Una aproximación al desarrollo comercial en el Reino Nazarí: espacios y rutas
Abstract
Tesis Univ. Granada.
Full text
UNA APROXIMACIÓN AL DESARRO LL O COMERC I AL EN E L REINO NAZARÍ:
ESPAC I OS Y RUTAS
María del Carmen Jiménez Roldán
Directora de tesis
Adela Fábregas García
Profesora titular de Hist oria Medieva l
Departa m ento de Historia Medieval y Ciencias y Técnica s Hist oriográficas
Universidad de Granada
Escuela I nte rnacional de Posgrado de la Universidad de Grana da
Escuela de Doctorado de Humanidades, Ciencias Sociales y Jurídicas
Programa de Do ctorado en Historia y Ar tes
Granada, 2021
Editor: Universidad de Granada . Tesis Doctorales
Autor: María del Ca rmen Jiménez Roldán
ISBN: 978- 84 - 1117 - 063 -5
URI : http://hdl.handle.net/10481/71101
2
ÍNDICE
Introducción 5
1. Comercio y ciudad en al-Ándalus. Algunas cuestiones generales 9
1.1.- La ciudad andalusí 9
1.2.- El merca do 14
1.3.- El comerc io en el reino nazarí de Granada 21
2. Objetivos y metodología 26
2.1.- Fuentes documentales 31
2.1.1.- Repartimientos 32
2.1.2.- Renta de la Hagüela 38
2.1.3.- Habice s 44
2.1.4.- Inventarios de bienes y dot aciones fundacionales 47
2.1.5.- Fuentes municipales 47
2.1.6.- Fuentes notariales 52
2.2.- Fuentes arqueológicas 55
3. Los e sp acios comerciales y artesa n ales en el I slam 58
3.1.- Z o cos y espacios de comercio 58
3.1.1.- Tienda-taller 58
3.1.2.- Funduq, fondaco, alhóndiga 70
3.1.2.1.- El funduq en al-Ándalus 71
3.1.2.2.- El fondaco. Evolución internacional de l funduq 78
3.1.2.3.- Las alhóndigas. 81
3.1.3.- Alcaicerías 89
3.1.3.1.- Las alcaicerías en el reino de Gra nada 91
a) Antecedentes: las alcaicerías nazaríes 91
b) Alcaicería s cristi anas 93
3
3.2.- Espacios artesana l es 106
3.2.1.- Tenerías 106
3.2.2.- Tintorerías 109
3.2.3.- Alfares 112
3.3.- Otros espacios 117
3.3.1.- Tarbeas 118
a) Caracter ísticas generales 118
b) ¿Un espacio de la indu stria textil? 120
3.3.2.- Almacenes/Alhorí 124
3.3.3.- Almacerías/algorfas 125
4. Los e sp acios comerciales y artesa n ales del Reino Nazarí de Granada 129
4.1.- Granada: la c iud ad y los espacios comerciales y artesanales 129
4.1.1.- Introducción 129
4.1.2.- Al - Qa ṣ aba al-Qad ī ma 137
4.1.3.- La mad ī na 139
4.1.3.1.- Alca icería 146
4.1.3.2.- Entorno mezquita may or 153
4.1.3.3.- Plaza Bibar ram bla 154
4.1.3.4.- Zacatín 159
4.1.3.5.- Ha tabín 168
4.1.4.- Raba ḍ al -Bayy ā z ī n 171
4.1.5.- Raba ḍ al -Ramla 176
4.1.6.- Raba ḍ al -Fajj ārīn 182
4.1.7.- Conclusiones 187
4.2.- Almuñécar: la ciudad y los espacios comerciales y artesanales 191
4.2.1.- Evolución histórica de la ciudad 191
4.2.2.- L os espacios comerciales y artesanales 196
4.2.3.- Conclusiones 204
4.3.- Ba za: la ciudad y los espacios comerciales y artesa n ales 207
4
4.3.1.- Evolución histórica de la ciudad 207
4.3.2.- La medina naz arí 209
4.3.3.- L os espacios comerciale s y artesanales 213
4.3.4.- Conclusiones 225
4.4.- Guadix: la ciudad y los espacios comerciales y artesanales 227
4.4.1.- Evolución histórica de la c iud ad 227
4.4.2.- W ā d ī Āš 229
4.4.3.- L os espacios comerciales y artesanales 234
4.4.3.1.- La Alcaice ría 236
4.4.4.-Conclusiones 248
4.5.- L oj a: la ciudad y los espacios comerciale s y artesanales 251
4.5.1.- Evolución histórica de la ciudad 251
4.5.2.- L os espacios comerciales y artesanales 254
4.5.3.- Conclusiones 259
5. Conclusiones 260
Fuentes y bibliogra fí a 268
Anexo I: Catálogo doc u mentos consultados en archivo 332
Anexo II : Cuadros d e información 430
Anexo III : Glosario 660
5
Introducción
El presente trabajo nace p or el deseo de continuar una senda abierta ya en nuestro Trabajo
Fin de Máster realizado en esta misma Universidad. En aquella inicial investigación
presentábamos una primera descripción de la ciudad de Granada a través de unos recursos
muy limitados, utilizando únicamente un a parte muy parcial de las fuentes empleadas en
el presente estudio.
Este trabajo y a nos permitió observar ciertas te ndencias relacionadas co n la ubicació n
tanto de actividades comerciales como artesanales y su rel ación con el entorno urbano.
Tras su fina liz ación y una conversación con la directora tanto de a qu el com o del presente
trabajo, la profesora Ade la F ábre ga s García, pudi mos observar el potenci al qu e podría
tener, en primer lu gar el estudio pormenorizado de la ciudad de Granada, finalizando la
investigac ión iniciada. Y en segundo lu gar, la ampliación de este estudio de los
establecimientos comerciales y artesanales a ot ras ciudades y esp acios, que nos permitiera
comprobar si lo observado en la capital era una ex cepción o si por el contrario e ra
susceptible de extraer tendencias más g enerales relativas a la forma que pudo asumir el
mercado en las ciudades andalusíes de fina l es de la Edad Media.
Desde este sencillo planteamiento iniciamos nuestro trabajo, que trata sobre ciudades y
sobre comercio. Intentamos entende r algo mejor de qué manera este tipo de ac tividad,
que no asume una forma ni una dim ensión única, pudo presentarse e influir e n la
organización de la estructura urbana de las ciudades andalusíes. Lo hacemos centrando
nuestra atención en un momento determinado, que sabemos particularmente abierto a
desarrollar la actividad c omercial en diferentes niveles y qu e por lo tanto promete una
especial riqueza de matices o de fo rmas de mostrar su impacto. Me refiero al último
periodo de la historia de al-Ándalus, el periodo nazarí.
Sin embarg o no nos limitamos a observa r qué ocurriría en e sos momentos. La natu raleza
de las fuentes que tenemos a disposición para inte ntar adentrarnos en esta cu estión,
procede nt es en buena parte de momentos inmediatamente posterior a la conquista
cristiana de este territorio, nos lleva por un lado a realizar ejercicios regresivos de
recomposición de los últimos momentos del mundo nazarí, pero también nos permite
elaborar un ejercicio d e análisis de la evolución de estas estructuras u na vez qu e la
realidad social y económica de este espacio se va modi ficando con la entrada de los
6
nuevos pobladores. De e sta manera lo qu e obtene mos es una visión de la realidad n azarí
en su última época y de s u evolución en los primeros tiempos de dominación ca stellana.
Hay pocas cosa s más vivas y en evolución constante que un proce so de investigación.
Aún manteniendo unas líneas y obj etivos fund amentales a lo largo del mi smo, que nos
permiten contar con un as guías esenciales, lo cie rto es que las vías que se pueden abrir a
lo larg o del periodo e n que se está inmerso en este trabajo de exploración pueden d erivar
en formas de aproxim ación nuevas, variables, que van guiando los pasos del investigador.
En nue stro caso el proy ecto que sur gió, que se conformó hace años y c on el que se inició
nuestra tra y ectoria en el programa de Do ctorado de Historia y Arte d e la Universidad de
Granada, partía de unos p resupuestos genera l es, mu y amplios, reflejados, casi fosiliz ados
en el tí tulo, segura ment e impreciso, de este trabajo, que con posterioridad se han ido
definiendo, perfilando mucho mejor . L a imag en q ue se ha ido c onstru y endo cada vez con
más claridad, conforma un cuadro en el que se reflejan algunas de las dinámicas de
comercio, local, regional o internacional, en las que se ve implicado el mundo nazarí,
algunas de las rutas por l as que transcurre y que se marcan a partir d e la identificación de
las ciudades presentadas como hitos de esa s rutas.
El intento de ubicar, y p or tanto también de caracterizar, los elementos propios de esas
distintas esfera s de comercio activas en las divers as ciudades elegidas para el estudio, que
de este modo se alzan como esce na rios de uno u o tro tipo de actividad, ha estado siempre
entre nuestros objetivos principales. Más allá de pretender con ello dar un paso más en la
compleja composición d el mundo comercial nazarí que desde hace años varios autores
están intentando reconstru ir, pretendemos que nuestro trabajo sirva ta mbién como
instrumento úti l a quiene s se acercan al conocimiento urbano de est as ciudades,
ofrec i endo ahora una información a cerca de las mismas hasta estos momentos
seguramente poco conocida. Ha sido esta nuestra pretensión fundamental. S er útiles, por
un lado, a otros investi gadores en sus tr abajos de r econstitución de los entornos urbanos
y av anzar, por otro, en el conocimiento de la actividad comercial na zarí.
La tesis muestra una estructura sencilla, que avanz a desde lo general hasta lo más concreto
y que se complem enta con unos apéndices que, en un caso muestran la base documental
a partir de la cual hemos venido trabajando y en el otro ca so r ecogen uno s cuadros de
información que han constituido la base abs oluta de nuestro trabajo y cu y a consulta
cree mos que resulta rá fundamental a lo lar go de la l ectura. Por esta razón hemos decidido
remitir a ellos con las indicaciones necesarias en los momentos en que lo he mos
considerado opo rtuno. La mejor manera de traslad ar la or ganización de un espacio pasado
7
es siempre la que nos acerca al mi smo visualmente. Seguramente no es la más completa
y detallada, para ello tenemos los minuciosos cuadros de información que incluimos en
los anexos finales. Pero desde lue go si es la más ilustrativa de lo que se va recomponiendo
y explicando a lo largo d e ese trabajo de ubicación. Por ello hemos creído útil y ne cesario
adjuntar unos mapas d e zonificación de espacios de mercado, que a compañarán la le ctura
y pe rmitirán trasladarse rápidamente al área objeto de análisis en cada momento.
A un capítulo introductorio, en el que esperamos sit uar rápidamente al lector en el
escenario historio gráfico y t eórico del qu e pr etendemos partir, sigue un capítulo dedicado
a exponer tanto nuestra metodología de trab ajo y a describir con d etalle las fuentes, sus
caracter ísticas, natur aleza y posibilidades de información, que hemos utiliz ado en el
mismo como los objetivos sobre los que se sustenta esta investigación. Entrando ya e n el
trabajo de investigación propiamente dicho, hemos considerado neces ario rea liz ar un
tercer capítulo en el que se expusieran y explicaran las características que hemos podido
detectar a lo largo de nuestra tarea en relación a los principales espacios comerciales y
artesanales que irán apar eciendo constantemente citados a lo largo d e nue stro trabajo de
reconoc imiento de los mismos en cada una de las ciudades que hemos se leccionado en la
elaboración de la tesis. Son cinco, las ciudades seleccionadas, Granada, Almuñécar,
Guadix, Baza y L oj a, todas ellas correspondientes a la actual provincia de Granada. P or
supuesto no son las únicas, ni siqui era en algunos casos las más im portantes. No hemos
incluido Málaga o Almería, por ejemplo. Pero si creemos que son representativas de los
distintos niveles de trabajo comer cial y objeto de un estudio asumible y realista en un
trabajo de este tipo. En nuestro tr atamiento de todas ellas se guimos un esquema de
desarrollo fijo. A una breve descripción de la tra yec toria de la ciudad en cuestión, s igue
una más pormenorizada descripción de sus contornos urbanos en época nazarí, que
solemos realizar a partir d el seguimiento de su circuito de muralla, cuando e sto es posible.
Lo hace mos intentando ayudar al lector a definir el espacio urba no del lu gar en cuestión,
a ubicarse en el mismo, también con la a y ud a de l os mapas. A continuación pasamos y a
a la descripción de las áreas d e intercambio contenidas en esos esp acios y a la
identificación de pautas de asentamiento de los mismos, si se pueden así recono cer. Por
último realizamos una pequeña conclusión parcial al final del tratamiento d e cada ciudad,
que en realidad nos va conduciendo de manera progresiva a la conform ación de ese
cuadro f in al reflejado en el capítulo de conclusiones que c ie rran el traba jo .
Sin duda este trabajo no es auto conclusivo, qued a mucho por hacer. Es necesario, por
ejemplo, extender nuestro c onocimiento a la totalidad de l territorio nazarí, aplicando, y
8
mejorando, el análisis ya realizado al r esto de ciudades que conforma ron el e mirato
nazarí, lo que permitirá comproba r si las líneas marcada s son las correctas. Por otro lado ,
tenemos también claro que pa ra conocer l a organización comercial existente en este
territorio, no solo debemos fijar nuestros objetivos en los entornos urban os, sino que
también debemos observar aquellos conjuntos que, si bien no pueden ser declarados
urbanos, tampoco son plenamente rurales: nos referimos a las villas de fr ont era. Solo c on
el conocimiento completo de estos núcleos y concretamente de su configu ra ción
comercial y artesanal podremos completar el esquema aquí iniciado. Esperamos, en todo
caso, que este abra un a puerta a una perspectiva de estudio hasta este momento
inexplorada.
15
El resultado de todo esto es lo que Samir Amin denominó como modo de p roducción de
pequeño mercado simple. El economista e gipcio que definió los modos de produc ción
preca pitalistas incluía una refle x ión sobre el mundo á rabe y el sistema come rcial sobre e l
que se basa, de carácter tr ibutario-merca ntil. En primer lugar en la definición de este
modo de produc ción c on stituido por dos elementos fundamentales, podemos observa r ya
algunas de las c aracterí sticas definidas anteriormente, así “el modo de producción
tributario se caracteriza por la división de la sociedad en dos clases esenciales: el
campesinado, organizado en comunidades, y la clase dirigente, que monopoliza las
funciones de organización polí tica de la sociedad y per cibe un tributo ( no mercantil ) de
las comunidades rurales”
20
, mientras que “el modo de producción mercantil simple se
caracteriza, en su estado puro, por la igualdad de pequeños productores libre y la
organización de los intercambios mercantiles entre ellos”
21
. C uando Amin definía la
sociedad islámica medieval como una sociedad mercantil simple, centró su atención
básicamente en el mund o árabe d el Magreb y Oriente. E n ningún momento cita al-
Ándalus. No obstante la estructura teórica sobre la que sustentó la defi nición de los
distintos modos de producción ha lleva do a otros teóricos a pe rfilar mejor la definición
de formación social tributario-mercantil aplicada también al caso andalusí
22
.
Más allá de la caracterización de una formación social determinada, que en todo c aso
justificaría la fuerza que asumen las dinámicas de intercambio como uno de los elementos
definitorios de esta sociedad, no podemos ignorar la presencia material de los espacios
dedicados al intercambio en el espacio de las ciudades islámicas en general y andalusíes
particular
23
. Es una presencia sólida y d e gran contundencia en la organización urbana,
independientemente de s u centralidad topográfica, que por supuesto también existe en e l
caso de los zocos centrales. Aunque no siempre fue así, el principal lug ar de desarr ollo
de los espacios com erciales en el mundo isl ámico se situaron en el interior de sus
ciudades. De hecho, el zo co adquirió d esde el primer mom ento un estatus co mo elemento
20
Samir Amin, El desa rrollo desigual. En sayo sobre las formaciones sociales del capitalismo p eriférico ,
Madrid, 1978, pág. 12.
21
Ídem, Ibíde m, pág. 13.
22
Manuel A cién Almansa , “Sob re el p apel de la id eología en la car acterización de las for m aci ones sociale s.
La formación social islámica ”, Hispania L VIII /3, n º 200 (1998), págs. 915 -968; E duardo Manzano,
“Relaciones sociales en socied ades precapitalistas: una crítica al concepto de “m od o de producción
tributario”, Hispania LVIII/3, nº 200 (199 8), págs. 881 - 914.
23
Magdalena Valo r and Avelino Gutiérrez, The arch aeology o f Medieva l Spain, 11 00 -1500 , Sheffield,
2014 , págs. 117-147, espec . 129 y ss. Un caso específico donde se co m enzaron a id entificar como áreas
con identidad material pro pia estos espacios de intercambio organizados en calles y oficios y deno minados
zocos fue en Sevi lla, Magdale na Valor, Sevilla almohade , Sevilla, 2008, págs. 160 -166
16
identificativo de las ciudades islámicas. Aunque en algunos casos no estuviera localiz ado
en el c entro, junto con la mezquit a y el alcázar, sí se habilitaba un espacio en las afueras
del recinto de la ciudad para el desarrollo de est a actividad. Esto ya se d etecta en las
primeras zonas de paso de caravanas en las que se situaban ciudades como Kūfa o Baṣ ra,
en pleno valle del Eúfra tes. Se trataba de un solar vac ío simplemente limitado con surcos
o mojones pero nada más. No había nada permanente, “el primero que lleg a a un sit io
[lo ocupa y ] le pertenece hast a que se levanta [para marchar ] a su casa o haber
terminado de vend er”
24
. A partir de e stas prime ras estructura s, la historia del mer cado e n
las ciudades islámica s evolucionaría constantemente.
Los esp acios comerciales de los entornos urbano s se dotaron bien pronto con edific ios
propios, que, aunque con influencias de su entorno o tradición anterior, pudieron
calificarse como propios. Pedro Chalmeta en su libro sob re el zoco medieval, realiza un
trazado cronoló gico del mercado musulmán desd e sus orí genes en M edina, siguiendo una
evolución lineal en la que e l zoco a bierto y s in c onstrucciones se compl ementaría
progresivamente con la construcción d e otros edificios
25
. En este sentido la obra de
Remié-Constable supuso un impulso fundamental años despu és para conocer mucho
mejor alg unos d e estos edificios y su evolución como instituciones de intercambio
26
.
Ya en épocas tempranas se utilizaron diversos nombres para designar espacios
comerciales. Muchos de ellos giraron en to rno a l a voz ge n érica dār (casa). Así s e han
conserva do diferentes noti cias sobre la construcción de va rios inmuebles de carácter
comercial y /o artesanal. Es el caso de la Casa de huéspedes/ dār al -a ḍ yāf
27
en Ba ṣ ra
edificada en 651, d urante el califa to de ‘U tm ā n, mencionada por al - Ṭ abar ī
28
e interpretada
como el primer pr ecedente de lo que conocemos como alhóndiga s, ya que esta C asa de
huéspedes estaba destinada a todo aquel viajero que no perteneciera a un grupo tribal de
la ciudad. O los tres edifi cios const ruidos por el califa Mu‘ā wiya en Medi na, que se han
identificado como mercados, todas ellos e n Medina, siendo interpr et ados como los
24
Algo que p osteriormente será obligación d el muhtasib , el cuidar que cad a uno ocupase su lugar co n
respecto a su orden de llegada. Así lo r efleja Leopoldo Torres Balbás en su artículo: “Plazas, zoco s y tiendas
en las ciudades hi spanomusulmana s”, Al -Án dalus , XII (1947), págs. 437 -476.
25
Esto ocurriría en las ci udades de nueva cr eació n, no a sí en las pob laciones co nquistad as d onde se
reutilizarían estru ct uras anterior es, influyendo en las estructuras que se construían e n las ci udades de nueva
construcción. P edro Chalm eta Gedrón, El zoco med ieval…, op . cit., pág. 234.
26
Olivia Remie Co nstable, Ho using th e Stranger in the Mediterranean World: Lod ging, Trade and Travel
in Late An tiquity and th e Middle Ages , Ca mbridge, 2003 .
27
Ped ro Chalm eta Gedrón, El zoco medieva l…, op. cit., pág. 180.
28
Ídem, Ibíde m , pág. 180 .
17
primeros ejemplos de mercado edificado: Dār al - Tammārīn (posiblemente dedicado a la
venta de dátiles), Dār al -Nuq ṣ ān (paños) y Dār al - Qa ṭirān (se desconoce que podría
albergar o c on que se comerciaba e n su interior ). Estos últ imos eran mu y impopul ares, y a
que el cobro d e un alquil er por el uso del espacio establecía un a diferenciación entre los
comerciantes que podían pagar dicho alquiler frente a los que no, provocando que estos
primeros zocos fueran derribados tra s la muerte del cali fa o gobernador correspondiente.
Durante el califato de Mu’ ā wi y a también se procedió a la construcción de tiendas más o
menos permanentes en lo que ha sta e se mome nto habían sido grandes explanadas
completamente vacías, ocupada s por establecimientos ocasionales leva ntados l os días de
mercado.
Hi šā m b. ‘Abd al – Mal ik , “constructor d e mercados” e s el califa que mand ó construir el
denominado Sūq Hi šā m
29
, mu y similar a las alhónd igas qu e se construy eron aquí en al-
Ándalus. Sin embargo la evolución de las construcciones comerciales en el Dār al - Islām
no es tan sencilla como parece, debido tanto a la diversidad de edificio s como a las
caracter ísticas compartidas de los mismos
30
. En el c aso de al -Ándalus es as características
parecen más definidas que en Oriente, aunque ello no implique que hay a excepciones.
Conocemos las alhóndig as como espacios de alojamiento que una ciudad ofrece a
mercadere s ex tranjeros, así como almacenes de las mercancías que estos llevan consigo
para interca mbiar en dich a ciudad. Generalmente estos luga res eran ocupados por gentes
de poca im portancia, pequeños mercaderes, y a que los mercaderes más im portantes
preferían evitar estos lu gares por la falta de comodi dades, los ruidos y olores de los
animales
31
.
29
Ídem, Ibíde m, págs. 209, 21 0, 212.
30
Quizás esta co nfusión sea d ebida en gran parte “to the or igins of thi s form of the in stitution, sin ce it is
assumed that Wester n merchants arr iving in the Near East si m p ly adap ted the local institution o f the funduq
to suit t heir needs. This is a reasonable suppositio n, particular ly given the fact t hat Mu slim writers co ntinued
to refer to these specialized W estern enclaves by the Arabic Word.” Olivia Re mie Constable, “Funduq,
Fondaco and Khan i n the Wa ke of Ch ristian Commerce and Crusade”, e n Angeliki E. Laiou y Ro y Par viz
Mottahedeh (ed.), The C rusades from the Perspective of Byzan tium and Muslim Word, W ashinston D. C.,
2001 , págs. 145 -156, espec. 149.
31
Ped ro Chalm eta Gedrón, El zoco medieva l…, op. cit., pág. 30 2.
Es curiosa cierta función que encontramos en el tratado de Hisba de Ibn ‘ Abdun: “a los detenido s de n oche
no se le s ca mbiara de asp ecto ni se les d espoj ará de su vestidos, par a que puedan co mparecer ante el
zalmedina en la mism a for m a en que se les encontró , pues los de la patrulla les suelen quitar los vestidos y
desfigurarlos y ater rorizarlo s; y si han de ser encarcelados, lo ser án e n u na al hóndiga, d onde quedaran, baj o
la responsabilidad de los que e n ella par en, hasta por la m a ñana” . Évariste Lévi-Pr ovençal y Emilio García
Gó m ez, Sevi lla a co mienzos del siglo XII, Ma drid, 1948, pág. 73.
18
En general se trata de edificios de planta cuadrada, con varias plantas, de las cuales la
inferior está dedi cada a las cuadras y a los almacenes, mientras que las superiores están
dedicada s a alojar a los mercadere s. Cuenta con un patio c entral en el qu e en ocasiones
encontramos una fuente. Este modelo que se repite en las grandes alhóndigas de al
Ándalus y s e trata de un modelo de edificio que proviene de Oriente, de Siria
32
.
Encontramos ciertas si militudes no so lo con el espacio construido por Hi šā m, sino
también con una serie d e edificios localizados en la a ctual Siria, Líbano y Jord ania,
denominados “ j ā n ” o “ caravansar”. Generalmente se han definido como edi ficios civiles
ubicados en zonas que, si bien en un principio eran zonas fronterizas, post eriormente se
convirtieron en g randes ce ntros de comunicación comer cial y administ rativa. Se trataba
de gra nd es recintos amurallados, que contaban con varias plantas en las que se distribuían
to da una serie de salas y habitaciones, en el ca so de los que contab an c on unas
dimensiones mayores, e ran prácticamente pequ eñas ciudad es en las q ue podemos
encontrar baños, mezquitas, etc.
33
Debido a las semejanzas entre ambas institucio nes (alhóndigas y alc aic erías) much as
veces son edificios que h an sido confundidos y do nde solo se establece un a diferenciación
clásica en la península ibérica, teniendo como alhóndi ga s un lugar principalmente de
alojamiento y las alc aicerías como zocos d e ob jetos de luj o, vin culado s al mercado
exterior y que en g ran medida mar caba la importa ncia d e la ciud ad e n el ci rcuito
internacional de c ompr aventa. En el caso d el reino na zarí las alcaicerías conocidas, sobre
todo la de Granada, destacan por la calidad de la s eda que allí se vendía. Ambo s tipos de
edificac ion es, sobre todo las alcaicería s, solí an encontrarse en el centro de la ciudad,
cercana s a la mezquita may o r.
Una de las descripciones más acerta das en torno a las alcaicerías proviene del trabajo
realizado por Torres Balb ás
34
. La s describía como e structuras amplias, cuya forma
variaba de una ciudad a otra. Podían ser edificios con un gran patio y pó rticos o galerías
cubiertas alrededor, de u na forma similar a las alhóndigas. En otros casos se distinguían
por se r conjuntos de calles de acceso prohibido cuando las diferentes tiendas cerraba n de
noche. Esto se debía a q ue en su interior se comerciaba con los productos más caros, de
32
Olivia Re mie Constable, Ho using …, op. cit.
33
Richard Ettinghausen y Ole g Grabar, Arte y a rquitectura del Islam 65 0 -1250 . Madrid, 1996, págs. 54 -
60: en las que se hablan de lo s ej emplos d e Qasr al -Hayr Or iental, Qasr al -Hayr occ idental, Qasr Jarana,
etc.
34
Leopoldo Torres Balb as, “A lca icerías”, Al -Ánd alus , nº 14 (19 49), págs. 431 -455
19
lujo
35
.De ambos tipos de e dificios vinculados directamente con el comercio en la ciudad
hablaremos c on d etalle a lo larg o d e la presente tesis.
El siguiente p aso que vemos en esta e volución e s la construcción o aparición de lo que se
ha conocido como m ercado lineal o zoco lar go
36
. De este tipo de zoco tenemo s la primera
noticia en la ciudad de al-W ā si ṭ . En e sta ciudad se constru yó un solo zoco en un a c alle
que iba d esde el alc ázar hasta el puente y en el que cada oficio tení a su lugar. La
posibilidad de ejercer un control fiscal y de of recer espacios de se guridad y protección a
quienes intervienen en los actos de intercambio, se ha plante ado con claridad para dar una
explicación a la tende ncia a re unir e n un mismo e spacio este tipo de actividades e incluso
de agruparlas por oficios o naturaleza de los bien es de comercio
37
. De todos modos parec e
que se establecería una suerte de jerarquización de espacios de mercados, que respondería
a su capacidad p ara aten der distint os ámbitos sociales y económicos y para proyectar se
en esferas de influ encia también diversas
38
.
