Carta Pastoral del Excmo. y Revmo. Señor Arzobispo de Santiago de Compostela sobre la devoción del Santísimo rosario / [José Martín de Herrera y de la Iglesia]
Full text
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CARTA PASTORAL DEL EXCMO. Y REVMO. SEÑOR SOBRE LA DEVOCIÓN DEL SANTÍSIMO ROSARIO. SANTIAGO: I mp . y E n c . d el S emina r io C o n c il ia r C en t r a l 1892 se UNIVERSIDAI DE SANTIAGO DE COMPOST t u
u se UNIVbRSlDA jh Oh SAN I IA< 0 d i .COMPO ' >:i A
CARTA PASTORAL NOS EL DOCTOR DON JOSE MARTÍN DE HERRERA Y DE LA IGLESIA, POR LA GRACIA DE DlOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓ LICA A r zo bispo d e S a n t ia g o d e C o mpo st el a , C a pe l l á n M a y o r d e S. M., J u ez O r d in a r io d e su R ea l C a pil l a , C a sa y C o r t e , N o t a r io M a y o r d el R ein o d e L eó n , C a ba l l er o G r a n C r u z d e l a R ea l y d ist in g u id a O r d en d e C a r l o s III, S en a d o r d el R ein o , d el C o n sejo d e S. M., et c ., et c . ^.1 "VQaa.era.Tsle ZDeázx -y CaToild-o ele xiiiestra Saata ^.yostólíca y ^vCetroyolitana Igrlesla d.e Santiago 5.e Composte la, al "Vemeralole -A-Toad. 3T Catlláo d.e la Colegiata d.e la Cornna, á nuestros Arciprestes, Párrocos y d-ezmás Cle ro, á los ESelig-iosos y Zíellg'losas, y á los deles tod.os d.e nuestra ^.rclxld.iócesis: PAX VOBIS.-PAZ Á VOSOTROS C * o n singular regocijo damos á Dios nuestro Señor _ las más rendidas acciones de gracias por los se ñalados favores, que Nos ha otorgado durante la Santa Pastoral visita, que acabamos de practicar. Ventajoso concepto teníamos ya de la le y de la piedad del Clero y u
- 4 — pueblo, que el Señor, en sus inescrutables juicios, ha puesto bajo nuestra solicitud Pastoral; pero los hechos recientes, que han tenido lugar en las parroquias, que he mos visitado, han venido á corroborar y afirmar más y más ese mismo juicio, y á demostrar que los trabajos del Apóstol Santiago en esta afortunada tierra de Gali cia continúan produciendo muchos y abundantes frutos. En el monte que lleva su nombre, junto á la villa del Padrón, hemos visto millares de fieles asistiendo á la Santa Misa, recibiendo la Sagrada Comunión, oyendo la divina palabra y entonando himnos sagrados con el ma yor recogimiento y compostura. Las autoridades, el Cle ro y el pueblo concurrieron en solemne procesión al monte, donde según la tradición predicó Santiago la di vina palabra, y allí apiñados, pero con el mayor orden y silencio, escucharon de nuestros labios aquella misma palabra, y recibieron la semilla evangélica, que segura mente cayó en tierra buena, esto es, en corazones dó ciles y sumisos. Sin más atractivo que el de su fe y su piedad, acudieron allí en numerosísima muchedumbre, como en los años precedentes; y con la mayor esponta neidad hicieron una hermosa y pública protestación de la santa fe católica. ¡Qué espectáculo tan edificante y tan sublime ofrecían á Dios, á los Angeles y á los hom bres aquellos millares de católicos, que contestaban uná nimes creo á cada una de las preguntas, que les hacíamos sobre los misterios de nuestra fe! ¡Con qué energía re chazaron todos los errores opuestos á la misma fe! A todo esto tenemos que añadir la continua asisten cia á las iglesias parroquiales de Santiago de Padrón, y de Santa María de los Angeles en los días de la Santa Pastoral Visita, para oir nuestra predicación, acudir al tribunal de la Penitencia, rezar el Santo Rosario y prac ticar otros actos de piedad. Bendito sea el Señor, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo (1), que así nos favorece en estos tiempos de tanta incredulidad é indiferencia. Era de ver, no sólo en las parroquias co rrespondientes á los centros de Padrón, de los Angeles y de esta ciudad de Santiago, la puntual asistencia del (i) 2.* Cor. c. i, v. 3. u
