristol, 2011: 1 05). 16 unos « t rotskistas» que habr í an reem plazado su tradiciona l agenda d e revolución socialista global por la de una revolu ci ó n g l oba l del « capi t alism o democrático» . Y no sól o ello, pues no cejarían de alabar el big government planificando y proy ec tando «fervientem ent e» una fuerz a armada estadouniden se alrededor de todo el mundo, y ocasionando por tanto una gran m er m a de l as finanzas públicas. Pero nada de esto, dirán, « podr ía ser considerado un a a g enda o una form a de proceder conserv adora». Cam bi ando de contexto nac io nal, en RU, el cons er v ador tory I an Gilmour se enfrenta a Marg aret Thatcher en térm i nos de su « dogmatismo» , defendiendo la vuelta a un conservadurism o al margen de las innovaciones « ideol óg i cas» . A su modo de ver, el conservadurism o británico no sería un « is m o», tal y com o aque lla figura p olítica de espíritu neol i be ral parecerí a haber propugnado. Ni tampoco, dirá, una « idea» o u n «sistema de ideas» , todo l o cual implicaría reconocer que el c onservadurism o británic o no puede ser f orm ulado en «una ser i e de pr op osiciones» , o en un «credo» . En definitiva, el conserv adurism o no sería una « ideología» o una « doctr in a» (Gilmour, 1977 : 121). Esta s palabras reflejan m uy bien la actitud de aquello s conservadore s que vieron en el thatcherism o una amenaz a a lo «conservador» , o, más exact am ent e , una conquista de l o «conservador» desde su abordaje ideológi cos «foráneo». A su vez , Scruton (2007), fiel a la idea de que el conse r v adurismo existe independient emente de los part idos que portan su nombre, señala cómo los vínculos con el « cons ervadur i sm o » se habrían debilitad o en e l partido conserv ador br i táni co de bi do a la simpatía con las doctrin as liberales del t hatche r i smo. Esto es, estos autores ponen en evidencia cóm o la embestid a « neoliberal» de Thatcher a l o « cons ervador» es algo que ni esperaban, ni acepta ro n ni recibieron con agrado, evidenciando , nuevam ente, cómo t am bién en el entorno británico, la disputa en torno a la necesidad o f utilidad de una nuev a identidad conserva dora fue inso slayable. ¿Qué nos da a entender, pues, esta m anida cantinel a? En principio, naturalmente y como decíamos, un grave problema de car ac t erización o definición que resulta hon damente fastidioso para cualquier estudioso de dicha ideología, ya que por una parte, o bien el CT es conservador y el NC no lo es, o bien e l NC es co nse rv ador pero no así el C T. Es decir, conform e a parte de la literatura conservadora, el conservadurism o en tanto i de ol og í a o bien es d efini d o, de modo exclusiv o y excluyente, en virtud de los pr incipios (que anteriorm ent e hemos vagam ent e definido) del CT o, por la contra, del NC. V a lga seña l ar, lo cual resulta particula rmente interesante , que de dicha visión tam bién se hacen eco di v er sas aprox imaciones de t ipo a ca d émico. No 17 podemos ocultar , de este m odo, que ello plantea una se r ie de i n t errog antes bastante ev i den tes, pero po r ahora prosigam os. 1.1.1.2 P ostulados t eór i cos de fondo que suscitaron nuestro i n t e r é s p o r e l « o b j e t o » d e l a t e s i s Continuem os con esta «narrativa descript i v a » , un tanto parsimoniosa y lenta, de l o que fue la an tesala de la « deci sión» f inal de selección del ob jeto de estudio d e esta tesis. Parece claro que es a « canti nela» que refleja, gross o modo , una oposición o conflicto a «dos bandos» dent r o del conservadurism o entre NC y C T , es al g o que b r ota de un m odo bastante eviden t e tras un repaso somero en l a literatura conservado ra y académ i ca de esta ideología política Ello nos sitúa, insis t im os, ante una difi c ultad insondable a la hora de definir al propio conserv adur ism o en tanto concepto. Es as í que vagando y vag ueando de forma aproxim ativa en torno al conservadurism o nos hemos encontrado también, – de m odo i m pl ícito unas vece s y de modo expr eso otras – con otra serie de postulado s teór i cos, de ca r á ct e r más estrictament e académico, con los que se habría tratado en cierto modo de interpretar es t e escenario de conflicto. Pos tulados que, naturalmente, tratan de responde r a la g ran cuestión de fondo que late en él – a saber: qué e s, en reali dad, el conservadur i sm o – , pero que, de entr ada , nos sorprendieron un tanto. Co n ánimos de explicitarlos y ponerlos en evidenc i a procedam os a referirnos a ellos, si acaso, sistematizándolos: ❖ En prim er lugar, para al g unas visiones el conse rvadur ism o en su conjunto no sería una ideol ogía política toda vez que su identidad ideol ógica sería prác t icam ente inexiste nt e por m or de su carente articu l ac i ón intelectual y teórica o de su escaso arr aigo en la pr axis polí tica. ❖ Otra tesis que suele sostenerse com o secuela d e la anterior es la que sostiene que en la ac t ua l idad, el conse r v adur ism o, sí siendo un a ideolog í a política, sería ú ni c amente equ i v al en te a «N C» . D e este m odo , el C T quedaría al m argen de dicha ideología así como de cualquier ent idad ideológica, en tanto la quiebra de lo tradicional en las sociedades actuales habría convertido en irrelevante o i ns i g ni fican te una m ani festa ci ón ideológica t an « tr adiciona lista» . A su v ez, se argüiría que en el ca s o del CT, sus e scasos o ausentes fundamento s intelec t ua les y de pensam iento impedirían reservarle un hueco en el panteón de las ideologías políticas, o, en e st e caso, en el de las s ubvariantes ideológicas, alg o a lo que se le habría 24 « int electual» del pensam ient o político de dicha variante conse r v ador a. Ésto s son los obje t iv os subordina dos al mism o: ▪ bosquejar las princ i pa l es i de as y concep t o s político- ideológicos que const i tuy en el corazón de la iden tidad del CT en el m ar co de su pertenenc i a a la ideología con servadora, at eniéndonos a la dimensión m ás «intelectual » y « fi losófica» de su pensam ient o. ▪ estudiar el modo en que el CT desarrolla su crítica al racionalism o político, en concreto, a través de l tratamiento que hace d e la noc i ón de tradición ( así com o de las nocio nes de cambio y orden político) . ▪ a su vez, analizar cómo el CT engarza esas prem isas «epistemológ icas» con las premisas políticas en su discurso intelec tual crítico del r ac ionalism o político, en concr eto co n la s nocion es genéricas de cam bi o y acción po l íti ca. Todo ello con e l objeto de interrogar se sobre cómo se r e l ac ionarí an l a s bases filosóficas de la concepción social y política que l a rigen con el resto d e la estructu ra morfológica de su ideolog í a. Y siendo con scientes d e que est a proy ección es clav e a la hora de entender sus convergencias y divergenc i as i ntel ec t uales en relación al N C. ▪ y asi m ismo, averiguar hasta qué punto la lucha del C T por continuar su vigencia es de tipo hom ogéneo o, al contrario, se m ani fiesta a t ravés de di f erente s m odulaciones inte l ec tuales. ➢ Objetivo secu ndario (3) El se g undo objetivo secun dar io se dirige a averi g uar qué es lo que nos m ost raría sobre el CT un análisis de su morfo logía y estrategias i deo lógicas , esto es, a proximar el e studio de d i c ha corri ente ideológica desde el plano m ás « ideol óg i co» de su pe nsamiento. É st o s son los objetivos su bor d i na dos a dicha cuestión : ▪ analizar cóm o se articula m orfológicamente esa crítica de l racionalism o político realiz ada en el ám bi to de la reflexión intelectua l de esta vertiente conservadora ; asim i sm o, ahonda r también en las estrategias ideológic as que en consonancia a di cha articulación m or fológica po drían iden t if i ca r se. 25 ▪ por último, conocer qué nos revelar ía el desarrollo del C T , esta corrien t e crítica del neoconserv adur ism o y d e la racional i dad política moderna, sobre la naturaleza y la dinámica de las ideologías políticas, en especial, sobre aquellos elementos es tructu r a l es y m or fológicos, así como aquellas tácticas ideológic as de tipo discursiv o, conceptual o emocion al qu e confo rman los lineamientos de su identid ad ideológica. 1.1.2.3 A modo de «conjeturas» Contra aquella serie de pos tulados teó ricos de fondo q ue en un anterior apartado hemos referido (los cuales, como dijimos, laten en muchas de l a s aproxim aci one s académ icas al estudio de l conservadurism o analizadas ), así como en r espu esta a las pr eguntas de investigación se ñal adas, intentarem os, a lo largo de esta tesis, contrastar, desarrol lar y apor tar una serie de argum entos – nacidos de s us respectiv as aproxim aciones teóri ca s – de l o s cuales p asamos aqu í a t ran scribir un a m uestr a represe ntativa de los mismos. Es tos ar g umentos constituy en más bien una suerte de « hipót esis» , o, más apropiadam ente dad o que n o estam os en una i nv es tig aci ón de tipo empírico, una serie de meras «con j eturas» que «guiarán» (desde una perspect i v a más ideal que real ) nuestro estudio. ❖ Si bien es cierto que el C T parecería es tar eclipasdo por un m odo m ás neoc o n de en tender la política conserv adora, en r e alidad podrí a afirmarse que esta corriente ideológica no carece en la actualidad (al i g ual que la ideol ogía con servadora en su conjunto) de una dimensión ba st a nt e importante de pensam i ento (tanto de tipo más « ideológico» com o de ti p o m ás «intelectual» ) desarrollada a la sazón desde mediados del siglo pasado, pese a que, cier t am ente, ésta (sobre todo en su ver tiente m ás inte lect ual) pudiese ser menos prolija que la que caracteriza a otras ideolog í as o a otras expresiones conservadoras. De este modo, se puede conjeturar que al igual que el conserv adurismo en su conjun to, la v er tien t e del C T t ambién serí a una manifestación ideológ i ca dotada de una identid ad relevante . Una identidad, que a pesar de c arecer, com o decíam os, de un ar raigo en la praxis conservadora, lo sería fundamentalm ent e, como podem os deducir, gracias a articular un gran materia l de « pensamiento» ideol óg ico. Una di m ensión de pensamiento conformada por una dim ensión m ás «intelectual» así com o también y sobr e t od o por una dimensión m ás «ideológ ica» , que def ine aquélla y que se despliega en base a una serie de elem entos estructurales y 26 m or fológicos, así como discursi v os, conceptuales y emocionales, todos los cuales, tendrían más posibilidades de r eso nar , aunque f ues e indirectam ent e , en la praxis política conser vadora. E st o es, sería pos ible dem ost rar que el C T es una manifestación ideológica abo rdando únicam ente su dimensión de pensamiento, po r que ésta, más que su n imia dim ensión práctica , sería la que verdaderam ente l o constitu ye en tanto i dentidad i deoló gica. ❖ El conservadur i sm o podría estar conform ado, como apunta Freeden, tanto por el « N C» co m o por el «C T » , así co m o por sus m odulaciones internas y t antas ot ras variante s que podría adop t a r lo conservador en uno u otro contexto geog ráf ico- temporal (y a las que en esta tesis tan solo nos referiremos pasajeramente en aras de ilustrar ciertos debates al i n t erio r del conservadur i sm o). La causa de que ello fuese así podrí a ser la pr op i a «com plejidad» ideológico-sustant i v a que la caracteriza en tant o ideología. A su vez , el escenario de qu i e br a de lo tradiciona l, no tendría p or qu e constituir una condición ne cesaria pa ra que po damos hablar del triunfo inexora bl e d el NC y de la inexist ente identidad i deo l óg i ca del CT. En todo caso, tal vez, debería hablars e del « do m i nio» del NC frente al C T , un dominio librado en la trama de una lucha por la hegem onía al i n t e rior del conservad urism o, en la que también participa n at uralm ente el propio C T . Así, av enturam os, si bien la adaptación al contexto de quiebra de lo tradiciona l es un factor a tener en cuenta, la l uc ha po r la heg emonía se ganaría o se perdería de m odo decisivo en func i ón de la habilidad d e despleg ar de m odo conv eni ente un arsenal de pensam iento « ideol óg i co» e « int elect ual» . Es así que sería en el propio desarrollo de la lucha por hegemonizar los lineamientos de la identidad ideológica en dicho conservadu r i smo, en donde se h abría forjado la atribución neocon al CT de una « ausent e identidad i deo l óg i ca» , siendo a su vez todo ello la causa de l a confusión, a nivel académ ico, respecto a la existente o ausente cu alidad de la m i sm a. Una existente identidad ideo lógica que tal y como apuntam os en los objetivos d e i nv estigación, nos propondrem os demostrar en esta t esis. ❖ En el ámbito « anglo», concretam ent e británico y estadounidens e, toda una cantera de pensadores de div erso tipo hab rían emerg ido con la intención de nutrir al CT a nivel de creencias e ideas en un plano ideológic o - intelectual, de modo que si bien, como decíamos, éstas no parecen ser excesivam ente pro l ija s, no serían por ello in existentes o insig nificantes. Así, las « di ficul t ad es» que puedan inte r pone r factores d e tipo cu l tural, estructural o i n stitucional, no serían suficiente s para que una manifestación ideológica dejase de expresarse en un determ i nado contexto, incluso aunqu e 27 fundamenta lmente l o fuese a un nivel de pensamiento y no de prác t ica política. En es t e sentido, nos atrever íamos a creer que la causa de que, en m a yor o m enor medida, e l pensamiento político d el CT sí existiese com o una identidad ideológ i ca reconocible en dicho ento rno geográfico, sería fundamenta lmente, gracias a una serie de factores de nat u raleza, además de intelectual, « ideológica» . ❖ Por otra p arte «m atizaremos» o más bien « complementarem os» la propuesta freedeniana al introduci r la siguiente conjetura: tal v ez, lo que verdaderam ente estaría en juego en la identidad conservado ra sería una tensión en t re l as p remisas « epist em ológicas» del CT y las del NC, y, por tanto, el tener dicha tesitura en cuen t a perm it iría identificar mejor la naturalez a de l a confr ontación entre ambas corrientes, las car acterísticas q ue definen a cada una de ellas ( así com o a todo el cons ervadurism o ), en tanto constructos «intelectuales» e «ideológicos» . A su vez, m ant endrem os que si bien esta tensión epistem ol óg i ca puede hacer dudar de la existencia de un núcleo com ún compartido por ambas vertient es, toda una seri e de f actores de naturalez a simbóli ca así como la posibilidad d e concebir u n núcleo conservador en térm inos m ás difus os, h aría po si b l e re ferirnos (aunque de un m odo un tanto diferente a l freedeniano ), a la existencia de dicho núcl eo común. 1.1.2.4 El inte rés del est u d i o d e l c o n s e r v a d u r i s m o d e l a t r a d i c i ó n e n e l á m b i t o y é p o c a e s c o g i d o s Con este escenario descrito en mente y con una idea m ucho m ás precisa a la hora de encam i nar nuestros ánimos de estudio, em ergen una serie de justificac i one s que contribu yen, a mayores, a reforzar nuestra fu tura decis ión de i nici ar un estudio sobre dicho fenómeno. Y es que podemos preguntarnos, ¿ qué relev anc ia podrí an te ner todas estas cues tiones para el estudioso o in teresado en l a cienc i a po l íti ca y, m ás concret amente, en las ideologías y productos intelectuale s que r od ean al fenómeno pol ític o? Sin constituirse en tanto objetiv os directo s de esta tesi s, merece la pena que a continuació n tratemos de considera r el sent ido de la mism a a la l uz de las siguientes jus tificacion es . ❖ Justificación en términos d e estudios sobre las ideologías p olíticas 28 Al indagar de m odo preliminar sobre esa c ontraposición i deológica entre CT y NC nos he m os encontrado, desde el inicio y en general, ante un contexto de escasa l iteratura académ ica sobre el c onserv adurismo en comparación con el existente respect o a otras ideolo gías políticas, bien sea en forma de ideología, estri c t am ente hablando, o en térm i nos de m ani festación hi stórica de pens am iento político. El acercarno s al e st ud io de la ideología política conse r v ador a, en t an t o familia ideológica «num er osa» (por estar conformada por diversos linajes) y en t an to una familia escasam ent e estudiada desde el ámbito ac a démico frente a las de otras ideologías políticas, se podría presentar com o algo sum a m ente at rayente, al m enos desde la perspect i v a de un « explor ado r » de ter rito r ios ideológicos ignotos. Y tal vez , incluso bastante yerm os (al m enos desde una p r im era impresión o de sde l o que dicen las apariencias, así com o a fuer de n o ser excesivam ente optim istas), al g o que natu ralmente ser ía mucho m ás aplicable en rela ción al estud i o de la propia corr i en te del CT. Asimism o, una vez ojeada dicha lite ratura académ ica inicial sobre el conserv adurismo, el escenario de enorme co nfusión concep t ua l y c l asif icatoria en t or n o a la noción de « conser v adurismo» con el que nos hem os encontrado, nos sugier e que estaríam os ante un t érm ino di fíci l de definir, así como ante un ob j eto de gran controversia a la hora de explicarlo. Todo ello fortaleciendo, en consecuencia, nue stro interés inicial por abo rdar su estudio. Un estudio qu e, naturalmente , se r á siempre m ás accesible desde el m o m ent o en que nos centrem os en un miem bro concreto de dicha familia ideológica, como es el propio CT, cuya presenc ia en la mism a, además, es consid er ada tan «sospechosa» a ojos de muchos. ❖ Justificació n en térm inos de discu siones inte l ec tuales de la teoría política Es así que la p resunta identidad ideológ ica del conserv adurismo y la identidad de l CT en el m ar co d e su disputa con el NC , deja traslucir un innegable interés tam bién desde la perspe ctiva de ci e r tas cuestiones que so n abordadas en los estudios de característicos de la disciplina de la Teoría Política. Resulta inn egable que, en un pre sunto escenario con temporán eo de quiebra de las tradi ciones, la situación en virtud de la cual una vertiente ideológica conservadora, como l a del CT, defiende la trad i c i ón como baluarte contra e l « raci on al ism o político» será sumam ent e l l amativ a para cualquier estudioso de las ideologías o de l a política desde una perspectiva teórica o norm at iv a. Por tanto, centrarse en el estudio del CT signi f ica hacerlo en un t ipo de pensam iento que busca desde dentro d e los confines de 29 la hegem onía liberal y neoc ons er v adora formular des de aquella visión anclada en las v i r tudes de lo tradicional una alternat i v a crítica a l NC si bien prosiguiendo algunos hi t os intelect uales trazados en el pasado g racias a l a labor d e grande s pro tagonistas de la fam ilia cons ervadora. A su vez , el contemplar la d es c r i ta situación ideológica, de confrontación y planteam iento de la identidad del conservadurismo, nos ll ev a a hilar la importancia de estud i ar esta vertien te conserv adora, a la sazón «periclitada» , para entender t am bién las posibilidades « intelectuales» de l as respuestas (desde l a «derecha ideológi ca» ) al denominado declive del liberalism o en la contemporan eidad posm oderna. En este sentido, el estudio resultaría útil en aras de poder trazar implícitam ent e ciertos paralelismos con l o s desar rollos intelectual es de las diver sa s corrientes contrailu stradas, neoaristotéli cas, comunitaris t as, posmodernas y, en general, críticas de la modern i da d. Se vuelv e así ineludible el analiz ar l a s posibles diversas m odul aciones del entendim i ento de la tr a di c ión en t é r m inos d e po st u l ad os intelectuale s (en los confines de un entendim ient o de la razón en la modernidad y la posmodernid ad) en el marco de una aparent e sim ilar crítica al racionalism o político y de u n contexto general que se debate entre l a hegem onía, el declive y la const ante d i s put a en torno al sig ni ficad o del liberal ismo. Un liberalism o que, consi de rado en tanto paradigm a o modelo de ordenación política de l a s sociedade s m oder nas , se alega que podrí a haber sido enormem ente v ulnerable a acontec imientos com o l o s que en el siglo XX protagoniz ar on el auge de los totalitarism os, l a inestabilidad de las so ciedad es de posguerra, los diferentes ciclos de crisis económica, el fin de la política de bl oq ues , el despuntar de la posm oder ni dad así como el supuesto fin de la seguridad moderna y, por tanto t am bién, liberal. ❖ Justificació n en términos de metodología del estudio de las ideologías p olíticas Este estudio t am bién suscitaría, en paralelo, u n interés en t orno a la cuestión de cómo se d esarrollan y com portan los con juntos ideológicos en el con t ex t o de la insegurid ad po smoderna. Una cues t ión que afectando a t od as l as ideologías nacidas al calo r de la modernidad, cobraría si cabe un m ayor interés referido a una corriente ideológ ica, como la del CT, pues por desear ésta el vestirse con los ropajes de lo tradicional vería, grav emente amenaz ada su superv ivencia. E n prim er lugar esperamos que al hilo de este estudio podam os entrev er una serie de aspectos atinent es a la naturaleza que caracteriz a a las ideologí as polí ticas, al averiguar por qué tipo de – diferentes – cau ce s t ranscu rre el decurso de toda una construcc i ón ideo l óg i ca . 30 De modo deri v ado, el l o nos p ermitirá interesarn os po r los enfoque s existentes y a disp osición de los es t ud i oso s a la hor a de mane j arse en el análisis de una i deo l og í a política desde l a perspec ti v a de su di m ensión de pensamiento. En segundo lu g ar , el desear adent r a r nos en las i dea s y creencias políticas del CT nos invitará asimism o a interesarnos por su dimensión más discursiva así com o por su dimensión más conceptual. Ello nos posibilitará acceder al estudio del modo en que se fraguan una seri e de estrategias ideológicas y d iscursiv as , así com o al análi sis de las d iversas fuerzas que impelen al cambio o, por la cont ra, a la estabilidad de significados concep t ua l es. Ya por úl timo, el estudio de la disput a entre V C y NC, nos llevará a interesarnos en cómo el CT for ja su núcleo conceptual y por tanto s u identidad i de ológica ap roxim ándonos a la posibl e dim ensión simbólica de aquella disputa. 1.1.3 E L EN F O Q U E Y D I SE ÑO D E A N Á L IS I S 1.1.3.1 Definición ini c i a l de conceptos clave de la tesis Conviene que en el marco de este capítulo introduc t or io precisemos una serie de tér m inos que se r e petir án a lo lar g o de esta tesis y que, en aras de m ant ener la estructu ra conceptu al y en ocasiones clasificatoria en la que se enmarcan, ha brían sido «acuñados» desde un a perspectiva pers onal. En primer lugar, hem os decidido optar por la denominación «conservadur i sm o de la tradición» y no «tradicionalis ta» – como no obstante suele emplearse habitualmente a la hora de aludi r al fenóm eno en cuestión – , por querer evitar la as o ciación sem ántica que suele acompañar a esa últim a etiqueta, la cual empañaría el modo en que se desarr ollará nues tra aproxim aci ón a l o s elementos ideológ icos de la corrien t e conserv adora escogida. « T radicion alista» en el ámbito europeo continental se asocia en demasía a las posiciones históricas de def ens a de las instituciones y el orde n del Antiguo Régim en, en virtud de las que la noción de t rad ición se entendió fundamenta lmente en clave esencialista (por razón de considerarse estática en el tiem po y absoluta en l o moral) y que además, en el ámbito de lo s países del Su r, lleg ó a contemplarse a la luz de una reminiscenci a m ás religiosa, y concretamente de tipo católico. En los casos británico y estadouniden se , en lo s cuales analizarem os la pr oy ección del CT, ello no será si em pre así, por lo que « de la tradición» const ituir á una especie de 31 genus a partir del cu al delin earemos una seri e de sp ec i es en las que, en cie r to m odo, se hallará también el sentido esencialista de «tradicionalista» al que antes aludíam os. En se g undo lugar, aunq ue a lo largo de la tesi s, irem os arribando a una m at ización más precisa de los términos « fi losofía» , « ideol og í a» o « int electual» a l os que aludim os al hilo de las preguntas de inves tigación, podríam os también, de form a a breviada, y en ar as de caminar de ahora en adelante con una mayor cl arificac i ón conceptual, referirnos sucintam ente a ellos. Usam os e l térm ino « ideol og í a» o «ideología política» , en primer lugar, para si g nificar tanto una dimensión de « pensamiento » polític o como una dimensión de « práctica» política, dos grandes ámbito s en lo s que s e m ani fiesta el fenóm eno que pretende captar el v ocablo «ideología polí tica». Este es el empleo «genérico» del término ideología al que aludim os en esta tesis. Valga dec i r, en consecuencia, que en esta tesis nos centra r em os en el estudio de la dimensión de «pensam ient o» pol ítico del CT, arrincon ando en este sentido la dim ens ión más « prác tica» del mism o. Es decir, contemplarem os a la ideología del CT únicam ente desde una de sus dos grandes posibilidades fenom éni cas, aunque, como ya diji m os, ello es suficiente para ca l ibrar la identidad ideológica de di ch a expresión conservadora, en tanto su dimensión práctica es nim ia en comparación con su dimensión de pensamiento. Asim ismo, dentro de l a dim ensión de pensamiento político que e s en la que nos centram os, distinguim os a su vez entre dos vertientes. Por un l ado, el ni v el más «intelectua l » (e incluso « fi losófico» ) y, por otr o, el ni v el más «ideológ ico» d e di ch o pensamiento. Así, a la par de aquella acepción « genérica» con la que em pl eam os el término ideolog í a político , en esta t esis nos referim os tam bi én a una acepción de tipo « convenc ional» a la hora de apunt ar a es a dim ensión más claram ente «ideológica» que se situaría en contrapo sición a l a « di m ensión intelectual- fi losóf i ca» del pensam ient o político-ideológico del CT. Concretam ent e, con este uso del t é r m ino querem os significar aquel tipo de pensamiento político que se halla menos « libre» de suposiciones que el que pueda caracterizar al que se da al n iv el « intelectual-filosófico» , y que po r tanto estaría más «condi ci onado» por requerimientos prov enientes del ámbito de la praxis política. Norm al m ente cuando – al margen de es te epígrafe – recurram os a este sentido «conv enc ional» de ideología utilizarem os el término « ideol og ía» de forma entreco m illada ( « ideología» ). En seg undo lugar, nos r eferimos a « fil os ofía» par a denot ar aquel tipo de pensamiento político más preocupado por el desarro llo r acional, prolijo y cuidado de sus argum ent os. Es así que a veces aludam os a la dim ens ión 32 « fi losófica» a la hora de expresar esa de r iv ación más fi losófica del pensamiento ideo lógico, y ya no, meram ent e, « i ntelectua l» . En sum a, abordam os al CT en tanto ideología po lítica y, co ncretamente, en t anto pensamiento pol ítico ideológico (esto es: no com o práctica o praxis ideológica ), con la apuntada salvedad de que, en ocasiones, ciertos m at eriales y autores adq uieren una faz más « int elec t ua l » e i ncluso « int electual-filosó fi c a » 12 mientras que otros se desenvuelv en mejor en un registro m ás « ideol óg i co» . Cabe indicar que, ambas dimensiones, l a más « int electual» y la más «ideológica» del pensamiento político se hallan entreveradas en muchos de los autores y corrient es del CT analizados, siendo bastante inadecuado el intentar des l ind ar ter m i nantem ent e una de la otra. Por ello no s r e f e r im os a ellas preced iéndolas del adverbio «más» , para denotar que e staríamos m ás bi en ante una cu estión de g rado y a que todas estas dimensi ones son, a la postre, portadoras de ese cariz de lo ideológico que las conforma 13 . Las modulaciones entre todo s estos t érm inos y sus correspondi entes relaciones ser á algo que iremos desarrollando y viendo a lo largo de esta tes is. A su vez, apl icam os tales calificativos a los correspondi entes pen samientos y discursos no sólo en referenci a a la cualidad más sustantiva de los mism os, sino también en términos del enfoque o enfoques desde los cuales pueden ser abordados y desde los que, de hecho, los aborda r em os. Esto es , es posible que un determ i nado autor o vertiente del CT lo e stud i e mos en un capí tulo des d e la perspectiv a de sus aportes más « intelectuales» , pero, al m ismo tiem po, l o consider emos, en ot r o capítulo, desde su contribución a la ho ra a rticular un determinado ardid discursiv o o de tejer una pecul iar trama conceptua l - e m ocional en términos m ás «ideológicos» ( v éase al r espec to de todo lo dicho en este pá rrafo la «Fig ur a 7» en Anexos) . 12 Muchas ve ces aludiremo s más bien a «intel ectual-filosófico» con miras a ate n der no t anto a ese may or o meno r grado de pulime nt o intelectual como , en ge neral, a e sa dimensión f u er t e de pensamiento . Por otra parte, cabe puntualizar que , en términos estrictos, la dimensió n filosófica podría ser, en ocasiones, m á s que el fruto de una der i vació n d esde el interior del CT, la resul ta de un apor te más en los márge nes de dicha co rriente. 13 No en vano, es posible ap re ci ar la dimensió n «intel ectual» o i ncluso «filosó fic a» de una manifestac ión ideol ógica, precisamente p or q ue dichas dimens i o nes parti cipan de la naturale za ideológica que las consti tuye, lo cual h ar í a que un determinado discurso pudiese desar rollarse desde un reg i stro más « intelectual» o «f i lo s ófico» al mismo tiempo que aproximarse a ciertas notas m ás prop ias d e un registro más « i deo lógico» (es decir no serí a n pensamien t o purame nt e intele ctual o filosóf ico y de tipo no ideoló gico, sea posible o no la existencia de algo seme j ante…). P or otra parte, nos refe riremos fre cuentemente a lo «intel ectual ideológico» para si gn i fi ca r esa doble proye cción del pensamiento ideoló gico del CT que ta n tos a utores repre sentarían al unísono. 