Estos espacios de mer ca do aparecen tambié n ligados al crecimiento de las ciudades. El
desarrollo urbano muestra su e volución a través de una se rie de elementos: la subdivisión
y fra gmenta ción del parcelario, ocupación de nuevas áreas situadas alrededor de la ciudad
(creando arrabales) así como de antiguos cementerios con nuevas construcciones, la
modificación del trazado y de las dimensiones d e las vías públicas y crecimiento de los
edificios en altura
39
. Este proceso de crecimiento y d ensificación de la ciudad islámica
también pode mos observarlo en algunos espacios comerciale s y artesanales,
ge n eralmente desplazados a la p eriferia conforme creció la necesidad de espacio habitable
en el interior del rec int o urbano
40
. Entre los primeros, el elemento que m ás nos sirve
como índice de estos cambi os son los z ocos extra-muros, los cuales pue den servir de
orige n a un arrabal
41
. En otra s ocasiones pueden ser los propios emire s, califas o sultane s
los que dentro de su política edilicia inciten a la construcción de alhóndi gas, alcaicerías,
35
Ídem, Ibíde m, págs. 432 - 433.
36
Ídem, Ibíde m, pág. 202.
37
Christine Mazzoli -Guintard , Ciuda des … , o p. cit., p ág . 1 07.
38
Adela Fábrega s, “Eco nomic s ources and resources of I slamic Granada (2 nd -9th/8th- 15t h Centuries)” (En
prensa).
39
Julio Navarro Palazón y Pedro Jim énez Castillo, “Algunas reflexiones sobre el urbanismo i slámico”,
Artigrama, nº 22 (2 007), págs. 259 -29 8, espec. 284 - 291.
40
Ídem, Ibíde m, pág. 287.
41
Mikel Epalza, “Espacios y sus f uncio nes en la ciudad árab e”, en Simp osio internacional sob re la ciudad
islámica: p onencias y co municaciones , Zaragoza, 1991, p ágs. 9 -30, espec. 1 3.
20
atarazana s, etc., que f avorecieran y afi anzaran tanto el desarrollo económico como urbano
de la ciudad
42
.
En las principales ciudades, y a fuera por su papel como puertos, capitales de las cor as
(provincias) o como sedes c entrales del poder, tanto e n e l pe riodo del emirato/califato, en
las reinos de t aifas, durante el gobierno de almorávide y almohades, o du rante el reino
nazarí de Grana d a, encontramos, además del zoco junto a la mezquita, o tros pequeños
zocos, espec ializ ados en algún producto, o bien adscritos a áreas determi nad as de la
ciudad o a barrios que da ban solución a las ne cesidades prima ri as de los habitantes de un
barrio. Ad emás de estos zocos contamos con ot ros espacios com erciales en las principales
puertas de las ciudades. Estos zocos solían ser semanales como remin iscencia de los
antiguos zocos rurales, pero también e n contramos el caso de zocos permanentes.
En fin, de este br eve recorrido realizado hasta el momento por los e spacios de mer cado
existentes en el medio urbano anda lusí, que tr ataremos más detenidamente en capítulos
específic os, esperamos que emerja con claridad la imagen de una ciudad completamente
abierta a l inter cambio, prepara d a para ello y en cierto modo organizada para a cogerlo.
La s dimensiones que e stas actividades pudieron as umir dependerían en bue na medida d el
grado de desarrollo económico de una región y un mom ento, de la diversidad de esa
economía y de l a capacidad de incorpo ración progr esiva a corrientes que se irían
desarrolla ndo a lo lar go de los siglos medievales sobre todo en Occidente, que por
supuesto llega rían a invo lucrar t ambién a los espacios islámicos. Uno de los momentos
en que se d etecta un particular dinamismo en este sentido es la época fin al de la historia
de al-Ándalus, el periodo na zarí, e legido precisam ente por eso para intenta r desarrollar la
presente te sis.
42
Adela Fábr egas García, “La vida eco nómica del sultana to nazarí en su vertie nte co mercial”, en Antonio
Malpica, Rafael G. P einado, Adela Fábrega s (eds.), VII I Coloq uio Historio de A ndalucía , Gr anada, 20 10,
págs. 81-10 3, espec. 96.
21
1.3.- El comercio en el reino nazarí de G ranada
Nuestro interés a lo largo de este trabajo se centrará en analizar la presencia de los
espacios de me rcado en las ciudades andalusíes de últim a época, la época nazarí, que
transcurre entre los si glos XIII y XV. Para ello, ante la imposibilidad de an aliz ar bajo este
aspecto todas ellas, ni siquiera las más relevantes, hemos realizado una selección
repre s entativa de los p rincipales tipos de ciudad que pudieron tener un papel relevante e n
el esquema comercial nazarí. Esto que llamamos esquema com ercial nazarí en realidad
alude a un sis tema de inter cambios cada vez mejor conocido, estructurado en diversos
niveles y que consigue conectar las dinámicas de intercambio local, peor co nocidas,
aunque ya sabemos que existentes, con redes de tráfic o internacional
43
; involucra r a un
sector mercantil indígena bien nutrido, aunque, est o es cierto, limi tado a una operatividad
que raramente supera el mercado interior, si bien im prescindible en cualquier tipo de
actuac ión de los mercaderes internacionales
44
; e influir incluso en la reorientación de un
sistema produc tivo que incorporó a sus principios rectore s las dinámicas especulativas
propias de economías de merca do
45
.
43
Es largo ya el elenco de autores que han prestado su atención en may or o men or medida al tema. Por
destacar algunos de los m ás rel evantes trab ajo s, J osé Enriq ue López de C oca, “Málaga, “ colonia” genovesa
(siglos XI V- XV)”, Cuadernos de Estud ios Medievales , nº I (1973), p ágs. 135 -144; Man uel Sánc hez
Martínez, “Mallorquines y genoveses en Al mería durante el primer tercio d el siglo XI V: el p roceso co ntra
Jaume Manfré (1334)”, Miscelánea de Textos Medieva les , nº IV (198 8), p ágs. 103 -16 2; Roser Salicr ú i
Lluch , El sultana to nazarí de Gran ada, Géno va y la Corona de Aragón en el siglo XV , Granada, 20 07,
donde se rec ogen una s erie de trabajo s previos de la au tora dedicados, en tre otros a desgranar las relaciones
comerciales entre el reino naz arí y potencias inter nacionales co mo Géno va y la Coro na de Aragón. Po r su
parte Adela Fábregas ha trab ajado en muchas ocasiones a spectos relativos a las relac iones co m erciale s
internacionales del reino nazarí. Entre sus trabajo s ded icados al te ma se ñalamos, p or destacar las vías de
trabajo principales , lo s siguientes, “Estrategias d e intervenci ón de lo s mercaderes toscanos y genoveses en
el reino nazarí de Gr anada. U na pri m era aproxi m ac ión a travé s de la co rrespondencia Dati ni”, Serta Antiqua
et Medieva lia , 2002, págs. 259 - 304; “ La i ntegración d el rein o nazar í de Granada en el espacio com ercial
europeo”, In vestigaciones de Historia Eco nómica , nº 6 (2006), págs. 1 1 - 40; “Acercamientos y acuerd os
comerciales entre Granada y Venecia al filo de 1400”, Anuario de Estudios Medievales , n º 4 0 (2010), págs.
643 -6 64; “El mercado interio r nazarí: bases y red es de contactos co n el co mercio inter nacional”, Hispa nia ,
LXXVII, nº 25 5 (2017), págs. 69 - 90. Raúl Go nzález Aré valo, “Apuntes p ara una relación c omercial velada.
La República d e Florencia y el Reino d e Granada e n la Baja Ed ad Media”, Investigaciones de Historia
Econó mica , nº 8/2 (2012) , págs. 83 - 93; “Nella ter ra degli infedeli. Reco nocimie nto, identificación y
condiciones de arraigo de las comunidades italianas en el Reino de Granada (siglo XV) ”, Miscelán ea de
Es tudios Árabes y Hebráicos. S ección Árabe e Islam , nº 67 ( 20 18), págs. 119 -137.
44
Adela Fábregas Gar cía , “Colab oradores necesarios. Co merciantes nazaríes y mercader es extranj eros en
el reino nazarí de Granada”, e Human ista , nº 38 (2018), p ágs. 116 -130 ; Idem, “Mercaderes y judíos nazaríes.
Una mirada al mundo de los negocios a finales d e la Eda d Media”, Miscelánea d e Estudios Árab es y
Hebráicos. Sección Hebreo , nº 68 (2019), págs. 33 - 50.
45
J osé Enrique López de Coca, “Granada y la ruta de P oniente: el tráfico de frutos seco s (s iglos XI V- XV)”,
en Antonio Malpica (ed .), Navega ción ma rítima del Mediterráneo al Atlá ntico , Granada, 2001, págs. 149 -
177; A nto nio Malpica Cuello , “El reino de Granada entre el Mediter ráneo y el Atlántico”, en B runo Anatra
y Gio vanni Murgia (a cu ra di), Sardeg na, Spagna e Mediterráneo . Dai Re Catto lici al Seco lo d’Oro R o ma,
2004 , p ágs. 69 -88; Antonio Malp ica Cuello y Adela Fábregas García, «Los genovese s en el reino de
Granada y s u p apel en la estructura económica nazarí » , en Gen ova. Una " p orta" d el Mediterraneo , Cagliari,
22
La tr adición comercial de l a región era ya am plia. Junto a los primeros desarrollos
comerciales y a en el siglo X estudiados re cientemente en I lbī ra y Pechina
46
, sabemos de
la exist encia de espacios comerciales y artesanales asociados en épocas t empranas en
ciudades como Alicante, Denia, V alencia, J aén, S altés o Mertola
47
. A partir del siglo X I
sabemos que Madīna Garnāṭ a asumiría el liderazgo com ercial de la reg ión antes
controlada desde Madīna I lbīra y que cont aría ya con zocos y con un cuerpo mercantil
relevante, según nos cuenta e úl timo r ey zirí Abd Allāh
48
. Es solo un eje mplo de la
dimensión que e stá asu miendo al -Ándalus y a e n e sos momentos como espacio de
comercio, con d erivaciones exteriores y a notabl es, asumidas, s egún la documentación
judía de la Genizá, por centros como Denia, Al mería o Sevilla
49
. Eso por supuesto no
significa que sean los únicos espa cios comerciales. Ya en el siglo X II Idrīsī nos mostra ba
una nutrida red de comunicaciones peninsulares que conectaban pr ácticam ente la
totalidad de al-Ánda lus
50
.
De todos modos los si gnos de una a celeración en las dinámic as de inte rcambio, que
asumen ya una sóli da verti ente internacional, son s obre todo evidentes a partir del s. X III .
El interés de potencias in ternacionales en los mercados andalusíes se h abía ya av anzado
en los intentos de contr ol de algunos pue rtos estratégicos como Almería
51
, puerta de
entrada de todo un espacio económico, según la acertad a definición de Blanca Gari
52
,
había dejado ya alguna evidencia material en l a misma L i guria a finale s del XII o
2005 , págs. 227- 258; Adela Fábregas García. “Las indust rias y lo s mercado s r urales en el reino de
Granada”, en Ger mán Navarro y Concep ción Villa nueva (ed s.), I nd ustrias y mercado s rurales en los reinos
hispánico s (siglos XIII -XV). Monog rafías d e la S ociedad Española d e Estud ios Medieva les , 9 (2017 ), p ágs.
63 -91.
46
Ene ko López Martí nez de Marigorta, Mercaderes, a rtesano s y ulemas. Las ciud ades y la s c oras d e Ilb ira
y Pechin a en época Omeya , Jaén , 2 020.
47
Manuel A cié n Alman sa , “L a f or mación del tej ido urbano en al - Andalus”, en Jean P assini, (co ord.), L a
ciudad medieval: de la casa al tejido u rbano , Cuenca, 200 1, págs. 11 -32, esp ec. 31 - 32.
48
E variste Lévi Pro vencal y Emilio García Gó mez, El siglo XI en 1ª person a. Las " memori as" d e ‘Abd
Allãh, último rey zirí d e Grana da destrona do por los almorávides (109 0) , Mad rid, 1980, págs. 2 83 -284 y
305 - 306.
49
Shelo mo Dov Goitei n , A Med iterranea n society: the jewish communities of the arab worl das portrayed
in the docu ments of the Cairo G en iza , Ber keley, Uni versity o f Cali fornia Press, 1 999. Por su p arte O livia
Remie Constable, recurrió amplia m ente a esto s r egistros p ara realizar su estudio so bre el co mercio andalusí.
Olivia Re mie Constable, Co mercio y comercian tes en la Esp aña musulmana : la reordenación comercial
de la P enínsula Ibérica del 9 00 al 1500 , Barcelona, 199 7.
50
Al - Idrīsī, Los caminos de al- An dalus en el siglo XII, seg ún “Uns al - Muhaŷ wa rawḍ al - furaŷ” ( Sola z de
corazones y prado s de contemplación) , ed . y trad. Jasim Abid Mizal, Madrid, 19 89.
51
Marina Mo ntessano (a cura di), Caffaro. Storia della presa di Almeria e To rtosa (1147 -114 9) , Génova,
2002 . T raducción y notas de Ma rina Montesano.
52
Blanca Gar i, “W hy Al m eria? An islami c po rt in the co mpa ss of Ge noa”, Jo urnal of Medieval History ,
18 (199 2), págs. 211 -231, espec. 22 2.
23
principios de l XIII
53
y fue del todo evidente prácticamente de sd e los primeros momentos
de ex istencia del reino nazarí. Los primeros acuerdos comerciales firmados con una
potencia mediterránea, en este caso Génova, lleg aron pocos años de spués de la
confirmac ión de la consolidación política del reino nazarí y el g rado de detalle que se
contiene en los mi smos muestra un conocimiento previo bastante intenso del territorio
ahora nazarí y a por parte de la potencia li gur. Estos acuerdos encuadr arían a nivel
diplomático unas r elaciones comerciales solidas de ámbito int ernacional, mantenidas
durante los dos si glos y medio de ex istencia del r eino nazarí y que se extenderían t ambién
a otras naciones merca ntiles tan relevantes en e l panorama mediterráneo como los
catalanes, los venecianos e incluso los florentinos. Es la dimensión más brillante del
comercio nazarí, que a su vez supuso el momento más álgido de la historia del comercio
internacional de al-Ándalus.
No podemos detenernos demasiado en la cuestión, pero si que parece dibujarse un
esquema de c omplement ariedad entre a lgunas de las princ ipales ciudades del reino, que
conforman lo que Gari y Salicrú definieron como un triángulo de acción
54
, e n el que la
capital, Gra n ada, constituiría un vértice polí tico y e conómico abier to al Mediter ráneo a
través de bas es de apoyo tan importantes como Málaga, Almuñécar o Almería. Más allá
de eso se d etecta una especie d e reparto de áreas de control, que volcaría el muy activo
puerto mala gueño hacia las nuevas rutas atlánticas a las que se est aba abri endo el
Mediterrá n eo en esos momentos, y qu e la llevaría en re alidad a asumir el liderazgo del
comercio internacional nazarí, mientras que Almería parece ce ntr arse e n e l tráfico
regional con los puertos del norte de África y Co rona de Aragón, p referenteme n te
55
,
aunque por supue sto no ex cluye en ningún momento rutas de más largo alcance.
En realidad esa estructura de comercio internacional que se va construyendo a lo largo de
la historia nazarí, parece sustentarse en un a red d e mercados interiores n azaríes m ucho
53
Alber to Gar cía P orras, La cerámica pro ceden te de la Península I bérica en el Pria màr (Savo na) , A lbisola
XXXIII ( 2000), págs. 189 -20 0.
54
Blanca Gari y Roser Salicr ú, “Las ciudad es del triángulo: Granada, Málaga, Almería, y el co m ercio
mediterráneo de la Ed ad Media”, en Blanca Garí y David A bula fia (co ord.) , En las costas del Mediterrán eo
occiden tal. Las ciudades de la Península Ibérica y d el reino de Mallorca y el comercio mediterráneo en la
Edad Media , Bar celona, 1996, págs. 171 - 211.
55
Enrique Cruselles, “ Jer arquización y e specialización de lo s circuitos mercantiles valencianos (fin ale s del
XIV- primera m i tad del XV)”, An ales de la Universidad de Alicante. Historia Medieva l , 1990 , págs. 83-
109; María Dolores López Pérez, La corona de Aragón y el Magreb en el siglo XIV (1331 - 1410) , Barcelona,
1995; David Igual, “Italia nos e n la frontera marítima nazarí. La ruta d e Valencia a Granada en el siglo XV”,
en Actas d el Congreso «La frontera oriental nazarí como sujeto histórico (s. XIII -X VI)», (Lorca-Vera ,
1994) , A l m ería, 1 997, págs. 467 - 475.
24
más densa, aunque meno s conocida por el mom ento, que pudo contar con bases activas
en áreas f ronterizas, como Íllora; núcleos d e artic ulación local im portantes y situados en
zonas productivas dest acables como Baza o Guadix; o puertos menores, p ero
absolutamente fundamentales en la articulación d el tráfico marítimo local y como bases
de apoyo al tráfic o marítimo internac ional, como Almuñécar, Sal obreña, Vé lez Málag a o
Marbella
56
. Un último nivel de inte rcambio alcanzaba el ámbito rural, real mente poco
co nocido en los detalles de su funcionamiento por el momento, aunque sabemos a travé s
de algunos indicios materiales, procedentes sobre todo del registro cerámico, que las
ciudades n azaríes pudier on llegar a t ener contactos con las comunidades rurales más
ap artadas a través de enclaves d e comercio loc al. Se trataría de pequeños mercados
rurales, qu e se dejan ver excepcionalmente en algunas fuentes o son descritos, también
de manera casi excepcional, por algunos viaje ros
57
. L a presencia y actu ación de los
grandes agentes de l co mercio internacional se multi plica en los mercados centrales
nazaríes, o en las plata formas marítimas, pero no es ajena al nivel intermedio de mercados
regionales, c aso de Gu adix o Berja. En todo caso contarían con una nutrida red de
colaboradores locales, de mercaderes nazaríes, que a ctuarían como interlocutores c on los
extranjeros y proveedores a los mismos de los artículos nazaríes objeto de su interé s, que
son bien conocidos. El aprovisionamiento de seda, frutos secos, azúcares y o tros artículos
podría ultimarse dire ctamente en el territorio, a t ravés d e agentes locales que trabajarían
como contactos nazaríes de las gra nd es compañías de comercio, como la genovesa
Sociedad de la Frut a con los productores locales, o bien se realizarían en la misma ciudad,
en alcaicerías o alhóndi gas, donde adquirirían esos bienes media nte compras o permutas.
Todo ello dinamiza enormemente el pano rama del comercio u rbano de las grandes
ciudades y de aquellas en todo caso reconocidas como mercados de pro yecc i ón
internacional. Pero por supuesto estos movi mientos no sería n los únicos que acogerían
estos espacios. Las ciudades nazaríes muestran y a un teji do comercial
extraordinariamente dinámico. Observa r cómo este evoluciona y organiza el teji do
urbano, las form as que asume y el peso qu e tiene en su conjunto…Entender de qué modo
su composición y estruc tura evidencia los distintos roles que cada una de estas urbes
56
Antonio Mal pica y Adela Fá bregas. “E m bar caderos y puer tos en la Co sta del Reino de Gr anada”, en
Navegació n y puertos en época medieval . Granada, 2012, p ág s. 73 - 107.
57
Adela Fábregas, “El mercado interior …”, art.cit.
31
2.1.- F uent es documentales
El estudio de la configur ación urbana d e las ciudades nazaríes, tanto de los últimos años
como ciudades islámicas, como en los p rimeros tras su conquista, ha recurrido con fuerza
a la documentación cristiana. El principal motivo que se ha argumentado para esta
situación, que se re pite al menos en la Península I bérica en todas aquellas zonas donde
hubo una o cupación isl ámica y posteriormente un a c ristiana, es el diferente protagonismo
que asume el documento como instrumento d e p rueba en un a tra dición (is lámica) y en
otra (cristiana). Mientr as que en la tradición jurídi ca latina el documento adquiere calidad
de prueba en la preserv ación privad a de privile gios, es necesario para establecer un
prece d ente, lo que conlleva la generación de documentos probatorios prácticamente en
cualquier op eración, en la cultura islámica esta capacidad probatoria del docum ento
privado, aún existiendo, es menor. Aquí sobresale de manera mucho más neta la esfera
de lo público
69
. Por tan to, los mecanismos de conservación tradicionales de la
documentación histórica que ello genera no se han activado con fuerza. De ahí que
mientras para la historia medieval cristiana existe un amplio espectro de fuentes
documentales, jurídicas y narrativas, pro cedentes en su may oría de archivos de cue rpos
sociales legalmente constitui dos (iglesias, familia s, ciudades, gremios...), en el mundo
islámico en general y en el reino nazarí en particular hay un volumen de fuentes narrativas
o textuales importante, siempre auspiciadas por el Estado e ideadas pa ra la preservación
exclusiva de éste, mientras que las fuentes documentales de origen priv ado son más
escasa s. Esto, junt o a la destrucción de buena p arte del patrimonio docum ental nazarí en
los momentos inmediata mente posteriores a la conquista, puede ayudarnos a ex plicar el
desequilibrio que también en este ámbito sufrimos en relación a la docum entación nazarí,
tanto en cantidad como en calidad, re sp ecto a la cristiana.
Pese a todo contamos con conjuntos de documentos árabes, en gran parte escrituras de
propiedad que se conservaron en algunos c asos romanceados po r interés de los nuevos
vecinos de la ciudad
70
. Además de este ti po de documentación administrativa, contamo s
69
Pier re Guichard, Al -Andalus f rente a la c onquista cristiana: los musulmanes de Valencia, siglo s XI -XIII ,
Valencia, 200 1, págs. 28 - 29.
70
Citam o s a continuación aquéllos que han sido utilizados en el pr esente artículo: Antonio Malpica Cuello
y Car men T rillo San José, “Los infantes de Gr anada. Doc um entos ár abes ro manceados”, R evista del Cent ro
de Estudio s Histórico s de Gran ada y su Reino, nº 28 (1 99 2), págs. 3 61 - 401 . Luis Sec o de Lucena
Documen tos arábigo-g ranadinos. Madrid , 1961 . Para m ás infor mación acerca de estos docu m e ntos árabes
y/ ro manceado s: Car men B arceló Torres y Ana Labarta G ómez , “Los docu m e ntos ár abes d el reino de
Granada. B ibliografía y perspectivas”, Cuadernos d e La Alh a m br a, nº 2 6 (1990), p ágs. 113 - 120 .
32
también, sobre todo, y en especial pa ra nuestro tema con fuentes andalusíes de la
importancia de los conocidos como tratados de Ḥ isba
71
. Desgraciadamente no
disponemos de ningún tr atado de este tipo de épo ca nazarí, así que los utilizados en esta
ocasión son del sig lo IX
72
, así como de l siglo XI-XII
73
.
Aun así, sobre todo para momentos avanzados de nuestra historia, no podemos dejar de
reconocer que el grueso de la información que conseguimos recopilar procede de
documentación cristiana, generada en momentos inmediatamente post eriores a la
conquista, y que por tanto aún alude c on fuerza a l a realidad ante rior, a la realidad na zarí.
Junto a ellos y debido a todo lo comentado, nuestro estudio d e los espacios comerciales
se basa princ ipalmente e n la documentación que la administración castellana comienza a
realizar a p artir del año 1500.
2.1.1.- Repartimientos
Ya hemos comentado que por regla general el conocimiento de las ciudades nazaríes y
otros núcleos de población nazaríes ha partido de un ejercicio regresivo de análisis a partir
de lo contenido en los L i bros de Repartimiento. Gra nada resulta un caso especial, ante la
conocida inexist encia de este tipo de fuente. S u carencia se ha visto en c ierto modo
suplida con la relac ión de los bienes habices y bienes de la hag u ela, como expli care mos
más adelante , dotaciones fundacionale s e inventarios de bienes de algunas p ersonalidades
de la sociedad conquistadora que se instalar on en la capital. S in embargo en el re sto de
capitales, Baza, Almería, L oja y Almuñécar son conocidos sus repartimientos en su
totalidad objeto de edición e incluso estudio en tesis doctorales. S ólo el repartimiento
bastetano, pese a ver sid o estudiado en los años 80 en la univer sidad de Murcia, no ha
sido aún publicado. En c uanto a Guadix ha pre sentado algún p roblema, y a que lo único
que se conserva del reparti miento accitano es el Libro de Mercedes vincul ado al mismo,
por lo que la información en sí es muy parcial.
71
Pedro Chalm eta Gedrón, El zoco medieval. Contribución al estudio de la histori a del mer cado , Alm ería,
2010 , pág. 35.
72
Yahya b. ‘U mar, Ahka m al-suq, trad. Emilio Gar cía Gómez, “Unas ‘ordenanzas del zo co’ d el siglo IX.
Tr aducción del m á s anti guo a ntecedente d e lo s tratado s an daluces d e ‘hisba’ por un a utor andaluz”, Al -
Ánda lus, II (195 7), págs. 253 - 316.
73
Al -Saqa ṭī al -M ā laqi, Kit āb fī ā d ā b al - ḥ isba (Libro d el bu en go bierno del zoco) , trad . P edro Chalmeta y
Federico Corr iente, Almería, 2014 . Évariste Lévi -Pro vençal y E m ilio García Gómez, Sev illa a co mienzos
del siglo X II. El tratado de Ibn ‘Abdun , Madrid, 1948.
33
Los li bros d e repartimien to efectuados en el si glo XV si guen el modelo establecido por
los prepara dos ya en el sig lo XIII. Los repartimientos son producto de una ne cesidad por
parte de la potenci a crist iana conquistador a de afrontar una repoblación d e los espa cios
recién asimilados de la manera más ord enada posible. Así podríamos resumir la definición
de repartimiento con las palabras de Segura G raiño “es una ocupación sistemática de
todo el territorio, respondiendo a un plan premeditado” .
74
El primer paso a la hora de realiz ar el r epartimiento era conocer el terreno, tanto urbano
como rústico, a repartir. P ara ello se enviaba una c omisión compuesta tanto por cristianos
como por musulmanes, encargada d e medir e inventariar todos los bienes
75
. En relación
a los repartimientos que he mos utilizado, podemos de cir que todos están compuestos por
una seri e de escrituras abreviada s
76
, agrupadas en el caso de Loja por la zona en la que se
encuentran. En estas breves escritura s se m enciona el tipo de bien a repartir (en el caso
urbano: casa, ti enda, horno, molino, etc.), a quie n se otorga el mencionado bien, su
ubicación (barrio o colación en el que se encue ntr a para los casos de Baza, Almuñécar,
etc.) así como sus linde s. En relación a nuestro particular int erés, este registro de los
diferentes bienes nos a yuda a identificar rápidamente todos los mencionados
establecimientos comer ciales y /o artesanales, tales como tiendas, hornos, mol inos entre
los más comunes, pero también espacios más específicos, como son la s carnicerías,
pescaderías, aduana, ata razanas, etc. Para tener un mejor acceso a los mismos se ha
elaborado un a base de datos para cada repartimiento, a partir de l as cuales se han
elaborado los c u adros que acompañan al texto.
2.1.1.1.- Repartimiento de Almuñéc ar
A finales de 1489 se produciría la conquista d e A lmuñécar, in corporándose a la Coron a
castellana e iniciándose así el proceso repoblador d e la ciudad y del territorio
circundante
77
.
74
Cristina Segura Grai ño, La formació n del p ueblo andaluz , Mad rid, 1983 , pág. 73.
75
Íd em , “Los reparti mientos me dievales a ndaluces: Estado de la cuestión”, Anu ario d e estud ios medieva les ,
nº 12 (1982), págs. 625 -640, espec. 6 28.
76
Ídem, Ibíde m, pág. 630.
77
Mª d el Carmen Calero Palacios, El libro de rep artimiento d e Almuñécar. Estudio y Edición , Granada,
2009 , pág. 16.
34
El re partimiento sexitano comenzaría a redactarse el 12 de diciembre de 1491 y no se
finalizaría hasta marzo de 1497. A lo larg o de los 76 folios de los que consta el
mencionado documento, se reparten una s erie de inmuebles dentro de la an tigua medina,
concre t amente 147 ca s as y 32 tiendas, además de 5 cortijos en rio Ve rde y 3 en río Seco,
1 almacén en la calle Real y 2 en la judería, más 1 molino que fue de la mujer de A.
