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El texto devoto en el antiguo régimen: el laberinto de la consolación

Alvarez Santaló, León Carlos

Abstract

En contraste con el rigor y la erudición de los libros espirituales de teólogos y doctores, limitados necesariamente en su alcance por la exigencia de una elevada preparación para su lectura, el género menor del libro de devoción, muy extendido en el Antiguo Régimen, presenta una enorme influencia en el conjunto social, desde su misma identificación con rasgos y comportamientos estereotipados. A partir del examen de algunos textos principales, seleccionados entre los distintos subgéneros de la literatura devocional de la época, se analizan los recursos característicos de esta manifestación de la cultura religiosa y sus implicaciones psicológicas en un público lector extraordinariamente amplio

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EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN: EL LABERINTO DE LA CONSOLACION * LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO RESUMEN En contraste con el rigor y la erudición de los libros espirituales de teólogos y doctores, li mitados necesariamente en su alcance por la exigencia de una elevada preparación para su lectura, el género menor del libro de devoción, muy extendido en el Antiguo Régimen, presen ta una enorme influencia en el conjunto social, desde su misma identificación con rasgos y comportamientos estereotipados. A partir del examen de algunos textos principales, seleccio nados entre los distintos subgéneros de la literatura devocional de la época, se analizan los re cursos característicos de esta manifestación de la cultura religiosa y sus implicaciones psico lógicas en un público lector extraordinariamente amplio SUMMARY In contrast with the rigor and erudition of the spiritual books of doctors and theologians, which, because they require such a high level of preparation on the part of the reader, have a necessarily limited readership, the lesser genre of the prayer book, very popular throughout Spain’s Old Regime (16th-17th century) has a great social impact stemming from its means of identification with stereotyped traits and behaviors. A selection of prayerbook texts of this pe riod are studied in order to analyze the characteristics of this type of religious literature as well as to infer its psychological implications for the extremely broad sector of society that it rea ched. “Si tratáredes de amores... toparéis con León He breo que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa te néis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a de sear...”. Miguel de Cervantes “Hanse de casar las fábulas mentirosas con el en tendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, suspen dan, alborocen y entretengan de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría jun tas”. Miguel de Cervantes * Conferencia pronunciada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada el día 7 de marzo de 1990, dentro del ciclo “Ideología y mentalidades en la España del Antiguo Régimen”, organizado por el Departamento de Historia Moderna y de América. Chronica Nova, 18 (1990) 9-35 10 LEON CARLOS ALVAREZ SANT ALO En otras ocasiones me he referido ya al peso de la lectura devocional sobre la conducta social y su presumible carácter de matriz constante y re petitiva para la producción y evaluación de tics de comportamientos láicos y religiosos1. Con todo, pocas veces tenemos la oportunidad de manosear con eficacia estas piezas menores de la literatura religiosa que, sin embar go, gozaron del favor de los lectores, casi por aclamación, y multiplicaron su presencia en las costumbres estereotipadas de la sociedad hasta conver tirse prácticamente en tópicos. Porque, es evidente que no me estoy refi riendo aquí a la caza mayor del libro espiritual, con hechuras de doctores y exigencias de un nivel superior de cultura y gusto, lectores, para ser alcan zado; por el contrario, la fauna devocional aludida es, siempre, pieza menor, liebres y perdices de paladares esquemáticos y, en cierta medida, estragados por el exceso, la frecuencia y el abuso. Volveremos, después, para establecer alguna“ reflexión sobre la identidad de tales paladares y la veracidad y funcionalidad del diseño bipolar, cultura religiosa-incultura religiosa. Comencemos por recoger algún apunte literario que nos tranquilice sobre la realidad social de la lectura devocional, más allá de la incuestio nable evidencia de los inventarios notariales. En su muy conocida (y muy leída) “Guía y aviso de forasteros” de 16202, Liñán y Verdugo nos describe a un personaje que, como casi todos los que diseña, pretende ser representativo y paradigmático; se trata de un hombre en estado, viudo, en edad anciano, presencia compuesta, canas venera bles, de quebrada salud, que recibe huéspedes en el peligroso Madrid de la época. Pues bien, este hombre ejemplar, en su rutina cotidiana, se nos pre senta, sentado en una silla de no menos años (que él), sobre un cojín que fue de terciopelo, leyendo en un libro, a lo que parecía, de devoción ayudado de unos anteojos que hacían más grave su presencia. Insisto en recordar que no se trata de una situación puntual y anecdótica sino de la descripción de una 1. ALVAREZ SANTALO, L, C.: El libro de devoción como modelado y modelador de la conducta social: el “Luz a los vivos ” de Palafox (1668), en Revista Trocadero, 1, Cádiz, 1989, pp. 725. ALVAREZ SANTALO. L. C: La oferta de pautas de conducta cotidiana y la cimentación de valores en el libro devocional del barroco: un ensayo metodológico, en Revista Archivo Hispalense, 220, Sevilla, 1989, pp. 127-150. ALVAREZ SANTALO, L. C.: Adoctrinamiento y devoción en las bibliotecas sevillanas del siglo XVIII en ALVAREZ SANTALO BUXO Y R. BECERRA: La religiosidad popular (Barcelona, 1989, 3 vols.), vol. II, pp. 21-45. Del mismo autor, la Introducción al volumen III, pp. 713. 2. LIÑAN Y VERDUGO, Antonio: Guía y Avisos de forasteros que vienen a la Corte, (1620) por la edición Costumbristas Españoles. Siglos XVII al XX, Aguilar, Madrid, 1964. Las citas si guientes en p. 35. