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“La vida está fuera del tiempo”. León Tolstói entre la práctica vital y la predicación moral

Rabe, Ana María

Abstract

A finales del XIX y principios del XX León Tolstói fue considerado un importante modelo ético dentro y fuera de Rusia. La gente del pueblo lo veneraba como ejemplo moral que predicaba la vida y el trabajo en el campo en concordancia con la naturaleza, el amor al prójimo, la sencillez y renuncia a la propiedad, valores que el escritor aristócrata parecía llevar él mismo a la práctica. A la vez, las autoridades estatales y eclesiásticas de Rusia temían la gran influencia que ejercían las severas críticas y acusaciones con las que el famoso novelista y predicador desenmascaraba la injusticia, violencia e hipocresía de las instituciones rusas. Como se muestra en el artículo, las ideas tolstoianas acerca del amor realizado aquí y ahora, la renuncia a cualquier recompensa, la resistencia no violenta, el morir como decaer en la cotidianidad y la práctica vital insertada en el presente desempeñaron un papel importante en los círculos intelectuales de la época, p. ej. en Bunin, Gorki, Heidegger, Gandhi, Nietzsche o Lukács. La concepción tolstoiana de la vida en el presente, que se encuentra “fuera del tiempo” y alcanza así la felicidad y eternidad –idea a la que alude San Agustín– impresionaron especialmente al joven Wittgenstein. El artículo presenta estas ideas éticas, religiosas y existenciales tal y como aparecen en los escritos teórico-religiosos y los relatos tolstoianos mostrando al mismo tiempo los polos opuestos del pensamiento y carácter de Tolstói sobre las que se levantan

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ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura C L X X X V I 74 5 s e p t i e m b r e - o c t u b r e ( 2 0 1 0 ) 9 47 - 9 6 3 I S S N : 0 2 1 0 - 1 9 6 3 doi: 10.3989/arbor.2010.745n12aa “LA VIDA ESTÁ FUERA DEL TIEMPO”. LEÓN TOLSTÓI ENTRE LA PRÁCTICA VITAL Y LA PREDICACIÓN MORAL Ana María Rabe Investigadora, Instituto de Filosofía (CCHS/CSIC) c/ Albasanz 26-28, 28037 Madrid ABSTRACT: At the turn of the 20th century, Leo Tolstoy was considered an important ethical figure in Russia as well as in other cultural spheres. He was idolized as a moral example who preached life and work in the countryside in harmony with nature, charity, simplicity and denial of property; values that the aristocratic writer seemed to realize himself. At the same time, the public and ecclesiastic authorities of Russia feared the big influence emanating from the severe criticism and denunciations by which Tolstoy unveiled injustice, violence and hypocrisy of the Russian institutions. As the article shows, Tolstoyan ideas about love thas is realized here and now, denial of any recompense, nonviolent resistance, decease as a decline in everyday life and vital practice that is integrated in present played an important role in the intellectual circles of that time, e. g. in Bunin, Gorki, Heidegger, Gandhi, Nietzsche or Lukács. Tolstoy’s conception of life as pure present, as being “beyond” time and thus gaining felicity and eternity –an idea suggested by Saint Augustine–, impressed especially the young Wittgenstein. The article presents these ethical, religious and existential ideas as they appear in the Tolstoyan religio-theoretical writings and narrations while showing at the same time the contrary positions of Tolstoy’s thought and character on which they are built. KEY WORDS: Charity; nonviolent resistance; vital practice in present; atemporality; sense of life; fear of death; authentic life and decease as decline; individual interest and total unity; culture and nature. RESUMEN: A finales del XIX y principios del XX León Tolstói fue considerado un importante modelo ético dentro y fuera de Rusia. La gente del pueblo lo veneraba como ejemplo moral que predicaba la vida y el trabajo en el campo en concordancia con la naturaleza, el amor al prójimo, la sencillez y renuncia a la propiedad, valores que el escritor aristócrata parecía llevar él mismo a la práctica. A la vez, las autoridades estatales y eclesiásticas de Rusia temían la gran influencia que ejercían las severas críticas y acusaciones con las que el famoso novelista y predicador desenmascaraba la injusticia, violencia e hipocresía de las instituciones rusas. Como se muestra en el artículo, las ideas tolstoianas acerca del amor realizado aquí y ahora, la renuncia a cualquier recompensa, la resistencia no violenta, el morir como decaer en la cotidianidad y la práctica vital insertada en el presente desempeñaron un papel importante en los círculos intelectuales de la época, p. ej. en Bunin, Gorki, Heidegger, Gandhi, Nietzsche o Lukács. La concepción tolstoiana de la vida en el presente, que se encuentra “fuera del tiempo” y alcanza así la felicidad y eternidad –idea a la que alude San Agustín– impresionaron especialmente al joven Wittgenstein. El artículo presenta estas ideas éticas, religiosas y existenciales tal y como aparecen en los escritos teórico-religiosos y los relatos tolstoianos mostrando al mismo tiempo los polos opuestos del pensamiento y carácter de Tolstói sobre las que se levantan. PALABRAS CLAVE: Amor al prójimo; resistencia no-violenta; práctica vital en el presente; intemporalidad; sentido de la vida; angustia ante la muerte; vivir de verdad y morir como decaer; interés particular y unidad total; cultura y naturaleza. Si un labrador mira hacia atrás, no puede labrar. Tiene que olvidarse de todo, excepto del surco que se está abriendo; sólo así se podrá labrar. L. Tolstói, El Evangelio abreviado “LIFE IS BEYOND TIME”. LEO TOLSTOY BETWEEN VITAL PRACTICE AND MORAL PREACHING 1. in t r o d u c c i ó n El presente texto*, escrito con motivo del 100 aniversario de la muerte de Tolstói, no pretende proporcionar una imagen lisa y acabada de la complejísima figura y personalidad del gran escritor ruso. Intenta, más bien, dar una idea de las fuerzas opuestas que regían tanto su vida como su pensamiento, creación