33 1.1.3.2 Justifi cac i ón del plano espacial y temporal de análisis En pri m er lugar, como hem os dado a ent end er ya, hemos es cog i do en tanto tramo t em poral de análisis el que abarca desde aproxim ada m ente m edi ados del sig l o XX ha sta l a actualidad, esto es, l a franja m ás recien t e de la época contemporán ea , inscrita a la sazón en l os desarrollos de l o que desde una m ir ada histo r io gráfi c a se con si d er a com o la « er a actual» , un tiempo que se desarrolla desde finales de la IIGM pasando por las décadas de la Gu erra F r ía has t a re calar en la actualidad m ás recien te. Éste es un inmejorable contexto tempora l para pode r contem plar el de curso de l pensamiento con se rv ador de la tradición , y del conser vadurism o en general. Pues si deseam os valorar la solidez ideol óg i c a del CT así como su resistencia ante l os embates de la m oder n i dad , tal v ez sea idóneo hacerlo en el marco de esta era en la que d icha modernidad es ya « t ardía» y tan solapada con lo posmoder no, y en la que « lo tr ad i c ional» par ece ver su existencia tan críticam ent e amenaz ada. Así, ésta sería una época en la que el observar las dificul tades y posibilidades de un diálog o y debate sobre las posibilidades d e la tradición, tend r á si n duda un eno r m e interés. A un nivel contextual m ás «m icro » , es en torno a la déca da de los cincuenta cuando se produce, un llam at iv o revival de pensam ient o conservador. Lo sumam ent e llam ativo es que este r evival se aprecia sobre todo en la anglofon ía, o, para ser más precisos, en l a r es británico s y estadouniden se s. Esto es, no en los vetustas tierras europeo-continentales, escenarios tan habitu al es para las cuitas de lo conserv ador, en su veta sobre todo tradic i ona l, pues com prensiblemente, tras las horribles guerras que asolaron el continente euro peo, pocas g anas qued aba n par a con t inu ar con los ecos del pasado. Así, frente a lo que sugieran afirmaciones en contrario, la corriente d el CT demuestra ocupar un lug ar m uy i m po rtante en estos nuevos desarrollos de pensam i ento ideológic o del con ser v adurismo en l a anglofonía, que además se v er ía « nutrido» por las aportaciones de tantos intelectual es huidos tras la IIG M. No en vano, así l o dem ostró la publicació n a finales de los cuaren t a y principios de los cincuent a de t oda una serie de obras « conser v ador as» de inn egabl e densidad ideoló gico-intelectual, tanto en sus v er s i on es m ás libertarias como en sus facetas m ás tradicional i s t as, m ucha s de las cuales f ue ron publicadas en dicho entorno cul t ural. Así, en 1953 v e la luz la obra de refe rencia d el CT en la c orriente new conserva ti v e estadouniden se : The Conse rvative Mind de Russell Kirk. El m i sm o año en que lo hará t am bién Natural Right and History de Le o Strauss, o The Quest for Comun i ty de Robert Nisbet. Unos libros cuya publi c ación se vio 40 del pensam iento del CT realizados más « a pie de terreno» o par a util izarlos en tanto eco i deo lógico de l as visiones d e los dos prim er os ti pos delinea dos. Por últim o, el cri t erio d e la inclusión de auto res en base al g rado d e importancia en el CT de sus contri b uciones intelectu al es y/o « i deológ icas» puede p arecer ab sur d o, to da v ez que a priori sólo aquellos autores que tuviesen un protagonism o central en el CT resultarían importante s a efectos de esta tes i s, de tal modo que tan solo deberíam os incluir a autores centrales, arrinconando a autores alejados de la esencia de dicha corriente ideológic a. Pero si partimos de los poc os rasgos con los que hemos y a deli m itado al CT – si quiera tan super f ici almente – , y que funcionaría n como una suerte de condiciones « nec esa rias» a la hora de seleccionar cada pensador o vertiente a estudiar de dicha variante ideológica conserv adora (a saber: oposición al NC, crítica al racionalismo políti c o, desarro l lo teórico signif i cativ o de la noción de tradición ) , es taría claro que tendr í am os un el enco b as tant e copioso de autores y fi g ur a s ideológicas. Con ello en mente, escogeremos una «m ues tra» de pensa dores c uya representatividad en e l CT se d irime en virtud del diferente nivel de centralidad que desem peña r ían en el m ismo. Así, por una parte, tendrem os a autores especialm ent e relev antes a la ho ra de definir y de dar vida, de difer ente modo, al corazón de esta variante conse r v ador a tal y como la hem os defini do, siendo éste el ca s o de los new conserva t i ves o, también, de Michael Oakeshott. Pero, por otra parte, como sugerim os, tendrem os a autores com o Leo Strauss o John Gray cuy a « centralidad» en el CT no sería tan evidente o incluso, se podr í a legítimam ent e sostener, ser ía inexistente. Pues bi e n, como veremos, pese a ser m ás « marginales» que centrales en el C T y pese a que a priori podr ían parecer alejados de la órbita intelectual y / o « ideol óg i ca » del mism o, el incluirlo s en e ste e st ud i o nos permitirá perfi lar muchísim o mejor el análisis de dicha corriente. Y es que , podría suceder que por inclui r a autores que en principio carecerían de un puesto ideológico central en el C T , llegásem os a una mejor a pr e ci a ción de l a naturalez a del pensam iento ideológico de dicha vertiente conserv adora, así como a una m ás acertada av er ig uación de la naturaleza de su i d entidad 17 . Ello será a l g o que ya mostrarem os mejor en su m o m ent o. 17 Es por d ic ha razón el que en lo s capítul os correspondiente s al estud i o del pensamien to d e dichos autore s n o deje mos de subray ar l as múltiples perspect ivas intele c tuales o, en s u caso, también ideol ógicas desde las qu e pueden ser contemplad os. Así, el cont e mplarlos d e sd e la perspectiva del CT es algo q ue sirve a n uestro p ro pósito de e xaminar su co n trib u c ión a la h or a de nutrir, de un modo más intenciona d o o menos, así como de un modo más expre so o no, las fue ntes « i ntele ct ual es» del CT. Es decir no nos intere samos tanto por el pensamiento de dichos autores per se , como de las relaciones que a pa r ti r del 41 De este modo, las obras y escritos de todos estos pen sadores de div erso tipo, e scogido s en base a es os cuatro cri terios de selecc i ón, constituirán «las fuentes prim ari as» de esta tesis. La bib l iog rafía d e tipo secundaria estará conform ada por toda la literatura que estudi a aqué l las así como por l a carga bibliográfic a destinada o es cog ida para teorizar y co m prender sus aportaciones desde diversos enfoques de estudio de la di sc iplina. Así, esta tesis tendrá fundam ent alm ente com o material de análisis texto s y documentos de tipo escrito, de l o s cuales serán objeto de atención sus conceptos, ideas y teorías desde perspectiva cualitat ivas y em pleando enfoques p r op i os del estud io histórico del pensam iento pol ítico as í como , t a l y co m o más adel an te p recisarem os, desde la aprox imación morf ológ ica al estudio d e las ideologías p olíticas. Las fuentes analizadas serán todas ob jet o de publicación de algún tipo, en form a de libros, revistas o artículos de opinión editados o de pu blicación « libr e» y disponible en la web. Nos hemos decidido por fuentes publicadas y no por m anus crito s o dem ás documentos no publica dos por considerar q ue éstos últim os no g ozarían del grado de «difusión» que precisa una ideol ogía política (incluso al nivel del pensamiento político) para tener tal identidad. No hem os rec urrido, en este sentido, a fuentes propia s de l a investig ación histór ica, en f o rma de m e m orias, diarios o docum ent os privados. Pero tampoco, dado que nues tro foco de interés se sitúa en el pensam ient o político, a materiale s más relevantes para un estudio d e dicha ideología a un nivel de acci ó n política, como podrían ser los discurso s políticos, los program as de l o s partidos políticos, las notas de pr e nsa o cualquier tipo de docum ento de carácter oficial. Tras lo dicho, un a m enc ión especial m erec e e xplicar qué ha justificado la selecc ión del t í tu lo de esta tes i s. Hem os escogi do el v oca blo « teor ía política» para caracter i z ar al conservadu r ism o de la tradición, pareciéndose contraveni r co n l a insistenc i a que, a lo largo de esta tesis, tal y como hemos expresado, iremos a depositar en e l « pensamiento p ol íti co ideológ i co» de esta c orriente conservador a. Pues bien, si hem os es cog i do el t í tulo « teoría política» del CT es po rque con él hacem os j usticia al hecho de que una parte de los autores sele ccionados para su estudio (como Straus s, Oakesho t t o Gray) no tienen porque ser estudiados en tanto pensadores políticos que hacen ideología, esto es, en t a nt o «ideólogos políticos» , sino como intelectual es que, m ás desapegados respecto a l anhelo de combatir mismo pueden trazarse re sp ecto a la centralidad del pensamiento ideo lógico de dich a corr i e nte conserv adora. 42 políticam ent e a trav és de la s i dea s, intentan labr ar su la bor ataviados con una vestim ent a m ucho m ás distante , al m enos en sus pretensiones. Com o hem os indicado y volverem os a recordar, si bien nosotros hem os decidido considerar m uchas de sus c ontribuciones en tanto afluentes intelectu ales q ue desembocan en la ideolog í a del CT, ésta no es, naturalm ente, la única ni la m ás valiosa perspec tiva con la c ual estudia r sus pensamientos, sino, m er amente, la que co ntingentemente h emos deci d i do escoger. Es t o es, la s reflexiones políticas de aq uellos autores que , por su entidad, merecen ser analizadas en clav e de sus aportaciones a la teoría pol í tica, también po drían ser eventualm ent e escogidas para comprender cóm o una corriente ideológ i c a como la del C T se articula ta m bi én con m ateriales de pensamiento de naturalez a mucho más claram ente intelectual (a la par de l os que, de for m a m ás ev idente, serían de naturalez a « i deológ ica» en un se nt ido estricto). A su vez , caracteriz ándolos com o «teóricos políticos» ev it am os inscr i birlo s en connotacione s m ás espe cíficas o por la cont r a más vagas como la s implicadas, respectivam ente, en el referente de «filósofos políticos» (evitando quiz á así el sig nif icar que su s aportaciones i ntele ct u ales se hallarían muy al e jadas de la praxis política), o en el de « pensadores políticos» (una etiqueta que no acierta a r e t rata r la nota m ás depurada de sus elucubracio nes). T odo ello independientem ente de que, como decimos, a lo largo de l as pág i nas de esta tesi s y, po r tanto, ya al m argen de su título, nos refiram os no a la t eo ría p olítica sino al « pensamiento pol íti co ideológico» del CT, y por tanto analicem os a aquellos emblem áticos auto r es en el universo de l a ideología pol ítica conserv adora y en uni ón a otros auto res más visiblem ente «ideológicos» ; o, pese a que aludamos a la dimensión más « int electual-filosó fi c a» de dicho CT para calibrar no sólo cóm o el pensamiento de esos autores podría cola r se en dicha v er tien t e conservadora, sino también para dibujar de un m odo m ás rotundo ese cont raste que, en términos de las manifesta ci one s de pensam i ento de di c ha corriente, se establecería en t re lo filosófico e intelectua l y aquélla otra faceta más estrictam ente «ideológic a» 18 . 18 Existen otras raz ones más remotas por l as q ue el r ef eri nos a la teor ía política del CT , a la hora de introducir en el título el contenido de esta tesis, podría resultar algo justi ficado. A la par de que, como hemos visto, muchos de los temas que directa o indirectame nte reve rbera rán en la interpreta ción que hagamos de Strauss, Oa keshott o G ray s o n habitualme n te d isc utidos en el ca m po di s ciplinar de la Teoría Política, tam bién, gran parte de la modesta constru cción que vaya er igiéndose a lo largo de los p ró ximos capítulos d e esta tesis se encuadra en cierto modo en una labor (aunque mu y limita da) de pulido y perfilado de co nceptos qu e suele constituir una cara ct e rística h ab i t ual de lo s quehaceres de la teo ría política. 43 1.1.3.4 Un adelanto del marc o teórico necesario para real izar e s t e e s t u d i o Por una parte nuestra tesis se servirá, como no podría ser de otra form a, de un marco t eó r ico, esto es, de un conjunto de aproxim aciones teóricas en virtud d el cual proceder a interpre t a r y analizar el objeto de nuestr a tesi s. El m ar co t eórico al que recurriremos, igual que nos ayudará a responder a las preguntas de investigación, nos habría ayudado, en sus momentos previos de elaboración y en un plano real, a enmarcar m ej or dichas preg untas d e investig ac ión. Y no sólo ell o, pues tam bién r esult ó, así a m od o de es b ozo, en un inestim able instrument o a la hora de identificar y se leccio nar a l o s autores del C T , princip al e s y t am bién m ás o m enos secundarios, que nos sirvieron para desarrollar y contestar in extenso a aquella s pregunta s de investig ac ión 19 . En relación p or tanto al marco teórico, habrem os de indag ar en l a literatura sobre las distintas formas de abord ar el estudio y el an álisis de las ideologías políticas y en general de los concep t os y el pensam iento político (capítulo I, epígrafe 2: «2.1» ) . De este modo, podrem os ponderar qué virtudes y defectos aco mpañarían dichas f o rmas de estudio, siendo finalmente po si b l e, po r tanto, eleg i r una m odalidad o diversas contribuciones de dichas f orm as de es tud io que creamos idóneas y adecuadas para fundamentar n ue stra búsqueda. Además, t ra s haber bosquejado y escogido este marco teórico de estudio de las ideologías políticas, ahondarem os seguidamente en la literatura académica dedicada al estudio conc r eto de la ideolog ía polí tica conservado ra (capítulo II , epígra fe 1: « 2.1»), e valuando sus r espectiv as carencias y apor taciones a trav és de las conclusiones que habríamos alcanzado en el epígrafe anterior. Ello no formaría parte d el m ar co teórico propiam ente dicho, sino de un de sa r rollo que, es taría m ás enfocado al análisis cr ítico de la lit e ratura exis t en t e a partir del cual refinaremos las problemáticas y cuestiones de estudio. S i n embarg o, qué duda cabe, también contribuirá a nutrir de aspect os teóricos el abordaje de nuestro ob j eto de estudio. 19 Esto es, n o pu e de negarse el hecho de que toda t e sis se desarrol la en términos circulares, p or mucho que e n sus capí tulos intro d uct orios se p lantee l o contrario . 44 1.1.3.5 Antes de co m e n z a r A lo largo de las páginas irá brotando la esencia de l o que hem os denominado como CT, y que no sa b emos aún m uy bien si caracteriz ar lo como un discurso, un con j unto de ideas, un a corriente o tradición de pensamiento ideológica, aunque, como ya sostuvimos, partim os de la firm e conjetura de que sí sería una expresión ideológica. Con todo, la estrategia que seguim os parte de com bi nar en aras de analizarlos, una serie de pensadores de diferente calibre, t razando ciertas conexiones y t am bién discontinu i dad es entre sus i de as, pero sin pretende r que lo que hem os plasmado agot e todo lo que podría decirse de ellos así com o, sobre todo, del CT. En ci e rto modo, parecerá, que en ocas i one s estaremos haciendo historia de las ideas o del pensa miento po lítico de dicho CT pero, en se g ui da la narrativa adquirirá otro tono m ás cerca no a incluir asp ectos at inentes al estudio de l a s ideo l og í as políti cas. No en vano, nuestro propósito es ir más allá de identificar esta cierta «com uni dad de discurso ideológico» que denominam os como CT – con todas sus ramificaci ones y m odul aciones – para mostrar las posibilidades inte lectuales e « ideol óg icas» de su despliegue en la contemporan ei d ad. En este se n t ido , nos empeñar emos en sugerir patrones y si m ilitudes, m ás allá de los matices diverg entes, en tor no al interior de esta expresión de pensamiento del C T que creemos dotada de una identidad distintiv a dentro de la f am il ia i deo l óg i ca del conservadu r ism o. Pero tam poco será nuestra intención, como v er emos, el cercar y deli m itar d e un m odo categórico y taxativo las fronteras que separan al CT de otras vertientes con se rv adoras, pues dicha fun ci ón fronteriza y a t end ría suficien te atareados a los p ropios p rotagonistas de las disput as intra ideológica s en dicho conservadurism o. Insistamos también en que las preg untas de investig ac ión y objetivos de esta tesis están guiados por un espíritu com ún. Así, 1) el pensamiento ideológ ico del CT será nuestro ob jeto de estudi o principal, con stit uy endo ta mbién un medio o p retexto para p oder entender m ej or 2) el conse r v adur is mo co m o familia ideol ógica en su conjunto, así como para 3) poder aprender el modo en que ciertos conjuntos ideológicos se «com portan» en la realidad polí tica que constituy e su m ás i nm ediat o ecosistem a. Pero a su vez, éstos dos últimos a spectos r es u l t an d e sum o interés en tant o sólo comprend i éndo los será posible entender m ejor aquél que term inó siendo nuestro objeto de estudio principal, esto es, el pensamiento id eológico del CT. Siguiendo a Um bert o E co (1998) podríam os decir que e s t e estud io evitará l os extremos por una parte, d e una « tesis panorám ica » , que anhelase 45 comprehende r demasi ado en unos lím i tes tan estrecho s, y , por otra, el de una « tes is m onográfica» , esto es, acotada ú nicamente al es tudio de un autor o dos/tres autores co ncretos, conformándose de este modo como una te si s intermedia entre los extre mos de lo panorámico y lo monog ráf ico. Así, en una deriva «m onográfi c a» utilizaremos una retah í la de autores diversos, seleccionados en base a su ut i lidad en tanto unidades de o bserv ación de «m o m ent os conceptuale s» en l os que se habría ido expresando el C T . Y asimism o, en una deriva «panorám i ca» r econstruire mos el paisaje de la permanencia, l a ambig üedad y el cam bio conceptual en una corrien te ideológica m uy debilitada como es l a del C T contem poráneo. La dimensió n m ás «m ono gráfica» del e studio se delineará en torno a las tres – o cuatro – m odul aciones i n t elec tuales» del CT, sirviéndonos para ell o de un es tudi o m ás monográfico en torno a tres teóricos clave más una corriente diferenciada o agrupación de pensadore s diferencia da dentro de esta mism a vertiente conservado ra ( cap ítulos III , IV, V y VI; precedidos por un apartado dedicado a las «inflexiones i n t e l ec tuales» del CT, en el se g un do epíg rafe capítulo II : «2.2»). La dimensión más « panor á m ica » del estudio se aproxim ar á por la co ntra a l aná l isis de teo rías y conceptos concretos a través de una pléyade d e pensadores div ersos de este C T qu e l os situaremos en u n escenario m ás heterogéneo en té rminos de conexión con otras modulaciones ideológicas as í como en térm inos de contexto tem por al (cap í t ulo VII ). Con todo, debem os condensar finalm ent e, antes d e c o menzar, una razón por la que consideramos que el enfoque de estud i o es c ogido y que a lo largo de l os si g ui e nt e s capítulos iremos pr e cis ando, resulta ría de enorm e interés para adentrarnos en el objeto de estudio escog i d o. Desd e un a cierta perspectiva el C T, en tanto variante de la ideología conserv ador a podría estudiarse únicamente a la luz de sus « i deas» , atendiendo po r tanto a las visiones y creencias que van delineando una serie de pensadores y al modo en que todos estos aspecto s irían acom pasándose al ritm o de los suc e sos y acontecim ient os contex t ua les, i nt electuales o ideológicos. Este tipo de visión podría prescindir casi totalmente de rec a l a r en aspectos más metateóricos o tal vez m etodológicos – a m bos tér m inos dichos en un sent i do m uy lato y adaptado al ár e a de nuestro estudio – relativos a cómo pueden y deben conceptualiza rse y con cebirse los rasgos con los que se describe l a naturalez a de dicho pensam iento del CT o, concret izando, a cómo deben estudiarse y com pr enderse las ideas polít icas en tanto elementos que p ueden, como es el caso, in scribirse en la hech ur a de una ideolog í a po lítica. Pero creemos pos ible sostener q ue pa r a r espond er a las preg untas de i nvestig aci ó n escogidas es preciso entreverar una visión tradiciona l al más puro estilo del 46 estudio d e las ideas y del pensamiento pol ítico con un a visión que at endi ese a los aspec t os relativos a l a complejidad que rodearía la n a turaleza y las dinámicas de una manifest aci ón de pe nsa m iento, com o la del CT, do tada de una innegabl e esenc i a ideo lógica. Esto es , no nos li m itaremos a un anális is de l os textos que constituyen la liter atura conservadora del CT únicam ente en un sentido clásico o habitual de los enfoq ues de «historia» de las ideas, ni tampoco, mucho m enos , en un sentido « ana lít i co» al m ás pur o tratamiento de t e xt o s exigido para un análisis del discurso. Adopta remos una perspectiva sui generis que se definirá precisam ente por l a heterog eneidad de los enfoques que pueden ser utilizados para ilum i nar me j or el objeto de es tudio . Porque solo así, creem os, lograrem os ent end er mejor la natural eza « ideol óg i ca» – tan cuestionada – de nues t ro obje t o de estudio. Así, creemos que no es posible tomar por axiomática cual quier definición de l conservadur i sm o o del CT, ni la caracterizació n que se realizaría, respectiv amente, de dicha ideolog í a y corriente ideológ ica ni, incluso, la forma de acercarse a l estudio de las m i sm as. Y si bien, nat ur al mente, en aras de i nici ar nuestro camino de estudio será preciso partir de muchos «apriorism os » al respecto , tratarem os en l a medida de lo posible de som eter dichos « apr iorism os » a una eventual c rítica o ponderación . Así, en este sentido, la p r eg unt a d e inv est igación « fant asm a » o implícita y que hila, finalmente, todas las preg untas y los derrotero s del est ud i o podría ser la siguiente: ¿es posible saber si existe el C T desde una perspectiv a que no profundice en cuál es el me j or modo d e conceptual ización del m i sm o? Por una parte no negam os que, conform e a una visión tradiciona l , el estudio en profundidad del pensam i ento de autor es de esta vertiente nos lleve a conocer al propio CT s i no, más bien, que a éste lo conoce remos mejor si abordam os dicho estudio del pensam i en t o acompañado s en t o do momento de una perspectiva mucho más amplia. Y es que sí podríamos cree r – lo cual pretenderem os ir mostrando a lo l argo de la tesis – que no sería p osible llegar a un entendim ient o en p r o fundidad de la cuestión qu e atiende a la existenc i a e i d entidad de dicha corriente de pensam ient o o ideoló gica, sin antes abordar aspectos, como los antedi chos , que en m uchos es t udios son meramente tomados com o axiomáticos o incu estionables. 47 48 1 . 2 M AR C O T E Ó RI C O - C O N CE P T UA L D E E S T UD I O : E L A NÁ LI S I S D E L A S I DE O L O GÍ A S P O L Í TI CA S E N T A NT O C AT EG O R Í AS D EL P E NS A R Y E L H A CE R P OL Í T I C OS Habría mucho por tratar y ahondar en este epígrafe de acuerdo con su título. La comple j idad del t em a r equiere ser conscientes de la enorm e cantidad de estudios prov eni en tes de t an t a s disciplinas que pueden nutrir el análisis de las i deo l og í a s políticas. No obst ante, nuestra intenci ón es, m er amente, l a d e bosque j a r un u t ill aje concep tual y teórico qu e nos pe r m ita m o vernos con más agilidad a la hora de i n t en t a r atrapa r y compr ender m ejor la naturaleza y las caracte rísticas de la corriente de pensam iento ideológico escogida. Pues ya existen numerosas y grandes obras que se han encarg ado de profund i z ar en ese aspecto t eó rico de l a cuestió n. A su vez, no se rá nuestra intención resolver o tomar partido ante las diversas cuestione s filosóficas i ntrin ca d as que surgen inevit ablemente en este reco rrido, sino qu e éstas serán j ustam ente tom adas en tanto «m ar de fondo» de constante y estim ulante debate al abrigo del desarro l lo de nuestra tesis. A la postr e, toda reflexión se debe proyect ar en prim er lugar hacia las pregun tas y solo posteriorm ent e haci a las res pu estas, de m odo que toda respu es ta qu e utilicem os lo será en la medida en que contribuya a plantearno s constantem ente nuevos interrogan tes. Es por ello, que, a la par, y con tanta frecuencia, sea preciso detener la i nt erminable sucesión de interrogan t es y dar por ciertas m uchas cosas tal y com o m ej or se presentan a nuest r os o jos, en aras de poder proseg ui r con nuestro estudio. Con e llo, al rem i tirse a las necesidades y a l os fine s prec i sos de la investigación, las preguntas planteadas y las respuestas urdidas se ven li m it ad as a un manojo m ucho más asequible. Es con este espíritu e l que nos di sponemos a urdir el siguiente m ar co teórico util i z ado en nuestra i nv es tig aci ó n. 1.2.1 U N B R EV E A P U N TE S OB R E LO S E NF O Q U E S D E ES T UD I O D E LA S I DE O L O GÍ AS P O L Í TI C A S E N L A C O N TE M P O R A N E I DAD : N AT U R A L E ZA Y D EF I N I C I ÓN D E « I D EO L O G Í A » Com en zar bosquejando m u y brevem ente algunos aspe ctos r e levantes en los intentos de de fi n i r el concepto de «ideología política» t erm ina, por el poco es pacio que le h abrem os de dedicar, siendo eq uivalente a caer en l a m ás pura sup er fic i a lidad. Sin embargo, unas pequeñas pinceladas pueden se r suficientes pa r a ente nder cóm o el tener en cuent a el horizonte al que no s 49 conduce esta temática, será, si n duda, enormem ente útil para poder aborda r al estudio pormenor izado de la vertiente ideológ ica escogida. No distinguiendo, de m o m ent o, en tre ideo l og í a e ideolo gía política, p odem os, en un primer momento, distinguir entre un uso común y un uso académico del término. En v i rtud del primero, «ideología» nos remite, en general, a una visión que subraya el carácte r sim pli sta y abstracto de un tipo de pensamiento que se hallaría en las antípodas de un acercam iento em pí rico y riguroso a la realidad. Sin em bar g o, el concepto en su uso más ac adém ico y m enos cotidiano, es objeto de connotaciones muy diferentes entre sí, todas ellas surgidas de la l abo r colectiv a de pensadores, filósofos, lingüistas, ci entíficos polít icos, psicólog os sociales, antropólogo s políticos, sociólog os e hi s t o r iador es a lo largo de l as gene raciones y de l o s sig l os. Todo intento de definir el concepto de «ideología» desde un plano académ ico se enfrenta así a la necesidad de reconocer que dicho empeño habrá de serv irse del conocim ient o que al respe ct o arrojaría un p as e o a tr avés de la historia del propio concep to. Como nos recu er d a E ag leton, el térm ino «ideología» , […] es un te xto, e nteramente tejid o con un material de diferentes filamentos concept u ales; está for m ado por historias total men te d ivergentes, y prob a b lem e nte es m á s importante valorar lo que hay de valioso o lo que puede descartarse en cada u no de es tos linaj es que co m binarlos a la f uerza en una gran teoría global . (Eagleton, 19 97: 19). Y es que como este m ismo autor señala, es a trav és de este recorrido el que uno pued a percibir cómo en l a profusión de sus sentidos laten definiciones totalmente i n compatibles: algunas t otal mente peyorativas 20 , otras neutrales y otras ambig uas . Ello convierte al tér m ino « ideología» en un término caracterizado por su enor m e flexi bilidad así como por cons t antes «excesos sem ánticos» ( Gerring, 1997: 959; 1999). A lgo a lo que habría que añadir el que, a su vez, t o do intento de describir claram ent e «ideología» se ve realm ent e en m ayor o m enor m edida enr a izado en anc l a j es cl a rament e ideológicos (Decker, 2003). Pues bien, contem plando ese recor rido de definicion es, algunos autores han aludido a la distinción entre teorías restrictivas y teorías inclusivas de la 20 En su estilo mordaz, E agleton nos dice sobre l a s definiciones peyor a tivas: “La id e olo gía, como la halitosis, es en este senti d o lo q ue tiene la otra p e rsona. Es u na parte de lo que queremo s decir al afirmar qu e e l ser humano es racional y qu e nos sorpre n der ía encontrar a alguien que sostiene convicciones que reconoce como iluso rias” (E agleton, 1997: 20). 56 Junto a estas visiones, además, encon t ram os la expresada por Wittgenstei n en su obr a I n ve stiga ci on es Filosóf icas publicada en 1953, pa r a quien la forma de entender un concepto se halla en correspond encia al tipo de significado que aca rrearía dicho concepto. Nos dirá este filósofo que «para una gran clase de caso s de utilización de la palabra “ signi f i cado ” — aunque no para todos los casos de su utiliz ac ión — puede explicars e esta palabra así: el si g nificado de una palab ra es su uso en e l lenguaje» (Wittgenste i n, 1999). O, di cho con otras palabras, l a extensión de un concepto no está « cerrada por un límite» más al lá de s u uso ( ib í d .: 32). A l a luz de est a concep ción, se puede atisbar asim ismo una dimensión c rucial de los conceptos, esto es , aquélla conform ada por su naturaleza experien cial o, a los efectos, h istórica. Es así que co nt em plar los concept os como habitáculos de expe r ie ncias conformadas al hilo de la historia sea sumam ent e necesario a la hora de abordar el entendim iento de la estructu ra conceptual de toda ideología política. Como Koselleck nos recuerda, el lenguaje ha de contemplarse com o ese l eg ado que prueba l a necesid ad antropológ i ca de los seres humanos de servirse del mism o en aras de «efectuar o acum ular experiencias» (K os elleck, ibíd : 28). Los concep t os , nos dice, son imprescin dibles para poder saber que sucedió en el pasado así como para poder entenderlo y, en consecuen cia, saber adaptarse o anticiparse a los sucesos venideros. Además de vincular, en un resabio kantiano, conceptos y experiencia, Koselleck se adentra así, m ás específicam ente, en la relación entre conceptos y cam bi o aportándonos una aproxim a ción insoslayable en la mate r ia. Los concep tos, i n si s te, t i enen una historia. Ello quiere decir que es preciso comprende r, en primer lugar, que cada pa labra es t á adherida a una m ult iplic idad de significados que se van adecuando a la realidad h i stóric amente mudable, algo en lo que se adentraría una perspectiva de aná lisis de tipo « semasiológico». Y en segundo lug ar, al no dejarse la realida d atrapar bajo un m ismo concepto, todo el t iem po se invita a múltiples denominaciones, algo que debería ser investigado por una m i rada «onomasiológica» 27 . A su vez, para K osel l e ck, cada concep to fundamenta l no solo no es inalterab l e (y por tanto, añade, « controvertido»), 27 Por su interé s a la hora de captar e sa relación entre co nc e ptos y re alid a d , re p ro ducimos además la siguiente c i ta de este mismo autor, en virtud de la que transmite muy claramente la relación entre significados y realidad que él sostiene: «el si g nificado y el uso de una pal a bra nu n c a esta b le ce una rel a ción d e corre sp onden c i a exacta con lo q ue llamamos la real i dad. Ambos, c o nceptos y r e alidades, tienen s u s propias histor ias q ue, aunque rel a cionad as entre sí, se t ransfor man de div ersas m a ner a s. Ante todo, los conceptos y la realidad cam b ian a difere nt e s ritmos, de modo que a veces nuestra capaci d ad d e conceptual izar la realidad (die Begrzf fl i chkeit d er Wirklichkeit) deja atrás a la real idad conceptualiz able (die W irklichkeit der Begriffl ic hkeit) o al contrar io» (Koselle ck , ibíd .: 36). 57 sino qu e pos ee una es t ru ctura t emporal interna conform ada por una parte, por si g nificados pasados y, por otra, también, por expectativ as de futuro de diferente calado 28 . Esa idea que Koselleck recoge sobre la di m ensión de las expectativas ínsi ta en los conceptos ya deja traslucir e l reconocim iento d e la naturalez a nec es a r iam ente « normativa» de muchos de lo s co ncep tos que pueblan, en nuestro caso de interés, el lengua j e de la política. Y ello es una dimensión crucial a t e ner en cuenta. Los conceptos políticos, com o puso de m ani fiesto el decisivo aporte de Gallie ( ibíd .) estan cargados de valor normativ o y ético , y, por tanto, las id eologías están r epletas de c onceptos de carácter é t ico (Adam s, ibíd .) De tal m odo que la a sociación entre i deo l og í as, los conceptos políticos y el contenido ético y normativo de los mismos es insoslayab l e (Heywood, 2000). Si bien es posible diferenciar entre conceptos nor m ativos (los cuales presc riben pero no describen hec h os o eventos), y concept o s desc riptivos (que des criben pero no pr es criben), en el caso de los conceptos polí ticos hechos y valores se hallan íntim amente vinculados, de modo que todos los c oncepto s político s tienen una innegab l e naturalez a prescriptiv a o normativa a la par de descriptiva. Y si l o s conceptos políticos, pese a contener tam bién una dimensión descriptiva están cargados de valores en virtud de su dim ensión norm ativa, su s significados s on irremisible mente susceptibles d e disputa ( ibíd. ) 29 . 28 Con él coincide en real i dad ta m bién el propio Sartori ( ibíd .) cuando insiste en qu e los significados no so n estipulac i one s arbitrarias sino una memo ria de experiencias y e xperimentaciones pasadas, de modo que no sería d e seable arribar en el frenesí d e l «nuev i smo» o en la hipertro fia de la innovació n. Asimismo , en rel a ción al vínculo entre la carga semánt ica experiencial y la d ime nsión d e l cambio conce p t ual, Con n ol l y ( i bíd : 203), d e un modo c om patible con la aproximación d e Koselleck, nos recuer da que los procesos de revisión concept ual n o son una condic i ón suficie nte d el cambio político pero sí que son, en c am b io, necesarios a la hora de forjar las posibilidades de t o do cam bio pol í t i co significativo. 