- 5 — Clero, la numerosa concurrencia de los fieles, los cente nares de personas de uno y otro sexo puestas de rodi llas, al tiempo mismo de nuestra llegada, en los Atrios y contornos de las iglesias parroquiales, ostentando mu chas el escapulario del Sagrado Corazón de Jesús, ó el de la Santísima Virgen María; la multitud de voladores dis parados en nuestro obsequio, para demostrar el júbilo y contento, con que los pueblos recibían á su Prelado, y los millares de personas de todas edades, que recibieron el Sacramento de la Confirmación. Justo es que consignemos aquí estos hechos, no por lo que tienen de honorífico á nuestra humilde persona, sino para demostrar nuestra gratitud á nues tros amados colaboradores en el ministerio de la cura de almas, y á los fieles que les están encomenda dos, así como también para dar un público y solemne mentís á los afiliados á sectas diabólicas, que viven del odio al Catolicismo, y se valen de libelos infamatorios para calumniar y hacer guerra á los Ministros de una Religión, que condena sus maquinaciones infernales, es trellándose éstas en la sensatez del pueblo católico, y quedando al descubierto los impíos procedimientos de los enemigos de la Iglesia. A nuestro regreso de la Santa Pastoral Visita, hemos tenido el consuelo de leer la última E n c íc l ic a , que nues tro Santísimo Padre el Papa León XIII acaba de dar al orbe católico, recomendando de nuevo la devoción del Santo Rosario, y confirmando la concesión de indulgen cias, hecha en años anteriores. Con este motivo, y des pués de haber dispuesto el fiel cumplimiento del mandato de Su Santidad, Nos parece oportuno dirigiros, Venera bles Hermanos y amados hijos, esta C a r t a P a s t o r a l , con el fin de cumplir por nuestra parte los piadosísi mos deseos, que ya dejó consignados el Sumo Pontífice en su Breve de 24 de Diciembre de 1883 por estas pala bras: u Es pues, en gran manera conforme, no sólo á la piedad de los particulares, sino también á lo que exi gen las públicas calamidades, que este modo de orar vuelva á ocupar aquel lugar distinguido, que hace mucho tiempo obtuvo, cuando cada una de las familias cristianas procuraba no dejar pasar un sólo día sin
- 6 - rezar el Rosario. Por esta causa, Nos exhortamos y rogamos á todos, que mantengan con religiosidad y constancia la costumbre de rezar todos los días el Rosa rio: y asimismo declaramos, que nuestros deseos son, que se rece diariamente en el templo principal de cada una de las diócesis, y todos los días festivos en los tem plos parroquiales. u Bien conocida es la historia del Santo Rosario á los católicos españoles, puesto que nos cabe la honra de que un compatricio nuestro, Santo Domingo de Guzmán, haya sido el que lo instituyó, predicó y propagó, como arma poderosísima contra los enemigos de nuestra san ta fe. Pero Nos place consignar aquí esta interesante historia con las mismas palabras de nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII: “ Nadie de vosotros ignora, venerables hermanos, cuántos trabajos y duelos acarrearon á la Iglesia de Dios, á principios del siglo XII, los herejes albigcnses que, descendientes de los maniqueos, llenaron de abo minables errores las-comarcas meridionales de Francia y otras regiones del nombre latino; y llevando por todas las tierras el terror de las armas, pretendían soberbios, con estrago y desolación, establecer el triunfo de su ti ranía. “ Contra semejantes bravísimos enemigos, levantó, como es sabido, el Dios de las misericordias un varón santísimo, el ínclito Padre y fundador de la Orden Domi nicana. Grande por la pureza de su doctrina, por la san tidad de su vida, por las proezas de su apostolado, tomó sobre sí la defensa de la Iglesia, fiando el suceso, no en la fuerza, ni en las armas, sino sobre todo en la devoción del Rosario, que él mismo instituyó, y por sí y por los alumnos de su Orden por doquiera propagó, como quien estaba persuadido, y por divina luz asegurado, que los enemigos de la fe, vencidos y desbaratados por la fuerza de aquella oración, como por arma poderosísima, se ve rían forzados á cejar en sus impíos y satánicos intentos. Lo cual sabemos cuán puntualmente en hecho de verdad se cumplió. Porque, á medida que los pueblos adopta ban y repetían aquella manera de orar, según el Patriar ca Santo Domingo había fundado, recobraban nuevo viu
