La influencia de la pintura italiana en la escuela barroca sevillana
Abstract
Tesis Univ. Granada.
Full text
Rafael Japón Franco
L A INFLU ENCIA DE LA PIN TURA ITALIANA EN LA ESCUELA
BARROCA SEVILLAN A
Tesis de D octorado e n Cotutela I nternacio nal
Dirigida por los Doct ores D. David García Cueto, D . Daniele B enati y
D. G abriel e F inaldi.
Volumen I
Dottorato di Ricerca in Arti Visive,
Performative, Me diali
Programa de Doctorado en
Historia y Artes
2019
Editor: Uni versidad de Granada. Tesis Doc torales
Autor: Ra f a fel Japón Fr a nco
ISBN: 978- 84 - 1117 - 32 6-1
URI : http:// hdl.handl e.net/1048 1/7472 5
A mis padres
Agradecimientos
Quiero expresa r m i más sincero agradecim iento por el apoy o recibido
a todas aq uellas per sonas que han estado en mi v ida en los años de
investigac ión y redacción de la presente tes is, especialm ente a m i fa m ilia por
el cari ño incond icional, as í com o a m is di rectores, los p r ofesores Da vid
García Cueto, D aniele Benati y Gabriele Final di, por la confianza en m i
trabajo, la esencial gu ía recibida y por facilitarm e los m ed ios necesar ios para
llevar a cab o este es tudio .
Agradezco de m an era espec ial la disponibilida d, p rofes ionalidad y
amabilida d a todas aquellas persona s que m e han atend ido durante mi s
estancias en Italia y Estados U n idos, a los centros de investigación q ue me
han acogido, as í como a los f uncionar ios de todos los archivos y biblioteca s
en los que h e trabajad o.
Quiero exte nder este agra decim ien to a la s siguientes per s ona s: Jay ni e
Anderson, Itziar Ara na, Esther Barrond o, Francesca Cappellet ti, Patrizi a
Cavazzin i, E lizabeth Cropper, Franc esca Curti, Anto nio Denunzi o, A na
Diéguez Ro dríguez, Andrea Donat i, Grégoire Exterm ann, Francisc o
Fernández-L ópez, Marta F ossati, Fe rnando G arcía Sanz, Blanca Gonz ález
Talavera, Mina Gregori, Annick Lem oin e, Sara López, Pu r ificación Mallén
Osuna, Carla Mazzarelli, Macarena Moralejo Ortega, Victoria Muñoz
Lóp ez, Ben ito Nav arrete, Borja Núñe z, Roberta Palm igiano, Lorenzo
Pericolo, Mari nella Pigozzi, Fernando Quiles García, Juan Clem en te
Rodríguez Estévez, Salvador Salort Pons, María d e los Santo s García
Felguera, Matteo S o lf erini , Cr i st ina Te rzaghi y Andrés Úbeda de los Cobos.
Presentación
16
presenc i a, e l coleccionismo y la influencia de las demás escue l as pictóricas italiana s en
la capital hispalense .
Hipótesis y justificación
El conoc imiento del patrimonio histórico-artístico de los ter ritorios del antig uo
reino de Sevilla, el cual abarca ba las actuales provincial de Sevilla, Huelva, Cádiz y
algunas localidades del s ur de Extremadura, cuenta con contribuciones de gran relevancia
desde los oríg enes de la historiog ra fía artística esp añola hasta la a ctualidad, circunstancia
que ha permiti do avances mu y notable s en la catalogación y documentación del mismo,
así como e n la rec onstrucción de la biografía de sus principales a rtífices. No obstante,
esta historiografía ha pe ca do e n ocasiones d e una excesiva endo gamia, recurriendo de
manera sucesiva a buscar las e xplicaciones de su idi osincrasia en la propia re alidad que
la generó. Faltan po r ello puntos de vistas ajenos a la propia tradición qu e focalicen, d esde
lo español o incluso desde lo europeo, determi nadas circunstancias que han pasado
inadvertidas o que han sido esca samente tratadas en la historiografía sevillana.
Uno de estos aspectos, decisivo para la configuración del arte español de la Edad
Moderna, es la influencia itali ana . Las conocidas relaciones polí ticas emanadas de la
posesión por parte d e la corona e spañola de a m plios territorios en la ve cina península
itálica – ducado de Milán y virreinatos de N ápoles, S icilia y Cerdeña – propiciaron la
instauración de una variada serie de relaciones cultura les entre España e Italia, que
permitieron la amplia recepc ión de artistas, modelos e iconog rafías italiano s en el medio
español.
La Historia del Arte ha pre stado especial a tención a este proc eso entre grandes
centros artísticos, principalmente cuando l a sem ejanza formal entre obras de dist intas
procede ncias es más que evidente y la explicación de tal cuestión es fác ilmente
explicable. Sin embargo, en el estudio d e las p rincipale s fi g uras qu e conforman las
escuelas locales debe existir cierta sensibilidad para revelar que e n la r elación maestro -
Presentación
17
aprendiz se d an otros estí mulos externos que jugarán un papel esencial a la ho ra de
determinar la personalidad única del genio creador.
Estado de la cuestión
La influencia de la pintura it aliana en las producciones de los artistas s evillanos
en el siglo XVII no ha sid o estudiada de forma sist emática con a nterioridad. De la misma
manera, tampoco s e ha profundizado ni puesto en relación los factores que hicieron
posible la consecuc ión de este fenómeno, como la presencia de las familias italianas en
ese ámbito ge ográfico, lo s viajes de personajes sevillanos a la península vecina, a sí como
el mecena zgo y el coleccioni smo de obras de a rte de las distin tas escuelas italiana s. No
obstante, desde antiguo se han venido indicando ciertos ejempl os de la d ependencia de
determinados modelos en obras mu y concretas de artistas pertenecientes a l a escuela local
hispalense, como haría en el sig lo XV III Mi guel Espinosa Maldonado de Saavedra, II
conde del Á guila, cuando señalaba en una carta dir igida a Antonio Ponz la similitud entre
un lienzo que representa a Moisés y el agua de la roca del genovés Gio acchino Aseretto
y la obra de la misma t emática que Murillo ejecutó para la i glesia de San J org e d el
Hospital de la Caridad
1
. Por entonces, Ponz denomina ba a Alonso Cano, artista granadino
pero formado en S evilla, como el « Ghido Reni español »
2
, al visl umbrar un estrecho
parec ido de orden estético entre las obras de ambos maestros. En la centuria sucesiva sería
Cé an Bermúde z quien d istinguiría otros ejemplos más de la inspira ción que Murillo
obtuvo de las obr as de artistas como S tefa no d ella Bella, R ibera y Tiziano, just ificada s
por el erudito a través d e una posible estancia del sevillano en la corte – y a citada po r
Antonio Palomino
3
– donde mejora ría su técnica mediante el estudio y la c opia de los
originale s d e estos pintores presentes en las re sidencias r ea les, episodio auspiciado por
Velázquez
4
. En 1848, el pintor Valentín C alder era e sgrimía una rotunda crítica a l
apelativo con que se conocía por e ntonces a Zur barán, es decir, el « C ara va gg io español» ,
1
Carta reco gida en: Carriazo, 19 29: 175.
2
Po nz, 1780, IX: 272.
3
Palo m i no, 1986 : 291.
4
Ceán Ber múdez en Madrazo, 1 832, I: 32. Céan Ber mú dez, 1 806: 48 - 49.
Presentación
18
puesto que la única s emejanza que podía adv ertir en sus obras era el « e l vigor solo de
claroscuro»
5
. Por su parte, años más ta rde, Pedro de Madr azo volvería a señalar las
concomitancias e ntre las Madonne de Rafae l Sanzio y las Vír gene s de Murillo
6
.
El discernimiento que estos escritores tuvieron de la cultura it aliana debía ser mu y
extenso, así como de las fuentes histórico-artísticas españolas, especialmente de los
tratadistas y biógrafos F rancisco Pacheco, Bartolomeo Carduc ci, Jusep e Martínez y
Antonio Palomino. Además, el modo en que ll evaron a cabo las comparaciones estilí stica s
sugiere qu e los maestros sevillanos de bían conocer profundamente las obras de los
pintores italianos, puesto que no justificaron la extrañeza de tal dependencia artística. Este
último aspecto pudo darse de tal manera gracias a que en los territorios del reino
hispalense se conse rvaba aún por entonces un g r an número de ejemplar es llegados desde
las escuelas de Florenci a, Génova, Roma, Bolonia, Nápoles y Milán, entre otras, los
cuales mu y posiblemente se encontrarían en esta s ciudades desde el si glo XVII. Así lo
indicó Ponz en su Viag e de España (1780)
7
, Montero de Espinosa en su Guía de
forasteros (1832)
8
y Amador de los Ríos en su Sev il la pintoresca (1844)
9
, quien e n 1844
se lamentaba de que des de hacía años las obras de arte de los templos y conventos de
Sevilla estaban siendo expoli adas descontroladamente por los extranjeros, y a pes ar de
las leye s que se habían promul g ado para su protección, el patrimonio artístico de la ciudad
estaba siendo mermado, sit uac ión que se agravaría con la invasión francesa. El mi smo
autor sugiere que una mínima parte se s alvó grac i as a la a cción de diletantes hispalenses,
que consciente s de la situación adquirieron nume rosas obras pa ra evitar que saliera n de
la región
10
. En el e studio de cada una de las colecciones analizadas la pintura italiana
tiene un indudable protagonismo, tanto por el núm ero como por la calidad de los c uadros
mencionados
11
.
5
Calderera, 1848: 358
6
Madraz o, 1882.
7
Po nz, 1780, IX.
8
Montero d e Espinosa, 1832.
9
Amador d e los Ríos, 1844.
10
Amador d e los Ríos, 1844 : 408- 409.
11
Amador d e los Ríos, 1844. La segunda par te del m is mo volumen está d edicado a la enum e ración de las
obras q ue se hallaban en las co lecciones privadas sevilla nas.
Presentación
19
No obstante, para el co mienzo del siglo XX todas estas g alerías y a estaban
dispersas y la presencia de estas obras había quedado prácticamente olvidadas. Aún sin
la certeza de la convivencia en la S evilla el siglo XV II d e las obra s italianas y los grandes
maestros locales, la historiografía – en su ma y or p arte ex tranjera – se g uía i nsistiendo en
estas afinidades. En este sentido, Aug ust L. Ma y er identificó que la base compositiva de
los N iños de la Concha de Murill o era una estam pa de Reni, quien a su vez se basó en
una obra de Annibale Carracci
12
. El mismo especialista discernió en el estilo de Murillo
una fuerte influencia d e la pintura de Rafael – factor y a reconocido desd e antiguo – , y de
Correggio, lo que ha cía del sevillano « un compañero de Guido Reni, y nosotros creemos
que rea lmente debemos l lamárse le el Reni mejor que el Rafael español»
13
.
Sin embar go, por a quellos momentos la obra de a mbos pintores – Reni y M urillo –
estaban viviendo una situación de depreciación e stética en España, que se tradujo en un
cansanc io visual ge neraliz ado producido probablemente por la popularización de las
obras de Murillo a través de la reproducc ión desc omedida de sus figuras, de la que mu y
pronto saldría el pintor sevillano, pero en la que mu y injustamente si gue en la actualidad
el boloñés, prec isamente por la asimilac ión estilística entre ambos. No sucedió lo mismo
con la obr a de Velázque z, del que Longhi afirmaría en 1927 que en su et apa sev il lana
debía conocer la producción caravaggista de la qu e se influenció para la confección de
cuadros como el Santo Tomás Apóstol del Museo de Bellas Artes de O rleáns
14
. A pesar
de ello, en estos mom entos en que s e est aba llev ando a cabo el inicio d e la construc ción
historiográfica en firme de los pilares de la escuela barroca hispalense, para los
especialistas españoles l as influencias foráneas pasaron a un segundo plano. En ese
sentido, Sentenach vería en la fi g ura de Francisco de Herrera, el Viejo, el ve rdadero
exponente de la pintura al natural, aque l que conseguiría dejar atrás una tradición basada
en « that school which had been made manifest in the frescoes and p anels of the I talian
artist » , refiriéndose sin lugar a dudas a Francisco Pacheco y Pablo de Céspe des
15
.
Negando en el proce so compositivo de Herrera cualquier influenci a ex tranjera , este
12
Ma y er , 1913 : 89.
13
Ma y er , [1911 (201 0)]: 250.
14
Longhi, 19 27: 4 - 12.
15
Sentenach y Caba ñas, 19 11: 79.
Presentación
20
especialista afirmó que la téc nica del artista se basaba exclusivamente en la imitac ión de l
natural, ha ciéndolo r esponsable de introducir este estilo en Sevilla, al canz ando tal
objetivo exclusivamente con su p ropia ma estría y « his own inspiration and by th e maste ry
of his tools which he ha d acquired »
16
. Sentenach p ropone de esta m anera el nacimiento
del naturalismo sevillano como producto d e su propia evolución, obviand o para ello el
contemporáne o éx ito del caravaggismo, y dotando de veracidad su discurso al nombrar
discípulo de Herrera a Juan de Roelas, a pes ar de c onoce r la hipótesis del vi aje a Italia del
segundo a comienzos del siglo XV II
17
. Efectivamente, Sentenach re conoció en las obras
de Roelas un cierto paralelismo con el brillante colorido de la escuela veneciana, el cu al
más que plantearlo como un proceso de influencias, lo definió como una asociación casual
de ideas, a l entender que Sevilla y Ven ecia e ran dos ciudades que compartían una misma
atmósfera definida por un puerto, fluvial en una y marítimo en otra, sentenciando que la
escuela sevillana estaba destinada a ser hermana de la v eneciana , siendo Roelas el n exo
que permitió materializarlo
18
. P or ello transigió al afirmar que Roelas – al que creía de
orige n hispalense – de bi ó de e studiar y asimilar la técnica de Tintoretto, Tiziano y
Veronese, con lo que descubrió el modo de hacer brillar ciertos colores, conocimiento
que a su retorno combina ría con el naturalismo aprendido en Sevilla, defini endo de esta
manera su particular estilo
19
.
Con esta afirmación, el historiador preparaba con convicción una ex plicación al
enigmático naturalismo presente en la obra juvenil de Velázquez, cu y a fo rmación h abía
estado en manos de Pacheco, artista que habí a consagrado su producción a un retardatario
estilo manierista sin lleg a r a introducirse en las nuevas propues tas. No obstante,
anteriormente Velázquez había sido varios meses aprendiz de Herrera, y así Sent enach
justificaba la rápida evolución del maestro hacia la imitación del natural a pesar de su
posterior vínculo al entorno de Pacheco, y e vitaba tratar las posibles influencias italiana s
difíciles de determinar p or entonces, de la si g uiente manera: « Notwithstanding these
circumstances Velazquez kept to the revolutionary vi gour of Herrera's st y le, not onl y in
16
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 80.
17
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 88.
18
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 88- 89.
19
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 90.
Presentación
21
regard to his drawing , but also in regard to the s tudy of nature which tha t master had
initiated »
20
.
Con el paso de los años y los diversos descubr imientos documentales, que entre
otras cuestiones aclararon diversos episodios de la vida de Roelas, la hist oriog rafía
sevillana otorgó a este pint or la llave del naturalismo local, pero ha continua do desde
entonces buscando su identidad como síntesis de s u propia idiosincrasia, obviando los
transcendentales factores foráneos del siglo XVII, como puede verse en la int roducc ión
de la Pintura Sevillana del primer terc io del siglo XVII (1985)
21
.
Resulta paradójico que desde principio del si glo XX proliferaron los estudios
relativos a la presencia e influe ncia de l arte italiano en España, como el est udio Ribalta y
Caravaggio (1946) de Ainaud La sarte, en el que por primera vez s e nombraba n
sistemáticamente los originales y copias del maestro lom bardo en España, a sí como los
trabajos de Pérez Sánchez sobre Borgianni , Cavarozz i y Nardi en Españ a (1964) y su
tesis Pintura italiana del siglo XVII en España, defendida en 1963 en la Universidad
Complutense de Madrid pero public ada dos a ños más tarde. Este volumen result a
fundamental, puesto que se ñala una gran presencia de ejemplares de las dist intas escue las
italianas en las ciudades españolas, así como las noti cias históricas de otros no
conserva dos
22
. Además, en diversas exposiciones de car ácter tanto nacional como
internacional se estudió c on especial atención la dependencia del naturalismo italiano en
los pintores españoles del siglo XV II , estando l a escuela sevillan a representada po r
diversos artífice s, como Zurbará n y Velázquez, exponiéndose así la difusión de la
co rriente por Europa des de prácticamente su creación. Entre ellas destaca Caravaggio y
el Naturalismo español (1974) organizada en Sevilla por Pérez S ánche z, así como De
Herrera a Velázquez: el prime r naturalismo en Se villa (2005), la cual se centraba
exclusivamente en este fenómeno en la capital hispalense, inclu y e ndo en su catálog o un
ensayo de Salort Pons en el que exponía la importancia de la presencia italiana en la
20
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 105- 106.
21
Valdivieso y Serrera, 1985:10 - 12.
22
La influencia italia na en la Se villa del siglo XVI está amplia mente aceptada, véase por ej em p lo: Lleó
Cañal, 1979 .
Presentación
22
ciudad y las relaciones entre ambas península como parte del proceso de influencia s
23
.
Además, es de espe cial releva ncia la tesis de Navarrete Prieto en la que se demostraba de
manera sistemá tica el uso de los grabados de artistas ex tranjer os por los pintores
andaluce s
24
.
A pesar de l esfuerzo por demostrar que llegaron a Sevilla numerosos origin ales y
estampas italianas en e l siglo XV II , cada vez que se ha trat ado puntualment e la influencia
de algún modelo con esa naturaleza sobre una pint ura salida de los pinceles de un maestro
sevillano, los especialistas han creído conveni ente introducir una j ustificación que
aclarara que estas apo rtac iones no tenían como objetivo erosionar la idea de
“orig in alidad” de esta es cue la local
25
. Así, por ejemplo, Guerrero Lovillo dedicó varias
pág in as en su artículo Murillo y Assereto (1950) a desembarazar al pintor sevillano del
concepto de pla g io para p osteriorme nte decl amar las semejanzas entre las obras de ambos
artistas. En fec has más recientes, diversos especialistas en el pintor hispalense han
intentado minimiz ar el im pacto del uso qu e este pudo hacer d e las es tampas italiana s,
incluso cuando se trata de ejemplos mu y evidentes, entendiendo esta práctica como de
carácter puntual y ajeno totalmente a su proceso composit ivo, puesto que esta falta de
originalidad va en detrimento de la “genialidad” de los artistas s evillanos en la imitación
del natural
26
.
Esto indi ca que una pa rte de la historiografía moderna sigue a ce ptando la
recurrente ima g en d e un a escu ela b arroca sevilla na he cha a sí misma con diversas pero
insignificantes referencias externas, la cual como se ha señalado se remonta a comienzos
del siglo pasado. Esta tendencia aporta al conc epto de o rig inalidad unos mat ices que son
inherentes a la situación c ultural de aquellos momentos del nacimiento de las Vanguardia s
Históricas, cu ando lo qu e primaba para la consid erac ión del arte era la no vedad, aunque
en la Edad Moderna este concepto no era entendi do de la misma manera. El hecho de
tomar referencias e xtranjeras for mab a parte del proceso de aprendiz aje de los pintore s de
aquel tiempo, así como la utili zación de modelos para cr ea r nuevas obras, por lo que la
23
Salort P ons, 2005: 53 -68.
24
Navarrete P rieto, 1997.
25
Guerrero Lov illo, 19 50.
26
Valdivieso, 20 10: 151.
Presentación
23
originalidad no se aplicaba tanto a la novedad compositiva sino a la formación de un estilo
personal que fue ra capaz de esconder la citación de otros maestros. Así viene reflejado en
los tratados del Arte d e la Pintura (1649) de Pache co y en El Museo Pi ctórico y la Escala
Óptica (1715-1724) d e P alomino, en los que ad emás esta pr áctica se entendía como una
suerte d e juego intel ec tu al que permitía a un ma estro darse a cono cer al público como
instruido en las producciones de otros artistas internacionale s.
La presencia de italianos en la Sevilla d el siglo XVII ha sido objeto de estudio
desde antiguo, especialmente por historiadores ce ntrados en el proceso de evolución del
comercio entre I t alia, el reino hispale nse y Améri ca, dej ando en un segundo plano casi
inexistente la esfera cu ltural de estos ex tranjer os. Aun así estos estudios resultan
transcendentales para conocer cómo estaba estructurada la ciudad de Sevi l la de aquellos
momentos de una m anera completa, te niendo en consideración el peso po lítico y social
de las comunidades de florentinos y ge noveses, como puede verse en los resultados de las
actas de los diversos coloquios hispanos -italianos sobre La Pre sencia italiana en
Andalucía: siglos XIV-X VII (1989), y Génova y la monarquía hispánica (1528 -1713)
(2011), entre otros, así como en diversas tesis defendida en la última década, como la de
Ben Yessef Garfia, titulada Una familia genovesa entre la república y la monarquía
hispánica: Battista Serra como modelo de red trans nacional en un sistema policéntrico
(finales d el s. XVI-m ediados del s. XVII) (2015). Cabe destacar otras obras que tratan las
relaciones culturales entre España y l as diversas ciudades italianas, aunqu e no aborden
particularmente el reino s evillano, como la colección llamada España e Italia editada por
el Centro de Estudi os Europa Hispánic a, así como la tesis de García C ueto sobre el
Seicento Boloñés y Siglo de Oro e spañol: el arte, la época, los protagonistas (2006).
Por tanto, el propósito de esta investigación se basa en la conciliación de las
diversas discipl inas históricas, e conómicas, políti cas y sociales que tienen c omo objeto el
estudio de la presenc i a italiana en la Sevilla del siglo XVII, con aquellas de estirpe
cultural para poner de r elieve un fenómeno de influencias artísticas qu e afectó a la
Presentación
24
evolución de la escuela pictórica local a través de varios factores. Entre estos se ha
querido poner e n valor el interés que los comerciantes y agentes italianos establecidos en
el reino hispalense tuvieron por las cuestiones de mece nazgo cultural, así c omo aquella s
colecc ion es de pintura italiana que llegaron a es tas tierras , gracias ma yormente a los
relig iosos y nobles que v iajaron a la p enínsula vecina. Todo ello impli ca considerar que
los maestros locales tuvieron a su alcance un repertorio de originales, copias y estampas
más numeroso y v aria do del que hasta el mo mento se tiene constanc ia, y que su
integración se ba só en la evolución natural de esta escuela, que estaba bien informada de
lo que estab a sucediendo en los dive rsos c entros i talianos mediante las eficaces vías d e
comunicación esta blecid os por el come rcio, la religión y la nobleza.
Objetivos de la investigación
Mediante la integración de las vías de investigación que se enumeraran en el
apartado dedicado a la metodología, el objetivo pr incipal que se ha querido conseguir en
un primer momento, qu e corresponde con el pu nto más sustancial de esta tesis, es la
comprobación de cómo los m odelos figurativos italianos incidieron en la c rea ción de los
maestros sevillanos del Barr oco. Con el avance realizado en los Trabajos F in de Grado y
Máster, se ha podido co mprobar cómo los artist as de la escuela boloñ esa ejercie ron un a
influencia notabl e en la Sevilla de los siglos XVII y XVIII, siendo un ejemplo
paradigmático de dicha circunstancia, la dependencia de la obra de Gui do Reni en la
producción d e Bartolomé Esteban Mu rillo. Al extender este mi smo modelo de
investigac ión a la tot alidad de las escuelas italianas del Ba rroco, cabe espe rar que pueda
alcanzarse un cono cimiento mucho más preciso y real no sólo d e la pintur a sevillana del
Barroco, sino de la cultur a de la é po ca en aquel contexto geográ fico.
Otro im portante objetivo es la reconstrucción d e los canales de comunicación
cultural entre Sevilla e I t alia durante los siglos XVII y XV III , de la forma más exhaustiva
Presentación
25
posible. Esta aportación ex cede rá los lími tes de la Historia del Arte para contribuir a la
Historia general, y a que el tráfico de las influencias cultura les está compuesto y rodeado
de otros fa ctores que se escapan al Arte propiamente dicho, como puede ser los sistemas
de transportes, las transacciones económicas, o todos aquellos factores h umanos que
hicieron posible este pr oceso.
La tercera meta a lograr es el poner de manifiesto la presencia de obra s pictóricas
italianas en las colecciones civiles y r elig ios as de los territorios que formaban parte d el
reino de Sevilla, tanto originales como copias. Todas ellas suponen una de las bases más
importantes para establ ecer el g rado de influencia que ejerció el arte it aliano en la escuela
sevillana, por suponer un a carismática fuente d e i nspiración para sus obras. Además, se
podrá dete rminar la p rocedencia y autoría de obras de grandes colecciones eclesiástica s,
como la Catedral de Sevilla, o nobiliarias, que cuentan entre sus inventarios con
abundantes anónimos italianos, y que pasan desapercibidas sólo por no conocerse su
crea dor. Leva ntar el vel o a la existencia de obras de procedencia itálica nos dará una
dimensión social y antropológica en este estudio, no menos importante, al revelar el gusto
del público sevillano por la pint ura italiana, así como determinar el porqué de la demanda
de obras de l a e scuela itali ana.
Sin embarg o, la llegada de obras no fue sólo la causa de esta influ encia, sino que
debemos pensar en el co mercio de otros bienes, como fueron los libros y l os grabados.
Esta investigación también va dirigida a contribuir al conocim iento de esta
comercializac ión, para determinar qué fu entes de estas características se encontraban al
servicio de los artistas que las uti lizaron para enriquecer sus r efere ncias visuales en la
Sevilla del Barroc o.
Introduzione
32
Ipotesi e giustificazione
La conoscenza del patrimonio storico-artistico della città e della provincia
sivigliana viene raccolta in pubbli cazioni di grande rilevanza, d alle origini della
storiografia artistica spa gnola ai giorni nostri; una circostanza che h a perm esso notevoli
progressi nella cat alogazione e documentazione delle opere, non ché nella ricostruzione
della biografia dei relativi artefic i. Tuttavia, nell’analisi della nascita e della
cara tteriz zazione della scuola di Siviglia, la storiografia ha spesso ignorato i riferimenti
stranieri che ad e ssa si ancorano, creando così un’arte c hiusa agli impulsi provenienti da l
continente europeo. Tra questi riferimenti, decisiva per la conf i gurazione dell'arte
spagnola dell 'età moder na, è l'influenza italiana. I l possesso da parte della corona
spagnola di vasti territori nella vicina penisola itali ana – il Ducato di Milano e i Vicereami
di Na poli, Sicilia e Sardeg na - ha infatti portato alla creazione di una serie diversificata di
relazioni culturali tra i due paesi, pe rmettendo c osì l’introduzione di artisti, modelli e
iconografie italiane nell ' ambiente spagnolo.
La Storia dell 'Ar t e ha prestato particolare attenzione a questo pro cesso tra i
maggiori centri artistici, s pecialmente quando la somiglianza formale tra opere di diversa
provenienza è lampante e la spiegazione di tale questione è facilmente giustificabile.
Tuttavia, nello studio de lle diver se personalità c he c ompongono le scuole loca l i, è
necessaria un a maggiore sensibilità per rivelare nella relazione insegnante -allievo altri
stimoli esterni essenziali per il genio crea tivo di ogni artista.
Stato della questione
L'influsso della pittura it aliana sulla produzione degli artisti sivigliani nel XV II
secolo non era mai stata studiata sistematicamente fino ad ora. Un simil e destino ha
interessato inevitabilmente anc he tutti quei f attori che hanno reso possibile il
Introduzion e
33
raggiung imento di tale f enomeno come ad esem pio la pres enza di f amig lie it aliane sul
territorio andaluso, i via ggi di personaggi sivi gliani nella penisola italic a, nonché il
mecena tismo e il collezionismo delle opere d'arte delle diverse scuole italiane nel sud
della Spag na.
Tuttavia, da lungo tempo sono state individuate mol teplici prove riguardo alla
dipendenza di alcuni mod elli iconografici da ope re mol to specifiche di artisti appartenenti
alla scuola sivi gliana, fra i quali emergono con maggior vi g ore Bartolomé Esteban
Murillo, Diego Velázquez e Francisco Z urbaran, post i al centro della critica artistica già
a partire dalla seconda m età del Settec ento.
Lo dimostra in particolare una lettera spedita nel XVIII se colo da Miguel Espinosa
Maldonado de Saavedra, II conte dell 'Aquila, e i ndirizzata allo storico Antonio Ponz ,
nella quale viene messa in luce la somiglianza tra la tela raffigurante Mosè e l' acqua della
roccia del genovese Gioacchino Assereto e il dipinto sullo stesso tema che Murillo eseg uì
per la chiesa di San Jorge dell'Ospedale de la Cari dad
28
.
A quel tempo P onz soprannominò Alonso Cano, artista di origini granadine ma
formatosi a Siviglia, lo « spagnolo Ghido Reni »
29
, intrave dendo in esso una stretta affinità
estetica con il ling ua gg io del bolognese.
Nel secolo suc cessivo è Cé an Bermúdez a distin guere altre fonti d’ispir azione che
Murillo scelse dalle op ere di artisti come Ste fano de lla Bella, Ribera e Tiz iano,
giustificando simili riferimenti attrave rso un ipoteti co sogg iorno – per altro riferito anche
da Antonio Palom ino
30
– che lo stesso pittore avrebbe trascorso a Madrid protetto da
Velázquez
31
, con l’int ento di migliorare la sua tecnica attraverso lo studi o e la copiatura
deg li ori g inali presenti nelle residenze reali.
Analogamente, nel 1848 il pittore Valentín Calderera ese rc itò un giudiz io
negativo al soprannome con cui Zurbarán era noto in quel momento, ovvero «Caravaggio
28
Carta reco gida in: Carriazo, 1 929: 175.
29
Po nz, 1780, IX: 272.
30
Palo m i no, 1986 : 291.
31
Ceán Ber múdez en Madrazo, 1 832, I: 32. Céan Ber mú dez, 1 806: 48 - 49.
Introduzione
34
spagnolo» , poiché l 'unica somig li anza che riusciva a notare nelle sue opere era il « vi gore
solo del chiaroscuro »
32
tipico de l pittore lombardo. E a ncora, nell’accrescimento de lla
critica artistica dedicata a Murillo, Pedro de Madrazo sottolineava anni dopo la stretta
relazione tra le sue Vírg enes e le Madonne di Raffaello Sanzio
33
.
La conoscenza che qu esti scrittori avevano della cultura italiana dov eva essere
molto ampia, così come l’accesso alle fonti storico -artistiche spagnole, in particolare di
autori come Francisco Pacheco, B artolomeo Carducci, Jusepe Martíne z e Antonio
Palomino.
Inoltre, il modo in cui s ono stati fatti questi con fronti stil ist ici suggerisce che i
maestri sivigliani dovrebbero conoscere a fondo le opere dei pittori italiani, poiché questi
critici non giustificarono tale dipendenza artistica. Tale aspetto potrebbe verificarsi grazie
al fatto che nell’Settecento a Siviglia vi e rano ancora un g ran numero di opere provenienti
da Firenze, Genova, Roma, Bologna, Napoli e Milano, le quali molto probabilmente
erano pr ese nti in città già dal S eice nto. Questa ipotesi viene confermata da Ponz nel suo
Viage (1780)
34
, da Montero de Espinos a nella sua Guía de forasteros (1832)
35
e da
Amador de los Ríos nella Sevilla pintoresca (1844)
36
, pubblicazione, quest’ultima, assai
critica riguardo alla dif fusa pratica dei forestieri di saccheggiare le op ere d’a rte nei luo ghi
di culto e nei conventi di Siviglia, nonost ante già a quel tempo fossero state e manate leggi
per la loro protezione, una situazione c he sarebbe stata a gg ravata da ll a campagna
Napoleonica . Amador d e los R íos ribadiva inoltre come nella cost ante diminuzione del
patrimonio artistico, un’ importa nte ruolo per la loro difesa fu rivestito dai collezionisti
sivigliani i quali, c onsci del valore d elle opere d’arte nel te rritorio, ne acquist arono in
gran numero per impedirne l’esporta zione
37
.
32
Calderera, 1848: 358 .
33
Madraz o, 1882.
34
Po nz, 1780, IX.
35
Montero d e Espinosa, 1832.
36
Amador d e los Ríos, 1844.
37
Amador d e los Ríos, 1844 : 408- 409.
Introduzion e
35
Nello studio di ciascuna delle collezioni analizzate nel present e lavo ro, la pittura
italiana ha una preminenza indi scutibile, sia per numero che per qualità
38
. Tuttavia,
all'inizio del XX se colo tali gallerie private erano già disperse e l’esistenza dei dipi nti in
esse contenuti era stat a praticamente dim enticata. Anche senza l a certezza della
convivenza tra le opere italiane e dei m aestri loca li nella Siviglia del Se icento, la
storiografia – principalmente quella straniera – ha insisti to molto su que sta tan ge nza
figurativa. In particolare, Au gust L. M a y er av eva identificato n ell’ origine compositiva
del Gesù bambino con San Giovannino (popolarmente chiamato I Bambini della
conchiglia ) di Murillo un’incisione di Guido Reni, che a sua volt a si era basato su
un'opera di Annibale Carracci
39
. Lo studioso riconosc eva inoltre nello stile di Murillo un
forte influss o della pittura di R affaello – già riconosciuto dalla letteratura d ei se coli
prece denti – e di Corre ggio, rendendo così l’artista sivi g liano « u n compañ ero de Guido
Reni, y nosotros creemos que realmente debemo s llamársele el Reni mejor que el Rafael
español »
40
.
Tuttavia, a mettà del XX secolo in Spa g na i dipi nti di entrambi i pittori – Reni e
Murillo – stavano subendo un deperimento estetico, che si tradusse in una stanchezza
compositiva e ripetitività causata dal la propa g azione delle opere di Murillo attraverso una
riproduzione seria le di bassa qualità, situazione questa da lla quale il pittore sivig liano
sarebbe salvo molto presto, ma a cui oggi il bolognese continua in giustamente, proprio
per l'assimilazione stilistica tra i due artisti.
Lo stesso problema non accadde a Ve láz quez, de l quale Roberto Longhi avrebbe
affermato nel 1927 c he, nella sua fa se sivigliana, doveva conoscere la produz ione
cara va gge sca? Io preferisco caravaggesca in riferimento alla realizzaz ione di dipinti come
il San Tommaso Apostolo del Museo di B elle Arti di Orleans
41
.
38
Amador d e los Ríos, 1844. La seconda par te dello stesso volume è dedicata all 'enumerazio ne delle
opere che erano nelle collezioni private si vigliane.
39
Ma y er , 1913 : 89.
40
Ma y er , [1911 (201 0)]: 250.
41
Longhi, 19 27: 4 - 12.
Introduzione
36
Eppure, nel XX secolo agli albori della storiografia relativa alla s cuola ba rocca
sivigliana, gli specialisti spagnoli ignorarono quasi del tutto le influenz e straniere dalle
quali i maestri andalusi trassero ispi razione. In tal senso, Narciso S ent enach vi de in
Francisco de Herrera, il Vecchio , il vero esponente della pittura naturalista, colui che
riuscì a lasciarsi alle sp alle una tradiz ione nata da quella scuola «which had been made
manifest in the frescoes and panels of the Italian artist » , riferendosi senza dubbio a
Francisco Pacheco e a Pa blo de Céspede s
42
.
Negando così qualsiasi influsso straniero nel processo compositivo di Herre ra, lo
stesso studi oso affermò che la sua tecnica si basava esclusivamente sull ' imitazione del
naturale, rendendolo così responsabile dell'introduzione di tale lin g uaggio a Sivi g lia,
raggiungendo quell'obiettivo esclusivamente con il proprio talento e « his o wn inspira tion
and by th e mastery of his tools which he had acquired »
43
.
In questo modo Senten ach propose la n ascita d el naturalismo sivi g liano come
prodotto de lla evoluzione di questa scuola ovviando a tal fine il succ esso co ntemporaneo
del caravaggismo. Addir ittura, lo storico da veracità al suo discorso proponendo come
discepolo di Herrera a Juan de Roelas, pu r conoscendo l'ipotesi d el suo soggiorno in Italia
all'inizio del XVII secolo
44
.
Sentenach vide infa tti nelle opere di Roelas un c erto parallelismo con il colore
brillante della scuola lagunare ma, anz iché c onsiderarlo come un suo derivato, lo
giustificò come un 'a ssoc iazione casuale di idee, per il fatto che sia Siviglia che Venezia
essendo entrambe immerse nella atmosfera po rtuale, fluviale per la prima e marittima per
l’altra, erano de stinate a essere due sorelle unite dallo stesso Roelas
45
. Per questo motiv o
lo studioso accettò che R oelas – da lui rite nuto di origine sivi gliana – dov eva aver studi ato
e assimilato la tecnica di Tintoretto, Tiziano e Veronese, impiegando così il modo di far
42
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 79.
43
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 80.
44
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 88.
45
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 88- 89.
Introduzion e
37
risplendere al cuni colori, in combinazione con l’imitazione del naturale in uno st ile del
tutto personale
46
.
Con questa affermazione, lo storico pr edispose con convinzione una spiegazione
all'e ni g matico naturalismo presente nell'opera giovanile di Velázquez, la cui formazione
si era svol ta quasi del tutto nella bottega di P ac heco, consa crata a uno stile manierista
ritardatar io e incapace di generare nuove soluz ioni compositive. Tuttavia, lo stesso
Sentenach sottolineò co me in pre ce denza Velázquez fosse stato apprendis ta di Herrera e
da lui avrebbe potuto evolversi verso l'imitazione del naturale. Evitò però di trattare le
possibili influenze italiane diff icili da determinare allora, come segue: « Not withstanding
these circumstances V elazquez kept to the revolutionar y vigour of H errera's st y le, not
only in r egard to his drawing, but also in reg a rd to the stud y of nature which that master
had initiated »
47
.
Nel corso degli anni e con l’agg iunta di scoperte documentarie, utili tra l'altro pe r
aver chiarito va ri episodi della biografia di Roelas, la storiografia sivigliana ha concesso
a questo pi ttore la chiave il primato del naturalismo locale, ma da allora ha continuato a
cercare la sua identità come sintesi della sua propria idiosincrasia, ignorando i fattori
stranieri tr ascendentali d el XVII secolo, com e si può vedere nella Pintura Sevillana del
primer tercio del siglo XVII (1985)
48
.
Parallelamente dall 'inizio de l XX secolo prolifera rono gli studi sull’ascende nte
che l’a rte italiana ebbe i n Spagna, tra i quali si contano Ribalta y Caravaggio (1946) di
Ainaud Lasarte , in cui gli originali e le c opie degli del pittore lombardo conosciuti allora
in Spagna furono sistematicamente elencati, e il volume di Pérez S ánche z intitolato
Borgianni, Cavarozzi y Nardi en España (1964) pubblicato subito prima della sua tesi di
Dottorato Pintura italiana del siglo XVII en España discussa nel 1963 all'Università
Complutense di Madrid. L’opera di S ánchez in particolare assume un ruolo essenziale sia
nel censimento delle diverse scuole italiane p rese nti nelle cit tà spagnole, sia per una folta
46
Sentenach y Caba ñas, 1911 : 90.
47
Sentenach y Caba ñas, 191 1: 105- 106.
48
Valdivieso y Serrera, 1985:10 - 12.
Introduzione
38
racc olta di notiz ie storiche ri guardo a tutte quell e opere ce rtamente esistite ma non più
conserva t e
49
.
