Madame de Staël y las mujeres alquimistas de la felicidad
Abstract
Grupo de Investigación “Antropología y Filosofía” (SEJ-126). PlanAndaluz de Investigación, Desarrollo e Innovación (PAIDI)
Full text
KEYWORDS PALABRAS CLAVE ABSTRACT RESUMEN Recibido: 20/ 07 / 2022 Aceptado: 27/ 09 / 2022 MADAME DE STAËL Y LAS MUJERES ALQUIMISTAS DE LA FELICIDAD Madame de Staël and the women alchemists of happiness ENCARNACIÓN RUIZ CALLEJÓN Universidad de Granada, España Happiness History of 19th century thought Passions Women Felicidad Historia del pensamiento del siglo XIX Mujeres Pasiones This paper analyses Madame de Staël’s reflections on happiness, why she believes that we start from an erroneous conception, why passions are a decisive factor and what resources we have at our disposal to be happy. With regard to the latter, this paper analyses why the protagonists of her two great novels, Delphine and Corinne, fail, what the position of the male characters is and whether the author offers women other means of pursuing happiness. En este trabajo se analiza la reflexión de Madame de Staël sobre la felicidad, por qué cree que partimos de una concepción errónea, por qué las pasiones son un factor decisivo y de qué recursos disponemos para ser felices. Atendiendo a esto último, en este artículo se analiza por qué las protagonistas de sus dos grandes novelas, Delphine y Corinne, fracasan, cuál es la posición de los personajes masculinos y si la autora ofrece a las mujeres otros medios para buscar la felicidad. HUMAN REVIEW | 2022 | ISSN 2695-9623 International Humanities Review / Revista Internacional de Humanidades https://doi.org/10.37467/revhuman.v11.4127 © GKA Ediciones, authors. Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada
HUMAN Review, 2022, pp. 2 - 14 1. Introducción: ni esclavas ni libertas Decía Madame de Chastenay (1896) que Madame de Staël había sido tan perseguida por Napoleón que podía considerarse el tercer poder en Europa, al lado de Inglaterra y Rusia. Se lamentaba también de que hubiese quienes hacían del odio a la autora una ocupación, incluida cierta escritora de éxito - que bien pudo ser Madame de Genlis - que conspiró contra ella, contribuyendo a la confiscación de su obra, Alemania, y a aumentar el enfrentamiento entre la autora y el Emperador: “Son bel ouvrage sur l’Allemagne fut indignement mis au pilon, et le tort le plus grave d’un littérateur distingué, qui n’est plus, est d’avoir concouru à cette oeuvre de vandale” (p. 445). La política fue la gran vocación, si no una pasión, para Anne Louise Germaine Necker, Madame de Staël. Su vida transcurrió en un ambiente eminentemente político, no solo por la época en la que le tocó vivir. Jacques Necker, su padre y su modelo masculino de perfección, fue varias veces ministro de Luis XVI y escribió obras políticas. El salón de su madre sirvió para impulsar la carrera política de Monsieur Necker. Ya de adulta, tuvo su propio salón y también fue la artífice del Grupo de Coppet. Se involucró en política con sus escritos y con sus relaciones nacionales e internacionales al más alto nivel. También allanó la carrera política de varios hombres y ayudó a amigos a escapar de la persecución y del terror, y asimismo lo intentó con la familia real, y no dudó en escribir un panfleto en defensa de María Antonieta. Madame de Staël reflexionó en profundidad sobre todos los acontecimientos de la Revolución francesa e incluso meditó sobre la hoja de ruta que debía seguirse para evitar cerrar este periodo en falso, sortear la amenaza de una contrarrevolución, pacificar Francia y unir a todas las facciones alrededor de un proyecto común. Era igualmente necesario restablecer la paz con el resto de Europa y combatir a Napoleón, una tiranía que se imponía en el continente y se extendía a las colonias. Contra Napoleón se movilizó personalmente, con todos sus recursos, a nivel nacional e internacional. La forma de gobierno que creía más adecuada para lograr todo ello debía ser una república que hiciese realidad los grandes ideales de la Revolución francesa, unos ideales que, pese a todo, eran válidos por sí mismos, porque eran los de la razón y sin ellos no era posible el progreso de la humanidad. Tras años de revolución, la población francesa había perdido la confianza en la influencia de las facultades intelectuales y en la fuerza de los valores para luchar contra la adversidad: “Si los franceses se esfuerzan por obtener nuevos éxitos en la carrera literaria y filosófica, ello constituirá un nuevo paso hacia la moralización del país” (Staël, 2015, p. 21). De ahí que en el proyecto político de Madame de Staël estén presentes las artes y el conocimiento y sean bienvenidos todos aquellos que los cultiven. En ellos deposita la educación en los valores que harían avanzar al país y transformarían las instituciones en la misma dirección: “¡Ojalá llegue un día en que estas ideas consigan hacer madurar las instituciones a las que se apliquen!” (p. 256). Con la misma pasión, Madame de Staël fue escritora, crítica y teórica de la literatura. Había recibido una educación absolutamente excepcional para su tiempo. Como parte de su formación, su madre incluyó la presencia en el salón, por lo que desde muy niña pudo relacionarse con las mentes más brillantes. Allí pudo también desarrollar todas las habilidades sociales, especialmente las de la conversación, arte que dominaba como pocos. Su madre también le inculcó la escritura como un ejercicio regular en su formación, hasta el punto de que esta práctica se convirtió para ella en una necesidad. Pero además fue educada para pensar y juzgar por sí misma, características que exhiben las protagonistas de sus grandes novelas (Goldberger, 1995). Todo ello colocaba a la joven Germaine ante un horizonte de posibilidades inigualable al que, paradójicamente, no debía pretender dirigirse jamás. La extraordinaria formación y los valores ilustrados con los que fue educada, todos los talentos que pudo desarrollar, no estaban concebidos, ni siquiera por su propia madre, para que una mujer viviese conforme a ellos. Y esto incluía la dedicación a la escritura, mal vista por su padre cuando se trataba de una mujer: “The mixed message -the illusion and denial of freedom -given her by education