scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Los toldos

Glezos, Petros

Full text

PETROS GLEZOS LOS TOLDOS PETROS GLEZOS Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas LOS TOLDOS Traducción de José Ruiz Luque Biblioteca de Autores Griegos Contemporáneos Director de Serie: Moschos Morfakidis Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra preceptiva autorización. © Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas C/Gran Vía, nº 9-2ºA, 18001, Granada/ Fax: 958-220874 Maquetación y diseño: Jorge Lemus Pérez ISBN: 978-84-95905-66-6 DATOS DE PUBLICACIÓN Autor: Petros Glezos Traducción: José Ruiz Luque Nº en la serie: 7 pp.: 72 1. Literatura neogriega. 2. Relatos 7 Familia Μi madre era cosmopolita. Sirvienta años y años en casas señoriales de Constantinopla, Alejandría y Atenas. En nuestro pueblo —se había marchado de él siendo casi una chiquilla— hablaban con admira ción de sus viajes, de sus riquezas y de su hermosu ra. De tiempo en tiempo, después de años de ausen cia, se presentaba de repente, sin esperarla nadie, para pasar unos días junto a su anciana madre. Todo el pueblo se ponía de pie con su venida. En el puerto de la capital de la isla, los barqueros que conocían su generosidad se mataban por ver quién sacaba del barco sus muchos baúles, y los arrieros, por ver quién era el primero en recibir el encargo de trans portarlos. Repartía dinero entre todos y a todos dejaba contentos; invitaba a comer a los del pueblo que por casualidad se hallaban aquel día en la ca pital para sus asuntos, y por la tarde, cuando los mulos partían para el pueblo, la acompañaba una comitiva de paisanos. Muchos de éstos habían re trasado su marcha, pudiendo irse antes, para gozar, en el largo camino, de su compañía. Caminaban al rededor de su mulo, charlando con ella y respirando jadeantes por la cuesta. Para todos tenía una pala bra buena, una broma, un consuelo. Llegaban al pueblo al anochecer. Mi madre subía por la solitaria calle de Krinió. Cuando los mulos, cargados con los baúles, cruzaban por la plaza, los campesinos allí reunidos se preguntaban qué rico forastero habría llegado. Y la noticia de su venida se esparcía por las casas vecinas, por los arrabales, por los campos. Su anciana madre era siempre la última en enterarse. Entonces corría renqueando hasta la esquina de su calleja y, con sollozos y con gritos Petros Glezos 8 de júbilo, trataba de llegar hasta lo alto de la silla del mulo para abrazarla. — ..Oh hija mía, hija mía! ...Oh hija mía, hija mía!... decía y volvía a decir corriendo renqueando arriba y abajo por la casa, como si quisiera hacer mil cosas, no haciendo ninguna. Por sus puertas abiertas de par en par, la curiosa vecindad se precipitaba a empellones en la casa; los niños se encaramaban en las blancas escalinatas de mármol y en las azoteas. Su prima Katerina, que ayudaba a la vieja en estas horas difíciles, abría vivamente las alacenas y convidaba con lukumis de Sira, que las vecinas le arrebataban ávidamente, cogiéndolos a puñados, y se los escondían debajo de sus largos delantales. El último en venir era siempre su tío, el maestro. Se encontraba en el momento más crítico de su juego de cartas cuando se enteraba de la noticia. Jugaba algún dinero con la esperanza de ganar la partida, pero viendo que se tardaba, se po nía nervioso y, dejando a sus compañeros, tomaba la cuesta. Cada vez que esto ocurría, apenas entraba en la casa, antes de pronunciar palabra, decía siempre un pareado, un pareado tonto, siempre el mismo: Mi buena sobrina, a quien le va la rapiña... Hasta muy avanzada la noche, no se quedaba sola mi madre con la vieja. Y por largo tiempo ha blaban, hablaban dulcemente. La anciana la escu chaba con atención y admiración; mirando los baú les aún cerrados, calculaba las nuevas riquezas que entraban en su casa, y, cuando mi madre, cansada, se iba a dormir y la vieja le arreglaba las mantas por detrás en los hombros, en el último instante, antes de retirarse, le decía: — Para este año, hija, ya va estando bien que for mes un hogar... Para que también yo, la pobre, goce de tí... Y pueda abrazar a un nietecillo... Siempre quería añadir algo más. Pero se echaba a llorar. Mi madre se enojaba con estas lágrimas in tempestivas y la 9 Los toldos vieja, renqueando, iba a la cómoda, apagaba la lámpara con cuidado para que no se tiz nara el cristal, y con la luz vacilante del candil ba jaba a la planta baja a acostarse. Un rato después aún subía su débil voz por la escotilla levantada: — ¡Buenas noches, hija mía!... ¡Buenas noches!... Tras prepararse todos los días de la semana, el domingo tenía lugar en la iglesia la aparición en público de mi madre. Al tercer toque de campanas, salía de casa. Vestía su falda más fina y todas sus alhajas, y lucía un peinado tan perfecto que ni un solo pelo de su cabellera había escapado del aderezo de su tocado. Las jóvenes vecinas que la acompaña ban, enfundadas en sus amplios vestidos, perdían ante ella toda su hermosura. Era tan apabullante toda comparación con ella, que la hija del médico —primera entre las primeras— aquel domingo no iba a misa. — Hoy, ya sabes, van las forasteras. No queda si tio para nosotras... decía a sus amigas. Un murmullo, como un susurro de hojas movi das por repentino vientecillo, se oía mientras cogía la vela en la mesilla, la encendía en el candelabro, hacía una reverencia y se acomodaba en el asiento, que siempre le cedía alguna viejecita. Cuando el sacristán pasaba emocionado la ban deja, emocionado, porque sabía la suerte que le esperaba aquel día a la iglesia, se detenía delante de ella respetuosamente. Y ella echaba una esterlina de oro macizo, que entre las perras chicas y las perras gordas, parecía una luna llena junto a pequeñas y tí midas estrellas. Los fieles contemplaban con admi ración la esterlina que relucía y bendecían la mano blanca y regordeta de quien la ofrecía. Las autoridades del pueblo esperaban, en el atrio de la iglesia, para saludarla. Sus amigas, las vecinas de los barrios lejanos, los mozos, que estaban toda la semana en los campos. Cuando subía la cuesta de su casa, iba lleno de orgullo y de felicidad. Y se daba por bien pagada de todas las humillaciones, de todos los sufrimientos por que pasa una sirvienta en las casas de Constantinopla, Alejandría y Atenas, por más señoriales que sean. Petros Glezos 16 el aire, como animales que, diríase, tratan de barruntar el cambio de tiempo. Las mujeres se tapan los oídos, acurrucadas bajo las chimeneas y, en las noches largas, interminables, ha cen punto, hacen punto sin cesar. Los niños, no pudiendo estar por las calles, se ponen gruñones, se pegan entre sí, se apalean por motivos insignifican tes. Todo el ritmo de la vida de estos esclavos del viento cambia, se torna nervioso, irregular. Y cuan do uno los siente sufrir así, se afana por saber de qué playa al abrigo del viento subieron hasta aquel monte salvaje, que no puedan ya, siglos después, aclimatarse a él. Yo lloraba desde la mañana a la noche atormen tando a mi madre. Mi hermano, que ya se mantenía bien de pie, creyendo que yo tenía frío, como él, co gía palos encendidos del fuego y los ponía debajo de mi cuna colgante, para calentarme. He obligado muchas veces a mi tía a que me contara esta tierna escena. Entonces me parecía que una luz alegre lle naba nuestra casa sombría y a mí me entraban ga nas de correr a abrazar a mi hermano. Pero sentía una frialdad, una congoja, cuando a poco veía su mirada dura, escrutadora, aquella señal, de su me jilla, igual que la de mi padre... A mi hermano no le entraban las letras. Terminó la Primaria, gracias a los ruegos que mi