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Ecos cervantinos en la obra de Rubén Darío

Paulína Šišmišová

Abstract

The main objective of the present study is to focus on Don Quixote’s presence in the poetic and prosaic texts of Rubén Darío, written during his residence in Europe while he was working as a correspondence clerk in Spain and then in France. The author analyzes these texts within the wider context of the Spanish literature of that time and the poet’s work in general. She contemplates the motivation of these texts and searches for the answer to the following question: What role does Cervantes and his great novel play in Darío’s work?

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Ecos cervantinos en la obra de Rubén Darío1 Paulína Šišmišová Universidad Comeniana, Bratislava En el año 1905, cuando por el mundo hispano se extendió una oleada de celebraciones del tricentenario de la primera parte de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) de Cervantes, Rubén Darío publicó en Madrid Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas, cima de una nueva poética modernista. En el poemario predominan los temas hispanos, lo que no dejó de ser observado en una cantidad considerable de estudios críticos. De esta manera, la obra de Darío sufrió la suerte de aquellos libros en los que “el nombre de Cervantes se ha convertido en una presencia casi obligatoria en la lista de influencias y maestros”, como con razón apunta D. Poláková.2 En vez de penetrar en lo hondo de la obra cervantina y buscar las razones de la persistencia de su genio y de su vigencia, en muchos de los trabajos críticos dedicados al tema, Cervantes no pasa de ser una “sombra de un pasado remoto“.3 En el presente trabajo buscamos responder la pregunta acerca del lugar que ocupa Cervantes en la obra del poeta nicaragüense Rubén Darío (1967–1916). Con este objetivo proponemos una relectura de un conjunto de textos de Darío de diferente género (crónica, cuento de misterio, poema y ensayo), todos ellos enmarcados en el contexto español del debate finisecular, estigmatizado por el Desastre del 98 y la polémica generacional entre “los viejos” y “los jóvenes”, cuyo centro de gravedad se puso en las interpretaciones del Quijote. Con miras a dicha polémica, nos centramos en los textos de Darío cuyo tema se relaciona con el Quijote y los estudiamos en el contexto más amplio de la obra del escritor nicaragüense, así como en el contexto de la producción de algunos autores de la Generación del 98 (Azorín y Unamuno, sobre todo). I Los ecos cervantinos se pueden rastrear en la obra de Darío desde muy temprano. Ya en sus Poemas de juventud (1881–1885) el joven poeta da muestras de ser gran admirador de Cervantes, aquel “pobre manco desvalido / de todos desconocido / pero a su 1 Este artículo forma parte del proyecto VEGA 1/0853/14. 2 Véase Poláková 2005, p. 178. 3 Ibidem, p. 178. PAULÍNA ŠIŠMIŠOVÁ 75 patria tan fiel”.4 Los críticos coinciden en afirmar que el culto cervantino fue una de las constantes en la vida en la obra de Rubén, tan fervoroso como el que sintió por Víctor Hugo y por Verlaine.5 La presencia de Cervantes en los textos de Darío se hace más vigente después del Desastre del 1898. A finales del mismo año, Rubén llega a España como corresponsal de La Nación de Buenos Aires con el encargo de mandar cuatro crónicas al mes, con sus impresiones sobre la situación en el país tras su derrota en la guerra con los Estados Unidos. Entre enero de 1899 y abril de 1890, fecha en que se trasladó como corresponsal a París, Darío redactó una serie de crónicas, reunidas posteriormente en el volumen España contemporánea (1901). No se trataba de la primera visita del poeta a España. Ya había estado en 1892, con la ocasión del Cuarto Centenario del Descubrimiento. Sin