and upbringing had to be at the same time confusing, damaging and productive” (Goldberger, 1995, p. xix). La formación y los talentos podían brillar, siempre dentro de las convenciones, en la esfera de la conversación. Pero podemos afirmar con Ghersi (2016) que la vida de Madame de Staël, en todos los aspectos, fue un empeño tenaz por superar los límites impuestos a la condición femenina. No es extraño, pues, que hiciese del despotismo una lectura mucho más amplia que la estrictamente política: hay despotismo siempre que se quiere prohibir a un ser humano que utilice su razón. No era poca su confianza en la razón. De los filósofos o, mejor dicho, de los legisladores filósofos, Madame de Staël esperaba que se aplicasen a mejorar la situación de las mujeres para ofrecerles la educación que les corresponde, la legislación que las proteja y hasta “la felicidad que se les debe garantizar” (2015, p. 281). Aunque esto no va a significar nunca dejar estos u otros preciados bienes en las manos de unos supuestos benefactores, aunque sean sabios, aunque sean filósofos. Si las mujeres consienten en su esclavitud, harán de una situación terrible e injusta su condición y destino. Pero si se contentan con convertirse en una suerte de libertas, nunca dispondrán de aquellos bienes. El liberto queda ligado para siempre a su antiguo amo y acabará siendo acusado de un delito si, sin sanción de ley alguna, pretendiese influir o tener autoridad moral. Solo el individuo libre, y hasta ahora varón, puede disfrutar plenamente de estas dos prerrogativas y contribuye a definirlas. Pero la Ilustración y la Revolución supusieron un retroceso en la posición de la mujer: “ha perdido entidad jurídica, social
HUMAN Review, 2022, pp. 3 - 14 y política y se ha visto relegada de nuevo a la subordinación tanto en la familia como en la sociedad” (Picazo, 2020, p. 179). ¿Acaso en esta situación podría aspirar cualquier mujer a ser feliz? Pero hay algo más que afecta, en principio por igual, a hombres y mujeres en la búsqueda de la felicidad. Madame de Staël cuestiona en su obra teórica la felicidad tal y como comúnmente la concebimos. Exhorta a perseguir un ideal no solo viable, sino también adecuado para anular el dominio de las pasiones. Aun así, en sus heroínas esto no es suficiente: se apunta a una segunda transformación, a adoptar otra idea de felicidad. Esta doble transformación es una cuestión que no ha sido identificada en la investigación sobre la autora y es el objetivo del presente trabajo. La metodología utilizada en este artículo es de carácter teórico y hermenéutico, basada en el análisis de los conceptos y las tesis de Madame de Staël y en la revisión crítica de bibliografía de referencia. Las obras fundamentales son, sobre todo: los estudios de Madame de Staël sobre la felicidad, las pasiones y la literatura, y sus dos novelas más importantes, Delphine y Corinne ou Italia. Hemos dividido este trabajo en las siguientes partes: en el apartado 2 se analiza por qué es problemática la concepción usual de la felicidad, por qué las pasiones son aquí un factor decisivo, a qué nueva idea de felicidad debemos atenernos y si disponemos de recursos para lograrla. En el apartado 3 se analiza por qué las mujeres han creado nuevas virtudes y cómo a través de la literatura han aumentado el conocimiento del alma humana, contribuyendo en ambos casos a un mundo mejor. En el apartado 4 se analiza cómo en Delphine y Corinne se pone a prueba la concepción de la felicidad que la autora suscribe en su obra teórica, las reacciones de los coprotagonistas masculinos y de algunos hombres que rodean a las heroínas, y por qué estas heroínas pese a todo fracasan. En el apartado 5 se aborda si es posible otro sucedáneo de la felicidad más idóneo para las mujeres. En el apartado 6 se exponen las conclusiones. 2. La vida en estado febril y los recursos de la reflexión y la voluntad Según Madame de Staël (2007), todos partimos de una concepción errónea de la felicidad tanto a nivel social como individual porque lo que perseguimos es una ilusión que, como tal, solo puede existir en la imaginación. Aspiramos a ver cumplidos todos nuestros deseos sin considerar que tengan un precio. Excluimos de la idea de felicidad toda contrapartida, dificultad o inconveniente, cualquier aspecto negativo, como si no existiesen en la realidad. A esta concepción ilusa de la felicidad, propia de seres que no son mortales, la denomina “la reunión de todos los contrarios” (p. 42). Y no solo eso. Uno de los mayores obstáculos para ser felices son las pasiones. Son la causa más directa y más próxima de la infelicidad. Ejercen un poder devastador sobre el individuo. De su imperio o nuestro dominio depende tanto la felicidad individual como la colectiva, pues en la medida en que las sometamos disfrutaremos de más o menos libertades públicas. Las pasiones provocan en nosotros, hombres o mujeres, un estado similar al de la enfermedad, un estado febril, una embriaguez, una enajenación que altera la percepción de la realidad y la naturaleza de las cosas y también de lo que podemos y nos conviene. Hacen que nuestra vida dependa de un solo objeto, de los demás o de nuestro egoísmo e impulsos primarios. Nos despojan de nuestra autonomía, nos hacen dependientes. Las pasiones nos arrastran hacia una existencia ilusoria destrozando la que sí está ya en nuestras manos. Se sirven de lo exterior, de los demás, o nuestros impulsos para crear una bella ilusión y alejarnos de la realidad, para olvidarnos de esta con el cebo de poder sentir con una intensidad que nos parece no tener límites. A cambio de dosis rápidas y altas de emociones, nos esclavizan: Si deseamos los objetos que la pasión nos ofrece, no es por lo que son, sino por lo que suponen para nosotros: nos causan una especie de fiebre que nos presenta siempre un objetivo imaginario que hemos de alcanzar con medios reales; un objetivo que siempre nos enfrenta con la naturaleza de las cosas al hacernos indispensable aquello que nos resulta totalmente imposible. (Staël, 2007, p. 226) A Madame de Staël no se le escapa el terrible poder de las pasiones, pero tampoco su ambivalencia. Nos elevan sobre la vida y movilizan nuestras fuerzas hacia algo más grande que nosotros. Bajo su dominio se