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 11 rutina diaria de un posadero, que se presenta a sí mismo (en una cierta re miniscencia picaresca) como un hidalgo vizcaíno venido a menos: ...tam bién tengo yo en Vizcaya... mis dos paredes caídas de casa solariega y cuatro ár boles de mayorazgo y un pobre viejo de ochenta y dos años, gotoso por haber andado en la mocedad quizás más de lo que conviniera. No es difícil “traducir” un estereotipo ejemplarizante: anciano, enfermo, con cultura presuntamente superior a su rol social y con una juventud disipada, lee de voción como último refugio del aburrimiento y en, tal vez, conducta com pensatoria de una juventud evocada como "culpable”, al menos, de frivoli dad. Si este esquema podía sugerir una limitación específica al tópico de la lectura devocional, podemos añadir otras citas sin abandonar el autor y la obra. Esta vez se trata de la conducta del propio protagonista, un maestro graduado en Artes y Teología, quien, paseando en compañía de un hidalgo que acaba de conocer, se acerca a la calle de Santiago y al pasar por aque llas librerías acordeme de cierto libro de devoción que había salido nuevo y me lo había envido a pedir un deudo amigo mío desde mi patria; pedí por el libro, mostráronmele, concertele en un real de a ocho... No tiene mayor importancia lo que sigue salvo que por la oficiosidad del desconocido y la gana que tenía el librero de despachar su libro, me hube de hallar con él en las manos3. De nuevo, nos asomamos a rutinas banales; ni en el ejemplo anterior, ni en éste, el libro o la lectura constituyen elemento de interés para la historia que se nos cuenta (un enredo amoroso en el primero y un timo clamoroso en el segundo); el libro y la conducta que se relaciona con él constituyen, en ambas ocasiones, una pincelada de verismo, utilizada por el autor al desgaire y sin poner en ella la menor intencionalidad. En el ejemplo que ahora nos ocupa han desaparecido aquellos elementos de limitación que apreciábamos en el primero (vejez, enfermedad, posible arrepentimiento) y, por el contrario, se añaden algunos nuevos: precio, librerías y, sobre todo, la sugerencia de hábitos lectores relacionados con lo devocional que evocan, de una parte, la existencia de información específica sobre las no vedades editoriales y, de otra, la pulsión, casi de coleccionista, que exige al familiar o al amigo la adquisición y el envío de las novedades. Queda, como único elemento restrictivo (con vistas a una posible extrapolación de estas conductas al conjunto social) el carácter elitista-intelectual del prota gonista y, por ello, presumiblemente, el de su familiar o amigo para quien compra. Sin salimos todavía de Liñán y Verdugo, nos detendremos en un tercer ejemplo todavía más esclarecedor. Otra vez en boca del anterior Maestro de Arte y Teología, quien se dirige ahora a un auditorio de amigos para “avisarles” de los peligros de la Corte, encontramos las siguientes 3. LIÑAN Y VERDUGO, Antonio: Op. cit., p. 50. 12 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO puntualizaciones: Cuando llegarémos a tratar de los libros que será convenien te que lea (el forastero incauto que se deja caer por los Madriles), le advertiré y enseñaré que... lea al Padre Pedro de Guzmán de la Compañía de Jesús, en el libro que intituló “Bienes del honesto trabajo y daños de la ociosidad” y hallará tantos desengaños y tantas verdades... que le obligue a mirar entre que hombres anda y con qué maneras de gente comunica4. Parece como si nuestro costum brista se hubiere propuesto facilitarme el trabajo, puliendo y afinando las alusiones a la lectura devota en un crescendo de concreción; del viejo que lee un, a lo que parecía, libro de devoción, hasta esta cita concreta con pelos y señales que se refiere a un libro real y un autor real que puede encontrar se en bibliotecas inventariadas en el siglo XVIII. No tendremos tanto deta lle y afinamiento en otra referencia, esta de Juan de Zabaleta, en su “Día de fiesta por la mañana”, de 1654: Estando poniendo el sobreescrito a la carta, entra uno de estos... saca hn librillo de la faltriquera, diciéndole que es nuevo, de materia gustosa y de autor aprobado... ábrele por el principio, lee el título, con téntase de él...5; nunca sabremos si la materia gustosa y el título contenta dor se refieren a devociones, pero ¿por qué no suponerlo? Más pesimista se muestra Torres Villarroel (en 1746) en sus “Visiones y visitas...”6, lo que nada tiene de particular cuando su colega de visita madrileña es el fantas ma de D. Francisco de Quevedo; en el capítulo dedicado a las “Librerías y libros nuevos” (en que, a fuer de sinceros no dedica una sola alusión a li bros devotos), le comenta al poeta espantado de ignorancias: Al fin los es tantes de los libros son banquetes de polillas y refectorios de ratones. D. Francis co, al borde de una apoplejía fantasmal, se ve obligado a exclamar: Miren qué libros de filosofía moral buscan los hombres para enriquecer el juicio, para estudiar el desengaño, para dirigir las acciones, para enfrenar las osadías de la irascible y para las destemplanzas de la concupiscencia, si no es un arte de em bravecer el apetito... solicitándole espuelas a la gula. Debe aclararse que el arte de embravecer y la solicitud de espuelas a la gula, no era otra cosa que un “arte de cocina”, comprada por un cliente con el rostro entre mascarón de navio, sumidero de taberna o escotillón de mosto. Con todo, interesa más fijar nos en los “campos de lectura” que Villarroel, vía Quevedo, añora: la filo sofía moral, el enriquecimiento del juicio, el estudio del desengaño, la di rección de las conductas, el freno de las osadías y las concupiscencias; buena panoplia que, con mejor o peor fortuna y estilística, proporcionaba la literatura devocional del ya para entonces lejano siglo XVII. En cierto 4. LIÑAN Y VERDUGO, Antonio: Op. cit., p. 95. 5. ZABALETA, Juan de: El día de la fiesta por la mañana (1654), por la edición Costum bristas..., op. cit., p. 218. 6. TORRES VILLARROEL, Diego de: Visiones y visitas de Torres con D. Francisco de Quevedo por Madrid, (1746) por la edición Costumbristas..., op. cit., p. 383. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 13 sentido, la retórica y destemplada queja-añoranza podría utilizarse como una prueba de la rutina lectora, a lo menos de antaño (respecto al XVIII, claro está). Que la literatura devota, incluso la más elemental, tendía a cu brir los objetivos añorados, puede garantizarlo un experto como el Doctor José Boneta y Laplana que, que en 1706, daba a la imprenta un librito pa radigmático del género, su “Gracias de la Gracia; saladas agudezas de los Santos”; en el prólogo afirma, sin empacho, la utilidad moral de su obra: A los profanos pues si se aumentan libros de este género no harán falta las come dias... a los espirituales... para salir con él al campo... a las comunidades religio sas para no dispensar el silencio en refectorio, días solemnes: pues leyendo en ese caso... se escusa la dispensación, se logra el divertimiento, se saca enseñanza, se observa el silencio, se cumple la regla... a quien haya de predicar de alguno de los santos... en pocas líneas verá sus más heroicas empresas que le podrán servir de basas a sus discursos y le fluirán copia abundante de virtudes para el epílo go1. Con seguridad esta opinión debían tener muy arraigada las protago nistas de la “novela y escarmiento catorce” de nuestro Liñán y Verdugo8 ya que en su casa procurábase que no hubiese rato ocioso y los que parecía que sobraban de la labor ordinaria de las mujeres se gastaban en la lectura de libros santos, porque D. Martín, como era rico bastantemente, llegaba su renta a cum plir con sus obligaciones y a traerlo sobrado. Teníamos viejos, como lectores de devoción, doctores de calidad comprándolos para deudos y recomen dándolos para incautos pretendientes; tenemos ahora honestas amas de casa y el cuadro se va completando. A retener el detalle de que la existen cia de libros santos parece vincularse a una holgura de renta en una, qui zás, equívoca alusión a su costo. Curiosa paradoja que, cuento adelante, la hija, tan ahíta de lectura piadosa, encuentre su desgracia por un libro, aun que muy diferente, por serlo “de enredos y cuentos amorosos”. Cambiando de autores y género, en La Pícara Justina, López de Úbeda describe una es cena (que pone en boca de la protagonista) entre Justina y un ermitaño, mitad falsario, mitad gran garduño, y que en opinión de la heroína misma, tiene figura de ángel, voz de diablo y pasos de ladrón; dice Justina: Estaba en el mesón en hábito de ermitaño... y en viéndome tomó un libro en la mano que decía llamarse “Guía de pecadores”. Y yo, como pecadora descarriada, llegúeme a él para que me guiase9. Dada la catadura del ermitaño en cuestión, no pa 7. BONETA Y LAPLANA, José: Gracias de la gracia; saladas agudezas de los santos, insi nuación de alguna de sus virtudes, exemplos de la virtud de la eutropelia, Barcelona, 1706. Las citas en el prólogo-dedicatoria sin paginar. 