Motarrif
78
. Ade más de e st os bienes ma y oritariame nte urbanos debemos tener en cuenta
que los repobladores reparten una serie de propiedades de carácter rústico que en total
sumaban 177 aranzadas de viñas, 1.376 marjales de ti erras, 95 marjales de huertas y 44
marjales de caña s
79
.
2.1.1.2.- Repartimiento de B aza
La toma de Ba za se produce el 4 de diciembre de 1489. No sería hasta c asi un año después,
en noviembre de 1490 cuando se pregonó el anu ncio del reparto general de tierras entr e
vecinos y repobladores cristianos. C omo bien califica Ladero Quesada, el repartimiento
de Baza “es tal vez de esos documentos id eales con que alguna vez ha soñado todo
investigador”
80
. Entre las peculiaridades de este li bro de repartimiento, ll evado a cabo
por Gonz alo de Cortinas, está el sumario que nos ofrec e al inicio del mi smo
81
. Allí se
recoge n el número y tipo de casas que fueron dist ribuidas
82
. También el número de tiendas
(185), hornos (12), alhón diga (1), tenerías (13 ) de las que nos ocuparemos en este tr abajo.
Por supuesto también se cuentan las tierras de la bor repartidos en 5.750 fanegas para
cultivo de trigo y otras 5.750 faneg as para cultivo de cebada, 1.200 aranzadas de viñedo
y 500 a ranzadas de huertas
83
, que, sin embargo, no son objeto de nuestro interé s.
78
Ídem, Ibíde m, pág. 18.
79
Ídem, Ibíde m, págs. 18-19 .
80
Miguel Ángel Ladero Quesad a, “La repo blación del Reino d e Granada anterior a 1500 ” en Hispan ia , nº
110 (1968), págs. 489 -563, espec. 509.
81
María Eulalia Miralles Lozano, Francisco T ristán García, “La rep oblación de Baza: el reparti miento d e
los Reyes Católicos”, Péndu lo. Pa peles de Bastitania , nº 15 (2014), pág s. 185- 210.
82
Según T orres Delgado la clasificación de las viviendas p or p untos hace r eferencia a la su perficie d e los
mismos. Así las ca sas de cua tro p untos, las más ab undant es de las cuales se r eparten 1 .156, son casas
corrientes; los de tres puntos, d e las que se repar tieron un total de 330, ser ían casas medianas; mientras los
de d os p untos se corresp ondería con vi viendas señoriales de las cuales se repartieron 6 9 inmuebles y p or
último las ca sas de c uatro pu ntos de las que se d istribuyen una do cena serí an aq uellas q ue ocuparo n las
clases más a ltas. Cristóbal Torres Delgado, “La s ci udades andaluzas”, Cu adernos de estudio s med ievales
y ciencia s y técnicas h istoriográficas , nº 12 -13 (1984), págs. 255 -267, espec. 267.
83
Mª Eu lalia Miralle s Lozano, Rep artimiento de Baza . T esis doctoral (inédita), Murcia, 1988, vol. 2, págs .
8- 11.
35
Además de todo esto ha y qu e tener en cuenta los bienes concedidos al Concejo en
concepto d e bienes propi os y a las i glesia s de la ciudad. P ara los prime ros, además d e
varios tributos de moros de las alquerías de Zújar y Caniles
84
, se le concedier on en el
repartimiento 140 cue rpo s de casas y 86 tienda s. Para las segunda s fu eron otorgadas 47
casas, 2 hornos, 18 tiend as, 985 fanegas y 8 c elemi nes de tierra d e labor y 2.880 estadales
de huerta
85
.
2.1.1.3.-Repartimiento de Gua dix
Entre noviembre de 1490 y f ebrero de 1492, Diego L óp ez de A ya la r espaldado por Die go
Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, comienz a a realizar el re partimi ento de e sta
ciudad
86
. Sin embargo a partir del 8 de fe brero López de Ayala e s sustituido p or Gonzalo
de Cortinas, quien había realizado con éxito el repartimiento de Baza. Est e debía poner
cierto orden e intentar arreg l ar el anárquico repartimiento que hasta el momento se estaba
realizando en la ciud ad
87
. Las irregularidades sin e mbarg o continua ron y se a gra varon,
especialmente reflejándose en el alto núme ro de mercedes concedidas que provocaron
que las instrucciones da das previamente por los Reyes Católicos no se respetaran y se
distribuyeran entre los nuevos pobla dores inm uebles reservados para el Patrimonio Real
castellano.
Se encomendó a los corregidores C alderón, de l a ci udad de Gr anada y Correas Ana y a, de
Guadix, la investig ació n de lo ocurrido. El resultado de las pesquisas halló como
culpables a los escribanos responsables del repartimiento (Alonso de las Casas, el Viejo,
y Fernando Sánchez de Zafra), por el abusivo cobro de derechos
88
. Con respecto al
repartimiento, ante lo po co aconsejable de r ealizarlo nuevamente, se enme ndaría en lo
posible el y a elaborado, nombrándose para dicha tarea de don Die go Fernández de I ranzo,
comendador de Villamayor y Montiz ón
89
.
El resultado de este curioso repa rtimiento se re fleja perfec t amente en la escasa
documentación que hemos conservado. Se gún na rra Ladero Quesada, c on anter ioridad a l
84
Miguel Ángel Ladero Quesad a, “La repo blación…” art. cit., pág. 510.
85
Ídem, Ibíde m, págs. 11- 16.
86
Carlos Ase njo Sedano, Guadix … , op. cit., pág. 251.
87
Ídem, Ibíde m, pág. 275.
88
Íd em, Ibídem, pág. 293 .
89
Ídem, Ibíde m, pág. 295.
36
inicio de la Guerra Civil había en Guadix siete legajos que contenían unas mil cien
donaciones de tierra e in muebles como re parto o en merced, sin e mbar go en la actualidad
solo se conservan cuatro de esos legajos, que contienen 529 de las partid as
90
. En estos
legajos podemos observar el proceso del repartimiento, y a que se encuentran
estructurados de la si guiente manera: al inicio del f olio el nombre del poblador que rec ibía
lo que más abajo se concretaba. En l a segunda mitad del folio observam os las tierras e
inmuebles que le correspondía a ese p oblador. D adas las vicisitudes del Repartimiento
podemos encontrar varios frag mentos tachados y, finalmente, uno definitivo
91
.
En nuestro caso creemos identificar esta serie incompleta de le ga jos co n el L ib ro de
Merce d es que se cita en septiembre de 1566, cuando Diego López Pachec o de Benajara
solicitó un traslado d el Repartimiento, que se le hi zo a su persona ante el co ntador, Álvaro
de Be lmonte
92
. Este volumen se encontraba en el Archivo del Cabildo Municipal.
Sin duda el principal pro blema de este repartimiento es el alto número de merce d es que
se concedieron. Si bien en un principio se habían reservado 2.100 fanegas para este fin,
finalmente se distribuyeron 11.617 fanegas y 254 marjale s de tierra de labo r; 15 fane ga s,
301 aranzadas y 3.690 est adales de viñedos; 19 hue rtas enteras, un trozo y 2 aranzadas de
otras huertas; 2,5 aranzadas, 3.683 estadales, 19,5 tahúllas y 27 fanegas de Carmen; 3.299
morales y 19 c astaños; además de nume rosas v iviendas en la c iudad d e las c uales
desconoce mos el núme ros; 47 ti endas, 16 horn os, 9 molinos y medio, una v enta, 5
vecindade s enteras, varias cue vas y corrales, una s inagoga, dos mezquitas, una alhóndiga
y la tor re de Albejarin
93
.
2.1.1.4. Repartimiento de L oja
Loja fue conquistada el 29 de ma y o de 1486. Fechada apenas unos días después, 4 de
junio, se conserva una cédula real en la cual los Re y es Católicos exponían las directrices
por las cuales había de realizarse el repartimiento.
Una de las primeras disposiciones fue proceder a conoce r de manera rig urosa las lindes y
términos, y a que la Corona tenía un especial interés por que los términos cristianos se
90
Miguel Ángel Ladero Quesad a, “La repo blación …” , ar t. cit., pág. 506.
91
http://www.biblioteca virtualdean dalucia.e s/catalogo/e s/consulta/registro.c md?id=10 38981
92
A. R. Ch. Gr., c. 51 62, p. 328 .
93
Miguel Ángel L adero Quesad a, “Mercedes reales en Granada anterio res al año 15 00. Catalogo y
comentario”, Hispa nia , nº 112 (19 69), págs. 355 -424 , espec. 357
37
ajustaran fi elmente a los de la época nazarí. Para ello a la hora de realizar el
amojonamiento no solo contaron co n los ad alides a vencidados en L oj a (D iego de
Alcántara, Diego de Pie drahita, Juan Moreno, P edro V ela y Diego de Priego) sino que
también con la asistencia de anti guos poblad ores (Ali Farxir, Maho mad Alfagir,
Mahomad Talha, Hame te Abulcaçin, Mohoma d Zaid e I sm ail). Posteriormente se
procedió a la medición de las ti erra s, cuyo resultado fue: 1.332 fanegas de tierras de
regadío, 18.692 f anega s de tierras de se cano, 189 aranzadas de viñas y huertas sanas, 110
aranzada s d e viñas y huertas taladas y 4.328 pies de olivar
94
.
Por otra parte, en lo que se refiere a la ciudad, s e rep artieron entre c asas y solar es 465
lotes, de los cua les 419 fueron distribuidos entre i ndividuos que se empadronaron en la
ciudad y 46 formaron parte de las m ercedes repa rtidas. P or barrios la distribución de estas
viviendas quedaría de la siguiente forma: 41 en el barrio de la Alcazaba, 201 en el Jaufín
y 223 en el Ar rabal
95
. A estas vivi endas debemos sumar seis hornos de pan; la ca sa de l
aceituna, la cilla del p an, las casas del agua, tenerí as, pelambres, molinos, tejares y
y es ares
96
.
Por último también debemos tene r en c u enta los diversos inmuebles dados al Concejo en
concepto de bi enes propios: el me son de la plaça de la dicha çibdad e lo s vaños e las
tiendas e el molino del aceite e el m eson de los moros, con el exea e meaja e
almotaçenadgo e medida de aceite e corredurí a de las bestias e los degredos e los
Gaionbares e las Marrojas
97
.
2.1.1.5. Granada
El caso de Granada se compl ica más, porque carecemos de repartimiento. Esta ausencia
procede de la p articularidad de la tom a d e la ciudad mediante acuerdo s uscrito en las
Capitulaciones. En las mi smas se incluía el respeto a bien es y personas de la comunidad
musulmana, que siguió viviendo en la ciudad a excepción de la a ristocracia y la famili a
nazarí, los primeros e n abandonar la ciudad y poste riormente la Península. El
94
Manue l Bar rios Aguilera, “En la Loja de los Repartimientos: Ordenanzas, fuero s, pleitos”, Chronica
nova , nº 12 (1981), págs. 2 3 -65, espec. 25.
95
Ídem, “La pob lación de Loj a a raíz d e su incorporació n al Reino de Castilla (según el p adrón de 1491)”,
Chronica No va , nº 10 (1979), págs. 69 -122 , espec. 73.
96
Ídem, “Loja …”, art. cit., pág. 32 - 34.
97
Antonio Malpica Cuello y T omás Quesada Q uesada, Colección de do cumentos reales del archivo
municipa l de Loja (1488 -15 15) , Granada, 1993 , pág. 63.
38
cumplimiento de lo pactado en las Capitulaciones se mantuvo, con sus más y sus menos,
hasta la revuelta del Albaicín de 1499 y la d e la Alpujarra de 1500. A partir de ese
momento se rompieron definitivamente los acuerdos, comenzando a redactar la may oría
de los documentos que r eordenarían la estructura de la ciudad y de la p ropiedad urbana
en la antigua capital nazarí.
Debemos aclarar que la Corona castellana desde el primer m omento quiso conocer parte
del patrimonio exist ente en la ciudad, concretamente el perteneciente a l a familia real
nazarí, conclu y endo que la elite castellana qu e ya se había asentado en la ciudad se había
hecho con p arte de dich o patrimonio de forma i rreg ular, tal y como ha estudiado el
profesor Peina do Sant aella
98
.
Por todo ello, a la hora de conformar nuestro c onocim iento de la ciudad en los momentos
inmediatamente posteriores a su conquista, nos ve mos a obligados a utilizar otros recursos
informativos y documentales : los re gistros d e bien es habices, libros de la hagüela, bienes
de propios…pueden ser útiles en sustitución del inex istente repartimiento, a los que
podemos añadir las Actas del Cabildo, Ordenanzas y P rotocolos notariales. Algunas de
estas fuentes son de claro origen isl ámico, como los bienes habices. Un conjunto de bienes
tanto urbanos como rústicos, que er an don ados de manera libr e por cada individuo, si bien
debían espe cificar su finalidad, que por recomend ación había d e ser siempre piadosa a sí
como perpetua. Estos bienes podían s er destinados a diferentes instituciones cu y as re nt as
procura b an el sostenimiento económico de las mismas. Tras la conquista estos bienes
fueron repartidos entre l as iglesias que se fundaron, la corona cristiana y el Cabildo
granadino.
2.1.2.- Renta de la hagüela
2.1.2.1.- El origen de la renta de la hagüela: el termino ḥawāla .
Más allá del lege nd ario origen recogido en fuentes del Archivo Vaticano y citadas en su
momento por Carande, que lo vinculaba al patrimonio d e cierta reina m ora anciana
99
,
98
Rafael G. Peinado Santae lla, “ El p atrimonio real nazarí y l a exquisitez defraudatoria de l os principales
castellanos”, Medievo h ispano: estudio s in memorian del Prof. Derek W. Lomax , 19 95, p ág s. 29 7 - 318.
99
Ramón Carande T hovar, Carlos V y sus banquero s , B arcelona, 198 7, pág. 363.
39
otros traba jos que t ambién han tratado el t ema relac ionan este término más con una
castellanización de la vo z árabe ḥawāla .
Se trata d e una voz re lati va a las finanzas islámicas, que hace re ferencia principalmente a
la subrogación o transferencia de crédito. S abemos que se trata de un término complejo.
En la subro ga ción inter viene tres sujetos: acreedor delegante, acreedor dele ga tario y
deudor delegado.
Entre el deudor delegado y el acreedor dele ga nt e existe una deuda, y entre el acreedor
delegante y el acreedor d elegatar io un crédito delegado. Para que s e efectúe el pago de
ambos (deuda y c rédito) entre los tr es prota gonistas, el acreedor dele gante (que es
acreedor y deudor al mismo tiempo) transfiere el pag o de su deuda al de u dor de legado.
De tal manera que este abona su deuda al acreedor deleg atario
100
.
Generalmente el a creedor delegante y el deudor delegado podemos ident ificarlos con
comerciantes que realizan sus transa cciones, como observamos en el siguiente ejemplo:
Quid de la ḥawāla ( délégation de créanse) sur les changeurs -banquiers
qui détiennent des actes et Font d’usure? Les marchands de lin, de coton, d’ huile,
les bouchers, les c éréaliers et autres versent l’argent qu’ils réalisent en dír hams
aux changeurs-banquiers qui, en échange, re connaissent par écrit leur devoi r des
dinars. Ces marchands paient leurs achats qu’ils Font aux commerçants au moyen
des créances en dinars q u’ils ont sur les banquiers. Certains de ces fourni sseurs
craignent de ne pas percevoir en or la contr e-valeur des marchandises cédées. Or
la plupart d’entre eux sont pauvres; le droit de chacun est faiblement défendu chez
nous et ils sont sans défense.
Réponse. Les biens que possèdent les banquiers sont les fruits de l’usure
et à ce titre doivent ètre dévolus aux pauvres et utilisés dans leur intérêt; il y a
divergence sur le point de savoir si l’on pe ut trait er avec eux.
Réponse d’Abu l -Farag. On ne peut proceder à la ḥa wāla sur les
banquiers et l’Imam doit faire cesser ces pratiques
101
.
100
Pedro Cano Ávila, “Sobre la subrogación d e créd ito ( ḥ aw ā la) en Córd oba y Granad a (si glos X y XIV
J.C.)”, en Homena je al profesor Jacin to Bosch Vilá , Granada, 1991, p ágs. 481-49 6, espec. 48 2 -483.
101
Vincent Lagardèr e, Histoire et société en occid ent mus ulma n au Moyen Age : analyse du MiʻYār dʼal -
Wanšarīsī , Madrid, 1995, pág. 128
40
Precisamente en este ejempl o observamos cómo el acreedor delegatario, es decir, en el
que se transfi ere o subro ga la deuda, suele identificarse en la ma yoría de las ocasiones
con banqueros o cambistas. Sin embarg o en al gunas ocasiones podrían transferir s e a
alguna fundación piadosa o a una ofic ina d el gobierno
102
:
Al -Tunisi a été int errogé sur la question. Le Kairo uanais a adressé à son
parent par Alliance à G afsa une instruction disant: “Un Tel te donnera de ma
part le montant du harag dont je suis redev able”, puis il lui d onne délé gation de
créanse sur un tiers. Le parent perçoit 2 dinars de ce dernier et complète la
paiement du harag. Le propriétaire part en Pèleriinage au c ours duquel il meurt.
Le Débiteur délégué r éclame ses deux dinars au créancier délégataire.
Réponse d’al - Tunisi. Si en payant le harag il a empêché l’”usurpateur”
de vendre la propriété et le Sult an de s’en emparer, il doit avoir le pas sur les
autres créanciers
103
Para que esta actividad sea legal es necesario el consentimi ento y/o aprobación de todas
las partes
104
.
En menor medida este término también hacía referencia al mandato de p ago, que pr etende
facilitar el saldo de una deuda mediante la int ervención de un tercero
105
. Prec isamente
este último significado es en el que nos c entraremos en nuestros li bros. En el ámbito fiscal
islámico, se aplicaba a l a orden d ada por un g obernante sobre cu alquier tipo de con cesión
(“ muqata‘a ”), en l a ciudad o en el campo, p ara que sus beneficios fueran pagados en
metálico a terceros
106
.
Aunque cab e la posi bilidad de que la e timología del termino árabe degenerara tanto a lo
larg o del tiempo que en l os últimos años de l sig lo XV apenas g uardara re lación con estos
primeros conceptos, en n uestro caso y partiendo d e e sta segunda definición plante amos
la posibilidad que el no mbre de esta renta qu e tratamos, la hagüela, consti tuyera una
102
Sh elo mo Dov Goitei n, A Mediterranean Society. The Jewish Communities of the World as Portraye d in
the Docu ments of th e Cairo Geniza , Berkeley, 1999 , págs. 241 - 242.
103
Vincent Lagard ère, Histoire e t société … , op . cit., p ág. 432
104
Pedro Cano Ávila, “Sobre la subro gación…”, art. cit., pág. 483.
105
Ídem, Ibíde m, pág. 482.
106
Soha Abbo ud- Haggar, “Prece dentes andal usíes en la fiscalid ad d e las co m unidad es mudé jares”, En La
España Medieva l, nº 31 (2008), p ágs. 475 -511, espec . 494.
47
2.1.4. I nv entarios de bienes y dotaciones fundacio nales
Por últ imo, en este conjunto de bienes que suplen la c arencia de repartimi ento debemos
añadir por un a parte l as dotaciones funda cionales (Monasterio de San Jerónimo y Hospital
Real) y po r otra los inventarios de bienes. En lo que se refiere a los prime ros se trata de
dotaciones económicas p ara facilitar el estable cimiento de las órdenes religiosas. Un claro
ejemplo es el monasteri o de San J erónimo. Tam bién contamos con dota ciones para la
creación de instituciones con un fin piadoso y de agradecimiento a Dios por la victoria,
como el Hospital Real. En el caso de l primero, la dotación fundacional estuvo formada
por varias rentas: una qu e englobaba cuarenta y s iete tiendas, el ho rno de Guimi en, la
huerta de Xarifa, las tierras del Quempe, unos prados en la sierra…
136
. El segundo
también estuvo dotado inicialmente con varias rentas entre las que s e encontraban la
caridad impuesta a I sabel Rebollo, viuda del corre gidor Andrés Calderón, que a su muerte
debía entre ga r todos sus bienes a dicho hospital
137
. Esto se debió al sutil estilo con el que
su marido se hizo con el patrimonio de ambos e n l a capital granadina.
Los inventarios de bienes son documentos en los que se recogen los bienes muebles e
inmuebles de una determinada persona para conocer ex actamente cuál era su patrimonio.
En nuestro caso contamo s con dos perteneciente a dos figuras principales tra s la conquista
en la ciudad de Granada: Andrés Cald erón, correg idor, y Hernando de Zafra, secretario
real. Sobr e el primero aclarar que di cho inventa rio se realiza para conocer ex actame nte
que pose e con el fin de que posteriormente pasa ra a formar parte de la dotación
fundacional de l Hospital Real, como líneas más arriba se acaba de comentar
138
.
2.1.5.- Fuentes municipales.
Junto a todos estos documentos que hemos a nalizado en los apartados anteriore s
contamos con dos conjuntos de documentos que nos han a y ud ado a entender la evolución
136
Rafael Mar ín López, “La d otación fundacional del Monasterio de San J eróni m o de Granada”, en
Francisco Javier Ca mpos y F ernández de Sevilla, Monjes y mon asterios españ oles: acta s d el simposium
(1/5- IX -1995 ), Sevilla, 199 5, págs. 111 - 136.
137
Mª José Osorio Pér ez y Ra fael G. Peinad o Santaella, La d otación ec onómica y el pa trimonio inmueble
del Hospital Real de Granada: estudio del privilegio fundacional de 1504 y del apeo de 15 30 , Granad a,
2014.
138
Rafael G. Peinado Santaella , “Una propied ad latifundista en el reino de Granada: la hacienda del
corregido r Andrés Calderón ( 1492 - 1500)”, Ch ronica Nova , nº 22 (1995), págs. 30 3 -355.
48
y modi ficaciones qu e se producen en el ámbito urbano en lo referente a los espacios
comerciales y arte s anales.
Nuestro interé s se diri gió hacia la documenta ción municipal y not arial conservada p ara
cada una de estas ciudad es. Ambos ti pos de documenta ción ha sido ex traída de archivos
municipales: Archivo Histórico Muni cipal de Alm uñécar (A.H.M.Al.); Archivo Histórico
Municipal de Baza (A.H.M.B.); Archivo Histórico Municipal de Gr anada (A.H.M.Gr.);
Archivo Histórico Municipal de Loja (A.H.M.L.). N otariales: Ar chivo Histórico de
Protocolos Notariales de Granada (A.H.P.N.Gr.) y Archivo Municipal Históric o de
Protocolos Notaria les de Guadix (A.M.H.P.N.G.). P rovinciales: Arc hi vo Histórico
Provincial de Granada (A.H.P.Gr.). Archivo de la Re al Chancillería de Granad a
(A.R.Ch.Gr.), Ar chivo del Patronato de la Alhambra y el Generalife ( A.P.A.G.), pero
también se ha visto compleme ntado por los resultados obtenidos en las bre ves búsquedas
que rea liz amos en el Archivo Genera l d e Simancas (A.G.S.).
La información es mu y desigual, d ependiendo d e la ciudad. Para el caso de Granada y
Baza, por ejemplo, la canti dad de documenta ción hallada ha sido muy imp ortante. En la
capital granadina la doc umentación municipal c onstituida principalmente por las Actas
de C abildo, Ordenanzas y Libros de Censos de P ropios es ya de gran riqueza, con
abundante informa ción relativa a las modific aciones que sufrieron algunos espacios
públicos, como las plazas, y po r otro lado se encuentra un importante volumen de
documentación notarial. El ejemplo de Ba za es mu y similar al granadino con, por una
parte la documentación municipal que se suma al consabido Repartimiento, con las
Ordenanzas, Ac tas de Cabildo, así como los menci onados libros de Censos de Propios y ,
por otro lado, la documentación notar ial. En el ex tremo opuesto a estas do s ciudades se
encuentra Almuñécar, do nde más allá de un volumen de las Actas de Cabildo de mediados
del s. XVI y un a es critura de v enta hallada en e l Archivo de l a Alhamb ra, no hemos
hallado más documentación relativa a este enclave urbano. Entr e ambos extremos se
encuentran Gua dix , Loja y Almería. Tanto la capit al accita n a como la almeriense apenas
han conservado documentación municipal, por lo que nuestra principal fuente lo
constituye la do cumentación notarial.
2.1.5.1.- Actas de cabildo
49
A excepción del caso accitano, donde no se conservan, se han consultado las Actas de
Cabildo de Almuñécar, Baza, Granada y Loja. Si bien en el caso del primer municipio las
primeras actas que se conservan son de mediados del s. XVI
139
, en el resto de localidades ,
sí que se han podido estudiar libros referentes tant o a los últ imos años del s. XV, como
es el caso de la capital granadina
140
y de la bastetana
141
, y del primer te rcio del sig lo
XVI
142
.
Este tipo de documentación es es encial p ara cono cer el funcionamiento y conformación
de los cabildos, tanto en estos momentos posteriore s a la conquista, donde las
transformaciones urb anas eran continuas y necesitaba n d e la ap robación de este
organismo, como a lo largo de tod a la Edad Moderna.
La s actas r ecogen todas l as decisiones tomadas en las diferentes r euniones d e los cabildos
municipales. En nuestro caso cobran espec ial interés todas aquellas refere n cias, no solo a
transformaciones urbanas que afectaran a los establecimientos comerciales y/o
artesanales, dentro de las cuales destaca la ampliación de plazas o calles, sino también
todo lo referente a l a administración de determinados inm uebles que pertenec ían a los
bienes propios (ca rnicerías, pescaderías, tiendas e n general, arrendamiento, censos,
arreg lo d e desperfectos, etc.)
2.1.5.2.- Ordenanzas
Conservadas en Baza, Granada y Loja, las ordena nzas muni cipales regulaban diferentes
aspectos polí ticos-administrativos, socioeconómicos y religioso-culturales de cada un a de
las ciudades. De cada una de ellas s e conserva un co mpendio de mediados de si glo que
recoge todas las ordenanzas que se habían ido realizando (en alg un os casos con
numerosas modificaciones) de sde la conquista hasta la publicación en su conjunt o.
139
Mª del Car men Calero P alacios, Ciudad , memo ria y escritura: los libros de a ctas ca pitulare s del Cab ildo
de Almuñ écar (1552 -1582) , Granada, 2 010.
140
Mª Amparo Mo reno T rujillo, La memoria de la ciu dad: el p rimer libro de actas d el Cabildo de Granada
(1497-15 02) , Granada, 2 005.
141
Archivo Histór ico de la Diputación de Granada, actas de ca bildo d e Baza 1492 -1495.
142
Baza: A. H. M. B., ac tas ca bild o 1507 -15 08; actas cabildo 1 518 -1522; actas cab ildo 1522 -1525 ; actas
cabildo 1526-15 30.
Granada: María Do lores Guerrero Lafuente, La memoria de l a ciud ad: el segundo libro de actas d el cabildo
de Granada (1512 -1516) , Granada, 2007. Rosario Jiménez Vela, Índices de los libros de cabildo del
Archivo Municipal de Granada : 1 518 /1566 , Granada, 1987 . A. H. M. Gr. , L.000 03 libro s de actas
capitulares 1 516 -1518 ; L.00004 libr os d e ac tas cap itulares 15 18 -1522. Loja: A. H. M. L., lib ro de cabildo
(1503-15 07), libro de ca bildo (1512 -1517 ); libro de cabildo (1517 -152 7); libro d e cabildo (1527 -1536).
50
En nuestro interés destac a la regulación detallada tanto de as pectos r elacionados con las
transacciones comerciales, como puede ser el hora rio de apertura de los establecimientos,
así como una estri cta r egulación de todas las actividades artesanales, espe cialmente de
aquellas conside r adas como “sucias”.
La s ordenanzas de Granada fueron impresas en 1552 y vueltas a imprimir en 1670,
versión que fue publicada en una e di ción facsímil en el año 2000 con un prólogo de Juan
Antonio Ne vot, y es la ut iliz ada en este trabajo, aunque a ctualmente también se conserva
en el Arc hivo Histórico Municipal de Gra n ada.