madre hacía en secreto a los maestros, y a los regalitos a sus mu jeres. Su deseo era que estudiara. Ella no lo amaba, pero quería satisfacer en su persona las ambiciones de su juventud. Cuando llegó el tiempo de apuntarse en el Gimnasio, mi hermano dijo que nones. — ¡Me iré a trabajar en la finca de Aficlís! cortó en seco con la determinación de un hombre. Por primera vez, vi a mi padre emocionarse. Miró las manos infantiles, pequeñas e inexpertas y, queriendo ahogar aquella emoción, tan impropia de él, lo echó a broma: — ¡Si te apunta tu madre!... dijo, y se echó a reír. Poco después, el adusto hombre maduro y su hijo trabajaban juntos, silenciosos, en sus fincas. Cuando se les veía 17 Los toldos en los días de mucha faena ayudándose el uno al otro, completándose el uno al otro, diría se que eran un solo cuerpo, que se había separado en dos, para trabajar mucho más. A veces también yo me iba con ellos. Pero si en algún caso, mi padre tenía que pedirme ayuda, yo nunca llegaba a tiempo de dársela. Y mi hermano, antes de que se lo dijera, como si adivinara su pen samiento, ya había empezado a hacerlo. Cuando el uno tiraba al aire una herramienta al otro, o una piedra o una fruta, siempre las cogían al vuelo. Y de noche, si ocurría hallarse con un poco de humor el viejo —así lo llamaba mi hermano—, y hacía pro yectos conversando, sobre los trabajos que tenía que hacer, miraba sólo a mi hermano, como si fuera el único con el que pudiera entenderse. Mi madre y yo éramos dos extraños para ellos. Pero nuestro apartamiento de los otros no era su ficiente para acercarnos el uno al otro... Yo no me parecía a mi padre, pero tampoco tenía nada en común con mi madre. Yo era un distraído, un extraño entre extraños. Desde que acabé la Pri maria, sentí el deseo de huir. Y recibí con alegría la decisión de mis padres, de hacerme estudiar. Dado que me iría del pueblo —tenía que ir al Gimnasio de la Capital—, prefirieron enviarme a Sira, a casa de la hermana de mi padre, cuyo marido trabajaba allí en los almacenes de esmeril. Me marché del pueblo a los doce años, sin ningu na emoción. Fuera de la costumbre de vivir con mis padres y mi hermano, nada noté que me uniera a ellos. Experimenté una loca alegría, cuando al dejar atrás las cumbres de nuestro monte, divisé el mar azul. Todavía hoy, después de tantos años, cuando reflexiono, cómo puede ser tan indiferente el alma de un niño, siento que la vergüenza, que la pena se apodera de mí. Terminé el Gimnasio con privaciones. En verano, me iba al pueblo para ahorrarme gastos. Mi madre, envejecida ya, se había vuelto estoica, decidida a aguantar pacientemen- Petros Glezos 18 te el dominio de los dos hombres, que la gobernaban. Mi padre aparecía siempre taciturno, tenaz trabajador de sus tierras, indiferen te a cuanto no se relacionaba con ellas. Mi hermano proyectaba poco a poco su personalidad sobre nues tra sombría casita; se adivinaba que esta nueva fuer za sometería dentro de poco la entereza de mi padre. Y éste no se sublevaba ante aquel futuro someti miento. El año que terminé el Gimnasio, mi padre quiso dar sus fincas a mi hermano. Este se opuso. — ¡A Pedro hay que darle su parte!, dijo por mí, y no se discutió más. Yo me fui a Atenas; allí sufrí, pasé hambre, lu ché. Nunca les escribí una palabra de mis sufrimientos. Poco a poco me olvidaron y yo les olvidé. Sólo cuando acabé los estudios de la Facultad y recibí una beca para Europa, escribí a mi padre. Me contestó mi hermano anunciándome que se casaba por aquellos días. Un paisano me dijo que se casaba por amor. La noticia me hizo por primera vez sentir nostalgia por mi casa paterna. Me pareció que de pronto se habría ahora vuelto luminosa, feliz, blanca, que mi hermano habría abierto la ventana de que estaba necesitado el oscuro dormitorio... Entonces me puse a trabajar un pequeño grupo escultórico. Cuando modelaba el barro, me parecía que estaba moldeando tibias manos humanas. En un pequeño pedestal de mármol blanco, uní dos ma nos de bronce. Dos manos fuertemente enlazadas. Una, recia, varonil; la otra, delicada, de mujer. Con seguridad, con fuerza, la mano varonil cubría la manecita regordeta. Con letras de oro grabé en el pe destal el nombre de mi hermano y de su mujer con la fecha de la boda, y se lo envié. Cuando, pasados los años, volví al pueblo, no vi mi pequeño regalo en su aparador, entre sus adornos. Dos feos jarritos, una serpiente de esas que venden los chinos por las calles y una gran caracola adornaban el mueble... Pasaron los años. Una o dos veces que fui al pue blo, mi hermano me acogió con frías maneras. El día que fuimos 19 Los toldos solos a la finca grande, mi padre me pi dió noticias sobre mi arte. Pese a todas mis explica ciones, a él no le cabía en la cabeza qué podía ser un escultor, ni qué utilidad podía tener un busto sin vida. Seguía creyendo, a pesar de todas mis razones, que había sido cosa perdida su dinero gastado en mí y mis trabajos, y quizás se avergonzara de que yo vivía a costa de la sociedad, sin ofrecerle nada a ella. La penúltima vez que fui, llevaba la decisión de hacer un busto de mi madre. Quería dar una alegría a aquella mujer ambiciosa cuyas pequeñas preten siones se habían deshojado, como flores de otoño. Pero la encontré en cama. Padecía del corazón y de los riñones. Intenté convencerla para que se viniera conmigo a Atenas a curarse. No aceptó. Cuando me telegrafiaron que estaba en las últi mas, corrí de nuevo al pueblo. No alcancé a verla viva. Al tiempo que yo llegaba, las campanas dobla ban por su muerte. Los campesinos salían a las puer tas, inquietos, y preguntaban quién había muerto. De las fincas cercanas, adonde había llegado el fú nebre tañido, llegaba jadeante un niño que venía a enterarse quién era el muerto y volverse para decírselo a los trabajadores que estaban intranquilos de que le hubiera ocurrido una desgracia a alguno de los suyos. La tenían en la sala grande. A su alrededor, las parientas y vecinas que lloraban en silencio. De tiem po en tiempo, alguna tía o alguna prima turbaban la calma con un amargo lamento. Entonces todas se volvían a mirar a mi madre y lloraban por corto es pacio con más fuerza. En la parte baja de la casa, los hombres fumaban y charlaban en voz baja. Mi padre vestía una ancha camisa negra y guardaba silencio sentado en un rincón. Mi hermano entraba y salía, encargado de los preparativos de aquel último viaje de mi madre. Me besaron los dos. Las mujeres, al enterarse de que yo había venido, empezaron a llorar y a plañir ruidosamente. A mí se me saltaron las lágrimas. Petros Glezos 20 Me marché a los tres días. Antes de irme, pedí a mi hermano que aceptara mi parte de la herencia de mi madre, y bajamos a la Capital el día de mi partida para que el notario hiciera la escritura. Comprendí que por primera vez mi padre estimó una acción mía. Temblaba ante la idea de que la tierra que él labró, que él resucitó, podía ir a parar a manos ajenas. Quería que su nombre viviera unido a ella. Y sabía que viviría sólo en la familia de mi hermano. ¿Qué suponía el que mi nombre apareciera impreso en la Gran Enciclopedia Griega con aduladoras palabras? ¿Qué significaba el que lo leyeran los numerosos pa seantes de los parques, en el pedestal de bellas estatuas, al menos, así lo dicen? Para mi padre era ésta una gloria muy barata, muy efímera... Cuando el vapor salió del pequeño puerto a alta mar, yo permanecí en la proa hasta que se perdieron de vista las altas cumbres tras las que se ocultaba el pequeño pueblo en que nací. Adivinaba su situación. Busqué la calleja de nuestra casa. A esta hora, los dos hombres que en ella vivían conversarían