Full text
ESCUELA DE DOCTORADO INTERNACIONAL DE LA USC Xin KONG Tesis doctoral La retórica en el Libro de las virtuosas e claras mujeres de Álvaro de Luna Santiago de Compostela, 2022 Programa de doctorado en Estudios de la Literatura y de la Cultura
TESIS DE DOCTORADO LA RETÓRICA EN EL LIBRO DE LAS VIRTUOSAS E CLARAS MUJERES DE ÁLVARO DE LUNA Xin Kong ESCUELA DE DOCTORADO INTERNACIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA. PROGRAMA DE DOCTORADO EN ESTUDIOS DE LA LITERATURA Y DE LA CULTURA SANTIAGO DE COMPOSTELA 2022
DECLARACIÓN DE LA AUTORA DE LA TESIS DOCTORAL Yo, doña Xin Kong, Presento mi tesis La retórica en el Libro de las virtuosas e claras mujeres de Álvaro de Luna, siguiendo el procedimiento adecuado al Reglamento, y declaro que: 1) La tesis abarca los resultados de la elaboración de mi trabajo. 2) De ser el caso, en la tesis se hace referencia a las colaboraciones que tuvo este trabajo. 3) Confirmo que la tesis no incurre en ningún tipo de plagio de otros autores ni de trabajos presentados por mí para la obtención de otros títulos. 4) La tesis es la versión definitiva presentada para su defensa y coincide la versión impresa con la presentada en formato electrónico. Y me comprometo a presentar el Compromiso Documental de Supervisión en el caso que el original no esté depositado en la Escuela. En Santiago de Compostela, a 21 de septiembre de 2022. Fdo.: Xin Kong
AUTORIZACIÓN DEL DIRECTOR Y TUTOR DE LA TESIS DOCTORAL D. Juan Casas Rigall, en su condición de director y tutor de la tesis doctoral La retórica en el Libro de las virtuosas e claras mujeres de Álvaro de Luna, DECLARA Que la presente tesis se corresponde con el trabajo realizado por Dña. Xin Kong, bajo mi dirección, y a utorizo su presentación, considerando que reúne os r equisitos exigidos en el R eglamento de Estudios de Doctorado de la USC, y que, como director de esta, no incurre en las causas de abstención establecidas e n la Ley 40/2015. En Santiago de Compostela, a 21 de septiembre de 2022 Fdo.: Juan Casas Rigall
AGRADECIMIENTOS Al concluir el trabajo, antes de nada, me gustaría expresar mi agradecimiento a mi respetado director, Juan Casas Rigall, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Santiago de Compostela. El profesor Casas me ha instruido en el manejo de los conocimientos pertinentes, y guiado con gran sabiduría en el proceso de la tesis. Sin su ayuda no habría ido posible alcanzar el punto en que me encuentro. También agradezco a los responsables de la Universidad de Santiago de Compostela y la Facultad de Filología, que me han otorgado la oportunidad de ocuparme de un proyecto apasionante, así como a los estudiosos dedicados a este campo de investigación, cuyas aportaciones han sido punto de partida indispensable de mi estudio. Gracias asimismo a todos mis profesores de lengua y literatura españolas, cuyas enseñanzas me han orientado hacia esta línea de investigación. Gracias a mis compañeros y amigos, por su constante apoyo y ayuda. Doy, por último, un sincero agradecimiento a los evaluadores de la tesis, por su atención y tiempo. Este trabajo va dedicado a mis padres, por su amor y confianza, con todo cariño.
7 1 INTRODUCCIÓN El Libro de las virtuosas e claras mujeres fue compuesto en la primera mitad del siglo XV por el condestable Álvaro de Luna. Considerando la identidad de su autor y la época crucial en la que fue redactada la obra, de entrada surgen cuestiones aparentemente simples. ¿Contendría la obra elementos de crítica política, además de las proposiciones profemeninas? ¿Y qué forma literaria adoptaría? En este sentido, a medida que penetramos en su estudio, cada vez advertimos más claramente que la aplicación de la retórica resulta esencial para el objetivo del autor. Por ello, dedicaremos esta tesis a la retórica en el Libro de las virtuosas e claras mujeres, a fin de considerar el libro desde una perspectiva estilística, formal y argumentativa. 1.1 SEMBLANZA DE ÁLVARO DE LUNA La biografía del condestable de Castilla y maestre de Santiago don Álvaro de Luna es materia de gran interés para la historiografía general, pues su figura política, sin duda, tiene mayor relevancia que su perfil literario. No obstante, justamente por haber sido un gobernante en cuya trayectoria las letras desempeñan un papel complementario, Luna ilustra el modo como la nobleza castellana de finales del siglo XV concibió y aprovechó la literatura. Álvaro de Luna (Cuenca, c. 1390 – Valladolid, 1453) fue hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, noble aragonés que sirvió como copero mayor de Enrique III, y de Juana o María de Jaraba. Como miembro de la mediana nobleza, en 1408 fue introducido como doncel del rey en la corte castellana por su tío Pedro de Luna, entonces arzobispo de Toledo. Allí se desarrolló su vida cortesana hasta llegar a privado de Juan II y ser considerado, de hecho, como verdadero rey sin corona. Hito clave de la ascensión de Luna fue su decisiva participación en apoyo del joven rey en el llamado “golpe de Tordesillas” de 1420. En los siguientes años se hizo insustituible al lado de Juan II. Luna formó parte del pequeño grupo que recobró el poder en 1422, al ser reducido a prisión el infante Enrique, aunque puso sumo cuidado
8 en que fuera el rey quien apareciera como cabeza de esa oligarquía. Como recompensa, en 1423, “a diez días del mes de diciembre de aquel año, fízolo el Rey su Condestable en los sus reynos de Castilla y León, dándole el bastón de la justicia, e el mando de gobernamiento sobre todas las huestes” (Crónica de don Álvaro de Luna; Carriazo 1940: 52). No obstante, en 1427 se sucedió el primer fracaso político del ya condestable Luna: ante la reconciliación de los hermanos aragoneses y la liberación de Enrique, Luna fue desterrado durante año y medio. De vuelta, entre 1429 y 1430 dirigió la guerra contra la invasión aragonesa, que terminó con el ocaso político de los infantes. Se iniciaba, al fin, una etapa de gobierno personal de Álvaro de Luna por encima de la oligarquía nobiliaria, libre de la presión de los infantes. Según los historiadores, su objetivo era crear un bando de autoridad monárquica, bajo su dirección, asentado en una compleja red de equilibrios nobiliarios, y personalmente elevado sobre un basamento de bienes y rentas que le hicieran inatacable. Desde 1432 se inicia la rebelión de los nobles castellanos, a los que se sumaba don Enrique desde 1439; pero en 1445, a raíz de la batalla de Olmedo, Luna lograría imponerse y dar fin al conflicto. En ese tiempo, el año previo a la conclusión del Libro de las virtuosas e claras mujeres, “el Rey, veyendo cómo vacaba el maestrazgo de Santiago por muerte del ynfante [Enrique], luego pensó de lo dar al Condestable don Álvaro de Luna, por muchos respetos” (Crónica de don Álvaro de Luna; Carriazo 1940: 178). Con todo, después de la guerra, la resistencia nobiliaria contra el condestable no dejó de reforzarse. En 1453, Juan II, inducido por su segunda esposa Isabel de Portugal, al fin cede a la presión aristocrática: difusamente acusado de abusos, intrigas e inducción a asesinatos, los Estúñiga, irreconciliables enemigos de Luna, son encargados de su apresamiento. El condestable resistió unas horas antes de rendirse. Tras las medidas preventivas contra un posible levantamiento de sus partidarios, finalmente Álvaro de Luna fue decapitado en Valladolid el 2 de junio de 1453, tras un juicio en virtud de mandato regio, no por sentencia judicial. La documentación al respecto fue cuidadosamente destruida1. No tenemos apenas datos sobre su formación cultural y literaria, fuera de los vagos detalles que suministra la Crónica de don Álvaro de Luna: 1 Entre las fuentes antiguas, son fundamentales la Crónica de Juan II, la Crónica del halconero de Juan II y la Crónica de don Álvaro de Luna. Entre la abundante bibliografía moderna, véase en particular Serrano Belinchón (2000).
9 Quando fue de edad de diez años, él sabía ya todas las cosas que los otros niños quando por estonce comiençan aprender. E sabía leer e escrebir lo que convenia para caballero, e sabía ya cabalgar e ponerse bien a caballo, e procurava de traer limpio e bueno lo que traýa, e ser muy cortés e gracioso en su fabla e contenencia (Carriazo 1940: 12-13). Con todo, eso no impide deducir que el autor hubiera recibido una educación de base escolástica bajo supervisión familiar, círculo en donde descuellan el antipapa Benedicto XIII y su sobrino Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, valedor del joven Álvaro en la corte. En el Libro de las virtuosas e claras mujeres se advierte, en efecto, notable destreza en el uso y aprovechamiento de la materia religiosa. Además, considerando el mancebo Luna que para un caballero “su estudio avía de ser en las cortes de los reyes” (Carriazo 1940: 13), y habiendo servido como paje del sabio rey Juan II, quien “queríalo siempre de contino tener cerca de sí” (ibidem, p. 15), en su formación incidiría asimismo la cultura palaciega, desde la literatura cortés al incipiente humanismo. Todo este ambiente cultural se trasluce en la producción literaria de Álvaro de Luna. Las obras que constan atribuidas a él son Corona dominarum, libro hoy perdido del que solo se conoce el título; algunos poemas fundamentalmente recogidos en el Cancionero de Palacio, y sobre todo el Libro de las virtuosas e claras mujeres que estudiamos en este trabajo. Según Pons Rodríguez (2008: 19), si Corona dominarum es un texto latino, como se infiere del título y de algún registro antiguo2, la autoría de Luna resultaría dudosa. Con todo, en el Libro de las virtuosas e claras mugeres, las sentencias y los títulos citados y traducidos directamente del latín interpretan las ideas del “autor”, sea este Luna o un equipo de trabajo. En cualquier caso, acerca del potencial conocimiento del latín por parte de Luna, no hay testimonios expresos a favor ni en contra. Sobre el contenido de Corona dominarum, cabe deducir que la obra también giraba en torno de la mujer (Chicote Pompanin & Fuentes Ortiz 2013: 174). Según Vélez-Sainz (2009: 41), la obra “quizá hubiera sido un escrito en celebración de bodas o de la mujer casada; en Proverbios se lee: ‘Mulier diligens corona est viro suo’”. Nos parece una hipótesis razonable, ya que esta sentencia es citada e imitada por el propio autor en el capítulo Valeria del Libro: “La muger virtuosa es corona de su marido, e estas tales son mucho de amar e honrar” (ibidem, p. 302). 2 “Otro libro en latín, escrito de mano, en papel, de a folio, intitulado Corona dominarum por don Álbaro de Luna” (Ruiz García 2004: 473).
10 La poesía de Luna está constituida por una quincena de composiciones cancioneriles breves (Dutton 1990, VII: 382). Con respecto a los temas, como ha señalado Pons Rodríguez (2008: 18), algunos poemas son coplas de circunstancias que “se ofrecen directamente a Juan II”, pero también hay “piezas dedicadas al galanteo de damas dentro de los tópicos consagrados por el fin amor; también escribió en juegos de preguntas y respuestas y una esparza contra Torres” (Pons 2008: 18). Vélez-Sainz (2009: 41-42) pone de relieve los textos sobre el amor cortés: “destacan composiciones cortesanas en las que se pueden observar los personajes y tópicos característicos de la poesía cancioneril”, que “desarrollan la imagen de la mujer casi siempre a partir el modelo de la belle dame sans merci, de Alain Chartier”; además, hay juegos cortesanos de ingenio, una pieza autobiográfica sobre los trabajos de la guerra, un par de poemas devocionales y un escarnio contra el infante Enrique. Por su parte, Chicote Pompanin y Fuentes Ortiz (2013: 173) consideran en resumen que Luna ... creó diversas composiciones poéticas de tipo cortesano insertas en la estética del ingenio, dedicadas a temas bélicos, de amor cortés y de crítica a otros personajes. Éstas no debieron ser creaciones de enorme complejidad, pues se desarrollarían dentro de las costumbres palatinas de esos años. 1.2 EL LIBRO DE LAS VIRTUOSAS E CLARAS MUJERES: ESTADO DE LA CUESTIÓN Pero, en el conjunto de la producción de Luna, la obra de mayor interés es indudablemente el Libro de las virtuosas e claras mujeres, que ha sido objeto de apreciable atención crítica. Hasta hoy se han conservado cinco manuscritos antiguos y publicado cuatro ediciones completas; además, tenemos un corpus de investigaciones sobre el trasfondo de la composición, el objetivo de la obra, la forma literaria y su evaluación crítica. 1.2.1 Manuscritos y ediciones modernas Los cinco manuscritos de la obra se conservan en la Biblioteca Universitaria de Salamanca (ms. 207 [S], ms. 2654 [B] y ms. 2200 [C]), la Biblioteca Nacional de España (ms. 19165 [S’]) y la Biblioteca Menéndez Pelayo (ms. 106 [M]). A finales del siglo XIX aparece la primera edición moderna de la obra, realizada
11 por el erudito Marcelino Menéndez Pelayo (1891). Este trabajo se apoya en el ms. 106 de la biblioteca personal del polígrafo. Con una breve “Advertencia preliminar”, el editor logró presentar las cuestiones centrales del Libro. Se empieza por una evaluación de la obra y su autor. Luego se consideran los estudios antecedentes. Después se reconstruye el contexto literario e ideológico de la época respecto al protofeminismo y la misoginia. Se indica el objetivo del libro, para demostrar el trasfondo cultural de su autor. Se estudian las fuentes y sus directrices temáticas, refutándose las opiniones de José Amador de los Ríos. Se evalúa el estilo prosístico, con modos de decir llanos antes que latinizantes. Se catalogan los tres manuscritos entonces conocidos y se señala el texto base. Pero la edición contiene muy pocas notas —no más que diez en total—, la mayoría de ellas enfocada a la clarificación onomástica. La edición de Manuel Castillo fue publicada en 1909, con base en el ms. 207 cotejado con el ms. 2654 de la Universidad de Salamanca. En el prefacio “Al lector” se justifica la nueva edición por su fundamento en estos testimonios, en contraste con el texto de Menéndez Pelayo. Se afronta un estado de la cuestión, así como el motivo del olvido de la obra, el trasfondo literario y las fuentes, con un esbozo del trasfondo formativo de Luna y su intención al escribir el Libro. No obstante, en esta edición también escasean las notas. En 2008, Lola Pons Rodríguez publicó la primera edición apoyada en los cinco manuscritos hoy conocidos. En la introducción, la editora nos presenta primeramente el contexto de la composición del libro, el trasfondo del autor, la condición literaria, el ambiente humanístico del siglo XV castellano, y un panorama de las disputas entre las ideologías misóginas y protofeministas. En segundo lugar, se centra en la estructura y los contenidos de la obra, la disposición de los ejemplos y las fuentes. A continuación se ocupa de la lengua del Libro, con una introducción general y el análisis de los preámbulos, además de una comparación lingüística entre los tres libros de la obra. Finalmente nos proporciona detalles sobre la transmisión del Libro: la difusión de la obra, las ediciones y los manuscritos existentes, con el cotejo de los cinco códices, la verificación del título de la obra y los principios de disposición gráfica. En cuanto a las notas, se ciñen a las variantes textuales. La última edición del libro que se publicó en el año 2009, a cargo de Julio Vélez-Sainz. El texto de esta edición también se basa en el cotejo de los cinco
12 manuscritos. En la introducción se trata el trasfondo político y literario del autor, la producción literaria de Luna, una introducción al Libro, la cuestión de la mujer como tema en la tradición literaria y en la corte de Juan II, la disposición general de la obra, las fuentes de la obra y sus directrices temáticas. En contraste con las ediciones previas, las notas de Vélez-Sainz cubren abundantes intereses. Para cualquier exemplum, se señala su fuente directa y las composiciones paralelas acerca del mismo protagonista. De este modo, en la tercera parte, sobre historias de santas traídas de la Legenda aurea, incluso se nos indican las interrelaciones iconográficas. En general, las notas incluyen presentaciones breves de los personajes ejemplares, los acontecimientos y los lugares aludidos en la obra; se señalan las fuentes de las sentencias, con abundancia de citas literales; y también se proponen las intenciones posibles del autor en contextos específicos. En definitiva, dos de las ediciones modernas reseñadas, a cargo de Pons (2008) y Vélez-Sainz (2009), se basan en todos los manuscritos conocidos del Libro. En cuanto al estudio de la obra, en gran medida las principales líneas maestras del análisis están trazadas en estos dos trabajos. A grandes rasgos se puede afirmar que la forma literaria del Libro es la dimensión menos estudiada, en particular su configuración estilística y retórica, cuestión que retomaremos en el apartado 1.2.4. 1.2.2 El trasfondo de la composición del Libro Según los estudiosos de su figura, políticamente Álvaro de Luna se constituyó en “el principal promotor medieval del regalismo y del absolutismo” (Vélez-Sainz 2012: 175), como representante de los intereses del rey Juan II contra sus rivales políticos y militares. Don Álvaro tendría asimismo enemigos de primer rango en la sociedad del tiempo, tanto entre los monarcas e infantes aragoneses como los altos aristócratas castellanos, señaladamente el marqués de Santillana. Por eso, Luna siempre estuvo afrontando invectivas, que le reprochaban su gran riqueza y ambición, el favoritismo hacia sus hombres de confianza, la petulancia de proclamarse ayo del príncipe o el pomposo recibimiento en el castillo de Montalbán, entre otros casos. De este modo, Vélez-Sainz (2009: 97) considera que Luna en cuanto autor, al atribuirse las virtudes de la prudencia y la continencia, trata de promover una imagen de vasallo y cortesano ideal
13 en Castilla. Ideológicamente, el Libro ha sido clasificado entre las obras “filóginas”, aunque el “profeminismo” fuese entonces un concepto incipiente de doctrina en proceso de maduración, no siempre entendido en iguales términos por los contemporáneos. Así, Boyer (1989: 251), a propósito del “género” de los debates feministas, considera que “si hay algún término que pueda caracterizar la sinceridad ideológica de un autor medieval ante la mujer y la erótica, este es la ambigüedad, por lo que resulta extremadamente difícil encasillarlo a rajatabla entre los misóginos o los profeministas”. Aun con estas reservas, el Libro es uno de los ejemplos medievales más logrados de la susodicha corriente ‘‘filógina’’ o “profeminista’’, en donde, tras la estela del De claris mulieribus de Boccaccio, se integran el Triunfo de las donas de Juan Rodríguez del Padrón, el Tratado en defensa de virtuosas mujeres de Diego de Valera, amplias secciones del Libro de las veinte cartas y qüistiones (1446) de Fernando de la Torre, el Razonamiento en defensión de las donas de Pere Torrellas y los acaso perdidos —pero de existencia dudosa— Libro de las mujeres de Andrés o Antón de Delgadillo y Libro de mujeres ilustres de Alfonso de Cartagena, “encargado por mandato expreso’’ de la reina (Vélez-Sainz 2012: 176). Literariamente, en la época el rey Juan II demostró una actitud receptiva la cultura italiana y el humanismo. A decir a decir de Pons (2008: 19), “para quienes en el siglo XV miraban a la cultura italiana, Juan II era ejemplo del nuevo tipo de intelectual: autor de poesía cancioneril, mecenas de letrados (como Juan Alfonso de Baena —su escribano— o Juan de Mena); patrocinador de traducciones…”. Para esta misma estudiosa, no se puede afirmar que la llegada del Renacimiento a España en el siglo XVI se efectuara sobre un paisaje letrado absolutamente medieval y escolástico: el Cuatrocientos allega materiales, traducciones, referencias, que serán aprovechadas también el siglo XVI. Antes que de humanismo, cabría hablar para el XV castellano de humanismo vernáculo como han hecho algunos autores. La asunción total de los presupuestos éticos y estéticos italianos difícilmente podía haberse efectuado antes del siglo XVI (Pons 2008: 33). Luna compuso el Libro bajo de la condición de que “una aplicación simultánea a letras y armas nace dentro de la propia ideología nobiliaria castellana como consecuencia de la inadaptación de su viejo ideario a una nueva realidad política” (Pons
14 2008: 19). Al mismo tiempo, otro impulso del contexto social y literario fue la naciente ficción sentimental. En palabras de Gómez Redondo (2002: 3220), (la ficción sentimental) requiere de la mujer como elemento central de la exploración sobre el amor que se va a emprender; para que esa conciencia femenina se convierta en un ámbito de análisis y no solo en una fuerza narrativa, de modo previo, a lo largo de las décadas de 1430-1450 se impulsa desde la corte una producción tratadística en que se examinarían las distintas facetas de esa identidad femenina. Ese es precisamente el contexto en que surge el Libro Álvaro de Luna. 1.2.3 El objetivo del Libro El primer propósito destacado de la obra es, pues, el protofeminismo. No hay grandes discordancias entre los críticos a la hora de determinar este objetivo como nuclear, salvo en la concepción de sus fundamentos ideológicos. Un acuerdo común es la relación genética entre el Libro y el De claris mulieribus de Boccaccio, aunque este último no se hubiese dedicado a la “defensa contra los maldicientes” (Boyer 1989: 74). A la vez, se distinguen ciertos intereses diversos de las dos obras. Sobre ello, VélezSainz (2002: 113) señala que “Luna efectúa un cambio significativo con la obra del italiano: Boccaccio no busca atestiguar la virtud de las mujeres a lo largo de la Historia, sino que trata de difundir, a través de las reconstrucciones femeninas, la función moral de la cultura”. Además, el libro de Boccaccio busca ir más allá de la virtud de las mujeres y del concepto de claritas latino. Se podría decir que sus ejemplos son de mujeres ilustres en el sentido de que son luminosas, llaman la atención; las mujeres de Luna han de ser, además, “virtuosas”, pues hace un espejo de virtud de cada mujer (ibidem, p. 113). Es decir que, según Vélez-Sainz, Luna aspira más que Boccaccio a demostrar las virtudes femeninas, sobre todo las cuatro virtudes cardinales, que junto con “el despliegue de poder y la fama eterna son temas utilizados para el triunfo de una persona” (Vélez-Sainz 2002: 114). Por ello, el Libro de Luna se interesa por el mecenazgo femenino, la réplica cortés a textos misóginos, la reivindicación del legado femenino de la historia, la exaltación de la nobleza de los defensores de las mujeres, y una discusión sobre las diferentes cualidades que deben adornar al caballero palaciano
15 (Vélez-Sainz 2012: 177). En conclusión, los objetivos de Luna son el protofeminismo, por la necesidad de rescatar los espejos de virtud de la historia; el uso pedagógico de las vidas seleccionadas, que han de servir de modelos a las mujeres contemporáneas; y más fundamentalmente, el reconocimiento del mérito por los actos, y no por el linaje, con el objetivo último de autopromoción política del propio autor en la corte. Por esta vía, Vélez-Sainz intenta ilustrar las metas políticas de Luna según los registros cronísticos que refieren los hechos del condestable de acuerdo con la postura de sus autores, seguidores o detractores. Asimismo, este estudioso también intenta localizar testimonios directos extraídos del Libro de Luna para evocar las metas políticas del autor. Así, por ejemplo, si bien Livio mantiene que la razón por la cual la casan [a su hija] con Servilio es porque “non fallaron y ninguno en toda la mancebía romana que por ninguna arte podiese ser ygualado a este mozo e por ende el rey le otorgó la mano de su hija”. Cabe destacar que Luna recalque el valor caballeresco y el arte de Servilio en un acto de anacronismo que no está en el original, lo que nos retrotrae a la imagen que Luna proyecta de sus valores en la obra (Vélez-Sainz 2009: 278, nota 344). Además, el profesor nos advierte la predisposición prerrenacentista de Luna: “Nótese, asimismo, la admiración que tiene el autor a la cultura romana, referente intelectual casi único en el momento, lo que sugiere la formación pre-renacentista” (Vélez-Sainz 2009: 275, nota 335). Y también menciona el fomento de las cuatro virtudes cardinales, que es una coincidencia entre Luna y otros literarios de su entorno, tal como Juan de Mena: “Luna (valido y mecenas) y Mena (escritor cortesano) conceden la gloria utilizando los mismos términos (las cuatro virtudes cardinales) por la misma causa (la acción virtuosa) para evitar en ambos casos la caída en las ‘oscuras tinieblas del olvido’” (Vélez-Sainz 2002: 115). En relativo contraste, Pons disiente de un protofeminismo o un moralismo en Luna de mayor alcance que el precedente de Boccaccio, al considerar que elementos novedosos de la obra del valido son los Preámbulos, de raíz escolástica, que se añaden a esa colección de vidas, y la materia de la que se extraen esas biografías, menos limitada en don Álvaro que en Boccaccio. En cambio, la gran novedad de Boccaccio, ese desligarse de la tradición moralizante previa, no fue mantenida en don Álvaro ni en otros que utilizaron el texto del italiano dentro del moralismo tradicional (Pons 2008:
16 77). A pesar de ello, aún cabe definir la obra de Luna como “un libro didáctico y moralizante destinado a defender la naturaleza virtuosa de la mujer” (ibidem, p. 103). Además, la profesora Pons subraya la motivación religiosa de la composición castellana. Por su parte, Hernández Amez pondera el vínculo entre el propósito protofeminista y la difusión del amor cortés, el cual solía ser refutado como herejía por los eclesiásticos castellanos coetáneos con sus obras misóginas: No será hasta el siglo XII en Francia cuando se luche verdaderamente contra la idea de que la mujer es un ser inferior al hombre. Los franceses comenzarán a alabar en sus poemas en términos del lenguaje cortés a unas damas inalcanzables en su pedestal, frente a los cortesanos que las requieren, simples vasallos que apenas merecen conquistarlas. En estos términos corteses, la mujer era un ente superior al hombre, comparando en ocasiones con el propio Dios, y centro, como él, de la nueva religión del amor cortés (Hernández Amez 2002: 279). Asimismo, se ha observado que en la obra de Luna escasea la intención humanística, si no atañe específicamente a la caballería, el amor cortés y la ficción sentimental: A pesar de tratarse de un ámbito cultural sostenido por dos figuras señeras como Juan II y Álvaro de Luna, no acogió la Corte de Castilla el Humanismo propiamente dicho, pues éste había entrado en la Península por tierras aragonesas, encarnizadas enemigas de Castilla. Salvo por el conocimiento del lenguaje figurativo y de las técnicas alegóricas, la Corte castellana rechazó en su mayor parte las tendencias provenientes de esta tierra. Solo gracias a las figuras de Enrique de Aragón y de Íñigo López de Mendoza halló una vía de entrada en la Corte castellana un incipiente Humanismo. La producción literaria de Castilla atendería, pues, a una formación heterogénea, con influencia aragonesista, gracias a la cual Luna construiría las imágenes caballerescas, si bien en su mayor parte quedaría esta producción anquilosada en la ficción sentimental y el amor cortés (Gómez Redondo 2002: 278-279). Debido a que Luna actuó como privado del rey, adoptó un papel que favoreció “el desarrollo de la ficción sentimental, afirmando signos y actitudes que convierten al amor y a la mujer en conceptos que serían en tratados no solo de carácter erotológico, sino en colección de retratos femeninos que sirvieran de reflejo o de complemento a unas expectativas reales” (ibidem, p. 3224). En conclusión, según las investigaciones antecedentes, el Libro de las virtuosas
23 la obra habría sido escrita por otros. Sin embargo, la presentación de las ideas de Luna, aunque parcial, supone el manifiesto de su programa político: Aunque el libro no fuera escrito por él (en sentido de que el ámbito referencial del LVCM no responda en su totalidad al mundo del de Luna), sin lugar a dudas, el libro está escrito para él y la proyección que de sí mismo quería presentar. En este sentido debemos entender que en el colofón se aclare que el libro se haya dado “a publicación”, algo común en las obras regias. Desde una perspectiva formal, Pons Rodríguez (2008: 38) entiende que las ligeras diferencias lingüísticas entre las secciones del Libro obedecen al influjo de las diversas fuentes, por lo que la autoría es única, y a su juicio corresponde al mismo Luna: El atento estudio lingüístico de los tres libros de que se compone Virtuosas e claras mugeres revela, como se expone más adelante, diferencias lingüísticas entre los libros primero y segundo y el tercero, pero están ligadas a la fuente que sigue don Álvaro y no parecen venir de una doble autoría (Pons 2008: 38, nota 10). Obsérvese, en todo caso, que la plausible autoría única no prueba la indudable paternidad de Luna. De hecho, Chicote Pompanin y Fuentes Ortiz (2013) prestan atención a la coherencia formal y a las expresiones sobre la autoría de la obra en los mismos manuscritos del Libro y el proemio de Juan de Mena, y concluyen que el condestable debe de ser el promotor y director intelectual de la obra: No resultaría extraño, de hecho, que él hubiera sido el promotor y organizador de las obras, pero sin haber escrito cada una de las 115 narraciones de historias de mujeres. Sin embargo, la unidad narrativa y estilística, sumada a la cohesión general, son ambos elementos que apuntan hacia una intervención directa del privado en su ideación, organización y composición. (Chicote Pompanin & Fuentes Ortiz 2013: 174) La lectura del texto de Álvaro de Luna aclara las dudas al respecto, pues la coherencia de la narración y la presencia de los preámbulos y del explicit justifican claramente la autoría intelectual de la obra. Además, los mismos manuscritos y fuentes documentales nos informan de que la obra debe atribuirse al Condestable (ibidem, nota 10). Pero, a efectos prácticos, que Luna haya sido el redactor del Libro o su director intelectual no repercute sobre nuestra tesis. En primer lugar, según nuestro estudio, la obra presenta las propuestas políticas e ideológicas de Luna, además de promover el protofeminismo. De este modo, se
24 postula al condestable como auctoritas, se demanda el apoyo de secuaces fieles para sostenerlo, y se fomenta la recuperación de ideas e instituciones políticas de origen romano como garantes de su autoridad y guía de un estado ideal. Todo esto se demuestra estrechamente relacionado con los propósitos y la vida de Luna. Además, desde la perspectiva retórica, el Libro ofrece una marcada uniformidad y coherencia desde el principio al final. Como iremos comprobando, los elementos de inventio son recurrentes en los tres libros, con frecuente interrelación de los capítulos. Estructuralmente, estos capítulos tienen una dispositio similar. Así, la alusión a los personajes ejemplares se concentra al final del capítulo en los tres libros. Estilísticamente, los procedimientos empleados son asimismo parejos, y la compositio se aplica en todos los libros de manera similar. Sea o no Luna el redactor de la obra, la autoría es probablemente única, y no el producto de un taller de colaboradores a la manera de Alfonso X. Por último, con respecto a la participación de ayudantes en la recopilación de datos, tampoco tenemos evidencias sobre el caso. Sin embargo, por la orientación protorrenacentista de la obra, cabe contemplar el hipotético influjo del llamado “grupo de Salamanca”, según ha sugerido Pons Rodríguez (2008). En efecto, por la misma época de composición del Libro, los eruditos de órbita salmantina están produciendo sus obras literarias: Una segunda generación en el acercamiento a la Antigüedad clásica está conformada por una serie de autores cuyas obras e intereses definen el más característico humanismo clasicizante del siglo XV. Se trata de un grupo de intelectuales aristócratas o al servicio de los aristócratas o la corte con una intensa actividad intelectual entre 1440 y 1445. Se les ha llamado grupo de Salamanca (Pons 2008: 31). Entre estos literatos, Juan de Mena es el autor del proemio del Libro, “cuya versión más antigua se conoce gracias al Ms. 2654 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca” (Chicote Pompanin & Fuentes Ortiz 2013: 177); y algunos conceptos o ejemplos recreados en el Libro también aparecen en el Laberinto de Fortuna. No es imposible, pues, que Mena compartiese materiales y fuentes con Álvaro de Luna, y que incluso interviniese en cierto grado en la composición de la obra. Por ejemplo, Mena, como secretario de cartas latinas de Juan II, podría haber colaborado en la traducción de las fuentes latinas. Y algo similar se podría apuntar a propósito del susodicho Alfonso de
25 Cartagena. En conclusión, aunque en lo sucesivo nos refiramos comúnmente a Luna como autor de la obra, deben tenerse en cuenta estas prevenciones: el Libro, sea responsabilidad única del condestable o esté mediatizado por colaboraciones, presenta un texto uniforme y coherente que ilustra el discurso ideológico de don Álvaro. Esto es lo esencial para nuestra tesis. 1.3. OBJETIVOS En vista del estado de la cuestión antecedente, es claro que aún persisten dudas y lagunas que atañen a la finalidad del Libro de Luna en relación con su forma literaria. Y es este un punto de partida fundamental, pues todo estudio retórico debe partir de las ideas centrales o tesis que el autor postula para persuadir a sus destinatarios. Según los investigadores previos, a grandes rasgos, al componer el Libro el autor alcanzaría en mayor o menor medida sus objetivos moral, protofeminista y humanista; también actúa su afán por demostrar erudición, así como autopromocionarse como defensor de las mujeres y virtuoso caballero cortesano, de la mano de sus ambiciones de ascenso personal, el anhelo de fama y la promoción del amor cortés. Sin embargo, en primer lugar, todavía cabe aquilatar el peso de fuerzas especificas en sus objetivos ideológicos, y señalar elementos concretos que los condicionan. De este modo, las ideas protofeministas del autor se limitan a afirmar la igualdad de hombres y mujeres en cuanto a virtud, sin reclamar ningún derecho femenino. Incluso así, consideramos que hay espacio para examinar los detalles específicos de este planteamiento general a partir de los discursos y semblanzas del Libro, como, por ejemplo, la cuestión de la “igualdad de virtud” entre géneros. Además, en el desarrollo de la obra se advierten discordancias entre el comportamiento virtuoso y la autonomía ideal de las mujeres honestas: son fomentadas simultáneamente, de una parte, la fidelidad, la piedad y la obediencia a los padres y esposos, y, de otra, la independencia de las féminas, quienes a menudo están sometidas a maridos y parientes injustos. El planteamiento no parece lógico, salvo si se acepta el principio de que de las mujeres, en cuanto que hijas y mujeres honestas, deben acatar la auctoritas, representada respectivamente por los maridos, los padres y Jesús, según los contextos.
