Sermón que con motivo de la solemnidad celebrada el 27 de agosto en la Santa Iglesia Catedral de Lugo por ... el obispo diocesano ... para dar gracias á Dios por haber superado N.S.P. Papa Pio IX los días de San Pedro en su pontificado / predicó el Obispo de la Habana
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Qsx. - CoV M-¿ SOLI DEO HONOR ET GLORIA. AMEN. SERMON QUE, CON MOTIVO DE LA SOLEMNIDAD CELEBRADA EL 27 DE AGOSTO EN LA SANTA IGLESIA CATEDRAL DE LUGO POR EL EXCMO. É ILMO. SEÑOR OBISPO DIOCESANO, SU ILUSTRISIMO CABILDO Y CUERPO BENEFICIAD DE LA MISMA, para dar gracias á Dios por haber superado N. S. P. PAPA PIO IX LOS DIAS DE SAN PEDRO EN SU PONTIFICADO, PREDICÓ EL EXCMO, E ILMO. SR. OBISPO DE LA HABANA. LUGO: IMPRENTA DE SOTO FREIRE. Calle de San Pedro núm. 31. 1871. se UNIA'ERSIDADE DE SANTIAGO DI. rnMFCtStnA
DE SANTIAGO Q UJS ha. or SAN IIA( i ) nr compon ■ ia u
R. Timebunt me (ludientes reges horrendi, in multUudine videbor bonus, et in bello fortis. Temerán al oirme los reyes horribles, en el pueblo pareceré bueno, y en la guerra fuerte. Sap. c. 8, r. 15. E x c mo . e I l mo . S e ñ o r : 1. Como las fases de la vida humana son tantas y tan variadas: como el modo de nuestra existencia consis te precisamente en una movilidad incesante que cambia nuestra posición: como alternan sin interrupción en la carrera de nuestra peregrinación sobre la tierra los movi mientos inherentes á la sociedad; y como apenas hay un solo hombre, que no tenga dias de tristeza y de alegría, de adversidad y de prosperidad, de menosprecio y de honor, y de alguna gloria y alguna humillación, es difícil, y aun parece imposible, que nuestro ser tan frágil, tan delezna ble y tan impresionable, se mantenga siempre sereno, constante y uniforme. Y asi ha de suceder, cuando ve uno pasar junto á sí mismo tantas cosas contrarias entre sí, y cuando el corazón vive en doble alternativa, ora ane gado, y como naufragando, entre espumantes olas de
4 amargura, ora embriagado por los vapores que lo envuel ven, de paz, de dulzura, de encanto, ó bien, hasta de li sonjas y de adulaciones. La empresa es árdua: mantenerse inmóvil como una columna de mármol, y sereno como la luz del cielo, al ver que á derecha é izquierda van y vienen olas encres padas, agitadas por furioso vendaval, y que negros nu barrones amenazan con rayos de fuego y tormenta de granizo, apenas parece que cabe en nuestra cabeza, pro pensa á desvanecerse y á perder el sentido, tan pron to como advierte el bamboleo de los cimientos, y apenas siente la balumba de una gran mole que le amenaza. Me nos posible parece, que, en el órden moral, conserve el hombre serenidad, calma y estabilidad constante, cuan do se levantan contra él persecuciones atroces, y lo ro dean enemigos poderosos y formidables: y estoy por decir que se aumenta considerablemente la dificultad de conser varse imperturbable, cuando afluyen las felicidades, se aglo meran las riquezas, se oyen las propias alabanzas, y se re ciben los homenajes de la muchedumbre: porque en ver dad, vemos que un Manases, envilecido en sus aberra ciones, se vuelve grande en las cadenas del cautiverio: (1) y también, que un Salomón, grande en su saber, se de grada en los placeres que la opulencia le proporciona. (2) II. Pero esto que parece difícil, y aun imposible á las luces de la razón, no lo es, cuando el hombre posee la sabiduría verdadera, la sabiduría que baja del cielo, como nos lo demuestra esa turba, ya innumerable, de hombres santos que han seguido las inspiraciones de la gracia de Dios, y aprendido en la escuela de Cristo á ser grandes en la adversidad, grandes en la prosperidad,. (1) Par. c. 33. v. 11.13. (2) 3.° Reg. c. 11. v. 3. 4