— 1 — gor la fe, la piedad, la concordia; y caían por el suelo las arterías y violencias de los herejes; además de que mu chos fueron los extraviados, que volvieron al buen cami no, de suerte, que las armas tomadas por los católicos para rechazar los asaltos, sirvieron para reprimir la fu ria de los impíos. u La eficacia y poder de semejante plegaria centelleó con vivas luces en el siglo XVI, cuando las huestes mu sulmanas amenazaban someter casi toda Europa al yugo de la superstición y de la barbarie. Entonces el Sumo Pontífice Pío V, después de exhortar á los príncipes cristianos á tomar como propia, y defender la causa, que era común á todos, esforzó su empeñado celo mandando invocar con el Santo Rosario el socorro de la poderosa Madre de Dios. En aquellos días presenció el cielo y la tierra un espectáculo milagroso, que cautivó la admira ción del universo. Porque, poruña parte, los fieles, no lejos del istmo de Corinto, dispuestos á dar la vida y la sangre por la salvación de la Religión y de la patria, mi raban y aguardaban á pie quedo á sus enemigos, y por otra, inermes,- ordenados en piadosos escuadrones de suplicantes, pedían á María, saludándola reiteradamen te con las preces del Santo Rosario, que se dignase co ronar con la victoria los votos de los combatientes. Res pondió ella á los fervientes ruegos. Porque empeñada en las aguas de Lepanto la pelea, la flota de cristianos, sin notable pérdida de los suyos, arrollados y hundidos los enemigos, alcanzó cumplida victoria. Por lo cual, el mismo Santísimo Pontífice, deseoso de autorizar la memoria de aquel famoso suceso, decretó que el día ani versario de tan esclarecida batalla se celebrase con so lemnidad á honra de Nuestra Señora de las Victorias, el cual día consagró después Gregorio XIII con el título del Rosario. “ Igualmente en el siglo pasado otras victorias se al canzaron sobre los turcos en Temeswar de Hungría, y junto á la isla de Corfú, en los días dedicados á la Vir gen Santísima Nuestra Señora, después de haber ofre cido muchas preces, según el piadoso rito del Rosario. Por cuyo motivo, Clemente XI, nuestro predecesor, quiso que, para perpetua memoria, la fiesta del Rosario se UNU'ERSIDADE DE SANTIAGO u
pecados, remedio contra nuestra soberbia, y materia de satisfacción y mérito para la vida eterna. En el tercero debemos ponderar la ignominia de Je sús, cubierto por desprecio con manto de púrpura, co ronado de espinas, y hecho objeto de las burlas de los soldados, que se arrodillaban ante Él, le daban bofeta das, y le herían con la misma caña, que por cetro le ha bían puesto en la mano. ¡Cómo condena la corona de espinas de Jesús las coronas de flores, que la vanidad pone en la; cabeza de los hombres! ¡Cuánto debe con fundirnos y avergonzarnos la contemplación del Ecce homo! Condenado Jesús á muerte de Cruz por Pilato, débil é inicuo Juez, que confesó no hallaba causa alguna para condenar al Justo, se le obligó á éste á UeDar sobre sus hombros el instrumento de su suplicio, y cuando rendi do por el peso de la cruz, cayó con ella en tierra, busca ron los verdugos á Simón de Cirene para ayudarle á llevarla. ¡Cuán enorme es el peso de nuestras culpas! Sobre Jesús puso el Eterno Padre las iniquidades de to dos nosotros, y al contemplarle caminando con la Cruz á cuestas, no sólo debemos arrepentimos de nuestros propios pecados, sino también negarnos á nosotros mis mos, tomar nuestra Crus y seguirle. El último de los misterios dolorosos es la crucifixión y muerte de Jesús sobre el monte Calvario. Imposible parece, que el ánima devota no se conmueva profunda mente, al contemplar á nuestro Señor Jesucristo crucifi cado. Allí le ve lleno de oprobio, clavado de piés y ma nos, insultado de nuevo por sus enemigos, derramando por sus llagas la sangre, que aún le queda en el cuerpo, y sufriendo con tal presencia de ánimo y tan ardiente caridad sus dolores é ignominias, que allí mismo pro nuncia siete palabras de vida eterna, ora rogando por sus enemigos, ya prometiendo el Paraíso al ladrón arre pentido, ya manifestando su amor á María, á quien hace Madre de los hombres, ya declarando su desamparo, su sed y su entera conformidad con la voluntad del Eterno Padre, en cuyas manos encomienda su espíritu, é incli nando la cabeza, muere por nosotros, después de haber consumado su sacrificio.