embargo, el decisivo fue su segundo viaje, marcado por el desastre que conmovió profundamente a Darío. Lo comprueban sus palabras, escritas a poco de llegar a España: “Acaba de suceder el más espantoso de los desastres: pocos días han pasado desde que en París se firmó el tratado humillante en que la mandíbula del yanqui quedó por el momento satisfecha por el bocado estupendo: pues aquí podría decirse que la caída no tuviera resonancia”.6 Según P. Salinas el año 1898 representa la raya divisoria entre dos etapas de la vida del poeta.7 En la etapa americana vive en las repúblicas centroamericanas, en Chile y Argentina, con la excepción de una breve escapada a París y España en 1892. En la etapa europea Darío vive en España y París y sólo vuelve a Nicaragua para morirse. A pesar del predominio de la influencia francesa en la primera época y la española en la segunda, sería una simplificación dividir la obra de Darío contraponiendo lo cosmopolita y lo hispano, ya que estas tendencias en ella coexisten y se influyen mutuamente. El mismo Salinas apunta el carácter “transatlántico” del sentir de Darío quien desde el continente en el que residía, fuera uno u otro, siempre añoraba el que le faltaba.8 Antes de su salida, R. Darío ha participado en Buenos Aires en las manifestaciones de protesta por la agresión yanquee contra España. Asimismo ha redactado una serie de artículos en los que se solidariza con los destinos de la antigua metrópoli y apunta a la necesidad de reestablecer relaciones intelectuales entre dos orillas hispánicas del Atlántico, interrumpidas tras la independencia. El cargo de corresponsal le ofrecía la posibilidad de hacer una aportación a la construcción del “puente de ideas” entre dos continentes, a cuya necesidad se refería en sus artículos. Cuando Darío llega a España, es ya un escritor consagrado, autor de libros de importancia crucial para la nueva estética modernista. En su bagaje cultural se fusionan elementos muy heterogéneos. La temprana iniciación a la poesía en su Nicaragua natal, y en otros países centroamericanos, se funde con sus experiencias de vida en grandes urbes latinoamericanas, donde respiró la atmósfera de la crisis finisecular, marcada por una búsqueda febril de respuestas a las preguntas inquietantes sobre lo 4 Darío 1945, p. 126–127. 5 Balseiro 1967, p. 22. 6 Darío 2005, p. 29. 7 Salinas 1978, p. 34. 8 Ibidem, p. 34 76 SVĚT LITERATURY / EL MUNDO DE LA LITERATURA misterioso de nuestro ser, y donde publicó sus importantes libros Azul …. (en Chile, en 1888) y Prosas profanas (en Buenos Aires, en 1896). Sus lecturas de los clásicos españoles se fusionan con las de los parnasianos y simbolistas franceses. Darío cultiva un individualismo aristocrático, construye un lenguaje personal refinado, sugestivo y musical, de ricas escalas cromáticas. Sus poemas y prosas abundan en imágenes brillantes, símbolos misteriosos, espacios y personajes exóticos, (“princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles”). El Arte y la Belleza son para nuestro autor los valores supremos, el poeta es un vate, un sacerdote capaz de acercarse a lo misterioso de la vida humana, “oír el acento desconocido” de las cosas y descifrar su alma. La nueva estética modernista, cosmopolita y secularizada, se recibía con desconfianza en la España finisecular. El modernismo se identificaba con degeneración, decadencia mental, artificio y afectación. En la crónica titulada “El modernismo”, fechada el 29 de noviembre de 1899, Darío escribe que en la prensa se ataca mucho a los modernistas, aunque en la vida cultural madrileña no se ve ningún indicio de la nueva estética, que “el formalismo tradicional” y la concepción de una moral y una estética “especiales” han arraigado en el españolismo e imposibilitado “la influencia de todo soplo cosmopolita”.9 