5 y siempre fuertes en el combate. Porque la vida del hom bre, como dice Job, es una vida de soldado sobre la tier ra (1): y el único que puede llamarse heroico y valiente, es aquel que se arma del escudo de Dios, y no teme los dardos del enemigo, diciendo con David que, por muchos contrarios que vengan, no teme su corazón (2). El único que puede llamarse guerrero sabio y buen soldado de Cristo, es el que sabe combatir contra la prosperidad, no dejándose arrastrar de sus halagos fementidos. Esto es lo que nos enseñan con su ejemplo los san tos: y si no tuviéramos esa imponente nube de testigos de esta verdad, nos bastarla el testimonio público, solem ne y universal, que está dando al mundo hoy dia el glo rioso Pontífice, quien parece que ha sido enviado de Dios, para que sea el monumento animado de su poder, y el heraldo de sus glorias. ¿No veis lo que está sucediendo con este hombre singular y admirable? Semejante á Aquel, cuyo Vicario es en la tierra, está puesto, hace veintiséis años, como blanco de los tiros que le dirigen los poderes de la tierra (3): y sin embargo ellos le arrojan los dardos, temblando al propio tiempo porque temen su voz: timebunt me eludientes reges horrendi - . estos mismos po deres han hecho cuanto han podido, para trastornar las ideas de la muchedumbre con el fin de que esta se apar tase de la enseñanza de su Padre, de su Maestro y de su Doctor; y lejos de hacer caso esta de los falsos pedago gos, se agrupa cada dia mas al rededor de su Cátedra, y proclama al Vicario de Cristo, llamándole el bueno, el sabio, el clemente, el grande: in multitudine -uidebor bomis: casi todos esos mismos poderes han aglomerado cuantos medios tienen en su mano, para hacerle una guer- (I) Cap. 7. v. 1. (á) Ps. 36. v. 3. (3) Trent c. 3. v. 12. 2 se UNIVhKSlDADh u
6 ra sin tregua, creyendo que se las tenían con un hombre débil y meticuloso, y está viendo el mundo entero que Pió IX, es mas fuerte que ellos en ese combate: ct m bello fortis. III. Esto es como un portento, del cual voy á ha blar en este dia, aprovechando la ocasión de veros reu nidos delante del Señor, para darle gracias por otro, que tiene ya todas las trazas de serlo, y es el de haber supe rado Pió IX, en longevidad pontificia, no ya á sus dos cientos cincuenta y seis predecesores, ninguno de los cua les había visto los dias de Pedro, sino al mismo San Pedro T pues desde el dia veinticuatro de Agosto, ha empezado á vivir en su Cátedra mas que él. Os diré por tanto, que el Gran Pió IX, portento de los Pontífices en su prodigiosa longevidad, se presenta como el terror de los poderes mundanos, como el padre digno del amor de los pueblos por su bondad; y como el héroe invicto de las batallas de Dios. Timebunt me auclientes reges horrendi, in mullihidine ridebor bomis, et in bello fortis. Vosotros sabéis, amados oyentes, que todo don per fecto desciende de Dios, que es Padre de la luz: vosotros creeis, que por la intercesión de los Santos nos envía Dios desde el cielo sus bendiciones, y que especialmente pol los ruegos de su Madre, otorga Dios misericordia y gra cia á los que se la piden, llenos de fé y de esperanza. Vuestros corazones están animados de estas dulces ins piraciones de la religión, y creo que estáis persuadi dos de que es la Virgen María, quien ha obtenido de su Hijo para el Gran Pontífice, que adornó sus sienes vir ginales con la corona mas brillante de sus glorias, la portentosa longevidad á que ha llegado. Yo confieso hu millado, que necesito los auxilios del cielo para tratar dig namente de lo que significa esa longevidad, y os ruego qu-
7 para alcanzarlos, saludéis á esta excelsa Reina, repitiendo la salutación que, humilde y reverente, la dirigió el An gel, diciendo: AVE MARIA. IV. El que crea, que los que se encuentran investi dos en la sociedad de alguna dignidad, son los mas fe lices de los hombres, no conoce lo que es esa dignidad, ni lo que es la sociedad humana. El saber es por su propia naturaleza una dignidad verdadera, que eleva al que lo posee sobre el nivel del vulgo que es siempre ignorante, y aun sobre otro nivel mas alto, cual es el de los hombres que no quieren per tenecer al vulgo, quienes en general, si bien saben algo, no se elevan sin embargo á las regiones sublimes de la ciencia, pues esto es concedido á pocos. Y ¿qué dice el Espíritu Santo del hombre que va creciendo en saber? El que crece en ciencia, dice, crece en trabajo (1) Y si esta dignidad, que es puramente intelectual, no solo es un trabajo para el sabio, pues cuanto mas sabe, mas se per suade de su ignorancia, sino que suele ser ocasión de envidias, y de persecuciones de parte del vulgo y de los semi-sabios ¿cuál será la suerte de los que poseen esas dignidades, que se manifiestan en aparato exterior de grandeza, que arrastran las miradas del pueblo, y exci tan la envidia de los ambiciosos? La dignidad mas grande que se ha visto en la tierra , es la del Hijo de Dios, y bien sabemos cual fue el tegido de su vida; porque, desde Bethlehen hasta el Calvario, no encontramos sino persecuciones, envidias y rencores (l) Eccli. c. 1. v. 18. se I.NIVPRSIOAIJK 1)1. SANTIAGO u