8. LIÑAN Y VERDUGO, Antonio: Guía y avisos... Op. cit., y ed. cit., p. 126. 9. LOPEZ DE UBEDA, Francisco: Libro de entretenimiento de la picara Justina, (1605), por edición La Novela Picaresca española, Aguilar, Madrid, 1974, 2 vols. La cita en vol. I, p. 1338. 14 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO rece que repugne el que aceptemos la referencia como testimonio de la po pularidad y utilización del libro devoto por cualquier miembro de la escala social. Por último, en La Vida del Escudero Marcos de Obregón, Vicente Es pinel pone también en boca del huésped de nuestro protagonista, ya de vencida, que nos lo describe como un Abraham de piedad porque su casa y hacienda eran siempre para hospedar peregrinos y caminantes, otra referencia precisa: ¿Y con esa vida tan segura tenéis algunas pesadumbres que os inquie tan? (pregunta Marco), Por Dios, señor, respondió, si no es cuando no hallo la hacienda bien hecha o la comida por aderezar no tengo pesadumbre y esa, con leer en el ‘Memorial de la Vida Cristiana” de Fray Luis de Granada10, se me quita como por la mano. Omito cualquier comentario a una tan palmaria confesión sobre una de las posibilidades de la funcionalidad de la lectura devota. Yéndonos hacia Anales de siglo (1787) S. M. Rubín de Celis y Noriega, en sus cartas de El Corresponsal del Censor, hace figurar, como recuer dos de infancia del autor, los siguientes: Me hacía leer todas las noches la vida del santo del día (como si importase algo saber vidas ajenas), un capítulo de las obras de Fray Luis de Granada y otros del Kempis...; semejante arsenal no hacía feliz al protagonista porque ...como para mí todos (los libros) son igua les, pues ninguno leo voluntariamente, tampoco puedo dar voto11. Dejemos por ahora estos signos de conductas tópicas y casi frecuentes, pese a que ningu na esperanza de mejora social le merecían a Torres Villarroel, que pone en la boca del fantasma quevediano, más que perplejo, un párrafo de los de bronce y mármol digno de pregonarse hoy en villa, corte y cortijo: ¿Es posi ble que han llegado los libros —dijo el sabio muerto— a juzgarse por ladrones del tiempo, enemigos del deleite y cuñados del gusto, los que antes eran familia res de la vida, consejeros del juicio y eficaz arbitrio para desenojar un pobre su fortuna?12. No pretendo agotar citas sino sugerir que la evidencia de la lectura pia dosa, que nos ofrecen los escribanos, tiene también eco en literatura de costumbres, pese a que no se trata de conducta tan llamativa como para atraer la atención de críticos sociales y avisadores más o menos inquietos por el deterioro de la moral social. Mi objetivo directo es examinar algunos contenidos de estas piezas de cultura generalizada (y no necesariamente de “cultura popular” en el sentido de inocente e intencionada, descalificación, que con frecuencia, se da al término) y reflexionar sobre el peso y el tipo de los mensajes que, en su día, pudieron ser percibidos por los lectores. Para no convertir estas páginas en un mero florilegio de textos he escogido li 10. ESPINEL, Vicente: La Vida del escudero Marcos de Obregón, (1618) por edición La No vela Picaresca..., op. cit., p. 1.338. 11. S. M. RUBIN DE CELIS, Op. cit., en edic. Costumbristas..., op. cit., p. 579. 12. TORRES VILLAROEL: Od. cit.. d. 382. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 15 bros que, cumpliendo el requisito de su pertenencia indudable al género y su constatación en inventarios sevillanos del XVIII, se distribuyan, con cierta representatividad, por los distintos subgéneros. Con todos los riesgos que representa una opción cualquiera, la elección abarca: un éxito edito rial más allá de toda frontera regional o nivel cultural, la Mística Cuidad de Dios de la madre Agreda (1657); un clásico “tremendista” del P. Nieremberg (del género preparación para la muerte), De la diferencia entre lo tempo ral y eterno; crisol de desengaños... (1640); una virulenta diatriba contra los judíos como mal universal, de (1679), el Centinela contra judíos de Francisco de Torrejoncillo; una colección de sermones de cuaresma de un “virtuoso” de la talla del P. Posadas y de título tan definitivo como Ladridos evangéli cos del perro (1696); por último una obra muy peculiar que debería haber leído Umberto Eco y que hubiera interesado algo a su lúcida tesis de las re laciones entre el humor y la iglesia, el Gracias de la gracia; saladas agudezas de los Santos (1706). La elección podría haber sido cualquier otra cosa; he tenido en cuenta para escogerlos algunas variables: que sus autores goza sen de una indudable popularidad, atestiguada por su presencia frecuente en inventarios de bibliotecas; que los libros mismos fuesen éxitos editoria les constatables y de segura difusión; que cubriesen del mejor modo posi ble la panoplia de recursos a los que ya aludimos (didactismo directo, maravillosismo, exigencia de rigor moral, apologismo y propuesta de paradig mas); por último, pero en modo alguno en último lugar, que todos figuren indistintamente en inventarios de libros de personas de cultura superior y en los de clases populares. He tenido especial interés en este aspecto por razones obvias. Reiteradamente he sostenido que la lectura devota (y sin duda otras manifestaciones más mostrencas de la “cultura religiosa”, pero ahora no hablamos de ellas) constituye un tremedal en el que chapotean, con gozo similar, el promedio de la cultura religiosa, digamos, elitista y la, digamos, popular13. Teniendo en cuenta el complejo debate abierto sobre 13. Salvo error por mi parte, interpreto que Domínguez Ortiz se refiere precisamente a esta situación cuando afirma: Salvo la protesta ocasional de algún clérigo ilustrado, Iglesia y Pue blo comulgaban en la misma fe en lo maravilloso, en el mismo afán de ver prodigios e intervenciones de la divinidad en todas partes; y con pocas probabilidades de error de interpretación se refiere con autoridad al tema: La aceptación por los representantes de la Iglesia Oficial de todo este entra mado fabuloso es un dato esencial para comprender el auge que tuvieron entre nosotros aquellas for mas popularistas de la religiosidad, su asunción o tolerancia por parte de las autoridades y la dificul tad de marcar a ese tipo de religiosidad un límite superior; y en un enunciado todavía más drásti co: La religiosidad popular no estaba ligada a jerarquías sociales; era una