L’interesse verso tale argomento ha dato vit a, quasi c ontemporaneam ente a
diverse mostre a carattere locale e int ernazion ale, che h anno ribadito la dipendenza dei
pittori spagnoli nei confr onti del naturalismo italiano nel diciassettesimo s ec olo. In tali
occasioni, lo stesso tema è stato analizzato, sofferma ndosi in particolare sui protagonisti
della scuola sivigliana qua li Zurbarán e Velázquez, per rendere a ltrettanto nota al
pubblico la rapidità con cui un simile li nguaggio fi gura ti vo si propagò in seguito nel
continente europeo. Tra queste esposizioni si d istinse Caravaggio y el Naturalismo
español (1974) organizzata a Siv iglia da Pérez Sánchez, così come De He rrera a
Velázquez: el primer naturalismo en Sevilla (2005) fatta in questa medesima città dallo
stesso storico e Benito Navarrete Pri eto. Nel catalog o di quest’ultim a, il s aggio di Salort
Pons dal titolo Las relaciones artí sticas entre Itali a y Se villa durante el pri mer tercio del
siglo XVII è di fondamentale importa nza per comprendere quali fossero le dinamiche che
legarono la comunità italiana alla c apitale andalusa, focalizzando in particolare quelle
relazioni tra l e due penisole che nel XVII s ecolo furono determinanti per l’influenza
artistica
50
.
Negli anni Novanta del Novece nto, ad arricchire il panorama di studi
sull’arg omento vi è inoltre la tesi di Dottorato di Navarrete Prieto L a pint ura andaluza
del siglo XVII y sus fuentes grabadas in cui viene dimostrato quanto fosse in uso presso
le botteghe d’arte a ndaluse l'uso di incisioni di artist i stranieri
51
.
Nonostante lo sforzo impieg ato dalla critica per dimostrare l’affluenza di
numerose op ere d’arte e stampe itali ane a Sivi g li a nel Seicento, o g ni volt a si è studi ato
appositamente l 'influsso di un modello con quella provenienza su un dipinto da un
maestro sivigliano, gli sp ecialisti hanno ritenuto o pportuno int rodurre una giustificazione
per chiarire che con qu esti contributi non e rano intesi a erodere l'id ea di “o rig inalità” di
49
L'accettazio ne dell'influenza italiana nella Siviglia del XVI seco lo è ampiamen te ac cettata; si veda ad
esempio Nueva Roma: mitologa y humanismo en el Renacimiento sevillano (1 979) di Lleó Cañal.
50
Salort P ons, 2005: 53 -68.
51
Navarrete P rieto, 1997.
Introduzion e
39
questa scuola locale. Così, ad esempio, Guerrero Lovillo nel suo articolo Murillo y
Assereto (1950) dimostrò le somi g lianze tra l e ope re di entrambi gli artisti, ma in seguito
dedicò diverse pagine p er sba razzare del concetto di plagio che poteva affibbiarsi al
pittore sivi g liano
52
. I n dat e più recenti, alcuni specialisti del pittore hanno cercato di
minimizzare il suo uso d elle incisi oni italiane come fonti d’ispira zione e l'impatto che
queste ebbero sull a sua produzione, anche quando gli esempi risultan o palesi. Tale
censura nei confronti di questa pratica, ritenuta estranea al pro cesso compositivo di
Murillo, era infatti considerata come una c onsuetudine da nnefice non solo per lui, ma per
l’immagine del “genio” crea tivo di tutti gli artisti sivig li ani, che dunque dove vano
distinguersi esc lusivamente nel solo esercizio dell’imitazione del naturale
53
.
Ciò indi ca che una parte della storiografia m oderna continua ad accettare
l'immagine ricorrente di una scuola ba rocca sivi gliana autoprodotta, con la pr ese nza di
diversi ma insignificanti riferimenti esterni, come teoriz zato all'inizio del secolo scorso.
Q uesta tendenza apport a così al concetto di “originalità” alcune sfumature inerenti alla
situazione culturale di quei momenti della nascita delle avanguardie storich e, quando la
novità era l’elemento preminente per la considerazione dell’arte. L’osse rvazion e dei
prototipi estetici stranieri era parte integrante del processo di apprendimento dei pittori
sivigliani, così come la reiterazione di singoli modelli per creare nuove opere.
L'or i g inalità p erciò non si applicava alla novit à iconografica ma al raggiungi mento di uno
stile personale in grado di nascondere la citazione di altri maestri. Ciò si percepisce nei
trattati Arte de la Pintura (1649) di Pacheco e ne El Museo Pi ctórico y la Escala Óptica
(1715-1724) di Palomino, in cui la stessa pratica era intesa anche come una sorta di
divertissement int ellettuale che permetteva all’artista in erba di dist inguersi per la sua
conoscenza de lla scena a rtistica interna zionale.
La presenza degli italiani nella Siviglia del Seicento è stata studiata a partire
dall’Ottocento, concentrando l’attenzione sug li scambi commerciali tra I t alia, re g no di
52
Guerrero Lovillo, 19 50.
53
Valdivieso, 20 10: 151.
Introduzione
40
Siviglia e America e ignorando quasi del tutto il ricco patrimonio culturale c he una sim ile
migra zione di persone av eva inevitabilmente importato. Anche così, tali rice rche risu ltano
insufficienti per compr endere il tessuto sia umano che urbano di Siviglia, articolato in
molteplici comunità straniere – tr a le qu ali si contano quella fiorentina e qu ella genovese –
che erano riuscite ad ottenere un rilevante peso so cio -politico. A far luce s ul medesimo
tema sono stati diver si conveg ni it alo-spagnoli, in particolare: La Presencia itali ana en
Andalucía: siglos XIV-X VII (1989), e Génova y la monarquía hispánica (1528 -1713)
(2011), nonché varie tesi discusse nell'ultimo decennio, come qu ella di Be n Yessef
Garfia, intitolata Una fa milia genovesa entre la república y la monarquí a hispánica:
Battista Serra como modelo de red transnacional en un sistema policéntrico (finales del
s. XVI-mediados del s. XVII) (2015). Meritano att enzione, nonostante non riguardino in
particolare il r egno sivi gliano, anche la collana chiamata España e Italia a cu ra del Centro
de Estudios Europa Hisp ánica , come anche la t esi di David G arc ía Cueto sul Seicento
Boloñés y Siglo de Oro español: el arte, la époc a, los p rotagonista s (2006) .
Pertanto, l'interesse di questa ricerca si basa sull ’armonizzazione delle discipline
storiche, e conomiche, politi che e so ciali ch e n el corso del t empo si sono o ccupa te d ella
presenza it aliana nella Siviglia nel XVII secolo co n que lle altre culturali, per evidenziare
un fenomeno di influenze artistiche che ebbe un impatto nell'evoluzione della scuola
pittorica locale. Il presente lavoro tenta così di mett ere a fuoco sia il rapporto tra i mercanti
e gli agenti d’arte italiani di stanza nel reg no sivi gliano con il collezionismo d’arte, sia il
percorso cronologico de lle raccolte di dipi nti italiani giunti in Andalusia soprattutto
grazie alle importazioni di religiosi e nobili dalla stessa penisola. Così, il risultato di tal e
indagine vuol e sottolineare come g li artisti locali a vevano a disposizione un repertorio di
originali, copie e stampe it aliani assai più variegato di quanto è stato dimos trato fino ad
ora, e che l a cultura italiana coeva era stata parte integrante dell’evoluzione della scuola
andalusa.
Introduzion e
41
Obiettivi della ricerc a
Integrando i percorsi di rice rca che saranno elencati nella successiva s ezione
dedicata alla m etodologia, l 'obiettivo principale d i questa tesi è lo studio dell’influenza
dei modelli figurativi prettamente italiani sull o sviluppo dei maestri del barocco
sivigliano. In particolare, con i risultati ragg iunti nelle tesi di L aurea e di M aster, è stato
possibile verificare in che modo gli artisti della scu ola bolognese esercitarono il loro
influsso nella Siviglia del XVII e XV III s ec olo; basti pensare , per esempio, al debito
figurativo di Murillo nei confronti delle oper e di Guido R eni. Estendendo questo stesso
modello di ricerca a tut te le scuole pittorich e italiane, l’intenzione è quella di poter
ottenere una conosc enza molto più acc urata e reale, non solo della pittura barocca
sivigliana, ma a nche della temperie culturale propria del medesimo contesto ge ografico.
L’inte nto se guente mira a ricostruire i ca nali di comunicazione attraverso cui le
espressioni culturali di S iviglia e delle v arie ar ee d’ I talia si sono incontra te tra XV II e
XVIII secolo. Que sto contributo tenta così di superare i limiti de lla storia dell'arte
integrando la storia g enerale, poiché le connession i culturali sono sempre subordinate ad
altri elementi che sfuggono all'arte stessa, com e ad esempio i sistemi di trasporto, le
transazioni economiche e tutti quei fattori umani che hanno reso possibile un simile
processo.
Terzo obiettivo del presente lavoro è quello di riportate alla luce i dipi nti italiani
– sia originali che copie- nelle collezioni civili e re ligiose dei terr itori che faceva no parte
dell'arcivescovado di Sivi g lia. Le stesse opere p ermettono inoltre di stabilire in quale
misura l'arte italiana ha esercitato la sua influenza nella scuola sivigliana.
Parallelamente, tale studi o vuole indagare l ' origine e la paternità di alcune opere
appartenenti alle gra ndi coll ezioni ecclesiastiche e nobiliari sivigliani, spesso ascritte ad
un “anonimo it aliano” e per questo d el tutto inosservate. S velare la loro or i gine italiana
ci permette di dare inoltre una dimensione sociale e antropologica al presente lavoro,
contribuendo al contempo all’analisi del gusto del pubbli co sivigliano e dei possibili
motivi di tale frequente domanda di dipinti.
Toscana y Se villa
48
respuesta d el pontí fice ro mano y de toda la curia en el célebre Concilio de Trento entre
1545 y 1563. No obstante, las resoluciones no fueron suficientes para mantener la
hegemonía del poder eclesiástico romano, generándose la Guerra de los Treinta Años, la
cual con cluiría en 1648 c on la Paz de Westfalia. E l siglo XV I fu e también el período d e
la estructuración y primera ordenación de América tras su descubrimiento, por el cual la
corona española estableció un sistema de fundac iones de ciudades y al mismo tiempo
impuso la evangelización cristiana. Al otro l ado del Atlántico, Esp aña tuvo que
enfre nt arse a va rios problemas bélicos, como los ataques de los piratas y la l ucha con
otras grande s naciones europeas que deseaban controlar este va sto t erritorio.
Le jos d e esta conflictiva esfera, nacieron y se f ormaron los gra nd es maestros
italianos del R enacimiento. Rafael Sanzio (1483 – 1 520), los cono cidos venecianos J acopo
Comin, Tintoretto (1518 – 1594) o Tiziano Vecellio (1477 – 1576), a sí c omo del magnífico
Miguel Án g el Buonarr oti (1475 – 1564), fueron los c imientos para las generaciones
sucesivas, ex cepc ionales y emergentes pintores nacidos también en Italia, qu e
prolongaron la influen cia de sus estilos en toda Europa, hasta el sur de la península
ibérica
56
. En este sentido, la presencia de la cultura italiana en Sevilla se debió a varios
factores, siendo el más si gnificativo el proceso de asimilación del gusto de los nobles y
agentes hispal enses por el arte de las dist intas es cuelas italianas
57
. Especialmente aquellas
personalidade s que debieron transitar e ntre ambos territorios, como Fe rnando Afán
Enríquez de Ribera y Téll ez -Girón, III Duqu e de Alcalá, Emb ajador de Felipe IV ante la
Santa Sede en Roma y Virre y d e Nápoles y Sicili a, uno de los referentes culturales más
relevantes en la Edad Moderna en Sevilla. Tal y cómo hicieran sus antepasados, fue un
excelente coleccionista, aumentando el patrimonio artístico de la residencia famil iar, la
Casa de Pilatos, con obras que adquirió en el ex tranjer o de a rt ista como Guido Reni,
Artemisia Gentileschi (1593 – 1654) y José de R ibera (1591 – 1652), entre otros, y
56
Par te de este capítulo se dio a co nocer en una conferencia r ealizada po r el que escribe en Roma, el 11
de mayo de 2 016, en el seno de un taller de j óvenes investig adores or gan izado por el Museo Nac ional del
Prado y CSIC -Roma, titulado Geografía s de la pintura barroca .
57
En un sentido general, lo s cinco m o dos de relac iones que dep enden de los agentes, civiles y religiosos,
y comerciantes, fueron estable cidos correc tam e nte por Salo rt Pons en 200 5, pero todavía esta suerte de
clasificación sig ue vigente; véase: Salort P ons, 2005 : 66 - 67.
Toscana y Se villa
49
numerosas copias d e importantes maestros d el momento como Michelan gelo Merisi da
Caravaggio (1571 – 1610)
58
.
Del mismo modo, el establecimiento de di ferentes estirpes d e c omerciantes
italianos en la capital hispalense y l os territorios de su antiguo reino fue es encial p ara la
implantación de l a cultu ra italiana, banqu eros, f actore s y agente s qu e s e dedicaron al
comercio entre Europa y América, por s er Sevilla el exclusivo enlace – puerta del Nuevo
Mundo – desde principios del siglo X VI
59
. En esta misma c enturia, consciente de la
transcendencia económic a del comer cio con aquel continente, Floren cia a spiraba a ser
una de las principales c apitales italianas con un p uerto a su disposición – u na ambición
que ya pudo cons eguir en 1406 con la conquista de P isa – , y las familias florentinas
enriquecidas comenzaro n a negociar con otros puntos europeos estr atégicos, c omo
Brujas, Lisboa y M álaga . Una de estas estirpes fue la de los Alberti, c uya base comercial
principal se lo ca lizaba precisamente en Sevilla. El número de ciudadanos florentinos
establecidos en est a ciudad no fue mu y alto hasta avanzado el siglo XVI, pu es a comienzo
de la centuria se contaba solamente con v einte co merciante s toscanos allí establecidos,
siendo uno de los más transcendentes Ron dinelli, quien sust ituy ó a Gianne tto Berardi en
el cargo de age nte de los Medici tras su muerte en 1509
60
. Después que los Reyes
Católicos concedieran en 1486 la licencia a estos comerciantes, el número d e flor entinos
aumentó en la c iudad, surgiendo d e este grupo algunos de los acompañantes de Cristóbal
Colón en su e x pedición a América. Además, otro navegante y explorador italiano,
Amerig o V espucci, se inst aló en el entorno del mencionado B erardi en Sevilla, después
de las diversas misiones re alizadas para su patrón, L orenzo de' Medici, como tambié n
harían Pietro Rondinelli, Fra ncesco Bardi, Gherardo y Simón Ve rde, entre otros
61
.
Sin embarg o, l as relaciones culturales entabladas con la región d e Toscana en
estos primeros años del siglo X VI se ge stionaron a tr avés d e las c omunicaciones
58
Sobre la colección del III d uq ue de Alcalá e xiste una amplia bib liografía, véase especial mente: Brown
y Kagan, 198 7: 231 - 255.
59
Sobre el periodo de establecimie nto de las nuevas red es entre Sevilla y el Nue vo Mundo, véase :
Cachero Vinue sa, 2011: 25 -51.
60
Otte, 19 86: 191-1 92. Este personaje fue uno de lo s grandes apoyos con los q ue contó Cristóbal Colón
para lo grar su hazañ a.
61
Varela, 1 986: 125- 127.
Toscana y Se villa
50
comerciales con las ciudades castellanas. C on el éxito de la política mercantil impuesta
por los Reyes Católico s, la pre sencia española en Florencia se fue consolidando
gradualmente, conformándose así un sis tema de vínculos durader os. Primeramente, estas
se estable cier on con las ci udades del norte d e España, constitu y endo una red de tra nsporte
que serviría para confirmar la nueva alianza. L a nación española en Floren cia se afianzó
aún más grac ias a la polí tica de Carlos V, quien planeó un matrimonio – finalmente
fallido – entre su hija, M argarita de Austria, y el duq ue de Toscana, Aless andr o de' Medici,
posible hijo ileg ítim o del papa Clemente V II . M ás allá de l as int rigas po líticas que se
llevaron a cabo en este p eríodo, el Gr an Ducado d e los Medici fue apo ya do por el monarca
español, facilitándose así las medidas adoptad as para el comercio con los territorios
castellanos
62
. La s provincias españolas más beneficiada s fueron las del norte, como
Cataluña o Burgos
63
, donde se cel ebra ban grandes ferias que atraían el int erés de toda
Europa
64
, siendo estas, por tanto, los territorios de origen d e la ma y oría d e españoles
establecidos en Flore ncia en e l siglo X V, como los notables pe rsonajes Juan Suáre z de la
Concha, J uan de Lag o y Lesmes de Astudillo
65
. Este últ imo tendrá una importancia
especial p ara el pr esente estudio, debido a que su hij o Gaspar se casaría con la sevillana
Petronila de Mazuelo
66
, y de esta relación nacería Antonio, quien llega ría a ser canónigo
de la Iglesia Me tropolit ana hispale nse
67
.
62
González T alavera, 2011 : 21-22. Plaza, 201 6: 39-71 . Destacan por entonc es una serie de e spañoles que
se introdujero n en los centros culturales tosca nos, co m o la institució n universitaria del St udio di Pisa, y
religiosas, co m o la Co m pañía d e Jesús de Florencia; véa se especialmente: Plaza , 2016: 103 - 110.
63
Burgos se consolida c o m o una ciudad com ercial p róspera en la últi m a décad a del siglo X V, gracias a su
prod ucción agrícola y de lana; Casado Alonso, 1991 : 77. Para profundizar, véase: Vald eón Baruque,
1984 . Sobre las ferias comerciales en Catalu ña en este period o, ver: López, 2 001: 309-33 3.
64
González T alavera, 2012 : 12 02 -1203. Otra motivo que fa voreció el establecimiento de los españoles e n
Florencia fue el matrimonio de Cos m e de’ Medici co n Eleonor de T oledo en 1529. P ara c onocer la
importancia del co mercio entre Castilla y Europ a, véase: Ca sado Alonso, 19 95.
65
González T alavera, 2011 : 11 7.
66
Basas, 19 65: 490. Además de esta noticia, el autor habla de una gran co munidad de ciudadanos d e
Burgos en Sevilla en contacto co n sus compatriotas residente s en Florencia, sobre todo en el círculo d e la
compañía de los Astudillos.
67
Al menos en 16 15 ya vivía en Sevilla, do nde presentó la pr ueba de lim pieza de sangre par a formar
parte d e la Iglesia de esta ciudad; Salaza r Mir, 1995 : 82. En u na carta escrita p or Lesmes de Astudillo y
dirigida a Antonio de Montalvo , otro comerciante esp añol e n Florencia, se hab la de Gaspar co m o
residente en Sevilla ya en 1571, aunque erró neamente no m b ran a un her m a no de este. Archivio di Stato d i
Firenze (ASFi), Ramirez Monta lvo , serie fam iliar, inserto 1, pieza 4 ; carta ya analizada por Go nzález
Talaver a, 2011: 229 (nota 80 5). La f amilia de Antonio Ramír ez de Montalvo llegó a tener una gran
relevancia social y económica, llegando a poseer d iversas propiedad es, siendo la más céleb re el palacio
del Bo rgo degli Albizzi. Sobre su con strucción y evolució n, as í co m o el coleccionismo ar tístico que
ejer cieron en aquella ciudad, véase: P laza, 2016: 163 - 282.
Toscana y Se villa
51
Tras la conformación de una administración centraliz ada en España, con el motivo
de la conquista americana, se eligió a Sevilla c omo sede de todas las i nfra estructuras
relacionadas con el tránsito hacia el Nuevo Mund o, como la Casa de Cont ratac ión. Esta
fue la primera causa del florecimiento de la ciudad en Edad Mod erna, debido
principalmente a la situación de su puerto como r eg ulador del comercio co n las Indias, y
punto de obli ga do p aso para todos los extranjeros que d eseaban viajar a Amé rica. Así
comenzaron a e stablecer se las fa milias it aliana s, siendo la de los flor entinos la nación
más presente junto c on la genovesa
68
.
68
González T alavera, 2011 : 10 6. Esta autor a, tomando las palabr as de Federigo Melis, d emuestra cómo
las co m p añías mercantile s f lor entinas de los si glos XV y XV I gravitaron alrededor de algunas ciudades
españolas, entre la s que se enc ontraba Sevilla.
Fig .1. - F ran cisco Niculoso
Pisano, Ret ablo de la
Visitación de la Virgen a su
prima San ta Isabel , 1504.
Sev illa: Real Al cázar.
Toscana y Se villa
52
Todo el movimi ento producido por estos age ntes generó una fuerte respuesta en
el á mbito de la cultura, una réplica enérgica que trajo consigo la asimilación del
Renacimiento en Andalucía desde principios del siglo XV I , como adopción del proceso
previamente d esarrollado en I talia. Es cierto que esta influenc ia se debió sentir e n primer
lugar en el reino de Castilla, para lle g ar paulatinamente a Sevilla, la ciudad castellana más
populosa en la qu e se conformó una elite cultural humanista que adoptó l os hábito s del
co rtesano de la esf era clásica italiana
69
. La introducción del Renacimiento, p or lo tanto,
se debió inicialmente a los encargos que la nobleza sevillana realizó a los artistas italianos
establecidos en esta ciud ad como parte de la ambi ción de emulación. En este sentido, la
escultura resultó ser un ex itoso medio para m aterializar el novedoso pensamiento
humanista de esta época, especialmente a través de los eleme ntos de decoración
ar quitectónica, las lápidas, laudas y sepulcros de mármol. L os pr imeros ejemplos
documentados en Sevilla en este estilo fue ron las obras de cerámica vidria da ejecutadas
por Francisco Niculoso Pisano (c.1470 – 1529) p ara la fachada de la i g lesia de Santa Paula,
y el retablo de la reina Isabel I encargado para la capilla del Real Alcázar (fig. 1)
70
. Al
mismo tiempo, se dio la llegada de obras escultóricas desde Flore ncia, como varias
terracotas esmaltadas procedentes del taller de An drea della Robbia (1435 – 1525), siendo
uno de estos ejemplares l a Madonna de la Granada de la Catedral hispalens e, identificado
por Gestoso como el mencionado por Gior gio Vasari (1511 – 1574) en sus Vidas
71
. Otro
significa tivo trabajo que llegó al sur de España fue el San Juanito ubicado en la Ig lesia
de Salvador d e Úbeda, e l cual fue realizado por Miguel Ángel entre 1495 y 1496. Est a
escultura fue atribuida al B uon arroti por Gómez Moreno antes de ser des truido en las
revueltas de julio de 1936, y tras su r eciente restauración, Fra ncesco Caglioti ha
confirmado la autoría
72
. Se piensa que originalmente fue r ealizado para P ierfrancesco de '
69
Martín García, 2 000: 27.
70
Davillier, 201 0: 9 -10. Para profundizar sobre este a rtista, véase: Morales M artínez, 1991 . Otro
interesante retablo de Niculoso Pisano conservado co n estas características en la act ualidad se encuentra
en el Monasterio d e Tentudía, el cual fue e ncargado p o r el vicario Juan Riero en 15 18; véase: López
Fernández: 201 4, 23 -46. Se demu estra así que la fama de sus ob ras sevillan a s llegaría a otro s puntos de la
península, en este caso Extremadura.
71
Gestoso y Pérez , 1903: 184.
72
Caglioti, 2012 : 2-81; 2 014: 142-168 . Después de la restauración, la obra fue expuesta en el Museo
Nacional del P rado en marzo de 2 015 en un evento titulado El Sa n Juanito recuperado: una escultura de
Toscana y Se villa
53
Medici, pero más t arde C osme I se lo regaló a Francisco de los Cobos, secret ario de Carlos
V, quien d epositó la escultura en la mencionada i glesia de Úbed a, el cua l es a su vez un
trascendental edificio en la recepción de los modelos arquitectónicos del Renacimiento
en España. De los Cobos formó parte de los centros italianos más notables de su época,
tray endo consi g o una gran cantidad de obra s de arte, y animó a varios artistas del círc ulo
de Rafael Sanzio a venir a Españ a, viaje que harían Juli o de Aquiles (†155 6) y Alejandro
May ner (†1545)
73
.
Miguel Án gel en Españ a. Véase: https://www. museodelprad o.es/actualidad/exposicio n/la -obr a-inv i tada-
el -san-juanito-recuper ado- un a/4 805976b -3be5-47fc- 8535 -15d04fa046f4 (consultado: 21 febrer o 2019) .
73
Palo m i no, 1797 : 354-355. Sebastián Lóp ez, 1997: 189 -190. Dacos, 1 997: 24 -33; 107-11 4; 2007: 81 -
117. A lbelda Solís, 2014: 21 -27. Galera Andreu, 201 9: 195 -122.
Fig . 2. -Pietro T orrigiano,
San Jeró nimo Peniten te , c .
1525. Sevil la: Museo de
Bell as Artes.
Toscana y Se villa
54
Además de é l, otros nobles encargaron pa ra sus re sidencias decoración mar mórea
con elementos del nuevo estilo, ya fueran importados desde Italia o realiz ados por artistas
italianos en Andalucía . Los ejemplos más importantes debido a su enve rgadura fueron el
Castillo de la Calahorra en la provincia de Granada, encargado por Rodrigo Díaz d e
Vivar, Marqués de Zenete, entre 1509 y 1512
74
, así como el castillo de V élez-Blanco,
ubicado en la provincia de Almería, cuyas obras iniciaron en 1506 gracias al patronazgo
de Pedro de Fajardo y Chacón, Marqués de Vélez, cuya de coración fue realizada en
mármol de Macael por Francisco F lorentín y Martín Mil ané s
75
.
Otro artista toscano cu y a presencia en Sevilla se considera trascendental para el
devenir de la escuela escultórica local hasta el si glo XVII fue Pietro Torrigiano (1472 –
1528). Este escultor formado al mismo tiempo que Miguel Ángel con Bertoldo di
Giovanni (c. 1435 – 1491) en la academia artística patrocinada por L orenz o de' Medici,
llegó a Sevilla dur ante l os años en qu e la ciudad se engalanaba para la celebración del
matrimonio de C arlos V , después de probar suerte en otras co rtes europeas como la
francesa o la inglesa
76
. En la capital andaluza realiz ó diver sas esculturas de terracota
como la Virgen de Belén y el San Jerónimo penit ente (fi g . 2) , ambas cons erva das en el
Museo de Bellas Artes de esta ci udad que influy er on decisivamente en artistas como
Roque de Balduque (†1561), Jerónimo Hernández (1540 – 1586) y Martí nez Montañés
(1568 – 1649)
77
. P rec isamente, a comienzos del siglo XV II , con la presencia de este últ im o
maestro mencionado, la escultura en Sevilla sufriría un proceso de evolución paulatino
74
Marías, 19 90: 126 -122.
75
Scaglia, 200 1, XIII: 92 -94. La composición d e esta obra sigue en gran parte la d ecoración realizad a por
Giuliano da San gallo en la villa d e Poggio a Caiano.
76
Vasari, [1 568 (1879)], IV: 255 -264. Vasar i narra que el escultor murió en Sevilla en 15 28, en el
Castillo de San Jorge, mientras cumplía u na condena imp uesta por la Santa Inquisición po r destrozar un a
de sus prop ias esculturas que rep resentaba a la Virgen co n el Niño . P or otro lado, la explicación de la
salida de T orrigiano de Florencia se enc uentra en varias ané cdotas escritas po r Cellini, que narra có m o
Torrigiano atacó a Miguel Ángel en el tal ler donde se for maban, ganándose con ello la enemistad d e
Lorenzo de’ Medici. En: Cellini, [15 58 -1562 (1995)]: 106. Para la corte inglesa realizó algunos
magníficos retratos esc ultóricos, véase: W ardrop per, 2011: 47 - 49.
77
Re cio Mir , 2010: 130. Par a prof undizar so bre la estancia de T orrigiano en Sevilla, véase: Palomino,
1797 : 352-254. Justi, 19 06: 249-281 . Torm o, 19 18: 100 -103. Hernández P erera, 1957 : 15 -24. Hernández
Díaz, 19 73: 311-327. Dar r, 1992: 125 -139. Luque Ter uel, 2005: 1 11-130. Japó n et al , 2016: 62 - 73.
Toscana y Se villa
55
hacía el natur alismo partiendo de diversas influe ncias, incluidas las italianas, de modo
semejante al que se estaba produc iendo en los obradores de pinturas
78
.
La inst auración de las ví as del come rcio del a rte entre Florencia y Sevilla en la
primera mitad d el si glo XVI cont ribuy ó a crear unos sistemas de comunicación qu e al
final de la centuria llegaron a ser mu y estables. Al mismo tiempo, se vivía un momento
de debilidad ec onómica en los reinos espa ñoles, como lo demuestra que Feli pe II pidiera
reitera dos y cuantiosos p ré stamos a Francisco I de’ Medici , engrosando u na deuda que
embarga ba a la Rea l Hacienda, a pesar d e la continua llegada de metales preciosos desde
América en cantidades considerables y el esp lendor comercial con Europa
79
. Como puede
deducirse d e esta reflexión, los mayores b eneficiados en esta situación fue ron los
extranjeros, siendo ejemplo de ello tres familias florentinas asentadas en Sevilla hasta
bien entrado e n el siglo XVII, los F ederighi, F antoni y Bucare lli, quienes además
establecieron su residen cia permanente en la capital andaluza. Las dos primeras habían
levantado una misma compañía que op eraba entre América y los puertos de C ádiz y
Sevilla a finales del si glo XVI, fusionándose al final de la década de 1620 en una sola y
poderosa estirpe, que llevaría el nombre de Federighi
80
. Se conoce que del mat rimonio de
Giovanni Federighi y Gemma Canigiani nacieron cuatro descendientes, y s olamente uno
de ellos, Luigi, perm anecería toda su vida e n España mientras que el resto de la familia
volvería a la capital tosca na. Este p ersonaje nació en Florencia, pero desde muy temprano
fue criado po r los jesuitas en S evilla, ciudad en la q ue no solo levantaría una gran empresa
comercial, sino qu e tamb ién sería el lugar escogido para formar un nuevo y pr estigioso
linaje que no tendr ía fin hasta el siglo XI X
81
. Luig i continuó con el negocio familiar,
convirtiéndose en 1604 en uno de los carga dores de barcos más im portantes de la flota
78
Sobre la escultu ra se villana de este per iodo se ha escrito abunda ntemente; véase en espec ial: Roda
Peña, 20 10: 273- 306.
79
Nuñéz Roldán, 1 989: 26. Go nzález Talavera, 2011: 68 - 70.
80
Núñez Roldan, 1 989: 25 -27. Obviamente, la razó n principal del asentamiento de estas familia s en
Sevilla fue la ráp ida obtención de recursos a través del co mercio. Sin embargo, otr o m otiv o de peso que
prop ició el traslado de estas co m p añías fue la sit uación de grave inestabilid ad política y so cial que
To scana suf r ió en este mismo periodo, d ebido al enfrentamiento con Francia y las diversas ep idemias que
asoló aquella r egión. Véase también: Salor t Pons, 200 5: 66 - 67.
81
Salazar y Acha, 200 1: 216. Entre los hombre s ilustres de esta fa milia se enc ue ntra Antonio Vargas
Zúñiga y Federig hi (1825 -1904), VII I m arq ués de Pater na del Cam po, caballero d e Alcán tar a y
maestrante de Sevi lla, con quien ter m ina su li naje.
Toscana y Se villa
56
española d el tesoro. En esos años, su compañía fue consid erada como una de l as más
poderosas gracias a la exportación de cochinilla d el carmín de Tlaxcala (Méx ico) y d el
índigo ce ntroamericano
82
. Su red no solo se limitó a esta área a ndaluz a, sino que a demás
brindó sus servicios a ot ras autoridades en el norte de Esp aña, como el c apitán Antonio
de Oquendo, alcalde de la ciudad de San Sebastián, como se aprecia en un po der otorgado
en 1610: « S epan todos q uanto esta carta vieren como y o Luis Federighi, res idente en esta
ciudad de Sevilla, en nombre y voz de l capitá n Antonio de Oquendo vecino de la vil la de
San Sebastián […] »
83
.
Luigi F ederighi tuvo a de más en este re ino de Sevilla una compañía mu y prolífica
con Santi Fantoni, hijo de Giovanni Fantoni y Lucrezia Ambro g i, quienes se su maron a
la lista de familias florent inas asentadas en S evilla
84
. Este personaje era el único miembro
que se estableció en Cádiz , quizás enviado desde mu y joven a aque l puerto como age nte
de la mencionada empresa. L ui gi Fantoni obtuvo l a emancipac ión familia r y profesional
al casarse con la florentina L eonora Peri, vinculándose profesionalmente c on L uigi
Federig hi en 1588, y for mando ambos una comp añía que llevaría su propio nombre. El
vínculo entre l as dos fami lias irá más allá d el mero interés comercial, ya que Luigi
esposaría a Lucrezia Fantoni, una hija de Santi n acida en Cádiz
85
. De este matrimonio,
serían notorios dos hijos, J uan y L uis
86
, así como Gemma Federighi, quien se ca saría a su
vez con Antonio María Bucarelli, iniciándose con este matrimonio una n ueva estirpe que
tendría su r esidencia en el Palacio de los Bucarelli, localizado en la calle S anta Clara de
82
García Fuentes, 1 997: 210. Ja pón et al , 2 016: 77. El comercio de la cochinilla fue desde el siglo
anterior de gran provecho para o tros hombres de negocios florentinos, co m o demuestra la presencia en
Sevilla por este m otivo d e Filippo Sassetti – q uien fu e ade más acadé m ico – y Felice Salad ini en 1581 ; para
ello véase el apéndice documental, doc . núm. 8. T ambién alcanzó Sevilla Gio vanni Buonde lmonti, quien
junto con el Sas setti y Orazio Ner etti se embarcaron hasta G oa par a tratar con este material,
encontrándose ins ertos i nesperad am e nte en una de las travesías m ás lar gas realizadas por la costa a fricana
en el siglo XVI; véa se: Marcucci, 1895: 252 -256. T ucci, 1992. Felice Salad ini, en cambio, seguiría
presente en Sevilla d urante más años co mo intermediario, co m o de muestran varios po deres po r los que se
le encarga el cob ro de unas deudas de lo s flor entinos Filippo Ricasoli, así como de J acopo di Lutiano,
quien tenía intenc ión de recuperar un os pagos sob re unos tejid os vendidos a Francesco de Santi, reside nte
en Cádiz en 158 6. Véase el apéndice documental, docs. núm. 9 y 10 respectivamente.
83
Véase el ap éndice docu m e ntal, do c. núm . 1. Este ca pitán continuó con el neg ocio familiar de
fabricación y e xportación d e hierro a gran escala. En: Guevara, 2006: 248.
84
Una panorá m ica sobre la familia Fanto ni en Florencia, su as entamiento en Cádiz y su e volución h asta
el siglo XIX se puede ver en: I glesias Rodríguez, 20 08: 51 - 105.
85
Núñez Roldan, 1 980: 32 -37.
86
Par a dif erenciarlo d el padre, en esta ocasión se no m brará a este vá stago de Luigi Federighi con el
nombre castellanizad o de Luis.
Toscana y Se villa
57
Sevilla, el cual aún se conserva
87
. Este enlace debió de proporcionarle a la compañía una
mayor estabilidad ec onómica
88
, pues se conoce qu e Bucarelli también operaba en este
mismo periodo entre Es paña y F lorencia enviando telas de oro y otras merca ncías
relacionadas siempre con el comerc io d e tejidos de lujo, como el tafetán
89
.
El gusto por el mecenazgo artístico de estas estirpes les hab ría sido trans mitido
con mucha seguridad por sus progenitores, que si bien se desconocen aún qué obras
conformaban las muy probables colecciones que pose y eron, resulta determinante en este
sentido que estos mismos personajes se preocuparon por erigir la capilla de la nac ión
florentina en Sevilla con importantes encargos para su decoración, como se desvelar á en
un aparta do sucesivo de esta tesis. Esta hipótesis se puede confirmar además a través de
las biografías de los hijos mencionados d e Luigi: Juan Federighi, quien fue camarero
secre to del papa Urbano VIII , canónigo de la Catedral
90
y uno de los más importantes
mecena s de Bartolomé Esteban Murillo (1617 – 1682), y Luis Federighi, C aballero de
Calatrava
91
, alguacil y alcalde m ay o r de Sevilla, quien en cambio encargaría los cuadros
de los retablos de la iglesia de S an Benito de C alatra va a Juan de Valdés L eal (1622 –
1690). Además, en el inventario de sus bienes se inclu y en las obras de arte q ue componían
la pinacoteca ex puesta e n su morada sevillana antes de 1667, año en que se produjo su
muerte y fue enterrado en la citada capilla de su familia y nación:
« P rimeramente veinte y quatro láminas de bronce de diferentes pinturas
con guarniciones ne gras de Flandes de bara y q uarto de alto y bara y media de
ancho.
87
Núñez Roldán, 1 989: 71 -72. Díaz Blanco, 20 07: 626. González Cruz, 20 10: 37. El p rim o génito de esta
unión fue Luis Bucarelli, caballero de la Ord en de Santiago y comendador de San Esteban de Flor encia,
cuyo hijo Francisco Antonio ser ía nombrado I marqués de V illahermoso po r Carlo s II. El ex pediente co n
las pruebas par a la concesión d el título de caballero de la Orden de Santia go de Luis Bucar elli se
encuentra en Arc hivo Histórico Nacional (AHN), OM Ca balleros de Sa ntiago , exp.1261.
88
Díaz Blanco , 2007: 627 - 628.
89
Núñez Roldan, 1 980 : 40.
90
Fantoni y Benedí, 2006: 2 77.
91
El expediente con las p ruebas par a la concesión del título de Ccb allero de la Or den de Calatrava de Luis
Federighi y Fa ntoni se redactó en 1 630 y se puede consultar en: AHN, OM Caballeros de Cala trava ,
exp.883 . Otro de sus hermano s, Jeróni m o , fu e ta mbién nomb rado caballero de la m is m a o rden en 1 631,
en: AHN, OM Caballeros de Santiago , exp. 2836 .
Toscana y Se villa
64
debió sufrir una inesper ada muerte en Florencia, siendo el círculo de españoles más
cercanos a él quien se hizo carg o de envia r los bienes a su pad re. Ef ec tivamente, en el
poder notarial donde se confirma el arribo de las piezas, se menciona a s u prog enitor,
Jerónimo de Valladolid, como heredero de los bienes de su hijo, y en los registros de los
archivos sevillanos sus huellas desaparecen sin explicación en 1609
117
. Tanto Francisco
como Jerónimo tenían su residencia en S evilla, y fue allí donde Alessandro Del Nero en
marzo de 1608 confirmó que la mercanc ía ya estaba en sus manos, aunque debido tal vez
a un tra y ecto desfavorable en el Mediterráneo, las pinturas alcanzaron un estado d e
conservación no del todo correcto: « çien li enç os d e pinturas, los setenta y o chos de ellos
maltratados y los veinte y dos podridos y rotos, de ningún provecchio »
118
. Si bien la
descripción no se acompañó de nin g ún dato de ma yor inter és – como temáticas,
atribuciones o medidas – , se entiende que los eje mplare s se distribu y eron en dos grupos
diferentes, debido quizás a una notable diferencia de dimensiones, pero
independientemente de e ste hecho, al menos s egún la opinión de Del Ne ro, setenta y ocho
pinturas estaban e n condi ción de ser recuperadas.
Más allá de la ex perta v alorac ión del it aliano y de la indi cac ión de un elevado
número de pintura po siblemente de talleres florentinos en tierra andaluza, el
reconoc imiento de estas pinturas en la actualidad resultaría de gra n interés , pero la
care ncia d e ulterior infor mación dificulta este objetivo. Para dójicamente t an solo siete
años más tarde, en 1615, Hernando de Espejo, guardajoya s de Felipe III , redactó un
informe al re cibir e n la corte un a serie d e pin turas florentinas advirti endo que s e
encontraban « todos podr idos y rotos, que no son ni pueden ser de nin gún provecho ni
valor » , siendo algunas de ellas restaura das por el p intor Santiago Morán (1571 – 1626)
119
.