8 de parte del vulgo, de la de los sabios y de la de los po derlos de la tierra. David lo había dicho: los reyes de la tierra se juntaron, y los principes se reunieron contra el Señor y contra su Ungido (1). Y es digno denotarse, que en el primer congreso de los poderes del siglo, que se ce lebró para hacer la guerra al Hijo de Dios, se dispuso que el ataque fuese fraudulento, solapado, hipócrita y traidor, y que se simulase amor, respeto, y aun deseos de adorarlo y reconocerlo, para dar el golpe con acierto, y acabar con aquella altísima dignidad. Las palabras de Heredes á los Magos son una demostración evidente de lo insidioso y taimado de su política (2), y el degüello de los inocentes la prueba de sus intentos, tan envidiosos como sanguinarios y crueles (3). Después de esta dignidad, única é incomunicable en su naturaleza, viene otra, y es la de su Vicario en la tierra, á quien el mismo Cristo comunicó en la persona de San Pedro los oficios que quiso comunicarle: cuales eran el de potestad, para tener en su mano las llaves del cielo, y abrirlo ó cerrarlo según viese que convenia en justicia (4): el de autoridad, para enseñarla fé á sus hermanos y confirmarlos en ella (5), el de magisterio, para apacentar con su doctrina á estos mismos hermanos y á todos los fieles (6), y por fin, la dignidad que lo encumbra mas allá de lo que podían pensar los mismos ángeles, cual es, el de constituirlo fundamento visible de la Iglesia que El fundaba con su sangre, haciéndolo por consiguiente Virey del santo monte de Sion, del cual es El el Rey, Lu garteniente de su misma persona, Señor sobre los seño res de la tierra, y Rey sobre los reyes del mundo. Pen (-1) Ps. 2. v. 2. (4-) Mat. c. 16. v. 19. (2) Mat. c. 2. v. 9. (5) Lúe. c 22. v. 32. (3) Mat. o. 2. v. 16. (6) .loa. c. 21. v. 15. se UNIVCRSID. )E DCSANTIA' ) u
9 sar, por tanto, que quien heredaba por derecho de con cesión del dignatario la dignidad que le es propia, no ha bía de heredar lo que rodeó siempre á aquella entre los hombres, es no conocer á Cristo, sino en el sentido gro sero que tenia el judio, délo que había de ser el Mesías. El patrimonio de este entre los hombres fué la envidia de los grandes y la persecución de los poderes del siglo, y este había de ser también el de quien lo representase en la tierra. Por otra parte, esto es una verdad de fé, que Jesu cristo nos enseña con estas palabras que dirigió á sus Apóstoles: no es mayor, les dijo, el siervo que su Señor (1): si me han perseguido á mi, también os perseguirán á vosotros (2). Y en efecto, la persecución contra los Su mos Pontífices y contra los Obispos empezó en Jerusalen, y continuó después en todo el orbe, y sigue hoy, con la di ferencia de ser esta mas desalmada porque es mas hipó crita, y mas cruel, porque hace víctimas sin derramar sangre, y continuará hasta la consumación de los siglos. Y á quien creyere otra cosa, le diremos lo que dice San Agustín, comentando las palabras de San Sisto á San Lo renzo, cuando al ir al martirio, este se quejó de que lo abandonaba: «no le dice Sisto á Lorenzo, la persecución cesará y quedarás salvo; sino, consuélate, y no te aflijas, que de aquí á tres dias morirás mártir, como yo voy á morir ahora (3).» He aquí lo que es y será la Iglesia. Empezó, pues, la conspiración de los reyes contra el Vicario de Cristo en la misma persona del Salvador: pero, no nos equivoquemos en la inteligencia de esa pa labra con que el Espíritu Santo señala con el dedo á los perseguidores. Los llama reyes, designando en esa pala- (1) Jo. e. 13 v. 16. (2) Jo. c. 15. v. 20. (3) Div. August. tract. 27 in Joan. 3 u
