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ESTUDIOS BÍBLICOS VOLUMEN LXXX / AÑO 2022 / SEPTIEMBRE-DICIEMBRE / CUADERNO 3 UNIVERSIDAD SAN DÁMASO EN COLABORACIÓN CON ASOCIACIÓN BÍBLICA ESPAÑOLA
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ESTUDIOS BÍBLICOS Fundada en 1929. 1929-1936, primera etapa. Desde 1941, segunda etapa. Estudios Bíblicos es una revista cuatrimestral editada por la Universidad San Dámaso en colaboración con la Asociación Bíblica Española. Utiliza el sistema de evaluación Peer review o doble árbitro externo ciego. Acepta artículos en español, inglés, francés, alemán, italiano y portugués. Las propuestas de artículos deben enviarse al director de la revista (director[email protected]) siguiendo las Instrucciones para colaboradores (http://www.sandamaso.es/revistas-estudios-biblicos). DIRECTOR Luis Sánchez navarro - director[email protected] SECRETARIO EDITORIAL Daniel JuStel vicente - secr[email protected] RECENSIONES Carlos GranadoS García - [email protected] CONSEJO DE REDACCIÓN Por la Universidad Eclesiástica “San Dámaso” (uesd): Ignacio carbaJoSa (ueSd); Agustín Giménez González (ueSd); Carlos GranadoS García (ueSd) Por la Asociación Bíblica Española (abe): José Luis barriocanal Gómez (ftneb); Alberto de minGo Kaminouchi (academia alfonSiana); Guadalupe SeiJaS de loS ríoS-zarzoSa (ucm) COMITÉ ASESOR R. Aguirre (Deusto, Bilbao); Ch. Begg (cua, Washing ton); U. Berges (Rheinischen Friedrich-Wilhelms-Universität, Bonn); J. Blunda (uca, Tucumán); N. Calduch-Benages (puG, Roma); J. Chapa (unav, Pamplona); J. Corley (St Patrick’s College, Maynooth); L.Díez Merino (ub, Barcelona); C.Dohmen (ur, Regensburg); N. Fernández Marcos (cSic, Madrid); F. García Martínez (Qumran Institute, Gröningen); J. Lourenço (ucp, Lisboa); F. J. Matera (cua, Washington); R. Penna (pul, Roma); M. Pérez Fernández (uGr, Granada); É. Puech (ebaf, Jerusalén); A. Puig i Tàrrech (ftc, Barcelona); A.Rodríguez Carmona (ftG, Granada); J. M. Sánchez Caro (upS, Salamanca); E. Sanz Giménez-Rico (Comillas, Madrid); Th. Söding (Ruhr-Universität, Bochum); Y. Simoens (Centre Sèvres, París); J. L. Ska (pib, Roma); J. Trebolle Barrera (ucm, Madrid); A.Wénin (ucl, Lovaina).
ÍNDICE ESTUDIOS Sobre el concepto de intertextualidad: Teoría y práctica ___________________________ 357 SULTANA WAHNÓN “Que lo alaben todos sus ángeles”. Intertextualidad entre Hb 1,6 y Sal 97,7 desde la Estilística Sociológica _______________________________________________ 383 DIEGO PÉREZ-GONDAR La arqueología del Levante meridional a principios de la década de 2020: Cuestiones de teoría y método y el período del Bronce Medio IIB-C __________________ 397 CAROLINA A. AZNAR SÁNCHEZ Un invito alla distrazione. Sir 30,21-25 nel suo contesto ____________________________ 417 FABRIZIO MARCELLO Joaquín González Echegaray y la arqueología bíblica. Una conferencia inédita (1961) _______________________________________________ 437 JORDI VIDAL NOTA BREVE Ben Sira 45,15-17. A provocative proposal. Short Note _____________________________ 469 PANCRATIUS C. BEENTJES NOTA ACLARATORIA Acerca del artículo de Alfredo Delgado Gómez, “Los fragmentos descubiertos de Nahum y Zacarías de 8ḤevXIIgr”, publicado en EstBib 79/3 (2021) 379-402___________ 475 BIBLIOGRAFÍA Recensiones _________________________________________________________ 477 J. N. ALETTI, Without Typology No Gospels (F. J. Mattera: 477-479). S. AUSÍN, Profetas menores. I (J. M. Abrego: 480-482). S. GUIJARRO, The Gospel of Mark in Context. A Social-Scientific Reading of the First Gospel (P. Mascilongo: 482-485). G. PAXIMADI, Levitico ארקיו Λευειτικόν.