trazan do planes para el porvenir, como si por primera vez se vieran liberados del yugo de unos crueles amos... Si puedo alguna vez, esculpiré un grupo. Hace años me da vueltas en la cabeza. No ha cristalizado todavía en una forma definitiva. Es más bien un proyecto, una línea que se dibuja y que se borra. Pero un día se hará. De momento me lo figuro así: Cuatro personas de pie, erectos. Tres hombres y una mujer. Todos están cogidos de la mano. Pero en un contacto frío, obligado, como soldados, desconocidos entre sí, a los que se les ha ordenado que se cogie ran de la mano. Sus cabezas miran por igual hacia adelante, ligeramente inclinadas, pero miran como si cada una estuviera fija en un punto diferente. Los cuerpos parece que van a huir, a huir, a separarse... El leve contacto de sus manos no es impedimento. Estas cuatro personas, que están cogidas, están solas, completamente solas cada una. 21 Los toldos Así me figuro yo este grupo escultórico que de nominaré «Familia». Es, seguramente, muy difícil... Mas tengo mucho deseo de hacerlo, y alguna vez lo haré... 1936 23 Primera noticia Tendría yo unos trece años, cuando entré a traba jar en el laboratorio de la farmacia de «Katsís y Yeoryíu». Por recomendación del hermano del señor Katsís me tomaron en el laboratorio como «chico». Mi trabajo consistía en pasarme todo el día dando vueltas con una lista en la mano buscando en otros laboratorios algunas especialidades que nos encarga ban nuestros clientes de provincias y que nosotros no teníamos, en llevar pequeños paquetes al correo, en ir a traer el café, en llegarme alguna vez a la casa del señor Katsis o de Yeoryíu, con algún encargo, un canasto de fruta o algún pavo que les enviaban del pueblo. Pero por la tarde, cuando terminaba el tra bajo en el laboratorio, yo no daba de mano. Bajaba a la farmacia y ayudaba al mancebo, el señor Jaralambo. A mí me gustaba más este trabajo de la tarde. Era tranquilo, limpio, no tenía fatigosas caminatas por las calles, no tenía cargas pesadas. Aquí, en la farmacia, se estaba caliente en invierno y fresco en verano; olían muy bien los objetos de la «sección de artículos de belleza», y alguna vez nos bebíamos a escondidas un vasito de vino tinto dulce, quinado, de Samos. Mientras que arriba, en el laboratorio, había muchas corrientes de aire, hacía frío, las damajua nas de amoníaco despedían un olor acre que nos hacía llorar, escocían y olían mal las damajuanas de ácido fénico. Abajo, en la farmacia, había vida, movimiento; entraba y salía gente. A la caída de la tarde se reunían en ella los amigos de los dueños. Los más asiduos eran el señor Focás, el médico Arcondaris, el médico señor Diikitópulos y varios más. Era también asiduo contertulio el farmacéutico en cuyo nombre funcio naba la farmacia, porque ni el señor Katsís ni Yeor yíu eran farmacéuticos titulados. Acudía a Petros Glezos 24 la rebotica, pero se mostraba indiferente en lo tocante a la farmacia. Su único contacto con ella era que alguna vez destapaba los frascos de cristal llenos de carame los para la tos o los blancos malvaviscos azucarados y se echaba uno o dos a la boca disparándolos desde cierta distancia, como si jugara al blanco. Después se iba, indiferente, despreocupado. Solamente al final de mes se detenía un poquito más esperando cobrar lo estipulado por prestar su título. A veces también venían señoras a la farmacia. La señora de Katsís, muy bonita, alta, rubia y lozana, y la señora Yeoryíu, delgada y algo morena, que pa recía una chiquilla al lado de su corpulento marido. Su visita parecía constituir un acontecimiento impor tante. Todos se levantaban para ofrecerles un asien to; especialmente el médico el señor Arcondaris lle gaba hasta a besarles la mano. Y las señoras que daban tan ufanas con este pequeño honor de que disfrutaban en nuestra farmacia, situada un poco más abajo de la Plaza Omonia, rodeada de cafés llenos de gente de pueblo. La única persona que permanecía ajena a estas reuniones sociales de la farmacia, era la cajera, Tula. Sentada en su alta y pequeña caja con verjas de ma dera alrededor, aguardaba que se acordaran de ella alguna vez y le dieran las buenas tardes, para ella devolverlas fríamente y volverse de nuevo a «hacer caja» o a leer su revista. Pero en verdad nadie le daba importancia a esta su frialdad. La pobrecilla Tula era una persona insignificante, tan insignifi cante, digamos, como yo. Era una chica a la que no se le podía llamar bonita, pero a la que tampoco se le podía llamar fea. Parecía muy maltratada por la vida, estaba flaca; diríase que de haber alguien que la cuidara un poco, que la alimentara, que la vistiera bien, que le diera ánimos, como se dice, poco a poco podía descubrirse en ella cierta hermosura oculta, hacerle florecer su marchita juventud. Pero vaya usted a ver quién iba a preocuparse de ella, fijarse en ella. A los hombres Ies gustan las cosas a punto; ¿quién iba a tener tiempo para pen sar en las posibilidades de Tula? 25 Los toldos Solamente el señor Jaralambo, el mancebo, se acordaba de ella alguna vez, pero era para fastidiar la, para asustar a la pobrecilla con un miembro viril de goma que el señor Katsís había traído de París, no sé para qué, y que se lo había dado al señor Jaralambo, como al más viejo de todos, para que lo guar dara. Pasó mucho tiempo antes de que yo viera con qué molestaba a Tula el señor Jaralambo. Yo sólo oía el asustado grito de vergüenza y de espanto que daba la muchacha, como los gritos que dan las mujeres cuando ven una culebra o un ratón. Y veía cómo al punto el señor Jaralambo metía aprisa algo en el cajón de la mesa del taller y cómo se reía con una risa maliciosa, sarcástica. Parecía, entonces, un viejo sátiro que, en vez de zamarra, vistiera la blusa blanca del mancebo. Se ve que hallaba gusto en fastidiar a la pobre Tula, o quizás daba así satisfacción a sus instintos eróticos, adormecidos ya. Claro que yo no podía saber de estas cosas, no sólo porque entonces no estaba todavía de moda Freud, sino también por que yo era aún muy pequeño. Sin embargo, yo me enfadaba mucho con el señor Jaralambo. Si bien es verdad que yo lo apreciaba y lo admiraba por su oficio, entonces sentía enojo con tra él. ¡Esto es cierto! Mas ¡con qué admiración lo seguía yo en la preparación de las recetas! Ponía la fórmula sobre el mármol, se agachaba un poco para estudiarla atentamente con las gafas pendientes de la nariz, a veces se impacientaba como si no estuvie ra conforme con las dosis que prescribía el médico. — ¿Pero qué ha puesto aquí este tonto? Después se encogía de hombros: allá el médico con su res ponsabilidad. «A mí ¿qué me importa?» debía pen sar. Bajaba uno a uno los diferentes componentes de la receta, pesaba las cantidades con aquellas pesas tan pequeñitas y tan graciosas, en la sensible ba lanza, protegida en su campana de cristal, luego ma chacaba bien la mezcla en el mortero, la agitaba en el frasco y ya estaba hecha la medicina. Si era lí quido, tapaba bien el bote probando con muchos corchos, después ataba alrededor de la boca un papelito haciendo con Petros Glezos 32 despertar de los instintos. Yo no entendía nada de esas cosas y un sentimiento de temor velaba hasta aquel primerísimo imperceptible pálpito del corazón que yo experimentaba cuan do me encontraba con Helenita, cuya hermosura y buen juicio eran famosos en todo mi barrio. Era una calurosa tarde de agosto, cuando, no me acuerdo porqué, tuve que bajar a la farmacia. El almacén comunicaba con la farmacia a través de una escalera de caracol interior, medio oscura, que aca baba en una puertecilla de cristales borrosos que daba al taller. Cuando