16 metropolitanas que engrandeciesen la gerarquia epis copal, y difundiesen con abundancia la luz de la fé, y los ardores de la piedad. Ni paró aqui el celo de este nuevo Pedro, el pescador de la Galilea: Dios había bendecido las regiones setentrionales del Occidente descubierto por la inmortal Isabel de Castilla, trasladando á ellas á un pueblo, mártir de tres centurias, y allí también erigió el Pontífice ocho metrópolis, y cerca de cincuenta sufra gáneas, formando allí una Iglesia floreciente, esperanza del pueblo de Washingthon. Veian esto los reyes, y se asombraban: veíanlo los hei eges, y se les helaba la sangre: veíanlo los revolucio narios, y se carcomían de rabia: veíanlo los hijos de la verdad, y llenos de alegría se preguntaban unos á otros: ¿quién pensáis que será este, pues la mano de Dios está con él? (1) ¿Es acaso un nuevo Moisés, á quien Dios por su .té y su mansedumbre lo santificó, q lo escogió de entre toda carne? (2) ¿Es quizás un nuevo Josué, grande segun su nombre, máximo en salvar á los escogidos de Dios, y en derrotar los enemigos? (3) Todo esto se estuvo dicien do en el pueblo católico, creciendo tanto el renombre del Venerable Pontífice, que se ha llegado á decir acerca de él, lo que en otro tiempo se dijo de Elias y de Salomón: bienaventurados son los que te vieron, y fueron, honra dos con tu amistad (4): Dichosas tus gentes, y dichosos tus siervos, que están siempre delante de ti, y oyen tu sabiduría (5). Y en efecto, apenas hay hoy dia un hom bre de algún valer, que no cuente como la mayor de sus glorias, el haber visto y saludado al Gran Pió IX y ha ber recibido personalmente su bendición, siendo aun mas (1) Luc. cap. 1. v. 66. (2) Eccli. cap. 45. v. 4. (3) Eccli.cap. 46. v. 1. 2. (4) Eccli. cap. 48. v. 11. (5) 3. Rcg. cap. 10. v. 8. u
17 notable, que millares y millares de hombres de todas lasclases y condiciones tengan esta gloria, en la cual tienen parte las princesas, y hasta turbas de niñas inocentes. Descubriré por tanto una verdad, mis amados oyentes. ¿Sabéis quien era Pió IX en los consejos de Dios? No os sobrecojáis, alabad si, al Señor por los portentos de su amor. Este Pontífice era como un nuevo precursor, co mo un heraldo que precedía á la aparición de una gran luz del cielo: el nombre que llevaba, era la significación de su misión en la tierra: este nombre, admirable por su coincidencia, significa, que quien lo llevaba era como un trasunto de aquel, que filé enviado de Dios, ij tenia por nombre Juan (1), pues en efecto, este era el nombre de Pío IX, antes de subir á la Cátedra Apostólica. VIL Y asi es, mis amados oyentes; este Pontífice estaba destinado á señalar con el dedo á dos persona jes grandes y admirables, cada uno en su género, di ciendo al mundo lo que eran: debía señalar á la Virgen María, y decir á los hombres: «Hé ahí la Cordera de Dios; he ahí la que no tuvo parte en el pecado del mun do (2)»: debía señalar con su mano á Pedro sentado en la Cátedra, que Cristo le dió, de Maestro universal de la fé y de la doctrina, y decir á los creyentes: «he ahi el que siendo hombre falible por su naturaleza, es infalible por la gracia de Cristo, siempre que enseña á la Iglesia uni versal la fé y la doctrina de su fundador.» Tal era la mi sión á que estaba destinado Pió IX en los consejos divi nos. Profesa hoy ya estos dos dogmas la Iglesia Católica, (1) Jo. cap. 1. v. 6. (2) Asi llamaron á la Virgen los Padres de la Iglesia de los tiempos primitivos. ’ Véase loquedecia San Tarasio Patriarca de Constanlinopla: (sermo. de Presentatione Deipar.) te honoro agnam immaculatam: te venero cordera de Dios sin mancilla se LNIVCRSIDADi: DE SANTIAGO u