En el caso de Ba za, se tr ata de un libro fechado en 1533 donde se recogen 171 ordenanzas,
a lo largo de los 40 folios que lo componen. Actualmente se encue ntr a en el Archivo de
la Diputación de Granada, junto a las primeras Actas de Cabildo de esta ciudad, son los
dos únicos documentos que no se encuentran en el Archivo Municipal perti nente sino en
esta institución.
La s Ord enanzas de Loja fueron editadas en 1981 por Francisco Ra mos B ossini.
Conservadas en un traslado de 159 0, el documento original tenía fecha de octubre de
1503, c onvirtiéndose por tanto en uno de los primeros documentos sobre este aspec to, y a
que los anter iores ejemplos aquí analizados si bien contienen ordenanzas f echa d as en los
primeros años posteriores a la conquista, lo cierto es que las recopilaciones consultadas
fueron realizadas a mediados de siglo, como ya hemos señalado anteriormente. Este
documento se enc u entra dividido en 10 libros y cada uno de ellos cuenta entre 14 y 58
ordenanzas, alguna s d e las cuales a su vez se encuentra subdividida en varios puntos.
2.1.5.3.- Libros de Censos de Propios
Un último conjunto de documentos son los denominados como libros de censos de
propios. Se trata en el caso granadino de libros de control en los que el Ca bi ldo re cogía
ordenada m ente los expediente s sobre el acensuamiento de biene s inmuebles de propios
de la ciudad en cuestión. Estos expedientes están formados por la pu esta en almoneda
pública del inmueble, con varios pr egones y difer entes post uras obt enidas d el mismo, el
remate, fina liz ando con la c arta de constitución del censo. Comentamos la pa rticularidad
de que estos li bros deberían encontrarse en el Archivo Histórico Municipal. Por algún
motivo que desconocemos, posiblemente relacionado con el c ruce de res ponsabilidades
51
entre los escriba nos públicos de la ciudad y los del Cabildo, estos se hallan en e l Archivo
Histórico de Protocolos de Gr anada
143
.
En el ejemplo bastetano estos li bros solo recogen las cartas d e constitución de censo del
bien inmueble. S e conservan dos libros en el Archivo Histórico Muni cipal de Baza, bajo
la denominación el primero de “Libro de censo de 1523 - 1524”, cuando inclu ye
documentos fe chados entre 1521 y 1639, mientras que el segundo se titula “Rentas y
Censos de Propios 1533- 1568”.
En e l caso de L oja (A .H.M. L .), estos libros están organizados por años y recogen el pag o
de los censos de cada uno de los inmuebles que for maban pa rte de los propios de la ciudad
(el alhóndiga, 15 tiendas, dos bodegone s, 5 tienda s , más las 7 t iendas que en un principio
habían sido dadas a Rodrigo de Peralta, ma yordomía del campo, dehesa de Tajara,
corre du ría, boca de Turca y Riofrío, peso de la h arina, almotecenazgo, renta del jabón,
olivar de Santo Doming o y los tejares)
En lo que se refiere a los biene s propios, una primera definición acerca de lo que son y la
utilidad de estos sería la dada por Lade ro Quesada, que explicaba que eran los ingre sos
producidos por los bien es raíces del concejo
144
. Álvarez de Cienfue gos en su ya clásico
trabajo introductorio sob re las haciendas municip ales most raba la evolución que estos
bienes sufrieron desde l os primeros tiempos de la Edad Media, cuando comenzaron a
forjarse los primeros municipios. Para entonces estos bien es eran principalmente
comunales, mi entras qu e en los b ienes que obtu vieron los Concejos y C abildos de la
última conquista castellana, el reino n azarí, la administ ración local e stabl ecida permití a
identificar algunos rasgos que pervivían procedentes de la organización musulmana “en
algunas concesiones que se hac en en la ciudad para sus propios”, lo que indica que la
mayoría de estos bienes serían indi viduales
145
. Sin embargo, esto no quiere decir qu e en
los bienes propios de los diferentes municipios y ciudades de l reino nazarí no disfrutaran
de bienes comunale s, pero estos ocuparía n un espacio menor en el c onjunto de la
Hacienda municipal.
143
Mª Amparo Moreno Truj illo, Juan Mª de la Ob ra Sierra, Mª José Osorio Pér ez, Los libro s … , op. cit. ,
págs. 25- 26.
144
Miguel Ángel Ladero Quesada, La Hacien da Real d e Castilla, 13 69 -1504 , Madr id, 2009.
145
Isabel Álv arez de Cienfuegos, “Notas para el estudio de la formación de las Haciendas municipales”,
Homena je a Don Ra mon Carande , Madrid, 1963, págs. 3 - 19.
52
Para la comprensión del significado, im portancia y utilidad de estos bienes recurriremos
como base para nue stro tr abajo a dos a rtículos del profe sor Peinado Santaella, e l seg u ndo
compartiendo autoría con Galán Sánchez, en los cuales se analizan a la perfección la
gé n esis de l a hacienda municipal granadina, y p or tanto de sus bienes pr opios. Ambos
autores defienden que dicha hacienda está formad a antes de la llamada Carta Consti tutiva
del Ay unt amiento de Granada de 1500
146
.
En el caso p articular de la urbe granadina los bienes propios estaba n for mados por un
conjunto de rentas entre las que se encontraban la c uarta parte de la hagüela, la propiedad
de todas las alhóndig as para que pudiera n ser arrenda das, la facultad de hacer y poner
carnicerías y p escaderías con facultad para arrendarlas, así como las rentas provenientes
de los bienes habices, cu y o destino era el mantenimiento de los castillos fronteros, la
madraza y el ma ntenimie nto de aljibes, caminos, puentes, alcantarillas y poz os.
2.1.6.- Fuentes notariales
Dentro de las fuentes no tariales distinguiremos por una parte las escrituras árabes y /o
romances y por otro lado las escritura s castellanas.
En cuanto a las primeras may orita riamente estos documentos son escrituras de propie d ad
de particulares, delimitación de li ndes entre concejos municipales, cesión de privilegios
por parte de los re ye s n azaríes a ciertos municipios o bien testamentos m encionando la
propiedad de determina dos inmuebles. Se encuentran insert as o fo rman parte d e las
pruebas que se aport an en pleitos entre particulares por la propiedad de biene s inmuebles,
relativos al re parto de aguas o jurisdiccionales entre los nuevos con cejos fo rmados tras la
conquista.
Es te grupo se enc u entra nutrido especialmente po r las escrituras tr aducidas por Seco d e
Lucena así como una am plia bibliog rafía que en l os últimos años ha dado a conocer un
amplio número de es crituras árabes romanceadas
147
. E incluso se ha localizado al gú n
146
Ángel Galán Sá nchez, Rafae l G. P einado Santaella, “De la madina musulmana al co ncejo mudéjar :
fiscalidad regia y fiscalidad c oncej il en la ci udad d e Granad a tras la conquista ca stella na”, en Manuel
Sánchez Mar tínez, De nis Menjo t (coo rd.), F iscalidad de Estado y fiscalida d mu nicipal en l o s rein os
hispánico s medieva les , Madrid, 2 006, págs. 197 - 238.
147
Carmen B arceló T orres y Ana Labar ta Gó mez , “Los docu mentos…”, art. cit. Luis Se co d e Lucena
Documen tos … , op. cit. A lb erto Martín Q uirantes, “Nuevas ap ortaciones …”, art. cit. Emilio Molina Lópe z,
Mª del Carm e n J iménez Mat a, “Documentos árabes y el patri m onio real nazarí”, en Nuria Martínez d e
Castilla (ed.), Docu mentos y Man uscritos Árabes Del Occi dente Musulmán Medieval, Madrid, 2002, págs.
53
documento desconocido hasta el momento, procedente del Archivo Histórico de la Real
Chancillería de G ranada (A. H. R .Ch. Gr.).
En lo que respecta a l a do cumentación nota rial cristiana, g ran parte de la misma proviene
del Archivo Hist órico de P rotocolos Notar iales de Gr anada (donde se encuentra los
pertenecientes a la capital y a Baza), a ex cepción del caso de Guadix, cuyos protocolos
se guardan en el Archivo Municipal e Hist órico d e Protocolos Notariales d e Guadix (A.
M. H. P. N. G.). En e l caso de la capital granadina se han consultado los libros referentes
a los años entre 1505 -1530. En el caso de los p rimeros años fue d e gran a y ud a el catálogo
elaborado por J uan de la Obra
148
, agilizando la con sulta de los primeros volúmenes, a
pesar de lo cual se han debido de consultar directamente un total de 15 volúmenes
149
. Par a
Baza contamos con el cat álogo que e laboró Cre spo Muñoz pa ra los primeros años (1510 -
1519), referente por t anto a los primeros 7 libros que se cons ervan en este archivo
150
. A
ellos de bemos añadir los siete siguientes, ll egando hasta el año 1532
151
. Guadix, por su
parte, pese a ser l a ciud ad que cons erva los protocolos notariales más antiguos de las urbes
consultadas, solo siete se circunscriben al momento de nuestra investigación (entre 1496
y 1530). Al contrario qu e en el resto de documentación notarial, donde predomina la
transacción de compraventa, alquiler o censo de los establecimientos comerciales y
artesanales, nuestra búsq ueda en Guadix ha dado c omo resultado un importante c onjunto
de obligaciones d e pa go entre mercaderes, quedando constancia de numerosas
transacciones de las que posteriormente nos haremos eco y analizaremos. Por último
Almería, cuyos protocolos se han conserva do desde 1519 (los más tardíos de los
consultados), ha ofrecido un total de doce volúmenes fechados entre 1519 y 1529 que han
sido consultados.
225 - 247. A ntonio Malp ica Cuello, “Acerca de la j udería de Granad a en nuevos do cumentos árabes
romanceados”, en Antonio Luis Cortés Peña, Miguel Luis López, Guadalupe Muñoz y Fra ncisco Sánchez -
Montes, Estud ios en ho menaje al p rofesor Jo sé Szmolka Clares , Granad a, 2 005, págs. 1 17 -141, espec. 122-
123. María Dolo res Rodríguez Gómez, “ Docu mentos notaria les árabes sobre almacerías (mediado s s. XV -
1499). Edición y traducción”, Revista del Centro de Estud ios Históricos de Granada y s u Reino, nº 19
(2007), págs. 313 - 354. Ahm a d Damaj y Jo sé An ton io García Lu ján, Docu mento s á rabes granad inos d el
Archivo d el Marqués d e Corvera (1399 -1495). Edición y estudio , Huéscar, 2 012.
148
Juan Mª de la Ob ra Sierra, Catálog o de protoco los no tariales: Gran ada 1505 -1515 , Tesis do ctoral
(inédita), Granad a, 198 6.
149
Amalia García Pedraza, In ve ntario de protocolos notariales: Grana da, siglo XVI , Granada, 2008, págs.
23 - 25.
150
Francisco J. Crespo Muñ oz, El n otariado de Baza (Granada) a comien zos de la Edad Mo derna. Estudio
y catálo go de los p rotocolos notariales (1510 -1519) , T esis doctoral ( inédita), Granada, 2007.
151
A.P.N.Gr., Escrib anía d e Diego d e Ah edo , prot. 8 (1520), prot. 9 (1520), prot. 10 (1521), prot. 11 ( 1523),
prot. 12 (1525); Escribanía d e Juan de Ahedo, pr ot. 13 (1526 -15 27), pro t. 14 (1532).
54
De todos modos, al igual que o curría con la p rocedencia de al guna s de las es crituras
romanceadas, un a pequeña propor ción de las escrituras nota riales utilizadas también
proviene de pleit os conservados en la Chanciller ía. Ma y oritariamente si agrupamos las
diversas es crituras por tip ología documental, p redominan las es crituras d e arrendamiento,
y en menor medida de constitución de censo así como de compraventa. Por último en
menor medida también hemos encontrado útiles ciertas donaciones, dotes o
testamentos…
Con toda esta información, tanto municipal como notarial, se han realizado los difere ntes
cuadros qu e encontramos en el an exo. S in duda el ejemplo de G ranada ha sido el más
complejo de reflejar . En el resto de ciudades se ha hecho un cuadro con el repartimiento
y otro con la doc ument ación notarial, mientras que en el ejemplo de Granada, al contar
con una mayor diversidad documental (habices, h agüela, inventarios, etc.) se ha optado
por hacer varios cuadros de un a misma z ona. Así, por ejemplo, de la calle Zacatín,
principal calle comercial /artesanal de la ciudad, h emos preparado tres cuadros A), B) y
C). El primero se corresponde con los datos extraídos de los documentos que durante
nuestro proceso de investigación hemos denomina do como de primer momento o primera
época y son todos aquellos apeos, registros, i nventarios de inmuebles realizados
principalmente durante la primera déca d a del s. XVI.
Los c uadros señalados con la B) se corr esponden con un grupo simil ar de doc umentos,
pero realiz ados a finales de la década de los veinte o en la década de los treinta del s. XVI.
Por últim o los cuadros con una C) son aquellos que recogen toda la documentación de
carácter notarial. Este forma de clasific ación y trabajo nos ha permitido observar la
evolución de una zona, prestando atención a similitudes y continuidades pero también
cambios de denominac ió n de una calle o área , mo dificación de los establecimientos, etc.
55
2.2.- F uent es arqueológicas
Uno de los principales p roblemas con el que nos enfrentamos a la hora d e trabajar con
fuentes arqueológicas especialmente en lo rel ativo a las áreas urbanas, es la fragmentación
de la información ofr ecida por las dife rentes actuaciones realiz adas. Se trata de una d e las
consecue n cias del sistema im plantado tras la cesión por parte del Estado español a las
comunidades autónomas de las compete ncias relativas al Patrimonio hist órico en 1985.
El denominado “modelo andaluz de arqueología” se basaba en la continu ación de las
subvenciones a los equipos universitarios que hasta entonce s las habían recibido del
Ministerio de Cultura, lo que creó una suerte de dicotomía entre un conjunto de
actividades cuya principa l motivación era la investigación científica, frente a un creciente
número de actuaciones y actividades arque oló gicas denominad as “de ur gencia” o
“preve ntivas ”, cu yo objetivo era registrar cu alquier evidencia arqueoló gica existente
antes de su destrucción
152
. Esta era al menos la teor í a.
En la práctica la realidad ha sido otra . L a arqueología preventiva se ha convertido en las
capitales andaluzas en una prá ctica obligada que se ha traducido en un aumento continuo
del número de ac tividad es llevadas a cabo ca d a año, primero po rque la a dministración
andaluza ha mantenido la obliga toriedad de este tipo de intervenciones (las preventivas),
fomentando también la creación d e cartas de riesgo como la de Guadix
153
. En segundo
lugar, s e ha venido im putando el coste de estas int ervenciones al promotor de la obra en
cuestión. Todo ello h a genera do el crecimiento de un nutrido cuerpo de profesionales d e
la arqueología que sin embarg o, desgraciadamente, no siempre se ha visto acompañado
por el paralelo aumento de conocimiento científi co vinculado a estas actuaciones, o al
menos la publicación de sus resultados.
El hecho de que las actividades preventivas pasen a formar parte de los coste s de las obras
ha tenido como consecuencia la renuncia a un programa científico exige nt e en favor de
la realización de un trámite de manera rápid a y ligera que fuera fácilmente asumible por
los promotores urbanísticos
154
. Eso unido a que la ciudad no se ha considerado como un
152
Ignacio Rodríguez T e miñ o, “Arqueología e investigación del urbanismo islámico en las ciudad es
andaluzas: balance d e veinte años de gestión”, Ar qu eología y territorio medieva l , nº 13 -2 ( 2006, págs. 157 -
173, espec. 158.
153
Inmaculada Raya P raena, Ant onio B urgos Juárez, Ignacio Fernández -Aragón Sánc hez, Ra fael Lizcano
Prestel, Cristób al Pérez Bareas, Carta A rqueológ ica municipa l de Guad ix . Sevilla, 2003.
154
E sto ta mbién ha provocad o que d ebido a que el promotor solo d ebe pagar la intervenció n arqueoló gica
que afecta a la ob ra, muchos s olares hayan pe rdid o la oportun idad d e ofrecernos alg una i nformación. Me
explico mejor con u n ejemplo. Calle Zacat ín, Grana da, en nuestra b úsqueda d e intervencio nes
arqueológicas vinculadas con establecimientos de carácter comercial y artesanal e n la capital, uno de
56
y acim iento único en su conjunto sino como algo fragmentando di ficulta aún más la
posibilidad de generar ci erto conocimiento histórico. A e sto hay que sumarle, por último,
el uso de una metodolog ía y téc nic a difere nt e por ca da arqueólogo
155
. Todo ello dific ulta
enormemente el rec u rso al análisis arqueológico en un trabajo de este tipo.
Esta es una situación b astante generalizada e n las grandes ciudades com o Granada o
Almería. ¿P ero qu é suc ede en aque llos de menor tamaño? En el caso de Loja, B aza y
Guadix, en un primer momento prácticamente tod as las intervenciones que se realizaron
estaban relaciones o con sus respectivas alcazabas o con li enzos de muralla. En los
últimos años y con las remodelac ion es de los centros históricos, si ha aumentado el
número de intervenciones en otros espa cios de las ciudades, comenzando a dar algunos
resultados int eresantes como la alhóndiga lo calizada en Loja
156
o la identifi cación de un
taller vinculado con el tra bajo de metal en Gu adix
157
. Precisamente en esta última ciudad,
reciente m ente se publicó una tesis doctoral que a úna todos los trabajos arqueológicos
realizados en el entorno urbano, dividiéndolos po r periodos históricos y que supone un
primer paso para e stabl ecer una evolución de la c i udad desde la arqueología
158
Por nuestra parte, nuestros esfuerzos en este campo ha n sido dirigidos e n varios sentidos.
Un primer paso fue la consulta de todos los vol úmenes publi cados del Anuario
Arqueológico de Andalucía, es dec ir, desd e 1985 a 2008, con la salvedad del año 2007
del cual no contamos con su respectivo número. Esto nos permitió conocer gran parte de
las actuaciones llevadas a cabo en las ciudades estudi adas. P ero como sabemos por
Rodríguez T emiño, en estos anua rios no están presentes todas las in tervenciones
desarrolla d as
159
. A este h echo debemos unir el retraso en la publi cación de l os anuarios
referentes a los años 2009 -2017. Por eso, para completar esta falta de información
realizamos una consulta e n los fondo s del arc h ivo a dministrativo de la se de de la
nuestros p untos clave era esta calle, núcleo destacad o del entramado co mercial de la ciudad en la actualidad
como a finales d el s. XV. Son v arias las actuac iones que han quedado registradas de esta calle, sin e m bargo
en cuatro de ellas no se han encontrado res to s arqueológicos. ¿E sto a que se debe? Principal mente a que la
cota de afección de la obra no alcanza el nivel de lo s p osibles restos ar queológicos. Más en una zo na ce rcana
al transcurso d el río Darr o y donde los apo rtes del mencionado cauce suelen ser de varios metros.
155
Antonio Malpica C uello, “La s ciudades …”, art. cit., pág. 2 2.
156
Antonio F. B uendía Moreno, J osé J avier Álvarez García, “Un po sible funduq nazar í intervención
arqueológica puntual en el teatro Cine- Imperial de Loja (2006)”, Anuario Arqueológ ico d e Andalu cía/2006 ,
T. Granada, Sevilla, 2010 , págs. 1344 -13 48.
157
Cristób al P érez Bareas, Rafael Lizcano P restel, Antonio B urgos J uárez, Mª Dolores P uerta T orralbo,
“Informe de la actuación arq ueológica d e ur gencia e n la puerta d e San To rcuato de Gu ad ix , (G uadix,
Granada)”, Anua rio Arqueológico d e Andalucía/20 01 , T. III-1, Sevilla, 2 004 , págs. 453 -462.
158
Mé rida Ramírez Burgo s, El sistema de información g eográfica del patrimonio h istórico -a rtístico y
arqueo lógico de la ciud ad de Guadix (Granada). T esis doctor al (inédita), Granad a, 2017.
159
Ignacio Rodríguez T emiño, “Arqueología …”, art. cit., pág. 159.
63
rectang ula r, independientes unos de otros, form ando manzanas completas de tiendas, sin
que haya rastro de vivien da alguna. Así oc u rre por ejemplo con algunas alcaicerías.
Como ya hemos podido observar se trata de ed ificaciones ma yoritariamente de planta
rectang ula r, aunque también las enc ontramos cuadradas, generalmente f o rmadas por una
sola habitación. El uso de estos esp acios se h a identificado ma yoritariamente como
comercial, pero tambié n pueden tener un fin artes anal o de almacenamiento
191
.
Generalmente se aso cian estas tres actividades in distintamente a la misma tipología de
inmuebles. Sin embargo, en determinadas descripciones especialmente r eferidas a las
tiendas estas parecen mostrar algún tipo de decoración. Mi entr as que para la ciud ad de
Granada se a firma que estaban pint adas de almagra
192
, en otros casos solam ente aparecen
encaladas, como en Fe z
193
.
En al gunas de las tiendas que y a hemos mencionado, se ha podido constatar claramente
su función comerc ial/ar tesanal debido a la presencia de algunos elementos, como
pequeños hornos. Tal y como se refleja en el espacio K de la ex cavac ión en la villa de
Íllora, donde a d emás de un horno se localizó un molino manual
194
.
El ejemplo mejor conserva do de horno integ rado en uno de estos espacios proviene de la
excavación de la calle S an Pedro, en Mur cia. Se trataba de un a estructura circular de
ladrillo de una sola cámara. A su alrededor no s e localizaron evidenc i as directas de la
actividad a la que se dedicaba, aunque podría tener alguna r elación con la preparac ión de
alimentos
195
. Precisamente el denominado s ector de la alimentación pública es uno de los
más comunes en los zocos, y a que comerciantes y arte sanos no regresaban a su domicilio
al mediodía
196
. En estos establecimientos se podían adquirir ciertos dulces, rosquillas y
almojábanas, pero t ambién platos de pesc ado frito, de ha risa, de salchi chas y de pinchitos
de con albóndigas de carne picada
197
. Así se sabe por ejemplo que ocurría e n Granada,
donde hallamos 7 tiendas dedica das a esta activida d (cuadro 04 ). Todas ella s estuvieron
191
Francisco Castillo Galdeano, Raf ael Marti nez Madrid, “Excavación siste mática…”, art. cit, pág. 52.
Nuria L óp ez Re y , “Excavació n ar queológica…” , art. cit. , pág. 214. Ricardo Córdoba de la Lla ve,
“Excavación arq ueológica…”, art. cit., p ág. 302.
192
Indalecio Ventura Sabatel, “La Alcaicería”, art. cit., pág. 214 .
193
Roger Le To urneau, Fès avan t…, op. cit., pág. 317.
194
Antonio Ma lpica Cuello, Íllora, una villa de la fro ntera g ranad ino- castellana. Análisis h istórico-
arqueo lógico, Gr anada, 2003 , pág. 99 .
195
P edro J im énez C astillo , J ulio Navarro P alazón, Ma ría J esús Sánchez Go nzález, “Sobre la f ormación…”,
art. cit., p ág. 453.
196
Pedro Chal m eta Ged rón, “Or ga nizac ión artesa no- comercial …”, ar t. cit., pág. 1 08.
197
Évariste Lévi-P rovençal y E milio García Gó mez, S evilla… , op . cit., pág. 27 .
64
ubicadas en las princip ales áreas comerciales de la ciudad. Hallamos una en la colación
de San S alvador (Albaicín), otra en calle Elvira y otra en el Hatabín, las tr es dedicadas a
la venta de buñuelos
198
; las cuatro últimas se encuentran en el Zacatín, dos destinada s a
la venta de buñuelos, otr a a almojábanas
199
y otra a harisa
200
. Volviendo a Mur cia, no se
planteó su uso como horno de pan dado que estos requieren de una estruct ura de may o r
tamaño que la identifica da en aquella intervención. L a cocción del pan puede realiz arse
tanto en ámbitos domésticos, utiliz ando el denominado tann ū r
201
o en establecimientos
adecuados a tal fin. S e t rata de ob ras fijas, construcciones abovedadas con una única
cámara de c o cción, dond e se realiza la combustión primero y la cocción después
202
. Er an
hornos de carácter comunal donde los vecinos se llegaban a cocer, pagando en efectivo o
en especie. S in embargo, encontramos espec i almente ya tr as la conquista, que estos
espacios pu eden encontra rse en el interior de las vi viendas, donde el propiet ario de la casa
o un arre nd atario cuece el pan propio y el de sus vecinos
203
.
En otros casos en e l interior de las tiendas no apar ecen ho rnos, pero si estratos de ceniza,
muy delimitados y concentrados, que abre n la posibilidad al desarrollo de alguna
actividad artesanal relac i onada con la utiliz ación del fue go
204
. Tambié n aparec en otros
elementos que nos indican la realización de actividades artesanales en este ti po de
espacios como el molino, y a mencionado, en Íllora o los grandes crisoles hallados en
Almería
205
.
198
Un d ulce m uy característico d e al- Ándalus elab orado a base de harina y a gua. Am ado r Día z García, “Un
tratado nazarí sobre al im ento s: Al- Kal ā m ‘alà l - Ag ḏ iya de Al-Arb ū l ī . Edición, trad ucción y estudio, co n
glosarios (I )”, Cuadernos de estudios med ievales y cien cias y técnica s historiog ráficas , nº 6-7 (19 81), págs.
5-37, espec . 20.
199
T o rtas de queso blanco de vaca o d e oveja, ser vidas muy calientes con canela o miel. Amador Díaz
García, “Un tratad o nazarí…”, ar t. cit., pág. 2 0.
200
Guiso de car ne y tri go (aunque ta mbién existe o tra receta con arro z) a los q ue algunos añadían o tros
ingredientes co mo la leche. Amador Díaz Gar cía, “Un tratad o nazarí…”, ar t. cit., pág. 17.
201
Un hornillo cilíndrico o tro ncocónico con dos aberturas, la superior po r do nde se introduce el pan y la
inferior q ue actúa co mo tiro . P uede ser p ortátil o estático . Aunque e n un principio se circunscribió a
contextos r urales, po sterior mente y ante nuevos ha llazgos, se rectificó tal afirmació n, siendo posible
encontrarlo tanto e n ci udades co mo alq uerías. So nia G utierrez Lloret, “Pa nes, hogazas y fogones por tátiles.
Dos for m a s cerá micas destina das a la cocción del pan e n al- Ándalu s”, Lucentum, IX -X, (1 990/1 991), págs.
161 - 175. Í dem, “La pro ducción de pan y aceite en am bie ntes domésticos”, Arqueo logía Medieval, n º 4
(1996), págs. 237 - 254.
202
Ídem, Ibíd em, p ág. 241 . Teresa de Castro Martínez, El ab astecimiento alimen tario e n el reino de
Granad a (1482- 1510) , Granada, 2004, pág. 16 0.
203
Ídem, Ibíde m, pág. 159.
204
Ricardo Cór doba de la Llave, “ Exca vación arq ueológica…”, art. cit., p ág. 302.
205
Lorenzo C ara Barrionuevo, Rosa Morales Sán chez, “ Instala ciones industriales e n la Almerí a m ed ieval”,
Anua rio Arqueológico de Andalucía/2003 , T. III-1, Sevilla, 2 006, págs. 36 -46, espec. 42.