manera de sentir, de vivir la religión. Su dominio no era la doctrina, el dogma, sino la ceremonia, el rito; o bien esta otra matización:... el primer error que hay que desmontar es identificar la religión popular con la religiosi dad del pueblo, de las clases inferiores de la sociedad... también hubo tipos de religiosidad popular muy característicos en las áreas urbanas en las que participaron con enorme entusiasmo todas las 16 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO los niveles de las manifestaciones de la vivencia religiosa y el calibre de los contendientes14 no conviene ahora acercarse mucho al tema, no sea que salgamos algo descalabrados. Sorprende, no obstante, que algunas eviden cias pasen desapercibidas de manera tan espectacular. Recordaré única mente, a título de aviso singular, que características tan estructurales de la fenomenología religiosa como “lo piadoso”, tienen unas exigencias de con dicionamiento psicológico más rígidas de lo que parece; la rigidez no afec ta exclusiva y necesariamente al problema de creerse, o no, lo que se lee sino a la posibilidad de lo que sea o no real y a la satisfacción-consolación que tal posibilidad produce. No he dicho nunca que un obispo tenga nece sariamente que creer los mismos milagros, maravillas o fantasmas que un ig norante campesino; lo que sostengo es que ambos tienen necesariamente que compartir la aceptación del milagro, la maravilla y el alma del purga torio y que, a partir de aquí, la frontera entre lo que se acepta y se rechaza clases sociales incluso las más altas. (Todas las citas proceden de Iglesia institucional y religiosidad popular en la España barroca, en F. CORDOBA; J. P. ETIENVRE: La fête, la ceremonie, le rite, Casa de Velázquez, Granada, 1990). En el prólogo a una obra densa y explícita sobre religio sidad (la de SANCHEZ LORA, J. L ..Mujeres, Conventos y formas de la religiosidad barroca, Ma drid, 1988) yo había sugerido: Hablamos de múltiples componentes cuando utilizamos un término tan amplio como religiosidad; no podemos esperar que su adecuación con sectores sociales se produz ca por modificaciones completas de todo el conjunto. El nivel de información doctrinal de un miem bro del clero, culto, no puede intervenir en una mejor captación del concepto de milagro (por ejem plo) que la que puede tener un sencillo creyente; la esencia eficaz de lo milagroso no permite ser diseada a base de información... (la cita en la p. 15). Por último, un peso pesado del tema, J. C. Schmitt, resumiendo un apretado estado de la cuestión que él titula como una panorámica prematura, señala: ...je voudrais insister sur le fait que la problématique de l’histoire de la culture po pulaire ne peut s’enfermer dans de modeles d’opossition binaire, tels que savant versus populaire, let tré versus non-officiel, etc... (de Le médieviste et la culture populaire, en Culturas populares: diferen cias, divergencias, conflictos, Madrid, 1986. La cita en p. 35). 14. Como anécdota, en una lección magistral de oposiciones (muy reciente) con el título: El desarrollo cultural: la cultura popular, el candidato había espigado una bibliografía, selecti va, de 107 títulos; júzguese pues la avilantez de dar bibliografía en una nota. Por cierto, de esos más de cien títulos, 66 son posteriores a 1980; eso puede dar una idea de por donde van los tiros. Por no dejar la nota tan vacía que no resulte de alguna utilidad, me remitiré a cuatro títulos que pueden resultar de mayor eficacia en menesteres de cultura religiosa: J. C. SCH MITT, La fábrica de santos, en Historia Social, 5, 1989, pp. 129-145; W. A. CHRISTIAN, De los santos a María: panorama de las devociones a santuarios españoles..., en V.V.A.A.: Temas de Antro pología Española, Madrid, 1976; V.V.A.A.: Culturas populares: diferencias, divergencias, conflictos, Madrid, 1986, de estas Actas de un Coloquio celebrado en la Casa de Velázquez, en 1983, a subrayar las aportaciones de J. REVEL: La culture populaire: sur les usages et les abus d’un outil historiographique (pp. 223-240); R. CHARTIER, Livres bleus et lectures populaires. Mi. XVIIe siécle-debut XIXe siècle: un terrain d'affrontement (pp. 329-369); ALVAREZ SANTALO, L. C.; BUXO, M. J. y RODRIGUEZ BECERRA, S. (Coords.): La religiosidad popular, 3 vols., Barce lona, 1989, Actas de un coloquio interdisciplinar sobre el génerico del título, celebrado en Se villa en 1987. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 17 es tan vidriosa como falaz. Y sostengo, también, que existe el problema añadido de la “consolación” que ambos reciben, de una “información” que realimenta su posición ante el mundo, los demás y ellos mismos. Esta “in formación” se transmite por toneladas en la que llamamos literatura devo cional. Si se me piden más precisiones, podría añadir que la “consolación”, a la que me refiero, se concreta, entre otros, en aspectos como los siguien tes: —La satisfacción de participar (y compartir) en una “situación” religiosa mucho más próxima a la naturaleza inteligible que el organigrama de piezas dogmático-morales que se exige, como andamio imprescindible, de la pro ximidad de lo sobrenatural; una “situación”, pues, asimilada al universo de los sentimientos y al de las pautas de conducta que resultan absoluta mente familiares (afectivas, económicas, de autoridad-obediencia, jurídi cas, ... etc.). Cada hombre se encuentra “intelectualmente” cómodo en medio de ellas porque, experimentalmente, supone conocer-comprender los motivos y las reglas. El “mundo”, sobrenatural, por definición, se pre senta, en puridad, ajeno a tales pautas; cualquier portillo abierto en seme jante muralla (y lo “devoto” los abre de tal modo que podría no quedar ni muralla) resulta un consuelo inapreciable y, en consecuencia, un banderín de enganche de mayor cuantía. En esta situación, un mayor nivel de “in formación” académica, o la posesión de mayores destrezas, en cuanto a la percepción de lo real no garantizan, en modo alguno, la impermeabilidad ante el estímulo que supone “naturalizar” lo sobrenatural (si se me permite el barbarismo). Si ya se ha partido del misterio, como piedra angular y ci miento de todo el sistema, no es esperable que se arriesgue la paz intelectual y afectiva por misterio de más o de menos; sobre todo porque no existe ninguna necesidad de hacerlo, salvo por autodisciplina y autoexigencia. —La satisfacción que produce participar en situaciones lúdicas. Una parte de tal satisfacción parece provenir (en opiniones autorizadas) de la capaci dad que la estructura del juego ofrece al “jugador”, para “interferir” la su puesta realidad del diseño previo. Esta “interferencia” puede producirse por el esfuerzo imaginativo y se resuelve en la “transformación” del juga dor a otros roles de los muchos que el juego ofrece (apetecidos consciente o inconscientemente). La lectura devocional, con harta frecuencia, presenta esta disposición de “juego” (de una forma directa o sesgada), tanto si nos referimos a la lectura de vidas ejemplares, como a discursos emotivos, des cripciones sensoriales de la espiritualidad o sugerencias “meditativas” en caminadas a reconstruir procesos o situaciones relacionadas con la litur gia, los