Entre varios factores negativos causantes del estancamiento cultural Darío refiere la poca difusión de idiomas extranjeros y la ninguna atención que dedica la prensa a las manifestaciones de vida mental de otras naciones.10 A la llegada de Darío, la escena literaria española se vio polarizada entre los escritores viejos (Gente Vieja) y los jóvenes (Gente Nueva). Su polémica afectaba tanto a una nueva filosofía de la vida, como a una nueva estética. Para defender los valores tradicionales castizos la Gente Vieja se agrupa alrededor de las revistas Gente Vieja (1842–1905) y Madrid Cómico (1880–1923), bastiones de antimodernismo. La nueva generación que irrumpe en la escena literaria hacia los años noventa del siglo XIX (Azorín, J. Benavente, Á. Ganivet, R. de Maeztu, M. de Unamuno, entre otros) rechaza al tradicionalismo casticista y adopta actitudes disidentes. Se interesa por nuevas tendencias filosóficas y literarias foráneas. La nueva filosofía que busca superar el positivismo se tiñe de vitalismo irracionalista, de nihilismo nietzcheano y de subjetivismo schopenhaueriano. II En ese mundo, “en que se tambalean las viejas certezas, don Quijote se carga con una pluralidad de sentidos”.11 El simbolismo del Caballero de la Triste Figura, descubierto por los románticos alemanes e ingleses, echa profundas raíces en la España finisecular. La idea romántica de la literatura como expresión del alma nacional propició la consideración de don Quijote como emblema de los destinos nacionales. El simbolismo de don Quijote adquiere manifestaciones, a veces, sorprendentes. El caballero andante se “moderniza” y desde las columnas de la prensa periódica vuelve 9 Darío 2005, p. 219. 10 Ibidem, p. 219. 11 Canavaggio 2006, p. 192. PAULÍNA ŠIŠMIŠOVÁ 77 a salir para “desfacer entuertos”. Es llamativo que dos periódicos finiseculares, de diferente orientación, ostentaban el nombre de Don Quijote. Entre los colaboradores del primer Don Quijote. Semanario satírico ilustrado (1887–1890) pertenecían los representantes de la vieja generación, Campoamor, Echegaray y Nicomedes Pastor Díaz. El segundo Don Quijote (1892–1902), periódico político social, cuyo propósito fue combatir la soberbia y la malicia del presente, contaba con la colaboración tanto de los noventayochistas (Azorín, Baroja, Maeztu, Valle-Inclán), como modernistas (R. Darío, Benavente, M. Machado, J.R. Jiménez), pero hacia 1901 empezaron sus animosidades.12 Cervantes y su libro se convierten en punto neurálgico de la lucha entre dos generaciones en la escena literaria finisecular. El cervantismo académico, “oficial”, basado en la filología positivista, se centra en el estudio de elementos relativos a la vida de Cervantes, o dedicados a la explicación literal del Quijote. Entre sus representantes más destacados estaban C. Cortejón, J. Cejador, C. Pérez Pastor y F. Rodríguez Marín. Pero, como con razón apunta C. Riera, para los defensores del casticismo Cervantes y los clásicos servían de freno a la secularización de la sociedad y a la penetración de corrientes literarias y filosóficas foráneas que se consideraban perjudiciales y moralmente detestables.13 Por otro lado, los jóvenes (Miguel de Unamuno, Azorín, Maeztu, Navarro Ledesma) proponen una lectura “moderna” y actualizante de la novela. Frente al cervantismo oficial erigen, inventándosela, su imagen de don Quijote. Al cervantismo oficial oponen el quijotismo. La figura de don Quijote se convierte en “bandera de su irracionalismo intelectual, de su antipositivismo, de su vitalismo antidecadentista, de su heterodoxia religiosa, de su españolismo antitradicionalista”.14 Para unos el quijotismo se asociaba con la decadencia del país, para otros representaba un ideal a seguir. El representante más emblemático del nuevo acercamiento al Quijote es Miguel de