realizan descubrimientos y tiene lugar la creatividad. En las pasiones nunca está ausente una oportunidad para la virtud. Un ejemplo es el amor: Todo es sacrificio, todo es olvido de sí en la abnegación exaltada del amor: sólo el individualismo nos envilece. Todo es bondad, todo es piedad en el ser que sabe amar: sólo la inhumanidad excluye la moralidad del corazón del hombre. (Staël, 2007, p. 57) Montaigne (2003), un autor apreciado por Madame de Staël, ya había señalado esta terrible ambivalencia de las pasiones y su gran ascendiente sobre nosotros: ¿No es acaso atrevimiento de la filosofía el considerar que los hombres realizan sus más grandes acciones y más cercanas a la divinidad cuando están fuera de sí, furiosos e insensatos? (…). Es curioso considerar lo siguiente: mediante la dislocación que las pasiones nos producen en la razón, nos hacemos virtuosos; mediante su desaparición, provocada por el furor o la imagen de la muerte, nos hacemos profetas y adivinos. Jamás estuve más dispuesto a creerla. (p. 568)
HUMAN Review, 2022, pp. 4 - 14 ¿Qué podemos, pues, hacer para intentar ser felices y enfrentarnos a las pasiones? Según la autora (Montaigne, 2007), hay que “dominar la vida en lugar de dejarnos arrastrar por ella” (p. 226). Ser dueños de nosotros mismos: “Hemos de conseguir que nada de cuanto somos dependa jamás ni del tirano que hay dentro de nosotros, ni de quienes nos rodean” (p. 227). Pero no es deseable en absoluto una vida privada de motivaciones, intereses u objetivos. No se trata de renegar de la existencia, sino de honrarla y de transitar por ella con dignidad y con nobleza: “La existencia pesa: sepamos elevarnos por encima de ella y no concedamos el triunfo de haber abatido nuestras facultades intelectuales” (2015, p. 14). La única felicidad que podría ser viable es aquella debida a la reflexión y la voluntad, y en la que el dolor tenga la menor oportunidad posible. Y tenemos instrumentos para esto último: hay que cultivar sentimientos intermedios y utilizar los recursos que solo dependan de nosotros. Los primeros se dan, según Madame de Staël, en la amistad, entre padres e hijos, en el matrimonio y en los aspectos positivos del sentimiento religioso. No es difícil ver que todos ellos han estado bastante relacionados con lo que la sociedad exigía de las mujeres. Y las mujeres han tenido que orientar hacia ellos su imagen de la felicidad. La autora añade también la maternidad. Los recursos que solo dependen de nosotros son: la filosofía, el estudio y las acciones inspiradas por la bondad. Es evidente que las mujeres no han dispuesto siempre de los dos primeros. Aunque la batalla contra las pasiones se renueva a cada paso, ambas baterías de remedios nos ayudan a salir del estado febril y a recuperar nuestra independencia conservando algo que resulta esencial: la vida nos sigue resultando interesante, atrayente, porque no se extirpa en modo alguno la afectividad, solo se cultiva de un modo no autodestructivo. El nuevo estado es la felicidad que Madame de Staël cree viable y hasta saludable. Los sentimientos intermedios son sucedáneos de las pasiones, otras vías para gozar y canalizar la afectividad. Los recursos propios, excepto el ejercicio de la bondad, son más elitistas y exigentes. El estudio de las pasiones, su análisis y objetivación nos procura una distancia y la oportunidad de una especie de desconexión, como si pudiésemos pasar a ser una tercera persona que observa, pero no está implicada en la escena. Esta distancia resta así fuerza a lo que nos ocupaba y a la vez nos instruye sobre el enemigo. Es cierto que “la meditación del hombre apasionado engendra monstruos” (Staël, 2007, p. 215), pero para quienes han sofocado la fuerza de las pasiones con sentimientos intermedios y recursos propios, la meditación es algo más parecido a la sabiduría y esta “levanta prodigios” (Staël, 2007, p. 215). La forma en la que el individuo percibe y asimila su experiencia y lo que le rodea acaba siendo la clave de la felicidad, por lo que la autora llega a afirmar: “Los acontecimientos son sólo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos” (Staël, 2007, p. 89). La felicidad y el equilibrio personal, y hasta la salud del espíritu, se fraguan, pues, a este nivel. Pero por ello también sería imposible pretender cualquier concepto de felicidad que excluyese la expresión y cultivo de los sentimientos. 3. Las mujeres y la ampliación de la virtud y de la literatura La estancia de Madame de Staël en Alemania le permitió abrirse a nuevas teorías del conocimiento y a medios para acceder a la verdad. Había otra forma de relacionarse con el mundo distinta a su manipulación y racionalización (Moscovici, 2010). De ahí que en la obra que escribe sobre el país, Alemania, le interese sobre todo mostrar cómo unas formas de conocimiento emocionales nos permiten estar en más sintonía con el mundo. Madame de Staël introdujo el Romanticismo en Francia y en Italia, aquí con un escrito que generó gran debate: Sulla maniera e l’utilità delle traduzioni (1816). En él animaba a los autores italianos, no solo a traducir obras extranjeras, sino a abandonar el clasicismo para experimentar con nuevas formas literarias en lugar de rebuscar siempre en las cenizas del pasado. Madame de Staël dio una nueva acepción al término “romántico”. Con ella pasaba a significar “ser moderno” (Marín Hernández, 2007, p. 25). Y ello implicaba explorar el corazón humano, la apertura hacia otras formas de expresión, hacia otras culturas y hacia otras formas de vida. La literatura se mostraba para esto el medio por excelencia, explorando sobre todo las posibilidades de la novela. En su primera obra publicada, Cartas sobre los escritos y el carácter de Jean-Jacques Rousseau (1788), al lado de novelas que son un cuadro de costumbres y de la vida cotidiana, o un juego de imaginación que reúne hechos extraordinarios para atraer al lector, Madame de Staël se refería a otras que pretendían poner en acción una idea moral. La literatura puede representar con verosimilitud una idea y movilizar en función de ella al lector. Es útil para conocer la geografía y tonalidades del corazón humano, y para diseñar situaciones en las que poner este a prueba. La ficción tiene más potencia que el concepto, llega más allá que este (Staël, 2004, pp. 123-125). De ahí su importancia para la educación y la virtud. Las artes comparten cierta característica con la elocuencia, la realización de una transmutación maravillosa. La elocuencia “hace pasar las ideas a la sangre, transforma en impulso eléctrico la convicción de la razón y las ideas en deber” (Staël, 1993, p. 224). La elocuencia y las artes son capaces de operar en el individuo un “estremecimiento moral” (Staël, 1993, p. 232). Son capaces de transformar el contenido de una virtud en energía corporal que funcione como lo hace una pasión. Así, penetran hasta nuestra biología no para reducirnos a ella sino para transformar energías puramente corporales en entusiasmo. Este es el que inspira y moviliza al individuo en dos sentidos: para que persiga ideales loables y para que deje a un lado su egoísmo sin abandonar su razón:
HUMAN Review, 2022, pp. 5 - 14 Las obras maestras de la literatura, con independencia de los ejemplos que ofrecen, producen una especie de estremecimiento moral y físico, un sentimiento de admiración que nos predispone a ejecutar acciones generosas (…) La elocuencia, la poesía, las situaciones dramáticas, los pensamientos melancólicos actúan también sobre los órganos del cuerpo, aunque en principio vayan dirigidos a la mente. Entonces la virtud se convierte en un impulso involuntario, un movimiento que se transmite a la sangre y nos arrastra de modo irresistible como las pasiones más imperiosas. (Staël, 2015, p. 16) Las mujeres han realizado dos grandes contribuciones a la literatura y a la virtud. Han ampliado los objetos de la literatura y el número de virtudes, y han identificado el genuino núcleo de estas. Pusieron el foco en la vida privada y revolucionaron también el tratamiento del amor. Las virtudes de los antiguos tenían su fuente en el amor a la patria, a ello respondían. Las mujeres contribuyeron al desarrollo de otras virtudes y sus cualidades, precisamente porque las mujeres “han funcionado siempre de un modo independiente” (Staël, 2015, p. 131): “la piedad por los débiles, la simpatía por la desgracia o una elevación del alma que solo persigue el goce de esta elevación misma se corresponden mucho mejor con su naturaleza que las virtudes políticas” (Staël, 2015, p. 131). El resultado ha sido que “los modernos, bajo la influencia de las mujeres, han cedido fácilmente a los vínculos que ofrece la filantropía, y el espíritu se ha hecho más libre (…) al entregarse menos al imperio de las asociaciones exclusivas” (Staël, 2015, p. 131). Así, los autores de los últimos siglos muestran una sensibilidad más delicada y mayor capacidad para modificar las situaciones y las personalidades porque tienen un mayor conocimiento del corazón humano. Los antiguos se centraban en la justicia, pero no incluyeron la misericordia entre los deberes. Se limitaban a instar a los individuos a no dañarse unos a otros: Un sentimiento más dulce, sin embargo, impone a los modernos la necesidad de socorrer a lo demás, de apoyarlos, de interesarse por ellos, porque han hecho una virtud de cuanto pueda servir a la felicidad humana, a las relaciones de consuelo de los individuos entre sí. (Staël, 2015, p. 131). Pero una cosa son estas aportaciones y otra cómo ha entendido la sociedad que debe ser la relación de la mujer con el amor. Según Madame de Staël, el amor sería la única pasión que se permite a las mujeres. Otras, como la ambición o la gloria, raramente tienen posibilidad de prender en ellas. Pero su comportamiento en el amor decide los pilares en los que están obligadas a basar su existencia: reputación, honor, estima. En el caso de los hombres, cómo se comporten en el amor no tiene mayor repercusión, y hasta las leyes morales quedan suspendidas en este caso. De ahí las advertencias de la autora: ¡Seres desdichados! ¡Seres sensibles! Os exponéis, con el corazón indefenso, a batallas que los hombres libran con una triple coraza de bronce. Permaneced en el camino de la virtud, manteneos bajo su noble protección, pues en ella encontraréis leyes para vosotras, apoyos indestructibles. Mas si os abandonáis a la necesidad de sentiros amadas, entonces los hombres - amos de la opinión, dueños de sí mismos - no dudarán en atropellar vuestra existencia por algunos instantes de la suya. (Staël, 2007, p. 130) También advierte a las que son amadas: “¡Mujeres, víctimas del templo en el que se os supone adoradas, escuchadme!” (p. 126). Tanto la sociedad como la naturaleza han desheredado a la mitad de la especie humana. Fuerza coraje, genio, independencia, todo pertenece al hombre. Si nos envuelven en homenajes durante los años de nuestra juventud, es para darse la satisfacción de derrocar un trono (…) El amor que inspiran otorga a las mujeres un momento de poder absoluto, mas es el destino deplorable al que está condenadas el que inevitablemente impera en el conjunto de su vida. (p. 126) Para Madame de Staël (2015), “solo en los corazones femeninos habitan los recuerdos prolongados” por lo que es más bien cuando las mujeres empiezan a “formar parte de la vida moral del hombre” cuando el ser humano identifica la melancolía (p. 49). Y el amor, cuando es una pasión, conduce a la melancolía: porque hay inseguridad en las impresiones que produce y esto lo aleja de la alegría. Y algo más: evoca el pensamiento de la nada, pues “todos llevamos en nuestro interior la convicción de que sólo la nada sucede al amor, de que nada puede reemplazar este sentimiento. Y esta convicción nos hace pensar en la muerte incluso en los momentos más felices del amor” (Staël, 2007, p. 113). La melancolía sería el estado afectivo que, partiendo de una situación concreta del individuo, lo lleva a una reflexión más profunda sobre la existencia. Para Madame de Staël la melancolía se vuelve productiva cuando se alía con el furor o entusiasmo, pues este hace salir al sujeto de sí mismo y también lo eleva sobre la vida corriente y entonces lo que se concibe es productivo y excita las facultades y la acción. Si consideramos que las mujeres han profundizado más en el amor como pasión y han estado más expuestas a su volatilidad, también habrían estado más expuestas a un afecto más profundo y metafísico como es esta concepción de la melancolía.
