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La Perinola, 16, 2012 (17-46) recibido: 13-2-2012 / aceptado: 16-3-2012 De amor y venganza en la poesía de Quevedo: perspectivas de la amada envejecida en la tradición del carpe diem María José Alonso Veloso Universidad de Santiago de Compostela Facultad de Filología Santiago de Compostela 15782 [email protected] [La Perinola, (issn: 1138-6363), 16, 2012, pp. 17-46] «Ese bello rostro será ajado por el devenir de los años, / la arruga senil hará su aparición en tu anciana frente / y pondrá su mano sobre tu belleza la dañina vejez, / que llega con paso silencioso; / y, cuando alguien diga: “ésta fue hermosa”, te afligirás / y te quejarás de que tu espejo es mentiroso» (Ovidio, Tristezas, 3, 7, vv. 33-38)1. «Amad, amad, amad, correspondidos, / dijo, si sois discretos amadores; / y el que el desprecio no vengare necio, / la edad le vengará de aquel desprecio» (El Parnaso español, p. 299). Estos versos iniciales señalan algunos de los motivos clásicos que han ido tejiendo —desde la literatura arcaica griega, la poesía alejandrina, la epigrafía funeraria, la poesía latina y Horacio, el Renacimiento y el Barroco, hasta la actualidad— el conglomerado de influencias que denominamos carpe diem, siempre multiforme y resistente a clasificaciones o tipologías debido a su inaprensible variedad. Ovidio, con la admonición a la mujer hermosa para que conozca la caducidad de su belleza y la impotencia que sentirá ante el espejo cuando se vea vieja; los versos que sirven de cierre a la musa iv, Erato, en El Parnaso español de Quevedo, con la venganza del amante despechado, auxiliado por la edad, por el tiempo destructor. Quevedo no fue ajeno a la rica tradición literaria que configuró el tópico del carpe diem, multiplicándolo en recreaciones de sentido diverso. Como en tantas esferas de su literatura, destacan en sus versiones del 1. «Ista decens facies longis uitiabitur annis, / rugaque in antiqua fronte senilis erir, / inicietque manum formae damnosa senectus, / quae strepitus passu non faciente uenit; / cumque aliquis dicet, “fuit haec formosa” dolebis, / et speculum mendax esse querere tuum» (ed. E. Baeza Angulo, Madrid, csic, 2005).
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 18 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO mismo la densidad y variedad de sus fuentes, casi siempre entremezcladas en un único poema. El propósito de este estudio es realizar un recorrido por los poemas incluidos en la musa amorosa, Erato, para intentar desentrañar el modo en que —como hizo con otros tópicos abordados en su poesía— consiguió una recreación peculiar, diferenciada de la de sus contemporáneos, incluso en materia que ofrecía ya tan pocas posibilidades de originalidad (por repetida) como el carpe diem y la brevedad de la rosa2. Conviene advertir que se manejará este tópico en un sentido amplio y poco restrictivo, en consonancia con sus imprecisas fronteras y las mutaciones experimentadas desde la antigüedad grecolatina. Ya advertía García Berrio (1978, p. 246), en su estudio clásico sobre los sonetos españoles dedicados a este asunto, que la solidaria presencia casi simultánea de los varios ingredientes de lo que ha de ser el conglomerado tópico, no permite establecer siempre diferencias fáciles entre exhortación epicureísta, triunfo floral, decadencia de la rosa, vejez y caducidad de la hermosura, reproche amoroso e invocación al estoicismo3. El corpus de Erato El cancionero amoroso de Quevedo, constituido por 101 sonetos, 8 madrigales, 7 idilios, 3 canciones, 11 romances, 2 poemas en redondillas y 1 en quintillas, distribuidos en las dos secciones de que consta la musa iv, Erato4, contiene diversas manifestaciones del tópico, significativas tanto por su frecuencia cuanto por la variedad de enfoques del mismo: este corpus de poemas es muestrario de todas las posibles manifestaciones que el carpe diem —y tópicos a él asociados como collige, virgo, rosas o tempus fugit— adquiere en la poesía de la época. Aunque es cierto que la gran mayoría de ellos parece resultado de la «hipertrofia de una derivación del tema, la moralista y estoica, en detrimento de la permanencia de sus esencias básicas epicúreas», la poesía quevediana permite matizar las palabras de García Berrio (1978, p. 248) cuando afirma que aquéllas, sostenidas por la tradición de modelos clásicos, fueron mantenidas «casi en exclusiva […] por la genialidad independiente de tres grandes vates: Garcilaso, Góngora y Sor Juana Inés». Quevedo, llevado de su práctica habitual de imitar y contaminar textos de la tradición clásica, tampoco desdeñó breves incursiones de tono 2. Las posibles fuentes manejadas por Quevedo en los poemas seleccionados para el estudio fueron señaladas por Rey y Alonso en su edición de la primera sección de Erato (2011, pp. 19-22, 53-56, 181-184, 205-211, 283-288 y 317-324). 3. Sobre el tópico, sigue resultando imprescindible el estudio de González de Escandón, 1938. 4. A este grupo hay que sumar los poemas amorosos publicados por Aldrete en Las tres musas (1670), así como otros de manifiesto carácter amoroso pese a no estar contenidos en Erato, tal vez por las complejas vicisitudes textuales de la poesía de Quevedo tras su muerte.
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 19 anacreóntico y epicureísta, de exhortación al disfrute de los placeres mundanos y la juventud antes de la llegada de la muerte, aunque también es cierto que el tono melancólico predominante le aproxima más a las odas horacianas. La serie más destacada de poemas adscribibles al tópico se encuentra en la primera sección de Erato, en el grupo de cincuenta sonetos con que se inicia: de ellos, un total de tres abordan, con perspectiva diferente como se verá después, el asunto de la caducidad de la hermosura femenina, asociada o no al motivo de la flor. Es llamativa, en primer lugar, la frecuencia con que se recrea el tema, pero también su disposición en la musa, cuya división temática tripartita —sentimientos del amante, belleza de la dama y filosofía sobre el amor— parece multiplicarse en grupos trimembres de poemas asociados por un argumento común: tres sonetos dedicados al carpe diem, otros tres a la impugnación del dios amor, tres más a alabanzas paradójicas de damas aquejadas por algún defecto visual… A estos rasgos dispositivos debe añadirse el hecho de que los poemas consagrados a la fugacidad de la belleza y la vida humana se colocan en forma de gradatio, desde las manifestaciones más próximas a la exhortación epicúrea —aunque teñida de moral estoica— ante una hermosura aún existente hasta el vituperio cruel contra una mujer envejecida, en venganza por sus pasados desdenes. La brevedad de la hermosura. «La mocedad del año, la ambiciosa» Este conjunto de sonetos se inicia con el poema «La mocedad del año, la ambiciosa» (4)5, cuyo epígrafe lo sitúa de manera inequívoca en el ámbito indicado: «Con ejemplos muestra a Flora la brevedad de la hermosura, para no malograrla»6. Los ejemplos son, como en las expresiones más ortodoxas del tópico, las flores de la primavera —la del almendro, el clavel, la rosa—, cuya belleza y corta vida favorecen la asociación con la mujer7. Flora es nombre que no parece elegido al azar: además de evocar las flores descritas en los dos cuartetos, es la diosa romana de la primavera y se asocia usualmente con la estación florida8. El sintagma la brevedad de la hermosura incluye ya el valor moralizante 5. Todas las citas de estos poemas proceden de Quevedo, Poesía amorosa (Erato, sección primera), ed. Rey y Alonso Veloso. 6. Objetivo que, en versión masculina, se puede rastrear en las odas horacianas en las que se exhorta a un joven a olvidar su soberbia ante la amenaza de la vejez (1, 9 y 4, 10), conectadas con las manifestaciones más generales sobre la fugacidad de la vida y el fin de la belleza, de tono anacreóntico y epicúreo, de las odas 2, 3 y 11. 7. Sucede así también en el soneto «Sin razón contra el cielo, Aglaya mía» de Rioja, donde se dice, a propósito de los bellos colores del rostro de la dama, «¿qué otra cosa / son que una breve flor» (vv. 10-11), y se incluyen abundantes imágenes florales, uno de los motivos preferentes de este autor también en sus silvas, de tono moral y con elementos de la naturaleza inspirados en Horacio. 8. Como sucede en la égloga 1 de la Bucólica del Tajo, de Fernando de Herrera; en el poema de T. Tasso «Io fui già Flora, ah non sia detto in vano» (Rime, 2 1608, p. 49, vv. 4-9); o en la canción «La ninfa del Tebro» de Marino (Rime, 2, 5, pp. 42-48, vv. 48-49).