la farmacia estaba abierta, el señor Jaralambo cerraba la puertecilla con un peque ño cerrojo, porque no quería que lo molestáramos subiendo y bajando. Entonces bajábamos a la farma cia por la escalera de la calle. Cuando la farmacia cerraba a mediodía, el que se hallaba abajo descorría el cerrojo de la puertecilla para que pudiéramos pa sar. Pero en verano, los días que dormía el señor Katsís, la puerta permanecía cerrada. Bajábamos, pues, despacio, probábamos más despacio aún haciendo gi rar el pequeño cerrojo, y cuando la puerta estaba ce rrada, comprendíamos que dormía el señor Katsís y nos volvíamos otra vez arriba sin hacer ruido para no despertarlo. Respetábamos su sueño, pues nos hala gaba esta sencillez suya de quedarse los mediodías en la farmacia con nosotros como un común empleadillo más. Así, pues, aquella tarde, yo bajé despacio y em pujé suavemente la puerta que estaba entornada, lo que significaba que el señor Katsís no estaba en el taller. Penetré, pues, resueltamente, silbando, en el taller medio oscuro. Mas cuál no sería mi sorpresa y mi turbación cuando mis ojos presenciaron la si guiente escena: El señor Katsís estaba sentado encima de la ca milla y tenía a Tula en sus rodillas. Con el brazo pa sado por el grácil talle de ésta, se inclinaba en aquel momento para besarla en el cuello y la muchacha pa recía recibir sin protestar, pero también con indife rencia, las efusiones amorosas del señor Katsís, todo encendido y entregado a su pasión. El lienzo de 33 Los toldos la cama se ahuecaba bajo el peso de los cuerpos y las maderas crujían un poco con un chirrido agudo y molesto. Yo que no sabía cómo queda transformado el aspecto del hombre al tiempo del amor, quedé aterra do cuando vi así a aquella persona tan formal y que ahora más se asemejaba a un animal que a un hom bre. Y me espantó más el cambio, por cuanto la pobre muchacha aparecía serena, sin tomar parte en esta exaltación. Diríase que una pequeña máscara de cansancio e indiferencia había cubierto su cara, casi lo mismo que cuando se veía atormentada por los dolores de cabeza. Pero mi repentina irrupción en el taller sacó a la muchacha de su indiferencia. Dio un pequeño grito, asustada, y pudorosa, se llevó aprisa las manos a la levantada falda para bajársela hasta por debajo de la rodilla, y se quedó mirándome en silencio con una expresión implorante de terror y de súplica que no olvidaré nunca. También el señor Katsís perdió el dominio de sí en el primer momento. Después parece que se sobre puso; recobró su grave talante y sin moverse, sin apartar de sobre sí a la muchacha, como si quisiera convencerme de que lo que yo estaba viendo era algo natural, algo lícito, me espetó las siguientes palabras: — ¿Qué buscas aquí, sinvergüenza? Yo recibí la injuria como un latigazo. Era la primeza vez que el señor Katsís me dirigía una dura palabra, la primera vez que me ofendía. Y esto, ¿cuándo? Justamente cuando de modo tan repentino se borraba en mí y caía hecho añicos todo el respeto que yo sentía por aquel hombre tan formal y tacitur no. Di unos pasos hacia atrás, salí precipitadamente, cerré con fuerza, pero despacio la puertecilla, y, a la tercera o cuarta escalera caí de rodillas y empecé a llorar en silencio, entre sollozos, procurando que no me oyeran arriba: — Dios mío, ¿por qué lo he visto?, ¿por qué lo he visto?... Por la tarde no bajé a la farmacia. Por primera vez desde que me puse a trabajar allí, no me moví del taller, no fui a Petros Glezos 34 hacer ningún recado al señor Jaralambo, no salí a la sala de la farmacia para, recos tado en un rincón, en las grandes vitrinas de nogal, seguir el movimiento de los clientes, de los médicos, de los amigos que vendrían como cada atardecer, a reunirse en la rebotica. Al día siguiente por la ma ñana, hacía ya bastante tiempo que nos habíamos presentado a nuestro regular trabajo y cuando em pezaba a calmarme un poco continuando mi tarea, me llamó el señor Jaralambo desde la puertecilla. Me pareció notar en su voz como un nudo, como un acento de timidez. Cuando bajé, vi que me esperaba, no como de costumbre, agachado, entretanto, sobre el ancho mármol con las recetas y los frascos de co lores, sino de pie, teniendo cerrada con la espalda la pequeña entrada de acceso del taller a la sala de far macia. Me dijo que, dado que había disminuido el trabajo en el laboratorio y, supuesto que los dueños pensaban ampliar mucho más la farmacia para lo que había que tomar un mancebo que supiera de re cetas, sintiéndolo mucho, el señor Yeoryíu y el señor Katsís —era la primera vez que oía decir primero el nombre de Yeoryíu— se veían obligados a despedir me. Me dijo que podía irme inmediatamente, en aquel instante, no importaba que tuviera cobrado un sueldo por anticipado, que me lo regalaban. De nuevo sentí acudir las lágrimas a mis ojos. Después me dio un arrebato de rabia, de cólera. Qui se ponerme a gritar, quise decirle al señor Jaralambo la verdadera razón de mi despido. Pero no hablé. Salí a la calle llorando nuevamente. Luego quedé sin trabajo por algún tiempo, lo que sentimos mucho en casa. Pasaron muchos años sin que yo olvidara la es cena de aquella tarde. Aquel mi primer encuentro doloroso con la pasión erótica de los hombres. Pero cuantas veces, las pocas veces que tuve ocasión de acercarme a un rostro de mujer, con angustia que apagaba en mí todo el gozo del amor, yo intentaba ver si acaso estaba impresa en él aquella 35 Los toldos máscara de indiferencia, de resignación, si aquella máscara se contraía con el dolor y la súplica que yo vi entonces grabadas en el rostro de la ya lejana Tula, desvaída y medio borrada de mi mente. En cuanto al señor Katsís, que aún vive, y que por casualidad veo algu na vez de lejos por la calle, como un viejecito encor vado, esquelético, no puedo llegar a creer cómo este gastado saquillo de huesos fue en un tiempo un hom bre enardecido por el fuego carnal. Y aunque al verlo experimento hacia él un sentimiento instintivo de repulsa, siento también a la vez un poco de tristeza, de lástima... 1957 37 Las Sombrillas Cada vez que toca pasar por las Sombrillas, me acuerdo, emocionado, de aquella, olvidada ya, inqui lina nuestra que se suicidó allí. ¿Conocéis las Sombrillas? Son un trozo de playa un poco más allá del Edén del Antiguo Falero, hacia Kalamaki. Un pedazo de costa, cortada a tajo, pro fundamente, como con un enorme cuchillo. Abajo, en lo hondo, el mar penetra por las lenguas de esta tie rra blanda, ronca sordamente en las pequeñas cue vas de tierra, que, sin ser de roca, son abruptas, si nuosas, y se parecen a gigantescas serpientes enros cadas, pues son lisas, relucientes, blandas. Ahora este peligroso trozo de la costa de Falero está cercado por una alambrada. El desprevenido paseante no tiene el peligro de hallarse de repente bajo la mar profunda. Y unos salientes labrados so bre la blanda escarpadura de la abrupta costa, y que servían a las parejitas a modo de asiento especial fueron también cercados. Sobre estos salientes de la tierra seca y pelada, los clubs playeros del Antiguo Falero pusieron cada uno una gran sombrilla de colores para el sol. Quizás por esto aquel sitio se llamó las Sombrillas. Todo aquel lugar es escarpado, salvaje, como una réplica chocante a la suave playa de encaje de Falero. Pa rece un trozo de Santorini. Y el mar muge siempre allá abajo en las suaves cuevas inaccesibles, invisi bles desde tierra, ya que la escarpadura es casi vertical. Pero oyendo su estruendo a uno se le antoja que el mar lucha por ir erosionando poco a poco las lenguas de tierra de la abrupta costa, por arrastrar la tierra a un nuevo corrimiento