26 Por ello, es necesario clarificar el proceso dialéctico de aplicación de las virtudes, y asimismo verificar los perfiles éticos de las figuras ejemplares. Por último, si la obra entra en la esfera del temprano humanismo ibérico, hay que concretar los principios adoptados y su modo de adaptación; al mismo tiempo, convendría determinar el viejo poso medieval amalgamado con las nuevas concepciones. Esto implica la necesidad de una más profunda discusión de los móviles y fundamentos ideológicos y filosóficos de Luna. En segundo lugar, como Álvaro de Luna fue un “rey sin corona”, sus aspiraciones políticas en busca de poder y gloria serán consustanciales a su discurso literario en una obra de ámbito cortesano como el Libro. Como hemos visto, esta pretensión del autor ha sido estudiada principalmente por Vélez-Sainz. Sin embargo, conviene detallar los principios políticos introducidos en la obra. En este sentido, mediante este trabajo trataremos de poner de relieve los regímenes políticos propuestos para validar el posicionamiento político del autor. Por otro lado, si las virtudes fomentadas no solo se refieren a las cualidades de las mujeres, sino que también determinan el modelo de caballero cortesano, se debería determinar la lógica que relaciona las mujeres con la auctoritas intergenérica. Porque, en efecto, en el Libro el autor ha presentado la relación entre el ideal, la auctoritas, la lealtad y la deslealtad como reflejo de los vínculos entre las figuras ejemplares femeninas y su entorno social. En cualquier caso, según se afirmaba al comienzo de este apartado, debemos prestar principal atención al objetivo último de Luna en cuanto elemento inseparable de la retórica, el cauce transmisor de las ideas defendidas. Por ello, dedicaremos la parte central de esta investigación al uso del “ars bene dicendi, la técnica de expresarse de manera adecuada para lograr la persuasión del destinatario” (Azaustre & Casas 1997: 9). Los estudiosos del Libro han notado la aplicación de la retórica en el tratado de Luna. Según hemos constatado, sus opiniones principalmente se concentran en las figuras retóricas y la dispositio de la obra, a partir del análisis de la estructura de los capítulos, sus formas argumentativas y las recurrencias internas. Sin embargo, todavía falta un estudio abarcador del ars en el Libro, con atención a las distintas dimensiones que configurar su discurso. Con intención de lograr esta perspectiva global, haremos un estudio detallado de la inventio, la dispositio y la elocutio del Libro, para abstraer los recursos oratorios más característicos de la obra. De este modo, desde la forma retórica
27 podremos acceder al sentido intrínseco del Libro de Luna. 1.4 METODOLOGÍA Como consideramos que la retórica es el modelo expresivo fundamental adoptado por el autor, aplicaremos consecuentemente esta disciplina al análisis formal del Libro. De acuerdo con las dimensiones verbales del discurso oratorio, tras este capítulo introductorio nuestra tesis constará de tres grandes secciones, sobre inventio, dispositio y elocutio, de donde se derivarán las conclusiones generales del ejercicio. Debido a que “la retórica ocupa un lugar preeminente en el sistema educativo antiguo y medieval, y que su importancia entre las disciplinas humanísticas fue crucial” (Azaustre & Casas 1997: 10), resulta imprescindible para la interpretación y análisis de la obra, aunque ninguna de las fuentes históricas sobre Luna provea de detalles concretos sobre la educación oratoria de nuestro autor. Con todo, como hemos visto (apdo. 1.1), incluso la Crónica de don Álvaro de Luna aporta tan solo aporta vagas noticias al respecto. Luna recibiría una educación al abrigo de su familia, que incluía a Benedicto XIII y al arzobispo Pedro de Luna. Llegado a la corte con dieciocho años, la cultura del joven se completaría con la literatura cortés y el protohumanismo. Desde uno y otro influjo, cabe deducir que Luna recibiría instrucción retórica, disciplina cuya aplicación práctica se trasluce en el Libro. Los tratados de retórica más influyentes y accesibles en la época de Luna serían obras de Cicerón como De inventione, a quien se solía atribuir la Rhetorica ad Herennium (Salvador Núñez 1997: 57-59). Del primer escrito conservamos la traducción parcial de Alfonso de Cartagena acometida entre 1422 y 1432 (Mascagna 1969), en tanto que constan noticias de un romanceamiento del segundo a cargo de Enrique de Villena, hoy perdido, y, según Alcina (1991: 49), “en el medievo peninsular podemos documentar un conocimiento directo de la Rhetorica ad Herennium por lo menos en los siglos XIV y XV, y si atendemos a los manuscritos que se conservan en bibliotecas actuales, podríamos remontarnos a fines del XII”. Además, la Institutio oratoria de Quintiliano, que había circulado en copias incompletas antes del s. XV, fue localizada en un manuscrito íntegro por Poggio Bracciolini en 1416; e incluso con anterioridad
28 puede asegurarse con certeza que el nombre de Quintiliano tuvo cierta presencia en la Edad Media. ... Durante este período, el clero fue el principal receptor y transmisor de la Institutio oratoria, puesto que la mayoría de personajes que conocieron a Quintiliano en la Edad Media pertenecía a la Iglesia o, en su defecto, al otro estamento privilegiado, la nobleza (Soriano Sancha 2014: 38-39). Es probable que Luna hubiese manejado, acaso de primera mano, obras de Cicerón, a quien evoca en el Libro como “aquel varón, de muy valiente juyzio e de notable facundia, enseñado desde niño, Tullio Cicerón, que dan testimonio las letras de muchos que non ovo otro más suficiente, nin más bastado, nin más notable para fablar” (Vélez-Sainz 2009: 518). Queremos creer que, como letrado, el autor tendría un dominio suficiente del latín como para leer a los tratadistas de retórica, ya directamente, ya a través de florilegios o derivaciones, pues hay noticias sobre una obra latina del condestable, Corona dominarum, aunque hoy está perdida (Sánchez Cantón 1950: 51). Y en el Libro también encontramos abundantes sentencias latinas traducidas al castellano. En el primer libro del De inventione, Cicerón determina las causas de la inventio, que analiza en las diversas secciones y subsecciones del discurso: exordio, narratio, divisio, demostración y definición, refutación, digresión y conclusión. En particular, en la parte dedica a demostración y definición, trata Cicerón lo atinente a los atributos de personas y de hechos, con sus correspondientes tópicos. Atiende también aquí a los principales tipos argumentativos, la inducción y la deducción. El segundo libro de la obra se divide en cinco partes, cuyo núcleo es el diverso tratamiento de la argumentación en los géneros judicial, deliberativo y demostrativo. Para nuestros intereses, resulta muy útil la tipología de las argumentaciones basadas en las virtudes, la utilitas, la necesidad, la coyuntura y el elogio, conceptos básicos en la metodología retórica que Luna adopta. El otro tratado fundamental, atribuido a Cicerón en la época, es la Rhetorica ad Herennium, hoy generalmente considerado obra anónima. Este libro también presenta los tres géneros retóricos, cuyo discurso nuclear consta de seis partes: exordio, narratio, división, confirmación, refutación y conclusión. Se perfilan asimismo los tres estilos principales, es decir, llano, medio y sublime. Y se cataloga un notable volumen de figuras retóricas, clasificadas como figuras de dicción y figuras de pensamiento, con una
29 categoría intermedia, los tropos. Debido a su atención panorámica al sistema de la retórica como un todo, la Rhetorica ad Herennium constituye un complemento ideal del De inventione. Por último, la Institutio oratoria de Quintiliano es un amplísimo tratado sobre la educación retórica dividido en doce libros. Los dos primeros tratan de los métodos de la instrucción básica de la disciplina desde la educación elemental. De los libros tercero a séptimo se exponen las fases de la inventio y la dispositio: el tercero se dedica a los tres géneros oratorios, judicial, deliberativo y demostrativo; en el cuarto se tratan las partes del discurso (exordio, narratio, argumentación, digresión, proposición y división); en el libro quinto encontramos los argumentos y las pruebas demostrativas, así como el uso de los exempla y las inferencias lógicas; el libro sexto presenta la conclusión del discurso y los efectos de la risa, y los conceptos de iudicium y consilium. Del octavo al décimo libro, la obra versa sobre la elocutio, con el detallado estudio de tropos y las figuras, junto con el proceso de imitatio. El undécimo libro trata de la memoria y la actio, y el duodécimo sobre las cualidades, el carácter, la ética y la deontología del orador. Todo este sistema se descubre como patrón básico del Libro de Luna, no solo en cuanto a la estrategia que orienta la composición verbal de la obra, sino también como parte nuclear del pensamiento del autor, tal y como revelan sus juicios expresos sobre las funciones del saber y el hablar, afines a los conceptos ciceronianos acerca de la sabiduría y la elocuencia: [Algunt grande varón e sabidor] con buena razón apremió a los omnes que andavan desparzidos por los campos e moravan en las cuevas ascondidas de las montañas, e ayuntolos en un lugar e induzíalos a las cosas honestas e provechosas. E luego a comienço reclamavan con la sobervia que tenían, e después por la razón e por la eloqüençia oían más voluntariosamente, e de fieros e crueles que eran, tornolos mansos e paçíficos. E por çierto a mí paresce que la sabiduría, si fuera callada e pobre de fabla, non pudiera tan aína convertir a los omnes de su costumbre e traerlos a diversas maneras de vivir (Cicerón-Cartagena, De inventione-De la retórica, I, 2, 3; Mascagna 1969: 36)4. De otro lado, así como Quintiliano consideró que “este arte [de la retórica], que intentamos enseñar y cuya imagen tenemos concebida en el espíritu, que conviene al 4 Cito el libro primero del De inventione por la traducción cuatrocentista de Alfonso de Cartagena (Mascagna 1969).
30 hombre honrado y que es retórica verdadera, será una virtud” (Institutio, II, 20, 4; Carmona 1996, I: 299), Luna persigue la “virtud” y la “palabra verdadera”, intentando ilustrar la corte castellana con las ideales renacentistas. El condestable tampoco abandonó curam morum ‘el cuidado de las costumbres’ (Institutio, I, proemio, 13; ibidem, I, p. 19), pues infundía sus discursos de una gran cantidad de preceptos éticos, no tanto su doctrina política cuanto sus consignas humanísticas, en donde se incluye el protofeminismo. Por lo demás, Luna demostró una actitud favorable hacia la educación y el conocimiento, y demandó el ingenium de los lectores, tal como exigía Quintiliano para el estudio de la retórica, concebida como método susceptible de enseñanza, pero dependiente de las cualidades naturales del individuo: Con todo, una cosa debo destacar al principio: de nada sirven los preceptos y las normas de manuales sin la ayuda de la naturaleza. Por esta razón, a quien carezca de aptitud no le van a servir estos libros más de lo que pueda un tratado sobre agricultura a tierras estériles (Institutio, proemio, 26; ibidem, I, p. 23). Desde el punto de vista argumentativo, el exemplum es el procedimiento fundamental en el Libro de Luna, de acuerdo con el postulado tradicional de los tratados de oratoria sobre las pruebas por analogía: E así Aspasia, diziendo cosas que non eran dubdosas, hovo consentimiento, de guisa que por la semejança de aquellas e por la razón del preguntar se otorgase aquello que fuera dubdoso, si apartadamente lo preguntaba (Cicerón-Cartagena, De inventione-De la rethórica, 1, 31, 52; Mascagna 1969: 78-79, cursiva mía). Otro recurso esencial del Libro de Luna es la definitio, directa o perifrástica. De acuerdo con los conceptos y atributos enunciados por Quintiliano, “la definición es la expresión adecuada al objeto propuesto, formulada en palabras con claridad y brevedad” (Institutio, VII, 3, 2; Carmona 1996, III: 73), en tanto que “todo lo que puede darse a entender con más brevedad y se pone ante los ojos más desarrolladamente con expresiones de adorno es una perífrasis” (Institutio, VII, 6, 61; ibidem, p. 267). En realidad, a lo largo del Libro es constante el recurso flexible a la estrategia retórica adecuada, a menudo para sutil encubrimiento de los propósitos últimos del autor, habida cuenta de la compleja situación política que Luna afrontaba, planteamiento que
31 coincide con la teoría de Quintiliano: La mayoría de las normas cambian según los pleitos, circunstancias temporales, oportunidad, situación ineludible. Y por eso la principal cosa en el orador es la reflexión, porque desde ella puede moverse con holgura y en relación con la peculiar importancia de los temas (Institutio, II, 13, 2; ibidem, I, p. 249). Por lo susodicho, en este estudio procuraremos percibir la estrategia retórica de Luna para alcanzar sus objetivos “sermonarios”, con el fundamento combinado de tratados retóricos clásicos y manuales modernos5. Sin embargo, como el análisis retórico “es un método utilísimo pero incompleto a la hora de dar cuenta de todos y cada uno de los entresijos de la creación literaria” (Azaustre & Casas 1997: 10), a lo largo del trabajo se considerará el trasfondo histórico como método complementario para la interpretación de las tesis defendidas en la obra. Con este auxilio, nos concentraremos en la investigación de la retórica empleada en el Libro de Luna, en sus dimensiones verbales de inventio, dispositio y elocutio. En la parte sobre la inventio (apdo. 2), analizamos la selección de lugares de persona y sus tópicos tradicionales anexos, así como los lugares y tópicos tradicionales de cosa. En cuanto a la dispositio (apdo. 3), acometeremos el estudio de la estructura general del Libro y las interrelaciones de los capítulos. En cuanto a la elocutio (apdo. 4), analizaremos la aplicación de los recursos clave en el estilo del autor, en particular la perífrasis y la definitio, el exemplum y el typus, el argumento de autoridad y la derivatio, así como la compositio sintáctica del discurso. 5 De acuerdo con la exposición previa, entre los clásicos acudiremos al De inventione de Cicerón, la Rhetorica ad Herennium y la Institutio oratoria de Quintiliano. Entre los tratadistas modernos, nos basaremos en Curtius (1948), Lausberg (1966 y 1975) y Azaustre & Casas (1997).
32
39 Jesucristo amó a la su yglesia” (p. 303)12. En este mismo capítulo, el nombre Servio significa ‘siervo’ según el étimo (vid. supra apdo. 2.1.1), y junto con el título de “caballero” evocaría al propio al condestable en cuanto fiel servidor de Juan II. Así, se comprende el vínculo entre la auctoritas y los vasallos, recalcada por el autor a través de los dichos de Salomón y san Pablo. Por una parte, por su influencia, los partidarios y criados apoyan y obedecen a Luna con sus muestras de fidelidad, como Jesucristo alimenta a la Iglesia; por otra, Luna se siente honrado por sus fieles, como los hombres que aman y respetan a sus mujeres. La relación entre hermanos sirve de modelo de lo entre los vasallos de la auctoritas, a estos compañeros un fiel debe apoyos de defensa y franqueza. Por ejemplo, Anfronia cedió sus derechos económicos a su hermana según la exigencia de la madre, con paciencia y franqueza; Judas salvó a Benjamín, su hermano con elocuencia; etc. Por esta relación los leales se soportan entre sí para realizar juntos las proposiciones de la auctoritas. En conclusión, la aplicación del locus del nacimiento y el entorno familiar en el Libro no solo nos indicaría las cualidades heredadas del progenitor, como marca de linaje, sino que también serviría como fundamento teórico de la relación entre padres e hijo, entre los esposos, y entre los hermanos. Con la proyección de estas proposiciones, el autor señala exigencias análogas a sus vasallos y propone una interrelación ideal. 2.1.3 Naturaleza, modo de vida, ocupación y fortuna 13 La naturaleza como concepto retórico abarca los siguientes elementos tratados por Quintiliano: el sexo, la nación, la patria, la edad, la complexión física y la posición social (Institutio, V, 10, 23-26; Carmona 1996, II: 174-177). El estudio de este dominio “presupone una esperable conexión entre el rasgo de la naturaleza y el comportamiento del individuo, conexión que el orador deberá aprovechar cuando le resulte de interés” (Azaustre & Casas 1997: 28). En efecto, Luna aprovecha estos elementos a la letra. Como obra protofeminista, el Libro se centra lógicamente en el sexo femenino. Además, se defiende al pueblo judío 12 “Viri, diligete uxores vestras, sicut et Christus dilexit Ecclesiam” (Efesios, V, 25). 13 Vid. Cic. Inv. I, 25, 35; II, 9, 29; Quint. V, 10, 23-27; Lausberg (1966: §376); Azaustre & Casas (1997: 27-31).
40 (p. ej. Judit o Débora); y respecto de los romanos, las concepciones diferentes del estado permiten representar al súbdito ideal en el segundo libro. En cuanto a la edad, destacan los casos de Sara y Elisabet, quienes parieron en su vejez, así como la juventud y hermosura de las protagonistas en más de un tercio de las biografías (cuarenta y tres capítulos). En lo que respecta a la sociedad estamental, plebeyos y baja nobleza son considerados potenciales aliados de Luna, mientras que “los príncipes”, esto es, los ricos hombres, suelen ser rivales y figuras negativas. En este sentido, la naturaleza es un elemento central en la argumentación, que permite distinguir vicios y virtudes. Por su parte, el modo de vida hace referencia a “la educación y la formación, porque importa de qué modo y de quienes haya recibido uno la enseñanza” (Institutio, V, 10, 25; Carmona 1996, II: 174-177). En otras palabras, en este ámbito se considerarán los factores que “perfilan la personalidad y modo de vida”, que abarcan además los amigos, la administración de sus bienes y la organización del hogar (Azaustre & Casas 1997: 29). Dado que Luna aspira a adoctrinar a los lectores mediante el Libro, en gran medida se puede entender la obra como un regimiento de modos de vida, cuyo núcleo es el recto camino hacia el bien temporal y la bienaventuranza espiritual. De esta manera, el autor pretende convertir a sus lectores en discípulos y vasallos, defensores de la ideología de Luna, auctoritas o maestro en ambos terrenos. Concretamente, las doctrinas sociopolíticas defienden ciertos elementos del régimen político de Roma y la asunción de principios humanísticos como el protofeminismo. Tampoco debemos omitir el elogio del liderazgo ciudadano, por ejemplo, de Artemisia en su lucha contra el enemigo exterior, en donde la unidad social y política es clave; y el elogio al caballero que tiene la virtud “en las cosas pertenecientes al regimiento de la casa e de la familia” (p. ej. Virginea, la hija de Virgineo). El propio Luna es el referente de estos modelos. Como complemento, a su concepto moral cabe adscribir la sugerencia sobre el uso de la dote de las mujeres para compartirla con los pobres (p. ej. Santa Lucía o Bursa). En fin, los modos de vida propuestos y elogiados por Luna son ejemplos de conductas para sus leales y vía para su autopromoción14. La ocupación o la clase de actividades nos informará acerca de los caracteres de un individuo. De acuerdo con el Libro, las ocupaciones más notables de las 14 Retomaremos estas cuestiones en la sección dedicada a la dispositio (apdo. 3).
41 protagonistas son los oficios de reina, profetisa, santa, heroína, poetisa o pintora, si bien a menudo las representantes de una misma profesión tienen caracteres diferentes debido en buena parte a los intereses ideológicos de Luna. Por ejemplo, las reinas amazonas tiene mayor competencia militar y caballeresca que Hércules (p. ej. Oriquia y Antiope), mientras que la reina de Saba finalmente se inclina a la sabiduría por influjo de Salomón (La reina de Saba), y Dido prefiere la libertad de la tierra a su propia vida (Dido). Con las historias de estas reinas, Luna logra demostrar las capacidades femeninas y al tiempo proponer ideales sociopolíticos y culturales. Además, debido a las propias demandas del autor a sus vasallos, los atributos de reinas y profetisas son los propios de los clarividentes consejeros en los ámbitos político y moral (p. ej. Oldra y Tanaquil), noción en donde incluso se pondera el don profético. Las heroínas resisten contra la tiranía extranjera, como Judit y Coclia, respectivas adalides de la justicia y la libertad, y por ello son conmemoradas por el pueblo. La poetisa Cornificia y las pintoras Tamires, hija del pintor Micón y Prene son representantes de las mujeres letradas, pero cada una tiene sus propias cualidades: Cornificia encarna la mujer sabia, que sobresale por el entendimiento y las cualidades artísticas; Tamires es heredera de las virtudes paternas, en tanto que Prene, como discípula distinguida de su maestro, se limita a expandir su legado. En el tercer libro, las santas son quienes persiguen y predican la verdad, aunque cada una se dedica a tal empresa en consonancia con su particular condición. Esta es, su suma, la directriz lógica del tratamiento de la ocupación en el Libro: las protagonistas, en cuanto dedicadas a un mismo oficio, comparten atributos, pero los intereses polémicos de Luna lo conducen a resaltar rasgos distintivos según sus necesidades argumentativas. La fortuna hace más o menos creíbles o justificables las acciones acometidas por la persona sobre la que versa el discurso, a través de la consideración de “factores tales como si el individuo es libre o siervo, rico o pobre, particular u hombre público, poderoso, justo o tirano” (Azaustre & Casas 1997: 30). De acuerdo con esta nota, en el Libro de Luna los personajes se caracterizan a menudo como ricos o pobres y justos o injustos, lo que contribuye a caracterizar sus acciones, más o menos ejemplares. En cuanto a la circunstancia económica, Salomón es presentado como “el más glorioso e rico rey” (p. 195). La riqueza y la sabiduría son semejantes entre Salomón, en
42 cuanto modelo, y Álvaro de Luna, su reflejo. Ambos atributos se consideran ligados causalmente, pues la riqueza es en gran medida resultado de la sabiduría: Fue fecho magnífico el rey Salomón sobre todos los reyes de la tierra en riqueza e en sabidoría, e todos los del mundo deseaban ver la presencia de Salamón por oýr la sabidoría que Dios le avía dado en su corazón e le enviaban en cada año presentes, e servicios, baxillas de oro, e de plata, vertiduras e armas e cosas bien olientes, e caballos, e otras cosas, etc. (ibidem). Como auctoritates sabias y poderosas, el rey Salomón y la reina de Saba se intercambian presentes valiosos: “E aquesto así dicho, la reyna de Sabba ofreció al rey muchos presentes, e grand quantidad de oro e muchas cosas bien olientes e piedras preciosas. E el rey dio eso mesmo a ella muchas joyas, e cosas preciosas…” (p. 196). De este modo, la riqueza pondera la sabiduría de la auctoritas y sus méritos políticos: “E veyendo la dicha reyna de Sabba la grand sabidoría del dicho rey Salamón, e la casa que avía edificado, e los manjares que continuamente se ponían en su tabla, e las casas de sus servidores, e la orden de aquellos que le servían e las vestiduras dellos” (ibidem). Otro buen ejemplo es Judit, cuya riqueza testimonia la virtud y su capacidad como modelo de auctoritas al servicio de Roma, “comoquier que fuese muy noble e de alto linage, e de las muy mayores de su pueblo e muy fermosa e muy rica, ca su marido le avía dexado grandes heredamientos e posesiones, e ganados, e bienes” (p. 180). Los pobres, como conjunto, son frecuentes coadyuvantes de los protagonistas de las historias ejemplares del Libro. Por ejemplo, los menesterosos y los ladrones eligen a Jefté. La gente del mercado sigue a Bruto en su lucha contra la auctoritas injusta del mal rey: “sacaron el cuerpo de Lucrecia de su casa e lo llevaron al mercado, e allí se ayuntaron todas las gentes, e el pueblo fue movido contra el rey e echáronlo e desterráronlo de Roma a él e a sus fijos” (p. 252). Y Virgineo va al mercado secundado por la multitud: “En el qual día el padre de la moza vino vestido de viles vestiduras acompañado de grand gente, e traxo consigo su fija en el mercado” (p. 307). Por lo tanto, de aquí se deriva que la plebe necesita el amparo de una auctoritas, a la que a su vez apoyan contra los enemigos o los injustos. Estos mismos atributos se predican respecto de las mujeres ilustres del Libro. Bursa, como leal “poderosa en riqueza” (p. 410), ilustra la entrega permanente a su pueblo, pues “non sólo fizo bien a Roma en su prosperidad, mas en tiempo de su
43 adversidad” (p. 410). Las mujeres romanas donan sus joyas por el “grand estrecho e nescesidad de dinero por las guerras que entonces les ocurrían” (p. 369). De manera análoga, las vírgenes y santas comparten sus bienes con los “pobre de Cristo”, como, por ejemplo, santa Ana, quien “partía todo lo suyo en tres maneras; es, a saber, que la una parte dava al servicio de Dios e a los ministros suyos, e la otra dava a los pobres e pelegrinos e la tercera guardava para sí e para su gente” (p. 459). En conclusión, la riqueza es condición que permite caracterizar a los protagonistas y sus acciones, presentadas en el Libro como formas ideales del comportamiento social. Con frecuencia, la fortuna de los individuos públicos condiciona su comportamiento justo o injusto. La justicia, como una virtud clave, se presenta en el Libro como cualidad inherente de la auctoritas ideal. Al contrario, su contraparte son los injustos y tiranos. Por ejemplo, en La mujer que mató a Abimelech, la mera fuente bíblica —el libro de los Jueces— connota la justicia de la protagonista, frente a la iniquidad del enemigo Abimelech, quien, “continuando su tiranía , tenía cercada una cibdad de aquel regno llamada Siquín” (p. 208). De este modo se justifica la acción de la auctoritas, cuyo cometido es luchar contra los injustos invasores para “librar de muerte e cruel servidumbre la su tierra e pueblo” (p. 209); y, así, “por mano de aquella dueña fueron librados aquella cibdad e aquel regno de poder de aquel cruel tirano” (p. 208). Otra acción de los enemigos nefandos, amparados en su poder y riqueza, es el acoso de las protagonistas hermosas. Por ejemplo, en Susana, los dos jueces “viejos” y falsos encarnan la decadente autoridad conservadora. Apio Claudio acosa con osadía a la hija de Virgineo, auctoritas en los terrenos militar y político. Y los maridos gentiles acosan a las vírgenes, esposas de Jesús. En suma, para poner de relieve la censurable injusticia de los enemigos, Luna los presenta como amenaza que la buena auctoritas debe aplacar, siempre sustentada por súbditos fieles, en un aviso a sus lectores. 2.1.4 Talante o calaña15 Según Quintiliano, la animi natura inspira confianza o todo lo contrario, según 15 Vid. Cic. Inv. I, 25, 35; II, 9, 29; Quint. V, 10, 24-27; Lausberg (1966: §376); Azaustre & Casas (1997: 31).
44 domine la avaricia, la iracundia, la crueldad, la severidad o la compasión y fuerzas similares (Institutio, V, 10, 27; Carmona 1996, II, 176-177). Desde aquí, de acuerdo con Azaustre & Casas (1997: 31), “estos atributos dibujan una forma de ser que, hábilmente manejada u obviada por el orador, contribuye a perfilar el retrato del sujeto”. El talante o la calaña es un recurso habitual en el Libro, que se concreta en todos los capítulos. Así, los talantes clave en la obra serán la justicia, la castidad, la piedad, la fortaleza, la sabiduría, el don de profecía, la elocuencia, la resistencia, la caballería, el entendimiento, el buen callar y la franqueza. Tales cualidades permiten caracterizar a las protagonistas, y constituyen la esfera del espíritu doctrinal y polémico del libro. Por ejemplo, en Elisabet y Anna, hija de Fanuel, las dos protagonistas, de cumplidas y rectas virtudes, además de sabias bendecidas por el espíritu de profecía, revelan que Jesús será el Mesías del pueblo judío, como Luna será el mesías político de Castilla. En Venturia se destacan “la sabiduría y las palabras”, con las cuales la mujer presenta y difunde sus conceptos, que confieren a la protagonista una auctoritas carismática, manifiesta a través la elocuencia y paralela a la autoridad política de un monarca. Análogamente, “la sabiduría y el espíritu de profecía” revisten a Tanaquil de la misma estima sociopolítica. De este modo, tales elementos del talante revelan a los individuos que ejercen la auctoritas acatada gustosa y lealmente por sus fieles, como el propio Luna pretende de sí mismo y los castellanos. En otros casos, la combinación de diferentes talantes conduce a matices diversos. Por ejemplo, en Hipo (fortaleza y castidad), La mujer de Forgiagonte (fortaleza y castidad), Las mujeres de los flamencos (fortaleza) y Lucena (fortaleza y confianza), la firmeza es la base común, orientada al comportamiento moral en los primeros tipos, y más hacia la resistencia contra el enemigo político en los restantes. Por lo demás, cuando Luna propone una sugerencia ética, ha aludido previamente a la forma de vida virtuosa de la protagonista del exemplum, un modo de disponer favorablemente el ánimo del destinatario hacia el personaje y la lectura. Por esta vía, en último término, se alienta a la práctica de actitudes análogas. En conclusión, los talantes, que en primera instancia sirven para caracterizar a las protagonistas, esencialmente contribuyen a sostener las directrices ideológicas más o menos encubiertas del Libro. En general, todos los lugares de persona analizados aquí han sido sutilmente elegidos por Luna para servir a sus doctrinas.
45 2.2 TÓPICOS TRADICIONALES DE PERSONA Dado que, en una primera lectura, el Libro se dedica a la defensa de las mujeres, entre los tópicos tradicionales de persona tendremos que acudir a la esfera del elogio personal, que abarca los lugares de la hermosura corporal, la fama, el sobrepujamiento, la sabiduría y el valor, la nobleza del alma y lo indecible. De estos tópicos estudiaremos el grado de uso en la obra, cómo los utiliza Luna y cuáles son sus efectos. 2.2.1 Hermosura corporal16 La hermosura corporal es rasgo característico en las descripciones laudatorias de nobles, héroes y damas (Azaustre & Casas 1997: 47). De los ciento diecisiete capítulos del Libro, en cuarenta y tres de ellos se alude a la hermosura de la protagonista, en donde la perspectiva de Luna sobre este atributo de las mujeres se sitúa al margen de las actitudes misóginas. Es interesante considerar aquí el De claris mulieribus de Boccaccio como referente contrastivo, con sus ciento seis semblanzas. Pese a constituir un hito protofeminista y ser la fuente más importante del Libro, en la obra boccacciana subsisten algunas censuras tradicionales basadas en antiguos prejuicios. En este sentido, la adaptación de Luna resulta muy sintomática. Hay un total de veintinueve capítulos en el libro de Boccaccio que tratan el tópico de la hermosura corporal. En el primer capítulo, que se dedica a Eva, Boccaccio declara justamente que la belleza femenina suele conducir a la fama por el indiscreto juicio masculino, de forma que hay mujeres célebres no por la virtud, sino meramente por su hermosura: ¿Qué cosa fue nunca fecha con la mano de Dios que no sobrepuje las otras en belleza? E aunque esta fermosura haya de perecer con los años, o en medio de la edad con una pequeña dolencia muchas vezes se pierda, empero porque las mujeres la cuentan entre las más principales excelencias suyas, y por ella han alcançado por un indiscreto juicio de los hombres mucha gloria, no sin causa ni demasiadamente ha sido puesta entre las claridades y noblezas dellas como principal gracia, y se porná en las siguientes (fol. 5r, 16 Vid. Curtius (1948: 260-262); Azaustre & Casas (1997: 47).
46 cursiva mía)17. A diferencia de la crítica de Boccaccio sobre la sobreestimación de la belleza por el mal juicio masculino, en la misma biografía de Eva, Luna alaba primero el don de la fuerza y la hermosura corporal de un caballero afortunado y bienaventurado que posee antecedentes imperiales romanos, y después lo compara con Eva. En este punto, pondera sin cortapisas la razón de la hermosura corporal de la “primera e antigua” madre: “el criamiento de la cual non fue menor que el criamiento de Adam, porque, así Eva como Adam, cada uno dellos, segund se escribe abiertamente por el primer capítulo del libro del Génesi, fueron criados a la imagen de Dios” (p. 165). Así pues, Luna loa el cuerpo humano de ambos, hombre y mujer, bellos en cuanto imagen de Dios, con lo que matiza la idea de Boccaccio, pues la hermosura femenina y, en consecuencia, su aprecio son circunstancias divinas de la Creación. En la obra de Boccaccio, las mujeres hermosas son causa de distracción y confusión para los hombres por sus ojos (p. ej. Medusa y Medea); suelen provocar la lujuria de los poderosos con sus lisonjas (p. ej. Flora); y a veces por su propia lascivia conducen a desastres como la guerra (p. ej. Elena). En cuanto que son inocentes ante de los acosos masculinos (p. ej. Europa), se culpa a los padres por darles permiso para pasear libre y abiertamente. La hermosura corporal y el carácter lisonjero son, pues, para Boccaccio motivos de censura femenina, por la seducción que conllevan. Por el contrario, la hermosura de la mujer en el Libro de Luna se considera en dos contextos, pues puede explicar la razón por la cual algunas mujeres han sido objeto de acoso, o bien, en un contexto laudatorio, es atributo digno de elogio. Tomemos a Susana y a Lucrecia como ejemplos del primer proceso. Por su remarcable hermosura, la casta Susana fue pretendida por “jueces viejos” y condenada injustamente a morir por rechazarlos. Por ello, y bajo la dirección del profeta Daniel enviado por Dios, todo el pueblo se alzó contra aquel atropello. Por su parte, Lucrecia fue violada y se suicidó en aras de la castidad, lo que propició el derrocamiento de los reyes de Roma y la reconstrucción de las leyes. Es decir que, de una parte, las mujeres, sobre todo las hermosas, suelen ser inocentes víctimas de injustos y tiranos, gobernantes indignos; y, de otra, la castidad se entiende como analogía de la fidelidad a la auctoritas 17 Cito el De claris mulieribus por la primera traducción castellana De las mujeres ilustres, publicada en Zaragoza por Pablo Hurus en 1494, con ligeros ajustes ortográficos. Tengo en cuenta la edición del texto latino por Zaccaria (1967) y la traducción moderna de Díaz-Corralejo (2010).
47 ideal y verdadera, así como imagen del coraje para combatir lo injusto o lo irracional. Por lo demás, Luna normalmente alude a las “suaves palabras” de las protagonistas, en contraste con la “lisonja” de las hermosas de Boccaccio, pues la dulzura de la elocuencia es aliada de la auctoritas recta y la lealtad, de acuerdo con los conceptos del condestable. Así pues, la hermosura lisonjera boccacciana se transmuta en el Libro de Luna en destreza oratoria y elocuencia femeninas. En otros casos, sobre todo en el tercer libro, la hermosura puede ser motivo de admiración. Así, Mariane es descrita como la “nueva fermosura”, por la que “no solamente en aquel tiempo pareció más excelente en gesto que todas las otras mujeres, mas aun era creýda más celestial que mortal” (p. 445). En otro ejemplo, al presentar a Catalina, se destaca cómo fue “virgen fija del rey Costo, la qual es provado por autoridad de grandes varones que fue esclarescida por disciplinas de todas las artes, e por maravillosa fermosura de cuerpo, e por señalada santidad” (p. 536). Por esta conciliación de tres cualidades —sabiduría, belleza y santidad— en el último capítulo del Libro, se insinúa el concepto de Luna sobre la dama ideal, que sería una mujer ilustrada, hermosa y virtuosa, es decir, por extensión, el modelo del perfecto vasallo, hombre o mujer. Entre estos atributos, la hermosura es fundamental por su valor simbólico, que además entronca con la tradición del amor cortés, subyacente en el concepto cortesano ideal del condestable. En conclusión, a través de la hermosura corporal, Luna manifiesta su actitud contra ciertas ideas misóginas, mientras reconoce la fuerza y la belleza divinas del cuerpo humano. A la vez, logra exponer su exigencia a los buenos súbditos para que insistan en defender la justicia y no se sometan a poderosos sin virtud. 2.2.2 Fama18 La fama constituye un tópico muy habitual de los elogios amorosos y políticomilitares. En el Libro, este lugar es presentado a través de las alabanzas a la “fama” y la “memoria” de las protagonistas. Entre los dos conceptos, se alude en diecisiete contextos a la “fama”, mientras que la “memoria”, en el sentido de fama póstuma, aflora en veintinueve capítulos. En cualquier caso, la fama permite ponderar las virtudes o 18 Vid. Azaustre & Casas (1997: 46).
48 logros de los personajes. Por esta vía, en el concepto humanístico, la fama es objetivo vital loable, pues el esfuerzo en conseguirla de acuerdo con principios lícitos favorece el progreso de la república. En De claris mulieribus, Boccaccio se refiere con frecuencia a los méritos y virtudes que granjean la fama femenina, al lado de otras circunstancias. Por esta vía, por ejemplo, se pondera la justa estimación de Europa, la cual, por cierto, yo tengo por ilustre mujer en virtudes e insigne, no solamente por el nombre que de ella tomó aquella parte del mundo, mas aún por la maravillosa estatua de metal que dedicó a ella el illustre philósopho Pictágoras (fols. 16r-16v). Análogamente, Nicóstrata fue reconocida por la posteridad, por lo cual, como en vida le hoviessen celebrado fiestas y honores divinos a ella, después de fallecida, so la más baxa parte del monte del Capitolio, en donde ella había fecho su vida, le fizieron un templo de su invocación y apellido. Y por perpetuar su nombre y memoria, los lugares comarcanos por su apellido llamaron Carmentales (fol. 32r). A pesar de la deuda para con Boccaccio, Luna adapta en el Libro el concepto de fama a sus objetivos personales, como consigna para animarse y animar a sus vasallos a aunar esfuerzos en pos de una misma meta sociopolítica. De este modo, la fama y su lícita búsqueda aparecen como ideal del Libro en numerosos contextos. Así, en el preámbulo quinto se alude por vez primera al concepto en el caso de un caballero romano. Y, después, en los exempla se especifica la causa de la fama alcanzada por las ilustres y famosas mujeres: guiar el éxodo del pueblo hebreo (María, hermana de Moisés), dedicarse al “criamiento de la postrimería de los que eran por venir” (Ester, p. 187), poseer y perseguir la sabiduría (La reina de Saba), aprovechar las riquezas para ganar virtudes (Cornelia), cimentar la paz entre los poderosos (Julia), preservar el fuego divino (Emilia); el amor, piedad o castidad al marido (Argia, Hipermestra, Hipo y Quinta Claudia); el reconocimiento y honor del padre o el maestro (Tamires y Prene); la castidad y las capacidades de gobierno, la diplomacia, la filosofía y las letras (Zenobia), o perseguir la “palabra verdadera”(Santa Paula). Además de estos motivos genéricos, la fama puede alcanzarse en virtud de una acción muy específica, como la construcción del mausoleo de su marido promovido por Artemisia. Por añadidura, la “memoria”, es decir, el recuerdo por parte de la posteridad o
55 don Álvaro de Luna, Vélez-Sainz entiende que, por este motivo, Luna propone como ideal las cuatro virtudes cardinales. Con todo, cabe matizar algunos detalles. Primeramente, para Luna la virtud está implicada en la noción de bienaventuranza, “porque algunos dicen ser la bienaventuranza en la sola virtud” (p. 146). En este sentido, la virtud misma es la meta, paralelamente al acatamiento cristiano de la auctoritas ideal perfecta, ya que otra parte de la definición de la bienaventuranza en este mismo preámbulo es la “contemplación de Dios”. Además, la defensa de la nobleza del alma por parte de Luna no supone la censura de la nobleza de sangre, pues interesa la colaboración de los altos estamentos como partícipes de la empresa del condestable, según el modelo de Eugenia o Eufemia, nobles por hechos, pero también por sangre. Por último, las cualidades específicas promovidas por Luna se ven como una mezcla de las virtudes cristianas y clásicas. Entre ellas encontramos las cuatro virtudes cardinales al lado de otros méritos en un totum revolutum: la piedad, la castidad, la obediencia, la fidelidad; y también la justicia, la sabiduría, la elocuencia, el entendimiento, la perseverancia, y así sucesivamente. Todas esas cualidades son propuestas explícitamente en el texto en virtud de la multiplicidad de propósitos del autor, aunque algunos conceptos son ciertamente semejantes, como, por ejemplo, la obediencia y a fidelidad. Con el concepto de las virtudes cardinales obtendrá la afección de los lectores más profundamente cristianos, que ven la “bienaventuranza” como el objetivo final. Por este camino, se aprovecha la moral tradicional para establecer la relación ideal laica entre los fieles y la auctoritas. Según la validación de tales virtudes, Luna concibe de modo análogo las relaciones entre padre e hija, hombre y mujer, maestro y discípulo, Jesús y las santas (p. ej. Santa Paula), como entre él mismo y cada uno de sus lectores. De otra parte, como complemento, las virtudes “clásicas”, que provienen del pensamiento grecolatino, conforman el trasfondo humanístico del Libro, que de esta manera atiende también a otro tipo de lector. En resumen, el Libro de Luna constituye un ejemplo típico de la aplicación del tópico de la nobleza del alma, por causa del origen del autor y sus grandes ambiciones políticas. La concesión que hace al elogiar los altos linajes provendría de su interés por granjearse también el apoyo de los ricos hombres, imprescindible en el gobierno de
56 Castilla. Pero la nobleza del alma, en cuanto que central en el concepto de virtud del Libro, entronca con la propia figura del autor y sus objetivos. Ello explica que, en contraste, Boccaccio, con móviles ajenos al poder político, siempre aluda al linaje y sangre de las protagonistas en el exordio de cada capítulo como argumento muy importante de sus retratos, no tanto a la nobleza del alma. La pretensión sociopolítica de Luna condiciona su distinto enfoque. 2.2.6 Lo indecible23 Lo indecible tiene su origen en el hábito de “insistir en la incapacidad de hablar dignamente del tema” (Curtius 1955: 231). Así, en el contexto del panegírico, el autor “no encuentra palabras” para elogiar convenientemente a la persona eximia. Por ejemplo, en el concepto cristiano, Dios es es indecible por naturaleza: “¡O maravillosa benignidad de Dios! Que nin por el juyzio se puede complidamente entender nin por palabra se puede explicar qué tal es” (p. 463). Con respecto al elogio femenino, en el De claris mulieribus de Boccaccio este tópico apenas tiene incidencia. En cambio, en el Libro de Luna se emplea principalmente en las biografías de la virgen María, Eva, santa Paula, santa Ágata y santa Marta. Para investigar el propósito del recurso a este tópico, analizaremos los caracteres de las protagonistas que las determinan como de cualidades inefables. Así, el bien de santa María fue considerado indecible porque trajo al mundo “a aquel el qual posee todo el principado de la natura, e al qual rescibir non podían los cielos” (p. 159). Por su parte, “las maravillosas virtudes” de santa Paula “dignamente non podrían ser explicadas por ningund dezir, quanto quier suelto, quanto quier bastante que fuese” (p. 469), pues antepuso al amor de Dios al amor de sus propios hijos. La determinación de santa Ágata de “llevar tan crueles maneras de tormentos por yr a la tierra celestial..., nin por palabras se puede explicar nin por la voluntad se puede bien entender” (p. 482). Por último, “pensando conmigo la muy santa vida” de santa Marta, “apenas creý que podía caber en ombre de poder contar sus alabanzas” (p. 518), por su devoción a Cristo y su victoria sobre el dragón. En su proyección sobre los propósitos de Luna en su Libro, María, como madre 23 Vid. Curtius (1948: 231-235); Azaustre & Casas (1997: 53-54).