Traduzione e commentario in sinossi del Testo Massoretico e della Septuaginta (I. Carbajosa: 485-488). E. R. RUIZ (ed.), 80 años de exégesis bíblica en América Latina (A. Pereira: 488-490). J. A. RUIZ RODRIGO, Desde la atalaya hermenéutica de Isaías. La función literaria y teológica de Is 12 dentro del libro de Isaías (F. Ramís Darder: 491-493). M. J. SCHULTZ, La Estrategia Misionera de la Primera Carta de Pedro: Edificar una “Casa Espiritual” por medio de la buena conducta” (J. Cervantes: 493-496). J. L. SICRE, El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (S. Guijarro: 496-498). J. SIEVERS – A.-J. LEVINE (eds.), The Pharisees (J. C. Ossandón: 499-503). E. A. TOLEDO LEDEZMA, Del relato al prototipo. Una lectura socionarrativa de los ricos en el evangelio según Lucas a partir del relato de Zaqueo (P. Cabello: 504-508). E. WIESEL, Contra la melancolía (C. Granados: 508-509). K. ZILVERBERG, The Textual History of Old Latin Daniel from Tertullian to Lucifer (D. Candido: 510-512). Libros recibidos _____________________________________________________ 513 EVALUADORES DE LOS ARTÍCULOS DE ESTUDIOS BÍBLICOS 80 (2022) PEER REVIEWERS OF ARTICLES IN ESTUDIOS BÍBLICOS 80 (2022) __________ 515 ÍNDICE GENERAL 2022 __________________________________________________ 517
ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica Sultana Wahnón UNIVERSIDAD DE GRANADA ORCID: 0000-0002-7324-2030 ARTÍCULO RECIBIDO EL 02/10/2022, ACEPTADO PARA PUBLICACIÓN EL 20/10/2022 RESUMEN Este trabajo es una introducción teórica al concepto de intertextualidad. Tras informar sobre la autoría del término, se describe el papel que las ideas bajtinianas-kristevianas desempeñaron en la crisis del primer estructuralismo y, consiguientemente, en la gestación del posestructuralismo francés. La revisión que aquí se hace de las aportaciones de Kristeva, Barthes y Genette prueba que la teoría de la intertextualidad nació en oposición y conflicto con el inmanentismo propio de los trabajos estructuralistas, pero sin que eso conllevara la recuperación de los enfoques extrínsecos que esta escuela se había propuesto combatir. El trabajo se cierra con un apartado que destaca la relevancia de la contribución de Genette y ofrece algunos ejemplos de cómo podrían utilizarse sus conceptos en el ámbito de los estudios bíblicos. PALABRAS CLAVE Intertextualidad, Kristeva, Barthes, Genette, hermenéutica bíblica. SUMMARY This work is a theoretical introduction to the concept of intertextuality. After informing about the authorship of the term, the article describes the role that Bakhtinian-Kristevian ideas played in the crisis of the first structuralism and, consequently, in the gestation of French post-structuralism. The revision that is made here on the contributions of Kristeva, Barthes and Genette proves that the theory of intertextuality was born in opposition and conflict with the immanentism typical of structuralist works, but without this entailing the recovery of the extrinsic approaches that this school he had set out to fight. The work closes with a section that highlights the relevance of Genette’s contribution and offers some examples of how his concepts could be used in the field of Biblical studies. KEYWORDS Intertextuality, Kristeva, Barthes, Genette, hermenéutica bíblica.
Sultana Wahnón 358 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 I. ORIGEN DEL CONCEPTO Aunque apoyado en las tesis de Mijáil M. Bajtin sobre el diálogo entre los textos, la creadora del término y concepto de “intertextualidad” fue la pensadora búlgara Julia Kristeva, hoy unánimemente reconocida como una de las grandes dinamizadoras de la cultura francesa en el período que se conoce como la Edad de Oro de la teoría literaria. Nacida en Bulgaria, la autora elaboró el concepto que aquí nos ocupa en París, a donde se había trasladado en 1965 con objeto de finalizar sus estudios superiores en la Sorbona. Tuvo por eso ocasión de frecuentar la famosa École des Hautes Études y, por tanto, también a todos los grandes del estructuralismo (y del posterior posestructuralismo): Barthes, Genette, Todorov, Ricoeur, Derrida, etc. El hecho de que ella misma se convirtiera muy pronto en otro de los miembros de esa privilegiada nómina se debió, justamente, al trabajo en el que utilizó el concepto de intertextualidad. Las circunstancias en las que escribió ese artículo son conocidas. En 1966, cuando llevaba tan solo un año en Francia, Barthes la invitó a hacer una presentación oral dentro de su famoso Seminario en la citada École, y la por entonces joven Kristeva aprovechó la ocasión que se le brindaba para introducir a sus maestros y co-discípulos franceses en la figura y obra de Bajtin, que, aunque muy leído ya en los países del bloque soviético, era todavía un desconocido en la parte más occidental de Europa. El trabajo que así redactó, con la originaria intención de exponer-comentar el pensamiento de Bajtin, fue publicado un año después, en 1967, en la prestigiosa revista Critique, donde apareció con el título de “Bakhtine, le mot, le dialogue et le roman”. Dos años después, cuando volvió a publicarlo dentro del libro Semiótica (1969), la autora hizo, sin embargo, una importante modificación en el título, del que desapareció el nombre de Bajtin, quedándose pues en “Le mot, le dialogue et le roman”. El motivo de este cambio quedaba sugerido en una nota a pie de página, donde podía leerse que lo allí ofrecido con ese título era un “texto (…) escrito a partir de los libros de Mijail Bajtin”1. Todo sugiere, por tanto, que, en el lapso de los dos años que mediaron entre una y otra edición, la autora había llegado a comprender de otra manera lo que había hecho en ese ensayo, donde, lejos de limitarse a exponer las ideas de Bajtin, había construido a partir de ellas un pensamiento propio, con su 1 J. Kristeva, “La palabra, el diálogo y la novela”, en: Semiótica 1 (Caracas 1981) 187, n. 1; cursiva nuestra.
Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica 359 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 correspondiente y también muy propio aparato teórico. De él formaba parte, precisamente, el concepto de “intertextualidad”, que, con este nombre concreto —y con la significación y los matices con que Kristeva lo utilizó—, no se encontraba en la obra del pensador soviético, aunque sí fuera suya la idea que le subyacía: la del diálogo entre textos. Dado que el trabajo se inspiraba en Bajtin y, puesto que éste se caracterizó por ser polémico respecto del formalismo —y crítico con el estructuralismo lingüístico de Saussure—, el trabajo de Kristeva tuvo, lógicamente, un inmediato efecto dentro del contexto en el que se publicó: el de poner en cuestión las tesis del reciente estructuralismo francés. El concepto de intertextualidad fue, por tanto, uno de los que más contribuyeron al giro que la teoría literaria dio a finales de los sesenta, cuando el estructuralismo empezó a dejar paso a lo que hoy conocemos como posestructuralismo. Para explicar por qué este concepto era contrario o ajeno a las tesis estructuralistas, dedicaré un breve apartado de este trabajo a revisar, muy sucintamente, en qué consistió en esencia el estructuralismo literario de los años sesenta. II. SOBRE EL INMANENTISMO ESTRUCTURALISTA Al igual que el formalismo de comienzos del siglo XX, el estructuralismo de los años sesenta, el de Barthes, Genette, Todorov, etc., fue una réplica a los excesos de los acercamientos extrínsecos a la literatura. El inicio de esta reacción estructuralista puede datarse en 1956, fecha de publicación del famoso libro de Barthes, El grado cero de la escritura, aunque fue ya en los Ensayos críticos de los años sesenta cuando el autor le dio una expresión definitiva, polemizando de manera mucho más explícita con esa manera de cultivar la crítica literaria que consistía en explicar el texto a partir siempre de algo que estaba fuera de él, fuese la historia, la sociedad o la biografía del autor. A comienzos de los años sesenta, esto era, en efecto, lo que se hacía mayoritariamente tanto en el ámbito de la filología —más positivista en Francia que en España—, como incluso en las versiones más modernas de la crítica literaria, las representadas por la sociología de Goldmann y la crítica psicoanalítica de Charles Mauron. Tal como Barthes puso de relieve en el ensayo “Las dos críticas”, el conflicto que enfrentaba a estas dos clases
Sultana Wahnón 360 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 de crítica, la filológico-positivista y la interpretativa-ideológica no era óbice para entender que los representantes de esta última, los ya citados Goldmann y Mauron, seguían haciendo en realidad lo mismo que la primera, a saber, buscar el sentido de la obra fuera de ella: en el estado de la sociedad o en la psique del autor. Cultivaban así lo que Barthes llamaba por entonces una “crítica de interpretación” o “ideológica” 2 . Y de ahí que, finalmente, el autor no tomase partido por ninguna de estas dos modalidades de crítica, distanciándose de ambas por igual y propugnando un tercer tipo de crítica, a la que dio el nombre, provisional, de “análisis inmanente”, entendiendo por tal el que trabajaba “en un dominio puramente interior de la obra”3. En la formulación barthesiana, menos radical que la de Jakobson, esto no significaba que no se pudiera establecer ninguna relación entre obra literaria y mundo, pero sí que no debía hacerse más que “después de haberla descrito por completo desde el interior, en sus funciones, o como se dice hoy en día, en su estructura”4. Frente a los acercamientos extrínsecos, que buscaban el sentido de la obra en algo siempre externo a ella, el estructuralismo francés reclamó, por tanto, un acercamiento intrínseco, que, inspirado en la poética lingüística de Jakobson, atendiera sobre todo a la materialidad empírica del texto, aun cuando, a diferencia del lingüista ruso, no descartara de entrada la posibilidad de establecer posteriores relaciones entre la obra y el mundo exterior. En cualquier caso, el estructuralismo no fue, ni en la versión barthesiana ni tampoco en la jakobsoniana, un estricto formalismo. De él no puede decirse, como sí es posible respecto del formalismo ruso, que solo le preocuparan las formas y las técnicas, ni tampoco que, consiguientemente, despreciara las cuestiones del sentido o del contenido. A los estructuralistas les preocupaba también —y mucho— el sentido, la significación, de los textos literarios, solo que, desde su perspectiva, la mejor forma de acceder a ellos era, justamente, permanecer en el texto, no salir de él, o, en el caso del estructuralismo barthesiano, no hacerlo hasta que se lo hubiese analizado muy detenidamente en su interior, tanto en sus aspectos lingüísticos como compositivos o estructurales. Este proceder, conocido como análisis estructural (terminología jakobsoniana) y como análisis inmanente (terminología barthesiana), puede ilustrarse con 2 R. Barthes, “Las dos críticas” (1963), en: Ensayos críticos (Barcelona 1983) 293. 3 Barthes, “Las dos críticas”, 298. 4 Ibid.; cursiva nuestra.
Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica 367 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 también a la segunda afirmación del pasaje, la más original en relación con el modelo bajtiniano. Kristeva dijo aquí que la noción de intertextualidad estaba llamada a sustituir a la de intersubjetividad, lo cual tenía mucho que ver con la ya comentada aversión estructuralista —y posestructuralista— a salir de los textos para hablar de los “sujetos”, i.e., de los autores. La autora estaba subrayando así la diferencia entre el análisis bajtiniano, que establecía relaciones solo entre los textos, y el comparatismo tradicional, que solía centrarse más bien en las relaciones entre los autores. Desde el moderno punto de vista representado por la práctica bajtiniana del comparatismo y promocionado por Kristeva, no se trataba de abordar las relaciones entre Flaubert y Proust en términos de la posible “influencia” del primero sobre el segundo —lo que obligaría a indagar en cuestiones tales como si Proust leyó a Flaubert, o si alguna vez dijo algo acerca de él, etc.—, sino de detectar relaciones entre sus respectivos textos, que no habría que demostrar apelando a nada exterior a los textos mismos y a las palabras en ellos contenidas. Por eso decía antes que el posestructuralismo renunció al inmanentismo, pero no al textualismo, y que la rectificación consistió, fundamentalmente, en sustituir el texto en singular por los textos en plural. Se podría, por consiguiente, resumir la evolución de la crítica en los años sesenta con el siguiente esquema: 1. Positivismo filológico y críticas biográfica y sociológica: relaciones contextuales (del texto con su contexto, histórico o biográfico). 2. Estructuralismo: relaciones intratextuales (entre los elementos del propio texto, sin salir de él para ir hacia los contextos, ni histórico ni biográfico). 3. Posestructuralismo: relaciones intertextuales (entre textos de diferentes contextos culturales y sociales). IV. LA APORTACIÓN DE ROLAND BARTHES Desde la aparición del trabajo de Kristeva, el concepto de intertextualidad atrajo a muchos especialistas, que, durante al menos un par de décadas, lo convirtieron en el nuevo objeto de interés teórico, reemplazando al anterior
Sultana Wahnón 368 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 de “estructura” y dando origen a una nueva oleada de publicaciones sobre el tema y al consiguiente fenómeno de superproducción bibliográfica. En una de las más recientes panorámicas que se han elaborado de este tema, el utilísimo La intertextualidad literaria (2001), José Enrique Martínez ha resumido así lo ocurrido en aquellos años, los setenta y ochenta del pasado siglo: Teóricos y críticos hicieron uso del concepto, ampliando o restringiendo su campo significativo o solapando bajo el nuevo término estudios tradicionales de fuentes e influencias. La “moda” originó nuevos términos con el mismo prefijo (interdiscursividad, intercontextualidad, etc.) o aprovechando el lexema y variando el prefijo (fenotexto, genotexto, paratexto, metatexto, etc.)15. Aunque todo esto fue en efecto así, no debe pensarse que todo lo que se escribió en esos años fuera completamente irrelevante o fruto de la moda. Entre las contribuciones que hicieron uso del concepto, ampliando o restringiendo su campo significativo, hay dos que merecen especial atención. La primera, de la que me ocuparé en este apartado, es la de Roland Barthes, cuyo primer y gran mérito consistió en detectar enseguida la trascendencia de lo aportado por Kristeva en aquella conferencia. Tan solo dos años después de haberla escuchado en su Seminario (recuérdese que fue allí donde la autora presentó el trabajo por primera vez), y cuando solo había transcurrido uno desde la publicación del artículo en Critique, el autor que encarnaba al estructuralismo francés dejó constancia del impacto que le habían provocado las tesis de Bajtin-Kristeva en una entrada que redactó para la Encyclopaedia Universalis. Con el título de “Texte (théorie du)”, esta entrada fue el primer trabajo en el que Barthes hizo suya la teoría del “intertexto”, rectificando así, de manera tácita, su anterior y más inmanente estructuralismo: Todo texto es un intertexto: otros textos están presentes en él, en niveles variables, bajo formas más o menos reconocibles; los textos de la cultura anterior y los de la cultura en torno; todo texto es un tejido nuevo de citas pasadas. Atravesando el texto, repartidos en él, pedazos de códigos, de fórmulas, de modelos rítmicos, de fragmentos de 15 J. e. Martínez Fernández, La intertextualidad literaria (Madrid 2001) 9.
Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica 369 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 lenguajes sociales, etc., pues siempre hay muchos lenguajes antes del autor y alrededor de él. La intertextualidad, condición de todo texto, cualquiera que sea, no se reduce evidentemente a un problema de fuentes o influencias; el intertexto es un campo general de fórmulas anónimas, cuyo origen es raramente recuperable, de citas inconscientes o automáticas, ofrecidas sin comillas16. El pasaje reiteraba algunas de las ideas que ya hemos visto en Kristeva, pero con un importante, aunque casi imperceptible cambio: mientras que la autora del concepto había sido algo ambigua en relación con la índole de los textos a los que se refería su teoría (por un lado, usó la expresión “todo texto”; por otro, recuérdese, parecía estar reflexionando en especial sobre los textos poéticos), Barthes volvió a usar aquí la misma fórmula, “todo texto”, pero sin hacer ya la menor mención a lo poético ni a lo literario. Tal como indicaba el título que le dio a la entrada, “Texte (théorie du)”, la suya era claramente, una teoría referida a los textos en general, no a los literarios en particular. A Barthes se le han hecho por eso numerosas objeciones, de las que puede encontrarse noticia en el ya citado libro de Martínez Fernández17. Sin querer entrar en este debate, me limitaré a destacar el hecho de que, como aquí se ha visto, el textualismo de su teoría estaba ya latente de alguna manera en el trabajo de Kristeva, además de compadecerse perfectamente con las tesis del propio Bajtin, para quien las relaciones “dialógicas” (que era como él las llamaba) no eran tampoco algo exclusivo de la literatura. Por otro lado, la propuesta de Barthes contrarrestaba ese posible exceso de generalidad con el importante matiz, formulado al comienzo mismo del pasaje transcrito, de que la intertextualidad se daba “en niveles variables” (no todos los textos eran, pues, igualmente intertextuales) y “bajo formas más o menos perceptibles” (no en todos se daba de manera igualmente perceptible). La entrada enciclopédica que acaba de comentarse no fue, en cualquier caso, el único texto que Barthes le dedicó por esos años al concepto de intertextualidad. En 1969, un año después de su publicación, el autor retomó el asunto y se lo planteó de una manera ligeramente diferente en otro trabajo 16 R. Barthes, “Texte (théorie du)”, en: Encyclopaedia Universalis (París 1968) 1013-1017. Cit. en Martínez Fernández, 58; la traducción es nuestra. 17 Martínez Fernández, La intertextualidad literaria, 58.
Sultana Wahnón 370 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 titulado “El análisis estructural del relato. A propósito de Hechos 10-11” (1969), dedicado, como puede verse, a analizar un texto bíblico. Previamente a dicho análisis, Barthes consideró necesario introducir a los lectores en la historia y teoría del “análisis estructural”, que, aunque no fuera un “método” y, menos aún, un método “científico”18, consistía en una serie de “operaciones” o “disposiciones operativas” que, desde su punto de vista —compartido, entre otros, por Paul Ricoeur—, podían enumerarse y describirse. Una de esas operaciones (o técnicas, en sentido diltheyano) era la “Coordinación”, a la que Barthes asignó la tarea de “establecer las correlaciones de las unidades”. El teórico habló entonces, en primer lugar, de las correlaciones más propiamente estructuralistas, i.e., las que se daban entre unidades del mismo texto, las “intratextuales”19; pero, algo más abajo, se refirió ya también a las que podían contraer unidades de textos diferentes. El pasaje que va a leerse contenía, por eso, una nueva y explícita referencia a la intertextualidad, acompañada en este caso de un no menos expreso reconocimiento a la creadora del concepto: Un rasgo —escribió Barthes, refiriéndose en general al que podía presentar cualquier texto— puede incluso remitir a otros textos: es la intertextualidad. Esta noción es bastante nueva, ha sido propuesta por Kristeva. Significa que un rasgo de enunciado remite a otro texto, en el sentido casi infinito de la palabra; porque no hay que confundir las fuentes de un texto (que no son más que la versión menor de este fenómeno de citación) con la citación, que es una especie de remisión indetectable a un texto infinito, que es el texto cultural de la humanidad20. Como se ve, el pasaje reiteraba su anterior concepción de la intertextualidad, más textualista que propiamente literaria, y, por eso mismo, muy cercana, como ya ha quedado dicho aquí, al dialogismo originario de Bajtin. 18 El autor dijo, en efecto, que no quería despertar “demasiada esperanza en un método científico que es apenas un método y que ciertamente no es una ciencia” (Barthes, “El análisis estructural del relato. A propósito de Hechos 10-11”, en: La aventura semiológica [Barcelona 1990] 293). Dejó así un nuevo testimonio de su proverbial antipositivismo y de su cada vez mayor proximidad al horizonte de la hermenéutica, disciplina a la que se había acercado ya en Crítica y verdad de la mano de Paul Ricoeur (v. S. Wahnón, “Sobre la interpretación en Barthes: hacia una hermenéutica plural”: Rilce 35.1 [2019]). 19 Barthes, “El análisis estructural del relato”, 293. 20 Ibid.
Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica 371 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 Pero la novedad de este trabajo residió, a mi entender, en el lugar especial que el teórico asignó a la literatura, al advertir, acto seguido, de que lo antedicho era “especialmente válido para los textos literarios, que están tejidos de estereotipos muy variados, y en los cuales, consiguientemente, el fenómeno de remisión, de citación, a una cultura anterior o ambiental, es muy frecuente”21. Mientras que en la entrada enciclopédica de 1968 se había limitado a mencionar la existencia de distintos “niveles” y “formas” de intertextualidad, en este otro trabajo los textos literarios se aparecían, precisamente, como aquellos en los que el fenómeno se daba con más frecuencia y, por tanto —cabe inferir—, como los que presentaban el mayor nivel posible de intertextualidad. Estas consideraciones arrojaban así alguna luz sobre una cuestión que tanto su trabajo anterior como el originario de Kristeva habían dejado sin resolver —y casi sin plantear. Cabe destacar, por último, el estrecho parentesco que existiría entre lo que Barthes expuso en el trabajo sobre Hechos 10-11 y lo que volvió a hacer y defender un año después en su controvertido S/Z (1970), donde siguió refiriéndose a su “método” en términos de “análisis estructural”, pero reconociendo ya de manera más abierta que no se trataba exactamente del mismo tipo de análisis que había llevado ese nombre en los años sesenta22. En el análisis del relato de Balzac titulado Sarrasine, la novedad más importante consistió en la diseminación del sentido23, que, aunque directamente emparentada con las propuestas de Derrida, tenía mucho que ver también con la voluntad de inequívoca estirpe bajtiniana-kristeviana de prestar oídos a las “voces venidas de otros textos, de otros códigos” (ibíd.). Se trataba, pues, otra vez de un análisis intertextual, similar, aunque mucho más extenso, que el que ya había realizado sobre Hechos 10-11. El trabajo consistió aquí en un detenidísimo análisis del relato, que Barthes fue leyendo y desglosando de manera lenta y morosa, deteniéndose, si no en cada palabra, sí cuando menos en cada frase, y siempre con la intención de demostrar que incluso un texto tan poco vanguardista como el de Balzac estaba atravesado de pedazos de códigos, de lenguajes sociales, de modelos literarios, etc., constituyéndose así en un claro ejemplo de lo que en sus anteriores trabajos había llamado intertextualidad. 21 Ibid., 293-294; cursiva nuestra. 22 R. Barthes, S/Z (México 1987) 8. 23 Wahnón, “Sobre la interpretación en Barthes”, 38.
Sultana Wahnón 372 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 La insistencia de Barthes en esta idea, la de que el texto estaba siempre hecho de otros textos, tenía mucho que ver, por supuesto, con el ya citado lema, estructuralista y posestructuralista, de la muerte del autor. Puesto que el texto era el fruto del entrecruzamiento de diversos códigos, lenguajes, etc., su autor resultaba no ser nunca tan original, subjetivo o individual como solía creer la crítica tradicional. Las reflexiones barthesianas sobre la intertextualidad contribuyeron por eso —y esto es algo que Bajtin, seguramente, no habría compartido— a la desacralización del autor, a la relativización del concepto romántico de genio (en un contexto de lucha con las corrientes idealistas de la crítica literaria). Cabe destacar a este respecto que, en la entrada enciclopédica de 1968, Barthes había descrito el texto como “un tejido nuevo de citas pasadas”, en expresión que contemplaba, por tanto, la posible novedad u originalidad del texto, si bien, a su juicio, más similar en esto al de los formalistas rusos que al de Bajtin, esta residiese en la combinación de los elementos y no en los elementos mismos. V. LA TRANSTEXTUALIDAD DE GÉRARD GENETTE Según se ha visto aquí, el concepto de intertextualidad se elaboró a finales de los años sesenta, en mérito compartido por Julia Kristeva, su creadora, y Roland Barthes, que fue quien detectó su relevancia y lo convirtió en el nuevo santo y seña de la teoría literaria. Con todo, la aportación más decisiva sobre el tema iba a hacerla, casi dos décadas después, el asimismo estructuralista Gérard Genette. Conocido previamente por sus trabajos de narratología, Genette publicó en 1982 el importante Palimpsestos. La literatura en segundo grado, donde el término de intertextualidad recibió una nueva y más precisa significación, pasando a designar solo una de las cinco variedades posibles de un fenómeno más general al que allí se dio el nombre de transtextualidad. Retomando y corrigiendo algunas de las tesis ya expuestas en su anterior Introducción al architexto (1979), Genette definió aquí la transtextualidad como la “transcendencia textual del texto”24; y también, en definición recuperada de ese mismo libro, como “todo lo que pone al texto 24 G. Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado (Madrid 1989) 9; cursiva nuestra.
Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica 373 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 en relación, secreta o manifiesta, con otros textos”25. El novedoso concepto aludía, por consiguiente, al fenómeno general de las relaciones entre textos, dentro del cual el teórico distinguió, acto seguido, cinco “tipos” posibles de relaciones: intertextualidad, paratextualidad, metatextualidad, architextualidad e hipertextualidad26. En la propuesta genettiana, por consiguiente, el término intertextualidad dejaba de tener la significación genérica que le habían dado Kristeva y Barthes y se aplicaba únicamente, de forma que el propio Genette calificó como “restrictiva”, a una de las modalidades de la transtextualidad. El elevado grado de abstracción de la propuesta de Genette, con su característica acumulación de neologismos —en lo que, a primera vista, podría parecer una jerga teórica—, ha sido un factor que la ha perjudicado en su difusión, incluso entre los especialistas en estudios literarios. Existe, en efecto, una muy generalizada tendencia a prescindir de sus tesis y a seguir utilizando el primigenio término de “intertextualidad” para referirse a cualquier tipo de relación entre textos. Siendo perfectamente justificable desde un punto de vista práctico, este hábito teórico no debería confundirnos en cuanto al valor de Palimpsestos, que no es libro del que se pueda prescindir sin pérdida para el adecuado conocimiento de las relaciones que los textos pueden mantener entre sí. Argumentaré aquí, por eso, a favor de la pertinencia de tres de los cinco tipos de transtextualidad detectados por el autor: la architextualidad, la hipertextualidad y la intertextualidad. La selección obedece a que se trataría de los más útiles para el análisis literario. En primer lugar, los definiré brevemente, resumiendo el pensamiento genettiano, y luego, en segundo lugar, ofreceré algunos ejemplos y casos prácticos de su posible aplicación al campo de los estudios bíblicos, entendidos aquí, advierto, de manera completamente profana, es decir, solo como una de las posibilidades del comparatismo literario. Por architextualidad hay que entender, según propuso Genette, la relación que un texto mantiene con el conjunto de los textos que pertenecerían a su mismo tipo de discurso, género o subgénero, incluso aunque no los mencionen ni aludan a ellos en ningún momento27. Para que se entienda mejor, de este tipo sería, por ejemplo, la relación que Bajtin detectó entre la 25 Ibid., 9. 26 Ibid., 10. 27 Ibid., 13-14.
Sultana Wahnón 374 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 novela polifónica de Dostoievski y la tradición de la literatura carnavalizada, así como la que puede existir entre Esperando a Godot y la tragedia clásica. El concepto de hipertextualidad alude, por su parte, a la relación entre un texto (el hipertexto) y otro anterior a él (el hipotexto) sin el que aquél no podría haber existido y al que evoca de manera más o menos explícita para transformarlo28. El ejemplo de Genette para ilustrar este concepto fue el de la relación existente entre el Ulises de Joyce (el hipertexto) y la Odisea de Homero (su hipotexto). Por lo mismo, sería también, creo, el concepto más adecuado para referirse a la clase de relación que, de forma muy global, se da entre los Evangelios (hipertexto) y la Biblia hebrea (hipotexto), entendiendo, pues, esta última como la obra por aquellos transformada. El nombre de intertextualidad lo reservó Genette, por último, para designar “una relación de copresencia entre dos o más textos”, o “presencia efectiva de un texto en otro”. El autor especificó que, para hablar de intertexto propiamente dicho, tendría que darse, entonces, una relación de cita (con comillas), de plagio (copia literal, aunque no declarada), o de alusión (un enunciado que claramente remitiría a otro, pero sin cita expresa)29. La modalidad predominante en literatura sería precisamente esta última, la alusión, en la que por este motivo se inscribían, precisamente, los dos ejemplos ofrecidos por Genette, ambos procedentes de la literatura francesa30. Por poner uno más cercano a nosotros, traigo a colación el caso, comentado ya por José Enrique Martínez, del verso de Gil de Biedma, “Mi infancia eran recuerdos de una casa”, que, sin ser propiamente una cita y, menos aún, un plagio, se derivaría claramente del verso de Machado, “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”31. Por último, y a efectos de probar su pertinencia en el ámbito de los estudios bíblicos, utilizaré algunos ejemplos extraídos de mi propia práctica de la literatura comparada (siempre con la Biblia como uno de los términos de la comparación). El primer caso que voy a comentar es de intertextualidad y, más en concreto, de alusión, y se encuentra contenido en el siguiente pasaje 28 Ibid., 14-15. 29 Ibid., 10-11. 30 Se trataba, en concreto, de un texto de Mme. Des Loges que aludía a un hecho de la vida privada de Voiture; y de otro de Boileau que evocaba las leyendas de Orfeo y Anfión, sin conocer las cuales no podía comprenderse cierta afirmación realizada por el autor sobre unas “rocas” que acudían para escucharlo (ibid.). 31 Martínez Fernández, La intertextualidad literaria, 88.