- 15 - Los misterios gloriosos trasportan al alma á un nue vo mundo, al mundo de lo sobrenatural, divino y eterno, como premio de los sufrimientos en lo humano y tem poral. Sale Jesús triunjante y glorioso del sepulcro, se aparece á su Madre Santísima, y d los Apóstoles, tro cando las anteriores penas en purísima alegría. Les en seña, y en ellos á nosotros, que Juépreciso que el Cristo sufriese, y así entrase en su gloria, y que nosotros no debemos aspirar á los triunfos y gloria de la resurrec ción, si no estamos resueltos á morir y vivir como Él. Consuela á los Apóstoles con el repetido anuncio de la venida del Espíritu Santo, y á los cuarenta días de su Resurrección sube glorioso y triunjante d los Cielos, y toma asiento á la diestra del Padre. Con lo cual nos ase gura de que también subiremos nosotros á reinar con Él en el Cielo, si nos despojáremos de todo pecado sobre la tierra. Vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y desde luego comenzó á manifestarse la existencia y vitalidad de la Iglesia de Cristo, propagándose el Evangelio con rapidez extraordinaria por el mundo entonces conocido. De donde se deduce claramente, que la Iglesia es obra de Dios misericordioso , y que nosotros debemos vivir como los primitivos cristianos, admirando al mundo con los ejemplos de una fe viva, una esperanza incontrasta ble y una caridad á toda prueba. La Santísima Virgen María, que tanto contribuyó á la obra de la propagación de la fe, y establecimiento de la Iglesia, con sus oraciones, ejemplos y virtudes, llegó al fin de su carrera mortal; y el Señor, no sólo quiso ha cer preciosa su muerte, sino que la resucitó, y la lle-uó en cuerpo y alma al Cielo. Donde la Beatísima Trinidad le dió el premio debido á sus méritos, coronándola por Rei na de todo lo criado. Allí tenemos á Jesús y María, mos trándonos el último y dichoso término de nuestra pere grinación sobre la tierra, con tal que seamos fieles imi tadores de sus virtudes. Tan abundante materia y tan conmovedoras escenas ofrecen todos estos misterios á la devota consideración de los fieles cristianos, que cada Ave María del Rosario es una verdadera flor de filial afecto á María, un acto de u
- 16 - cristiana virtud, y un obsequio agradable á la Santísima Virgen, ofreciéndole con las decenas una hermosísima guirnalda, una corona de místicas rosas, que ella recibe con maternal afecto, y premia conlarga y piadosamano. Tiene además este orden y disposición del Santo Ro sario la ventaja de acomodarse á todas las clases de la sociedad, siendo fácil ayudar la memoria, pasando las cuentas, que marcan las Aue Marías de cada decena, avivar, durante el rezo de la misma, el recuerdo de cada Misterio, y fijar particularmente la atención en aquellas palabras del A-ve María, que mejor expresan el senti miento producido en el alma. Ni debe tomarse en sério la objeción de los que dicen, que el Rosario adolece de cierta monotonía, porque en él se repiten, muchas veces unas mismas palabras. Isaías (1) nos dice, que vió dos Serafines junto al Trono de Dios, que clamaban el uno al otro, ó alternativamente: Santo, San to, Santo, Señor Dios de los ejércitos, llena está la tierra de su gloria. Délos cuatro animales que San Juan nos dice en su Apocalipsis (2) que estaban al rededor del Tro no de Dios, afirma que no cesaban día y noche de decir: Santo, Santo, Santo, el Señor Dios omnipotente , el que era, el que cs,^ el que ha de venir. David hace el elogio de la ley de Dios en el salmo 118, y de los ciento setenta y seis versículos de dicho salmo, hace mención en 172 de la ley, ya