57 de Cristo, trae la suma auctoritas al mundo. En este contexto, santa Paula encarna la fidelidad ideal, santa Ágata entrega su vida en defensa del mayor bien y santa Marta vive fuerte y arriesgadamente difundiendo y defendiendo la fe. En otras palabras, mediante el tópico de lo indecible, Luna logra vincular todas las directrices para el vasallo ideal que su Libro propone. El autor presenta a las santas que siguen a Jesús y la palabra verdadera con total dedicación como modelos dignos de imitación, un patrón análogo al que Luna pretende crear a su alrededor. Algo diferente sucede en el caso de Eva, “la excelencia de la qual e quánta aya seýdo non se podría declarar por ninguna razón aunque aquella fuese muy alta e muy bastante nin aún ciertamente se podría bastantemente entender por el corazón” (p. 166). Porque lo indecible de Eva radica en su excelencia privilegiada, otorgada por Dios en “los dones del cuerpo e del ánima” (p. 167). Primeramente, igual que Adán, fue creada a imagen de Dios; le fueron otorgadas por Dios todas las cosas para su uso y servicio; y fue llamada virago, por lo que es la representante de todo ser humano y no solo de las mujeres. En este sentido, la “fuerza y hermosura corporal” (p. 165), al igual que “el ánima que dura siempre, la qual non tenga cosa alguna de las hezes de la tierra, otrosí ser fecha participante a las cosas de Dios porque contemple e acate el cielo” (p. 167), en cuanto atributos humanos legados por Dios, son muy destacados por Luna, no solo a fin de revelar el valor del ser humano, sino también para inducir a “participar a las cosas de Dios”, es decir, mutatis mutandis, a secundar la empresa ideológica y política del condestable. 2.3 LUGARES DE COSA Los lugares de cosa que inciden principalmente en el Libro de Luna son la causa, el modo, el espacio, el tiempo y la comparación. 2.3.1 Causa24 “Cuando un orador habla sin conocimiento de causa, falta lo πρέπον entre el orador y el objeto de su discurso, y falta también, por la misma razón, lo πρέπον entre 24 Vid Cic. De or. I, 6, 20.
58 res y verba: el discurso es entonces un hablar por hablar, una garrulería vacua que juega con las palabras” (Lausberg 1966: §103). En contrapartida, para demostrar la causalidad de las acciones en el discurso “se analizará si el hecho fue realizado por el deseo de obtener, practicar o conservar el bien, de evitar el mal, o por las causas contrarias” (Azaustre & Casas 1997: 32). El bien esencial para Luna radica en la lícita ambición política, que es, por tanto, la principal causa motriz de su actitud política y de la propia composición del Libro. En este sentido, Julio César se presenta como especial modelo digno de imitación, razón por la cual se alude a este gobernante desde el preámbulo quinto, y su figura reaparece después con frecuencia. Como es sabido, César ‘principe de la jueventud’ designa tanto a Cayo Julio César, dictador electo de Roma, como a los futuros emperadores. En este proceso se cifra el afán último del condestable Luna: si el régimen político castellano se moldea a la manera romana, Luna tendrá la oportunidad de convertirse en un gobernante todopoderoso, no importa bajo qué título. La justificación causal de esta actitud se ilustra a lo largo de todo el Libro. Así, en Tanaquil se encuentra un ejemplo especialmente claro del tópico, bajo una revelación que anuncia y legitima al gobernante, y, por tanto, sanciona su lucha por alcanzar el imperio. Por medio de los signos del águila y el fuego sobre su cabeza —ya que los atributos de Júpiter son el águila, el rayo y el cetro—, se sugiere que el rey fue designado por voluntad divina, tal y como subraya la fuente, el libro primero de Ab urbe condita de Tito Livio, mediante el título “Las señales de las cosas maravillosas” (p. 273). Es decir que, por senda paralela, Luna aspiraría a identificarse como la auctoritas portentosamente señalada para establecer un nuevo modelo político en Castilla. Por esta vía de la revelación, la mujer con dones proféticos, que tiene la capacidad de interpretar augurios como los adivinos romanos, logra revelar la majestad del marido, del hijo y de Servilio25 . Así, estos protagonistas devenidos reyes se parangonan a Luna. Los paralelismos son constantes. Por ejemplo, Lucomón “se llamó e nombró Prisco Tarquino, al qual su venida allí nueva e sus riquezas le fazían 25 El autor ensalza a los adivinos en muchos casos, tal como en Débora: “acerca del pueblo romano e de los otros gentiles los adevinos eran muy grandes en todo honor, tanto que ninguno tentava de fazer algo si primeramente lo ellos non mandasen e hordenasen, e si los adevinos del sol que más que otros dizían las cosas ante que acaeciesen, e mayormente acerca de los griegos mucho eran honrados” (p. 191). O en Oldra, en donde se narra cómo diversos generales o cónsules triunfan por tomar los consejos de los intérpretes del cielo.
59 maravillos varón” (p. 277). Análogamente, Luna “nació con el nombre de Pedro y pasó a llamarse Álvaro seguramente cuando la familia accedió a darle educación cortesana” (Vélez-Sainz 2009: 277). Las analogías van más allá, pues Prisco Tarquinio ovo oficios e grand conocimiento con el rey, e fue en los consejos públicos e secretos, e él era así apercibido e sabio, e entendido que el rey Ancius lo dexó por tutor de sus fijos en su testamento. E después que los fijos del rey Ancius fueron en edat que la tutela devía Céssar, entonces este Lucomón, su tutor llamado Tarquino, traxo maneras con los romanos como él fue alzado por rey dellos (p. 277). Por lo tanto, explícitamente se argumenta que el tutor de los hijos del rey merece ser acreditado como césar y tiene derecho a subir al torno. No es casual, pues Luna fue designado como tutor del príncipe Enrique, futuro rey de Castilla: 1435, septiembre, 26. Segovia. Cédula de Juan II dirigida a Juan [de Luna] arzobispo de Toledo y de su consejo, y a Ruy Díaz de Mendoza, su mayordomo mayor y de su consejo, en la que señala que para “... la buena crianza y governación y doctrina de don Enrique, príncipe de Asturias”, su primogénito heredero, había dispuesto que Álvaro de Luna, condestable de Castilla y conde de San Esteban, tuviera “el regimiento de su persona y casa”, pero siendo necesario que éste estuviese de continuo a su servicio había dejado la custodia del príncipe a los citados, con condición de entregárselo nuevamente cuando fueran requeridos a ello. Por este motivo el rey les ordena que en tal caso entreguen la persona del príncipe, después rey, Enrique IV, a su condestable y que le presten pleito homenaje de cumplir lo acordado. El rey. El doctor Fernando Ruiz de Toledo, oidor y refrendario real y su notario (Olivera Serrano y Montero Tejada 2016: 6). También se recurre a la figura del joven sin linaje ilustre análogo a Luna, quien, criado por el rey y la reina, “creció por la industria real” (Vélez-Sainz 2009: 278), fue educado en las artes liberales y sobresalió en el arte de la caballería y otros saberes. Tales cualidades son propias del gobernante ideal, por lo que, manifiestas en Luna, justifican el porqué de las ambiciones del condestable. El nombre Servo o Servilio, desde la perspectiva de la etimología, nos sugiere también la posición de Luna como siervo humilde. Este personaje actúa de forma opuesta a los indignos hijos del rey, por lo que se proclama su verdadera legitimidad para gobernar: “¡O tú, Servilio! ¡A ti pertecesce tomar este reino e non a aquellos que con manos agenas fizieron cruel muerte!” (p. 280). Recuérdese cómo el infante don Enrique de Aragón perpetró en julio de 1420 el llamado “golpe o asalto de Tordesillas”
60 contra Juan II, de manera que con aquella crítica Luna abominaría de la sucesión política por parte de la rama familiar indeseable, en este caso la facción aragonesa. Además, la repetición de la palabra “emperador” hasta trece veces solo en el capítulo Venturia connota el énfasis de Luna en una meta análoga26. Así se entiende que el condestable defienda a Marco Coroliano en vez de criticarlo, como había hecho Boccaccio en De claris mulieribus. Se nos hace saber que este caballero “condenado e desterrado de Roma malamente por embidia de algunos sus contrarios” (p. 263) fue recibido por “los volscos, los quales entonces eran rebeldes e enemigos a los romanos”, quienes “lo establecieron e hordenaron por su emperador e mayor conosciendo su gran virtud” (p. 264). Por lo tanto, este personaje también se asemeja a Luna, como Jefté, quien por fue elegido por los “pobres y ladrones” como caudillo. Por eso se incide en la idea de que la caída en desgracia de Coroliano se debió a una injusticia, y, como consecuencia, los soberbios romanos tuvieron que suplicarle siendo ya emperador. De esta manera se legitima y alienta a los estamentos inferiores como defensores de la auctoritas. En consecuencia, el sumo bien político para Luna sería el ascenso a auctoritas por aclamación. Para alcanzar esta meta, el condestable se identifica como caudillo caballeresco, sabio y dotado del espíritu profecía, nobles causas de su anhelo de poder. Por ejemplo, en La hija de Jefté nos demuestra el perfil de un caballero desterrado y desheredado por la presión de sus hermanos, debido a que era hijo ilegítimo —como el mismo Luna—, pero que posteriormente fue elegido por los pobres y los ladrones como caudillo por necesidad ineludible27. La “necesidad”, como concepto repetido en todo el Libro en al menos doce contextos, muestra aquí su relevancia: Luna defiende el pragmatismo en la selección del gobernante, no tanto el simple amor al rey. En La reina de Saba, el condestable propone a Salomón como prototipo del buen monarca con una cita del libro bíblico de los Reyes: “el rey sobre todos los reyes en riqueza e en sabiduría”, que “Dios le avía dado” (p. 195). Es decir que, como veíamos atrás, la riqueza y la sabiduría son dos cualidades esenciales que causan la auctoritas, de modo que la cuantiosa riqueza del condestable sería premisa positiva de su capacidad política. El capítulo hace constante hincapié en la sabiduría de Salomón como 26 El planteamiento se repite en muchos otros capítulos, como en Porcia, hija menor de Catón, o en Sempronia, ejemplos consecutivos. 27 Vid. Cic. Inv. II, 57, 170; Quint. VII, 4, 14; Lausberg (1966: §390); Azaustre & Casas (1997: 33).
61 testimonio de la prosperidad política de su gobierno, que se concreta en la construcción del palacio y el disfrute de los manjares; el orden ejemplar de los servidores del rey, junto con sus casas y vestiduras bien arregladas; o las frecuentes ceremonias de ofrenda a Dios. De esta manera, por su sabiduría, el rey provee a sus vasallos de la oportunidad de bienaventuranza: “bienaventurados son tus varones, e los tus servidores que están delante de ti continuamente e oyen la tu sabidoría” (p. 196). Así sirve Salomón maravillosamente a Dios, y rige al pueblo de Israel con buen juicio y justicia. De aquí se concluye que un rey sabio debería ser encarnación, defensa y práctica del ideal en los ámbitos político e ideológico. Y Luna se propone a sí mismo como tal auctoritas. De modo complementario, en La reina de Saba se presenta la loable atracción de las auctoritates hacia la provechosa sabiduría. Análogamente, Pitágoras, Platón y los cónsules romanos son exempla de los caminos de la ciencia, la ley, las costumbres, la filosofía y las estrategias políticas y militares. Entre ellos, Platón, como fundador de la filosofía política, pauta una vía de la auctoritas ideal, que fomenta el gobierno de los reyes filósofos. Esta es pues otra de las causas que justifica la verdadera auctoritas en el Libro de Luna, y este se propone como ejemplo del proceso. En cuanto al don de profecía, atañe tanto a la auctoritas como a los súbditos fieles. De hecho, la auctoritas se reviste con las imágenes de Jesús, de los profetas y también de los sabios filósofos, para transmitirse como ideal. Por su parte, los fieles, con esta cualidad, alcanzarían el honor y la capacidad de descubrir y predicar la identidad rectora de Luna, y también servirían de consejeros, defensores y difusores de su auctoritas. Tal atributo se encarna repetidamente en el libro. Por ejemplo, en Susana, el profeta Daniel, enviado por Dios, desempeña el papel de nuevo juez que condena la incapacidad legal de los jueces viejos. Entonces, y por el llamamiento del profeta, “todo el pueblo a una voz dieron muchos loores a Dios que salva los que en Él han esperanza. E levantáronse contra aquellos dos viejos” (p. 223). En otras palabras, la profecía de Daniel cimenta la resistencia popular contra la obsoleta judicatura. De este modo, mediante la alusión constante al libro de los Jueces, se subraya como causa raíz del buen gobierno el fomento la virtud de la justicia, así como la necesaria destitución de las autoridades injustas. Como auctoritas prototípica, la definición de Jesús y sus discípulos se presenta
62 principalmente en Ana, hija de Fanuel, el qual, visto luego ella por el Spíritu Santo, comenzó de fablar dél a todos los que esperavan la redención del pueblo de Ysrael, mostrando e predicando como aquel era el salvador, e rey, e mesías esperado por el pueblo e prometido por la ley e por los profetas (p. 234). Es decir que la mujer se encarga de predicar “aquel soberano fin de los bienes que es nuestro Señor Jesucristo” (p. 236), pues, al conocer y juzgar a Jesús, “cosa alguna non se puede desear, en el qual bien soberano los antiguos philósofos erraron” (p. 236): la honestidad para los filósofos estoicos, el deleite del cuerpo para los epicúreos, el uso de los primeros bienes de la natura para Carníades y la contemplación de la virtud para los peripatéticos no alcanzan completamente “al muy alto e soberano bien Rey de los Reyes, e Señor de los Señores, fin e complimiento de todos los bienes, que es nuestro Señor Dios” (p. 237). De acuerdo con la disertación sobre las filosofías respecto de “la bienaventuranza verdadera” del preámbulo segundo, sabemos que Luna desestima las filosofías epicúreas y admite solo parcialmente las teorías peripatéticas y estoicas, ya que la virtud y la contemplación de Dios son los objetivos idealmente fijados. De aquí se derivan tres factores: de entrada, “el uso de los primeros bienes de la natura” para “la contemplación de la virtud” (p. 236), principal propuesta ideológica del Libro; en segundo lugar, la revelación y la adoración del ser supremo, en este caso Jesús, salvador y mesías de la humanidad, papel análogo a la auctoritas temporal de Luna; y por último, Jesucristo representa al mismo tiempo el ideal encarnado por dichos principios, como el condestable en la Castilla de su tiempo. En este sentido, además de los valores soportados por las filosofías gentiles admisibles —virtudes estoicas como la piedad, la castidad o la obediencia—, se entrevé el fomento de una ideología renacentista por parte de Luna, como manifiestan su fe en la “natura”, el aprecio de la hermosura y el vigor del cuerpo humano, la justicia que engloba el protofeminismo, la libertad individual, la cultura clásica, la sabiduría humanística y el amor cortés. Estos conceptos y procesos no son meras sugerencias vagas, sino un verdadero campo abonado para el advenimiento de un gobernante filósofo y la implantación de un estado ideal, según propuso Platón28. En esta línea, 28 Valga como ejemplo la descripción del filósofo en La reina de Saba: “Platón, ombre quasi de toda deceplina muy enseñado, en tanto que ninguno non era pensado en la cibdad de Atenas ser más claro por gloria, nin más honrado por auctoridad, nin más aventajado por ingenio e prudencia, nin más florescido
63 Sócrates tiene un papel similar a Jesús, este último en cuanto nuncio del nuevo orden religioso y moral, pues con su luz divina impuso virtudes y atributos desusados, y finalmente sufrió la Pasión sin vacilaciones. Con el filósofo griego, por su incardinación en la civilización clásica, también se define una auctoritas de base humanística: Sócrates, vaso de la sabiduría de los ombres,... fue adelantado e sobrepujado en tanta firmeza de corazón, tanto que en el tiempo que falsamente él fue acusado de muerte ante aquellos juezes non demandó abogado que por él razonase ante los juezes, mas teniendo en la mano el vaso de la ponzoña dixo palabras tan santas por las quales non parescía que era traýdo a la muerte mas que se yva para el Cielo (p. 176). En definitiva, las motivaciones políticas e ideológicas como causas que justifican las actitudes de Luna y los argumentos del Libro están garantizadas en último término por “la ley y los profetas” (p. 234), por lo cual a lo largo de la obra se recurre a abundantes exempla de actores análogos que persiguen y predican el ideal propuesto, que el condestable se encargará de concretar en el reino de Castilla. 2.3.2 Modo29 “El locus a modo se llama también locus a ratione: indica el modo de llevarse a cabo la acción y, precisamente, tanto respecto a su ejecución externa como respecto a la disposición psíquica del autor; de ella se deriva la ejecución externa de la acción: Cic. Inv. I, 27, 41: En el modo se examina cómo se ha hecho una cosa y con qué intención” (Lausberg 1966: §390). En este sentido, en cuanto que tratado argumentativo, el modo del Libro de Luna tiene una base fundamentalmente retórica. El propio autor expone los objetivos y métodos oratorios en el ejemplo de Abigail, Teamites, la que moraba en Abela y Betsabé, en donde se promueve el principio de que la retórica ha sido y debería ser aprovechada por los fieles: en la manera de bien fablar, así que las cosas que eran de dezir, las podiese dezir famosa bastante devisadamente, éste, siguiendo la costumbre de Pitágoras, paresce que fue en Egipto e dende aprendió los muchos cuentos de la geumetría, e la guarda, e la razón de los cielos” (p. 197). En la analogía se alude a Platón como imagen del rey filósofo. Luna también se refiere a dos cónsules romanos con esta misma cualidad, todos ellos paralelos de Luna. 29 Vid. Cic. Inv. I 27, 41; Quint. IX, 4, 10-13; Lausberg (1966: §390); Azaustre & Casas (1997: 33).
64 ... non ay cosa más loada que la buena fabla si con ella se ayunta tener cerca della aquel modo que para lo tal es complidero, es a saber, considerar quién es aquel que fabla, e a quién, e cómo, e en que lugar, e tiempo, e la materia o cosa de la quál es aquella fabla. Las quales cosas acatadas e guardadas quando la fabla nos peca en ninguna destas cosas, puédese dezir della que non ay cosa más suave, nin más dulce, nin que más de buena voluntad los ombres quieran que oýr la tal fabla. Ésta es esperanza de los que están en necesidad e defensa de los que son en trabajo. Ca, ¿quál cosa ay más maravillosa nin de mayor precio que la tal eloquencia o fabla? Pues ella es poderosa de atraer las voluntades de los ombres, e fazer mansos e pagados a los que están sañosos e fuertes, levantar los afligidos e caydos, dar salud a los enfermos, librar de los peligros a los que son en prosecución, fazer de los enemigos amigos, e finalmente aquello que el sabio Salomón dize en los sus Proverbios: “La muerte e la vida es en poderío de la lengua etc.” (p. 214; cursiva mía). La oratoria, en consecuencia, es el mejor modo para persuadir acerca de ideas y comportamientos. En este ámbito, la “necesidad” es la razón contra la “que ningún poder puede impedir que realice su objetivo y a lo que nada podría cambiar ni limitar” (Cic. Inv. II, 57, 170). Así pues, la aplicación de la “necesidad” sanciona tanto la elección como el rechazo de los caudillos y gobernantes. Lógicamente, “los que son en trabajo” tendrían que ser el sostén de una empresa política e ideológica. Para persuadir a este grupo, Luna defiende un modo retórico dotado de suficiente flexibilidad en las argumentaciones, mediante un tono ser suave y dulce, si ello resulta apropiado para lograr adhesiones y reducir enemigas. Tal principio lo sostiene el condestable a través de los exempla de cinco protagonistas elocuentes, con hincapié en la autoridad del libro bíblico de los Reyes, en donde se narran sus casos. La primera mujer protegió a su marido de la persecución del rey con una postura “blanda” y razones “apuestas”. El valor de la segunda mujer radica en su calidad de consejera del monarca, siempre necesitado de esta clase de apoyo aun cuando “fuese propheta e rey e muy sabio varón” (p. 216), La tercera mujer, “con grande cordura y muy apuesta y ordenada manera de fablar”, convenció al caudillo con la razón y así logró librar la tierra de su tiranía, proceso en donde vislumbramos la aspiración política del propio Luna. La madre de Salomón, como cuarta mujer, rogó y suplicó al rey sobre el caso de la sucesión del trono, lo que incide expresamente la modelación de la auctoritas con la guía del buen consejo elocuente. En fin, la quinta mujer, franca, piadosa y limosnera, invitó al profeta a venir a su ciudad, y de paso obtuvo la bendición de Dios mediante la resurrección de su hijo. En este caso, la llamada al profeta
71 también de aplicación en otros ámbitos: el locus a simili y el locus a contrario” (Azaustre & Casas 1997: 36). En el Libro de Luna el locus a simili será un elemento fundamental de principio a fin de la obra. En primer lugar, las protagonistas son ejemplos de mujeres virtuosas en sentido protofeminista, ya que son iguales a los varones ilustres. En segundo lugar, los oficios, virtudes y hazañas de las protagonistas y de los varones ejemplares, por semejanza, revelarían las identidades de la auctoritas y de los fieles, el contenido del ideal en sus diversas facetas, y las estrategias que se tomarán para realizarlas. En tercer lugar, aprovechando los sentidos y trasfondos culturales de los títulos literarios y las sentencias citadas, Luna logra hacer suyas ideas similares acerca de sus proposiciones políticas e ideológicas. Dado que este tópico está implicado en procedimientos argumentativos y elocutivos, por no redundar en similares análisis, estudiaremos este concepto en el tratamiento de la argumentatio (apdo. 3.2.3) y la elocutio, en particular en torno a las nociones de exemplum y figura ejemplar (apdo. 4.1.2). 2.4. TÓPICOS TRADICIONALES DE COSA Los lugares tradicionales de cosa usados en la obra son los tópicos del exordio, lo indecible, la consolación, de espacio, de tiempo y de comparación. Estudiaremos sus aplicaciones en las diferentes partes del Libro, y también la ausencia de otros tópicos usuales, intentando verificar sus respectivas razones. 2.4.1 Tópica del exordio35 La tópica del exordio, que “está vinculado a la parte introductoria de la obra..., parte de la idea de explicar las razones que han movido al escritor a elaborar y ofrecer su obra” (Azaustre & Casas 1997: 48). Así, en el proemio del Libro de Luna se recurre al lugar “ofrezco cosas nunca dichas”, tópico que revela la causa implícita pero clave de la obra: ... porque salga en mayor luz la gloria de las virtudes de aquella, daremos 35 Sobre la tópica del exordio, vid. Curtius (1948: 131-136); Azaustre & Casas (1997: 48-56).
72 obra todo lo que se fallare derramado en diversos libros e tractados a esta materia tocante, con algunas emiendas, e correcciones, e otras cosas por nos añadidas auténticas e verdaderas en el siguiente libro sea todo juntado e acopilado” (pp. 140-141). Las “otras cosas” aludidas, que se presentan como adiciones originales del condestable, revelarán de manera especial las proposiciones políticas e ideológicas de Luna, que se declaran “auténticas e verdaderas”. Además, al cierre del preámbulo quinto, el autor busca amparo en la virgen María “porque ella como gloria e onor... esclarezca esta obra con su lumbre, e por ruego suyo sea esta obra defendida e librada del embidia de los malos con el gran favor de su muy clara magestad” (p. 157). Se advierten aquí los conceptos de la obra como consagración y, en particular, la invocación de la divinidad cristiana como socorro del literato, en sustitución de las Musas a quienes se confiaban los clásicos paganos. 2.4.2 Tópica de lo indecible36 Entre los tópicos de la creación literaria, se recurre con frecuencia a la tópica de lo indecible: “El autor, enfrentando al modo de expresar la magnitud de un hecho con palabras, recurre a menudo a la fórmula de afirmar lo inútil de tal presentación, por cuanto el lenguaje no puede plasmar en su justa medida las realidades inefables” (Azaustre & Casas 1997: 53). Dado que el Libro de Luna es una serie de semblanzas biográficas, la imposibilidad de cumplida representación verbal se predica generalmente de los personajes protagonistas y de Dios, es decir, como tópico de persona, que hemos estudiado ya en el apartado 2.2.6. 2.4.3 Tópica de la consolación37 En las secciones de exempla, se aplican con cierta frecuencia los tópicos de la consolación, que “están ligados originalmente al pésame” (Azaustre y Casas 1997: 57). Estos motivos se concretan en las maneras de afrontar la muerte, mediante ideas como “la muerte conduce al conocimiento de Dios” o “la muerte o Dios se lleva primero a los 36 Vid. Azaustre & Casas (1997: 48-57). 37 Vid. Curtius (1948: 123-126); Azaustre & Casas (1997: 57-59).
73 mejores”. En el contexto del Libro, Dios, como concepto definitorio de la auctoritas y el ideal, se entrecruza con la noción de bienaventuranza, otra faceta del ideal. Por aquí, se entiende que la muerte lleve a los protagonistas al conocimiento o alcanzamiento del ideal, ya que los personajes difuntos, si fueron buenos cristianos, alcazan a Dios, la bienaventuranza e incluso la compañía de los ángeles a costa de la muerte. Por ejemplo, en La madre de los siete hijos que hizo matar a Antíoco, la mujer consuela a su hijo en la circunstancia de un martirio inminente: “non quieras temer a este carnicero, mas que quieras rescibir la muerte seyendo compañero de tus hermanos porque con ellos seas recibido por Dios” (p. 226). Es decir que la madre como auctoritas impulsa al hijo (fiel) a morir por el ideal junto con sus hermanos (coadyuvantes). Las protagonistas del tercer libro, al morir cristianamente, alcanzan asimismo a Jesús, la bienaventuranza o la compaña angelical. En algunos casos, se pondera la entrega a la muerte como acto voluntario, según el atributo del mártir, que Luna propone como sumo ejemplo de virtud. Verbigracia, en Santa Inés, “ella, esposa e mártir, desta guisa dizen que se fue bolando para él, su luziente e fermoso esposo” (p. 463, cursiva mía), con el matiz subrayado añadido a su fuente, la Legenda aurea: “Así fue como murió Inés; así fue también como el esposo blanco y rubio se llevó consigo a su esposa, virgen y mártir” (Macías 1982: 118). Las siguientes consolaciones de nuestra obra parecen originales de Luna. Son los casos de Anastasia, que “ya devisada por corona de martirio avía bolado a aquella soberana bienandanza” (p. 468); Santa Marina, quien “al fin faziendo vida desta guisa se fue a aquella suave compañía de los ángeles” (p. 500); Margarita, que “así honrada por corona de martirio se fue a aquella gloria que mucho deseava” (p. 508); Marta, quien “pasó a aquella soberana bienandanza” (p. 519); Eugenia, que “boló con corona de martirio a la soberana bienandanza” (p. 523); Eufemia, quien “así muerta fuese a la soberana bienandanza” (p. 526); o Margarita , que “fue fallada sin tañimiento folgando con el Señor bienaventuradamente” (p. 529). Por su parte, santa Catalina ora a Jesús, a quien ofrece su servicio en el más alla cuando el hijo de Dios disponga: “que fiziere memoria de la mi pasión al salir del ánima o en qualquier nescesidad me llamare, que alcance efecto de acogimiento tuyo” (p. 542).
74 Menos habitual es el tópico de “La muerte o Dios se lleva primero a los mejores”, pero aflora en algunas ocasiones, como en el ejemplo de Las mujeres de los indios. Cierto es que las mugeres de los Indios como segund la costumbre de la tierra suelen ser casadas muchas mugeres con uno, muerto el marido vienen a juyzio e contienden a quál dellas ovo amado más ardientemente a fin que la que vencía, alegrándose con gozo e sus parientes levando alegre gesto, se ponía en los fuegos de su marido, e con él como muy bien andante era quemada, e las que eran vencidas, porque a ellas non avía acaescido tal gloria con lloro quedavan en la vida (p. 416). Tomando las mujeres de los indios como ejemplo, el autor intentaría alentar a los fieles, como “los mejores”, a morir al lado de la auctoritas, llegado ese caso. En líneas generales, aunque sin ser declarado expresamente, de los exempla del Libro de Luna se desprende que el objetivo de los tópicos de la consolación es sancionar la entrega a la auctoritas y al ideal encarnado por ella, en donde una vez más se observa la traslación del relato religioso al relato político. 2.4.4 Tópicos tradicionales de espacio38 El locus amoenus, como “modelo de descripción paisajística, se caracteriza por elementos canónicos como el prado con árboles frondosos, sol y sombra, suave brisa, proximidad de un arroyo y fuente, armónico cando de las aves… Tales elementos invitan al descanso y, con él, a las imaginaciones y cantos relacionados con el amor” (Azaustre & Casas 1997: 59). En las secciones de exempla del Libro de Luna, el locus amoenus se recrea con el referente del paraíso terrenal, en donde Dios creó a Eva, para revelar el privilegio de esta en cuanto madre de la humanidad: El suelo del qual lugar se amuestra ser muy placible por ser cubierto de muy alegre verdura, e departido por flores de muchos e fermosos colores, do riegan los campos olientes de toda suavidad aquellos cuatro ríos muy limpios, do aquel dicho segundo capítulo fase mención, los quales corren por sueno suave, onde juegan aves pintadas con canto de fermosa melodía en los ramos que se umillan abaxo, e las fojas suenan por movimiento del manso aire, onde los árboles estienden sus sombras relumbrantes por verdura espesa muy agradable (p. 164). 38 Vid. Azaustre & Casas (1997: 59-62). Sobre el locus amoenus, vid. Curtius (1948: 280-289); Azaustre & Casas (1997: 59-60). Sobre el locus eremus, vid. Curtius (1948: 139-142); Azaustre & Casas (1997: 60-61).
75 Por el contrario, el locus eremus “constituye el paraje opuesto al lugar ameno; las flores y el prado se convierten en arena y peñascos, y los ruiseñores en fieras; … también la nieve, el frío y los hielos pueden aparecer en su descripción” (Azaustre & Casas 1997: 60). En el Libro de Luna, mediante los elementos de locus eremus, el autor normalmente evoca los fracasos o penas políticas de los protagonistas. En efecto, al aludir a un paraje desolado, el autor no solo describe un espacio, sino que representa el lugar como reflejo de la triste situación de los personajes. Por ejemplo, en Yfisuratea, por su fidelidad y castidad (fiel), la mujer acompaña a su marido (auctoritas) a sufrir el castigo del destierro: ¡O maravillosa fortaleza que desechados todos los deleytes quiso sofrir los trabajos e peligros andando por los montes, e por las sierras, e por los valles padeciendo grandes fríos e calores la desnuda tierra e las cuevas de las bestias fieras le eran en lugar de tálamo! (p. 402). En Taramís, con estos mismos elementos se describe el duro castigo resultante de la justa ira de la protagonista al vengar la muerte de su primogénito y heredero (auctoritas): E diz que ella sabiendo los lugares e mostrando al cobdicioso seguidor entre los secos montes e espantables por nieve e por yelo, e allí lo encerró, e veyéndolo menguado de todas las cosas que avía menester, entre las espesuras e sierras de los montes, ella tornando quasi con toda la hueste lo derribó, e nin el mesmo Ciro escapó que por sangrienta muerte non fartase la saña de Taramís (p. 431). Pero, en sentido positivo, para demostrar la capacidad y la fortaleza de la auctoritas política, el locus eremus también permite caracterizar el dominio de la naturaleza más severa e indómita. De este modo, en Zenobia, De dende después que vino a aver mayor fuerza, osava abrazar los osos e esperar que viniesen contra ella los leones pardos, e tomarlos, e matarlos, e traerlos por robo suyo; e que sin pavor andava de unas sierras e roturas de montes en otras, e buscaba los pasages de las bestias fieras; e que acostumbrava dormir de día e de noche en lo abierto fuera de techado; e que soportava las aguas, e calores, e fríos con maravilloso sofrir (p. 447). La fortaleza de las vírgenes es ponderada de manera similar, como subrayado de su vigor e independencia. Por ejemplo, Diana “se apartó de la compañía de los ombres e
76 fazía su vida en el campo, e dávase a andar con arco y carcax, e la llamaron deesa de los montes” (p. 390), Y Camilla, que fue entregada por su padre al servicio de Diana, “como viniese en más rezia edad usava de los despojos de las bestias fieras, lanzava dardos, con los brazos, e dondas, e arcos tendía, e traýa carcaje e seguía a los vencidos corriendo e vencialos” (p. 428). Como sus reflejos, los fieles adeptos deberían compartir estos mismos atributos en el ámbito político, de acuerdo con el mensaje habitual del Libro de Luna. 2.4.5 Tópicos tradicionales de tiempo39 El ubi sunt? como tópico “se formula en la interrogación retórica sobre el paradero de las pasadas glorias y esplendores humanos, borrados por la acción de tiempo” (Azaustre & Casas 1997: 62). Pero en el Libro de Luna este principio brilla por su ausencia, pues, en el concepto del condestable, tiene un peso fundamental la idea de la fama, la vida eterna en la memoria de la posteridad, que se impone sobre la negatividad del ubi sunt?, un concepto inapropiado al mensaje de la obra. En contraste, sí se considera pertinente el contemptus mundi, “el menosprecio del mundo, ... actitud que despierta la fragilidad de los bienes terrenos, efímeros engaños ante el efecto destructor del tiempo. Dios, la virtud o el retiro reflexivo son algunos valores opuestos a la mundanal vanidad” (Azaustre & Casas 1997: 63). De este modo, Anfronia, injustamente desheredada por su madre (auctoritas), acata pacientemente la decisión, en lo cual la protagonista demuestra “ser onesta e muy clara por grandez de corazón, la qual así es avida e se muestra por menospreciar e tener en poco las cosas de fuera, que quiere decir los bienes e riquezas temporales” (p. 356). El caso de Anfronia, pues, permite a Luna destacar cómo incluso entre los gentiles se preludiaba la gracia cristiana, manifiesta aquí en el desapego de la riqueza mundanal. En Cornelia, Luna aprovecha para menoscabar estas riquezas temporales en cuanto que inferiores a “los saberes e artes liberales” y “el uso de las armas e de la caballería” (p. 314). De hecho, el autor propone la pobreza voluntaria y la compartición de bienes entre los “altos varones” y los “pobres de Cristo” para alcanzar su ideal político, que en este caso favorecería la reducción de presumibles conflictos sociales. 39 Vid. Azaustre & Casas (1997: 62-64). Sobre el ubi sunt?, vid. Azaustre & Casas (1997: 62-63. Sobre el contemptus mundi, vid. Curtius (1948: 181); Azaustre & Casas (1997: 63-64).