18 dogmas contenidos bajo la corteza de la letra en las sa gradas escrituras, dogmas que no quiso Dios revelar con toda claridad por altísimos fines de su providencia. Y ¿cuá les eran estos fines? ¡O bondad, ó amor, ó condescenden cia de Dios para con los que son sus hijos! No afirmo, mis amados oyentes, pues como dice el Apóstol ¿quién entendió la mente de Dios? ¿ó quién fué su consejero? (1) Pero, aun en medio de mi pequeñez, casi me atrevo á decir, que Dios quería que los hijos de la Iglesia cató lica, que son todos hijos de su Madre, descubriesen con su amor lo que debía ser su Madre tierna y cariñosa: no nos había dicho Jesucristo, que su Madre fué siempre mas puraque los Angeles, ni que todos los hijos de Adan venían al mundo con el reato de su primer padre, excepto su Madre, á quien El había preservado: pero la piedad de sus hijos ilustrada por la fe les decía, que la Madre de Dios, la que engendró al santo, al inocente, al inma culado, tenia que haber sido santa, inocente, inmaculada desde el primer momento de su ser natural. ¡Oh qué san ta, qué sabia, y qué conforme á la mente divina, era esta piedad! z . Y sucedía respectivamente lo mismo tocante á la in falibilidad del sucesor de San Pedro. Al constituir Jesu cristo á este Maestro de los Apóstoles y Pastor de toda su grey, no le había dicho con expresión material, que seria infalible en el Ejercicio de su ministerio: pero le había di cho lo equivalente, y era que había rogado especialmente por él, para que su fé no faltase jamás (2): le había di cho, que él era la Piedra, sobre la cual fundaría su Iglesia, y que jamás prevalecerían contra esa piedra los poderes del infierno (3). La infalibilidad del magisterio de Pedio (1) Rom. cap. 11. v. 24. (2) Luc. cap. 22. v. 32. (3) Mal. cap. 16. v. 18.
19 estaba encerrada en esas promesas, aunque no aparecie se revelada con palabras terminantes. Pero, ni los Santos Padres habían dudado de que si el Maestro de todos podía errar, ya no podía confirmar á sus hermanos, ni apacen tar toda la grey; ni los fieles embebidos en el sentido universal de la Iglesia, sospechaban, que pudiese caer en error el que era el fundamento de la misma Iglesia, y la Piedra, en que estribaba esta, su doctrina, los Obispos, los sacerdotes y el pueblo. Sin embargo, Dios permitió que, no ya del seno de los hereges solamente, sino del de la misma Iglesia, se levantasen hombres, y hombres algunos, tan sabios como piadosos, que negasen lo que la piedad creía, y lo que la sana razón ilustrada por la fe dictaba. ¡Qué votos dirigían al cielo los pueblos! ¡Qué deseos de que se decidiese esa verdad expresaron los reyes, los principes y los fieles! ¡Qué suspiros enviaron al cielo los Obispos por espacio de cinco siglos! Y lo diré para gloria de la noble y católi ca nación de San Fernando, tan grande en los tiempos de su antigua piedad, y tan desgraciada en las dos épo cas memorables de la declaración dogmática de las dos verdades, que ella defendió y propagó mas que las demás. Ninguna fué mas ferviente en desear que la creencia pia dosa fuese declarada dogma de fé, y ninguna lo pidió antes que ella; pues en tiempo del ilustre Domingo de Guzman se pedia ya esta gracia, y al poco hubo reyes que manifestaron á sus súbditos, que si querían conservar su gracia, habían de profesar esta creencia piadosa, y jurar defenderla. Pero Dios había destinado al gran Pió, para que fuese él quien, guiado por el Espíritu Santo, en señase al mundo, que estas dos verdades estaban conteni das en las escrituras santas, que debían ser creídas y pro fesadas como dogmas de fe, y que, quien otra cosa erese UNiVLRSlDADC u
20 yese y enseñase, no tenia parte en el reino de Dios y se condenaba al anatema eterno. Hé ahí, pues, el hombre enviado de Dios, para mostrar al mundo con su dedo una gran luz. Y ¿quién puede describir lo que ha sucedido des pués? ¿Podría yo mismo describir lo que he visto y sen tido en la basílica Vaticana, en aquel dia de memoria im perecedera, en el cual fué declarado con toda solemnidad el dogma de la infalibilidad del Romano Pontífice, cuan do enseña á la Iglesia universal la fé y la doctrina como el Maestro y Pastor de toda ella? Cincuenta mil fieles á la vez aplaudieron con sus almas, con sus corazones, con sus labios y con sus manos, al Santo Pontífice, y unidos á los Obispos de todo el orbe reunidos allí, entonaron el himno de alabanzas al Señor, dándole gracias porque por el ministerio del inmortal Pió