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 20 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO habitual en este tipo de poemas, acentuado con la expresión para no malograrla. La parte inicial del soneto, los dos cuartetos ya mencionados, parece un homenaje consciente —pese a las obvias diferencias métricas, que determinan la mayor concisión quevediana— al poema latino que se considera arranque fundamental del tópico, «De rosis nascentibus», atribuido a Ausonio, en la descripción detenida de las flores primaverales. Recuérdese que tras ella el autor latino iniciaba una reflexión melancólica sobre la breve vida (apenas un día) de tal regalo de la naturaleza9, antes de la escueta exhortación final10: «collige, virgo, rosas dum flos novus et nova pubes, / et memor esto aevum sic properare tuum» (vv. 50-51)11. Quevedo reserva una exhortación similar también para la conclusión, los dos tercetos, conminando a Flora a aprovechar su juventud, pero en proporción la parte de inequívoco sentido moral adquiere mayor importancia que en Ausonio. La invitación escueta de éste se hace más explícita e imperativa en Quevedo, quien acentúa notablemente el tono admonitorio, con términos como reprehensiones, soberbia, arrepentir, discreta…, ya anticipados en el epígrafe. El primer terceto sintetiza la habitual identificación entre las flores y la belleza humana, sujeta a las leyes de flor; el segundo se construye por medio de una rápida transición por las edades de la vida humana, que discurre desde el presente de la hermosura de Flora al futuro, momento de arrepentimiento y dolor por el pasado perdido, de la discreción dolorosa por tardía. En Ausonio, el protagonismo del poema corresponde a la naturaleza, con la que se evoca la vida y la hermosura de la doncella objeto de la exhortación. En Quevedo resulta llamativa también la «ausencia», la falta de protagonismo de la dama a quien la voz poética muestra los ejemplos florales; como el autor latino, usa éstos para referir, sin nombrar, los rasgos y cualidades de la dama, no descrita con la tópica imaginería petrarquista de otros autores del Siglo de Oro, como Garcilaso de la Vega o Góngora, en sus sonetos ya clásicos «En tanto que de rosa y azucena» y «Mientras por competir con tu cabello» o «Ilustre y hermosísima María», respectivamente. Mientras Quevedo consagra los 9. «quam longa una dies, aetas tam longa rosarum, / quas pubescentes iuncta senecta premit» (vv. 43-44). 10. ‘La rosa que hacía poco brillaba con el fuego intenso de su corona, perdía el color al caerse los pétalos. Yo estaba sorprendido de ver el robo implacable del tiempo huidizo, de contemplar cómo envejecen las rosas apenas nacidas. He aquí que la purpúrea cabellera de la flor orgullosa la deja mientras hablo y es la tierra la que brilla cubierta de rubor. Tales bellezas, tantos brotes, tan variados cambios un único día los produce y ese día acaba con ellos. Lamentamos, Naturaleza, que sea tan breve el regalo de las flores: nos robas ante los ojos mismos los obsequios que muestras. Apenas tan larga como un solo día es la vida de las rosas; tan pronto llegan a su plenitud, las empuja su propia vejez. Si vio nacer una la Aurora rutilante, a ésa la caída de la tarde la contempla ya mustia» (i, «El nacimiento de las rosas’, vv. 33-51). 11. ‘Corta las rosas, doncella, mientras está fresca la flor y fresca tu juventud, pero no olvides que así se desliza también la vida’.
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 21 dos cuartetos a la descripción demorada de la plenitud de las flores en primavera, que el lector asocia después a la de la joven Flora, Garcilaso y Góngora procedían a la inversa, sugiriendo el mundo vegetal a partir de las menciones explícitas, y metaforizadas, de las partes del rostro de la mujer hermosa12. Tal vez haya que pensar en este caso también en la influencia de Horacio, que en sus recreaciones del carpe diem acostumbra a ofrecer una amplia descripción paisajística, en relación con las estaciones del año, exenta de referencias a la belleza de la dama y por lo general más amplia que la propia exhortación final, de índole moral, con la que se reconduce el propósito del poema. Por otra parte, los poemas de Garcilaso y Góngora parecen limitar los efectos devastadores del tiempo a los aspectos físicos de la vida humana, en especial al rostro y los cabellos femeninos, caracterizados por el cromatismo de la juventud frente a los tonos grises de la vejez y la muerte; Ausonio había usado un término abarcador de la existencia, la vida que se desliza de modo imperceptible —«mirabar celerem fugitiva aetate rapinam» (v. 35)—, y Quevedo hace recaer la amonestación no sólo sobre la ruina material, la hermosura, sino también sobre la espiritual, la soberbia humana. De este modo, el terceto final, cuyo eje es la huida de la vida, adquiere formulaciones próximas a sentencias morales contenidas en la obra de Séneca13. Tal vez el tono quevediano esté más próximo al poema de Lope de Vega «Antes que el cierzo de la edad ligera» (25), que, pese a incluir términos habituales como rosa o primavera, no se detiene tampoco en la descripción de la mujer hermosa y enfatiza el alcance moral de la amenaza futura, con expresiones como «estima un medio honesto» (v. 12)14. Otros datos que merecen comentario son la presencia de la rosa, caracterizada de acuerdo con rasgos que se remontan a las Anacreónticas y a cuyas fuentes Quevedo prestó una atención especial en sus comentarios del Anacreón castellano (fols. 29v-32); tales características son, no obstante, ya tópicas en el petrarquismo, como se observa en algún poema de Marino, por ejemplo la canción «Hor, che d’Europa il Toro» (1602, 8, pp. 56-62). Entre los autores españoles que más acudieron al símbolo de la rosa para evocar la brevedad de la hermosura y la vida humanas, con aproximaciones variables y un acusado tono moral, se encuentra Lope de Vega, en una decena de sonetos, entre ellos 12. Señaló García Berrio, 1983, p. 739: «se observa la repugnancia de Quevedo a cultivar las formas temáticas de estructura semántica más tenue y literal, menos pobladas de notas de contenido, tales como la queja simple; e igualmente, por otras razones de fondo equivalente, se resiste a aquellos otros temas de contenido más tópico, como el retrato tan profusamente cultivado en momentos de gusto más lineal por autores renacentistas, como sería el caso de Fernando de Herrera». 13. Véase, por ejemplo, Fedra, vv. 761-763 y 773-776. Pozuelo (1979, pp. 220-221) relacionó el poema con el tópico «collige, virgo, rosas», y señaló su enfoque final hacia el problema moral de la soberbia humana. 14. El envés, ya en clave burlesca, es su poema de las Rimas de Tomé de Burguillos «Desea afratelarse, y no le admiten», «Muérome por llamar Juanilla a Juana».