77 Pero hay un matiz muy importante. Aunque las riquezas puedan propiciarlas, en sentido estrico “la loor e bienaventuranza non es propiamente en las semejantes riquezas e joyas e arreos” (ibidem). Con todo, la riqueza lícita y bien empleada tiene recompensa temporal y espiritual, “ca por usar virtuosamente de las tales riquezas muchos merecieron en esta vida alcanzar muy grand fama e en la otra vida la vida perdurable” (p. 319). Se advierte aquí, por tanto, una clara autojustificación del ambicioso condestable. 2.4.6 Tópicos tradicionales de comparación40 En cuanto los tópicos de comparación, en los exempla del Libro destaca la aplicación del célebre lugar de “las armas y las letras”. Frente a los tópicos por mera analogía, este modelo representa otra posibilidad, “la que intenta determinar la superioridad de uno de los elementos” (Azaustre & Casas 1997: 68). Es muy interesante el hecho de que, en diferentes pasajes de la obra, las armas y las letras sean sopesadas de manera diversa, y puedan ser equiparadas plenamente o, por el contrario, dominen las unas sobre los otras, según los contextos. En el primer caso, cuando la perfecta conciliación se aplique al retrato de un personaje, nos hallaremos ante el tópico de sapientia et fortitudo, ya analizado como lugar tradicional de persona (apdo. 2.2.4). En Tanaquil, las armas y las letras son atributos paralelos, de modo que el hijo Servilio es perito en las artes liberales y en la caballería, sobresaliente en ambos terrenos. En la obra de Luna, el principio de base es la idea de que sabiduría y caballería son capacidades de la auctoritas ideal: Entonce el rey e la Reyna tomaron aquel mozo en lugar de fijo e fizieronle enseñar las artes liberales e otros saberes, por los quales muchas vezes acaece que los corazones de los ombres se mueven e despiertan a alcanzar grandes fechos. ... Non fue fallado ý ninguno de los mancebos romanos que por ninguna arte de caballería, nin de otros saberes, podiese ser ygualado a este mozo (p. 278). Como acabamos de ver, en Cornelia, “los saberes e artes liberales” y “el uso de las armas e de la caballería” (p. 314) se concilian a la par por oposición a las riquezas temporales. Dicho de otro modo, armas y letras, igualmente importantes, son medios 40 Vid. Azaustre & Casas (1997: 67-69). Sobre las armas y las letras, vid. Curtius (1948: 254-258); Azaustre & Casas (1997: 68-69).
78 para la consecución del ideal, cuyos respectivos resultados son “defender e amparar la tierra e conquistar los sus contrarios” y que “fuesen fechos más virtuosos e entendidos en todas cosas” (ibidem). Y en Taramís, reina de los Scitas se afirma cómo la fuerza militar requiere de la sapientia para ser verdaderamente eficaz: “Non diré solamente de ensalzar por alteza de coraçón con los muy triunfantes varones, mas por sabidoría, sin la qual poco valen las armas de fuera” (p. 431). Pero otras veces la balanza se inclina del lado de las armas, pues la fortitudo militar es cualidad esencial de la auctoritas. Por ejemplo, Virgineo es presentado principalmente como “cavallero de grand virtud así en la sabidoría de la cavallería” (p. 303). De manera análoga, en Minerva Belona, hija del segundo Júpiter se ensalza el valor de la caballería como baluarte de la república: mas contra todo lo sobredicho aprovechó a los romanos la sabidoría de la cavallería, en la qual fueron más puxantes que todas las otras gentes, ca su pensar principal fue siempre usar las armas, escoger el cavallero entendido e conoscer primero por las batallas que entre sí en los campos fazían todas las cosas que podían venir en la hueste o en la guerra contra los enemigos (p. 393). En otros contextos, en cambio, la sabiduría de las letras prevalece sobre la fuerza de las armas. Así, para amplificar este principio, en Venturia se cita y traduce una sentencia del Eclesiastés (9, 16), argumento de autoridad de gran peso: “Mejor es la sabiduría que la fortaleza” (p. 272). Como hemos estado comprobando, la “palabra”, la “sabiduría” y la “filosofía” son tres conceptos definitorios del ideal que Luna defiende en el Libro, por lo cual es lógico que también aflore esta prevalencia. En definitiva, el tópico de las armas y las letras se emplea de manera ambivalente en la obra de Luna, según las necesidades argumentativas de cada contexto. Así, en algunas ocasiones interesa equiparar ambas dimensiones como fuerzas confluentes en un mismo individuo preclaro. Pero otras veces, por la propia naturaleza del exemplum, si conviene ponderar bien las armas, bien las letras, se impone la improporción en el sentido apropiado al caso. 2.4.7 Tópica de la conclusión41 41 Sobre tópica de la conclusión, vid. Curtius (1948: 136-139); Azaustre & Casas (1997: 56-57).
79 “El motivo más natural para poner fin a un poema era en la Edad Media el cansancio. Escribir poesía era tarea fatigosa” (Curtius 1948: 137). En el epílogo del Libro, Luna cierra la obra, en efecto, acogiéndose a la justificación de la falta de tiempo y el cansancio: E, por ende, concluyendo la presente obra, así por las razones sobredichas, como por la ocupación de los grandes fechos, e de grand peso de aquestos reynos, de los quales nos sentimos el trabajo del principal cargo después de la real magestad, nos ocupan la mayor parte del tiempo: así en disponer las cosas pertenescientes al afanoso exercicio de la continua guerra que traemos, como en dar orden a la gobernación de la cosa pública, en lo qual non poco nos desvelamos por ser a nos encargada e encomendada por la real magestad. ... En tal manera que todas cosas privan el reposo, que para esto era nescesario tanto que muchas vezes nos acaesció dexar la pluma por tomar las armas sin que ninguna vez dexásemos las armas por tomar la pluma. Pues, quando cansado, e trabajado, e algunas vezes ferido, bolviésemos a la obra que comenzada dexávamos, ¿Cómo el ingenio nuestro se podría fallar atento? (pp. 550551). Pero, en sentido estricto, el cansancio no se debe tanto al oficio de escribir cuanto a la combinación alternante, por una parte, de literatura y, por otra, de gobierno y milicia en la vida de Luna, esta última esfera prioritaria en la declaración del condestable. Como complemento, para Vélez-Sainz (2009: 551), el autor también acude a la humilitas: “Luna cierra su libro con una característica disculpa por las faltas de éste. Es interesante que recurra al topos humilitatis de haber compuesto la obra con atención dividida”. Pero la humildad, como atributo del talante, no se refiere aquí a la falta de capacidad literaria, sino a las limitaciones derivadas de “la ocupación de los grandes fechos”. Por lo tanto, Luna no intentaría sencillamente despedirse de los lectores reclamando un merecido respiro, ni presentarse como figura modesta ante ellos, sino subrayar su condición de esforzada auctoritas política y militar, al tiempo que escritor de una obra seria y provechosa, eco de la idea inicial del proemio del Libro.
80
87 perspectiva sobre los capítulos de las tres secciones del Libro, se advierte en cada uno de ellos la tendencia a una dispositio constituida por exordio, núcleo (narratio y argumentantio) y conclusio, como estudiaremos en el apartado 3.3. Desde “Commo quiera que muchos otros exemplos...” (p. 543), los párrafos conclusivos del Libro carecen de un epígrafe introductorio explícito. Aunque hay diferencia entre los editores modernos a la hora de considerarlos como cierre el libro tercero —como defiende Vélez-Sainz (2009: 543)— o del conjunto de la obra —como piensa Pons (2008: 438)—, por su materia y argumentación es claro que Luna los ha concebido como conclusio de todo el Libro. Primero manifiesta que “callando traspasaremos” las vidas virtuosas de las mujeres contemporáneas y “de nuestra patria”, quienes provienen “de los estados mayor, e mediano, e menor” (p. 543). El concepto de “callar” es aplicado repetidamente en la obra, en las circunstancias de no querer descubrir todas “las maravillas que por voluntad de Dios se pueden fazer” (p. 506) o “las obras celestiales” (p. 515). La opción se justifica ahora, además de como antídoto de la sospecha de parcialidad, mediante la máxima “non loes a ninguno antes de su muerte”, pues “ombre bive muchos mudamientos pueden acaecer por él” (p. 544). Este principio se ilustraba en Casandra por “el robo al rey Agamenón”, que demuestra cómo “ninguno en aquesta vida non se deve dezir bienaventurado porque fasta la muerte él puede venir en grandes e desastrados trabajos de la fortuna” (p. 396). Sin embargo, bajo la excusa explícita, Luna acaso prefiera no revelar los nombres de los fieles más expresamente afectados por su ideal para su protección. En segundo lugar, “se concluye que en todos tiempos siempre se ovo nuestro Señor Dios mediante todo beneficio natural, e así mesmo toda gracia divinal larga e complidamente con la generación de las mujeres así como con los hombres” (p. 544). Esta idea enseña de nuevo el principio de trinidad social, pues bajo Dios, la gracia divina y la generación humana se proyectan la auctoritas, el ideal y los fieles temporales. Además, la excelencia de las mujeres preclaras es un hecho objetivo, que “por experiencia e vista de ojos se vee e demuestra, es a saber, la mucha bondad e onestad que avemos visto en las que fueron en nuestros tiempos ya desta vida pasadas, e sentimos e conoscemos en las presentes que oy son” (p. 544). De hecho, en el Libro
88 Luna recurre a menudo a la vista y la experiencia como prueba irrefutable de las ideas propuestas. Por añadidura, la comprobación empírica es sancionada no solo por el testimonio de “los auténticos autores de los gentiles”, sino principalmente por “la divinal escriptura e otrosí los santos doctores de la yglesia de Dios”. A partir de aquí solo cabe menospreciar los “dichos vanos e non verdaderos” (p. 545) de quienes han denigrado a las mujeres. Se denuncia así el peligro de no entender cabalmente a las autoridades, peligro contra el que, de forma sutil, Luna está previniendo respecto de la política de su tiempo. En su cuarto argumento, Luna aprovecha para ilustrar la relación ideal entre la auctoritas y los fieles. La mujer como madre (auctoritas) pare, sustenta y adoctrina a sus hijos (fieles), de modo que su figura debe igualarse a la del padre. Además, como esposa (fiel) acompaña al marido (auctoritas) por voluntad de Dios. Así, las madres en cuanto auctoritas son el sostén de la ideología y la política ideal, “sin las quales non avría generación en el mundo, nin la palabra divinal que es el fijo de Dios rescibiera carne, nin oviera Apóstoles, nin prophetas, nin mártires, nin los otros santos, e sabios, e varones muy altos e claros que las mujeres han concebido e parido” (p. 548). Tampoco existirían “los santos padres de la yglesia de Dios”, “los grandes emperadores”, “los reyes e grandes príncipes e señores” ni “los cavalleros” (ibidem). Todos estos conceptos son empleados en la obra para definir perifrásticamente la idea de auctoritas. Como consecuencia, sin las madres no existirán “la ley”, “la justicia”, ni “todas las otras buenas virtudes” (ibidem) como vías para alcanzar el ideal. Por ello, en cierta medida, las mujeres deberían ser entendidas como el propio ideal. En quinto lugar, Luna argumenta que la existencia de mujeres deshonestas no puede emplearse para condenar el género femenino, pue esto mismo ocurre entre los hombres, como demuestra el mal ejemplo del emperador Nerón (p. 549). Pero el propósito del Libro no ha sido denostar los vicios del linaje humano, sino demostrar cómo las virtudes son comunes a hombres y mujeres. En el fondo, todo este orden emana del principio cristiano de auctoritas, que de nuevo permite enunciar la tríada que completan el ideal y los fieles, según presentaba ya en el exordio el preámbulo tercero: Como el apóstol sant Paulo en la su Epístola embiada a la cibdad de Corintio, onde dize que “Nuestro Señor Jesucristo es cabeza de todo virtuoso varón e qu’el varón es cabeza de la muger”. E qu’el varón es ymagen e gloria de Dios e la muger es gloria de varón, por qu’el varón, es saber, el
89 primer ombre Adam, non fue fecho de muger, mas la muger es fecha e criada por el varón, pero qu’el varón non es sin la muger, nin la muger sin el varón en Dios; ca bien así como la muger fue tomada del varón e de su mesma carne, es a saber, de nuestro padre el primer ombre Adam, así el varón es de la muger e por ella; ca Adam non oviera fijos si non oviera muger, e concluye el apóstol en la dicha epístola que así el varón como la muger todos son en Dios e por Dios (p. 550). Al final de la peroratio del Libro, como en parte veíamos con relación a la tópica de la conclusión (apdo. 2.4.7), Luna reivindica su propio oficio y hazañas, para insinuar su coincidencia con la auctoritas espiritual y temporal: “Así en disponer las cosas pertenescientes al afanoso exercicio de la continua guerra que traemos, como en dar orden a la governación de la cosa pública, en lo qual non poco nos desvelamos por ser a nos encargada e encomendada por la real magestad” (p. 550). Mediante una interrogación retórica, Luna recalca su doble condición de autor literario y auctoritas política, con el fin de ganarse los afectos en el cierre del Libro: ¿Quién puede ser aquel de tan reposado ingenio, nin quien se sabrá así enseñorear de su entendimiento, que sabiamente pueda ministrar la pluma quando de la una parte los peligros demandan remedio e de la otra la yra codicia la venganza, e la justicia amonesta la execución, e el rigor enciende la batalla, e la cosa pública demanda la administración? (p. 551). Así, solicitando el apoyo de los lectores en la lucha contra los “rebeldes” (p. 550), es decir, contra los infantes de Aragón en la guerra civil castellana, proclama su condición de auctoritas. Este es el propósito último del Libro. 3.2 EL PROEMIO Y LOS PREÁMBULOS Según hemos adelantado, la dispositio retórica de exordio, núcleo argumentativo y conclusio, además de manifestarse en el conjunto del Libro, se proyecta asimismo sobre los dos primeros elementos estructurales tomados aisladamente. Como el proemio y los preámbulos juegan un papel clave para la interpretación de la obra, como punto de partida resulta imprescindible analizar minuciosamente la estructura de cada sección y su efecto, a fin de asegurar la claridad y pertinencia de nuestras conclusiones.
90 3.2.1 Exordio42 “El proemium es la realización ‘normal’ del exordium. Las fórmulas premiales de búsqueda que le son propias son: iudicem benevolum, docilem, attentum parare” (Lausberg 1966: §266). Antes de presentar la dispositio de estos capítulos, conviene sintetizar como referencia sus temas centrales: — En el preámbulo primero se revela la función decisiva de la natura en todas las cosas, que determina la necesidad de la justicia en la vida social. — El preámbulo segundo discute la idea de bienaventurança desde una perspectiva ética, y define los conceptos de vivir bien y venturosamente con las virtudes y la contemplación de Dios, así como las razones para perseguir la bienaventuranza. — En el preámbulo tercero se demuestra cómo el ideal de la bienaventuranza es accesible tanto a hombres como a mujeres, pues, frente al argumento misógino tradicional, la responsabilidad del pecado original fue conjunta entre Adán y Eva. — El preámbulo cuarto se ocupa de diversos pasajes bíblicos de censura femenina, pero se subraya cómo estas diatribas se dirigen contra mujeres “desordenadas” concretas, no contra el género femenino. — El preámbulo quinto establece la prevalencia de la virgen María, según se desprende de la autoridad “de los grandes philósophos e sabios” (p. 156), como primer y mayor ejemplo de las virtudes femeninas. Estos temas, con ideas antitradicionales y un móvil político aún entre líneas, obviamente no obtendrían el asenso inmediato de cualquier lector, e incluso podrían provocar la oposición desde sectores conservadores, y más aún entre sus rivales. Así pues, en una perspectiva retórica, las causas subyacentes de este discurso deben clasificarse como dudosas u oscuras, e incluso extraordinarias. En este genus obscurum o admirabile, el autor adopta el docilem parare y el benevolum parare para enunciar el asunto, defender la dignidad propia y vituperar a la parte contraria. Además de las ideas implícitas, pero esenciales, el tópico explícito del Libro es la defensa del protofeminismo. De este modo, el ánimo de los lectores de los preámbulos oscilaría 42 Vid. Cic. Inv. I, 15, 20; Quint. IV, 1, 1-79; Retórica a Herenio I, 3, 4; I, 4, 6; II, 1, 2; Lausberg (1966: §263-281); Azaustre & Casas (1997: 73).
91 entre captar lo honestum ‘honorable, venerable’ del discurso recto y su carácter oblicuo de anceps ‘de doble cara, ambiguo’, en una segunda lectura. En el primer nivel, si bien habría lectores que no se adherirían a las tesis protofeministas, al menos no evaluarían el Libro como audaz propuesta política, sin riesgo alguno para el autor. Solo el doble sentido oculto desvela los verdaderos propósitos de Luna: emplear el discurso en defensa de la mujer como excusa para su autopromoción política. Concentrémonos primeramente en el proemio. Como exordio de todo el libro, el principio de benevolum parare permite introducir amablemente al autor y su entorno, y aclarar las causas de la composición. De entrada, no se debe pasar por alto la pareja descripción de las identidades de Luna y del rey Juan II, que se dedican tanto a la “cavallería” como al “regimiento de la cosa pública e de la gobernación de la casa” (p. 137). Esta definición de Luna introduce como premisa la primera perífrasis usual en el libro: la definitio de la auctoritas del gobernante mediante una fórmula recurrente, que se empleará, por ejemplo, al describir a Virgineo en términos muy similares: “cavallero de grand virtud así en la sabidoría de la caballería como en las cosas pertenecientes al regimiento de la casa e de la familia” (pp. 303-304). Una hábil estrategia es la inclusión del propio rey en esta noción: por un lado, Luna puede aprovechar la legitimidad del monarca para acusar a sus enemigos políticos; por otro, evita que su causa sea puesta en duda. Además, el proemio proclama la razón del condestable para componer una “gran obra”, a pesar de que, debido a las grandes responsabilidades de gobierno del rey y él mismo, le falta “el mayor ocio e reposo” (p. 138) para afrontarla; pero “las claras vidas de muchas virtuosas mujeres” lo merecen, para que sus casos no “fuesen callados e enterrados en las escuras tiniebras del olvidança” (ibidem). Este planteamiento se corresponde con la estrategia ab nostra persona, para “llamar la atención sobre el hecho de que se ha encargado de la causa por motivos morales de peso” (Lausberg 1966: §250). De este modo, los discursos del libro tienen, en primera instancia, la intención de docere antes que delectare, y esto a pesar de las hipótesis que ponderan su función de entretenimiento en el contexto del ocio palaciego, para fundamentar la “alegría cortesana” en el marco del “surgimiento de la ficción sentimental”, como quiere Gómez Redondo (2002: 3222-3224). A nuestro juicio, este es un interés solo complementario. Además, la cobertura de relatos de materia clásica, fundamental en la segunda sección
92 del Libro, puede vincularse con el humanismo, aquí ya no como mero aditamento cortés, sino como refuerzo ético de la moral cristiana. Según el docilem parare, en cuanto manifestación de la captatio benevolentiae, el proemio presenta el estado de la cuestión, el móvil de la composición y el plan que se seguirá. Luna apunta cómo los autores previos aplicados al inventario y elogio de los comportamientos virtuosos, incluso Petrarca, precursor del humanismo, a menudo obviaron “la memoria de las virtuosas mujeres e sus claros fechos” (p. 140). La excepción fue Boccaccio. En particular, con respecto a su propia labor, “este trabajo” y “este cuidado” designan el propósito de “registrar a las mujeres virtuosas”, todo esto en el dominio más amplio de “nuestros trabajos” y “nuestros cuidados”, que se refieren a las obligaciones de gobierno del condestable: “... estas causas nos fizieron que este trabajo oviese lugar entre nuestros trabajos e este cuydado fuesse otro de nuestros cuydados” (p. 140). El objetivo último, al menos en una primera lectura, sería que “salga en mayor luz la gloria de las virtudes de aquellas” (ibidem). Para lograrlo, el método consistirá en compilar “todo lo que se fallare derramado en diversos libros e tractados a esta materia tocante, con algunas emiendas, e correcciones, e otras cosas por nos añadidas auténticas e verdaderas en el siguiente libro sea todo juntado e acopilado” (p. 141). Pero este material se criba mediante “emiendas” y “correcciones”, con suma de otras “cosas auténticas e verdaderas”, procesos que subrayan la novedad del Libro. En el fondo, la selección de viejos materiales y la adición de otros actúan al servicio de las intenciones políticas e ideológicas de Luna, que una segunda lectura de la obra revelará. Al final del proemio, para el docilem parare, el autor anticipa a los lectores los métodos de argumentación de que se valdrá: E para que la gloria de las virtuosas mujeres resplandezca e la su honra vaya más cresciendo, non solamente será menester mostrarlo por enxemplos e vidas de las pasadas, mas provarlo por razones así de la santa Escriptura como naturales que por ellas fagan e contra aquellos que siniestras cosas contra ellas non se avergüenzan nin dubdan de dezir, las quales pruebas, e autoridades, e razones en cinco preámbulos o departimientos que aquí fazemos antes que a vidas e obras virtuosas suyas vengamos claramente serán denostadas (p. 141). Es decir que la forma argumentativa en los cinco preámbulos estará basada en pruebas, autoridades y razones (ratiocinatio). Por esta vía, para reivindicar estas figuras femeninas virtuosas, no bastan sus exempla, pues estos deben complementarse con las
93 demás pruebas argumentativas, en especial el argumento de autoridad emanado de la Biblia. Por lo que respecta a los preámbulos, en el exordio del preámbulo primero, para el docilem parare, Luna presenta antes que nada el móvil del libro, que es determinar las virtudes de las mujeres por las que son esclarecidas. Luego, mediante el argumento ab adversariorum persona, vitupera las opiniones adversas. Para reafirmar el docilem parare, el autor asegura la brevedad del discurso: el Libro presentará “lo que baste”, con palabras que “non se desagan de la materia de que fablamos”, ya que “en todas las cosas egualmente non se requiere una forma o manera de probar, mas cada una cosa demanda, e requiere quanto e aquello que la natura e la cualidat desa mesma cosa demanda e que es perteneciente para la rescibir” (p. 142). De este modo se subraya también que la materia condiciona la forma retórica, lo cual fundamenta el carácter decisivo y fundamental de la natura de la cosa o esencia inventiva del discurso. A esto se referían las “cosas auténticas e verdaderas” aludidas en el proemio, y las numerosas cosas referidas a lo largo del Libro, en frecuentes expresiones del tipo “en las cosas pertenecientes al regimiento de la casa e de la familia” (p. 303). Para una captatio benevolentiae eficaz, tanto la natura como las cosas requieren la aclaración de lo obscurum. De este modo, primero se expone brevemente la idea de “lo que a este fecho de las mujeres pertenesce”, y después “más largamente e por exemplos de las cosas ya acaecidas, por las cuales la obra sería fecha más abierta e clara a todos” (p. 142). El preámbulo segundo empieza por elogiar a los “ombres letrados” (p. 145), cuya autoridad permite “poder confirmar las cosas por mí dichas” (ab iudicum persona), así como vituperar al “pueblo común e rudo” porque no suele ser guiado “por derecho juicio de razón” (ab adversariorum persona). Con el argumento a causa, en principio Luna fomenta “las cosas por mí dichas”, en alusión a las propuestas del preámbulo primero. Sin embargo, la auténtica causa de este nuevo preámbulo será definir la bienaventuranza desde una perspectiva filosófica y ética mediante la autoridad del De la consolación de Filosofía de Boecio (p. 146). Una vez asentadas todas estas ideas, los demás preámbulos tienen un carácter complementario. En el tercer preámbulo la idea central es “excusar a las mujeres e muestre non ser de tachar nin culpar más que los hombres, para lo qual es de tomar por fundamento el criamiento del hombre e de la muger” (p. 149). El preámbulo cuarto, en
94 cuanto examen de historias bíblicas, constituye ya una narratio. Por último, el preámbulo quinto, al presentar a la virgen María como suprema figura ejemplar de la virtud femenina, desempeña la función de invocación de la divinidad y consagración de la obra, otra dimensión del docilem parare. En conclusión, mediante el proemio y los preámbulos, que constituyen un exordio en el sentido más preciso del término, Luna pretende exponer clara y brevemente el asunto central del Libro, plantear el plan de la obra, y captar el favor de los lectores, así como vituperar a la parte contraria. Son estos, en suma, los elementos canónicos del prólogo retórico. 3.2.2 Narratio La narratio en los preámbulos evoca “la descripción o exposición parcial del estado de la causa ante el tribunal” (Lausberg 1966: §290). Como el autor defiende la causa explícita del protofeminismo, y también la causa implícita de sus propuestas políticas e ideológicas, en la narratio conviene acudir a figuras retóricas como la perífrasis, la definitio y el argumento de autoridad, para alcanzarse la causa probabilis de unas tesis fidedignas. La narratio del preámbulo primero se caracteriza por la brevedad: “Digo que los vicios, que quiere dezir errores o menguas, por los quales el pueblo movible presume querer amenguar las mujeres, o diremos que ellas los han por costumbre o por natura” (p. 142). Con tal arranque se busca la función de docilem parare de la narratio. La volubilidad es una acusación constante contra las mujeres, pero en este caso se puntualiza cómo este defecto también caracteriza al pueblo en general, insinuándose la igualdad de mujeres y hombres al respecto. A la vez, se exponen los probables factores decisivos que engendran los vicios, la costumbre y la natura, lo cual permite la discusión de sus efectos en la argumentatio. En el segundo preámbulo, Luna acude a la opinio de los filósofos para presentar su propia causa, que ahora busca definir la idea de bienaventuranza. Sobre este complicado concepto aplica la partitio. Primero cita la sentencia del filósofo Boecio como autoridad, según quien aquella consiste en la contemplación de Dios. A continuación, admite las reflexiones de los filósofos estoicos y peripatéticos, pero
95 reniega de los epicúreos. Entre los primeros, aplica una nueva partitio para distinguir las propositiones sobre la noción por parte Cicerón y Aristóteles, debido a que “las opiniones de aquestos philósophos son entre sí non concordables” (p. 146). A fin de realizar la causa implícita, el autor recurre al argumento de autoridad y la definitio. Según la autoridad de Cicerón en su libro De la natura de los dioses, la virtud radica “en la sola virtud” (ibidem). Pero acude también a las Éticas de Aristóteles, en donde este explica cómo las costumbres rectas proceden de la contemplación a Dios. Así pues, la propuesta de Luna sería una combinación de ambas tesis: la bienaventuranza procura una vida venturosa si se toma como guía la virtud y la contemplación de la suma auctoritas, manifiesta en la relación de los ángeles y Dios. Esta proposición será argumentada por la inductio siguiente. En el preámbulo tercero, se recurre a la Epístola primera embiada a los de una cibdat llamada por nombre Corintio (p. 152), es decir, una de las cartas de san Pablo. Con la descripción del espacio en que floreció la civilización griega se nos muestra el ideal, según Luna, que enlaza con algunos de sus planteamientos protorrenacentistas políticos e ideológicos. En tal trasfondo civilizado se define por primera vez la relación entre el hombre, la mujer y su vínculo ideal: “el varón es ymagen e gloria de Dios e la muger es gloria del varón, el qual non es sin la muger nin la muger sin él, porque así como la muger es del varón, así el varón es por la muger, e que el varón e la muger todos son por Dios e en Dios” (p. 150). Este principio, semánticamente, será fundamental para cumplir la causa de aclarar la tríada de la auctoritas, sus fieles y el ideal social: en las civilizaciones más avanzadas, la auctoritas corresponde a la ideología perfecta, y los súbditos fieles siguen y sostienen esta auctoritas. La una existe para los otros, y ambos inseparablemente tienen su sentido desde la ideología que representan. Al mismo tiempo, se propone que, aunque el hombre (auctoritas) sea superior a la mujer (fiel), en cuanto a la virtud y al fin para el cual son criados, mediante la guía de la bienaventuranza, varones y féminas son iguales. En otras palabras, los fieles se atienen a las mismas virtudes —por contribuir a la realización de la empresa— e ideales que la auctoritas. En el preámbulo cuarto, de entrada se recrea la opinio del rey Salomón y de otras autoridades, para matizar que sus vituperios no se dirigen contra género femenino, sino contra las mujeres desordenadas, pero también apuntan a los hombres
96 “desordenados e menguados de virtudes” (p. 152). Y así se llega a las propositiones: primeramente, las censuras pretenden adoctrinar a todos, hombres y mujeres, para que alcancen las virtudes (el ideal); en segundo lugar, deberían distinguirse los buenos de los malos. La narratio del preámbulo quinto tiene por tesis central la opinio de Cicerón, para quien la fama es el resultado de los “grandes merecimientos” (p. 156). Desde aquí, la advocación de la virgen María es la mayor garantía de triunfo en el camino de la virtud. En conclusión, en la narratio de los cinco preámbulos el autor logra expresar la causa general de sección, desarrollada en los capítulos siguientes. De hecho, la narratio y la argumentatio están ya entremezcladas, puesto que las tesis propuestas se apoyan mucho en recursos argumentativos tales como las sentencias y los argumentos de autoridad. 3.2.3 Argumentatio Según señalaba Lausberg (1966: §355), algunos teóricos (desde Ar. rhet. 1, 2) establecen una amplia agrupación de las probationes artificales poniendo como base la tripartición de “orador, oyentes, asunto”. Conforme a esto las probationes pueden lograrse: 1) por el carácter fidedigno del orador (“pruebas éticas”); 2) por la moción de las pasiones de los oyentes (“pruebas patéticas”); 3) por la consecuencia lógica de la exposición del asunto mismo (“pruebas reales”). Teniendo en cuenta esta teoría, al estudiar la obra de Luna advertimos que el autor ha aplicado las tres clases de pruebas en la argumentación; así, las virtudes inherentes al adoctrinador (pruebas éticas), los sacrificios de las santas en el seguimiento del Señor (pruebas patéticas) y las pruebas lógicas sobre los temas (pruebas reales). Dos de estos subtipos han sido empleados en los preámbulos, las pruebas éticas y las pruebas reales. Las primeras se manifiestan, por ejemplo, en las alusiones a la Ética de Aristóteles y la virtud. En cuanto a las pruebas reales, que “se clasifican en tres clases: signa, argumenta, exempla” (Lausberg 1966: §357), en la parte del Libro se concretan en argumenta (ratiocinatio) y exempla (inductio y auctoritas). Esta hipótesis difiere del criterio de Pons Rodríguez (2002: 284), quien considera que en los
103 Luna pretender instar a la aristocracia (altos varones) a unirse y organizarse para luchar por el ideal mediante el apoyo político a la auctoritas, igual que los libros primero y segundo promovían la castidad y fidelidad al marido o la piedad hacia el padre. El exordio también se suele ocupar de las virtudes de la protagonista, como en el caso de Débora: Ésta fue muger de un ombre llamado Lapidoc, la qual non dudo que sea de anteponer a los varones muy nobles de la sabidoría quasi divinal, de los quales e de la justicia muy clara nos solemos maravillar tanto que como yo conmigo lo pienso quanto resplandor de las muy excelentes virtudes en ella aya seýdo, porque tanto esclareció en su tiempo más que otros por grandeza de consejo e por justicia —la qual es una virtud señora de todas, e reyna de las virtudes— que acerca del pueblo de Ysrael con razón tovo la alteza del juzgado (p. 189). Se ponderan aquí como cualidades importantes la sabiduría, la capacidad profética y la justicia, para “servir de mediador entre el grado de inteligencia del público y la complejidad del asunto en su relación con el público” (Lausberg 1966: §272). Este es un capítulo crucial en donde se determinan las virtudes de la auctoritas. De este modo, para proponer el ideal de justicia, se toma Jueces como argumento de autoridad. La protagonista en la guerra actuó como consejera con sapiencia y don de profecía. El autor define aquí su concepto de sabiduría, que engloba conocimientos físicos y metafísicos según el concepto de Aristóteles. Además, Luna define lo que predicará con pretensión de profecía, el ideal o Providencia de Dios, que son contrarios a la Fortuna: E como ellos contemplasen el acatamiento de aquestas cosas, por él se mostraba asaz non ser aquellas cosas por acaescimiento de fortuna mas entendían ser alguna cosa, la qual fuese antepuesta e más alta, e a la qual obedescen tantos movimientos, e tantos rodeos, e las ordenes de tantas e tan muchas cosas, en las quales la vejez sin medida nunca ha mentido. Por lo qual se concluye que ser cosa necesaria ser gobernados tantos movimientos de natura por alguna cosa muy perfecta e complida, el qual es Dios (p. 192). Acto seguido, se declara que la razón del loor no solo es “por nobleza de linage, mas por costumbres muy loables e por muy onesto enseñamientos” (p. 193), esto es, por sabiduría, según los propios caracteres del condestable. Y se reprende la difamación de los varones sabios y principales, de nuevo como Luna: E esto [afear] non solamente ha lugar en las mujeres, mas eso mesmo en los varones, e non solo en los simples mas en los sabios, e non solo en los menores mas en los mayores, lo qual non ha menester provanza, porque
104 de suyo está provado (p. 193). Al final del capítulo se rememora el exemplum de Cipión y Catón , del que se induce la continencia de Luna, pese a no ser una virtud expresa de Débora. Así, Luna revela las cualidades de la auctoritas coincidentes con su propia imagen: la sabiduría, la justicia, el espíritu de profecía y la continencia. Salvo esta última, el autor enuncia las tres virtudes en el exordio para manifestar su propuesta implícita. Lo mismo sucede en muchos otros capítulos, como por ejemplo Ester o Abigail, Teamites la que moraba en Abela, y Bersabé. Para attentum parare al lector, se justifican las causas de la composición de la obra y su importancia. Según señala Lausberg (1966: §270), “si el asunto reviste a los ojos del público un carácter intranscendente, entonces hay que echar mano de un golpe efectista que despierte su atención. Este efecto llamativo consiste en la afirmación de que el objeto que se va a tratar entraña una importancia extraordinaria”. Por esta razón, en Lucrecia precisa Luna mediante lo indecible cómo, “queriendo yo inclinar mi voluntad para escrivir de la noble Lucrecia, la qual es muy fermoso enxemplo de las muy castas fembras, fallé tan largos e tan abondosos merescimientos de las virtudes della, que non me pienso complidamente poder bastar de las recontar” (pp. 243-244). Y en el capítulo posterior, dedicado a Coclia, como complemento del caso previo, el exordio recalca que “tanto e tan grande es el merescimiento de Lucrecia que bien podiera yo alargar la escriptura e ocupar todo este libro recontando la grandeza de sus loanzas” (p. 257), lo que abunda en la castidad como virtud extraordinariamente importante. De manera análoga, en muchos exordios, para llamar la atención sobre la materia, se subraya la interrelación de los temas mediante el elogio de la preclara virtud de las protagonistas de capítulos sucesivos. En los exordios se adoptan también las dos fórmulas del benevolum parare: el ab nostra persona y el ab adversariorum persona. En algunos casos, el autor “ha de alabar a su cliente como honrado y presentarlo como perseguido injustamente por la poderosa parte contraria” (Lausberg 1966: §275). Así, por ejemplo, Susana es descrita como “fermosa, fijadalgo e bien criada”, mientras que quienes la apremian son los dos viejos, de los quales —segund recuenta la ystoria— se puede bien dezir aquella palabra que Dios ha dicho que la maldad salió de Bavillonia de viejos juezes della, por quanto estos, non embargante que de fuera se
105 mostravan ser buenos e que rigían el pueblo, pero ello non era así verdaderamente segund sus malas obras” (p. 220). Otra buena muestra es el exordio de Santa Ágata, que se aplica al “vituperio de la parte contraria y a quitarle la simpatía de parte del público” (Lausberg 1966: §276): Después de Paula, por maravilla santidad acatable, me viene a la voluntad Ágata Catania, fermosa de gesto e de hedad entera, la qual, como con pura intención e voluntad honrase a Dios, fue en infinitas maneras tentada por Quinciniano que, segund pienso, gobernaba a Secilia por el imperio romano, ombre nascido en baxo linage, luxurioso e ydólatra, e encendido en arrebatada avaricia para poder con ella cumplir su voluntad e ocupar sus muy grandes riquezas (p. 475). En líneas generales, estas fórmulas se aprovechan principalmente en el tercer libro para marcar la persecución de los desposados y adelantados, trasuntos de los engañosos enemigos de Luna, sobre las vírgenes, esto es, los súbditos leales a la empresa política e ideológica. 3.3.2 Narratio La narratio es una parte de peso en los tres libros de la obra, por exponer la causa y contribuir al fin de docere. El autor ha “expuesto los hechos y presentado todos los aspectos que le son favorables para obtener la victoria” (Her. I, 8, 12). En efecto, con el fin de hacer propuestas políticas e ideológicas a los lectores como causa de la obra, el efecto de las historias de las protagonistas se logra mediante el exemplum. No obstante, dado que el Libro tiene la forma de recopilación de biografías, el autor tiene que establecer sus puntos de vista sobre la base de las historias de las mujeres. Por tanto, conviene catalogar como narratio tanto los relatos sobre los protagonistas como los enjuiciamientos del autor. Tales juicios suelen marcarse mediante apóstrofes y exclamaciones, con fórmulas recurrentes como “¡O mujer muy notable e de grand corazón!” o “¡O grandeza corazón de aquesta muger!”. Además, con el propósito de persuadere, en la narración también se aplican técnicas de argumentación como la figura ejemplar, el argumento de autoridad y las sentencias. Al estudiar la narratio, conviene evaluar las cualidades retóricas más esperables —la brevitas, al lado de una exposición aperta y probabilis—, porque las estrategias
106 oratorias de Luna no siempre son afines a estos principios. Por un lado, a pesar del peligro del vitium de la obscuritas, el autor tiende a definir de forma perifrástica las claves de su sistema teórico. Casi todos los conceptos referidos a las causas políticas e ideológicas son tratados así; y entre estos, el primer ejemplo es la bienaventuranza, cuyo ornatus analizaremos en la parte de la elocutio. Esto limita inevitablemente la declaración aperta de la narratio; sin embargo, en cierta medida es algo necesario para Luna, porque la exposición directa podría provocar el rechazo de los desafectos a su ideología. Por otro lado, aunque esta estrategia atenta contra la brevitas, los circunloquios y repeticiones de los conceptos y títulos de obras de autoridades deben considerarse como virtutes por revelar las causas del autor. En el Libro, la narratio probabilis se concreta en las historias y las directrices de pensamiento. Pese a su intención de conferir credibilidad de la narratio (“las palabras no se desagan de la materia de que fablamos”, p. 142), el autor suele recrear sus fuentes con cierta libertad. Esto se debe a sus metas de docere y persuadere de unas propuestas particulares, lo cual resulta patente en especial en la modificación descriptiva de las identidades de algunos personajes, de los juicios sobre el caso y de las sentencias de las autoridades. Por “el propósito de superar el modelo” (Lausberg 1966: §1144), en la estimativa de Luna tales imitaciones libres se verifican en las “emiendas e correcciones, e otras cosas por nos añadidas auténticas e verdaderas” (p. 141). Un objetivo de la recreación matizada de la personalidad de los protagonistas es hacerla concordar con el modelo del propio Luna, quien se proyecta con estas mismas cualidades, como ocurre con los atributos de dedicación a la caballería y el gobierno, la clarividencia o el afán de sabiduría, entre los más importantes. Por ejemplo, el ideal de caballería no es un concepto propio de la Antigüedad ni la época protocristiana; sin embargo, Luna siempre lo aplica en la descripción de los militares, cualquiera que sea su tiempo. Así, en Tanaquil se indica que Servio fue instruido en las artes liberales y la caballería, anacronismo que no coincide con su fuente (Vélez-Sainz 2009: 278, nota 344). Y al aludir a Platón, en La reina de Saba, lo describe como ombre quasi de toda deceplina muy enseñado, en tanto que ninguno no era pensado en la cibdad de Atenas ser más claro por gloria, nin más honrado por auctoridad, nin más aventajado por ingenio e prudencia, nin más florecido en la manera de bien fablar (p. 197). Con tales cualidades, Platón encarna la auctoritas ideal (rey filósofo), ya que ofrecería
107 una imagen con atributos combinados de Jesús, César, Sócrates y Cicerón, otras figuras ejemplares de la autoridad. Las propuestas ideológicas son asimismo adaptadas respecto de las fuentes. Por ejemplo, en Quinta Claudia, Luna enjuicia que ciertamente maravillosa es la condición de la virtud, que non solo a los dioses inmortales faze que sean benignos a nos, mas antes muchas vezes pone su fuerza que nuestras plegarias sean oýdas piadosamente, por lo qual devemos bevir onesta e santamente, aunque cerca de la gente non seamos tenidos en reputación de buenos, ca seyendo testigo Dios de nuestra ynocencia nos abasta asaz, e puesto que nuestra vida non la loe alguno, bivamos bien e bienaventuradamente (p. 345). Sin embargo, en el De claris mulieribus de Boccaccio, el modelo aquí, el planteamiento era levemente distinto: Sanctamente devemos tractar las cosas y sanctamente es de vivir, mas aunque seamos juzgados no buenos, no sin bien nuestro lo sufre Dios y consiente. Ca Él quiere que nuestra paciencia se confirme y la sobervia se quite y vaya fuera, y se exercite la virtud y que nos alegremos con nosotros mismos y mientra conosce ser los otros indignos. Asaz es para nosotros, y mucho y más de mucho, tomando a Dios por testigo si vivimos bien. Y por tanto, si los hombres no tienen buena opinión de nosotros, quando fizieremos bien no curemos de ello, y quando mal fizieremos, con todas nuestras fuerzas devemos instar y trabajar que nos emendemos, porque antes dexemos por falsos a aquellos que tienen de nosotros mala opinión que seamos nosotros los que mal obran (fol. 80v). La versión de Luna nos advierte de que uno tiene la responsabilidad de inocencia ante Dios, mientras que importa menos la buena reputación ante los demás. Difiere un tanto de la versión de Boccaccio, de la que nuestro autor elimina la sugerencia “quando mal fizieremos”. El matiz es importante, pues contribuye a idealizar la propia figura del condestable. En la obra de Luna la relación entre Dios y “nosotros” es imagen de la relación entre la auctoritas y los partidarios leales, metafóricamente coincidente con el comportamiento que fomenta san Jerónimo en Contra Joviniano: la castidad. Además, de acuerdo con el capítulo de Valerio Máximo De aquellos que fueron absueltos de las infamias que les eran levantadas, Luna intenta persuadir a los súbditos reacios a afrontar los posibles juicios adversos por defender a una auctoritas como Luna, para consagrarse con la garantía de Dios “obre y haga muchos milagros mediante los santos hombres” (p. 346).