Sobre el concepto de intertextualidad: teoría y práctica 375 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 de Cien años de soledad, donde, como puede verse, se narra el momento en el que los Buendía abandonan el pueblo familiar para emprender el penoso camino que habría de conducirlos a la todavía inexistente Macondo: Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres e hijos hacia la tierra que nadie les había prometido32. El autor no usó aquí comillas ni hizo mención alguna a la Biblia, pero el enunciado “la tierra que nadie les había prometido” remitiría claramente a un motivo de la Biblia hebrea. Además, se trataría de un pasaje cuya correcta “comprensión” depende de que se perciba esa relación, gracias a la cual el narrador dejó sugerida la peculiaridad del conocido como “éxodo” de los Buendía, que, a diferencia del bíblico, se presenta como fruto de una decisión estrictamente humana, sin instancia sobrenatural por detrás que garantizase su éxito o su fracaso. Cumplía, por tanto, el ya mencionado requisito genettiano de ser “un enunciado cuya plena comprensión supone la percepción de su relación con otro enunciado al que remite necesariamente tal o cual de sus inflexiones, no perceptible de otro modo”. Además de esta clara alusión a la Biblia, el pasaje citado contiene otra, más indirecta, a ese mismo episodio bíblico: la expresada en el enunciado “la travesía de la sierra”, que evocaría enseguida el de “travesía del desierto” con el que, precisamente, se suele aludir al peregrinaje de los antiguos hebreos en el Éxodo. Ahora bien, dado que esta no sería una fórmula propiamente bíblica (al menos, que yo sepa), no podría hablarse con propiedad de intertexto bíblico. Podríamos entenderla, quizás, como una de esas “fórmulas anónimas” de las que hablaba Barthes en su teoría general del intertexto. Tal como este teórico demostró para el caso de Balzac, también la obra de García Márquez se habría construido en diálogo o relación intertextual con los lenguajes o códigos sociales de su época. Por desgracia, no todas las alusiones contenidas en las obras literarias son tan evidentes como estas de Cien años de soledad. En primer lugar, porque los textos a los que un autor puede aludir no son siempre tan universalmente 32 G. García Márquez, Cien años de soledad (Madrid 1991) 107.
Sultana Wahnón 376 ESTUDIOS BÍBLICOS LXXX (2022) 357-381 conocidos como la Biblia; y, en segundo lugar, porque no todos los escritores desean que el lector perciba enseguida el intertexto, como si lo quiso García Márquez, quien se limitó aquí a hacer eso que llamamos un guiño al lector. En las muchas ocasiones en las que esto no ocurre así, los textos a los que se alude pueden pasar inadvertidos no solo a muchos lectores, sino incluso a la crítica literaria, que, por este motivo, puede no llegar a comprender de la manera correcta el sentido de determinados enunciados de la obra. La dificultad para percibir intertextos está, de hecho, en el origen de grandes y sonoros malentendidos críticos. La intertextualidad constituye, por tanto, uno de los grandes problemas que debe afrontar hoy el trabajo de la interpretación literaria. Una hermenéutica actual tiene que ser muy consciente del riesgo de malinterpretación que se deriva del fenómeno de la intertextualidad y, en consecuencia, proceder de manera muy cautelosa a la hora de tomar cualesquiera decisiones sobre el sentido de tal o cual enunciado (aunque no siempre resulta fácil hacerlo, siendo por eso inevitable la posibilidad del error). La novela de García Márquez me servirá aquí también para ilustrar el concepto de hipertextualidad. A estos efectos, conviene recordar previamente una importante tesis de Genette según la cual su distinción entre cinco tipos de transtextualidad no implicaba que estos tuvieran que entenderse “como clases estancas, sin comunicación ni entrelazamientos recíprocos”33. Sería posible, pues, encontrarlas combinadas, en distintas medidas, en un mismo texto. En lo que respecta al caso concreto de Cien años de soledad, la continuada presencia de intertextos bíblicos —solo se ha citado aquí un ejemplo de los muchos que hay en la novela— constituiría, a mi juicio, un seguro indicio de que su relación con la Biblia, entendida aquí como conjunto judeo-cristiano, iría más allá de la mera intertextualidad para convertirse también en un caso de hipertextualidad. En hipótesis que yo misma he defendido en El secreto de los Buendía, toda la novela en su conjunto —no solo algunos pasajes concretos— mantendría una secreta relación con la Biblia, considerada ella también en su totalidad. De hecho, así lo sugirió el propio autor cuando dijo estar seguro de haber escrito “algo así como la Biblia”; y así lo vieron también sus primeros lectores y críticos, que gustaban de referirse a la novela como “la Biblia de Latinoamérica”34. Si esta tesis fuera correcta y García Márquez 33 Genette, Palimpsestos, 17. 34 S. Wahnón, El secreto de los Buendía. Sobre Cien años de soledad (Barcelona 2021) 37-62.