derramaba tantos benefi cios sobre los hombres. Pues bien: esta emoción celestial, y estrepitosa como el agua de cien ríos caudalosos, resonó en los cielos y en la tierra, empezando á caer sobre el sucesor de Pedro ben diciones sin fin. Pió IX, ha sido bendecido por la Madre de Dios: lo han bendecido los ángeles, lo ha bendecido la Igle sia, lo ha bendecido todo el apostolado en sus miles de su cesores, y lo han bendecido millones de fieles. Hé ahí, han dicho los fieles, el escogido por Dios, para publicar sus maravillas, hé ahí el Pontífice predilecto de María, hé ahí el nuevo Juan de nuestros tiempos, hé ahí el pío, el san to, el amable, el cariñoso, el magnánimo Pontífice, que ha puesto á la Reina de los Angeles la mejor corona, y al Principe de los Apóstoles su mas brillante diadema. Y, bien lo saben ya hoy dia todos los hombres, los bár baros, los civilizados, los hereges, los católicos, los que ben dicen y los que blasfeman, los que aman á Pió, y los que,
21 con un cinismo, que no tiene calificativo en las lenguas humanas por ser demasiado monstruoso, lo aborrecen. Jamás, desde que hay mundo, se ha visto semejante es pectáculo; toda la tierra se ha conmovido; todas las na ciones se han disputado la gloria de ver al gran Pió, de ofrecerle sus dones, de oir sus palabras, y de recibir su bendición. ¿Hay algún rey ó emperador del mundo, que haya visto como él, postrados á sus pies á todos los pue blos? ¡Ah! Esa gloria es únicamente para el gran rey, que no sabe sino ser clemente, cariñoso y bondadoso para con su pueblo; y para el excelso Pontiíice, que ha engrande cido tanto la gloria de Dios, ha coronado á su Madre, y ha puesto á San Pedro la brillante aureola, que Satanás mismo, conjurado con todos los poderes de la tierra, nun ca podrá quitarle. In multitiidine vidcbor bomis. VIH. Hemos llegado al punto mas culminante, en quevamos á ver al gran Pontífice, y por cierto tengo que de cir, que no bastan los; límites de un discurso, para descri bir lo que ha ocurrido hasta el día presente: abreviaré en obsequio de los que me oyen, aunque prometo que diré en poco la verdad de las cosas. Pió IX está dando hoy una de las batallas mas valientes y heroicas, que se han dado en la tierra contra el poder del infierno. Tened pa ciencia, mis amados oyentes, y oídme con benignidad: oídme, que os voy á referir cosas increíbles, y algunas que os parecerán una paradoja. En lo que llevamos de este siglo, ya casi anciano, no se había visto una sabiduría mas benéfica que la de Pió IX. Por efecto de esa horrorosa libertad de escribir, que los poderes humanos han concedido, el mundo ha sido inun dado de un verdadero diluvio de doctrinas, no solo ene migas de Dios, sino destructoras de la autoridad de los reyes, demoledoras de sus tronos, y aun de la misma sose UNIVERSÍDADE DE SANTIAGO
22 ciedad. Las heregias modernas son asi: parece que los hombres perversos, desesperados al ver que perdían el tiempo en atacar á Cristo y á su Iglesia, se han decidido á tratar de aniquilar la sociedad, publicando dogmas so ciales tan abominables que, si se les deja tomar cuerpo, llevan traza de convertir la sociedad humana en sociedad de tigres. Hoy dia, ya no combaten los revolucionarios contra el derecho divino, sino contra el natural y de gen tes: esta es la gran heregía del siglo. El encargado de Dios para mantener intactos los principios de derecho, de jus ticia, de la ley natural, y la fé y la doctrina de Jesucristo, principios que destruían esas doctrinas, las examinó, una por una, y las condenó todas, avisando á los grandes de la tierra, que mirasen por el bien de los pueblos que Dios les había encargado, y por sus propios tronos, que cae rían á los golpes de esos principios disolventes (1). ¿Quién lo creyera? Los grandes del mundo, á quienes su propia conservación debia inspirar amor y gratitud, al que condenaba los errores que ponían una mina á sus tronos, fueron los que miraron con mas encono la verdad que se les descubría, y á quien condenaba los absurdos que, adoptados por los pueblos, los llevarían á morir en tierra extraña, sin cetro y quizás sin honra, como habían ¡levado ya en tres décadas á una docena de sus hermanos de púrpura y cetro. Una guerra sorda se declaraba al elen co de los errores condenados, mientras los hombres alti vos del error, animados á ello por los poderes mundanos, encendían el fuego en el vulgo degradado, gritando que los fueros de la razón eran hollados, las prerogativas de los Estados destruidas, la libertad encadenada, las con quistas de la misma libertad anuladas, y el linage huma- (1) Encíclica Quanta cura. u