108 Con más frecuencia aún, las sentencias se acomodan a los intereses del autor. Por ejemplo, en Sara se reescribe la amonestación de Isaías: “Parad mientes a Abraham vuestro padre e a Sarra vuestra madre, etc.” (p. 168). Por bendición de Dios, esta mujer ha podido tener un hijo a la edad de noventa años, de manera que una de sus identidades es alumbrar un hijo profético. Desde aquí, la relación entre madre e hijo sería el concepto de base en la relación entre la auctoritas y los fieles. En la sentencia adaptada se hace hincapié en esta circunstancia mediante la incidencia en la palabra madre, que no figura en este punto de la fuente (Isaías 51, 2)43. Y algo similar sucede en la descripción de santa María: “Toda fermosa eres e manzilla en ti non se falla, tú de fija fecha madre” (p. 161). En efecto, la fuente, ahora el Cantar de los cantares (4, 7), tampoco presenta el correlato de la expresión “de fija fecha madre”44. En Avia se recrean las palabras de san Pablo: El apóstol sant Pablo muy notablemente escribe en la su Primera epístola embiada a los Corintios en el capítulo siete, donde dize: “la muger después que muerte el marido, más bienaventurada será si non casare e guardare castidad, que non sy casare, porque la bibda piensa en aquellas cosas que son de Dios etc.” (p. 301). Con respecto al texto bíblico (1 Corintios 7, 39-40) 45, aquí el discurso de Luna se inserta en un contexto distinto: la imagen de la castidad de la mujer tiene el fin de contribuir a la realización del ideal sociopolítico, pues lo que interesa es postular la defensa de un modelo que debe perpetuarse al margen de quien represente la auctoritas en cada momento. 43 “Attendite ad Abraham, patrem vestrum, et ad Saram, quae peperit vos, quia unum vocavi eum, et benedixi ei, et multiplicavi eum” [‘Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo lo llamé, y lo bendije y lo multipliqué] (Isaías 51, 2). 44 “Tota pulchra est, amica mea, et macula non est in te” [‘Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha’] (Cantar de los Cantares 4, 7). 45 “Mulier alligata est legi quanto tempore vir eius vivit, quod si dormierit vir eius, liberata est: cui vult nubat, tantum in Domino. Beatior autem erit si sic permanserit secundum meum consilium: puto autem quod et ego Spiritum Dei habeam” [‘La mujer está ligada por todo el tiempo de vida de su marido; mas una vez que fallece el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero en el Señor. Más feliz será si permanece así, conforme a mi consejo, pues también creo tener yo el espíritu de Dios’] (1 Corintios 7, 39-40). En contraste, en Romanos 7, 2-5, la forma de argumentación es la inductio dissimile, mediante la comparación expresa de la fe en Jesucristo con la relación entre mujer y marido: “Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras este vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido. Así que, si en vida del marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que si se uniere a otro marido, no será adúltera. Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte”.
109 En algunos casos incluso se acomoda el discurso directo de los protagonistas, como ocurre en La madre de los siete hijos que hizo matar Antíoco, en donde se modifica el alcance de la alocución de la mujer a su hijo menor: “e non quieres temer a este carnicero, mas que quieras rescibir la muerte seyendo compañero de tus hermanos porque con ellos seas recibido por Dios” (p. 226). A partir de 2 Macabeos 7, 2946, Luna anima a unirse (compañeros y hermanos) para luchar juntos contra el enemigo (carnicero) por el ideal, de manera que sitúa la directriz de la fuente en su propia órbita ideológica. En este sentido, consideramos que, por medio de la adaptación de los modelos, una gran parte de las sentencias acomodadas más que pruebas argumentativas son muestras de opinio y, así, proposiciones que pertenecen a la narratio. En todo caso, Luna ha reajustado estos materiales para alcanzar su fin discursivo. Además, pese a que la obra es una recopilación de biografías, hay capítulos en que no se presenta la historia de la protagonista, sino que solo se menciona brevemente la cualidad del personaje y luego empiezan directamente los comentarios. Por ejemplo, en Bilia se pondera solo la virtud de la protagonista, que es la castidad; y en Terencia se introduce la mujer por el precio de su marido, Cicerón. En estos casos, la abreviación de la historia prueba que el alarde de erudición y la evocación de materias antiguas no son los únicos móviles del Libro, puesto que Luna tiene otros propósitos. De este modo, en Bilia el autor trata de enunciar el modo más adecuado de afrontar la empresa, basándose en la filosofía natural, bajo el argumento de autoridad de las Naturales quaestiones; y en Terencia el objetivo del capítulo es declarar el reconocimiento del marido (auctoritas) de los valores de su mujer, así como el amor a esta (fiel). En muchos casos se aplican recursos retóricos para alcanzar la narratio probabilis. Por ejemplo, la perífrasis, la definitio, el exemplum, la derivatio, el apóstrofe y la interrogación. En la parte de la elocutio (apdo. 4) vamos a analizar detenidamente las figuras que afectan esencialmente a la propositio. Además, en el Libro la imitatio también influye en gran escala en la narratio probabilis, por lo que conviene verificar los paralelismos y deferencias respecto de las fuentes y los respectivos fines discursivos. 46 “Ita fiet, ut non timeas carnificem istum, sed dignus fratribus tuis effectus particeps, suscipe mortem, ut in illa miseratione cum fratribus tuis te recipiam” [‘Así que no temas a este verdugo; antes muéstrate digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que por la misericordia de Dios yo te recobre junto con ellos’] (2 Macabeos 7, 29).
110 Observando el Libro como un conjunto, la relativa obscuritas de la narratio debería ser compensada por el ordo de la disposición de los capítulos, y tal sucede. Por lo general, en cada capítulo las materias presentadas tienen un orden natural en sentido (crono)lógico. Ello es debido a que, para mantener la credibilidad de las biografías, el autor no necesita reajustar “el encadenamiento de los elementos de la narración” (Lausberg 1966: §317). Por lo tanto, para estudiar el ordo de la narratio en cada capítulo, primeramente hay que evaluar si se acude a digresiones que “nos desvían un poco de su tema, para aclararlo o decorarlo” (Lausberg 1966: §290). Un buen ejemplo de este uso se halla en Judit: después de la presentación preliminar basada en el nombre, el nacimiento y el asunto (la grandeza de corazón), que se discutirá en la narratio, se interrumpe el relato sobre la vida de Judit para considerar las hazañas de los héroes romanos (exemplum) registrados en Del fundamento de la ciudad de Roma, es decir, Ab urbe condita (argumento de autoridad). También se alude al Adversus Iovinianum de san Jerónimo en donde se marca la incorporación de la historia de Judit a la Biblia. Son varias las hipótesis complementarias para justificar esta dispositio: evitar el olvido de las virtudes de la mujer, testimoniar el principio protofeminista de igualdad entre hombres y mujeres, y presentar las demandas del autor a sus potenciales fieles para que asuman con fortaleza la dedicación a la república (“por amor de la cosa pública sin alguna esperanza de salud se puso a matar al rey llamado Pórsena, que era enemigo de los romanos”, p. 178). En el capítulo, la repetición insistente del título Del fundamento de la cibdad de Roma de Tito Livio —dos veces al comienzo y dos veces al final—, junto con los oficios, hechos y virtudes de los personajes ejemplares evocados al principio y al cierre del capítulo, con descripción del tiempo, el espacio y la causa, sirven de exemplum para argumentar la proposición de que debería lucharse con ahínco por un régimen político y una ideología ideales. Por ello, no debemos considerar estas digresiones como “contenidos desviados”, sino como pruebas por analogía. De este modo, la alusión a la obra de san Jerónimo, a juicio de Vélez-Sainz (2009: 178, nota 120), se debe a que Luna favorece digresiones eruditas sobre asuntos bíblicos. De este modo combina su lectura de Tito Livio con la del Adversus Iovinianum de San Jerónimo. Nótese el claro impulso sincrético del autor, pues combina libremente la tradición clásica y la cristiana medieval en el uso de fuentes.
111 Sin embargo, en primera instancia, preferimos entender la referencia como exemplum de la propuesta de rectas virtudes, ya que el padre de la Iglesia y su obra Contra Joviniano, aludidos frecuentemente a lo largo del Libro, se vinculan estrechamente con las proposiciones procedentes del estoicismo, como la castidad, de manera que el pasaje no es tanto una digresión cuanto un argumento de autoridad ejemplar. Veamos una nueva muestra. En Ana hay una digresión sobre “Las mujeres del tabernáculo”, en donde se alude a las hebreas que entregaron sus joyas y cosas valiosas a Moisés para la construcción sagrada. Según Vélez-Sainz (2009: 203, nota 179), “esta última sección del ejemplo está dedicada a demostrar la generosidad o largueza de las mujeres por medio de una digresión sobre otras mujeres que dieron sus riquezas a Moisés”. No obstante, no se puede prescindir del trasfondo de la evocación: Luna subraya la fuente bíblica, “segund largamente se lee en el XXXV capítulo de libro de la ley llamado Éxodo, donde yguala las mujeres a los ombres sin otro departimiento en todas las cosas que fueron menester para la obra del dicho tabernáculo” (p. 203). En primer lugar, el Éxodo, al que se alude repetidamente, recalca la idea de salida y transformación del régimen político, de modo que la generosidad de las mujeres tiene como finalidad contribuir a esta empresa. Segundo, “la dicha obra” del tabernáculo no solo abarca la generosidad de las mujeres, sino que también la doctrina derivada de la fuente bíblica: “Y dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; Y lo ha henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, y en ciencia, y en todo artificio” (Éxodo 35, 30-31). Análogamente a las mujeres que contribuyeron al tabernáculo, Ana, en cuanto madre del profeta Samuel (auctoritas), encarna la entrega a Dios incluso en las condiciones más adversas, pues alumbró a su hijo en la ancianidad, debiendo soportar el desprecio del sacerdote Elí. En este sentido, la donación de las mujeres judías funciona como ejemplo paralelo, de manera que la digresión no es mera alabanza de la virtud de generosidad. Por eso, no hay falta de conexión entre la biografía principal y el excurso, que se integra perfectamente en el exemplum, cuya idea de base es la contribución a la empresa bajo el liderazgo de la auctoritas. Si por sus caracteres la narratio ha revelado exitosamente la tesis del autor, se han puesto las bases de la consiguiente argumentatio. Los transitus entre las dos partes suelen ser realizados mediante el núcleo conceptual de la narratio, esto es, la llamada
112 propositio, que funciona “como resumen de la narratio” y, al tiempo, “sirve también de introducción a la argumentatio” (Lausberg 1966: §346). Por ejemplo, en el capítulo La mujer que mató a Abimelech, se propone esta idea: ¡O grande fortaleza de corazón desta noble muger que, tomado el oficio de las armas —que es propio de los varones—, deseando librar de muerte e cruel servidumbre la su tierra e pueblo, con tan grande e virtuosa fortaleza de corazón mató aquel tirano que tan malamente avía desheredado sus hermanos e los avía muerto injustamente e se avía apoderado por tiranía de aquel regno así que ella fue causa de lo tornar e poner en su primera libertad! En lo qual esta muy noble e virtuosa dueña es de ygualar a los nobles romanos e a los otros virtuosos varones que, por salud de la cosa pública, se posieron a mucho peligros e trabajos, e la libraron de servidumbre e la posieron en libertad. E, ¿quál cosa puede ser más onesta que matar el tirano por la libertad de la tierra? La qual libertad es a nos muy amada, tanto que el buen varón non dubda de anteponer el provecho de su tierra a su propio interese (p. 209). En todo el párrafo, notamos que Luna quiere indicar dos proposiciones sobre la prosecución de la libertad: de una parte, “por salud de la cosa pública, se posieron a mucho peligros e trabajos, e la libraron de servidumbre e la posieron en libertad”; de otra, “la qual libertad es a nos muy amada, tanto que el buen varón non dubda de anteponer el provecho de su tierra a su propio interese”. Y justamente después, el autor presenta el exemplum de Marco Régulo, elogiado como “buen varón” y “caballero romano” que antepuso la libertad de la tierra a la suya propia (p. 209). De este modo, la narratio introduce ya una técnica argumentativa. En este contexto dispositivo, también es común “una partitio como enumeración de varias propositiones al final de la narratio y, por tanto, al comienzo de la argumentatio” (Lausberg 1966: §347). De este modo, en Sara se definen los conceptos de “madre” y “esposa” con un resumen de sus cualidades, que, de manera figurada, representan respectivamente las nociones de la auctoritas y los fieles. Concretamente, al final de la narratio, empieza la partitio con un apóstrofe: “¡O muger santa, e de muy grandes virtudes, con la qual Dios fizo tan grandes miraglos!” (p. 169). Y luego se enumeran las cualidades de la esposa ideal. Primero, la castidad, pues Dios libró a Sara “del poderío de los reyes tiranos para que su castidad fuese guardada” (p. 169), lo cual entronca con el tópico de la hermosura corporal, causa del acoso. Como las mujeres, los vasallos leales también corren el riesgo de ser arrebatados por los tiranos enemigos. La castidad, trasunto de la fidelidad política, es una de las virtudes principales en que Luna
119 También hay capítulos que culminan en sentencias. Así, en Valeria, para argumentar la relación entre la auctoritas y los fieles, se acude a la autoridad de san Pablo (Efesios, 5, 25): “Varones, amad vuestras mujeres, así como nuestro Señor Jesucristo amó a la su yglesia” (p. 303). No obstante, en muchos otros casos, en la conclusio Luna prefiere una recapitulatio más cumplida. De este modo, en Ana la peroración se ocupa de enumerar todas las virtudes y meritorios actos de la protagonista, como ejemplos para incitar a los fieles a predicar y revelar el advenimiento del hijo profético (auctoritas): Pues que ella meresció ser oýda por Dios, e con grand fee, e fortaleza de corazón non se turbó de las palabras de tan grand sacerdote, nin se partió de la razón, mas con loable paciencia lo sufrió todo aviendo grande esperanza en Dios que compliría sus peticiones, por donde paresce que non sin razón se puede bien dezir, que non solamente las virtudes, mas aun las prophecías e revelaciones son comunes así a las mujeres como la los ombres (p. 203). Estos argumentos conclusivos, además, pueden emplearse como pie para la generalización de la enseñanza. De este modo, el caso, además de referir una biografía ejemplar concreta, permite ampliar el mensaje para proponerlo como principio de validez absoluta, como ocurre con la afirmación protofeminista del final de Débora: “E así los que quieren culpar las mujeres más que a los ombres mucho yerran, pues que los yerros e vicios son comunes así a los ombres como a las mujeres, segund que las virtudes son comunes a ellos e a ellas” (p. 194). Y en ocasiones, la causa protofeminista de la conclusión puede ir acompañada de otra propuesta, según se advierte en el parágrafo final de Tanaquil: Bien podemos loar la grand dignidat del alto ingenio desta noble reyna Tanaquil, e su grand sabidoría, prudencia e avisación en las cosas suso dichas, donde paresce que en toda manera quier de revelación, quier de sabidoría e en todos los otros saberes e cosas virtuosas han lugar e entrada así a las mugeres como los ombres, e non solamente las mugeres vivientes so la ley de Dios, más aún las del pueblo de los gentiles, las quales non ovieron conoscimiento de la ley de Escriputra, nin de la ley de Gracia, e con todo eso se disponían a toda obra de virtud e sabidoría (p. 283). Como colofón del capítulo, el autor hace un inventario de las virtudes de la protagonista, que proyecta como modelo aplicable al ser humano, no importa el género ni siquiera el credo. Esta será una pauta de las conclusiones, ya que además de la causa protofeminista, por la cual se destaca la igualdad entre hombre y mujer, el objetivo de
120 Luna es afirmar la validez universal de sus propuestas políticas e ideológicas. 3.3.5 Recurrencias temáticas Desde un punto de vista general, las ideas dispuestas en la sección de semblanzas presentan numerosas recurrencias temáticas, cuyo objetivo es conferir unidad a la obra mediante tres métodos: a) capítulos consecutivos que tratan los mismos conceptos clave; b) el tema de un capítulo sirve de preparación del tema del siguiente; y c) diferentes capítulos no sucesivos tratan un mismo tema. Lo verificaremos con algunos ejemplos. Con respecto al primer proceso, justo al principio de la Ley de Escritura se advierte la coincidencia de la identidad maternal entre las protagonistas de los primeros tres capítulos, si bien cada uno de ellos recrea diferentes motivos complementarios. Así, Santa María pretende ponderar el lugar del fiel que se convierte en auctoritas, como la Virgen, mujer “de fija fecha madre” de Dios (p. 161). En Eva, aunque la idea central es honrar el cuerpo y alma humanos, y su consagración a Dios, el exordio destaca la identidad entre María y Eva, dado que esta, como primera madre, representa al ser humano, exactamente igual que su esposo Adán: “Cosa conveniente es, después de la virgen gloriosa, ser fecha mención de la muy vieja madre de todos, es a saber, Eva por su maravillosa excelencia” (p. 162). En Sara también se presenta el mismo atributo maternal: Después de la primera e más antigua de todas Eva, madre nuestra, en escribir las loanzas de la qual algund tanto del tiempo paréscenos aver pasado, razonable cosa es dever ser aplicada alguna parte del nuestro trabajo a la nuestra madre Saray, que después mudado el nombre, fue llamada Sarra, muger del muy grande patriarca padre nuestro Abraham (p. 168). Como hemos analizado, “madre” y “mujer” son las identidades de Sara con las que el autor expone sus definiciones respectivas de la auctoritas resultante y los fieles. Con objeto de presentar diferentes virtudes y tipos de fiel, este mismo capítulo añade los exempla de los hijos que muestran piedad a los padres. En conjunto, se advierte que, aun con sus respectivos matices, en los tres capítulos reseñados permanece el atributo maternal de las mujeres como concepto básico, para establecer, en cuanto auctoritates, el sistema teórico del libro. También
121 notamos la definición complementaria del concepto “mujer”, que difiere en los tres casos por sus distintos propósitos discursivos: la Virgen, madre de Cristo, sustenta la empresa ideológica; Eva se equipara a su marido por naturaleza, y Sara sirve al esposo como fiel. En sentido lato, al proyectarse estas ideas hacia conceptos sociopolíticos correlativos, tales motivos temáticos serán recurrentes a lo largo del Libro. Otro tipo de continuidad de temas es la discusión progresiva de un asunto que enlaza capítulos sucesivos y permite variar la materia que se toma como punto de partida. De esta manera, el tópico inicial sirve de introducción a los siguientes. Por ejemplo, el propio Luna señala, a propósito de Marcia, como “a la continencia desta sobredicha dueña Marcia son de ayuntar tres ejemplos de loanza asaz muy claros e abiertos” (p. 300), en referencia a los casos de Avia, Valeria y Virginea, hija de Virgineo, en los capítulos 10 a 12 del segundo libro. Entre estos debería existir un tema común y coincidente con la propuesta presentada en Marcia, el elogio de la castidad y la fidelidad al marido fallecido. Y así es en buena parte, pero los temas de estos otros tres capítulos no se limitan a la alabanza de la castidad y la “continencia” de las protagonistas, sino que hacen hincapié en las “propiedades” de las auctoritates (maridos y padres) y de sus fieles. En Avia se indica que la cualidad del primer marido fue ser “bueno y virtuoso”, por lo que una mujer casta no tiene necesidad de casarse más de una vez. En Valeria se declara que el marido virtuoso nunca debería ser considerado muerto por su empresa inmortal —tal como Jesús—, así que la mujer tiene derecho a no casarse de nuevo “como si visiblemente lo toviese ante sus ojos” (p. 302). Y en Virginea se pone de manifiesto cómo el padre casto es el “cavallero de grand virtud así en sabidoría de caballería como en las cosas pertenecientes al regimiento de la casa e de la familia” (p. 307), de modo que está legitimado a matar a su propia hija en defensa de la libertad y castidad de ambos, en un elogio de quien lucha contra los poderes tiránicos. En conclusión, en este proceso, las propuestas de identificación de la auctoritas y los fieles son progresivamente más precisas y completas. En otro contexto, los capítulos 69 a 72 celebran mujeres excelentes en las letras y las artes; pero, tras esta base común, Luna matiza los conceptos de auctoritas e ideal que se derivan de cada caso, para introducir temas derivados. En Cornificia, la sabiduría de versificar de la protagonista la convierte en par de las Musas, cuyo entendimiento y ciencia poética fue reconocido y elogiado por Augusto, figura ejemplar de la auctoritas
122 e ideal político romano: la protagonista “muy entremedida en la dulzor de los versos muchas veces usava la fuerza del su entendimiento en el versificar” (p. 438). En cuanto a Proba, su calidad poética va de la mano del cristianismo, pues “cayó en la verdadera opinión en considerar que se podría dellos [los libros de Virgilio] escribir e sacar por verso muy dulce toda la ystoria del viejo e Nuevo Testamento e de maravillar es ella venir en tan gran alta consideración, más mucho más fue de maravillar poder acabar lo que así avía pensado” (p. 439). Hay aquí, por tanto, una progresión temática, pues no solo se elogia el mérito literario, sino la capacidad de desvelar la religión verdadera bajo los versos paganos, en donde de paso se insinúa la virtud profética de Virgilio, de acuerdo con la cita del Cento vergilinus de Proba, al que Luna demuestra tener acceso: Digo que he escripto de como ya en otro tiempo los desaventurados caudillos que tovieron cobdicia de regnar corrompieron las piadosas amistanzas de la paz, e también escreví eso mesmo, diversas maneras de reyes e crueles batallas, e también las parientas ensuziadas por la muerte de los padres, e otrosí las victorias embueltas en sangre con escudos devisados, a los quales fazía fiesta la fama non aviendo vencimiento de ningund enemigo, e así mesmo de infinitas cibdades que tantas veces fueron biudas de sus cibdadanos. Asas he fecho memoria de los males (p. 440). Es fácil ver aquí las ideas políticas del propio condestable. Según se infiere, Luna es partidario de una reforma política pacífica antes que violenta, proceso que se concretó en la designación de Augusto como emperador por el senado de Roma. En otras palabras, la evolución de la propia sociedad sería mejor que la conquista por las armas, tal como se proponía al final de Bilia (8). En este sentido, el “entendimiento”, la “sabiduría” y la “doctrina” son el fundamento del mismo plan de Luna para Castilla. A estos principios vuelve el capítulo sobre la pintora Tamires, hija del pinto Micón, en donde se subraya el peso del legado paterno (“Claro es que era tan valiente por su singular entendimiento a que semejava al arte del padre non sin grand resplandor de su nombre”, p. 441), de modo que la auctoritas del padre se transmite la hija (fiel). El caso de la también pintora Prene es similar, si bien, como como “fija e discípula de uno llamado Tractino pintor..., por fama e por arte se cree que pujava a su maestro” (p. 442); por lo tanto, el fiel, al emular a la auctoritas, puede incluso superarla. Aquí se advierte otra vez cómo la idea de base, aun recurrente en capítulos sucesivos, va cobrando nuevos matices que apuntan a la ideología política de Luna, que se afirma en una segunda lectura bajo el sentido literal de su discurso.