Unamuno (1864–1936). Él se propone repensar el Quijote contra los cervantistas y eruditos a los que tilda de “masoretas” aludiendo a las actividades de los rabinos judíos que escrutaban cada letra de que se compone el texto bíblico. Unamuno opina que los “masoretas cervantistas” buscan en el Quijote toda clase de „minucias sin importancia y toda clase de insignificancias” y “apenas si ha habido alguien quien se haya metido en sus entrañas”.15 Unamuno insiste en la necesidad de buscar en la novela de Cervantes su “poesía” que es “lo verdaderamente eterno y universal”, en vez de “quedarnos en su literatura, en lo que tiene de temporal y particular”.16 La figura de Don Quijote es condensación del alma del pueblo español, una entidad ética y religiosa, que ha recobrado una vida independiente de su creador, igual que su novela que va enriqueciéndose a lo largo de las generaciones que la están leyendo. También la historia de España debe ser vista “a la luz del Quijote”. En sus primeros ensayos sobre el tema (“Quijotismo”, 1895; “El caballero de la Triste Figura”,1896; “¡Muera don Quijote!”, 1898 y “¡Viva Alonso el Bueno!”,1898) Unamuno antepone la locura “del sueño de la vida” de don Quijote a la “bondad eterna” del hidalgo Alonso 12 Véase Zavala 1974, p. 18–19. 13 Véase Riera 2005, p. 12. 14 Blasco 1989, p. 121. 15 Unamuno 1989, p. 377. 16 Unamuno 1989, p. 380. 78 SVĚT LITERATURY / EL MUNDO DE LA LITERATURA Quijano. Conforme a su concepto de intrahistoria, formulado en el ensayo En torno al casticismo (1895), Unamuno busca la salvación de España en el pueblo: sujeto de la historia silenciosa y profunda, como el fondo del mar y opuesta a la historia oficial, helada y registrada en las crónicas y periódicos. El eterno hidalgo Alonso Quijano es la encarnación viva de la intrahistoria, de la tradición eterna. Unamuno considera que “la caballeresca España histórica, tiene como don Quijote que renacer en el eterno hidalgo Alonso el Bueno, en el pueblo español, que vive bajo la historia”, que Cervantes en el sublime final de su don Quijote señala a España el camino de su regeneración en Alonso Quijano el Bueno. El loco don Quijote, símbolo de aventuras extranjeras españolas debe morirse para que renazca Alonso el Bueno. Hacia 1905 Unamuno reconsidera sus opiniones. Don Quijote va adquiriendo cada vez más connotaciones religiosas. En el ensayo “El sepulcro de don Quijote”, impreso en 1906 Unamuno propone considerar el quijotismo como una nueva religión, de la que el caballero sería el profeta y proclama “la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la razón”.17 Las correspondencias entre el quijotismo de Unamuno y la recepción cervantina de R. Darío han sido señaladas por J. E. Arellano quien comenta la réplica de Darío al artículo unamuniano “¡Muera don Quijote!” publicado el 26 de julio de 1898 en la Vida Nueva. Rubén Darío se le opuso a Unamuno en una de sus primeras crónicas, redactadas tras su llegada a España el 2 de febrero de 1898 en la que escribe que don Quijote “no debe ni puede morir”, porque es “él que trae la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo”18 Según Arellano, “la argumentación de Darío debió convencer” a Unamuno, que cambió de opinión.19 Sin embargo, el grito unamuniano “¡Muera don Quijote!” lanzado en el turbulento verano de 1898 tuvo una repercusión más amplia. No fue Darío el primero en reaccionar frente a él y tampoco fueron sus palabras que hicieron “abjurar” a Unamuno. El primero en oponerse a Unamuno fue Federico Urales.20 En su artículo, publicado el 28 de julio de 1898 en El progreso afirma que Unamuno anda por mal camino, al no darse cuenta de que Quijotes fueron grandes personalidades, como Colón, Galileo, o Servet. Les contrapone Sanchos, gente que únicamente obra en su provecho.21 En la polémica iniciada