Aunque se conoce que estas obras estuvieron almacenadas en El Escorial v arios año s
120
,
y que la descripción del e stado de las mismas concuerda literalmente con aquella realizada
117
Sobre Francisco Sanz de Vallad olid solo se co nocía su implicación co m o co m ercian te entre E spaña y
América a co m ienzo s del siglo XVII, pero hasta ahora no se había señalado nin guna relación con Italia;
véase: Iniesta Mor illas, 2014: 6 6. Otro poder que co nf ir m a su relación con el co m ercio florentino y
genovés puede ver se en el doc. núm. 40 .
118
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 5.
119
Cruz Valdovi nos, 2008: 1 83.
120
Aunque las pinturas l legaron a Vallad olid en 161 5, estas estuvieron almacenas e n El Escor ial varios
años.
Toscana y Se villa
65
por Alessandro Del Nero, se trata en este caso de un conjunto regalado por la gran duques a
Cristina de L orena a la casa real española, siendo instaladas tras el p roceso de re paración
en las salas del convento de las Descalzas Reales de Valladolid , donde aún se hallan en
la actualidad
121
.
Ante la falta d e una ma yor aclaración en el documento firmado po r Alessandro
Del Nero sobre la adquisición de estos lienzos p or parte de Fra ncisco Sanz, se podría
pensar que formaran pa rte de un solo encargo para la decoración de algún espacio
relig ioso, mi sma finalidad que tendrían aquellas o tras treinta y dos enviadas por la gran
duquesa. Aunque podría ser también que las cien pint uras no tuvieran un único destino,
sino que fueran adquirid as para su libre comercio entre España y América. El padre de
Sanz fue uno de los comerciantes más importantes de la última década del siglo XV I
originario de Burg os, ll egando a ser nombrado factor de los asuntos económicos de
familias nobles de Castill a, como los R uiz
122
. Además de Francisco, tuv o otro hij o
llamado J erónimo que también se dedicó al comercio especializado de tejidos, como se
especifica en su licencia para ma rchar a América en 1591 en la n ave de Francisco
Martínez de L eiva, en la que cargó gran cantidad de « ruanes, brines e melinges»
123
. Esta
información permite reflexionar sobre el comercio de las pint uras en el Nuevo Mundo,
pues como se ha comentado anteriormente, con est as llegaron en la misma ocasión tejidos
florentinos que sería n muy apreciados por los clientes ultramarinos de esta familia.
Dejando a un lado l a fin alidad con la que se adquirieron estos lienzos, se debe
tener en cuenta que, s i bien los lienzos deteriorados de Valladoli d pudieron ser
restaura dos, en el grupo llegado a Sevilla ex istieron setenta y ocho de ellos que fueron
121
Mientras que la lle gada de las mercancías a Sevilla se rea lizó en 16 08, las pinturas para el convento d e
Valladolid serían prep aradas para su expedición e n 1611, segú n la ide ntificación de estas ob ras con las
mencionadas e n una carta que el conde Orso d’Elci envió a Cristi na de Lorena, en ASF i, Mediceo del
Principato , 6038, ff. 118v-11 9r. Goldenber g Stoppato, 1999: 9 0. La última restauració n realizada a la
mayoría de las ob ras se efectuó entre 2005 y 2007. Véase el informe correspondiente en M artínez de
Pisón Cavero, 2 007: 85 - 107.
122
Iniesta Morillas, 2 014: 66 -68. En las páginas citadas se estud ian las figuras de Jer ónim o de Valla do lid
y Francisco Sanz – entre otros numeroso s agentes – en el contexto del co m ercio co n Yucatán entre 16 06 y
1610 , pero no se relaciona a estos do s personajes co m o miembros de la misma familia. Es to se puede
deber a que la relación de par e ntesco se especi fica, al menos hasta es te momento, so lamente en el
docu m en to del Archivio di Sta to de Flor encia analizado en esta ocasión. P ara profundizar s obre la
compañía de los R uiz Embito y su releva nte posición e n la España del siglo XVI, véase: Lorenzo Sanz,
1979 , I: 216- 256.
123
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 6.
Toscana y Se villa
66
solo levemente dañados en el tr ayecto. Se deduc e de esta reflexión que al menos estos
pudieron ser r ecuperados, llega ndo a ser p resumiblemente el g rupo de pinturas de talleres
florentinos más numeroso hallado en la penínsul a ibérica en todos los tiempos, siendo
esta una noticia que mu y probablemente no pasaría desapercibida en el círculo artístico
sevillano
124
. Ma y or incluso que el r ega lo d e Cristina de Lorena, el cual constaba de tr einta
y dos lienzos, los cuales fueron pintados en 161 0 por veintiún artistas, entre lo que se
encontraban los más notables de la primera década del siglo XV II en Florencia, como
Francesc o Curradi (1570 – 1661), J acopo Chim ent i, ll amado también Jacopo da Empoli
(1551 – 1640), y Niccolò Betti (1550 – 1617), e ntre otros
125
. El conjunto llegó a Valladoli d
en 1615, después de v arios años almacena das en El Escorial e sperando su traslado al
convento de las Descalzas Reales, encargándose de esta op eración el mencionado
Santiago Morán, pintor de la corte de Felipe III
126
. No por casualidad, las pocas noti ci as
que se conocen de é l remiten a su trabajo como copista de las obras florentinas colocadas
en el altar de la iglesi a del conve nto vallisoletano, así como de restaurador de las piezas,
posiblemente auxiliado por J uan Serra no (c.1652 – 1690), artista discípulo de J uan Carre ño
de Miranda (1614 – 1685) (fig. 3)
127
.
Otra compañía asentada en Sevilla y compuesta por florentinos es la de Annibale
del Caccia y Baccio de Averona, considerada como una d e las más po derosa s en el
tránsito al siglo XVII. Estos agentes debían t ener u na red d e conta ctos bien f ormada entre
Sevilla y Florenc ia, como así se intuy e de los doc umentos notariales localizados. Si bien
en 1585 se hallaban en Sevilla solamente dos miembros, Annibale del Caccia y su
hermano Cosimo relacionados con el comercio de Indias
128
, y a en 1587 se l es unió en la
capital hispalense Baccio de Averona, estando todos empleados en el cobro de deudas,
como la cantidad d e dinero que J acopo de Lutiano quería recuperar d e Mic hele Saladini
124
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 15.
125
Goldenber g Stoppato, 1999 : 88. La pieza atribuida a Betti es una San ta Colletta, la cual probablemente
pueda identificar se con una obra d e la misma temática ejecutad a, en ca m bio , por Ma tteo R osselli para el
gran duque, que ta m bié n fue enviada a España co mo se indica en Baldinucci, 1812 , XI: 58 -59.
126
Cruz Valdovinos, 2 008: 1 71-187. Pér ez Sánchez, 2010 : 84.
127
Goldenber g Stoppato, 1999 : 93-96. Cruz Valdovinos, 2008 : 182 - 184.
128
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 76.
Toscana y Se villa
67
que por entonces est aba en pose sión de su herma no, F elice, en la capital hispalense
129
. Al
año siguiente , Annibale volvía a exigir unos pagos concernientes a lo obtenido en un
neg ocio financiado por Giovanni Battista Ricasoli en Cartagena de Indias a Saladini y al
capitán Giulio Evangelista
130
. Este capitán romano, que por entonces residía también en
Sevilla, poc o tiempo después, en 1590, se ase ntaría en la ciudad neogranadina lleg ando a
ascender, tanto en la mi licia como en lo social, tras el matrimonio c on un a hija del oficial
Martín Polo, lleg ando in cluso a querer pagar la construcción de la iglesia de la Trinidad
y a comerciar con el cuero, uno de los bienes más preciados
131
.
129
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 13. A partir d e unos poder es redactados en 1596 y 1 597 se
deduce que B accio de Averona se encontraba r esidiendo en Sevilla co n su hermano Atanasio y Ce sare
Baro ncin i. Véase el ap éndice d ocumental, doc. núm. 20 y 21.
130
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 14.
131
Block, 2 012: 241.
Fig . 3. - Retablo may or
de la igle sia de las
Descalz as R eal es,
Vall adolid.
Toscana y Se villa
68
En 1590, Annibal e del Ca ccia y C esare Baroncini firmaron como albaceas
testamentarios de Giulian o Gallo, otro florentino q ue residiría en la capital hispalense con
el común propósito de comerc iar con las Indias, aunque en aquel momento se hallaba en
Madrid, habiendo dejado como herederos a sus hermanos Matteo y L oren zo
132
. En 1595,
Cosimo continuaba enca rgándose en Sevilla de recibir una parte de un cargamento d e
dieciséis barriles de cochinilla llegado desde Goa hasta Alicante, como parte de un
neg ocio de la comp añía de Alessandro de Alfons o Strozzi
133
. Cabe destacar que uno de
los descendientes d e esta familia, Giulio del Caccia se convirtió en un a personalidad
relevante en el ambiente c ultural florentino, siendo nombrado ac adémico de la Accademia
del Disegno en 1641
134
.
Desde el siglo anterior, se había asentado también en Sevilla una rama de la
familia florentina Del Rosso, encabezada por Lorenz o, a quien se le localiza allí en 1551
involucrado en c iertos negocios del rico ba nquero afincado en Cádiz Jacome Botti
135
. La
continuidad de esta e stirpe e n la c iudad se c onstata con la pr esenc ia de un p ersonaje mu y
relevante pa ra la cultura sevillana de comienzos del siglo XVII, Giovanni Battista Del
Rosso. Al menos, a través de un poder notarial red ac tado en 1609, se confirma que e ra el
único de sus hermanos que seguía r esidiendo allí, siendo este instrumento realizado según
los intere ses de su sobrino L orenzo, quien por entonces tenía 9 años y vivía en Florencia.
Se comprende que Giov anni Battista era tío de e ste niño, cu yo padre Paolo Del Rosso
había fallecido siendo el joven su único h eredero, así como de su otro tío Do menico, quien
132
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 90.
133
Véas e el apéndice documental, d oc. núm. 15. Goa per tencía por entonces al reino d e Portugal, aunque
en esos momentos es taba integrado en la corona castellana, por lo qu e m u y posiblemente esta c ompañía
tuviera agentes e n Lisboa.
134
En los libros d e registro de l a Academia florenti na se documenta el p ago de las tasas por parte de
Giulio del Caccia hasta la décad a de 1650. En: ASFi, Acca demia del Diseg no prima Co mpagnia dei
Pittori , 107 , ff. 10, 11, y 25v. También fue electo en varias ocasiones co m o cón sul de la i nstitució n, cargo
que rechazó en se ndas ocasiones; véase: www.aadfi.it/accad emico/del -caccia- giulio/ (consultado: 2 6
febrero d e 2019).
135
Rodríguez Marín, 19 33: 33. Álvarez, 19 53: 90.
Toscana y Se villa
69
también habría muerto p oco tiempo antes
136
. Por tanto, Paolo debió establecerse en la
capital toscana a pesar de haber nacido prob ablemente en Sevilla, mismo lu g ar en donde
Lorenzo Del Rosso esposó a Agustina Del Nero, su madre e hija de Giovanni Del Nero
137
,
entroncándose de esta manera dos estipes flor entinas en la capital hispalense. C abe
destacar que la hermana de Agustina, J uana se casó con Hernando Ale mán, quienes
engendraron a uno de los literatos más importante s de la Esp aña d el Sig lo d e Oro, Mateo
Alemán (1547 – 1614 ), e xplicándose así el bue n conocimiento del medio italiano, y en
particular florentino, de este autor
138
.
Giovanni B attista Del Ro sso se formó en la administración comercial con su padre
y Neroz zo Del Nero, otro rico empresa rio florentino miembro de la familia de su madre ,
siendo al final de la vida de su pro g enitor un digno here dero de la empres a. Así sucedió,
encontrándose él y sus h ermanos una enorme fortuna como r esultado del l egado d ejado
por el padre y un tío llamado Tommaso Domeni co, convirtiéndose entonces en uno s de
los personajes más ricos en la Sevilla de aquel momento. Giovanni Battista debió ser un
hombre sensible a las artes, especialmente a la literatura , pues patrocinó una de las
primeras ediciones del Guzmán de Alfarache de su primo Mateo Alemán – aquella
publicada en Se villa en 1602 – , a quien proteg ió en muchos momentos de su vida, siendo
además quien salvó de la cárcel al literato en varias ocasiones
139
. Un año despué s, d e
nuevo volvería a costear la impresión de otro de los títulos de su primo, el San Antonio
de Padua (1604), un libro realizado para se r vendido en los territorios americanos, siendo
interpretado también este neg ocio como una manera r ápida de recuperar ci erto s
beneficios que Del Rosso había perdido por culpa de Alemán
140
.
136
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 23. La madre y tu tora del niño se lla m ab a Maria Roca, de la
que no se conoce mayores datos.
137
En la bibliografía se re fieren a él co m o Juan López Del Nero, quizás por una elección de
castellanización de su nombre al llegar a Sevilla, véase: Ca villac, 19 83: 174. Sobre el a pellido m ater n o se
ha llegado a dudar si era “Del Nero ” o “Enero” deb ido a una mala transcripció n, pero mediante otros
factores que se se ñalarán más adelante, la crítica se ha pue sto d e acuerdo en acep tar que la madre del
poeta fue Juana Del Ner o, como se afir ma en Álvar ez, 1953 : 11. Sobre esta c onf usión, véa se: Guillén:
1988 : 189. El error fue señalado también en Jap ón et al , 2 016: 79.
138
Cavillac, 19 83: 174.
139
Álvarez, 19 53: 90-99 .
140
McGrad y , 1 968: 3 1-32. Guillén , 19 88: 191 (el autor conf u nde a Gio van ni Batti sta con L o renzo del
Rosso). Micó, 2002: 245.
Toscana y Se villa
70
En el Guzmán , el joven pícaro así llamado que p rotag oniza la obra debe huir de
España para escapar de los castigos impuestos po r sus fechorías, siendo I talia el lu gar
escogido para viajar. En tre las ciudades por la q ue Guzmán pasa en su periplo están
Génova, Roma, Bolonia, Siena y Florencia, siendo esta última d escrita con especial
atención en el capítulo primero del segundo libro como sigue :
« C onsideré su apacible sitio, vi la belleza de tantos y tan va rios chapiteles,
la hermosur a inexpugna ble de sus muros, l a majestad y fortaleza de sus altas y
bien formadas torres. P arecióme todo tal, qu e me dejó admirado. [ …] Y no fue
menos; porque, cuando a ella llegué y vi sus calles tan espaciosas, lla nas y
derec has, empedradas de lajas grandes, las casas edifica das de hermosísima
cantería, tan opulentas y c on tanto artificio labradas, con t anto ventanaje y
arquitectura, quedé confuso, porque nunca creí que había otra Roma. Y bien
considerado su tanto, le hace muchas ventajas en los edificios; porque los buenos
de Roma ya están por el s uelo y poco h a y en pie qu e no sean sombras d e lo p asado,
ruinas y fragmentos. […] Llevóme allá [al Duomo] y , cumplida nuestra
obligac ión, estúveme b obo mirando a quel famos ísimo templo y edificio del
cimborio, que ll aman allá « cúpula » , que mejo r la ll amar an « cópul a» , por
parecerme , y no a mí solo, sino a c uantos la ve n, haberse juntado para ella toda la
arquitectura que ha y es crita y mejor es maestros della, teóricos y p rátic os. Tan
milagroso artificio, tal grandeza, fortaleza y curiosidad, sin duda ni agravio de
cuanto se conoce hoy fabricado, se le puede dar lugar de otava maravilla.
Considérese aquí, qui en algo desto sabe, par a cua trocientos y veinte palmos que
tiene de alt o la c apilla sola, sin el remate de arriba, qué diámetro habrá men ester ,
y en ello conocerá cuál sea »
141
.
A través d e est as palabras, se compr ende la admiración que provocó en el joven
la prime ra impresión de Florenc ia, una ciudad cos mopolita y brillante para entonces, que
141
Alemán, [16 02 -1604 (2015)]: 533 -535.
Toscana y Se villa
71
viene comparada por él mismo con Roma desde donde venía, des crita por el contrario a
través de lo fascinante de sus ruinas. Como pu ede observarse, el autor conta ba c on datos
precisos sobre materiales y medidas – como la a ltura de la cúpula de Sa nta Maria del
Fiore – , a pesar de que has ta el momento no se ha d ocumentado un viaje de Mateo Alemán
en Italia. No obstant e, a tendiendo a su círculo f amiliar en Sevilla , form ado casi por
completo por flor entinos, es mu y probable que las descripciones de la ciu dad incluidas
en el texto le fuesen proveídas por algunos de los miembros más cercanos, como el propio
Giovanni Battist a Del Ro sso, quien se g uramente viajaría a Florencia e n vari as ocasiones,
o su propia mad re. En est e sentido, la cita con que se abre este capítulo podría leerse como
un homenaje a J uana Del Nero, pues se c ompara la generosidad de la ciudad de F lorencia
para los extranjeros, c on el sentimiento materno-fi lial
142
.
Resultan de gran interés otras particularidades que señala el autor relacion ado con
la esfera artística, como su visita a la b asílica della Santissima Annunziata, donde describe
el milagro de la creación del célebre fresco de la Anunciación
143
– del cual, como se verá
posteriormente, se mand aron numerosas copias del mismo hasta E spaña por la gra n
devoción que despertó – , su paseo por la Piazz a della S ig noria, en la que admiró las
distintas esculturas, llamado especialmente su ate nción el Retrato ecuestre de Cosme I
de’ Medici
144
, asi como el Baptister io – siendo conocedor de la fama internacional de la s
142
La co m par ación de Florencia con una figura fe menina debió de convertirse en un tópico, p ues Núñez
de Castro en 1 669 se haría eco de este simil, señalando q ue «llaman à Florencia, la Da ma de las
Ciudades » . En: Nú ñez de Castro, 1669, I: 7.
143
Alemán, [16 02 -1604 (2015)]: 535. « Otro viaje hice a la An un ciada, iglesia deste no m bre, por un a
imagen que allí está p intada en una par ed, que mejor se pudier a llamar cielo, teniendo tal pintura, de la
encarnación del hijo de Dio s. La cual se tie ne por trad ición haberla hecho un pintor tan estre m ado en su
arte, co m o de limpia y santa v ida. Pues teniendo acab ado ya lo q ue allí se ve pintado y que sólo restaba
por hacer el rostro de la Virgen, señor a nues tra, temeroso si por ventura sabría dar le aquel vivo que
debiera, y a en la edad , en la color, en el semblante honesto, en la po stura de los oj os, en esta confusión se
adormeció muy poco y, en record ando, queriendo tomar los pinceles p ara con el favor de Dios po ner
manos en la obr a, la halló hecha » .
144
Alemán, [16 02 -1604 (2015)]: 538. « De all í me llevó a la plaza de palacio, donde vi en medio della un
valeroso pr íncipe sobre un hermoso cab allo de bronce, tan al vivo y bien repar ado, que parecían tener
almas y atrevimiento. A mi parecer no supe ni me atreví a j uzgar cuál de los do s fu ese mejor, aquél o el
de Ro m a; empero inclinéme c on mi corto saber a dar a l o presente la ventaja, no po r tenerlo presente, sino
por merecerlo. Pregunté a Sayavedra cuyo retr ato era el del caballero, y díjo m e:
-Aquesta figura es d el Gran Duque Co sme de Médicis, de quien por el ca m ino vine tratan do. Mandó lo
aquí poner a perpetua memoria el Gran Duque Ferdina ndo su hijo, que ho y es.
Quise saber por curiosidad qué altura tendría todo él. Y co mo no pude alcanzar a m edirlo , me
informaron, y lo parecía, q ue desde el suelo hasta lo más alto de la figura tendría cincu e nta palmos, a
poco m ás o menos. A la red onda desta plaza estaban otras muchas figuras d e bronce vacia das y otras de
mármol fortísimo, tan ar tificiosa m e nte obrad as, que ponen admiración, dej ando suspenso cualquier
entendimiento, y más cuanto más delicado , que solo quien sab e lo que aquesto sea » .
Toscana y Se villa
72
tres puertas –
145
y el Palacio P itti
146
. Entre los datos aquí señalados por Mateo Alemá n,
destaca su atención por e l retrato ecuestre ex puesto cercano al Palazzo Vecchio, el cual
fue realizado por Gia mbo log na (1529 – 1608) e ntre 1587 y 1594, año en que fue colocado
en su situación actual
147
, lo que demuestra que las no ticias artísticas flor entinas llegaba n
a Sevilla con gran prontitud, pues la se gunda parte del libro en que s e i ncluy e estas
descripciones se publicó por vez primera e n 1604.
Este recurso argumental i deado por Mateo Ale mán, de ubicar a un joven sev illano
paseando por las c alles d e Florencia, no debió ori ginarse solam ente en la im ag inación d el
autor, sino que esta d ebía ser una situación que podría haberse dado en l a realidad d e
manera más asidua de l a que ho y se conoce. Por ejemplo, en 1586 se documenta la
presenc i a de Juan Núñez de Pimentela, mu y probablemente de origen hispalense,
trabajando como soldado en la F ortaleza de San Juan Ba utista, también ll amada Fortezza
da Basso. Se trata de una imponente obra de inge niería construida por Pier Francesco da
Viterbo (1470 – 1535) y Antonio da S ang allo, el Joven (1484 – 1546) entr e 1534 y 1537
como encargo de Alessandro de’ Medici, l a c ual servía para el control y p rotección de la
ciudad
148
.
145
Alemán, [16 02 -1604 (2015)]: 539. « Desp ués visitamos el te m p lo de San Juan B aptista, di gn ísi mo de
que se haga dél particular memoria, por ser io en su traza y más cosa s. El cual supe habers e fundado en
tiempo de Otavia no Augusto y haber sido dedicado a Marte. Allí me detuve vie ndo su antigüedad y
fundación, pues d icen dél y se tie ne por trad ición y razone s de su fundación que será eter no hasta la
consumación del siglo. Y puédesele d ar crédito, pues con tantas cala midades no lo tie ne consumido el
tiempo ni las guerr as, habiendo sido aquella ciudad p or ellas asolada y quedado sólo él en pie y vivo. Es
ochavado, grande, fuerte y maravilloso d e ver, en especial su s tres puertas, que cierran co n seis medias,
todas de bronce y cada una vaciada d e una pieza, labradas con historias d e medio relieve, tan diestra mente
como se puede presumir d e los artífices de aq uella ciudad, que hoy tiene n la prima dello en lo que se
conoce de todo el mundo. También tiene otra grandeza y es q ue, habiendo en Florencia c uarenta y una
iglesias parro quiales, veinte y dos monasterios d e frailes, cuar enta y siete d e monjas, cuatr o
recogimientos, veinte y ocho casas d e hospitalidad y dos del nombre de Jesús, en parte alguna dellas no
hay pila de bap tism o, si no sólo en San Jua n y en ella se cristianan todo s los de aquella ci udad, tanto el
común co m o los principales c ab alleros y pri m o génitos del mismo príncipe » .
146
Alemán, [16 02 -1604 (2015)]: 539 -540. « T iene allí el Gran Duque una casa y jardín que lla m an el
Palacio de Pitti, cuya excelencia, grandeza y curiosidad, así de jardines co m o de fuentes, monte s,
bosques, caza y aposento, pue de sin encarecimiento d ecirse dél ser casa r eal y grande, tal que p uede
competir con otra cualq uiera de su género de las de tod a la Europa» .
147
Sobre el proceso ejecutivo de este m o numento ecuestre, véa se: Gasparotto, 2 006: 88 -10 5.
148
Se conoce que en 1586 el padre de este militar, llamado de igual ma nera, falleció en Sev illa. Véase el
apéndice d ocumental, doc. núm. 27 . Dado a conocer en González Talavera, 2011: 192. Fue habitual en la
Edad Mo derna encontrar a castellanos en las tro pas florentin as, como Hernando Sastre (M ellini,
[1611(1 820)]: 4) o el capitán Antonio A lda na, en: Plaza, 2016 : 98 -101.
Toscana y Se villa
73
En este mismo tiempo del Guzmán, en el comercio entre Toscana y S evilla
participaban, además de los propios italianos, otros personajes andaluces y c astellanos,
cuy as compañías tendrían una dilatada presencia en la capital hispalense. Uno de estos
fue P edro Fernández de Salinas, quien en 1616 se hallaba residiendo en la capital
hispalense dedicándose al cobro d e p agos de la compañía del burgaleses Antonio de
Valderrama, el cual estaba asentado en Florencia. En esta ocasión en concreto, Ferná ndez
debía recaudar unas deudas pendientes de los genoveses Paolo, Girolamo y Giovanni
Semini, así como de los venecianos C amillo Poletti y Alessandro Tas ca, t odos ellos en
aquel momento presentes en Sevilla
149
. Sin embargo, al menos veinte años antes, en 1588,
Pedro Fernández de Salinas se encontraba residiendo en Florencia otor g ando poderes a
Miguel Martínez de Jáuregui y Jerónimo de J áureg ui – con quienes estaba empare ntado –
para qu e pudiesen cobrar en su nombre las rentas de la Casa de Contratación
150
, y un año
149
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 26.
150
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 29. En el m is mo po der se hace referencia a o tro cobro de
una parte de o ro correspondiente a una escrit ura que se debía o btener de Pedro Núñez de Ma rtín en la
villa de Ped ro Abad. El padr e de Miguel Martínez de J áure gui y Jeróni m o de Jáureg ui, llamado Martín
Martínez de J áuregui, se casó con Catali na de Salinas en Náj era. P ara profundizar sobre estos p ersonajes,
véase: Ortiz Arza, 2 015: 131 - 157.
Fig . 4. - Capill a de los Españole s.
Flore ncia : i gl esia de Santa Maria Nove l la.
Toscana y Se villa
80
Más vivos que lo vivo, y más perf ectos;
Quemas al corazón, soplas la llama,
Humedeces los ojos,
Produces en e l alma mil antojos;
Pues si produce, baña, sopla, inflama,
Tu sombra y tu modelo,
¿Qué hará la luz divina de e se cielo? »
175
.
La pintur a a la que se hac e referencia es mu y posib lemente el retrato de la Farnese
ejecutado por J acopo Zucchi (c.1541 – 1592), com o encargo de Giovan Gio rg io Cesarini
realizado hacia 1570, el cual se exponía en el palacio cercano a San Pietro in Vincoli y
era popularmente admirado
176
(fig. 6). En este contex to, no resultaría extraño pensar que
Salinas pudo conocer allí a Torquato Tasso, el cual era un habitual de aquella casa incluso
en el periodo del segundo matrimonio de Clelia con Alessandro Farnese , duque de Parma,
hijo de Ottavio Farnese y Margarita de Austria
177
. Tasso también esc ribió diversas rimas
dedicada s a la b elleza de la noble
178
, que Salinas de bió conocer, pu es en una de ellas se
hace referencia a la escultura de mármol de Giambologna, en cu y o rostro el artista pudo
esculpir el re trato de la noble, como se ha propue sto recientemente
179
. Cabe destacar qu e
Juan de Jáureg ui también efec tuó al menos una estancia de formación en Roma, para
perfeccionar su técnica p ictórica y estudiar l a producción de los poetas tos canos, siendo
entonces cu ando tr adujo al castellano la Aminta de Tasso, publicado allí en 1607, estando
de vuelta en España a nte s de 1609
180
.
175
AAVV, 18 69, I: 19.
176
Mochi Onori y Vodr et Adamo, 1 998: 58 -59. No se descarta que pudiera haber visto otro retrato de
Clelia Farnese, co mo el que existía en la co rte de lo s Medici (Rosini, 2010 : 59), o incluso alguna copia
del mismo presente e n Sevilla. Sin e m bar go, parece m á s acertado pensar en la pri m er a teoría deb ido a la
confirmación de la p resencia d el poeta en el entorno del palacio después de 15 83.
177
Rosini, 20 10: 84- 87.
178
T asso, 1821: 203 -204.
179
Rosini, 20 10: 149 -157.
180
Menéndez y P elayo, 195 2, II: 259. Juan de Arguijo además escribirá un tratado sobre las artes p lásticas
titulado Diálog o entre la n atu raleza y la s dos artes, pintura y escultura, de cu y a p reminencia se disputa y
juzga. Ded icado a los prácticos y teóricos en estas a rte (1618). Cabe m encio nar que en uno de los
dibujo s que Jáuregui realizaría para ilustrar el libro de L uis del Alcázar introd ujo una vista de la ciudad de
Roma. Este diseño se ha estudiado en profundidad en: Sánch ez Pérez, 20 05: 169 - 179.
Toscana y Se villa
81
Tanto Salinas como J áur egui demostraron pú blicamente su cercanía al III duque
de Alcalá, componiéndole el primero un poema sobre un regalo recibido del noble, el cual
constaba d e un libro co n las hojas doradas
181
, y el segundo le dedicó la traducción
mencionada de Tasso. L a cercanía de Salinas pudo ser uno de los motivos que expliquen
que en la colección escult órica del duque ex istiera una repetición autógrafa a menor escala
de una Venus d e Giamb ologna, la cual ha sido i dentificada con la Vener e Cesarini
182
.
Además, J uan de Jáuregui realizaría hacia 1612 una serie de veintiún dibuj os para ilustrar
la interpretación del Apocalipsis de L uis del Alcázar (1554 – 1613), su amigo y miembro
a su vez del círculo del duque
183
.
181
AAVV, 18 69, I: 246.
182
Mallén Herráiz, 2016, I: 300 -301. Este autor propo ne en ca m b io que las pri m eras noticias adquirid as
sobre la pieza se debieron a su estancia e n Roma entre 16 25 y 1626 co m o embajado r extraordinario,
cuando pudo haber la visto una vez que esta se hallaba en la p ropied ad del cardenal Ludovisi. Sin
embargo, es muy p robable que el noble conocier a no solamen te el p oema de Salinas, si no también su
experiencia perso nalmente.
183
Herrer o, 1941: 7.
Fig . 5. - Je an de Boul ogne, “G iamb ol ogna”, Ven us
secándose des pués del b año ( c onoc i da como Venus
Cesarini ), 15 80-1583. Roma: Embajada de los
Estados Uni dos.
Fig . 6. - Jaco po Zucchi, Retrato de Cle l ia F arnese ,
c. 1570. Roma: Gal leria nazionale d'arte antica.
Toscana y Se villa
82
Los Martínez de J áureg u i también se asociaron con mi embros de otra familia de
orige n castellano estable cidos en Sevilla de sde 1565, los Tapia, como se demuestra a
través de diferentes enví os de mercadurías y esclavos hasta América desde la década de
1580
184
. L os miembros más pode rosos fueron los hermanos Rodrigo, P edro, Luis y Lope
de Tapia, quienes ad emás tuvieron en propiedad algunos viñedos en la provincia con los
que elaborar vino que, posteriormente , servi ría para el c omercializarlo en América,
llega ndo este último a se r nombrado en 159 7 cónsul de la Unive rsidad d e Mercaderes,
gracias a que era por entonces uno los cargadores más adinerado s d e la corporació n
185
.
Sin embargo, menos conocidos son los negocios que estos mantuvieron con Florencia,
relacionados también con el envío y recibo de mercadurías desde Cádiz y Sevilla, así
como con el cobro de deudas pa ra los castellanos más acaudalados residentes en la
Toscana.
En 1585 Baltasar Suá rez, uno de los corresponsales de Simón Ruiz en Florenc ia
y colaborador de Mel chor y L esmes de Astudill o
186
, envió un poder a los Tapi a pa ra que
cobrase n unas deudas de J uan de la Fuente Almonte, al momento en las I ndias, relativas
a la venta de unas partid as de gasas d e Milán
187
. Sin embargo, una d e las noti cias más
interesantes para e ste e st udio en la qu e se vi o invo lucrado Lope de Tapia se desarrolló en
1591, cuando ll eg ó a Sevil la la nave San Rocco cargada por orden de Giov anni Battista
Rucellai con diversas cajas, ex pedidas a trav és de los factores Camilo Suá rez, Die go y
Antonio Valderrama desde L ivorno para distintos destinatarios. Uno de estos fue L ope de
Tapia, quien recibió en Cádiz un baúl de estaño que contenía cinco retratos de pequeñas
dimensiones, y otro era Giovanni Avigliano, el cual tenía el cometido d e recoger en
Alicante una caja con vid rios y di versos cuadros – de los que no se especifica la cuantía –
184
Lorenzo Sanz, 19 79, I: 266 -267. García Fuentes, 1997: 2 25.
185
Lorenzo Sanz, 19 79, I: 277. Sobre la esfera cultu ral de Rodrigo y su hij o Pedro de Tap ia, mecenas de
Miguel de Cerva ntes, véase esp ecialmente: Lasso de la Vega , 1952: 3 4 - 61.
186
Lorenzo Sanz, 19 79, I: 276. S obre este personaje y las prop i edades q ue llegó a tener en Florencia,
véase: Plaza, 2 016: 343 -420.
187
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 34 (concreta men t e folios 91r -v). Juan de la Fue nte Almonte
volvería a Sevilla po steriormente y lle gó a ser Alcalde Mayor d e la ciudad, asi co m o caballero de la orden
de Santiago, adq uiriendo en 163 1 un magnífico palacio en l a collación de San Vicen te, como
demostración de la riqueza qu e debió alca nzar con sus n e gocios en América; véase: Núñe z Roldán, 2004 :
50.
Toscana y Se villa
83
y tr ansportarla a Madrid como biene s de L uis de Velasco, virrey de México, y otro arcón
bien condicionado que c ontenía un extraordinario cargamento consistente en trescientos
treinta pinturas de peque ño formato, para entregar también en la corte a Alonso Díaz de
Aguilar
188
.
Al tratarse de un documento notarial referido al cargamento de una nave, co mo es
habitual, no se halla en él ulterior información sobre la descripción de los numerosos
lienzos que en ella viaja ban. Sin embargo, ent re los nombres d e los proveedores que
debían recibir su compe nsación por la mercancía vendida se encontraba Sebastiano
Allori
189
, hermano de Alessandro Allori, pintor menc ionado anteriormente por su
cercanía a la nación española al diri gir la decoración del altar del Cappellone . Parece ser
que Sebastiano se encargaba del comercio de las obras del obrador d el artista, como se
deduce también de los apuntes de la venta de sus obras hallados en los libros de cue ntas
del artista, entre los que aparecen v aria s veces e l nombre de su hermano como el
encargado de hacer llegar ciertas pinturas a mec enas que se encontraban fuera de
Florenc i a, como por ejemplo: « Dall’ Ill.mo e R. mo Mons.re C apranica L. cinquanta sei
tanti sono per resto di L . cento docici per un qu adro del ritr atto de lla Nuntiata, mandatoli
a Roma da Bastiano allori mi o fratello»
190
.Esta anotac ión ofrece cier ta información para
entender que las cientos de pintura s enviada s pod rían haber sido en realidad una serie de
copias de distintos retratos de notables personajes y de devociones mu y populares, en
especial de la Annunziata de Florencia, una imagen mu y codiciada po r los nobles
españoles. Como se pued e apreciar en la cita, al referirse a l cuadro m encionado, el a rtista
lo defin e como ‘retrato’, un término qu e por ento nces tenía ad emás de la acepción más
divulgada de imit ac ión de una efigie, otra que es sinónimo de copia
191
.
Es mu y posible las numerosas pinturas llegadas a España pued a estar en relación
con otro encargo llev ado po r a cabo Allori en noviembre de 1592 para Bongianni
188
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 35.
189
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 36.
190
Allori, 190 8: 18.
191
Más adelante se p rofundizará sobre la cuestión de la copia en el entorno de Pac heco. Sobre ello, véase
también: Jap ón, 2019a: [en prensa].
Toscana y Se villa
84
Gianfìg liazzi
192
, e mbajador del granduca do en la corte española, consistente e n l os
siguientes once re tratos:
« Il Ser.mo Gran Duca Cosimo, il S.mo Gran Duca Francesco, il
Marisciallo Signor P iero Strozzi, Pier Capponi, Neri C apponi, Gino Capponi, il
Boccaccio, Nic colò Machiavelli, Monsignore della Casa, Messer Francesco
Guicciardini, e una testa Nuntiata di Fire nz e»
193
.
192
Sobre este personaje, véase: Arri ghi, 2000: 34 9 -352.
193
Allori, 190 8: 18.
Fig . 7. - Se guidor fl orentino de Bro nzino,
Virgen co n el Niño y S an Juanito , c. 1580.
Cádiz: M useo de Bel las Ar tes.
Toscana y Se villa
85
Fig . 8. Carlo Por telli, Alegoría de la I nmaculada Co ncepción , 1566. F lorencia:
G alleria dell’A ccad e mia.
Toscana y Se villa
86
En esta lista son apreciables retratos de algunos de los persona jes relacio nados
con el comercio con España, algunos de los cuales ya se ha citado anteriormente por
encontrase referidos en algunos podere s notariales, así como nobles, literatos y la
Annunziata . Todos descritos como rit ratti que fueron enviados a España a l citado
embajador, a l i g ual que otra copia de la misma devoc ión encargada por otro español,
Gonzalo, al servicio d el re y en el mi smo tiempo
194
. A este respecto, si bien parece no
conservarse en la actu alidad ninguna obra que pueda adscribirse a estos envíos, cabe
destacar la exist encia en el Museo de Cádiz de un a copia con vari antes de la Virgen con
el Niño y San Juanito d e Bronzino de un a obra conservada en el Palazzo Abatellis de
Palermo (fig. 7). S e tiene constancia de otras reproducciones adscritas a la fase final de
este pintor y concluidas por ay udantes, en las cuales se int rodujeron ciertos cambios en
el fondo, en el Museo de Portland y en la col ección Pavlovsk de San Petersburgo.
Actualmente l a pintura d e la instit ución gaditana e stá atribuida a Santi di Tito (1536 –
1603)
195
, aunque sin motivos de peso que sost engan dicha teoría, pues las cualidades
técnicas que presenta no corresponden a la producción de este artista florentino. Creemos
más bien que se deba adscribir a los seg uidores del Bronzino, especialmente aquellos del
taller de los Allori, que acostumbraba n a reproducir las composiciones del maestro
196
.
Por tanto, puede deduci rse del mismo modo qu e el cofre de L ope de Tapia
contendría un pequeño conjunto de este tipo de obr as, el c ual probablemente hubiera sido
adquirido para la célebre colección de su familia, al no esp ecificarse e n el instrumento
notarial a quién debida hacerlo ll ega r como si ocurre en los otros objetos del mismo envío.
Vincenzo C arduc ci, que tendría contactos con estos personajes debido a sus relaciones
con Florencia y el comercio artístico, pudo visitar la colección de Rodrigo de Tapia
« c u y as galer ías y quad ras admiran, assi en la muchedumbre, como en la bondad, y
194
Supino, 190 8: 17 - 18.
195
Pemán, 196 4: 116 -117. La obra prec ede de algún con vento de Cádiz d e samortizado en 1 835, desde
donde p asó al Ayuntamiento de la ciudad .
196
Además de las d os copias nombradas, se co noce otra d e cierta calidad proced ente del mercado
anticuario, en el q ue se ha completado la escena con un a mbiente do m éstico . Véase el ca tálogo de la
Fondazione Fererico Zeri, nº inv. 3675 4.
http://catalogo.fondazio nezeri.unibo.it/scheda/o pera/38 740/Anonimo%2C%20Ma don na% 20con%20B am
bino%20e%20 san%20Giovannino (consultado: 22 de junio de 2 019).