123 Otras veces los capítulos no presentan sucesivamente un tema, sino de manera paralela en diversos contextos de la argumentación, algo natural, pues la ponderación de virtudes como la fidelidad, la piedad, la fortaleza y cualidades análogas es común a los tres libros de la obra. Los ejemplos son muy numerosos, y en ocasiones demuestran paralelos no entre capítulos aislados, sino entre series de capítulos. Así, en el segundo libro encontramos una nueva defensa de la fidelidad marital entre los capítulos 22 a 25, pero el enfoque difiere de los capítulos 9 a 12 recién examinados, ya que los respectivos objetivos de docere cambian: si en estos últimos el objetivo era revelar las cualidades de la auctoritas y la razón de seguirla, en los capítulos posteriores Luna determina las condiciones concretas en que los fieles deberían demostrar su lealtad y apoyar a la auctoritas. En definitiva, estos tres modos de recurrencias temática —la repetición sucesiva de un motivo, el uso de un motivo para introducir otro inmediato y la repetición alternante— refuerzan la unidad de la obra, al tiempo que permiten disponer los materiales mediante variationes estructurales para evitar la monotonía y el tedio. 3.3.6 Inventario temático En este punto se presentan esquemáticamente los temas de los capítulos de los tres libros, lo que permitirá seguir más detalladamente los procesos verificados en el apartado previo. CUADRO 1: TEMAS DE LOS CAPÍTULOS DE LA LEY DE ESCRITURA Capítulo Título Temas 1 Santa María Sobrepujanza de María, como la mujer "de hija hecha madre" 2 Eva El cuerpo y el ánima hermosos humanos, y su dedicación a la cosa de Dios 3 Sara Virtudes y oficios de la madre, la esposa y los hijos 4 María, hermana de Moisés Protección de quien tiene el deseo del ánima en el éxodo del pueblo 5 Judit La fortaleza que contribuye al fundamento de Roma 6 Ester Consejos elocuentes al tirano con el fin de criar la postrimería de los que son por venir 7 Débora Virtudes como la auctoritas: justicia, espíritu de profecía, sabiduría y continencia 8 La reina de Saba Cualidades de la auctoritas ideal: riqueza, sabiduría y fortaleza
124 9 Séfora y Fuá Protección a los "hijos" venideros 10 Ana Oración y la cántica de secretos grandes y altas cosas: el éxodo y el advenimiento del sucesor profético 11 Oldra Reyes y profetas como auctoritates en la contemplación del muy alto y soberano bien (ideal) 12 La mujer que mató a Abimelech Lucha por la justicia y la libertad de la tierra, y la salud de la cosa pública 13 La hija de Jefté Fortaleza y obediencia de la hija al padre designado como caudillo para el bien y la libertad de la tierra 14 Abigail, Teamites, la que moraba en Abela y Betsabé Elocuencia como forma de persuasión y protección política 15 Susana El pueblo siguiendo al profeta se levanta contra los malos jueces viejos por su acoso de la mujer hermosa (fiel) 16 La madre de los siete hijos que hizo matar Antíoco Lucha y sacrificio común por Dios 17 Santa Elisabet Revelación del advenimiento de Jesús por el espíritu de profecía 18 Ana, hija de Fanuel Revelación y definición de Jesús CUADRO 2: TEMAS DE LOS CAPÍTULOS DE LA LEY DE NATURA Capítulo Título Temas 1 Lucrecia La castidad asegura la justicia y conduce al establecimiento de leyes 2 Coclia Con fortaleza se atreve a dedicarse a cosa pública, librándose y a la tierra de la servidumbre 3 Venturia Las auctoritates política e ideológica: el emperador establecido por los rebeldes y su madre acatada por su palabra y sabiduría 4 Tanaquil Revelación y consejo a los reyes con el espíritu de profecía 5 Porcia Los fieles se sacrifican por el amor a la auctoritas, quien muere por la libertad 6 Sempronia Como apóstol defiende la autenticidad del heredero de la auctoritas y del ideal 7 Antonia La castidad comprobada por la experiencia, el seso humano y la razón natural 8 Bilia Comparación entre ser señor de sí mismo y conquistar la ciudad 9 Marcia, hija de Catón Tomar doctrinas desde la natura, con elogio de la castidad 10 Avia El marido virtuoso como razón de la castidad de las mujeres 11 Valeria El marido y su empresa inmortal como razón de la castidad de las mujeres 12 Virginea, hijia de Virgineo La castidad de la auctoritas y los fieles frente al arrebatamiento del enemigo tirano 13 Virginea, hija de Aulio Publio La castidad de nobles y plebeyos, y su dedicación al ideal 14 Marcia, hija de Varro La artista que pinta siguiendo el maestro o el instinto natural 15 Cornelia La pobreza voluntaria y virtuosa, y el tratado de las riquezas 16 Claudia Vestal La piedad, la fortaleza y la castidad de los fieles a la auctoritas
125 17 De la hija que mantenía en la cárcel a su madre con la leche de sus tetas La hija piadosa con la madre acusada por maleficios como muestra de justicia 18 De otra fija que mantovo con la leche de sus tetas a su padre La piedad hacia los padres y a Dios protege la vida de este mundo y del otro 19 Emilia La virgen religiosa por la dedicación a la ideología merece la memoria perpetua 20 Tucia La virginidad contribuye a la justicia según la Ley de Natura 21 Quinta Claudia Los infamados solo son responsables ante Dios 22 Tercia Emilia Fidelidad al marido: la colaboración y la cohesión entre los fieles en vez de la envidia entre sí 23 Turia Fidelidad al marido: la protección de los seguidores de la auctoritas 24 Suplicia, mujer de Léntulo Fidelidad al marido: el seguimiento constante de la auctoritas 25 Micol La fe se concreta en perseguir la justicia, contribuir a la cosa pública y cumplir las promesas incluso a los enemigos 26 La mujer de Isaías Con la fe y la fortaleza toleraba los vicios del marido 27 Anfronia Por la paciencia hacia padres y hermanos tolera perder derechos 28 Amesia y Hortensia Defensa de sí misma de la acusación del maleficio y abogamiento por el interés de la comunidad 29 Julia Posibilidad de la trinidad social gracias al fiela 30 Terencia El amor de la mujer y el testimonio del marido sobre su carácter esforzado 31 Paulina La trinidad de padre, hija y marido; las virtudes de la auctoritas y el fiel 32 De algunas virtudes halladas en las mujeres romanas La castidad y la piedad como virtudes civiles; las virtudes como condiciones de alcanzar el ideal 33 Sulpicia, hija de Servio Patroclo La eleccion del gobernante por el pueblo y el senado; la designación del profeta por Dios; la castidad de los fieles 34 Minerva La virgen mortal que fue considerada de origen celestial por su sabiduría 35 Dido La dueña invencible por la castidad y la fortaleza política 36 Pantasilea La reina amazona fuerte y prudente que peregrinó a Troya por la la empresa del buen caballero difuntoo 37 Ceres La mujer que legisló y formó comunidad civilizada mediante el saber y la elocuencia 38 Diana La virginidad y la templanza sobrepujan la naturaleza humana e igualan a los dioses 39 Minerva Belona, hija del segundo Júpiter La natura de la auctoritas: inventora y maestra de la caballería 40 Nicóstrata Con juicio y clarividencia ilustra al pueblo romano, y es honrada en vida como dios 41 Casandra La profetisa arrebatada antes de la muerte no pudo alcanzar la bienaventuranza 42 Artemisia La fiel que conmemora y sucede a la auctoritas; con ciencia de caballería libra la tierra mediante estratagemas y mantiene la alianza establecida por la auctoritas 43 Yfisuratea / Las mujeres de los Mimas La fiel que con fortaleza sufre trabajos junto con la auctoritas / Las mujeres que entregan la vida por sus maridos 44 La mujer de Sirantes La fiel que por la lealtad mantiene la alianza establecida por
126 su auctoritas 45 Pantia La fiel que quiere morir de la misma manera que la auctoritas 46 La hija del rey Darío / Lacedemonia La voluntad firme de guardar la memoria de la auctoritas / Morir tras el fallecimiento del marido 47 La hija virgen de Mocón, príncipe de los Areopagitas / Las hijas de Sinodis Se mantiene casta tras la muerte del marido / La lealtad al padre 48 Las cincuenta virgenes de los Lacedemonios La preferible muerte por guardar la virginidad y la libertad frente a los enemigos 49 La virgen de Antioquía / Dos vírgenes innominadas El martirio antes que perder la virginidad 50 Bursa La mujer que hizo bien a Roma en la prosperidad y la adversidad 51 La mujer griega Lucha contra la autoridad vigente para imponer la justicia 52 La anciana de Siracusa Enfrentarse con ahínco a la tiranía 53 La anciana de Yúlide que luchó contra Pompeyo La voluntad de morirs libre y bienaventuradamente frente a la autoridad vigente 54 Las mujeres de los indios Morirse junto con el marido antes que sobrevivirlo 55 La mujer de Asdrúbal Morir antes que ser cautivada y perder la libertad 56 Armiona y una moza Morir por engañar al enemigo en defensa de la auctoritas, y la auctoritas, que se sacrifica por la verdad 57 Hipo Morir antes que entregarse a los enemigos 58 La mujer de Forgiagonte El cuerpo puede caer en poder de los enemigos, pero no el corazón 59 Las mujeres de los flamencos Las vírgenes invencibles como ejemplo para el ciudadano romano 60 Lucena La madre consiente la muerte de su hijo por la república 61 Hipermestra Enfrentamiento con el padre (mala auctoritas vigente) en apoyo del marido (auctoritas nueva y buena) 62 Oriquia y Antíope El apoyo a las hermanas (compañeros de la empresa) y el fracaso por el desacuerdo entre los aliados 63 Argia Busca del espíritu vital del marido muerto de cuerpo corrupto 64 Policena Firme menosprecio de la muerte pese a la fortuna mudada 65 Camilla La hija como consuelo del padre se consagra a Diana a quien el padre la había ofrecido 66 Taramis, reina de los Scitas Venganza de la muerte del hijo heredero con saña y prudencia 67 Penélope Fidelidad constante al marido ausente y sabiduría firme para rechazar a los pretendientes 68 Sofonisba Morirs antes que sufrir el señorío enemigo, defraudada por la auctoritas injusta 69 Cornificia La capacidad poética reconocida y elogiada por la auctoritas 70 Proba La capacidad poética y retórica para la persuasión 71 Tamires, hija del pintor Micón La capacidad artística como legado paterno 72 Prene La capacidad artística de quien sobrepuja al padre y maestro 73 Erónice La mujer que hubo seso e osadía para matar al que la gracia del rey guardaba
127 74 Mariane Resistencia contra la calumnia 75 Zenobia El estoicismo y las capacidades de las armas y las letras 76 Eritea, Sibila de Eritea / Las otras Sibilas La capacidad profética 77 Almatea, sibila de Cumea La capacidad profética que preludia el cristianismo 78 Panfiles El ingenio de la invención CUADRO 3: TEMAS DE LOS CAPÍTULOS DE LA LEY DE GRACIA Capítulo Título Temas 1 Santa Ana La madre de la Virgen 2 Santa Inés La firmeza de los seguidores de la verdad 3 Santa Anastasia La virginidad 4 Santa Paula La trinidad de la Palabra, la auctoritas y los fieles; la fiel que se convierte en la auctoritas 5 Santa Ágata La fiel hermosa que se sacrifica por la fe en Cristo 6 Santa Lucía Defensa perserverante de la verdad 7 Santa Juliana El discernimiento de la virtud y el pecado 8 Santa María Egipciaca La continencia por el bien de la comunidad 9 Santa Patronila La firmeza en la entrega a Cristo 10 Santa Julia La paciencia y fortaleza ante el martirio de los hijos por derrocar a la auctoritas injusta y mejorar la república 11 Santa Marina, virgen El paciente sufrimiento de la calumnia por no quebrantar la promesa al padre 12 Santa Teodora La fiel engañada por el diablo se reconcilia con el marido y Dios mediante penitencia 13 Santa Margarita de Antioquía El martirio antes que la carne y la traición de la fe 14 María Magdalena La enmienda que conduce a la suma virtud 15 Santa Cristina La renuncia a la idolatría por la fe en Cristo 16 Santa Marta La capacidad taumatúrgica como don de Dios 17 Santa Eugenia La virtud está en las costumbres y en Cristo, no en la sangre 18 Santa Eufemia El ejemplo del martirio convierte a los enemigos 19 Santa Margarita y Santa Justina Evitar las tentaciones viviendo un vida santa 20 Santa Sicilia Un Dios, una fe, un bautismo 21 Santa Catalina de Alejandría y menciones a Elisabet, Pelaya, Cassia La fe demuestra el error de los filósofos gentiles
128
135 santa Paula, “¡O Bienaventurada dueña!” (p. 474). El título también cataloga a las protagonistas que desempeñan la función de fieles: santa Margarita, “¡O bienaventurada Margarita!” (p. 507); santa María Magdalena, “¡O bienaventurada Magdalena!” (p. 513). En otros casos, cuando la nota se utiliza para describir a algún personaje, se nos explica de paso la razón de su bienaventuranza, cuya base general es la virtud. Así, en el proemio del segundo libro, se advierte que “empero muy más bienaventuradas e apostadas de todo arreo de honor han fecho a estas nobles señoras las virtudes” (p. 243), según pone de relieve el caso de Terencia, “bienaventurada por ser dotada de tantas virtudes” (p. 362). En Avia se particulariza la castidad de la viuda: “la mujer después que muere el marido, más bienaventurada será si non casare e guardare castidad” y “La dueña casta, onesta e bienaventurada, no casa más de una vez” (p. 301). En Diana se elogia la virginidad: “Qué cosa puede ser más fermosa, más excelente, más bienaventurada que guardar en la vida tan maravillosa temprança” y “aquesta virgen fue bienaventurada la qual quitada la codicia de la carne” (p. 392), igual que en Claudia Vestal: “non ay quien diga que, pues esta virgo por tan maravillosa piadad esclareció, ella non aya seído bienaventurada” (p. 324), o incluso en Casandra: “aquesta virgen nascida de sangre tan clara doctada de tan bivo juicio aver seído bienaventurada” (p. 396). Además, la calidad de bienaventurada puede proceder de la relación con las circunstancias y el ideal. De este modo, en el preámbulo cuarto, a propósito de la mujer virtuosa,“los fijos de aquesta la predicaron por muy bienaventurada e por su marido es ella muy loada” (p. 154). En Terencia, también se declara “aquesta noble dueña bienaventurada ser digna de tal marido” (p. 362). En Santa Elisabet, en el diálogo de esta con santa María, se afirma: “eres bienaventurada que creýste, ca complirse han todas las cosas que a ti son dichas por el Señor” y “por esto me dirán bienaventurada todas las naciones” (p. 231), lo cual subraya la capacidad profética de ambas en cuanto progenitoras del ideal y la auctoritas. En María Magdalena, la princesa la elogia como milagrosa comadrona, pues su asistencia como intercesora de Dios ha propiciado el nacimiento del infante, que será sucesor de la empresa paterna: “De grandes merescimientos eres digna, bienaventurada Magdalena, que a mi parir fueste partera e en todas mis nescesidades posiste grand cura e deligencia”(p. 513). Y en el proemio del libro segundo, se nos indicaba la cualidad perfecta de los fieles emanada del ideal, al
136 señalar que “las romanas ayan seýdo bienaventuradas por ser nascida en la cibdat de Roma” (p. 242). En tercer lugar, los actos de las mujeres también son motivo bienaventuranza. Virginea, hija de Aulio Publio es bienaventurada por predicar la castidad al pueblo: “parece esta señora ser muy bienaventurada, de la boca de la qual salieron palabras tan divinas e tan claras tener su santo pecho guarnescido de toda castidad de limpieza” (p. 310). Como acabamos de ver, María Magdalena se distingue por proteger a los nuevos fieles (“vio el niño que andava jugando segund la costunbre que solía en la ribera, al qual la bienaventurada Magdalena avía guardado salvo”, p. 513); al mismo tiempo, al esforzarse por la resurrección del ideal de Cristo, con amor y lástima por la Pasión de la auctoritas, pasa a convertirse en seguidora perfecta. “E dende llamada toda la clerezía e el dicho sacerdote, dizen que esta bienaventurada muger con grand derramamiento de lágrimas tomó por mano de Maximino obispo el cuerpo e la sangre del Señor, e dende seyendo ante el altar pasó a las eternales alegrías” (p. 515). “Bienaventurada”, como epíteto, también recalca las formas de vida y los objetos. La pobreza voluntaria y el menosprecio de la riqueza temporal son consideradas virtudes bienaventuradas (“Pero por esto non se niega que las riquezas bien ganadas e en fechos virtuosos despendidas sean buenas e provechosas e sean causa e ynstrumento para ganar las virtudes”, p. 319). Esto mismo se expone en Cornelia: “¡O bienaventurada tal pobreza voluntaria e virtuosa desta generosa dueña! ..., ca non ay cosa tan bienaventurada menospreciar las riquezas temporales” (p. 316) y “e que más bienaventurada cosa era aver una yunta de bueyes... e una casa pequeña para el uso desta vida” (p. 317). La vida humana es bienaventurada gracias a las virtudes. De este modo, en Diana: “¡O vida bienaventurada compuesta de todas virtudes!” (p. 392). La distribución razonable de la riqueza también conduce a la vida bienaventurada: Santa Ana “la una parte dava al servicio de Dios e a los ministros suyos, e la otra dava a los pobres e pelegrinos, e la tercera guardava para sí e para su gente. E así, faziendo vida como bienaventurada” (p. 459). La muerte define una vida bienaventurada; sin embargo, como en el caso de Virginea, hija de Virgineo “solo por una cosa esta muerte se puede dezir bienaventurada, ca puesto que se acabó la flor de su edad, mas puso su nombre en luz para siempre, defendiendo muy onestamente su castidad con toda resistencia” (p. 308). Por lo demás, Minerva Belona “reposará por ella el estado pacífico e sereno de la
137 bienaventurada paz” (p. 393). Al final, es bienaventurada la Iglesia de Dios como “ayuntamiento de los santos e de los otros varones perfectos del pueblo cristiano” (p. 237), ensalzada por el sabio Salomón en el Cantar de los cantares: Una es la mi paloma, la mi perfecta vieron las mujeres —que quiere dezir las compañas sabias—, e predicaron ella ser muy bienaventurada, e asý mesmo la vieron las reynas —que quiere dezir las personas santas e virtuosas—, e otrosí la vieron las otras personas que non son de tanta perfección e todas en común la loaron (p. 238). La forma adverbial “bienaventuradamente” determina las acciones de los protagonistas en diecinueve pasajes, en donde su función semántica es afín al epíteto. Entre estos actos, el más recurrente es “vivir”. Al analizar algunos casos, percibiremos quiénes pueden vivir bienaventuradamente y cómo. Así, se indica en el segundo preámbulo que la virtud es la condición para vivir bienaventuradamente: “la virtud de sí mesma non solo para bien bevir, mas aun para bienaventuradamente vivir” (p. 147). Lo mismo sucede en Susana: “De lo qual podemos entender que los varones muy virtuosos que dieron todos sus pensamientos e todas sus curas para bienaventuradamente bevir” (p. 224). En Oldra se asienta que las profetisas virtuosas “tienen sus pensamientos en la contemplación del Señor”, y sus consejos son para “vivir bienaventuradamente” (p. 207). En Claudia Vestal se declara que, por todas sus virtudes, los fieles viven bienaventurados igual que los ángeles: E a esta virtud de piadad, la qual los filósofos llamados estoicos dizen ser nascida del conoscimiento que avemos de los ángeles, es ayuntada la virtud de la justicia e todas las otras virtudes, por las quales segund la sentencia de los dichos filósofos se alcança la bienaventurança, por ella son dados a las cosas celestiales los que bienaventuradamente biven e igualados por ellos a los ángeles en todas cosas, salvo que dizen estos filósofos que los que bienaventuradamente biven non son inmortales como los ángeles, e nos segund nuestra santa fe católica dezimos e afirmamos que estos son inmortales, pues, apartado el cuerpo del ánima, las ánimas de los buenos biven para siempre en la vida eternal e nunca mueren (p. 324). Además, la evaluación de la vida bienaventurada no corresponde más que a Dios, como se afirma en Claudia: “Ca seyendo testigo Dios de nuestra ynocencia nos abasta asaz, e puesto que nuestra vida non la loe alguno, bivamos bien e bienaventuradamente” (p. 345). Las siguientes protagonistas viven virtuosa y bienaventuradamente predicando y
138 contemplando a Dios. Santa María Egipciaca “avía determinado de bevir casta e bienaventuradamente” (p. 493). De Santa Marina, travestida en monje, “dizen que començó a bien bevir e bienaventuradamente (p. 499). Y respecto de Santa Eufemia, “de guisa que es de creer que todos sus cuidados e pensamientos puso en bien e bienaventuradamente bevir” (p. 527). El segundo tópico, modificado por el adverbio, afecta a los actos caballerescos. En Antonia, a propósito de Drusio, se alude a “las batallas que muy bienaventuradamente fizo en Germania” (p. 292). En Bilia se exponen las gestas de diversos héroes antiguos y modernos, “que cada uno de ellos en su tiempo loable e bienaventuradamente fizo e cometió en el muy grande e alto fecho de la cavallería e armas” (p. 295). Y en Sofonisba se remite al “fecho que avía bienaventuradamente acabado” (p. 436), en referencia a la conquista de la ciudad por obra de la protagonista. La muerte es otro tema susceptible de esta determinación adverbial. En La mujer anciana de Yúlide se asevera que “ninguno non pasó desta vida tan costante nin tan bienaventuradamente” (p. 414). En cuanto a Santa Paula, “bienaventuradamente pasó la dicha santa de aquesta vida (p. 474). Santa Sicilia, tras sus últimas palabras, “morió bienaventuradamente” (p. 535). Y en Santa Catalina se refiere de Pelaya cómo “por la grand pieça de riquezas e maravillosa fermosura de su cuerpo dizen que de primero bivió desonestamente, pero después fizo penitencia e morió bienaventuradamente” (p. 536). El último tema gira en torno de la devoción a Jesús y la nueva edad. En Ana, hija de Fanuel, la cualidad profética revela al Mesías; así, por la recta virtud y el seguimiento del ideal, Ana se sitúa entre las santas bienaventuradas del Nuevo Testamento: Ella muy bienaventuradamente ha alcançado asimesmo algund tanto el Nuevo Testamento. La qual Anna, comoquier que alumbrada del spíritu de dios dizía muchas veces las cosas por venir, mas con mucha diligencia guardó la verdadera e derecha manera de bevir, la qual derrayga los vicios de raíz e apareja los corazónes al fin de todos los bienes, e siembra en ellos aquello que después trae frutos abondosos” (p. 233). Y en Santa Margarita y Santa Justina, la primera, tras adoptar el disfraz del monje Pelayo, es confinada en una cueva, en donde “fue fallada sin tañimiento folgando con el Señor bienaventuradamente” (p. 529), frase cuyo adverbio no figura en la fuente, la
139 Legenda aurea (Macías 1982: 655). Por último, pero no menos importante, “bienaventurado” y “bienaventuradamente” también se aplican a las actividades del propio Luna, tanto políticas como literarias. Así, según el proemio, don Álvaro de Luna, maestre de la orden de la cavallería del bienaventurado apóstol Santiago del Espada, condestable de Castilla so el bienaventurado regimiento e señorío del muy esclarescido príncipe e muy alto e muy virtuoso rey e señor el rey don Juan (p. 137). Además, en el colofón de la obra se reivindica la buena gestación del Libro, “el qual fue bienaventuradamente compuesto por el ínclito e magnífico e muy virtuoso señor don Álvaro de Luna” (p. 551). En este sentido, toda la doctrina previa confluye en los trabajos del condestable, asimismo bienaventurados. Conviene subrayar que, en el conjunto del Libro, la insistencia en “bienaventuranza” y sus derivados es uso original de Luna, ya que en sus modelos no solemos encontrar correspondencias en los mismos contextos. Esto no solo sucede en el segundo libro, que tiene fuentes clásicas, sino también en los libros primero y tercero, cuyas fuentes son principalmente la Biblia y obras religiosas como la Legenda aurea. Por lo tanto, consideramos la bienaventuranza como un concepto definitorio del ideal que Luna propone, no solo por su uso intencionado, sino también por la particular voluntas del autor, demostrada en los contextos analizados anteriormente. * * * Otro término para definir el ideal es la “contemplación” y su familia morfológica, cuyo propósito es asimismo transmitir las demandas políticas e ideológicas de Luna a sus potenciales fieles. El concepto puede girar en torno de Dios, ciertos personajes en cuanto auctoritas y fieles, las disciplinas humanísticas, las virtudes, la vida y la muerte. En la contemplación de Dios del preámbulo segundo, se advierten los principales sujetos de la acción. Así, las almas bienaventuradas, “de la qual bienaventurança usan las ánimas de los bienaventurados en veer e contemplar a Dios” (p. 146); los ángeles (“los ángeles son bienaventurados por ellos contemplar en Dios”, p. 147) o los seres humanos (“E dize que non son bienaventurados por otra causa salvo por esta contemplación; por lo qual las obras de los ombres que a esta contemplación son muy cercanas serán ciertamente muy bienaventuradas”, p. 148). La idea también
140 presentarse como principio abstracto de afección genérica: “Otros filósofos dizen la obra contemplativa que es contemplar en Dios ser aquella la bienaventurança” (p. 147). En Oldra se define a Dios como el muy alto y soberano bien (ideal) al que contemplar: “todo su pensamiento fuese siempre en contemplación del muy alto e soberano bien que es Nuestro Señor Dios” (p. 207). En María Magdalena, la protagonista como ermitaña busca la contemplación divina: “En esto la santa Magdalena deseando la eternal contemplación entró en un yermo muy áspero e estovo treinta años en un lugar que segund dizen aderesçaron manos de ángeles” (p. 514). Análogamente, la auctoritas temporal también merece ser objeto de leal contemplación. En Virginea, hija de Virgineo, es contemplado el padre, que representa la autoridad caballeresca y política, quien mata a la hija (fiel) por preservar la castidad de ambos: “Non ay ciertamente cosa más digna de misericordia que contemplar el padre armado con ira contra la casta fija” (p. 308). De manera pareja, en Las mujeres de los Mimas, Tíndaro era la auctoritas del pueblo desterrado, al que “la cibdad de los espartanos rescibió benignamente por contemplación de Tíndaro que iva en aquel noble navío, el qual resplandeció igualmente con las estrellas de los hermanos” (p. 403). En cuanto al estudio y las disciplinas académicas, como buen ejemplo, en Lucrecia es la elocuencia retórica de Tito Livio el atractivo de su contemplación, incluso por encima de la grandeza de Roma: Leemos algunos nobles aver venido de los postrimeros fines de Ispania e de Francia a Titu Luvio, el qual era fuente manantial de la dulce e fermosa fabla, e aquellos que tan famosa cibdat como era Roma por su contemplación non traxo, así la fama de un ombre solo, es a saber, deste varón Titu Luvio los traxo a ella” (p. 246). Por su parte, la contemplación de la virtud contribuye a la definición del ideal. En Ana, fija de Fanuel se afirma con argumento de autoridad que “otros dixieron que non avía bien sinon la contemplación de la virtud, e esto dixo Aristóteles que fue príncipe de los filósofos llamados peripatéticos (p. 236). Y En Anfronia, el autor insinúa a los fieles que contemplen las virtudes, sobre todo la piedad y la paciencia según el ejemplo de la auctoritas: Por lo qual digo que non ay ninguno tan simple que si él ha delectación en contemplar las virtudes algunas vezes, él non tome grand delectación en la contemplación de tan fermosas virtudes en las quales esta muger paresce
141 aver sobrepujado, e non juzgue ella ser muy digna de maravillosas loanças (p. 356). La piedad hacia padres y cónyuges es otra concreción de la contemplación virtuosa. En De la fija que mantenía en la cárcel a su madre con la leche de sus tetas, se elogia a la protagonista “porque nos podamos más maravillosamente contemplar la grande suavidad e fuerça de aquesta virtud de piadad” (p. 326). En Sara, por su lealtad al marido, “agora pensemos quánta fue la su piedad muy noble, la qual sin grand maravilla non se puede contemplar en tanto que con muy ardiente e loable deseo e voluntad” (p. 171).. La castidad también aflora con frecuencia en este contexto. En La mujer de Sirantes, “la alteza del coraçón de la qual con limpieza de voluntad non con pequeña maravilla la puedo contemplar, que quiso morir mas sin corromper su castidad” (p. 404). Las muertes ejemplares también pueden ser objeto de provechosa contemplación, como ocurre en Virginea, hija de Virgineo: “¿Quién es tan cruel que si en algund tiempo es vencido a piadad non se mueva a llorar contemplando aquesta muerte desaventurada?” (p. 308). En La anciana de Yúlide que luchó contra Pompeyo, la anciana reivindica su derecho al suicido, que es sancionado por Pompeyo como testigo de la ceremonia: E agora si la noble muerte desta muger bien contemplares con coraçón, e dende posieres ante tus ojos las muertes de los muy fuertes varones, por ventura fallarás que ninguno non pasó desta vida tan constante nin tan bienaventuradamente (p. 414). Más adelante volveremos sobre el concepto de “muerte”. * * * Nuevos nombres fundamentales en el Libro de Luna son el topónimo Roma y su correspondiente gentilicio, romano o romana, que aparecen en trescientos ochenta y ocho contextos de la obra. La primera alusión definitoria figura en el proemio de la sección correspondiente a la Ley de Natura, cuando se afirma que “las romanas ayan seýdo bienaventurandas por ser nascidas en la cibdat de Roma, cabeza e princesa de las otras provincias” (p. 242). Asentado este principio, la idea es recurrente en esta parte del Libro, como en Venturia: “tan noble e imperial cibdad mayor e más alta e excelente que todas las otras e cabeça e princesa de todas las provincias del mundo, conviene a saber: la muy noble cibdat de Roma, común patria e tierra de todo el mundo” (p. 270). La
142 misma noción se repite dos veces en Sulpicia, hija de Servio Patroclo, en el apartado sobre la elección de administradores entre los romanos y la designación del profeta, pues Roma “entonces señorava todo el mundo era señora e cabeza dél” (p. 373) o “la cibdad de Roma donde estas cosas acaescían era cabeza e señora de todo el mundo” (p. 380). Por medio de la evocación de la gloriosa Roma, Luna pretende plantear diversos conceptos políticos que considera agentes del esplendor de la ciudad y su imperio como modelo para Castilla. Por eso, en el contexto del elogio personal, el mérito romano puede tomarse como punto de referencia en el sobrepujamiento de las protagonistas, como en este pasaje: como eran los romanos de donde descendieron los muy grandes e notables emperadores que fueron señores de todo el mundo, lo que non podieron alcanzar nin fazer los muy altos senadores, nin los muy nobles señores cavalleros, nin los muy honrados perlados e sacerdotes, e finalmente, aquello que por seco nin por ciencia, nin por armas, nin por devoción de religión e santidat, nin en otra manera el grande e notable pueblo romano alcanzar non pudo, estas dos notables dueñas por su grand prudencia e cordura, e muy virtuosa manera lo ovieron e alcanzaron (p. 271). Pero lo esencial es que Roma tiene sus “hijos y ciudadanos”, que son “los romanos” o “el pueblo romano”, que en la estimativa de Luna funcionan como ejemplo digno de imitación para Castilla y los castellanos. En ambos contextos históricos, cuando el pueblo se enfrenta a guerras y enemigos, los protagonistas virtuosos se entregan a la cosa pública, la libertad y la paz. Igualmente, aliados se muestran capaces de derrocar el antiguo régimen político para instaurar uno nuevo más justo e impartir justicia: allí se ayuntaron todas las gentes, e el pueblo fue movido contra el rey e echáronlo e desterráronlo de Roma a él e a sus fijos, e ésta fue la causa por que fueron echados los reyes de Roma e criados cónsules para gobernar la cibdad (p. 252). E tractándose en el senado quanta quantía deste pan sería repartido por los del pueblo, el dicho Coreliano muy fuertemente vedó e defendió que se non repartiese cosa alguna fasta tanto que primeramente fuese fecho repartimiento por los mayores e padres de la cibdat de aquello que debían aver —segund que antiguamente les era debido de derecho—. Lo qual oído por los del pueblo, fueron dello mucho yrados, en tanto grado que quisieron poner las manos en el dicho Coreliano por lo matar (pp. 263264).
143 El topónimo Roma, en concreto, aparece ciento treinta y siete veces en la obra. Entre estas, como símbolo de la civilización con caracteres políticos, hay veintiocho referencias a “la ciudad de Roma”. El fundamento de Roma o Décadas, títulos que traducen el Ab urbe condita de Tito Livio, se citan en once ocasiones. La alusión a los modelos de gobierno romano es común : el “Imperio de Roma” o “emperador de Roma” (4 veces), el senado o los senadores (6) y el Capitolio (2). En cuanto a los cargos y oficios públicos, encontramos el “rey de Roma” (4) o la idea de reinar en Roma (5), alcaldes (2), cónsules (2), el obispo (1) y el “varón de consejo” (1). Además, en contexto bélico, se habla del cerco o sitio de la ciudad (6) y del enemigo de Roma (4 veces). También se alude a la libertad de Roma (5), las costumbres romanas (2), la salud (1) y la paz de Roma (1), y a la pena del destierro (4). Además, las fórmulas sobre la llegada y estancia en Roma son relativamente habituales (9); y en otros veintiocho contextos Roma es nombrada en cuanto espacio en donde se desarrollan los acontecimientos. Expresiones formulares a propósito de la dueña-señora-mujer de Roma se aplican en diez ocasiones. En los diversos dominios de estos usos, se advierte cómo Luna emplea las nociones subyacentes como modelos de su ideal político. Los nombres comunes modificados por el adjetivo “romano”, que aparece en setenta y cinco ocasiones, son generalmente las figuras ejemplares de la auctoritas y de los fieles: varón-señor (19), caballero (18), príncipe (3), cónsul (2), el noble (2), embajador (1) y capitán (1). Al tiempo, pueden aparecer nombres propios como Cicerón, luminaria de elocuencia, o Mucio, que se sacrificó en defensa de la república. Además, el adjetivo se aplica con frecuencia al “pueblo” (21) y otras veces el “imperio” (6), en donde de nuevo vislumbramos la ideología y aspiraciones políticas del condestable. Paralelamente, son asimismo destacables los sustantivos femeninos modificados por “romana” (34), que mayormente aluden a personajes que encarnan a fieles: dueñaseñora-mujer (20), virgen (2), madre (1) e hija (1). Otros elementos determinados por el adjetivo son las ideas de historia (2), gloria (1), el habla retórica y la elocuencia (3), la cosa pública (1), la castidad (2) y la juventud (1). De manera complementaria, “la romana” (35), expresión elíptica sustantivada en referencia a la mujer de Roma, puede aparecer modificada por los siguientes adjetivos: “noble” (15), “virtuosa” (4), “virgen” (2), “casta” (1), “sobrepujante” (1) y “bienaventurada” (1). Por lo general, en tales ocasiones Luna pretende destacar estos atributos y personajes como modelos de lealtad.
144 * * * Dios representa el cuarto concepto mediante el que se definen la auctoritas y el ideal en el concepto de Luna. De acuerdo con el dogma cristiano, Dios se manifiesta en “la santa Trinidad” (p. 364), esto es, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que son respectivamente modelos de la auctoritas, el fiel y las circunstancias de su interrelación, elementos análogos a las propuestas ideológicas del condestable. En este sentido, la divinidad suprema del mundo es “Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios e verdadero ombre” (p. 232), que se corresponde con el espíritu anhelado por los ángeles y “los patriarcas e profetas del Viejo Testamento, e así mesmo a los apóstoles, e Evangelistas, e mártires, e confesores, e a todos los santos e santas del Nuevo Testamento” (p. 232). De un lado, el concepto de Dios abarca al creador, al salvador del pueblo y al guía de los fieles y su inspiración. Así, como creador, “a Dios plazía que oviese el dicho patriarca su marido un fijo en ella (Sara)” (p. 169), cuyo conocimiento es requisito de la victoria y la salvación: “conoce al tu criador por el qual ordenaste de entrar en la gloriosa pelea” (p. 540). Además, Jesucristo es “el salvador, e rey e mesías esperado por el pueblo e prometido por la ley e por los profetas”; así como el guía: “Dios era el su guiador, e aquel era el día en que Dios ge lo pornía en su poder” (p. 190). Asimismo, por designio divino, otros agentes pueden constituirse a su vez en guías terrenales: esta santa profetiza María aya seído guiadora en la liberación de su gente e pueblo (p. 174). ella (Coclia) engañó a las guardas e fízose guiadora de las otras vírgines romanas e con grande esfuerço de coraçón queriendo librar de prisión a sí mesma e a las otras vírgines (p. 258). De otra parte, Dios gobierna la naturaleza, como aquel que es sobre la naturaleza e señor de todas las cosas non puede ser enbargado por ninguna cosa, ca él contiene todas las naturalezas de las cosas e ellas son so su poderío e mandamiento, por lo qual fue nescesario que todas las cosas obedesciesen a su voluntad (p. 167). Además, dado que Jesucristo es “la palabra que era fecha carne” y el Espíritu Santo encarna “la palabra” y “el verbum” (p. 471), el discurso del Libro de Luna se constituye en su trasunto en cuanto portador de la verdad. En consecuencia, si Dios representa tanto a los que realizan juntos la empresa y las ideologías subyacentes como la
247 Las figuras ejemplares evocadas en Antonia, viuda cuya virtud es la castidad y continencia, son Abraham y otros santos varones bíblicos, a quienes la protagonista, pese a su gentilidad, incluso sobrepuja: Con grande razón es de loar la abstinencia e continencia desta noble dueña Antonia, que en esta tan señadada virtud de castidad e abstinencia paresce pasar al dicho patriarca Abraham e a otros nuy nobles varones, segund se falla por la Sacra Escriptura e por otras ystorias auténticas, mayormente seyendo ella del pueblo de los gentiles... (p. 293). Es decir que el personaje ejemplar, como profeta de Dios, así como el marido fallecido, son modelos de auctoritas, a quienes Antonia imita y recuerda mediante el ejercicio de la castidad. Según hemos señalado en diversas ocasiones, en la segunda lectura de la obra esta cualidad entronca con la lealtad sociopolítica de los fieles. En Bilia, las figuras ejemplares equiparables a la protagonista en hazañas y virtudes son viejos héroes clásicos, bíblicos y castellanos, a saber, Héctor, Aquiles, Josué, Sansón, Judas Macabeo, Fernán González, el Cid Ruy Díaz e “otros muchos cavalleros que fueron muy valientes e esforzados e esmerados en el fecho de las armas” (p. 295). Estos, mediante el ejercicio de la “caballería e armas” antes que la política, se asemejan a a quienes en la edad presente “vencieron a otros en el campo” (ibidem). Sin embargo, solo parcialmente igual a ellos, la virtud de la protagonista no es la fortaleza, sino la paciencia (p. 296). De este modo, en el segundo nivel de lectura del Libro, se antepone la perseverancia política al uso de la fuerza militar como estrategia de la realización del ideal. En Virginea, hija de Aulio Publio, los oficios de los personajes ejemplares, nobles romanos —los Escipiones, Metelo, Paulo Emilio y Rutilio Rufo—, son la milicia y la política, y sus virtudes son la paciencia y la fortaleza, análogas en firmeza a la castidad de la protagonista. De esta manera, en la segunda lectura de la obra, la cualidad propuesta para el fiel ideal es la lealtad inquebrantable. De forma similar, los personajes ejemplares en Cornelia son “los nobles varones romanos llamados Camilios, e Quincios, e Carscios, e Cipiones, e Catones”, por cuyas hazañas, “deseando gloria de grandes fechos e non curando de ser ricos de oro, se honraron e anteposieron en el imperio del mundo por maravillosos triunfos e vencimientos, non temiendo de traer ante sí las señales del imperio, aunque ellos pobres de riquezas temporales” (p. 318). Los oficios de estos políticos y nobles ilustran, por
248 tanto, al patrón de auctoritas y fieles que defiende Luna, que deberían anteponer la república a las riquezas personales. Hay, con todo, una salvedad, la riqueza lícita y bien empleada, pues “las riquezas bien ganadas e en fechos virtuosos despendidas sean buenas e provechosas e sean causa e ynstrumento para ganar las virtudes” (p. 319). En esto se advierte claramente la excusatio del condestable, censurado en su tiempo por haber acumulado una gran fortuna. En Claudia Vestal, la virtud de la protagonista y los personajes ejemplares es la piedad. Así, la superación del hijo de Cresio, que era mudo, movido de la piedad, lo impulsó a gritar por salvar al padre en peligro; y la hazaña de Judas consistió en que “se ofreció por siervo e prisionero del dicho patriarca Josep”, para que “librase de prisión al dicho Benjamín su hermano para que se fuese libre a su padre” (p. 323). En el contexto contemporáneo de Luna, esta virtud de la piedad es trasunto del servicio y entrega de los fieles tanto a la auctoritas como a los compañeros. Los personajes ejemplares mencionados en Tucia son los ladrones redimidos por su admiración hacia Escipión el Africano. Esta cualidad es compartida por la protagonista, cuyo ejemplo e imitación alientan a la virtud de la castidad. En la relectura del Libro en clave contemporánea, Luna propone la ejemplaridad como comportamiento de la auctoritas, cuyos hechos virtuosos atraen a los fieles hacia el bien. Amesia y Hortensia, con la virtud de la elocuencia, tienen la capacidad de defenderse contra las falsas acusaciones e imponer la verdad mediante la palabra. En esta línea, las figuras ejemplares evocadas aquí son Cicerón, César, Torcuato, Judá, Daniel y otros varones virtuosos “que se falla por la Sacra Escriptura o por las ystorias auténticas” (p. 360), todos ellos destacables por sus dotes oratorias, que se encaminan a la protección y defensa de compañeros y familiares. Por lo tanto, en la segunda lectura del Libro, mediante la elocuencia, como estrategia propuesta a los fieles, será posible alcanzar el ideal, proteger a los allegados de las persecuciones y apoyar a la auctoritas. En De algunas virtudes halladas en las mujeres romanos se establece que las mujeres romanas eran ya perfectamente virtuosas. En efecto, no solo tienen las virtudes cardinales, sino también otras cualidades como la castidad y la fidelidad, la piedad y la franqueza. De esta manera, pese a su carácter gentil, en ellas se aprecia cómo algund acatamiento avíades a quien todas las cosas govierna por maravilloso regimiento, en el qual bivimos, por él nos movemos, e en él somos e estamos, e si alguna esperanza non oviésedes avido de cosa muy alta, e de grand
249 galardón, e renumeración, non avríades sufrido por la virtud tan grandes trabajos e afanes; e si algund amor non oviesedes avido al señor de las virtudes que es nuestro Señor Dios, non es de presumir que tan maravillosa e virtuosamente oviésedes obrado, e perseverado, e continuado tan grandes fechos e cosas, e con tanta paciencia e continencia segund que lo fezistes (p. 370). A continuación, se presentan como exempla ex contrario figuras bíblicas que, aun con haber logrado “tan grandes fechos e cosas” (ibidem), no siempre fueron capaces de seguir el camino recto, como “el grand propheta e rey David, nin el sabio e rey Salamón, nin otros muchos prudentes varones, e, así mesmo, algunos emperadores e reyes así de la ley natural, como de la ley de Escriptura, e algunos aunque eran so la ley de Gracia” (p. 371). Por esta vía, el capítulo alienta al potencial aliado de Luna a esforzarse por conseguir altas metas, mediante la sugerencia de que, con esfuerzo y perseverancia, incluso es posible sobrepujar grandes hazañas del pasado. Por su castidad, a Sulpicia le fue confiada “la administración e cura del dicho templo” consagrado en Roma a esta virtud (p. 373). Escipión Nasica, como protagonista paralelo del capítulo por el espacio similar que ocupa, fue designado por Apolo como custodio la imagen de Cibeles, la madre de los dioses, ya que “Dios más acata a la virtud de la persona que non al oficio nin dignidad que tiene” (pp. 374-375). Así se llega a la condición de auctoritas a juicio de Luna, gracias al mérito personal antes que a la dignidad del linaje. El capítulo presenta otras figuras ejemplares paralelas: Moisés, el rey David, Jacob o Job, así como “otros santos e santas de Viejo e Nuevo Testamento que ovieron muy grandes gracias e fueron muy virtuosos” (p. 379). Ellos tienen respectivas virtudes por las que fueron respetados y designados como auctoritas, según el propio Luna pretende para sí. En el capítulo sobre Dido se fomentan la castidad y la fortaleza. Aquí, como figuras ejemplares, Catón y Fabio Máximo Serviliano comparten estas cualidades, que son parte de la estrategia recomendada por Luna a los lectores fieles, que en aquellos casos propiciaron la “libertad de Roma” y la conquista de Hispania. El capítulo sobre Artemisia presenta como referente de la mujer al cónsul romano Julio, a quien la reina de Caria sobrepuja, pues bien paresce que fue fembra digna de loor, tanto que yo non dubdo poco si ella fuese digna de tanta gloria como Julio, el qual, después que fue fecho cónsul, peleó contra la flota de los africanos, e fue el primero que ovo
250 victoria dellos en la batalla del mar (p. 401). Aunque la mujer también respetó su viudedad castamente, en este caso, frente a la muestra precedente, son la fortaleza y la sabiduría militar el objetivo único del exemplum. Los personajes ejemplares en La mujer de Sirantes permiten evocar nuevamente la castidad y la fortaleza. Los exempla son ahora Pluvio Medio, este como defensor de la castidad de su hija, y Decio, dechado de entrega militar. Las mismas virtudes de la protagonista, como las estrategias del logro del ideal, son subrayadas una vez más en el Libro de Luna. En Lacedemonia, la mujer sobrepuja a Gayo Plauto, que se mató con ocasión de la muerte de su esposa, pues aquella hizo lo propio tras la muerte de su marido Protesilao. Una vez más, por tanto, se fomentan las virtudes de la fidelidad, correlato de la interrelación ideal la auctoritas con los fieles. De manera análoga, Las cincuenta vírgenes de los Ladecemonios tienen “semejante voluntad de guardar virginidad” (p. 407). Otra vez es Catón el punto de referencia, semejante por su fidelidad y entrega a la libertad de la república, pues la identidad de las mujeres castas coincide con los procuradores del ideal político. En La virgen de Antioquía, el caballero y la muchacha coinciden en la resignación ante el martirio y triunfan por su sacrificio. De manera análoga, Sócrates y Teramines, “varones virtuosos e sabios”, se sacrifican y alcanzan tal gloria54. Como complemento, Marco Régulo, figura ejemplar del sacrificio por la república, permite recrear el tópico del sobrepujamiento, «quando aquesta virgen contendía tan gloriosamente con el cavallero por la muerte e deseaba el martirio con tan esforçado pecho que ya non parescía ser martirio más victoria” (p. 409). Por lo tanto, sabios y militares, paralelos a la virgen y el caballero, son modelos de los diferentes procuradores del ideal, que confluyen en el sacrificio por la comunidad y la tierra. Esta es la estrategia que fomenta Luna repetidamente en el Libro. La virtud de Bursa es la largueza o generosidad. Como correlato, el rey de Siracusa, Hermonio, tiene la misma virtud, que demuestra en su donación a los romanos en tiempos de tribulación, que “non solo fizo bien a Roma en su prosperidad, mas en 54 Según la edición de Pons Rodríguez (2009: 358, nota 384), el manuscrito B presenta la palabra aislada “sabios”, pero preferimos la variante compuesta de otros testigos, ya que “virtuosos y sabios” pondera más expresivamente la cualidad de los personajes ejemplares.