misterios religiosos o la historia sagrada. —La satisfacción que produce la “convicción” de estar no sólo en el cumpli miento de las exigencias de la propuesta religiosa, sino incluso en el super- 24 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO za en la punta de un madero que salía de la pared... más de tres años llevó en ella (la boca) unas piedras para que le impidiesen el hablar, diciendo discreta mente que lo que se gana en un año de oración se pierde, a veces, en una conver sación... nunca vió cara de mujer ni vestido ni cosa suya... jamás vio el techo de su celda... en la calle no veía sino la tierra en que había de poner los pies... En fin murió sin conocer de vista a ninguno ni aún de sus religiosos23. A tales cumbres de mortificación (a las que podría añadirse que jamás se puso hábito nuevo, ni aún quando fue llamado de Carlos V para ser su confe sor) deben corresponder tales milagros: ...Siendo tan viejo como accidentado estava más de una hora con los brazos en cruz y solía quedarse en esa misma forma arrobado sobre el ayre. Una vez oyendo en la huerta cantar a otro el In principio erat Verbum, sintió tal ímpetu de espíritu que, arrodillado como un ovillo, y levantando un codo del suelo fue como disparado de un trabuco a la Iglesia pasando con esta velocidad quatro puertecitas muy baxas, sin lexión y llegando a vista del Sagrario, paró el buelo, pero no el rapto porque le duró allí mucho tiempo...24. Lo de llover a cántaros en un camino a una y otra mano y dexar enjuta sólo la carrera por donde iba el Santo era tan corriente que debe ser omitido “por común”; de asuntos acuáticos sólo merecería ser resaltado el prodigio de suspender otra vez en el ayre el agua que caía, sirviéndole ella misma de vóbeda. En cuanto a casos femeninos (tampoco hay por que hacerlos de menos), La Venerable Madre María de Rosas, que nació en Placencia de Ex tremadura, año de 1613 también disponía de alguna capacidad en casos cli matológicos: Como un día, por la gran lluvia, no pudiese ir a visitar a nueve imágenes de María que estaban en diferentes puestos de la Ciudad, vinieron a vi sitarla a ella, entrándosele por el aposento repentinamente las nuebe Imáge nes25, El Maestro Ockam sin duda habría lamentado tan palmaria contra dicción de su navaja escolástica pero habría, también, admirado sin reti cencias sus sufrimientos estigmatizados: Mereció padecer invisible Corona de espinas que atormentaba su cabeza acia adentro... cuyo dolor no la dexava tener derecha la cabeza... teniéndola tan lastimada que blandeava el casco en el cual como en una masa se profundaban los dedos. Rematemos con S. Vicente Ferrer en broche de oro, que, al fin, predi cando en Valencia lo oyeron desde Alicante... Predicava en idioma valenciano y lo entendían los de otras naciones: gracia apenas concedida hasta entonces desde 23. Gracias de la Gracia..., op. cit., p. 13. 24. Gracias de la Gracia..., op. cit., p. 15. 25. Gracias de la Gracia..., op. cit., p. 25, la cita siguiente en la p. 27. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 25 los apóstoles: con tales facilidades no es de extrañar que convirtiera a cien to y cuarenta mil almas y reduxo a cinquenta mil infieles. Es verdad que sus métodos resultaban harto persuasivos: En un sermón, no más que con decir las palabras tan sabidas de levantaos muertos y venid a Juicio derribó en tierra a treinta mil oyentes... una Imagen suya de bulto, colocada en un plaza de Mallorca, estubo quince días predican do sin cesar y obrando conversiones... No entrava en un lugar en que no destru yese las Sinagogas de judíos... y predicando a una de las más numerosas con una Cruz en la mano, aparecieron visiblemente Cruces como la suya en las tocas de las judías y en las capas de los judíos que lo oían conviertiéndose y bautizándose todos allí mismo...26. En realidad, cualquiera hubiera podido predecir tales y tan magníficos resultados ya que El don de hacer milagros lo tubo de nacimiento... nuebe años no más tenía y lo llevaban por las casas a que hiciese milagros. Siendo aún un niño se le cayó un zapato en el pozo y la misma agua se lo subió enjuto. Siendo religioso, llevaba una campana para tocar a hacer milagros... En vida resucitó veinte y ocho muertos y despúes de muerto a otros muchos21. La nómina de milagros desafía la imaginación más surrealista, con fre cuentes tintes macabros, escatológicos o de “violencia”; desde los pedazos a medio cocer de un niño, que una mujer lunática y preñada pretendía co merse y hecho cuartos lo cozió en la olla, que se recompone en niño sano que por su pie marchó a su casa pidiendo pan, hasta la señora que asistía a su ser món y que fue a su casa avisada por el Santo para encontrar a una esclava suya ahogándole el hijo y que, cuando remedió esta suerte se bolbió al ser món. Con frecuencia, y sin que aparezca acritud alguna (ya, lo hemos ad vertido en casos anteriores) el santo, venerable o beato, ejerce sus poderes “frente” (no exactamente “contra”) a los poderosos, que no salen bien pa rados aunque siempre son recuperables; esta otra vía de “consolación”, de seguro efecto, tampoco debe ser preterida. En este sentido, nada menos que la Reina (no se especifica más) será sujeto de un “duro” correctivo de S. Vi cente porque yendosu majestad a verlo en su celda, reprehendiéndola el santo este intento, como venció el poder de la reyna... quando entro en ella (en la celda) se hizo el santo invisible a su Majestad, viéndolo los religiosos que la acompañaban... El “duelo” acaba con la muerte del rey (profetizada por el santo como castigo a la curiosidad femenina) y unas calenturas de siete años para el (supongo) asustado fraile que le franqueó la entrada. Llamo la atención, para concluir este vistazo a un género especialmen26. Gracias de la Gracia..., op. cit., p. 47, las anteriores de este santo en la p. 46. 27. Gracias de la Gracia..., op. cit., pp. 48-49, las siguientes de este santo en pp. 5052. 26 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO te hipertrofiado, sobre la absoluta desproporción “inocente” (ingenuamen te realista y funcional) entre la situación y el milagro; en la mayoría de los casos, el milagro se produce sobre situaciones banales, de una cotidiani dad absurda. No solamente se matan moscas a cañonazos sino que incluso se roza el milagro-revancha y el milagro-desplante, que impregnan las cir cunstancias de un tufo de feria y barraca, bastante revelador de los meca nismos sicológicos del lector medio, esperado, para quien el desideratum milagroso se refiere más a olla que a estrella. 