"¡Evohé!" y la pasión dionisíaca de Luz Pozo Garza
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Mitos e Lendas | 41 “¡Evohé!” y la pasión dionisíaca de Luz Pozo Garza LAURA M.ª PALLÍN PENA Facultade de Humanidades Universidade de Santiago de Compostela ERA nuestra vendimia de luz. BEBISTE del zumo rojo de mis labios. CUANDO los pájaros lanzaban su llama contra el aire. YO sé que mis cabellos eran como pámpanos. Que se encendían bajo tus manos. Mientras el sol ardía como un racimo de fuego. EN la copa inmensa de la tarde lentamente se escanciaba la luz. PARA llegar a mí no pisaste el follaje, donde Dríadas y Silenos hacen sonar el címbalo y la siringa. LLEGASTE a través del rojo incendio de los viñedos. Había sido un delirio de fuego sobre la cintura dorada de los árboles. Y al caer la tarde aún guardabas mi llama entre los dedos. — vohé!” es un poema de Luz Pozo Garza, editado en su primer poemario, titulado Ánfora, que fue publicado en el año 1949 4 . Dolores Elvira Pozo Garza, conocida como Luz Pozo Garza, nació en Ribadeo (Lugo) en el año 1922. Se trata de una autora que cuenta con una gran creación poética, tanto en castellano como en gallego, aunque han sido las obras escritas en esta última lengua las que la han consagrado como una escritora de culto. Forma parte de la Real Academia Gallega. 4 Luz Pozo Garza, Ánfora, 1949, reeditado en edición conmemorativa de Natalia Regueiro en Unión Libre. Cadernos de vida e culturas, núm. 4, “Erotismos”, Sada-A Coruña, 1999. “¡E Carmen Blanco, Luz Pozo Garza y Olga Novo
42 | EVOHÉ La obra donde podemos encontrar este poema, Ánfora, fue el primer libro publicado de la autora y, por tanto, también fue su primer poemario escrito en castellano. Este libro causó sensación porque su publicación fue en la posguerra, en plena época franquista, etapa donde no estaban bien vistas estas publicaciones eróticas y mucho menos si quien las escribía era una mujer, ya que para la sociedad de esa época las mujeres tenían que encargarse solo de la familia y de realizar las tareas del hogar. En este libro encontramos 30 poemas clasificados en cinco partes, cada una con su propio título: “La llamada de Dánae” (14 poemas), “Tres poemas” (3 poemas), “Ave desplomada” (6 poemas), “Lluvia sin tiempo” (2 poemas) y “Rosa última” (5 poemas). Aunque si centramos nuestra atención en la temática podemos hablar de una división en este poemario de dos partes. La primera parte correspondería a la titulada “La llamada de Dánae” y en la segunda parte incluiríamos las otras cuatro series anteriormente mencionadas. En la primera parte es donde prima el erotismo, lo sexual; en ella la autora intenta representar, de alguna manera, el inicio de su propia historia de amor extraconyugal de casi treinta años de duración con otro conocido escritor gallego, el quirogués Eduardo Moreiras, y para ello hace uso de la mitología griega y, en concreto, del mito de Dánae, dándole su propio toque erótico y sensual al amor furtivo de este personaje mitológico. En la segunda parte, la autora nos deja ver ese sentimiento de morriña que aparece al tener lejos a la persona que queremos después de conocer y experimentar el amor verdadero. Como ya hemos dicho anteriormente, “¡Evohé!”, el poema que a nosotros nos incumbe, se encuentra en la primera parte de este libro, donde se menciona el mito de Dánae, así que vamos a recordar brevemente quien era. En la mitología griega, Dánae era la hija del rey Acrisio. Fue encerrada en una torre por su propio padre porque un oráculo predijo que su descendencia iba a matar al rey. Este encierro no impidió que Zeus se enamorase de ella y, como no podían tener contacto físico, porque Dánae se encontraba encerrada, Zeus se transformó en lluvia dorada y la dejó embarazada. De esta unión nació Perseo, el hijo de ambos, que acabó cumpliendo la profecía y matando a su propio abuelo. A pesar de que Dánae es la figura principal de la mitología griega para estos poemas, también aparecen muchas referencias hacia otros personajes de la mitología. De la mayor parte de los que aparecen en estos versos hablaremos más adelante, pero ahora podemos destacar a Zeus, que aparece reflejado en el poema. En el verso siete se utiliza el adjetivo femenino “dorada” y puede ser una clara referencia al color de la lluvia en la que se convirtió Zeus para fecundar a Dánae. El tema principal de este poema es la pasión erótica. La autora intenta evocar esa pasión y ese éxtasis producido por la consumación del amor prohibido. El poema está representado por una estrofa compuesta de ocho versos libres, ya que no presentan ni rima ni medida fija. La medida de los versos varía entre las nueve sílabas del primer verso y las treinta y nueve sílabas del cuarto verso. A nivel gráfico encontramos una particularidad en el poema y es que la primera palabra de cada uno de los ocho versos que lo componen aparece en mayúsculas. Puede tratarse de algo simplemente visual, porque el editor o la propia autora lo decidiesen en su momento así, o puede deberse a que la autora quería conseguir darle algún matiz al ritmo o a la intensidad del poema con esas mayúsculas iniciales. En este análisis nos vamos a inclinar más hacia la opción de que se trata de algo visual, pues parece sugerir