251 tiempo de su adversidad” (p. 410). Por lo tanto, Luna desciende aquí a un contexto abiertamente material, pues, a fin de cuentas, los ideales también pueden requerir el soporte financiero, que se presenta como patrón de conducta para los fieles. El último uso del exemplum en la segunda sección del Libro se encuentra en el capítulo 76. En ese caso, las sibilas romanas se asemejan a las profetisas del pueblo de Israel, como “María, hermana del propheta Moysén e del grand sacerdote Aarón, e Delbora, e otras de que faze mención en el primero libro desta obra” (p. 452). Sus hechos son básicamente los mismos, y descuellan como los profetas entre los sabios, que “eran avidos por más excelentes e en mayor reputación que los otros que no eran profetas, aunque fuesen sabios e entendidos” (ibidem). Es decir que el don de profecía, con el que se propaga el futuro político e ideológico, que es el advenimiento del ideal, es una virtud loada por el autor, que reclama clarividencia a sus potenciales aliados no solo en este capítulo o en la segunda parte, sino a lo largo de todo el Libro. En el tercer libro el uso de las figuras ejemplares análogas a las santas disminuye, pues solo se constata en ocho contextos. Esto se debe principalmente al apego a las fuentes, en particular la Legenda aurea, en donde apenas se empleaba el procedimiento. Justamente por ello, cuando Luna lo incorpora, el exemplum tiene un efecto muy expresivo en la argumentación. En Santa Anastasia, la protagonista es un cúmulo de virtudes virginales, cuya sagrada intención tanto ardía en el amor de Dios e tan bastecida estava de auctoridad, e de fe, e de tanta tempranza, e firmeza guarnido, e de tanta fortaleza, de todas las otras virtudes cercado de todas partes, que por manera alguna non la podieron sacar del estado de su dignidad” (p. 468). Por ello, resulta esperable el sobrepujamiento y, así, la virgen excedió en continencia a los sabios Sócrates y Jenócrates, así como al caballero Escipión el Africano. En Santa Paula, la protagonista es procuradora del ideal equiparable a Jesús “como si estuviese colgado en la cruz” (p. 470); además, por su conocimiento de la lengua hebrea, se asemeja a Jerónimo, “que cantava los Psalmos en Ebrayco, e que pronunciava las palabras sin propiedad de la lengua latina” (p. 474). De este modo, tales cualidades “mostravan ella aver corazón guarnido de toda onestidad, e de toda santidad, e de toda fortaleza cercado, e ageno de todo brío” (p. 472), de donde “es sabido que ella, seyendo aun seglar, era más valiente en Roma que todas las otras dueñas de auctoridad por castidad loable e que todo lo que tenía dio, non por gloria del mundo, mas por amor
252 de Dios a los pobres” (p. 472). Llegado el parangón con exempla clásicos, Luna selecciona figuras que ilustran el “bien de la cosa pública” (p. 474): “la fortaleza de Oracio Cloco”, “la continencia de Marco Curio”, “la sabidoría de Sócrates” y “la constancia y firmeza de Metelo” (ibidem). Tales personajes, respectivamente como caballeros, políticos y sabios, se vinculan a santa Paula en cuanto receptáculo de todas esas cualidades. En cualquier caso, mediante las figuras ejemplares, Luna individualiza modelos complementarios de auctoritas cuyo denominador común es el bien de la república. Los personajes ejemplares recordados en Santa Ágata son los hazañosos Decios, que “se metieron en meytad de los enemigos” (p. 482), por lo cual son semejantes a la protagonista, pues todos ellos “derramaron la vida por salud de su tierra, de cuya sabidoría así como divinal nos solemos maravillar mayormente en las cosas que pertenescen a bien e bienaventuradamente bevir” (p. 482). Por lo tanto, Luna está fomentando nuevamente el sacrificio y entrega a la tierra como ideal de vida. Por su parte, Santa Lucía, con su cuerpo y ánima inquebrantables como fiel de Jesús, triunfará frente a los apremiantes poderes injustos, de modo similar a Sócrates, que “se puso contra el atrevimiento de la muchedumbre porque non peresciesen” los diez pretores condenados a muerte por “toda la cibdad de Atenas” (p. 488). La actitud indicada aquí a los fieles es la “firmeza de coraçón” (p. 488), que permite resistir a las autoridades injustas, el cónsul en el caso de la santa y el pueblo ateniense en el caso del filósofo. En el caso de Santa María Egipciaca, los oficios y hechos de los personajes ejemplares, Emilio y los mensajeros antes Ptolomeo, a primera vista poco tienen que ver con la protagonista, salvo por lo que respecta a la virtud de la moderación de pasiones. Para la protagonista, esta cualidad la conduce a la forma estoica de vida al perseguir el ideal. De modo análogo, si entendemos los exempla al servicio de la lectura del Libro en clave sociopolítica contemporánea, estos casos revelan actitudes y estrategias para la consecución del plan de Luna, aquí subordinadas a la austeridad. En Santa Julia se alude a Marco Bruto como figura ejemplar. Las virtudes de la santa son la paciencia y la firmeza de corazón, “ca non solo sufrió fuertemente la muy cruel muerte del fijo, mas con alegría dio gracias a Dios, por quél era ensalzado por corona de martirio, avía bolado tan aýna a aquella bienandanza que es la gloria del
253 paraíso” (p. 498), de modo similar a La madre de los siete hijos que hizo matar a Antíoco, por el objetivo de la realización del ideal. Análogamente, Bruto, como noble romano, es decir, auctoritas, mostró por cualidad la firmeza y su hazaña fue acabar con la tiranía de Tarquino: El qual [Bruto] desque ovo echado e desterrado fuera de Roma al Rey Tarquino muy poderoso e a sus fijos, e ellos condepnados a pena de muerte, librada la cibdat del perpetuo señorío la traxo a que en ella non oviese reyes, más que se regiese por juezes e regidores que fuesen puestos en cada año (p. 498). Así se entiende que “Bruto sea digno de maravillar por nobleza de razón” (ibidem). La dignidad del personaje, por lo tanto, está basada de la razón, principio capital en el Libro. Sus hazañas, en este sentido, también serán razonables en el ideal político de Luna. En Santa Cristina, el personaje ejemplar no se refiere a la protagonista, sino al autor. La santa, como fiel de Cristo, destaca por su inefable suma de virtudes: “¿Quién avría agora que podiese pasar callada la su muy grand santidad si con corazón e razón quisiere pensar la constancia, la fe, e grandeza de corazón, e tempranza, e las otras muy claras virtudes en que resplandeció?” (p. 518). Para dar cuenta de tantos méritos, mediante el tópico de lo indecible, Luna reconoce su incapacidad oratoria, pero se justifica argumentando que ni siquiera el elocuente Cicerón sería capaz de lograrlo. En el último capítulo del Libro, dedicado a Santa Catalina, los personajes ejemplares son Aristóteles y Platón, que se asemejan a la protagonista en sus oficios y hechos, aunque la protagonista tiene las virtudes de la auctoritas, que son “gran firmeza e señalada grandeza de corazón, e tempranza singular, e muy clara justicia, e su maravillosa santidad” (p. 543). Esta es la raíz del esperable sobrepujamiento. Aristóteles es quien “bastante e cerca de divinalmente fabló de grandes e muchas cosas” y Platón “fue llamado dios de los filósofos”, pero, frente a ellos, la santa comprendió “ser un solo Dios, e aquel Dios ser Criador e Príncipe de todas las cosas” (p. 543). Es, por lo tanto, la revelación cristiana la condición que asienta la superioridad de la protagonista. En la segunda lectura del Libro, en consecuencia, se postula de qué modo el empeño del fiel debe estar guiado por la buena auctoritas, pues de otro modo la empresa resultará incompleta y fallida.
254 4.1.2.1 Typus y argumento de autoridad La figura ejemplar, que debe ser considerada como una modalidad de exemplum, se emplea por proponer un modelo previo que el autor considera análogo al nuevo concepto que quiere expresar. En el Libro de Luna, estos referentes son figuras históricas o supuestamente históricas, no ficcionales, pues la historicidad aporta mayor verosimilitud probatoria. Amén de un personaje, en un sentido más amplio, «la imagen del typus puede también transferirse a contenidos intelectuales o espirituales” (Lausberg 1966: §901). De este modo, el título de una obra canónica empleada como fuente, además de constituir un argumentum ex auctoritate, participa de la noción de typus. la autoridad y su obra son al mismo tiempo vivero de exempla y exempla en sí mismos. En este capítulo examinaremos los principales títulos invocados por Luna en el Libro, que, como modelos, representan los sentidos e ideología de que el condestable inviste a sus personajes y su propio discurso. Por esta vía nuestro autor complementa sus propuestas en las líneas siguientes: las identidades de los seguidores del ideal (auctoritas y fieles), los ideales políticos e ideológicos, las virtudes necesarias a ojos del autor, las etapas de la empresa y la auctoritas, la transmisión o translatio de la civilización, y las inclinaciones sapienciales y filosóficas del condestable. Para verificarlo, tomaremos en consideración los títulos citados en Tanaquil como primer ejemplo. En este capítulo, al declarar las fuentes de la historia, Luna dice basarse en dos obras, “segund lo recuenta Valerio en el primer libro, de “Las señales de las cosas maravillosas”, e Titu Livio en la Primera Década, en el primero libro del Fundamento de la cibdat de Roma” (p. 273). El primer referente es traducción libre del epígrafe correspondiente a los Facta et dicta (I, 3) de Valerio Máximo, en tanto que el segundo remite a la primera sección del Ab urbe condita. Con respecto a los asuntos presentados en el capítulo y los conceptos definidos a lo largo del Libro, estos títulos subrayan el propósito del autor. Primeramente, “Las señales de las cosas maravillosas” evocan los signos de la realización del ideal, que a menudo se presentan en forma de agüeros, como el águila y el fuego sobre Tarquinio y Servilio, interpretados por la protagonista como revelación del inminente cambio de auctoritas. Estas señales también se asemejan a “los sueños y revelaciones de las cosas que eran por venir”, predicadas por “algunos claros varones” y los profetas (p. 282). “Las cosas
255 maravillosas”, por lo tanto, preludian la renovación de la auctoritas, proceso que debería ser interpretado y sugerido por los fieles. En cuanto a la Primera Década del Fundamento de la cibdat de Roma, representa la etapa inicial del establecimiento del nuevo estado con el régimen políticos ideal, en la cual tuvieron lugar los ascensos de posición del padre y el hijo, como imagen de la legítima ambición política de Luna. El segundo ejemplo que mencionaremos aquí para demostrar el uso de la tipología inherente a los títulos se encuentra al principio de Venturia. En su línea habitual, Luna cita expresamente las secciones de las fuentes que transmiten las historias de Venturia y su hijo Marcio Coriolano: Titu Livio, en La primera década de la su ystoria romana en el segundo libro, en el capítulo que comienza “Spiritus Maurius”; e así mesmo Valerio Máximo en el libro primero “De los milagros” en el capítulo que comienza “De fortuna”, e en el libro quinto “De los ombres gradescidos” en el capítulo segundo, e en ese mismo libro, en el título “De la piedad acerca de los padres” en el capítulo primero; e Johan Vocacio en el libro De las claras mujeres en el capítulo cinqüenta e cinco (p. 263). Según Vélez-Sainz (2009: 263), este es el “ejemplo extremo del sistema de imitatio ecléctica, según la cual Luna toma aquí y de allá todos los datos que le convienen distanciándose de unos y otros y mostrando, a su vez, gran erudición”. Pero considerando la cuestión desde los contenidos, notamos que los propios títulos insinúan ya aspectos básicos del relato. En primer lugar, de Cayo Mario, como político registrado en el libro segundo de Tito Livio (“Spiritus Maurius...”), se dice que fue seleccionado siete veces como cónsul de Roma. En esto su figura se asemeja tanto al caso del emperador Coriolano como al mismo Luna, en su intención de mantenerse como auctoritas para gobernar de continuo. A su vez, mediante “De los miraglos”, “De fortuna” y “De los ombres gradescidos” de los Facta et dicta de Valerio Máximo se intenta justificar la conversión de un político y caballero en auctoritas, de modo parejo a la argumentación utilizada en Tanaquil. En la misma obra, desde “De la piedad acerca de los padres”, al lado del De las claras mujeres de Boccaccio, se añaden otros dos objetivos argumentativos del autor: proponer la obediencia a la auctoritas y la sumisión a quienes descuellan en virtudes. Como en el caso anterior, los títulos mismos son ya reveladores de los objetivos elocutivos del autor. Junto con los títulos, Luna extrae como cita pasajes sentenciosos de las obras
256 correspondientes para sostener sus tesis. En este procedimiento es preponderante el argumento de autoridad: “La auctoritas es una sentencia general tomada del folklore o de la poesía y que el orador pone en relación con la causa en sentido favorable” (Lausberg 1966: §426). Pero, además, según se ha indicado, “la auctoritas se halla relacionada con el exemplum, en primer lugar, porque pertenece a las pruebas traídas de fuera de la causa; en segundo lugar, porque igual que el exemplum se basa en un dato histórico” (Lausberg, ibidem). Por un lado, las sentencias sacadas de obras históricas sobre la vida de las protagonistas constituyen argumentos de autoridad y exempla, ya que provienen de fuera de la causa y se fundan en la historia. Por otro lado, más o menos fieles, estas citas sostienen las proposiciones del autor, al tiempo que revelan núcleos de su pensamiento. Así, por ejemplo, en Lucena, para ponderar la muerte como máxima expresión de la entrega al ideal (la muerte por la república), se declaran conjuntamente el autor, la obra y la sentencia: “ ‘Por eso lo avía engendrado, porque oviese quien por la tierra non dudase caer en muerte’. Testigo Cicerón en el primero de las Questiones tusculanas” (p. 421). * * * Por lo que respecta a los objetivos del typus como argumento de autoridad, de entrada en el Libro se atiende a la determinación de las identidades de los procuradores del ideal (auctoritas y fieles) y a la revelación del contenido de este ideal. Para ello, las fuentes principalmente empleadas son libros bíblicos —sobre todo, Jueces (4 veces), Reyes (11) y Fechos e ystorias de los apóstoles (1)—, así como “De la religión e servicio de los dioses” (1), capítulo de los Facta et dicta de Valerio Máximo (1, 1), y La falsa religión e los dioses de los gentiles, en referencia a las Divinae institutiones de Lactancio (1). En Débora se alude por primera vez a Jueces, libro que permite delinear la evolución histórica del gobierno del pueblo de Israel y su auctoritas: “el dicho pueblo aún entonce non avían rey, mas governávanse por jueces” (p. 189). En consonancia, al principio del capítulo se define la justicia, la virtud de la protagonista, como “señora de todas e reyna de las virtudes” (p. 189). Así deducimos que Jueces aquí funciona como imagen de la figura ejemplar de la mujer, que ilustra la cualidad de la justicia y también la auctoritas, a pesar de que Débora nunca hubiese sido designada expresamente como juez. De esta manera, el título, en cuanto portador de una significación crucial,
263 mujeres de Boccaccio (2), De los esclarecidos varones de san Jerónimo (1), De las historias escolásticas de Valerio (1), y, como en el caso anterior, distintos capítulos de los Facta et dicta de Valerio Máximo (6). “Rúbrica del nascimiento o fundamento del derecho, e de todos los magistrados” es un apartado del Digesto de Justiniano que se invoca en Lucrecia para proponer un principio jurídico de la república ideal. Como ya se ha indicado, “Spiritus Maurius” de Ab urbe condita, así como “De los milagros”, “De fortuna”, “De los ombres grasdecidos”, capítulos de los Facta et dicta de Valerio Máximo, son aplicados en Venturia para demostrar la conversión del caballero y político en auctoritas. En Tanaquil el autor alude a “Las señales de las cosas maravillosas2, otro capítulo de Valerio Máximo (I, 3), para destacar los signos que insinúan las conversiones del padre e hijo en rey (auctoritas). La enciclopedia De las propiedades de las cosas, obra de Bartolomé Ánglico, se menciona en Marcia, hija de Catón a propósito de la tórtola, emblema animal de la fidelidad. En Cornelia el autor cita “De la pobreza tomada por voluntad”, otro apartado de Valerio Máximo (IV, 4), y el Tractado de riquezas, obra atribuida a Aristóteles, pues el tema central es la modélica vida sencilla y sobria, y el provechoso uso de las riquezas “bien ganadas e en fechos virtuosos despendidas”, que “sean buenas e provechosas e sean causa e ynstrumento para ganar las virtudes”, para “en esta vida alcanzar muy grand fama e en la otra vida la gloria perdurable” (p. 319). En otras palabras, las riquezas habilitan para cumplir el ideal ético y político. “De aquellos que fueron librados de las infamias que les eran opuestas e levantadas”, nuevo capítulo de Valerio Máximo (8, 1), se aplica en Tucia y Quinta Claudia, dos capítulos consecutivos dedicados a reparar las calumnias contra los fieles. Además, en Mariane, aunque no se cita expresamente el título, se repite la idea en el mismo contexto: “De lo qual escriben los auctores que se siguieron muchos trabajos entre Mariane e su marido, tanto que por algunas infamias que falsamente le fueron levantadas, ella, seyendo sin culpa, ovo de padescer muerte” (p. 446). En efecto, como este es uno de los capítulos conclusivos de la segunda parte del Libro, se insinuaría aquí la intención de Luna de acusar a las auctoritates rivales de las posibles persecuciones a los seguidores del ideal, y sobre todo a su auctoritas. De las claras mujeres, el tratado de Boccaccio que inspira la tradición profemenina en Europa, es citado en Venturia y Sulpicia como fuente de sus respectivas
264 historias. Es interesante subrayar cómo la obra, fuente capital del Libro de Luna, solo aparece expresa tres veces en toda la segunda parte. En otro sentido, los Facta et dicta de Valerio Máximo, más que por su título genérico, son citados mediante los epígrafes de sus capítulos o mediante el comienzo de algún apartado. Y la Legenda aurea, aun siendo el referente principal de la tercera parte, nunca es citada de modo explícito. En nuestra interpretación, la alusión expresa a estos títulos, antes que constituir simple declaración de fuentes, tiene como propósito reforzar ideas centrales del Libro a través del argumento de autoridad. Por eso, por ejemplo, De las claras mujeres no interesa en cuanto vivero de eximios hechos femeninos, sino porque, en ciertos contextos, aparecen ideas específicas que Luna toma como principios políticos e ideológicos fundamentales de su discurso. Para verificar la hipótesis, estudiaremos las cualidades semejantes de Venturia y Sulpicia en relación con los títulos invocados. En Venturia, Luna evoca las causas del respeto mayor que merecen ciertas mujeres respecto de los varones, que son la elocuencia y la sabiduría. Si tenemos presente los principios bíblicos de “in principio erat verbum” y de Jesús como “la palabra que era fecha carne” (p. 471), estas cualidades oratorias convierten a quienes las demuestran en indudables auctoritates ideales. En Sulpicia, el autor declara que la protagonista es considerada como la más virtuosa, y también describe detalladamente el método de su elección como custodia del templo dedicado a la castidad, buen ejemplo de la selección de la auctoritas: Esta generosa Suplicia que viviendo virtuosa e muy maravillosamente fue fallada e aprobada ella sobrepujar en la virtud de la muy alta castidad a todas las otras dueñas romanas de su tiempo, non es menos de loar que la noble Lucrecia que por su muerte mostró e dio testimonio ella ser muy casta (p. 372). E para fazer esta elección fueron ayuntadas todas las nobles mugres del pueblo de Roma, las quales, por mandado de todo el senado de roma escogieron de entresí ciento de cada linage, aquellas que les parecieron ser más castas. E estas eligieron tan solamente diez, de todas ellas por ser aquellas las más apuradas en castidad e como el senado mandase que desta diez fuese escogida la más casta, por esto todas en concordia eligieron e nombraron por la más casta de todas las mujeres de roma, a la dicha dueña Sulpicia. Por lo qual todo el senado le dio la administración e cura del dicho templo, e la guarda de la ymagen de aquella deesa de amor a cuyo honor aquel templo era edificado (p. 373). En ambos contextos, De las claras mujeres —que puede aparecer con los títulos
265 alternativos de De las nobles e claras mujeres o De las mujeres nobles e claras— permite subrayar cómo quien profesa la virtud puede convertirse en auctoritas, lo que en el caso de Venturia propicia la erección de “un templo muy honrado en aquel lugar” que “consagraron a la deesa llamada Ventura e fortuna de las mujeres” (p. 270), y en el caso de Sulpicia su designación como suma sacerdotisa del templo de la castidad. En otras palabras, mediante la palabra y la continencia, Luna intentaría postularse como auctoritas igualmente elocuente y virtuosa; y la autoridad de Boccaccio cimenta estos principios. De los esclarecidos varones de san Jerónimo aparece en Mariane al lado de la Historia scholastica de Valerio para dar relieve a la fuente: Luna alude a ambas obras a propósito del “antiguo estoriador Josefo”, quien “reza” el casamiento de la protagonista (p. 445). Estas menciones son interesantes por cuanto el condestable no suele registrar las fuentes que no tratan la historia de las propias protagonistas, pero aquí Jerónimo y Valerio se citan por haberse ocupado de la figura de Flavio Josefo. De este modo, se garantiza la fiabilidad de la fuente. * * * Las obras que ilustran y sancionan el proceso de las etapas de la empresa y la auctoritas son principalmente la Biblia (9 veces) y Ab urbe condita de Tito Livio (3). El Viejo y el Nuevo Testamento aparecen expresamente unidos en todas estas menciones de las Escrituras. De acuerdo con la tipología bíblica, en términos generales, el uso simultáneo de ambos títulos simboliza la translatio de la vieja a la nueva era, y el surgimiento de Jesucristo como suma auctoritas. Por ejemplo, en los dos últimos capítulos de la primera parte del Libro, Elisabet y Ana son los nuncios de la nueva época mediante el don profético, quienes certifican el nacimiento del Mesías, y revelan y predican los hechos de Jesús, “el salvador, e rey, e mesías esperado por el pueblo e prometido por la ley e por los profetas” (p. 234). Según hemos visto, en el colofón de la primera parte del Libro, Luna determina la estructura de la obra. Si en el libro inicial se había ocupado de la historia sagrada hasta el prólogo del advenimiento de Cristo, tras la sección dedicada a las preclaras gentiles, en la última época surge la nueva auctoritas de Cristo, de que se ocupa la tercera parte de la obra, cuando “cesó la synagoga, e comenzó la muy santa Madre nuestra, es a saber, la Yglesia de Dios” (p. 237). Aun así, en la sección dedicada a las mujeres paganas, la Biblia es referente para
266 analogías y prefiguraciones. De esta manera, en Claudia Vestal, los títulos de los dos Testamentos tienen por objetivo ponderar el contexto parejo del ejercicio de la piedad en apoyo de la auctoritas y la construcción de la república ideal: “La excelencia e sobrepujanza desta virtud de piadad es de tanto grado que nuestro Señor Dios, así en el Viejo como en el Nuevo Testamento, dixo que esta le era más plazible que el sacrificio” (p. 324). A igual que en De otra hija que mantovo con la leche de sus tetas a su padre, la invocación de ambos Testamentos se usa también para demostrar cómo la virtud de la piedad hacia los padres es ejemplar en todo tiempo, pasado, presente y futuro, es decir, la obediencia y soporte de la auctoritas son principios inmutables requeridos tanto en la tradición como en el venidero apoyo a la auctoritas renovada, que lucha para asegurar que “las ánimas” de “la generación humanal... non se perdiesen nin las levase el diablo” (p. 336): e por esto Nuestro Señor Dios en el Viejo Testamento mandó muy mucho honrar e servir los padres, e asimesmo Nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento respondiendo a la pregunta que un mancebo le fizo demandándole qué cosa de bien él faría para aver la vida eternal, respondiole: “Guarda los mandamientos de Dios, entre los quales se contiene honra a tu padre e a tu madre” (p. 332). En De algunas virtudes halladas en las mujeres romanas, mediante las fuentes expresas Luna indica que las virtudes enumeradas son necesarias en la transición de épocas. Así, en Sulpicia, los Testamentos confirman que los profetas, paralelamente a Escipión Emiliano, como modelos de auctoritas, tendrían funciones cruciales en la era nueva. En Proba, el autor elogia la empresa acometida por la protagonista, cristianizadora de Virgilio, para subrayar cómo incluso los poetas paganos prefiguran las verdades eternas de los Testamentos, y, de este modo, son útiles como guías para la auctoritas, los fieles y el ideal contemporáneos, y pueden ser aprovechados en la translatio política. La Primera década de Tito Livio, sección de la obra historiográfica del autor latino, es invocada en Coclia, Venturia y Tanaquil, tres capítulos seguidos colocados al inicio de la segunda parte del Libro. En Coclia, “la Primera década de los fechos de Roma” confirma a quienes se atreven a renovar la cosa pública al principio de la construcción de un estado ideal, librándose a sí mismos y a sus compañeros de la servidumbre de la auctoritas antigua e injusta, y “posponiendo su vida por el bien de su
267 gente” (p. 260). En Venturia, la Primera década de Ab urbe condita informa sobre la designación del emperador por su carácter de auctoritas carismática, según ilustra el caso de Coriolano. Y en Tanaquil, mediante “la Primera década en el primero libro del Fundamento de la cibdat de Roma” (p. 273), Luna muestra el trasfondo de la ascensión de padre e hijo a auctoritas, y cómo la esposa y madre es su soporte. * * * Otra posibilidad es que las fuentes expresas suministren principios de civilización. Tal ocurre con las cartas de san Pablo en el Nuevo Testamento —Epístola primera embiada a los de una cibdat llamada por nombre Corintio (4 veces), Epístola embiada a los romanos (1), Epístolas embiada a los felipenses (1), Primera epístola embiada al obispo Timoteo (3) y Epístola embiada a un obispo llamado Tito (1)—, así como la Epístola embiada a la virgo llamada Principia de la explanación del quarenta e quatro salmo del Salterio, en referencia al Ad Principiam virginem explanatio Psami XLIV de san Jerónimo (1). Los propios títulos contienen interesantes notas semánticos: primeramente, la epístola en cuanto género de interlocución; en segundo lugar, los gentilicios de ciudades romanas o griegas; y por último, los destinatarios colectivos o individuales. En el tercer preámbulo del Libro, se invocan la primera epístola de san Pablo a los corintios y su epístola a los romanos. En este apartado, el autor discute sobre la tríada establecida entre hombre, mujer y Dios, respectivamente la auctoritas, los fieles y el ideal, pues “el varón e la muger todos son por Dios e en Dios” y “el varón aya mayor excelencia que la muger e él sea cabeza de la muger—segund lo dize el dicho apóstol—, pero quanto a la virtud e al fin porque son criados, así el varón como la mujer, amos a dos son iguales” (p. 150). Las fuentes aportan, pues, el modelo de acogida del ideal, por el se sustentan la auctoritas y los fieles. En la segunda lectura del Libro, este ideal se corresponde sustancialmente con los regímenes políticos inspirados en la historia de Roma. En Cornelia reaparece la primera Epístola embiada a los de Corintio para mostrar “en qué manera se deven aver cerca de las riquezas” (p. 316) en la civilización ideal. En Emilia, por el mismo título se propone la forma civilizada del trato de la virgen incontinente: “La virgen que non puede sofrir de guardar su virginidad, mejor es que se case que non que se queme” (p. 338). Igual que en los temas presentados en los capítulos siguientes, Tucia y Quinta Claudia, la idea demostrada aquí pasa por la
268 oposición a la intransigencia contra quienes adoptan otros principios, tales como los “infamados” —en referencia a De aquellos que fueron absueltos de las infamias que les eran levantadas (p. 346)) o también quien fue “acusada de maleficio” (p. 328), como la madre en De la fija que mantenía en la cárcel a su madre con la leche de sus tetas. La epístola a los filipenses —aunque, en realidad, la cita procede de Efesios (6, 1-3)— aparece en un capítulo similar, De otra fija que mantovo con la leche de sus tetas a su padre, con relación al mandamiento de honrar a los padres, una virtud imprescindible para la construcción de una civilización ideal. En cuanto a la Primera epístola embiada al obispo Tímoteo, aparece tres veces en De otra fija que mantovo con la leche de sus tetas a su padre, para poner de relieve la piedad como objeto de divulgación por los predicadores del ideal y los seguidores: “Manifiestamente es grande el misterio o secreto santo de la virtud de piadad, el qual es manifiesto en la carne e justamente en el spíritu; apareció a los ángeles e es predicado a las gentes e dado al mundo e recibido en gloria” (p. 334). Al mismo tiempo, se insiste en el título para destacar las virtudes necesarias entre los nuncios del ideal: “Tú varón, amigo de dios, seguirás justicia, piadad, fee, caridad, paciencia e mansedumbre etc.”, lo cual también supone el alto rango de la piedad, que “aun el dicho apóstol la antepone a la castidad” (p. 336). En fin, la Epístola embiada a un obispo llamado Tito se emplea en Sulpicia para observar cómo, según los predicadores, además de en castidad, la auctoritas profética “fue así acabada e complida en toda manera de virtud” (p. 379). Por último, la Epístola embiada a la virgo llamada Principia de la explanación del quarenta e quatro salmo del Salterio de san Jerónimo es evocada en el preámbulo de la segunda parte del Libro. La explicación del ensalzamiento de “las oraciones inspiradas por Dios” (p. 242) pondera la importancia de la palabra profética. En este caso, el discurso se remite a las vírgenes como procuradoras del ideal, que, de acuerdo con la obra, normalmente pertenecen a los altos estamentos. * * * La materia de diversos libros históricos y sapienciales del Viejo Testamento, al lado de tratados filosóficos de ascendencia cuasicristiana o gentil, permiten a Luna delinear sus principales propuestas doctrinales. En el primer estrato, se trata del Génesis (14 veces), los Proverbios (6), el Eclesiástico (3), el Eclesiastés (1), el Libro de la sabidoría (4), los Salmos (5) y el Cantar de los cantares (2); en el segundo nivel, De la
269 consolación de la philosophía de Boecio (2) y las Naturales questiones (1) de Séneca, ascí como De la natura de los dioses (2) y las Questiones Tusculanas, ambas obras de Cicerón (2). El Génesis, como libro histórico fundamental del Viejo Testamento, por su autoridad tradicional se constituye en firme testimonio de la materia narrada, “segund se muestra abiertamente por la autoridat del primero libro de la ley de dios llamado Genesi” (p. 149). De este modo, en el preámbulo tercero, esta fuente expresa determina cómo también la auctoritas debe asumir deberes y responsabilidades, como el respeto del árbol de la ciencia: “principalmente paresce ser fecho este defendimiento a Adam, lo qual se muestra así por el segundo capítulo del Génesis” (p. 151). En el capítulo sobre Eva, el Génesis atestigua el carácter virtuoso con que la primera madre fue investida por Dios, la más excelente e noble criatura que Dios en lo terrenal aya fecho e non en aqueste valle de lágrimas e mar de amargura lleno de trabajos e tristezas, mas en el paraýso terrenal que es llenos de todas cosas delectables segund que por el segundo capítulo del libro de la ley llamado el Génesi claramente paresce (p. 163). La idea se recalca al haber sido ser Adán y Eva “criados a la ymagen de Dios, e a cada uno dellos fue dado igual imperio de usar de todas las cosas del mundo, e de ser antepuestos a todas las animalias que se mueven e sienten” (p. 165). Al romper ambos el pacto con el Creador, el Génesis fundamenta la necesidad de respetar la ley divina para vivir con virtud, imagen espiritual de las leyes temporales. En Sara, el Génesis certifica cómo quien originalmente tiene posición humilde obtendría la autoridad: “Nuestro Señor mandó al dicho patriarca Abraham que siguiese en todas las cosas los consejos e hordenanzas desta tan santa e tan virtuosa muger suya Sara” (p. 170). En el capítulo también se destaca la denominación de la mujer por Dios, que de Saray pasó a ser llamada Sara, “que es nombre que muestra grande excelencia” (ibidem), pues etimológicamente significa “princesa” (Ausejo 1987: 1806). Por lo demás, la protagonista fue santa y virtuosa, “allende de la su gran fermosura corporal, e así mesmo del spíritu prophético” (ibidem), otras cualidades que el Génesis atestigua. En La hija de Jefté la misma fuente sanciona que los hijos (fieles) siempre han de obedecer al padre (auctoritas), lo que incluye el sacrificio por el ideal, “en lo qual se quiso ygualar a la obediencia del patriarca Ysac, quando el grand patrarca Abraham, padre
270 suyo, lo quiso sacrificar a Dios, segund cuenta su ystoria en el Génesi, que es el primero libro de la ley” (p. 213). En Lucrecia, esta fuente afirma cómo la castidad es una virtud por la que no cabe dudar el sacrificio de la libertad e incluso la vida: “el patriarca Josep, el qual por guardar su castidat se puso a peligro de muerte, e estudo en prisión grand tiempo, segund que largamente lo recuenta la ystoria de la Sacra Escriptura en el primero libro de la ley llamado Génesi” (p. 255). En Antonia se alude otra vez a Sara y Abraham, y se señala de qué modo el hombre es menos virtuoso que la mujer, mientras algunos de patriarcas y profetas “parezcan algund tanto reprehensibles quanto al seso umano” (p. 293). Esto supone la potencial incapacidad de las autoridades existentes, y, por ello, la necesidad de una nueva auctoritas. En Claudia Vestal, el Génesis permite afirmar la importancia de la piedad dentro de la familia respecto de los hermanos (compañeros) y el padre (auctoritas), de acuerdo con la historia de Judá, Benjamín y Jacob. En Amesia y Hortensia se repite la empresa de Judá para testimoniar la liberación del hermano mediante “la suave e dulce eloquencia” (p. 360), según el Génesis determina. La última cita explícita del primer libro bíblico (Génesis, II 18) se halla en el colofón de la obra: “E por esto desque Dios ovo criado al ombre segund dello da testimonio la ley divinal en el libro del Génesi, dixo así: Non es cosa conveniente nin buena que el ombre esté solo, mas queremos le dar ayuda semejante dél, es a saber, la muger” (p. 547), es decir, que las auctoritates deberían obtener el apoyo de los fieles que persiguen el mismo ideal. Los Proverbios suelen ser usados como modelo sapiencial de las propuestas éticas de Luna. El libro bíblico se atribuye al sabio rey Salomón. La fuente se invoca por su solo título o acompañada de alguna sentencia particular, a modo de argumento de autoridad. Así, en el preámbulo cuarto los Proverbios sancionan una enseñanza dirigida al género humano, y no en especial a hombres o a mujeres: “Esto non a fin de afear las mujeres como algunos han querido pensar, mas por dar doctrina, así a los ombres como a las mujeres, que se quitasen de los errores o menguas, e se llegasen a las virtudes”, pues “non faze diferencia del ombre a la muger, nin de la muger al ombre” (p. 153). En todo caso, la consigna de que todos “se llegasen a las virtudes” pertenece al ideal propuesto por el autor. La otra causa por la que se recurre a los Proverbios es demostrar la pertinencia de la “la loanza de la virtuosa muger” (ibidem), el objetivo más visible del Libro de Luna, fundamental asimismo en la segunda lectura de la obra, ya que las