3. Un panfleto antisemita: La violencia “caritativa” de Fr. Francisco de Torrejoncillo y su Centinela contra judíos El Centinela, de Torrejoncillo, es un panfleto antijudío relativamente extenso e intenso que parece pasar la antorcha antisemita bajo el pretexto apologético. Aunque el autor termina su prólogo con una hipócrita modes tia, asegurando que De pedacicos sacados de unos y de otros he juntado este todo y nada mío más de una voluntad de que sean los judíos conocidos, la ver dad es que desde el prólogo mismo no se ha esforzado lo más mínimo en disimular la virulencia y hasta algún cinismo. Se refiere allí, en efecto, a que el contenido de su obra está tomado de la opinión de hombres doctísi mos y la Sagrada Escritura y añade: No temo el que sea murmurado, dicha que puedo agradecer a la materia que trata, pues no havrá alguno que no quiera ser tenido por Christiano viejo; y el que no lo fuere, si es prudente, pretenderá des mentir sospechas, con callar de comprendido. Y es evidente que para murmurar de lo que dicen los autores que en el cito, que es menester obstentar primero la información de la limpieza28. Libro que comienza con tal desvergüenza, dando por sentado que el chantaje social lo protegerá de toda crítica, no puede desembocar sino en un delta arriscado, tópico y visceral. Un vistazo al índice casi nos excusaría de ulterior lectura: encontramos allí un capítu lo primero como los judíos son y siempre han sido presumidos y mentirosos y un formidable capítulo trece, De como los Hebreos no tienen de presente honra o nobleza alguna y la grande que tenían la perdieron en la muerte de Christo; entre ambos hay perlas tan surrealistas tal que el capítulo cuarto, Cómo los judíos son perseguidores de nuestra Santa Fe Cathólica (¡extremo desparpajo!); el capítulo sexto, Cómo no se debe tener confianza de los judíos ni creer en sus obras; el décimo, Cómo los judíos son inquietos, vanagloriosos, sediciosos y de ordinario, donde están, siembran discordias. Con tal secuencia, el capítulo de 28. TORREJONCILLO, P. FR., Francisco de: Centinela contra judíos puesta en la Torre de la Iglesia de Dios, Madrid, 1736. Introducción del autor sin paginar. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 27 cimocuarto y último resulta un monumento al cinismo y al desahogo, de difícil emulación: De la piedad que nuestra Madre la Iglesia tiene y tendrá con los judíos y hasta quando han de durar en su obstinación. En 1736 se publica ba ya la decimosegunda edición (según consta en el pórtico de una edición de ese año) que seguía reproduciendo las más altisonantes y derretidas “censuras” que acompañaron a la de 1674 y que constituyen el dintel más adecuado para la obra. Júzguese si no el ramillete procedente de semejan tes censores. Fray Juan de Garrovillas (por cierto sobrino y superior del autor) dice haber encontrado en el opúsculo Un tomo de grandeças agudas, curiosas... doctrinas y consejos muy hijos de su ancianidad y prudencia... para tutela y protección de nuestra Fe Cathólica contra el perfidio Hebraísmo; al autor lo declara benemérito de muy colmado premio y perpetua alabanza pues con su trabajo e industria pone en la Iglesia... una Centinela... para que el pue blo Christiano pueda conocer y distinguir a los pérfidos judíos, enemigos... y guardarse y defenderse de sus engaños y depravadas intenciones. El segundo censor, Fr. Pedro de los Santos (de idéntico convento), no parece dispuesto a dejarse vencer por la loa. El librito se le antoja un hermoso compuesto de flores olorosas... de que se guste la suavidad del olor que exhalan... y gozar de sus primeras fragancias; este cursi irremediable, que escribe con un estilo bella co (a cuyo lado el de Fr. Gerundio es pura calidad), estima que se debe agradecer que el autor haya convertido a su convento y orden en La Centi nela para que dando aviso y noticias de sus más atroces y encubiertos enemigos, que su ruina intentan se defienda y conserve intacta esta santa y hermosísima ciudad (Plasencia); insiste después (se ve que el pobre mentecato era estilista de una sola metáfora) en que autor ha fabricado un tan hermoso ramillete que a unos da humo a narices y a otros da narices para el humo... a unos ofrece espinas en sus flores y a otros da flores para espinas; espinas avrá muchas ocul tas en el valle que si se le arrimaran estas flores, salieran las mismas espinas es pinadas y de estas flores sin alguna lesión de sus puntadas. Después de este ejemplo escelso de necedad estilística, concluye asegurando que la obra da remedio contra la peste judáica y es dulce colirio para este pernicioso contagio... medicina eficaz de tan mortales heridas como ocasionan al alma el trato y con versación con tan depravada gente. Pero, sin duda, la palma de los proemios la lleva el aprobador, D. Diego Benito Olquín, Abogado de los Reales Con sejeros, Alcalde Mayor de Truxillo y de Plasencia; en vista de que no pare ce haber leído el libro (pero tampoco le apasionaría el tema) sale del paso (supongo que con alguna prudencia, que la debería a su cargo) con una erudita (cuanto breve) disertación sobre la importancia militar del Centi nela y los castigos que se aplican a quien descuida la vigilancia. Justamen te a la inversa, el Padre González de Rosende, Provincial de la Orden, dedide emular al autor a cualquier precio, y redacta una segunda aprobación con camafeos como los siguientes: Esta viña Católica se ha visto en todos 28 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO tiempos infestada de estos lobos sangrientos más que raposas astutas (alude, claro, a los judíos) ... todos son amarguras para el católico los ultrajes del judío... la quarta y última vigilia corresponde a nuestro siglo en que esta nueva centinela avía de dar a conocer los estragos lastimosos que ha hecho y haze... la perfidia judáica, y para culminar un alarde como éste: los que más declarada mente contradicen a la verdad son los judíos y los que resisten son los que se exponene a mayor riesgo; pero el miedo no ha de arredrar la enseñanza. En fin nuestro Alcalde Mayor decide dedicar una semiepístola al franciscano descalzo (que tal es nuestro autor), tal vez para, trás reflexión, “mejorar” la tibieza de su aprobación anterior; en ella da suelta a su facundia y apare cen: los judíos como Generación adúltera es la Hebrea, por tal fue repudiada la antigua Esposa Sinagoga; el autor, como cargado de decente razón para prorrumpir en abomináciones de tan inicuo linage y la obra como el Agua sa grada que necesitan los hebráicos incendios29. Su inclusión en este florilegio pretende recordar que una parte del in trincado laberinto de la consolación serpentea por la satisfacción equívoca de jugar con el trinomio miedo-victoria-venganza; el desarrollo de esta tríada nos llevaría demasiado lejos, de modo que matizaré, únicamente, dos características peculiaridades del fenómeno: la primera que, en reali dad, se trata de un “juego” con tigres de papel, en los que, morbosamente, se sitúa un “miedo concreto” cuya derrota ya está “pactada” previamente y que, con bastante probabilidad, va a soportar, sobre sus espaldas, la “ven ganza” sobre los miedos y las frustaciones profundas más sólidas y reales; la segunda que mientras más “fuertes” y espantables sean presentados los sujetos del amedrentamiento, más fuerte será el sentimiento de satisfac ción y reafirmación, cuando se presenten vencidos. Otros motivos más gro seros de satisfacción son, por ahora, prescindibles. Unas breves muestras del lenguaje y contenido, creo que avalarán lo dicho. Primero no está de más una coartada nada menos que divina: Y así los castigó su Majestad a ellos, arrojándolos como pelotas por todo el mundo y poniéndolos como quartos de malhechores, desquartizados, en unas y otras par tes, para que todos vean el castigo de sus maldades y la verdad de nuestra Santa Fe. Si tal es el trato de “su Majestad”, no hay más que aproximarse al mo delo, en la medida de las pobres fuerzas humanas: ‘En España, ¿que perse cuciones no han tenido?, donde ha quedado su nombre tan infame y sangre tan vil y aborrecida que por lexos que venga esta raza, mancha mucho. Tanto que no importan las generaciones y ya se insiste específicamente: Dirán algunos (judíos) yo no soy como mis padres, ni como mis antepassados; pero yo tengo por cierto y aún certíssimo, entre esta gente... que son los hijos como sus padres. Al 29. Centinela..., op. cit. Todas las citas corresponden a las censuras y aprobaciones previas que no tienen paginación. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 29 fin y al cabo ya está avisado por autoridad papal (cita a Inocencio III) que todos se guarden de ellos porque son traydores y dice suelen dar el pago aún a sus mayores amigos y a los que más se fían de ellos... como el ratón en la alforja, la culebra en el regazo y el fuego en el seno30. Perfilado un retrato tan cabal, puntilloso y razonable, qué menos que contar algunas de las ejemplares anécdotas que ciertísimamente, protagoni zaron: ... Y porque en Francia el rey Felipe II tuvo también noticia de los gran des insultos que los judíos que vivían en su reyno cometían, crucificando en los días de su Pasqua niños inocentes, que para esto hurtaban, sirviéndose indecen temente de los Vasos Sagrados, que les empeñaban, y de christianos que persua dían a sus mismas culpas, cometiendo tantas y tales usuras que vinieron a serseñores... entró personalmente (el Rey) en la Judería de París y por sus propias manos mató gran número de ellos...31. Claro que no sólo los reyes tienen pri vilegios de “vengar” los miedos; con algo de suerte cualquiera, de a pie, go zará del privilegio: ... uno de estos (clérigos) dixo missa en cierta iglesia donde una judía portuguesa, a fin de hacerle desacato a Christo... en la hostia consagrada, comulgó, la qual sacando de la boca la partícula del Santísimo Sacramen to la metió en la manga no tan a salvo que no fuese vista de un mozo francés que ayudaba a missa; el qual dando luego la noticia... salieron tras la vieja judía y alcanzándola... y sin aver cosa que lo pudiese impedir; la llevaron a una plaza donde con barriles de alquitrán la quemaron viva y luego, juntos todos aclama ron la voz de Dios y la honra de su santa religión32. Espero que en tan breves muestras se perciba el juego miedo-victoria al que me referí más arriba y la peculiar sensación de pertenecer al bando de los victoriosos... ¡y además estar en la verdad! 4. Sitiados por el terror: el P. Nieremberg No de todos los juegos del miedo se puede salir tan de rositas como en el libro de Torrejocillo. Hacerlo con este Crisol de desengaños, con la memo ria de la etenidad, postrimerías humanas y principales misteryos divinos, reque ría mucho más valor y firmeza. El P. Juan Eusebio Nieremberg era un tra tadista sólido y un experto en anonadar almas; para colmo escribía bas tante bien y por extenso. De los cinco “libros” de que se compone este tra tado, cuatro se dedican mayoritariamente a hacer temblar de diversas ma neras y, además, son los cuatro primeros (sobre el tiempo y la eternidad, sobre la muerte y el fin del tiempo, sobre la miseria de la vida temporal y 30. Centinela..., op. cit., pp. 10-11. 31. Centinela..., op. cit., p. 29. 32. Centinela..., op. cit., p. 31. 30 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO sobre cielo e infierno), de manera que cuando el lector alcanza el libro quinto, allá por la página 370, donde podría remansarse en algún sosiego (siempre ascético pero no terrorífico) puede decirse que ha agotado su ca pacidad de resistencia si no ha muerto en el empeño. Ya desde el principio, en una cadena retórica de evidentes reminiscen cias de S. Juan Crisóstomo, se puede el lector ir entonando: Pero aún esta curiosidad nos falta a nosotros que no preguntamos qué son las riquezas por las cuales passan los mortales tantos peligros de muerte? Qué son las honrras por las quales se rompen los corazones humanos de embidia y am bición? Qué son los deleytes por los quales se estraga tanto la salud y viene a perderse la vida? Qué son los bienes de la tierra que sólo se pueden gozar en la peregrinación que hacemos en el destierro de esta vida y han de desaparecer a la entrada de la otra?...33. Dos páginas, adelante, se matiza algo más, para los obtusos: Esta es la condición de los bienes de este mundo, que tienen resplandor y apariencia: pero son más frágiles que el vidrio, son menguados, son variables e inconstantes, con mil mudanzas que tienen; son corruptibles, caducos y mortales y sólo por el res plandor que muestran al sentido los buscamos como eternos y grandes34. Con todo y como la mayoría de lectores podrían considerar que bienes de este mundo no era precisamente lo que ellos poseían, aún podrían prometérse las muy felices. Poco les durará, que, de inmediato, se adentra en la medi tación de la eternidad: En esta eternidad, pues, pensaba el Profeta de día y ésta meditaba de noche; ésta le forzaba a dar voces al cielo, ésta le hacía clamar a Dios, ésta le enmude cía y quitaba el habla con los hombres, ésta le pasmaba y hacía con su consi deración saltar los pulsos; ésta le atemorizaba, ésta le ponía acíbar en los gus tos de esta vida y daba a conocer la pequeñez de todo lo temporal; ésta le hacía entrar dentro de sí y examinar su conciencia; ésta, finalmente, le reduxo a hacer una milagrosa mudanza de su vida35. Amenazadora como un tornado, esta eternidad se ofrece, todavía, con un nivel de abstracción relativamente cómodo; habrá, pues, que irla con cretando. Después de una bellísima y notoria reflexión sobre la Amatista como memoria de la eternidad (Amethysto escribe él) comienza a ofrecer ya 33. NIEREMBERG, R. P. Eusebio: De la diferencia entre lo temporal y eterno; crisol de de sengaños, con la memoria de la eternidad, postrimerías humanas y principales misterios divinos, Barcelona, 1766, p. 2. 34. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., p. 4. 35. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., p. 6. esas visiones angustiosas que, seguramente, colaboraron a hacer de esta obra un clásico del género: ¿Cómo podría dormir a quien sólo sirviese de puente entre dos altísimos peñas cos un estrecho madero de medio pie de ancho, corriendo mientras passaban vientos fortissimos y viendo que se caía de un horrendo despeñadero? No es menor el peligro de esta vida; porque el camino para passar al cielo estrechíssimo; los vientos de tentaciones, vehementíssimos; los riesgos de ocasiones frequentíssimos; los daños de los males exemplos, grandíssimos; los engaños de los ruines consejeros muchíssimos36. Pero al fin, esta cuidada estilística no es más que el introito. En aras de la brevedad daremos un buen salto para alcanzar baterías de mayor cali bre. Unas pinceladas sobre el juicio final ayudarán: Al punto embestirá en los miserables el fuego de aquel incendio del mundo y la tierra se abrirá y el infierno ensanchará su garganta para sepultarlos eterna mente en su abysmo... y todos los que no estaban escritos en el libro de la