Mitos e Lendas | 43 una forma de dar un aire más clásico al poema, que complementaría ese clasicismo que le da la presencia de la mitología. El yo poético de este poema es una mujer, la propia Dánae, que nos cuenta los encuentros sexuales que tiene con su amante. Esto aparece en contraposición con la historia de Dánae en la mitología, ya que en esta no conocemos la historia por su boca, sino que quien nos cuenta su historia era un hombre. Esto también es una forma de reivindicación por parte de la autora a favor de las mujeres, por la imagen y lo que se esperaba de ellas en la época de publicación de este poema, donde los hombres eran quienes tenían el mando y las mujeres simplemente tenían que dedicarse a cuidar su hogar y su familia y asentir todo lo que dijera su padre o su marido. Al principio del poema nos encontramos ante la presencia de numerosos fonemas nasales, como /n/ y /m/, y de fonemas sibilantes, como /s/, que ayudan a ralentizar el ritmo de la narración, ya que se tratan de fonemas en los que se pueden alargar su pronunciación, sobre todo cuando van colocados en posición implosiva de sílaba. En la última oración simple del cuarto verso se da el punto máximo de pasión, el clímax poético, “Mientras el sol ardía como un racimo de fuego”, aunque aún quedan algunos coletazos de este clímax en el verso posterior. Esto lo podemos ver en la aliteración onomatopéyica del fonema /m/ que se da en el poema hasta este verso. La pronunciación de este fonema nasal bilabial se puede ralentizar, alargar, y puede guardar ciertos parecidos con algunos murmullos y gemidos que se tienen durante el acto sexual, sobre todo al alcanzar el punto de mayor éxtasis, por ejemplo, en el quinto verso: “en la copa inmensa de la tarde lentamente se escanciaba la luz”. A partir de este verso disminuye considerablemente el uso de estos fonemas nasales, más suaves, y aparecen fonemas más abruptos en su pronunciación, por lo que son más llamativos para nuestro oído, como pueden ser los correspondientes a las grafías <f>, <j>, <r>, <ñ> o los dígrafos <ll> y <dr>. Al tratarse de fonemas de pronunciación más abruptas no permiten alargar los sonidos, por lo que podemos intuir que el ritmo del poema a partir del punto de clímax del poema es un poco más rápido. En este poema encontramos oraciones simples dominadas principalmente por verbos de acción, que también aportan una sensación de movimiento a la narración. Nos encontramos mayoritariamente ante verbos en pasado, especialmente formas verbales del pretérito imperfecto (“era”, “escanciaba”, “guardabas”), aunque también aparece alguna forma del pretérito perfecto simple (“bebiste”, “llegaste”). En el cuarto verso encontramos un presente, “sé”, que nos deja intuir que, como ya hemos dicho anteriormente, el yo lírico forma parte de esa pasión erótica, en este caso es la propia Dánae la que nos expresa sus sentimientos. Aunque nos encontramos verbos conjugados en primera y en tercera persona en el conjunto del poema, dominan los verbos conjugados en segunda persona. A lo largo de toda la composición encontramos una cantidad desmesurada de comparaciones y metáforas. En el cuarto verso podemos apreciar un símil “yo sé que mis cabellos eran como pámpanos”, donde el yo poético compara sus propios cabellos con los pámpanos de la vid, que son sarmientos verdes, tiernos y delgados. En ese mismo verso también podemos hablar de una personificación, porque los cabellos “se encendían”. En sexto verso nos encontramos ante dos metáforas representadas mediante dos cultismos, “címbalo” y “siringa”, que remiten a dos instrumentos musicales recurrentes en la mitología griega. El primero, el címbalo, es un instrumento musical formado por
44 | EVOHÉ dos conchas de bronce que se hacen chocar, y el segundo, la siringa, es una flauta que recibe el nombre de la ninfa que se convirtió en el arbusto del que Pan hizo este instrumento. Estos dos cultismos no aparecen en este poema por casualidad, sino que la autora los utiliza para hacer ciertas connotaciones eróticas por su forma ya que el címbalo y la siringa tienen ciertos parecidos con las partes íntimas femeninas y masculinas, respectivamente. Estos dos instrumentos musicales también están relacionados respectivamente con dos personajes mitológicos griegos que se mencionan anteriormente en ese mismo verso, las Dríadas y los Silenos. Las Dríadas son ninfas de los bosques que se dedican a bailar alrededor de los árboles y los Silenos, que toman su nombre del hijo de Pan, quién creó