29 Muchos, como el p ro pio Sartori ( ibíd .) h a n tratado de sortear ese entrel azamiento e ntre lo normativo y lo d e scri ptivo recurr iendo a la distinción entre « con cepto» y «concepción» , rese rvando para el primero a que l agre gado de ele mentos estrictamente em p írico s y para el seg u ndo la posible inclusión d e otros elementos normat ivos o prescriptivos. Así, para Sartori, u na « idea» es una image n mental, un significado; una «concepción» es un conjunto de ideas relacionadas con, o suscitadas p or , una palabra determinad a ; y un «concep t o» es una concepción tratada respet ando las reglas lógicas. Así, haciéndose eco de un ejemplo ofrecido por o t ro autor, la concepc ión d e « pája ro» aba r caría t odas las múltiples ideas expre sad as por la palabra «pájaro» , mi e ntras q ue un c o ncepto llamado «v o látil» se refiere a l os «ve rt ebrados co n alas» . En cierto modo, la noción de «concepci ó n» en Sartori también podría incluir aquell a visión w it tgens t e n ian a del significado de un conce pto en té rmin os de su «uso» . 58 1.2.2.2.1 Disputab i lidad de conceptos y « conceptos esencialm ente disputados» Más allá de aquellos enf oqu es empír icos más i nflui dos por concepciones positiv istas que relegan lo norm at ivo y lo ético al baú l m et afísico de los r ecuerdo s, los concep tos po líticos, como han r econoc ido num er osos autores, gozan de una indudable ese ncia valorativ a que unida a la antedicha natu raleza histórica, contribuye a convertirlos en «conceptos esencialm ente disput ados » ( essentially contested concepts , en i ng l és . En adelante, « ECC» ). Debemos la ac uñ ación de esta noción al filósofo W. B. Gallie, qu ien la habría hecho célebre en un artículo publicado en 1955. Este autor quiso en f a tizar cóm o muchos conceptos, en t re los que destacan los «políticos» contienen un sinfí n de significados rivales, pero ninguno de ello s puede considerarse como verdadero, de tal modo que esos intento s filosóficos de establece r una concepción particular de di cho s conceptos com o cor recta o verdadera sería errada. Gall ie sis tematizó los criterios que debe reunir un concepto para ser posible referirnos a él como un ECC, los cuales, sim pl ificán dolos, son los siguientes: 1) un uso «ev al uativo» ( appraisive ), en el sentido de l og r ar algo es pec ialmente apreci ado; 2) el logro ha de tener un carácter i nternam ente com p lejo, si e ndo su valor atribuido e n términos g lobales; 3) cualquier ex plicación de su v al o r debe incluir una referenc i a a la contribuc i ón de c ada una de sus partes o rasg os; 4 ) por tanto, un concepto serí a describible de m uy di fere nt es m odos, no siendo a priori contr adictorio el q ue en cad a una de l a s desc ripciones se ordenasen dichos rasgos en d i f erente orden de importancia ; 5 ) di f erentes personas o partes se adheri rían a diferentes v i siones so br e e l uso correcto de un m ismo concepto, pero serían igual mente cons c i en t e s de que sus criterios podrían ser disputados por otras personas o partes teniendo asim ismo una apreciación propia de cuáles serían los criterios ajeno s; 6) este tipo de concepto hunde su identidad en un origina l exemplar cuya au t o r id ad es reco nocida por los sujetos que l o disputan ; 7) la com pet ición constante en t orno al concepto por parte d e sus disputantes perm ite que el original exemplar fu es e desarro l lado de un m odo óptim o. Freeden (1996) comparte con Gallie la idea fundam ent al tras la noción de l a e se n ci a l disputabi lidad de los conceptos políticos, es to es, q ue un concepto pol ítico contiene múltiples concepcion es y por tanto no podem os llegar a un acuerdo so bre la evaluació n univ er sal de dicho concep to 59 político 30 . Sin em bar g o, Freeden le ded i c a a Gallie una serie de c ríti c as . Por ejemplo, en relación al prim er aspecto, señala cómo no es necesario que el concepto se a apreciado en términos valorativ o para constitu i r un ECC, pudiendo también, en este sentido, tratarse de nocione s que puedan resultar objeto de desaprobación ( unvalued and dev al u ed ). Y no sólo ello, pues el componente empírico de un concepto puede a mayores ser ob j eto de evaluación y, por tanto, puede convertirse en un com ponent e norm at ivo. Adem ás , nos dice, Gallie no habría m at izado bien : un concepto puede caracteriz ar se com o un ECC no cuando las nor m as o valores que contiene son di s putables, sino cuando todos o algunos de sus com ponentes son disputables 31 . Una disputa que se sustancia en l o s diferentes juicios analíticos y preferencias culturales respec t o a qué es adecuado, relevante, edificante, e intelectualm ente justificable i n cl u i r en el concepto. Por o tra parte, no habría ninguna necesidad de que existiese un original exemplar 32 , pero de existir éste, sería posi b l e, incluso, que el concepto se em pobrezca durante la com pet en cia o disputa, que alg unos aspe ctos de su signif icado se abandonen o que el nivel de debate perdiese calida d. Asim i sm o, Freeden subraya cóm o partiendo de una pe r sp ec t iva morfológic a, el des acuerdo no se produciría por m or del m o do de evaluarlo, sino en relación a «la intensión, el rango y la arquitectura interna» de un conc epto (Freeden, 2004b :4) , esto es, en r elación a la ausencia o presencia de com ponentes conceptuale s así como al diferen t e peso asignado a dichos com ponent es 33 . Así, aduce, un 30 A ell o, como veremo s, Fr e e den añade la idea d e l rol semántico d e las ideo logías, en e l sentido de que toda ideo log ía ti e n e como intención princi pal precisame n te e liminar dicha con t ro versi a conc e p tual leg i timando una concepción y desleg it im ando otras. A sí las ideol ogías se distinguen entre sí en virtu d d e las difere n cias de signif icados que tr azan en sus redes conce ptuales o e n base a la forma en que dichos conceptos son e nt e ndidos, así co m o en función de la posi ci ón q ue dichos co nceptos ocupan en sus propios confi n e s. 31 L a s cuestiones so bre las que gira el d esacuer d o se ría n las siguientes: “ T ha t e valuation pertains to a judge ment concerni n g the foll o w ing q uest i ons. W h at is the i nte n s i on of a concept? The inclusion of w hich feature s within a concept facilitates a particular exte n sio n ? And, by default, which feature s a re excl u ded fro m a particu lar i nte rpretati on of a concept’ s i nte n sio n ? What i s the range of com p one nts from w hich t h e concept is, or can be, fashi oned? What are the methods used to accord priority to certain parts of the concept over others? Now this will prompt a very diffe r ent sort of contest, and a concept can thus properly be d e signated a s e ssenti all y contestable not just when the norms and v alues it contains are contestable , bu t cr u cial ly , w hen all or any of its components are cont e sta ble ” ( ibíd .: 57 ). 32 En sus palabras: “[…] the re is no n ee d for an orig inal ex emplar to have existed. The postulatio n of such a n exemplar is in eff ect inim ic al t o the very n otio n of essential contesta bility , as it presumes an agree d or cor rect position fro m which dev i ations have occurred” ( ibíd .: 60). 33 A su vez , Freeden difere n cia e ntre l a perspe ctiva filosó fic a, que h a bría p rotagonizado G allie, y la perspectiva d e la morfo logía de los concep t os, la que, a la sazón, él plante a como alternativa . En base a la primera, la frase «contestabilida d esencial » se refiere a la im posibilida d de e scoger de un mo d o 60 ejemplo d e e st o último lo podría refleja r el conc epto de dem ocracia. Este concepto puede incluir concepc iones de d esigualdad a sí como de participación o autodeterm inaci ó n, no exi stiendo n i ng una norm a que pudies e dirim ir en qué proporció n debe ir cada un o de dichos com ponentes ( ibíd .). 1.2.2.3 Intereses, i deas, i deologías y a c c i ó n p o l í t i c a Otro aspecto de interés en el abordaje del estudio de l as ideo logías políticas tiene que ver con la debatida relación entre l o s intereses y las i dea s. Los enfoques de las ciencias sociales de naturalez a « in terpre tativista» de los cuales podemos t om ar como repr esentan t es, en la cienci a política actual, a Bevir y Rhodes, parten de otorg ar a las ideas un rol esencial en la articulación de la realid ad social, un rol asociado a la importancia preeminen t e que tienen los significados. Las teorías que se pueden denominar com o interpretativistas se fundam entan por tanto en la prem i sa d e que no es posible comprender los asuntos hum anos y sociales ni ex plicar sus acciones e institucione s sin recalar en l o s sig ni ficado s, e ntendie ndo por ésto s aquellas expresiones de la razón, de las intenci ones , del incon sciente , qu e suelen s er conform adas en un s i stem a de sig nos. Es así que si b i en pue de darse un cierto acuerdo en torno a l a existenc i a de los «hechos» no as í ocurriría lo mism o en relación a qué significado tienen dichos hechos o respecto a cuáles son l os verdaderos m oti v os que empujan a los a ct o res a al acción, entre otros aspecto s (Bevir y Rhodes, 2002). Seg ún esta visión, la « int erpretación» en consecuencia sumam ente necesa r i a en los enfoques de la ciencia social, t oda vez que las personas actúan en b ase a sus creencias y preferencias 34 . Y sin duda a l os s ignificados hay que recurrir también a la hora de entender no sólo l as creencias y preferencias sino t am bién los intereses, intereses qu e en política tienen una importancia tan crucia l . En este sentido el estudio de las ideas e ideologías que utilizan los a ctores al m ar g en de sus m otivaciones reales sería alg o inel u di b le a la hora de captar el decisivo e ntre v alore s y entre modos de evaluación. Se gún la segunda, ningún concepto puede conlle var todas las concepcio nes que englo ba, en tanto algunas concepcio n e s se contradirían con otras, d e modo que toda def inición conceptual e xcluye algunos de los sign i fi cados que impl ic a en tér mi nos ló gicos . 34 Esto es, esas pre ferencias no se pu e den leer a través de hechos o bjetivos sobre dichas personas, como pueden ser los relativos a su clase social, su raz a o su posición institucion a l , tod a v ez q ue cualquier teoría puede contradecir cómo esas perso nas perciben su posició n y los int e reses a ésta asociado s. Por ejempl o, aducen estos a utores, un vo tante de la clase trabajadora puede conside rarse de la clase media y desear no i ncrement a r l as medidas re distributivas. 61 significado de dichos intereses, los cuale s, en todo caso, se enmadejan con las ideas o ideologías a la hora de expresar se, pero, en ni ngún caso determ i nándo las. A esta conclusión s e puede llegar gracias, com o decimos, a una mirada m ás i n t e r pr etati vista. Sobre la base de esa tensión entre perspect ivas i n t erp retativis t as y enfoques que podr í am os denominar – en un se n tido muy lato – como «positivista s», exi sten dos grandes aproxim aciones a l a hora de contemplar la relación ent re intereses e ideas en política. Uno de estos enfoque s, e l clásico por así entenderlo, tan prese nt e en la s perspe ct ivas marxistas a las ideologías políticas, m antiene que los i n t erese s determ inan las ideas, pue s los primeros es t án dad os prev iamente a las seg undas, de modo que éstas tan solo sirven para exterior izar aquéllos en la esfera política o social. Esto es, los intereses «im port an» e n política 35 . Como es sobradam en te conocido, Marx afirm aba que la conciencia de los hombres vien e determinad a por su posición social, en d efinitiva, sometiendo las ideas a l os aspectos estructurale s que dictan los intereses. Pese a ser tan conocidas, vale la pena reproducir sus palabras, escritas en 1859 y contenidas en su célebre «Prefacio» al Zur Kritik der politisc hen Ökonom ie : En el á m b ito de la pro ducción so cial lo s ho m br es e ntran en relacio nes definitivas que son indispen sables e i ndependientes de su voluntad, relacio nes de producció n que corr esponden a un estadio definitivo de d esarrollo de sus fuerzas materiales y productivas. E l conjunto de esas r elaciones de producción constituyen la estruct ura econ ómica de la socied ad, el fundamento real del cual surge la superestr uctura po lítica y legal, y a la q u e correspo nden for m as definitivas de conciencia social. El modo de producción de la v ida material condiciona en ge neral los procesos de la vida social, p olític a e intelectual. No es la conciencia d e los hombres la que deter mina su ser, po r la contra, su posición social determina su conciencia . (Marx, 190 4: 1 1) 36 . 35 Con to d o, hay que apostillar, que pese a que M arx rel egase a las ideas a una d e p e ndencia causal de t i po mater i al, toda la t r adición de los estudios culturales marxistas concibe a las ideol ogías como eleme nt os pre eminentes de la vida p ol í tica . 36 L a ci ta en la edición inglesa es la si guiente: “ I n the social p ro duction w hich men carry on t hey enter into definitive rel ations that are indis p ensa b le and in depende nt of their w ill; these relations of production c or respond to a definitive st age of developme n t of th e ir material pow ers of production. The sum total of these relations of production constitute s the economic structure of society – the real foundation, on which rise legal and political su p er st ruc tures and to which correspond definite forms of social conscio usness. The mode of production in material life determines the general c har a c t er of the social, political and spiritu al processe s of life. It i s n ot the consciousness of men that d e t e rmines their existence , but, on the contrary , t heir s ocial existence de ter mi nes t h eir co nsciousness ” . 62 Por la cont ra, el seg undo t ipo de enfoques bu sc a t r an smitir la importancia decisiva, const itutiva y preeminente de l a s ideas 37 e i deo l og í a s en política, y por t an to, su influjo en la modelación y conf orm aci ón de los intereses. Esto es, dicho de un modo lato, l a s ideas i m portan en la polí t ica 38 . Para Béland y Cox (2010) las i d eas son «creencias causales» , productos de la cognición, esto es, producidas por la mente y con ectadas con el m undo m at erial en virtud de las interpretaciones de nuestro entorno. En tanto creencias caus al e s las idea s forjan conexion es en t re las cosas y las per sonas en el mundo. Y a su vez, como decíamos, las i deas se conectan de un modo insoslayab l e con los intereses. Así, por ejem pl o, seña la Hoch schild (2006), las ideas pueden f o rj ar también el entendim ient o de intereses propios, en el sentido de crear un nuevo con j unto de acciones preferidas con sus correspondient es intereses, de modo que desd e esta visión l a s ideas se situaría n en precedencia a los intereses. Bajando del niv el de discusión m ás filosófica al terreno de l a rea lidad política más concreta, parece digno de subrayar que el revalo rizar la im portancia de las ideas no tiene porqu e equivaler a negar el arraigo material de toda política – sea éste en form a de intereses o no – , si no simpl emente a comprender la proy ecci ón de esas ideas en lo material. Si seguimos una def inición de política como la que hizo tan famoso a Lass we ll ( 1936 ) , las ideologías políticas, por extensión, son instrumentos que t e ndrían una innegable proyección material en tanto la política es ante todo y fundam entalmente aquel l a a ct iv idad enc aminada a fijar una respuest a en torno a qu ién se aprop ia de qué, cuándo y dónde. Pero el propio Lasswe ll no deja de otorgar una i m portancia destacabl e a la dimensión de significad os, o también sim bólica, de la política, responsabiliz ando también a las i de as en tanto base desde la que se pr oy ecta 37 Una útil tipolo gía de las «ideas», este término tan profuso, ser ía la que nos ofrece , por ejemplo , Rueschemey er (2006: 228): “ ideas may b e primarily cog n itive in ch a rac t e r — descriptions of what is t he case and tools for understanding h ow th i ngswo rk. Equally important, ideas can be above all of a normative nature; ideals, values, and norms define what is good and bad. A th ird category of i deas that is commonly distinguishe d defines tastes a nd desires, shaping — together w ith co gnitive and norma ti ve ideas —peo ple’s prefe rences. I t is i m portant to distinguis h these d iffe rent kinds of ideas, but they are distinct fr omeach o th e r only in an ana l y ti cal sense. They not only in ter a ct with each ot h er b ut often form stable amalgams”. 38 Una afirmació n que, señale mos, subsume la premisa c e ntral del giro lingüísti c o e n las cie n cias sociales, al d e fender que sin el lenguaje, las ideas, las ab s t ra cc io nes, las com paraciones y las interpre taciones, no puede existir l a acción humana ni tampoco los i ntere ses. Las i deas y n o las estructuras , los proceso s o i nte reses serían, desde esta per sp ect i va, el ve rda der o moto r de la historia A la postre é sta no deja de ser una ve rtiente más del vie jo debate e ntre ideal ismo y materialismo. 63 ese ho rizonte material 39 . Y, ello, nuev amente, no tiene porque equival er a m ant ener que las i d eas cedan absolutam ente todo su protagonism o a l os intereses. Hablar por t an t o de l a relación entre ideas e intereses equiv al e t am bién a prestar atención al rol que las i d eas t i en en a la hora de forjar la praxis política. En su r ec om endación a cen trarnos en l os significados relev ant e s, Bevir y Rhodes (2002) nos insisten en cómo las creencias, l as ideas y los discursos son decisiv os en pol íti ca en tanto f o rjan las acciones, las p rácticas y las i ns t ituc i one s 40 . Co m o sugiere Conno l ly (1983) señ al and o en concreto a las ideolog ías, éstas tien en la intención, en cierto m odo, de supli r la escasez de inform ac ión en algunas situaciones políticas, desarrollándose cuando existe una se n t id a necesida d social de ideas y creenci as qu e puedan guiar la acción política. Así, las ideologías son conjuntos de creenci as sobre el entorno político y social, que nos indican cómo el sistem a está org ani z ado, qué obje t ivos son deseable s, y a través d e qué medios conseguirlos, y qué consecuencia s se desprende r án de la acción en relación a l o s div er sos g rupos y sus correspondien tes n i v el es de estat us, de poder o de felicidad. No es, por tanto, la polí t ica, una lucha entre persona s y grupos con p referencias e intereses def inidos, sino qu e sería más bien una lu cha entre dichas persona s y grupos por una serie de objetivos de poder o control, pero desde la m ot ivación otorgada po r l a identifi cación con una ser ie de ideas. Estas ideas conform an así nuestra pe r cepción y comprensión de la realidad de los problem as político s, definiendo a su vez nuestros o bj e t ivos e intereses y posibilitándon os el comuni ca rno s en la esfera pública. A su vez, como nos 39 Así, en su análisis d e las élites, Lasswell señala cómo una élite estableci d a o una élite amenaza nte del orden estable cido hace uso de símbolo s pero éstos serían los únicos ele mentos a disposición d e la élite a me nazante para atacar el orden estable cido, pues la élite en e l pode r t e ndría también a may ores e l control de la viol encia, los bienes y de las prácticas de dicha sociedad. Esto es, pese a que todo rég i me n cuenta co n su ide ología o mito dominante, l os símbolos, nos dirá, so n más d ifícile s d e protege r que el monopolio de bienes y v iolencia, aspectos mucho más mat eriales. Mirando, por ejempl o, al entorno más actual y al hoy tan p r otagonista populismo , Mudde (201 3) en uno de sus estudios sobre este fenómeno, señala cómo éste , pese a ser una ideol ogía, ti e ne una proyecció n ma t erial ineludible . Una dimensión mater ial, nos dice, que se halla p le namente ligada a la distribución d e los recursos y qu e , naturalmen t e se asocia a una dime n sió n política e n relació n a la d ef i nición de gr upos incluidos y excl u idos de la parti c ipa c ión política y una dimensión simbó lica que a lu d e a las fronteras de la inclusión y la excl usión. Otra forma de recordar cómo, ante la context ura económica internac i onal de crisis, la dimensión de los recurso s y la controve rsia en torno a su distribuc ión vue lve a to mar protagonismo en una política que se creer í a y a posmate rialista. 40 I mportante en este sentido es el enfoque del “insti tucionalismo discursiv o” que nos muestra también cómo e s posible com prender la influencia de las i deas e n la real i dad polí tica al hilo de su ef ecto directo en l a s ins tituciones (Craw ford, 2006). 64 recuerda Hickson (2005) en su estudio sobre el conservadur ismo b ritánico , sería un error discrim inar entre polít ica c omo ej erc i c io re t órico y política como ejercicio profes i ona l de lu cha por el poder al interi o r o por parte de los partidos políticos. Este autor, al subrayar la ausente diferencia entre el ejercicio retóri co y el e j ercic i o pro fesional de la política está en realida d dando un se n t id o de circularidad a la más íntima relación entre i d ea s y acción política. P ues, podem os dec ir que l a pol í tica es, en todas sus diversas m ani festaciones , un ejercicio sub j etiv o, o m at eri al si se prefiere, que estaría forjado por creencias. Y es que la política y el com portamiento pol ítico tienen lugar en el terreno de l as ideas (Béland y Cox, 2010). Así, las políticas, aunque no deriven únicamente de l a ideología, sí se relacionan con ésta de un modo central. E ste enfoque resu lta ser m ucho más sutil que aque l que, muy rudim ent a riamente, traza una relación causal directa y de tipo unidirecciona l entre ideas y realidad política, de tal modo que las ideas, como si tuadas previament e, a l margen y por encima de di cha realidad política se retratan c om o deci s i v as a l a hora de m odelar ésta (o viceversa). Y es que est a vis i ón de las i d ea s en tanto m ecanism os causales en la activ i dad política, im plica una ruptura o separación entr e ideas y act ividad polí tica que está muy lej os de reflejar la complejidad de l a real idad objeto de discusi ón. De es te m odo, todo l o más que podemos decir en to r no a esta di syuntiva entre ideas e i n t e r es es es que siempre que la mantengam os a un nivel analítico resulta de u tilidad a l a hora de estudiar d iversos aspectos de la realidad política. Sin emba rgo, llevada al extremo de implicar el elevar en importancia u na dim ensión sobre la otra s e convertirá, si n n i ng una duda, en un recurso in t e lectual un tanto arriesg ado. 1.2.3 E N F OQ U E S A CT U A LE S D E E S T U D I O D E L A S ID E O L OG Í AS P OL Í T I C AS En este epígrafe delinearem os brevemente lo que consideram os qu e pueden ser una serie de enfoques de gran importanc i a a la hora de i lum inar el acercam iento o el estudio de una ideología polític a – como es el caso de la variante conserv ador a que hemos escogido – . Unos enfoques que, sobre todo, pueden ser rea lmente útil e s par a nuestro propósito de querer cen t rarn os en la dimensión de pensam ient o de dicha corriente ideológica. Así, al hilo de la propuesta del teórico Mich ael Freed en, tratarem os de comprender cómo, en la actua lidad, el enfoq ue morfológico de estudio de las ideologías políticas podría conseg uir, me jor que ni ng ún otro, un análisis de las ideología s 65 políticas sin i m plicar paralelam ente un a tarea directam ent e ideo lógica, d e m odo que – al menos – el « int ento» de desapego intelectual y académico serían las señas d e identidad de dicho enfoque. Es t a intencionalidad, v i s ible así de un modo tan evident e, puede ser algo que en el área de los enfoque s de estudio del pensamien t o político, más allá por ej em plo del enfoque histórico que caracteriza, entre otros a l a Escuela de Cambridge, es tal vez difícil de encontr ar. A su v ez, discuti remos sobre cóm o, a trav és del estudio m or fológico, junto a los hallazgos de ot ros enfoques también actuales, se pueden sentar las bases de un interesante arsenal de herram i entas analí ticas con las cuales poder enfocar me j or la comprensión de la densidad y evolución de l os conjuntos ideológ i co- políticos. 1.2.3.1 Análisis m o r f o l ó g i c o d e l a s i d e o l o g í a s p o l í t i c a s Michael Freeden, q ue ha sido profeso r en la Univ ersity of London, en la University of Nottingham y en la Univers ity of Oxfo rd así como editor del Journal o f Polit ical I deologies , es en la actu alidad uno de los m ás destacados t eó r icos contem poráne os de las ideolog ías políticas. Veamos ahora, paso a pas o, el sentido de las dim ensiones teóricas del enfoqu e de análisis de l as i deolog ías polí tica que nos o f rece este autor. Para Freeden, las ideol ogías políticas son constructos «m ul ti - conceptuale s» complejos, «estructu r as m odul a res» que conceden significados espe cíficos a los concep t os político s (Freeden, 1996: 88; 2003) y cuy a función principa l es la de vin cular los m undos del pen sami ento político y los de la acción políti ca. Argum enta Freeden que ningún concepto es de por sí semánticam ent e neutral y m enos l o sería, lógicamente, un concepto político . A su vez , di c hos conceptos, que reflejan un uso histórico o social, ca recen de una forma correcta de def i n i ció n o de u n si g nificado intrínseco. De hecho las ideologías luchan entre ellas por asentar el significado « legítimo» de dichos conceptos po l í ticos o por maximiz ar u optimizar su determinaci ón, pero, sin embargo, nunca conseguirían ase gura rlo totalm ent e 41 . La «despolemización» 42 , esto es, la o torgación de 41 L a s ideolo gías políticas, nos dice, realiz an una ele cci ón socialme nte situada, arbitraria y partidista (en tér mi nos d e val ores), entre l os com ponentes a dyace ntes de un concepto. Es t o e s, no pr oce d e n a d e sarrol lar un anális is pur a me n te fil osófico en busca d e las co nnotacio n e s culturale s incompatible s de un concepto o una def ensa ref l e xiva rac ional y moral mente justificad a de la el ección de alguno de su s compone n tes. El resultado, sin embargo, refleja di ve rsas mezcl as de c ri t e rios tanto 72 devenir de los discursos i deol óg i co s, tanto en su s inuoso y heterog éneo discurrir diacrónico y sincrónico, como en su di m ensión m ás o menos estable atinente a la pe rmanencia y univ ersalidad de los sig nificados en términos g eográficos y tempora les ( La rr a í n, 2009c). Esta for m a de aunar la perspectiva histórico- contextual con una de cará cter más filosófico - teórico, permite d e este m odo que las ideo l og í as sean estudiadas desd e los instrumentos y enf o ques de l as disciplinas de la Historia y la historiografí a así como t am bién de la Fil osof í a y Teoría polític as . Por otra parte, el enfoque morfológ ico p ermite, a l contrario que los enfo ques de la h i s toria d e las ideas y l a histor ia po lítica tradic i ona l , no incurrir en l a separación analítica entre las es fer as del pensam ient o y de la acción. Com o señala Fernández Sebastián, Freed en nos presenta las ideolog í as como patrones de «pensam ient o- acci ón» en los q ue se enfatizan las conexiones y « las comple j as relacion es d e ida y vuelta entre ambos planos analíticos» (Freeden, 2003: 10) y ello, añadi m os, es i ndu dablemente una posición a la hora de contemplar las ideolog í as polític as mucho más valiosa que aquellas perspectivas que l as caracterizarían un i late ralm ent e como pensamiento e ideas o, por la contra, como m eros repertorio s de acción. A su vez, para Larraín (2009c: 171) la distinción que Freeden realiza entre elem ent os ineliminables y elem ent os cuasi - contingentes es un g r an avance frente a la idea de contingenc ia tota l y radical manejada por Laclau y Mouffe. Su enfoque per m ite acentua r el análisis in terno de los sist emas ideológico s, su s construcciones de senti do y su capacidad constitutiva o transform adora de l a sociedad y de sus sujetos. Sin embargo, como sos tiene Norv al (2000), el enfoque de Freeden no nos ofr ec e una explicación sobre cómo las personas deciden apoy ar di c has ideologías y qué fac tor e s estruct urales o soc i a les podrían espolearles a ello. Y es que este ac ad émico no habr ía desarrol lado temas más atinentes al funcionamiento de las ideologías y a l a forma en que las i den tidades políticas se constituy en en y a través de las prácticas ideológicas, esto es, alg o en lo que sí s e habrían ce ntrado las propuestas derivadas de l a tradición de Gramsci y Foucault sobre l a teorización de la subjetiv i dad y su relac i ón c on la ideología. Pues bien, este tipo de crítica nos impele a complem ent ar l a propuesta freedenia na en com bi nación a otros enfoques en el e studio de las id eol og í as políticas, com o por ejemplo, el que nos ofrece la t eoría del disc ur so. 73 1.2.3.2 Discurso e ideologías políticas Otra perspect i v a que contr i buy e indudab lemente a ilum i nar el estudio de las ideologías políticas en su v erti e nt e inte lectual es com o decimos la que aporta la t eo ría del d i sc urso. No v amos, naturalm ent e, a relatar todo el trasfondo his t ó r ico de dicha tradición te órica ni a intentar hacer acopio de toda su hondura in t e lectual, s ino simplem ent e a subray ar o re ferirnos a algunas noci ones e ideas que puedan complem ent ar o enriquecer e l en f oqu e m or fológico an tedicho. Este enfoque, com o es sabido, surge fundam ent alm ente de l a c rítica de Gram sc i y Althusser 50 a l a s concepcion es marxistas de la política y la ideología, así com o de las críticas posestru ct uralistas del lengua j e. Com o han apuntado s us estudiosos, l a teoría del discurso se edifica a partir d e una importante crítica a los paradig mas de investigación s ocial ex i stent es: desde los enfoques conductistas, racionalistas y positiv i stas hasta aque l los m ar xistas, construc t iv istas así com o i nterp r etat i v i stas en l a líne a de Weber. Supone una f orma novedosa de r e pensar la relación ent r e estructuras sociales y agencia política, el rol de las identidades e intereses en la explicación de la acc ión so cial a sí como el entrelazam iento ent re práct icas e intereses y el carácte r del cambio histórico y social (Howarth and Stavrakak is, 2000: 5) 51 . Asim is m o, la teoría del d i s curso en sus a portaciones teóricas más si g ni f icativa s habr í a tenido como pri nc i pa l pr opósito la refutación de la onto logía m ar xista en base a la cual se adu j o que toda identidad es reducida a una esencia de clase. Fouc ault, Derrida así com o 50 L a obra de Gr a msci y Al t husser supo n dr á un impor tante aporte en la dispu ta d e l as concepcione s marxistas de la ideol ogía domi nantes hasta entonces, disputa que c ont inuarán los enfo ques posestructur alista s a l estudio d el le nguaje. Con est a s aportacio n e s se h a bría conse guido transitar desde una ontol ogía qu e reducirí a la identidad a la clase a una concepc i ón relacio n al del d is c urso, p ues se mantendrá que los a ntagon ismos soci ales n o son reducibles a c uest iones esencialis tas de clase , las cuales estarían a su vez dete rmin a das por re laci o nes y proce sos económicos. 51 L a teoría d e l discurso se inspira así e n la crítica herme n é utica al conductismo en lo relativo al oponerse a la separación e ntre, por una parte, los signi f icados e interpretaciones social mente c onstr uidas y , por otra, la conducta política objet iva, así como también a la separac i ón entre la t e oría y la realid ad. Lo s significados, las interpretaciones y las prácticas estarían íntimamen t e vinc ulados. La teoría no se puede, e n este se n tido, separar t ot almente d e la realidad q u e busc a ex plicar, e n tanto las prácticas teoré ti cas están en si mismas constitui das por los mundos sociale s en los que se hallan los sujetos y objetos de la i nve st iga c ió n. Ello es en realidad una crític a a la habitual d i cotomía que en las c ien c ias sociales se establece entre explicaciones científicas objetivas y descripciones o entendimientos subjetivos. Pero se separa de la visi ón hermenéut i ca en no interesarse en el modo en que los a ctore s entienden sus mundos particulare s, sino, más bien, en el modo en q ue las estructuras qu e organizan la real idad social se cre an , se paral izan y se mo difican (How arth y Stavrakakis , i b íd .). 