vida fueron echados en el estanque de el fuego y piedra azufre, donde serán ator mentados de día, de noche por todos los siglos de los siglos... y ésta es la muerte segunda, amarga y eterna que comprehende almas y cuerpos37. O estos otros sobre la muerte en particular: Si supieses que un tiro de artillería querían dispararte y que no podrías huir el golpe, no sabrías que hacerte; pues qué si te dixesen ya está disparado? Murie ras con sólo el susto. Pues sábete que mucho más precipitada y ligeramente se ha disparado contra tí el tiro de la muerte y que no hay quarto de hora que no corra por alcanzarte más de diez millones de leguas; y no sabes de donde partió ni a dónde está ya; porque aunque estuviera muy lexos de tí, ella corre con tanta prissa que no puede dexar de dar contigo muy presto; pero no sabes de quan lexos partió, debes, por momentos, estarla esperado, pues por momentos viene38. Y, en definitiva, llegar no es lo peor; lo peor viene después, esa segunda muerte amarga no es sólo amarga: qué tormento fuera si viéramos echar a uno esposas y grillos de fuego de manera que los hierros de las esposas y grillos estu viesen encendidos como un asqua? Quién pudiera sufrir tal género de prisiones? Pues esta prisión tan rigurosa y mucho más hay en el infierno. Estos cuerpos íg neos que han de servir de prisiones y cepos a los condenados, dicen graves docto36. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., pp. 12-13. 37. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., p. 166. 38. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., p. 53. EL TEXTO DEVOTO EN EL ANTIGUO REGIMEN 31 32 LEON CARLOS ALVAREZ SANTALO res, que han de tener formas terribles y proporcionadas a sus pecados y que pon gan asombro con sólo verlas39. No tendría sentido seguir llenando papel con las minuciosas y morosas descripciones de los tormentos, sentido por sentido, acumulando “exempla” de santos y sus visiones (con lo que, de paso, se refuerza la vertiente de naturalizar lo maravilloso, demonios inclusive) de modo que nos despedi remos de nuestro jesuíta con dos últimos cortes de este tipo de “exempla”, de los cientos que se incorporan al texto: Estando otro religioso para morir vió los demonios tan feos, tan abominables, tan espantosos, que, como fuera de sí, con horrible vista, comenzó a dar voces descompassadas diciendo: Maldita sea la hora en que entré religioso... no os maravilléis de mi turbación porque vi dos demonios de tan abominable vista que si encendiese aquí un fuego de piedra azufre y metal derretido tan fuerte que huviera de durar desde ahora hasta la fin del mundo, escogiera antes pasar por él que volver a verlos. Pues si dos de ellos causaron tal assombro y horror, qué hará la vista de tantas legiones o compañías de ellos, unos más feos que otros, todos encarnizados en su tormento? Cerraremos con una “panorámica” infernal de Sta. Liduvina que sirva para simbolizar el diseño mayoritario del libro de Nieremberg: También Santa Liduvina oyó en el Infierno, en medio de grandes llantos y ge midos, mucho ruido de golpes y martilladas con que eran atormentados crudelísimamente los condenados; significándose en estos azotes y golpes de martillo la violencia con que cargan sobre los miserables condenados todo género de penas de las quales estarán hechos esclavos... Pero quién podrá decir quántos sean estos tormentos y quan grandes, pues todas sus potencias y sentidos y alma y cuerpo los han de padecer violentísimos y cada miembro estará con mayor dolor que si se arrancara del cuerpo... qué será cuando no hay parte ni artejo (articulación) ni punto de su cuerpo que no le duela intensísimamente, no sólo la cabeza o muelas pero también pecho, costado, hombros, espaldas, corazón, manos, hijada, muslos, rodillas, pies, nervios, venas y todas las entrañas hasta los mismísimos huesos?40. 5. Sermones y política: los ladridos del P. Posadas, perro de la Iglesia Vamos a cerrar esta pobre y escuálida muestra de la variada gama de la “consolación”, enmarañada en la literatura devocional, con una, no muy 39. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., p. 323. 40. Diferencias entre lo temporal..., op. cit., pp. 328-329. EL TEXTO DEVOTQ EN EL ANTIGUO REGIMEN 33 común, colección de sermones editados. Lo poco común no es el género (que, por el contrario, disfrutó de ediciones sin cuento) sino el hecho, hasta cierto punto “morboso”, de que se diesen al público una colección de Ser mones de Cuaresma, predicados a puerta cerrada, en las salas capitulares del Ayuntamiento de Córdoba, a los munícipes solos y por expresa invitación que ellos hicieron a un predicador de tronío como el P. Posadas. Siendo el tiempo de Cuaresma de penitencia y definiéndose el predicador como uno de los perros que tiene esta ciudad para que ladre evangélico, no pocos lectores estarían dispuestos a pagar por conocer los colmillazos del benemérito predicador a sus ediles; pocos repararían en que la edición (1696) fue cos teada por los propios señores Diputados. Aún así, nuestro P. Francisco es timó útil dar alguna explicación en un prólogo al lector: Fuera de que no es nuevo en el mundo que se escriva lo que se advierte en la Sala de un govierno. Lo que se escrive permanece... lo que se dice passa; porque el ayre que lo lleva de los oydos, lo arrebata de los ojos, y así ha sacado más discípulos el ver que el oir. Es la imprenta como una luz que manifiesta a los ojos lo que oyeron los oydos... Estámpandose (oh lector mío) estos ladridos para la Sala de un govierno, danse a la luz para que cada uno de los Capitulares vea en su Casa lo que oyó entre las paredes del Cabildo 41. Algo convendrá decir de las censuras y aprobaciones que acompaña ban el librito. En la censura, Fr. Gaspar de Santaella, O.P., predicador de su Majestad y precisamente el maestro de nuestro P. Posadas, moteja al discípulo (y con él a toda la orden) de perro de la Iglesia por su profession... pues desde los primeros años ha procurado hacer presa en su doctrina, no sólo en los hombres domésticos de los poblados sino en los montaraces de los Desier tos. Se limita pues a seguir el juego de ingenio de Domini Canis y los ladri dos, concluyendo que en la lengua tiene el perro la medicina. Algo distinta (aunque igualmente laudatoria) podría parecer la Aprobación (también de otros dos dominicos) en la que se olfatea alguna mayor “prudencia” frente a la edición. Apoyándose en ella, se consideran en la obligación de pun tualizar que no se debe pedir infalible certitud al retórico moral, especialmente en lo tocante a la ciencia civil. Porque la variedad de Jueces, tiempos, lugares, causa de que lo que oy se reputa por acertado, después se juzga por no conve niente. Teniendo en cuenta la materia de los sermones más parece una peti ción de excusas a los señores ediles que otra cosa. Sobre todo cuando, al final, se insiste en que no sólo es preciso que el Superior sepa mandar, menes ter es que sepa el súbdito obedecer... Doctrinas encierra este libro, que a un tiem 41. POSADAS, FR., Francisco de: Ladridos evangélicos de el Perro, dados a la nobilísima ciudad de Córdoba..., Córdoba, 1696; la cita en el prólogo al lector, del mismo autor, sin paginar.