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Siete cartas para la convivencia

Mockus, Antanas

Abstract

Proyecto LETRAL

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RESUMEN Cartas dirigidas a cuasi-cumplidos, a los cumplidos, a los atajistas legales ("zanahorios"), a los atajistas ilegales, a los dolidos solidarios y a los hedonistas. Palabras clave: ciudadanía, cultura, convivencia ABSTRACT Seven letters for a good citizenship. Keywords: citizenship, culture, coexistence Número 2, Año 2009 Siete cartas para la convivencia Antanas Mockus (Visionarios por Colombia) 83 Siete cartas para la convivencia Antanas Mockus (Visionarios por Colombia) Si usted es… Lea además de la primera carta, la dirigida Un ciudadano que por lo general logra cumplir con sus deberes pero de vez en cuando encuentra justificada una excepción A los cuasi-cumplidos Un ciudadano cumplidor de las normas y los acuerdos que no ve conflictos entre lo que recomienda la ley, la conciencia y las llamadas buenas costumbres A los cumplidos Un ciudadano al que le cuesta trabajo cumplir normas y acuerdos, le gana el afán de resultados de corto plazo, pero intenta y por lo general logra mantenerse dentro de la ley A los atajistas legales (“zanahorios”) Un ciudadano al que le cuesta trabajo cumplir normas y acuerdos, y tiende a vivir dentro del incumplimiento permanente de la ley A los atajistas ilegales Un ciudadano atrapado entre el deseo de hacer justicia por vejaciones sufridas en el pasado y el deseo de solidarizarse con otros que han sufrido injusticias similares o peores A los dolidos solidarios Un ciudadano capaz de escoger una vida más feliz, capaz de gozar sus deseos y sus placeres A los hedonistas Letral, Número 2, Año 2009 84 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus Dirijo estas cartas a seis grupos de colombianos con una propuesta de agenda para cada uno de ellos. La última responde a una tendencia amplia a reconocer el placer como un motivo válido (hedonismo). Cada lector sabrá reconocerse en su grupo. Eventualmente alguno se sentirá en la frontera o en la intersección entre varios grupos. 1. Carta sobre la intención de estas cartas La construcción de una identidad ciudadana ha permitido y puede permitir aún más ir decantando unas reglas compartidas por todos. En Bogotá, en particular, la comprensión y aceptación de reglas comunes y el sentido creciente de pertenencia se han reforzado mutuamente. Más gente se siente bogotana y, al mismo tiempo, en parte por causa de ese sentimiento, asume un comportamiento más responsable. Algunos de estos aprendizajes también se han dado más allá de Bogotá. “Cultura ciudadana”, “gestión pública admirable”, “la vida es sagrada”, “todos ponen, todos toman”, “recursos públicos, recursos sagrados”, “no me pidas en privado lo que no me pedirías en público”, “construir sobre lo construido” y la constatación bastante simple de que “la ley no sólo se obedece por temor a la sanción” resumen hoy líneas de conducta que, nacidas durante nuestra gestión en Bogotá, se han ido abriendo paso, aunque sea de manera desigual, en la sociedad colombiana. Sin embargo, nuestras posibilidades de cooperar y de construir colectivamente todavía siguen frenadas por un sistema de prejuicios pesimistas y de accesos de desconfianza y “mal-pensamiento” a los que no soy ajeno. Una y otra vez nos domina la suspicacia sobre las intenciones de los demás. Por supuesto algunos comportamientos nefastos de algunos compatriotas han alcanzado notoria visibilidad en los medios y han contribuido, desafortunadamente, a sembrar una duda sobre todos los colombianos (a veces ante nuestros propios ojos). Incluso, aunque la mayoría no somos ni violentos, ni narcos, internacionalmente nuestra identidad fue marcada por unos años por una asimilación del colombiano al violento o al narcotraficante. Toda la riqueza de nuestra identidad cultural, toda la complejidad de nuestra historia corrió el peligro de ser negada al pretender ser capturado todo nuestro ser por esas dos o tres caricaturas. Con estas cartas busco, entre otras cosas, hacer una invitación urgente a luchar contra esa usurpación y contra esa simplificación de nuestra identidad. La primera es esta introducción. Las cartas son varias, porque cada una va dirigida a un grupo, porque nosotros los colombianos, a pesar de lo mucho que tenemos en común, también somos diversos. Yo sólo tiendo