que dé más grata forma al paisaje. Aquí, pues, en las Sombrillas, se suicidó nuestra inquilina. ¿Cómo se llamaba? Ya no me acuerdo ni de su nombre de pila. Pasó Petros Glezos 38 como pa san los seres insignificantes por las grandes ciuda des, sin nombre ni apellido, números entre los millo nes de transeúntes. Una muchacha anónima. Puede que ya nadie exista, ni amigo ni pariente, que se acuerde de ella. Habrá muerto —murió— hasta el que fue culpable de su suicidio. Sin embargo, si no recuerdo el nombre de la mu chacha, recuerdo a veces su existencia, su breve pre sencia junto a nosotros, muy viva. Me acuerdo, como si fuera ayer, anteayer, ahora. Si tuviera que descri birla con dos palabras, tendría que decir que era la figura femenina más frágil y más noble que he co nocido hasta ahora en mi vida. Desde el día, que el hotelero de mediana edad —me lo estoy representando ahora— vino con ella y nos la presentó y alquilaron la habitación, a mi madre y a mí se nos hizo simpática la muchacha. A mi madre, como si fuera la hija de una antigua ami ga suya, a mí, como si fuera su primito. El cuarto que alquilaron estaba junto, contiguo al nuestro, sólo nos separaba una puerta. Para pasar a él, había que cruzar por nuestra habitación. Y así, un sentimiento de malestar, un sentimiento de terror ante el desconocido e indiscreto forastero nos hela ba la sangre cada vez que un nuevo inquilino de la habitación empezaba a cruzar por la nuestra. Era como si desnudaran de repente nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestros pensamientos para que los viera un nuevo forastero, un desconocido. La concha dulce, la concha cálida y secreta, que es para cada hombre su casa, indiferente que sea palacio o choza, concha secreta donde se puede recluir protegido de la curiosidad de los indiscretos, para orar, comer, hacer el amor, soñar o llorar, era para nosotros en tonces algo inexistente. Eramos presa, juguete a los ojos de cada inquilino de la habitación contigua. Este podía pasar, nos estuviéramos vistiendo, estu viéramos comiendo o durmiendo. Podía detenerse un minuto, dos minutos, y curiosearnos, como objetos que se miran expuestos en un escaparate. ¡Oh, cuán tas veces nos parecieron siglos estos dos instantes, este instante de curiosidad! 39 Los toldos Pero la muchacha, desde el primer momento que pasó por nuestra habitación, nos pareció que no era forastera, que era como algo nuestro, a quien no te níamos nada que ocultar. Pasó y no sentimos que sus ojos se posaran en ninguna parte, como si estu vieran fijos en otras visiones, en visiones lejanas. Desde el primer instante sentimos por ella un senti miento de gratitud. Y no eran sólo sus ojos. Todo su cuerpo era tan delicado, tan etéreo, que uno llegaba a pensar que más que una mujer de carne y hueso cruzaba por la habitación una visión. Tenía un andar suave, silencioso, como si no pisara el suelo o cal zara babuchas de lana con gruesa suela de algodón y no de piel. Hasta sus tímidas «buenas tardes» de los primeros días eran un ligero movimiento de la bios, algo así como un susurro, como un murmullo. — ¡Buenas tardes, hija mía! Desde la primera tar de, mi madre empezó a llamarla de este modo, así de sencillo, de espontáneo. Y no era ya ciertamente una cría. Era una mujer. Era amante del hotelero que la trajo a casa. Al prin cipio él más bien parecía su protector, como un pa riente o un tío suyo, pero era mucho mayor que ella, un hombre de pelo ya gris, de mediana edad. Tenía un gran hotel con habitaciones para dormir en una calle céntrica, allí cerca. Era un hombre apacible, serio, adinerado; lo conocíamos desde hacía tiempo. Si no me equivoco, hasta estaba casado. El hotelero venía a la habitación después de me diodía. Con no mucha regularidad. Estaba poco con la muchacha; dejaban siempre la puerta entreabier ta. Aunque lograban hablar sin ser oídos. Hasta no sotros llegaba un tenue, monótono susurro de pala bras. Nunca se oyó otro ruido, nunca tuvimos moti vo para imaginarnos nada más, jamás nos molesta ron. ¿Qué se decían en aquellos diálogos susurrados que a veces duraban largo rato, que resultaban casi como una muda conversación de ojos? Así me lo imaginaba yo, porque apenas oscurecía, ella encen día la lámpara; nunca supimos que permanecieran a oscuras. Petros Glezos 40 Algunas veces salía ella por las tardes y se iba al hotel; quizás allí tuviera más intimidad con su amigo.Sin embargo, la mayor parte de las veces se quedaba en su cuartito que poco a poco había ido adquirien do algo de su apacibilidad, de su gentileza; se sen taba junto a la ventana del tabique que se abría hacia el patio de la casa de enfrente y leía o bordaba. A tiempos dejaba de leer o de bordar y quedaba en si lencio, como para descansar, mirando a las vecinas que lavaban en el patio, o al oficial que reparaba viejas cajas de mercancías, las reforzaba y las de jaba alineadas en un rincón. En la ventana había puesto dos finas cortinitas, muy tenues, plegadas en su parte de abajo, y por su abertura se podían mirar abajo, al patio. Con este adorno, la ventana parecía que daba a un patio florido. Y efectivamente, poco a poco, su habitación empezó a oler gratamente, desapareció el olor desa gradable de los antiguos inquilinos, y algo así como el perfume de la ropa bien lavada, como un levísimo aroma de acacia se esparció por la habitación y lle gaba hasta nuestro cuarto. No cocinaba en la habitación, como los otros ve cinos. La comida se la mandaba su amante de un restaurante cercano. Por la noche comía poquísimo, un yogur, un poco de leche. El procuraba que la co mida fuera muy buena, exquisita. Ella no se intere saba gran cosa, no se daba prisa por ver lo que era; cogía despacio, sin hacer ruido, los platos tapados, con una sonrisa gentil y amarga a la vez. Alguna vez nos convidó con algún aperitivo, con alguna fruta. Nunca la oímos quejarse, enfadarse. Mostraba gran respeto hacia su amante, evitaba pronunciar su nombre. — No ha mandado el alquiler... o no vendrá hoy... así hablaba sin decir su nombre, aunque ya se sobre entendía que se trataba de él. Además, en todo el tiempo que vivió allí, no la visitó ninguna otra per sona. Así transcurrieron dos o tres meses, y la mucha cha, que para nosotros seguía siendo una verdadera desconocida, 41 Los toldos se nos convirtió en una existencia ama da. Hasta que de repente un viento frío vino a turbar la paz paradisíaca de nuestra vida. Durante varios días al hotelero no se le vio en absoluto, ni siquiera en aquellas sus escasas visitas. Después sucedió otra cosa muy grave: cesó el envío de la comida de mediodía. Ahora salía ella un poco y volvía siempre agitada, a punto de llorar. Mi ma dre se intranquilizó. ¿Qué ocurre, hija mía? Oí que le preguntaba un día a nuestra joven amiga. Ella no dio respuesta. Pero un día se inclinó sobre el pecho de mi madre y rompió a llorar. Mi madre comprendió. Sin decirnos nada, fue aquella misma tarde a ver al hotelero. Qué hablaron, cuál era la cau sa de su frialdad no lo supe jamás. En esto medió el suicidio de la muchacha y mi madre selló su boca. Quizás porque no quería abrevar mi alma juvenil con una amargura prematura aún. Cuando una tarde que la muchacha faltaba de casa, resonó nuestra puerta sacudida violentamente e inmediatamente después que mi madre abrió asus tada, se precipitó en la habitación el hotelero fuera de sí. Venía, lo recuerdo, sin sombrero, con los gri ses cabellos caídos sobre la frente, el chaleco desabrochado; en todo su semblante el terror y el horror de la muerte habían desfigurado aquella expresión fríamente reservada que tenía siempre, cuando cruzaba por nuestra habitación