74 Laclau y Mouffe son los exponen t es m ás cercanos a la actualidad a la hora de elaborar dicha refutació n. Según Norval (2000), Laclau y Mouffe parten de la teoría marxista pero intentan elim inar de ésta el esencial i sm o y el determ i nism o de clase en torno a l a ideolog í a, rechaz ando l a idea de que la sociedad es un objeto de análisis na t u r aliz ado y d ado. Basándose en la t e oría gram sci ana, todos los elem ent os ideológicos de un disc u r so, aducen, son contingente s, esto es, no fijados por una esencia de clase. Y no exi s t e una agencia social o un proyecto político que determ ine a priori los pr oc es o s de cambio histórico. Con este tipo de postulados se superarían las concepciones m ar xistas de la id eolog ía. Es d ecir, el fenómeno de la contingenc ia ideológica se contrapondría a la concepc ión d e las ideolog ía s como determ i nadas por una concienci a de clase prev i am ente es tablecid a, implicando ello el recono cer que no sería posible reducir los antagonism os ideológicos a cuestion es d e tipo esencial istas. Según Howarth and S t av r a kak i s (2000) los di s cursos se pueden definir, desde est e tipo de perspect iva, en base a una serie de as pec t os. A un nivel ontológico son aquellos sistemas de relaciones sociales y prácticas con significado que conform an l as identidades de sujetos y obj etos. Esto es , los discursos no pueden contem plarse únicam ente com o un producto en forma textual u oral. Así, e n su trazado de la identidad los discursos dibu j an antagonism os y fronteras, un trazado que muestra cóm o l as identidades son siempre fluidas así como enmarcadas y adquiridas en un pr oce so de lucha y pugna. Es decir, los discurs os son « constitutivos» o « pol íticos» de modo que no son el r es u ltado de agregar o representar ident idades previas y a existentes. Los discursos construy en antagonismos 52 y este acto constitut ivo de construcció n de antago ni sm os im pli c a n ec e sa r iam ent e un ej erc i c i o de poder, en v irtud del cual se excluyen ci ertas pos i bili dades y se establecen los patrones de relaciones entr e agentes sociales. Otro aspecto i m portante de lo s discursos es naturalmente el que los sitúa en tanto construcciones contingente s e históric as , de m odo que dichos discur s os serían afectados por las fuerzas excluidas así como por los efectos de ev entos azarosos. En consecuencia, como decíam os, no están « dados » como t am poco lo están las fuerzas que disputan las identidades, de modo que l os discursos se construyen, en un p l ano s ocial e histór i co. Qu edémonos con la idea de que la teoría del discurso estudia l a form a en que las prác ticas sociales articulan y 52 Y es que la propia idea de «antagoni smo» a la que alude n lo s t e óricos del d iscurso implica d e j ar de concebir la sociedad en tér mi no s de ese n cia, al intro d ucir la impor tancia de la cate goría de la identidad: e l antagonismo surge a sí co n la p er c e p ció n de que e l « otro» impide alcanzar mi i d e ntidad. 75 disputan los discu rsos que constituyen la re alidad social. Lo « di scursiv o» se conform a, según di c ha teor í a, como el horiz onte dentro del que el ser de lo s objetos es constituido. Así, se puede sostene r que los seres humanos vivim os en un mundo de significa dos, en el que no existi rían objetos fuera del m i smo. Dominarían las «estructuras» d escentradas, los sistem as histórica y socialmente construidos de reglas y las diferencias de significantes, de modo que las r el a ciones de significado serían socia l es y no lóg icas o na t u rales, tal y com o vendría exigido una situa ci ón de incompletud r ad i cal. Ello, por o t ra parte, no tendría por que equivaler, afi rman algunos, a mantener que todo es discurso o a asum ir una po st ura escéptica acerca de la exis tencia de l mundo o de lo real. En el caso de l a teoría del d isc u rso, el si g ni f icante, y no el concepto como en Freeden, es el punto de partida, un significante que podemos def i nir com o « la imag en - soni do o exp r es i ó n que s i g nifica cierto significado» (Torfing, 1999), pero que sin duda, des d e la teoría de l discurso, adquiere un calado que lo distancia enorm e m en te d e la l l anura con la que puede ser abordado desde p r esup uestos « esencialistas» un m ero concepto. Y es que el enfoque de Laclau y Mouffe per m ite adem ás ext en der la crítica al esencialism o desde l os con ceptos políticos hacia la sociedad y la identidad Norval (2000) , al dibujar una identidad de naturaleza rela ci o nal y ya no esencialista (Lo is, 2 009). Centrém onos, partiendo de Lacl au y Mouffe (1987), en al g unos de los conceptos más important es de l a teoría del discurso (si bien tan superficialm ente) qu e nos servirán para aborda r mejor ciertos aspecto s de nuestro objeto de tes is. Un discurso se teje por medio de la «articulación» , esto es, en virtud de « una práctica» de articulac ión de una serie de elem ent o s separados, no existiendo, en este sentido «un comple jo r e lacional dado» . Esto es, los discursos se empeñan pr e cisamente e n ar ticular – y t ambién «desarticula r » – difer e ntes «elem ent os» . Una tarea , la de la articulación que se lleva a cabo a t r avés de l a puesta en prác tica de «la lógica de la equivalencia» y de « l a lógica de la diferencia» , las cuales serían dos caras d e un mism o proceso. A sí, por ejemplo, los discursos com unist a s, nos di cen estos dos autores, arribaron progresiv amente a la enum er ación de una serie de « antagonismos» a través de la pues t a en m ar cha de una « lógica de la diferencia» que habría im pli c ado la articulación de un espacio dicotóm ico y de antag oni sm o entre sectores dominantes, po r una pa rte, y sectores populares, por otra. Ese proceso de enum eración de t oda una serie de clase s y fracciones de clase – así com o tam bi én de elementos no i d entificables como de « cl ase» – en el lado popular, se enmarca en una r e l ac ión de 76 «equiv al encia» 53 entre todos el los en térm i nos de su enfrentamien to con el polo de l sector dom inante ( ibíd .: 8 1). La sociedad se divide as í en do s campos antagónicos, y « puebl o» se er ig e en tanto agente pol í tico en el m ar co de los d iscursos com unistas ( ibíd .: 15 8). A su vez, esta relación de equivalencia tiene lugar en el campo de l a s «práctica s hegem óni cas» . Y es que «la unidad de un conjunto de sectores no es un dato, sino un proyec t o de construcción po lítica» , en el que se construye « una relación estructura lmente nueva» , diferente de la re lación d e clases ( i b í d .: 183). Y la hegem onía, la lógica de l a «equiv al encia » y de la « difer encia» son clav es a la hora de concebir los procesos de identidad. Las diferencias se anulan a través de la «equiv al encia» al ser utilizadas para « expr esa r algo idéntico que subyace a todas ellas» , de m odo que si esas diferencias son ignoradas, la identidad sólo puede ven i r dada «o bien por una determinación pos i tiv a pr e se n t e en todos ellos, o bien por su referencia com ún a algo exter i or» ( ibíd .: 190). La equivalencia so lo existe en el ac t o de subv ertir el carácter diferenc i al de una serie d e térm inos». Pero estas equ i v al en ci a s int roducen una « no fi jación» , una « no constitutividad» o una « contingencia» ( ibíd .: 192- 193) que es la cualidad más definitoria d e todo discur so e i de ntidad junto a la cualidad «descentrad a». Se llega así a las d ecisivas noc iones de « s ignificante flotante» , «sig nificante vacío» y « punto nodal » , a las que aludirem os con ocasión de otros capítulo s de es ta tesis y que, básicam ent e, aluden a l a situación que en términos de sig ni fica ci on es resulta de las diferentes articulacion es de signif ica d os que son llevadas a cabo por parte de diferentes «discursos» . Por otro lado , al marg en de los co nceptos bás i co s de la teoría d el discurso, apoyándose en el trasfondo teórico de Lacan, Ziz ek conci b e a la ideología, en un se n t ido lato, com o una «matriz que regula la relación en t re lo visible y lo invisible» , como un proce so de producción de prácticas y sentido c uya función es l a producción y legitim ac ió n de r e l ac iones de pode r (Zizek , 1994) A su vez, est e fil ósofo defin e a la ideolog í a no com o una simple « fal sa conciencia» , «una repr e sentación i lusor ia de la realidad» , tal y como Marx la hab ría concebido, si no m ás bien com o … 53 Impor tante es subray ar que «e qu ivale n cia» no es i gu a l a identid ad, pue s «despl aza la identidad que la funda, de los objetos mismos a los co nt e xtos de su aparició n o presencia» . De modo que la identidad del objeto en la re lación de equivalencia est á escind ida: por un la do conserva s u propio se n tido «liter al», pero por el otro simboliza la posición context u al respecto a la cual es un ele mento sustituible ( ibíd .: 82). 77 [ … ] esta realidad a la que ya se ha de conceb ir co m o « ideo lógica» – « ideoló gica» es una realidad s ocial cuya e xistencia i m plica el no co n oci m iento de sus participante s en lo que se refiere a su ese ncia – es d ecir, la efectividad social, cuya misma repr oducció n i m p lica q ue los individ uos «no sepan lo que están h ac iendo » . «Ideológica » no es la « falsa conciencia » de un ser ( social) sino este ser en la medida e n que está soportad a por la «falsa co nciencia ». (Zizek, ibíd .: 47 ). Es decir, Ziz ek nos insiste en la importancia de la noción de «fantasía ideológica» , en otras pa l ab ras, en la idea de que los su j etos saben m uy bien cómo son en realidad las cosas « pero aun así h acen com o si no lo supie r an» . Esto es, l a ilusión ya no estaría, c omo habría sos t en ido Marx, en el lado del saber, y por tanto lo s sujetos no están afec t ad os por u na «falsa conc i en ci a» , por una «repre sentación ilusoria de la realidad» o por una « conc iencia ingenua» . Más bien, esos m is m os suj e t os sa b en, a nivel de conocimiento, cómo es la realidad pero, en lo concerniente al niv el de la r ealidad, d e la acción o de l h ac e r , dichos su j eto s, a la postre, guían su activ idad por una ilusión. Asimism o, la ideolog í a no ser í a una « ilusión tipo sueño que construim os para huir de l a i nsop ortable real idad» , es más una « const rucción de la fant as ía» que sirve de « sopor te a nuestra realidad» , esto es, « una ilusión que estr uctura nuestr as relaciones sociales efectiv as, reales» . Esta ilusión encub r e un «núcleo insoportab le, real, i m posible…una di v i s i ón social traum ática que no se puede sim bolizar» ( ibí d . : 7 6) . Todas estas ideas desarrolladas en la teoría del discurso en la tradición de Laclau, Mo uffe y Zizek si rv en por t an to para insc r i bir m ejor el estudio de las ideologías políticas y, en base a nuestros propósi t o s, para complem ent ar y enriquecer la perspectiv a freedeniana. Porque así, es posible con j unta r la perspectiva freedeniana, más se m á ntica y m or fológ ica y centrada en la dimensión de los concep t o s, con una perspectiva más dirigida a subrayar la dimensión social y de poder que constituy e a las ideolog í as en gene r al y a las id eolog ías polí t icas en particular, as í como m u y enfát ica del irr em edi ab l e vínculo entre e l pensamiento y la realidad y la trabazó n entre lo lingüístico y lo no lingüísti co o lo sem ánt ico con lo pr ag mático. Ello nos ayuda por tanto a complementar una visión conceptual como la freedenian a con una visión m u y sug er ente en torno a los proceso s de confo rmación de la « identidad» – de suje tos per o también, añadimos, de i d eologías – así como en torno al m odo en que las ideologías, en sus relaciones interideológ icas, forjan las relaciones sociales de antagonism o y de equi v al en cia a un niv el dis cursivo. A su vez, nat uralm ente, l a visión discurs iva nos avitualla con un entendim i ento de los conceptos en un plano más allá de lo semántico al 78 sugerir la existenc i a de una dimensión simbólica de los m is m os, t al y como verem os, en pr óx i m os ca pí tulos de es t a tesis. 1.2.3.3 Emociones e ideologías políticas Com o es sabido, en el terreno del pensam iento polít ico, al hilo de l a larga t ravesía de la tradición intelectual racionalis t a en la cultura occidenta l, las emociones se habrían contem pl ado como l as grandes culpa bles de aquellos presunt os trágico s fracaso s y falencia s de la razón, al im pactar c on su presencia en el decurso de la propia raciona l i dad. La antropología, la sociología, la historiograf ía y la psicología social poco a poco han ido revelando la dimensión soc ial de las emocione s así como la importancia de éstas en el pensam ient o y com portamiento hum ano y social, d es l igándose de aquella férrea prem i sa de la superior idad de la razón y la insignificancia de la emoción . Ya en l a a ct u al idad, aque l l o que pued e denominarse com o el «g ir o em oci onal» , habría comenz ado poco a poco a tener un cierto protagonism o también en los enfoques de estud io en t orno a las i d eologías políticas. Por ello a la hor a de abordar el es tudio de cualquier ideología política e s preciso interrogar se sobre el rol, el contenido y l a significac ión de las emociones en r elación a la más evidente dim ensión racional o m ás conceptual e « ideacional» de dichas ideología s. Un prim er aspecto recala en la form a en que la trabazó n entre lo emocional y l o racional se insmiscuy e en la di m ensión norm ati v a o ética de toda id eolog ía pol ítica. La relación entre la ética y las emociones, o más exactamente, el aporte emociona l de los significados de los conceptos éticos habría s i do, co n el tiempo, ob j eto d e estudio en el ámbito de la filosofía y, de un m odo más implícito o expreso, de la filosofía moral 54 . Co mo señala N ussbaum en tantas ocasiones, las 54 En ge n er a l c o mo es sab ido, existirían en la hist or ia de la filoso fía dos grandes visiones extremas respe cto a la relación e ntre ética y se n timie n tos. P or una par t e l a v i sió n kantiana desde l a cual las pasiones sería n dig nas d e desprecio, y por otra parte la visión humeana según la cual la r azón sería esclav a de las pasiones. Cabe desta car, en el siglo XX la corrie n te del emotivismo, una teoría metaética que hab rí a alcanzado su culmen e n la d é c a d a de l os c u are nta y cincuenta d e l pasado sig lo, y que sostendría que los térmi n os y afirmacione s é ticas tendrían un significad o emotivo distintivo que lo s difere nciaría de otr as p ala b ras o aserto s cuyo significado serí a de tipo merame n te cognitivo o descript ivo. Se habría nutrido de las a port aciones d e Odgen Richards, Steve n son o del propio Russel l y sobre todo, Aye r. L as corrientes del p re scrip tiv ismo, el ex presivismo y el cuasi realis mo seguirían p oste riormente dichos postulados. Lo característico d el emotivismo en general es q ue su n eg ativa a reconocer que los juicio morale s realice n alguna aserció n o expre sen alguna proposición, de modo que, d i chos juic ios no podrían se r ver d adero s o falsos y por tanto el «co n ocimien to moral» n o se ría p os ib l e (Bri nk, 2004: 281). 79 emociones desem peñan un papel ineludible en el razon amiento y en el j uicio ético (Nussbaum , 2008). Posee n una estructura cognitiva muy compleja, toda vez que transm iten una historia de « nuest r a r elaci ón con ob j etos queridos» que se prolongar í a a lo largo del tiem po. Y lejos de oponerse a l o « raci onal» son, de un modo complejo, parte d el « r acioci nio» del ser hum ano, de modo que «sin desa rrollo emocional, una parte de nuestra capacidad de raz onar com o criaturas políticas desaparecer í a» ( ibíd .: 24). Una de sus funciones e s la de « combinar» el conj un t o d e id eas e inform ac ión acer ca de los sucesos de l mundo, siendo en realidad la f orm a a través de la cual registram os cómo son las cos a s resp ec to a los «elem entos externos» que «consideram os relevantes para nuest ro bienestar» . Hace y a unas dé ca da s, desde a portaciones feministas, como la de I ris Murdoch, s e habría tam bi én enfatizado la im por tancia de las pas i on es , los sentim ient o s y las emociones en todo lo que sería este proceso de razonam i ento ético. No en vano, sosti e nen estas visiones, las em oci one s desem peñan un papel crucial como « razón y fundamento d e los juicios morales» , si rviend o como « ra zón de la r ac i ona lidad pr áctic a y como justificación de las razones o m ot ivaciones para ser moral» (Guisán, 19 95: 322). Es dec ir qu e no deberíam os concebir a las emociones como un el em ent o contrapuesto a lo racional, ni tampoco como un elemento que sí se relaciona con lo racional pero que lo haría en t an to elemento absolutam ente d i feren ci a do, sino que, m ás bien, deberíamos contemplar di c has emociones en el marco de su trabazón y entrelazam ient o con lo racional, sea en su di mensión « práctica» o en su dim ensi ó n más « t eórica» o conceptual alg o que muchas veces dificultaría o convertiría en insustancial la posibil idad misma de det e rmina r si algo es más atribuible a lo emociona l o, por la contra a lo raciona l . Y es que com o dice Reddy (2004: 94) las emociones no dejan de ser «m ater ial pensante vagam ente conectado» 55 . De modo que la contrapos ición categórica entre em oci ón y raz ón sería deudora d e una s nociones de razón y racionalidad humanas carg ada s de connotaciones peyorat ivas, así como, paralelam ent e, de lo que se puede denomina r com o « una relectura 55 Para R e ddy, las emociones n o son un pu en t e entre el c uer p o y la mente, ni algo radicalmente difere nte de la razó n o el pensamient o. Una emoci ón sería más bien un conjun t o de «material pensant e vagame nte conectado» , formulado en di fe rentes códigos, que tiene una relevancia e intensidad en términos de objetivo s y qu e pue de const ituir un «e squ ema» o un conjunto de pens ami e ntos que tie nde a activarse a la vez pero que, cuando se ac tivan exceden la «capaci dad d e at e n ció n para traduc irlos en acción o en habla» a un cor to plazo (Reddy, ibíd .: 94). A su vez, “e motions are the real w o rl d -anch or of signs . . . ther e is a fe eling t hat goes w it h ev ery sing; emotion ge n e rat e s p a role again s t the background of langue” (Red dy, 1997: 331). 80 radicalizada del pensam iento ilustrado» (Máiz, 2010: 12), t an presente e n tantos tipos de reflexiones políti cas de n aturalez a ideológ ica o n o i d eológica. De este modo, la trabazón entre lo ético y lo emocional se inmiscuye también en la conf o rmación de las i deo l og í as políticas, las cual es, no olvidem os, est á n carg adas de concepto s éticos (Adam s, ibíd .) y por tanto, de m odo derivado, tam bi én de emociones. Cabe seña lar que la dimensi ó n de pensamiento de las ideolo gías, a la que hemos v eni do refir iéndonos, e stá conform ada por una serie de propiedades tanto sustantiv as como estructurale s que forjan la proyección cog nitiva de l as i de as que les son propias. Pero, y esto es lo im portant e, esta proyecc i ón cogniti v a pa rticipa de un inn egable sus t rato emocional. En r ealidad se puede decir qu e en las ideologías políticas, las emociones o el componente em ocional se entrelaz a ineluctablem ente con aqu el otro de naturalez a intelectual-cognitiva o m er amente « racional» . Reconocer ello implica en realidad situarse lejos de aquella postura extrem a que afirma que, en realidad, las ideologías son un haz de expresion es de r a íz exclusivam ent e irraci onal y em oci onal y, por tanto un prod ucto ajeno a cualqu ier atisbo de ra cionalidad. Ello e s una consecuencia de identificar « i deología» única m ente con expresio nes ideológico- polí tic as d e gran com ponent e em ocional, com o las que puedan tener lugar ocasional y directam ente en el terreno más práctico de l a acción política o, indire ctam ent e, a trav és del efecto que los manifiestos políticos y demás text o s y panfletos ideológicos de similar es t il o puedan tener e n la exacerbació n de las respu es tas em oci on al e s por par te de aquellos de sus receptores llamados a actuar en aquel terreno de la práctica políti ca cotidiana. Así, en los últim os tiempos, por m or de todos estos desarrollos , también en los enfoqu es estric tamente orientados al estudio de las i de ologías políticas se h abría ido fijando la atención a los m odos en qu e éstas están entreveradas po r emociones , sentim ientos y pasiones. Proseguir con el tem a excede infinitamente el propósito y el objetivo de este ep ígrafe. Centrem os más bien nuestra at e nción, en converg enc i a con los objetivos de nuestra tesis, en bosq uejar cuál sería el juego de las em oci one s en las ideología s política s en su dimensión más atinente al pensamiento , e n suma, en averiguar cómo las emociones m oldean la urdimbre de ideas y conceptos que tejen dichas ideología s en su desarr ollo morfológico. De nuevo Freeden nos aport a una visión interesante sobre la cuestión. Este autor no ignora la importancia d e las em oci on es en el desa rrollo d e las i de ologías políticas, y por tanto reconoce la necesidad de atender a las m i sm as a la hora de estudiar y analizar cualq ui er ideo l og í a po l ítica. De e ste modo, se pregunta 81 qué es lo que cons t ituy e a las emociones en a l g o político. Más all á del fin de la disyunt iva entr e razón y emoción im pl íci t o en el aserto que a f irm a que el uso de la razón depende de l a em oci ón, Freed en busca i ntenta r bosqu ej ar la forma en l a que la em oción es « tr ansm itida» y en la que a su v ez «conform a » lo político ( Fr ee den, 2013b: 86; 2013c). Partiendo de la prem i sa de que e l l e ngua j e es, entre otros aspectos, un vehículo de las em ociones, subraya la imposibilida d de que el lenguaje políti co sea « neutral» ya que las emociones estarían adheridas de un modo irreversible a aqué l . A sus ojos, «pensar sobre la política» o « pensar i d eol óg i c amente » no sólo equivaldría «una competición permane nt e sobre el co ntrol d el lenguaje político» si no también a «una disputa sobre la mov il ización política de l a emoción» . Así, en « la dim ens ión suby acente de l pensar político» , las em ociones forjan la semántica del lenguaje político, su produ cción y su consumo, « a cua lquier nivel de so f i sticación» ( i bí d .: 88). De este m odo las em ociones desempeñan tres t ar e as « morfológicas» : 1) las emociones col ectiv as que de f in en un a sociedad l i ndan con lo s rasg os del pensam i ento pol í t ico así com o con los horizontes conceptuales de las ideolog í as que refle j an el pensam i ento sobre la política en dicha sociedad, siendo importante averiguar qué compatibilidade s conceptuales permite una emoción dada; 2) l a s emociones atribuyen una m ayor r elev ancia a todo aquello que ya lo tenga por ví a racional o tradicional; 3) las emocione s contribuy en a unir o separa r agrupam ient os conceptua les dad os, for m ando o deshaciendo asocia ciones de pensamiento ( aunque si contribuy en a crea r, modificar, ap oyar, o minar aquello qu e tiene raíces intelectuales sería una cuestión difícil de saber). ¿Pero cóm o, a un nivel m ás « operati v o», es el proceso p or el cual las emociones condicionan la naturalez a y/o morfolog í a de las ideologías políticas? Por una parte, nos dice F reeden, las emociones cons triñen los significados d isponible s para un individuo o grupo, desem peñando un rol de «ag ent es despolem i z ador e s» al margen, a menudo, de límites lógicos y culturales. Las emocion es añaden así una capa que lim ita la flexibilidad del discurso. Por otra parte, otorgan al pensam ient o pol í tico unas cual i dad es cruciales que lo perfilan c omo tal. Tanto si adoptan l a form a de motivos, sentim ientos, modos o dis posi c i on es psicológicas, lo importante es que l as emociones desem peñan un papel polít i co dir ecto a través de su articulac i ón con la dim ensi ó n retóric a, de modo que cua lquier discurso polít ico no podr ía «presentarse» si n el recurso a las emociones. Resum iendo, según Freeden, las emocion es en el pensam ient o, las ideología s políticas y los d iscursos políticos 1) limitan el espac io ideológico (sobre todo las emocion es colectiv as); 2) ejercen un poder acrecen tador de aquello que ya teng a relevancia a un nivel eminentemente racional; 3) desempeñan un papel 88 conservadur i sm o en su sentido m ás estrictam ente político es un f enóm eno histórico r elativam ent e reci ente. Así, únic amente a partir del sig l o XIX, tanto en Europa como en los EE.UU ., se asocia finalmente «conservadur i sm o » con u n conj un t o de princi pios pol íti cos (Ecclesh all, 2003) al ud i en do tam bién, en su forma ad j etiv ada, a cualquie r m i em bro o persona que apoyase el C onse r vative Party de Re ino Unido así como a cualquier o t ro p arti d o si m il a r – de etiqu et a conservadora o no – en o tros países. E s así que ad emás de utiliz arse pa ra carac t eriz ar a personas , fuese útil a la hora de describir cualquier visión y movi m iento adverso o reticent e al cam bi o y a l a i n novación, o que defendiese ideas y valores tradicionales en cues tiones sociales y políticas. Es t a deriva hacia la significación política, así como el largo tránsito de dos siglos en el que el tér m ino se habría id o nutriendo semánticam ent e al hilo de su utilización en contex t os políticos diversos, llevó consigo que, si bien al com i enz o el término se rodeó de connotacione s relativam ent e favor ables, posterio rm ente se terminase nutriendo de ac ep ci o nes m ás neutrales o incluso neg ativas. 2.1.1.2 F rancia y Reino Unido: ¿los contextos semánticos o p u e s t o s d e l c o n c e p t o ? Veamos en este apartado lo que sería una interes ante bif u rcación en el camino histórico de desarrollo semántico del conserv adurismo. Y es que el término conservador podría haber adquirido dos dispar es connotaciones semánticas en sus comienzos políticos: la de rea c ci ó n, por una parte, y la de m oder ación, por otra ( Ló pez Alonso, 1993). Así, en m o m ent os de desafío radical o revolucionar io al orden e xistente, el moder antismo se postergó a favor de actitudes más radicales, de modo que el pensamiento r e ac c i ona rio fue colonizando el universo conservado r, algo que na turalmente contribuyó a transmitir «una imagen dura del conservadur i sm o » ( i bí d .). Pero esto, podemos sostener, f ue en origen un camino m ás r ec or r ido por parte de los conservadur i sm os de la Europa continental, de modo que aquellos otros qu e bebían del ejemplo británico se arrebujaron con más f r ecuenc i a en las significacio nes más m od eradas de l m ismo. Aho ra bien, estas do s significacio nes , la m oderada y la radical, co n el tiem po se ter m inarán por encontrar y conocer, posibi litándose el hecho de que una y otra, en función de l a s necesidades, pasa sen a form ar parte del repertorio de pensam iento y acción de esta i deo l og í a política en todas sus diversa s manifes t ac i one s contextuales. Del ineemos así, m uy brevemente, los inicios sem ánticos que lo 89 conservador habr í a i do t r azando, por una part e, en el contexto francé s y , por otra parte, en e l contexto británic o. En la época de la Rev olución fr ancesa, con usos que datan de 1794- 1795, el vocablo « conservador» fue aplicado en suelo fr an cés a aquell os sujetos que se empeñaba n en pr es e r v ar el orden social existen t e, anun ci a ndo así su signif icado estrictamente político. Pero serán discípu los y seguidore s franceses de Edmund Burke quiene s acuñe n en dicho país el signific ado estricta y directam ente pol í tico de conservative ( conserva teur ), que aquél pensador y político irlandés habría utilizado únic amente en la f orm a verbal ( to conse rve ). Se puede af i rm ar entonces que, sem ánti c amente, el t é rmino «conservadur i sm o » en su sentido estrictam ent e político fue utilizado po r primera v ez en el contex to francés, pues com o hem os señalado, en RU habría que esperar unas dos décadas para que c o menzase di ch o uso a instaurarse. As í , un cono cido periódico f ra ncés fundado por Ren é de Chateaubriand en 1818, cuya vida se extendería durante dos años, fue bautizado com o Le Conservateur . En él, Chateaubrian d trata de convence r a sus amigos r eaccio narios, los « realistas» , de las virtudes de model ar el régim en fr ancé s según l os principios consti tucionales ingleses preconizado s ya en suelo francés po r Mo nt esq uieu (Durán, 2012 ), intentando a demás qu e la aristocraci a francesa comprendiese la posib ilidad de herm anar el espíritu de la t radi ci ó n con el esp íritu de la libertad. Esta primigenia contr i bu ci ó n francesa a la semántica del término « cons erv ador » , caracter izada ideológicam ente por la búsq ued a de un cierto ambiguo equilibrio entre principios políticos ab initio contradictor ios, habría resonado también en el pensamiento d e los dados e n denom inar como « liberales doctrinar ios» (Díez del Corr al , 1973), pensa dores y políticos que pueden situarse en cierto m odo como los precursores de lo que con el transcurso del ti em po, y uniendo un similar espíritu de otras tradiciones políticas muy presente sobre todo en la nación británica, se di o en conocer como « li beralismo conservador» (Nino, 1990) o, de modo parejo , aunque no con idéntica significación, como «conservadur i sm o li be r a l». Sin embarg o, pes e a l os deseos de Chateaubriand , muy pronto en la tradición política francesa el vocablo «conservadur i sm o » se ve relegado a la degrad ación política al v erse hegem onizado por connotacione s muy deudoras de las actitudes reaccionaria s o de las l óg i c as más nostálgicas del Antiguo Régim en. Como señala Vinc ent (2016) el conserv adurismo en Francia habría gozado cas i siempre de muy mala reput aci ón , algo que lo haría « ex cepcional» ante aquel conservadur i sm o que se m ani festaba en países com o Suiza, Alemania, Austria, RU o los EE.UU . donde las afinidade s de aquél en sus prop ias 90 culturas políticas esta rían mucho más arraigadas y vivas. Según Bénéton (2017), el conservadu r ism o francés se constituyó en reacción a su Revolución. Así, al hilo de que el legado revolucionario se injertarse paulatinam ent e en la tradición repub li c ana francesa, los conserv adores en tanto reacciona rios se equipararon al l eg i tim ismo en su lucha reaccion a r ia. De es te modo, el conserv adurismo francés se t erm i na por asociar únicamente a las figuras de De Maistre o Bonald, y a ideas por tanto muy alejadas del reconocim i ento de t odo aqu ello que sí ser í a prec i so prot eger de l legado rev ol ucionar i o. En cambio, en el ámbito britán i co, « conser v adurismo» discur r e por un camino de signif i c aciones his tóricas m ucho m enos negativas. No en vano logró insertar se de lleno en el espectro político br itánico así como encarnarse en l a f orm a de l C onservativ e Par ty , erigiéndos e e n una de las m ás importantes tradicion es ideológ icas que pervivirían en dicho entorno (con i m portantes modificaciones pero también con innegables continuidad es ) hasta el día de hoy. El inglés conservati ve habría sido adquirido en sus orígenes eti m ológic os del francés conservatif . Como ya señalam os, antes del si g lo XIX, en RU , « conservador» se uti liz aba en RU en un sentido teológico (s ituándose en contra del dogm a tismo que emanaría de las pos t uras proclives a la revelación ) . A su vez conservative se u tilizará también en una acep ci ó n prepolítica por ej em plo al aludir a l a capac idad de preservar alg o – nor m almente de carácter material o físico – del im pacto de las f ue r z as corruptora s. En su sentido estrictam ent e político, se po dría h aber visto nutrido por ciertos us os posteriores a la Revoluci ón que hubieron lug ar en el vecino p aís francés. Pero antes de que conservative i n stit uy es e s u dom i nio en su sen tido político, el término tory era el verdadero p rotagonista en Reino Unido. Com o es sabido, el t é r m ino tory den ominaba al partido de aquellos que apoyaban los derechos de los reyes, un término que se oponía al de whig , que se asocia ba por la con tra a aquéll os que apoy aba n los derechos d el Parlam ento. Tras la Revolución Gloriosa, los whig enfatizan e l progreso y la constituc ión equilibrada com o señas de su identidad, m ientras que l os tories , acep tando los a rr eg los co nstitucionales, enfatizarán más la autoridad del estad o, la jerarquía social y la propiedad privada (Ly nch, 1999). Pero en cualquier caso, con el tran scur so del tiempo, ambos parecerían, en lo fundamenta l o en l o más estrict amente constitucional, acercar sus respectivas posturas. Ello es un elemento importante a tener en cuenta a la hora de valorar la i ns t au r a ci ón de la etiqueta conservative en el horizonte de la política de partidos británica. Con t o da seguridad, l os usos m ás tempranos en inglés de di ch a palabra en un sentido político f ue r o n 91 recogidos por una pa r te, en 1816 en la Anti-Jacobin Review en la que un comentarista habría alabad o a los Pitt Clubs como defensore s de « aquellos principios conserv ador e s que todos los hom bres de bien no debería n d e fomentar […]» y en 1818 en las palabras del poeta Ro ber t S outhey, quien se haría eco de « la lucha en la sociedad entre los principios destructivos y conservadore s, el bien y el mal, el libertino frente el respetable» . Si bien el término si g ue estando vivo, su uso habría lan guidecido hasta que repentinam ente , en torno a 1830, alcanza t od a « su apoteosis» (Sack, 1993: 4). Y es que «Conservador» , y con i nicial mayúscula 56 , sel lar á definitivam ente su se n t ido claramente político, a lgo que habría qued ado históricam ent e registrado en un ejem plar de la Quaterly Review que se publica ese mism o año, en donde se señala cóm o lo que se denom i na com o «Partido Tory» deber ía denominarse directamente como «Partido Conservado r » 57 . Aunque el autor de dicho artículo fue un individuo de nom br e Wilson Croker, el propio S ir Rober t Peel en 1831 al ud i r á a los Conservado r es en este m ismo sentido político. Se refle j aba así el proceso en el que el Conserv at ive Party o el Conservative and Unionist Party 58 , que se presentaba c omo abanderado de la defens a de las institucion es po líticas tradicionale s así com o de ideas ligadas a la pr om oción de la iniciativ a individual, habría em anado del pretérito Tor y Party . Y es que a ojos de m uchos , se puede hallar en l as ideas torie s de la época de la Revolución gloriosa (Ecclesha ll , 1977; 1990), los orígenes lejanos del conservadur i sm o británico 59 . Finalm ent e, el uso del adjetivo conservative term inó 56 En el caso del conser vadurismo b r itánico, muchos autores d ife rencian, entre Conservative y Conservatism en mayúsculas , para aludir a las i d eas, dinámicas o p ol í ticas del Conservative Party y conservative y c ons ervatism en minúsculas p ar a señalar los de sarrollos intelectuales de esta i deolo gía. 57 L a sentencia c ompl eta habría sido escrita en el marco d e uno d e los más conocidos ensay os publicados p or la Quaterly Review en el siglo X I X de tít ulo “I nternal Policy” y diría: “ T he Tory party might with more propr i e ty be called the Conse rvative Party, a party w h ich we bel ieve to compose by far the largest, weal t hiest, and most inte lligent and respectable port ion of the po p ulation of this country , an d w ithout whose support any adm ini s trat io n that can be for med w ill be fo und deficiente both i n char acter and stabili t y ” (Ci tado e n Sack, 1993: 5). 