HUMAN Review, 2022, pp. 6 - 14 4. Los personajes en busca de la felicidad 4.1. Delphine: la razón crítica y bondadosa Delphine, la primera gran novela de Madame de Staël y, según Goldberg (1995), la primera gran novela del XIX, tiene una estructura epistolar y se publica en diciembre de 1802 aunque la historia transcurre entre 1790 y 1792. Tras su publicación, Napoleón le prohibirá acercarse a menos de cuarenta leguas de su amado París. Delphine d’Albémar es la viuda de su protector que se casó con ella para que pudiese heredarlo asegurando así su futuro. Este protector también la educa para pensar y juzgar por sí misma. Aparece como una filósofa, más por sus principios y mentalidad que porque se dedique a la filosofía. Es inteligente y bondadosa pero carece en su formación de un aprendizaje mucho más necesario para sobrevivir en el mundo: “the lesson that this was a world of shifting and invariabley deceptive appareances where nothing could be taken at face value” (Goldberger, 1995, p. xxviii). Mademoiselle d’Albémar, cuñada de Delfina, le ofrece un valioso consejo al respecto que la protagonista no seguirá: no bastan las cualidades del espíritu ni las del corazón para vivir en el mundo, tampoco cuando son excelentes, como ocurre en Delphine. Hace falta un especial fortalecimiento: “You have the most searching mind, but your soul is too young, too readily surrended; give your sensibility the shelter of solitudine; strengthen yourself with seclusion and then return to the world” (Staël, 1995, p. 97). Delphine acaba enamorándose de Léonce de Mondoville, el hombre elegido por Mme de Vernon, pariente de Delphine, para su hija Mathilde, una unión que en gran medida la propia Delphine contribuye a lograr al mejorar sustantivamente la situación económica de Mathilde. Tras un cúmulo de malentendidos, recelos, prejuicios, presiones e intereses de otras partes, Léonce de Mondoville se casa con Mathilde a la que no ama y cuyo carácter ni siquiera le atrae, pero es la mujer más adecuada para llevar una vida tranquila y dentro de las convenciones. Al final de la obra, ante la tumba de los amantes, Monsieur de Serbellane, meditando sobre la historia de ambos, se pregunta si Léonce no debió haber desafiado la opinión pública en muchas ocasiones en las que la felicidad y el amor obligan, y si Delphine no confió demasiado en la bondad de su corazón y debió aprender a respetar el poder de la opinión pública a la que las mujeres deben someterse. Pero también se pregunta si la naturaleza y la conciencia pueden enseñar esta moralidad creada por la sociedad y que prescribe leyes opuestas para hombres y mujeres. Delphine va precedida de un aforismo acuñado por la madre de Madame de Staël y que es la quintaesencia de la moral de la época: un hombre debe saber desafiar la opinión; una mujer, someterse a ella (Hogsett, 1987). Delphine, la protagonista, no se ajusta a esto último, pero tampoco representa a una militante de la libertad y contra las convenciones. Es su natural buen carácter y la empatía que experimenta ante quien necesita ayuda lo que la lleva a no atender a los límites que le impone como mujer la sociedad en la que vive. La novela tiene todos los ingredientes de un amor imposible: “The love of Léonce and Delphine is that of Tristan and Isolde, a love-passion which leads to death through a series of separation and reunions” (Hogsett, 1987, p. 87). Pero este amor tiene que desarrollarse bajo el peso de la convención y el honor y una opinión pública que vigila, juzga y condena. A esta situación se había enfrentado la propia Madame de Staël desde siempre. En sus escritos políticos culpa a los periódicos de su tiempo de dejar a un lado su deber y ocuparse de difundir calumnias que, en el caso de una mujer, ningún tribunal puede borrar jamás: “¿Qué tranquilidad o qué dicha puede devolver ningún tribunal a una mujer atacada por los periódicos?” (Staël, 1993, p. 137). Y habla directamente de su propio caso: En un hombre público todo es evidente; opone pruebas irrebatibles a todos los fantasmas creados por el odio. ¿Pero qué puede hacer una desdichada mujer de la que todo se sospecha porque nunca se sabe nada, en la que se ve sucesivamente, lo mismo que en las nubes, todo lo que forja la imaginación? (…) [S] u existencia es una especie de problema que todos quieren explicar a su modo, en la que todos quieren ejercitar el ingenio o el odio, en lugar de creer simplemente la verdad. (Staël, 1993, p. 137) Madame de Staël había sufrido y sufriría las críticas de la opinión pública de su tiempo. Goldberger (1995) narra una anécdota al respecto que pudo ser un detonante más para escribir Delphine. En 1800 la autora, perseguida por Napoleón, una de las veces que retorna a París decide asistir a un baile al que ha sido invitada. Es recibida con silencio y durante toda la velada se le hace el vacío. En septiembre de ese mismo año deja constancia en su correspondencia de que está escribiendo una novela que se ha convertido en el tratamiento del destino de las mujeres. Aquí la escritura se convierte en el único acto para una mujer que no puede ni actuar ni hablar en la esfera pública. A la luz de la anterior anécdota, la dedicatoria de Delphine (a la Francia silenciosa e ilustrada, al futuro más que al presente) cobra un profundo significado. La Francia silenciosa es la opinión pública que, sin embargo, conspira, y también los hombres que con su silencio e inacción son cómplices de la injusticia que padecen las mujeres. La Francia silenciosa son también las propias mujeres de la obra que, si no conspiran, se inhiben o simplemente aceptan silenciosamente su suerte. Como señala Gutwirth (en Goldberger, 1995, p. xxvi), en Delphine, Madame de Staël pone en cuestión las bases del contrato social, un contrato en el que los hombres son libres y las mujeres no. La sociedad no está dispuesta