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 22 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO «Doncella en los pimpollos de abril nace» o «Yace entre estos pirámides marchitos»15. Calderón de la Barca la relacionó con las vanidades humanas en «Estas que fueron pompa y alegría» o «¿Ves esa rosa que tan bella y pura». También el príncipe de Esquilache jugó con este motivo en «Detente, aguarda, presumida rosa» y «Entre envidias del campo generosa». En ambos escritores —y en Rioja, en «Pura, encendida rosa»; en Pedro de Castro y Anaya, «La rosa en los cristales de una fuente», «Reina del mayo la encarnada rosa» e «Hija del blanco pie de Venus bella»; o en el propio Quevedo, en la letrilla «Rosal, menos presunción»—, existe un protagonismo absoluto de la rosa, cuyo ejemplo no se aplica al caso particular de una dama altiva. Sí aparece la mujer como objetivo de la exhortación en el soneto quevediano «La mocedad del año, la ambiciosa»; en el de Medrano, «Esta que te consagro, fresca rosa»; o en el de Castro y Anaya «Nació la rosa, honor del verde llano». La mención de la soberbia no parece limitada exclusivamente al tópico defecto de la hermosa desdeñosa en este contexto —sobre todo si se tiene en cuenta la importancia que Quevedo concedió a esta peste del mundo y a la forma de combatirla—, y conecta el soneto con un elemento muy fecundo de la tradición del carpe diem: la crueldad y altivez de la dama, presente en Horacio, «O crudelis adhuc et Veneris muneribus potens» (oda 4, 10), e imitado por P. Bembo, en «O superba e crudele, o di bellezza» (Rime, 72, p. 68), o por Herrera, en su versión «Oh soberbia y cruel en tu belleza» (1, p. 270), en un larga cadena de recreaciones16. V enganza en figura de consejo. «Ya, Laura, que descansa tu ventana» Otra posibilidad, que parece la preferida por Quevedo —como se comprobará en los dos sonetos que siguen—, consiste en la chanza vengativa ante la visión de la amante desdeñosa ya envejecida, motivo central también de las odas 1, 25 y 4, 13 de Horacio: no puede existir exhortación, ni lugar para el arrepentimiento; sólo la constatación de la degradación y la burla despiadada. Prueba del éxito de esta derivación del tópico son, por ejemplo, la traducción de la última oda horaciana por fray Luis de León en «Cumplióse mi deseo»: «porque la boca denegrida / y las canas te afean, / que en la nevada cumbre ya blanquean 15. Pueden mencionarse también «Cortada, en un cristal, en agua pura», «Purpúrea esfera, que al amor venganza», «Viendo la hermosa y cándida azucena», «Cuando te vi con tanto atrevimiento», «Por labios de coral la blanca aurora», «Desplega al alba la purpúrea rosa», «Rosa gentil que al alba, de la humana» y «Humilla al sol la coronada frente». Estos poemas de Lope de Vega ya fueron incluidos en la antología de González de Escandón (1938, pp. 116-125) sobre el carpe diem. Véase asimismo el soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola «Cloris, este rosal, que libre o rudo». 16. García Berrio (1978, p. 264), quien analizó este poema en el primer subgrupo de «variante rosa», ya reconoció en él rasgos del tópico más genuino: «aparte de no referirse en exclusiva a la rosa, sino a un conjunto de flores, conlleva implícito en el terceto final la incitación al gozo y el rasgo de la amenaza con el arrepentimiento futuro del tiempo perdido, ambos ingredientes genuinamente constitutivos del carpe-epicúreo».
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 23 […] ¿Qué se hizo aquel donaire, / aquella tez hermosa? […] para que con gran risa ver pudiese / la gente moza herviente, / vuelta en pavesa ya la hacha ardiente» (vv. 16-18, 25-26 y 40-42). Y en España, con matices y sólo como ejemplo, pueden mencionarse el soneto de Lupercio Leonardo de Argensola, «Mirando Cloris una fuente clara» (50), y «Viéndose en un fiel cristal» (51), de Bartolomé Leonardo de Argensola, en los cuales Lice reflexiona y se muestra impotente ante su imagen envejecida; también, «Lidia, de tu avarienta hermosura», del licenciado Luis Martín, en el que la voz poética agradece la acción del tiempo: «me da venganza y roba tu belleza, / te da dolor y cura mi tormento» (vv. 13-14)17. Cabe apuntar, no obstante, que ya en Anacreonte existe una burla a la belleza caduca que no quiso seguir los consejos del amante en la edad florida, y después es menospreciada por quienes antes le suplicaban. El tema se glosa en Rufino antes de llegar a Horacio, como recordó González de Escandón (1938, p. 25): ¿No te decía yo, Prodiké: Envejecemos? ¿No te había anunciado que los lazos del amor se soltarían bien pronto? He aquí lo que los corta: los rizos blancos y las arrugas; tu cuerpo es sólo una ruina y tu boca perdió su gracia. ¿Hay ahora quien piense en abordarte o quien te dirija una palabra halagüeña? Ahora, belleza altanera, pasamos ante ti como ante una tumba. El segundo soneto quevediano, «Ya, Laura, que descansa tu ventana» (13), responde a esta derivación del tópico. Ofrece en su título, «Venganza, en figura de consejo, a la hermosura pasada», datos abundantes para caracterizarlo dentro de la tradición: no se trata ya de incitar al goce de la hermosura, sino de aconsejar a la dama que ya la ha perdido, con propósito de revancha por sus antiguos desdenes: «tales sonetos —afirma García Berrio (1978, p. 258)— no obedecen al esquema del imperativo bajo la amenaza del tránsito de la flor y la hermosura». Como el soneto «Lidia, de tu avarienta hermosura», de Luis Martín de la Plaza18, «ofrece la curiosa peculiaridad, similar a bastantes variedades 17. Los hermanos Argensola compusieron numerosos textos sobre este tema, aunque su desarrollo —sobre todo, las tretas para disimular la vejez— los sitúa más en el ámbito de lo satírico, en la tradición contra las viejas, como lo prueba el rótulo de «Sátira» que precede al poema titulado «A una vieja que no lo quería parecer», «Pues no basta, Lice, al desengaño». Entre los poetas italianos marinistas, es posible mencionar el soneto de Giuseppe Artale dedicado a una «Elena invecchiata», «Adorata tiranna io che gli amanti» (4, p. 407); y el de Ciro di Pers, «Mentre vuoi riparar del tempo il danno», en el que una «Lidia invecchiata vuol parer giovine» (2, pp. 449-450). 18. «Lidia, de tu avarienta hermosura / pide el tiempo enemigo larga cuenta. / Ya ni el crespo cabello al oro afrenta / ni las mejillas a la nieve pura; tu mentida belleza mal segura, / en vano reparar el daño intenta / de la edad que en tus ojos representa, / con tragedia mortal, la noche oscura. / Ya, ya no me verás de noche al viento / bañar de infame llanto tus umbrales, / comparando a la suya tu dureza; / que el tiempo con efectos desiguales / me da venganza y roba tu belleza, / te da dolor, y cura mi tormento».