23 no, que había llegado con su propia virtud al apogeo de la civilización, condenado á ir uncido al yugo que le im ponía un hombre retrógrado, enemigo del progreso, de presor de las inteligencias, y opugnador sistemático de los derechos del hombre. Asi han estado gritando los impíos en estos últimos siete años. Había pues un volcan encerrado en el seno de las al tas prominencias de la sociedad, el cual tenia que esta llar, tan pronto como se presentara la ocasión, y esta se presentó muy en breve. Cuando la Iglesia docente, guia da por el Espíritu Santo, declaró solemnemente, que el Papa es infalible,- cuando, como Maestro y Pastor univer sal, enseña la fé y la doctrina de la religión á todo el or be cristiano, la tierra se conmovió de alegría, y dieron saltos de placer los valles y los collados: pero entonces fué, cuando el volcan de los montes empinados abrió su cráter, y se derramaron las lavas de unas iras rencoro sas, que amenazaban desde tiempo atrás, que habían de arrollar al poder mas alto del mundo. De entonces acá, se han dicho cosas por labios, de quienes está escrito, que tienen el don de la adivinación y no yerran en sus juicios, (1) que, bien examinadas, apenas puede un hom bre sábio tomarlas por lo serio, por parecer inverosí miles. Rómpanse, decían unos, los convenios celebrados con el Papa, pues ahora es infalible, y no es el hombre de antes; la Iglesia de ahora, decían otros, ya no es lo que antes creíamos que era, y no podemos tener mas relaciones con ella, pues se ha dado un Papa infalible. ¡Cómo! gritaban ademas. ¿Volvemos ahora á los tiempos de ignorancia, en que los Papas eran árbitros de los re yes, y los deponían de sus tronos según les parecía? Pues (1) Prov. cap. 16. v. 10. se UN1VERSIDADC niSAXiiAco u
24 levantémonos contra el Papa infalible: abandonémoslo á su suerte, y sálvelo de sus enemigos su infalibilidad. IX. He ahí, mis amados oyentes, lo que se decía, al mismo tiempo que un ejército de gente sacrilega se acer caba á Roma, levantaba baterías, daba acometidas bár baras y salvajes, lanzaba bombas feroces, derribaba sus muros, disparaba proyectiles contra sus basílicas, saquea ba la ciudad, y reducía al heroico Pió al último reducto de su alcázar. Se decía todo eso, y no había una frase que no fuese una insensatez. ¿Qué tiene que ver, que el Papa sea infalible cuando enseña la fé, con que celebre Con cordatos con los reyes, para conservar los derechos de la Iglesia en sus reinos, ora en materia de bienes robados á las iglesias por las revoluciones, ora en punto á ereccio nes de Sedes episcopales, y de otros beneficios, mayores ó menores? ¿En qué ha cambiado la Iglesia, por haber declarado que es de fé, lo que siempre habían enseñado los Padres y los Concilios acerca de las prerogativas de Pedro sobre los demas apóstoles? ¿Qué relación hay en tre el dogma, de que el Papa sea infalible por un privi legio especial que Cristo le dió en San Pedro, y entre aquel derecho público, que profesaron los siglos, verda deramente cristianos, en los cuales los Papas eran los ár bitros de todas las contiendas de los príncipes? Distan mucho estas cosas entre si en la sustancia, y en el modo, aunque todas tengan directa ó indirectamente el mismo principio, que es la voluntad de Dios y la autoridad que Cristo dió á San Pedro: la misma que los principes de otros tiempos reconocieron, que era una autoridad so bre ellos mismos; y en esta fé que tenían reconocieron en el Papa al rey de todos los reyes, al que los enseñaba, los amonestaba, los corregia, y aun les arrancaba la púr pura, absolviendo á sus súbditos del juramento de fidelidad.