Toscana y Se villa
87
elecc ión del buen gusto »
197
. Esta debió estar con formada con un gran número de obras
llega das desde Florencia y Roma, siendo en esta última ciudad donde Luis de T apia
encargaría diversas piezas artísticas en su estancia como canónigo, en la que tuvo ocasión
de entablar relaciones de amistad con notorios personajes, como Fabrizio Colon na,
hermano del c arde nal As canio, quien fue edu cado en Alcalá y Salamanca, t enindo durante
toda su vida ex ce lentes relaciones con Felipe II y Felipe III, monarca que lo nombraría
virrey de Ara g ón
198
. A este respecto, en 1606 el banco Herrera y Costa tuvo qu e secuestrar
una colección de cincuenta y seis pinturas que Luis tenía en R oma, debido al impago de
unas deudas, las cuales pertenecen en su ma y oría a las t emática s d e bod eg ones y de
gé nero, estando entre est as: « dos gitanas con cestas de frutas; un a mujer q ue tiene una
cesta de flores en la mano; una joven con una gallina en el seno y una vieja que tiene un
capacho; un loco que ti ene frutas en el p echo; do s campesinos con un gato ». S orprende
la especialización y la mo dernidad de los géneros, t an de moda en aquellos años en Roma
gracias al éxito que cosechaba por entonc es C ara vaggio y su entorno, pudiendo ser su y as
algunas de estas obras. Si bien todas ellas permanecier on retenidas, al menos, ha sta 1607
en el palacio de Ottavio Costa, no se conoc e si lo s Tapia consiguieron sal dar las cuentas
pendientes y llevarlas a Sevilla
199
, pe ro e s posible que a sí sucedier a a tenor de la
valoración de Carducci.
La dim ensión de mecena zgo de esta fam ilia se remonta a 1566 , cuando Orlando
Tapia comisionó la decoración de una capilla l ateral en la igl esia de Ognissanti d e
Florenc i a, encargando a C arlo Portelli la creación de una tabla de la Alegoría de la
Inmaculada C oncepc ión (f ig. 8)
200
. Cabe mencionar que en la misma iglesia e xisten otro s
espacios dedic ados a s antos españoles, como un altar dedic ado a S an Di ego de Alcalá,
con una pintura de Iacopo L igozzi (1547 – 1527) que representa al Santo curando a los
enfermos , así como una fastuosa capilla con la ad vocación d e San Pedro de Alcántara
197
Carducho, 16 33: 150v.
198
Petrucci, 1982.
199
T e rzaghi, 200 7: 63 - 66.
200
Freedb erg, 1983: 418 y 428. Bastogi, 20 03: 173 -174. González T alavera, 2010: 287 -29 7. Actualmente
esta obra se conserva en la Galleria d ell’Accademia en Flore ncia, inv. 1890 , n º 4630.
Toscana y Se villa
88
decora da por Luca Gior dano (1634 – 1705), Vincenzo Meucci (1694 – 1766) y Lazzaro
Baldi (1624 – 1703), lu ga r en el cual se halla la tumba de Sandro Boticelli (1445 – 1510)
201
.
En Sevilla, L ope de Tapi a concertaría en 1587 con el escultor J uan de Ovi edo, el
Viejo (1565 – 1625), la hechura de un retablo para la capilla sepulcral d e Gaspar de
Lorenzo de Herrera en el monasterio de Santa María de J esús. Tapia de la orden de las
clraisas, que actuaba en este caso como alba ce a del fallecido y su muj er, le solicitó al
artista que « el primer recuadro grande que por la traza pareze sea obli g ado a hazer un a
historia de medio relieve que hinch a el dicho quadro, la qual a de ser qu ando nuestro
201
Batazzi y Giusti, 1 992: 38 - 42.
Fig . 9. - J uan de Ov iedo, “el Viejo”,
Retablo de l Camino del C alvario ,
1587. Sevil la: Igle sia de Santa Mar ía
de Jesús.
Toscana y Se villa
89
señor lebaba la cruz a questas y un sa y ón o dos que la y ud en a llevar » , mientras que e n el
segundo c uerpo superior se debía representar a « u n dios padre de medio re l ieve c on unos
serafine s a la redonda y un globo y un a c ruz en l a mano»
202
. Esta obra, considerada uno
de los primeros ejemplos de re lieve de altar en Sevilla, aún en conse rva en l a misma
iglesia, completándose el conjunto con una pint ur a de las Ánimas del Purgatorio en la
predela (fig. 9)
203
.
Al final de la centuria seguirán llegando agentes y comerciantes florentinos al
reino de Sevilla, especialmente a Cádiz, donde por entonces s e situaban las mejores
compañías debido al auge de esta ciudad en detri mento de Sevilla, situación que tendrá
su culminación con el traslado de la Casa de C ontratac ión hasta la c apital gaditana. De
entre aque llos que arribaron, destaca F rancesco Ginori, un adinerado agente que lleg ó en
1672 recomendado po r el gran duque, siendo acogido de buen grado por las familias y a
asentadas desde antiguo en la zona
204
. Su situación mejoró velozmente y cin co años más
tarde fue nombrado cónsul de la nación florentina en Cádiz , carg o que ocup ó durante más
de treinta años h asta qu e tuvo que renunciar a él para no se r ex pulsado por Felipe V en
1712, cuando el monarca se opuso al c omercio de los ita lianos en sus estado s y ordenó su
extradición, encontrando su muerte al año si guie nte
205
. En todo el tiempo q ue vivi ó en
España, Ginori consiguió una gran fortuna que superaba al final de sus días los 23.000
escudos, y se hizo con di versa s residencias en las que debió tener una colección de arte
acorde con el nivel social que ostentaba, siendo también una demostración de su riqueza
el haber conseguir en la i g lesia de S an Antonio de P adua una capilla privada que dedicó
a Santa Madda lena dei P azzi, una florentina re cién canonizada por entonces
206
.
202
Palo m er o Páramo, 198 1: 430 - 434.
203
Co m o se verá posterio rmente co n profun didad , este templo alb ergó en Edad Mo derna la capilla de lo s
florentinos.
204
Los Ginori tu vieron una estrecha relació n son los Fantoni, y ambos con los Buonaccorsi, d urante todo
el siglo XVII; véa se: Iglesias Rodr ígu ez, 2 00 8: 133 -145.
205
Lobato Franco, 2013: 159 -198. La m ed ida del m onarca for ma parte de un pro ceso de impacto euro peo
que co m ienza co n el final de la Guerra d e Sucesión, cuando la corona castellana pierd e los territorio s de
Nápoles, Milán y Flandes, dejando por tanto de ser s úbditos del rey y deb iendo volver a sus ter ritorios de
origen. Ver: Álvarez-Ossorio Alvariño, García Gar cía, y León Sanz, 200 7.
206
Lobato Franco, 2013: 191 -192.
Toscana y Se villa
96
Al momento de la defunción, los únicos vástagos del matrimo nio que ostentaban
la may oría de e dad e ran Carlos e Isa bel. El primero se enc ontraba residiendo entonce s en
Roma, pero firma desde Florencia la carta de aceptación de la herencia de su padre,
pasando a ser el poseedor de todas las propiedades que esta famili a había adquirido desde
Nerozzo, las cuales fueron las siguientes:
« U nas casas principales que son esta di cha ciudad de Sevilla en la c alle
Abades, con las demás casas acesorias iunt o don de, y a las espaldas d e e llas, y
unas casas y jardín que son extramuros de esta dicha ciudad en l a c alzada que
dicen de la Cruz deslindadas so ciertos linderos qu e quedaron po r bienes y azienda
de doña Maria»
232
.
Por tanto, la familia Bartoli -Del Nero tenía sus r esidencias en un a d e las calles
más importantes de la capital hispalense, dond e también tenía n sus c asas diver sos
ge noveses, como los Pinelo, así como una casa de recreo situada en la Cruz del Campo,
un lugar de gran importa ncia social, factor indicati vo de la riqueza econó mica y social
que alca nzab a a finales del siglo XVI.
A pesar del fallecimiento de sus socios, Alessandro Del Nero continuó vivi endo
en Sevilla al cuidado d e los hijos del m atrimonio que lo acogió, y aumentando sus
neg ocios en la nueva centuria. Por entonces, para cumplir con los objetivos c omerciales
se aliaría con otro florentino, Antonio da Vinci, el cual debía mantener un estrecho
vínculo con los Bartoli como se demuestra en la carta de aceptación de la herencia
redac t ada en e l mismo a ño de 1599 por Tommaso, he rmano de Juan Felipe Ba rtoli , quien
otorga ba desde I talia un poder a Antonio da Vinci en el que se refiere a este como
« f lorentino que en breve irá a Sevilla »
233
. Efectivamente, se doc umenta e n 1601 a
Alessandro tr abajando con él en la capital hisp alense en nombre de B altas ar de Astudi llo,
232
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 54.
233
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 53 (en concreto folio 69 v). Tommaso B artoli tenía al
m o mento una co m pa ñía diversa a la d e su difunto hermano, siendo s u socio Alessandro Strozzi. Véase el
apéndice d ocumental, doc. núm. 58 .
Alessandro D el Nero
97
quien requería un cobro al mencionado Alonso de Salinas por unas merca durías e nviadas
desde Florencia en la nao Sant’Elmo
234
; también en 1602, cuando ambos exigieron 84.525
maravedíes a Marco Ant onio Terril, b anquero genovés que residía en América en aq uel
momento, por unos tejidos que había comprado al toscano Simone Strufi
235
; así como e n
1605, cuando recibieron en Cádiz una caja con tres tapices realizados e n Florencia y
enviados por Francesc o da Empoli, como procurador de Roberto Strozzi
236
.
En ese mismo año, lleg ó d esde la ca pital tos cana Pandolfo Corbine l li para
asociarse con Antonio da Vinci y Aless andro Del Nero en la misma comp añía. Es muy
probable que se tr ate de Pandolfo de Si mone Corbinelli, noble florentino y c aballero de
la Orden del Santo Sepulcro
237
, cu y a primera r eferencia que se tiene de él e n relación con
el mercado hispano s e c ontempla en un envío d e tejidos e hilo de oro e fec tuado por
Doroteo Fiorelli desde Florencia, siendo sus p rocuradores en Sevilla Santi Fantoni y Luis
de Federighi
238
. P rec isamente, Pandolfo Corbinelli se había dedi cado en fechas
prece dentes a la venta de tapices – c u y os dis eños se basa ban fundamentalmente en
motivos vegetales y animales – , desde al menos 1600, e mpresa qu e llevaba ade lante junt o
a Giovanni M aria R uce ll ai
239
. El mismo año recibían un pode r de Niccolò Ximénez de
Aragón, como cesionario de Duarte Emmanuel y Gonzalo Ximénez de Florencia, pa ra
que pudieran cobrar unas deudas al noble hispalense Die g o Enríquez León y a su esposa
Isabella Ximénez de Arag ón, su hermana, residentes en Sevilla
240
.
234
Véase el ap éndice docume ntal, doc. núm . 56.
235
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 57. A pesar de la escasez de noticias q ue se tiene sobre
Marco Antonio T erril, es posible localizarlo residiendo en Madrid en 15 90 junto a Bautista Spinola y
Cesare Giustinia ni, otros banqueros genoveses; véase Hernanz Elvira, 1 998, II: 414. La relació n entre
Simone Strufi y Alessandro Del Nero se mantendría al m e nos hasta 16 10; véase el apéndice documental,
doc. núm. 68.
236
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 59. Con el cierre de la manufact ura de tap ices de Ferrar a
hacia 1570 , la fábrica de Floren cia se con vertiría en la única existe nte en la península itálic a por un
tiempo, y a que los Barber ini abrirían una manufactura en Roma hacia 1625, teniendo así que hacer fre nte
a un gran numero de encargos no solo en T oscana, sino también de o tras naciones, co m o España. La s
obras en la Arazzeria Medicea se conviertieron e n un producto d e lujo gracias a la calidad de los tej idos y
a sus refinado s diseños, basado s en cartones de excele ntes artistas co m o Va sari, Bro nzino y Alessandro
Allori. Sobre este p articular, véase: Meo ni, 1998, I : 63 - 91.
237
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 78.
238
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 60.
239
Meoni, 19 98, I: 104.
240
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 61. Pa rece que la deuda – que ascendía a un total de 2 0.000
ducados – no fue pagada, lo que o casionó un pleito judicial q ue no concluiría hasta 16 10; véase:
Wilkinson y Ulla Lorenzo, 201 5, II -III: 564 y 606.
Toscana y Se villa
98
Posteriormente, el rastro de Antonio da Vinci en esta comp añía se desvanece,
quedando solamente como compañeros Alessandro y Pandolfo, como puede verse en un
instrumento notarial por el que sustitu y en a Luigi Federig h i y S anti Fantoni para cobrar
la deuda que habían cont raído Cesare B aronc ini y Atanasio de Ave rona co n Francesco
Maria Puccini en 1608
241
. Este cambio producido en el seno de e sta aso ciac ión l o
confirma también Girola mo da S ommaia, un estudiante florentino que ll evó a cabo un
diario mientras desarrollaba una e stancia en la Uni versidad de Salamanca, quien registró
que el 29 de enero de 1 606 que « i n Siviglia diceua la ragione Alessandro del Nero, et
Antonio Vinci. Hora dice Alessandro del Nero, e Pandolfo Corbinelli»
242
. Ambo s
trabajar í an juntos hasta prá cticamente la disolución de la compañía en 1612, como lo
testimonia, por ejemplo, un poder por el que ambos reciben cierta cantidad de dinero del
capitán Tomás de C ardona, como h ere dero de Giovanni Francesco Fontana
243
,
mencionado ante riormente por sus neg ociones con la grana – pigmento rojo también
llamado Kermes – en Florencia, quien murió en S evilla en 1609, dejando viuda a Anna
Bernega li
244
.
En esta primera década del siglo X VII continuaría como a gente de impor tantes
perso nalidade s florentina s, como Giovanni de’ Medici, para qui en seguiría percibiendo
la renta sobre el almojarifazgo anualmente
245
. Es muy probabl e que Ale ssandr o del Ner o
conociera personalmente a este hijo ilegitimo de Cosme I de ’ Medici y Eleonora degli
Albizzi, pues aunque el noble fuera a ceptado en el seno de la familia muy pronto, fue
241
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 62.
242
Hale y , 1977: 4 57. Esta m is ma fu ente co nfirma el negocio que Del Nero y C orbinell i tuvieron co n
Roberto Strozzi un año antes, señalando además que se vio i nvolucrado en esta o casión Leonardo da
Vinci, prob ablem ente familiar d e An to nio, y el mismo Girola m o que d ebió ir a Sevilla a visitarlo s. En:
Haley, 1977 : 417.
243
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 63.
244
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 72. Uno de los hijos de este m atrimonio, P edro Fontana
Bernegali, lle garía a ser racionero y ar cediano de Reina, al no rte de la diócesis; v éase: H azañas y la R úa,
1918 : 387-388. Además, este autor señala q ue su padre, Giovanni Francesco Fon tana era natural de un
pueblo d e la Lombardía, per o tanto su familia como la de s u esposa p rovenían de Pisa. La infor mación
relativa a la ge nealogía de esta fa milia proviene de la limpiez a de sangre del hij o convertido en arcediano;
véase: Salazar Mir , 1995: 85 .
245
Así mismo se ap recia en un pod er del año 1610. Véase el apéndice documental, doc. núm. 64. E ste
docu m en to se dio a co nocer pa rcialmente, así co m o la notici a de la estancia de Ale ssando Del Nero en
Sevilla por el q ue escribe en la r eciente publicación Japó n et al , 20 16: 78-80.
Alessandro D el Nero
99
enviado a luchar por España en Flandes, si endo nombrado embajado r en la corte
madrileña y Grande d e E spaña e n 1598. Esta esta ncia, que duraría hasta 1 605, se plan eó
inicialmente para mostrar las condolencias por la muerte de Fe lipe II y congratularse por
la subida al trono de Felipe II I, aunque tenía como trasfondo alcanzar la renovación de la
enfeudación de Siena, objetivo que no conse g uiría por el cambio de política del gran
duque
246
. Giovanni de’ M edici destacó además por su fo rmación erudita y artística,
llega ndo a adquirir nociones de arquitectura y pin tura con B ernardo Buontalenti, lo que
le llevaría a ser mecenas y prot ector de artistas, a demás de miembro en Florencia de la
Acca demia degli Alterati, la cual fue fundada , entr e otros, por los Del Nero en Florencia
como se verá posterior m ente
247
.
Alessandro D el N ero in cluiría, además, a su li sta de clientes otros relevantes
personajes de diferentes puntos de I t alia, como el card ena l Odoardo Farnese. Este
relig ioso, a través del agente flor entino, le r equería en 1611 al ar zobispo Pedro de Castro
la suma de 175.385 maravedíes e n virtud de un a pensión de 6000 ducados que el prelado
tenía de una pensión sobre e l arzobispado de Sevil la, establec ido del si g uiente modo:
« E l Ilmo. Rmo. Señor don Odoardo Farnese diácono cardenal de l a santa
iglesia de Roma del título de san Eustaquio en cu y o favor según dij o fue reservada
una pensión de 6000 ducados en cada un año a razón de 11 reales por c ada ducado
sobre los frutos, rentas y proventas del Arçopispa do de Sevilla, que se acostumbra
pagar en dos té rminos […]. Sin revocar, de su voluntad, en todo el mejor modo,
hizo, constitu y o sus procuradores a los señores Alex andro del Nero y Pandolfo
Corbinelo florentines habitantes en Sevilla»
248
.
246
Volpini, 20 09.
247
Thomas, 2010 , III: 1559. A Giovanni de’ Medici se le ha llegado a atribuir un diseño para la fach ada
del Duo m o de Santa Maria del Fiore d e Florencia, conservado en el Museo dell’Opera de la dicha ciudad;
véase: Daddi Giova nnozzi, 1936 : 43 -44.
248
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 65.
Toscana y Se villa
100
La relac ión entre los dos religiosos se remonta al m enos a la década de 1580, como
se aprecia en la carta que Agostino Tizio escribió al gra n duque de Toscana en 1585 desde
Sevilla con motivo del vi aje que C astro realizó en I talia, señ alando como a su llegada a
la Urbe tanto el pontífice como el cardenal Farnese se mostraron especialm ente corteses
con él: « Il papa gl’offriscie le stanz e in palazz o et F arne se sua casa di C ampo di Fiore»
249
.
El cardenal Farnese s e convertirá en estos mismos años en uno d e los mecenas más
relevantes de comienzos del siglo XVII, especialmente por el en carg o de la decoración al
fresco de la Galleria Farnese a los pintores de la Academia de los Carracci, dirigidos por
Annibale Carracci (1560 – 1609)
250
, pinturas que tuvieron gran reper cusión e n
Andalucía
251
.
Alessandro Del Nero también sería al mismo tiempo agente de otros prelados de
la curia romana, asimismo relevantes promotores de las artes, como Alessandro
Damasce ni Peretti di Montalto , quien exigía i gua lmente los pagos por una pensión que
tenía sobre el obispado de Córdoba
252
, así como d el príncipe-obispo de Tr ento C ar lo
Gaudenzio Madruzzo, que recibía un pa g o del genovés Battista Serra
253
. Al año siguiente,
en 1612, este agente se encargó de conseguir el p ag o de las rentas sobre e l arzobispado
hispalense de otros dos cardenales italianos: el boloñés L or enzo Bianchetti
254
y el
florentino Ottavio Ba ndini
255
.
Como se puede contempl ar a la luz de esta info rmación, en pocos años la carrera
de Alessandro Del Nero en Sevilla progre só con gran éxit o, desde sus primeros trabajos
familiares r elacionados con el comercio americano, hasta su relación con l os religiosos
más influe ntes de comienzos del sig lo XVI I. Este evidente asc enso social pu do de berse a
la cercanía de uno de los personajes fundamentales para la evolución del arte occidental,
249
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 66 (espec ialmente el folio 80r).
250
De m pse y , 19 95. Ginzburg, 2 000.
251
Un claro ej em plo es e l conjunto pictó rico de la Casa -Palacio d e Santa Inés en Granada; vé ase: Japón y
García Cueto, 20 19: 255 - 286.
252
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 67. Según Diego Saaved r a Faj ardo, el cardenal P eretti era un
aficionado a España, amante de la música y de las « b uenas letras » . En: Saaved ra Fajard o, 2000: 115 .
253
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 71.
254
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 69.
255
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 70 (folio 93 6r).
Alessandro D el Nero
101
el cardenal Francesco María del Monte, uno de los más célebres protectore s de
Caravagg io y otros pintores del momento. Aunque más tarde s e desarrollará esta hipótesis
con may o r detenimiento, es necesario advertir que una de las herma nas de este relig ioso
se unió en matrimonio con F rancesco di Agostino Del Nero, personaje vinculado
estrechamente a l padre de Alessandro, como se ha comentado anteriormente.
En este ascen so como a gente entre Florencia, Roma y S evilla también le llevaría
a tratar con los b anque ros más poderosos de la U rbe, Ottavio Costa y Jua n Enríquez de
Herrera . Efectivamente, en 1611 los responsable s de esta compañía financiera confiaron
en Alessandro d el Nero y Pandolfo Corbinelli para la r ecaudac ión de las deudas que
tenían en el Sur de la pení nsula ibérica, donde ade más varios mi embros de las familias d e
los banqueros tenían diversos beneficios
256
. En el instrumento notarial se nombra a Diego
Enríquez de Herrera , hijo y heredero de Juan, quien probablemente estaba residiendo en
la península ibérica:
« P or el pres ente publico instrumento sea claro, manifiesto y notorio a
todos, como en el año de la Natividad del mismo señor de mill y seiscientos y diez
en la indi cc ión octava, y a veinte y siete días del mes de abril y en el pontificado
de nuestro mu y santo señor el señor Paulo por la divina providencia p apa quinto,
ante el Ilmo. y mu y excelente señor Dominico Neruccio procurador fiscal de la
curia del capitolio y juez de los decretos de la jurisdicción vol untaria
especialmente deputado por el inslito. pueblo romano [ …], personalmente el I lmo.
Señor Ambrosio Poz obonelo mercader que sigue la curia romana y curador por
tiempo del I lmo. Señor Diego Enríquez de H errera uno de los hij os y her ederos
abintestato del illmo. Juan Enríquez de Herrera d e buena memoria que mur ió en
la ciudad de Roma el pr imer día d e marzo próxim o passado como e su tutela
[…] »
257
.
256
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 73 (especial m ente el folio 107 v).
257
T e rzaghi, 200 7: 70. La autora señala que posible mente pudo establecerse en Jaén, do nde este tenía una
canonjía.
Toscana y Se villa
102
Como podrá c omprobarse posteriormente, este persona je tuvo una r elevante
colecc ión de arte, pero su huella d esapare ce de Ro ma hacia 1602, siendo esta quiz ás una
pista para confirmar su p aradero en España en la década de 1610. Ad emás, también en
1611, Ottavio Costa, como curador de los herederos de su difunto compa ñero J uan
Enríquez, otorgó una carta a Alessandro qu e le permi tía tomar aquellos bienes que Andrés
Fernández de Córdoba, obispo de Badajoz, les había dejado e n su testam ento y en su
espolio:
« S epan qu antos esta carta vieren como y o Alexandro del Nero florentín
residente en esta ciudad de S evilla en nombr e y en voz de Octavio Costa r esidente
en corte romana e de l os hijos y herederos de Juan Enriques de Herrera su
compañero difunto cu y o curador es el dicho Octavio Costa de sus personas e
bienes e por vi rtud de su poder que ten g o […] pueda pedir e reciuir y cob rar en
juicio y fuera de él, espol io y bienes y rentas de su señoría don Andrés Fernandez
de Córdoba, obispo que fue de B ad ajoz e de sus tesoreros, ma y ordomos, albaceas
e testamentarios[…] »
258
.
Viene a ahondar en este particular que en 1612 Alessandro del Nero recibía un
poder de Nicolás En ríquez de Herrera, cl érigo e hij o de J uan Enríquez, quien llegaría a
obtener post eriormente el cargo de nuncio en Malta y Nápoles, aunque entonces se
hallaba en Valladolid
259
. Este dato es la primera referencia documental que transciende
de la estancia d e este pe rsonaje fuera de Italia, si bien se conoce qu e al momento de la
boda de su hermano P edro, celebrada en 1615, era collettore apostólico
260
y se hallaba e n
España
261
. Aunque se profundizará en estos vínculos e n el c apítulo dedicado a las
relaciones con Roma, es conveniente señalar que los Herre ra y Costa fueron grandes
mecena s d e las artes, como demuestra el en carg o realizado a Annibale Carracci y a sus
258
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 74.
259
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 75.
260
Da m os esta i nterpretación al t érmino co rrettore ap ostolico , la cual creemos es la m ás ap ropiada.
261
T e rzaghi, 200 7: 76.
Alessandro D el Nero
103
ay udantes para la d ecoración de la Capilla H errera en la i glesia d e S antiago de los
Españoles, y además varios de sus miembros destacaron como importantes coleccionistas
y – al i gua l que el Carden al de Monte – protectores de Caravaggio
262
.
262
Este particular ha sido ampliamente estudiad o en Ter zaghi, 2007.
Fig . 10 .- Pal azzo Torrigiani Del Nero, Flo rencia.
Fig . 10b. - E scudo de l a familia Del Ne ro. Flore ncia:
Fachada de l Palaz zo Torr igiani De l Ne ro.
Toscana y Se villa
104
A pesar de la notoriedad que de bía alcanzar por e ntonces en la capital hispalense ,
mantenida gracias a la r ed de il ustres clientes q ue había tejido entre amb as penínsulas y
América, Alessandro del Nero d ecidió r egre sar a Florencia en 1611, cuando comenzó a
solicitar formalmente la exportación de sus bienes desde Sevilla
263
. Esta decisión fue,
muy posiblemente, motivada po r las altas rentas impuestas a los comerciante s extranjeros
por esos años, los cua les vieron como dism inuían considerablemente sus beneficios al
perderse pa rte de l as ventas de mer ca durías de tejidos – principalmente la seda – con
América
264
. Esta medida tuvo su razón de ser e n la protección exigida contra la
competencia foránea , qu e por otro lado estaba incentivada por el Estad o, siendo la
florentina una de las comunidades que más sufrieron esta medida al estar especializa
precisame nt e en el n egocio de este ri co material
265
. L a medida pr eveía la pr ohibición a
los extranjeros de la venta al fiado c on la mer ca dería de las Indias, por lo que muchos de
ellos se marcharon ante esta situación, como el propio Pandolfo Corbinelli, y otros d e
nacionalidad francesa como Thomas de Leten o Guill ermo Galvarte, lo que derivó en la
devaluac ión de los almojarifazgos
266
. I n cluso, el Consejo de I ndias, asesorado por el
Consulado de Cargadores, determinó ha cía 1615 expulsar de la ciudad a algunos de estos
extranjeros, incluso a aq uellos que se hubieran n aturalizado, creando a ta l fin una li sta
negra remitida por Francisco de Tejada, pr esidente de la Casa de la Contratación, a Felipe
III dos años m ás tarde. Entre los cargadores que aparecían en esta, se contaba con Luigi
Federig hi y Antonio Maria Bucarelli, quienes no habían presentado el inventario de sus
patrimonios, lo que podr ía indi ca r que una p arte de estos habría sido obtenida de forma
ilícita
267
. S in embargo, la ll egada de Alessandro a Florencia se llev aría a cabo en 1615 ,
librándose de est a última media, pues una vez allí debieron reconocerle tod a su carrera en
263
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 38.
264
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 77.
265
García-Mauriño Mu ndi, 1999: 1 25.
266
Alloza Aparicio, 2006: 47 ( no ta 30 ).
267
Díaz Blanco , 2007: 626-627. Sin embargo, esta m edida no tendría m a yores consec uen cia s y la tensión
acabaría desapareciendo. An to nio Maria Bucarelli fue ta m bi én f iador del arzob ispo Luis Fernández de
Córdob a entre 1624 y 1625, periodo en que el religioso ej erció com o cab eza d e la iglesia sevillana; véase
el apéndice d ocumental, doc. núm. 119 (folio 295r).
Alessandro D el Nero
105
España, siendo nombr ado antes de 1618 Cónsul del Mar p or el gran duq ue de Tosc ana
Cosme II de’ Medici
268
.
Suponemos que en la capital toscana residiría en e l palac io que Carlo del Ner o, su
padre fallecido en el año 1600
269
, poseía en las prox imidades de la gran residencia familiar
de Francesco Del Nero y sus hermanos, el Palazzo Del Nero Torrigiani cuyo interior se
encontraba divi dido en d iversas casas, las cuales al momento estarían ocu padas también
por los descendientes d e estos (figs . 10 y 10b ). Tr ansciende que al tiempo de la lle g ada
de Alessandro, este inmueble estaba ocupado por Filippo de Ne ro D el Nero y po r otro
Alessandro, hijo de Francesco del Nero, quienes consiguieron mantener y aumentar las
riquezas artísticas de sus predecesores
270
. Como se puede intuir, la existencia de dos
personajes con el mismo nombre y r esidiendo contemporáneamente en el mi smo lugar
puede llevar a confusiones, siendo a veces complicado discernir a quién de ellos se
refieren ciertos documen tos, cuando no aparece especificado el nombr e del pro ge nitor.
Además, como se evidenciará poste riormente , a mbos debieron de t ener un estre cho
contacto entre sí y a incluso antes de la lleg ad a de Alessandro de C arlo a Florencia
271
,
siendo este un factor que a y uda a determinar el nivel cultural alcanzado por este
personaje.
La familia Del Nero, como tantas otras flore ntinas, se vio atraída por e l arte y sus
miembros se convirtieron en grandes patrocinad ores. En su seno se fundó en 1569 la
Acca demia degli Alterati, principalmente gracias al interés por la li teratura de Tommaso
y Nero Del Ne ro, con la i ntención de r eunir a gra ndes escritores e interesados en las letr as,
las artes plásticas, la filosofía, el teatro o la músi ca, en el entorno de la Cas a Buonarroti,
estando su sede a comienzos del siglo XVII pr ec isamente en el Palazzo Strozzi del
Poeta
272
. Por entonces poseían además otras propiedades que compartió con su pr im o
268
Así se refleja en u na lápida conmemorativa co nservada aún en el claustro del P alazzo Comunale de
Pisa, ed ificio que fue sede de los có nsules del Mar. Véase: V illani, 2012 : 96.
269
Manni, 1771 : 85. Según esta misma fuente nació en 1514 , y fu e ade más comisario de la ciudad de
Pistoia.
270
Catalucci, 2 013: 151.
271
A partir de este momento se deno minará como Alessandro de Carlo Del Ner o al perso naje que vivió en
Sevilla, y a Alessandro de Francesco del Nero al otro personaj e.
272
Una apro xim ac ión a este cen tro p odem o s verlo en: Ma nni, 1748 . Cabe suponer que los Del Nero
presentes en Sevilla p udieron tener ta m bié n cierta predilecc ión por la literatura, por la cercanía a Mateo
Alemán, a q uien p udieron apoyar.
Toscana y Se villa
112
Otro dato que apoy a la hipótesis de un conoc im iento mutuo e ntre los dos
personajes homónimos, sería la unión en matrimonio de Baltasar de Astudi llo con L avinia
del Nero, hermana de Ale ssandro de Francesco
299
, pues al mismo tiempo en S e vil la estaba
residiendo un hermano de su padre, Gaspar, miembro de l a comp añía comercial qu e
tenían entre Florencia y España
300
. Este último se casa ría con Petronila de Mazuelo, c on
quien tendría a Antonio de Astudill o, el cual llegaría a ser canónigo de la Catedral
hispalense hac i a 1615
301
.
Por tanto, se pone de manifiesto de esta manera q ue a comienzos del siglo XVI I
estuvieron pr esentes en S evilla varios pe rsonajes florentinos en cont acto con gran des
mecena s it alianos, como el c ardenal del Monte, en un momento en que en la capital
hispalense estaban desarr ollado su carrera grandes artistas, como Francisco Pacheco, J uan
de Roelas (1558 – 1625) o Francisco de Herrera, el Viejo (c. 1590 – 1654), y surgían las
grandes promesas de l a pintura barroca, como D iego Velázquez (1599 – 1660), Alonso
Cano (1601 – 1667) y Francisco de Zurbarán (1598 – 1664), entre otros. Alessandro del
Nero quizás conoció a algunos de estos maestros, incluso pudo h aber adquirido algunas
de sus obras para despué s llevarlas consigo a su re torno a su patria. En este sentido, se ha
podido afirmar que ya en su estancia sevillana este personaje pudo afinar su gusto por el
arte, pues en la carta qu e firmó dando fe de la l le ga da de las mercadurías de Francisco
Sanz de Valladolid fue capaz de disc ernir el mal e stado de l as pinturas. Además, e n l a
capital andaluza pudo o currir el despertar del gusto diletante en Alessandro de Carlo, cu y a
semilla y a venía plant ada por los miem bros de su familia, floreciendo así en él el interés
por e l arte sevillano, y de jando en la capital hispal ense el germen de la nueva conc epción
del arte n aturalista d el Caravaggio y d e los pintores boloñeses, transmitido a través de las
posibles tertulias intelect uales que emulaban las organizadas por su parie nte, el carde n al
del Monte en R oma, y quien sabe si exponiendo diver sos cua dros en su morada sevillana
299
Ammannati y Go nzález Talav era, 2014: 132 .
300
González T alavera, 2011 : 22 9 (nota 8 05).
301
Salazar Mir, 1995, I: 82.
Alessandro D el Nero
113
en la collación de Santa María, obras que engrosaría las colecciones de su familia a su
retorno a Florencia
302
.
2.2.- La capilla de la nación florentina en Sevilla
Hacia 1668 las familias de estirpe florentina que residían en la c iudad estaban
compuestas ma y oritariamente por los d escendientes nacidos en ella de p adre s italianos,
debido princ ipalmente a la decadencia ec onómica producida por las deudas de la corona,
la c risis del comercio indiano, y a las medidas desfavorables pa ra los extranjeros
implantadas desde comienzos de sig lo. En diciembre de ese año llegó en una etapa de
formación por Europa a Sevilla Cosme de’ Medici, por entonces principe herede ro de l
Gran Ducado de Toscana, siendo recibido po r los ilustres rep rese ntantes de las familias
florentinas aún presentes en la capita l hisp alense, el canónigo Juan Federi g hi, su sobrino
Antonio Federighi, caballero de Alcántara, L uis Bucarelli y su hij o Francisco, « todos
originarios de Florenc ia, pero na cidos en Sevill a, d onde vivían »
303
. Entre los edificios que
el Medici y su s équito visit aron se encontraban u na serie d e i glesias y conventos, como
la Casa Grande de S an Francisco, San Agustín, Santa María la Blanca y los Capuchinos,
todos espacios profusamente decorados con pinturas, incluidas las series que Murillo
ejecutó para cada uno de estos lugares – al gunos de ellos concluidos en esos mismos años –
, siendo solamente indicadas en la crónica d el viaje aquellas del claustro de los
Agustinos
304
. Com o era d e esperar, la obra de ar te más admir ada por estos ilustre s
invitados fue el citado anteriormente San Jerónimo Penitente de l florentino Pietro
Torrig i ano, al momento en el monasterio de San Jerónimo, siendo apreciada de l a
siguiente manera: « S obre el altar […] ha y una estatua de dicho santo orando hecha de
302
Un siglo después de que Ales sandro abandonara E spaña, otro miembro d e su f ami lia, el barón Ner o
Maria Del Ner o – probab lem ente un hijo de Aless a ndro d e F rancesco – , estuvo en la corte española co m o
ministro de T oscana desde 1 709 hasta 1715 , En: Zobi, 1870: 52.
303
Muñoz Medrano, 2003:128. En el séquito del Medici viajaban lo s escritores Lorenzo Ma galotti y
Filippo Corsini, así co mo el méd ico Juan Bautista Gornia, q uien e s fueron tomando ap untes de los lugare s
que visitaban, las per sonas y aquellas acti vidades que realiza ban en cada lu gar, existiendo varias
relaciones de este p eriplo. Ade m ás d e los florenti nos, fue a recibirlo el gen ovés Jua n Ba utista Gi ustiniani,
quien agasajó al noble en varias o casiones con abunda ntes viandas. Sobr e el viaje de Co sim o d e’ Medici
véase: Taín Guz mán, 2018.
304
Muñoz Medrano, 2003:143 (n ota 19 2).
Toscana y Se villa
114
barro natural que, sin du da, por el dibuj o y la expresión, es la m ejor qu e de esta clase
hay amos vist o hasta a hora en España »
305
.
También estuvieron en la Catedral y subieron hasta la parte más alta d e su
campanario, la Giralda, l a cual fue compara da co n la torre de San Ma rco de Venecia,
desde donde pudie ron admirar una panorámica mu y completa de la ciud ad, determinando
que « f ue considerada bastante más pequeña que Florenc i a»
306
. Entre los lugares civile s
nombrados fueron especialmente admirados aquellos relacionados con el comercio
america no, como la Casa de Contratación y l a de la Moneda
307
, y por el contexto se
entiende que fuese tamb ién visitada la Casa L o nja, donde al momento se hallaba la
Acade mia de la Pintura, estando entonces presidida por Juan de Valdé s Le al. En la
biografía que Palomino escribe sobr e el artista, narra un episodio acaecido en esos años
en que se ocupó de la dirección de la institución, por el cual quiso impedir que un pintor
llega do d esde Italia tuviera licencia pa ra ejercer en ella mientras du ra ba su estancia,
propósito que no pudo cumplir, pues el M arqués de Villaman rique, pr otector de la
Acade mia, autoriz ó al italiano para que pudi era dibujar allí varias noc h es:
« Tomó su asiento, y sa có unos carbones como d edos, y un pliego de papel
blanco de marca m a y or, el cual lo estregó todo con carbón; y hecho esto, comenzó
a limpiar unos cl aros c on miga de pan, y fue descubriendo, y determinando
contornos, y apretando o scuros, de suerte qu e en breve con cluy ó un a figura mu y
bien dibujada»
308
.
Si bien esta fuente no ide ntifica a tal artífice , las fechas señaladas y la inter cesión
del noble pueden indi car que se tratara del pint or Pier Maria Baldi (1630 – 1686), el cual
acompañó a Cosme III en su viaje por España, dibujando las vistas de las po blaciones por
la que p asaron, siendo estas las prime ras referencias gráfica s que se ti enen de enclaves
305
Muñoz Medrano, 2003:141.
306
Muñoz Medrano, 2003: 137 . Encontraron de sagradable la abundante suc iedad que se hallab a en las
calles (p. 1 48).
307
Muñoz Medrano, 2003: 147 - 148.
308
Palo m i no, 1986 : 312.
La capilla de la nación f lorentina
115
andaluce s, como Écija, Carmona o Fue ntes de Andalucía
309
. Ba ldi se formó co n
Baldassare Franceschini, el Volterrano (1611 – 1689), e ncontrando posteriormente la
protección de los Medi ci, siendo recomendado en 1667 por el gran duque Fernando II a
Gian L o renzo Bernini (1 598 – 1680) para qu e pudiera perfeccionar su técnica de dibujo y
color en Roma. El noble lo presentó como un «giovane fiorentino…assai ben avanzato
nel disegno e nel colorito » , a unque inmediatame nte después partiría haci a España con
Cosme I II
310
. Además, el bióg ra fo señala que e l extranjero estuvo en la Academia
solamente tres o cu atro noches, mientras que l a est ancia sevillana del Medici se desarrolló
desde el 27 de diciembre de 1668 hasta el 3 de enero del año su cesivo, tiempo en que
pudo hacer dos lienzos que re pr esentaba n al Crucificado y a San Sebastián, los cuales se
expusieron en las gra das de la Catedral « e n un día de función, [e] hicieron tanto ruido que
Valdés (pa rec iéndole qu e venía a hacer befa de la Academia) dicen le quiso matar »
311
.
Aunque hasta el momento esta s ea solamente una hipótesis, no se debería menospreciar
la prese ncia en Sevilla de un pintor de la corte m edicea, el cu al levant aría la admiración
y sobre todo la curiosidad del gremio de pintores locales.