271 féminas virtuosas son asimismo procuradores perfectos del ideal, como auctoritas o fieles. En Abigail, Teamites, la que moraba en Abela y Betsabé, el libro bíblico (Proverbios XVIII, 21) propicia la ponderación de la elocuencia mediante un argumento de autoridad, pues “el sabio Salomón dize en los sus Proverbios: La muerte e la vida es en poderío de la lengua” (p. 214). En Bilia, la fuente justifica la necesidad de la sabiduría, que permite apreciar la la paciencia por encima de la fortaleza. De hecho, la comparación entre las virtudes es crucial para presentar una propuesta del autor, según la cual la reforma de la sociedad es más importante que la conquista militar. Al mismo tiempo, para la propia auctoritas que aúna todas las virtudes, la fortaleza es menos importante que ser “el señor de sí mismo” (p. 296), según la figura de la protagonista pone de manifiesto: Ca el casto conviene que tenga el corazón apartado de toda suziedat de luxuria, nin puede ser cosa temprada que sea contraria de la virtud de la justicia, e de la fortaleza, e de la prudencia, por lo qual es de dezir, que aquesta noble fembra fue tan clara en la limpieza de cuerpo e del a voluntad que fue muy compuesta de todas las virtudes e que domó todos los vicios e pecados (p. 294). En el capítulo siguiente, Marcia, hija de Catón, encontramos otra remisión a los Proverbios, para enseñar cómo es aconsejable aprender incluso de los animales criados por la naturaleza: esto mesmo dize el rey e sabio Salamón en los sus Proverbios redarguyendo al ombre negligente e perezoso, diziéndole que aprenda e tome doctrina de la formiga, la qual de si mesma con gran prudencia coge e guarda su mantenimiento para el tiempo de la necesidat (p. 299). El último caso de aplicación de esta fuente título se encuentra en Valeria. Aprovechando la autoridad de la sentencia citada, por la sabiduría se entiende el valor de los fieles para la auctoritas, que semeja a la relación entre la mujer y el marido: “La muger virtuosa es corona de su marido, e estas tales son mucho de amar e honrar” (o. 302). Luna también recurre a los libros del Eclesiástico y el Eclesiastés, de carácter complementario. Con respecto a su autoría, en cuanto al Eclesiastés, “aunque nunca se nombra a Salomón, es claro que el autor lo tiene presente. Por eso, antes se consideraba generalmente a Salomón como autor” (Ausejo 1987: 505); por lo que atañe al
272 Eclesiástico, “del prólogo del traductor griego y del elogio del sumo sacerdote Simón se desprende, con razón, que el texto original fue redactado, seguramente en Jerusalén, hacia el 180 a.C., y que la versión griega se hizo hacia el 130 a.C.” (Ausejo 1987: 508). Con relación a los contenidos, en el Eclesiastés la “concepción de vida, aparentemente materialista y pesimista, tiene, en gran parte, su origen de las oscuras ideas acerca de ultratumba; es que le faltaba la perspectiva del cielo, que le hubiera hecho llevaderos los desengaños de la vida terrena” (Ausejo 1987: 505); en contraste, en el Eclesiástico, “la primera parte es una colección de avisos y sentencias que se refieren a la sabiduría, a la concepción de la vida verdaderamente religiosa y a las buenas costumbres...; la segunda parte contiene un himno a la sabiduría de Dios, que se manifiesta en la creación del mundo, y el elogio de los patriarcas” (Ausejo 1987: 507). Con todo, en la obra de Luna ambas obras se atribuyen a Salomón. De esta manera, en cuanto que rey, las sentencias extraídas de sus supuestas obras son, además de argumentos de autoridad, nociones que emanan de la propia auctoritas, definida por la monarquía y la sabiduría. En el preámbulo cuarto, el Eclesiástico aparece para fundamentar la idea de que entre las mujeres las hay viciosas, pero también virtuosas, como ocurre con los individuos del género masculino. En Venturia, Eclesiastés y Eclesiástico se aplican como fuentes de comparación entre diversas cualidades humanas: en primer lugar (Eclesiastés IX, 16), para aseverar que el saber se impone a la fuerza: “Mejor es la sabidoría que la fortaleza” (p. 272); después, para demostrar la relación entre la sapiencia, Dios (la auctoritas) y los fieles: “El amor de Dios es honrada sabidoría e el comienzo de la sabidoría es el temor del Señor el qual anda con las escogidas fembras, e con los justos e fieles es nascido” (p. 273). En la conclusión del Libro de Luna, el Eclesiástico permite matizar cómo la sabiduría no es suficiente si la persona no se conduce con fidelidad y otras virtudes hasta la muerte, tal como se apuntaba a propósito de Casandra. “Non loes a ninguno antes de su muerte” (p. 544). El Libro de la sabiduría, como título sapiencial análogo a las tres fuentes recién analizadas, se usa en el preámbulo tercero para imputar a Adán, como auctoritas masculina, la responsabilidad del pecado original, pues “a él pertenescía principalmente guardar el mandamiento e vedar el pecado” (p. 151). En Lucrecia la misma fuente (Sabiduría III, 13) permite ponderar la castidad como beneficio universal de la humanidad: “¡O quant fermosa es la casta generación! La memoria de la qual non muere,
279 [Apódosis:] síguese que en las voluntades de las mugeres sea de dentro engendrado el apetito o deseo desta bienaventuranza, e que la ellas deseen e quieran así como los omnes (p. 148). Con la construcción causal dominante, se constata que hombres y mujeres comparten el deseo de la bienaventuranza, ya que es el fin de los mortales; y si bien la oración concesiva de la prótasis matiza cómo el apetito de alcanzar la bienaventuranza podría ser mudado y disminuido por la fortuna, este proceso, en cualquier caso, afecta al género humano, no específicamente a las féminas. En los otros preámbulos, en contraste, no tienen tanta relevancia la inductio ni la ratiocinatio, sino el argumento de autoridad y la cita o paráfrasis de pasajes bíblicos, algunos de carácter narrativo, en donde predomina el estilo suelto característico de las historias de las mujeres ejemplares en el núcleo del Libro. Mediante esta alternancia de moldes de compostio se alcanzan las diversas finalidades elocutivas en las secciones de la obra. En general, en las tres secciones centrales de la obra, la compositio difiere en las diversas partes de los capítulos. Así, el exordio y la narratio de los casos de las mujeres y hombres protagonistas suelen estar compuestos en estilo suelto. Esto, por una parte, derivará del propio estilo de las fuentes; pero, en el fondo, es la propia lógica narrativa la que impone esta clase de compositio, pues el relato implica la linealidad lógica y cronológica de las acciones. El estilo suelto, por su mayor flexibilidad, se acomoda mejor a estas necesidades. Por ejemplo, en el exordio de La hija de Jefté, la identidad del protagonista se presenta en estilo suelto mediante la suma de sus actos y atributos: Razonable cosa es de non olvidar la grande e soberana obediencia de virtud de aquella noble donzella fija del noble cavallero Gepté —del qual faze mención el dicho libro de los Juezes en el capítulo donde paresce que este cavallero Gepté era natural de tierra de Galaad—, el qual fue varón muy fuerte e batallador; e sus hermanos le avían desterrado de allí para una tierra llamada Top diziendo él non era legítimo, e, por ende, que non devía heredar con ellos en los bienes de su padre (p. 210). “La continua suma de ideas se corresponde con una sintaxis donde domina la coordinación, relación que mejor traduce lingüísticamente este proceso semántico” (Azaustre & Casas 1997: 146). Por esta vía, para perfilar la identidad de Jefté, sucesivamente se alude a los elementos caracterizadores (noble caballero, varón fuerte y batallador e ilegítimo). De este modo, Jefté encarna una auctoritas de perfil análogo
280 al propio Álvaro de Luna. Otro buen ejemplo de estilo suelto se encuentra en la presentación de Virgineo, padre de Virginea: “Virginea fue virgen romana, fija de Virgineo, cavallero de grand virtud así en la sabidoría de la cavallería como en las cosas pertenecientes al regimiento de la casa e de la familia” (p. 304). De nuevo, la disposición consecutiva de los constituyentes caballero, virtud, sabiduría de caballería, regimiento, casa y familia caracteriza la identidad de Virgineo, auctoritas militar y política paralela a Luna, mediante sus atributos y hechos. En realidad, además de la presentación de los perfiles de los protagonistas masculinos, lógicamente los exordios dedican mayor atención a las protagonistas femeninas, con el mismo recurso al estilo suelto, que permite narrar sus actos y relacionar sus cualidades como virgen, madre, esposa o viuda, hija, hermana, reina, etc., según los casos respectivos, bien como auctoritas, bien como fiel. Al exponer estas semblanzas, es natural que prevalezca principalmente el estilo suelto, como, por ejemplo, ocurre en Tanaquil: Antes olvidado el amor natural que cada uno ha a su tierra e non faziendo fuerza dél, tanto que ella viese su marido e su Señor en estado de honra, por ende, dio consejo a su marido que salliese de la cibdat de Tarquina e se fuese morar en Roma, ca le parescía que aquel era el lugar más aparejado del mundo, donde los ombres podía bevir honrados e aventajados como en pueblo nuevo e porque todas noblezas eran allí, las quales de poco tiempo eran allí engendradas por virtud (p. 274). Argumentativamente, según el proceso inherente a este modelo, el pasaje es “prolongado de manera continua hasta su conclusión” (Azaustre & Casas 1997: 144). A partir del relato de su fuente principal, Tito Livio, mediante la compositio lineal se catalogan sucesivamente ideas básicas del discurso sociopolítico de Luna: primero, el amor a la propia tierra, subrayado a cada paso en la obra, sobre todo en el capítulo De algunas virtudes halladas en las mujeres romanas; en segundo lugar, el respeto y apoyo debidos al marido, que corresponden a la relación entre los fieles y la auctoritas; después, la evocación de Roma como sociedad ideal según Luna, como pueblo nuevo y noble, idea añadida a la fuente para constituirse en patrón para el reino de Castilla; y, por último, el requisito de la virtud para ser admitido en la comunidad, pese a “ser de estraña nación” (p. 274). En la cadena dialéctica de los capítulos en las tres partes del Libro, las ideas
281 desarrolladas en la propositio discurren mediante los estilos suelto o periódico, según el objetivo oratorio: si el estilo suelto facilita la narración, el período fortalece la prueba argumentativa. Estas propositiones suelen empezar por apóstrofes, exclamaciones o interrogaciones retóricas. Así, en muchos apartados, hay más de una secuencia iniciada mediante figuras patéticas, como, por ejemplo, enen Susana: ¡O muger de muy grande e alta castidad, e de muy grande, e noble, e fuerte corazón! ¡O fembra la qual es de magnificar por títulos muy señalados! (pp. 223-224) Tales tramos, que con frecuencia abren el párrafo, contribuyen a la energía de la expresión por “la moción de los afectos” de los lectores (Azaustre & Casas 1997: 150). De este modo, en Casandra, la exclamatio pondera la importancia de los cambios de fortuna en la vida humana: “¡O singular doctrina de la miseria umana que demuestra que ninguno en aquesta vida non se debe dezir bienaventurado porque fasta la muerte él puede venir en grandes e desastrados trabajos de fortuna!” (p. 396). Y en María Magdalena, la inverosimilitud del milagro atribuido a la protagonista conduce a una dubitatio interrogativa, dilema finalmente resuelto como afirmación del carácter fidedigno de los hechos: “¿Fablaré o callaré? Por cierto mejor sería callar que fablar si por ventura non creyese que en algund tiempo lo que he de escrivir non oviese de venir a algunos altos e muy buenos varones que es cierto ser alumbrados por luz de la fe” (p. 512). Si en el primer ejemplo las ideas se ligan sucesivamente, en el segundo caso, al aflorar la duda, la sintaxis condicional hace asomar el período. Por lo tanto, los conceptos constituyentes de la proposición del autor pueden proceder de manera lineal o circular, con la consecuente floración del estilo suelto o el período. Como modalidad específica del período, un buen ejemplo de estilo periódico de miembros, que opera por divisiones u oposiciones más que por interordinación sintáctica, aparece en la propositio del capítulo dedicado a Sara. Tras el apóstrofe exclamativo introductorio, el autor estructura sus ideas mediante la serie simétrica de los miembros oracionales: ¡O muger santa e de muy grandes virtudes, con la qual Dios fizo tan grandes miraglos! Lo primero, librándola de poderío de aquellos reyes tiranos porque su castidad fuese guardada; lo segundo, queriendo que ella
282 concibiese en tan grande hedad de noventa años, que fue una cosa tan señalada e tan maravillosa e contra toda costumbre natural por lo qual paresce ésta ser una grand cosa e muy notable por especial gracia de Dios; lo tercero, que pues esta santa muger meresció serle enviado el ángel por Dios, por el qual le embió anunciar e dezir que en su tan grand vejez avía de concebir e parir aquel fijo que después ovo, e en este tan grande mensage acatado así el que lo embiava que era Dios como el mensagero que era ángel, paresce ser ella muy aventajada más que algunas otras mugeres, sacada siempre sobre todas la virgen nuestra señora santa María a la qual non se pueden nin deven comparar ningunas otras mugeres quanto quier que sean santas e virtuosas nin aun todas; lo quarto, por quanto non embargante que el dicho patriarca Abrahán sea cabeza de los otros patriarcas e el que primeramente conosció a nuestro Señor Dios, el qual aún entonce non era conoscido por las gentes e lo él predicó, e por su mandado e servicio dexó su tierra, e nación, e posesiones, e bienes, e andovo peregrinando por el mundo pasando muchos trabajos e afanes segund más largamente su ystoria recuenta, el qual era tan santo e tan excelente que Dios en la Sacra Escriptura lo llamó amigo suyo; ese mesmo Nuestro Señor mandó al dicho patriarca Abraham que siguiese en todas las cosas los consejos e hordenanzas desta tan santa e tan virtuosa muger suya Sarra, segund todo esto paresce muy notablemente por el libro del Génesi desde el onzeno capítulo fasta el XXI del dicho libro donde más largamente su ystoria lo recuenta (pp. 169-170). A través de los cuatro miembros enumerados se completa la exposición del perfil privilegiado de Sara como mujer y madre, con las razones por las que la protagonista representa tanto a la fiel como a la auctoritas. En este mismo capítulo se puede emplear también el período integrado por incisos, que posibilita una argumentación más ágil: ¡O virtud muy grande alta e maravillosa! La qual es de anteponer a las otras virtudes, que por ningund roydo, por ningunos mandamientos, por ningunos establecimientos de Philosofía, por las fuerzas propias que callan e no fablan, maravilloso amor pone en los corazones de los ombres, en tanto que muchas veces desnudándose alguno de su propio amor e caridad de sí mesmo se ha vestido de amor e caridad de sus padres, e de sus fijos, e de los otros, e la mujer del amor de su marido (p. 173). En este contexto, con la nerviosa cadena de incisos Luna subraya la posición privilegiada de la piedad entre las virtudes humanas, que, mediante un escalonado razonamiento, se presenta superior a cualquier obstáculo, ley o principio filosófico, para lograr el soporte a la auctoritas y la realización del ideal. Como corolario, la piedad se proyecta hacia padres, cónyuges e hijos, que se refieren a las relaciones entre los fieles, la auctoritas y los compañeros de la empresa. Los incisos permiten, por lo tanto, relacionar y ponderar las virtudes y
283 cualidades de las protagonistas. Por caso, en La mujer de Isaías el procedimiento permite loar breve y rotundamente la tolerancia virtuosa del fiel a la auctoritas: “¡O muger romana muy notable e virtuosa! ¡Quánta fé, quánta paciencia, quánta bondat, quánta lealtad, quánta nobleza, quánta grandeza e fortaleza de corazón ovo en ti que fueste poderosa de sojudgar el sentido del olor que es naturalmente tan delicado (p. 353). En De algunas virtudes halladas en las mujeres romanas, la relación de incisos fomenta los atributos de las ciudadanas constructoras de la república: “¡O dueñas e donzellas romanas! Pues que fuestes tan notables, tan generosas, tan religiosas, tan sabias, tan prudentes, tan discretas, tan virtuosas en toda manera e generación de virtud, segund que vuestros magníficos fechos dan de vos testimonio verdadero” (p. 370). En Sulpicia, hija de Servio Patroclo, la combinación de interrogación retórica y el período de incisos resulta de gran eficacia expresiva en el completo panegírico de la protagonista: ¡O mujer muy bienaventurada e digna de grandes loanzas! ¿quál imperio, quáles regnos, quáles tierras e señoríos, quáles riquezas, quál fermosura, quál generosidad o fidalguía de parientes, te podieran fazer tan noble, e tan clara, e tan fermosa, e que la tu memoria durase para siempre como meresciste ser fecha e loada por la tu grand castidad, seyendo escogida como fueste en tan grand número de tantas emperatrizes, tantas reynas, tantas duquesas, tantas condesas, tantas señoras, tantas madres, tantas nobles, tantas fijasdalgo, tantas cibdadanas e otras muchas mugeres que en Roma eran, la qual entonces señoreava todo el mundo era señora e cabeza dél? (p. 375) La alternancia de modelos de compositio propicia la introducción de variationes estilísticas, que evitan la monotonía expresiva. Incluso, como ejemplo excepcional, en el capítulo dedicado a Diana, Luna opta por combinar el período circular, que se manifiesta en la estructura condicional y causal, con los incisos, que integran tanto la prótasis como la apódosis: [Prótasis:] ¡O vida bienaventurada compuesta de todas virtudes!, la qual, si bien la quieres contemplar, non fallesce en ella justicia, nin fortaleza, nin prudencia, [Apódosis:] ca el que es temprado conviene que sea fuerte, el que es fuerte conviene que sea justo, el que es justo conviene que sea prudente, el que es prudente que sea manso, el que es manso que sea apartado de toda turbación (p. 392). Como hemos comprobado (apdo. 4.1.2), para la ponderación de las protagonistas, el Libro recurre a menudo a figuras ejemplares masculinas, a quienes las preclaras
284 mujeres igualan e incluso superan. La inserción de esta clase de exempla suele efectuarse mediante el estilo periódico, en particular a través de las modalidades del período de incisos o de miembros. Por una parte, los personajes ejemplares son presentados en yuxtaposición a las protagonistas; por otra, los incisos o miembros permiten relacionar ordenadamente las funciones y méritos de estos personajes ejemplares. Veamos un par de muestras, respectivamente integrados por períodos de incisos y miembros. Dentro de la primera categoría, en Ester la protagonista iguala a quienes tienen “el fin de criar la postrimería de los que eran por venir” (p. 187), inventariados mediante rápidos incisos: Nin aun fue menor que los dos cavalleros romanos Decios, nin que los dos Catones, nin que los llamados Cipiones, nin que esos siete que cerca de los griegos son ávidos e nombrados por sabios, nin aun aquel que segund los gentiles es juzgado ser muy sabio por sentencia de Apolo que ellos avían por Dios (p. 188). En un contexto análogo, en Virginea, hija de Aulio Publio, los miembros permiten señalar más en detalle cómo la protagonista sobrepuja en virtudes a los más eximios varones, lo cual torna “indecible” la ponderación de la mujer: ¿Q ué cosa más clara más santa dixieran los dos Cipiones si fueran presentes por acrescentar la castidad?, ¿qué podiera más dizir Metelo, el qual mató Aníbal?, ¿qué más dixiera Paulo, el qual morió en la batalla de Canas?, ¿qué más dixiera Africano, al qual mataron las paredes de su casa?, ¿qué más podiera dezir Rutilio muy ynocente varón e muy ensañado, el qual fue desterrado? (p. 310). En fin, ya en la conclusión del Libro de Luna, una sección que por naturaleza lógica y retórica tiene una base argumentativa esencial, la recapitulación de las propuestas ideológicas de la obra se manifiesta a través de períodos circulares, como, por ejemplo, esta secuencia concesiva: [Prótasis]: Commo quiera que muchos otros enxemplos e claras vidas se nos representen e ofrezcan en honra, e loor de las claras e virtuosas mugeres de nuestro tiempo, así de los estados mayor, e mediano, e menor, de las quales algunas dellas oy biven, cuya vida gloriosamente ha resplandescido dentro de los términos de las nuestras Españas que muy digna sería de memoria perdurable, [Apódosis]: perdónenos aquellas si faziendo aquí fin al nuestro libro las sus vidas virtuosas callando traspasaremos (p. 543).
285 Aquí el período al servicio de una protocolaria brevitas: aunque el autor es sabedor de que la materia daría para un discurso más amplio, el Libro se concentra en una selección de historias posibles, de donde conscientemente se ha excluido a las mujeres castellanas vivas. El artificio permite, de una parte, evitar acusaciones de parcialidad, y, de otra, proteger la identidad de personas afines a Luna, que podrían verse comprometidas. De este modo, se sugiere que el grupo de adeptos de Luna merece la discreción del autor, con objeto de protegerlos. Como ejemplo último, veamos la ratiocinatio que cierra la sección doctrinal de la conclusión, que, como cabía esperar, se configura en forma de período, circular en esta especial ocasión. A partir de Corintios 11, la precedente defensa de la mujer a lo largo de la obra recibe un matiz esencial, que demuestra los marcados límites del protofemenismo del Libro de Luna: el hombre y la mujer fueron creados por Dios, y como sus hijos interdependientes, “así el varón como la muger todos son en Dios e por Dios” (p. 550); ahora bien, en particular, Eva fue creada a partir de Adán, [Prótasis:] Segund lo qual bien acatado, aunque las mugeres sean muy virtuosas e de gran excelencia, e algunas dellas sobrepujen en virtudes e cortesía e onestad e toda buen doctrina, [Apódosis:] tanto más deven aver en reverençia a los varones, e por esto non se niegan sus loables vritudes, antes se afirman e muestran ser más perfectas e complidas, e que en toda generación de virtud es ygual entrada así a las mugeres como a los ombres (ibidem). El período concesivo, por consiguiente, supone una defensa del orden tradicionalmente establecido, de acuerdo con la autoridad de san Pablo (Corintios 11, 3), “onde dize que ‘Nuestro señor Jesucristo es cabeça de todo virtuosos varón e quel varón es cabeça de la muger’ ” (p. 549). Y tal prevención debe leerse asimismo de manera oblicua, en la línea subyacente de todo el Libro: del mismo modo, los fieles más eminentes se someterán a la auctoritas de Luna.
286
287 5 CONCLUSIONES De acuerdo con las finalidades de la conclusión según la retórica, que pretenden “refrescar la memoria” (Lausberg 1966: §431), haremos ahora una recapitulación de los resultados de la presente tesis. Antes de nada, se confirma que la retórica es el código fundamental con que se manifiesta la voluntas o intención del autor. Eso no solo se debe a que Luna recomiende el ars como modo teórico para realizar los objetivos judicial y deliberativo propuestos, sino también por su uso práctico en la composición del Libro de las virtuosas e claras mujeres. En el último proceso, algo digno de atención es la táctica oratoria general, el ductus obliquus, pues la lectura literal de la obra —la defensa de la dignidad de la mujer—, con ser mensaje esencial, no agota los significados del texto, pues bajo esta primera capa se vela otro discurso de clave política. En la tesis hemos hecho un estudio sobre la retórica del Libro de Luna, considerando los tres estratos del discurso: la inventio, la dispositio y la elocutio. En la inventio, advertimos el recurso a los lugares de persona y de cosa, y los tópicos tradicionales concernientes a ambos niveles. Escogidos los lugares de persona, Luna presenta a los protagonistas, femeninos y masculinos, que, en una segunda lectura, sirven de modelos de la auctoritas y del súbdito leal ideales por la concordancia de caracteres. En particular, mediante los tópicos tradicionales de persona, se ponen de relieve y promueven los atributos, actitudes y hazañas de las protagonistas ejemplares, contribuyentes a la realización del ideal según Luna. Al tiempo, establecidos los lugares de cosa, se recrean los hechos de los personajes ejemplares y sus circunstancias para introducir a los lectores las posturas y propuestas políticas e ideológicas del autor. Análogamente, los tópicos tradicionales de cosa son aprovechados al servicio de la creación literaria, de una parte, y, de otra, para la sugestión de demandas a los lectores. Por esta vía, los lugares de persona y de cosa enuncian las calidades de las mujeres e ideas protofeministas como sentidos aparentes, pero también las características de la auctoritas y los fieles, así como otras propuestas sociopolíticas, como sentidos
288 subyacentes implicados. La dispositio del conjunto del Libro puede verse como estructura trimembre o, consideradas las subdivisiones del núcleo narrativo, como estructura quinquemembre. Al margen del prólogo panegírico de Juan de Mena para el condestable, el proemio y el preámbulo del Libro constituyen el exordio, cuyos objetivos retóricos son el docilem parare y el iudicem benevolum parare. La segunda sección es el núcleo narrativo, a su vez repartido en tres grandes secciones, que asumen las funciones de la narratio y la argumentatio. Estas tres partes, según las leyes de Escritura —la época del Antiguo Testamento—, Natura —la Antigüedad pagana— y Gracia —la era cristiana—, se configuran mediante dos criterios combinados: el ordo natural de la cronología —desde Eva a las santas y mártires cristianas, pasando por las heroínas clásicas— y las creencias religiosas —la edad precristiana, hebrea o gentil, y el advenimiento del Mesías—. Como cierre, la breve sección epilogal nos ofrece una conclusio y recapitulación de las ideas presentadas en la obra. Tanto en el exordio como en los capítulos del núcleo narrativo, se adopta la dispositio general del Libro, de modo que la microestructura de estos elementos se compone con frecuencia de exordio, núcleo (narratio y argumentatio) y conclusio. Este modelo básico, sin embargo, se aplica de manera flexible y, en virtud de la variatio, a veces son omitidos el exordio o la conclusión. Así, en el proemio y los preámbulos, los exordios sirven para docilem y benevolum parare. La narratio se concreta en propositio y partitio, para asegurar la brevitas y la claridad del discurso. La argumentatio se realiza mediante la inductio analógica, la ratiocinatio y el argumento de autoridad. Y en la conclusio se recapitulan las propuestas previas o se procura la moción de los lectores. De manera análoga, en los capítulos del núcleo narrativo, que funcionan como exempla en sí mismos, los exordios buscan también el docilem, attentum y benevolum parare. Dentro de la narratio, con la propositio y la partitio se propician la brevitas y la perspicuidad, si bien el ductus obliquus perifrástico incorpora una dificultad, al exigir una lectura complementaria del texto; análogamente, el orden (crono)lógico en la exposición de historias garantiza la dimensión probabilis del discurso, aunque las digresiones debilitan un tanto esta línea. La argumentatio se apoya en el exemplum, el typus y el argumento de autoridad. Y, como colofón, en la conclusio se resumen las
295 BIBLIOGRAFÍA ALCINA ROVIRA, Juan Francisco, ed. (1991): Rhetorica ad Herennium. Retórica a Herenio, ed. bilingüe, Barcelona: Bosch. ÁLVAREZ PELLITERO, Ana María, ed. (1993): Cancionero de Palacio, Salamanca: Junta de Castilla y León. ARCHER, Robert (2001): Misoginia y defensa de las mujeres, antología de textos medievales, Madrid: Cátedra. ARISTÓTELES, Ética nicomáquea. Ética eudemia, vid. Pallí Bonet (2016). AUSEJO, Serafín de (1987): Diccionario de la Biblia, Barcelona: Herder. AZAUSTRE GALIANA, Antonio y Juan CASAS RIGALL: Manual de retórica española, Barcelona: Ariel. Biblia Sacra iuxta Vulgatam Clementinam, ed. de A. Colunga y L. Turrado, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 19857 (19461). BOCCACCIO, Giovanni, De mulieribus claris, vid. Boriaud (2013), Díaz-Corralejo (2010), Hurus (1494) y Zaccaria (1967). BORIAUD, Jean-Yves y Vittorio ZACCARIA, ed. y trad. (2013): Giovanni Boccaccio, De mulieribus claris, ed. bilingüe latino-francesa, París: Les Belles Lettres. BOYER, Agustín (1989): Estudio descriptivo del Libro de las virtuosas e claras mujeres de Don Álvaro de Luna: Fuentes, género y ubicación en el debate feminista del siglo XV, Berkeley: U.M.I. CARRIAZO, Juan de Mata, ed. (1940): Crónica de Don Álvaro de Luna, condestable de Castilla, Maestre de Santiago, Madrid: Espasa-Calpe. CARTAGENA, Alfonso de, La rethórica de M. Tullio Cicerón, vid. Mascagna (1969). CASTILLO, Manuel ed. (1909): Álvaro de Luna, Libro de las claras e virtuosas mujeres, Toledo: Rafael G. Menor. CHICOTE POMPANIN, María Teresa y Ángel FUENTES ORTIZ (2013): “El auctor de esta obra es el Condestable Don Álvaro de Luna, Génesis, iluminación y suntuosidad
296 en las Virtuosas e claras mujeres”, en O. López, ed., Don Álvaro de Luna: poder, propaganda y memoria histórica en el otoño de la Edad Media, Escalona: Ayuntamiento, pp. 171-212. CICERÓN, Marco Tulio, De inventione, vid. Núñez (1997) y Reyes Coria (1997). COROMINAS, Juan (1980): Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid: Gredos, 6 vols. COVARRUBIAS OROZCO, Sebastián de (1611): Tesoro de la lengua castellana o española, vid. Maldonado (1994). CURTIUS, Ernst Robert (1948): Literatura europea y Edad Media latina, trad. de Margit Frenk y Antonio Alatorre, México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1955. DÍAZ-CORRALEJO, Violeta, trad. (2010): Giovanni Boccaccio, Mujeres preclaras, Madrid, Cátedra. DUTTON, Brian, ed. (1990): El cancionero del siglo XV, Salamanca, Universidad, 19901991, 7 vols. FAIRCLOUGH, H. Rushton, ed. (1980): Virgil in two volumes, Cambridge (Mass.): Harvard University Press, 2 vols. GÓMEZ REDONDO, Fernando (2002): Historia de la prosa medieval castellana. III, Madrid: Cátedra. HERNÁNDEZ AMEZ, Vanesa (2002): “Mujer y Santidad en el siglo XV, Álvaro de Luna y El libro de las virtuosas e claras mujeres”, Archivum. Revista de la Facultad de Filología, 52-53, pp. 255-288. HURUS, Pablo, ed. (1494): Giovanni Boccaccio, De las mujeres ilustres en romance, Zaragoza: Imprenta de Paulo Hurus (edición facsimilar, Madrid, Castalia, 1951; facsímil electrónico, Biblioteca Digital Hispánica, http://bdhrd.bne.es/viewer.vm?id=0000176846&page=1). LAUSBERG, Heinrich (1966): Manual de retórica literaria, trad. de J. Pérez Riesco, Madrid: Gredos, 1966-1969, 3 vols. LAUSBERG, Heinrich (1975): Elementos de retórica literaria, trad. de M. Marín, Madrid: Gredos. LIVIO, Tito, Ab urbe condita, vid. PHI. LÓPEZ MOREDA, Santiago, trad. (2003): Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, Madrid: Gredos. LUNA, Álvaro de, Libro de las virtuosas e claras mujeres, vid. Menéndez Pelayo (1891), Castillo (1909), Pons Rodríguez (2008) y Vélez-Sainz (2009).
297 MACÍAS, José Manuel, trad. (1982): Santiago de la Vorágine, Leyenda aurea, Madrid: Alianza Editorial. MALDONADO, Felipe, ed. (1994): Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española, ed. de M. Camarero, Madrid: Castalia. MASCAGNA, Rosalba, ed. (1969): Alfonso de Cartagena, La rethórica de M. Tullio Cicerón, Napoli: Liguori. MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, ed. (1891): Álvaro de Luna, Libro de virtuosas e claras mujeres, Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles. MORRÁS, María (1991): “Cuadernos Bibliográficos. 5. Repertorio de obras, manuscritos y documentos de Alfonso de Cartagena (ca. 1384-1456)”, Boletín Bibliográfico de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, 5, pp. 213-248. NIETO, José Manuel (2017): “Álvaro de Luna tirano. Opinión pública y conflicto político en la castilla del siglo XV”, Imago Temporis. Medium Aevum, 11, pp. 488507. NÚÑEZ, Salvador, trad. (1997): Cicerón, La invención retórica, Madrid: Gredos. ORTEGA CARMONA, Alfonso, ed. (1996): Quintiliano, Institutio orataria. Sobre la formación del orador, ed. bilingüe, Salamanca: Kadmos, 5 vols. PALLÍ BONET, Julio (2016): Aristóteles, Ética nicomáquea. Ética eudemia, intr. de E. Lledó, Madrid: Gredos. PHI=PACKARD HUMANITIES INSTITUTE: PHI. Classical Latin Texts; ed. electrónica, https://latin.packhum.org/index. PONS RODRÍGUEZ, Lola (2002): “Notas sobre los tipos de argumentación en la prosa del XV: prouar por razones”, Res Diachronicae, 1, pp. 281-292. PONS RODRÍGUEZ, Lola, ed. (2008): Álvaro de Luna, Virtuosas e claras mujeres. Edición, introducción y notas, Burgos: Junta de Castilla y León. QUINTILIANO, Marco Fabio, Institutio Oratoria, vid. Ortega Carmona (1996). REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA (2022): Biografía de Álvaro de Luna, https://dbe.rah.es/biografias/12479/Álvaro-de-luna. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (2014): Diccionario de la lengua española, Madrid: Espasa. REYES CORIA, Bulmaro Enrique, trad. (1997): Cicerón, De la invención retórica, México D.F.: UNAM. RUIZ GARCÍA, Elisa (2004): Los libros de Isabel la Católica. Arqueología de un
298 patrimonio escrito, Madrid: Instituto de Historia del Libro. SÁNCHEZ CANTÓN, Francisco J. (1950): Libros, tapices y cuadros que coleccionó Isabel la Católica, Madrid: CSIC-Instituto Diego Velázquez. SERRANO BELINCHÓN, José (2000): El condestable: de la vida, prisión y muerte de don Álvaro de Luna, Guadalajara: AACHE Ediciones. SORIANO SANCHA, Guillermo (2014): Tradición clásica en la Edad Moderna: el legado de Quintiliano y la cultura del Humanismo, Rioja: Universidad de la Rioja. VALERIO MÁXIMO, Publio, Facta et dicta memorabilia, vid. López Moreda (2003). VÉLEZ-SAINZ, Julio (2002): “Boccaccio, virtud y poder en el Libro de las claras e virtuosas mujeres de Álvaro de Luna”, La Corónica, 33, pp. 107-122. VÉLEZ-SAINZ, Julio, ed. (2009): Álvaro de Luna, Libro de las virtuosas e claras mujeres, Madrid: Cátedra. VÉLEZ-SAINZ, Julio (2012): “Mecenazgo y representación: Imágenes de Álvaro de Luna en el Libro de las virtuosas e claras mujeres, el castillo de Escalona y la Catedral de Toledo”, Hispanic Review, 80, pp. 175-195. VIRGILIO, Églogas. Geórgicas. Eneida. Appendix Virgiliana, vid. Fairclough (1980). VORÁGINE, Santiago de la, Legenda aurea, vid. Macías (1982). ZACCARIA, Vittorio, ed. (1967): Giovanni Boccaccio, De mulieribus claris, vid. Boriaud (2013).
Mediante el presente trabajo, intentamos analizar la aplicación de la retórica en el Libro de Álvaro de Luna. Tras la sección introductoria, como fundamento se investigan las tres fases del discurso, la inventio, la dispositio y la elocutio, así como los objetivos o tesis del autor. De este modo, se revelan las ideas y tópicos, la estructura de la obra y sus capítulos, con sus interrelaciones, y los procedimientos elocutivos elegidos. En este sentido, el libro, inserto en el debate sobre la condición femenina, pertenece a los géneros judicial y deliberativo. Por la retórica, bajo el discurso en defensa de la mujer, Luna propone a los lectores un modelo afín a sus conceptos políticos e ideológicos, y aboga por la auctoritas y la lealtad, procuradores del ideal sociopolítico propuesto, exigiéndoles su asunción y defensa.
[Document text truncated for crawler view.]