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 24 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO de sonetos estoicos, de presentar la degradación como un proceso ya realizado», en palabras de García Berrio (1978, p. 258). El enigma que plantea la venganza en forma de consejo del poema de Quevedo resulta desvelado en los dos tercetos, y anticipado en el comentario editorial, que apunta hacia las fuentes: «la costumbre antigua de dedicar a Venus sus espejos las hermosas tiranizadas de la edad». Respecto a los poemas canónicos del tópico, la exhortación al disfrute de la juventud se convierte en consejo para que acepte que ya no es bella y cuelgue de modo simbólico el espejo que reflejaba su hermosura, en los dos tercetos. E n cuanto al nombre de la mujer, Laura, que sólo aparece en otro poema de la primera sección de Erato, el madrigal 6, puede ser evocación paródica de la célebre amada de Petrarca, pero también guarda semejanza fonética con el personaje de Lais de Corinto, protagonista del epigrama griego que pudo servir de punto de partida, y con Lidia, la mujer objeto de burla en la oda 1, 25 de Horacio, o Lice, la de la oda 4, 13. Una vez más, la peculiaridad del poema, ya señalada por varios críticos19, consiste en la combinación de fuentes y motivos diversos, por lo general tratados de modo aislado en otros autores. El comienzo del poema, con un adverbio temporal, Ya, que nos sitúa en el presente de la vejez de Laura, eludiendo el mientras usual y la esperanza de permanencia breve de su hermosura, describe la ventana y la puerta ahora solitarias de la casa, por oposición a los lamentos de antiguos amantes antaño. Tales elementos relacionan de modo inequívoco el arranque del soneto quevediano con la oda 1, 25 de Horacio, dirigida a modo de venganza contra una Lidia envejecida: «Parcius iunctas quatiunt fenestras / iactibus crebis iuuenes proterui / nec tibi somnos adimunt amatque / ianua limen, / quae prius multum facilis mouebat / cardines. Audis minus et minus iam: Me tuo longas pereunte noctes, / Lydia, dormis?» (vv. 1-8). El tópico de la poesía clásica latina, la puerta como barrera y receptora de los lamentos del amante rechazado («exclusus amator») reaparece también en otras odas horacianas, como 3, 10; en Tibulo, Elegías, 1, 2, vv. 1-34; Ovidio, Amores, 1, 6; Catulo, en el poema 67 de Poesía; y, de manera especial, Propercio, por ejemplo en Elegías, 1, 8, v. 22, donde menciona las quejas ante el umbral de la amada, o 1, 1620. Quevedo, que ni siquiera describía de modo directo la belleza aún vigente de Flora en el soneto «La mocedad del año, la ambiciosa» —de manera análoga, aunque más acusada que en Horacio—, ahora sí ofrece detalles pormenorizados sobre el efecto del tiempo en Laura, con tro19. Las fuentes clásicas de este soneto ya fueron identificadas y analizadas por Crosby (1978, pp. 283-286), Walters (1985, pp. 86-87), así como Arellano y Schwartz (1998, pp. 743-744). Schwartz (1999, pp. 313-317) estudió, ya de modo más particular, su relación con la Antología griega y las Anacreónticas. 20. En ella condensa elementos asociados de modo habitual: la puerta de Cintia, personificada como la de Laura, se queja por la falta de descanso que provoca el desenfreno de su dueña, mientras el amante desdeñado la acusa de ser causa de sus penas.
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 31 siguiente estrofa, donde el rostro femenino padece ya pisadas, señales, injurias (vv. 14, 18), anticipo de la vejez que le aguarda como a otros elementos de la naturaleza, el robre (v. 19) y la montaña (v. 20). La exhortación al disfrute de la hermosura se introduce iniciada la cuarta estrofa, con expresiones habituales en el carpe diem, como goza […] antes que (vv. 20-21), y el motivo del espejo que provocará el llanto de la dama por la belleza perdida. La advertencia se hace más imperativa por la reiteración anafórica del verbo en la estrofa siguiente, que recoge la inicial referencia al tiempo, antes caminando y ahora atropellando: «ni vuelve atrás ni aguarda ni tropieza» (v. 30). Estamos en la parte central del poema, en el pasaje más acusadamente moral, y se produce la transición al futuro, con dos partes: la primera, la triste hora (v. 31) en que la hermosa mustia se contemplará en el espejo, arrepintiéndose de no haber aprovechado el tiempo e incapaz de recuperar su antiguo rostro; la otra, menos convencional aunque presente en poemas del tópico, en la que la mujer, lejos de resignarse, se rebela contra su nueva imagen envejecida, como lo hacen las damas de los sonetos de Lupercio Leonardo de Argensola, «Mirando Cloris una fuente clara», y Francisco de Rioja: «Sin razón contra el cielo, Aglaya mía, / mueves airada el labio, porque ha dado / veloz fin a tu lustre y al dorado / pelo qu’en tu alba frente relucía» (vv. 1-4). Aunque con la misma perspectiva futura, las dos estrofas que siguen cambian el modo y se construyen en subjuntivo, en consonancia con las hipótesis que se van a formular: la primera, que retoma la interrogatio retórica del principio para persuadir a la mujer, pretende que se prepare adecuadamente para la llegada ineludible del desengaño de la vejez; la segunda sitúa a la mujer a las puertas de la muerte, en el final de su vida, para ponderar la constancia del fiel Fabio si por fin le reclamase. La dilogía y el políptoton subrayan, y anticipan, el momento gozoso: tal vez por el encuentro carnal previsto (recuérdese el valor de gozar en la época) y la alegría del amante que consigue a la amada, aunque no como hubiera querido. La penúltima estrofa condensa el rico contenido del poema: nuevo recordatorio de la hermosura efímera («La beldad huye muda», v. 55), nueva exhortación para que Casilina goce de su «florida edad lozana» (v. 56), ambas en presente; y nueva advertencia, ya en futuro, de que la fidelidad antedicha del amante no bastará para paliar los estragos del tiempo. En ella Quevedo evoca versos de un epigrama de Ausonio: «Oblatas sperno illecebras, detrecto negatas; / nec satiare animum nec cruciare volo. / Nec bis cincta Diana placet nec nuda Cythere: / illa voluptatis nil habet, haec nimium» (13, «Epigrammata», 40), que se corresponde con el pasaje quevediano «que ni Venus desnuda, / ni ceñida dos veces tu Dïana, / valdrán para agradarme y agradarte, / sin que una martirice y otra harte» (vv. 57-60). La estrofa final constituye la consecuencia lógica de lo expuesto. La única posibilidad consiste en una nueva exhortación epicúrea, que esta