Sorprende que en los manuscritos no se haga referencia a una posible visi ta a la
capilla de la nación florentina, la cual se hallaba en la iglesia del convento de S anta María
de J esú s, de monjas Descalzas de la primera Regla de Santa Clara. Dentro del complejo
relig ioso, este esp acio se localizaba más concretamente en el ábside (fi g . 13), y en él se
encontraban las sepulturas de todos aquellos florentinos que habían fallecido en la capi tal
hispalense, en su ma yoría agrupadas en pequeños panteone s familiares con l os miembros
de diversas ge neraciones. Este es el caso de los Federig hi, cuyos enterramientos se
documentan en este lu g ar desde, al menos, la mu erte de Luis y la de su segunda esp osa
Gemma Bucarelli, como se deduce del testamento de uno de sus hijos, el canónigo Luis,
redac t ado e n 1667, quien pide ser sepultado allí tras su fenecimiento:
309
Sobre estas vis tas, véa se: Sánchez Ri vero, 192 7. Muñoz Medrano, 2003 : 27. Taín Guzmán, 20 15 -
2016 : 4- 9.
310
Chiarelli, 1963 .
311
Palo m i no, 1986 : 312.
Toscana y Se villa
116
« P rimero el dicho señor don L uis de Federigui m andó por el dicho pod er
que se enterrase su cuer po en la capilla mayor de la i g lesia del monast erio de
monjas descalzas de Santa Maria de Jesús de esta dicha ciudad donde están
enterrados los dichos señores sus padres y los señores su hermano »
312
.
312
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 82.
Fig . 13. - Capilla m ayor. Sevill a : Iglesia de Sa nta María de Jesús.
La capilla de la nación f lorentina
117
Gemma Federighi también fue enterrada en este lu gar en 1626 con g r andes
honores, como correspo ndería a la h ermana de un camarero secreto de Urbano V III ,
pontífice de la familia de los Barbe rini, quienes te nían una estrecha amistad con la rama
de los Federighi en Sevi lla
313
. Así como su esposo, Antonio María Bucarelli, el cua l
fallecería en 1643 dejando como albaceas testamentarios a J uan y Luis Federighi, este
último su y erno, así como a sus hijos L uis y Nic olás Bucarelli
314
.
Entre las demás estipes toscanas presentes en Sevil la que debieron tener su lugar
de enterramiento en este lugar, se puede nombr ar a la de Del Nero y Bartoli, quienes
también tuvieron su propio mausoleo c onjunto, como se apre cia en el poder dejado por el
citado J uan Felipe, c onfirmando que se encargó de cumplir con las últ imas voluntades de
su mujer: «y o hiz e ent errar e se enterró su cuerp o en el monasterio d e Sa nta María de
Jesús de esta ciudad de Sevilla, como van a la puerta de Carmona en el entierro e capilla
mayor que allí tiene la nación florentina»
315
.
Sin embarg o, las huellas de la célebre capilla que determinaba la fuerte pre sencia
de esta nación en las c alles hispalenses se perdieron muy pronto. En 1765 este conve nto
sufrió un terrible incendio provoc ado por el impac to de un ray o que destrozaría una gran
parte d el complejo
316
, el cual, tras su posterior restauración, no volvería a recuperar
interiormente nin g ún rastro de aque lla capilla, que debió de estar decor ada
originariamente siguiendo el gusto d e los comitentes f lorentinos, como s e atenderá a
continuación. En la actualidad queda un único vestigio de lo que pudo ser el programa
iconográfic o que envolvía esta capilla, hallándose en la portada de l a iglesia una imagen
pétrea de la Virgen con el Niño (fig . 14). Se trata de una obra de J uan de Oviedo, el mismo
artista que hiz o el retablo de madera anteriormente mencionado para la misma iglesia,
contratado en 1588 y p agado por los flo rentinos
317
. L a conside ración de la noticia del
mecena z go toscano para esta obra ha pasado por s er una cuestión casi ignorada hasta el
313
Durán, 1626 : s.f.
314
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 83. Luis Federigh i se encargó de recuper ar cierta cantidad en
barras d e plata de los negocios que Antonio Maria B ucarelli había de jado sin resolver en América.
315
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 52.
316
Sobre la restauración del convento llevado a cabo en el siglo XVIII, véase: Luengo Gutié rrez, 2010:
143 - 164.
317
López Martínez, 1 943: 38.
Toscana y Se villa
118
momento, debido al desconoc imiento que se tenía sobre la situación de la capilla italiana
en esta iglesia y po r su destrucción en el siglo XVIII. S in embargo, ten iendo ahora en
cuenta la naturaleza de es ta escultura, así como las disparidades estilísticas con otras obras
de este mi smo periodo del artífice, como puede ser el relieve men cionado presente en este
complejo, se podría pe nsar en un encar g o muy concreto ideado por los propios toscanos.
Si bien es cierto que el convento remonta su fundación en 1502 con Álvaro de
Portugal-Braganza
318
, los Federighi y los Bucarelli c onsiguier on el p atronato en la d écada
de 1580, probableme nte e n 1588
319
, y aunque no se haya prestado atención a esta
información precedentemente, la fecha señalada indica el momento en que la i glesia
experimentó una campaña de renovación estética por parte d e sus nuevos protectores
320
.
El proyecto de levanta r u na capilla d e los florentinos no fue sost enido económicamente
solo por las familias nombrad as, sino que en esta empresa p articiparon muchos de los
toscanos residente s en Sevilla por entonces, siendo el enca rgado de administrar el dinero
de la fábrica Cosimo del Caccia, como se evidencia en el testamento de Giuliano Gallo
firmado en 1590:
« M ando a la fábrica de l a capilla ma y or que haze la nación florentina en
el monasterio de S anta María de J esús quarenta ducados, los quales se den a
Cosme del Cacha depositario del dinero que se gasta en la dicha obra para que lo
ga ste en obr a de la dicha capilla»
321
.
318
Centeno, 19 96: 29 -36. Si bien la autora, resp onsable de la única monogra fía existente de la iglesia,
indica quiénes fu eron otro s patronos del te m plo, co m o el II y el III conde Gelves, ig nora por co m p leto
cualquier refere ncia a los florentinos.
319
Madraz o, 1856, X: 514.
320
Recordamos en este p unto que en estos mismos años se estab a decorand o el Cappello ne de la nación
española en Santa Mar ia Novella en Florencia. Cabe m encionar q ue en el entorno de este convento, más
concreta m e nte entre las vía s dei Banchi y d el Giglio, se con struyó a co m ie nzos de la d écada de 1570, el
palacio d e Fabio Arrazola d e Mo ndragón, posible m e nte de or igen español o napolitano, cab allero de la
Orden de Santia go; véase: Plaza , 2016: 293 - 341.
321
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 90 (concreta men te folio 10v).
La capilla de la nación f lorentina
119
La portada fue también e dificada por e ntonces, comenz ada por el mae stro cantero
Juan de Torres y concluida por Alonso de Vandelvira (1544 – 1626) hacia 1590
322
. La
escultura que corona su frente d ebía estar pensada para indica r que en su interior se
hallaba esta capilla, pues formalmente guarda una especial relación con la Madonna dagli
occhi di v etro de Ar nolfo de Cambio (c.1235 – 1302), la c ual decoraba del mi smo modo la
portada del Duomo de S anta Maria del Fiore hasta su traslado h acia 1587 al in terior del
templo por la construcc ión de su nueva fachada (fig. 15)
323
.
Precisamente, la gé nesis de la obra de Juan de Oviedo se d a cont emporá nea mente
al c ambio de ubicación de esta Madonna en Flo renc ia, una obr a devo cional que sería
conocida y admirad a por todos los miembros de las familias toscanas presentes en Sevilla
por e l lugar preeminente que había ocupado en la vida de aque lla ciudad itali ana . De este
modo, no sería extraño entender como l a Virgen con el Niño de Oviedo f uera ejecutada
como una reinterpretación menos hierática y actual de aquella otra gótica, pues además
de compartir la misma composición, coexisten en ambas ciertos detalles similares, como
la corona, p articular visible también en otr a escultura relacionada directamente con los
italianos, la Virgen de Génova , obra del si glo XIV que se ex pone desde antiguo en la
Catedral de Sevilla, atribuida a Nino Pisano, autor que por otro lado trabajó en la
decoración del Campanile de la C atedr al florentina
324
. No sería extraño pensar que los
propios mecenas desc ribiera n al artista la ima g en de Arnolfo, o incluso q ue atesoraran
una copia a escala o un grabado con esta devoción que serviría de inspiración para Juan
de Oviedo.
322
López Martínez, 1 943: 39.
323
Neri Lusanna, 2 005: 242.
324
Laguna Paúl, 1 997: 68 -69. Serra Desfilis, 2 004: 38. En Sevilla se co nservan otras imá gen e s de
Vírgenes atribuidas a Ni no Pisano y a su círculo, como la Virg en del Carmen de la iglesia de San
Lorenzo.
Toscana y Se villa
120
Fig . 14. - Juan de Oviedo, “ el Vie jo”,
Virgen co n el Niño , c. 1 590. Sev illa: Iglesia
de Santa M aría de Jesús .
Fig . 15. - Ar nolfo di Cam bio y talle r,
Madonna da gli occhi di vetro , 1300-1305.
Flore ncia : M useo d el l’Opera del Duomo.
La capilla de la nación f lorentina
121
La nación florentina contrató también al mis mo artista en 1588 para que
reformara la capilla ma y o r por completo, con una nueva planta probablemente más
amplia, diseñada po r Pe dro Díaz de Palacios (1549 – 1636), arquitecto del arzobispado,
con el obj etivo de convertirla en el p anteón de los miembros de las familias nombradas
325
.
Además, Oviedo fue el encarg ado de levantar el retablo mayor, que medía 48 palmos de
altura – unos diez metros – , decora do con pilastras jó nicas estriada s y l as imágenes de bulto
redondo del Padre Eter no, San Juan , San Fran cisco, justificándose la presencia del
primero por ser el santo patrón de Florencia y el se gundo po r ser este convento de monjas
clarisas
326
. L a decoración de los demás espacios interiores tendrían vincula ción con la
cultura artística italiana, pues se conoce que al menos la bóveda de una de las ca pillas fue
encargada en estos mismos años a los pintores J ua n Girón y J erónimo Sánchez C oello,
quien se hallaba por e ntonces e n Sevilla, de spués de reg r esar a España tras un periodo de
formación en el taller de Tiz iano en Venec ia
327
. En el contrato para est a obra, conce rtado
en 1588 con Andrés Sáenz de Portillo, se acordó seguir el modelo ideado por Sán ch ez
Coello, quien seguramente habría pensado un dis eño preferentemente it alianista, el cual
debía integrarse en el programa iconográfico conjunto para todo el templo que habría sido
requerido por los patronos del templo, aunque actualmente no se conserve ningún indicio.
A la devastac ión de este espacio, ha sobre vivido en buen estado el artesonado
ochavado y el zóca lo de azulejos de la capilla m ayor, fechado en 1589 y atribuidos a
Alonso Ga rcía, el c ual presenta varias franjas con diversos motivos geométric os y
grute scos, y un plinto de ondas azueles y blanc as
328
, cu y a datación presente en una cartela
indica que se trata de un a comisión florentina. En la parte superior de estos muros se
hallan además una serie de pinturas mura les que se suponen de Luc as Valdés (1661 –
325
López Martínez, 1 943: 37 -38. Sobre Ped ro Díaz de Palacios, véase: Aguilar García, 1 987.
326
López Martínez, 1 943: 28 -29. Como señala el autor, este conjunto perdido fue la primera obra q ue
Juan de Oviedo hizo como maestro exa minado. Sin e mbargo, en una hornaci na de la antig ua enfermería
del convento, act ualmente parte d e la biblioteca , se conserv a la Virgen d e las Nieves d el natural que se
cree que for m aba p arte del antiguo retablo d e Oviedo, así se indica d e manera confusa e n Centeno, 19 96:
111 -112. Sin embargo, esta no se halla e ntre las icono graf ía s citadas en el co ntrato de este conjunto
estudiado po r López Martínez, po r lo que podría ser una obra que formara parte d e otro retablo que se
salvó del incendio . Además, prob ablemente fuera r ealizada po r otro autor, pues par ece guardar más
similitudes con la Virgen con el Niño que Juan Martínez Mo ntañ é s ejecuto en 161 6, conservada en la
Catedral de Huelva.
327
Malo Lara y Santos Már quez, 20 14: 20.
328
Centeno, 19 96: 69.
Toscana y Se villa
128
espacios religiosos áulic os, del mismo modo que se había dado en la dec orac ión de la
basílica de El Escorial pocos a ños antes
351
. Sin embarg o, en este conjunto e nviado por la
gran duquesa se aprecia una novedad de gran inte rés para compre nder mejor el modo en
que se introducía la influencia d el a rte florentin o en los t alleres español es. Cristina de
Lorena debió pensar en l os detalles del encargo, pidi endo a los ma estros más relevantes
de la Florencia d el momento diferentes pinturas de santos relacionados con la corona
castellana, est ando entre ellos Santiago Matamoro s o San Diego de Alcalá, como parte de
un programa icono gráfico ideado para el ámbito castellano pero e jecutado en un leng uaj e
totalmente florentino
352
.
No solo la familia re al tuvo contactos con el cír culo del gran duque, sino también
otros nobles esp añoles. Entre los casos más relevantes p ara este estudio centrado en
Sevilla, se puede mencionar a María P imentel, condesa de Olivares y mad re del futuro
válido de Fe lipe IV, Gaspar de Guzmán y Pimentel. Esta señora le pidió en 1588 a tra vés
de una misiva a Fe rnando I de’ Medici una copia de la célebre Annunziata expuesta en la
iglesia homónima en Florencia, q ue debía s er ejecutada por el artista más importante de
aquella ciudad en aqu el periodo
353
. La pintura llegó a España dos años después, siend o
considerada una obra d e Alessandr o Allori que se ha identificado con un ejemplar que s e
conserva en el monasterio d e El Escorial, y es muy posible que esta y otr as obras traídas
desde Italia estuvieran originariamente en la s resi denc ias sevillanas d e la condesa, tanto
en las pertene cientes a sus feudos como aquellas de la capital
354
. No obstante, la presenc ia
351
No se d ebe olvidar que en estos años, u no de los pintores d e la corte q ue estaba teniendo un gran éxito
era el florentino Vincenzo Card ucci, quien llegaría a Mad rid con su her m a no para colaborar en la
decorac ión de El Escorial, convirtié ndose en 1609 en p intor de cámara del re y, siendo por tanto
considerado como el artista más celeb re en la corte hasta la llegada del sevil lano Diego Velázq uez; véase:
Pérez Sánchez, 2010: 85 - 88.
352
ASFi, Mediceo del Principato , 6 038, f. 143. Goldberg, 1996b: 5 37 (nota 51). G oldenber g Sto ppato,
1999: 88.
353
Véase apéndice documental, d oc. núm. 7. Salort P ons, 2005: 60.
354
Salort P ons, 2005: 60. La condesa d e Olivares no fue la única nob le española en recibir una copia de la
Annu nziata , pues el secretario de la embajada Giulio B attaglino pidió en 1 589 cerca de una do cena de
réplicas par a otros miembros de la corte; véase: Goldb erg, 1996a: 110 -111. Este te m a en co ncreto ha sido
recientemente in vestigado por Susanne Kuber sky -Piredda, qu ien dif un dió p arte de los r esultados en una
co nferencia titulada Tutto il pa lazzo commosso p er questi ritratti”: La fortun a dell’immagine mira colosa
della S antiss ima An nunziata in Sp agna intorno all’anno 16 00, llevada a cabo en Madrid el 26 de junio de
2017 en el seno del congreso Las copia s de obras maestras de la pintura en las colecc ion es de lo s
Austrias y el Museo del Prado. En el Museo d e Bellas A rtes de Murcia se conserva otra copia de este
fresco proce dente del Colegio de la A nunciata d e esa ciudad, fundado en 159 9. Véase: Agüera Ros, 1 998:
99.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
129
de esta icono grafía en la capital andaluza se rem onta, al menos, a comienzos del siglo
XVI, como demuestra la existencia de una copia de este fresco firmada por el pintor
hispalense Juan Núñez en 1525, la cual forma pa rte desde 1917 de l a colección de Antonio
de Gandarillas
355
.
Otros de los nobles sevillanos en contacto con e l arte florentino fue Fernando
Enríquez Afán d e Ribera, II I duqu e de Alcal á, quie n atesoró en la Casa de Pilatos un gran
número de obras hasta su muerte en 1637
356
. Gracias a sus estancias en Italia como
embajador ante la Santa Sede, vi cario general y virre y de Nápoles, adq uirió para su
residencia más de tr escientas obras en el primer t ercio del siglo, muchas de ellas de los
principales mae stros d el momento. El inventar io de sus bienes inclu y e piez as del área de
Toscana, como dos crucifijos de Miguel Ángel
357
, un retrato de este maestro ejecutado
355
Méndez Casal, 19 17: 424 -427. Aunque solo se te stimonia esta o bra a par tir de un a fotogra fía antigua,
sorprende la m a nera de evoluc ionar de este p intor desde la única obra inv enti va que se conoce de su
prod ucción, la Piedad co n San Vicente, San Miguel y u n donante de la sacristía de lo s Cálices de la
Catedral de Sevilla, en la que se apr ecia una marcada influencia d el arte flamenco de ento nces, hasta la
perfecta asimilación del factor italiano co n el que confeccionó la copia de la An nunziata .
356
Bro w n y Kaga n, 1987.
357
Lleó Cañal, 19 96: 82 -85. El autor indica que el pintor Franc isco Pacheco, quien ayudó al duque co m o
consejero en los asuntos artísticos d e la Casa de Pilato s, cuenta en su tratado del Arte de la Pintura (1649 )
que en 1597 llegó a Sevilla el o rfebre rom ano Gio vanni Battista Franco nio, que traj o de Roma un modelo
en bronce de un C rucificado de Miguel Ángel, obtenie ndo rápid am e nte una gran di fusión. Véase:
Fig . 16. - Jean de Boulogne , “G iambologna” y Pietro T a cca, Monume nto ecuestre del rey Feli pe III , 1616.
Madrid: Pl aza May or.
Toscana y Se villa
130
por uno de sus discípulos, o tro de un religioso en tabla d e mano de Leonardo da Vinci
(1452-1519)
358
, seis bronces de Giambologna
359
, una obra de Ra fae l Sanzio posiblemen te
de su período florentino por ser especificada como « a la manera de Pedro P erug ino su
maestro»
360
, otras de Domenico B eccafumi (1486-1551), un San Jerónimo de Bartolomeo
Carducci
361
, y un Sacrificio de Isaac de Andrea del Sarto. Este cuadro fue un regalo de l
prí ncipe del C olle d’Anq uiso, el cual se ha puesto en relación con las tr es versiones del
mismo tema conservadas en el Museo de C leveland, la pinacoteca de Dresde y en el
Museo del P rado, siendo esta últ ima identificada c on la realizada para Paolo da Terrarrosa
y comprada posteriormente por Carlos IV
362
. Si bien hasta el momento no s e ha tenido
noticias de la reperc usió n de esta tabla en Sevilla, se puede ver una copia en la Catedral
ejecutada por Dieg o Vidal de L iendo
363
, y ot ra que se presenta e n est a ocasión de factur a
italiana, la cual denota u na excelente calidad con trapue sta a un estado de conservación
pésimo, conservada en el cortijo E l Esparragal en Gerena, inmueble que pertenecía a un
convento de la o rden de l os Jerónimos (fig . 17). Aparte de l a perfecta correspondencia de
la composición y las dimensiones, muestra el idéntico colorido en todo el lie nzo. Si bien
esta es la única reproducción antigua que se conoce en los territorios sevillanos, se tiene
constancia de la existencia de un e jemplar en El Escorial
364
. Die go Vidal, el Joven , debía
ser un buen conocedor de la obra de Andrea del Sarto, pues además del citado, copió otras
cuatro obras su ya s para un pequeño retablo de la c apilla de los Eva ngelistas, siendo Santa
Catalina , Santa Inés , San Juan Bautista y San Pedro , cu y os originales de manos del
florentino se encuentran en duomo de Santa Ma ria Assunta de Pisa. Este conjunto se
Pacheco, [1649 (1990)]: 497 -498. Gó m ez Moreno , 1930: 189 -198; 1 933: 81-84. Ravé P rieto, 1992: 305-
307. Riddick, 2015: 45 - 49.
358
Bro w n y Kagan, 1 987: 252.
359
Lleó Cañal, 19 96: 84. Copp el A r éizaga, 20 13: 140 -164 . Ma llén Herráiz, 2 016, I: 295 - 313.
360
La obra d el Perugin o deb ía ser muy conocid a en España, pues tanto Gio rgio Vasari co m o Raffaello
Borghini infor man de que llegaro n a España numerosas pinturas s uyas. En: Borghini, 15 84: 463 .
361
Se ha prop uesto que este cuadro sea el mism o q ue se encue ntra en la Colegiata d e Castrojer iz, en: Lleó
Cañal, 2017 a: 173 (nota 471).
362
Shearman, 196 5, II: 281 -282. Brown y Kaga n, 1987: 242 . Véase también:
https://www. museodelprado .es/coleccion/obra - de - arte/el -sacr if icio- de -isaac /590463 fd-c06c- 49 a1 -a9ce-
3660563c d3f5 (co nsu ltado: 1 de octubre de 2019).
363
Catálogo IAPH, nº inv. 9 6253 (2 ,11 x 1,55 m ), (co nsultado: 25 d e agosto de 2019).
364
Bassegoda, 2002: 337 -338.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
131
remataba con otras dos reproducciones del mi smo pintor del Calvario de Van D y ck y el
San Miguel Arcángel de Rafae l
365
.
Además, estuvieron p resentes en el conjunto de Pilatos obras de Diego de R ómulo
Cincinato († 1636), hijo de un artista florentino discípulo de Francesco Salviati (1510 –
1563) que traba jó en l a de coración de l monasterio de El Escorial, quien llegó a ser pintor
del duque y lo acompañó a R oma en la embajada extraordinaria realizada en 1623
366
,
como se verá con más detenimiento posteriorme nte.
365
Ceán Ber múdez, 1804: 122 .
366
Harris, 2 003: 75. Lleó Cañal, 20 17a: 173.
Fig . 17. - Anón imo
(copia de A n drea del
Sarto), Sacrific io de
Isaac . Ge rena: Cortijo
El Esparrag al.
Toscana y Se villa
132
También se conoce que el mismo duque encar g ó obras p ara decorar algunos
templos sevillanos, siendo especialmente notable una serie de los Apóstole s que donó a
la Cartuja d e Sevilla par a la decoración de su p anteón familiar, encargado a los artistas
más releva ntes de Italia en 1625
367
. En este mismo templo se documenta la presencia de
una pint ura de pequeñas dim ensiones de un Camino del Calvario de Giulio Cl ovio (1498 –
1578), basado en un dib ujo de Miguel Án ge l do nado por Benito Arias Montano tras
haberlo heredado d el pintor Pedro d e Villegas Marmolejo (1519 – 1596)
368
. E ste literato
regaló además a Francisco Pac heco un dibujo del Buona rroti que repre sentaba a
Ganimedes , que la historiografía ha considerado re conoc erlo realmente como de m ano de
Clovio, quien copió la pintura original del maestro que se hallaba en Florencia en poder
de Cosme I de’ M edici. De esta misma composición, Fra ncisco de Tejada, presidente de
la Casa de Contratación de Sevilla, poseía en su colección una copi a pictórica también de
Clovio, así como Arias Montano, quien además del dibujo citado poseía un cuadro en el
que se re producía este mismo m odelo
369
.
Para la conformac ión de la c olección de la Casa de Pilatos re sulta determinante la
influencia ejercida por Pacheco como asesor del duque, y anteriormente de su padre, en
cuestiones artísticas. Esto es especialmente nota ble en la incorporación de piez as del
tardomanierismo anda lu z, con la suma de diver sas obras de pintores que demostraron
tener un gran conocimiento de la pintura italiana de ese periodo y anterior, como Pablo
de Céspedes y Alonso Vázquez (1564 – 1608)
370
. Pacheco además manifestó e n el A rte d e
la Pintura haber obtenido a lo larg o de su vida una vasta información del a rte florentino
del siglo XV I, sobre todo de la vida de los gra ndes maestros. Especialmente de Mi gue l
Ángel, de quien llegó a t ener constancia de una parte e xtensa de su p rodu cción – ll ega ndo
incluso a poseer grabados su y os – , así como de los diversos episodios de su vida. Un
evidente ejemplo d e ello se halla en el capítulo VI del Libro Primero del A rte¸ en el que
367
Lleó Cañal, 19 96: 82.
368
Pacheco [1649 (1990)]: 456 -457. E l tratadista lo descr ibe con gran detallis mo tras una visita a la
Cartuja en m a yo de 16 32. Lleó Cañal et al, 19 92: 31. Méndez Rodríguez, 2005: 3 32 (nota 927). Este
último autor lo supone o riginal de Miguel Án gel. De Villega s Marmolejo existía en su residencia o tras
pinturas de temática s religiosas. Sob re la colección d e Arias Montano; véase: Hänsel, 19 99: 203 - 229.
369
Pacheco [1649 (1990)]: 456 -457. Co m o señala Basse goda, este dibuj o pudo llegar a mano s de Arias
Montano a travé s de Tommaso de’ Cavalieri, con quien guardaba una estrecha a mistad.
370
Lleó Cañal, 20 17a: 173.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
133
trata diversas bio grafía s artist as, entre las que se encuentra la del Buonarroti, y el capítulo
siguiente e stá dedicado p or c ompleto a la descripc ión del túmulo fune rario levantado por
su muerte en la iglesia medicea d e San L orenzo de Flore ncia en 1564
371
. Para este últ imo ,
Pacheco se b asó fundam entalmente en dos fuent es d iversas: las Vidas de Vasari y la
descripción anónima titulada Ese quie del Divino Miguelagnolo Buonarroti. Celebrate in
Firenze dall’Accademia de’ Pittori, Scultori ed Architetti (1564)
372
. En estos capítulos,
Pacheco cita además a los artistas toscanos que colaboran en esta empresa, estando
repre s entados los mejore s de dos g en eraciones, en tre los más antiguos Agnolo Bronzino,
Giorgio Vas ari, Benvenu to Cellini (1500 – 1571) y Bartolomeo Ammanna ti (1511 – 1592),
así como otros más jóvenes, fundamentalmente los discípulos aventajados de los
mencionados y otros mie mbros de la Accademia del Dise g no, como Aless andro Allori,
Andrea del Ming a (1540 – 1596), o Vinc enzo Da nti (1530 – 1576), e xpresando así el
conocimiento que tenia del manier ismo toscano de su propio tiempo.
La s obras d e estos pintores debieron llegar a Andalucía, siendo un ejemplo
desconocido d e ello una pintura que se encuentra en la iglesia del convento de la Madre
de Dios de Baena, el cu al fue fundado por Diego Fernández de Córdoba, III c onde de
Cabra
373
, donde se conserva un soberbio r etablo pétreo que forma pa rte de un program a
de decoración m ás amplio que ocupa todo el ábside con nume rosos cuadr os de dist inta
naturaleza. En su centro s e contempla un a pintura de gran formato, p arc ialmente c ubierta
por un tabernaculo, qu e r epre senta a Santa Catalina de Siena y a otro santo dominico en
adorac ión a la Annunziata de Florencia (fig. 18), cerrándose la escena con la aparición
del Niño Jesús junto a unos ánge les que la sobrevuelan. Aunque s e des conoce ult eriores
detalles sobre tu génesis, creemos que se trata de una obra cercana a la producción de
Cristofano Allori (1577 – 1621), quien reprodujo en diversas ve rsiones la Annunziata ,
introduciéndola en otras composiciones ma y or es, como la existente en el Duomo de
Pistoia donde además se i nsertó la fig ura de S an Juanito a los pies y el coro de ángeles en
371
Pacheco , [1649 (1990)]: 148 -162 y 163 - 182.
372
Pacheco , [1649 (1990)]: 163 - 164.
373
El taber nácu lo pr esente en este altar fu e un re galo de Antonio Fer nández de Córdob a, VII conde de
Cabra, virre y de Náp oles y embaj ador ante la Santa Sede, realizad o con pied ras duras por un taller
romano. Ver: Serr ano Estrella, 2 017: 56.
Toscana y Se villa
134
lo alto (fig. 19). A pesar del mejorable estado de conservación de la tela de Baena, es
posible apreciar un a gran calidad de ejecución en las figuras, siendo especialmente
reconoc ible ciertas características formales del círculo de Allori en la figura de Santa
Catalina (fig. 18b).
Fig . 18. -Anónimo t osca no, Santos en adoración a la Annunziat a de Flor encia .
Baena: Conve n to de la Madre de Dios .
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
135
Fig . 18 b.-A nóni mo t osca no, Santos e n
adoración a la Annu nziata de Flor encia
(detalle ). B aena: Co n ve n to de la Madre
de Dios.
Fig . 19. - Cris tofano Al lori, Annunziata co n
San Juanito . Pis t oia: D u omo .
Toscana y Se villa
136
Si bien, como se ha demo strado, Pa checo es a lumbrado en esta parte de su escrito
por las publicaciones mencionadas, l a curiosidad por la produ cción de estos pintores
activos en Florencia en e l siglo XVI y a p rincipios de la centuria sucesiva le llevaría a
querer profundizar en la obra de estos a rtistas. Mu y pro bablemente, en las tertulias de
carácter intelectual celebradas en el entorno del III duque de Alcalá, Pacheco se
empaparía de la impresiones que otros pintores y literatos habían tenido en sus viajes a
Italia. Entre ellos, P ablo de Céspedes, d el que nos o cuparemos más adelante, o Juan de
Jáuregui, ya mencionad o en precedencia, quien colaboró en este tratado mediante la
traducción de un texto de Leonardo y la incorporación de una carta qu e Miguel Án ge l
remitió a P ietro Aretino, entre otros
374
. Además, se conserva un ejemplar manuscrito del
Arte anotado por Jáuregui que demuestra en cie rtas ocasiones no estar t otalmente de
acuerdo con la teoría doctrinal de Pacheco, así como con la tradición italiana que el
sevillano manifiesta, debido quiz ás al propio aprendizaje que él tuvo en Italia y su
pertenencia a una ge neración de artistas más jóvenes
375
.
Es posible, además, que la estancia en Sevilla entre 1583 y 1588 de Mateo Pérez
de Alesio (1547 – c. 1616), aumentara la admiración del tratadista h acia l as c omposiciones
florentinas, especialmente las de rivadas del Buonarroti, a sí como la influenc ia del mismo
ejercida en su producción. Este pintor, del que no se sabe con certe za su lug ar de origen,
demuestra conocer p erfectamente la obra de Mi guel Á ng el – tanto que se ha especulado
con que pudo fo rmarse en su taller – , siendo estos los años de su pe riodo sevillano en que
precisame nt e P ac heco terminaba su aprendizaje. En este sentido, en el Arte de la Pintura,
su autor cuenta que Alesi o trajo muchos dibujos su y os en los que s e advertía una estrecha
relación con las obras de Miguel Án g el, a través de una anécdota ocur rida en la capital
hispalense con e l escultor Jerónimo Hernánde z (1540 – 1586), que e s la si guiente:
« M ateo Pérez de Alecio traxo a S evilla muchos d ebux os acabados d e su
mano de lápiz y también, entre ellos, uno de a guada y realce de l a muerte de
374
Pacheco introduce la transcri pción de la ca rta en su tratado y ade m ás u na pequeña intervención de
Jáuregui interpretand o las pala bras de Miguel Ángel; véase : Pacheco, [1649 (1990)]: 338.
375
Pacheco , [1649 (1990)]: 27 . Sobre las reuniones en el entor no intelectual de Pache co se tr atará con
mayor profundidad posteriormente.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
137
Moisén [sic], el c ual, viéndolo Ge rónimo Fernández le dixo: “ que si er a aquel
papel de su mano le a dmitiese por su discípulo” de que é l se afligió sobre maner a,
porque se dudaba que lo hubiese hecho; y la caus a de aventajarse aquel dibux o a
los demás era por haberlo pintado al pie de l Juicio de Micael Angel y revestídose
de su g ran mane ra; pero averiguóse ser su yo por esta causa y por información de
algunos que habían estado en Roma y visto la mesma pintura»
376
.
376
Pacheco , [1649(1990)]: 439.
Fig . 20. -Mate o Pérez de Ale sio, San
Cristóbal , 15 84. Sevill a : Catedral.
Toscana y Se villa
144
Medina, autor formado en la Italia humanista y d el que más tarde se tr atará con ma y or
profundidad por su e strecho vínculo con el círculo intelectual del III duque de Alcalá
396
.
396
Así se deduce d e ciertos comentarios que el escr itor realizó relativos a ciertos aspectos ic onográficos
de la o bra del Juicio Final de Pacheco. En: P acheco, [1649 (1990)]: 3 11.
Fig . 24 b.- F ran cisco P acheco, Techo de la A poteosis de Hércules (detall e), 1603-
1604. Sevil la: Casa de Pila t os.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
145
Fig s. 25 y 26.- Miguel Á n ge l Buonarro ti , Juic io
Final (detal les) , 1537 -154 1 . Ciu dad de l
Vaticano: Capilla Sixti na.
Fig . 27 .- C herubino A lberti, Alma s alvada que
asciende al Paraíso , 159 1.
Lo ndres: The British Mu seum .
Toscana y Se villa
146
La difusión de e stos dos modelos e n la p enínsula i tálica debió d e ser mu y amplia,
puesto que ambos fueron utili zados como base para la repre sentación de otros personajes,
especialmente por parte de los artistas tardomanieristas. Esto se puede comprobar, por
ejemplo, en la Capilla S alviati de la igl esia de San Marco d e Florenc i a. En el vestíbulo
que la antecede pueden v erse dos pinturas enfrent ada s de Domenico Passignano (1 559 –
1638) de grandes dimensiones, que representan el Reconoc imiento y la Traslación del
cuerpo de San Antonino , encontrándose en ambas dos grandes fi guras masculinas en el
centro d e la composición, entre los pares de pu ertas existentes en sendos mur os, las cuales
siguen como modelo e l bienaventurado de Miguel Án gel, incluso en las idénticas
actitudes de señalar hacia sus espaldas (figs. 28 y 29). Además, se ha hallado otro ejemplo
muy si gnificativo, pues se trata del personaje que centra la composición del fresco de la
cúpula, ejecutado por Alessandro Allori justo sobre el altar, que si bien aparece vestido,
la composición es prácticamente idéntica (fig. 30)
397
. De este último sorprende la gran
similitud que guarda con la parte inferior del Hércules de Pacheco , concretamente en el
modo de sost ener el atri buto en c ada caso – cet ro y maza – con la mano p or detrás de la
espalda.
La capilla Salviati no vie ne nombrada en esta ocasión de manera azaros a, sino que
estas pinturas que s e pueden ver en ella ti enen su génesi s en torno a Alessandro de’ Medici
– quien antes de c ardenal desempeñó el cargo de arzobispo de Florencia – , hombre sensible
a las artes que promovi ó inicialmente la construcción de este espacio, siendo además
consultado en diversas ocasiones durante la decoración de la misma, demostrándose la
implicación y transcendencia de su persona en este pro y ecto al ser retratado en el fresco
de la T raslación mencionado anteriormente
398
. No se debe pasar por alto que una de las
compañías que participaron en su financiación fue aquella de Carlo Del Nero, al mismo
tiempo que su padre Filippo y su hijo Alessandro se encontraban en Sevilla.
397
Sobre las pinturas de la Capilla Salviati , véase: B ietti Favi, 1 990, II: 240 -241.
398
Cornelison, 2 012: 491 - 492.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
147
Fig . 28 .- Do menic o Pa ssi gn ano, Reco nocimiento del
cuerpo de S an Antoni no (d e talle ), 1 581-1587.
Flor encia: Igle si a de San Marco s, Capilla Sal viati.
Fig . 29 .- Do menic o Pa ssi gn ano, Traslac ión del cuerp o de
San Anton ino (detalle ), 1 581-1587.
Flore ncia : I glesia de San Mar cos, Cap illa Salviati.
Fig . 30 .- A lessandro Allor i , Ascen ción de Jes ú s y
muerte de S an Antoni no (d e talle ), 1 581-1887.
Flore ncia : I glesia de San Mar cos, Cap illa Salviati .
Toscana y Se villa
148
Desde antiguo se han barajado difer entes hipót esis sobre las fuentes utilizas por
Pacheco para las demás partes de este inusual conjunto sevillano. Por e jemplo, para la
escena de la Caída de Faetón (fig. 24c) , An g ulo advirtió ciertas semejanzas ge nerales con
una ilustración de las Metamorfosis (1557) estampada e n Ly on
399
, de bido probableme nte
a que en el entorno de Pacheco podría h abe r en contrado fácilmente este volumen de
Ovidio, aunque la existencia de un dibujo de Miguel Ángel con esta t emática pe rmite
trazar ciertos puentes visuale s más estrechos con la pintura hispalense (fi g. 31). El diseño
en cuestión fue mu y difundido en el si glo XV I, como d emuestra q ue fuera pasado a
estampa por Nicolas Béatrizet (c.1525 – 1580), en vida del propio Buona rroti (fig. 32)
400
,
incentivándose así su apropiación par a el esbo zo de otras famosas co mposiciones
artísticas, como una pi eza de cristal de roca tallad a por Giovanni Bernardi (1494 – 1553)
para el cardenal I ppoli to de’ Medi ci (fi g . 33)
401
. S in embargo, resulta especialment e
significa tivo que Jacopo Robusti, el Tintoretto (1518 – 1594), tomara la composición
miguelangelesca para uno de los case tones que servirían para la dec ora ción del techo de
una de las habitaciones d el palacio San Paterniano del banquero veneciano Vettor Pisani
hacia 1542, conjunto actualmente conservado en la Galleria Estense d e Módena tras su
compra por el duque Francesc o I en 1658 (fig. 34 )
402
. I gnorando las evidentes
discrepancias en las ca lidades, el Faetón de Pacheco guarda un par ecido formal
extraordinario con este de Tintoretto, pues, a pesar de part ir de la misma ba se, e l
desarrollo de la postura del joven y el protag onism o dado a la rueda más c ercana a él y al
carr o parecen rasgos ori ginale s insertados por este en su obra. Como se verá en el capítulo
dedicado a la influenci a veneciana, Pacheco tambi én adquirió un amplio conocimiento
sobre la producción de e ste artista
403
.
399
Angulo Íñiguez, 1 952: 182 -183. La Caída de Faetón ha sido un m otivo muy representando en la
literatura y en la p intura en la Edad Moderna española, d ebido principalmente a las connot aciones
m orale s que tiene en relació n con la ob ediencia. Véase: Gallego Morell, 19 61. As ensio Go nzález, 2004 :
209 - 232.
400
Ro tili, 19 64: 65-66 . Joannides, 2003: 259 -260.
401
Syson y Thor nton, 2001: 178 - 180.
402
Sobre este conjunto, véase: Pallucchini, 1945: 173 .
403
Pacheco , [1649 (1990)]: 442 (nota 15 ).
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
149
Fig . 24 c.- F ranc is co Pacheco, Tec ho de la A poteosis de Hércules (detall e), 1603-
1604. Sevil la: Casa de Pila t os.
Fig . 31 .- M iguel Á n gel Buon arroti, Caída de Fa e tón ,
1531-1533. L ondres: The British Muse um.
Fig . 32 .- Nicol a s Béatrizet, Caí da de Faetón , 15 40-
1566. L ondres: T h e British Museum.
Toscana y Se villa
150
Fig . 33 .- G iovanni Bernardi, Caída
de Faetó n , 1531-1535. Bal timore :
Wal ters Art Museum .
Fig . 34 .- Jaco p o Ro b usti , el
“T intoretto ”, Cada de F aetón, c.