entre Unamuno y F. Urales participaron tanto los jóvenes (Navarro Ledesma), como los viejos (Juan Valera). Es más que probable que Darío haya seguido la polémica desde Buenos Aires, pero no reacciona por escrito antes de la fecha arriba señalada. En su crónica “Cyrano en casa de Lope” Darío defiende la necesidad del “romántico espíritu de la caballería”, ya que “sin ideales pueblos e individuos no valen gran cosa.”22 Al igual que Urales, contrapone el idealismo quijotesco al “espíritu sanchesco” que “sirve de lastre a las almas nacionales e individuales” e impide toda ascensión. Señala que en sus avatares histó17 Unamuno 1987, p. 9. 18 Darío 2005, p. 55. 19 Arellano 2005, p. 15. 20 Federico Urales, seudónimo de Joan Montseny i Carret (1864–1942), uno de los más importantes intelectuales anarquistas hispanos. Fundó La Revista Blanca, en la que colaboraron algunos escritores de la generación del 98 (Azorín Baroja, Maetzu, Unamuno). 21 Citado según Riera 2005, p. 17. 22 Darío 2005, p. 55. PAULÍNA ŠIŠMIŠOVÁ 79 ricos, don Quijote, como símbolo de la lucha por el ideal cambió de aspecto. Su primera encarnación fue el Cid que “aún muerto ganó batallas”, la siguiente, Cristóbal Colón, cuya “Dulcinea fue América”. Darío toma el binomio Quijote–Colón del texto de Urales, pero lo enriquece con la referencia a Dulcinea, como símbolo del idealismo cegador. Cierra Darío sus reflexiones con unas palabras casi programáticas, cuando escribe que don Quijote “quizá reaparezca, en un futuro renacimiento con nuevas armas”.23 III En un lapso temporal de no más de tres semanas después de aparecer la arriba mencionada crónica, el 24 de febrero de 1899 Darío publica un breve cuento de misterio titulado “D.Q.” en la revista Don Quijote y también en el Almanaque Peuser buenosairense. El texto fue redactado bajo la conmoción por la derrota militar española en la Guerra con los Estados Unidos. En el texto se fusiona el periodismo con la ficción. Al igual que la crónica, el relato se basa en un hecho histórico — bloqueo de Santiago de Cuba en la guerra hispanoamericana de 1898 y la derrota de la escuadra española bajo el mando del almirante Pascual Cervera y Topete. Este hecho llevó a la capitulación total del imperio español en América.24 La acción es mínima y se centra en las circunstancias de rendición de un grupo de soldados españoles. El narrador — protagonista nos refiere los hechos en primera persona, en tiempo pasado, como si se tratara de una crónica. Es uno de los soldados de la escuadra que cerca de Santiago de Cuba estaba con impaciencia esperando nuevas fuerzas para atacar al enemigo. Entre los compañeros llegados de España, todos jóvenes, había uno de edad imprecisa: “Tendría como cincuenta años, mas también habría podido tener trescientos”.25 Era el abanderado, un hombre solitario y melancólico, de “mirada triste” que parecía “decirnos cosas de siglos”.26 Con este personaje, a quien nadie conoce interrumpe lo misterioso en la realidad cotidiana. En la segunda parte del cuento el narrador reconstruye su conversación con el capellán de la escuadra. A partir de las características del abanderado referidas por el capellán, el lector puede componer, paso a paso, la imagen del desconocido: un hombre noble y valiente, “se desvive por socorrer a los enfermos”, tiene “sueños irrealizables” y “confía en algo desconocido”. Confía en la en la justicia de la causa española y “tiene a su bandera un culto casi supersticioso”. Capellán dice que el hombre desconocido es religioso, cree en Dios es “algo poeta” y es su paisano –manchego. Los otros se ríen de él, porque debajo del uniforme usa una coraza vieja. Su nombre nadie conoce, pero en su mochila aparecen las letras “D.Q.”