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 32 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO vez reúne a los amantes en un «nosotros» —coronemos, mezclemos, nos acuerde (vv. 61, 63, 66)—, para disfrutar del amor entre vino y flores, en el más puro estilo del simposio, ámbito prototípico para la exhortación del carpe diem en la lírica antigua griega, en las Anacreónticas y en las odas del propio Horacio38. Sin propósito de exhaustividad, me detendré ahora en algunas de las fuentes que pudieron inspirar a Quevedo este poema. La figura alegórica del Tiempo y sus acciones, tan habitual en la literatura moral de este autor y su época, se describe (vv. 4, 16, 26-30) mediante rasgos coincidentes con los de la tradición literaria: su paso fugaz, evocado por ejemplo en las expresiones de Virgilio «fugit inreparabile tempus» (Geórgicas, 3, v. 284) y Horacio «fugit iuuentas» (Épodos, 17, 21); su apetito y codicia, frecuente en las tragedias de Séneca o en los Triunfos de Petrarca, quien afirma «Tanto vince e ritoglie il Tempo avaro» (Triunfo del Tiempo, v. 142); su capacidad de destrucción, asociada a la muerte, en Estratón, quien equipara la condición de la flor y la belleza en «el tiempo, por envidia, acaba con la dos» (Musa puerilis, 72 (12, 232) v. 4), y en Petrarca, «E’l Tempo, a disfar tutto così presto, / e Morte, in sua ragion cotanto avara, / morti inseme seranno e quella e questo» (Triunfo de la Eternidad, vv. 124-126); o su rapiña, en expresiones como «omnia fert aetas, animum quoque», formulada por Virgilio, en Bucólicas, 9, 51, e «Inmortalia ne speres, monet annus et almum / quae rapit hora diem» de Horacio (Odas 4, 7, vv. 7-8). Asimismo, el sintagma tiempo leve, que alude a su rapidez, parece evocar la expresión virgiliana «fugit […] tempus» (Geórgicas, 3, v. 84), recreada por Boyardo en «Il Tempo, Amor, Fortuna e Zelosia»: «Fra questo il Tempo fuge, e de mia etade / seco fugendo se ne porta il fiore, / disutilmente perso in vanitade» (Amorum, 3, 52 [172], vv. 9-11); por su parte, «Ni vuelve atrás, ni aguarda, ni tropieza», tan cercana a expresiones similares de Quevedo en su obra moral, recuerda el verso de Petrarca «né mai si posa, né s’arresta o torna» (Triunfo del Tiempo, v. 119). Del éxito de esta caracterización del tiempo en la tradición literaria es testimonio la amplia descripción aportada por Ripa, en su Iconología (2, pp. 360-361). El propio Quevedo concedió a esta figura un papel relevante en un romance amoroso de Erato, «Tiempo que todo lo mudas» (2), donde el amante solicita el auxilio de tal vengador «de agravios» contra los desdenes de su amada, «pues castigas hermosuras / por satisfacer desdenes; / tú, lastimoso alquimista, / pues del ébano que tuerces, / haciendo plata las hebras, / a sus dueños empobreces» (vv. 11-16); «Descuídate de las rosas / que en su parto se envejecen; / y la fuerza de tus horas / en obra mayor se muestre» (vv. 77-80), concluye en tono desafiante. 38. Vicente Cristóbal (1994, p. 184) ya apreció la triple asociación de vino, perfume y guirnaldas como signos del simposio, en numerosas odas horacianas, entre las cuales destaca i 19, 14-15; ii 3, 13-16; ii 7, 6-8 y 21-26; ii 11, 14-20; iii 14, 17-20; y iii 29, 1-3.
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 33 De las recreaciones del carpe diem en España existen ecos evidentes como «que antes volaba libre por el cuello» (v. 12), referido al cabello de Casilina y posible evocación del soneto de Garcilaso de la Vega, «En tanto que de rosa y d’azucena»: «y en tanto que’l cabello, que’n la vena / del oro s’escogió, con vuelo presto / por el hermoso cuello blanco, enhiesto, / el viento mueve, esparce y desordena: / coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto antes que’l tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre» (23, vv. 5-11). Y una expresión como invierno cano, metáfora de la vejez, localizada en la canción de Luis Carrillo y Sotomayor «Huyen las nieves, viste yerba el prado»: «Vuelve el invierno cano» (2, v. 33); y en una silva del propio Quevedo, «¡Qué alegre que recibes»: «y haces bravatas al hibierno cano» (v. 8). En cuanto a la exhortación imperativa al disfrute de la belleza Goza tu hermosura, uno de los constituyentes habituales del carpe diem, fue formulada por Horacio: «Dum loquimur, fugerit inuida / aetas: carpe diem, quam minimum credula postero» (oda 1, 11, vv. 7-8). La invitación se encuentra también en Ausonio, en «De rosis nascentibus», bajo la fórmula «collige, virgo, rosas, dum flos novus et nova pubes, / et memor esto aevum sic properare tuum» (vv. 49-50)39. En los versos «si con la voz turbada me llamares, iré gozoso a verte», se encuentra formulada una de las variantes de la tradición ya comentada a propósito del deseo de venganza de la amada desdeñosa envejecida. Tasso también se mostraba condescendiente y prometía «che quando ella farà vecchia non rimarrà d’amarla», en el soneto «Quando hauran queste luci, e queste chiome»40. Y Groto, otro autor muy imitado por Quevedo, expone con distintos matices su fidelidad a la amada en los poemas titulados «Per lo specchio della sua D.» (Rime ii, p. 42); «Alla sua D. che ha de venir vecchia» (Rime ii, p. 42); y «Alterezza della sua Donna» (Rime ii, p. 65). P ese a la aclaración contenida en el comentario editorial, no parece existir imitación directa de alguno de los poemas atribuidos a Anacreón —al menos no a la manera de la que practicó con autores de la tradición italiana como Tasso, Marino o Groto, o con poemas de autores latinos por ejemplo en su poesía moral—, sino mera evocación de algunos motivos habituales en tales poemas griegos: el vino, las coronas de flores, la invitación al goce del amor o el tono epicúreo de las exhortaciones. De hecho, Quevedo se refirió al «uso que tenían los antiguos de beber echando flores en el vino, ya por sanidad, mejor por deleite y regalo, ya apostando a beber las coronas», en su Anacreón castellano (p. 274). La costumbre de coronar la cabeza con hiedra, rosas y pámpanos o ramas de mirto durante las libaciones se refiere, asimismo, en el libro 10 de Ateneo41. 39. También en Catulo, 5, 1-6; Tibulo, Elegías, 1, 8, vv. 47-48; y Propercio, Elegías, 2, 15, vv. 23-24, como ya se ha señalado, por mencionar sólo a los clásicos latinos. 40. En él también imagina: «E rinouando gli amorosi accenti, / Alzerò questa voce al tuo bel nome» (Rime, 1, 1592, p. 119, vv. 7-8). 41. Sobre este asunto y sus fuentes, véase González de Escandón (1938, pp. 12-13).