para ir a ver a su aman te. Era otro hombre, al que yo veía por primera vez. — Por Dios, señora Sofía, gritó llorando, corra us ted, venga, ayúdeme. ¡Vayamos corriendo en su bus ca! ¡Anticipémonos! Dice aquí que se va a suicidar... y alargaba a mi madre, con la mano que le temblaba convulsivamente como la mano de un epiléptico, una cartita. Mi madre no tendió su mano para coger la carta, pues además no sabía leer. Y así la mano del hote lero quedó por un tiempo temblando en el vacío con la blanca cartita entre sus dedos amarillentos por el cigarro. Después mi madre se echó por la cabeza aquella pañoleta negra que, desde Petros Glezos 48 Así, que decidieron poner ellos también su toldo. La consideración de que de esta manera defenderían mucho su departamento del calor, de los ardores de los primeras horas de la tarde era más un pretexto que la razón determinante de su colocación. En el fondo el toldo era la esperanza de un cambio. Y se colocó el toldo. Al principio se alborotaron, cuando vieron el camión de la tienda de toldos pa rarse delante de su casa, cuando vieron descargar todos aquellos hierros y lienzos. Después se les rom pió el corazón de temor cuando seguían con la vista a los jóvenes obreros encaramados en el barandal del balcón atornillando las varillas de hierro, atando y extendiendo la lona verde y finalmente probando el toldo. Cuando los chicos, los obreros, recogieron sus herramientas y los restos de los tornillos y de las cuer das, y se marcharon y la casa quedó en silencio, los dueños de casa bajaron poco a poco el toldo. Y el balcón quedó en sombras y el frescor se esparció por toda la casa. Desde luego era cierto que el toldo daba mucha sombra. La recia luz estival se suavizó, las paredes de las habitaciones tomaron una coloración verde y el ardor de la tarde se hizo más templado. Y sobre todo el balcón quedó más oculto; ahora apa recía como un lugar protegido de cualquier mirada indiscreta. Especialmente aquellos laterales lo cerraban por completo, lo convertían en una gran tienda, como las campestres o las militares que levantan junto a la playa o en un bosque de pinos. — ¡De verdad que está bonito!... acertó él a decir así, la frase más común que podía pronunciar un erudito —pues un erudito era que escribía folletines románticos en semanarios populares. Ella no estaba en absoluto de acuerdo. Era una mujer melancólica, a la que nada entusiasmaba ple namente y que siempre tenía ante sí el fantasma de la vanidad de las cosas del mundo. 49 Los toldos — No está mal... Pero ¿quién lo correrá y desco rrerá?... La observación no envolvía en ella la queja de que su toldo fuera inferior al de los vecinos de en frente, que se corría y descorría con un resorte eléc trico. Era una sincera lasitud, una verdadera indife rencia de las que casi siempre caracterizaban a su mujer. — Yo, querida... y el «querida» fue dicho dulce y tiernamente, pero a la vez como una protesta, como una queja, porque veía una vez más lo insatisfecha —justamente insatisfecha— que quedaba siempre su mujer. Pero poco a poco, a pesar de la aseveración del marido, el toldo no se corría ni descorría. Y poco a poco se fueron cansando los dos de él. Y hallaron la solución de dejarlo continuamente bajado, al me nos lo que quedaba de verano. Por lo que su depar tamento permaneció en una sombra constante. A las paredes y a las verjas, tras las que se había aislado años y años ahora la pareja, se añadió también el toldo para apartarla del mundo mucho más aún. Llegó el otoño, llegaron al fin las primeras lluvias refrescando la reseca tierra del Atica y el toldo con tinuó bajado. Lo ahuecaba el agua de la lluvia, perdió su flexibilidad, su vibración, parecía como pellejos rotos que contienen aún un poco de agua. Y en los bordes de los flecos le destilaban las gotas de la lluvia como lágrimas. Entretanto, los vecinos de enfrente que habían regresado de su viajito de otoño, recogieron su toldo, quitaron la lona y, bueno, la guardaron en el desván para que no se estropeara durante el invierno. Y su balcón quedó al descubierto, gozando de toda la ti bieza del sol invernal. De la tienda de toldos telefonearon a la pareja preguntándole si quería que fuera un obrero a des montarle la lona. — No, no... respondieron la mujer y el marido, casi aterrados. Y el pobrecillo toldo quedó enrollado sobre la barra de hierro mojándose todo el invierno. 1961 51 Una taza Lo de romperse la taza vino al fin, tarde ya, de no che, como una punzante puñalada dada con un largo y reluciente puñal, que, después de clavarse superfi cialmente, pero repetidas veces en diferentes partes del cuerpo, se hundiera al cabo en el corazón. La taza era hermana gemela de otra. Se diferenciaban sólo en el color de por de fuera; rosada, la una, de un rosa muy suave; azul celeste, la otra. Las dos tenían el mismo tamaño, la misma forma; las dos estaban adornadas por de fuera con el mismo dibujo dorado, y por dentro eran también doradas: delica das, alargadas, frágiles, con asitas doradas. Justa mente esta asita dorada de la taza rosa fue la que se rompió. Nadie sabe cómo sucedió esta desgracia. Por otra parte, los presentes no eran muchos, sólo la mu jer y el marido, que habían quedado solos, porque ya se habían marchado todos los invitados del día. Se habían ido... En la casa quedaba el humo y el olor de los cigarros, las tacitas aún sucias del café y los platillos del dulce; todavía no se había apagado el eco de las conversaciones de toda la tarde que se guían zumbando y que llegaban descompuestas, frag mentadas, como jirones de pensamientos y frases, a los oídos, al cerebro cansado de los dueños de casa. Pero ahora reinaba ya en la casa un silencio ab soluto. Una grata paz. Como la que se extiende en una sala en la que tuvo lugar una tumultuosa reunión política después que se han marchado los que discu tían acaloradamente y se han apagado las luces y el portero ha cerrado la puerta y bajado al semisótano, a su vivienda; o como la que se extiende en el aula de una escuela, cuando, tras el alboroto de los niños, se ha marchado ya hasta el último de ellos y Petros Glezos 52 el salón queda vacío, solo con la pizarra sin borrar aún, con los últimos escritos de la tiza: un círculo, o una ecuación o un vocablo difícil de un texto antiguo. Pues este silencio admirable es el que vino a turbar el ruido pequeño, mínimo, pero verdadero, metálico, que hizo la tacita, porque cayó en el suelo de piedrecitas blancas, que es implacable: lo que cae sobre él tiene que romperse, no queda otro remedio. Lo inesperado es que la tacita no estaba siquiera sucia, no había sido usada aquella tarde. Las dos tacitas gemelas, la rosa y la celeste, no las usaban los señores de casa cuando tenían invitados. Enton ces ellos tomaban el café en tacitas de la cocina, porque les daba vergüenza el tener esta distinción para con ellos mismos, este lujo de las tazas espe ciales. Es más; ni ellos mismos habían deseado comprarse unas tazas así. Se las había enviado del ex tranjero un pariente suyo, por lo que por una vez consintieron en ceder a este lujo, al egoísmo de te ner exclusivamente para sí dos tacitas buenas para el café de la tarde. El café de la tarde era para ellos un placer, pequeñito, insignificante, pero cálido, cor dial. Lo tomaban silenciosamente, con cierta ensoña ción un tanto maquinal, exterior, pero muy relajante. La mujer empleaba la taza rosa, el marido, la azul celeste. Los colores del exterior eran como para sugerir la diferencia del sexo, para mantener la auto nomía de las personas; el dorado del interior, igual en ambas, era como si simbolizara la irrompible unión de la pareja. Así