a ver ciudadanos por todas partes. Pero hay matices. ToLetral, Número 2, Año 2009 85 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus dos somos ciudadanos en formación, aunque venimos de distintos lados. Consciente de estar tal vez simplificando, para enviarles estas cartas he supuesto que los colombianos podemos agruparnos por cinco grupos de origen: los atajistas zanahorios1, los atajistas ilegales, los dolidos que buscan transformar su dolor en solidaridad, los cuasi-cumplidos y los cumplidos. Además habrá carta a los hedonistas porque tal vez somos muchos los que vamos hacia una ética del placer (orientada por lo general hacia placeres zanahorios, pero al fin y al cabo placeres). Como he señalado, es natural que estas clasificaciones se crucen un poco y que algunos nos reconozcamos al tiempo en varios de los grupos mencionados. A cada grupo hay que comprenderlo cuanto sea posible en su manera de ser y de actuar. A cada grupo hay que invitarlo a imaginar cómo algunos ajustes, a veces pequeños, en sus creencias y en sus patrones de comportamiento podrían darle viabilidad al país. La clasificación en atajistas, cuasi-cumplidos y cumplidos se inspira en resultados de un estudio sobre convivencia en jóvenes de noveno grado realizado con Jimmy Corzo, colega estadístico de la Universidad Nacional (2001-3). La otra matiza esta primera desarrollando lo que podrían llamarse variantes del cuasi-cumplimiento (gente que por razones “buenas” se permite a veces excepciones en el cumplimiento de acuerdos y leyes) y ayuda a mostrar lo tenue que es la frontera que a veces separa al atajista del cuasi-cumplido. Conocer mecanismos y hábitos mentales que casi siempre dejamos actuar sin darnos cuenta puede ayudar a seguir derrumbando al sistema de actitudes y prejuicios mutuos: en Bogotá, por ejemplo, se avanzó mucho en no responder con violencia a violencia y en no engañar “preventivamente” al otro antes de que nos engañe. 2. Carta a los atajistas zanahorios Proverbialmente los colombianos somos recursivos. Yo mismo en cierta etapa de la vida he sido técnica e institucionalmente recursivo más allá de la necesaria mesura. Somos ingeniosos a la hora de rebuscar cómo cumplir los objetivos, cómo alcanzar la meta, cómo sacar la tarea adelante. Muchas veces cogemos por atajos, aunque por lo general sean legales, zanahorios. Y tarde o temprano casi siempre pagamos caros los asombrosos éxitos que así logramos. Atajista es la caja de cartón improvisada como maleta que hace quince años hacía reconocible a un colombiano en cualquier aeropuerto del planeta. El atajista no se vara. Y hasta pareciera tener cierta razón en su despre1 Recordamos que en Colombia se usa el adjetivo “zanahorio” para describir a personas comedidas en sus comportamientos, personas que prefieren no incurrir en excesos. Letral, Número 2, Año 2009 86 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus cio por la opinión ajena. Pero luego, a veces al día siguiente, a veces con el tiempo, nuestra inventiva inteligencia paga costosas cuentas: la reparación improvisada nos desvara en la carretera, pero luego obliga a cambiar partes del vehículo muy valiosas; la amistad providencial nos ayuda a superar un escollo, pero luego se nos vuelve una pesada cuenta; o la herramienta que de por vida queda inservible o defectuosa, cargando con la huella del único día en que recibió un uso inadecuado. Tomar por el atajo es privilegiar el resultado, es escoger los medios y los métodos sólo de cara al corto plazo. Implica desentenderse de las consecuencias de largo plazo. Desentenderse también, y mucho, de las consecuencias para la gente más distinta, más lejana. Centrarse en los aquí presentes y despreciar a los distantes. Ignorar o devaluar la memoria. Y ser ciegos ante el futuro. A veces hasta implica desentenderse de lo ya entendido, des-comprender lo comprendido (lo cual para algunos autores como Alain Badiou constituye la mayor inmoralidad imaginable). En algún sentido, la economía de mercado promueve ambas cosas: la permanente innovación en cuanto a los métodos y cierto desprecio por el futuro más lejano. ¿Cuánto vale un negocio? En Colombia vale lo que valen, traídos a valor presente, sus ingresos libres de los próximos veinte años. Lo que suceda en el año 21 es literalmente despreciable por lo alta la tasa de descuento usada para traer los ingresos futuros a valor presente. La