65
Encontramos algunos ejemplos formados por dos estancias, siendo int erpre t ada la
delantera y c on s alida al exterior como lug ar de venta, mientras que la ha bit ación interna
se identificaba como luga r de trabajo/ taller o almacén. Estaban especialmente destinados
o vinculados con aque llas pequeñas industrias que no nec esitan de grandes espa cios para
su desarrollo. Es el e jemp lo de la ti enda A de la activi dad realizada en la pla za de Belluga
(Murcia) . Un inmueble estrecho, dividido en do s espacios por un muro de adobes. La
primera de l as estancias, de ma y or tamaño con respecto a la s egunda, conta ba con un pozo
de anillos cerámicos en el centro del espacio
206
. En la intervención de la calle San Pedro
(Murcia) , uno d e los dos establecimientos comerci ales localizados se encontraba dividido
en dos habitaciones, en una primera ocupación. En la estancia más interior se halló u n
horno rodeado de un depósito compuesto por abunda ntes cenizas y nódulos férricos,
indicando que en ese espacio se realizaba un a actividad artesanal r elacionada con el
metal
207
. Por último, en Almería en la exca vación realiz ada entre las calles Chafarinas,
Pedro J over y San Juan en 2001, se descubrió parte de un importante centr o comercial y
artesanal que podría c orresponderse con la alcaicería menc ionada por al - ʿU dr ī, situada al
de la mezquita aljama
208
. Precisamente al gunas d e e stas dependencias vinculadas con la
actividad arte s anal aparecen subdivididas
209
.
En otros ej emplos el uso es diferente. En la excavación re alizada en la plaza de las B alsas
(Murcia) entre los meses de octubre y diciembre de 1995, se identificó en una p rimera
etapa (s. XI-XII) un espa cio exterior así como los restos de una tienda. Esta contaba con
dos habitaciones, la se gunda de menor anchu ra que la p rimera. Se trataba d e una letrina,
como demuestran los restos de una atarjea que vertía las aguas sucias al exterior
210
.
Mientras que en el ejemplo de la calle de l a Manga (Murcia), es li geramente diferente.
Una de las tres tiendas id entificadas en el lado occidental de la vivienda ex cavada es un
espacio rectangular dividido en dos estancias práctica mente cua d radas. La primera de las
estancias a la cual se ac cede desde la calle contaba en la esquina SO con u na escalera de
206
Pedro J imén ez Castillo y Julio Navarro Palazón, “Casas y tiend as…”, art. cit., pág. 520 .
207
P edro J im énez C astillo , J ulio Navarro P alazón, Ma ría J esús Sá nchez González, “ Sobre la formación…”,
art. cit., p ág. 454.
208
Lorenzo Cara Bar rionuevo, Rosa Mo rales Sánchez, “I nstalaciones industria les…”, art. cit. , p ág. 40.
209
Ídem, Ibíde m, pág. 42.
210
Alfonso Rob les Ferná ndez, Elvira Navarr o Santa -Cruz, Ma ría Ma rtínez Alcalde, “Siste mas hidráulicos
y tra nsformaciones urbanas en el sector oriental de Murs iya. I nforme pr eliminar de la interve nción realizada
en la P laza d e las B alsas, nº 15”, Memorias de Arq ueología d e la Regió n de Murcia (1995), 1 0 (2002),
págs. 533 -551, espec. 539.
66
la que se conservaban los peldaños ini ciales. En l a pared del fondo bajo la bóveda de la
escalera, se encontraba la letrina. A la segunda estancia se accedía desde esta primera
211
.
Como podemos ver e n este último caso, aunque m ay o ritariamente se trata de espacios de
una planta, en otros caso s, ex cepcionales, en o casiones relacionados con un exceso de
población
212
, estas estructuras cuentan con una s egunda planta. Se trata de un tema de l
que hablaremos más detalladamente en otro apartado, así que simplemente nos g ustaría
señalar aquí su ex istencia, así como su vinculación con el área comercial/arte sanal, siendo
interpretadas estas plantas altas como v iviendas del comerciante/artesano, taller o
almacén.
También ha y casos de au sencia d e cualquier tipo de estructuras, y para a lgunos de ellos
se han llegado a proponer func iones diferentes. P odría tratarse de oficinas adsc ritas a la
mezquita, que es c omo se interpretaron un a serie d e pequ eñas d ependencias cercanas a la
mezquita may o r de Al mería
213
, o como la oficina del zabazoque. Este último es e l
funcionario estatal nomb rado por el gobierno y retribuido económicamente para regir el
zoco
214
. Denominado como wālī al -s ū q o ṣā ḥ ib al s ū q, tenía un marcado carácter
policiaco-económico-c o mercial, r estringiendo su vigilanc ia a determinados delitos contra
la propiedad, es decir, al ti po de sustracciones que se dan en los merca dos: fraudes en la
calidad de los productos, menguas en la cantidad y estafa-timo. P ara im pedirlos, este
funcionario realizaba rondas por los z ocos de la ciudad, vig ilando y hac iendo u na
comprobación y r egistro de medidas, pesos y balanz as; fijaba los precios, prohibía el
acapara miento, im pedía f raudes, vi gilaba a los ve ndedores y /o artesanos y la calidad d e
la producción de estos ú ltimos, controlaba a los mercaderes de esclavos, así co mo las
reservas y necesidades de abastecimiento. P ero además nombraba alamin es al frente de
los oficios y cobraba derechos d el mercado a lo s vendedores. P or últim o tenía ciertas
obligac ion es de tipo urbanístico, como el desembarazo y limpi eza de la vía púb lica y
mezquita
215
. La oficina d el z abazoque es una ti enda ubicada en el zoco. En ella el
211
Martín Guiller m o Ma rtínez, “La casa i slámica…”, ar t. cit., pág. 4 63.
212
María Dolores Rodríguez Gó mez, “Algunos i nterrogantes sobre la ciudad islámica: etimología,
estructura arquitectón ica y funcionalidad d e las al macerías”, A naquel de Estudi os Árabes , nº 21 (20 10),
págs. 77-98 , espec. 8 6- 92.
213
Lorenzo Cara Bar rionuevo, Rosa Mo rales Sánchez, “I nstalaciones industria les...”, art. cit., pág. 4 2
214
Ped ro Chalm eta Ged rón, El zo co medieva l…, op. cit., págs. 519 - 520.
215
Ídem, Ibíde m, págs. 506 -507, 5 80 -582.
67
zabazoque juzgaba los delitos cometidos, g uardaba sus registros y bibliot eca así como los
patrones de los pe sos y medidas y sus contrastes y sellos
216
.
Tras la conquista, muc hos de los espacios comentados hasta aquí s e mantuvieron,
especialmente en lo que respec ta a sus funciones y dedicación a l comercio y l a artesanía.
La s modificaciones más significativas están relacionadas con la propia estructura. Así
muchas de estas tiendas-talleres d esaparecerían, en ocasiones p ara sie mpre al ser
derribadas para nuevas calles o ensanchar plazas, en otras serían sustituidas por nuevas
tiendas. La s que se mantuvieron también serían objeto de modi ficaciones, gran parte de
ellas relac ion adas con la ampliación de las mismas uniendo varias tiendas. Por últim o
también se construirían nue vos establecimientos comer ciales mayoritariamente
vinculados a la construcción de nueva s plazas de mercado.
Junto a los ajimeces, las tiendas serán otros de l os establecimientos afectados en la polí tica
edilicia de los nuevos ha bitantes, consistente en abrir
217
y ensanchar calles y plazas. De
entre estos últim os cambios, los ejemplos más significativos están ubicado s en la ciudad
de Granada con la ampliación de l as plazas de Bibarrambla y el Hatabin. Ambos están
ampliamente documentados
218
, debido a que mu chos de los inmuebles a d erribar eran
propiedad real. De tal ma nera queda constancia del permiso de los Rey es Ca tólicos (e n el
caso de la plaz a del Hatabín, en v arias ocasiones) para tom ar los inmuebles necesarios
para t ales ampliaciones; de la medición y tasaci ón de todos los edifi cios afectados, e
incluso de los problemas de algunos d e los inquilinos para ab andonar los establecimientos
así como constancia de a l gunas de las tiendas que se derribaron
219
.
Pero aunque estos sean los casos mejor documentados no son los únicos de los que ha
quedado constancia. En Guadix, la actual plaza d e la constitución, en époc a nazarí plaza
de Bib-almazán, fue modificada tras la conquist a en dos ocasiones: una en los años
216
Ídem, Ibíde m, pág. 742.
217
Así ve mos e n algunas de las t iendas reg istradas e n el libro 603 del archivo municipal de Granada : “la
boca de la callej uela que agora esta hecha cal le que pasa a la ropería que solía ser tienda e agora esta hecha
calle” fol. 18 7r; “esta vna call e la qual solía ser tienda de su magestad ” fol. 284 v
218
Francisco Javier Gallego Roca, “Mezquita del Hatab in e Ig lesia d e San Gil. Del urbanism o m us ulmán
al urbanismo cr istiano”, Revista Del Centro de Estudios Históricos de Granad a y Su R eino , n º 5 (1991),
págs. 111-128 . Fernando A cal e Sánch ez, Pla zas y pa seos de Granada: de la remodela ción cristiana de los
espacios musulma nes a lo s proye ctos d e ja rdines en el och ociento s , Granada, 20 05. Ángel Ro dríguez
Aguilera, La pu erta de Biba rram bla de Gra nada y el flanco o ccidental de la mu ralla de la madina hasta
Bibalmazá n , Gr anada, 2018.
219
Este será un tema q ue abord aremos d etenida mente cua ndo analicemos la ci udad d e Granada y las
diversas modificaciones que sufrieron los espacio s co merciales y artesanales de la m i sma en su paso de
época nazarí a la castellana.
68
inmediatos a la toma de la ciudad y otra posterior en la década de los 20 de l siglo XVI.
En lo que se refier e a lo s establecimientos comerciales, sabemos que las 24 -25 tiendas
existentes en esta plaza fueron repartidas entre los más destacados conquistadores
220
, con
el fin d e que se constru yera nu evos edifi cios
221
, aunque c arecemos de más info rmación al
respec to.
En otras ocasiones, debi do a que en el interior de la ciudad no quedaba espacio libre, la
plaza para el mercado se construiría en las cercanías de una de l as puertas de la ciudad.
Estas nueva s plazas dan lug ar a la construcción de nuevos inmuebles, como vemos en
Málaga, en la puerta de Granada, donde se construye una plaz a “ en la fronte ra de la dicha
plaça para port ales e çimientos e tiendas para los propios de la dicha çibdad”
222
.
En otros casos se realiza una ampliación de tiendas y a ex istentes, uniendo dos o más de
estos establecimientos (cuadro 05).
Otras tiendas se incluye n en las viviendas de los nuevos poblador es como ampliación de
las mismas. La ma yoría d e los ejemplos provien en de la capital g ranadina, como se re fleja
en el cuadro 06. En gran parte de estos casos no se especifica qué nuevo uso tuvieron
estos espacios tras la incorpora ción a las diversas vivien das. Solo tres menc ionan a qué
se dedic aron: la primera fue utili zada par a construir la chimenea de la cas a d el licenciado
Salamanca, mientras que las otras dos fueron destinadas como portadas o zo nas de acc eso
a las viviendas.
También contamos con el caso de Málaga. Es un poco más complejo, y a que deriva del
momento en el cu al se reali za el repartimiento. A p esar d e que en las instrucciones previas
se ha bían dado para Propios de Málag a todas las tiendas y sus re ntas que en ella había, lo
cierto es que al gunas fu eron repartidas antes de que se dier a la carta de merced que
concedía las tiendas a los Propios de la ciudad. Para arreglar este y otros er rores cometidos
durante el r epartimiento, en julio de 1494 se otor gó una carta para que s e reformase el
repartimiento sig ui endo unas instrucciones, entre las que se encontraban:
“Que en cuanto a las tien das y tenerías qu e fueran dadas a vecinos, y de las cuales
la Ciudad tenía merced p ara sus propios, y a fin de que este asunto se termine con
brevedad y modera ción, mandan: que las ti endas y tenerías que este dadas para
220
A.M.H.P.N.G. , leg. 3, fol. 1 57.
221
Carlos Asenjo Sedano, Guadix la ciudad musu lmana del s iglo XV y su transformació n en la ciudad
neocristiana del siglo X VI, Granada, 1 983, pág. 7 9.
222
Luis Morales García -Go yena, Documen tos históricos d e Málaga , Granada, 1906, pág. 86.
69
portadas o ensanche de casa, o tuvieren necesidad de ellas para lo mismo, queden
a los vecinos, sin pago de tributo alguno, siempre que no se restablezcan como
tales tiendas en cuyo caso pagarán tribu to a la ciudad, y que aquellas de las que
no hubiere necesidad para lo dicho o estuvieren utilizadas como tiendas, pague n
el tributo o pensión que se fije como justo para los Propios”
223
Por otro lado como y a hemos visto cuando ha blábamos de las plazas, tamb ién se
construy en nuev as tiendas, bien rehaciendo totalmente antiguas tiendas (cuadro 07) o
construy endo otras nu evas (cuadro 08) generalme n te en solare s anteriormente vacíos.
223
Francisco Bej arano Rob les, Lo s repartimientos d e Málaga , vol. 5, Málaga, 200 0, pág. 263.
70
3.1.2. Funduq , fondaco , alhóndiga
En la lengua árabe en contramos varias den ominaciones par a aludir a una m isma idea d e
espacio vinculado al tránsito, al comercio. Resulta incluso mejor d efinido el e spacio físico
que acoge esta estructura que el nombre qu e esta recibiera. En nuestro caso, hablamos
ge n eralmente de un edificio de pl anta cuadrada o rectangular, con patio central y uno o
varios pisos, dedicados el inferior a cuadras y almacenes y los superiore s a alojamiento
de los viajeros. Esta estructura pudo instalarse en diferentes espacios, o al menos se
reconoce c on nombr es diversos: ribāṭ , wakāla , caravansar, jān y funduq
224
.
Aunque la definición tra dicional del ribāṭ , alude a conventos fortificados situados en las
zonas costeras y fronterizas, habitados por musu lmanes devotos que realizaban
expediciones militares y prácticas a scéticas
225
, en los últ imos añ os algunas
investigac ion es apuntan a una posi ble vinculación de estos espacios con el comercio, al
menos en la zona costera del Magreb occidenta l
226
y en el leva nte p eninsular
227
.
La wakāla, sur gió como un espacio ocasionalmente dedicado al alojamiento, aunque sus
funciones principales era n a lmacenamiento y el cobro de impuestos
228
, lo que permitió a
las autoridades el control del comercio de dete rminados productos, como f rutas, azúcar,
seda, etc.
229
. Hablaremos de ella más adelante.
Los tres últimos términos si aluden de manera más directa al comercio: c aravansares , jān
y fanādiq . La diferencia entre estas tres d enominaciones parece estar más vinculada a su
ubicación que al desarrollo o especialización en algunas de las funciones generales y a
mencionadas (comercio, alojamiento, almacén). Caravansar y jān , ambas palabras de
oríge n es persa, tienen en común el hecho de s er espacios ubicados en las rutas d e
cara v anas. Los caravansares, sur gieron dur ante el periodo sasánida, aunque fue en el
Islam cuando s e concibieron como espacios pa ra el descanso y alojamiento de viajer os,
y de sus mercancías, en las rutas ca ravaneras que discurre n por Asia Central. Por otro
224
Debem os aclarar que los términos wakāla , caravan sar , jā n , no se em plearo n en la Península Ibér ica. Su
uso es más co mún e n Egipto (Oueded Sennoune, “Fo ndouks, khans et wakalas à Alexandr ie à travers
lesrécits de vo yageurs”, An nales islamolo giques , nº 38 (2004), págs. 4 53 -489) y el Oriente islámico.
225
Leopoldo T orres Balbas, “Rabitas hispanomusulma nas”, Al -Án dalus, nº 13/2 (1948 ), págs. 475 -491 ,
espec. 47 6.
226
Patr ice Cressier, “ De un rib at a otro. Una h ipó tesis sob re los ribat -s del Magrib al -Aqsa (siglo IX-inicios
del siglo XI)”, en Rafael A zuar Ruiz, El riba t califal. Exc avacion es e investigaciones (1984 -19 92) , Mad rid,
2004 , págs. 203 -221.
227
Rafael Azuar, “El rib at en al - Andalus: esp acio y f unción”, ‘Ilu. Revista de Ciencias de las Relig iones.
Anejos , nº 10 (2004), p ágs. 23 - 38 .
228
Olivia Rem ie Constable, Housing the Stranger in the Mediterranean W orld: Lodging, Trade and Travel
in Late An tiquity and th e Middle Ages . Ca mbridge, 2003 , pág. 260.
229
Ídem, Ibíde m , pág. 262.
71
lado, el término jān es el más uti lizado como sinónimo de funduq , apareciendo
indistintamente al menos hasta el si glo X II, momento a partir d el cual el pr imero par ece
restring i r su uso ya p ara el área oriental d el Medit erráneo, mientr as que el segundo sería
desde entonces uti lizado preferenteme nte en el occidente islámico
230
. Sobre este nos
centraremos a c ontinua ción.
3.1.2.1.- El funduq en al-Ándalus
Nuestro conocimiento acerca del funduq ha sido bastante escaso du rante largo tiempo. A
excepción del tradiciona l trabajo de Torres Balbás, centrado en el único funduq que ha
sobrevivido hasta nuestros días en la P enínsula I bérica, el funduq a l- Ŷadīda de
Granada
231
, poco más se tenía.
En los últimos años, la publicación de los resultados d e varias excavaciones
arqueológica s, así como la monog rafía centrada en estos espa cios de Remie Const able
que venimos uti lizando
232
, ha contribuido a un conocimiento más ex haustiv o de esto s
espacios
233
. L os principales ejemplos que pode mos ofrecer por el momento provienen de
230
“While the ter m k han gained gro und in the Eastern Med iterranean, funduqs r ea mined much more
common i n the I slamic west. This distinction i n re gional u sage is evide nt in t he observati ons of Maghribi
travelers writing regional usage is evident in the observations of Ma ghrib i travelers writing about t heir
experiences in Eg y pt a nd S y r ia. T heir descrip tions o ften u se the word fund uq for b uildins called khan b y
natives of Maml uk realms” Olivia Remie Constable, Hou sing… . , op. cit., pág. 251.
231
Leopoldo T orres B albas, “Las alhóndigas hisp anomusul manas y el Corral del Carbó n de Granada”, Al -
Anda lus , nº 11 (194 6), págs. 446 – 480.
232
Olivia Re mie Constable, Ho using… ., op . cit.
233
A todo esto debe mos añadir la tesis q ue es tá llevando a cabo Alicia Herná ndez Roble s sob re estos
espacios en la Univers idad d e Murcia.
72
las ciudades de Córdoba (7)
234
, Almería (4)
235
y Murci a (3)
236
, complementadas con lo s
edificios hallados en Granada
237
, Valencia
238
, L oj a (Granada)
239
, Rincón de la Victo ri a
(Málaga)
240
, Málaga
241
y Denia
242
.
Los fanādiq son espacios de planta cuadrada o re ctangular, con una superficie que varía
entre los 230m 2 del edificio excava do en la esquina de la calle C orretgeria con la plaz a
234
Mª T eresa Casal, J.M. Bermúde z, Alberto León, Marina González, Elena Castro, J .E. Murillo, So nia
Vargas, Sa ntiago Rodero, Sebastián Sánchez, Álvaro C á novas, Begoña Gar cía, Mª Isabel Gutiérrez,
Enrique León, Guadal upe Pizarro , Mª Carmen Rodríguez, Elena Sali nas, Isabel Sánc hez, Patrici o Soriano,
“Informe - memoria…”, art. cit., p ág. 352. Belén Vázquez Navajas, “El agua en la Córd oba andalusí. Los
sistemas h idráulico s de un sector del Yanib al - Garbi durante el Califato Om e ya”, Arq ueolog ía y Territorio
Medieval , nº 20 ( 2013), págs. 31 -66, espec. 36. Rafael Clapés Salmoral, “La activid ad comercial d e
Córdob a en época califal a tra vés de un edi ficio hallado en el ar rabal de poniente”, Ana les d e Arqueo logía
Cordobesa , nº 25-26 (2014-2015), págs. 225-254 . De las tres edificaciones identificadas e n la zona II de la
Ronda Oe ste solo co ntamos c on la mención que realiza Belén Vázquez Na vajas, A rqueolog ía h idráulica
en los arrabales occ identales de la Córdo ba omeya , T esis Doctoral (inédita) , Córdob a, 2016 , pág. 47 1.
Manuel Acién los d escribe como “gr a ndes espac ios rodeado s de pequeñas células, q ue han sido
interpretado s como lugar de mercado ”. Manuel Acién Almansa, “La for mación d el tej ido urb ano en al -
Andalus”, en J ean Passi ni, La ciudad medieva l: de la casa al tejido urba no , Toledo , 2001 , pág. 11 - 32 ,
espec. 30 .
235
José Luis Gar cía López, Lorenzo Cara Barrionue vo, Isabel Flo res Escobosa, Rosa Mo rale s Sá nchez, “La
organización d e espacio s públ icos y á mbitos p rivados en la Almería d e los siglos XI y XI I. Excavaciones
en la calle Maria na”, Anua rio Arqueol ógico de Andalucía /1992 , T . II I, Cádiz, 1995, p ágs. 13 -29. Lorenzo
Cara Bar rionuevo, Jo sé Luis García López y Rosa Mo rales Sánchez, “Arqueología urban a e historia de la
ciudad. El caso de Almería medieval”, en Lorenzo Cara Barrio nuev o, Ciudad y territorio en al-Anda lus ,
Granada, 200 0, págs. 167 - 192. Lorenzo Cara B arrionuevo, Rosa Mo rales Sánchez, “Instalaciones
industriales…”, art. cit.
236
Inmaculada Ruiz Par ra, “Excavaciones ar queológicas en el solar de la c/ Conde Valle de San Juan,
esquina c/ Pasc ual de Murcia ”, Memo rias de Arqu eología , nº 5 (1 990), págs. 41 6 -426. Ped ro J im é nez
Castillo y Julio Navarro P alazón, “C a sas y tiendas…”, ar t. cit., págs. 4 90 -532. Pedro Jiménez Castillo y
Julio Navarr o P alazón, “Murcia omeya”, en El esplendor de los o meyas co rdob eses. La civilización
musulman a de Europ a occidental , Granada, 2001, págs. 132 - 151.
237
Encarnación A rro yo Pér ez, Car men P érez T o rres, E duardo Fresneda Padilla, Manu el L óp ez L óp ez, José
Manuel Peña Rodríguez, “Excavación arqueológica de urgencia en la alhónd iga Zayda en Puerta Real- Calle
Mesones”, Anua rio Arqueológ ico de Andalu cía/1992 , T. III, Cádiz, 19 95, págs. 2 79 -283. En el mome nto
de pr eparación de este trabajo, sabe m os q ue se están des arrollando trabajo s arqueológicos en el so lar
antiguamente ocupado por la alhóndi ga de los genoveses en Granada. Esperamos en br eve pod er conocer
los resultados de estos trabajos dirigidos por el ar queólo go Ángel Rod ríguez Aguilera a quien agradec emos
la infor m ación.
238
Javier Ma rtí Oltra y J osep Burriel Alberich, “Comerciar en tier ra extraña. La al hó ndiga mus ulmana de
la calle C orr etgeria de Valencia”, en Histo ria de la ciud ad. V: Tradición y progreso , Valencia, 2008 , págs.
41 - 60.
239
Antonio F. B uendía Moreno, J osé J avier Álvarez García, “Un po sible funduq nazar í intervención
arqueológica puntual en el teatro Cine- Imperial de Loja (2006)”, Anuario Arqueológico de And alucía/2006 ,
T. Granada, Sevilla, 2010 , págs. 1344 -13 48.
240
Daniel Dav id Florid o Esteban, “Intervenció n arqueológic a en el yacimie nto del Llano d e T orroba,
Rincón de la Victoria. Málaga”, Anuario Ar qu eológico de Andalucía /2006 , T . Málaga, Sevilla, 2010, págs.
3305 -3309.
241
Mª Car m en Í ñiguez Sánchez, “De la Má laga e m iral a la nazarí. IAP. En las calles S. Souv iron, Olozaga
y Marq ués (Málaga)”, Anuario Arqueoló gico d e Andalucía/2006 , T . Málaga, Sevilla, 2 010, p ágs. 33 98 -
3425.
242
Josep An to ni Gisbert Santoja, “Dan i ya, reflejo del Mediterráneo. Una m irada a su urbanismo y
arqueología desde el m ar (siglo XI)”, en Ángela Suárez Márquez (dir. ), Almería, “puerta del Med iterrá neo
(ss. X- XI) , Almería, 200 7, págs. 203 -230, espec. 213.
79
países isl ámicos, las autoridades de estos últimos tuvieron que encontrar la solución a una
serie de necesidades que planteaban estas comunidades cristianas. A ambas partes les
preocupa b a que estos mercaderes estuvieran bi en alojados, sus mercancías almacenadas
adecuadamente, pudieran comerciar con ellas con seguridad y pagasen sus respectivos
impuestos
278
.
La solución se plasmó en tratados. C ada comunidad buscaba el mejor acuerdo con las
mejores ventajas, especialmente económicas. Un a specto inter esante de estos pactos era
el hecho d e otorgarle un espacio propio a estos vi sitantes. Esto se concretó en un funduq
o como lo denomina Constable , fondaco , utilizando el término italiano para diferenciar
estas estructuras con función particular del r esto de alhóndi ga s a través inclus o de su
expresión. Y es que, aunque ambos vocablos nacieron para id entificar una misma
estructura de naturaleza comer cial
279
, pronto el fondaco se desarrolló como una
institución propia, con un subrayado cará cter internacional, y otras c arac t erísticas
identificativas que lo diferenc iaban del funduq .
La pr esencia de un fondaco en una ciudad islámica determinada estaba vinculada y
justificada por la existencia de un número sufic iente de extranjeros
280
. Eran edificio s
propiedad de las autorid ades locales
281
, que donab an o alquilaban a la co munidad de
comerciantes co rrespondiente
282
. El arrendamiento (t otal o pa rcial
283
) de este esp acio, así
como los gastos internos de l mismo era n pagados por el cónsul o representante ofic ial de
esa comunidad de mer caderes extranjeros
284
. En ocasiones estos inmuebles podían pasa r
de una comunidad a otr a, como ocurrió con el fondaco pisano en Túnez, que pasó a manos
ge nov esas debido al auge de los segundos en detrimento de los primeros
285
. Un dat o
interesante en est e sentido lo encontramos en Ifrīqiya, donde el r e y d e Aragón tiene la
278
Olivia Re mie Constable, Ho using… ., op . cit., pág. 109.
279
Ídem, Ibíde m, pág. 110.
280
Do m inique Valéria n, “Le Fo ndouk, instru ment d u co ntrole sultanie n s ur les marchands étrangers da ns
les p orts musulmans (XII - XV Siècles)”, en Cla udia Moatt i (dir.), La mo bilité des p ersonnes en
méditerranée de l’an tiquité à l’époque mod erne , 2004, págs. 677-69 8, espec. 680.
281
Ídem, Ibíde m, pág. 689.
282
Giovanna Petti B albi, Negoziare fuori pa tria. Nazioni e genovesi in età medievale , Bologna, 2005 , pág.
8.
283
Como queda reflejado en las n egociacio nes del tratado entre el reino nazarí y los com ercian tes
venecianos el mante nimiento del consulado se realizaría de m a nera co njunta. A dela F ábregas García,
“Acercamie ntos y acuerd os co m ercia les entre Granad a y V enecia al filo d e 1400”, Anuario de Estud ios
Medievales , nº 40/2 ( 20 10), pág s. 643 -664, espec. pág. 650. I gualmente aparece reflejada la existencia y
exigencia de esta i nstitución e n los ac uerdos f ir mados e ntre Génova y el naciente rei no de Granada. Blanca
Garí, “ Génova y Granada e n el siglo XIII: Los acuerd os de 1279 y 129 8. ” Saggi e Documenti, 6 ( 1985),
págs. 173 - 206.
284
Giovanna Petti B albi, Negoziare… , op. cit. , pág. 224.
285
Bernard Doum erc, Ven ise et l’émira t hafside d e Tunis (1231 - 1535) , P arís, 1999, pág. 155 .
80
titularidad del fondaco
286
mallorquín. Es un aspec to que marca la rivalida d comercia l
existente entre mallorquines y ca t alanes, derivada de la propi a división de la Coron a
287
.