interpretadas las cosas, las dos tazas ligaron bien con los dos compañeros. La tacita, pues, no había sido usada; no se rom pió lavándola o secándola. Estaba en su sitio, inmó vil, sin ser tocada, en el armario de la cocina, en el anaquel de abajo, cubierta con un plástico blanco. La tacita se rompió cuando el marido, que ayudaba a su mujer, colocaba las otras tazas en la parte poste rior del anaquel. Parece que la empujó con la man ga, desabrochada; la tacita se movió un poco en su platillo, se balanceó y rodó por el pavimento acane lado. Al 53 Los toldos caer de tan poca altura, la taza tintineó me tálicamente, dio dos o tres vueltas por el suelo, y se rompió. O sea, se rompió su asita dorada, la taza quedó sin asa, apareciendo al instante como una ho rrible cosa mutilada, que ya resulta inservible. Lo normal hubiera sido tirarla sin más al cesto de la basura. Pero la esposa la cogió tiernamente, recogió los trocitos del asa, los colocó en el platillo y puso la taza en el anaquel. Ahora la otra taza, la azul celeste, que había quedado allí, al lado, como sola, como inútil, a pesar de estar entera, habría normal mente también que tirarla. Siguióse un breve silencio de estupor, de terror. Después el hombre se golpeó dos o tres veces en el pecho con los puños y salió casi corriendo hacia la sala de recepción, ahora, en tinieblas, se desplomó en un asiento y empezó a llorar en silencio. La mujer corrió también a su vera intentando consolarlo, tran quilizarlo. Trataba de convencerlo de que a ella no le había afectado la rotura de la taza. En un mo mento, le dijo: — ¡Como si me fuera a morir!... Estas palabras dichas para distraer su atención de lo de la taza, poniéndole ante los ojos algo terri ble, ante lo cual las tazas, los jarros, las estatuillas, los cuadros, todos esos objetos de los pobres hom bres a los que tantas fatigas y tanto dolor les cuesta primera su adquisición y algunas veces su pérdida, son nada, con cosillas insignificantes y sin importan cia, estas palabras, digo, tuvieron un resultado con trario: destrozó más el corazón del marido, como si le retorcieran un puñal adentro y la sangre le brota ra impetuosa, irresistible, como una fuente inconte nible. La mente cansada del hombre recibió al pun to, como el augurio de un terrible mal, la rotura de la taza rosa, que era la taza de su mujer. Vio en un instante el fantasma de la muerte revolotear por la habitación en penumbras, las alas de la muerte gol pearon levemente el gran cenicero de cobre contra su soporte y el escalofrío del metal resonó de modo sordo, pero perceptible. Petros Glezos 54 — ¡Como si me fuera a morir!... ¿Puede acaso, de verdad, la inexplicable rotura de la taza, acaecida sin culpa de nadie, ser el augu rio de otro mal, no precisamente de una muerte, sino en fin de otro mal, puede convertirse en la más amarga recompensa a todo un día cuya tranquilidad y descanso habían sido sacrificados a unos buenos jóvenes amigos? Desde mediodía hasta hacía poco, estos buenos amigos habían estado aquí comiendo, bebiendo, dis cutiendo, en la cálida acogida de una reunión fami liar. Ahora acababa de marcharse el último, el más rezagado, y la tranquilidad se había desparramado por la casa. El señor de ella soñaba en gozar un poco de esta tranquilidad, cerrando los ojos, los oídos y la boca, para no ver, para no oír, para no hablar, permaneciendo inmóvil, inerte, hundido en una bu taca en la penumbra. Sus buenos jóvenes amigos no lo habían cansado. No le habían molestado lo más mínimo tenerles que ofrecer las pocas horas dadas al ensueño, aquellas pocas horas de la tarde del domingo, que son las únicas y tan escasas que le quedan a un trabajador. El cansancio era ya permanente para él. Había per dido tantas horas para soñar —una vida entera— que las pocas dedicadas a unos amigos eran un de talle insignificante. Bueno, él había hecho lo posible por contestar a sus amigos, por no mostrar su ha bitual cansancio, por prestar atención a sus pala bras, a sus dolores, a sus sueños, esos sueños ju veniles llenos de impetuosidad y de ambición. El no tenía ya ambiciones. Pero no menospreciaba las am biciones de los demás, particularmente de los jó venes. Estas son para los jóvenes la sal que conserva y da sabor a sus vidas. Y aquellos sus jóvenes ami gos tenían sueños. Dos de ellos eran poetas. Hasta leyó sus versos cuya musicalidad reanimó con cálida voz. Y sin embargo. ¡Al fin la taza se había roto!... Exactamente igual que su vida. Así también se había roto su vida, sin culpa de nadie, sin usarse, oculta en un 55 Los toldos despacho, así quedó sin manos, un cuer po humano sin manos, que avanza como un maniquí, en el tiempo y en el espacio. Inútilmente rara vez, la adormecida conciencia, la costumbre de la antigua existencia de las manos, envía hasta el extremo de los hombros, ciertos movimientos, cierta tensión, pero este movimiento queda irrealizado, sólo pen samiento. Piensa en todo esto mientras, después del primer dolor, se va recuperando poco a poco en la habita ción en penumbras. Entretanto su mujer pretende hallar una salida a la situación: — Yo tengo hambre. ¡Vamos a comer!... En realidad ella no tiene hambre, y está también profundamente entristecida. La rotura de una pe queña taza de café se convierte en motivo, en la no che invernal de un domingo, para que esta pareja haga una evocación de su vida fatigada, de la juven tud que pasó, de los sueños que quedaron estériles, hasta para pensar en la soledad que sobrevendrá dentro de poco, en la vejez total, el olvido, el aban dono. Pero la mujer insiste. Y aunque no tiene apetito, se sienta a la mesa, simula que come con gana, que está casi de buen humor. Su marido no prueba ali mento; tiene la sensación de que el primer bocado que se lleve a la boca, lo va a ahogar. Sólo experi menta la necesidad de acostarse, de dormir, de ce rrar sus fatigados párpados, de relajar sus cansados miembros y de quedar inmóvil las pocas horas de noche que restan aún. Una motocicleta que cruza por la calle silenciosa envía su último estrépito, las horribles explosiones de su motor, como para dar los postreros latigazos al hombre rendido de cansancio. Siente que del rui do le duelen el cuerpo, las manos, los pies. Y recuer da de nuevo ahora la tacita con el asa rota. Días y días, quedará allí, en el aparador, después que mu chas veces se habrá discutido sobre la posibilidad de buscar otra igual, después que repetidas veces pondrá Petros Glezos 56 alas en su corazón la perdida esperanza de su sustitución. Hasta que la mujer se canse y se abu rra, y un día la tire al cesto de la basura. Así ocurre siempre con todo. Y la vida sigue rodando, arrastrándose; se van aplazando siempre las cosas que hay que hacer y el mezquino descanso del aplazamiento lo desgarra el sentimiento de la pér dida del tiempo. ¿Cuántas tacitas se romperán to davía y quedarán sin ser sustituidas? ¿Cuántos sue ños se disiparán sin verse realizados? Y van quedan do cada vez menos sueños, cada vez más débiles. El corazón, la memoria, los miembros se debilitan sin cesar con el transcurso de los años. Y llegará un día en que la rotura de una taza, aunque sea única, pa sará casi inadvertida. La lasitud, la experiencia, el conocimiento de la vanidad y la amargura de los desengaños serán ya tantos sobre los curvados hom bros del anciano que perderá hasta el placer de la tristeza, hasta la alegría de la reacción. Se retiró la motocicleta, se apagó el estrépito poco a poco. En la sombría alcoba, la pareja yace despierta, pero callada. Cada uno sabe el insomnio del otro, mas ninguno de los dos quiere ya hablar. Sólo oye uno la nerviosa respiración del otro por algún tiempo, hasta que el velo liberador del sueño se extiende sobre sus pálidos cuerpos. 