HUMAN Review, 2022, pp. 7 - 14 a admitir en sus filas ningún modelo de mujer que contradiga las convenciones. Ni siquiera los cambios políticos han supuesto algo progreso para esta eterna opresión, sino todo lo contrario: Women were quickly and forcibly disabused of the illusion that the celebrated Declaration of the Rights of Man had included them. Revolutionary France had expelled them from the political clubs in 1793 and from sessions of the Convention two years later. The nation would soon be governed by the Napoleonic Code, promulgated in 1804, which reduce the civil status of women to that of children, criminals, and the insane. Delphine must be seen as a work emerging from that repressive era. (Goldberger, 1995, p. xvi) 4.2. Corinne o el genio total El 1 de mayo de 1807 Madame de Staël publicó su segunda gran novela. Corinne ou l’Italie fue otro éxito internacional. Entre 1807 y 1872 fue objeto de más de 40 ediciones. También aquí Madame de Staël parece retratarse en la protagonista cuya caracterización final es producto de varios elementos. En 1804, mientras estaba en Weimar, asistió a una ópera basada en La ninfa del río Saal de La Motte-Fouqué. En diciembre de 2004, en su viaje a Italia y en el Palazzo Borghese, toma nota de otra imagen: “a sibyl by Domenichino of the greatest beatuy, her hair in a turban, her red mantle” (Isbell, 1998, p. viii). Otros sucesos están a la base de la historia. Por la época de redacción de la novela, Benjamin Constant, amante de Madame de Staël durante muchos años, se enamora de Charlotte de Hardenberg y en octubre de 1806 emprende la redacción de Adolphe, una obrita que Constant publica en París y Londres 1816. Constant la denomina también “anécdota”. El protagonista, Adolfo, relata las dificultades y muestra la indecisión que tiene para separarse de Ellénore: “Le 7 novembre, Staël lui arrache l’aveu de sa novelle liaison. Le 28 décembre, elle lui fait una scène violente après sa lecture d’un premier jet du roman” (Seth, 2017, p. L). Pronto se reconoció en Corinne a Madame de Staël, aunque no era la única. Anna Lindsay, otra de las amantes de Constant, con la que había tenido dos hijos, también se señaló como la persona tras el personaje. Corinne está ambientada en Italia e Inglaterra. También aquí se narra una historia de amor imposible, en este caso entre el lord escocés Oswald Nelvil y la italoinglesa Corinne. Oswald acaba contrayendo matrimonio con la mujer que su padre, ya fallecido, había elegido para él: Lucile Edgermond, hija del mejor amigo del padre de Oswald. Pero no estamos aquí tampoco solo ante una historia de un amor imposible con el trasfondo de la propia vida de la autora. La novela es también un viaje reflexivo por la geografía, el clima, los paisajes y los monumentos de Italia. En Italia todo ello favorece el pensamiento, el placer y la felicidad. El clima y la naturaleza son aquí, a diferencia de otros lugares menos favorecidos, aliados para el hombre que piensa y para los estados del alma. Son aliados para la salud del espíritu: Aquí las sensaciones se confunden con las ideas; y el alma, como la más suave aura, viene a ocupar los confines de la tierra y del cielo. Aquí el genio está como en su propio elemento, porque es deliciosa la meditación, y si conmueve, también sosiega; y para una realidad que pierde, recibe mil lisonjeras ilusiones de su imaginación: si los hombres le oprimen, la naturaleza le favorece, y con su benéfica mano le cura de todas las heridas. Aquí se consuela uno hasta de las mismas penas del corazón, los reveses pasajeros de nuestra vida efímera se pierden en el seno fecundo y majestuoso del inmortal universo. (Staël, 2010, p. 48) En la novela también se reflexiona sobre el carácter y las costumbres de unos pueblos y otros, especialmente de Italia e Inglaterra, y se reflejan estereotipos y los prejuicios. Pero el texto es también, como detalla John Isbell (1998), un arma política: Looks at Napoleon’s conquered Europe and calls for its revolt. The text praises England, keeps a series of paralles to Nelson and Lady Hamilton in Oswald’s and Corinne’s story, and stresses troublesome details like the death of the Venetian Republic, handed by Napoleon to Austria in 1797. Staël mentally restores to their original owners all the Italian paintings she herself saw in the Louvre, where Napoleon had collected him. She also told Sismondi that she consciously avoided ‘any action, any Word wich might be a homeage to power’: her novel does not mention the French ‘liberation’ of Italy after 1796, in which Napoleon took particular pride. (p. ix) También en Delphine está presente la política. Léonce, el coprotagonista, es ejecutado por motivos políticos y en un contexto muy significativo: la batalla de Valmy de septiembre de 1792 que mostró una Revolución que no podía ya detenerse y los inicios de la Época del Terror. Napoleón había sellado la paz con Roma con el Concordato de 1801 y en la novela se reivindica el divorcio, hay un suicidio, relaciones fuera de los vínculos convencionales, se rompen votos de noviciado y se alaba el espíritu protestante. También se alaba Inglaterra y su política. En la obra también se condena el lucro a través de la esclavitud mientras Napoleón la restablece en las colonias francesas. Incluso el vacío y el silencio forman parte también del arma política de Madame de Staël. No hay ninguna mención, ningún guiño al mandatario, ninguna clase de reconocimiento: “avoiding direct commentary on the French takeover of Italy and Napoleon’s self-coronation as King there in 1805” (Schoene, 2019, p. 91). No es esta la única ocasión en la que Madame de Staël responde así. Hizo oídos sordos a la indicación de Joseph Fouché,