Aunque se ha propuesto la existencia de fo ndaci de cristianos, donde s e agruparían
comerciantes de distinta procedencia, lo ci erto es que no se ha encontrado evidencia
alguna por el momento. Con todo en Túnez la zona donde se ubicaban los
establecimientos de ge no veses y venecianos era conocida com o “ fondaco dei cristiani ”
288
cercana a la Puerta del Mar. En Málaga observamos cómo en las n egociaciones con los
venecianos, s e menciona que el edificio d e estos es taría ubicado junto a los fondaci de los
demás cristianos
289
.
Si bien estos fondaci tienen su ori gen en los fanādiq árabes, las necesidades de un a
comunidad cristiana de cierto peso pudieron influir en la modificación estructural y
funcional de estos edificios. Así por ejemplo, el ori ginario edificio de planta cuadrada con
patio central qu e acabamos de describir como arquetipo, se convertiría en una estructura
más compleja, con casas para comerciantes, almacenes, aduana, tiendas, espacios
artesanales, pozo, horno, iglesia e incluso cementerio
290
. De esta forma, lo que en un
principio se identifi caba com o un edi ficio, pudo ll egar a c onformar un barri o que re uniría
todos los elementos necesarios para l a vida de una comunidad cristiana
291
.
Estos se encontraba n rodea dos por una muralla qu e separaba a la comunidad c ristiana del
resto de la ciudad
292
. Y precisamente aquí reside la principal diferencia y c aracterística
del fondaco . Este espacio crea un est ado de extraterritorialidad donde no s e reconoce el
poder musulmán y s e aplica la jurisdicción del país originar io correspondiente
repre s entado en el cónsul
293
. Por tanto los muros que los rodean son una frontera real, que
286
Deno m inado con el tér mino catalán, alfòndec .
287
María Dolores López Pérez, “Política y co m ercio e n el Me diterráneo occid ental medieval: la
conformación del cuadro diplom ático y su rep ercusión en los intercambios económicos Magreb -Corona de
Aragón (s s. X III - XV)”, e n Si m o netta Cavacio cchi, Relazioni econ omiche tra Europ a e Mond o islámico
secc. XIII -XVIII , Prato, 2007, págs. 419 -449, espec . 425
288
Rober t Br unschvig, La berbérie orientale sou s les Hafsides. Des origines a la fin du XV siècle , París,
1940 , pág. 347. Gio vann a P etti B albi, Negozia re… , op. cit., pág. 250.
289
Adela Fábregas Gar cía, “Acer camientos…”, art. cit. , pág. 65 3.
290
Do m inique Valérian, “Le Fondo uk…”, art. cit., pág. 683. Gio vanna Petti Balbi, Nego ziare… , op . cit.,
pág. 208 .
291
Giovanna Petti B albi, Negoziare… , op. cit. , pág. 7.
292
Tuccio di Gen naio en su correspo ndencia nos relata la sensación de enc ierro que pro ducían lo s muros
de estas edificaciones. Adela Fábr egas García, “Estrategias de los mercaderes toscanos y genoveses en el
reino de Gran ada a través de la correspondencia Datini”, Serta antiqu a et med iaevalia , nº 5 (200 1), págs.
259 - 304.
293
Dominique Valérian, “Le Fondouk…”, ar t. cit., págs. 6 92 -694. Gio vanna P etti Balb i, Negoziare… , op .
cit., págs. 88 -89.
81
permite un rápido y s eguro intercambio mercantil pero que impide el establecimiento de
relaciones más allá de este ámbito
294
.
3.1.2.3.- La alhóndiga
En la Península Ibérica, por otro lado, conforme avanz aba la conquista cristiana sobre
territorio islámico, fueron también multiplicándose las alhóndigas en territorio cristiano.
Estas, al contrario que los fondaci , se considera n r esultado de la evolución del funduq en
territorio cristiano. En ci ertas oc asiones se ha p ensado que el término alhó ndiga tan sólo
era una castellanización de la palabra árabe, sien do utilizadas ambas para referirse a la
misma institución y , por tanto, como sinónim os. Considera mos que esta i dea debe s er
matizada.
Para ello nos c entraremos en el c aso del emirato n azarí de Granada, con especial atención
a la capital del mi smo, y observaremos las t ransformaciones que su frieron estos
inmuebles en el primer terc io del siglo XV I .
La utilización del vocablo castellano como sinóni mo del árabe debe circunscribirse a los
momentos inmediatamente posteriores a la conquista de una determinada ciudad. Se
refleja especialmente en la documenta ción conservada relativa a la capital granadina,
tanto de época islámic a como cristiana. En lo que se re fiere a la docum entación ára be
encontramos dos g rand es grupos de escrituras: las conservadas en árabe
295
y la s
romanceadas, generalme nte copias o traslados d e los originales árabes. De las primeras
destacamos un ejemplo muy concre to, del cual S eco de Lucena p ublicó un resumen de la
compra de una almacería la c ual lindaba con una alhóndiga de Abu Sitta:
Abu Ali Husayn b. Ali al-Malaqi compra a Aisa bt. Muhammad al-Ubadi
una almacería situada en el al-Hattabin al-Mahruqa por precio de 20 dinares de
oro al cambio acostumbr ado. Entre las li ndes figura la alhóndiga (fondaq) de Abu
Sitta
296
294
Ídem, Ibíde m, pág. 224.
295
Un análisi s de este tipo de docu m e ntación los encontra m o s en lo s siguientes trabaj os: Amalia Zomeño
Rodríguez, “Del escritorio al tribunal. Est udio de los do cumentos notariales en la Granada nazarí”, en J.P.
Monferrer Sala y M. Mar cos Aldón, Grapheio n. Codices, ma nuscritos e imágenes. Estud ios filológ icos e
históricos , Córdob a, 2003, p ágs . 75 - 98; Amalia Zomeño Rodr íguez, “Los notarios musu lma nes de Granada
después de 1 492”, Cuaderno s del CEMYR ¸ nº 22 (2014), págs. 195 - 209.
296
Luis Seco de Lucena Pared es, “Escrit uras ár abes de la Univer sidad de Granada”, Al -Ándalus , vol. 3 5- 2
(1970), págs. 315 -354, espec. 325.
82
Por otro lado se encuentran las escrituras árabes traducidas o romanceadas, de las cuales
la ma yoría son escrituras de propied ad de parti culares, delimitación de lindes entre
concejos municipales, cesión de privilegios por parte de los re ye s naz aríes a ciertos
municipios, o bien testamentos mencionando la propiedad d e determinad os inmuebles.
Se encuentra n insert as o forman parte de las pruebas que se aportan en pleitos entre
particulares por la prop iedad de bien es inmueb les, relativos al reparto de a guas o
jurisdiccionales entre los nuevos concejos formados tras la conquista
297
. En este caso, son
un conjunto de tres escrituras sobre la compra, pa go y venta de una alhóndiga en el a rraba l
de Bibar rambla. Forman parte del pleito localizad o en el Archivo de la Real Chancillería
de Granada (A.R.Ch.Gr., caja 5417, pieza 5) entre Gonzalo Martínez, escriba no público
y ve cino de Granada, y Le ono r Martínez, hija y he redera del mencionado Gonzalo
Martínez, contra Gerónimo de Madrid, abad de S anta Fe, por una deuda d ebido al impago
de un censo. Así estas escrituras junt o c on otras dos refe rentes a una casa en la villa d e
Santa Fe y una casa-tarbea con una tienda en la puerta de Bibarrambla, se pre se ntan en
dicho pleito como gara nt ía por parte de Leonor Martínez para pagar el censo adeuda do a
Gerónimo de Madrid. Se trata de tr es documentos romanceados por J uan Rodriguez,
escribano públi co, y don Miguel de L eón, v einticuatro de Gr anada, en ma yo de 1524 . Por
una parte, los dos primeros documentos, f echados en 1484, ha cen referencia a la compra
y el pago que s e realiza entre Mah amad, hij o de Hamete el Fordoz, y el mercader
Abulcaçim. Nos propor cionan una rica inform ación sobre la ubic ación de la alhóndiga en
el arrabal de Bibarrambla, en una intersección de calles, li ndando al sur con la casa de
San L ázaro y al este con el Zuba y r o Zubayre, mientras que al norte y al o este se
encuentran dos calles. P or otra p arte, la venta se produce entre M ahamad y Gonzal o
Martínez y su mujer Yné s del Pulgar, en 1491. En ella se especifica como este inmueble
contaba c on un p alomar que junto a “otras cosas” se incluían en dicha venta.
En la documentación crist iana recogida en el cuadro 09 hallamos 14 alhóndigas. El
elevado númer o de las mismas nos lleva a pensar que en estos momentos la utilización
del tér mino alhóndiga como traducción de funduq . El prime r establecimiento pertenece a
la renta de la h agüela
298
situada en la puerta del Albaicín. En la r elación d e los habice s
297
Manuel C. Feria García, Juan Pab lo Arias T orres, “Un nuevo enfoque en la investigació n de la
docu m entació n árabe granadina ro m a nceada (ilustrado co n d os traducciones inédita s de Ber nardino Xar afí,
escribano y ro manceador del reino de Gr anada)”, Al -Qantara , nº 26 -1 (2005), págs. 1 91-247 , espec . 209 -
210.
298
Al ig ual que los habices esta renta tam bié n es de origen islá mico, si bien plantea muchos m ás problema s
en lo que a su definición se r efiere. La r enta de la h agüela er a el p ago que se realizab a por el uso de lo s
83
que pasaron de las mezquitas a las iglesias se citan 10 alhóndigas, de las cuales solo cuatro
pertenecían a dichos habi ces. Una alhóndiga de Santa María de la O, otra situada frente a
la madraza, y una alhóndiga d e cereros, formaban parte de los habices de la iglesia d e
Santa María de la O. La cuarta alhóndiga se encontraba dentro del conjunto de los habices
de la iglesia de San Sal vador. Resulta curioso que solo las dos mezquita s (posteriores
iglesias) principales de la ciudad fueran las que tuvieran entre su s bienes este tipo de
inmuebles comerc iales. El resto aparecen de manera secunda ria como lím ites o lindes de
otros inmuebles: otra alhóndiga en la gallinería, a la salida de la puerta de Bibarrambla
otra, la alhóndiga del ba chiller Salazar, otr a en la cola ción de San Salva dor y otra en
Rabadalhogeos, uno de los barrios que conformaba el gra n arr abal del Albaicín. L os
cuatro últimos edificios que se recogen en el cuadro 09 pe rtenecen al conjunto de habices
que tras la conquista fueron dados al concejo de la ciudad. De estas, dos forman parte de
los habices de la m adraza: la alhóndiga dond e ponen los lienzos los cura nderos y l a
alhóndiga Çaid a. Una es de los habices destinad os al mantenimiento de los aljibes, la
alhóndiga donde espadan el lino. El último ejemplo, la alhóndiga vieja d el pescado, es
mencionado como límite de otro inm ueble ubicado en las cercanías del puente de los
curtidores.
Además debemos tener en cuenta las dos alhóndig as mencionadas en la minuta
conserva d a en el Archivo Municipal Histórico de Protocolos Notariales de Gua dix
(A.M.H.P.N.G., protocolo de Alonso de las Casas XV -1, nº 1, documento suelto nº 11) .
Ambas terminaron en manos de Fra y Garçía Quix ada, obispo de Guadix. El primer
inmueble, en e l que se centra el documento, fue co mprado po r Alonso L obo , canónigo de
la iglesia ma yor de Gu adix , a Abulcaçim Abendafa. Dicho edificio se ubicaba en “Biba
Almazan” y tenía por li nderos por la parte de abajo, la segunda alhóndiga (que había
pertenecido a Mahoma Albarrani y ahora era de l mencionado o bispo), por la parte de
arriba la calle ma y or que va a la puerta de “Biba A lmazan” y por delante con la c alle que
va a la plaza nue v a de Bib Rambla.
Posteriormente se obse rva como este té rmino hace referencia al mismo inmueble, pero
también aludía al desem peño de funciones mu y específica s, centra d as en la fiscalidad y
almacenamiento de l as mercancías que lleg aban a l a ciudad en cue stión. Esta acepción s e
hornos, m o linos, tiendas y b años que p ertenecían al patr imonio de la f a milia r eal nazarí. Véase Inmaculada
González Sop eña, “Arabismos y fiscalida d en el Reino de Gr anada”, Dicend a: Estu dios de len gua y
literatura españolas, nº 35 (2017) , págs. 109 -130 , espec. 112- 114.
84
encuentra especialmente vinculada al tri go, como observamos en el resto del reino de
Castilla
299
. En la capital grana dina se identifica más de una, y c ada un a de las ex istente s
estaría especializada en la recogida de tributo y almacenamiento de un producto, como
nos mostró en su momento Trillo San J osé
300
, al mencionar la alhóndiga nu eva o el corral
del carbón, la casa del jabón, la alhóndiga del vino, del pescado, del lino, la açaquifa
(como la alhóndiga del cuero), la alhóndiga Zay da de cristi anos
301
, la de la e sp ecier ía, así
como la casa de la aduana de la alcaicería. Esto también se refleja en los protocolos
notariales de la capital granadina (cuadro 11), donde volvemos a encontrarnos l a
alhóndiga del vino, del pan así como la alhóndi ga de la especiería. El fuerte c ontrol sobre
las mer cancías se muestra en el he cho de qu e e stas habían de pasar dos días en el in terior
de la alhóndiga ant es d e ser vendidas
302
. Debido a esa función fiscal estos espacios,
ge n eralmente, formarían parte de los bien es propios de los concejos, siendo estos sus
propietarios y los encargados de a rrendarlos
303
. Mu y puntualmente estas alhóndiga s
fueron utili zadas como alojamiento. En Almería, la alhóndiga se uti lizó en 1532 como
299
José Luis P ereira Iglesias, “La alhóndi ga cacereña en el si glo XVI ”, Norba. Rev ista de arte, geo grafía
e historia, nº 2 (1981), pá gs. 20 5- 220 . Luis J. Go rdo P eláez, “Pósitos, alhóndigas y al holíes: edi ficios
municipales de ab astecimiento en Castilla durante el s iglo XV I”, en Ana María Aranda B ernal, Arq uitectura
vernácu la en el mu ndo ibérico: acta s del congreso internacional sobre a r q uitectura vern ácula , Sevilla,
2007 , págs. 102 -114. Ro w ena Hernández - Múzq uiz, “Pan y o bras: la alhóndi ga de Sevi lla y las obras de
1402 - 1403”, Historia. Instituciones. Docu mentos, nº 35 (2017), págs. 355 -403.
300
Car m e n T rillo San José, “Modificaciones caste llana s en la c iudad de Granada al final de la Edad Media.
El contro l d el co m ercio ”, Revista del Centro d e Estudios Históricos de Granada y su Rein o, nº 7 (1993 ),
págs. 27- 40.
301
En j unio d e 14 98, el arzob ispo d e Gr anada, el corregidor C alder ón, Hernando de Zafra, secretario de sus
altezas, varios r egidores de la ciudad , y Ma homad el P equení, cad í m a y or de los moros e alm otacén,
visitando las calles que habían de ensanchar para la venida de los re yes, el men cio nado al m o tacén dio para
la Alhóndiga Zay da de cr istianos las casas de Haq uén, ce rca de la plaza d el Hata bín (Mª Amparo Moreno
Tr u j illo, La memo ria de la ciudad : el primer libro de actas del Cabildo de Granada (14 97 - 1502) , Granada,
2005 , pág. 230). Sin e mbargo sabemos que e sa n o f ue su ubica ción definitiv a, ya que un mes m á s tarde, en
julio, observa m os q ue la esta a lhóndiga se enc uentra cerca de la plaza de Bibar rambla ( Mª Am par o Mo reno
Tr u j illo, La memo ria de la ciudad… , o p. cit., pág. 2 37 ). Más exacta mente ju nto a la puerta de Bibarrambla,
lindando con casas del contador Ribadene yra, la acequia de Darrillo, el Matad ero y con el mesón de Baeça
(Mª Am par o Moreno T rujillo, J uan Mª de la Ob ra Sierra, Mª J osé Osorio P érez, Los libros de rentas
municipa les de la ciu dad de Granada en el siglo XVI , Granada, 2 015, pág. 111, nº 41). Precisamente en la
excavación realizada en el solar situado en la esquina e ntre calle Reyes Católicos y ca lle Mesones fueron
excavados en el año 2 012, los restos de un inmueble en el que se d iferenciaron dos f ases de ocupació n. Una
primera fechada en el s. XII-XIII , es decir , época alm ohade y los inicios de la nazarí. Y una s egunda, situada
cronológica m e nte e n el s. XV I, prec isamente esta fase se i dentifica con la men c ionada alhóndiga Zaida
(Encarnación A rro yo Pér ez, Carmen Pérez Tor res, Eduardo Fresneda P adilla, Manuel Lóp ez L óp ez, José
Manuel Peña Rod ríguez, “Exc avación arqueoló gica…”, art. cit., págs. 27 9 -283).
302
Ágatha Orte ga Cera, “Renta s mayores y menores de la c iudad de Granada (149 5 - 1504)”, Chron ica
Nova: Revista d e Historia Modern a de La Universidad de Granad a , nº 31 (2005), págs. 237 - 303 , espec.
293.
303
Francisco Ángel P arej a Pareja, Carolina Perd iguero Ayala, “La regla mentación de la alhóndiga de Vélez
Málaga: la s ord enanzas rea les d e 1 513”, en A ndalu cía medieval: actas del III Co ngreso de Historia de
Anda lucía , Córdoba, 2001, págs. 281 - 291.
85
aposento de los escuderos de las capitanías del conde de Chincón y de don Gerónimo de
la Cueva
304
.
En general, la supr esión de su función de hospedaje provocó la aparición de o tros edificios
independientes destinados a tal fin: los meson es. En el ejemplo de la capital granadina
observamos tanto en los habices (cuadro 12) como en l a documentación notarial (cuadro
13) que estos se centran especialmente en el arrabal islámico de Bibarrambla o col ación
de la Magdalena. Más concre tamente 11 d e los 2 3 mesones citados se encuentran en la
zona: mesón de la Estrell a, el de la Campana, e l de Gomez de Santarem, el de J uan
Rodriguez Dávila, el de los Correos, el de Alonso de Córdoba, el d el Toro, el del Rastro
y el de Di ego Pavón. Situados en torno a la C alle Real, denominada post eriormente como
calle d e los Mesones (nombre que c onserva hasta la actualidad), señalan l a importancia
de estos en esta zona de la ciudad. Los otros 12 mesones, el Alonso d e Maute, el del
doctor Alonso Méndez de, el de los here deros de la condesa de Tamina, el de Pedro de
Carmona, el de And rés d e Torres y el del Moral, el de Bartolomé González, se encuentran
distribuidos por el resto de la ciudad. P or último cabe d estacar la construcción de un
nuevo mesón ex tramuros de la Puerta d e Elvir a qu e pertenecía al jurado Pedro Hernández.
En esta situación dos ejemplos de la capital gra nadina, ilustran perfectamente el cambio
de denomina ción de los espacios antes conoc idos como fanādiq o a lhóndigas. El primero
se refiere a la alhóndiga que mencionan los doc umentos roma nceados halla dos en la Rea l
Chancillería. Si mientras en el traslado romanceado de la escritura de venta observamos
que al inmueble se le d enomina alhóndiga, la c u al poseía un palomar, en un memorial de
los bienes adquiridos po r Gonzalo Martínez e Y nes del Pulgar durante s u matrimonio,
contenido en el mismo p leito, no se menciona nin guna alhóndi ga, pero si un mesón con
un palomar. El segundo se refiere a una al hó ndiga cu y a principal fu nción estaba
relacionada con su uso como taller por parte de u n grupo de artesanos, en concreto nos
referimos a una alhóndiga donde se espadab a e l lino según el apeo de 1506
305
, sin
embargo en un apeo posterior (1537)
306
, este mismo inmueble aparece como tarbea de
304
Adela A lcoce r Martí nez, Catálogo documen tal del Archivo Mu nicipal de Almería , Almería, 1986, págs.
159 - 162.
305
Mª Am paro Mor eno T rujillo , J uan Mª de la Obra Sierr a, Mª Jo sé Osorio P érez, Los l ibros de rentas… ,
op. cit., pág. 41.
306
Ídem, Ibíde m, pág. 126, nº 89.
86
espadar lino
307
. En ambos casos el ca mbio de denominación, está directamente vinculado
a no desempeñar ninguna actividad de carácter fisc al.
La confusión con respe cto a la utili zación de ambos términos se agudiza cuando
analizamos ejemplos r elativos a ciudades d e menor tamaño que l a capital granadina. Esto
se debe en primer lugar a la uti lización de la palabra castellana alhóndi ga, con los dos
significa dos que hemos visto, es decir, c omo sinónimo del termino árabe funduq , y como
espacio dedicado a la recolección de los impuestos de las diversas mercade rías. En
segundo lu gar, por el hecho de qu e tanto el termino alhóndiga, como mesón se aplican al
mismo espacio.
En el ca so d e Guadix se identifican dos alhóndigas. Ambas se reparte n a la s iglesias de
esta ciudad: una en la plaz a principal, y otra fuera de la Puerta d e Baçamarí n
308
.
Posteriormente la primera se mantiene como alhó ndiga, mientras que la se gunda pasa a
denominarse c omo mesó n
309
.
En otro ejemplo observamos que ambos términos (alhóndiga y mesón) suelen aplic arse
para denominar al mismo espa cio. En l a ciudad de L oja, donde pese a utilizar uno y otro,
podemos observa r cierta diferenciación o referencia a un espacio concreto ya que se habla
de “el m esón d e la alhóndiga” el cual se encontraba vacío en 1517 al n o habe r sido
arre nd ado
310
.
Sin duda, el ejemplo más complejo se encuentra en la ciudad de Baza. En el Repartimiento
se cita,
“Ay una casa que se llama el alhóndiga que es un mesón donde se re cogen
las rentas”
311
El término mesón es utilizado para aclarar que es una alhóndig a, especificando que en
esta se recogen las rentas, es decir, los tributos. Como tal solo se reconoce una, que es
307
Inmuebles co mpuesto s por varias esta ncias e incluso varias p lantas, p rincipalmente ubicad os en los
arrabales, alquilado s o acensu ado s por un grupo de artesanos, transfor mándolos en un lugar de trabajo
colectivo.
308
Carlos Asenjo Sedano, Repoblació n, merced es y reparto de prop iedades en el Guadix reconqu istado
por los Rey es Católicos , Guadix, 20 10 , págs. 55 - 56.
309
Ídem, Ibíde m , pág. 64.
310
Archivo Histór ico Municipal d e Loja, Libro de Cab ildo s 1517-15 27, fol. 26r.
311
Mª Eulalia Miralles Lozano, R epartimiento de Baza . Tesis doctor al (inédita), Murcia, 1988, vol. 2, pág.
9.
87
dada por merc ed a Pedro de Araoz
312
, mientra s que el resto son mesones. Sin embargo,
en la carta de los bienes otorgados al c on cejo de la ciudad aparece un a casa- alhóndiga
313
,
que tradi cionalmente se interpreta como l a misma que hemos mencionado
anteriormente
314
.
Sin embargo, pensamos que se trata de dos edi ficios diferentes, lo qu e supondría la
existencia de dos fanādiq en la Baza islámica. Dos escrituras, un a de arrendamiento
315
y
otra de traspaso d e censo
316
, ambas fechadas en 1532, nos llevan a defender esta
información. En primer lugar, por la procedencia de los documentos, la escritura de
arre nd amiento proviene del Archivo de Protocol os Notariales, mi entras que la se gunda
viene del Archivo Histórico Municipal. S i bien, es cierto que la procedencia de los
documentos no es un indicativo demasiado fiabl e de que habl emos de dos inmuebles
distintos, y a qu e hay c asos de inm uebles que son dados a censo por parte del Concejo y
posteriormente aparecen en los registros nota riales dados en a rrendamiento o subarriendo,
apareciendo e n ambos do cumentos la misma pe rsona. Sin embarg o, en este c aso suce d en
dos hechos que no coinciden: en prime r lu gar, que la escritura de trasp aso de censo es
unos meses posterior (ma y o, 1532) a la de arrendamiento (febrero, 1532); y en segundo
lugar, que ningún de los que int ervienen en ambos casos se r epiten. Es decir, en la
escritura de ar rendamiento Juan de Ar aoz, sec retario d el consejo de sus majestades,
vecino y re gidor de Baza, arrendó a Alonso H ernández de Bae za, la alhónd iga mesón de
los nueva mente convertidos, en el Barrionuevo, mientras que en la carta de traspaso de
censo, Rodrigo S errano traspasó el censo a Alon so de Va yona con el beneplácito del
alcalde ma y or y los regidores de la ciudad d e B aza, y a que el mesón -alhóndiga tr aspasado
312
Ídem , Ibíde m, pág. 125 - 128 . Miguel Ángel L adero Quesada, “Mercedes reales en Granada anteriores al
año 150 0. Catalogo y comentario ”, Hispania , nº 112 (1969) , págs. 355 -424, espec. 376. AGS, CCA, Libro
254, fol. 88v.
313
Mª Eulalia Miralles Lozano, Rep artimiento… , op. cit., vol. 3, pág. 8 48.
314
Ídem, Ibídem, vol. 1, págs. 20 6 y 223. Francisco Tristán García, “ De Basta a Baza. Notas de urbanismo
en el tr ánsito d e la ciudad islámica a la cristiana 148 0- 1530”, Pén dulo. Pa peles d e la Ba stitania , nº 2 (2 001),
págs. 38-69 , espec. 4 5.
315
A .P .N.Gr., Escribanía de Juan de Ahedo, prot. 14 (Baz a), f ol. 496r -496v. 1532, f ebrer o, 26. Baza. Carta
de arrendamiento. J uan de Arao z, secr etario d el consejo de sus majestad es, vecino e r egidor de Baz a,
arrendó a Alonso Hernández de Baeza, la alhóndiga -m esón d e los nuevamente convertidos, en el
Barrio nuevo con los derechos e libertades a ella pertene cientes con que está este arrendami ento, un a tienda
donde p esan carnes que está a la p uerta de la dicha alhóndiga, así m i smo una casa peq ueña que está
incorporad a con la dicha alhóndig a e se m anda por de fuera q ue suelen los alhondi gueros alq uiler por un
año 5.25 0 maravedís cada m e s.
316
A .H.M.B ., libro de cens os 1523 -1629 , fol. 125r-128 r. 1 532 , m a yo, 10. Baza. Carta de traspaso de censo
El alcalde mayor y los r egidor es de la ciudad d e B aza acordaro n que po r cuanto Rodrigo Serrano tenía a
censo el me són-al hóndiga de l a dicha ci udad q ue es de las rentas de pro pios po r 6.000 m aravedíes a nuales
pidió tr aslado de censo a Alonso d e Vayona.
88
formaba parte de la r enta de propios. P or último, en relación a estas alhóndigas, es la
propia denominación que se emplea para referirse a las mismas, mientras en la escritura
de ar rendamiento apare ce como alhóndiga-mesón dando pr eeminencia a la función fiscal
y de almacenamiento frente a la de alojamiento, en el caso de la escritura de traspaso
aparece denominada como mesón -alhóndiga, asumi endo un papel prin cipalmente de
alojamiento.
95
uno de los partidos sería más restring ida y e l partido de la a lcaicería incluiría únicamente
las rentas derivadas de lo s productos de lujo y tel as más finas
340
.
En un breve sondeo que realizamos en el Arc hivo General de Simancas, en la sección de
Contaduría Ma y or de Cuentas 1º época, obse rvamos que la cuenta referente a los años
1529, 1530 y 1531 de este partido contenía, adem ás de las mencionadas rentas de paños
(may o res y menores), ro pavieja y nueva, lienzos y sa yales, lenc ería y joyería, dos tipos
de rentas más: las de las tiendas del “mercayt y n” y los z ag uaques moriscos
341
. Las tiendas
del “mercaytyn” correspondían a los e spacios dond e se ve ndían marlotas y alm aizares
342
.