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 34 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO Sólo la estrofa final parece auténtica imitación de las odas anacreónticas, como se aprecia en expresiones del tipo «y cubre de rosas mi cabeza, e invita a mi lado a alguna moza. Antes, Amor, de retirarme allá, al baile de los muertos, quiero disipar mis pesadumbres» (32, p. 32); «La rosa de los Amores unamos a Dionisio» (44, p. 43); o «De guirnaldas de rosas las sienes coronadas, riendo suavemente, nos vamos embriagando» (43, p. 42). No obstante, este tipo de exhortaciones figura también en Estratón, quien incluye una invitación a Damócrates para beber y ceñir con flores sus cabezas «antes que otros / nos lo lleven a la tumba como ofrenda» (Musa puerilis, 94 (11, 19), vv. 3-4); o en Píndaro, quien pide en Olímpicas: «Erige en su honor [Pirra y Deucalión] el sonoro sendero de tus versos y elogia el vino añejo, pero las flores de himnos nuevos» (9, vv. 47-49). En cuanto a la mención, en el último verso, de Venus y Baco, la diosa del amor y el dios del vino, son nombrados conjuntamente también en Anacreónticas: «el apacible Baco» y «la rosada Venus» (oda 27); por su parte, Propercio invoca a Baco pidiendo el auxilio de su vino contra las penas de amor provocadas por «insanae Veneris» (en Elegías 3, 17, v. 3); y la asociación entre la caducidad de la vida, el carpe diem y el vino también se localiza en Horacio, por ejemplo en la oda 1, 1142. La referencia al negro día, en obvia alusión a la muerte, pone en juego un complejo entramado de posibles influencias y préstamos literarios: «niger ille dies» de Propercio (Elegías, 2, 24, v. 34); la «nigram […] horam» (Elegías, 3, 5, 5) y la «Mors […] nigra» (Elegías, 1, 3, 4) de Tibulo, tal vez trasunto de «la última hora, negra y fría» (v. 3), del soneto moral quevediano «Ya formidable y espantoso suena»; y el Anacreón castellano, donde Quevedo traduce el último verso de la oda 26 como «cercado de muerte negra» (p. 300, v. 30), y en la oda 39 habla de «la muerte negra, por puerto» (p. 318, v. 44). Segura enseñanza sobre la hermosura. «A ser sol al mismo sol» Aunque no se puede clasificar de modo estricto entre los poemas del carpe diem —pues no existen la exhortación al disfrute ni la transición temporal, ni la venganza o la fidelidad de un amante—, la primera sección de Erato contiene aun un romance, «A ser sol al mismo sol» (9), que, a modo de diminuto auto sacramental, reflexiona sobre la prioridad de la belleza espiritual respecto a la corporal. Aproximadamente la mitad del poema (los 48 versos iniciales), se dedica a la descripción petrarquista de la hermosura de Florinda y Clarinda, en una exhibición metafórica quevediana sin parangón en el resto de la musa, mientras que la segunda parte, construida en estilo directo, reproduce el parlamento-exhortación moral que la primera dirige a la segunda, para evitar que su belleza física arruine la de su alma. En los versos que 42. «uina liques et spatio breui / spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida / aetas: carpe diem, quam minimum credula postero» (oda 1, 11, vv. 6-8).
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 35 siguen es posible reconocer algunos de los motivos explicados hasta hora: «Florinda, desengañada / de burladoras caricias, / quiso advertir de escarmientos / ansí a su belleza altiva: / “La más pulida hermosura / las horas la desaliñan, / y es presunción de los años / el ultraje de las lindas. / Vaya dan a las beldades / las edades fugitivas, / desde el postrero cabello, / que donde admiró predica. / […] Si ayer por ti suspiraron, / hoy por ti propria suspiras, / y en lo que serás mañana / te has de enterrar a ti misma» (9, vv. 49-60 y 69-72). El epígrafe del romance enfatiza el propósito de instrucción moral: «Auctoriza y esfuerza, con la descripción misma de dos hermosuras, la segura enseñanza de que la mayor y más durable es la de la alma». Inútil arrepentimiento. «En una vida de tan larga pena» A medio camino entre la recreación más «amable» del tópico y la que se resuelve en invectiva contra la dama envejecida, representada por los dos sonetos de la primera sección ya comentados, se encuentra otra de las posibles vertientes de la tradición clásica del carpe diem, en la que la exhortación al goce de la juventud y la belleza también conlleva un ánimo de venganza por parte del amante desdeñado, pero éste esgrime como argumento su amenaza explícita de los estragos que el tiempo causará a la hermosura de la dama con una perspectiva de futuro. Esta posibilidad, desarrollada ante la hermosura presente de la dama, se hace manifiesta en numerosos epigramas de la Antología palatina43, en la elegía amorosa de Propercio, quien se despide de su antigua amante deseándole canas, arrugas y desprecio, en castigo por su actual soberbia44, y en Ovidio45, así como en la tradición italiana46. Un ejemplo de deseo de venganza futura se encuentra en T. Tasso, en el soneto «Vedro’ da gli anni, in mia vendetta, ancora» (Rimas, 1, 1592, pp. 117-118), cuyo argumento se sintetiza así: ‘espera que el tiempo tome venganza contra su amada, de manera que en su vejez se arrepienta de haberlo despreciado y desee ser celebrada por él’47. Se trata de una perspectiva muy 43. Así se aprecia en Calímaco, Antología palatina, 1, 337 (V 23) —«¡Algún día / te recordarán esto tus cabellos canosos!» (vv. 5-6)— o en Marco Argentario, Antología palatina, 2, 237 —«al rayar el alba la verás / marchita, símbolo de tu juventud» (vv. 3-4)—, con la variante del amante masculino por ejemplo en el epigrama anónimo 1, 723 (12, 39). 44. «At te celatis aetas grauis urgeat annis, / et ueniat formae ruga sinistra tuae! / Vellere tum cupias albos a stirpe capillos, / iam speculo rugas increpitante tibi, / exclusa inque uicem fastus patiare superbos, / et quae fecisti facta queraris anus! / Has tibi fatalis cecinit mea pagina diras: /euentum formae disce timera tuae!» (Elegías 3, 25, vv. 11-18). 45. Recuérdense los versos de Ovidio, en Ars amatoria, 3, vv. 69-82. 46. Entre los poetas marinistas, Giuseppe Salomoni augura la destrucción total de la amada, a excepción de su corazón, hecho de diamante, en el poema «Verrà la morte e con la man possente» (2, p. 468); Pietro Michieli «ricorda alla sua donna che invecchierà» (3, p. 480) en un soneto. 47. «Mostra di sperare, ch’el tempo debba far le sue vendette contra la sua Donna: in guisa ch’ella ne la vecchiezza debba pentirsi d’hauerlo sprezzato, e desiderar d’esser celebrata da lui».
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 36 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO habitual en su poesía, pero aún lo es más la que acaba subrayando la fidelidad del amante incluso cuando la mujer pierda los atributos de su belleza, en algún caso con la variante de la inmortalidad que la poesía ofrece a las hermosas, también constatable por ejemplo en Francisco de Medrano, «Cuando envidioso el tiempo haya robado», y Cristóbal de Mesa, quien, en «Cuando la edad, de bienes robadora», promete «Renacerás cual Fénix en mis versos» (v. 14), y en «Cuando ya tus cabellos y tus ojos», «verás tu beldad viva en mis rimas» (v. 14)48. También Groto, otro de los autores italianos más imitados por Quevedo, priorizó esta vía de desarrollo del tópico, aunque, a diferencia de Tasso, acentuó el tono de revancha y amenaza de los estragos irreversibles de la vejez, y sólo de modo excepcional se comprometió a seguir amándola cuando fuese vieja49. En España, adoptan la perspectiva más benévola Lope de Vega, «Podrá ser que mirando en los cabellos»; Fernando de Herrera, «Las hebras de oro puro que la frente», «Y no por eso amor mudará el puesto» (v. 9); o Francisco de Medrano, en «Veré al tiempo tomar de ti, señora» (11). En estos casos, el afán de venganza proviene del amante, directamente afectado por la soberbia y el desdén de la dama. La naturaleza de «Canta sola a Lisi», remedo de cancioneros petrarquistas dirigidos a una dama y concebidos como trayectoria de una relación amorosa, tal vez pueda explicar tanto la rareza de las recreaciones del carpe diem como sus peculiaridades. Sólo se puede considerar que forma parte del tópico, y de forma parcial, el soneto «En una vida de tan larga pena», donde, además de perseverar el amante «en las que48. En el caso de Tasso, véanse por ejemplo, además del mencionado, los siguientes poemas, cuyos epígrafes sintetizan el contenido de cada uno: «Dice à la sua Donna, che quando ella farà vecchia non rimarrà d’amarla», «Qvando hauran queste luci, e queste chiome» (Rime, 1592, i, p. 119); «Dice che quando egli farà vecchio, non restarà d’amare, e di celebrar la sua Donna» (Rime, 1592, i, p. 121); «Sotto la comparatione della rosa descriue la rara beltà della Donna sua, & dice que quantunque fosse nella sua giouentù bella, nell’età più matura non è men bella», «Negli anni acerbi tuoi purpurea rosa» (Rime, 1608, i, p. 90); «Consola vna bella Donna, che cominviaua à diuenir canuta, a non si perder d’animo, & le và mostrando le maniere, che dee tenere», «Perche di verde etade il Verno imbianchi» (Rime, 1608, i, p. 129); o «Introduce il tempo diuoratore d’ogni cosa creata, ad ammonire le belle, ma vane Donne, mostrando loro, come diuoti ogni lor bella parte, & ogni loro amorosa voglia», «Il Tempo», «Donne voi, che superbe» (Rime, 1608, ii, pp. 166-169). 49. En «Il tutto passa», «Quando de la tua etade il giorno breue» (Rime, 1602, i, p. 16), imagina el arrepentimiento futuro de la mujer y le conmina a prevenirlo. En «Per lo Specchio della dua D.», «Vorrei fra lo specchiarui, che lo specchio» (ii, p. 42), la reflexión inicial se atribuye al espejo, pero el amante concluye afirmando que cuando envejezca y consagre a Venus su espejo, seguirá siendo hermosa en su pecho y en sus versos. En «Auiso a Donna crudele», «Quando voto di fiamma, e pien di gelo» (ii, p. 42), esgrime como amenaza el arrepentimiento futuro de ambos. En «Alla sua D. che ha de venir vecchia», «Di cotesta beltà fastosa, e dura» (ii, p. 42), advierte sobre los efectos del tiempo. Y en «Alterezza della sua Donna», «Donna, se in troppo fasto hoggi ti leui» (ii, p. 65), se subraya la permanencia de amor incluso cuando la mujer pierda su juventud y belleza. Rozando ya el ámbito de la invectiva burlesca, escribe un poema en cuyo título se lee que la dama «è vecchia, e brutta» (Rime, 2, p. 134).