25 ¿Qué tiene que ver por tanto la infalibilidad en la en señanza de la fé revelada, con el derecho que ejercieron los Papas, por espacio de siete siglos, de ser los mode radores de los reyes, los pacificadores de sus querellas, los árbitros de sus destinos, y los que les concedían ó negaban el derecho de poseer tierras, islas y continen tes? Reconocían en el Papa ese derecho los reyes y los emperadores cristianos, los Eduardos de Inglaterra, los Enriques de Alemania, los Estéfanos de Hungría, los Alfonsos y Manueles de Portugal, y los Fernandos é Isa beles de Castilla. Pero demos, que esos reyes sean todos cismáticos, ó hereges, ó incrédulos, ó que hayan rene gado de Cristo: demos, que no reconozcan ese derecho público, que la piedad católica entrevio en la autoridad del Sumo Pontífice, derecho que no está ya en uso hace tres siglos, ¿tiene que ver algo todo ello con el dogma de la infalibilidad? El Papa condenará siempre sus errores: pero, una vez que ellos no reconocen en el Vicario de Cristo ninguna autoridad, una vez que están fuera de la Iglesia de Cristo, el Papa dirá con San Pablo: qué me ua á mi en juzgar de aquellos que están fuera? (1). Esta es la verdad de las cosas: la infalibilidad en la fé y en la doctrina es un don que le viene al Vicario de Cris to inmediatamente de Cristo: el derecho de intervenir en la salud eterna de los principes cristianos le viene también inmediatamente de Cristo: pero ese, que tuvo en los tiem pos de la gran fé cristiana, de intervenir en asuntos tem porales de los mismos principes, en sus relaciones mútuas, y en las de cada uno de ellos con sus súbditos, si bien es tá fundado en la potestad que le dió Cristo, de atar y des atar cuanto creyese necesario en la tierra, no lo ejerció (1) 1. Cor. cap. 5. v. 12. se UNR'ERSIDADE DE SANTIAGO u
32 ella todos sus hijos. Pió IX vive á pesar de los impíos, que lo han dado por muerto tantas veces: su vida es un portento, y Dios no hace portentos, sino cuando son ne cesarios para manifestar su poder, y salir por su honra. Pió IX está orando sin cesar, y la Iglesia entera ora también con él. El Padre y los hijos de esta gran familia piden á Dios lo mismo; y cuando llegue á darla hora es crita en los libros de Dios, David saldrá al campo contra el filisteo, la piedrecita se desprenderá, el coloso se vol verá añicos, y Pió el Grande, junto con toda la Iglesia, entonará el himno de alabanza, celebrando la victoria mas señalada, que ha visto jamás el pueblo santo. Para eso vive el Gran Pió: sabedlo, amados oyentes, que ha de llegar, y quizás muy en breve, un dia, en el cual se diga con razón, que los jzistos se llevaron los des pojos de los impíos, celebrando por eso el santo nombre de Dios, y alabando todos á una su mano vencedora (1). Yo no sé si lo veré: pero mi fé en las promesas de Cris to me dice, que el pueblo que me oye lo verá. Dias ven drán en que caigan á tierra tronos y dinastías y en que vayan al lodo diademas de brillantes falsos y de oropel, mordiendo el polvo los enemigos del representante de Dios en la tierra, mientras la tiara de Pió IX, brillará con la gloria y la autoridad que Dios le ha dado. Quiera el cie lo que lo veamos pronto: quiera el cielo que, asi como el Gran Pió ha de triunfar de las potestades del infierno, triunfemos también nosotros de los enemigos de nuestra alma, de los vicios y pasiones de la carne, para que algún dia entonemos el cántico eterno de nuestra victoria en el cielo. Asi sea. FIN. (1) Sap. cap. 10. v. 19 20. UNR ’ ERSIDAE DE SANTIAGÍ u