Con ellos entende mos q ue este partido d e la alcaice ría no solo gravaba l as mercancías
referidas, sino que también controlaba los espacios donde se ubicaban las tiendas en las
que se vendían dichas mercancías, al menos si estas eran objeto de compra-venta en la
ciudad granadina
343
. Surge entonces con toda su fuerza la percepción de la alc aicería
como espacio de control fiscal específico, qu e reuniría su moderno uso como partido
fiscal, tal y como estam os viendo, con la anti gua restricción nazarí de e spacio urbano
donde tiene lugar el co mercio exclusivo de varios productos de lujo, qu e acogería las
tiendas en las que se llev aba a cabo el intercambio de esas merca n cías.
Y aun así estos establecimientos comerciales no eran los únicos exist entes en el interior
de la alcaicería. En época cristiana, cuando la alcaicería pasa a ser una dependencia más
de la Alhambra y del gobierno allí establecido, vemos asentada s otro tipo de estancias
como la Casa del Alcaide, sitio de la gua rdia encargada de vigilar el recinto por la noch e
(segura ment e este espacio ya existía en época isl ámica, ya que se trata d e un espacio
340
“…en que entran las rentas de paños e frisas e lienços e sayales e xargas / e sargas e tap etes e alf a mares
e tapeç eria e p años de oro e sed a e m ar tas e armiñ os e veros e ropavieja e n ueva e joy erí a e toqueria…”.
AGS, RGS, 1 50506, 381.
341
AGS, CM C 1E, 417.
342
Leopoldo Torres Balb ás, “A lca icerías”, art. cit., pág. 449.
343
E n junio de 150 5, García de T oledo, a rrendador m a yor del partido de la alcaicería relata có m o al gunos
mercaderes p ara no pagar la co rrespondiente renta po nían las tienda s en las alq uerías cer canas a la ciudad :
“…algunos m ercad eres e otras per sonas desta d icha çibd ad e d e otras par tes fuera de lla por d e fraudar el
alcauala e derechos que debe e han de pagar han intentado e i ntentan de poner tiendas en algunas alquerías
de la tierra desta dicha çibdad questan encabeçados donde vende sus mercader ías e cosas porq ue allí vayan
las comprar las gentes de mis guardas e otras perso nas e los d ich os m er caderes no paguedes sino muy pocos
derechos…” AGS, RGS, 150506, 372. P osteriormente, Gar cía de To ledo reclam ó a sastres, jubeteros y
calceteros que re gistrasen me rcancías q ue tenía n tanto en s us ca sas co mo e n s us tie ndas: “…lo s sastres e
jubetero s e calçeteros desta dicha çibdad tiene en sus casas e tiendas co relares e fastan es e lienços e paños
e otras cosas to cantes a las rentas de la dicha alca yçeria e que co mo q ue era que p or s u par te han sydo e s o n
req uerido s que regi stre las dichas mercad erías co mo son ob ligados confor me a la le y…” AGS, RGS,
150506 , 631. Un último eje mplo d e estas dificultades nos l o da Ped ro Fernández de Có rdoba, solicitaba
que se p ermitiera tener a los tundidores sus tiendas d entro d e la alcaicer ía, sin que para ello incumplieran
una prag mática que dispo nía que los tundidores no debían estar junto a los trapero s, AGS, RGS, 15 1302,
215.
96
cerrado y fuertemente custodi ado, por el valor de las mercancías existentes e n su int erior),
un área destinada a guardar a los perros almacenes y aduana
344
. Esta última d ependenc ia
es, creemos, pr ecisamente, la razón de ser de la alcaicería en estos momentos ya tan
avanzados.
Actualmente aduana se identifica con una oficina pública donde se controla el
movimiento de mercanc ías sujetas a aranc el y se cobran los derec hos de l as mismas
345
,
un significado similar al que se observa en el s. X VI y que viene heredado de la p alabra
árabe de la que deriva, d īwān . No obst ante el significado tradicional de esta palabra es
registro, inicialmente con un carácter más militar
346
. Posteriormente, en época almohade
y por influenci a externa, se presentó como oficina para la recaudación de impuestos que
gravaba n a los importadores europeos, ubicada especialmente e n los pu ertos
347
.
Si nos fijamos en los varios datos aporta dos a lo largo de este trab a jo, podre mos
acercarnos más a estos establecimientos, las aduanas, así como a su ubicación. Por un
lado, en las prime ras relaciones de inmuebles no se emplea el té rmino “aduana”, sino
otros del tipo “donde zagüacan” o “donde recogen los derechos”. Por otro , cuando
hablamos de l uso de alcaice ría y aduana c omo palabras qu e hace n refere nci a a diferentes
espacios, con funciones mu y concretas, men cionamos la posibilidad de que el término
“marchamo” fuera utiliz ado como sinónimo de aduana .
La alcaicería y la seda
En el caso de la capital granadina, existían en el interior de l a alcaicería varias aduanas,
cada una espec i alizada en uno de los productos que a llí se comerciaban. Subra y amos la
diferencia con el resto de ciudades nazaríes que conservaron su alcaicería , donde pasó a
tener un uso más restringido, vinculado con el control fiscal de un producto concreto.
344
Manuel Garzó n Par eja, “Una depend encia de la Alhambra: la Alca icería”, Cuadernos de la Alhambra,
nº 8, 1972, págs. 65 - 76.
345
https://dle.rae.es/? id=0qXa4 ku
346
Hugh Kenned y , “The financi ng o f the Military in the Earl y Islamic State”, en Av eril Cameron, G.R.D.
King (coord. ), The Byzantine and early Islamic Nea r East. III States, resou rces a nd armies , Princeton,
1995 , págs. 361 -378.
347
A.A. Duri, H.L. Go ttsc halk, G.S. Coli n, A.K.S. Lambton, A.S. Baz mee Ansari, “Di wan”, en C. E.
Bos w orth, E. van Donzel, W. P. Heinrichs , G. Lecomte, En cyclopéd ie de l’Islam , T. II, Leiden, 1995, págs.
332 - 347.
97
Aquí, un estable cimiento, el aduana, cob ra una imp ortancia especial, y a que a mbas (tanto
alcaicería c omo aduana), como hemos visto, llegaron a designa r lo mismo.
En época castellana s e haría todo lo posible por mantener el fuerte contro l fiscal que se
llevaba en época nazarí sobre las zonas productoras y los espacios de venta de este
artículo, a pesar de los c ambios a los que se sometió la estructura fiscal y el sistema de
recogida de impuestos
348
.
Generalmente cada división geográfica agruparía las rentas tra dicion ales castellanas, con
sus tercias, a lcabalas, servicios, etc., que for m arían c onjuntos que se denominaban
partidos. En el reino de Granada se seguía este mi smo esquema, salvo en dos excepciones,
tal y como hemos come ntado: la ciudad de Gra nada, y la seda, que consti tuiría por sí
misma un partido fiscal. La renta d e la s eda s e i ncluiría en un primer momento en el
partido de Gra nada (1495-1499)
349
, como una de las rentas que lo conf ormaban, tambié n
lo hemos explicado. P osterior mente se ampliaría el espacio de control de este impuesto,
creá ndos e va rios partidos exclusivos para la seda, tal y como rec o gió L ad ero Ques ada
para el año 1504
350
, cuando observamos seda de Granada, de Baza y Gua dix, de Almería ,
de Málaga , d e Almuñécar, y de Andarax
351
.
¿Cómo se relacionan cada uno de estos partidos con las alcaicerías? Estas eran espacios
donde se debían de marchamar, sella r, registrar y pagar los derechos de la seda. P ara
explicar esto algo mejor hemos de repasar el prot ocolo establecido para la recepción de
esta renta, y observar la relación entre dicha estructura fiscal y el espacio urbano
directamente relacionado con ella.
Es g eneralmente reconocido que sobre la organización fiscal directamente he redada del
período nazarí, que para e l caso de los impuestos so bre la seda contaba con la int ervenc ión
del fiel o motalefe, el hafiz, el corr edor o geliz y el pre gonero, hadid o z ag u acador, se
348
Francisco B ejar ano Robles, La in dustria… , op. cit. Manuel Garzó n P areja, La industria sedera en
España . E l arte d e la seda de Granad a , Granada, 1972. Miguel Ángel Ladero Quesada, “Do s temas de la
Granada nazarí, I. El duro fis co de los em ires”, Cuadern os de Historia, nº 3 ( 19 69), págs. 321 -334. Migu el
Ángel L ader o Quesada, “La producción de seda en la España medieval. Siglos XI II - XVI”, en Simonetta
Cavaciocchi (dir.), La seta in Eu ropa secc. XI II - XX, Pr ato, 199 2, págs. 125 - 139. José Enrique L óp ez de
Coca Castañer, “La seda…” , o p. cit., p ágs. 33 - 57.
349
Ídem, Ibíde m, pág. 244 .
350
Miguel Ánge l Ladero Quesada, “La Hacienda Real de Cast illa en 15 04. Renta s y gastos d e la corona al
m orir Isabel I”, Historia. Institu ciones y Do cumento s , n º 3 (1976), págs. 30 9 -345, espec. 325.
351
En un documento del RGS se citan también los partido s de Ferreira y P oqueira (Granada). Pedro J.
Arroyal E spigares, Esther Cru ces Blanco, Rafael Gutiérrez C ruz, Mª Teresa Martín Palma, Diplomatario …,
ob. cit., págs. 541 - 543.
98
había construido buen a parte d e la nueva estructura fisc al castellana, dirigida en este caso
por fi guras como el arrendador y recaudador may or de la seda d e cada partido, además
de los hace do res.
El fiel o motalefe era elegido por el alcalde o el alguacil de cada lu gar y su principal
función se ce nt raba en estar presente en e l pes ado, sellado y registro de l as madejas de
seda cuando er an extraídas del torno, y dar un albalá. Este era un justificante de la
operac ión dond e figuraba el peso de cada madeja, escrito en arábigo y romance .
Posteriormente, si la seda iba a ser vendida debía llevarse a una de las alcaicerías (situadas
en Gr anada , M álaga y Almería), donde el vendedor entregaba el albalá dado por el
motalefe al hafiz, un oficial nombrado para que registrase y sellase tod a la seda que
llega b a a esta institución.
Por último, una vez hecho esto, la venta podía real izarse de dos mane ras:
- en pública subasta, a través de un corr edor o geliz, enca rgado de ne gociar el
máximo precio y ofrecerlo al dueño de la seda, que podía decidir si lo acep taba o
no
- o bien, si la seda era destinada al mercado interior, era subastaba, en esta ocasión
por un pregonero, llamado dalid o zaguaca dor
352
.
La existencia de los arrendadore s generales, o, como aparece en la documentación,
arre nd adores y r ecaudadores ma y o res, se debe a la necesidad por parte d e la Hacienda
castellana de ase gurarse la colocación del ma y or número de rentas
353
. Estas quedaban
sometidas a un a rrendamiento o a un encabezamiento
354
. El primero se realizaba mediante
un sis tema de sub asta p or puja al alza y la R eal Hacienda busc aba siempre al mejor
postor
355
.
Una de las condicion es que encontra mos en el contrato de los arrendadores y
reca ud adores de cada partido de la seda es que se respetara la presencia de una figura, la
352
Miguel Ángel Ladero Quesad a, “La pro ducción…”, art. cit., pág. 134 .
353
Juan M. Carretero Zamora, “Los arrendad ores d e la hacienda de Castilla a comien zo s d el siglo XVI
(1517- 15 25)”, S tudia histórica. Historia moderna , n º 21 (1999 ), págs. 153 -190, espec . 155.
354
El en cabez amiento era un ac u erdo fis cal por el que las ciudades o pueblos pagaban una ca ntidad fija por
un per íodo de tiempo, a camb io de la administració n de los trib utos, lo q ue venía a ser una delegación
administrativa entre entidades p úblicas, Coro na y co ncejos. Amalia Gar cía Ped raza, “La prosop ografía de
los inter m ediario s fiscales del reino de Granada (14 92 - 1515). Una historia por hacer”, Chron ica nova , nº
31 (200 5), págs. 147 -195, espec. 15 9.
355
Juan M. Carreter o Zamora, “Los arrend ad ores…”, art. cit., pág. 15 5.
99
del hacedor
356
. Este, o estos, y a que podía haber uno o varios, se ubicaban en la alcaicería
como delegados d e los arrendadores, en cargados d e recibir y cobrar lo tocante a las dichas
rentas y otra s cosas relativas a la cobranza de dich os derec hos
357
.
Estos hacedore s habían de dar cuenta de todo lo relativo al cobro de los derec hos de la
seda que recaudaban al arrendador y recaudador mayor del partido
358
. En ocasiones no
cuadra b an las cuentas, lo que podía deberse a un fraude por parte de los arrendadores
359
y /o de los hacedores. En septiembre de 1504, por ejemplo, Alonso de Alanis, arrendador
y reca ud ador ma y or de l os derechos de la seda d e los partidos de la ciudad de Granada,
Ferreira (Granada), Poqueira (Granada) y Andarax (A lmería), rec lam aba a los re ceptores
de la alcaicería granadina (Francisco de Toledo, Sebastián de Rojas y Juan Ortiz) y a los
rece pto res de la alcaicería almeriense (Francisco Gonz alez de Écija y Fernando L óp ez
Abenife) que pagara n lo establecido, ya que no querían dar cuenta de lo que rec ibie ron y
cobraron, porqu e hicieron algunas gracias y quit as de los derechos de la seda, algo que
no podían ni debían hacer
360
.
El enga ño también podía produ cirse por parte de los produc tores de la seda, como sucede
en otro caso, en marzo de 1504, cuando los vecinos de Jubil es (Grana da) ll ev aron a la
alcaicería granadina 26 mazos de seda de, supue stamente, cuatro onz as d e peso, cuando
en realidad cada mazo pesaba entre 30 o 35 onzas. P recisame nte en este ejemplo vemos
cómo el recaudador de la seda de Granada, p ara evi tar nuevos fraudes, envió a un hacedor
a las Alpujarras a revisar la seda que se había hilado
361
.
356
“ ... mandamos que todo s los que criasen seda en el dicho partido oviesen de m archa mallo e registrallo al
hasedor que estoviese puesto p or el recaudador en el dicho partido…” Miguel Áng e l Lader o Quesada, “La
prod ucción…”, art . cit. , pág. 295.
357
AGS, RGS, 150504, 348. Así en la alcaicería granadina encontra m os hacedo res de los partidos de Baza
y Guadix (AGS, RGS, 15 0504, 348), per o también de Ferreira y Poq ueira (P edro J . Arroyal Esp igares,
Esther Cr uces Blanco, Ra fael Gutiérr ez Cruz, Mª T eresa Martín P alma, Diploma tario…, ob. cit., p ágs. 541 -
543) , mientras que e n el caso de Almería e ncontramos hacedo res del par tido de Andarax (Ídem, Ib íde m ,
págs. 541 -543).
358
AGS, RGS, 1 5050 4, 348. “…podades p oner e pongades f azedor es que resc iban e cobren los d erechos
de la d icha seda… e para que les podades tomar quenta con pago cad a que quisierdes e por bien toviedes e
para lo s quitar e rem o ver i p oner otro de nu evo… e p ara les dar e igualar ansi a los dichos hazedores co m o
a las dichas guar das q ualquier salario o salarios que a vos bien visto sea” Francisco Bej arano Robles, La
industria…, ob. cit., págs. 172- 173.
359
“…los arr endadores de la dicha sed a co npran la dicha sed a fu era de las dichas tres Alcayçerias e la sacan
sin la traer a ellas a marxa mar en ellas, ni hacer las otr as co sas ue se gund la d icha p rematica e arancel de
los derechos de la dicha renta de la dicha seda se deven hac er…” Rafael Ma rín López, Documentos pa r a
la historia d e la seda en el reino de Granada (siglos XV - XVIII) , Granada, 2 008, pág. 46
360
Pedro J. Arroyal Espi gares, Esther Cr uces Blanco, Rafael Gutiérrez Cruz, Mª Teresa Martín P alma,
Diplomata rio…, o b. cit., págs. 541 -54 3.
361
Ídem, Ibíde m, págs. 295 - 297.
100
Este tipo de a maños derivan del hecho, c omentado anteriormente, d e que “ los alguaciles
e justicias e c oncejos de las villas e logares e alquerías de las Alpu jarras y de Granada”
no nombraban, como e ra de esperar, fieles o motalefes al gunos. Estos de bían asistir junto
al re caudador o su hacedor c u ando la seda fuera quitad a del torno para s ellarla y
pesarla
362
.
Al no estar presentes estos funcionarios, únicamente se disponía del testimonio d el
reca ud ador o hacedor, l o que podía dar lu gar a fraudes y desde luego perjudicar a
criadores e hiladore s de seda, y a qu e se traslada ba a los albalaes menos cantida d del peso
de las madejas, que de hecho en ocasiones no sería calculado; otra s veces las pe saban
mojadas y cuando llegaba a la alcaicería, como y a estaban secas, pesaban menos que
cuando lo calcularon a l retirarlas del torno. Para evit ar esto la reina doña J uana ordenaría
nuevamente
“…que en principio de c ada un año el alguasil o justicia juntam ente con
el concejo de cada lugar o alcaria de las di chas Alpuxarras donde se oviere de
hilar seda, nombren e pongan una o dos personas fiables, quales ellos viere, que
para ello cumplen para que juntamente con el recabdador de la dicha seda o su
hazedor estén pres entes al quit ar la seda de los tornos, e la vean p esar e sellar e
tengan libro e quenta e razón de ella e den las albalaes de la dicha seda…”
363
Pero, como hemos ido viendo, a p esar de que el fin de esta estructura era evitar en lo
posible fr audes y engaños y que toda la seda fuera re gistra da, no siempr e se conseguía.
Son continuas las reclamaciones y pe ticion es por parte de los arrendadores mayores de la
seda a los Rey es Católicos para que ordenaran las irreg ul aridades constantes que se
cometían. Así, por ejemplo, para que “la dicha se da no se puede vende r ni comprar ni
362
De tal manera que para evitar pleito s “…el alguasil o j usticia juntamente con el consejo de cada lugar o
alquería d onde se oviere de hilar la dicha seda, nonbre una o dos p ersona fiables, quales ellos v ieren q ue
para ello cu m plen, para que sean presentes a quitar la sed a d e los tales tornos e la vean pesar e sellar e hagan
libro de toda ella otro tal conform e al libro del recabdador y firme e n el tal libro del rebcadador la s eda que
hilaren cada uno d e los dueño s della.
E el r ecabdad or o su hacedo r fir m e en el libro de los tales fiel o fieles que as í fueren p uesto s e e l tal lib ro
de los d ichos fieles este en su poder …” Rafael Marín López, Docu mentos… , op. cit., p ágs. 58- 59.
363
Ídem, Ibíde m, pág. 60. En otra ocasión vuelve a solici tarse en este caso a la reina doña Juana que ord ene
nuevamente contra aquellos que “yendo e pasando contra las dichas condicio nes e pre mátyca, an conprad o
e sacado, e conpran m ucha se da fuera de las d ichas alcay çer ias fort y ble mente e s y n lo marchamar ni pagar
los derechos della” Pedro J. Arro yal E spigares, Esther Cruces Blanco, Rafael Gutiérrez C ruz, Mª Teresa
Martín Pal m a, Diploma tario…, ob. cit., pág. 654.
101
sacar seda ninguna por mar ni por tierra syn que primerame nte lo trayg an a las tres
alcayçe rias del dicho R eyno de Granada”
364
Sin embar go existen exc epciones en las cuales si se permitió al mercader comprar seda
sin que hubiera p asado por la alcaicería. Es el caso de Agustin de Grimaldo, genovés, que
compró seda a Lorenzo de Castro y qu e fue embarg ada por Juan de la Fue nte, arrendador
y r ecaudador ma yor de los derechos de l a se da en el r eino de Gr anada
365
. Esta s
excepciones causaban mucho perjuic io al re sto de mercaderes, por lo que en 1523 una
real cédula de Carlos I y doña Juana prometía no volver a conceder este tipo de
licencias
366
.
En cuanto a la relac ión e ntre toda esta estructura fisc al y el espacio urb ano directame nte
relacionado con ella, se establece y a en 1494, cuando los Reyes Católicos, a través de una
pragmática , prohibieron que la renta y derechos de la seda se paga ran en cualquier lugar.
Esto solo debía hacerse en las tres alc aicerías activas en el r eino, es de cir, las de Granada,
Málaga y Almer í a
367
.
Sin embarg o, este establecimiento urba no que adquiere su propio si gnificado al limitarse
su definic ión al lug ar donde se debía marchamar, sellar y vender la seda, comparte en
realidad si gnificado, o al menos algunos rasgos, con otro término bien distinto: aduana.
Para entender e sta similit ud veamos el ejemplo de la alca icería mala gueña .
A la hora de re alizar el repartimiento de esta ciudad, en las instrucciones previas a su
elaboración, se recoge q ue la alcaicería malagueña se encontra b a en mal estado y s e
repartió como solares y casas
368
. ¿A qué se hacía referencia cuando se emp leaba este
término en esos momentos en Málag a? Creemos que a un aduana.
364
Pedro J. Arroyal Espi gares, Esther Cr uces Blanco, Rafael Gutiérrez Cruz, Mª Teresa Martín P alma,
Diplomata rio…, o b. cit., pág. 363.
365
AGS, RGS, 15 0811 , 254.
366
Rafael Marín López, Documentos… , op. cit., pág. 75 .
367
Francisco Bej arano Rob les, La industria…, op. cit., p ágs. 187- 191.
368
…que el circuyito de alcaeçeria de la dicha çibdad es todo tiendas e e stán caydas e mal reparad as, or no
aver quien las repar e porque aquellas con las otras de la d icha çibdad es mu c ha ca ntidad de tiendas e q ue
seria e es mas nue stro servicio que se diesen para solares e casas, que no que las dichas tiendas se ca y a n.
Por ende mandamos a los dichos nuestros repartido res que repartan la dicha alcaeçeria a quien entendi eren
que más presta mente e m ejo r la podrán lab rar de casas. Luis Morales García -Goyena, Do cumentos
históricos de Málaga , Granada, 1 906, pág. 3 . Y así se r efleja tambi én en el repartim ie nto “Este d icho dia
se dio a Juan Diaz portogues m arinero patró n de una carabela un a casa que es en la Alcaiceria en que ay un
cuerpo con un cor ral q ue esta junto con ella s yn el alto d el d ich o corral e dieronle mas dos tiendas que estan
de la parte del dicho corral que llegan a una esqui na que esta frontera en volviendo la ca lle de la hazera del
dicho corral enfrente con tanto que labre lu e go y g a ste en la l abor en las dicha s casas treinta mil maravedís
102
Francisco Bejarano en su obra sobre la industria de la seda en Málaga hablaba
especialmente de un aduana de la seda, si bien en ning ún momento la pone en relación
con la alcaicería. No obstante, si observamos al gunas de las características que expone,
detectaremos muchas sim ilitudes entre ambos términos. Al hablar d el aduana malagueña,
explica cómo el Cabildo habría recibido en a gosto de 1534 gran cantidad de denunci as,
y a que se compraba s eda fuera d e este espacio
369
. Además sería el lugar donde operaban
el geliz y zaguacador. Así que vemos cómo, al menos en el ejemplo malagueño, la
alcaicería era sinónimo de aduana de la seda.
Es cierto que en ocasiones aparece n ambas palabras conjuntamente, como en un
documento y a mencion ado de septiembre de 1504
370
, donde se cita “receptores de los
derechos de la seda en la aduana y alcaicería de Granada” o “receptores en la aduana
y alcaicería d e Almería” , pero por no rma general podemos establ ecer dos espacios
diferentes: por un lado la alcaicería c omo espacio de venta (sabemos que cada uno de los
ge lic es ex istentes en la capital granadina disponía de una tienda
371
) y por otro el aduan a
como establecimiento fiscal.
En Guadix , sin embargo, los diferentes do cumentos que se conservan reclamando el
regre so d e esta instit ución en un primer momento la denominan marcham o, y
posteriormente alcaicería y marchamo de la seda. S e establece de esta manera nuevamente
una diferenciación e ntre un espa cio para la venta (alca icería) y un inmueble de carácter
fiscal (marchamo, en esta ocasión sinónimo de aduana).
En el intento por frenar los fraudes y tener un m a y o r control sobre el pago de los derechos
de la seda se inscribe la p etición y averiguación pr esentada por el Conc ejo de Guadix para
que se volviese a instalar la alcaicería y m archamo de la seda en dicha ciudad. Pocos años
después de la conquista de Gua dix se rea liz ó la primera pe tición:
“Diz la dicha çibdad, q ue en tiempo d e los reyes moros ovo en ella
marxamo de seda segun d que en Granada e Málaga e Almería segund paresçe
por esta provança, y esto supl ican los arrendadores de la seda por
e que de oy en tres meses trayga su m ujer e casa e asiento” Francisco B ejar an o Ro bles, Los
repartimientos…, op. cit., vol. 1, pág. 1 34.
369
Francisco Bej arano Rob les, La industria… , op. cit., p ág. 120.
370
Pedro J. Arroyal Espi gares, Esther Cr uces Blanco, Rafael Gutiérrez Cruz, Mª Teresa Martín P alma,
Diplomata rio…, o b. cit., págs. 541 -54 3.
371
Rafael Marín López, Documentos… , op. cit., pág. 54 .
103
acrece ntami ento de sus r entas, suplica la dicha çibdad le haga merçed del dicho
marxamo.”
372
Pero no es hasta la década de los veinte del siglo XVI cuando vuelve a solicitarse la vuelta
de la alcaicería y ma rchamo
373
. En dicha petición no solo s e dan como razones el
beneficio qu e supondría pa ra la Corona
374
, evitando pa rte de los continuos f raudes que se
sucedían, sino que los pr incipales argumentos venían a d efender, como ya anunciamos
más arriba, los beneficios que supondría para la ciudad la recupera ción de tal
institución
375
.
En nuestro análisis de la averiguación/interroga tor io de Alonso de Baeça, ta nto Hernando
de Medina
376
como Francisco Peres de Barradas, po nen de ejemplo el merc ado franc o
celebrado años a nt es
377
. Uno de los testigos, Manuel de Úbeda afirmó:
“…que sy la dicha alcayçeria ov ies e en la dicha çibdad de Guadix questa
en la mejor comarca de t odo el reyno de Granada por que toda la hoya de Baça
y Alpujara y otras partes acodiria a la dicha çibdad de Guadix…”
378
La ciudad se b eneficiaría de un aumento de población en el futuro, alg o qu e preocupaba,
y a que de los 1.500 vecinos que en el mom ento de hacer este interrogatorio tenía la ciudad,
1.200 eran cristianos nuevos y solo 300 eran cristianos viejos. Ese aumento se cifra en
3.000 vecinos en diez años según cálculos del bachil ler Hernando de Medina, siendo esos
nuevos pobladores ma yoritariamente cristianos viejos
379
. P or otra parte, este aumento
también provocaría un embellecimiento de la ciudad que s e encontraba m uy d espoblada
y con mu chas de sus casas vacías.
372
Ma nuel Espinar Moreno, Mª An gustias Álvarez d el Castillo, Mª Dolores Guerr ero Lafuente, La ciudad
de Gua dix en los siglos XV y XVI (1490 -1515) , Granada, 1 992, pág. 72.
373
AGS, CCA, LEG, 1 98.
374
“…de te nerse la dic ha alcaic ería en Guadix n ing ú n da ño ni perj uizio viene a la hazienda y p atrimonio
real de vuestra magestad ni al recabd ador general de la r enta…” AGS, CC A, L E G, 19 8.
375
“…la dicha çibd ad e su tierra r escibira gran b eneficio y merced y se bo luera a reparar y remediar q ue
esta muy destru ida…” AGS, CCA, LEG, 198 .
376
“…porque ve que donde a trato ay po blaçión d e nuevo porque por vn mercado f ranco qu e en la dicha
çibdad ovo çier tos años se ennobleçió quel tienpo e quando se q uitó se d eshizo…” A.G.S., CCA, LEG, 195,
fol. 11r.
377
“…ovo cierto ti enpo mercado franco la d icha çibdad se nobleçió y cada día se mejorava e quando se
quitó fue yn diminuçion y poq uedad…” AGS, C CA, LEG, 1 95, fol. 1 2r.