1542. Móden a: Gal leria Estense.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
151
No oc urre i gua l con la representación de la Caída de Ícaro , para la cual se ha
ahondado en su si g nifica ción li tera ria pero no en su génesis figurativa (fig. 24d)
404
. Su
extremada falta de calidad tanto en su dibujo com o en sus apagadas tonalidades la hacen
una de l as escenas menos atractivas del conjunto, y quiz ás incluso en su c ontexto sea la
más difícil de comprender , al introdu cirse en un mi smo recuadro dos pasajes de un mi smo
mito. Sin embarg o, en la búsqueda de las fuentes que utilizó Pacheco para su creac ión
podría resultar un a de las más ex cepc ionales, pue s parece que el artista recurrió en esta
ocasión a dos p ersonajes alegóricos que se hallan flanqueando diversos óculos de la
antigua log i a de l Palaz zo Rugg i eri de Roma, ejecutados por Cherubino Alberti en
1591(fig s. 35 y 36)
405
. Es indudable la gran similitud que guardan con las do s versiones
del Í caro de P ilatos, sorprendiendo especialment e que de los ori ginale s n o se abrieron
grabados, explicándose entonces su conocimiento en la Sevilla de principio del siglo
XVII a través de unos hipotético s apuntes realizados por alguno de los pintor es del círculo
de Pacheco que estuvieron en la Urbe. En cuanto a la introducción del mi s mo personaje
en dos momentos diversos del mito, Pacheco estaba de nu evo recurriendo a la C apilla
Sixtina, pues estaría emulando el esquema de la e scena de Dios separando la luz de las
tinieblas , del que además tomó la posición del sol (fig. 37).
La compa ración apenas formulada pu ede confirmar el aprecio por la o bra d e
Alberti en pint ores como Pablo de Céspedes, quien pudo entr ar en contacto con el tosc ano
en el taller de los Zuccari, con quienes ambos estuvieron trabajando en diversas obras e n
Roma
406
. De este modo, tambi én se corrobora la a dmirac ión por l a produ cción de lo s
maestros como Miguel Ángel, que suponen la fuente en común e ntre los artistas romanos
y los de la es cuela sevilla na de este periodo. Además de los ca sos señalados de l Hérc ul es
y F aetón, vien e a ahond ar en esta últim a teorí a la figura de Ganimede s si endo raptado
por Júpiter de l techo de Pachec o ( fig. 24e), del qu e solo se ha señalado h asta el momento
su c onsideración neopla tónica como « el varón de alma pura , que es premiado por
404
Par a la sign ificación de la presencia de esta esce na mitológica en el contexto sevillano, vé ase: Angulo
Íñiguez, 195 2: 185- 188.
405
Sobre el palacio y los frescos de Cherubi no que contiene, vé ase: Brugnoli, 196 1.
406
Baglione [16 42 (1733)]: 28. Entre la a m pl ia b ibliografía existente sobre la estancia de Cé spedes en
Italia, véase: Ceán Bermúdez, 18 00, I: 316 -325. T ubino, 1868: 31 -36. Brown, 1965: 95 -105. Angulo
Íñiguez 1967 : 305-307 . Rubio Lapaz, 199 3: 171 -176. Díaz Cayeros, 2000 : 5- 60.
Toscana y Se villa
152
Dios »
407
. Sin embarg o, el pintor debía de tener en cuenta otras connotaciones intrínsecas
a esta iconografía, pues elig ió para su conformación la figura del Buen L adrón que
aparece repr esentando en el J uicio de la Six tina (fi g. 38), h acia la p arte de recha a la altura
de Cristo. Resulta un ejerc icio humanístico de g ran calado el que Pache co llevaría a cabo
al c onectar ambas representac iones re l ac ionadas con el hurto, uniendo así mitología y
cristianismo, en torno a la pureza del alma. Bien es cierto que el artista to mó de base la
figura del ladrón, sustitu y endo la cruz por el á g uila, siendo esos dos elem entos los que
permitieron a los protag onist as en cada contexto l le gar al paraíso.
407
Angulo Íñiguez, 1 952: 188-189.
Fig . 24 d.- F rancisco Pacheco, Tech o de la A poteosis de H ércules (detall e), 1603-
1604. Sevil la: Casa de Pila t os.
Fig s. 35 y 36.- Cherubino Al berti, Fig uras alegóricas (de talles) , c. 1591.
Roma: Palaz zo Ruggier i.
Presencia y d i áspora d e l a pintura toscana
153
Fig . 24 c.- F ranc is co
Pacheco, Tec ho de la
Apoteosis de Hércules
(detalle ), 1 603-160 4.
Sev illa: Casa de Pilato s.
Fig . 37 .- M iguel Á n gel Buon arroti,
Dios separ ando la luz de las
tinieblas , 15 08-1512. Ciud ad del
Vaticano: Capilla Sixti na
Fig . 38 .- M iguel Á n gel Buon arroti, Juicio Fi nal (detall e), 1537-1541. C iudad del Vaticano: Ca pilla Sixtina.
Fig . 39 .- C herubino A lberti, Buen ladrón , 1580. L ondres: T h e British Museum.
Fig . 40 .-Bartol omeo Passer oti (copia de Mig uel Á ngel), Bu e n ladrón , 156 0-1570. Ma drid: Museo Nacional del P rado.
Génova y Sev i lla
256
Otros importantes contactos de B urone fueron los Costa, familia nombra da
anteriormente por formar parte del célebre banco Herrera & Costa relacionados también
con los agentes florentinos. En esta ocasión, el genovés presentaba un poder en nombre
de Ottavio Costa como procura dor de los hijos de Juan Enríquez de Herrera, su difunto
compañero, p ara gestionar en su nombre ciertos intereses en este antiguo re ino
689
.
Además, en otro instrumento notarial el hermano de Ottavio, el abad P ier Francesco Costa
constituyó a este ge novés como su pro cura dor para así tener acceso a los bie nes de un tal
Miguel de Niebla
690
.
Burone también int ercedería entre los italiano s presentes en Sevilla y lo s
ge noveses r esidentes en Madrid, especialmente con Battista Serra, quien ocupaba e l
puesto de depositario general de la cámara apostólica en Españ a, lo que le llevaría a pa gar
en 1611 más d e 527 du cados al florentino Alessandro del N ero, el cual a s u vez actuaba
en nombre del príncipe -obispo de Trento Carlo Gaudenzio Madruzz o
691
. A simismo, al
igual que Ponzón, trató hac ia 1610 con aquellos nuevos banqueros ge noveses llegados a
la corte, funcionando como intermediario de muchos de ellos desde Sevilla,
probablemente favorecido por su c argo de cónsul, citándose entre ellos a Giovanni L uca
Pallavicino
692
y Ottavio Centurione
693
. Este último, hijo de Cristoforo, banquero acti vo
en Sevilla en el siglo XVI
694
, llegaría a ser uno de los más im portantes financier os de la
689
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 114.
690
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 115. P ier Francesco Costa fue ob ispo de Albenga, una
ciudad de Savona en el golfo de Génova, personaje estrechamente ligado al m ece nazgo ar tístico como su
hermano, siendo espec ialmente notable el encargo que hizo Ottavio Costa a Car avaggio de un lienzo con
San Juan Bautista p ara el oratorio de Co ns cente. No o bstante, el cuadro que fue expuesto en aq uel
espacio er a en realidad una copia, la cual se encuent ra actual mente en la capilla de Santa María de la
parro quia de Albenga, mandada a reformar y a decorar p or él y sus hermanos. El o rigin a l quedó en
posesión de Ottavio, estando ho y co nservado en el Nel son -Atki ns Museum de Ka ns a s. Sobre este
particular, véase: T erzaghi, 201 6: 10 -17. Para profundizar sobre Pier Francesco Costa, véas e: Ter zaghi,
2007 : 48 y 129 (nota 179).
691
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 71. Sobr e las compañías de genovese s presentes en Mad rid a
comienzos del siglo XVI I, véase espec ial m e nte Álvarez No gal, 20 05: 67 - 90.
692
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 106. En este d ocumento precisa m e nte se inform a de la
sustitución que hizo Giovanni Luca P allavicino en la corte so bre los asuntos de Orazio de’ Negro.
693
Véase el ap éndice documenta l, doc. núm . 107. Ade m ás d e los no m brado s hasta ahora, a aq uella nueva
generación ta m b ién pertenecía n los banqueros genoveses Lelio I nv rea y Fra ncesco María Pichenott i; ver:
Álvarez Nogal, 20 05: 70.
694
Además, Cristoforo Centurione fue pr estamista en Géno va de Álvaro de Bazán cuando este se hallaba
en aquella ciudad , véase: López To rrijos, 2009: 109. Su hijo Filipp o Centurione contin uaría en Sevilla
Génova y Sev i lla
257
corona castellana en l a primera mi tad del siglo, consiguiendo firmar una serie de asi entos
de grandes sumas de du cados tan elevadas como nadie antes había conse guido, siendo
por ello nombrado caballero de Santia g o y d e Alcántara, así como marqués de
Monesterio
695
. Burone también ejerc erá como agente entre los propios genove ses que
tenían su re sidencia en el a ntiguo reino sevillano, como Tomás Maña ra y Giovan B attista
Centurione, marqués de Estepa y familiar del personaje apen as citado, dos de los it alianos
más poderosos en este territorio, de los que más adelante se profundizará con especial
atención
696
.
A su muerte, J erónimo Burone dejaría a sus hered eros un patrimonio de cerc a de
130.000 escudos, la men cionada casa de la calle Piernas, otra en la denomi nada como
Fuente del Arzobispo – situada en la actual calle Hespérides – , y la viñ a de l a Manzanilla,
bienes que se rían disfr utados especialmente por su primogénito, llamado también
Jerónimo, quien llegaría a ser nombrado caballero de la O rden de Santia go, y se casaría
con Antonia María de M endoza y Luna, hija del marqués d e Montesclaros, consejero de
Estado del re y de Españ a, alargando sí la f ama d e la estirpe en Sevilla durante todo el
siglo XVII
697
.
En 1611 se asentó también en la capital hispalense Tomás Mañara Le ca y
Colonna, natural de Calvi en la isla de Córcega, e nclave p erteneciente po r enton ces a la
Señoría de Génova. S u carrera en la esfera de los negocios comenzó en América, dond e
llegó al entado por la actividad comercial de su tío Francisco Mañara, a gente qu e
comerciaba entre España y las I ndias, donde re sidía, documentándose su presencia en
con el trabaj o paterno, y se documenta e n esta ciudad en 16 11 como agente de lo s descendientes de
Andrea Dor ia. Véase el apénd ice documental, doc. núm . 133 .
695
Sobre Ottavio Centurione, véase especialmente: Sanz Ayán, 2 015. Este personaj e pertenecía a una
rama diferente au nque cercana a la d el m arqué s de Estepa, a cu y a e stirpe se le ded icará un capítulo a
continuación.
696
Jeró nim o B urone aparece co m o i ntermediario en una relac ión co m ercial entre esto s dos per sonajes,
como se puede ver en el apéndice documental, doc. núm . 105 .
697
Lercari, « B urone » , en Sop rintendenza Archivistica per la Ligu ria, Repertorio d i fonti sul patriziato
geno vese : http://www.archivi.b eniculturali.it/archivi_old /sage/testi/burone.pd f (consultad o: 24 de mayo
de 20 19). Ben Yessef Garfia, « G eronimo B urone q. Batti sta (-1623) » , e n Identid ad e Imagen de
Anda lucía en la Edad Moderna : http://www2. ual.es/ideiman d/geronimo -burone-q -battista- 1623/
(consultado: 24 de mayo de 201 9). Uno de sus descendiente s, Juan Antonio Buro ne y Mendoza , caballero
de Calatrava y tesor ero de la Real Ca sa de la Moneda, tuv o en su colección, al m enos, u n cuadro con
Jesucristo crucificad o con María a su s pies d e Bartolo m é Es teban Murillo en 1681 ; véase: Kinkead,
1989 : 137 (nº. 81).
Génova y Sev i lla
258
Sevilla hacia 1561, relacionado con otros f amiliares suyos d e la estirpe de los Corzo
698
.
Efectivamente , F ranc isco Mañara colaboró estrechamente con Juan A ntonio Corzo
participando activamente en el entramado com ercial que este h abía planteado en Lima,
ci udad en la que fue pro tector de su sobrino Tomás, quien ll evaría a la capital peruana
hacía 1600, aunqu e para entonces y a llevaba op erando va rios años en otro s lugares del
continente americano
699
. Si ete a ños más tarde, el rey re conocía la e xit osa labor efectuada
por Tomás y le con cedió la carta de n aturaleza, que le permitía residir en los territorios
españoles como súbdito del monarca, obteniendo la nacionalidad española. Este era un
requisito e specialmente necesario para aquellos extranjeros que se dedicara n a l comer cio
con América, pues las Ley es de I ndias establecía q ue sin la mencionada licencia real solo
podían operar por sí y con sus propios caudales, es decir, dedicándose al c omercio de
manera itiner ante
700
. Entre las exigencias requeridas para obtener e ste d erecho, estaban
el haber vivido más de v einte años en los territorios castellanos, tener un a casa y bienes
raíces – qu e al no ten er, Tomás había tenido qu e salvar este punto a t ravés de una
“composición”
701
– , así como estar desposado con mujer nacida en Espa ña
702
,
cumpliéndose esta última exigencia mediante el matrimonio con Jerónima Anfriano
Vicentelo, cu y o nacimiento se produjo e n Sevilla hacia 1590, aunque su fa m ilia provenía
también de Córcega y se dedicaba igualmente al comercio indiano
703
.
En los años en que Tomás Mañara estuvo en Nu eva España y Perú supo sac ar un
gran provecho al potenc ial de aquella próspera t ierra, comerciando con l os productos
llega dos en el galeón de Manila y entablando numerosos contactos con los q ue colaboraría
desde su establecimiento en la capital hispalense, producido hacia 161 1 como se ha
mencionado con anterioridad, aunque hasta el momento se creía en la ci udad un año
antes
704
. Así lo pone de manifiesto dos extensos poderes firmados por el propio Tomá s
698
Vila Vilar, 2 011: 97 - 98.
699
Vila Vilar, 2 011: 101.
700
Vila Vilar, 2 011: 102 -103.
701
Vila Vilar, 20 11: 102. La “composición” era una medida transitoria por la q ue a cambio de una
cantidad de dinero la co rona reconocía la residencia en América, siendo esta una solución muy común
entre los extranj eros dedicados al co mercio transatlántico.
702
Chauca García, 2003, I: 270.
703
Piveteau, 200 1: 153 - 154.
704
Así se expresa e n Vila Vilar, 2 011: 104 y 136. S obre la situación de los geno veses e n el Virreinato d el
Perú, véase ta m b ién: Almorza Hidalgo, 201 1: 889 -914.
Génova y Sev i lla
259
en el que, adem ás de afirm ar que está r esidiendo en « l a ciudad de los Re yes del Perú » ,
parece que por entonces preparaba su viaje a la p enínsula ibérica, adjuntando una lista
con las bar ras de metales numeradas que pretendía transportar con él
705
. En este sentido,
uno de sus más important es socios en Lima, el vas co Gr egorio de I bar ra, ot org ó al mismo
tiempo un poder a Mañ ara exponiendo que este tenía su re sidencia en S evilla pero al
momento se hallaba en Lima, conc ernie nte a un p ago recibido por J osé de Ribera, alcalde
de la c apital p eruana
706
. I barra fue miembro del Cons ulado de la ciudad p eruana en 1615,
así c omo de la homónima inst itución hispale nse años más tarde cuando se a sentaría en la
capital andaluza. Este personaje se prese nta como un acaudalado comerciante y ministro
del Santo Oficio, así como un gran col ec cionist a de arte
707
, afición que compartía con
Mañara como veremos post erior mente. T anto es así que en 1612, Tomás le mandó a
Ibarra desde Sevilla una ca ja c on 60 « láminas de Roma a lo divino» , operación que costó
65.652 maravedís
708
, siendo este el primer ejemplo que se tiene de comercio artístic o
entre Italia y la capital hispalense en la biografía del Mañara.
Estos instrumentos notariales podrían s er indicativos de la llegada por e ntonces
del propio Mañana, pu es ya lo h allamos comerciando con el oro que trajo de América a
finales de 1611 con Giova n Battista Centurione, Marqués de Estepa, en co mpañía de otro
ge novés Bartolomeo D ong o
709
. Además de la relación con el noble genovés, esta
información re sulta de gran interé s, pues hasta el momento se creía que Dong o había
formado la empresa c on Maña ra a pa rtir de 1617, ce ntrados e n la importac i ón de plata
710
,
mientras que en realidad ya aparecen juntos en la llega da de Mañ ara a S evilla. Este
personaje, también de origen ligur y residente en l a c apital hispalense , obtuvo su carta de
naturaleza e n 1625, consiguiendo una gran fortuna con los juros de las rentas del
Almojarifazg o, y lo g raría ser miembro del Consu lado, meta ambicionada asimismo por
el propio Tomás Mañana
711
. Esta confusión en las fechas de la creación de la compañía
705
Véase el ap éndice documental, docs. núm. 112 y 113.
706
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 116.
707
Lohmann Villena, 20 04: 11 5-171. Vila Vilar , 2011 : 105-106 y 146- 147.
708
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 141.
709
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 105 (espec ialm e nte el folio 6 71v).
710
Vila Vilar, 2 011: 146.
711
Vila Vilar, 2 011: 146. Como expone la autor a, la relación e ntre Dongo y Ma ñara fue pró spera y
duradera, com o po ne de manifiesto que en 16 37 este último se encargaría d e una deuda qu e el florentino
Génova y Sev i lla
260
puede deberse a que posiblemente trabajaran en algún momento con menos frecuencia
conjuntamente, y fuera precisamente en ese mismo año de 1617 cuando retomaran la
empresa en común, puest o que además de una partida de 2.378 pesos que les envió Gaspar
de Rojas
712
, esta asociación fue nombrada como procuradora para recuperar unos pagos
de Girolamo Merelli, miembro del gre mi o de la seda, que se hallaba entonces en
Génova
713
.
Como se apuntaba anteriormente, Mañara deseaba formar pa rte de l Consulado
sevillano, institución surgida en 1543 para controlar y prote ger el comercio indiano
asumiendo para ello una parte de la jurisdicción civil. Por tanto, se les permitían a sus
miembros celebrar los pleitos y juicios surgidos entre ellos, hallándose a este personaje
en una de sus juntas generales en el mismo año de su establecimiento en esta ciudad en
1611
714
. Su releva ncia en el seno de esta s ede – loc alizada por entonces en la S ala de los
Almirantes del Alcázar Real – y de la C asa de la C ontratac ión irá en aument o, aunque no
pudo detentar los cargos principales de dirección por ser considerado extranjero a pesar
de su natur alización. En estos mi smos años, Mañara se convertiría además en agente de
influyentes p ersonajes italianos, como Giacomo Saluzzo y algunos de los poderosos
banqueros genoveses que residían en la corte, como Bartolome o Spinola, Ottavio
Centurione, Stefano Dor ia y Ca rlo Strata
715
.
No cabe duda d e que est e crecimiento en la esfera políti ca tuvo su reflejo en la
reputación social qu e fue engrandeciendo p ara c onseg uir en la capital hispalense un
estatus de nobleza que, por una parte ha cía justicia a la imagen de uno d e los hombres
más influ y entes de toda Andalucía, y por otr a servía para convencer visua lmente a sus
detractores, aquellos que no permitían que los agentes fo ráneos llegara n a los altos
puestos de las instituciones, lo que solo le sirvió para conse g uir ciertas excepciones.
Antonio María Bucarelli tenía ced ida a Dongo. Más infor m a ción sobre la relac ión entre Mañara y Dongo,
en: Aguado d e los Reyes, 2013: 3 5 - 36 .
712
Vila Vilar, 2 011: 146.
713
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 117. Giro lam o Merelli se documenta también i nserto en el
gremio de la seda en Urbino en 16 08, véase: Mazzatinti, 198 8, I/II: 66. Molà, 2000: 317.
714
Vila Vilar, 2 011: 138.
715
Vila Vilar, 2 011: 149 -151. Aun q ue también colabor ó con ellos en ciertos negocios, Ma ñara se
encargaba en la may oría d e ocasiones de co brar diversas rent as que estos personaj es tenían en Se villa.
Génova y Sev i lla
261
Un claro refle jo d e su estilo de vida en S evilla se hallaba en su casa palacio de la
collación de S an Bartolo mé, más concretamente situada en la calle L evíes, parte d e la
antigua judería, donde aún hoy se conserva con el nombre d e su du eño: el Palac io d e
Mañara (fi g. 104). Si bie n el origen del inm ueble hunde sus r aíce s en la etapa islámica,
este ha sufrido desde entonces diversos procesos de reformas, destacando la renovación
ejecutada en e stilo renacenti sta sobre el gra n núcleo mudéjar en tiempos de sus anteriores
propietarios, J uan de Almansa y Constanza de Al coce r, quien es encargaron pre cisame nte
un patio con la decoración de mármol traída de Génova y llevada a cabo posiblemente
por Antonio María Apr ile, en el que destac a la magnífica fuente centra l que sigue a ún en
el lugar p ara el que fue pensada (fig. 105)
716
. C uando Mañara adquiere la c asa, d ecidió
también adecuarla a los nuevos tiempo y a sus necesidades, convirtiéndola en un palacio
nobiliario con una nue va fachada monumental que mostrara su nivel ec onómico e
intelectual, en una suerte de recuerdo humanista del proceso llevado a cabo en otro s
edificios sevillanos en el siglo pasado, como en la y a mencionada Casa de P ilatos, cuy o
producción se atribuy e al arquitecto Diego López Bueno (c.1560 – 1632)
717
.
716
Sobre la historia constructiva desd e sus inicios, véase: O liva Alonso, 199 3. El contrato con el escultor
se efectuó en Gé nova en julio de 1532, y en él se compro m e tía a labrar numerosas colu mn as, lo sas y otros
elementos de m ár m o l blanco y pizarra para el patio y la entrada d e la casa, aunque en el list ado no par e ce
la mencionada f uente. Ver: Palo mero Páramo, 198 9: 335 -400. Oliva Alons o, 19 93: 246 - 262.
717
Par a profun d izar sobre los cam b ios realizados en tie mpo de Mañara, véase: Oliva Alonso, 199 3: 295 -
304.
Fig . 104. -Pal acio de Ma ñara. Sevil la.
Génova y Sev i lla
262
En las diferentes estancias que la componían, la familia Mañara fue introdu ciendo
una serie de preciados bi ene s a la altura del alto nivel social que ll ega ron a alcanzar. A
través de un inventa rio adjunto al testamento de la esposa de Tomás, Jerónima Anfriano,
redac t ado e n 1648 , es posibl e conoc er muchos det alles de los enseres y jo yas que en ella
se encontraban ha sta e l momento
718
, siendo notables, entre otros, varios escritorio s
flamencos, alemanes y japoneses, biombos de la I ndia, c inco series de tapices, siendo
cuatro de ellos lle gados desde Bruselas con la Hi storia de Elena , la Predi cación de San
Pablo Apóstol , la Historia de Gre cia y l a Vida del rey David , así como colga duras y
pabellones de tafetán hechos en I t alia
719
.
A la decoración texti l, se le unía una gran colección pictórica con numerosos
cuadros, tablas y l áminas, en cu y as d escripciones solamente se puede lee r la temática de
718
Aunque uno d e los requisitos q ue tenían los extranjer os na turalizados er a presentar el inventario de sus
bienes en el Con sejo, parece que T omás Mañara no llegó a hacerlo nunca, ente ndiéndose este ge sto co m o
uno de las excepcio nes conseguidas po r su gran labor en el C onsulado, en: Vila Vilar , 2011: 140 - 141.
719
Dado a conocer en: Gómez Imaz, 190 2: 21 - 34.
Fig . 105. - A ntonio Maria A p rile d a C arona, Fuente .
Sev illa: Palacio de Ma ñara.
Génova y Sev i lla
263
cada uno de e llos y las medidas, datos que en diversos c asos re sulta suficiente para l legar
a dilucidar mayor inf orm ación sobre ciertas piezas:
« D os l aminas, de tres quartas d e largo más ó m enos, ara encima d e los
escriptorios, la una del triunfo de la I glesia y la otra de San Antonio Abad.
Un cuadro grande, de Sa n Miguel con su espada y celada, quando arroxó
a el Luciffer del cielo.
Otro quadro de s an Mig uel, más grande, abraçado con la santa cruz.
Otro quadro grande, de un santo Cristo crucifica do.
Otro quadro grande, de san Seba stián.
Otro quadro, de David co n la ca beça del gigante Goli ag.
Otro quadro grande, de santa Susana .
Otro del triunfo del amor.
Otro de la sentencia de S alomon sobre la sª del niño muerto e vivo.
Otro quadro grande, del rey Isirio.
Otro quado gra nde, de la Virgen con su Niño I.H.S. en braços volviendo
el rostro a dos pelegrinos pobres que e stán de rodill as.
Otro quadro, de I.H.S. naçare no con la cruz a questas.
Otro quadro grande, de la Resure ccion.
Otro quadro más pequeño, de san Mig uel.
Otro, de la concepzion, del tamaño de arriba.
Otro, de la resurecion de Laçaro.
Otro, quando s e apa reció nuestro Señor resucitado en forma d e ortelano á
la Mag dalena.
Otro, de san Lucas e ban gelista retra tando á nuestra Señora.
Otro, de santa Catalina con el martirio de las r ued as y navaxas.
Otra, de sa n Pedro y Simon mag o.
Otro quadro, del nacimiento.
Otro, de san Pedro en el martirio, quando lo cr ucificaron.
Otro, de san Fra ncisco.
Génova y Sev i lla
264
Otro, de san Joan Ba utist a.
Otra, de nue st ra se ñora del P ópulo.
Dos quadros de sa n Geronim o, uno may or que otro.
Tres quadros grande s i g uales, de diff ere ntes fabulas.
Otro, del robo de Proserpina.
Otro grande , de montería de leones.
Dos quadros pre sp etibas por sima de bentanas.
Doce qua dros, de emp eradore s de Roma á cavallo.
Un quadro grande, de l in ce ndio de Tro y a.
Otro, retra to d el carde nal don Gonzal o.
Otro, con el Rettra to del sr. Tomás Mañara estando vivo.
Y otro que le rettratar on después de muerto.
Otros dos retratos, de don J oan Antonio y don Mi guel Mañara.
Quatro países gra nd es, que se compraron de don Alonso R amire z de
Arellano.
Otros dos países más pequeños questos.
Otros dos países á lo largo, para encima de puertas y bent anas.
Otro país, de una máscara.
Otro quadro grande, de unas ninffas ba ñándose.
Dos quadros pequeños, de bodeg ones.
Tres láminas de a media bara: una de la conbersión de san Pablo, y otra d e
la visitación de santa I sa bel, y otra de san Joan.
Ítem, dos lá minas de á quarta, para encima de las puertas y ventanas »
720
.
En esa extensa lista, con más de cincuenta obr as, puede ap reciarse el gusto de la
familia Mañara por ciertas devociones, especialmente S an Mi guel, debido a que uno d e
los hijos del matrimonio ll evaría ese nombre, quien se convertiría en uno de los personaj es
de mayor relevancia soci al y cultural de la Sevilla del siglo XVII como p romotor de la
720
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 118. Gó m ez Imaz, 19 02: 24 - 26.
Génova y Sev i lla
265
reforma y ornamentación del Hospital de la C arida d de esta ciudad. Aunque resulta
imposible precisar la procedencia de todas las piez as a tenor de estos datos, muchas de
ellas debieron lle gar desde Italia, especialmente por el contacto que tuvo como agente
entre ambas península y la faceta de comerciante de a rte de Mañara confir mada en esta
ocasión. Quizás la más evidente es el lienzo de la Virgen d e Pópulo , una devoción
originaria de la península vecina, que recordamos también se exhibía en un retablo d e la
calle Génova, así como la serie de los Emperadores a caballo que debía seguir los
modelos creados por Antonio Tempesta m encionados en el capítulo anterior,
documentándose d e este modo una copia pictórica de este conjunto en la primera mitad
de la ce nturi a, que se suma a los grabados extensamente difundidos
721
.
En las colecciones d e la nobleza es pañola del Siglo de Oro lle g ó a se r mu y habitual
la presencia de grupos de retratos de personajes cé lebre s de todos los tiempos, como por
ejemplo la serie que poseía el duque de Le rma con los Doc e emperadores , la cual fue
realizada en Flandes
722
. A pesar de ello, un eleva do n úmero de estas llegaron p roce dente s
de talleres italianos especializados en esta suerte de pintura seriada, siendo muestra de
ello el artista romano Francesco Morelli, quien a s u muerte acaecida en 159 5 se inventarió
en su obrador numerosos retratos de hombres ilustres, pontífices y ca rdenales romanos de
distintos tamaños. A la c apital hispalense debier on llegar varios de e stos encargos
ejecutados en el taller de l Morelli, pues Fra y Fer nando de Santia g o, prior general de la
Orden de los Me rcedarios, encarg ó setenta y tres cuadros pequeños c on representaciones
de los doctores de la Iglesia, hombres célebres y santos, además de una pintura de Cris to
atado a la columna y una representación de la Mujer adúltera
723
. En relación con la
temática de emperadores, e n esta misma ciudad se documenta en el palacio a rzobispal en
721
A pesar de la i m posibilidad de relacio nar esta noticia con algún ej emplar conservado en la actualidad,
cabe mencionar la e xistencia de un lie nzo de un Emp erador ro mano a caballo atr ibuido a un pintor d e la
escuela geno vesa del siglo XVI I, el cual perteneció un a colec ción particular neo y orq uina, pero la últi m a
referencia lo sitúa en 20 04 en el comercio del arte, véase:
http://catalogo.fondazio nezeri.unibo.it/scheda/o pera/48 216/Anonimo%20genove se%20sec.%20 XVI%20
XVII%2C%20I mperatore%20r om ano%20 a%20c avallo (co nsultado: 2 d e junio de 2019 );
http://www.artnet.de/ künstler/italian -schoo l-venetian-17/a -rom a n-emperor- on -horsebac k-with-a -battle-
beyond-pj4 PF6nMMoFsoacq Kpsrbw2 (consultado: 2 d e junio de 201 9).
722
Schroth, 199 0: 32 -33. Burke y Cherry, 1997 , I: 85.
723
Cavietti y Curti, 2011 : 443.
Génova y Sev i lla
272
Fig . 111. - Michelangel o M er isi da Ca ravaggio (co pia de), L a duda de Santo Tomás , s i gl o XVII . Sevill a : Pal acio de la Conde sa
de Le brija.
Génova y Sev i lla
273
La profunda religiosidad de Tomás sería entendida asimism o como un acto de
empoderamie nto so cial, pues ll egó a ser pat rón del Colegio de S an Buenaventura, famili ar
del Santo Oficio – puesto este que a y udaría a ennoblecer además a toda su familia pues
facilitaba su limpieza de sangre – , así como Her mano May o r de la hermandad de San
Pedro Mártir, perteneciente a la Inquisi ción. Este sentimiento devocional le llevaría en
alguna ocasión a se rvir c omo agente de r elig iosos, al menos en 1633, cuando fra y Alonso
Cueto encargó desde Roma a él y a su hijo J uan Antonio, caballero de la Orden de
Santiago, cobrar la a y uda de 3.000 reales que el rey había concedido para la canonización
de San Francisco S olano
734
. Toda esta esfera devocional fue el mundo en qu e creció su
hijo Miguel Mañara, quien se convertiría en el pa radig m a de mecenas artístico sevillano
del Siglo de Oro, al encargar a los mejores artistas del momento en esta ciudad una serie
de obras de arte que dieran vida a un prog rama iconog ráfico c rea do por é l mismo, ba sado
en los profundos es critos de su Discurso de la Verdad , en el seno d e la i glesia de San
Jorge del Hospital de la Caridad
735
.
El para di g ma que sup one Tomás Mañara y su familia en el ámbito del
ennoblecimiento y p rosperidad de un comerciante genovés afincado en Sevilla,
preocupa do por cuidar además el mecenazgo artístico como parte de su ambición de
crec imiento social, se daría en otros casos en esta primera mitad del siglo XVII, aunque
probablemente ninguno d e ellos ll egara a al canzar la tras ce ndencia de esta estirpe. En est e
sentido, podemos dar a conocer en esta oc asión la presencia en la ciudad del genovés
Costantino Ricci, quien tenía atribuido el título de “ magnífic o ” , hasta al menos
septiembre de 1617 cuando muere en la capital hispalense
736
. S on escasos los datos
biográficos que se conocen de este pe rsonaje, a ex cepc ión de su matrimonio con Dorotea
Donato, quien tra s quedar viuda se volvió ca sar en 1621 con Giacomo S aluzzo
737
, mi s mo
734
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 121.
735
Sobre este conjunto existe una amplia bibliografía; para s u programa iconográfico, véase: Fernández
López, 20 02: 114 -120.
736
Véase el ap éndice documental, docs. núm. 122 y 123.
737
Par m a, 2017: 140 .
Génova y Sev i lla
274
noble que colaboró con Mañara. Un mes después del fallecimiento de Ricci, la viuda y
sus hijos – Giovanni Vincenzo, Giovanni Girolamo, Giulia y Tommasina – aceptaban el
testamento que este había r edac t ado en S evilla, bajo la sup ervisión de J erónimo Burone
y Giovanni Battista Ponzón. En este instrumento notarial se adjuntaron dos inventarios
diversos, hallándose numerados en uno de ellos los bienes del noble que se habían
establecido ex clusivamente para el uso de sus hijos, entre los que se encontraban varias
obras de arte, c omo un Retrato de Vince nzo Ricci , padre de Costantino, y seis cua dros de
temática religiosa, estando en ellos representados la Santísima Annunziata , la Pasión de
Cristo y San Francisco de Paula . Adem ás, se c ita la existencia de ochenta li bros de
estampa de devoc iones, pudiéndose indicar con e llo que R icci se de dicara a l comercio de
este tipo de volúmenes. En el segundo inventario aparecen los bienes d e su propia casa,
la cual se ubi caba en la parroquia d e San Vincenzo extramuros de Génova, entre los que
se hallan un gran núm ero de jo y as, así como dieciséis pinturas de devociones y
bodeg ones
738
.
Orazio L evanto fue otro de los ge novese s más po derosos y adinerados del sur de
España aunqu e tampoco llegó a obtener ningún títul o nobil iario. Si bien su residencia l a
tuvo en Gra nada, ciudad en la que desempeñaba e l puesto administrador y tesorero de la
Casa de la Moneda hast a 1637 cuando murió, tambi én obtuvo el mismo puesto de la
institución homónima en Sevilla
739
. Su relación con esta ciudad debió ser fluida y mu y
frec uente, y a que al final de sus días dejó 30.000 ducados para ser enterrado en la iglesia
de San Alberto de la capital hispalense o en la de San Agustín de G ranada, sien do
finalmente elegido por s us herederos la capilla m ayor de esta últ ima como destino para
sus restos mortales
740
. Por mandato testamentario, el espacio seleccionado fu e
remodelado y convertido en capilla de la n ación genovesa en Granada, siendo él enterrado
en la cripta bajo el ábside y sus familiares en las capillas laterales del templo
741
.
738
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 122.
739
Henríquez de J orquera, [19 34 (19 87)], II: 784.
740
Henríquez de J orquera, [19 34 (19 87)], II: 785.
741
García Cueto, 2 011a, II: 711 -712. Uno de ellos fue su hermano Rolando, destacado mecenas artístico
de Granada.
Génova y Sev i lla
275
Le vanto dejó tras su fallecimiento una gran fortuna valorada en 500.000 du cados
que suponía una de las más ricas de Castilla, siendo esta una cifra extraordinariamente
alta para la época. Así se entiende que en Sevilla adquiriera también por 44.000 ducados
el oficio de medi ador mayor de la Alhóndiga y otros cargos en la Casa de l a Moneda d e
México por otra suma similar
742
. Esto no debería extrañar, pues O razio estuvo re sidi end o
en Nueva Esp aña quince a ños, desde 1594, más concretamente en Puebla de los Áng eles,
ocupado en trabajos relacionados con la f inanciación y el comercio marítimo entre a quel
continente y las I slas Filipinas. Esta situación le permitió conoce r de cerca cóm o
funcionaba el sis tema de ex portac ión del galeón d e Manila, así como todo el entramado
comercial que rod ea ba la seda china, lle g ando incluso a escribir un Memorial sobre el
trato de la China con Nueva España (1620-1622)
743
. Por ello, cundo se instaló a su v uelta
en Sevilla en 1610, actuó como agente y fiador de personalidades residentes en México,
como Luis Asensio
744
, así como Francisco Pacheco de Córdoba y B o canegra, marqués de
Villamay or de las Ibernias, adelantado de Nueva Galicia en América y caballero de la
Orden de Santiago
745
. Mu y pronto conseguiría la deseada carta de naturaleza, así com o
un amplio reconoc imient o entre los comerciantes, ostentando los puestos anteriormente
mencionados, gracias a la amplia comprensión alc anzada en torno al comercio global con
oriente, el cual le sirvió para t razar unos ambicio sos planes que a y udara a desplazar la
centralida d d el comercio chino desde Méx ico hacia la península ibérica
746
. Por tanto, se
entiende que finalmente su familia se estableciera en Granada, el centro pr oductor y
exportador más importante de la se da en el sur de la península desde el periodo Nazarí.
Una de las e stirpes genov esas que también se ha nombrado en diversas ocasiones
ha sido la f amilia Spinola, principalmente por la llegada del b anquero Bartol omeo S pinola
a corte a comienzos del siglo XVII. Sin embargo, ya desde el inicio de la centuria anterior
se documentan en esta zo na, especialmente Córdo ba, numerosos comerciantes y agentes
742
Do m ín guez Ortiz, 199 6: 29 -30. Girón Pascual, 20 11: 47 -48.
743
Bonialian, 20 16: 156 - 158.
744
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 131.
745
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 132. Sob re Francisco Pac heco de Córdoba, véase: Ch evalier,
1963: 303-304.
746
Bonialian, 20 16: 156 - 158.
Génova y Sev i lla
276
miembros de esta familia, aunqu e mu y prob ablemente de ramas diversa s, como fueron
Ambrogio, Ani go, Battista, Cristoforo, Francesco, Giovanni Battista, Le ona rdo, L uciano,
Manuele, Onorato y Bernando Spinol a
747
. Probablemente este último se establec ió en
Sevilla, donde uno de sus hijos, Giovanni Battista, continuaría con las ocupac iones
paternas, confirmándose su labor como agente de diversos personajes italianos en los
primeros años del Seisci entos. A este respecto, se conoce que en 1610 fue intermediario
entre Simone della Rovere y varios mi embros de la familia de Nobili , pa ra cob ra r una
deuda de 137.224 maravedies
748
. Resulta de especial relevancia, pu esto que con este
poder se co rrobora que S imone residía en Sevilla por entonces, aunque se h allaba ausente
en ese momento, siendo este un hijo de Bianca S pinola y de un relevante noble ligur de
este pe riodo, Clemente d ella Rovere, descendiente directo de los pontí fices Sixto I V y
Julio II, y del duque de Urbino Francesco Maria I
749
.
Al mismo t iempo, ejercía como agente en la ciuda d Giovanni Benedetto Spinola,
hijo de Giovan Francesco Spinol a y Lavinia Lomellini, quien y a residía en S evilla hacia
1611 actuando como representante de numeros os personajes ex tranjer os y esp añoles,
como Gio Cristoforo de Franchi
750
, P rospero Bassa no
751
, Orazio Doria
752
, canónig o de
Toledo, P aola Serra, hija de Nicola Se rra
753
, Benito Moreno
754
, clér i go d e m enores, o
747
Unali, 198 4. Igual Luis y Navarro Espinach, 1997: 270 -271.
748
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 139.
749
Angius, 18 41, I: 697.
750
Véase apéndice documental, d oc. núm. 134. Cristoforo d e Franchi fue un laico noble ge novés, que
actuó co m o escritor de breves apostólicos en Ro m a hacia 1593. Se conoce que en el mismo año en que se
data este d ocumento notarial en Se villa, este p ersonaje co mpró a la familia Spinola una vi lla en
Sampierdarena, Géno va, mismo lugar d onde tenía la su y a la familia Cent urione. En: Saginati, 200 4, I:
XLVI. Otros po deres demuestran una relació n contractual entre De Franchi y Gonzalo Fernández de
Córdob a; véase apéndice do cum ental, d oc. núm. 138. Existió un a ra ma de esta familia ded icada al
comercio de la lana e n el sur de Esp aña, los cuales emparent arían con los Levanto; p ara ello, véase: Girón
Pascual, 20 12: 52.