.27 Cuando la escuadra recibe la orden humillante de entregarse, los soldados, desilusionados, entregan sus armas, pero el abanderado se arroja al abismo con la bandera, símbolo del honor y libertad. Las rocas devuelven un ruido metálico de su 23 Ibidem, p. 55. 24 Palau de Nemes 1981, p. 943. 25 Darío 1979, p. 44. Todas nuestras citas del cuento “D.Q.” hacen referencia a esta edición. 26 Ibidem, p. 44. 27 Ibidem, p. 45. 80 SVĚT LITERATURY / EL MUNDO DE LA LITERATURA armadura. El enigma queda descifrado y confirmado en el epílogo, cuando narrador lee de un antiguo libro sin título que no es sino el comienzo del primer capítulo del Quijote. Darío se apropia del personaje cervantino para transplantarlo en un nuevo contexto histórico-cultural, la guerra contra los Estados Unidos. Don Quijote, encarnado en el enigmático D.Q. se convierte en símbolo del honor y del coraje de los militares españoles, derrotados, pero no vencidos. El idealismo entusiasta quijotesco queda invencible. “D.Q. prefiere morirse antes que entregar la bandera al enemigo. Por su parte, la descripción del enemigo, representado por un oficial estadounidense, es breve, pero expresiva. Él es “un gran diablo rubio, de cabellos lacios, y barba de chivo” que va seguido de “una escolta de cazadores de ojos azules”.28 El extraño abanderado no es sino una de las reencarnaciones de don Quijote. La idea de metempsicosis es la sustancia directa sobre la que se construye el relato. Es bien conocido que a lo largo de su vida Darío mantenía un vivo interés por las creencias ocultistas y esotéricas.29 La creencia en transmigración de las almas, relacionada con la teosofía órfica o pitagórica, vuelve a aparecer en su obra. Cabe destacar que en el cuento comentado la idea de metempsicosis se conjuga con la creencia cristiana en el apóstol Santiago. Según la leyenda, gracias a la intervención milagrosa del apóstol en la batalla de Clavijo (844), los cristianos vencieron a los musulmanes. El protagonista del cuento confía en la intervención del apóstol y cree que gracias a su milagrosa intervención dentro de poco se izará la bandera española en el Capitolio.30 Cuando sus sueños fracasan, prefiere morirse antes que vivir sin ideales. En este aspecto su muerte guarda cierto grado se similitud con a la de don Quijote. Cabe al final destacar que algunos rasgos del enigmático personaje “D.Q.” hacen posible apuntar a cierto grado de identificación con el autor del cuento. El abanderado es un soñador y “algo poeta” que “por las noches rima redondillas y se las recita solo, en voz baja”.31 Así, Darío enriquece la imagen Don Quijote adjudicándole dones de poeta. IV La polémica en torno a Cervantes y don Quijote culmina con el homenaje al escritor organizado en 1905 por la RAE y el Ateneo de Madrid. La nueva generación apuesta por el quijotismo idealista. En 1905 se publican tres libros importantes La vida del ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes, de Francisco Navarro Ledesma; La ruta de don Quijote, de Azorín y Vida de don Quijote y Sancho, de M. de Unamuno, cuyos autores reivindican el valor del quijotismo como mensaje espiritual y moral. A esta lista de 28 Ibidem, p. 44 29 Blas Matamoro en su biografía de R. Darío (2002, p.187) escribe que el poeta creía saber que en una vida anterior su compañera Francisca Sánchez fue una bruja y él, un inquisidor que la condenó a la hoguera. 30 Darío 1979, p. 45. 