Constitución, las leyes, los ambientalistas y la conciencia nos protegen muchísimas veces de la tentación atajista. Sin embargo, también es cierto que hoy ya no sólo a los príncipes se los educa en el famoso “el fin justifica los medios”. A pesar de esto, es asombrosa la cantidad de gente que día a día no acepta el “todo vale”, que día a día no se va por el más corto de los caminos. Otro ejemplo. La utilización a lo largo de cuarenta años de materias primas venenosas durante el proceso de producción, que en el producto terminado ya no representan peligro alguno, ha puesto a una persona muy cercana en manos de una pérdida de sus glóbulos blancos que podría ser irreversible. A través de nuestras imprudencias, su escultura cerámica logró los mejores azules del cobalto y del cobre, los mejores pardos del hierro y del manganeso. Sabíamos que el minio, el óxido rojo de plomo, era muy dañino. Pero nos decíamos que si uno es quien asume el peligro y si uno no se lo hace correr a nadie más…. Los atajistas, zanahorios o no, nos abrogamos el derecho de arriesgar nuestro pellejo. Y tal derecho no existe, no está reconocido. Sociedades como la inglesa todavía en 1952 castigaban, al suicida fallido con dos años de cárcel, y al suicida exitoso con la negativa a recibir sus despojos en el cementerio común. ¿Quién de nosotros no conoce a buenos soldadores que Letral, Número 2, Año 2009 87 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus no consideran necesario usar la indispensable careta? ¿Quién no conoce al menos a un accidentado que no tomó oportunamente medidas de elemental prudencia que previamente conocía? ¿A quién de nosotros no nos ha puesto la vida a considerar como intolerables descuidos que nos parecían nimiedades cuando éramos nosotros los que los cometíamos? Muchas carreteras colombianas llevan hoy la marca de los peatones atropellados, una estrella en forma de cruz, por iniciativa fundamentalmente del Fondo de Prevención Vial: a las aseguradoras y a la mayor parte del capital nacional les interesa combatir la cultura del atajo. Parte del capital nacional ya comprende las pavorosas desventajas de la cultura del atajo. Vamos aprendiendo todos, a veces de manera dolorosa y costosa, que por altruismo, o también por egoísmo consecuente, conviene anticipar y evitar o mitigar las consecuencias más remotas. Ojo: aquí no hay ninguna oposición a la innovación. Todo lo contrario: la innovación despliega todo su potencial si aprendemos a adelantarla dentro de los límites de la cancha social, límites que además, a través de procesos democráticos, también vamos pudiendo perfeccionar. La innovación implica cada vez más voluntad de responsabilizarse por todos los efectos, de corto y de largo plazo, sobre personas cercanas y conocidas, pero también sobre las más lejanas. Algo muy distinto del todo vale. Los atajistas son (somos) los antepasados de los inventores. Propongo encausarnos hacia la invención. 3. Carta a los atajistas ilegales Reconozcamos, para comenzar, que atajistas zanahorios y atajistas ilegales tenemos mucho en común. Unos y otros estamos dispuestos a innovar, a encontrar nuevas vías y nuevos métodos, para lograr nuestros fines. Y la mayoría de nuestros fines, casi todos, son nobles o por lo menos lícitos. Y muchas veces es precisamente la fuerza moral del bien perseguido la que inclina la balanza a favor de métodos poco ortodoxos. Con frecuencia nos apabulla la convicción de que no había otra vía. A veces nos gana la incapacidad de aceptar la frustración o el aplazamiento. Cuando para salir adelante violamos la ley incurrimos en claros riesgos jurídicos. Muchos atajistas ilegales se condenan, si no a la huída permanente frente a la persecución judicial, si por lo menos al temor constante de ser descubiertos. También se condenan a tener que afrontar la censura sincera, intensa, de quienes –tal vez por haber tenido más oportunidades o por haber sido más inflexibles en sus restricciones– no toman el atajo. Pero más temible que el castigo de la ley, que puede tomar años en llegar y que por eso parece tan lejano al comienzo, y más temible que el castigo de la censura social, es el tormento de la propia conciencia. Con Letral, Número 2, Año 2009 88 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus todos los adelantos farmacéuticos de la humanidad, todavía no se vende la pastilla anti-culpa. Y si se vendiera, la sola idea de tomarla