751
Véase apéndice documental, d oc. núm. 14 0. Prospero Bassan o d ebió ser un co m er ciante genovés que
en estos años se hallaba también en Se villa, tratando co n otros conciudadanos s uy o s, relacionándose en
este caso con el citad o Cristoforo de Franchi, a quien representaba.
752
Véase apéndice documental, doc. núm . 1 37. Orazio Doria fu e canónigo d e la Catedral de Toledo,
relacionado con la comunidad geno vesa en España y conocid o por Santa T eresa de Ávila. Realizó al
menos una esta ncia en Sevilla, donde conoció a Cristoforo Centurione, co mo el mismo af ir ma en sus
escritos. Véase: Antolín, 1995: 2 10.
753
Véase apéndice documental, d oc. núm. 154.
754
Véase apéndice documental, d oc. núm. 135.
Génova y Sev i lla
277
Francisco Calvo Pim entel
755
, entre otros, lo que demuestra su integración en l a socieda d
castellana.
No obstante, creemos qu e el personaje más importante que residió en Sevil la con
ese mismo apellido fue Ag ustín Spinol a, hijo del influy ente Ambrosio Spinola Doria,
quien fue cardena l d e S an Cosme y San Damián y a rzobispo de la capital hispalense entre
1645 y 1649, cu y a figura será estudiada con profundidad en el capítulo dedicado a las
relaciones con Roma, ciudad con la que mantuvo un especial vínculo.
Durante la p rimera mi tad del siglo XV II, la circulación de ge noveses en el antiguo
reino de Sevilla llegó a ser muy fluida, encontrándose numerosos casos de personajes que
solamente realizaron est ancias esporádicas, lo que no desmerece la importancia que
tuvieron como puentes entre ambas p enínsulas y América. Entr e los muchos que operaron
en estas primeras décadas de la c enturia, destacamos a los Ne g roni, B artolomeo Vivaldo,
Antonio Agnolo y su hijo Jacome, Vincenzo Belingero, Andrea Sabina, o Giovanni
Angelo, Francesco, Raffaello y Luca Tasso
756
, que fueron prob ablemente m iembros de
una familia especializada en los servicio de postas, la cu al desde antiguo trabajaban en
España al servicio de la corona
757
.
Posiblemente el flujo de comerciantes ligures en l a capital andaluza disminuiría
avanzada la centuria pe ro sin lleg ar desaparecer, siendo especialmente fu erte la presencia
en Cádiz debido al traslado de la Casa de Contr atac ión a aquella ciudad en 1717, aun que
en Sevilla quedarían uno o dos cónsules como representac ión diplomática
758
. Ejemplo de
ello fue el comerciante Giovanni Biela to, original de Sassello, p ero asentado
temporalmente en la capital gaditana, dond e había forj ado una colección personal en la
que existían numerosos lienz os de Murillo, los cuales a l menos siete d e ellos, tras su
muerte fueron enviados a la iglesia d e los Capuchinos de Génova, cumpliéndose así sus
755
Véase apéndice documental, d oc. núm. 136.
756
Un ejemplo de la presencia de esta familia e n Sevilla se pued e ver en el apéndice documental, docs.
núm. 143, 1 44 y 145.
757
Pastine, 19 58: 553 - 584.
758
A finales del si glo XVIII se censaron e n Cádiz ochocie ntos cinco genoveses, siendo notable la élite
ligur en esta ciudad ; véase: Brilli, 2 013: 228 - 230.
Génova y Sev i lla
27 8
últimas voluntades redactadas en 1674
759
. Ade más, mediante una crónica realizada en
1690 por el padre de la Concepción de Cádiz se conoce que dejó otro s doce del mismo
pintor e n los Capuc hinos de e sa ciudad
760
. En el inventario de los bienes de su residencia
de Piaz za Bianchi en Génova, re dactado e n 1681, se pue de a preciar un a serie de diecis éis
pinturas de temática religiosa, de las que no se apuntó atribución alguna, aunque mu y
probablemente pudi eron ser adquiridas en el antig uo r eino de Sevilla, co nviviendo así
estos cuadros de ori ge n andaluz con otras de maestros genove ses, como Paggi, Cast ello
o Ferrari, c ompradas a su vuelta de Espa ña
761
.
Cabe destacar que Arana de Varflora sit uó en Sevilla el nacimiento de uno de los
historiadores del siglo XVII más importante de Italia, L u ca Assarino, en 1602
762
. Sin
embargo, otras fue ntes afirman que este e scritor na ció en P otosí en 1607 debido a que sus
padres, Antonio, un noble g enovés, y Juana de Relux , de orig en cántabro, se e ncontraban
en América en bus ca de fortuna
763
. Sea como fu era el paso de Assarino por Sevilla se
debió de produc ir en a lgún momento, pue s se conoce que aún siendo joven volvió con su
familia a la c iudad genov esa de Santa Margherita Ligure
764
.
3.1.- La familia Centurione y el Ma rquesado de Estepa: nobleza, mecenazgo
artístico y em ulación de la cultura genovesa en e l antiguo reino de Sevilla .
A pesar d e la relevancia conseguida en la Sevilla de entre si glos por los no bles y
mercadere s li g ures nombrados anteriormente, creemos que ninguno de ellos llegó a
759
Da Langasco , 1938: 11 -17. Angulo Íñiguez, 1 981, I: 102 -103. Bo ccardo y Di Fabio, 2 002: 354 -23 7.
Davis, 2014 : 518 -525. L as pinturas lle garon a Génova y fu er on examinadas po r Domenico Fiasella, quien
también las instaló en la i glesia. Para conocer el p aradero de estas obras, véase es pecial mente la últi ma
publicación citada en esta nota.
760
Bocc ardo y Di Fabio, 2002: 235 -23 6. Los autores no ha n encontrado rastro de los cuadros donado s a la
iglesia gaditana, ni s iquiera existe un reflejo de esta noticia e n el testamento d e Bielato que p e rmita dar
mayor peso a la cr ónica. Sobre otras o bras de pintores de la escuela sevil lana, como Murill o, Zurbarán o
Francisco de Her rera, el Joven , que se co nservan en Génova, véase: B occardo y Di Fabio, 200 2: 241 -244.
Vázquez A storga, 20 08: 27 -57.
761
Davis, 2014 : 522.
762
Arana de Varflo re, 1781: 81 .
763
Asor-Rosa, 198 2, IV.
764
Asor-Rosa, 198 2, IV.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
279
poseer tanto poder en estos territorios como los C enturione. La p rese ncia d e los miembros
de esta familia en el sur de la península se re monta a una fecha mu y anterior a la lleg ada
a la corte de Ottavio Centurione, más concretamente hacia 1412, cuando Ambrosio
Centurione aparece en S evilla como importador de trig o, en contra ndo mu y pronto cierto
éxito propic iando así que otros miembros de su familia se e stablecieran en esta ciudad en
el sig lo XV. Uno de ellos fue micer Agostino Centurione, que fue nombrado c ónsul de la
nación genovesa en 1432, y pocos años más ta rde, en e1443, ocuparía este cargo A nfreono
Centurione
765
. Posteriormente, con la int roducc ión de nu evas actividades mercantiles
estos se ex pandieron a ot ras zonas de Andalucía, y en 1510 s e do cumenta en Granada a
Stefano Centurione residiendo en un pala cio del Campo del Principe – edificio que se
conserva mu y reestru cturado como sede de la Es cuela de Arquitectura de la Universidad
de Granada
766
– , el cual se ría e l núcleo de la posterior c asa de Fra ncisco Centurione y
Sancha Mendoza , ma rqueses de Armuña. Sin e mbarg o, sería en tiempo s de Felipe II
cuando llegaría otro f amiliar de excepcional re levancia, Adamo Centurione Oltramarino,
quien en 1559 adquirió el ma rquesado de Estepa tras haber conseguido, con el
reconoc imiento de Carl os V, los feudos en I ta lia de Laula (ho y Aulla, al norte d e
Toscana), Vivola y de Monte de Vay
767
. Este personaje, e mparentado con el hombre más
importante de G énova por entonces, Andrea Doria – siendo este su egro de su sobrino
Giannettino Doria
768
– , fue banquero de los dos monarcas m encionados, qui enes muy
probablemente lo compensaron facilitando la compra de e stos ter renos s evillanos para
desagra vi ar las deudas no satisfechas con él, c onsiguiendo ser el primer noble de la
familia Centurione en España
769
, al haber sido nombrado I marqués de Estepa, aunque
renunciaría al título en favor de su hijo Marco.
765
Pulino Bueno, 20 04: 41. Otros m ie mbros establecido s en Sevilla por entonces fueron Cosimo y Elia
Centurione. Véa se el apéndice genealógico, tabla nº 3.
766
Girón Pasc ual, 2012: 264 . El interés de los Centurione en G ranada se basab a sustancialmente en que
era un punto estraté gico del mercado genovés, especial mente por la producción de seda y azúcar, entre
otros. En: P ulido Bueno, 2004: 48 - 49.
767
Baños de Velasco, [1679 (2000)]: 16 -18. Sobre las i m p licaciones fina ncieras y políticas de Adamo
Centurione, así co mo los feudo s adquiridos en Italia al e mperado r Carlos V, véase: Bueno Pulido , 2004:
102 - 124.
768
Sobre las relaciones entre Andrea Doria y la corte española, así co mo del envío de ob ras desde
Génova, véase: Sta gno, 201 8: 97- 115.
769
Sanz Ayán, 20 15: 60. La autora confunde l as fechas de ad quis ició n de la e ncomienda. A l mismo
tiempo que A da m o Cent urione operab a en la cor te, en Sevilla y asociado a él, se encontrab a su primo
Génova y Sev i lla
280
En realidad, Adamo Centurione adquirió un va sto territorio que per tenec ía
anteriormente a la Orden de Santiago
770
y abarcaba las localidades de Estepa, Pedrera ,
Gilena, A g uadulce, Badolatosa, Casariche, Marinaleda -Matarreonda, Herrera, Lora, La
Roda, y Pedrera, actualmente en la provincia de Sevilla, Sierra de Ye g uas y Alam eda de
la provincia de Mála g a, así como Miragenil en Córdoba, cre y e ndo habe r realizado la
compra siguiendo las le yes ge novesas, por las cuales los marqueses ostentaría n todo el
poder en esta ci rcunscripción por encima del r ey. En el a cue rdo, s e inclu yó también la
vicaría, así como e l derecho de a dministrar una parte d e los bienes d e la ig lesia y del
nombramiento de vica rio, aunque la re alidad era que esta tenía un acuerdo anterior por el
que su gestión solo dependía del Papa, hallando ciertas dificultades que se sumaban a una
disputa prece dente entre el Consejo de Estepa y la propia vicaría por la división
parroquial, así como a l a resisten cia de la élite estepeña a dobl e garse a nte el nuevo
poder
771
.
Desde su lle g ada, l a familia Centurione y sus gobernadores se acomodaron en el
palacio-fortaleza qu e había pertenecido a la Encomi enda , situado en el área más alta de
la poblac ión, el ce rro de San Cris tó bal, c uyos oríg en es se remontan a la e tapa de
ocupación isl ámica, siendo e n l a época de Lorenzo Suáre z de F igueroa, mae stre de la
Orden Mil itar de Santiago, cuando se produc en la s refor mas más si gnific ativas, como la
construcción de la gran torre de l homenaje
772
. Sería en e ste edificio donde los marquese s
reunieran sus colecciones artísticas, aunque como se verá más ad elante, estos nobles y
sus parientes mandaría n construir otras residencias, conventos e i g l esias en estos
territorios en los que ejercieron una amplia campaña de mece naz go artístico.
Gaspar Centurione, q uien fundó en la ciudad un banco. Este personaje prestó im p ortantes caudales de
dinero a nob les sevillanos, teniendo que empeñar en una oca sión su vajilla y otros o bjeto s de plata, que
indican la riqueza q ue manejaba en aquel momento; véase; Pulido B uen o, 2 004: 81 -82. Posteriormente se
asociaría co n Juan Francisco Gr imaldo, siendo más adelant e reemplazado p or su hermano Stefa no
Centurione; en: Bue no Pulido, 2 004: 95.
770
Tras la rec onquista por parte de Fer nando III en 1240, este territorio p e rteneció a la corona hasta que
Alfonso X lo d onara a la Orden de Santiago. Sob re la e ncomienda santiagui sta en Estepa, v éase: Peinado
Santaella, 1981 : 107 -158. Rodríguez Blanco, 2 014: 2 2-56. Sobre el patrim o nio inmueble de la
encomienda en Estepa, se recomienda ver: Lóp ez de la P laza, 1999: 177 - 187.
771
Soria Mesa, 1995: 45 - 68.
772
Gó m ez de T erreros Guardiola, 2014: 1 87.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
281
Efectivamente , un a de las primeras acciones emp rendidas por Marco Centurione
hacia 1561, año en qu e recibe el marquesado de m ano de su padre, fue fundar el convento
de la Victoria, dedic ado a San Fra ncisco de Paula, hecho que materializaba la idea de este
noble de traer a sus tierras andaluzas diversas órdenes de origen it aliano, como esta de
los mínimos, y posteriormente franciscanos y clarisas
773
. Sin embar go, es te marqu é s
residiría prácticamente toda su vida en la corte desempeñando el carg o de General de la
Mar d ebido a los servi cios de galeras pr estados al re y por él, y ante riormente por su padr e,
por lo cual había dele gado los asuntos del marquesado en Jofredo Lerca ri, de ori ge n
ge novés y al momento goberna dor de Estepa. Parece que con la llegada de la familia
Centurione a esta villa se establec ió así en esta loca lidad otra estirpe genovesa, los Lercari
o Le zcano – man era en la que se castellanizó este apellido
774
– , siendo posiblemente
Cosimo Le rcari uno de los primeros en residir en ella, de j ando en la capital ligur un
mayorazg o. En Estepa fundó una ca pellanía en la parroquia de Santa María de la
Asunción
775
, estableciéndose posiblemente la capilla de la Antigua, y para 159 7, cuando
se produjo su muerte, poseía una « una casa mesó n, y v enta en e l sitio de Miragenil, con
la tienda qu e le pertenece, y una h ere dad de viña y gu erta en el p ago de Aguadulce » , lo
que denota la riqueza que lle g ó a alcanzar al serv icio de sus patronos los marqueses
776
.
Es probable que la llegada de esta estirpe a Estepa se debiera su entroncamiento con los
propios Centurione, pues Claudia Centurione, p robablemente h erma na del marqué s,
773
Quiles García, 19 99b: 457 -458. Sobre la fig ura de Mar co Centurio ne, véase: B ueno Pulido, 2004: 215 -
222.
774
En los docu m e ntos relativos a esta familia e n Estepa aparecen indi stintamente las do s formas del
apellido aquí señaladas.
775
Su nombre ap arece en un documento relati vo al encargo hecho p or el consejo de Estepa al e scultor
Andrés de Oca mpo para que hiciera un nu evo retablo m a yor par a esta parroquia en 157 8; véase: Díaz
Fernández, 200 5-2006 : 23- 44.
776
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 150. Cosi m o Lezcano deb ía estar en constante tr ánsito entre
Sevilla y Gé nova, pues en s u testamento previó una o pción por si m oría en aq uella ciudad, p ara ser
enterrado en el convento del Santuario della Ma donna del M onte, donde la fa m i lia tenía un a capellanía.
Allí nombró co m o fideico misarios a J ofredo Lercari (si este se encontrara a su muerte en Géno va),
Giovanni Battista, Domenico y Gia ncarlo Lercari, hijo d e Davide Imperiale, marqués d e Oria. Estos eran
familiares de los p resentes en Estepa, siendo todos lo s miembros citad os poderosos hombres d e la política
y la econo m ía l igur, e stando también e mparentados con los S pinola a través de P ellina L erc ari, hija d e
Giovanni Battista que llegaría a ser Doge. Sobre este m atri monio y el patrimonio atesorad o en torno a
estos miembros, véa se: Santamaria, 2 011b. P ellina debía ser hermana de Jo fredo, pues Cosim o establece
una clausula e n su testamento par a dejarles a ella y a un hijo suyo lla m ado Giovanni Pao lo – a quien
nombra co m o su pr imo – , una cier ta cantidad de d inero en rentas mientras vivieran. Véase de nuevo el
apéndice d ocumental, doc. n úm. 150.
Génova y Sev i lla
288
se podían ver a una Ninfa con dos serpientes y a una Diana cazadora, un cuadro de
temática religiosa que re prese ntaba a Jesucristo coronado de espinas, cinc o Bodegones
de frutas , un Bodegón con monos, y dos pinturas de paisajes, una Vista de Génov a y una
en la que se podía ver una montaña
795
.
Otros miembros de la mism a familia también ad quirieron obras d e arte, como
Dieg o M adera, el Mayor , que se hizo con un c uadro de San Antonio Abad con marco
dorado, y Diego Madera Tejada compró « un cuadro del silenzio» . Así como otros vecinos
de esta loc alidad se inte resaron igualmente por diversas pinturas, como J uan Sevillano y
Juan Vázquez que compraron un Retrato de una turca c ada uno , y este últim o además un
cuadro con San S ebastián . Además de estas obras de arte, la esfera cultural de los
marqueses se compleme ntaba con varios instrumentos musicales qu e fueron igu almente
subastados en esta ocasión, como tres vihuelas y un arpa
796
.
Sin embargo, estamos en grado de confirm ar qu e en esta ocasión señ alada no se
vendieron todas las ob ras de a rte d e la familia, p robablemente debido a l a separa ción y
secuestro de las posesion es de l a madr e de los demandantes, L e onor C enturione Córdoba
Carrillo de Albornoz, producida a su muerte en 1681. Esta sería una medida tomada como
requerimiento del otro demanda nte, Francisco Icio, y de sus herederos, quienes se harían
cargo de atender las prete nsiones paternas tr as su muerte en 1697. G racias a este se cuestro
se puede conocer po r ve z primera una descripció n de los bien es muebles, incluidas las
piezas artísticas, ex puest as en el castillo de Estepa , pues Fra ncisco y Mi guel de C órdoba
Centurión y R obles, hij os y herederos de Francisco Ic io, soli citaron l a ejecución de un
inventario del inm ueble en el estado en que habí a quedado a la muerte d e su abuela, la
mencionada Leonor Centur ione. En este instrumento no se inclu y eron l as piezas de
metales preciosos y jo yas, las cuales al parecer fueron v endidas ilícitamente por un hijo
795
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 125 (en co ncreto f olios 11 r -16v y 25v) . Aunque no se seña la
el autor de la Vista de Gén ova, Soprani r ecuerda que el p intor Giovanni Andrea Ansaldo, tan apreciado en
Cádiz a do nde envió varias telas co mo se verá más adelante, había ej ecutado varias de estas panorá micas,
y que el fla m e nco Cornel is de Wae l estaba realizando o tra para enviarla a España, e n: Soprani, 167 4: 326.
En otras coleccio nes sevillanas del mom e nto se podían ver otras d e estas Vistas de Génova, como en la
residencia del ca ballero de Sa ntiago y XXIV del cabild o hispalense Antó n Auñón Ca macho; en: Aguad o
de los Re y es, 1994: 2 17.
796
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 125 (folios 1 9v -23v).
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
289
de Ic io y en aquel mom ento se estaban haciendo averiguaciones entre los vecinos de
Estepa para re cupe rarlas
797
. Aunque esta des cripción se hizo en 1697, la re sidencia
familiar debía de haber quedado intac ta tras la almoneda, según se había ordenado desde
que el litigio se introdujera en instancias judiciales, por lo que en esta se e nc ontraban por
entonces los sig uient es objetos:
« p rimeramente un escaparate grande con quatro pue rtas en forma de
care na de pino con dos serrojos con sus laves de dos baras y medi a de alto; en el
qual havia unos vidrios finos de dif ere nt es géneros; un bufe te de nogal d e una
tabla mediano; un lienzo de dos varas de largo y vara y t ercia de ancho de la
hechura de San J uan bautista; otro lienzo de la misma hechura de santa Clara Olaia
mártir de vara y quarta de alto y va ra de ancho; d os baules compañeros forrados
en lienzo en rejado v erde con dos çerraduras cada uno; otro lienzo de dos t erc ias
de alto de una pintura de una Sierva de Dios; un lienzo de media vara de largo con
marco negro de la caveza de San J uan Ba utista; dos láminas de agata con sus
marcos negros; otro de S an Antonio de Padua d e dos terzias de alto; otro li enzo
de san Sim eón de dos baras de alto sin marco muy viejo; otro del mismo tamaño
de san Blas, viejo sin m arco; otro d e la Ma g dalena con marco negro d e vara y
tercia de alto; otro de una señora de la piedad co n su marco ne gro y do rado más
que de mediado; otro de san Antonio de P adua de una v ara y media d e al to sin
marco, viejo; otro de san Francisco del mesmo alt o viejo; otro de un a señora de
Velen de vara y tercia de alto sin marc o viejo; otro de sa n Joseph de vara y media
de alto; otro de la Ma g dalena de bara y m edia de alto; otro de una Señora de la
Concepción de var a y m edia de alto; otro de Qui nto Curçio de v ara y tercia de
alto; otro de un s acamuelas con dife rentes h echuras viejo; un retrato caveza de
don Jil de Alvornoz c ardenal que fue de Tole do; un retrato de una niñ a difunta de
la casa de Estep a; otro de un niño difunto; otro de dos niñas retratos a lo vivo; otro
de medio cuerpo armado a lo vivo; dos escudos bordados ilo de plata y o ro con
797
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 126 (folios 1 7r -20r). Entre ellas, d estacan una campanilla y
una jeringuilla par a uso quirúrgico, así co mo un juego de sal ero y pimentero. Entre los per sonajes que
fueron interrogados se e ncuentra el maestro platero J uan García.
Génova y Sev i lla
290
las armas de la casa de pendones de cavalleria; un escritorio g rande con su pie de
noga l con gavetas y llav e; un bufete de nogal mediano de una tabla con herraje;
otro bufete forrado en v aqueta de comer en estrado de una quarta de alt o; otro
bufete de estrado viejo de tres qua rtas d e alto […]
798
.
Como puede apreciarse, la veintena de pinturas que aparecen se dividen e n dos
grupos princ ipales determinados por las temátic as religiosa y de retratos, todos de
personajes de la famili a Centurione, a excepción del de Quinto Curcio Rufo , historiador
clásico, conocido por su texto de la biografía de Alejandro M agno. Si bien puede re sultar
una colección poco profusa pa ra una familia tan comprome tida con e l mecenazgo
artístico, se entiend e que además d e la v enta producida en 1689, probable mente G iovan
Battista Centurione tuvo que haberla dividido en a lgún momento p ara decorar el palacio
que se hicieron construir en Casariche, el cua l se c onvertirá en la residencia de recreo del
marqués. Así se comprende a partir del análisis de otro inventario que se insertó en el
mismo pleito, que además informa de que tal propi edad debió s er d e gran relevancia par a
la familia, sobre todo en la segunda mitad del siglo XV II , puesto que se relacionaba con
la actividad agrícola, en concreto con la produ cción del ac eite, la cual les reportaría
pingües b eneficios a l ser un neg ocio que verían prosperar g racias a la c omp ra del partido
de Ípora – un ex tenso oliva r – y a citado.
La morada de Casariche, actualmente desaparecida, contenía así mi smo los
molinos para el aceite, s ituándose probablemente en las proximidades del río Yegua s, y
además de estar preparada para el trabajo en el campo, esta se adecuó como un lugar de
deleite y entre tenimiento, como se deduce a parti r de la lista de objetos que en ella se
contenía:
« E n la quadr a: Un quadro de la pasión de Nuestro Redentor de Rafael d e
Urbina.
798
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 126 (espec ialm e nte 35 r -v). Aunque en el i nv en tario se
incluyeron bienes de todo tipo, en esta oca sión se señalan so lamente las obras d e arte.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
291
Dos retratos de los marqueses mis señore s don Adan Çenturion y doña
Le onor de Mendoz a.
Un quadro grande se ñor san Cristoval.
Otro quadro grande se se ñor san Juan Ba utista.
Otro de cinco quartas de la Caridad.
Otro quadro grande del martirio de Sa n Laurençio.
Otro quadro grande de Santa Susana .
Otro retra to d e una turca.
Otro lienço gra nde de an ge l San Miguel.
Otro quadro grande de San Juan Evangelista.
Otro quadro grande de Noé y sus hij as.
Otro quadro grande de San Pedro y San Pablo.
Otro quadro grande de la Adoraç ion de los R ey e s.
Un bufete grande de no gal con sus ca jones.
Una silla de baque ta de moscouia.
Dos sillas de esparto grandes.
Y ençima de dicho bu fete tres contadoçes que te nían al guna s a rquetas
çera das las qu ales se abrieron con las llabes que trajo dicho Francisco Bermúdez,
de una arqueta de un bufete de que trajo las llaves y e n dichas a rquetas no se halló
más que un medio plieg o de papel con la primera cara escrita de una quentita que
parece ser memoria de granos que rubrico su m erc ed y en quedo en la ga veta
donde estava.
Tres colchones de media dos açules y blancos.
Un cobertor bl anco.
Otro bufetillo mediano con bichos.
Sobe dicho bufete un c ontador y un a pape lera forrada en ba dana pequeña.
Otra pape l era más forrada en badana.
Y en dicha papelera quat ro papelitos de cama al parecer d e palo santo o
granadillo.
Un mosquete.
Génova y Sev i lla
292
Una romana con su pilón.
Un martillo de hierro = y un ca ndado.
Una heringa .
Un pesillo de hierro.
Un cañón de mosquete.
Y no hubo otras cosas en la dicha quadra.
En otra salita que de ella se sig ue se allo lo siguiente:
Un lienzo de San Jerónimo.
Otro lienzo de Santa Theresa.
Otro pequeño de Santa Catar ina.
Otro de Nuestra Señora de Belén con marco negro .
Una laminita de Nue stro R ede ntor en la cruz.
Otro de san Pedro con marco negro.
Otro de una sa nt a Verónica con marco plateado.
Otro de San Martín.
Una lámina en cobre de Nuestra Señora y Santa Isabe l.
Un agnus de cera pequeño.
Un bufete de nogal do n dos gavera s ceradas q y e se abrieron con la llave
que trajo dicho Fra ncisco Be rmudez y se allaron e avia lo siguiente:
Un libro de quartilla al parecer de que ntas.
Dos espejos con sus tapas.
Un libro manuscrito de recopilac ión de los de san Phelipo.
Una cuchilla media luna con cabo de palo.
Un hierro grande a for ma de martillo.
Un pesito de blones.
Un taleguillo de tachue las.
Una llave.
Una gubia de radox.
Un compás.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
293
En otra gave t a se a lló:
En una caja un decenario de mar fil.
Una ca j a con difere ntes r eliquias en papeles con sus rotulos.
Un pujabante mui pulido.
Un arançela de sangrar caba llos.
Una lámina de Nuestro Rede ntor Jesucristo y Nuestra Señora.
Un estuche de ça pa vaçia y otro de çapa con laçetas de leradon.
Un formón de açero.
Un compás extraordinario.
Un relox de bronce.
Y no se halló otra c osa e n dicha a rqueta.
Una guitarra con la f unda .
Un quitasol.
Un banco a ngosto.
Un bufete mediano.
Y sobre el escritorio que se abrió con las llabes que saco dicho Francisco
Bermúdez y en las gavetas de el se alló tres carteras la una de felpa azul e otra de
laso berde y blanco y la otra de tafetán doble bordada de lantejuela de plata.
Y las reliquias por maques gurda y d e çen çia s e pusi eron en la gaveta
donde están dicha s corteças.
En otra g aveta de dicho escritorio tres láminas de c obre una de Santa I nés,
otra de Santa Juana y la otra de Sa n J oseph y nu estra Señora .
Doce hojas de papel blanco escritas que parece ser minuta de testamento
del señor don Francisco Çenturion en una gaveta= Otra gaveta con dos pares de
arçiones = en otra gaveta con un antojo y un hi erro extraordinario.
Una tarjeta en bron çe del escudo de armas.
Una ca j a para sortijas vacía.
Un estante con tres escaleras con çiento y noventa y cinco cuerpos de libros
Génova y Sev i lla
294
Y no hubo otra cosa a lgu na en dicho quarto y s e pasó a la coçina donde se
alló lo siguiente:
Un lienzo de señor Santiag o sin marco.
En el palomar:
Veinte bolas de piedra de haspe»
799
.
Resulta evidente la diferencia tanto cuantitativa como cualitativa de estas obras
en comparación con aquellas otras p resentes en e l castillo de Estepa, c alidad que pu ede
evidenciar se en esta ocasión por la inclusión de la autoría d e un solo cuadro, da da a nada
menos que a Rafael Sanz io, que si bien se señala como orig inal, podría haber sido en
realidad una copia de la Caída en el camino del Calvario , conocido también como “El
pasmo de Sicilia”, el cual formaría p arte de la colección re al desde qu e Felipe IV s e
hiciera con ella hacia 1661
800
. Si bien podría tratarse de una reproducción llevada a cabo
tras la llegada del cu adro a España, cabe mencionar que y a Felipe II demostró tener interés
por esta pintura e n 1578, cua ndo Juan de C ardona le envió una c opia d el mismo
801
. Al n o
trascender mayor información sobre la referencia d e la pintura en la colección C enturione,
no es posible precisar si el origen de esta posible versión se halló en España o en I talia,
pues rec ordamos que Va sari dio a c onocer una leyenda en torno a la salvación milagrosa
del original tras el naufragio que sufrió la nave en la que se tran sportaba h asta Palermo,
llega ndo el li enzo intacto a las costas de G énova
802
, ciudad en la que s e cree que estuvo
un par de a ños y en la que exist en varia s copias desde antiguo.
Más allá de su procedencia, r esulta de especial interés el valor dado a esta ob ra
dentro de la estan cia más importante de la residencia, siendo la pr imera en ser
799
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 126 (espec ialm e n te los folios 49r -56v). Se ha obviado en
esta ocasión otro s bienes que no tuvieran relació n con la cultura ar tística o con la descrip ción de la
habitación principal. Gr acias a este d ocumento también se p uede conocer que Francisco Centurione tenía
otras pr opiedades en la pro vin cia de Jaén, como una casa en la lo calidad de Jó dar.
800
Sobre el envío de este cuadro d esde el convento de Santa María dello Sp asim o de Palermo hasta
Madrid, véase: García Cueto, 2 006: 146 -147.
801
García Cueto, 2 006: 148. Est a cop ia se ha q uerido reconocer co m o la presente en los in ventarios del
Buen Retiro d esde 1772 y que ahora se conserva en el Muse o del Pra do; en: Ruiz Manero, 199 2: 67 -68 .
Cruz Yábar, 2 015: 41 (nota 15).
802
Vasari, 15 68, I: 79.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
295
inventariada y l a única que viene acompañada de la atribución, además de ser una pieza
relacionada con la f amilia rea l. Es posible que esta pr eeminenc i a se d eba a que l a
composición de Sanzio contiene un elemento de identifica ción visual con esta familia,
tratándose del centurión romano que p orta el est andarte, ocupando con gran protagonismo
la parte supe rior de la composición. Sus miembros creían que el origen míti co de la e stirpe
se remontaba a tiempos de Aníbal Barca, cu ando un patricio romano comandando una
centuria militar decidió quedarse en Génova tras defender la región en cont ra del ataque
del cartag inés
803
.
A pesar de que no aparecen ulteriores datos de los cuadros y l áminas qu e permitan
identificarlas o adscribirlas a la esc uela de alg ún artista en concreto, ex iste otro
documento que arroja lu z en esta ardua ta rea. S e trata de otro inventario que Francisco
Centurione Fernández de Córdoba, II I ma rqués d e Armuña y herman o del III marqués de
Estepa, Adán Centurione, ordenó efectuar en 167 7 para enumerar los li enzos que poseía
en su residencia de Granada para donarlos a su sobrino C ecilio, que ya era por entonces
el heredero de l marquesado y esta ba cerca su muerte
804
.
Como se ha mencionado anteriormente, las casas de Estepa y Armuña entroncaron
con el matrimonio de Giovan Battista Centurione y María Fernández de Córdoba,
hereda ndo el títul o de III marqués de Armuña su segundogénito Francisco, q ue sobrevivió
a su espos a Sanch a de Mendoza, de cu y os bienes se haría un inventario postmortem en
1633
805
, inclu y é ndose numerosos lienzos de los cuales una parte permaneció en 1677 e n
la misma residencia, pasando entonces a las casas de Estepa en ese año. Ent re los cuadros
registrados con esta procedencia ll ega ron las Vist as de Génova y Nápoles , un lienz o con
armas d e las casas de Génova y Córdob a, una escena de g énero qu e representa a un « niño
con una paloma en la mano que quiere subir sobre un perro» , un Retrato del C ardenal
803
Sobre el origen mítico de la fa m ilia, véase: Sa nz Ayán, 2015 : 61. En cambio, para co nocer la
formación de este l inaje, consúltese: P ulido Bueno, 20 04: 15 - 25.
804
Véase el ap éndice documental, doc. núm. 127. P ublicado en Aguilar y Cano, 18 97: 37 -45. Quiles
García, 1 999b: 479 -484.
805
Este inventario fue transcrito y publicado en parte en Gila Medina y Peregrina P alomares, 1 996: 121 -
127. Francisco Centurione se hizo canóni go de la Catedral d e Sevilla tras en viu dar ( Aguilar y Cano, 188 6,
I: 195 ), residiendo posiblemente en la capital a ndaluza donde t endría co n él todos estos cuad ros hasta el
año de su mu erte cua ndo lo donó al m ar qués. En su carr era religiosa comenzó sie ndo nombrad o arcediano
de J erez en 1648 por el arzobispo Agustín Spinola, de igual proced encia genovesa; véa se: Hazañas y la
Rú a, 191 8: 372 -373.
Génova y Sev i lla
296
Antoine Perrenot d e Granve la , otro del Marqués de Santa Cruz armado, otro del Conde
Duque de Olivares, un Sa n Pablo , una Batalla Nav al en el cabo de Argel
806
, un San Pedro
y San Pablo copia de la pintura existente en la Capi lla Real de Granada – pr esente en 1697
en la residencia de Casariche – , la Diana Cazadora, que se vendió en la almone da, así
como va rias obras de l as que se aporta la atribución, como la un Sacro Volto de Pedro de
Raxis, una Magdalena de Correggio, una copia del Autorr etrato de Tiziano, una c opia de
la Adoración de los Reyes del Cavalier d’Arpino, otra reproducción del Nacimiento de
Venus de Tintoretto, así como nada menos que dos ori g inales y una c opia d e Caravaggio.
La primera pintura suya señalada era un original que represe ntaba a San
Francisco , un lienzo de 167 x 125 centímetros aproximadamente
807
, del que se descono ce
su paradero. De las versio nes que aún se conservan rea lizadas por Caravaggio no se puede
adscribir a nin guna el paso por una colección española, aunque nos decantamos por
pensar que debía de tratarse de una versión de la obra con el santo en meditación realizada
posiblemente para Benedetto Ala. Longhi señaló que esta pintura, ex puesta actualmente
en la Pinacoteca Civi ca de Cremona (fig. 113), podría ser una copia fiel de un o riginal
perdido, duda que se ha mantenido hasta nuestros días debido a que no existen referencias
documentales de esta pieza hasta 1879
808
. Si bien la crítica actual acepta casi
unánimemente la autoría de Caravaggio debido principalmente a los estudios basados en
la comparación estilística – datándose mediant e e sta mi sma metodología entre 1604 y
1606
809
– , podríamos pensar que el cuadro de Cremona fuese una copi a y el original el
que aparece en el inventario de la marquesa de Armuña. Para ello, nos basamos
principalmente en la dimensión de los dos lienzos, siendo el desapare c ido de Estepa
mayor pero d e la mi sma proporción, y su p ropia presencia en el inventario de una
colecc ión española desde 1634 daría respue sta al insólito silencio documental que rodea
a esta obra en Italia. Aunque no se sabe con c erteza la fecha de su adquisi ción, no sería
806
La referencia d e este cuadro se co m p leta en el inve ntario con la siguiente descrip ción: « Ot ro país d e la
batalla que gano al francés Don A luaro Bazan junto al cauo d e ager» .
807
Gila Med ina y Peregrina Palo m ar es, 1996 : 124 -127. García Cueto, 201 4: 369. Japón, 2019c: 169 -212.
Las medidas aquí se ñaladas se indican solamente en el i nventario de Sancha de Mendoza.
808
Longhi, 1951: 62 -64. Marubbi, 2017: 146. El cuadro de la colecció n Ala se donó con el marco original
de madera en color negro, que co rresponde paradój icam e nte co n la descripción de la gu ar nición de la o bra
de la co lección de la marquesa de Ar mu ña.
809
Marubbi, 2017: 147 - 148.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
297
extraño pensar que se produjera en los años romanos de Caravaggio, puesto que la familia
Centurione contaba con varios miembros en constante tránsito entre ambas penínsulas a
finales del siglo XV I y pa rte de la centuria sucesiva, en virtud de la actividad desarr ollada
por los agentes, comerciantes y banqueros con ellos vinculados, lo que les permitió
relacionarse con otr as im portantes familias que e ran a su vez mecenas del mencionado
pintor, como fue el caso de los Doria
810
.
810
Bona Castellotti, 2 010: 13 7-139.
Fig . 113. - Michelange lo Merisi da Caravagg io, Sa n Francisc o en meditació n , c. 1 6 04- 1606.
Cremo na: Museo Civico A la Ponzone.
Génova y Sev i lla
304
ha comentado anteriormente fue un notable erudito, y se cono ce que manejó los
volúmenes que el arzobispo Pedro de Castro donó al Sacrom onte p ara la traducción de
los Libros Plúmbeos
826
. Especialmente debido a esta cue stión, la historiografía ha
ambicionado cono ce r cómo estuvo confi g urada su biblioteca personal, y si bien se ha
profundizado en ciertos volúmenes conocidos a t ravé s de la corre spondencia mantenida
principalmente con M artín Vázquez Siruela, también erudito y canónigo de la abadía
granadina
827
, hasta este mo mento no se cono cía el n úmero de piezas qu e la c omponía n.
Esta debió de disgregarse completamente a finales del siglo X VIII , cu ando es trasladada
a Madrid con otros bienes del palacio, teorizándose con anteriorida d sobre el número de
volúmenes, creyé ndose que pudo estar en torno a los 500
828
. Además se ha p ensado se
habría dividido en al g ún mom ento de la s egunda mitad del siglo XVII , pero el cronista
Barco y García la describió antes de su envío a la corte como « costosa y grande librería
[…] en que se hallaban los más selectos y costos os libros de todas las facultades y un a
numerosa mul titud de los más prec iosos manuscritos »
829
, por lo que parece que a l
momento de hac erse el i nventario aquí señalado estaría completa. A este respecto, en la
citada r esidencia de la familia Centurione- Ultramarini en Génova, propiedad de los
marqueses de Monesterio, ex istió también una magnifica biblioteca que llegó a ten er más
de 300 volúmenes a fin ales del siglo XV II , entr e los que se hallaban diversos libros
relacionados con España, como varios de la historia de este Estado, la Vida de los
emperadores romanos traducido al castellano y varios sobre gramática española
830
.
Cabe destacar que l a famili a Centurione tenía e n L or a de Estep a otra re sidencia
que se consideraba ya en su tiempo una suerte de museo en que se exponía una amplia
variedad de pi ezas arqueológicas, las cuales procedían, una bu ena parte , d e lo s
826
Ballestero s, 2002:87 - 88.