31 Ibidem, p. 45. PAULÍNA ŠIŠMIŠOVÁ 81 publicaciones se puede agregar también el poemario rubendariano, Cantos de vida y esperanza. Cisnes y otros poemas. Es un poemario “quijotesco” no sólo por la fecha de su aparición, sino también por sus temas hispanos. En palabras de Salinas, “la sombra de don Quijote, va y viene, como por su casa, entre las páginas de los Cantos”.32 En los Cantos quedan integrados tres poemas de motivos cervantinos a los que dedicaremos nuestra atención. El primero es “Cyrano en España”, escrito en ocasión de estreno del drama de E. Rostand Cyrano de Bergerac en el Teatro Español de Madrid, a finales de enero de 1899. El poema “Cyrano en España” se constituye a partir de tres componentes básicos: el amor a España, el amor a Francia y el amor al arte y poesía. Su perfecta organización formal (consta de 72 versos alejandrinos de rima pareada) hace un vistoso contraste con la “heterogeneidad” de elementos temáticos. Se fusionan dos culturas (la francesa y la española), dos planos (el real y el ficticio), las personas históricas (el poeta Savinien Cyrano, Quevedo, Calderón, Molier, Tirso) con los personajes literarios (Cyrano de Bergerac, don Quijote, Roxana, Rolando) y mitológicos (Pegaso, Pierrot). El cruce de culturas se realiza por medio de referencias contrastivas del campo militar (la hoja toledana–la espada francesa; las espadas míticas Durandal y Tizona), literario (la Canción de–la Gesta; la Balada–el Romancero), histórico (Rolando–el Cid) u objetos de lujo (copa gala–cristal de España). En el fondo del poema late la idea de la latinidad que, en palabras de Darío, hacía a América “hija de España”, “sobrina de Francia y “nieta de Roma”. La idea surgió en los años sesenta del siglo diecinueve, ligada a los intereses de Francia de colocarse al frente de los países latinos y hacer contrapeso a las “naciones anglosajonas”.33 El panlatinismo resurge a finales del siglo diecinueve, cuando frente a la amenaza del expansionismo estadounidense se forma la conciencia de una identidad hispana que rebasa las fronteras políticas y conlleva la reconciliación de los países hispanos de América con la antigua metrópoli. A diferencia del primer hispanoamericanismo, basado en la ideología de S. Bolívar, que rechazaba al pasado español por colonial, el segundo lo asume. La generación de Darío es la primera, como apunta Octavio Paz, que se da cuenta de que España no representa sólo el pasado común, sino que es “un principio todavía vigente” que da unidad a la dispersión de los hispanos en el espacio y tiempo.34 Rubén Darío defiende la idea de la latinidad en varias ocasiones. En un artículo, redactado tras la derrota de España ante los Estados Unidos, llama la atención sobre el gesto de solidaridad de Francia con España, acudiendo a un paralelismo entre los destinos de España y los de don Quijote, cuando escribe: “Francia se inclina ante la desgracia del Caballero andante de las Naciones, porque sabe, como dice el poeta, si las aspas del molino de viento le han echado hoy por el fango de la derrota, otras veces le han levantado en sus giros hasta los astros.”35 Unas líneas más abajo nuestro escritor polemiza con los que niegan la existencia de razas y afirma su latinidad como síntesis de las culturas mediterráneas: 32 Salinas 1978, p. 40. 33 Véase Rojas Mix 1993, p. 62–63. 34 Paz 1991, p. 32. 35 Darío OC, vol. XX, p. 128. 82 SVĚT LITERATURY / EL MUNDO DE LA LITERATURA Muy bien. Yo soy de la raza en que se usa el yelmo del manchego y el penacho del Gascón. Yo soy del país donde un grupo de ancianos se sientan cerca de las puertas de Sceas, a celebrar la hermosura de Helena, con una voz “lilial”, como dice Homero; yo soy de países pindáricos donde hay vino viejo y cantos nuevos; yo soy de Grecia, de Italia, de Francia, de España.36 Mientras que Grecia va representada por la hermosa Helena de Troya de Homero y por el poeta Píndaro, España se oculta tras el yelmo de don Quijote y Francia tras el penacho de Cyrano. Igualmente en el poema “Cyrano en España” aparecen don Quijote y Cyrano de Bergerac, como emblemas de dos culturas, la francesa y la española respectivamente. Los dos personajes representan el ideal caballeresco. Cabe destacar que Cyrano tiene en el poema de Darío tres representaciones: el Cyrano de Bergerac-protagonista del drama