58 El partido conservador brit á nico (en la forma del Conservative and Unioni st Party que defe nd ía la unidad constit u cio n al de los conservadore s con los uni on i stas liberales que defendían la unión con Escocia e I r landa) represent a ba una alianza defe n so ra de las instit u cio nes establecidas, d esde s u «fundación» tras el Pee l’s Tamwo rth Manifes to de 1 834. 59 L a contrapos i c i ón entre las doc trinas de autoridad y el gobierno que posteriorme n te serían protagonistas del enfre n tamie n to entr e wh igs y tories se habrían fraguado a lo largo del siglo XVII . Hacia fines de la Crisis de Exclusión (1679-1681) se comienza a difund ir la utilización de dichos términos . Tras la R e volución Gl oriosa (1688) los w higs moderan su p o stura y en el bando de los tories muchos ya recono cerán la n ece sidad de medi d a s constituc i onale s contra la a rb i tr ariedad del gobier no (Eccle shall , 92 reemplazando en su importancia al de t o ry , que habría estado vigente previam ent e desde hace unos c i en t o cincuenta años, implicando este m o vimiento una nueva carga se m ántica en virtud de la que las notas reaccionaria s del torysmo habrían sido ree m plazadas por u na nueva significació n política m ás l ig ada a los anhelos reform i stas, a l a saz ón encarnados en una figura política com o la de R obert Peel. De hecho el Oxford English Dic t ionary ( OED , i bíd .) sug i e r e qu e conservative des i g naba originalm ente a un oponente de l as visiones r ea ccionar i as to ri es . A este barniz de moderación con el que se engalana en sus inicios lo conservado r en dicha tradic i ón política británica habría que sumarle el proceso de « in vención» del conserv adur ism o burk eano, un l a r g o proceso h istórico en virtud del que se habría in terpretado y conv ertido la obra de Edm und Burke, un whig , en el referente intelect ual y político por antonom asi a de l conservadur i sm o británico (Jones, 2017) . Precisamente, en estos inicios semánticos de lo conserva dor , e sa lab or de interpret ación « ideológica» de Burke estaba com enzando a elaborarse, aunque ha bría que esperar al período eduardiano cuando, desd e entonces hasta hoy, se consiguiese difundir y hegem onizar la figura b urkeana en los confines del conservadurism o británico. Pese a que fues e a posteriori de la vida del propio Bu rke, este factor contribuy ó a qu e, en la actualidad , t end amos a a sociar (en términos relativos) el conserv adurismo británico a una postura que valora la m oder ación frente los ánim os revolucionarios , y que enfatiza los valores de continuidad y pr e serv ación de un leg ado político-constitucional hi stórico. 1990). Ell o podría dar cuenta de la co n fus i ó n que a n ive l historiogr áfico existiría a l a h ora de categ orizar el pensamiento o las inclinaciones id eológicas de un político o pensador de la época. A sí, por ejemplo , muchos conser vad o res, sobre todo en décadas recien tes, habr í a n observado a Burke como el fundador de sus creencias pol í ticas . Pero , en realidad, Burke no se había ident ificado n unc a a sí mismo como conserv ador. 93 2.1.2 D I M E N SI O N ES D E L CO N S E R V A D U R IS M O 2.1.2.1 El c o n s e r v a d u r i s m o e n s u d i m e n s i ó n g e o g r á f i c a 2.1.2.1.1 El con servadurism o en Europa continenta l El vocablo « conser v adurism o» en Europa continental está sujeto a confusión. Si b ien, com o señal ábamos, uno de los primeros us os político s registrados más importante s se sitúa a finales de la pri mera década del XIX, en la antedicha rev ista fun dada por Chateaubriand, m uchos autores insisten en que la respues t a conservadora a la m oder nizac i ón no comenz ó al hilo de la Revolución francesa, sino que fue des arrollándose en v irtud de l a temprana erosión d el orden tradicional a manos de l os monarcas y príncip es que anhelaban ce ntralizar s u poder en torno al E stado y en detrimento de las esferas de autoridad const i tuidas en derr edor de los pri vilegios de los nobles y patricios, de la j e r a r q uí a ecles i ás tica así como de otras instituciones corporativas feudales (Wei ss , 1977). Así, sobre la base de esta interpretac ión, « conservadoras» fueron todas aquellas agrupaciones de clases privilegiadas del Antiguo Régim en que antes, dur an t e y después del gran acontecimiento revolucionario francés habrían em puñado sus arm as , bélicas e intele ct u al e s, en pos de la defensa a ultra nza de los princip ios, valores e instituciones de un orden feuda l y tradicional sometido a innúmeras am enazas. Y es que, los conservadores de toda Europa se habrían así sentido abrumados por la ruptura con la sociedad del XVIII , una sociedad m odel ada sobre u na base económ ica ag r aria, sobre el protag onismo social de la aristocracia y en t o rno a l a Iglesia, l a fam ilia, el grem io, la comunidad y los esta t es . A su v ez, con el tiempo, y al hilo de l a complejidad de acontecim ient os r evolu cionarios como el francés, muchos campesinos pobres y art es anos y otras clases desfavorecidas se fueron constituyendo de m odo cont ingente en una masa pr op i cia para esos mov i mientos conservadore s de carácter contrarrevolucionar i o. Es así que la R evolución francesa y la posterio r in vasión napoleó ni c a consiguieron fermentar un a respuesta contrarrev ol u ci on ar ia que, en par t e, pronto parecerá ver colm ados sus anhelos tras el empuje que Prusia, Rusia y Austria otorgan a la celebración del Cong r eso de V iena en 1815, u na alian za cl av e para el inicio de una Restaurac i ón en to dos aquel los países europ eos « a m enazados» en m a yor o m enor m edi da por lo s p rincipios rev olucionarios. Com o es conocido, la r e pr e si ó n, l a s pur g as y el retorno de los nobles a los cargos públicos, la I glesia y el Ejército, no tuv ieron como efecto un regreso sin más 94 al estado insti tucional y social prerrevolucion ario. Las transformacion es urdidas al calor del ánim o revolucionario tanto a nivel de orden i ns tit u ci on al como de mentalidad popular fueron lo suficientem ente intensas como para haber sido barridas sin más. Así, durante t od o el siglo, muchos conservadore s y contrarrevoluciona rios tuv ieron que luchar irremediablem ente contra el fantasm a del nacionalism o, cuyo es píritu, instigado ya en tiempos rev olucionarios, comenz aba a prender cada vez m ás en los ánimos populares y políticos en tantas naciones europeas. Po r no hablar, naturalm ente también, de la pugna entablada con la burgues í a y de las clases trabajadores, dos sectores s ocia les que poco a p oco f u er o n luchando por v er satisfech as sus r eivindica ci on es o dem anda s de poder y representació n en el nuevo escenario posrevoluciona rio. Y es que, según la visión conservadora, el d esarrollo de la industrial ización habría quebrado con los antiguos roles y obligaciones, enfatizan do y difundiendo el individualism o, l as relaciones contractuales, el liberal i sm o, l a dem ocracia y promov iendo en últ ima instancia el desorden social com o consecuencia del surgim i ento de un proletariado industr ial sumido en condiciones de explotación, d es em pleo, pobreza y dispuesto a la rev olución. Ello parecía se r ya, par a muchos conservad or es, algo irreversib l e. Ad emás, las demandas a favor de la extensión del su f rag io, de l a democracia y de la reform a social s e habrían i do sumando en la lista de inquietudes co nservadoras, s i t uando a m uchos partidos de dich a sens i b i lidad ideológ i c a ante l a tesitura de amoldarse o no al espíritu pol í tico de una nueva época. Es as í que muchos de estos con se rv adores, hubiesen id ea do atem perar los ánimos revoluciona rios del proletar i ado con t í m idas incursiones en la profundizac i ón dem ocr átic a, algo evidente en el caso británico al hilo de las reform as electo r a l es in tr o ducidas por Dis r a eli. Al hilo de todas estas c oyunturas histó ricas, la política conservado r a en Europa occidental se fue trazando de este modo en tor no a una serie de temas comunes, como la oposi c i ón al i n di v i dua l ism o ilustrado, la crítica a los excesos de la R evolución francesa y sus ideas de libertad, igualdad y democracia. Se puede decir que, en térm i nos generale s, el conservadu r ism o europeo clásico nació en aras de com batir las secuelas de l o que se habría dado en denom i nar com o la «m ent alidad geo m étrica» propi a del racionalism o ilustrado que, des d e el cambio de s i g l o, y con el pr ecedente burkeano a la vista, se volcó en contrarrestar el i nf lujo igualitario de Rousseau y el utilitarista de Bentham y su escuela, corrientes diversas que habrían de confluir en l o que, durante l a prim er a m i tad del sig lo XIX, fue el pensamiento liber al y que aún estarían « en l a base de lo que los ang l osa jones 95 y, especi a lmente, l os norteamericanos entienden por liberalism o » (De Miñón, 2008). E l conservadur i sm o se habr í a ido as í for j ando al hilo del avance de la modernidad y la modernizac ión, activándose siem pr e por la ruptura y el cam bi o de las fuerzas histórico - sociales y proyectándo se com o una «som bra t eó r ica» d e las inflexiones históricas del i lum inismo racionalista (Oliet Pala, 1 994b: 401). De este modo, el conservadurism o occidental se fue prop agando siem pr e en respuesta a los triunfos del racionalism o, así com o, de modo concomitante, en r e spuesta al prog resivo proceso de secular ización. Es en este sentido, qu e a los diversos desa r ro llos intelectual es críticos surg idos en respuesta a l os ac onte ci m ient o s políticos de esta nueva era política, les fuese aplicados de modo casi indistinto – y con m ás frecuencia de m odo extem por áneo – los calificativ os « conser v adores» , « reacc ionarios» y « t radicionali stas» . Así , para V a llespín (1993 : 9) la « reacc ión» sería uno de los rasgos que caract er izan a la política conservadora en t an to ésta se habría enfrent ado «al hilo conductor de la m oder nidad» , esto es, a la filoso f ía de la I lustración y a los acon t e ci m ient o s de la Rev ol uc ión frances a. Cabe señalar que exi s te una ci e rta confusión semánti ca entre t érminos como « conser v adur ism o», « tr adiciona l ism o » , «contrarrev ol u ci ó n», « reacc ión» e « in m o v ilismo». Vincent (2016), con l a vista puesta en la tradición política francesa, nos sug i e re una for m a de di s t ingui r entre e st os términos, térm i nos que, aludiend o a doctrinas, nocio nes o mov imientos no serían sinónim os. En primer lugar, « contr arrev ol u ci ón » no es equivalente, a m o vimiento conservador, aunque una y ot r a manifestac ión pudiesen alimentarse mutuam ente. Alude concretamente a un movimiento y partido político concreto nacido al calor de la Revolución francesa en aras de destruir sus resultados y, por tanto , oponiéndose al statu quo que aquélla habría instaurado. En la ur dim bre intelectual de l a contrarrev ol uc i ón se hallan pensadores may or itariam ent e franceses como De Mais t r e y Bonald , pero también de o tras na cionalidades com o, entre otros, Donoso C ortés, Coleridge o V on Herder. En general, igual que los conservadores, l o s contrarrevolu ci on arios m anif e st a ron una amplia de sconfia nza hac ia l a idea de « r ev ol ución» así como una potente crít i ca a la noción de « derec hos del hom br e» . Sin embargo los «conservadore s», señala Bénéton, se habrían opuesto a la Revolución más bi en porque consideraban que los revoluciona rios no habían sido capaces de integrar tradición y reform a, y , además, habí an pro pagado la noción d e derechos hu manos y luchado con ahínco por su declaraci ón, algo, todo ello, qu e para los propios conservadore s contr avenía el decurso de la histo ria y la tradición. Lo m i s m o 96 ocurre con «tradicionalism o», vocablo que alud e más bi en a un sentim iento de nostalgia, más o menos estructurado, hacia el pasado pero que en sí no llegaría a constituir una doctrina política. Por la contra el «conservadur i sm o » estaría anc l ad o en e l pr e sente reformista, abogando, a diferencia de los tradicionalis tas, por una tradición qu e no sería f ija sino que estaría som et ida con stantem ent e a la trans form aci ón y evolución. Pero lo importante es q ue, a juicio de este autor , el « conservadurism o » se habrí a teñido y se puede teñir de notas « reaccionarias» , c om o por ej em plo as í habría sucedido en la F rancia de la I I República (1848-1851) 60 . T o do e l lo nos sugiere qu e, m ás allá d e pulir las diferencias entre dichos conceptos, los préstamos de significado entre ellos es alg o esperable, toda vez que, desde sus inici al e s dev aneos en la política de tantos países eur opeos, « l o conservador» co m ienza a abarcar en tanto campo sem ántico un horiz onte en suma bast a nt e amplio, en donde n o sólo se podr í a d ivisar una disyunti va entre un a aprox i m ación r adical y una moderada, así c omo una eventual trabazón entre lo m oder ado y lo radical, sino tam bi én, y concomitantemente , una ausente o presente proxim idad con l a ideolog ía, tal vez heg e m ónica, del liberalism o 61 . 60 A su v ez, «re a cción» significaría para este autor una suer te de pragmatismo con no tas contrarrev olucionarias . Una actitud que se empeñaría en defe nder las costumbres y ciertas instituciones como la religió n, pero no tendría n i ngún proy ecto p ol í tico . Ig u alme n te, el « i nmov ilismo» no sería n i un a doctrina ni una se nsibilidad po lítica, constituye nd o más bien una critica m uy superficial d e l a pol ítica. 61 Añadamos que esta confusión se mántica a la que al udimos sería d e bida en gran p ar t e al hecho de que muchos de estos tér minos f u er on ac u ñ ados poste riorme n te a su surgimie nto en tanto conceptos, o dicho de otro modo, los concep tos habría n p re cedido a los términos. Así habría ocurrido con « conservador» , o también con « liberal» ( L eonhard, 2004). Asimismo, los derr otero s del térmi n o « conservadurismo» corrieron en paralelo a los sufridos por o tros « cont raco nc e ptos» que nos remiten a los otros d os grandes conjuntos de ideol ogías p ol í ticas nacidas al albur d e la moder n ida d política. C omo señala Walle rstein (2011: 11), en el período de 1815 a 1848 los términos «conse rvadu ris mo», «liber alismo», « socia lismo» comienzan a ser amp li amente utilizados, cad a uno de los cuale s aludiendo a una postura que se i d e ntificaría grosso modo en base a qué se opondrían concretame nte: al Antiguo Régime n en e l caso d e lo s conservador es, al conser vadurismo en el caso de los liberale s y al liberalismo en el caso del socialismo. Después de 1830 l a brecha entre liberales y socialistas se acentuó de tal mo do que en 1848 no quedó más reme d io que el que los conserv adores y los liberales fuesen aproximándose tímidamente en su comú n repulsa a los ánimos so cialistas, algo que tuvo co mo r esulta e l que los conserv adores, p or ejemplo, comenza sen a ser co nsci e ntes de la « utilidad del reformismo pa ra objetivos conserv adores» ( i bíd .: 17). A lgo e sto último , q u e c omo d ice Free den ( 1996), tuvo como secuel a la despole mi z a ción con significaciones «conserv a doras» de conceptos gen eralme nt e utilizados por los liberale s. Aunqu e , como bien precisa Wal l e rstein tampoco habr í a que desdeñar la compene tración e ntre conserv adores y soci alistas en oposi ción a los liber a l es, al menos respe cto a ciertos as p e ctos teóricos. De ello serí a una b ue na muestra tal vez el p e nsamiento de un Carlyle, al menos desde un punto de vista « neoliberal» como el de Ha y ek, para quien muchos conservadore s de an taño hab r ían real i z a do más de un devaneo ideológ ico con el pens amiento socia l ista. 97 Es en virtud de l os trazados semánticos que surcan dichas nociones el que, a posteri ori , pudiesen divisarse dos g randes flanc os en las respuesta s a todos esos desar rollos de la m odernidad política, respuestas que genéricam ente apodam os com o «conservadora s» . Así, de preferi r, con más o m enos acierto, englobar dichos flancos en una mism a etiqueta «conservadora» , sería común referirse a ellos como un conservadurism o de sensibilidad «m oderada» frente a o t ro de tipo « radical», calificativ os que naturalmente ha cen re ferencia al respectivo modo en que el tema del cambio político es encarado. Ciertam ente, puede so st e nerse, que la vertiente m oder ada sería m ás evidente en el caso del conserv aduri sm o en la onda británica que en el conserv adur ism o europeo -cont i n ent a l. Pero, con todo, es te últim o entorno no fue ajeno a las llamadas a la moderación desde una perspectiva que alg unos, más que conservado ra, pref erirían denom inar la, tal vez con más acierto, como liberal, aunque eso sí adjetivada con el m at iz de «conservadora» , es decir, «liber a l conservadora» . Así, el horizonte semántico (también f u er a del entorno británico ) del térm ino «conservadur i sm o » abarca a t eo r ías que pese a enfren tarse a la « il ustración radicalizada» fueron «perfectam ent e compatible s con muchos de los presupuestos del discurso ilustrado como un todo». Ello explica el que diversos aut o r es como T ocquev ille pudiesen ser r e t rat ados como «conservadore s» e ilustrados» a la vez (Vallespín, i b íd .: 10). Y es que si bie n m uchos m onarcas e intelec tuales habrían in tentado re afirm ars e en un ánim o reaccionario ha ci a la reinst aur a ción del orden p asado, muchos otros habrí an intentado contem por izar con al m enos algunos de los cambios pergeñados por los revolucio narios así como con ciertas p ropuesta s libe r a les vigentes en el prese nte. E sta diferen t e «actitud» tenía su contrap artida en el progres i v o acercam i ento de m uchos li ber a l es a postu r as m oder ad as de reform a y no de revolución, una postu ra, l a del equilibrio entre lo tradi cional y lo nuevo, que tuvo en cierta forma su tímido reflejo en al g unas manifestac iones de pensamiento y acción en muchas tradiciones políticas eur o peas al hilo del desafío revolucionario francés, siendo la de l « l iberali smo doct rina r io» una de las m ás conoc i da s. Valga l a p ena insis tir así que en Eu ropa con t i nental, el escenario d e confluencias entre lo liberal y lo conservador sería menos es perabl e y por supuesto mucho más frág i l. Pese a ello, en la era de la Europa posrevolucio naria, al amparo de tímidos antecedentes intelectuales previos, surge toda una corr i en te de opinión, el « liber alism o doctrinario» , conform ada por pensado res, políticos y hombres de conocim iento que habría dejado su sello no só l o en el plano i ntele ct u al s ino también, tímidam ent e, en 104 importancia de la experiencia de los ancestros, de las leyes fundamenta l e s del pa í s y de la fo r m a fija de la Con stitución cuyos méritos se confirm an por el inquebran t ab l e t est de l a experienci a y el aum ent o de la fuerza y prosperidad nacionales (Burk e, 2004: 12 1). Y obviando los azarosos vericuetos que va trazando la comple j a el a boración de tradicio ne s intelectual es , lo cierto es que Burk e y su visión consiguen ev ent ua l m ente auspiciar el d e sa rrollo de la identidad d el c onservadurism o brit án i co . Aug hey (1990: 100) señala cómo, en efecto, el conservadurism o británico es tomado com o el paradi g ma de la d erecha moderada precisamente por la excepcional continuid ad y estabilidad d e la práctic a constituciona l de su país, mientras que, por ejemplo, no ocurriría lo m i sm o con el conserv adur ism o est ado unidense, al cual se le habría negado en repetidas ocasi ones, su propia legítim a exi s tencia. Per o eso sería a juicio de este aut o r un craso error t oda vez que l a existencia de una l u cha de interpretac i one s en t o r no a una «conciencia constituci onal» serí a el f oc o de los debates ideológ i cos m ás relevantes tam bi én en es a seg unda tradición política. Ello explicaría que los conse rvadurismos británico y estadouniden se pud iesen tom ar se com o dos casos igualm ent e paradigm áticos de derech a m oderada. A juicio de es t e académ i co, dada la ausente quiebra entre el pays l ega l y el pays reél que habr ía at o r m entado a los conservado res f r an ceses tras la Rev ol ución, así com o a muchos conservadore s de la Europ a central y occidental tras la IG M, el p ens am iento de l os conserv ador e s británicos y estadouniden se s no se hallaría tan teñido de « angustia» ( ibíd .: 102) . Aug hey va aún más le jos al afirmar que más que el que la experienc ia b ritánica y estadoun idense determ inasen el cará cter d el conservadur i sm o, serían las ideas conservadoras, en su dialéctica con l a s radicales, las qu e determ inarí an l a experiencia política británica y estadouniden se : En este se n tido, el co ns erva durismo deb e entender se co m o la visió n interna de la vida po lítica de un Estado. Mira hacia las tradiciones, costumbres y con ven c iones de una comunidad política e n busca de insp iració n e imaginario. Lo que busca e s un p unto d e referencia estable y reconocib le en aras de o rientarse en el flujo del pr esente. ( ibíd .: 103) 64 . 64 L a ci ta origi n al así lo recoge: “ In this sense conservatism may be understoo d as the inner vision of the p o litical life of a state. I t looks wit hin the authoritative trad i tio ns, customs and conventions of political comm unity for its image r y and inspir ation. What it se eks are re c o gnizable and stable lan d mar k s to orient it i n the f lux of t h e present.” 105 Esta idea del conserv adurismo británico y estad ouni de nse como versiones muy parej as de una misma familia ideológica, es consecuen t e con el argum ento más « estructuralista» que, com o vimos, sos tenía que RU y los EE.UU. compartieron a l o l argo de su devenir h istórico, sobre todo bajo la paternidad m ás remota de la experien ci a política de la Revolución G loriosa, unos r as g os constituci onal es e instituciona les que los diferenciaría en la prontitud, y posteriorm ent e dens idad, que habrían adquirido aspectos como el rule of law , la separación de poderes, la garant ía de los derechos y libertades individuales, el desarrollo de las institucio nes democráticas así como tantísimos ot ro s rasgos inelud i bles de un orden pol íti co con stit u ci o nal de calado libera l y democrático. Y es que esa « conc iencia c onstituc ional» así como la ya aludida carencia de una experien cia revolucion aria a la francesa en su haber políti co, explicarían en cierto modo l a exi stencia de un área de conviv encia semántica entre lo liberal y lo conservador más amplia que la que habría existido desde sus inicios en el ám bi to continental, conviv encia semántica que habría de reflejar natura lmente esa más directa convivencia ideológico- polí tic a, m ás punt ead a o más ocasion al , entre las i de ologías del liberalism o y el conservadurism o, al menos desde la perspectiva de su pensamiento m ás que desde un plano estrictam ent e político. En suma, lo que antes hem os ref e rido como las modalidades liberal-conservadoras o conservadora s - liber al en un plano de pensam i ento e ideología política. Y ello, pese a que, en realid ad, aunque en un sentido muy l ato, en cada uno de sus respectiv as t radi ciones pol í ticas, se habrían i do sucediendo al hilo de la historia las clás icas contrap osiciones ora entre whigs y tories o laboristas y conservadore s – en lo que r esp ec ta a RU – , u ora entre federalistas , demócratas o libera l es y conserv adores – en rela ci ó n al cas o est adounidense – (contrapos i ciones que, obviam ente, implicarían unos cont e nidos sem ánti co s m ucho m ás am pli os o no tota l m ente a si m il ab l es a la de « cons erv ador versus liberal» ). No obst an t e esa sinergia entre l o liberal y lo conservador lo es en un sentido bastante preciso de ambos t érm inos. Veámosl o. Centrándonos en la historia más próxim a, a partir del período de entreguerr as, se comienza a percibir una cie rta sinerg i a i deo l óg i co-intelectua l , en ambos lados del atlántico, entr e pensado r e s que se d i c en conserv adores «m oderados» o de inspiración « anglo » y pensadores que se dicen liberales « clásicos» o empeñados en r ecuperar el liberal i sm o de su declive, un « declive» que es atribuido al aug e de las ideologías tota l i tarias y de las ideolog ías l ib er ale s «prog r esistas» . Es así que podríam os hablar de una conv ergencia muy clara entre conservador es , tanto « anglo» co m o continentales, en derredor de unas 106 preocupacion es comunes que se fueron tejiendo al hil o de los convulsos acontecim ient os que mantenían en v i lo al m undo occidental entre l a s décadas de los treinta y cincuenta. Por una parte, es os conservadore s y liberales continent ales que miraban al conservadurism o « anglo» se podrían contemplar – no s i n e xagerar – como un paralelo m ás actual de aque l lo s liberales y conservadore s que al hi lo de los aconte cimien tos revolu cionarios de finales d el XVII I buscaban en el m odelo consti tucional británi co un destello de sabiduría po líti c a «exportable» a sus propias tr a di c i on es políticas. Con t odo, estos i n t e l ec tuales huían del Estado t otal i tar i o y proponían com o r em edio para la debilidad de las i ns t ituc i one s de la democracia l i be ral l a n eces idad de arti c ul a r un liberalism o que r e spetase las expresiones conserv adoras de la com unidad y l a tradición, encontrando en escritores europeos com o T oc queville o Burckhardt (y no en pensad ores conservadore s reacciona r ios y radicales) una im pa g abl e fuente de inspiración. Es dec ir , estos i nt electuales buscaban p ergeñar un ideal polític o que resu l tase de la arm onización entr e, por una part e, l os principios liberales del ru l e of law , del constituciona l ism o y del laissez faire y , por otra, l o s principios organi cistas en clave más burkeana que enfatizaba n la importancia de forjar los derro teros modern os y liberales en los anclajes de una comunidad y una tradic i ón suficient emente sólidas. Por otra parte, también se aprecia cómo en latitudes e stadounid enses, alguna s miradas s e vuelcan al continente europeo, pero t am bién al entorno británico, para rebuscar en sus entrañas históricas una serie de referentes intelectuales propicios para l a puesta en marcha de un «m ovi m iento conservado r americano» adecuadam ente legitim ado. Curiosam ente, en los estadouniden se s f atídicos años t r e inta se obs er v a una radicalización de la disyuntiv a l ibera l - conser v ador que nos podría hacer pensar más bi en en la incompatibi l idad entre am bas manifestaciones ideológica s. Co mo ya habremos de comentar, esa disyuntiva será fruto de los nuevos contenidos semánticos aport ados a am bos térm inos en dicho cont ext o espacio temporal, en donde l o « l iberal» se asociará c ada vez m ás a ref orm is m o prog resista y lo «conservador» se teñirá de una enorme complejidad de referentes al hilo del nacimien to en l os años cuarenta del conocido como «movim iento conservador» . Sin embarg o, y pes e a los devaneos con componentes ideológicos reaccionarios y esencialistas por parte de dicho movim iento, m uchos de sus protag onistas miran a Europa y a RU en busca de referente s intelectual es y pol ítico s que les posibilite el maridar sus afinidad es con e l liberalism o laissez faire y sus deferencia s h acia un a visión b urkeana en clave tradicional, esto es, lograr que lo liberal se acompas as e con lo conservador. 107 El detonan t e que une a todas estas manifestacio nes, europeas y estadouniden se s de inspi ración «liberal» y « cons ervadora» es , como decíam os, el de las p ropias exp eriencias totalitarias que tienen lugar en el vie jo conti nente. La capacidad con la que el enemigo es percibido, a ojos de todos esos pensadores, com o englobado tanto por los extrem os r ad i c ales d e la derecha nazi- fascista com o por los de la izquierda comunista, así como, también, por lo que i n terpretarán como una ver sión adulterada del « li beralism o » en m anos de los p rogresistas, es el p rincipal f oc o que unirá híbridamente, pese a sus respectivas diferencias, a t od os est o s intelectuales. Si bien e se anhelo de r ecu per a ción d el liberalismo « clásico» se manif estó también a trav és de su adyacencia con con tenidos «nuevos» de tono m ás « li bertario» , lo decisiv o se r á que en gran parte de sus expresiones se de j ó aderezar también por ele m entos « conser v adores», como podrían ser los atinentes al canto a la tradición, la costum bre, el orden m or al y la estabilida d político- soc ia l, aspectos que se presentaban discursiv amente como t an necesarios p ara restaurar la tranquil i dad política en una Europ a devastada. A su vez, los confesam ente «conservadores» se habrían acom odado en una visión de raíces libera les, aceptando m uchos de los postulados que en esta tradición ideológ i c a habrí an sido voce ados , eso sí , al m argen de sus expresiones más «radicale s». Un buen reflejo de es ta sinergia, t a l vez el m ás conocido, lo constituy ó l a c orri ente urdida en torno a lo que se habría denominado c omo « liberalismo ordo» . Asimism o, y en parte, lo q ue se denominó com o Cold War liberalism habría reflejado también esa confluencia intelectual así como, ya a un nivel político, y del lado más «conservador» también lo harían ciertas expresiones de la dem ocr acia cristiana, pues no en vano ést a se habría vis t o forjada al albur de las ideas del Ordung ( Bohm ler, 1998) . Por no hablar de los paradig máticos escri tos del « conservador liberal» Oakeshott y del « l iberal conservado r» H ayek (por así denominarlos ) en lares británicos en tiempos de la denominada « er a del consenso» , representando es as voces minoritar i as que pugnaban o bien por revertir las derivas «intervencio nistas» de los partidos conservadores o bien por hac er lo mism o r especto a las derivas más progresistas de lo s liberalism os. En el contine nt e europ eo, destellos de e sta apreciaci ón libera l - conservadora se podrían hallar también en los esc ritos de Bertrand de Jouvenel, de W ilhelm Röpke o incluso de Raym ond Aron. En gran parte, todos estos autores y corrientes referidos impiden ser cat egorizados ex clusivam ente como « l iberales» o « conservadores» , resultando ser ello l a m ej or prueba de esa hibridació n semántica que s e habría conseguid o articular. 