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 37 jas de su dolor», «advierte a Lisi del inútil arrepentimiento que viene de la hermosura pasada». Como novedad respecto a los sonetos de la primera sección, marcados por la distancia favorecedora del propósito de venganza, el yo poético que reconviene a la mujer desdeñosa, aquí Lísida, sí se perfila como su amante; un amante que sigue lamentando el desdén de la mujer en los dos cuartetos, antes de proferir su amenaza sobre la vejez que devorará la actual hermosura femenina en los dos tercetos y que, como en los casos anteriores, se menciona sólo por alusión, como contrapunto del envejecimiento descrito con detalle. La admonición, primero en forma de interrogación retórica y en presente, coincide con el idilio 1 al apreciar los efectos del tiempo en la misma juventud de la mujer: «No ves […] que, mustio, cada instante / roba tu primavera en horas frías» (vv. 10-11); la sentencia final, que subraya tanto las arrugas y el tono descolorido de la tez cuanto la pérdida irreversible de la belleza por la acción injuriosa del tiempo, introduce el futuro y la mención de la flor, símbolo de hermosura y juventud, pero también el desprecio del amante, en contraste con la fidelidad augurada por otros autores de la tradición italiana y española, en poemas ya comentados: «y al ya rugado y cárdeno semblante, / que mancillan los pasos de los días, / no volverá a su flor ni amor ni amante?» (vv. 12-14). También Lope de Vega advierte a la dama esquiva «que no ha de amarte quien viniera a verte, / Laura, cuando a ti misma te desames» (vv. 1314), en el soneto «Antes que el cierzo de la edad ligera». En la misma línea, aunque no estrictamente en el ámbito del carpe diem, Francisco de Rioja amenazaba con la inconstancia en el soneto «Aunque pisaras, Fili, la sedienta»: «Que no siempre tu ceño y tus enojos / podré sufrir, ni el mismo invierno helado, / ni de Bóreas la saña impetuosa» (vv. 12-14). El tópico en el pensamiento de Quevedo El recorrido realizado por Erato ha servido para ratificar que Quevedo fue uno de los autores que mostró mayor interés por el carpe diem y, de modo muy significativo, aquel que parece haber deseado recrearlo en sus múltiples facetas, en su prototípica variedad, tal vez con próposito de compendio de las distintas tradiciones que fueron enriqueciéndolo, anquilosándolo o deshaciéndolo, si se prefiere, hasta el siglo xvii. No parece conveniente deslindar la manifiesta frecuencia con que abordó este tema en su poesía amorosa, ámbito donde nace el tópico pese a sus posteriores asociaciones con las materias moral y satíricoburlesca, del conjunto de su producción literaria. Quevedo no escribió un tratado amoroso equiparable a los escritos morales o políticos que sirvieron de adecuado complemento teórico para sus creaciones literarias —pues su pensamiento sobre la materia presenta sólo la forma de fugaces reflexiones sobre la mujer y el amor, como las contenidas en Doctrina moral o en Marco Bruto, por ejemplo—, ni mucho menos
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 38 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO esbozó sus ideas en torno al tópico del carpe diem. Pero la amplitud de su literatura permite comprobar cómo, en consonancia con su tiempo y las tradiciones literarias que conformaron su ser de escritor, insistió de manera acusada en motivos relacionados con la fugacidad de la vida y el paso del tiempo: en su poesía y su prosa morales, pero también en sus escritos satírico-burlescos, por ejemplo en sus invectivas contra las viejas que intentan disimular su edad y son objeto de burla, a la manera de ciertos épodos horacianos o poemas de los hermanos Argensola, o en ciertas figuras de sus relatos lucianescos insertas en la tradición de la sátira contra mulieres. Su especial obsesión por la degradación de la hermosura femenina, en relación con la caducidad humana, también se aprecia en las marcas de lectura que dejó en ejemplares que pertenecieron a su biblioteca. El último del centenar de subrayados localizados en la edición del Anticlaudiano de Alain de Lille (Basilea, 1536), se detiene en un pasaje sobre una mujer que está alcanzando la ancianidad: llena de días, su cabeza salpicada con cabellos grises y la escarcha helada de la edad, pero cuyo rostro todavía no está surcado por los signos de la vejez50; en ella existen ya indicios, pisadas y señales (v. 14) por usar la expresión del idilio 1, del envejecimiento futuro. Desde una óptica no tan amable, o más bien abiertamente burlesca, Quevedo pudo haber prestado atención particular a una parte de la comedia Plutus de Aristófanes, impresa en un ejemplar de sus comedias que poseyó (Basilea, 1542), dedicada a la caracterización de la vieja lasciva que intenta disimular su edad, donde existen unos quince pasajes subrayados de extensión variable. Entre ellos, y a propósito del tema que nos ocupa, cabe destacar los versos a partir de los cuales se describe a la vieja, de acuerdo con las pautas de la tradición satírica51: encanecida, arrugada, consumida, con una única muela, maquillada, untada con pez para que no se hunda… De ella se dice que la vieja decrépita está tan seca que, si salta sobre ella una sola chispa, arde como rama seca de olivo52; a propósito de sus afeites, se advierte que, si se lava toda la capa de maquillaje que lleva, se le verán claramente los jirones de la piel53; en alusión a sus muchos años, se repite la frase hecha «En otros tiempos eran valientes los milesios»54; o se pondera la fuerza con que la vieja lasciva se pegaba a un mozo55. 50. «Quae senij metas attingit, plena dierum […] Quae iuuenile docet aeuum, contraque; locuntur» (vi, p. 109, vv. 67-71). Para la noticia y transcripción de anotaciones marginales y subrayados en estos libros que pertenecieron a Quevedo, véase Alonso Veloso, 2010a, pp. 277-303; y 2010b. 51. «Ab enim dolore liquefacta sum ô amicissime» (p. 44, v. 1035). 52. «Si enim ipsam una sola scintilla ceperir, / Tanquam antiquum ramum oleaginum comburet» (p. 45, vv. 1054-1055). 53. «Si autem eluitur haec fucatio, / Videbis aperte uultus incisiones» (p. 45, vv. 10651066). 54. «Diu quondam erant fortes Milesij» (p. 45, v. 1076). 55. «Vt constanter ô Iupiter rex, uetula / Tanquam ostreum adolescentulo inhaeret» (p. 46, vv. 1096-1097).