bajo su propio nombre, ya bajo los de palabra, testimonio, senda, juicio, justificación, mandato, pre cepto y verdad; siendo muy de notar, que en todos los versículos, menos en cuatro, habla el Profeta con el Se ñor en segunda persona. Nuestro Señor Jesucristo, oran do largamente en el huerto de los Olivos, dijo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cális, más no como yo quiero , sino como tú (3). Oró segunda vez dicien do: Padre mío, si no puede pasar este cális sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (4). Y de nuevo fué á orar tercera ves , diciendo las mismas palabras (5). A. fi) Cap. VI, 3. (2) Cap. IV, 8. (3) Math. XXVI, 3g. (4) Ibid. 42. (5) Ibid. 44.
- 17 - cuyos testimonios de la Sagrada Escritura, dignos del mayor respeto y veneración, debemos añadir, que en la Misa se repiten los Kiries, el Sanctus y los Agmts, y en las letanías de la Santísima Virgen y de los Santos, la Iglesia repite muchas veces la misma deprecación. Lo cual no se reputa como una árida monotonía, sino como una expansión legítima de los afectos del corazón, que no se desahoga de una sola vez, ni con una sola pala bra, sirviendo también, en el rezo del santo Rosario, pa ra detenerse el espíritu en la consideración del Misterio correspondiente á cada decena, uniendo así de un modo sencillísimo la oración mental á la vocal, el rezo y la me ditación. • III Los efectos qué produce esta devoción del Santo Rosario son de la mayor importancia, no solamente para el individuo, sino también para la sociedad. u La de voción del Rosario, dice un autor piadoso, aplaca la cólera divina, destruye la herejía, confunde la impiedad, disipa la ignorancia, restablece el culto del verdadero Dios, hace cesar los escándalos y colma á la Iglesia de consuelo. u u En sus principios atrajo tantas gracias y bendiciones del Cielo sobre los pueblos, que no se veía por todas partes sino cambio de vida, conversión del co razón y austera penitencia (i) 11 (1). Se hizo tan popular esta devoción del Rosario, que no había clase de la sociedad que no se honrara con llevarle, y ninguna familia cris tiana dejaba pasar un sólo día sin rezarlo (2). Y á la verdad, la experiencia acredita la multitud de buenos y excelentes resultados, que produce el rezo del Santo Rosario, cuando se hace con devoción; y conside- (i) Thiebaut, Homelics sur les Evangiles. Tomo IV. (a) Breve de León XIII. u
- 18 - rancio la piedad maternal y el poder grandísimo de la Santa Madre de Dios, no pueden menos de seguirse tan favorables resultados. Quien se hallare agobiado por el peso de sus culpas, fácilmente.se moverá á penitencia, si considera atentamente lo que el Hijo de Dios y su Madre Santísima han hecho y sufrido por salvarle; y cuanto más insista en el rezo del Rosario, más sentirá los impulsos de la divina gracia para convertirse de veras. Los que ya disfrutan de la tranquilidad de la con ciencia, por haberse reconciliado sinceramente con Dios en el Santo Tribunal de la penitencia, encuentran tra zada, en el rezo y la meditación del Santo Rosario, la vía segurísima de la imitación de Jesús y María, por el ejer cicio de las virtudes que en ellos resplandecen; y apren den á negarse á sí mismos, tomar su crus y seguir en pos del Redentor y de su Madre. Y los que han llegado á vencer las desordenadas inclinaciones de la carne, y velan de continuo contra las asechanzas del mundo y del demonio, merced al hábito de orar, que ya han ad quirido, miran el rezo y meditación del Santo Rosario, como la ocasión más propicia para elevarse á la con templación de las grandezas divinas, y