827
Véase especial m ente: B allester os, 2002. Para m a y or in formación sobre la relación entre Martín
Vázquez Siruela, Adán Centurione y el círcu lo intelectual de Granada, ver: Rod rígu ez Conde y Valiente
Romero, 20 19.
828
Ballestero s, 2002: 89 (n ota 4 ).
829
Barco y García, [1788 (1994)]: 210 . L as inc linaciones intel ectuales de esta fa milia se pued e n ob servar
asimismo en la figura de Alessandro Centurione, nieto de Adam o Centurione, quien ingre só en la
Accademia degli Affidati de Pavia d esde 1574, literato conocido como creador de em pr esas o le m as;
véase: Contile, 15 74: 138 -139. Sanz Ay á n, 2015 : 149-15 1.
830
Leonardi, 20 13: 200 -202. A m ediad os del siglo XVIII, la biblioteca llegó a alca nzar los 776
volúmenes.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
305
y a cimientos ubicados en el propio marquesado, as í como de otros lugare s como Itálica,
además de una parte de la biblioteca
831
. En su confor mación, el III marq ués estuvo
asesorado po r su hijo ilegítimo J uan de C órdoba, que tuvo una educación humanística
tanto por su padre como en el Cole g io M ayor del Arzobispo de Salamanca, que le
permitió trabajar al ser vicio del conde -duque de Olivares
832
. Parece que este personaje ,
además d e la c ol ec ción anticuaria, también tuvo en su residencia de Lora, que incluía
además un magnific o jardín decorado con esculturas, aunque actualmente solo se
conserva n algunos muros (fig . 118), una pequeña c olecc ión de pinturas de paisajes, vistas
de ciudades, bodegones, una galería de hombres ilustres y dos de temática religiosa,
destacando un San Mauricio del Greco
833
.
831
Ballestero s, 2002: 171 - 188.
832
Ballestero s, 2002: 161 - 170.
833
Morán y Checa, 1 985: 305. A HPM, protocolos, 10593 .
Fig . 118. - Restos del Pal acio de J uan de Córdob a. Lo ra de Estepa.
Génova y Sev i lla
306
Como puede observarse, en todas las residencias de la familia Centurione en el
marquesado de Estep a, analizadas en conjunto po r vez primera en esta ocasión, exist ían
unas galerías de pinturas constituidas en esenc ia d e una manera mu y sim ilar, destacando
las series de r etra tos de hombres ilustres y de la familia, los dos únicos li enzos con
atribución de Rafael Sanz io y al Greco, así como las heredadas en 1677 a Correggio y
Caravagg io, entre otros, indicando que posiblemen te las otras pint ura s también fueran de
gran c alidad. En este sentido, llama la atención el escaso número de pintura religiosa en
comparación con otros g éneros, ex traña situación entre las colecciones nobiliarias
españolas en Ed ad Mod erna , qu e en este caso encuentra su equilibro e n el extenso
mecena z go piadoso realizado entre los siglos XVI y XV III po r los marqueses y sus
esposas
834
.
Especialmente si gnificativa fue la fund ac ión del conven to de Santa C lara en las
proximidades del castillo de los marquese s, llevada a cabo po r María Fe rnández de
Córdoba y Giova n Battista Centurione en 1598, sie ndo una de las primeras religiosas que
entraron en aquella cl ausura la hija de los pat ronos María Ce nturión y Córdoba
835
. Se
conoce que junto a ella, las Madres Fundadoras de este e spacio llegaron desde el
monasterio de Santa M aría de Jesús de Sevilla
836
, que además de la condición de
hermanas de la o rden de San Francisco, ahora pu ede entend erse que p ara est a decisión
influiría que en esos mismos años los patronos de la iglesia sevillana fueran de la nación
florentina. Además, en 1 602, fecha cercanas a esta funda ción, visitó Estep a Alessandro
Centurione, arzobispo de Génova y deán d e la cámara apostólica del papa, portando
regalos y reliquias, tras haber pas ado por Mad rid con motivo del matrimonio de Felipe
III , a cu y a s celebraciones había sido enviado como embajador del pontífice romano
837
.
Con anterioridad, este personaje había enviado a la marquesa en 1586 un a caja con Agnus
Dei a trav és de su hombr e de confianza, llamado Rodrigo de Castellano
838
. En las dist inta s
dependencias se e ncuentran aún hoy una serie de obra s de arte encargadas en su may o ría
834
Sobre las iglesias fundadas po r los marqueses entre lo s siglos XVI y XVIII en Estepa y alred edores,
véase: Escalera y Prieto, 1999: 59 7 -608.
835
Rivero Ruiz, 19 99: 41.
836
Rivero Ruiz, 19 99: 39.
837
Quiles García, 19 99c: 15 6.
838
Santamaria, 2 011a: 700.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
307
por los diversos marqu eses, siendo especialmente relevantes par a este estudio una Virgen
orante que copia una co mposición del Sassoferra to y un Cristo camino del Calvario ,
traído desde Génova en 1676 (fig. 119)
839
, que se analizará con profundidad más adelante.
839
Quiles García, 19 99b: 479. Qu iles Gar cía, 199 9c: 156.
Fig . 119. - Dome nico Piola, Cris to Camino del C alvario , 1676.
Estepa: Conv ento de Sa n ta Clara de Je sús.
Génova y Sev i lla
308
Esta iglesia, así como otras levantadas por los marqueses en Estepa y los territorios
colindantes, como las parroquias de Gilena, Pe drera y Casariche, fueron decora d as
también con los recursos de estos nobl es, pudié ndose apr ec iar el escud o familiar en
diversos puntos de estos espacios
840
. C on el paso del tiempo, estos inmue bles han corrido
840
Par a un prim er acerca mien to a la pintura en Estepa en los siglos XVII y XVIII, véase: Q uiles García,
1999b: 4 57- 494.
Fig . 120. - Carlo F rancesco Nuvol one (copia de talle r), Martirio de Sa nta Águeda , c. 16 60.
G ilena: I glesia d e l a I n maculada Co ncepción.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
309
diversa suerte y el patrimonio contenidos en ellos se ha vist o mermado, no obstante, y
probablemente llegado desde Italia, se conserva en el templo de la I nma culada
Concepción de Gilena un cuadro de excelsa calidad con la representación de l M artirio de
Santa Águeda (fig. 120), el cual copia una obra d e Carlo Francesco Nuvol one (c.1609 –
1662) conservada en el Carnegie Museum of A rt de Pittsburgh, Estados Unidos (fig. 121).
El ex traordinario acabado que presenta el lienzo permite pensar que se trata de una
versión del propio taller del ar tista, pues además no es un modelo mu y dif undido.
Fig . 121. - Carlo F rancesco Nuvol one, Martiri o de Santa Á gueda , c. 163 0-1660.
Pittsburgh: Carnegie Museum of A rt.
Génova y Sev i lla
310
A pesar de toda la información recogida en est as páginas, resulta difícil determinar
qué obras llegaron con certeza desd e Italia como consecuencia d el coleccionismo de los
Centurione, más allá de las señaladas como tales en las líneas anteriores. Algunas d e ellas
debieron haberse ejecut ado en la propia Estepa por pintores que traba jaron para los
distintos marquese s; al menos podemos confirmar que Adán Centurione tuvo en su
sequito a un pintor que actuaba como superintendente de las cuestiones artisticas relativas
a sus propiedades. Este artista a l servic io del noble debía conocer mu y bien e l entra mado
de los distintos gre mios de las localidades vecina s, pues en 1653 se encargó de buscar y
contratar en É cija al maestro Lázaro de la Peña p ara qu e llevara a cabo un a pint ura que
mostrara una panorámica de los terrenos de Aguadulce pertenecientes al marquesa do,
como prueba en un juicio por la hereda d d e Cos imo L ercari, impuesta p or un sobrino
ge novés llamado Giancarlo Gandolfo, hijo de su herma na Lucre zia y A ntonio Gandolfo,
de la siguiente manera:
« E n la vil la de Estepa en los seis días del mes de marzo del dicho año, el
dicho licenciado don Cri stóbal de Robles relator en la Chan cillería d e Granada
digo que por e scusa y voz convincentes a tento que el pintor que ay en esa villa e s
criado del dicho marqués de Estepa mandó se d espache a la ciudad d e Écij a para
que de allí se tra iga [f. 6r] a Lázaro de la Peña pintor para que pinte la dic ha vista
de ojos y luego incontinente se despache un moço y un a mul a a trae r el dicho
pintor y porq ue confié lo firmo»
841
.
Son pocos los datos biográficos exist entes de Lá zaro de la Peñ a, aunque se
conocen varios contratos para la ornamentación de diversos espacios religiosos de Écija,
como la capilla de la Inmaculada Conc epción de l convento de San Francisco, lleva da a
cabo conjuntamente con los pintores J erónimo de Aguilar y Diego Dí ez de Bustamante
841
Véas e apéndice d ocumental, do c. núm . 151 , folio 5v. El pintor tar dó tres días en ter m i nar el lienzo, el
cual fue inmediata mente examinado p or Alexis Van Geel y Felip e de Sanmades, sien do el primero
designado p or el marqués de E stepa (quien también dio su aprob ac ión) y el segundo po r Giancarlo
Gandolfo para com prob ar que no se e rrab a en la confección de esta «vista de o jos » ( véase el mismo
docu m en to, folio 25v).
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
311
Aguayo en 1632. Este de bía encar g arse d e dorar y pint ar la capilla, así co mo introducir
las inscr ipciones re lativas a la pure za de María también e n oro en los muros de la misma,
y adem ás de la Peña se comprometió a ejecutar los dos cuadros de la bóveda de la c apilla
con la Encarnación de Jesús y otro de Santa Ana, S an Joaquín y Jesucristo
842
. Cinco año s
más tarde se documenta asimismo realizando el dorado y la pintura de l a reja de la
parroquia de San María de la mi sma localidad
843
. Aunque no se ti ene constanc ia de otra
obra su ya h asta la citada en 1653, es mu y probabl e que r ealizara algunos encargos para
el marqués de Estepa, especialmente centrados en la decoración mural de las iglesias, que
si bien actualmente han d esaparec ido en su m ayor pa rte, existen rastros de las mismas en
templos de los territorios del antiguo m arque sado, como en la parroquia d e Casariche (fi g .
122 y 123). De esta ma nera, Adán C enturione se mantenía a l nivel de otros nobles
españoles contemporáneos, como, por ejemplo, el III duque de Alcalá – con quien lo
compara Pa chec o por su destreza con el pincel – , quien tenía a su se rvicio a l pintor Dieg o
de Rómulo Cincinato, caballero de la O rden de Cristo
844
.
842
Véase apéndice documental, d oc. núm. 15 2. Dado a conocer en García Leó n y Martín Oj eda, 2 018:
apéndice d ocumental, nº 66 2 b is.
843
Villa Nogales y Mira Caballo s, 199 3: 171-172. Gar cía León y Martín Ojeda, 2018: apéndice
docu m en tal, nº 70 4.
844
Sobre este pintor, véase: Antonio Sáenz, 1 994: 85 7 -866. Varela Merino, 2 004: 179 -196.
Fig. 122.- Re stos de pintura e n la I glesia de Nuestra Señora de la Encar nación. Casar iche.
Génova y Sev i lla
312
No obsta nte, cre emos que las pinturas con origen italiano de bieron se r un número
elevado d e las que se podían ver en las distintas residencias, pues los primeros marqueses
de Estepa no descuidaron sus posesiones en la península vecina, estando a lgunos de ellos
en constante tránsito entre ambas naciones. En e st e sentido, se debe ría tener e n cuenta las
desconocidas relaciones cultura les entr e Ottavio Centurione , banquero del monarca
español, y sus familiares en Estepa, pues si bien hasta el momento no se ha puesto de
relieve ninguna fac et a de su mecenazgo artístico, parece qu e se convirtió en protector del
pintor Domenico Fiasella (1589 – 1669) en España, pues trasciende que el artista le hizo
llegar hasta Ma drid varias de sus pinturas, como da a conocer el Soprani:
« l ’eccellenza del cui pennello fu anche molto stimata nel R egno di S pagna
perche h auendo egli mandate colà varie tele, al Signor Ottavio C enturione, trà le
quali fu molto applaud ita quella di Santo An tonio di Padoua, quando per
giustificar il proprio Pad re incolpato d ’homicidio miracolosamente portos si dal
Fig . 123. - Restos de pi ntura en la I glesia de Nuestra Señora de la
Encarnac ión (Escudo de los marq ueses de Es tepa). Casari che.
La familia Cen turione y el Marqu es ad o de Estepa
313
pulpito di detta Città, in Lisbona, oue l’istesso Padre gia conda nato al patibolo, e
fatto risuscitar il cadauere dell’vcciso, fecelo con fessare, che non era altrimente
morto opera de l Padre, che perciò resto libero »
845
.
La fama de este cuadro en la c apital española hizo que surgieran otros nobles que
quisieran contratar los s ervicios de Fiasella. En este sentido, tuvieron obras su yas el
Conde de Monterre y , el Marqués de Santa Cruz, así como el Conde de Siruela, quien le
encarg ó el cuadro de Ero y Leandro cuando el noble se encontraba en Génova como de
embajador, obra que finalmente sería coloc ada en el Casón del Buen R etiro
846
. P or lo
tanto, no es ex traño pensar que a la colección est epeña hubier a llegado algún lienz o de
es te maestro.
Además, en G énova Adamo Centurione tuvo un a propieda d al inicio de la vía del
Campo que tr as su mue rte pasó a manos de Giovanni Battista II C enturione, homónimo
del II marqués de estepa aunque hermano de Ott avio, que recordamos era miembro de
otra rama. Este palacio fue const ruido por los a rquitectos Battista y Filippo Cantone,
siendo decorado al f resco por los más célebres pint ores locales, dest acando las Cuatro
estaciones de B ernardo S trozzi – artista que tuvo otros encargos para ornamentar va rios
inmuebles de esta familia
847
– , así como otras escenas mitológicas ejecutadas por
Giovanni Andrea de Ferrari (1598 – 1669 ) y Domenico Piola (1627 – 1703)
848
. Esta
residencia fue un a de l as ilustradas por Rubens e n su Palazzi antichi di Genova (1622),
volumen realizado por el pintor en su s egunda visita a la ciudad, en el que most raba los
más ex ce lentes p alacios genoveses del mom ento, i ncluy e ndo tres gra bados most rando los
planos y el alzado de l a mencionada morada d e l os Centurione (figs.124, 124b y 124 c ),
siendo a demás este uno de los e dificios incluidos en los Palazzi dei Rolli
849
. En él s e
845
Soprani, 1 674: 248.
846
Sopra ni, 1674: 248.
847
Bozz o, 2004: 32.
848
Po legg i, 200 2: 132 -133. Migliorini, 2005: 31.
849
Rubens, 162 2: figs. 25-27. Los palacios dei Rolli era un grupo de residencias nobiliarias que estab an
obligadas, m ediante sorteo, a hosped ar a perso nalidades extranjeras qu e estaban de paso por la República
genovesa.
Génova y Sev i lla
320
italiana, en el Oratorio de C olón, situado en el mismo lugar donde posterio rmente se
edificar í a el Colegio de San Laurea no. Esta hermandad exponía desde el Jueves Santo
hasta el día siguiente las im áge nes de Cristo crucificado, la Virgen María, San Juan y la s
Marías, y los capellanes de la iglesia de l a Ma gdalena te atralizaban el episdi o bíblico
poniendo el Viernes Santo el cuerpo de Jesús sobre el de María, para posteriormente
revestirlo con la mor t aja y simular el entierro
867
.
867
Arana de Varflo ra, 1789: 46 -47 (d e la parte del volum e n titulada A pendix ).
Fig . 126. - T aller de Nino Pisano
(atrib.), Virge n de Gé nova , c.
1350. Sevil la: Catedral de Sevil la.
Los espacios re lig iosos de la nación genovesa
321
Posteriormente, Orazio Levanto dejaba indi cado en uno de los tres testamentos y
dos codicilos que reda ctó en 1637, pocos meses antes de fa ll ece r, el lugar donde desea ba
ser enterrado, siendo escogida la iglesia de San Alberto de Sicilia en Sevilla, de la
siguiente manera :
« M ando el dicho quarto de los dichos mis vienes al convento en que me
enterrare que declaro que entiendo a ser de los clérigos menores de la dicha c iudad
de Sevilla […] y las dos capillas de los lados del altar maior an de ser la un a para
el dicho Don Andrés y la otra para la dicha Doña Arc anxela y sus subzesores y lo
demás de la capilla a de ser para la nazion J enovesa hazer los entie rros jenerales
y particulares que le pareciere siendo a su costa y como patrona qu e ha de
quedar»
868
.
Sin embargo, hasta el momento se ha pensado que esta petición que formaba parte
de sus últimas volunt ades no fue acatada por s us here de ros, sus sobrinos Andrés y
Arcángela, quien es pudi eron se guir las directrices de un inst rumento notarial ejecutado
con anterioridad al qu e sería el definitivo, y d ecidieron de positar el c uerpo de su tí o en la
capilla ma yor del desaparecido templo granadino de San Agustín
869
. No obstante, la
existencia de un pleito iniciado por Arcángela tras la muerte de su hermano Andrés, que
había fallecido sin dejar reda ctado testamento, con firman que ambos sobrinos de Orazio
eran vecinos de la collac ión de San J uan de la Palma en Sevilla
870
, por lo que se pu ede
deducir que la idea de alterar la decisión del fallecido fue de su hermano Rolando
Le vanto, poderoso comerciante re sid ente en Granada.
Sea como fue ra, este cambio de planes desencadenó un pleito entre esta familia y
las dos comunidades de relig iosos d e amb as ciud ades, pues el difunto h abía planeado
dejar una fortuna al con vento en el qu e descansaran sus restos mortales
871
. No extraña
868
Collado Ruiz, 20 07: 454 - 455.
869
Collado Ruiz, 20 07: 452 - 458.
870
Véase apéndice documental, d oc. núm. 148. El interés de Arcángela Levanto era p oder d e mostrar que
una niña lla mada Francisca Be nita era hija legítima del fallecido, para que todo el patrimonio d e An drés
fuera a parar a esta menor.
871
Par a conocer m ás sob re este pleito, véase: Collad o Ruiz, 20 07: 452 - 458.
Génova y Sev i lla
322
que desde la ca pital hispalense se insistiera para q ue se hiciera cumplir la voluntad, pues
además de la fortuna y u na cuantiosa rent a, Orazi o Levanto se había comprometido en
reformar el ábside y en ornamentar de forma f astuo sa este y otros espacios del templo ,
como las capillas lat era les que serían dedicados a sus familiares. Así fue como finalmente
se hizo en el monasterio de los a g ustinos c alzados de Gr ana da, cu y a i glesia presentaba en
1700 un espléndido retablo ma y or c on li enzos de la Virgen con el Niño y otro d e San
Agustín , en cu y o altar se podía ver un a lápida en l a que estab a inscrito: « A quí ya ze nuestro
ilustre patrón Or azio Lebanto rue g uen a Dios por él, fallezio año 1637 »
872
. Los retablo s
laterales también est aban ricamente ornamentados y dedicados uno a l a Co nce pción y el
otro a San José
873
.
May or trascendencia ti ene si cabe la noticia que confirma la tr ansfor mació n del
ábside del templo granadino en la capilla de la n ación genovesa, siendo esta distinguida
con los escudos de la famili a del patrón y de la propia República ligur s ituados en la
cúpula del c rucero
874
. Esta referencia vien e a ind icar que de hab erse establecido e l
sepulcro d e Levanto en la ig l esia de San Alb erto de Sevilla se habría erigido allí, por
tanto, la capilla de los genoveses. En p rimer lu gar, sorprende que en aquel momento no
hubiera en la capital hisp alense un lugar d e enterramiento común de gran releva ncia para
los ll eg ados desde aquella re g ión it aliana – el cual finalmente no ll eg ó a materializarse – ,
confirmando que la com unidad en el si glo XVII ya no tendría nin g ún ví nculo con la
iglesia d e San Sebastián, que les habí a pertenecido desde el repartimiento hasta 1505.
Este hecho podrí a deberse a la propia int egración de los genoveses en la sociedad
sevillana, cu y a convivenc ia desde antiguo habría c onformado un a conciencia asimiladora
de esta poblac ión, situación apoy ada también por la céntrica y representativa zona
ocupada por la ma y orí a de estos italianos
875
. Asimismo, como se ha comentad o
anteriormente, los privilegios regios obtenidos du rante si glos les permitieron im itar l a
872
Collado Ruiz, 20 07: 458.
873
Collado Ruiz, 20 07: 458. La d escripció n fu e redac tada por un notario involucrado en el pleito de los
herederos d e Levanto el 28 d e en ero d e 1700.
874
Collado Ruiz, 20 07: 458 - 459.
875
Se conoce q ue al poco tiempo de establecerse esta co m unida d en el barrio de la calle Génova debía d e
haber pr osperado en abundancia, pues en 1296 se p rodujo su saqueo po r parte de los sevillanos, lo que
condujo a un acu erdo para evitar estos m otines e ntre el Consej o de la ciudad y lo s genoveses e n 1303,
encontrándose desde entonces a o tros hispanos residiendo en aquella zona, e n: Cruz Isido ro, 2014: 166 .
Los espacios re lig iosos de la nación genovesa
323
forma de vida d e la Repú blica, por lo que muchos de ellos indicaron al fin al de sus días
el lugar de enterramiento en las capillas que ellos mismos habían patrocinado, como
puede ser los casos d e Tomás Mañara y la familia Centurione, o posiblemente en lu gares
comunes a los sevillanos, como podían ser las i glesias de los barrios donde vivieron. No
obstante, se tenía también la posibilidad de trasl adar los cuerpos de los difuntos hasta
Génova, siendo un ejemplo de ello el ca so del mencionado Costantino Ricci
876
.
Probablemente esta situación se dio hasta la década de 1620 cuando los genoveses
empezaron a perder su autoridad en el sur de la península, debido en gran parte al citado
pleito levantado entre ell os mismos , por lo que el deseo de Orazio Le vanto – recordamos
que se trataba del come rciante genovés carente de nobleza más poderoso del sur de
España, solo la fa milia C enturione podía supe rarlo, siendo sus m iembros aristócr ata s
877
–
, pudo ser el de crear en Sevilla un lugar religioso que uniera a toda la comunidad en aquel
momento de incertidumb re. El pro y e cto recuerda considerablemente a la c rea ción d e la
capilla de la nación florentinos, cerca de cincuenta años antes, los cuales consiguieron el
patronato del ábside de la iglesia de S anta Ma ría de Jesús para reedificarla y ornamentarla
logra ndo un lugar de enterramiento para aquellos miembros de las familias toscanas,
como se ha visto en el capítulo anterior. De hecho se trata de dos inmuebles situados en
el mismo barrio y a esca sas calles de dist ancia, aunque la gran diferencia entre ambos
hubiera sido la financiación de la misma, pues si bien diversos miembros de distintas
familias florentinas se un ieron entre ellos para pa gar los costes derivados de la reforma
de aquel espaci o para hac er su cripta, en cambio Or azio L evanto proponía su frag ar él solo
la construcción de la c apilla, imaginamos que en un alarde de pod er económico a la espera
de un rec onocimiento que ennobleciera su figura entre sus conciudadanos
878
.
La p érdida del patron azgo de la iglesia en 1505 por parte de los genovese s y la
noticia de la construcción fallida de una nueva capilla financiada por Orazio L ev anto
876
Véase el ap éndice documental, docs. núm. 122 y 123.
877
El cronista Henríquez d e Jorquera recuerd a a Orazio Levant o como «el jinovés más poderoso q ue se a
reconocido en nuestros tiempos » . En: Henríq uez de Jor q uera, [1934 (1987)], II: 784.
878
De m o do semejante hizo B artolomé Veneroso, ta m bié n genovés, sufragando en 1607 la co nstrucción
de la cap illa m a yor de iglesi a del colegio San Pab lo de Granada, actual m e nte dedicad a a la advocació n de
los Santos Justo y Pastor; véas e: García Cueto, 20 11a: 711.
Génova y Sev i lla
324
hacen pensar que no tuvi eron otro espacio religioso de representación común en la capital
hispalense, aunque se co noce que poco d espués d e fundar la citada Hermandad de San
Sebastián, la comunidad lig ur adquirió el patrocinio de una ca pilla en otra ciudad del
antiguo reino de S evilla en 1487, más concretame nte en la iglesia de Santa C ruz de Cád iz,
que por aqu el entonces ostentaba el rango de Catedral. De la p rimitiva capill a situada en
el crucero no se conserva nada debido al saqueo de la ciudad llevado a c abo por las tropas
del conde de Essex en 1596, aunque tras este a contec imiento se volvió a levantar el
templo, conclu y éndose en 1605, si tuándose de nuevo la capilla de l a nación genove sa en
el mismo lugar.
Fig . 127. - Capilla de los Ge noveses. Cádiz: I glesia de Santa Cr uz.
Los espacios re lig iosos de la nación genovesa
325
Como se puede contemplar en la actualidad, e ste espac io se decoró con un
soberbio retablo de mármoles políc romos, alabastro y jaspe que se encargó en 1651 a los
escultores g enoves es Tomaso y Giovanni Tomaso Or solino (1636 – 1716)
879
, siend o
concluido y enviado a Cádiz en 1671 (fig. 127). Estos artistas y a habían realizado o tras
obras para mecenas en España con a nterioridad, como el encargo mencionado al marqués
de Estepa, así como una fuente con la estatua d e Apolo rodeado de los símbolos del
Zodiaco también de mármol
880
y una Virgen con el Niño basada en un modelo existente
en la iglesia de Santa Mar ia della Vigna de G énova, las cuales se hallaron en un inventario
de 1620 del taller que compartía en la Vía Nova c on Luigi Ceresola
881
, indicándose que
se debían envia r a la p enínsula ibérica aunque no trasciende el lu gar concreto a l qu e se
destinarían estas dos obras.
Esta estructura recorre los tres frentes de la capilla, dispuesto el frontal con
columnas salomónicas y los laterales con pilastras, apreciándose en el cuerpo principal
dos estatuas de los patro nes de Génova, San Jorg e y San Juan Bautista , q ue flanquean
una hornacina que contiene una v ersión de la Madonna Regina di Genova (fig. 128) , con
coronas y cetro de plata, la cual conserva aún con policromía, y en la parte superior un a
image n de Cristo Crucificado de madera de factura anterior al resto del conj unto atribuido
a Francisco de Villegas (c.1585 – 1660). R emata ndo el retablo se encuentra en el ático una
image n de bulto redondo de Dios Padre y a ambos lados, sobre los frag m entos del
tímpano curvo y roto dos Ángeles sobre un fondo marmóre o de motivos vegetales. En las
parede s laterales se hall an expuestas las esculturas de San Lorenzo (fig. 129) y San
Bernardo (fig. 130), otros de los considerados históricamente como protectores de la
capital ligur. Se conoce que a finales de siglo estas obras fueron doradas y p olicromadas
siguiendo el gusto andaluz en el quehace r d e imágenes de madera
882
. El conjunto se cierra
con un elegante frontal de altar con motivos decorativos que alternan los mismos tonos
879
Franchini Guel fi, 2002: 2 07.
880
Franchini Guel fi, 2002: 2 07- 208.
881
Sanguineti, 201 3.
882
Franchini Guel fi, 2002: 2 05.
Génova y Sev i lla
326
que el retablo, ordena dos por relieves de p utti tenantes, los cuales dejan gran
protag onismo al Cristogr ama, es d ecir, el monograma del nombre de Jesús, ubicado en e l
centro.
El patrocinio de este es pacio queda patente en la base de las esculturas de los
santos en las qu e se pue de leer en cuatro cartelas: « ES TA CAP ILL A ES PROP I A DE
LA/ NACION GENOVESA REED I F I C OS / CON ESTE RETABLO D E I ASPES / Y
ALABASTROS AÑO DE 1671 » , prolon gá ndose esta propiedad en manos de la
comunidad italiana más allá de la mitad del siglo XVIII, pues en el pavimen to de la
misma, que también fue elaborado c on mármoles de diversos colores, se halla una lápida
en la cual está insc rito: « ES BONDAD DE LA NA / CION GENOVESA. SE HI / ZO
ESTA LOSA EL AÑO DE 1740 » .
Fig . 128. - T omaso y
G iovanni Tomaso
Orsol i no, Madonna
Regina de Gé n ov a ,
1651-1671. C ádiz:
Iglesia de Sa nta
Cruz.
Los espacios re lig iosos de la nación genovesa
327
Fig . 129. - T omaso y Giovanni To maso Orso lino, San
Lorenzo , 165 1-1671. Cádiz : I glesia de Santa Cr uz.
Fig . 130. - T omaso y Giovanni To maso Orso lino, San
Bernardo , 16 51-1671. Cádiz : I glesia de Santa Cr uz.
Génova y Sev i lla
328
Este e spacio se concebiría como un lugar de representación de la comunidad, con
un retablo totalmente genovés afín a los que se pueden apreciar en las i g lesias de la
Superba , elaborados en el siglo XVII
883
, con la presencia de todos los santos protec tores
de la mi sma y además de la que quizás podría ser considerada como la imagen religiosa
más importante para los comerciantes y nobles genoveses, la Virgen Reina de Génova
(fig . 128b). Esta iconografía hunde su origen hacia 1637, cu ando el c ardenal de la
Catedral de S an L or enzo de aquella ciudad, Giovanni Domenico Spinola, coronó a la
Virgen María como mon arca d e la R epública para evitar así perder el recon ocimiento de
Urbano VIII en cuanto a la soberanía de este estado y la autoridad del Doge. Esta fue la
solución definitiva para sortear el menoscabo de su poder sobre otros estados
monárquicos, y para con memorar este a contec imi ento se encargaron dos esculturas con
la imag en de María, r evestida con los atributo s reales, sosteniendo al Niño, el cual porta
las llaves de la ciudad y una cartela con la sentencia: « Et r ege eos » . U na de las dos
imáge nes fue diseñ ada p or Domenico Fiasella (1589 – 1669) y elaborada en bronce por
883
Véase, po r ejem plo, el monumento Canevari en la i glesia de Santa Mar ia di Castello en G énova de
To m aso Orsolino, en: Mo ntanari, 2 016: 24 - 44.
Fig . 128b.- Tomaso y Giov anni Tomaso
Orsol i no, Madonna R egina de Gé nova (detall e),
1651-1671. C ádiz: I g lesia de Sa nta Cr uz.
Los espacios re lig iosos de la nación genovesa
329
Giovanni Battista Bianco hacia 1637 para ex poner se en el altar ma y o r de la C atedral de
San L or enzo (fig. 131), donde a ún se conserva desde el momento de la cere monia de
coronac ión, mientras que la otra fue realizada e n mármol por Giovanni Domenico
Casella, lo Scorticone (c.1570 – 1637) también en 1637, siendo colocada en una hornacina
coronando la Porta P ila, ac tualmente se conserva en el Palazzo di San Giorg io
884
. Así, la
escultura d e los Orsolino para la iglesia gaditana serí a unas de las primera s versiones
escultóricas ba sadas en el original que lleg aron a España, pu es del mismo obrador se
conserva otro ejemplar ex puesto en la plaza frente a la i g lesia de la Santísima Concepción
de Génova
885
. Cabe destacar que esta im agen estaría presente en otras capillas d e la misma
nación en otros puntos geog ráficos, como en la iglesia de San Jorge de los Genoveses de
Palermo, donde se conserva una pintura con Madonna Regina de Domenico Fiasella, y
del taller de e ste autor se envió otra versión al templo de esta comunidad en Nápoles
886
.
Por tanto, la riqu eza de los materiales, así como la fama de los autores y el coste
de la ex portac ión de los mismos, bastaría a esta co munidad para ostentar del elevado nivel
884
Di Fabio, 1 990: 61 -84.
885
Sanguineti, 2013 .
886
Di Fabio, 1990: 77. Cabe destacar q ue en Cádiz, los ge noveses tuvieron, al menos, otra capilla en el
convento de los franciscanos d edicada a San Juan Bautista desde 1566, véase: Franchi ni Guelfi, 200 2:
208.
Fig . 131. - G i ovan ni Battista Bi an co, Madon na
Regina de Gé n ov a , 1 6 37. G énova: Catedral.
Génova y Sev i lla
336
aparece una joven bebie ndo de ese fruto , para más tarde pasar a Aranjuez
904
. Miguel
Espinosa Maldonado de Saavedra, II conde del Águila, que creía « o riginal de lo mejor
del Guerchino » , supo que antes había pertenecido a J osé de Céspedes, quien a su vez lo
compró de otro vecino de Sevilla llamado Antonio de Espinosa, y fue vendido por 4.000
reales al cardenal Gasp ar de Molina y Oviedo , momento en que pasó a la co lecc ión r ea l
905
.
Se c onsidera que su llegada a la ca pital hispalense se debió darse antes de 1670, pue s fue
entonces cuando Mu rillo pintó su versión de Mois és haciendo brotar el agua de la roca
de Oreb para la i glesia d el Hospital de la Caridad (fig. 133) y tom ó como inspiración el
cuadro de Assereto
906
. En e l siglo XVI II, el conde del Águila dejó por escrito la relac ión
estilística entre amb as obras en una misiva des tinada a Antonio P onz, insistiendo en que
Murillo copió la composición del genovés sobre la que debió añadir cie rtos elementos
para completar el enorm e lienz o apaisado, dando a entender además que esta noticia era
ampliamente conocida en la ciudad, pues el cuadro de Assereto – creído por entonces del
Guercino – , era por entonces muy popular:
« La pintura del mila gro de Mois és en Hor eb, es copiada puntualmente del
célebre li enzo de la Calabaza (ori g inal del Guerchino) que o y e stá en el pal acio de
San Ildefonso. […] El celebra do “Lienzo de la Calabaza”, de donde copió Morillo
su gran cu adro del Mil agro de Mois és en el desierto, que está en la Charidad (sin
variarlo en m ás que poner a la mu ge r, qu e está be biendo, una tassa en luga r de la
calaba silla del o rig inal; y añadirle el caballo blanco con el muchacho en cima, para
llenar el huec o, o espacio que resultaba de h aber a partado un poc o las figuras, por
ser más largo el d e la C harida d, respecto al sit io) no se le conoció autor en
Sevilla »
907
.
904
Po nz, 1781: 150.
905
Carriazo, 1929: 175. Guerrero Lovillo, 1 950: 140. Fue Roberto Longhi el que atrib uyó correctamente
esta obra a los pinceles de Asser eto, datando su ejecución en 1 649, en: Longhi, 19 26: 355.
906
Ainaud, 1 946: 61 -62. Guerrero Lovillo, 1950 : 135 - 138.
907
Carriazo, 1929: 175 y 182.
Coleccionismo e i n fluencia
337
Fig . 132. - G i oacch ino Asse reto, Moisés y el ag ua de la roca , c. 1640.
Madrid: M useo Nacional de l Prado.
Fig . 133. - Bartolomé Esteban Muril lo, Moisés haci endo brot ar el agua de la roca de Oreb ,
c. 1670. Sev illa: Ig lesia de San Jorg e del Ho spital de la Cari dad.
Génova y Sev i lla
338
Re sulta paradójico que cuando el c onde del Á guila escribió estas palabras no
impreg nó la noticia con una valoración negativa en torno a una posible falta de
originalidad, sino al contrario parece que estimó la genialidad de Murillo de haber
rehec ho una composició n apreciada por los sevillanos para int roduc irl a en el magnífico
conjunto de la iglesia de San Jorge. No obstante, a mediados del siglo X X, Guerrero
Lovillo dedicó vari as páginas en su artículo a d efe nder la ori ginalidad de Murill o y
alejarlo del supuesto plagio que pudo cometer, ap elando a qu e s e trataba d e una pr áctica
común a los grandes maestros como Velázquez o Alonso Cano, para evitar así encontrar
críticas que malinterpretaran su aportación como u n menoscabo en la figura de Murillo
908
.
A pesar d e su apasionad a def ensa y de l a evident e dependencia d e la obr a del it aliano,
gran p arte de l a historio g rafía muril lesca continu a a mi nimizar, o incluso negar, el uso
que el sevillano hizo de otras fuent es visuales, confundiendo o ignorando la distintas
valoraciones qu e se tien en actualmente d e los conceptos de “pla g io” y “originalidad” a
diferencia de las mantenidas hace va rios siglos. Un ejemplo de ello lo aporta Valdivieso
al describir esta obra en su último catálogo sob re la p roducción de Mu rillo, en la qu e
recoge la mencion ada relación pero matiza que « son muy escasos los aspectos
descriptivos que el artist a sevillano tomó de la pintura de Ass ereto» , en favor de un
supuesto reflejo del natural llevado a sus últimas consecuenc i as
909
.
Sin embargo, des embarazando a la crítica de l a obra de Murillo de cual quier
radical opinión sesgada por una conciencia actual de la realidad de los gremios artísticos
de la Edad Moderna , sur ge n nuev as hipótesis sobre la influencia que la obra de Assereto
tuvo en la producc ión de Murillo, siendo la comparación de las dos pinturas seña ladas un
buen ejemplo pa ra pon er de relieve cómo este no se trató de un procedimiento
exclusivamente for mal sino que la impronta tan personal de la pintura lig ur de la primera
mitad del siglo XV II se a prec ia también en la té cnica de Murillo. Ex iste un especial débito
en la manera d e construir las masas y en el tratamiento de la iluminación sobr e las diversas
y fingidas mat erias que sin duda hacen a Mur illo un buen discípulo de Asse reto,
paralelismo acentuado concretame nte en su producción a partir de la década de 1650,
908
Guerrero Lov illo, 19 50: 142 - 144.
909
Valdivieso, 20 10: 151.
Coleccionismo e i n fluencia
339
coincidiendo mu y po siblemente con el periodo de enérgica demanda de l os cuadros del
ge novés en la capital his palense.
Es por ello que la pater nidad de muchos de sus cuadros es, no por casualidad,
confundida mu y menudo con la de Murillo, como ocurrió con Job increpado por su
esposa que se conserva e n el Szépművészeti Múzeum de Budapest (fig. 134)
910
. Esta obra
de Assereto parece proceder asimism o de Sevilla, así como la Asun ción de l a Magdalena
del Museo Cerra lbo de M adrid, la cual Pé rez Sánchez la acercó en un primer momento al
entorno de los Ferrari o Assereto, para posteriormente decantarse justamente por este
último
911
. Además de este mismo pintor, se cree qu e pudo estar en la capital hispalense
un Apostolado que pert ene ció al duque d e Montealegre y anteriormente al duque de
Av e y ro que las exponía en su residencia malagueña
912
, así como una Santa Cena hoy en
paradero desc onocido
913
.
910
Pér ez Sánchez, 1965: 521 .
911
Pér ez Sánchez, 1965: 543 ; 20 02: 1 79. An terior m e nte, en 1963, Fed erico Zeri había anotado en un a
imagen de su fototeca la atribución a Assereto en el dorso, en: Zennaro, 201 1, II: 526.
912
Pér ez Sánchez, 1965: 522 ; 20 02: 1 79. Zenn aro, 2 011, II: 630 -633 . Según esta últi ma autora, la serie se
deber ía de considerar realizada po r su taller.
913
T hiem e y Becker, 19 08, II: 199. B énézit, 1924, I: 249. Guerrero L ovillo, 19 50: 138. Zennaro, 2011 , II:
583.
Fig . 134. - G i oacch ino Asse reto, Job increpa do por un ami g o y su
esposa , c. 1 645. Budapest: S zépmûvé szeti Múze um.
Génova y Sev i lla
340
Fig . 135. - L u ciano Borzo ne, Huida a Egip to .
Génov a: Santa Maria di Castel lo.
Coleccionismo e i n fluencia
341
Fig . 136. - Bartol omé Este ban Murill o,
Huida a E gipto , c. 1650. De troit: I nst itute of
A rts.
Fig . 137. - Bartol omé Este ban Murill o,
Huida a E gipto , c. 1650.G énova: Musei di
Strada N uova (sede P alazzo Rosso ).
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