y predicación. Si se tiene en cuenta que ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 745 Nº 948 “LA VIDA ESTÁ FUERA DEL TIEMPO”. LEÓN TOLSTÓI ENTRE LA PRÁCTICA VITAL Y LA PREDICACIÓN MORAL En términos generales, este proceso se divide en dos partes: en la primera, que coincide con los primeros veinte años de la producción literaria tolstoiana, desde la publicación de su primer relato “Infancia”, en 1852, hasta la gran crisis existencial que vive en los años setenta, el escritor plasma sus ideas de la historia y la vida humana, su crítica de las clases dominantes y su búsqueda de Dios y el sentido de la vida en relatos y en sus grandes novelas Guerra y Paz (1864-1869) y Ana Karénina (1873-1877). La segunda parte comienza con la publicación, en 1879, de Mi Confesión, en la que el escritor se acusa a sí mismo de haberse servido de satisfacciones y placeres pasajeros para huir de la angustia que le producía el pensamiento de la muerte, algo que, como afirma, le impidió ver y reconocer la verdadera vida. Esta segunda parte del proceso intelectual y espiritual de Tolstói, que perdura hasta su muerte en noviembre de 1910, está marcada por el desarrollo y la formulación de sus ideas cristianas, basadas en el amor al prójimo y el mandamiento de la no-violencia, por sus severísimas y despiadadas críticas a las instituciones políticas, religiosas y militares rusas, su renuncia a la propiedad, su búsqueda de una vida en concordancia con la naturaleza, su alabanza de la sencillez y el trabajo en el campo –aunque, desde luego, siempre siguió viviendo en sus mansiones de Yasnaya Poliana y Moscú–, sus esfuerzos pedagógicos y su compromiso social, especialmente con los pobres. Es en esta segunda parte de su vida, cuando el escritor, que ha ganado ya fama internacional con sus grandes novelas, se convierte en un importantísimo referente ético para miles de personas en el mundo entero, tanto para intelectuales, filósofos y luchadores sociales como para gente del pueblo con poca o ninguna formación y a menudo analfabeta1. Hay que mencionar aquí el papel central que tuvo un determinado personaje en la propagación y difusión masiva de las ideas anarco-religiosas de la segunda etapa de Tolstói: Vladimir Grigorievich Chertkov (18541936), un aristócrata ruso que entró en la vida de Tolstói en 1883. El antiguo oficial de la caballería del Zar tenía buena presencia, excelentes modales y un terrible afán de controlar y dominar todo cuanto estuviera a su alcance. Este hombre –que François Porché, en su excelente biografía de Tolstói, denomina como “ministro de propaganda”, “archicanciller” y “espíritu mediocre” (Porché, 1954, 276)– ordenará, controlará, editará y difundirá los textos, escritos y panfletos de Tolstói. Todas esas ideas, reglas y doctrinas proporcionarán la base de lo que se llamaría en estas fuerzas no sólo se combatían sino que también se fortalecían mutuamente, se entiende cómo sus ideales éticos pudieron alcanzar una influencia tan grande en el mundo entero en el cambio de siglo del XIX al XX. No procedían, desde luego, de alguien que pudiera caracterizarse con una sola palabra ni en un solo sentido. El viejo Tolstói no era el sabio sereno que le hubiera gustado ser; pero tampoco era un mero predicador. Para el público que le leía u oía por boca de otros; sus palabras, creencias, críticas y advertencias; tenía que resultar altamente atractivo el hecho de que en el gran escritor convivieran facetas y cualidades opuestas y hasta contradictorias: celebridad y humildad, aristocracia y ascetismo, “genialidad” y sencillez, intransigencia y bondad. Aparte de explicar, a nuestro parecer, en buena medida el particular y potente carisma que tenía Tolstói, el cual hizo que se convirtiera en una figura venerada por las masas, temida por las instituciones y muy tenida en cuenta por todos los intelectuales de la época que oscilaban entre la profunda admiración y la crítica severa, las múltiples contradicciones llevan a entender el sentido que Tolstói intenta dar a la vida: un sentido pleno, del presente, que logra superar la incesante lucha interna entre polos opuestos. Tolstói se sintió, pues, acosado durante toda su vida por una duda existencial radical y roedora –una terrible angustia ante la muerte–, que se oponía a su extraordinaria capacidad de gozar en determinados momentos. El constante y demoledor vaivén entre angustia y placer sería interpretado por él, muy en concordancia con el carácter ruso, como lucha moral del espíritu y del Bien contra la carne y el pecado, pero también como oposición entre eternidad y tiempo pasajero. Así, el conde labrador de Yasnaya Poliana se encontraba movido por dos fuertes impulsos contrapuestos: la búsqueda del Bien, por un lado, y el anhelo de plenitud vital, por otro lado. Ésta es tal vez la contradicción esencial que fundamenta tanto las incongruencias de su carácter como la decisión y pujanza de sus acciones, las cuales ejercieron, tanto unas como otras, tanta fascinación sobre miles de personas dentro y fuera de Rusia. Partiendo de esta base compleja y contradictoria, se presentarán aquí no sólo las ideas y creencias fundamentales de Tolstói, sino también algunas voces de personas que le conocieron, así como los ecos que se transmitieron por el mundo entero. Pero en primer lugar se intentará, desde luego, evocar la voz de Tolstói mismo, su tono y carácter particular, sus ideas sociales, éticas y existenciales que fueron tomando fuerza durante un largo proceso. ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 949 ANA MARíA RABE mulgado en 1901 por el Santo Sínodo y bautizado, por otro lado, por la prensa liberal rusa como “maestro de la vida” y “conciencia de la nación”, aquel gigante moral que propagaba los verdaderos valores cristianos, que no se cansaba de desenmascarar la hipocresía y los privilegios de la Iglesia ortodoxa, los capitalistas y las clases altas, basados en tremendas injusticias sociales, no se doblegó. Quedó firme el hombre que había buscado durante toda su vida una fuerza auténtica, inquebrantable, que fuera capaz de superar lo que más le aterrorizaba, lo único que le había horrorizado de verdad en su vida: la muerte. Multitudes acudieron para estar presentes en el momento histórico en que se extinguiera la vida de aquel famoso anciano. No querían perderse el instante en que el gran ejemplo moral de Rusia se fuera de este mundo, llevándose consigo su voz firme y mirada perspicaz para dejar ya sólo su palabra escrita, aquella temida palabra que la censura, en vez de debilitar o borrar, acrecentó y potenció, sin querer, aun más. Sabían que a partir de ese instante, aparte de la palabra escrita, sólo quedarían de él, de su aparición física, fotografías mil veces reproducidas del aristócrata anciano vestido de campesino ruso, sentado en su casa ante un libro o montado altivamente a caballo atravesando a galope los amplios campos, siempre entre el mundo intelectual y el natural, entre la calma que buscaba en el espíritu y el placer que le ofrecían sus fuertes sentidos. Allí quedarían las imágenes del ermitaño que labraba sus tierras, el profeta que predicaba, contra la promesa de una futura redención, la vuelta al origen: al amor al prójimo realizado aquí y ahora. No se oirían más las predicaciones y advertencias de aquel revolucionario pacifista, inspirado en Confucio, Laotse y el budismo, defendiendo la modestia y humildad, y propagando, contra reaccionarios como contra revolucionarios, la doctrina de la no-violencia. Ya sólo quedarían las imágenes del “santo” de Yasnaya Poliana, la finca de Tolstói al sur de Moscú, adonde habían acudido cada vez más seguidores del mundo entero: mendigos y pobres, a los que el anciano daba cobijo, comida y consuelo, luego masas de tolstoianos, cada vez más sectarios, de los que el anciano no sabía ya cómo desprenderse y de los que Máximo Gorki evoca en una carta escrita en 1910, bajo la impresión de la muerte de Tolstói, el siguiente recuerdo: “Resulta extraño, pues, ver a Lev Nikoláievich en medio de los ‘tolstoístas’; hoy se alzan, majestuosos, los campanarios, adelante “tolstoianismo”, un movimiento inspirado en las ideas éticas y religiosas que tuvo su auge en la última década del XIX y la primera del XX. A partir de mediados de los años ochenta, seguidores de Tolstói habían empezado a crear colonias agrícolas en las que intentaban poner en práctica las ideas tolstoianas como la “sencillez” y cercanía al pueblo2. Mientras Chertkov intentaba controlar tanto la vida y las creencias de los “tolstoianos” como de su presunto profeta, Tolstói seguía escribiendo. Seguía creando múltiples relatos, recogía narraciones populares a las que dio una bella y sencilla forma literaria, y finalmente producía también incontables escritos teóricos y religiosos, panfletos pacifistas y social-críticos, confesiones de fe y libros pedagógicos. Todos esos escritos se tradujeron inmediatamente al inglés, alemán y muchos más idiomas y se difundieron por el mundo entero. Mientras tanto, en Rusia reinaba una severa censura presidida por Popedonostsev, Gran Procurador del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa. La censura que prohibía gran cantidad de los escritos religiosos y socialcríticos de Tolstói, sin embargo, no podía impedir que corrieran copias ilegales por todo el país. 2. el a n c i a n o d e ya s n a y a po l i a n a : b ú s q u e d a y h u i d a d e u n “m a e s t r o d e l a v i d a ” Se pueden diferenciar, entonces, dos etapas de la producción intelectual de Tolstói. Dicha producción, en cuanto que estuvo ligada a un hombre mortal, llegó a su final hace 100 años al morir un anciano de barba larga, que vestía un traje sencillo, de campesino, en la estación de trenes de Astápovo, en la ruta ferroviaria entre Riasán y los Urales. Legiones de reporteros, fotógrafos, curiosos y hasta realizadores de cine habían acudido a la pequeña población rusa para pillar acaso una imagen, una palabra, un gesto de aquel sabio conocido en el mundo entero, venerado por el pueblo, ampliamente leído, comentado y discutido en todos los países. En la insignificante estación de Astápovo iba a extinguirse la vida de aquel célebre escritor que se conocía como un hombre inquebrantable en sus principios e implacable en sus críticas. Representantes de la Iglesia ortodoxa habían llegado para convencer al influyente anciano que se arrepintiera de su disidencia y regresara al seno de la Iglesia. Mas, el hombre exco- ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 745 Nº 950 “LA VIDA ESTÁ FUERA DEL TIEMPO”. LEÓN TOLSTÓI ENTRE LA PRÁCTICA VITAL Y LA PREDICACIÓN MORAL seguido conocerlo profundamente” (Bunin, 1965, 1136). En el mismo texto titulado La redención de Tolstoi, en el que aparece esta cita, Bunin nos dice del gran escritor ruso: “El aspirante pensaba en su ‘personalidad’, a la que renunciaba con alegría, y comprendía plenamente que él no era un noble ruso, miembro de la sociedad moscovita, pariente de este o aquel, sino simplemente un mosquito o un ciervo, semejante a los que aquí vivían: ‘Como ellos, como el viejo Erochka, subsistiré algún tiempo, y después moriré. Erochka tiene razón: no quedará de ti sino la hierba que crece sobre las tumbas” (Bunin, ibíd., 1136). Bunin sigue afirmando que: “Esta aspiración a despojarse de su personalidad y la secreta alegría que acompaña a su renunciación, forman el rasgo más peculiar del carácter de Tolstói” (Bunin, ibíd., 1136). Si es verdad que Tolstói deseaba despojarse de su personalidad, habrá que añadir, con Bunin, que era más bien la particularidad lo que intentaba superar, en cuanto que lo particular representa lo limitado, pasajero, aquello que inevitablemente es devorado, algún día, por la muerte sin que quede más rastro que la hierba, también pasajera, sobre la tumba. Tolstói, que no creía en la redención personal, tenía que combatir la idea de la personalidad si quería superar la angustia ante la muerte. Por eso tenía que buscar un principio universal, la concordancia con su condición humana en cuanto naturaleza única, compartida por todos los seres vivientes e