108 Está claro que todo lo referido nos puede dem ost rar c ómo sí sería posible hablar de un ho ri z onte conservado r compartido a un niv el británico y estadouniden se . Un conser vadurismo que, con ese se n t ido semántico híbrido que venim os refiriendo, habría si do ocas i ona l m ente urdido duran t e más de un siglo pero que, sobre todo, a l despunt ar de l a década de lo s trei nta, contará con aportacione s i ntele ct u ales e ideológic as muy significativas. Muchos de esos i nt electua l es que hem os mencionado son también responsable s de velar por esas narr ativas que en térm i nos estructurales o ideacionales di bu j an una converg enci a entre ambas tradiciones na ci on ales, consiguiendo, por tanto, dotar a sus reflexiones de una mayor legitimidad. Con todo, en el m arco del espacio com ún que se habría proyect ado, tanto en los EE.UU . como en RU, entre lo liberal y l o conse rvador – en ese sentido preciso de am bos térm i nos que acab amos de ref e r ir – la tensión entre po r una parte este sentido conservador (y l iber al clásico) de lo liberal y aquel otro sentido en clave pr og r e sista y r ef o rmista, defin i rá históricam ent e las dinámicas de la d erecha ideológica y pol ítica de a m bos paí ses. Pero, al m ar g en de esa tensión evidente a ni v el de espectro ideológ ico, existiría una tensión interna entre lo liberal y lo conservador en el se n t ido híbrido al qu e venim os refiriéndonos. En qué sentido se resuelve d icha tensión, esto es, si a favor de la p redominan ci a del tono conservador o, por la contra, del liberal, es en realidad, pa r t e funda mental del m odo en que unos y otros c onse g uirán, o no, quebrar con los lazos que habrían sido tejidos en torno a es e espaci o compartido híbridam ente de corte t an t o «liberal» como « cons ervador» . Así, por ejem pl o, se podr í a argüir que, en la actualidad más reciente , el significado de cada uno d e e st o s términos podría, e x hypoth esi, ha berse distanciado m utuamente, en tér m inos de com partir cada vez m enos atributos ideológicos comunes con su opuesto. Ello, que es con t o do algo difícil de dictam inar en e l presente, nos lleva precisamente, a recalar en el t em a de esta tesis, en torno al futuro del conservadur i sm o «moderado» en el ámbi to «ang l o» , focali z ando en el caso estadoun idense y británico. Un futuro que, en las últimas déc ad as , se disputaría fr e nte al predominio de l a s corrientes « radi cales» , en est e caso repr e se n t ad as en un lado por las adyacenc i as conservadora s en clave más radicalm ent e neo liberal e indiv idualista, as í como, en otro lado, por las expresiones conserv adoras de sabor populista y autoritario. Y dado que las for m as ideo lógicas se dejan impreg nar e hibridar con tanta facilidad, si n duda, nos h abremos de cuestionar en fu turos capítulos – al menos a c uestionar – , el estatut o «moderado» de aquel conservadur i sm o que como t a l así sigue postulándos e, pero que, t a l vez, se habría dejado ya im buir por esas tend encias hiperbólicas que lo quisieran 109 anclar o bie n en las veredas de l individu alismo posesivo o b i en en los caminos de l au toritarism o y el esenc i a l ism o. 2.1.2.2 El conservadurismo en su dim ens ión temporal Sin entrar en g rande s pro f undidade s, un paseo por la l ite r atura que busca def inir al conse rvadurismo de j a ent rever tam b ién que la dim ensión que a t añ e a cuándo y cómo surge el fenóm eno, ocupa un lugar preeminen t e. De este m odo, ahora, a todo lo anter i or se le sum a el debate sobre el alcanc e temporal o histórico del conservadurism o, toda vez que tanto a nivel conservador como a nivel a ca dém ico existen dudas de si el conservadurism o es un fenóm eno que podr í a surgir – o que de hecho surge – en cualquier m o m ent o y lugar o, por la cont r a, sería un fenóm eno cuyo apogeo habría tenido ya una fecha de c aducidad en el pasado históric o. Es así qu e podem os divisar tres g r an des p osturas al respecto en l a literatur a. La primera nos querría dar a entender que el co nservadurism o es un fenómeno universal. Ello se correspond ería con l a denom i nada, por Huntington, como « t eoría autónoma» , la cua l por ejemplo podemos a t r ibuir, entre otros, a Russe l l Kirk. La segunda, en cambio, sostendría que el conservadur i sm o es únicam ente la expresión i deológica de las clases sociales amenazadas en sus privilegios por m or de la irrupción revoluciona ria en la Francia de finales del XV II I. Éste sería también el argum ento de la denom inada como « teor ía aristocrática» , en la que, en base a aspectos sustantiv os, el conservadu rismo se seña l a como el equi v alente a la « ideología» del Antiguo Rég imen (Hartz, 1991). Y esta e s precisam ente l a visión que mantiene Gottfried al señalar que l o que ha dado en denom inarse como «conservadurism o » en los EE.UU . sólo puede ser el «v i e jo liberalism o » , ya que conser vadurism o significar í a únic amente esa expresión aristocrática reactiva que se despertó en Europa tras la amenaza revoluciona ria a los privileg ios de aquel l a clase, alg o que, p or tanto, brillaría por su ausencia al otro lado del Atlántico (Got tfried, 2007). La tercera aproxim aci ón argum ent a que el conservadur ismo surge respondi endo a determ i nados contextos históricos en los cuales las institucion es existentes serían gravem ente amenaz ada s. Esta podría denom inarse, a decir de Huntington, como la « t eoría situacional» , la cual, además, él mismo considera com o la más acertada. Para H un ti ng t on , por ejem pl o, no pued e existir – al m enos de form a consciente – un conservadu ri sm o si no ex i s t e una amenaz a clar a al orden existente. Así, el conservadur ism o solo podría tener 110 lugar en m omentos hist óricos concreto s como los v ividos en Franci a a l socaire de la Revolución francesa o en Rusia en los t i em pos de la Revolución bolchev ique. De este m odo, si bien el conservadur i sm o para Huntington c arece de un ideal sustantiv o, sin em bargo sí cuenta con una construcción teórica que gira pre cisamente en torno a los requisitos instituciona les de un orden social, por ello dirá este autor, el consenso impide el conservaduris mo. Frent e a la teoría aristocrática, la teoría situacional concibe la existenc i a del conservadurism o antes incluso de la Revolución francesa, así como también en relación a la amenaz a a las institucione s l iber ales, y no sól o, por tanto en relación a la divergencia hacia las i ns tit u ci on es del Antig uo Régim en. En una línea parecid a apunta Mannheim ( 1963) para quien el conservadurism o es , ante t odo, una «configurac i ón estructura l dinámica e histórica» . Per o el criterio por el cual el conservadur ismo se concibe como una ideolog ía que surge en determ i nadas coyunturas hist ó rico - polí tica s bi en puede ser otro. Por ejemplo, Rossiter (1962; 1968) aleg a que el conservadurism o sól o es posible cuando la oposición es liberal y no radical en su actitud hacia el orden establecido. A su vez , contra Huntington ( para qui en una situación de conflicto o deso rden era la condición sine qua n on del conserv adur ism o), argum enta que éste en re alidad no podría exis t ir o no podrí a su r g i r en m o m ent os de grave amenaz a a las instituci ones exis t e nt es, pue s todo lo m ás que podría emanar de tal situación sería una dualidad de oposicion es netamente enfrentadas: por una parte aquellas revolucionaria s y amenaz adoras del orden existent e, y, por otra, las contrarrev ol uciona ri a s no inclinadas a « conservar» sino, más bien, a la m ás pura reacción. En cualquier caso, por ahora bástenos con sugerir y tener presente que el conservadurism o en tanto fenómeno ideológico debe ser estudiad o teniendo en cuenta la existenci a de una superposición que, en su conce pt o, se daría entre una m iríada de diferentes capas y planos tem porales como resultado de su dilatada trayectori a histórica. Las tre s visiones t eó r ica s antedichas, en realidad, t ra tarían de lidiar con esa dificultad « académica» de forjar «un» concept o de conserv adur ism o ante tan gran maremág nu m temporal y también espaci al ; abogando unas por reducir esta complejidad a la si m plicidad de una universalidad conservado r a, otras por circunsc ribir lo conservador a un mom ent o úni co de dicha trayect oria, y otras por adm itir su existencia en diversas circunstanc i as ba jo ciertas condiciones. Y como verem os a continuación, e sa riqueza tem por al, m ate rializada en vir t ud de diversos factor es , estaría muy inf lu ida por las transform ac iones de los 111 espectros polít icos así com o por las diversas dinám icas de adyacenci a entabladas con o tr a s i d eologías. 2.1.2.3 El conservaduri smo en el marco de l as i deologías p o l í t i c a s c o m ú n m e n t e d e n o m i n a d a s d e d e r e c h a A lo lar g o de este aparta do emprenderem os un breve viaje por l a adyacencia i d eol óg ica del conserv adurismo en el marco de las ideo l og í a s comúnm ente denominadas de « derechas» . Consider a remos la posible adyacencia concep t ua l que e l conservadu r ism o podría habe r for jado, por una parte, con el liberalismo y sus re form ulac ion es, así como, por o tra, con ciertas manifesta ciones autoritarias y antiliberales. A su ve z , ello nos ayudará a d irim ir las difere nci a s y semejanzas entre un conservadurism o que se dice clásic o y ot ro q ue se dice nuev o. 2.1.2.3.1 Enfoques definitorios, utilidad y uso de l a etiquet a «derecha» En el sig lo XVII I la esf era económ ica s e ident i fica con el ám bi to de lo privado frente al ámbito político que se iguala a lo público. Mediante esta separación se consum a la distinción que el libera l ism o clásico desde finales del siglo XVII realiza entre i nd i v iduo y Estado, y entre lo privado y lo público. Tras l a Revoluci ón f r ancesa y durante todo el si g l o X I X esta distinción se acentuará aún m ás. Lo realm e nte im por tante es que, en consecuencia, en l as prim er as décadas de dicho siglo los liberales se posicionan a sí en la izquie rda, incluyendo un amplio prog rama re formista enfocado a l a i m plantación de la dem ocr a cia, con muchos componentes republicano s, an t icleri cales, así como marcado por la conformación de un estado pequeño y por la defensa de los principios del libre -m ercado. Estos primeros liberales eran igual i tarist as respeto a los anhelos de eliminar las estructuras jerárquicas mediev ales. Algo que lo s contrastaba con l o s conservadore s en la dere cha, quienes se al i ne aban a fav or de u na s sólidas institucione s monárquicas, religiosas y tradicionales ab ogando por un Est ad o fuerte, y def en diendo l a jerarquía y l a desiguald ad. A m edi ados y finales de siglo, en cambio, con e l surgim iento de l socialismo el espectro ideológ ico sufre una transform ación. La izquierda esta r á desde entonces represe nt a da sobre todo por los div er so s m ovi m ientos s ocialistas en tanto su prog rama 112 social será plenam ent e igualita r ista ( Car d oso Rosas y Rit a Ferrei ra, 2014). Así, en l í nea s generales, el espectro ideológico se estructuraría a pa rtir de ese m omento en torno a esta divisori a ind i v i duo-Estado de modo que los prointerv enc io nistas se situarán e n la izquierda y los antiint ervencion i s tas en la derecha. En el sig l o XX l as dem ocr acias posindustr i a les se enfrentan a una ser ie de transform aciones en virtud de las cuales el es pa ci o público se vuelv e m ucho más com plejo y f r a gmentado. Desde princip i o s de siglo se asis te a la denominada « cr isis del liberalism o » . Surgen una serie de ideologías no democráticas m uchas de las cuales invoca rán a la acció n polí t ica en m odal idades extracon stit u cionales, ideología s que, p or otra parte, muchos estudiosos dudan en incluirlas en el espectro derecha-izquierda ( ibíd .) A partir de m ediados de siglo se va anunciando poco a poco una transform aci ón de los espectros político s de las democracia s occidentales en clave de una enorme f rag mentación y comple jidad. Aquella e structuración tradicional del espacio públ i co continua vigente, pero, sobre todo, desde los setenta y ya tr as el fin de la Guerra Frí a, se producirá una dinám i ca de desvinculac i ón de las clases sociale s respecto a los par tido s tradic i ona l es. Desde entonces será mucho m ás difícil explicar el com port amiento electoral en base a las líneas de clase, de lo cual d aría bu ena cuenta el conocido fenómeno del aburguesa miento de las clases tra bajadoras (E at we ll y O’Sullivan, 1989). Un reflejo de esta complejid ad lo conforma el surgim i ento de nuevos partidos e identidades políti cas que buscan distanciarse de los alineam ient os tr a di c ionales, como sería e l cas o d e l os que habrán de ca l ificarse como «nuev os m o v imientos socia l es» . Ya en la década de los sesenta, la Nueva Iz q uierda o New Left se perfila como una alternativa a la i z quierda tecnocrática, de m odo que se anunciará en la s siguientes décadas la c r isis ideológica de la izquierda, exis t iendo una g r an controversia entre sus diversas manifestacion es acerca de cuál deb e ser el r ol del estado en la sociedad y la econom í a. A su vez, en e st a década y la siguient e se produce un gran intento de destrucción ideo lógica del socialism o a trav és de la prol i fera ci ón de in numerables think tanks de derecha. El es pe ctro de la derecha es disputado desde la New Right , las corrientes l iber t aria s, l a s laissez-faire , o las tradicional i stas, ent re o tras. En efecto, los ochenta son testigos de l a gran crisis electoral de los partidos de izquierda así como del concomitan te éxito de l a derec ha (algo patente en Alem ania, Gran Bretaña, EE . UU . , y en la derechización d e Francia, Espa ña y Suecia…). El neoliberalism o consigue en esa época bosquejarse como nueva ort od oxia económica hegem ónica tras l o que se habría denom inado como el desgaste 113 del paradigm a keynesiano. J unto a est a ref o r m ulación neoliber al del lado derecho del espectro ide ológico, se consolidan no obstante las nuevas izquierdas, los mov i m ientos políticos posmodernos y de la política de la identidad, así como las versátiles terceras vía s. Precisamente esta última sensibilidad ideológica de las terceras vías hará que m uchos partidos socialistas se impreg nasen también – como naturalmente m uchos partidos conservadore s – de los principios neoliberales en boga. Así, se cierne un a época de desv i ncu l ación con los partidos tr a dicionales y pos terior realineam ient o, al g o que j unto al decliv e de la afiliación partidis ta, el surgim i ento de nuevos partidos ( « anti partid os» ) y d e la política tem ática contribuiría n a que los partidos dejasen de ser actore s centrales e n la política de l as democra cias o cc i den tales avanzadas (Talshir, 2015). Con t odo, si bien esas dinám icas que apunt ábam os de «desv i nculación » de l as clases sociales respecto a su s com por tam i en t os tradiciona l es de vot o, fueron en aquel l os tiempos una realidad , en la época de c risis a ct u al , tanto el lengua j e de la izquierda como de la derecha, parecen volv er i rre mediablemente a l os problem as socioeconóm icos (Vallespín, 1996), de modo que aquel anuncio de la política posm aterialista parecies e al menos haberse mitigado paulatinam ent e 65 . Es así qu e, si alguna pauta debiese apercib i rs e en l a evolución de l a significació n de los voca blos de derecha e izquierda tendría que v er precisamente co n e l arraigo de esa confron tación entre posicionam ient o s intervencioni stas y antiintrev enci o ni s tas, situando a l a izquierda con los primeros y a la derecha con los segundos. Aho r a bien , precisamente, lo que estaría en juego sería – entre muchos otr os as pe ctos – hasta qué punto dicha contraposición sigue def iniendo de un modo excl uy ent e a derecha e izquierda, o, dicho con otras palabras, hast a qué pu nt o, por ejemplo, aquello s enfoques posm aterialistas o aque llos otros de « tercera vía» i m pac taron d e lleno en la línea de flote de esa clara y neta contraposición. Y es que, esta nota de complejidad con l a que se tiñen l os es pe ct ros políticos de las democracias contemporán eas a partir de m ediados del siglo XX es 65 Apunta White (2011) que en realidad, si bien al albur d e la crisis d e l 2008, los actores toma n distancia de las viejas identida d e s políticas y adoptan otras d e c uño novedoso, todo ell o ser í a realizado en un marco de continuidad c o n la clás ica disy u ntiva . En este sentido, la visió n que alega q ue las eti quetas « izquierda» y « derecha» son inútiles u obsol etas sería «prematur a » . En la d er echa, fr ente a la izquier da, se seguiría ovacio nando al mer cado así como la aceptabili dad d e la desiguald ad, si bie n al hilo d e l debilitam iento del com p ro miso de gran parte d e la izq u ier da con una econ omía est atalizada. A su v ez , e l énfasis en la cuestión «cultural» no restaría n ingú n ápice de i mport ancia a lo estricta me nte económico, algo totalme nt e pate nte e n la coyuntur a d e e sta crisis. 120 una de t e rminada zona g eográfica y cultural como Europa occidental y los EE . UU ., a l o s contextos de otras r eg i o nes diferentes. Así, se podría al egar que en los países de l entorno poscom unista, los partidos de izqu ier d a serían m ás procli v es a adoptar po líti c as económ ica s y fiscales de derec ha que los propios partidos de derec ha. De este modo llama la atenció n como los partidos de derecha, desp oj ados de ese aspecto se i ns cribirían en unos derroteros m uy diferentes a los q ue caracte rizan s u manifestación en el entorno occi dental (Tavits y Letk i , 2009). Por otra parte se puede añadir también que «no siempre» el conservadur i sm o es equivalente a derecha, si por derecha entendem os de nuevo es a afinidad con la desigualdad y esa nostalg i a por lo pasado . Ciertam ente, y en r elaci ón a la cuestión de l a obsesión con el pasa do, rebuscando en el acervo histórico de los siempre confusos y cansinos « is m os», nos apercibimos de que la habitual analog ía entre derecha y conservadur i sm o ll ev a a concebir a éste últim o en el lugar de las fuerz as d e la re acción, de esa r ea cción tan bien representad a históricam ente en la faz de las fuerzas contrarrevoluc i ona r ias. Per o en un primer mom ent o, podría contraveni rse esta visión al subrayar y poner de m ani f iesto la difer encia sustancial que exi ste entre, por una pa r t e, los conserv adores autorita rios, m ás apegados a discurso s reaccionarios y tradicional i stas, y, por otra, los conservadore s cons titucionalist as o reform istas. Estos últim os, sin duda, estarían más le jos que los reacciona r ios en cuanto a mostrarse discon formes con los arreglos pres entes o en contra de la necesidad de llevar a cabo ciertas reform as en clave más « progresista», si ntiéndose po r tanto más desapegados hacia las ex igencias que brotan de las huellas del p asado. Es t o es, en la actitud hacia el pasado podemos encontrar a conservadores anclados en la necesidad de « recuperar» un pasado pretérito y de tr ans f orm ar , en conform i dad al mism o, el semblante del statu quo ac tu al , pero también a conservadore s que s e reg ocijarían al apreciar en l as modulaciones del orden político presente la huellas acumuladas de ese pasado tan remoto. Los primeros, se suele decir, se rían m ás «radicales» y los segundos más «m oder ados» . En la actualidad, muchos conservadore s abandera rían discursos de cam bio de apari encia – al menos de aparienc i a – « radical» al propugnar un cambio del or den presente de acuer do a un ideal cuya inspiración no sería de la m is m a factura que aquél que fue esculp i do por los pretéritos conservado res reaccionari os. De es te m odo, el idea l neoliberal habría sed ucido a m u chos con servadores ac tuales, el abor ándose discursiv amente sobre la b as e d el mism o un proyecto de transform ación del presente acorde o bien a una utopía f u tura neol i be ral o bien un anhelo de 121 recuperación de l orden l i b er a l « cl ásico» des prov i sto de sus « alteraciones» progresistas. En ambos casos – y sin entrar en m ayores d isquisiciones – l as querencias de los c onservadores que miran o bien al pasado o bien al futu ro serían «radicale s» en términos de actitudes hacia el c ambio político, enfrentándo se a aquéllas «m oderadas» propias de esos otros conservado res que se sienten en may or o m enor medida satisfechos con el present e. Per o lo im portante de todo es to es qu e la noción de cam bio político o, m ás precisamente , la actitud hacia dicho cambio polític o parecería tener un recorrido histó rico muy complejo en las r e spectivas apreciacion es conservadora s así como progresistas. Pues como i ns i s t e G iddens (1996), en la actualidad, el conservador se habría hecho rad ical en sus m anifestaciones neoliberales, y el que has ta entonces se conside r ab a radica l se convertiría en conservador, alg o patente en la visión de aquel conserv adurismo que no reniega de proteg er en ciert a m edi da al Estado de bienestar. Algo que vie ne a m atizar o incluso a re f u t ar la tesis seg ún la cual el conservadurism o es equivalente a « pasado» y progresismo a « f uturo» y que por tanto nos hace revisar en consecuencia el pr op i o significado de lo s térm i nos derecha e izquierda que acom pañan respectivam ente a uno y a otro. El l o será alg o a lo que regre semos en las conclusione s de esta tesis. En cualquier caso, con ello queremos significar cómo, si deseam os dar entrad a en el vocablo de «conservadur i sm o » a est as m odulaciones hist óricas de sus discu r so s, tal v ez sea preciso también vo lver a significar el vocablo «derecha» , y naturalmente , también, el de «iz quierda», al m enos en lo atinente a las significacio nes que apuntarían a la actitud hacia el cam bi o político. O, al contrario, puede que des ee m os t an sólo reelabo rar una tipolog í a de conservadur i sm os que se a capaz de refle j ar en el espectro político esa disparidad de posicionam i en t os hacia el cambio político. En suma: la cuestión de la relación entr e la « derecha» y el « conservadurismo» no parece tan sencilla c omo a priori podría pen sa rse. Prosiguiendo con l os v í nc ulos entre la noción de derec ha y la no ción de conservadur i sm o, afirm a Bueno (2008) que el vocabl o « c onservadurismo» poco serviría para definir u oto r g ar contenid os a « derecha» , en tanto sería una idea que pr ecisaría de otras pa ra adquirir su signi f i cado: La derecha sería con servadora; per o el co nservadurismo, p or su carác ter genérico, no sir ve ta m poco para definir a la der echa en cu anto se opo n e a la izquierda revolucio naria, porque el conservadurismo es una suerte de idea funcional que req uiere de inmediato ser d etermin ada po r parámetros, para salir de su estado d e idea incompleta o sincategore m ática ( sólo tiene sen tido junto con otras, co m o le ocurre a la idea de mitad o de h ijo) . (Bueno, ib íd .: 21). 122 Ll egam os as í a l a necesid ad de situar al conservaduri smo en cont a cto con otras ideolog ías políticas, tanto aquellas habi t ua l m ente sit uadas en el espectro de la derecha com o también incluso aquellas más colindantes a las orillas de la izquie rda, ten iendo en cuenta que el conten ido de derecha e izquierda habría ido cam biando histór i cam ent e al mism o ri tm o que lo haría el d el concepto de conservadurismo así como el del resto d e l as etiquetas ideológicas. Com prender c ómo el cons ervadur i sm o, en ciertos m o m entos de su decurso v i tal, habría ido extendiendo sus tentáculos hacia ot r as i d eologías diferenciadas hasta el p unto de « robarse» m utuamente una gran parte de su s propios a t r ibutos co nceptuales, nos ayudará a valorar aquel significado de «derecha» que se trazarí a en derredor de su aura i d eol óg i c a y que conform ar ía, tal v ez, si no su totalidad sí una g r an parte de aquél . Algo que, naturalmente , va parejo a la idea apuntada por Freeden de la «perm eabil idad» , esto es, la ausenci a de f r on t eras c laramente delim itables entre las div ersas ideología s políticas . 2.1.2.3.3 Ady acencia id eológica y tipos de c onservadu ri sm o El conservadu ri sm o, a lo largo de su historia sem ánti ca, se vistió con ropajes cada v ez más variados al fragor de lo que podríam os denominar como sus pr o cesos his t óric os de despolem i z ac ión en el marco del espectr o ideológico de « der echas» . Estos nos rem i ten a los diversos « ismos» que rodean al conservadurism o y que a veces podrían dar l a impresión de que, m ás que formar parte de su vecindario más próxim o en el colorido barrio d e la derecha, serían m ás bi e n sus verdaderos y auténticos inquilinos. Es po r ello que muchos ac adém icos no teman esconder sus dudas sobre si esos « is m os» se pueden calificar como miembros legítim os, j unto al conservadur i sm o, de la gran familia de l a s derecha s o, por la contra, serían m ás bien diversos « tipos» dentr o de las t ip ologías de cons e r v adurismo al uso. A ello responde, naturalm en te, la antedicha dificul tad de poder, o no, «situar» al con servaduri smo en la « derecha» del espec t ro p olítico. Com o ya venim os señalando, es habitual encontrar en las distinc i one s entre tipos de conserv adurismos aquella di stinción que se estab l ec e entre su vertiente « clásica» , « tradicionalista» o «m oder ada» y aquella variante neoconservado ra, varian te m uchas veces equipara da, no con mucha precisión, con la New Right o con el «neolibe r alism o » . Disputando protagonism o con esta distinción desta ca l a que se podría trazar ent r e un conservadur i sm o moderado y uno r adical o tal vez autoritario. En el prim er 123 caso, esa distinción entre viejo y nuevo conservaduris m o, a l a que venimos aludiendo en esta tesis, tal vez , tenga com o criterio de distinción la valoración acerca de la raciona lidad humana y política, disting ui endo muy lata y burdam ente entre un v i e j o conse r v adurismo m ás apegado a postu l ad os «antirraciona l e s» y un nuev o conservaduri smo m ás pr óxim o a discursos « raci onalistas» . En el seg undo caso, el criterio es naturalmente e l de la actitud hacia el cambio pol ítico. Todo e l lo nos conec ta irremediablem ent e a la enorm e g a m a de tonal idades ideológicas qu e habría ido a padrinando el conservadur i sm o en su devenir histórico, transform ándose a sí m i sm o pero también influyendo, al hilo de sus nuevos «estilismos ideo lógicos» , en todo el espectro ideol ógico m ás próximo. Pero a la par de la dimensión históric o temporal en la qu e e sta propiedad cam aleónica d el conservadu r ism o se ha ido revelando, hem os de subrayar ahora la presencia de toda una variedad «sincrónica» , l a cual se expresaría tanto en un nivel i nt racultural como en uno intercultural. Una variedad que, al i g ual que sucede con la flora y fauna existente en la tierra, se e xplica por la propia capacidad d e adaptació n de unos ciertos postu lados conserv adores a las clem encias e inclemencias a las que responde cada contexto es p ecífi co en los que se fue extendiendo geog ráf ica y temporalm ent e. No cabe duda de que es posible considerar estos especím enes ideológicos como diferentes discur sos q ue en o casiones se solapan y se entreveran, se roban y prestan contenidos sem ánticos , luchando por d esplazars e y por atribuirse el protag onismo en el marco de las identidades políticas de derechas. Pues no ot r a cosa se halla en juego que la lucha por la consecución de la hegem onía t ras los deseos de impregnar de significació n i d eol óg i c a al conservadurism o. Es así que podem os bosquejar tres grandes «esferas de irradiación» de los haces con ce p t ua l es que traza e l conservadur i s mo respecto a otras ideologías de « derecha» o de entrelazam ient os ent re éstas y ésos. Atender a esas «esferas de irr adiación» por así denominarlas – a falta de m ejor térm ino que perm ita apresar ese sentido de p r ox i m idad e incluso convivencia conceptual entre el conse rvadurism o y otras ideolo gías tr a di c i on al m ente ubicadas en l a «derecha» – , nos permitirá englobar diversa s c lases o tipos de conservadur i sm os en « paquet e s» ideol óg icos bastante cohere ntes. Uno de ellos es el del conservadurism o « moderado», otro el de los conservadur i sm os « neo » y otro el de l o s con servadurismos « autoritarios». Pero naturalmente, estas tres categorías que imag i nam os no constituyen ninguna suerte de clasificación o tipolo g í a al uso, ya que no re sponden al valor que arrojarían respec to a algún criterio o propiedad concreta, sino a su proximidad o lejanía co n otros con junt o s ideológicos s i g ni f icativos dentro 124 de la d erecha. Dejando l a problem ática cuesti ón de si estam os ante ideologías diferentes o ante i deo l og í as que com part e n un mismo núcleo y que podrían considerar se bajo el m i sm o rótulo term inológico , pasemos a reseñar estos grandes paquetes ideológico s que podríam os di v i sar dentro de la esfera de i r radiación del conservadurismo, ilustrando sus contenidos temáticos m ás representativ os . En primer lugar, aludam os al conservadur i sm o «moderado» . Según Aug hey ( 1990), el térm i no «moderado» aplicado al conservadurism o es utilizado m ás por razone s prácticas que analítica s, lo cual c onllevaría una devaluación de su si g nifica do. Es utiliz ado por los políticos de la opos i c i ón para subray ar ideas o prácticas de la i d eol og í a opuesta que son m ás a cor d es a los suyos. Así, por ejem pl o, los social istas británicos aludían a l o s consensual to ries , partidari os de la reforma social, com o «moderados» . Por otra parte, también es utilizado en el sentido de una política que aboga por el middle w ay . A l g o que en r ea l idad, nos dice, c amuflaría un estilo político inerte o ca r ente de imaginación o visión , caracteri zado por mov ilizarse únicamente en base a la reacción a estímulos externos. Sin embargo, como ya hemos visto, este mismo autor 68 señala cómo sí es posible articular una acepción de «m oder ado» en relación a aquel es tilo político cuyo pensamiento y prác t ica estuviesen enraizados en el reconocim iento de la correspondenc i a entre el orden político y l eg al del E stado con l o s sentim ientos, costum bres, práctica s y el carácter de un pueblo, una correspondenc i a en definitiv a ent re el pa ys légal y el pays réel. El respeto por los procedimientos constitucion al e s interpretados com o l os cimientos d e la estabilidad y el orden político, y el r ec onocim iento de l os lí m ites de lo político ante la esfera de lo social, (conceptualiz ados así en términos separados) se r ían sus características más important es . Por l a contra, el «extrem i sm o » , tanto de derecha o de izqui er da , estaría basado m ás bien en la idea de una desavenencia ent re e l E stado y la soci e dad, fundamentada é st a o bien en la usurpación del poder por parte de líderes ni representativos ni naturales o en la explotación de l os m uchos por parte de una élite que se perpetúa en el poder, convirtiéndo se así, por tanto, el constitucionalism o en una suerte de engaño. A la hora de perfilar la naturaleza de este conservadur i sm o moderado se puede en prim er lugar diferenci ar el 68 Este mismo autor pare ce id e n tific a r el término « derecha moderada» con el de « conservadurismo moderado» ; y además h a bla de un conserv ad urismo moderado en los EE.U U. como una c o rrien te de contornos m ás o me nos ex t e n didos y difusos, per o sin entrar a de t all a r cuestiones co n cer nientes a partidos, or ganizacio n e s o perso n ajes pol ít ico s. 125 «conservadur i sm o » del «tradicional ismo» . Como afirma T ierno Galván, el conservador, a diferenci a del trad icionalista piensa desde la categor í a del hacer, del devenir, de la transform ación paulatina pero no desde la de inmutabilid ad (Tierno G alván, 1952: 13). Es t a ú l t im a que car ac teriza a l « tr adicionalism o m á gico europeo» viene asociada a la idea de «m a gicidad» , idea que en térm inos i n stitucionales im pl icarí a pensar que la Ig les ia y la Monarquía serían siem pre l a s m i sm as pese a las transform aci o nes que hubiesen de sufrir. En realidad, el conservado r sería totalmente opues t o al tradicional i sta en tanto l a menta l idad del prim er o se f orm ó originariamente a partir de la mentalidad pragmática y antimág i ca de la burguesía inglesa t a n en boga desde el siglo XVII . En los paí s es protesta ntes, concretamente en I n glaterra, la tradición se habría particularizado 69 , un «proceso de privatización» que emanó de l a teoría burguesa de la pro piedad y que, a su vez , serviría de fundam ento seg ur o a la ac titud conservadora ( ibíd : 5 3). Desde esta persp ectiva cab r ía deci r así que la tradici ón « par ticula rizada» de los conservadores contr as ta con la tradición «absoluta» de los tradicional i stas. Esto s últ i mos la interpreta rían, en términos epistem ológicos, como si fues e equ iparable a la « co m pr ensión» mism a de las cosas. La tradición, diríamos expresándolo en otros términos, s ería a sus ojos conocim ient o, verdad, valo r y autoridad más allá del tiem po y el espacio. De ello es buena prueba, adem ás , las ideas que se desprenden de los diversos escritos de tradicional i s t as contem poráneos c omo Alain D e Beno i s t 70 . Po r ejemplo, para este pat rocinador de la Nouve lle Droit, estaría claro que 69 Para este m ismo autor, la trad ición d e los conse rvadore s se tra nsforma, e s particu lar y se interpre ta a la luz de la categor í a del deve n ir. Particular ización qu i e re d e c ir, e n resumen, que la tradición se vincula a unidades territoriale s o humanas me nores, con un sentido c ultural que no pre tende explicarlo todo ni tampoco explicarlo d es d e lo absoluto. De el lo se derivaría la idea de que la t ra dición es coadyuvan te a la compre n sión , pero no es equivalente a la compre n s ión misma. Asimismo, nos dice, la continuidad ha perdido valo r en cuanto traditio en el sentido antiguo. No tiene importancia aquell o q ue permanece y pasa, sino lo que se transf orma. El tiempo de la transformació n para el siglo XI X, i ncluso e n el o rd e n biológ i co, con cluy e, es el tiempo h istórico ( ibíd : 71). 