1961 57 Y llega la noche El día húmedo, interminable, se cruza de brazos poco a poco sobre la gran ciudad. Pero el atardecer con su tenue luz permite aún a los escasos transeún tes el regresar a sus casas. Desde la gran ventana de la Fundación los voy siguiendo mientras transitan por la calle tranquila, y me dan ganas de gritarles «buenas tardes», como a los vecinos de mi lejano pueblo, cuando volvían por la tarde de sus labores del campo. Estos habitantes de la gran ciudad retornan a su pobre barrio desde el centro de la inmensa urbe fa tigados de su larga faena, de su dura monotonía. Algunos pasan llevando bolsas de plástico con la compra, otros, el abultado periódico bajo el brazo, periódico al que quizás sólo echaron un rápido vis tazo mientras viajaban en el metro. Yo me imagino a estos hombres vistiéndose, den tro de poco, sus pijamas, lavándose ligeramente la cara y las manos, secándoselas con gruesas toallas de papel, y después de tomarse un poquito de whisky, los que lo tienen por costumbre, sentados ante la televisión para oír las noticias del día. Y deseo que pasen la noche tranquilamente, sin preocupaciones, satisfechos de su trabajo, optimistas del futuro. Sin embargo —pienso— algunos de esos que veo asomados, pensativos, a las entreabiertas ventanas, observando como yo la escasa circulación de la calle, es posible que permanezcan en tensa espera, con es píritu inquieto bajo dolorosas circunstancias de su vida o defraudados en sus deseos. ¿Cuántos de entre los millones de habitantes de la enorme ciudad pertenecen a la categoría de los que creen que deberían distinguirse de la multitud que nació y se multiplicó casualmente o por volun tad de Dios? ¿Y cuáles, éstos o la gran multitud, son en verdad los genuinos hijos de Dios? Petros Glezos 64 — ¡Ah! La señorita Antígona nos va a hacer ahora un buen té... La sorpresa, pues, fue grande. En alguna parte de la vieja mansión, había también una persona joven, una «señorita Antígona». Me escondí en la esquina y esperé. Estuve allí mucho rato. Pero en vano. No hubo respuesta, no se oyó ninguna otra voz, ninguna señorita Antígona apareció en el balconcito con dos tazas de té. Solamente, pasado un rato, la ayudante se retiró un tanto indolentemente y volvió para ofrecer a la señora una taza de té que humeaba. Y ésta, silen ciosa, la bebió poco a poco, sosteniendo la taza con mano temblorosa. Yo permanecí todavía allí. El atardecer se inclinaba lentamente hacia la noche. El leve airecillo fresco pareció dar un poco de miedo a la señora an ciana. — ¿Nos vamos ya adentro? La pregunta era de la ayudante que, antes de obtener el asentimiento, se levantó, y, ayudando a la señora a levantarse, se retiraron. Yo permanecí un poco más en la esquina. El si lencio se extendía por la mansión y en la calle. Ya no se oyó ninguna voz. ¿Pero es que en aquella casa señorial existía al guna «señorita Antígona»? Junio de 1985 65 EL TELON A. Kostas E. Tsirópulos Cuando la noche solitaria se acerca lentamente y todas las cosas se tornan cenicientas, la tenue corti na de la puerta del balcón se convierte en una corti na casi aérea, que apenas permite se haga visible el mundo exterior. Y cuando la luz ha desaparecido en teramente, se parece a un telón, que no es desde lue go como los telones de terciopelo de los teatros de invierno, pero sí, siempre un telón, que cierra la es cena y oculta los últimos preparativos de la repre sentación. Entonces los ojos, que están ya habituados a la oscuridad, los ojos solitarios, empiezan a percibir, como en una visión, la noche profunda que llega. La esperan casi cada veinticuatro horas a esta noche que ya se les ha hecho familiar, no ciertamente por amor a ella, sino por aquella familiaridad de la paciencia que crea una compañía prolongada. ¿Se oye detrás del telón el leve ruido del roce de los vestidos blancos, finísimos como tela de araña, de las bailarinas? ¿Prueba sus instrumentos una mis teriosa orquesta antes de que la sinfónica armonía se expanda por la sala? ¡No, no! Detrás del telón hay también oscuridad. Y cuando éste es corrido hacia los dos extremos de la escena, la escena queda vacía. Sólo un gran ja rrón de cristal, que alberga a seis o siete crisante mos extraños, como exóticos, de escasas hojas radia les, colocado en medio, parece presentar las flores, como las débiles manos de dos jóvenes, levantadas en actitud de súplica. Así le llega la noche desde hace ya bastantes años. La recibe estoicamente; no busca interrumpirla des pertando Petros Glezos 66 al ser amado que descansa a su vera, abrien do la luz eléctrica. La deja que se deslice libremente hacia un amanecer o hacia un final venturoso. Aparte de que aunque lo quisiera, ¿qué puede conseguir su flaca voluntad? Es otro el hábil director de escena quien regula su duración. Y así espera sólo pensando en los días de su vida que pasaron. Fue una vida, que si bien pudo pasar irrepetible, pasó, por incapacidad de su voluntad, en la medianía y en oscuridad. Recuerda ahora los días ociosos de esa vida, los continuos aplazamientos al mañana, la aceptación de una hipotética paz, que de tiempo en tiempo le turbaban los escalofríos de una bella pa sión arrolladora, pero ante la que él, sin embargo, tímido en el fondo, pasaba de largo. En la mediocridad, no de la distinción corriente o de una efímera «gloria» cual la que ofrecen transi torias ofertas, sino de la otra vida, que es exaltación a lo perfecto, angustioso, casi místico empeño de aproximación a lo grande y a lo invisible. Así el alma no se ejercitó, permaneció en la bajura de lo tempo ral; no fue probada en el yunque de la angustia. Y en proporción también se corrompió el cuerpo, crea ción a su vez de Dios. Ahora el cuerpo tiende hacia su definitiva destrucción; los ojos han perdido su verdadera capacidad de ver, pero —aunque poco— conservan ahora al final la visión mística que le per mite distinguir en paz lo que ocurre detrás del telón. Es tarde ya para cambiar de vida. El crédito de tiem po que el Altísimo concede a cada criatura en su paso por el mundo para dignificarlo toca a su término. Dentro de poco, pues, el telón caerá definitiva mente. Y no se oirán aplausos. Por la noche los exó ticos crisantemos no los retirará de la escena el que cuida de eso. Y los pocos espectadores que lo asis tieron, se retirarán poco a poco por las calles, me dio iluminadas, que conducen a cada uno a su ho gar. Y el alba lo hallará con los ojos ya cerrados definitivamente, cuando el telón se haya convertido en la cortina, fina como tela de araña, de la puerta de un balcón que se abre a lo Desconocido. Índice Familia .................................................................................................... 7 Primera noticia ................................................................................ 23 Las sombrillas .................................................................................. 37 Los toldos ........................................................................................... 45 Una taza ............................................................................................... 51 Y llega la noche ................................................................................ 57 Los claveles rojos ............................................................................ 59 La señorita Antígona...................................................................... 63 El telón ................................................................................................. 65