inserta en el ciclo natural en que todo desaparece para volver a aparecer, porque todo está integrado en esa vida única, universal. No se sabe quién era Tolstói en el sentido de que no se puede saber quién era ese hombre particular, pues es imposible hacerse cargo tanto de la complejidad como de la dimensión efímera que caracteriza lo particular. Desde luego que lo dicho vale para todo ser particular, no sólo para el autor de Guerra y Paz, aunque es verdad que la complejidad de Tolstói, como afirma Bunin, “ha sorprendido siempre a todo el mundo” (Bunin, ibíd., 1136). He aquí, pues, un escritor célebre, padre de una familia grande, admonitor incansable, un hombre, a fin de cuentas, de carne y hueso con tormentas y angustias particulares. No es de extrañar que en este personaje la complejidad se manifieste en contradicciones y tensiones especialmente resuena el bronce sin parar sobre el mundo entero, y abajo, corretean por alrededor los perrillos timoratos, acompañando con sus gañidos el son de las campanas mientras se miran desconfiados unos a otros: ¿quién aúlla mejor?3 Siempre he tenido la sensación de que la casa de Yásnaia Polaina y el palacio de la condesa Panina habían sido impregnados por esa gentuza con su espíritu de hipocresía y cobardía, de mercachifles insignificantes y mezquinos a la espera de una herencia” (Gorki, 2010, 67). Pero también habían viajado otros “peregrinos” a la finca del profeta para pasar un tiempo con el gran escritor: poetas, escritores, artistas. Entre ellos se encontraban, aparte de Máximo Gorki, Anton Chéjov, Iván Bunin, Ilia Repin, Nikolai Gué, Leonid Pasternak, Iván Nikolaievitch Kramskoi, también intelectuales provenientes de otros países como Lou Salomé y Rilke que representaba un arte severamente criticado por Tolstói por la “exclusividad” que se dirigía sólo a las clases privilegiadas y excluía a la mayor parte del pueblo (Tolstói, 1993, 142). ¿Quién era, pues, ese hombre que a la avanzada edad de 82 años había huido, de noche y a escondidas, de su casa, mujer y familia, aventurándose en un viaje hacia un destino desconocido? ¿De qué había huido aquel sabio, aquella roca inquebrantable, conciencia de la nación, aquel profeta, maestro de la vida, gigante moral? ¿Acaso de lo que Tolstói, defensor de la pobreza y humildad, había denominado, en la carta de despedida a su mujer, como “lujo”? ¿Huyó de lo que, según él, era una posición insostenible en casa? ¿No intentó escaparse, más bien, de la avalancha de expectativas, ajenas y propias, que había desatado su predicación de la verdadera vida, una vida llena de amor, paz y concordancia con la naturaleza y el mundo, que debía llevarse en silencio, humildad y sencillez? Se trataba de una práctica vital que le era imposible llevar adelante, por mucho que quisiera o se esforzara, pues ya el mero hecho de representar, queriéndolo o no, la “conciencia de la nación”, se lo impedía. Los fantasmas que había llamado ya no se podían espantar. ¿Quién era, entonces, ese hombre al que todo el mundo parecía conocer? Según Ivan Bunin, la mujer de Tolstói, Sofia Andreievna, afirmó lo siguiente: “He pasado cuarenta años de mi vida al lado de Lev Nicolaievich, sin haber con- ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 951 ANA MARíA RABE Centrémonos a continuación en aquella “renuncia a la resistencia violenta contra el mal” a la que se refiere Lenin, puesto que proporciona una clave importante para entender la concepción ética de Tolstói y el fundamento básico de sus severas críticas contra las instituciones del poder y, desde luego, contra la guerra4. La posición tolstoiana, que considera la desobediencia civil como una forma válida de resistencia y protesta, tuvo una gran influencia en Mohandas Karamchand Gandhi con quien el escritor ruso mantuvo una correspondencia epistolar durante el último año de su vida. Dicha correspondencia comenzó con motivo del envío de una carta que Tolstói escribió en 1908 a Tarak Nath Das, un revolucionario social bangalí y luchador por la libertad que vivió la mayor parte de su vida en el exilio. Tras pedirle permiso a Tolstói, Gandhi publicó la Carta a un hindú en su semanal Indian opinión y la tradujo a los idiomas indios5. La doctrina cristiana de la no-resistencia contra el mal, interpretada por Tolstói como resistencia no violenta, fue adoptada por Gandhi y llevada a la práctica en la “Granja Tolstói” que Mahatma fundó en 1910 en Sudáfrica como colonia cooperativa para la población india. Reconstruyamos, pues, el camino que llevó a Tolstói a resaltar el mandamiento de la no-violencia como pieza angular de su concepción ética y religiosa. Tras terminar en 1877 su segunda gran novela Ana Karénina, Tolstói cayó en una profunda depresión que le llevó a plantearse el sentido de la vida de manera radical. En 1879, año en que cumplió los 50, escribió un testimonio personal titulado Mi Confesión en el que proclamó una ruptura definitiva con su vida anterior orientada, según él, al bienestar personal. El leitmotiv de ese escrito, que aparece a menudo en sueños y símiles con una gran carga metafórica, es la lucha por encontrar una fuerza capaz de salvar la vida más allá de la muerte, de superar el aniquilamiento de todo sentido y remediar la desaparición final de todo lo existente. Así, Tolstói compara la muerte con un dragón que amenaza con devorar todo bienestar, lo cual le lleva a resaltar la necesidad de darle a la vida un sentido indestructible (Tolstói, 2008, 53-54). Mi Confesión fue publicada en 1882 en la revista rusa Ruskaia Mysl. Redactada originalmente como prefacio a una crítica a la teología dogmática, el escrito llamó pronto la atención por su contenido y su famoso autor que se oponía claramente a la Iglesia, razón por la que la obra fue acentuadas. Si hablamos a continuación de las ideas de Tolstói, no intentamos resucitar la voz de un hombre particular, cosa que, de todas formas, es imposible, pues no damos nunca con la persona particular, sino sólo con imágenes y testimonios verbales. Intentaremos, más bien, escuchar una voz multiplicada que no sólo se manifiesta en los escritos narrativos y teóricos de Tolstói, sino también en los escritos de sus contemporáneos y pensadores posteriores. 