70 Para tradicional istas más tempranos c omo De Maistre la tradición est arí a tejida gracias a la labor de l a Providencia, tal y como lo pone de manifiesto en el siguiente párrafo de sus Consideratio n s sur l a France que d a t a de 1797: “ U n e de s grandes e rreurs d'un siècle qui le s p rof essa toutes, fut de croire qu'u ne constitution politique pouvait être écrite et créée à p rior i, tan dis que l a raison et l'ex p é rience se réunissent pour ét ablir qu'une c ons titution est une œuvr e divine, et que c e qu'il y a préciséme n t de plus fondame ntal et de plus esse n t iell em e n t constitutionnel dans les lois d'une nation ne saurait être écrit ” (De Maistre, 1852: 146). Ese influjo de lo divino deja para De Maistre su huel la en las constitucione s d e un país, o, más exac t ame nte, en esa d ime nsi ón « no escrita» de dichos textos constitucionale s: “ Une des gra ndes erreurs d 'u n siècle qui les profe ssa to utes, fu t de croire q u' une const itution p ol it iq u e pouvait être écrite et créée à priori, tandis que la raison et l'expér ience se réunissent pour établir qu'une c o nstitution est une œuvre divine, et que ce qu'i l y a préciséme n t de plus fondamenta l et de p lus essentielle m ent constitution n el d a ns les lo i s d'une n a t io n ne s au ra i t ê tre écrit ” ( i bíd .: 15 2 ). 126 « tr adición» significa en « el s entido más elev ado de la palabra» al g o que viene « de arriba» , mostrando cóm o l o s tr ad i c ionalis m os (al i g ual que las vetas más esencialista s del CT) conciben la tradición en térm inos de lo absoluto, l o divino y lo transcendental. En c oncreto, di rá es te ideólogo, la tradición es « aquella form a for j ada po r fuerzas p r ov eni en tes de arriba» y situada «m ás all á de las po sibilidades de un área cu l tu ral dada o un período específico» , la cual remitiría adem ás a «valores supraindividu ales e incluso antihistóricos» que úni cam ente podrían ser apreh endidos por parte de elites que sab r ían « cómo der ivar una auto ridad y prestigi o natural a partir d e dichos valores» (Sunic y De Benoi s t , 2011: 1050) . Mu y difer en te sería así – sin entrar de mom ento en mayor profundidad – la visi ón conservado ra de la tradición tom ada en su c onjunto, para l a cual la tradi ción es una pieza insoslayab l e en la comprensión la r ea lidad pero no sería su condició n suficiente. Pero más allá de lo que en otros epígrafes denominarem os como las funciones « epist em ológicas» de la tradición, dicha noci ón tendr í a per se asociados determ inados po st u l ado s en relación al cam bio político q ue sin duda también sirven a la hora de dis t an ciar a conservador es de tradicional i stas, ya que m i entras que para l o s primeros, tradición es igual a permanencia, pa ra los segundos sería igual a cierto equilibrio en tre permanencia y mutabilidad. Sin duda ello habría conv er tido casi siem pre a los tradicionalist as en radicales al estilo de los reaccionarios que abogan por una tran sform aci ón del statu quo presen te en conform idad a una imagen ideal del pasado. Por la contra, para l os conserv ador e s, l a diversidad aparejada a l os cambios de t ipo reformista y evolutiv o y no drás tico s o revoluciona rios sería bienvenida. Es así que en el paquete ideológico de lo «m oder ado» se puede n incluir también aquellas expresiones y a referidas del « li beral-conservadur i sm o » o del «conservadurism o - l iberal» , que, con todas sus reform ulaciones, se p ueden apreciar desd e el siglo XI X t anto en el continente europeo com o en las islas británi cas, manifestando am bas hibridaciones el d eseo de articular un discurso en el que la defensa del conservadur i sm o cons titu cional fuese su m áxima preocupación. A su v ez, el fenómeno de la « fusión» o, más bien, de los intent os fusi on i s t as, q ue se dio a conocer en los EE.UU. de los cinc uenta en to r no a verti en t e s libertarias y tradicional i stas, podría ser t am bién un ejemplo en dicho es cenario político de la expresión de esos inten t os de art icular un espacio conservado r «m oder ado» . La segunda gran agrupación a la que hemos aludido es la conform ada por los conserv adur i smos «neo», la cual se constitui ría en t o rno a etiquetas tan asidua y confusa m ente empleadas como las de «neoconserv adurism o » , 127 «neolibera l ism o» y New Right. En lugar d e discutir ahora si es posible trazar una distinción categór i ca entre conserv adurism o clásico de la t radi ci ó n y los conservadur i sm os « neo » , debemos, de m omento, matizar la cuestión afirmando que exi ste una «lucha por la autenticid ad» 71 en el seno de los m o vimientos y partidos conservado res contemporáneos que se di r im e e n varias dimensiones, pero la m ás dec isiva (porque es muy llamativa y afecta de lleno en el debate sobre la esencia e identidad del conserv adurism o) es la que se dirim e entre el viejo y el «neoconserv adurismo» ( m ás presente en los EE.UU.) o, entre viejo conservadurism o y el cons e r v adurismo « neoliberal» o de la New Ri gh t (más hab i tual e n RU 72 ). Com o ya hemos rel a t ado, el conserv adurismo cl ásico tuv o una relación ambig ua en el período de entreguerras con los discursos fascistas. Por ello, tras la IIG M se hace nece sario actualizar los pos t ula dos conserv adores al triunfo democrático- l iberal y a l a pe r c ibida amenaza del bloque socialist a. La publicación a f inale s de la déc ada de los cuarenta, de Road t o Serfdom de Hayek , Human Acti on de Mi s es y de Rationa l ism in Politics de Oakesho tt, resultará clave a l a hora de mov il izar la reacción conservadora británica y estadouniden se contra las políticas « i ntervencioni stas» tras la IIGM en sus respectiv os países. Un intervencio nismo que discursiv amente equipararán, incluso, al colectivism o del bloque soviético. Habida cuenta de que en esta época, en el vocab l o «liberal» destacan connotacione s reformistas y progresistas, Mises y Hayek se plantean busc ar otr o término con el cual describir sus posturas. Se p roponen « eti que tas» como las de m anc hesterianism o, liberalismo u old whig, ganando en importancia la d e libertarians. Mu y protagonistas en la esc ena , es to s li be r tar i os consi g uen perfilar un «liberalism o en clave propietarista» tal y como l o def in iera Van Parijs (Rodríguez Guer ra, 1998). S e cons i de r arán – con mejor o peor acierto – 71 Tomamo s prestada la noción de l ucha o « disputa p or la auten t ici d a d» de Beckste i n ( 2015), que la define como aquel fenómeno que se produce cuando dos o más indivi d uo s reivindican que ellos, y n o sus rivale s, son los genuinos portadore s de algu n a cuali dad o propiedad qu e se ría re sponsable ade más d e aportarles i den t ida d y d e c o nformar el modo e n que p iens an y actúan. En re a lid ad e stas d i s p utas se dirimen no tanto en torno a etique tas o nombres, como a la autorida d que ll evar ía i m plícito el p or t ar dichas e t i quetas. El cr i ter io que otorga autenticidad no s uele estar re gulado, ni fo rmal ni informalmente, pero se ha de cont r asta r en términos de las c re encias o p rá cticas de un sujeto o grupo. En la p ol í t ica, dichas disp u t as en torno a la autentic idad sería n d e naturale za ideológica, imp l icando así cr iterios como pueden ser l as doctrinas, visio nes del mundo, filo sofías…las cual es pu e d en a dop tar una forma sis t e mática o una forma e xeg étic a re lati va a l pensamien t o de un autor o un tex to consi der ado canónico. 72 Como señala Sanmartí n Barros, el neoconser vad urismo se difere n cia d e la New Right en que es más sociol ógico que filosófico, y su s focos de cre cimiento estuviero n e n Alemania y Estados U nidos, y no en I nglaterra (Sanmartín Barr os, 2 003: 21). 128 los herederos del liberali smo clás ico, y en torno a ello se situarán, entre otra s m ucha s variantes, ci ertas tendencias ana rquistas y « anar co ca p italistas» . Es así que lleg amos, con el pa so de las décadas a l surg i mien t o de la New Right y al auge del fenómeno neoli b er a l . « Neoli berali smo» es un tér m ino deriv ado de «liberalism o » pero que «comparte» con el conservadu ri sm o cier tas «ady acenc ias» conceptuales así como, naturalm ente, la pertenencia al espectro i d eol ógic o de derechas . En RU habrán llead o adem ás a compartir locus en la faz de un parti d o político concreto, el Conservative Party. Com o es s abido, a finales de l a década de los setenta se ina ugura un pe ri o do revoluciona rio en l a histor ia soc i al y económica del mundo, presidido por la adopción de una nuev a co nf ig uración económica m ar cada por la dinámica de la globalizac ión. Las democracias trad i ciona les con Estados de bienestar, así como las nuevas democracia s instituid as tras la caída del M uro habrían adoptado, v ol un t a r ia o coercitiv amente alguna v ersión de la teoría neoliberal y de sus políticas. Líderes com o Thatcher en Reino Unido o Reagan en los EE. UU. se post u l an como los grandes portav oces del neoliberalismo a nivel político gubern amental. Si n embarg o, lej os de ser un fenómeno que se reduciría a un ámbito nacional, el neol iberalism o y los nuevos aires liberalizado r es de la econo mía i m pregnarán paulatinam ente la dinámica de gran parte de las econom ías a un nivel intern acional y g l obal (sien do el caso de la China comunista de Deng Xiaping), convirtiénd ose e n e l tiem po en un discurso enormem ente extendido 73 . Num er osos t h i nk tanks contribuy eron a difundir sus principios, los cuales se hallarán t am bién desde entonces muy presentes en los medio s, dom inando sobre t odo la visión i d eol óg i c a de las corporacion es e instituciones financieras que r eg ulan las finanz as y el comercio a ni v el global. El neoliberalism o, según al g unos críticos, se camufla como una f ilos ofía radicalm ente po pulista, que com ienza con una serie de tesis so bre el conocim ient o y su relaci ón con l a sociedad. Asem ej aría así se r una filosofía radical niv eladora, al denigrar la expertise, las pretensione s elit i stas y l a v ani dad de los intelect ual e s, alabando en su lugar la sabi duría de las m asas (Mirowski, 2009). Def ensor del espí ritu de la «destrucció n creativa» , el neoliberalismo se sepa r aría además de las vieja s ideas conservadora s op uestas al c ambio radical. A sí, d i ch a ideolog ía neoliberal, creyendo en la acción benev olente del libre merca do, legitim a discursiv amente la d r ás tica, y en ocasiones cruel, transform ación que éste ocasiona e n las estructuras y poderes inst ituciona les, en l as divisiones de 73 Como ap unta Mi ro wski el nel i ber alismo “ has, in short, be come hegemonic as a mode of discourse. I t has pervasive eff ects on w a y s of th o ught to the point w here it has become incorporate d into the commo n -se n se way many of us in t e rpret, li ve in, and u nde rstand the w orld” (Miro wski, 2009: 3). 129 trabajo, en las relaci ones sociales, las redes de bienestar o las form as tradicionale s de vida y pensam i ento, y has ta en la intensidad de l o s sentim ientos de apego territor i a l. Afirma que el bien socia l se m axi m iza con el aumento de transaccion es mercantil e s y trataría de englobar toda acció n hum ana en el mercado. Com o afirma Giddens, en la cont em poraneidad, ya nadie se reconocería en el espejo de l a s ideolog ías planificadoras, algo que contrasta con el hecho de que tan sólo hace unas cuantas décadas el com unismo er a con t em plado com o la vanguardia de la his t or ia (Gidd ens , 1999: 25-26). Y es que el predicam ent o que habría ido progresivam ente adquiriendo e l neoliberalism o parecería dar la razón así a l a s ospecha de Fukuy a m a (1992: 45) de que tan sólo la « idea » liberal podría aduc i r su «pretensión de universalid ad» en el horizonte del fin de l a s ideologías. Llegam os así al tan man ido discurso de l a hegemonía liberal o más, exactam ent e, «neolibera l » , y a su enorme influencia en los partidos conservadore s de las dem ocr acias contem poráneas mucho más allá de l entorno « anglo » . Por otra parte, el «neoconse r v adurismo» co m part e obviam ente el mism o sem a que conservadurism o y hace refere ncia en orig en a un mov imiento i deo l óg i c o m u y específico que hubo lugar en los EE.UU. Este térm ino habría sido, como ya he m os señal ad o, ac uñad o por el liberal estadouniden se Michae l Harring ton (Sanm artín Ba rr os , 1998) , y no debem os confundirlo con la etiqueta previa de new conservatism (Guerra, 1998). La visión neoconservado ra se conform a a partir de influ jos idea l e s contradictor i os com o los que tienen que ver con la defensa del libre mercado así com o en el canto a l a tradic ión. Seg ún al g unas interpretaciones (Oliet Pala, 199b4: 446) esta valoración positiva del libre mercado y del espíritu individualis t a burgués se contradiría en princ i p io con los factores disciplinar i os enfáticos del orden social que van aparejados a su visión m or al- cul tural. La tensión entre por una parte el et h os liberal de l a autoafirm aci ón y su concepción de la volun t ad hum ana al margen de cualquier límite, y , por otra, los anhelos d e restringir y lim i tar l os ape titos y anhelos de los su j etos» sería en realidad, a o j os de muchos críticos, « ir resoluble» . Por ot ra parte, el neoconserv adurism o se forja y coge fuerza en l a é poca de las famosas revueltas estudiantiles, en unas décadas en las que el capitalism o recibe renov adas crític a s desde los m ovimientos de la Nueva Izquierda. Sus intelectuale s se present an com o ad alides de una solución a la tensión en el ámbito de la derecha es tadoun idense entre aquellos que abrazan el i nd i v i dualism o y los credos del gobierno m ínimo, y aquellos otros que temen las secuelas morales del subjetivism o desenf renado que acompaña a los c á nt ic os liber t a r io s. Ello habría dado lugar a di v er s os intentos de hermanar ambas post u ras a t rav és del desarroll o de argum ent os 232 e imposible. Ve n con simpatía lo particular, lo par ticu l a rista y lo heterogéneo. Desconfían de la razón y confían en l a tradición. Y lo haría n sobre todo, dice, por su aversión hacia el cambio. Los liberales, en cambio, se inclinan a c reer que el cam bio es un c ambio pa ra b i en, o un prog r eso. De hecho, a su juicio, « pr og r esism o » es un mejor término que liberalism o para referirse a lo opuesto al conservadu rism o. Ya que si el conse r v adurismo siente aversión o desconf i anza hacia el cambio, su opuesto tiene que identificarse con la postur a inversa, que se inclina hac i a el cambio, y no con algo sustancial com o la lib er tad o l a l iber alidad. L o r ealmente interesan t e de estas ideas de Strauss, es, como decíamos, la equipara ción de raíz que realiza entre el liberalis mo y el conservadurism o para, contiguamente, equipararlos al resto de ideologías modernas, incluyendo al pr op io comunism o. Así, S trauss subraya cóm o la di stinción en tre el conservadur i sm o y el liberalism o t en ía sentido en las coorde nadas en las que, en su m omento, surgió en Europa, pero, que en la actualida d, « ser liberal en un sentido or i g i n ar io es ta n poco incom pat ib le con ser conservado r que, en términos gene rales, incluso coincide con una postura conse rvadora actual» ( ibíd .: 10 ) . Y es que, subray a, se podría ir m ás allá y dec ir que gran parte de lo que se entiende por conse rvadurismo en última instancia comparte una raíz común no sól o con el liberalis mo act ual sino incluso también con el propio com unismo. Pues ello es totalm ent e claro « si uno volv i era al origen de la modern idad, a la ruptura con la tradición prem oder na ocurrida en el siglo XVII , o a l a quere l la entre l os antig uos y los modernos» ( ibíd .). Con e ste mov i m iento Strauss se di stancia de cualquier identificaci ón concreta con al g unas de las etiquetas ideológ i cas modernas, en aras de reconocer su auténtica y más íntim a inclin ación hacia el mundo prem oderno y en especi a l hacia el m undo del pe nsa m iento cl á sico y ant iguo. Como afirman algunos, Strauss en real idad habría l uc hado en contra de las habituales oposiciones entre lib eralism o -antilibera lism o, derecha - izquierda, Rom ant icism o-I lust ración, conservadurism o - progresismo, en aras de recuperar aquel mundo del pensam i ento prem oderno que ignoraba estas disyuntiv as (Howse, 2014.: 15). Si n embarg o, se po dría arg umenta r desde otra perspectiva, que sí tendría se n t id o denominar a Strauss como «conservador» y ell o sin cometer una grave equiv oca ción. En su libro Thoughts on Machiavelli, Strauss afirma lo sig uiente: « los clásicos fueron a los efec t os prácticos lo que hoy den ominaríamos conservado res» (Strauss, TM: 363). Y como parece ser que llegó a afirmar su hija J enny Strauss C lay en 2003, – ese año clav e de la política neoconserv adora estadounidense – , s u padre, Leo Strauss, no habría sido u n político sino un profesor de T eoría Política, un prof es or con querencias « conservadoras» aunque fuese sólo por 233 que no creí a que todo cam bi o llevase implíci t o un cambio pa ra bien (S t r auss Clay, 2003) 146 . Todo este escenario de cier ta controversia, puede serv ir de j ust ificación para seña lar t am bién al estilo de pensam ient o y escritura del propio Strauss como culpable, en parte, de la confusión a la hora de suscitar el enmarcado ideológico de su obra. La interpreta ción de Strauss discur r e por itinerarios un tanto p edregosos, toda vez que en muchas de sus obras resu lta difícil deslindar qué enunciados son de su autoría y cuáles corresponden al pensador o filósofo clásico que es objeto de su atención, de modo que a cualquier lector le puede resultar complicada la tarea de valorar si un determ inado enunciado se refiere a algún contenido o afirmación del autor clásico analizado o, por la contra, corresponde a una interpretación o valoración del mismo por parte del propio Strauss. O como afi rm a Gunnell (1978), no queda nunca claro cuá n do Strauss parafrasea a algún autor o hablaría en nom br e prop i o . Asim ismo, muchos de la s in terpretacio nes que realiza de obras clásicas se ven entrelazada s a enunciados de tipo prescriptiv o que se sitúan m ás allá de una m i rada herm enéutica hacia la obra en cue s t ión, remitiénd o se a un horizonte de tipo extratemporal o, podrem os decir, estric tamente fi l osó fico y no propio de l a labor de un historiador d e las ideas. A su vez, mucho más relevante, sin duda, resulta la problemática derivada de l a discusión en torno al presunto carácte r e sot éri co 147 de su estilo de escritura, a lgo que nos lleva a una d i scu sión m ucho más compleja. Todo ello af ect a t an to a l a interpretaci ón académ ica en torno a su filosofía como también, por extensión, a los intentos de «categorizar » ideológicam ente su 146 En un s i gn i fic ativo p árrafo en este mismo a rt ículo su hij a lo defiend e de la s acusaciones que se habrían vertido en torno a su antidemo cratismo: “ L e o Strauss believ ed in the intrinsic dignity of t he political. He believe d i n and defe nded liber al democracy; a l thoug h he was not bli nd to i ts flaw s, he fe lt it w as th e best form of gove r n me nt that could be realize d , ‘the last best hope’, He was an enemy of an y reg ime t hat aspired to global domination. He despised utopianism – in our time, Nazism and Communism – which is pre d icate d on the d e nial o f a f undamental a nd e ven no b le feature of human nature: l ove of one’s ow n. His heroe s were Churchill and L inc o ln” (Stra uss Clay, i bíd .). 147 Como señalan a l gunos el hecho de que el estilo de Strauss sea e n realidad muy « crípt ico» así como que la may oría de sus escr i tos est u vie sen conforma dos por glo sas o in ter p re t a ciones del pensamiento de otros, estaría en la raíz d e que el lle gar a conocer cuáles son sus propias posicio n e s sería una tarea muy difícil: «La obsesión de Strauss por el esoterismo y lo velado, lo hermé t ico de muchas d e sus afirmacio nes, lo críptico de su estilo han tenido q ue contrib u ir, sin duda , a que sean posible s interpre taciones qu e no siempre parecen fundadas en una lectura sensata y su til d e sus obras» (Castro Alfín, 200 7 : 1 44) . 234 pensamiento, aspectos que sin duda, habr ía n produci do m ucha des az ón en algunos de sus críticos contem poráneos 148 . Por úl timo, debemos v olver a insi stir que, a la hora de estudiar el pensamiento político de Leo Strauss – algo que a su vez puede aplicar se al estudio de cualquier otro filósofo político – , deben tenerse en cuenta, a nuestro juicio, los lindes de lo que podrían ser dos grandes tipos de «contextos herm enéuticos», cuya delimitació n se haría en base a la tarea de seleccionar l os « cont extos » de inter p r etac ión des de los cuales v alorar e l pensamiento de Strauss. Por una parte, se puede valorar el pensam iento de Strauss desde l o s « usos políticos e ideológ icos» que ha bría sus citado l a recepción de su obra, atribuy endo como contexto i nt erpreta tivo en cue s t ión, aquél delim it ado por toda la serie de articulac iones plenamente ideológic as que cons tituirían la labor de crítica y/o def ensa de su pensam i ento con fine s no filosóficos sino dire ct am ent e políticos, esto es , lo que hemos contemplado brevem ente en anteriores apartados. Y por otra, el segundo de estos contexto s interpretativ os lo valoraría desd e el crite rio de lo que podemos denominar el r a sgo «univ er sal» de sus teorías en el marco del contexto de los de bates de div er sas t radiciones filosóficas a él coetáneas así como del pensam i ento filosófico en general. Desd e esta perspectiv a, el analista debe situar el pensamiento de Strau ss en diálog o o en « co m unidad de pens amiento» (noción q ue tomam os prestada de Badillo O’Farrell, 1998) con el propio de o tros pen sadores y filósofos tanto de su tiempo como de otras eras. Bajo esta segunda perspectiva, y r e specto a la l iteratu r a de recepción i deo l óg i c a de su obra, cabe de este modo i nsistir en la idea de qu e la tarea de encl austrar y delim i tar en términos ideológ icos el pens amiento de Strauss – siem pre que se desee hacer de un modo categ órico, y exclusivo y excluyente – , un pensam i e nto caracterizado por un estilo de una gran profundidad y riqueza filosófica y bastante alejado del más puro 148 Es por el lo que como señala Holme s (1999: 53) « los alumnos de Strauss l e alaban por ocultar sus ideas más interesantes para a continuación que j arse de que se le ignorase injus ta e incomprensi bleme n te» . Y es q ue a juicio de este crítico, el pensamiento de St rauss adolecer í a de «una falta de claridad» , y abun d arí a e n «imperfecciones analí ticas» y « du do sas ge neralizacione s» . A ñade Hol mes otra aguda interpre t ación sobre el estilo estraussiano: «una de las ideas más conmove d or as de Strauss e s la de que l os antig u os pudiero n habe r in ve n t ado l a cien c ia moderna, pero se negaron a h a cerl o porque sabían q ue sería «de st ructiva para la hu m anidad. Esta afirmació n se quiere históri ca y n o merame n te h e rmenéutica o interpretativa. Sin esta su er t e d e audaces contrafácticos, Strauss p as aría por uno más entre los h is toriadore s de las ideas. Pe ro p or más que tales afirm aciones so n esenc i ale s para su s planteamien t os, Strauss no las discu te o las defiende nunca abiertamente. Son i ntro ducidas háb ilmente en medio de p árraf os de d e nso coment ario textual. De este modo pue d en p ro ducir un cosquille o en el le ct or sin suscitar e n éste l a e xigencia de u na d emo stración» ( ibíd : 57). 235 apasionam i en to i deo lógico, podría constituir un grav e error en términos académicos . Ambos enfoques, creemos, condicion an un entendimiento de Str auss n o sólo en tanto muchas veces se desarrollan en paralelo y de for m a i ndistinta sino, y por la contra, en t an to también m uchas otras ve ces habrían sido responsable s de conform ar diversos entend i m ientos contradictorios que estarían en la base de dos imágenes totalmente opuest as de dicho pensador: la im agen de Strauss como el responsable in t e l ectua l del surg imiento y /o consolidación de diversas derivas auto r i tarias, eli tistas, belicis t as y antidem ocráticas en suelo estadouniden se , frente a aquella otra im agen de Strauss como un destacado erudito, filós ofo, estudi oso y profesor j ud í o- alemán que exiliado en el Nuev o Mundo y distanciad o de la a cció n política directa, habría contribuido de un modo formidable a rescatar del m enos precio a la filosofía política ante la proliferac i ón de enfoques conductistas y empiristas al estudio de la política en dicho país. Por lo que junto a la extendida interpretación de Strauss en la lín ea de Drury, una l ínea que dibu ja su pensam iento com o aut orit ario, el i tis t a, radical y dogm ático en lo político, exi stiría tam bién ot ra l í nea q ue, por la contra, lo retra t a e n términos de m oderación, prudencia y hum ildad. Valga decir que no podem os ignorar que tras estas dos contrapuestas interpreta ciones de Strauss se esconde también una confrontada form a de entender al propio conservadur i sm o, al g o que, naturalm ent e, se conecta con el tema más general de nuest r a te sis. En cual qu ier caso, en la línea del retr ato «m oder ado» de l a nat ur alez a de su pensamiento, podrían s er paradigm áticas – por se r hasta cierto punto « transideológicas» – las afirmaciones al respecto del propio director del Leo Strauss Center de la University of Chicago , Nathan Tarc ov 149 : Strauss no es simplemente un conservador ni un l iberal, pero nos puede record ar, tanto a co ns ervadores como liberales, la necesidad de la prudencia, la m o deración y la per manencia d e la naturaleza humana así c omo los proble m as permanentes que aquellos tien den a ignorar. (Tarcov, 20 1 6: 397 ). Con todo, ambos extremos interpretativ os, el prim ero di bu j ando a Strauss en tanto ideó logo preocupado por l a acción política y el segundo en tanto filósofo desapeg ado de l a política no darían cuenta d e la propia 149 L a ci ta origi n al es como si g ue: “Strauss was neither simply a conservative nor simply a liberal , and he can remind b ot h c o nservatives and liberals of t he need for prudence and moderation a nd of the permanence of human nature a n d t h e permane nt probl em they may be tempted to ignor e”. 