sienten un vacío en el corazón, cuando por cualquier motivo no han po dido entregarse á tan piadosa práctica. Ofrece, por lo mismo, el Rosario largo espacio, y ca mino firme á los que marchan por cualquiera de las tres vías de santificación, la purgativa, la iluminativa y la unitiva. De aquí ha provenido la práctica del mismo en las Comunidades religiosas, en las familias cristianas y en las grandes reuniones de los fieles, para celebrar las fiestas más solemnes del culto católico. De aquí el em pleo del Santo Rosario, como arma poderosa contra los enemigos del nombre cristiano, como medio de aplacar la ira divina en las grandes calamidades públicas, y co mo oración siempre eficaz para lograr la extirpación de las herejías, la reforma de las costumbres y la santifica ción de las almas. El Rosario fué siempre, y continuará siendo, una verdadera profesión de los misterios princi pales de nuestra fe, un ejercicio facilísimo de piedad, y una muestra de devoción á Jesús y María. Es, por úl timo, una fuente inagotable de consuelo, de paz y de
esperanza para todos los que lo rezan con buenas clis" posiciones. Nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII, siguien do fielmente la conducta de sus ilustres antecesores, ha recomendado con la mayor eficacia el rezo del Santo Rosario, y ha otorgado nuevas indulgencias para los que lo recen en gracia de Dios, y mediten sus Misterios. Pe ro no se ha contentado con esto, sino que ha mandado, que todos los años se rece diariamente durante el mes de Octubre, mientras duren las actuales y tristes circuns tancias, tan adversas para la Iglesia y su Cabeza visible, el Romano Pontífice. ¿Y qué significan esta recomenda ción y este mandato? Que el Rosario es un medio muy á propósito para contener las furiosas embestidas de los enemigos de la Iglesia, y para mantener en los hijos de ésta la pureza é integridad de la Santa Fe Católica. To do esto demuestra, que María Santísima tiene tan altos poderes en el Cielo para procurarnos toda clase de gra cias y favores, que en ella debemos poner nuestra más firme y dulce confianza. Ella quebrantó la cabesa de la serpiente infernal, y dió muerte á todas las herejías en el universo mundo. Es el refugio de los pecadores , la consoladora de los afligidos, el auxilio délos cristianos, y la que saludamos, llamándola vida, dulsuray esperan za nuestra. ¿Qué no debemos esperar de su protección y de sus súplicas? ¿De qué no es capaz su maternal cora zón en favor nuestro? Ella es Madre de Dios y Madre de la divina gracia; es también nuestra Madre, Madre de misericordia. Acudamos, pues, VV. HH. yaa. hh. á nuestra Seño ra del Rosario; honrémosla tomando en nuestras manos las cuentas del mismo; recémoslo con devoción, medite mos sus misterios, repitamos con fervor las tiernas sú plicas á la Santísima Virgen, y estemos seguros de que seremos oídos por su intercesión poderosa. Para que así suceda, os damos á todos, VV. HH. y aa. hh., nuestra Pastoral Bendición: En el nombre del Padre y del © Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Dada en nuestro Palacio Arzobispal de Santiago de Compostela, firmada por Nos, sellada con el de nues tras armas, y refrendada por nuestro infrascripto Secre-
- 20 - tario de Cámara y Gobierno, en la Solemnidad del San tísimo Rosario, el Domingo dos de Octubre de mil ocho cientos noventa y dos. ■¡■JOS]', Axiobispo áe. Santiago Ae Compostda. Por mandado de S. E. I. el Arzobispo, mi Señor, Lie. E u g en io d el B l a n c o A l v a r ez , Canónigo, Secretario.
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