seguramente precipitaría ya sentimientos de culpa (el ejemplo de la pastilla anti-culpa ha sido propuesto por Jon Elster en varios de sus libros). ¿Cómo combatimos la culpa? Nos echamos cuentos. Primero que todo a nosotros mismos (contrario a lo que se dice, salvo para conciencias muy atormentadas, casi siempre es más fácil engañarse que engañar a los demás). Luego también se los repetimos a la ley y a la sociedad. Los cuentos casi siempre son fue-ques que bien poco aguantan el experimento mental elemental de imaginar qué pasaría si todos los que pudieran usar la misma disculpa la usaran. En una palabra, ustedes –los atajistas ilegales– viven con mucha más intensidad los dilemas del atajo. La anestesia de los fueques no tiene un efecto permanente. Tampoco se le puede desear a alguien una sordera progresiva ante la voz de su conciencia. De tal modo que, si bien muchas acciones infames se cometen por metas nobles, es aún más noble fijarse metas más altas por las cuales a veces bien valga la pena “sacrificar” metas más bajas. Una opción para quienes han explorado estos dramas es compartir su aprendizaje, enseñar, comunicar lo comprendido. La autoridad pedagógica puede ser un sustituto humanamente muy satisfactorio de la autoridad otorgada por las armas o el dinero. La economía ilegal es rentable pero ¿quiere usted vivir con miedo? Al recordar las metas más altas, lo razonable sería preferir no intercambiar vida por plata (por la vía del riesgo de perderla o de hacerla perder). Por muchas razones tener individualmente o compartir en grupos metas más altas vale la pena, aunque nos pueda hacer y a veces nos haga temporalmente más frágiles. Una consideración especial amerita la justificación frecuente del “sacrificio”, un sacrificio transitorio, normalmente por una sola generación. “Para que mis hijos puedan llevar una vida honrada…” o “para que mis hijos puedan vivir en una sociedad justa”, la persona justifica deshonestidades o injusticias violentas. Superar ese tipo de inconsistencias no es nada fácil. Es la tragedia de una generosidad ilusoria: hago por ti, unilateralmente, lo que en conversación sincera entre los dos hubiéramos considerado inaceptable. Hago por ti lo que en discusión libre abierta con gente desprevenida nunca hubiera sido aceptado. Hago por ti lo que en ninguna discusión libre con los afectados ellos hubieran aceptado. ¡Cuántas confesiones de conciencias atormentadas esperan que llegue el momento para contar su lección! Letral, Número 2, Año 2009 89 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus A un profesor amigo le debo no haber tomado el atajo violento. Me enseñó que la radicalidad podía acompañarse de paciencia, mesura y autorregulación en cuanto a los medios empleados. Para él, la presentación de la obra de teatro El placer de la honestidad de Luigi Pirandello fue tremendamente inspiradora. Curiosamente, también lo fue para quienes le escuchamos simplemente la mención y tal vez lo resulte siendo para el lector. Las emociones compartidas generan vínculos (a nosotros nos bastó oír el título y el suspiro del maestro al decir “Todos los que vimos esa obra de teatro…”). Las emociones nos “mueven” (no hay inteligencia sin ellas). Un par de palabras muestran etimológicamente una oposición sugestiva: negligencia y re-ligión. Re-ligare es vincular: los vínculos pueden ser cuidados o descuidados. Re-ligare es también interpretar, releer. Aprender a dar más que recibir facilita mucho conectar los deberes (externos e internos) con los derechos. En ello, la satisfacción íntima y el reconocimiento tienen enorme importancia. Deber viene de deuda. Lo justo está en el equilibrio. Recuadro resumen de una discusión con el maestro Federici y su grupo. Muchas veces un atajista ilegal no se ve conducido a sopesar los dos lados de una terrible balanza: por un lado, beneficios inmediatos que parecen fáciles y muchas veces “se necesitan” y, por el otro, costos y riesgos, no sólo ante la justicia oficial sino ante la informal (la llamada justicia privada). La justicia informal opera sin garantías, muchas veces sin apelación, en manos de personas fuera de la ley (que bien pueden ser antiguos cómplices hoy convertidos en competidores). Lo fácil te embarca hacia lo insostenible y lo irreversible. Si simplemente sacaras cuentas de lo que vale tu vida, de lo que vale tu libertad… Sin embargo, los atajistas ilegales, al menos los