3. el m a n d a m i e n t o d e l a n o -violencia En su artículo “León Tolstói como espejo de la revolución rusa”, publicado en 1908 en el periódico ilegal bolchevique “Proletari”, Lenin dice lo siguiente con respecto a las contradicciones que caracterizan a la figura de Tolstói: “En las obras, opiniones, doctrinas, en la escuela de Tolstói, se hallan, efectivamente, unas contradicciones agudas. Por un lado un artista genial que no sólo ha creado imágenes únicas de la vida rusa, sino también obras de la literatura mundial de primer orden. Por otro lado un propietario de una gran finca al que le gusta representar, de manera grotesca, a Cristo. Por un lado una protesta maravillosamente fuerte, directa y sincera contra la mentira e hipocresía social, por otro lado un ‘tolstoiano’, esto es, un quejica histérico en trapos, un llamado intelectual ruso, que se golpea en público el pecho diciendo: ‘Soy malo, soy asqueroso, pero tomo en serio la auto-perfección moral: ya no como carne y me alimento de filetes de arroz.’ Por un lado crítica despiadada de la explotación capitalista, desenmascaramiento de los actos de violencia del gobierno, de la comedia de la Justicia y la administración estatal, la revelación de toda la profundidad de las contradicciones entre el crecimiento de la riqueza y de los logros de la civilización y el aumento de la pobreza, el embrutecimiento y las torturas de las masas de trabajadores; por otro lado una predicación encantada de la ‘renuncia’ a la ‘resistencia’ violenta ‘contra el mal’. Por un lado el realismo más sobrio que arranca todas las máscaras; por otro lado predicación de una de las cosas más asquerosas que pueda haber en el mundo, es decir, de la religión, el deseo de sustituir a los curas con pensiones oficiales, esto es, cultivación del sacerdocio más sofisticado y por ello especialmente repugnante” (Lenin, 1985, 13-14). ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 745 Nº 952 “LA VIDA ESTÁ FUERA DEL TIEMPO”. LEÓN TOLSTÓI ENTRE LA PRÁCTICA VITAL Y LA PREDICACIÓN MORAL El párrafo citado pertenece a una interpretación muy particular que hizo Tolstói de los Evangelios en forma de unos comentarios que se publicaron por primera vez en Londres en 1885 bajo el título The Spirit of Christ’s Teaching (A commentary of the Essence of the Gospel), puesto que no pudieron aparecer en Rusia hasta 1906. En Alemania fueron publicados en 1898 en una edición de bolsillo de la editorial Philipp Reclam (Tolstoi, 1898), la misma que Ludwig Wittgenstein adquirió durante la primera Guerra Mundial. Quedándose profundamente impresionado por la voz particular y esperanzadora que hablaba a través de los bellos comentarios que resaltaban la libertad en el espíritu y el sentido de la vida en el presente, el joven filósofo austriaco, torturado por aquel entonces por pensamientos suicidas, afirmó que las palabras de Tolstói le habían salvado la vida6. El amor al prójimo que la Iglesia propaga como valor esencial del cristianismo no resulta difícil cuando hay que aplicarlo en el caso de un amigo o una persona que no pone en peligro ni la vida de uno mismo ni ningún interés propio. Mas, donde realmente se muestra su alcance y donde se pone a prueba, es en el amor al enemigo. Por eso, el amor al prójimo se cristaliza para Tolstói en el mandamiento cristiano de la no-resistencia contra el mal que el escritor ruso traduce a la idea de la no-violencia, una fórmula que no excluye la resistencia no violenta. En la obra En lo que creo Tolstói vincula el amor con la abstención a la violencia mediante las siguientes reflexiones: “Las palabras: ofrece tu mejilla, ama a tus enemigos, expresan la esencia íntima del cristianismo [...]. No te opongas al mal quiere decir: no te opongas nunca al malo, esto es, no ejerzas ninguna violencia contra nadie, esto es, no hagas ninguna acción que contradiga el amor” (Tolstoi, 1885, 17). La obra En lo que creo7, escrita en 1883 e impresa al año siguiente, fue prohibida por la censura de Popedonostsev poco antes del día previsto para su publicación. El escrito apareció entonces en el extranjero en lengua rusa. Inmediatamente después se tradujo a todos los idiomas europeos y empezó a circular en Rusia en forma de copias ilegales, una situación que no cambió hasta 1904, cuando se permitió oficialmente su publicación. Como resalta Porché, esta clandestinidad no impidió su difusión, sino que, más bien, la acrecentó (Porché, 1954, 273). Entre todos terminantemente prohibida en Rusia. El primer lugar donde volvió a publicarse fue Alemania donde salió en 1886 en una traducción alemana. Como consecuencia de su nueva y fuerte orientación religiosa, Tolstói se pone a estudiar los Evangelios y a buscar a Dios, o dicho con una palabra que para el escritor ruso es sinónima: la “verdad”. El áncora de salvación llamada “verdad” debía fortalecer y dar sentido a la vida y evitar todo lo que pudiera llevar a la destrucción de la misma, por lo que no sólo debía excluir la guerra en la que los hombres se matan mutuamente, sino cualquier tipo de opresión y castigo, medidas violentas que la Iglesia justificaba en nombre del cristianismo y el amor. El horror que Tolstói sentía ante tal actitud completamente opuesta al mandamiento fundamental del amor lo describe en Mi Confesión contando la siguiente experiencia: “En aquellos momentos empezó una guerra en Rusia. Y los rusos comenzaron a matar a sus hermanos en nombre del amor cristiano. Me era imposible no pensar en ello. Me era imposible no ver que matar es un mal contrario al primer fundamento de toda fe. Por el contrario, en las iglesias se oraba por el triunfo de nuestro ejército y los maestros de la fe reconocían que esa matanza derivaba de la religión. Y no sólo durante esos asesinatos en la guerra, también durante las revueltas que la siguieron, vi a miembros de la Iglesia, maestros, monjes y ascetas aprobar el asesinato de jóvenes extraviados e indefensos. Y al darme cuenta del comportamiento de los hombres que profesaban el cristianismo, me horroricé” (Tolstói, Ibíd., 153). En múltiples escritos teóricos que siguieron a Mi Confesión el escritor ruso perfiló y concretó su visión de lo que consideraba una “vida verdadera”. En contra de la Iglesia con su propagación de la vida allende y en contra de la mera fe en la palabra que, a la hora de actuar, se desmiente a sí misma, Tolstói resaltó el valor de la buena obra, el único momento en que se expresa, de manera auténtica, el amor al prójimo. En concordancia con esta idea, Tolstói adscribió a Jesucristo el siguiente mensaje: “No hay que creer en las palabras, sino en las obras. [...] Y por eso, para entender mi enseñanza, hay que hacer buenas obras. El que haga el bien, conocerá la verdad, estará libre del mal y de la muerte” (Tolstói, 2009, 184/191). ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 953 ANA MARíA RABE 4. pr á c t i c a v i t a l e n e l p r e s e n t e La autenticidad juega un papel clave en el ideal de la práctica vital tolstoiana. La insistencia abrumadora con la que Tolstói resalta en sus escritos teórico-religiosos la necesidad de seguir la “verdad” levanta la sospecha de que posiblemente se trate de un concepto vago, perfectamente sustituible por otras ideas abstractas como “amor”, “vida” o “comunidad”. En sus novelas y relatos, sin embargo, estos conceptos adquieren un sentido palpable. Es más, los personajes que representan el ideal ético tolstoiano convencen por la naturalidad con la que ponen en práctica, sin rodeos ni expectativas, el amor al prójimo. Son figuras que ni predican ni razonan ni se compadecen de nadie en el sentido de lamentar la desgracia del otro. Si interrumpen su trabajo cotidiano o si se desvían del camino que han emprendido, es para actuar a favor de alguien que necesita ayuda o compañía. No lo hacen ni por vanidad ni por el deseo de recibir alguna recompensa en la tierra o en el más allá, sino simplemente porque se sienten parte natural de una comunidad ilimitada de seres humanos. Como entran en acción sin grandes palabras ni gestos ostentativos, sus obras a favor de los demás pasan desapercibidas o incluso son interpretadas por otras personas no afectadas como absurdas e inútiles. He aquí el núcleo espiritual de la práctica vital basada en el amor al prójimo: Es la renuncia a cualquier recompensa –actual o prometida, de tipo material, en forma de reconocimiento o una simple autosatisfacción– la que convierte una buena acción en un verdadero gesto de amor. La figura ideal de Jesucristo que hace el bien y sirve a la vida sin pretensiones ni expectativas proporciona a Tolstói la clave para entender que el amor al prójimo implica esencialmente el olvido de sí mismo, esto es, una desvinculación completa de las propias vanidades, frustraciones, preocupaciones e inquietudes particulares que impiden estar en concordancia con la vida de uno mismo y de los demás. Sólo el que se olvida de todo esto, sólo el que vive plenamente en el presente, puede ver al otro y estar verdaderamente con él. En este sentido dice Tolstói en El Evangelio abreviado: “Así que no os preocupéis por el futuro. Vivid el día presente. Preocupaos por estar en la voluntad del padre. Desead sólo lo que es importante y lo demás vendrá por sí mismo. Esforzaos sólo en estar en la voluntad del padre. los que escucharon, dentro y fuera de Rusia, con recelo o interés, desprecio o entusiasmo, la apelación tolstoiana al amor al prójimo incluyendo al enemigo, se encontraba un coetáneo famoso de Tolstói, considerado por muchos como su antípoda: Friedrich Nietzsche8. ¿Qué sabía Nietzsche de Tolstói y qué escritos conocía de él? Desde luego conocía la fama que el escritor ruso había ganado no sólo con sus novelas sino también con todas esas confesiones y predicaciones mediante las cuales luchaba por la difusión y realización de sus ideas de justicia social y amor cristiano. En cuanto al estudio de los escritos teóricos y religiosos de Tolstói sabemos con seguridad que leyó el libro al que pertenece la última cita, puesto que los fragmentos póstumos de Nietzsche de 1887 contienen extractos de Ma religion, la versión francesa de En lo que creo (Nietzsche, 1988c, 13, 103-107). Probablemente el libro citado fue el único texto teórico-religioso de Tolstói que Nietzsche conocía. Es evidente que tuvo un fuerte impacto sobre el filósofo alemán. En el Anticristo y en la Genealogía de la moral hay muchas referencias a la doctrina tolstoiana de la no-violencia. El principio ético le sirvió a Nietzsche para caracterizar –muy en el espíritu de Tolstói y también de Dostoievski– la postura de Jesucristo frente al mundo, que se manifiesta en una práctica vital ante los ataques del mal, como el castigo, la acusación, calumnia o burla. Es verdad que Nietzsche no siempre se expresa de manera positiva cuando habla del “amor al enemigo” propagado por el “hombre del resentimiento” que, al anunciarlo, “se pone a sudar” (Nietzsche, 1988a, 282); también se burla de aquéllos que predican de manera hipócrita el ascetismo y la “compasión tolstoiana”. Critica ferozmente a todos los que pretenden amar al enemigo, cuando en realidad están intentando ocultar su resentimiento y deseo de venganza contra alguien frente al que se sienten impotentes (Nietzsche, 1988a, 281). Ahora bien, aunque Nietzsche favorece un modelo vital activo y valiente, una vida atenta a los deseos propios y en concordancia consigo misma, es cierto que siente cierta simpatía por un “espíritu libre” que, como Jesucristo, practica su ideal de vida de manera inmediata y sin pretensiones (Nietzsche, 1988b, 204-206), Podemos decir, en general, que valora toda conducta que nace de un impulso auténtico, sin rodeos ni hipocresías. Y éste puede hallarse también en un acto de amor realizado de manera inmediata e ingenua. ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 745 Nº 954 “LA VIDA ESTÁ FUERA DEL TIEMPO”. LEÓN TOLSTÓI ENTRE LA PRÁCTICA VITAL Y LA PREDICACIÓN MORAL tra aquí, en el ejemplo de un muzhik viejo, una vida feliz que está plenamente insertada en el presente, lo cual no quiere decir otra cosa que está satisfecha con lo que tiene y a la vez atenta a lo que pide el momento. El campesino Elisey logra la felicidad sin poseer grandes bienes, pues se encuentra libre de las preocupaciones relacionadas con el bienestar propio, la conservación de la propiedad, la acumulación de bienes materiales y la expectativa de recibir recompensa alguna por cualquier acto de caridad que pueda haber realizado cuando hacía falta. Su amigo Efim, un campesino viejo y rico, no es tampoco una mala persona. Mas, no alcanza nunca la oportunidad para demostrar su buena disposición, pues no logra desvincularse de la preocupación por sus bienes. El miedo constante de perder su propiedad, de ser robado y estafado, le ata al pasado y al futuro y le aleja del presente, esto es, de su propia vida y de la de los demás. Con ello, sin embargo, se cierra el camino al amor vivido y practicado en el momento, o dicho con otra palabra que para Tolstói quiere decir lo mismo: a Dios. La situación inicial es la siguiente: Elisey recuerda a Efim que hacía ya algún tiempo habían hecho la promesa de ir juntos de peregrinos a Jerusalén. Éste propone hacer el viaje más adelante, en verano, pues no quiere abandonar una empresa empezada y correr el riesgo de que se vaya abajo. Prefiere que el trabajo se haga en su presencia para poder controlar el progreso de la empresa; además, pone la pega de no tener actualmente el dinero necesario para el viaje. Elisey replica que ha llegado el momento propicio para partir y que no deben dejar pasar la primavera. Finalmente logra convencerle mostrándole que él, que a diferencia de su amigo no posee grandes bienes, encuentra el camino para juntar lo que necesita, ya que está dispuesto a vender, de lo poco que tiene, diez de sus colmenas y pedir pequeñas cantidades prestadas a sus parientes. Las palabras con las que termina el primer capítulo son significativas. Según Elisey, que resalta la importancia de salvar el alma cumpliendo la promesa del peregrinaje, es peor que el “desarreglo penetre el corazón” a que se introduzca “el desorden en la casa”. Señalando la necesidad de atender a lo que pide el corazón en el momento actual concluye: “Puesto que [el corazón] está convencido, debemos partir” (Tolstói, 1966c, 1462). El destino quiere que, finalmente, no será Elisey el que va a cumplir la promesa del peregrinaje sino Efim. Éste visitará Por tanto, no os preocupéis por el futuro. Cuando el futuro llegue, vendrán las preocupaciones” (Tolstói, 2009, 122). “Si un labrador mira hacia atrás, no puede labrar. Tiene que olvidarse de todo, excepto del surco que se está abriendo; sólo así se podrá labrar. Si tú piensas en lo que obtendrás de tu vida carnal, significa que no has entendido la verdadera vida y que no puedes vivir según ella” (Tolstói, ibíd., 162). En una interesante anotación que aparece en la edición alemana de 1898 de la editorial Reclam se destaca el hecho de que Tolstói aprovecha aquí la semántica propia del adjetivo “nastoiashi”, que se traduce en la versión alemana como “gegenwärtig” (= “presente” en la frase “Vivid el día presente”), para comunicar el sentido que le quiere dar a la práctica vital en el presente. “Nastoiashi” significa, pues, tanto “presente”/“actual” como “verdadero”/“genuino”/“au téntico” (Tolstoi, 1898, 69). Veamos cómo aparece el amor al prójimo, esa práctica vital que se encuentra plenamente en el presente, en la obra literaria de Tolstói. El ideal ético-existencial tolstoiano se plasma normalmente en la figura de un campesino. Como ejemplo puede servir el muzhik del relato La muerte de Iván Ilich: Guerasim, un personaje secundario que trabaja en la casa del juez Iván Ilich. Durante horas sostiene en alto las piernas de su moribundo dueño torturado por terribles dolores. En ningún momento pregunta por el sentido de tal postura que los demás consideran absurda. Simplemente ve que le hace bien a la persona que se lo pide y responde, con toda naturalidad, al deseo de alguien que necesita la cercanía de un ser humano. Sabiéndose tan mortal como el moribundo Iván Ilich, Guerasim asume con alegre paciencia la responsabilidad de estar con el enfermo, con lo cual, antes de servir a un dueño que le está pagando un servicio, le devuelve la condición humana al otro, un ser abandonado en su terrible soledad ante la muerte. Los actos del muzhik representan perfectamente esa “gratuidad de mi responsabilidad hacia el prójimo”, de la que habla Levinas, la “responsabilidad de un mortal por un mortal” en la que consiste la “relación con el Infinito” (Levinas, 1994, p. 139). La expresión más profunda de una práctica vital lograda según la concepción tolstoiana, sin embargo, se encuentra tal vez en el cuento popular Los dos viejos. Tolstói mues- ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 955 ANA MARíA RABE intentando que nadie lo sepa y olvidando los intereses propios. El amor practicado de esta manera llena todo de vida y presencia. Así es cómo nos muestra Tolstói la superación de tiempo y espacio: Superando la particularidad se deja atrás el tiempo lineal con sus momentos puntuales fugitivos y el espacio rígido con sus lugares aislados y muertos. En el cuento popular esta superación se expresa mediante la omnipresencia de Elisey. Las tres veces que Efim intenta atravesar la muchedumbre que le cierra el camino al Santo Sepulcro, ve allí mismo, en medio de la capilla, a Elisey con su caftán verde, las manos extendidas y mirando hacia arriba. Es la misma imagen que verá tras su regreso al pueblo, cuando volverá a encontrarse con su viejo amigo. Esta nueva aparición de Elisey se presenta para Efim de la siguiente manera: “Vestía un caftán gris. Estaba en pie, bajo un abedul joven, sin red ni guantes; tenía los brazos extendidos y la vista clavada en el cielo, con la cabeza calva y reluciente, tal como se le había aparecido en Jerusalén, cerca del Santo Sepulcro. El abedul y el sol por encima de él hacían el