236 problem át ica de fondo en relación a la distinción e ntre filoso fía política e ideología política. Com o hemos visto en el capítulo dedicado al marco teórico del estudio de las ideología s políticas, la cuestión es bastante comple j a, pero si algo podríamos decir a la hora de contemplar Strauss, es que su obra bien podría disfru t ar de ambas natu ralezas 150 . Una cuestión que a su vez no tendría nada que ver con el retrato unilatera l de Strauss o bi e n como ideólogo o por la co ntra com o fi lóso fo, ni con e l vín culo entre estas dos i m ágenes contrapuestas y la caracterización paral ela de su person alidad intelectual, o bien en té rminos de su radicalism o, elitism o y responsabilidad directa en los acon t ec imien t os po líticos, o bien en térm inos de s u t en dencia a elevarse a las alturas filosóficas sin ni ng ún contacto con l a ca ó t i ca realidad de la política. Cier t am ente, su filoso f ía política n o de j aría d e goz ar de un enorme trasfondo « normativo» , el cual, de un modo u otro siempre podría ser susceptible de di v ersos y diferentes intentos de t raduc ción prácti ca , aunque fu ese de un modo unilateral o inc l us o en contra de su voluntad o pese a que en el t ranscu rso de dicho proceso su v i s ión se term inas e por desvirtuar com pletamente. Pero ello, por tant o, no puede traducirse en la idea de que St r aus s habría empuñado con fuerza las arm as i ntele ct u al e s con la única y transcenden tal pr etens i ón de sellar sus i d eas « radi cales» en el curso de la p r ax i s po lítica. En cualquier caso, cabe señalar que en virtud de que la visión ideológica de Strauss en tanto pensador elitista y autoritario responsab l e de una acción política radical es enorm emente dominante en la literatur a interpretativ a de su pensam iento, merecerá se r rebatida en varios de sus postulados fundamentales. Y ello en aras no tanto de afirmar y def ender la visión contraria como de poner de relieve todo lo anteri o r m ente dicho. En este sentido, en e l resto del capítulo nos propondrem os da r voz – si quiera con unas pinceladas muy gruesas – a aquella otra l ínea in t e r pr etativ a que , por la co ntra, retrata a Strauss como un pensador fundam ent alm ente filosófico y desv inculado por tanto de cualqu ier tentac ión p olítico-práctica y concretam ente de índole neoconservador a e imperialista. Así, identificarem os algunos aspec t os y fragm ent os de su obra relev antes en 150 Así, John Gunnel l (1978: 127) atribuye a Strauss una ser ie de « propósitos prác t i cos» muy patentes a la hora de comprobar qué temas filosóficos ha brían centrado su interés. Así, su atracción por la querel la e ntre l os Antiguos y l o s M odernos, o por la propi a t are a d e c rítica de los p ostula d os d e la filoso fía moderna se explicaría a la luz de su volu ntad d e destr ui r los fu ndamentos del liberalismo y del comunismo. Ello, p or tanto, sobre el trasfondo de ser una la bor f ilosóf ica, n o dejar í a de tener u n a dimensión «ideol ógica», en uno de los sentid os semá n ticos con el que se u tilizaría este término al refer irnos a la acción pol í tic a. 237 dicho se ntido, tratando de visua lizar a su v ez qué conexión podría tener t odo ello con un conservadu rism o basado en la razón y la r a ci o nalidad en la contemporan eidad. Y e s que, si deseamos utiliza r el ad j etivo «conservador» para refe rirnos a Strauss par e ce necesario de se m barazarnos de c ualquier significado contextualm ent e estrecho y acotad o del mismo. Su conservadur i sm o bien puede tratarse de un conserva durismo « cul tural» que podría estar adem ás dotado de unos rasgos « idealistas» o «racionales» , que, al i g ual que buena parte de los p r odu ct o s cultu r ales, resu l tar í a indecibl e y m u y hartamente difícil de asir y det a llar con palabras. Una «mentalidad conservadora» si queremos acogernos a l a f am osa frase de Oakeshott, o un conservadur i sm o en clave « est ética» que si bien ale jado de las prácticas ideológicas m ás directas puede converger con éstas a la vez que nutrir las d e fuelle intelectual. Un conservadurism o que no le impide defender la democracia liber al y a l a vez cr iticar lo que él concibe como sus tendencias m ás perversas; as í com o el ev ar , com o decí am os al pr incipio, la importanci a del filosofar político sob r e la adherencia estática al s tatu quo o a la estabilidad de l o tradicional, lo cual podría se r sin duda una de su s principales señas distin t i vas com o pensador. Y un pensamient o, el estraussiano, que sí habría influido en corrientes que luchan expresam ente por s u au t en ticidad e identidad conserv ador a. Pe ro todo ello, subrayam os de paso, lo pretendem os hacer sin querer reemplaz ar una interpretación o línea argum entat iva por ot r a, o sin intentar e ri g i r una c omo l a verdadera y otra como la errada, toda vez que un intento d e hallar la v er dade ra ese ncia o significado de la obra de este prolíf i co a utor im plicaría un aná l isis y exé g esis de su produc ción filosófica , literaria y docente, (así co mo un análisis de los diversos entresijo s de su historia intelectual y vínculos con el mov imiento conservador ), que exceden con creces el espacio de este capítulo así como los propósi tos de esta tesis. Dediquem os por tanto lo s siguientes ep ígrafes a ahondar un poco m ás en esta idea. 238 3 . 2 E L S AB E R Y E L H A C ER P O L Í TI CO S E GÚ N L E O S T RA US S : E L EM E N T O S TE Ó R IC O S DE S U P EN S AM I E NT O P A RA E L D E LI N E A MI E N T O D E U N CO N S ER V A DU R I S M O « R AC I O NA L » Leo Strauss es ante todo un filósofo político de raigam br e j udío- germ ana, que pretendió difundir su visión en un contexto intelectual, com o el estadounidense, de marcado carácter empír ico en l o metodológ ico y opuesto a las abstracc iones teóricas de las filosofía s occid entales, al menos tras el apog eo del pragm at ism o dewey ano y el conductismo. En este sent ido, emanan una serie de cuestiones que demandan su análisis en tanto se desee lograr una tent ativa de respuesta a la cuestión ob j eto de reflexión. En pr imer lugar, la concepción e pis t em ológica de la política nos dirige hacia la discusión de la na turaleza del conocim i en t o polí t ico, c oncretamente hacia la s diversas m odali dad es de ref l ex i ona r sobre el fenóm eno pol ítico. Leo Str auss, como es sabido, aporta, en las décadas centrale s del siglo XX, una paradigm ática defensa de la filosofía política, concebida ésta en tanto fo r m a primordial de reflexión de lo pol ít i co. Una defensa que, no obstante, no ser í a sin co ndiciones, toda v ez que nuestro autor r eco nocerá cómo la tensión entr e Atenas y Jerusalén 151 , esto es – y de m odo sim plificado – entre filosofía y revelación, sería irresolubl e. Pero el pensamiento de Strauss no se limita a dicha trascend ente labor de recupera ci ón de l a legitim idad del filosofar político e n una er a en la que su ascendente ha br ía sido s eriam ente amenaz ado, sino que, como sabemos, la crítica a la modernidad, conexa en cierto modo con la prim era cuestión, ocupa un lugar central de su obra. E l lo, podría ser, desde cierta pe rspectiv a, el locus donde se halla el v erdader o atributo « conservador» de su pens amiento político. Con todo, la crítica estraussiana a la modernidad t uv o además un contexto histórico antecedente de una gran mag ni tud en la his t oria vital de Strauss, com o habrí a si d o el ligado a la propia e xperiencia de la Alemania de Weimar, privilegiado espe jo y escenario de las abruptas consecuen cias de l a dialéctica de la modernidad. D e dicho contexto Strauss deberá su preocupación por la fragili dad de las institucione s libera l es y democráticas 151 A lgunos autores (por ejemplo B e rnstein, 2015) habrían incluso r educid o e l conjunto de las refle xiones y pensamientos de toda l a obra d e este filósofo crít ico de la modernidad a lo qu e se hab rí a denomina do como « el problema teoló gic o p ol í tico» , esto es, a la escas amente reconocida y valorada tensión entre Ate n as y Jerusalén. 239 en el mundo contem poráneo, f rag ilidad cuy as causas habría de at ribuir – muy en l a línea de m uchos pensadores de la época y anunciada ya desde varias décadas – a ciertas defic iencias de los postulados intelectua l es que forjaron la m oder nidad. N o en vano, su con ocido d i ag nóstico del nihil ismo alemán realizado en la década de los cuarenta se basaba en los postrero s corolarios m or ales derivados al h i lo del desarrollo de aquellos postu lados ( St r au ss, GN). Y de l a experienc i a de Weim ar y en general, de la II Guerra Mundial, también surgirá su sombr í a expectativa sobre l a democracia de masas (diagnóstico tam bién en bo ga en la época) a la que urg ir á a dejarse empapar del espíritu del humanismo y de la aristocracia. Sin embargo, su particula r m i rada hacia la filos ofía política clásica es el puntal de una renov ada f o rma de optimism o filosófico cuyo más evidente resulta do fue el de intentar taponar en parte l a gran herida abierta, se g ún Strauss, por la f i losofía m oder na en el orden po l ít i co y social hum ano. Y en este se n t ido, como vem os, sus argumentos no serán ni de lejos tan pesim i stas ni tan radicales como los que caracterizaban a los pensa dores germanos representa tivos de l «m oder nism o reacciona r io » (Herf , 198 4) que alz aba n su voz a caballo entre la Alem ani a de Weimar y el T ercer R eich. Ta n t o la defensa de la filoso f ía política clásica frente a l a ciencia política conductista dominante, como l a crítica de la m oder nidad, y l a reflexión sobre el liberalis m o y la democra ci a, se inscribe n sobre el fondo de lo que podría ser una preocupación de c ar á cter filosófico central: la naturalez a y la relac i ón en tre la filosof í a po l íti ca y el actua r político. En es t e sentido, nos propon emos rea l izar un paseo – de carácter sin duda superfi ci a l y no profundo – en torno a dos cuestiones c l av e a la hora de trata r de pu lir en qué sentido o sentidos S trauss puede ser concebi do com o un «conserv ador» . En pr im er l ug ar , con l a vis ta en es e leitmotiv que se extiende desde finales del XIX, que cubre en gran parte a la atmósfera del siglo X X y que representa la erosión y crítica term i nal de los postulad os y condiciones de la m oder nidad, discurrirem os a t ravés de las prem isas desde las cual es L eo Strauss form ul a no su filosofía política – algo cuy a exi s t en ci a muchos incluso discu t irán – , sino la defensa de di cha m odal ida d de reflex ión hum ana en torno a la política. En seg undo lug ar , habrem os de señalar cómo, lejos de derivar de dicha defensa un esquema r a ci on al de actuación política, Strauss no duda en esparcir, al hilo de su obra, algunos enunciados bas t an te claros acerca de las trabas de dicho reflexiona r hum ano as í como del error de intentar traduci r di chas conclus i one s reflexivas en el accionar práctico de la política. E llo pue de c oncebirse com o un h ipotético bosquejo, p or parte de Strauss, de un intento de teorización de l a relación entre la propia filosofía 240 política y la acción polí tica, o más ilustrativam ent e, de la visión en t o r no a l rol que la filosofía política habría de desem peñar en relación a la sociedad. Tanto el prim er o como el se g undo aspecto tienen unas evident es implicacion es contradictorias a la hora de buscar sus resonanci as «conservadora s», pues a mbos aspectos acercan y a lejan a unas y otras corrientes de esta fam il ia i deol óg i c a de m odo simultáneo. E n este s entido puede plantearse que, tal vez, los postulado s estraussianos en torno a la defensa de la filoso fía pol í tica como for m a superior d el reflexionar político, suponen una suerte de quiebra de l o qu e su ele e nt e nderse com o el natura l paradigm a conservador, un i dea r io tajantem ente crítico de la razón política y lindante con lo antirac ional, al menos en su vertient e «anglo» . De hecho, as í lo p odrían contemplar algunos « conser v ador es» aferra dos a un entendim i ento «clásico» de su identidad. Para otros en cam bio, Straus s, en su intento de revitalizac ión de la fil osofía política , habría afortunadam ent e introducido el rol del filósofo en la polític a, cuyo saber y guía moral habría de dictaminar los pormeno res de la acción polít i ca so pena de desem bocar ésta, sin tan prec iada ayuda, en el ni h i lism o y la indecisión (e llo es as í m uy claro para el ca so estad ounidense donde t radic i o nalistas discuten con neoconservado res sobre dos m odos de ent e nder el conocimiento político y la política, y en cuyas riñas entra de lleno, tangencial o profundam ent e, la autoría de Strauss). Por otr a par te, a un niv el no estadounidens e y m ás europeo, un « conser v ador » también puede fijarse, a un nivel m ás cul tural y m enos ideológico, en los aspectos de crítica de la modern i dad presentes en su obr a, reclam ando para sí uno u otro extremo de aquella disputa. Esto es, nos encon t r amos de nuevo con l a propia di sputabil idad de l o s términos «conservador» y «conservadurism o » . Esta guerra de posibles apropiac iones ideológicas dentro de l a disputada i d entidad conserv ador a no tiene en realidad apenas interés si n uestro o bjetivo princip al es adentrarnos en la obra de Strauss p ara dilucidar cómo podría con cebir é ste l a relación entre e l filosofar y el actuar polític os. Per o ya hemos dicho que en parte ello sí es relevante toda vez que des e emos en prim er lugar entender que, por causa de ciertas apropiaciones ideológ icas dom inant e s, esa relación en la obra de Strauss ha terminado por ser caracteriz ada mayorm ente en términos de dogm at ism o, y, en segundo l ug ar , siempre que queramos dilucidar, al m ar g en de sus particulares – y escasas – opiniones sobre el conservadurism o y sus diversas fil i as ideológ i cas, cuál podría s er el eco de la visión de nuestro autor sobre la naturaleza y el rol de la filosofía y de la ac ci ón política en el marco de un determ i nado estilo de pensam i ent o «conservador» que fues e m ucho m ás allá de es as acotadas y prov i ncianas m ani festaciones ideológicas cons er v adoras. Así, en prim er lug ar 241 abordarem os cuál es la concepción que nuestro autor mane j a en t orn o a la filosofía política. Y en seg undo lugar nos aproxim aremos a su form a de entender la acción política, alg o para lo cual profund i z ar em os en su modo de desarrollar teór i c amente l a r elaci ón entre el filosofa r y la acció n políticas, así como en el uso que rea liza de los conceptos de tradición y moderación o prudencia (ambos, a la sazón, claves p ara entend er lo q ue en esta t es i s hemos denom inado como conservadu rismo de la tradic i ón). 3.2.1 L E O S T R A US S Y S U C ON C E P C I Ó N D E L A F I LO SO F Í A P O L Í TI C A , E L C ON O C I M I E NT O P OL Í T I C O , Y LA P O LÍ T I C A 3.2.1.1 El contexto: el ausente protagonismo de la f ilosofía p o l í t i c a El apelativo de « racional» al supuesto conservaduri smo de Straus s tiene una v ertiente fundam ental en l a apr o xi m ación que a lo largo de su obra realiza en torno a la naturalez a e identida d de la filosofía política en el discurrir intelectua l de la humanidad y, en concreto, sobre su evidente declive y anquilosamiento en la contem por an ei d ad. Rastrea r l o s orígenes y causas intele ctuales de este l á nguido adormecim ient o y letargo de l a razón filosófica en la contem poraneidad del contexto en el que l a obra de nuestro autor ve la l uz , puede servi r de engarce intelect ual con el cual apr o xi m arnos m ej or al con j unto de su obra. Muy conocido es el as e r to de Laslett proferido a mediados de los cincuenta, en el que lleg ó a asegurar que « en este mom ento, la filosofía política es tá muerta» (en inglés original : “ f o r the m oment, anyway , political philosophy is dead ” , cit . en Laslet t y Runciman, 1964). En esa mism a época eclosiona en los EE.UU. la denominada com o revol uc ión conductista, la cual se enfrenta a los modos t rad icion a l es de est u di a r la política proponiendo, en su lugar, una ciencia política libre de valores que sea capaz , bajo la prem isa de la unidad de l as ciencias naturales y sociales, de se pa r a r los hechos de los v alores y de m antenerse f iel al m étodo ci entífico. Este panoram a que se iba dibujando e n la disciplina de la Ciencia Política en torno a los años cincuenta era el reflejo de lo que había estado sucediendo, en un plano más amplio, en lo s deba tes filosóf i co s de sde hace ya u nas décadas. Y es que los intentos de certificar la defu nción de la reflexió n filosófica y norm ati v a sobr e la política bebían de desarro l lo s proveniente s de 248 filosofía polític a com o búsqueda de la idea del bien será , para nuestro aut or, incontestable. D irá éste, en relación al espíri tu positiv ista, que «la i neptit ud m or al es la condic ión necesaria del análisis científico» (Strauss, WI PP). Algo a lo que enfrenta la idea de que com prensión y valoración van unido s, siendo así «im posible comprend er un pensam i ento o una acción o una obra si n valora rla» ya que los juicios de valor acabarían entrando « por la puerta trasera» ( ibíd. : 97). Y en u na clara a l us ión a la « trágica» visión weberiana en torno a l pluralism o de valo res , añade cómo el supuesto positivista de que los conflictos en t re v alores son esencia lmente ir r esolubles no habría sido nunca probado: Es p rudente ad m itir que ha y co nf lic tos d e valores que efectivamente no pueden ser resueltos p or la razón humana. Pero aun q ue no p odamos deter m i nar cual de d os montañas cu y os p icos están cubiert os por nubes es más alta q ue otra ¿a caso no podem o s deter m inar que una montaña es m á s al ta que un m o ntoncito d e tierra? ( ibíd : 100) El historicism o, con su distinción ent r e hechos y valores, ig ual m ente niega la i m portancia de la cuestión en tor n o a la buena sociedad. Esa «falta de r um bo » y esa « indi feren ci a hacia cualquier objetivo» t erm i nan impreg nando a toda la soc iedad, de suerte que e l nihilism o consigue erig irse en la tónica dom inante de aquélla. Frente a todo e llo, Strauss se vuelca en la defensa de l a existenc i a del derecho natural, un derecho que lo entiende de un m odo m u y caracter ístic o. Frente al rechazo historicis ta a la ex istencia de aquél, afirma cómo «la experiencia de la historia» no podría refutar la existencia de las experien cias relativas al bien y al m al , las cuales serían la base de la argum entación f ilosófica y la esencia de la existen ci a del derecho natural. A su vez, l o s « problemas f un damentales persisten o cons er v an su identidad pese a l o s cambios his tóricos (Strauss, NRH : 68). ¿Per o cómo argum enta nuestro auto r la existencia de la verdad y la existencia de una idea de bien? Es decir, ¿basa su apeg o por la modalidad f il o sófica de reflexión política en la sustantiv i dad del bien político? , ¿o, por l a contra, es el criterio formal de la fil o sofía un criterio suficiente? Como podemos comprobar, Strauss deja entrever en abstracto al g o aproxim ado al «contenido» sus tantiv o del conocimiento del orde n perfecto, a cuyo acceso anhelaría el filósofo político. Veá m oslo. En num er osas ocasione s, alude a la filosofía política como aquel « i ntento de descubrir la verd ad política» , intento que presupone el « estar interesado en la v erdad» y en descub rir el «orden de la sociedad civil que es percibido como natural», encam inándose así «a hallar unos criterios de juicio correct os» . Estos criterios de juicio correctos a los que alude dan cuenta de su concepc ión de la raciona l idad 249 política en términos f orm ales como la búsqueda de aquellas m ej or es raz ones que fuesen útiles para justificar o apoyar ideas , accio nes, políticas o institucione s en el terreno de la acción pol í tica, al m ar g en de su contenido concreto. Ya en lo relativo al con tenido d e aque llas razones, S trauss se desmarca de cualquier es c epticismo extrem o coaligándose con l a trad i c i ó n de la metafís ica clásica así com o del de rec h o nat u ral , d e m odo que su fidelidad a las pr em isa s i de alistas platónic as e s nue v amente notable. Adem ás la filosofía tiene una funció n « social» y « pr áctica» , pues, como af irm a, sería necesaria para « as eg ur ar unos mínim os» de dece ncia , de hum anidad y d e justicia, así como para «defender un modo de proceder razonable» . Esos «m í nim os » servirán de « complemento» de la justic ia común, l a cual precisa en tantos cas os de una co rrección en b ase a la equ i dad y la caridad. A su vez, esos mínim os des em peñan el rol de « persuadir» a los gobernant es p ara actuar en base a la humanidad y de cencia. Y es q ue, sin r ecalar en su criticado utopismo, Strauss insi ste en la i dea de que cualquier orden existente es sustanc i a l m ente « mejorable», por lo q ue e l anh elo de luchar po r su consecución serí a alg o oblig ado. Además, « la libertad, el gobierno, el imperio» , as í como «los grandes objetiv os de la humanidad» son susceptibles, nos dice, de elevar a todos los hom bres por encim a de sus pequeños yoes» (Strauss, WIPP: 79) así como de l os confines de un orden político concreto. En suma, el objeto de la filosofía política es para Straus s el que l os clásicos habían ya esclarecido, a saber, el conocim i ento del bien político y de aqu ellos mínim os que posi b i l itan la co nvivencia en la po l is . 3.2.1.3 ¿Plantea Strauss la existencia de unos lími te s f u n d a m e n t a l e s a l c o n o c i m i e n t o p o l í t i c o ? Strauss es un firme defensor de la f iloso f í a polít ica, cree en sus potencialidade s y expresa su más firm e desazón ante su declive. Per o en realidad él no se cansa en adjetivar al proceso filosó fico, a lo l arg o de sus escritos, con términos que revelan una gran cau t el a so crática: la filosofía no deja d e ser « ese intento» de reemplaz ar opiniones por cono ci m iento, pero «no consiste en la pose si ón de l a v erdad, sino en la búsqueda d e la verdad» ( ibíd.: 80). La filosofía en un sentido original o socrático, dirá, parte de la conciencia de los problem as fundamentales así com o de l as posib les y diversas soluci ones alternat i v as a los m i sm os, pero sient e que su ob jet o e s e n realidad un conoc imiento que se desconoce. Y es qu e, la filosofía es sobre todo el «intento» de busca r la verdad y no la posesión de dicha verdad, de 250 m odo que e n el m ej or de los casos la filo sofía s e r á igu al a «la posesión de un cono cim i ento claro d e los problemas [… ] per o no a l a pose sión de un conocim ient o cla r o de l a s soluciones a dichos p roblemas» ( ibíd .). Todo ello no debe sorprender en tanto esa prem isa, en cierto m odo escéptica 157 en el espíritu por ejem plo de la duda metód i ca c a r t esiana de no tomar por verdad lo que com o tal se presenta, habrí a sido en rea lidad la seña de i den tidad de t an t o s f i lósofos a l o largo de su m ilenaria singladura histórica. S i n em bargo, percibir en los escritos de Strauss repet i do s enunciados en consonanci a con aquellas sentencias r esu l tar í a chocan t e si partiésem os de aquellas interpretacion es que lo han retratado en tanto filósofo radical empeñado en transform ar la realidad política en base a sus prescripcione s. Su filosof í a política, es cierto, está te ñida de un gra n componente normativo, tan alejado de las tradiciones de la filosof ía analítica o de los en foques « avalorativos» de la ciencia po l íti ca de su t iempo. Con todo, su enfoque dista mucho de pr etende r que sus prescr i pc i one s normativ as fuesen « tr aduc idas» sin más en un re pertorio destinado a la acción política. Una de la s razones de qu e ello sea as í se halla por un a parte en la vis ión estraus siana sobre las propias condicion es en las que opera el reflexionar filosófico, unas condiciones teñidas por l a imposibilidad de acceder al conocimiento pleno de lo absolu t o y por t a nto, responsables de un estado generalizado de ign or anc i a. Y es precisam ent e esa concienc ia de la ignorancia la que im pele al filósofo « a esforzarse al m áximo» (Strauss, WPP: 80 ) . De este m odo, frente a los habi tuales a t a ques histo r ici st a s a la filosofía, se atr eve a inver t ir l a ca rg a de la prueba: la prop i a filosofía e s adogmática pues en su es encia se halla el r e conocim iento de la indeleble ignorancia hum ana y el lo prueba una vez m á s que el h istoricism o en su intento de curar el dogm atismo fil osó f ico s e transformaría en dog mático. Lo importante de todo es que, por tanto, esa misma incura bl e ig nor anc ia del s er hum ano explica sin o l a imposibilida d sí la dificu l tad epistem ol óg i ca de la consecución de l c onocimiento últim o de las cosas políticas: Aun cuando la historia nos e n señe q ue la filosofía política ahistórica del pasado ha fracasado, no haría m ás que enseñar nos que l a filosofía p olítica ahistórica ha fracasado hasta la fecha. P ero ¿ qué otra cosa significa esto salvo 157 O más b ien que escéptica, habría que retratar su acti t ud de «ze t ética», porque Straus s no lleg a a negar, al habitual estilo escéptico, la posibili d a d de l legar a las re spuestas de lo s interrogantes que abruman al filó sofo, sino que, en clave ze t é t ica su énfasis se situarí a en la investiga ci ó n, e n la bús q ue da y en la activida d inter rogativa, algo que concor d aría p e rfectamente con la actit u d de que el conocimiento absoluto aún n o se ha adquirido. (How se, 2014: 67). 251 que no co n oce m os rea lmente la naturaleza de la s cosa s p olíticas ni el mejor orden político o el orden político justo? Esto está tan lejos de constituir un nuevo descubr im ie nto q ue debamos a l h istoricismo que incl us o se ha lla implícito en el nombre mism o de « filoso f ía » . Si la «anarquía de los sistemas » que manifiesta la historia de la filosofía pr ueba alguna co sa, prueba n uestra ignorancia sobr e las cuestione s más importantes (i gnorancia d e la que podemos ser co ns cientes si n el historici smo), y po r eso mismo prueba la necesidad de la filosofía. Cabe añadir q ue la « anarquía » d e las filo sofías políticas h istóricas de nuestra época , o de las i nterpretaciones actuale s del pasado, no es prec isamente menor que la de las filosofías po líticas ahistóricas d el pasa do. (Strauss, P PH: 193) . Otro g énero de razones, según nuestro auto r , tras la im posibili d ad de pretender una traducción en la r e alidad política de los hallazgos normativos de l a refl exión filosófica sobre la mism a, se halla m ás bien en la natu raleza de la prop ia estructura ontológ ica de la realidad. Fiel a un se n t ido de reverencia hacia la i nm ensidad e inefabi l idad de la realidad superior al hom br e, así como m u y en la l ínea de un «conservador» al uso, Str auss señala cómo el « universo» no es tr an sf o r m able por el hom bre y có m o el «orden perfecto» es perecedero, «com o todo en la tierra». Además, en varias ocasiones alude a la propia naturaleza del ser humano, tan acuciada por las « fuer z as del mal» , y, por lo tanto, tan « i m perfecta »: La naturaleza h umana se halla esclavizada d e tantas maneras que es casi un milagro que un indi viduo logre alcanzar lo m ás elevado: ¡qué se puede entonces esperar de la sociedad! La pec uliaridad d el m ej or régimen – a saber, su inexistente realidad a la par que su superioridad sobre todos los regím enes existentes – enc u entra s u razón de ser d efin itiva en la naturaleza dual del hombre, en el hecho de que el hombre es el ser i ntermedio: inter m edio entre las bestias y los diose s. (Strauss, W PP: 120). A su vez, en la propia naturaleza del bien, existe la irresolu ble evidencia de que los princi pios del derecho natural estarían apr isionados en el marco de una dialéctica que se e stablece entre la u nidad de su ex istencia y la div ersidad de sus m ani fe staciones. Ello, arguye, da cuenta de la «dificultad de la consecuc ión del conocim iento del derecho natura l» ( ibíd .). En este sent i do es rev el ad or cóm o Strauss recono ce la existencia de una diversidad de nociones de bien y mal y có m o el lo lejos de ser un obstáculo para la existencia de u n d er echo natu ral, s ería, a su j u i cio, « su condició n necesaria» . Así, nos dirá, «el r e conocimiento d e la var i edad de noc i one s de l bien es el incentivo para la búsqueda del derecho natu ral» (i bíd.: 42). Ello le sirve para que, en su crítica al historici sm o, intente refutar uno de los 252 argum entos más duraderos formulados contra las pretensiones de verdad de la filosofía política ahistórica, com o aquel que la expone a la eviden cia de la heterogenei dad, diversidad e i ncom pati b ili d ad de l as manifestaciones filosóficas de l bien político. El his toricism o, di ce, n o af irm a nada que no esté implícito ya en l a naturalez a de cualquier enfoque filosófico tildado de «ahistórico» . Pues bien, con todo, l a razón, esa capacidad de discern i m iento universal homenajeada desde tiempos inmem or iales por las diversas tradiciones filosóficas, es para S t r auss t am bién la herr amienta fundam ent a l a la ho ra de encam inarse a busca r y elucidar las claves del orden idea l , esto es, el descubr imiento del derecho natural, en una situ ación «norm al » de diversidad y pluralida d de ideales y nocione s de bien. Sin embarg o esta razón se volv er ía un t an to im pot ente ante l as d ificultade s que p lantea esa diversidad, habiendo de servirse de sus facetas más deliberativas y comunicativ as : El hecho de que la raz ón nos i m pulse a superar el ide al de nuestra sociedad no evita, sin e mbargo, que al d ar este paso n os enf re ntemos a un vacío o a una multiplicid ad d e principios del «derecho nat ural» ta n incompatibles co m o igual m ente j ustificables. Ante la gr avedad del asunto, tenemos el deber de entabla r una d iscusió n imparcial, teó rica y o bjetiva. (Strauss, NRH: 3 7). Pero existe además un aspecto muy profundamente presente en la obra de nuestro aut o r que ate stig ua también es as limita ciones ínsitas al filosof ar: se trata de la controvertida cuestión de la tensión qu e nues t ro autor establece entre At enas y Jerusalén. En este sentido, pese a que la filosofía estraussian a se inscribe en unos eviden tes ancla j es rac i ona les y por tanto el irracionalism o es la ant í t esi s absoluta de sus p ostulados, muchos h an señalado cómo en la base de su propio reconoci m i ento del i ns alvable conflicto entre razón y revelación subyace una inclin ac ión sino irracion al sí al menos no racional (Lynch, 2005) 158 . De modo que en su pensam ient o latiría la idea de que la revelación precisa de la fe y la razón sin la fe es huérfana. A ello se remiten ciertas interpretacion es (Rosen, 2000) en virtud de l a s cuales, Strauss habría entendido que tanto la f i losofía como la r eligión 158 Así, por eje mp lo , el e scri tor y ensayista arg entino Enri que Ly n ch, en u na rese ñ a de la edición en castellano de City and Man , señala cómo en su co n oci d a tesis de la gran línea de oposición que en el pensamiento occidental se habría trazado entre razón y revelación, Strauss se posicionaría , n a d a más y nada menos, que a f avor de la ide a de qu e to d a teor í a polít i ca ha bría de funda me ntarse, tal ve z muy a su pesar, en un trasfon d o imposi ble de raci o nalizar (L ynch, ibíd .). En una línea parecida apuntaría Vallespín (1995) al r econocer que S trauss optaría p or la f iloso fía , «per o sin ning u na otra razón que el mismo decisionismo p or el que otros o ptan por la re velación». 253 exigen una elección f ruto de un acto de l a volun t ad. Otros i n t é rpretes de la cuestión, sin em bar g o, han subrayado que su aprox i m ación a l a cuestión sobre J e r us alén y Atenas habría sido « no com o un hom bre de fe» si no m edi ante « el espíritu so cr á t ico de un filó sofo preg unt ánd ose muchos interrogantes» (Smith, 2009), de modo que más que m eramente asum i r la autoridad de lo revelado, su filosofía se inscribiría en la más pura tr a di c ión escéptica. En cua l qu i e r ca s o , la cuest ión de dónde debe residir l a guía últim a de l a vida, s i en J e r usalén o Atenas, en la ley r ev elada o en la razón humana, es al g o que a j uicio de Strauss aún no se habr í a decidido. Ello im pl i ca que él fuese totalmente conscient e de que « J erusalén y Atenas, l a obedienc i a o l a inquisición filosóf i ca, requieren del hombre un alma capaz de soportar l a tensión a que ambas la som et en» (Lastra, 2000: 36) . Una tensión que es irresoluble, siendo imposible una «sociedad sin contradicción» ; pero una tensión que tendría, no obstan t e, unos resultados « cr eativos» , ya que según la visión estraussiana, ello sería precisamente «el secreto de l a vitalidad de Occidente» (Strauss, RRP C: 142). A j u i cio de Bernstein ( 20 15), Strauss se reconoce como ciudadano de Atenas. En este se n t i do, la vida guiada por la revelación d ivina « no sería una alternativa seri a a la filosofía» (Lampert, 2013: 114). Pero, de nuev o, ello no equiv al dría a ignorar cóm o en realidad el alma hum ana se halla presa de una t en sión, una tensión difícil o i m posible de super ar , una t ens i ón que es filosófica pero t ambién « t ransf ilosó fica» en la m edi da en que se pre senta la opción en tre una vid a filosófica y otra no filosófica. Con todo, no cabe duda de que Strauss, se habría situado en «el borde» de las dos ciudades (Bersntein, 2015), de lo cual son bastante reveladora s sus palabras al res p ecto: La vida r eal de la civilización occidental es la vida entre dos códigos, una tensión funda m ental [ …] Na die p uede ser un filó sof o y un teólogo, o, a los efectos, un ter cero que está más allá del conflicto entre filoso f ía y teolo g ía, o una sínte sis de lo s dos. Pero cada uno de nosotro s p uede ser y d ebe ser o uno o el o tro, o el filósof o abier to al reto de la teo logía, o el teó log o ab ierto al reto de la filosofía. ( Strauss: cit. e n Berstein, 20 15: xix) 159 . Esta preocupación por el denom i nado « pr oblem a teológico-político» le habría conducid o en bu sca de la sagacidad d el racional ismo prem oder no , 159 L a cita original es la siguiente: “ The very life of Western civilization i s th e life between t w o codes, a fundamental tension. […] No one can b e both a philoso pher and a theol o gian, or for t hat matter, a third which is b ey ond t he confl i c t betw e e n philosophy and theol ogy , or a synthesis of both. But every one of us can be and outh t o be either the one or the other , the philosopher open to t he chall enge of theolo gy, or the theolog i an open to t he ch all enge of philosophy ” . [Document text truncated for crawler view.]