HUMAN Review, 2022, pp. 8 - 14 al frente del Ministerio de Policía, del deseo de Napoleón de que incluyese en sus escritos alguna frase que dejase claro que la autora se sometía al soberano. Aceptó cortar algunos pasajes de Alemania que la Oficina de Censura, creada en 1810, le exigía, pero no aceptó añadir nada y no aceptó incluir ningún halago (Ghersi, 2016). Y algo más obvio: independientemente de la censura de Napoleón, escribir sobre el destino de las mujeres era en la época ya un acto político (Goldberger, 1995). Pese a todos los elementos de índole política, Madame de Staël es consciente, y lo indica en su correspondencia, que podría haber tratado más el tema de la Revolución francesa pero tiene miedo a tratar temas políticos, sobre todo por la presencia de Napoleón al que ella, al igual que otros de su círculo, consideraron en principio y hasta el Golpe de Estado de 1799 que podría ser el candidato para cumplir los ideales de la Revolución, esperanzas que se diluyeron en cuanto se convirtió en Primer Cónsul en 1800 y luego vitalicio en agosto de 1802. Este mismo año, en diciembre, aparecerá Delphine. Pero, ¿quién es Corinne? Corinne, pues ese es su único nombre en Italia, es la mujer más querida, admirada y famosa del país. Se desvelará que Lucile y Corinne son hermanas de padre y que Corinne era la destinada para ser esposa de Oswald, pero fue descartada por sus raras cualidades. Huyó a Italia, el país de su madre, para vivir en libertad según su voluntad y sus talentos. Allí se reinventa y llega a ser un genio excepcional. Es rica, posee una extraordinaria formación y gran inteligencia y está dotada de un extraordinario carácter y belleza. Es poetisa, escritora e improvisadora, y baila y canta también de forma excepcional. Domina las diferentes artes. En su persona concurren la fuerza del entusiasmo y la genialidad analítica. Ha sabido apreciar y ha estudiado en profundidad la literatura de las otras naciones. Y sus pensamientos son profundos y originales sin sujetarse a regla alguna. Posee una gran capacidad para improvisar y no menos habilidad para dar forma y expresión a cualquier idea y sentimiento. Destaca por su fascinante conversación y por su extraordinaria elocuencia, que motiva a cada cual según su sensibilidad y talento. Para ella la literatura no es una exhibición de ingenio, sino un medio siempre dispuesto a renovarse que debe expresar ideas valiosas. El arte debe elevar el alma, elevarnos por encima del egoísmo y predisponernos para una buena acción. Corinne considera que ser poetisa es mucho más que llevar a cabo una feliz elección de rimas y crear imágenes que deslumbren al auditorio. Transforma y hace productivas las pasiones positivas y las negativas: dejan de atender a intereses personales, se transmutan para atender a la causa de la humanidad y a la gloria del universo (Staël-Holstein, 1807, p. 95). De ahí cómo entiende su arte: “Soy poetisa cuando admiro, cuando desprecio, cuando aborrezco, no por interés personal ni por mi propia causa, sino por la del género humano y la gloria del universo” (Staël, 2010, p. 71). Al hacer poesía se perfecciona el poeta y, aun manejando sentimientos y pasiones negativas, lo domina todo como dirigiéndolas a voluntad. Corinne tiene la capacidad de aunar las facultades al completo y captar el instante y su profundidad: “la poesía de Corinne es como una melodía intelectual, la única que puede representar al placer que causan las más fugaces y las más delicadas de las impresiones” (p. 41). Esta capacidad de generar una melodía intelectual bien podría representar la aspiración del filósofo a atrapar la realidad en conceptos y la unión entre Romanticismo e Ilustración. Todas estas características están reunidas en una persona. Corinne es el ser humano al completo, en sus dos mitades. Pero también representa para Italia la promesa de gloria, felicidad y libertad y hasta un modelo para los hombres: da acción e interés a nuestra vida; confiamos en su bondad y nos envanecemos de su talento y decimos a los extranjeros: ‘Miradla, es la imagen de nuestra hermosa Italia; es lo que seríamos si no fuese por la desgraciada suerte de nuestro país. Nos complacemos en considerarla cual una admirable producción de nuestro clima, de nuestras artes, como un renuevo de lo pasado, como un feliz anuncio de lo venidero’ (…) Si siguiésemos sus pasos, seríamos hombres, cual ella es mujer, si los hombres pudiesen como las mujeres formarse un mundo en su propio corazón, y si nuestro talento, que necesariamente depende de las relaciones sociales y de las circunstancias exteriores, pudiese inflamarse enteramente con sólo la antorcha de la poesía. (p. 43) Corinne ensalza el pasado italiano y la intelectualidad italiana del presente que debe mirarse en los genios de otro tiempo: “¡Artistas, sabios, filósofos; sois, igualmente que ellos, hijos de este sol que excita la imaginación, anima el pensamiento, despierta el valor, adormece en la dicha, y parece que todo lo promete, o que todo lo hace olvidar!” (Staël, 2010, pp. 47-48). La literatura debe exponer “su color nacional, sus ideas e imágenes originales” (p. 66), del mismo modo que debe dejarse nutrir por lo que ofrecen otros pueblos. Para Madame de Staël, la “imitación es una especie de muerte, pues priva a cada uno de su natural existencia” y “el ingenio es esencialmente inventor” (p. 166). Acoger ideas de fuera, como ocurre cuando aprendemos otras lenguas, como pone de relieve el conde de Castel-Forte, amigo de Corinne, no está reñido con la conservación y el cultivo de lo propio: nos da la ventaja de aprender lo que nos falta. Pese a ser un ser excepcional, Corinne no podrá ser feliz. La presión social y los convencionalismos sobre lo que debe ser una mujer acaban imponiéndose, precisamente en la Inglaterra que la autora alaba. Es premonitorio el consejo que recibe Corinne, cuando todavía era Miss Edgermond, de una dama desconocida:
HUMAN Review, 2022, pp. 9 - 14 Os atormentáis, querida mía, para lograr un resultado imposible: no mudaréis la naturaleza de las cosas (…) si tenéis precisión de vivir aquí, debéis violentaros en todo, sujetándoos a la vida de los demás; si os es posible, idos lejos de aquí: estos son los dos únicos partidos que podéis tomar. (p. 366) Corinne acabará convenciéndose de que “la vida no pertenece enteramente al amor” (p. 198), que incluso hasta las mismísimas pasiones encuentran obstáculos que no pueden vencer: “Los hábitos, los recuerdos y mil circunstancias producen otros tantos vínculos que la pasión misma no puede destruir, pues si por un instante los rompe vuelven a unirse, y la hiedra vence al fin al corpulento olmo”. (p. 198) 4.3. Léonce, Oswald y la felicidad doméstica Oswald Nelvil es un joven lord de Escocia que viaja a Italia para restablecer su maltrecha salud. Y allí es donde conoce a Corinne. Oswald es muy sentible e inteligente, pero de carácter débil e indeciso y de natural melancólico, agravado por los remordimientos sobre sus acciones pasadas y por la conducta con su padre. Muy distinto es el conde Erfeuil con el que, por una mera coyuntura, acabará viajando a Italia. Este ha logrado crearse, pese al sufrimiento, una filosofía útil para la vida que quisiera inculcar a Oswald. Se encuentra bien en todos los lugares en los que está gracias a su juventud y natural alegría, aunque dé impresión de excesiva ligereza: “Ni los libros, ni la meditación me han dado esta filosofía, pues se la debo a mis desgracias y al trato del mundo” (Staël, 2010, p. 19). Sostiene que: una persona de juicio debe alejar de su alma cuanto no puede servir ni a los demás ni a sí mismo. ¿No estamos en este mundo para ser útiles, buenos y luego felices? Mi querido, Nelvil, limitémonos a esto sólo. (p. 22) Oswald se ha impuesto otro programa de vida para evitar o paliar el dolor: “Esperaba hallar en el exacto cumplimiento de todas sus obligaciones, y en su indiferencia a los placeres, una seguridad contra las penas que atormentaban su corazón” (p. 12). Pero ni puede deshacerse de su pena ni tampoco ser en realidad virtuoso porque lo que hace no brota de la empatía sino del disgusto consigo mismo. Su estado le impide tener deseos y hasta recibir algún bien. Y en todo caso su extraordinaria sensibilidad ante el pesar lo coloca en una situación en la que el remedio se hace difícil. Aunque Oswald se enamorará completamente de Corinne ve en ella un modelo de mujer que no se adapta a lo que la sociedad inglesa, y su padre con ella, esperaría de una esposa. Según Nelvil, en Italia las relaciones entre hombres y mujeres no son las adecuadas: Es necesario, para que la naturaleza y el orden social se manifiesten en todo su esplendor, que el hombre sea protector y la mujer la protegida; pero que este protector adore la débil persona a quien defiende y la respete, por decirlo así, como a sus dioses Penates, que hacen su felicidad doméstica. Pero aquí podría decirse que las mujeres son soberanas, y los hombres sus esclavos. (p. 146) Acabará apreciando y disfrutando del extraordinario talento de Corinne. Y esta le restituye a Oswald las capacidades de todas sus facultades que su pena y su estrechez mental obstaculizaban para que aprecie la naturaleza, las obras de arte y en general todo lo que los rodea. Corinne es capaz de establecer relaciones entre las escenas de la naturaleza y el corazón humano. En Corinne las grandes ideas activan un sentimiento profundo y está movida por el entusiasmo: As Staël’s early short story [Mirza] suggests, literature becomes a powerful source for conveying and inspiring enthusiasm, a concept that she further develops in the literay silence of Corinne, and throught her lifetime in works such as De la littérature, Delphine, De l’Allemagne (…) and Dix années d’exil (...). (Schoene, 2019, p. 102). Lord Nelvil llega a replicar a la reprobación de Lady Edgermond y, por un momento, defiende a seres como Corinne: Estos talentos nacen del alma y no pueden existir sin el carácter más elevado, sin el corazón más sensible (…) ¿los reprobaréis porque ensanchan el círculo de ideas, porque dan a la virtud misma un imperio más vasto, una influencia más general? (Staël, 2010, p. 447) Pero no es capaz de vivir según esto que dice, y que aquí no nace solo del amor, sino también de la razón que analiza el potencial de tales talentos. Finalmente, se casa con Lucile. Corinne sobresale demasiado para él, no es apta para la felicidad convencional que él desea. La obligación primera de hombres y mujeres, especialmente cuando se trata de estas últimas, “no es ejercitar las facultades intelectuales, sino el cumplir con el cargo particular de cada uno” (p. 331). Oswald quiere la felicidad sin sobresaltos que identifica con la felicidad doméstica: dejaba de lado el vago deseo de una dicha fantástica o novelesca por los verdaderos bienes que creía disfrutar en su patria, y volvía a aquel género de vida que más conviene a los hombres (…) La imaginación