mismo efecto que la luz de las lámparas en Jerusalén. Y alrededor de su cabeza, sin picarle, revoloteaban abejas doradas, que formaban una aureola” (Tolstói, ibíd., 1474). Tolstói concluye el cuento con el reconocimiento de Elisey de que la única misión en la tierra que Dios ha dado es “amar y hacer buenas obras” (Tolstói, ibíd., 1474). La vida en el presente que se deja guiar por una práctica vital basada en la confianza y el amor al prójimo es la única forma de superar las limitaciones espaciales y temporales que provienen de la inquietud y preocupación constante, de una vida apretada entre el ayer y el mañana que avanza irremediablemente hacia su punto final: la muerte. La superación de las limitaciones de la vida y del límite final de la muerte consiste precisamente en esto: librarse de la preocupación constante por el bienestar propio y lograr una vida presente (= verdadera, “nastoiashi”) que se encuentra fuera de tiempo y espacio. En el octavo capítulo de su Evangelio abreviado, el capítulo clave titulado “La vida está fuera del tiempo”, Tolstói afirma: “La verdadera vida, la que realiza la voluntad del padre, no es la que pasó, ni la que será, sino la vida de ahora. Y por eso no se debe flaquear nunca ante la veracidad de la vida. Los hombres no tienen que preocuparse por la vida pasada los lugares santos en Jerusalén, mientras que aquél no va a llegar más lejos que a un pueblo de Ucrania, donde se va a quedar para ayudar a una familia de campesinos hundidos en el hambre y la miseria. Con el dinero que le queda, Elisey compra todo lo necesario y se pone en acción para sacar a la familia de su situación desesperada; pronto se recuperan todos los miembros pudiendo volver a la vida y el trabajo en el campo. Cuando empieza a correr la noticia del desconocido benefactor, Elisey, habiendo hecho todo lo que podía y no queriendo ser descubierto por la gente del pueblo, decide volver a su casa, puesto que ya no le queda dinero para proseguir su viaje a Jerusalén. Llegado a casa, donde todo sigue en orden y donde se le recibe con gran alegría, no dice la razón de su regreso anticipado. Sólo se refiere a la voluntad de Dios y pide perdón por haber gastado todo el dinero en el camino. Mientras tanto, Efim ha seguido su camino sin saber la razón verdadera por la que su amigo se ha detenido en la aldea ucraniana. Piensa que Elisey ya le alcanzará en algún momento y así llega finalmente a Jerusalén. Físicamente está allí, cumple los mismos ritos y sigue las mismas reglas que los demás peregrinos. Cada día lucha contra la muchedumbre intentando acercarse al Santo Sepulcro. Mas, no parece haber llegado con su corazón, pues no se entrega en cuerpo y alma: En su visita a los lugares santos, que se parece más a una visita turística que a una experiencia religiosa profunda, no le abandona nunca la preocupación de que le puedan robar. En el Santo Sepulcro, sin embargo, divisa algo que parece una apariencia sobrenatural: a Elisey, el amigo que había apelado a la necesidad de cumplir la promesa advirtiendo el desarreglo que podría penetrar el corazón, si no hacían, en el momento preciso, aquello de lo que estaban convencidos. Entonces había sido el momento para ponerse en marcha, en contra de las posibles inconveniencias que pudieran causar la ausencia de los dos peregrinos y los gastos relacionados con el viaje. Mas, en otro momento, ante la miseria de la familia ucraniana, se trataba de detenerse, asumir la responsabilidad por los demás y poner manos a la obra, aunque eso significara que no se pudiera cumplir la promesa hecha en otro tiempo. Elisey confía en el valor y sentido de la buena obra realizada en el lugar y momento preciso, esto es, en el presente. Por ello no le preocupa no llegar físicamente al lugar deseado; el lugar preciso está allí donde se realiza la buena obra de todo corazón, lo cual quiere decir: gratuitamente, ARBOR CLXXXVI 745 septiembre-octubre [2010] 947-963 ISSN: 0210-1963 doi: 10.3989/arbor.2010.745n1235 745 Nº 962 “LA VIDA ESTÁ FUERA DEL TIEMPO”. LEÓN TOLSTÓI ENTRE LA PRÁCTICA VITAL Y LA PREDICACIÓN MORAL burgo, Editorial de la Universidad de los Urales, 171-183. San Agustín (1951), Las Confesiones, Obras vol. II, ed.crítica y anotada por P. Ángel Custodio Vega, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos. Schestow, Leo (1994), Tolstoi und Nietzsche, traducción de Felix Philipp Ingold, Munich, Matthes & Seitz. Tolstoi, Leo (1885), Worin besteht mein Glaube?, traducción de Sophie Behr, Leipzig, Duncker & Humblot. Tolstoi, Leo N. (1979), Tagebücher, traducción de Günter Dalitz, Múnich, Winkler. 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Rabe, Ana María (2008): Welt und Wille bei Wittgenstein und Tolstoi, en Avstria kak kulturniy tsentr Evropi, Ekaterim6 Cf. mi artículo sobre “mundo” y “voluntad” en Wittgenstein y Tolstói (Rabe, 2008). 7 El título En lo que creo, que citamos aquí, se basa en el título de la obra tal y como apareció en la traducción alemana que se publicó en 1885 en Leipzig y que reza Worin besteht mein Glaube. En su introducción al Evangelio abreviado Iván García Sala, sin embargo, se refiere a la obra mediante el título Cuál es mi fe (Tolstói, 2009, 15). 8 Cf. mi artículo en el que analizo el concepto de la vida y del bien en Nietzsche y Tolstói (Rabe, 2007). 9 Cf. mi artículo sobre “muerte” y “morir” en Tolstói y Heidegger (Rabe, 2003). 10 En su Teoría de la novela resalta Lukács el “espíritu verdaderamente épico” de Tolstói que se orienta en una vida que se basa en la “comunidad de hombres de un mismo sentimiento, sencillos e íntimamente unidos a la naturaleza, que se asemeja al gran ritmo de la naturaleza, se mueve en su compás de nacimiento y perecer y excluye de sí misma toda pequeñez y separación, descomposición y petrificación de las formas no naturales” [Lukács (1994), 130, traducción ad hoc]. BIBLIOGRAFíA Bartolf, Christian (ed.) (1997): Letter to a Hindoo. Taraknath Das, Leo Tolstoi and Mahatma Gandhi, Berlin, GandhiInformations-Zentrum. 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