de Rostand, el Cyrano de Bergerac histórico (el poeta y dramaturgo francés Hector Savinien Cyrano, 1619–1655) y, por fin el Cyrano de Balazote, nombre que se refiere a Cyrano, protagonizado por Fernando Díaz de Mendoza (1862–1930), Conde de Balazote. En el primer verso de la primera estrofa se evoca al Cyrano-personaje literario: “He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa / de un salto Pirineo. Cyrano está en su casa”37. La “casa” es el antiguo corral de la Pacheca, en Madrid en el que tuvo lugar el estreno, pero la “casa” es también España como “la tierra de Caballería”. Es el mismo don Quijote quien le da la bienvenida a Cyrano: “Al gran Gascón saluda y abraza el gran manchego“38. Los dos personajes se evocan por sus gentilicios, gracias a los cuales se inmortalizaron las comarcas respectivas (La Gascuña en Francia y la Mancha en España). La alusión siguiente es intencionalmente equívoca, puede referirse tanto al Cyrano poeta que sirvió de prototipo del personaje de drama, como al Cyrano, personaje del drama; sin embargo en los dos casos se destaca su condición de “lunático” en el sentido de “soñador”: “Cyrano hizo su viaje a la luna, mas antes / ya el divino lunático de don Miguel Cervantes / pasaba entre las dulces estrellas de su sueño / jinete en el sublime pegaso Clavileño”.39 En la escena XIII del tercer acto del drama, Cyrano dice haber viajado a la luna, por su parte, el Cyrano histórico es autor de un libro del viaje imaginario a la luna. En la nota a pie de la página en la edición de Azul… Cantos de vida y esperanza a cargo de José María Martínez leemos, que la descripción del paisaje de la luna que hace Darío en su poema sigue de cerca la descripción que se da en el libro de viaje.40 Don Quijote es lunático, cabalgaba “entre las dulces estrellas de su sueño” en su Clavileño. Darío aquí hace referencia al episodio del capítulo 41 de la segunda parte del Quijote, cuando los duques se burlan de don Quijote, haciéndole montar Clavileño, 36 Ibidem, p. 128. 37 Darío 2003, pp. 351–352. Todas nuestras citas del poema “Cyrano en España” hacen referencia a esta edición. 38 Ibidem, p. 351. 39 Ibidem, pp. 351–352. 40 Ibidem. PAULÍNA ŠIŠMIŠOVÁ 89 BIBLIOGRAFÍA Alarcón Sierra, Rafael. “Don Quijote y el modernismo”, 2009. Disponible en: http://magazinemodernista.com/2009/05/19/don-quijote-y-el-modernismo/ [Consulta 12/8/2016]. Anderson Imbert, Enrique. “Los poemas cívicos de 1905”. En F. Rico (coord.). Historia y crítica de la literatura española, vol. 6. Barcelona : Crítica, 1980, pp. 172–176. Arellano, Jorge E. “Rubén Darío y sus páginas cervantinas“. En Rubén Darío. Don Quijote no debe ni puede morir: Páginas cervantinas. Ed. de J. E. Arellano. Madrid– Frankfurt : Iberoamericana–Vervuert, 2005, pp. 9–18. Azorín. La ruta de Don Quijote. 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She contemplates the motivation of these texts and searches for the answer to the following question: What role does Cervantes and his great novel play in Darío’s work? PALABRAS CLAVE: Rubén Darío — modernismo — Generación del 98 — Azorín — Miguel de Unamuno –cervantismo — quijotismo — Cyrano de Bergerac — sacralización de don Quijote Rubén Darío — modernism — Generation of ‚98 — Azorín — Miguel de Unamuno –cervantism — quixotism — Cyrano de Bergerac — the sacralization of Don Quixote Paulína Šišmišová es profesora titular en la Universidad de Bratislava. Sus líneas de investigación se sitúan en el campo de la literatura comparada, la traducción y recepción de la literatura y del pensamiento españoles. Es autora de la monografía dedicada a la obra de los escritores argentinos J. L. Borges y E. Sabato (Filozofia alebo literatúra? 2003) y ha publicado un centenar de artículos en revistas y volúmenes monográficos y colectivos eslovacos y extranjeros.