jóvenes (estudiados en Bogotá con Jimmy Corzo en Cumplir para convivir) manifestaban intolerancia, por ejemplo frente a tener enfermos de SIDA en su vecindario. Lo bueno de la exacerbación reciente de la violencia y de la ilegalidad es que nos obliga a una relación reflexiva con al atajismo ilegal: no sólo no podemos darnos el lujo de ignorarlo o de vivirlo irreflexivamente; ahora no podemos sino decidir y actuar consecuentemente sobre esa tendencia, sobre todo el cúmulo de creencias, actitudes y comportamientos que ella arrastra consigo. A versión tan grave de la enfermedad corresponde la absoluta necesidad de buscarle remedio. Y parte crucial del éxito está en la colaboración del propio paciente. Si los narcos comprenden, el camino será mucho más fácil. Si los otros colombianos que acuden a la violencia lo hacen, aportarán también. Letral, Número 2, Año 2009 90 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus Sin embargo, nadie puede lograr por la pura fuerza que el otro comprenda. La invitación a la comprensión se da, casi siempre, entre seres libres que no aceptamos estar presos de nuestras circunstancias. La situación se puede componer también a punta de confianza y buena voluntad. 4. Carta a los dolidos que buscan transformar su dolor en solidaridad Apreciados conciudadanos: su camino en muchos aspectos ha sido el de mi generación. Hay personas sensibles a la injusticia, tanto a la que sufrimos como a la que sufren los otros. Lo que nos sucede, vejaciones y frustraciones, pero sobre todo la carencia de un reconocimiento justo a nuestros méritos puede ser una fuente terrible de resentimiento personal. Pero pronto descubrimos que rebelarnos solamente por nuestro dolor particular es moralmente menos atractivo que hacerlo por el de los demás. Cuando uno ha sido víctima, se resiente. Cuando otros son víctimas, uno se indigna. Resentirse o indignarse son ambos sentimientos morales que orientan a la acción, a la reparación, a la justicia y a la prevención de nuevas injusticias similares. Sin embargo, por la generosidad que conlleva sufrir por otros, la indignación es algo más noble que el resentimiento. En Colombia, Guillermo Hoyos ha venido sosteniendo la importancia de pasar de sentimientos morales a principios morales y, para ello, comenzar por aprender a argumentar, a dar razones y motivos en moral y ética. Parte del atractivo del marxismo para generaciones como la nuestra, como lo ha mostrado Norbert Elias, fue el acoger en el marco de una visión sistemática de la sociedad, elaborada incluso con pretensiones de rigor científico, resentimientos muy diversos que encontraban allí la ocasión de convertirse en indignación y, aún más, en esperanza, en promesa de transformación. Incluso, a pesar de su fragmentación, el marxismo ofrecía argumentos y guías para la acción colectiva. A quienes nos dolía la condición de las minorías, o de las mujeres, o la irresponsabilidad ambiental, o la dureza (o la inoperancia) del sistema educativo, o a quienes descubrimos la crudeza de la competencia y al mismo tiempo la precariedad aún peor de los favores y los amiguismos premodernos, a quienes el Estado nos trataba irrespetuosamente en más de una ocasión, el marxismo nos ofreció una interpretación global y una clara invitación a la acción. Las publicaciones marxistas (que alcanzaron a interesarme mucho) y las organizaciones (a las que para bien o para mal nunca me atreví a pertenecer) catalizaban miles de dolores particulares diversos en una única dirección: la solidaridad con los explotados, obreros y campesinos, y la hostilidad a la economía de mercado. Así se incubaron alianzas entre sectores de la población altamente educados y sectores altamente maltratados por las transiciones econóLetral, Número 2, Año 2009 97 siete cartas para la convivencia Antanas Mockus afirmación y una reivindicación del placer. A pesar de sus equívocos y peligrosos placeres, que los tiene, la guerra genera de lejos más sufrimiento que placer. Podríamos ayudar a reconocer que la guerra tiende a ser culturalmente obsoleta. Sí, a pesar de sus pavorosos atractivos, la guerra será algún día totalmente obsoleta. Por lo pronto hay que salir de ella y como lo estimó un alto oficial del ejército colombiano en un taller celebrado a mediados del 2008, saldremos de la guerra en un 40% por presión social, 30% por presión militar y 30% por negociación. Letral, Número 2, Año 2009