la siringa, eran amantes de las orgías y de las danzas dionisíacas, de las que hablaremos más adelante. El poema termina también con un verso metafórico: “y al caer la tarde aún guardabas mi llama entre los dedos”. Con este verso, la autora quiere expresar que, aunque la relación sexual entre ellos ya había terminado, y que quizás en ese momento ya estaban separados físicamente, el placer sexual, esa llama existente entre los dos, seguía ahí presente. Se trata, pues, de un amor tan grande que, a pesar de no tener contacto sexual, el placer nunca termina, sigue latente. Si centramos nuestra atención en la semántica del poema podemos hablar de tres ejes o, lo que sería lo mismo, podemos diferenciar principalmente tres campos semánticos que estructuran el poema, que denominaremos, para simplificar, el campo semántico del cuerpo, el campo semántico de la luz y el campo semántico del vino. En lo que hemos llamado campo semántico del cuerpo nos encontramos ante sustantivos como “labios”, “cabellos”, “manos”, “cintura” y “dedos”. La presencia de este campo semántico está justificada porque lo que se nos cuenta en este poema son los sentimientos del yo poético al realizar ese acto sexual entre ella y su amor furtivo y está claro que, para llevar esa relación a cabo, ambos tienen que estar presentes de forma física. En el campo semántico de la luz aparecen sustantivos como “llama”, “sol”, “fuego”, “luz” e “incendio”; dos verbos como son “encender” y “arder” y el adjetivo “rojo”. Todas las palabras pertenecientes a este campo semántico actúan como símbolos del ardor corporal y de esa pasión que siente el yo lírico durante al acto erótico. Podemos señalar aquí de una relación entre el sustantivo “sol” y ese punto de máxima satisfacción del poema y de la pasión sexual que ya hemos señalado. La explicación es que hasta el verso donde hemos destacado el punto climático del poema no se había detallado ni mencionado en ningún momento el tiempo, pero, a partir de ahí, se hace referencia al atardecer mediante expresiones como “la tarde lentamente se escanciaba la luz” en el quinto verso o “y al caer la tarde” en el octavo verso. Podemos entender que el clímax erótico corresponde al mediodía, el punto de máximo esplendor del sol, ya que en el verso donde destacamos ese punto de éxtasis se dice “mientras el sol ardía” y después de ese momento, cuando la pasión va descendiendo, se va mencionado poco a poco como el sol va desapareciendo y va llegando la noche. El último campo semántico que diferenciamos en el poema es el del vino. En él incluimos sustantivos como “vendimia”, “zumo”, “pámpanos”, “racimo”, “copa”, “follaje”, “viñedos” y el verbo “escanciar”. Este campo semántico que usa el yo poético para describir esa pasión nos sirve como referencia hacía otro personaje de la mitología griega, concretamente Dionisio, el dios del vino y del placer, al que, a parte de esta, se le hacen muchas referencias en el poema.
Mitos e Lendas | 45 Para empezar, el propio tema de la composición, es decir, ese reflejo del acto sexual que el yo poético nos intenta describir a lo largo del poema, y ese punto de éxtasis en esta pasión sexual, nos remiten a él ya que, como acabamos de decir, es el dios del vino, pero también del placer sexual. Otra referencia hacia él es la presencia de los Silenos, a los que ya hemos mencionado anteriormente, ya que estos eran unos fieles participantes de las orgías y las danzas dionisíacas. También el címbalo y la siringa eran referencias hacia este dios mitológico, ya que la mayor parte de sus danzas eran al compás de estos instrumentos. Aunque sin duda, la primera referencia que aparece en este poema hacia este dios griego es su propio título, “¡Evohé!”. En la mitología latina, Dionisio era conocido como Baco, un nombre derivado de las bacanales, que eran fiestas que se celebraban en secreto. En un principio en estas fiestas solo había participación femenina, aunque esto cambió y poco a poco comenzaron a involucrarse en ellas también los hombres. En estas bacanales se gritaba ¡Evohé! para invocar a este dios, y de ahí procede el grito que lleva este poema como título. Al parecer, este grito puede proceder del nombre de mujer “Eva”, que sería el nombre que recibían las bacantes que participaban en las fiestas de este dios. También sabemos que de la palabra evohé procede nuestro sustantivo actual “ovación”, que podemos definir como el grito o aplauso que se le da a alguien por el que se siente admiración. En conclusión, la autora Luz Pozo Garza hace uso de la mitología griega en este poema y libro para tratar temas como el erotismo y el deseo de la mujer en una época dominada por el franquismo, donde estas actitudes, e incluso el atreverse a publicar poemas con este contenido de reivindicación sexual, podían tener negativas consecuencias. William-Adolphe BOUGUEREAU, Bacante sobre una pantera (1855).