La Perinola, 16, 2012 (17-46) «DE AMOR Y VENGANZA EN LA POESÍA DE QUEVEDO…» 39 Quevedo ante la tradición española e italiana Las elecciones de Quevedo, y también sus descartes, parecen distinguirle respecto a algunos de los principales autores españoles o italianos del Renacimiento y el Barroco, que podrían haber optado más por la especialización en una o en ciertas vertientes del tópico, por lo general con unos antecedentes bastante claros, más que por una recreación de casi todas ellas y una fusión de fuentes de índole diversa. Un somero repaso a los poemas más destacados de su época muestra con claridad cómo Luis de Góngora —marcado por la genial recreación de Garcilaso de la Vega y su soneto «En tanto que de rosa y d’azucena», imitado por Francisco de la Torre en una parte de su oda «Mira, Filis furiosa» (vv. 26 y 31-35)— se volcó hacia lo que García Berrio denominó las «esencias básicas epicúreas» del tópico, como también lo hizo sor Juana Inés de la Cruz: ante la belleza presente de la dama, existe una exhortación hacia el futuro basada en la amenaza de vejez en el clásico «Mientras por competir con tu cabello» (25) o «Ilustre y hermosísima María» (35), como sucede en la letrilla desenfadada «Que se nos va la pascua, mozas». En el caso de Lope de Vega existe una mayor variedad de enfoques, con predominio del motivo de la rosa aplicado a la reflexión moral sobre la condición humana; pese a la común heterogeneidad, el resultado es muy diferente del de Quevedo: escribió poemas de exhortación y amenaza futura, como el soneto «Antes que el cierzo de la edad ligera»; otros sobre la constancia del amante en la vejez imaginada de la dama, en «Podrá ser que mirando en los cabellos»; algunos a modo de instrucción moral ante la mujer envejecida, mediatizada por los interlocutores Silvio o Leonardo pero no dirigida contra ella, en «Silvio, ¿para qué miras las rüinas» y «Flora, aunque viva, para el mundo muerta»; y diversos poemas de tono burlesco sobre los efectos del tiempo en la dama, o incluso exhortaciones apicaradas como «Muérome por llamar Juanilla a Juana», titulado «Desea afratelarse, y no le admiten», donde la advertencia señala: «Pues, Juana, agora que eres flor temprana / admite los requiebros primitivos; / porque no vienen bien diminutivos / después que una persona se avellana» (vv. 5-8). Los Argensola muestran una acusada tendencia a evidenciar el envejecimiento ya consumado y la reacción de la mujer ante los estragos del tiempo, en correspondencia con sus abundantes poemas concebidos para denostar a las viejas, insertos ya en el territorio de la sátira. Entre los autores italianos más imitados por Quevedo, Tasso evidencia una significativa preferencia por poemas que preludian el futuro envejecimiento de la dama, aunque con un ánimo de consuelo alejado del tono de amenaza o venganza que prolifera en otros autores, como se aprecia en «Qvando hauran queste luci, e queste chiome» (Rime, 1592, 1, 119), donde pronuncia un compromiso de amor en la vejez y el rejuvenecimiento de la mujer que propiciarán sus versos; o en «Negli anni acerbi tuoi purpurea rosa» (Rime, 1608, 1, p. 90), donde, como reza el epígrafe, ‘Bajo la comparación de la rosa, describe la rara belleza de su
La Perinola, 16, 2012 (17-46) 40 MARÍA JOSÉ ALONSO VELOSO dama, y dice que, en la medida en que sea hermosa en su juventud, no lo será menos en la edad madura’56; hasta el punto de consolar a una mujer hermosa que comenzaba a encanecer en «Perche di verde etade il Verno imbianchi» (i, p. 129). De sus poemas consagrados al carpe diem, sólo expresa su deseo de que el tiempo le ayude a consumar su venganza en «Vedro’ da gli anni, in mia vendetta, ancora» (Rime, 1592, 1, pp. 117-118). Destaca en su producción poética, por la relevancia de la figura del tiempo en Quevedo, el poema titulado «Donne voi, che superbe», donde ‘introduce al tiempo, devorador de todo lo creado, para amonestar a la hermosa’57. En todos los casos, las formas verbales y los pronombres delatan la implicación amorosa de la voz poética respecto a la dama a quien se dirige la exhortación. Groto, con una producción poética cuyo tono y estilo traspasan con frecuencia el ámbito amoroso para aproximarse al burlesco, escribió muchos poemas presagiando la desaparición de la belleza femenina, siempre bajo la perspectiva de una primera persona de amante que aspira a la venganza, lo cual no le impidió cantar la permanencia del amor, por ejemplo en «Donna, se in troppo fasto hoggi ti leui» (Rime, 2, p. 65). Aunque sus enfoques son variados —augura el arrepentimiento de ambos, advierte los estragos irreversibles del tiempo, promete mantener la hermosura de la dama en sus versos, introduce los elementos del espejo o la rosa…—, prefiere de modo claro la exhortación en presencia de la juventud, cuando aún es posible el cambio de actitud de la dama, y no la venganza cuando se ha consumado la pérdida de sus atributos. El único caso en que describe una mujer ya vieja, «Dicendo, che è vecchia, e brutta» (Rime, 2, p. 134), queda fuera de la esfera del carpe diem y posee un tono de invectiva burlesca. P or el contrario, Marino, que no parece haberse interesado en demasía por el tópico, opta por un poema de venganza, a partir de la contemplación de su interlocutor, «Fatto d’ Angel di luce, Angel d’Inferno», incapaz de reconocerse en el espejo58. En un tono marcado de advertencia moral, escribió también el poema «Bellezza caduca» (Rime, 2, pp. 84-88). Quevedo ante Horacio C omo se ha comentado, los poemas quevedianos del carpe diem son ricos en reminiscencias clásicas. Entre las influencias posibles, descuellan la de Ausonio en la presencia de las flores y la naturaleza; la de las Anacreónticas, en exhortaciones de carácter epicúreo relacionadas con el vino y las rosas, también presentes en Horacio; la del epigrama griego en 56. «Sotto la comparatione della rosa descriue la rara beltà della Donna sua, & dice que quantunque fosse nella sua giouentù bella, nell’età più matura non è men bella». 57. «Introduce il tempo diuoratore d’ogni cosa creata, ad ammonire le belle, ma vane Donne, mostrando loro, come diuoti ogni lor bella parte, & ogni loro amorosa voglia» (Rime, 1608, 2, pp. 166-169). 58. En «Ha pur’il Tempo Ligurino alfine» (Rime amorose, 1602, i, p. 25, v. 11).