378
AGS, CCA, LEG, 1 95, fol. 7 r.
379
“…que si el marchamo o alca yçeria d e la sed a a esta dicha çibdad de Guadi x se bolviese antes d e diez
años avría en ella tr es mill vec inos de cristia nos viejos…” AGS, CCA, LEG, 1 95, fol. 1 0v.
104
La última razón que se di o pa ra recuperar esta a l caicería sería el aumento que de re nt as y
alcaba l as recibirían los r eyes derivados de la rica y fértil tierra de Gu adix y su comarca
así como de evitar e l camino de Granada y los pe li gros que en él se daban
380
. Carecemo s
de la respuesta dada y sobre lo que pa só con dicha alcaicería.
El análisis de la documenta ción generada tras la conquista del emira to na zarí relativa a
las alcaicerías nos ha p ermitido observar ciertas características. Por una parte, la alc aicería
granadina sigue mante niendo el mismo empl azamiento y configuración urba nas
hereda d as de época na zar í. Era un re cinto cerrado, destinado al mercado de produc tos de
lujo, en el cual encontramos no solo establecimie ntos comerciales y /o ar tesanales, sino
que también habría esp acios destinados al almacenamiento o relacionados con la
seguridad. Cada uno d e l os productos que allí se vendían estaba sometido a un a tasa o
renta qu e los comerc i antes habían de pa gar. El conjunto de estas rentas f ue conocido
dentro de la f isc alidad castellana como partido de la alcaicería .
Por otro lado, en el resto de ciudades donde ten emos noti cias de la posi ble existencia de
alcaicerías nazaríes, o sea Málaga , Almería, Guadix , Baza y Vélez-Málaga, pa sarían, tras
la conquista, en c aso de conservarse, a tener un uso más re stringido y limitado, vinculado
con el control fiscal del comerc io de un p roducto específico. Este producto solía ser s eda
(Málaga y Almería), pero no era el único, y a que en Vélez Málaga s e alude a una
alcaicería centra d a en el comerc io de los frutos se cos.
En todos los casos sí que se advierte que al menos a partir de e ntonces, es clara la vertiente
fiscalizadora que adquiriría este espacio sobr e el resto de actividades desarr olladas en su
interior. Ello es evidente g racias a la especial importancia que cobraría u na institución
adscrita directamente, aunque no exclusivamente, a la alcaice ría: el aduana. De rivación
de la palabra árabe, dīw ān , en época almohade y por influencia externa se r econocía co mo
oficina, ubicada especialmente en los puertos, donde se recaudarían los impuestos que
gravaba n a los hombre s de negoc ios europeos. En e l caso de Granada existiría un a duana
para cada uno de los produc tos que se comerciaba (li no, espec iería, paños, seda) , mi entras
que en el resto de ciudades, tras la conquista, ambas palabras, aduana y alcaicería parecen
380
“…como es el cami no desdesta dicha çib dad hasta la d icha çibdad d e Granada muy fragoso y peligroso
de salteado res e moros de all ende a d onde sean muerto y pr endido muchos cristia nos y se lo an llevado
allende e los an to mado la d icha seda e lo que lleva n y traen…” AGS, CCA, LEG, 195, fol. 5r.
111
registrada en el repartimi ento. En la relación inici al de los bienes qu e h abía para repartir
encontramos que exist en 13 tenería s
412
, mientras que en el monasterio de Santa Isabel se
le dan
“ dose casas d e tenerías que son en esta dicha çibdad junto con el molino
del dicho Gonçalo de Cortinas e del horno que esta cabe el alcazaua de la dicha
çibdad con vna c asa qu e e sta a las espaldas del dicho horno baxo del arco”
413
.
Francisco Tristán señ ala que la faltante es una tintorería
414
, que según el repartimient o
fue otorgada a Dieg o Per ez de Santistevan
“E de vn sytio de vn tinte ques junto con la puerta de la dicha çibdad c omo
salen del arrabal d e Sant Juan a la mano derecha que ha por linderos la calle que
va de la dicha puerta a la yglesia de la Pi edad e tenerías de las monjas y el a darbe
de la dicha çibdad e la caua que va junto con é l”
415
.
Posteriormente sabemos que este espacio es heredado por una de sus hijas, Luisa Pérez
de Lugo, tal y como aparece en la relación de los bienes de su m arido y ella
416
. Tenemo s
algunas referencias a la exist encia de más sitios de tintes en las a ctas de cabildo. Las
primeras provi enen de las actas d e 1493, cuando se rea liz a una petición por p arte de P edro
Cortina para que le hiciera n merc ed de un sitio para hacer un tinte que estaba por fuera
de la puerta nueva de la medina
417
. Un año después se hizo donación de un solar para tinte
“desde la tien da de Mont esino fasta la puerta que e ntra a c asa de Cristóbal de Lara e la
otra calle que entra a casa del”
418
. L a última mención es durante la compra de Pedr o
Hernández de Toledo de una caldera de cobre de cinco arrobas de peso para su ti nte a
Bernaldino de San Mig u el
419
.
Por otro lado, el ejemplo de Granada est á mejor documentado. En el año 1 993, Orihuela
Uzal publicaba los result ados de su prosp ección bajo las bóvedas d el río Darr o, dond e
aparecían estructuras qu e podrían corresponder con las tintorerías mus ulmanas de la
412
Mª Eulalia Miralles Lozano, Rep artimiento…, op . cit., vol. 2, pág. 9 .
413
Ídem, Ibíde m, v ol. 2, pág. 8 9.
414
Francisco T ristán García, “De B asta…”, art. cit. , pág. 46.
415
Mª Eulalia Miralles Lozano, Rep artimiento…, op . cit., vol. 2, pág. 5 69 .
416
A.R.Ch.Gr., c. 5216, p. 2 .
417
A.H.D.Gr., Actas de cabildo 14 92 -1495, fol. 137 v.
418
A.H.D.Gr., Actas de cabildo 1492 -1495, fol. 87r .
419
A.P.N.Gr., Escribanía de Diego de Ahedo, prot. 4 (Baza) , f ol. 257v - 258r .
112
seda
420
. Años más tarde apare cería un segundo establecimiento en la misma z ona y
dedicado a i gual fin
421
.
Por otro lado, a finales de los años 90 se identificó en Grana d a, en un solar entre las calles
Reye s Católicos, Santi Es píritu y Colcha, un inm ueble dedicado a la producción de tintes
minerales
422
. Fue datado en la época almohade (s. XII- XIII) y s e avanzó una muy posible
continuidad de su actividad en época nazarí. En este complejo se hallaron cinco hornos,
varias tinajas, estructura s relacion adas con la recogida y almacenamiento de agua, así
como diversas estanc i as relac ionadas con el complejo industrial, pero desconocemos la
función o actividad que en ellas se realizaba.
Destaca n los cinco horno s-calentadores de planta circular, cu y a actividad se vincula con
la disolución del mineral para su conversión poste rior en ti ntura. J unto a estos hornos se
hallaron varias tinajas. Todas ellas colmatadas por restos de metales solidificados
(polisulfuros de hierro y cobre)
423
.
Llama la atención la presenci a de este complejo no tanto, por haberse identificado un
establecimiento dedicado a la obtención de tintes, como por el hecho de que estos tintes
fuera n de origen mi neral. Los trabajos qu e hast a el momento conocemos sobre los tintes
y tejidos en al-Ándalus nos muestran como los principales ti ntes utilizados eran de origen
vegetal y/o animal
424
.
3.2.3.- Alfares
Sin duda alguna es la inst alación industrial mejor conocida. Esta ex igía un espacio
considerable para el desarrollo de la actividad, y a que requier e de ex tracción y /o
acumulación de tie rras, p ozos o canalizaciones con agua y balsas o d epósitos, y ha y qu e
contar además c on el tras ieg o de polvo, vertidos de de sechos y humo, denso y persistente
420
Antonio Orih uela Uzal, “Restos d e la Granad a islámica ocultos p or las bóvedas d el río Darro ”, Al -
Qantara : Revista de estudios árab es, Vo l. 14 (1993 ), págs. 293 -309 , espec. 307.
421
Intervención ar queológica pr eventiva mediante so ndeos por r eestructuración del ed ificio sito en C/
Reyes Católicos nº 21 de Granada (inédita)
422
Reyes Católicos, Sa nti Espíritu y Colcha - Ruiz T orres, Sonia – B C.03.37/1998
423
Reyes Católicos, Sa nti Espíritu y Colcha - Ruiz T orres, Sonia – B C.03.37/1998
424
An a Cabrera Lafue nte, “Caracterizació n de las pro ducciones textiles en al -Ándalu s (siglos I X al XI V):
Estudios sobre tintes”, en Manuela Marí n (ed.), Tejer y ves tir: de la Antigü edad a l Islam , Madrid, 2001,
págs. 395 - 415.
113
en determinados momentos que ocasionaban evidentes molestias
425
. Debido a las misma s
el zabazoque vigilaba qu e estos complejos se situaran extramuros de la ci udad. Como
bien recomienda Ibn Ab d ū n en su tratado de ḥ i sba, “y las alfarerías se instalarán en
torno al foso que rodea a esta [ciudad ] , donde hay terrenos más espacios os, pues en la
ciudad escasea el espa cio libre”
426
. Ibn Abd ū n utiliz a el término alfarería co mo genérico
de aquellos e spacios en l os que se transfo rmaba el barro, y a fuera en utensil ios de cocina,
mesa y /o almacenamiento y transporte
427
, como en materiale s de construcción.
Mientras que los primeros a parecen denominados como ollería s principalmente, también
aparece n como tinajerías o cantarerías, los segundos son denominados como tejar. Entre
ambos ex iste una pequeña difer encia de ubicación, y a que las ollerías suelen situarse en
arra b ales poco frecuentados y los tejares se ubic an más alejados aún.
Como otras construcciones, algunos de estos comp lejos se organizaban en torno a un gran
espacio abierto central o patio. Tal es el caso que v emos en Bezmiliana, don de el conjunto
de edificaciones se articula en torno a un p atio. E ste se encuentra limi tado por un muro
de conten ción contr a las arroyadas al E, al poniente una habitación rectangular y mu y
posiblemente en el lado sur existiera igualmente otras estanc ias. Por último, algo
descentrado, hay un pozo de ag ua limitado por un círculo de piedras
428
.
Uno de los complejos alfareros m ejor conocidos es el excavado en el y a cimiento de Palma
de Río en 2004, situado en la ronda oeste de C órdoba
429
. En primer lugar se hallaba una
zona de desechos, en la que se verterían todo s aquellos elementos cerámicos con
deformación produ cto de una cocción errónea. Era una franja de 3 metros de ancho. Junto
al acceso sur a los hornos, se localizó una pequeña estancia pavimentada de ladrillo, que
pudiera int erpretarse co mo zona de se cado. Desde a quí se accede al área de fabricación
de objetos c erámic os. Par a ello e ra necesario una gran cantidad de agua, loc alizándose un
425
Jaume Coll Co nesa, Alberto Gar cía Porras, “Tipolo gía, cr onología y pro ducción de los hornos cerámicos
en al- Andalus”, http:// www. arqueologia m edie val.co m/articulos/125/tipolo gia -cronolo gia-y-prod uccion-
de -los-hornos-cera micos- en - al -andalus
426
Évariste Lévi-P rovençal y E milio García Gó mez, S evilla… , op . cit., pág. 113.
427
La ord enanza de ollero s y precio s de co sas d e b arro de la ciudad de Granada r ecoge ollas, cazuelas,
altamias, alm o fías, esc udillas, platos, h arro s, alcuzas, cantaros, bacines, m orter os, lebrillos, candiles,
alcuzeros, o rzas, botij as, salseras y alcarrazas. J osé Anto nio López Nevot, Orden anzas de Grana da de
1552 , Granada, 2000, pág. 2 02.
428
Manuel Acién Almansa, “Hornos alfareros de época califal en el yacimiento de B ezm ilia na”, en François
Amigues, André B azzana, Fours de poti ers et “testares” méd iévaux en Méditerranée Occidentale , Madrid,
1990 , págs. 13-27 , espec. 14 -16.
429
Cristina Camac ho Cruz, Mi guel Haro T orr es, César P érez Navarro, “Restos de o cupación medieval
islámica en y aci miento ca rretera de P alma d el Río, campaña 20 0 4, ronda o este d e Córdoba”, An uario
Arqueoló gico de Anda lucía/2004 , T. Có rdoba-1, Córdo ba, 2009, págs. 110 5 -1119.
114
pozo en la z ona oriental de este complejo, el cual contaría con un canal de piedra de
arenisca por el qu e se evacua rían las aguas sobrantes. Por el lado oriental de la zona d e
trabajo se accede a una estancia, interpretada com o almacé n par a guardar l os utensilios,
herra mient as, ar cillas y materiales, para la elaborac ión de los objetos. Tambi én parece
contener una zona de trabajo, identificada gracias a dos espacios de form a circular que
podrían indicar la ubicación de dos tornos de alfare ro. En la crujía norte se localizó otra
zona de almacenamiento, en la probablemente se guardarían los tra bajos ya finalizados.
Esta serviría a su v ez de separación entre la zona artesanal y l a vivienda del alfarero
430
.
Por último otro complejo es el ex cavado en Mál aga, en la calle Ollerías esquina con la
calle P arras
431
. Aunque en un primer momento (s. X I-X II ) este compl ejo estuv o
relacionado con alguna ac tividad artesanal, como revela la existencia de al gunas
habitaciones interpretada s como almacén por su gran tamaño y al menos otras tres, de las
que no s e pudieron de finir ni dimensiones ni funcionalidades, la inexist encia de hornos la
desvincula del uso alfarero. Sin embargo posteriormente (primera mitad del s. X II ) se
reestruc tu ra la distribución por la construcción de un horno
432
.
De todos los elementos que encontramos en estos complejos alfareros, sin duda el horno
es la estructura qu e mejor se conoce . Suele contar con los siguientes elementos: boca de
carga , ho gar y /o caldera y cámara de combustión, sistema de soporte y parrilla,
laboratorio o cámara d e cocción, bóveda y chimenea(s). No obstante, en ocasiones no
todos estos elementos aparecen y en otras s e incorporan otros como un banco de caldera,
muflaso cámara e stan cas, etc.
433
Hay cu atro tipos de horn os identificados en el al -Ándalus: hornera, ho rnos de ladera, de
barra s y de parrilla. Estos dos últimos son sin duda las más populare s.
El horno de barras es una estructura cilíndrica monocameral, con ho gar bajo, a vece s
situado en la misma cámara y en o casiones en corredor. No dispone de parrilla porque
ésta se constru ye con una s barras que se inc rustan en a gujeros de las paredes de la cámara,
dispuestos formando hiladas horizontales
434
.
430
Ídem, Ibíde m, págs. 1113 - 1114.
431
Juan Bautista Salado Escaño, Antonio Rambla T orralvo, “Intervención ar queológica d e urge ncia en
C/Ollerías- Parr as. Casco h istó rico de Málaga”, Anuario Arqueológico de Andalucía/1999 , T . III -2, Sevilla,
2002 , págs. 552 -566.
432
Ídem, Ibíde m, pág. 563.
433
Jaume Coll Conesa, Alberto García Porras, “T ipología…”, art. cit.
434
Ídem, Ibíde m.
115
Un horno de este tipo fue excavado en Prie go de Córdoba. La actividad arqueológica
desarrolla d a en el solar d e la calle San Marcos entre noviembre de 1993 y m arzo de 1994,
tuvo como resultados más destacados el descubrimiento de varias estru cturas de un alfar
cerá mico de época alm ohade, ent re las que se encontraba un horno d e cerámica de
barra s
435
. El horno muestra dos parte s diferenciadas: una cámara de sección circular, de
210 cm de diámetro interior, y una cámara de fu ego, anexa a la primera, y de tendencia
rectang ula r, con unas dimensione s int eriores de 136 cm de longitud y un ancho variable
entre 58 cm y 74 cm. La altura máxima conservada del conjunto es de 136 cm. L a
principal peculiaridad del horno es su tipolog ía, y a que presenta la cáma ra del fue go
colatera l y adjunta a la de cocción, sin emparrillado int ermedio, y con id éntico acceso
para ambas desde el pozo de la cámara de fuego. En las paredes de l a cámara de cocción
y separadas entre 35 y 3 9 cm se cons ervan tres hil adas de orificios circula res de unos 8
cm de profundidad y ent re 4,5 c m y 5 cm de diá metro que servían para c olocar en ellos
las barras o rollos de alfar (33 cm) documentados en la excavación, que form aban así unas
repisas continuas donde se depositaban los cacharr os cerámicos apila dos para su
cocción
436
.
Por otra parte existen los hornos de parrilla, donde la caldera se s epara del laboratorio a
partir de una estructura s ólida en obra que se conoce por el nombre de parr illa
437
. L os
hornos hallados a principios de los noventa en la c asa museo de los Tiros (Granada)
438
,
disponen de un emparrillado o solera de la cámara de cocción con una leve inclinación
ascende nt e en dire cción norte. Posee 17 boquillas distribuidas en dos hiladas concéntricas
sobre la superficie de la cámara de cocción
439
. La cámara de combustión, con una s
dimensiones de 0,90 m de altura y 0,80 de ancho, se realizó excavando los niveles
estériles del terreno y r evistiendo el interior y paredes con arcilla
440
. La producció n
alfarera s e mantuvo entre los siglos XI-XII
441
.
435
Rafael Car mona Ávila, “Una ap ortación al co nocimiento de los arr abales de Madinat Baguh ( Priego d e
Córdob a): el alfar d e épo ca almohade de la ca lle Sa n Ma rcos, 2 0 - 24”, A nuario Arqueo lógico de
Anda lucía/1994 , T . III, Sevilla, 1999, págs. 113 - 122.
436
Ídem, Ibíde m, pág. 114 - 115.
437
Jau m e Coll Conesa, Alberto García P orras, “Tipo logía…”, art. cit.
438
Ma nuel López López, Ángel Rod ríguez Aguilera, Edua rdo Fresneda P adilla, José Ma nuel P eña
Rodríguez, Car men P érez T orres, Antonio Gó mez B ece rra, “Casa museo d e los Tiro s ( Granada).
Excavación ar q ueológica de emerge ncia”, An uario Arqueo lógico d e Andalucía/199 2, T. III, Cád iz, 1995,
págs. 270 - 278.
439
Ídem, Ibíde m, pág. 273.
440
Ídem, Ibíde m, pág. 274.
441
Ídem, Ibíde m, págs. 275 - 276.
116
A comienzos de los años noventa fueron excava do s 13 hornos d e é poca alm ohade en una
actuac ión de apo yo a la r estauración de la Cartuja sevillana
442
. L os hornos so n todos de
planta circular con doble cámara . La cámara d e combustión se encontraba excavada e n
los limos natura les alimentándose de combustible a t r avés de una p equeña abertura a la
altura de la parrilla, lo que denominaríamos alimentación vertical. L as parrillas estaban
construidas por zabaletes que descansan e n arcos r ebajados que descansan en las pa redes
de la cámara inferior soportando a la parrilla. La cámara de cocc ión dispo nía a veces de
hornacinas p erimetrales p ara cocciones especiales y no conocemos la altur a original ni su
modo de cerramiento. Los tamaños de los hornos varían desde diámetros d e 1,5 m hasta
el may o r de 4,5 m
443
.
En la excavación arqueológica realizada en el año 2003 en la avenida de Roma y calle
General Sanjurjo de Sevilla se identificó un horno ca lifal de planta circular con parrilla
sustentada por un arc o central y otros de sim ilar fu ncionalidad, pero de un t amaño mucho
menor
444
.
Por último la ac tividad arqueológ ica realizada en el solar de la calle Rodrigo de Tr ian a
dejó al descubierto dos h ornos de producción cerámi ca (primera mi tad del siglo XII) en
los que se conservaba parte de la cámara de cocc ión, la parrilla y l a cámara d e
combustión
445
. L a parrilla del horno 1 se encontraba parcialmente de struida. Se
sustentaba en arcos r ebajados que arrancaban de las pare des y la base de la cámara de
combustión. Por su parte el horno 2 sustentaba su parrilla aplicando el sistema de pilar
central
446
.
442
Fernando Amor es Carredano , Nieves C hisvert Ji ménez, Rafael Ferná ndez Ruiz, Ana M aría Fuentes
Bonavita, Mark Hunt Ortiz, Iñaki Izarzugaza Lizárraga, Juan Carlos J iménez Barrientos, Jo sefin a López
Torres, Antonio Ma ntero Tocino, Florentino Po zo B lázquez, César Rodríg uez Ach útegui, Sil vana
Rodrigues de Oliveira, Mer cedes Rued a Galá n, Dolores Sali do Campos, Miguel S. Vargas Durán, Ma nuel
Vera Reina, “Infor m e sob re las actuacione s arqueo lógicas de apo yo a la r estauración e n la Cartuja de Sevilla
(1987- 19 92)”, An uario Arqueológico de Andalucía /1993 , T. III, Sevilla, 1 997, págs. 5 94 -608.
443
Fernando de Amores Carr edano, “Las al farerías al mohades d e la Cartuja”, en Magdalena Valor P iechotta
(coor d.), El último siglo de la Sevilla I slámica 1147 -1248 , Sala m a nca, 199 5, págs. 303 -306, esp ec. 305.
444
Francisca E lena Ga marra Sala s, Nieves C a miña Otero, “Excavación ar queológica de urgenc ia en avenida
de Ro ma y calle General Sanjurj o de Sevilla”, Anuario Arqueoló gico de And alucía/2003 , T. III -2, Sevilla,
2006 , págs. 488 -502, espec. 494.
445
Balb ina Ruiz Acevedo, La ura Galvá n Montes, Fco. J avier España Cap arrós, Alberto Gar cía Mancha,
“Actuación arqueoló gica prev entiva en calle Rodrigo de T riana, 98. Arrabal histórico de T riana - Sevilla”,
Anua rio Arqueológico de Andalucía/2004 , T. Sevilla-1, Córdo ba, 2009, p ágs. 3635 -3643, espec 36 36.
446
Ídem, Ibíd em, pág. 3638 .
117
3.3.- Otros espacios
En la Península I bé rica, encontramos un g rupo d e espacios a los que hasta el mom ento se
ha prestado escasa aten ción
447
, pero que de una manera m ás o menos directa están
vinculados con ac tividad es artesa n ales o comerciales.
La principal fuente d e c onocimiento documental que hemos identificado sobre estos
espacios son los biene s habices conservados de la capital g ranadina, donde se enc uentran
especialmente reflejados aquellos tér minos de origen islámico, c o mo tarbeas y
almacerías/alg o rfas. Utili zamos, pues, esta documentación para contar lo q ue sigue . NO
obstante hemos de aclarar qu e términos cast ellanos tales como palacios y , más
comúnmente cámaras, que posiblemente d esignen estas mismas realidade s, si son más
utilizados en otra do cumentación. Sin embargo raramente aparecen en el mismo contexto
que las palabras ár abes, c omo si ocurre en los habic es. Esto nos ha permitido compararlos,
observando sus similitudes y diferenc i as, así como la evolución e n la utilización de todos
ellos.
Los bienes habices eran un conjunto de bienes, donados de manera libre por cada
individuo, si bien debían especificar su finalidad, que “por r ecomendación” había de se r
siempre piadosa (aunque hay excepciones como los habice s familiare s), así como
perpetua
448
. Estos bienes podían ser destinados a d iferentes instituciones, si empre que
estas cumplieran una función piadosa , siendo las p rincipales las mezquitas, para pob res y
enfermos, pero también l a Mad raza, o bien bi enes de uso y mantenimiento común como
lo s aljibes, caminos, puentes, a lcantarillas, pozos castillos fronteros, escuelas, etc.
De esta document ación contamos con dos grupos de relaciones. Un primer grupo que
hemos denominado de 1ª época, recoge los listados de bienes habices realizadas con
anterioridad a 1510, las primeras que existen tras la conquista. Estos documentos son
escuetos y di rectos en lo r especta a la info rmación, ya que su objetivo principal es conocer
qué bienes pertenecían a cada habiz. El segundo conjunto de relaciones, son realiza das
con posterioridad a 1520 y en esta oca sión las descripciones son mucho más detalladas y
extensas. C ontienen no solo la ubicación, el poseedor, las lindes y la rent a que por el
447
Con la excep ció n de las plantas altas, de las q ue hablar emos en último lu gar, que si han s ido objeto de
investigación: Leopold o To rres B albás, “Algunos aspecto s de la casa hispano musulmana: almacerías,
algorfas y saled izos”, Al -Ándalus , nº 15 (1950) , p ágs. 242 -258; Julio Navarro Palazón y Pedro Jiménez
Castillo, “Plantas alta s en edificio s an dalusíes. La aportación de la ar queolo gía”, Arqu eología Medieval , n º
4 (1996 ), págs. 107 - 137;
448
Alejandro Gar cía Sanjuán, H asta… , op. cit., págs. 98 - 101
118
dicho bien se pagaba, sino que además cuent a con una descripción d e la estr uctura interna,
así como las dimensiones del bien
449
.
3.3.1.- Tarbeas
a) Caracter ísticas generales
Uno de esos espacios poc o estudiados y bastantes de sconocidos son las tarbe as
450
.
Actualmente su definición es sala grande
451
. Sin embargo de las cinco referencias
documentales que conservamos solo dos cumplen con esta descripción, el resto nos
muestran una variedad d e inmuebles compuestos por varias estancias e incluso varias
plantas. Así queda recogido tanto en los habices de las iglesias de 1527 como en los
habices destinados a propios de 1537. En ambas relaciones se r ecogen descripciones
bastantes detalladas de cómo era n estos edificios (cuadro 15).
Estos establec imientos los encontra mos principalmente ubica dos en los arrabales de la
capital gra nadina, destacando las tres tarb eas que se hallan en el entorno de la puerta d e
Bibalbonut. Con algunas excepciones como la ta rbea mencionada en un a de las escrituras
árabe s tr aducidas por Seco de L u cena, que se encuentra en la alca i cería en lo lineros
452
.
La tarbea (TT.1) que aparece en el c u adro comp arativo 16, era un inmueble compuesto
por varias habitaciones, repartidas en dos plantas. A la planta baja (40.18 m 2 ) se accedería
desde el portal, un espaci o de forma ir regular (dos de sus l ados son de 4.18 m., mi entras
que de los restantes uno es de 1.25m y el otro de 2. 93 m) que da paso a dos habitaciones,
una a cada lado. Ambas rectangulares, siendo la sit uada a la derecha de mayor tamaño
(13.97 m 2 ) que la ubicada a la iz quierda (10.48 m 2 ). En la planta superior (37.03 m 2 )
en contramos tres habitaciones. Dos de iguales características que las descritas y una
tercera situada sobre el portal y un a ti enda con la que alinda este inmueble. Al igual que
449
Estas se e ncuentra n en vara s (largo y ancho). En nuestro tr ab ajo hemos pasad o esas medidas d e varas a
metros (1 vara = 0 .8359 05 m e tros) par a calcular la superfici e ( m 2 ). Andrés Marcos B urriel, I nforme d e la
ciudad d e Toledo a l co ncejo de Ca stilla sobr e igu alación d e pesos y medidas , estudio p reliminar d e Jesús
Cobo Ávila, T oledo, 199 1, pág. 35.
450
Seco d e Lucena lo asocia a un espacio libre de m uy peq ueño tamaño, general mente de planta cuadrad a,
que co mpartía la misma acti vidad que los in muebles situado s a su alred edor. Luis Seco d e Lucena P aredes,
“Notas…”, ar t. cit., pág. 58.
451
https://dle.rae.es/? id=ZBZmzXl
Derivada del andalusí tarbí ç : ‘pieza cuadr ada’. Franci sco Corriente, Dicc ionario de arabismos y vo c es
afines en iberorromance , Ma drid, 2003, pág. 45 3.
452
Luis Seco de L ucena, Docum ento s … , op. cit., págs. 34 - 38.
119
las anteriores se tr ata de un espacio rectangular. De trás de este inmueble ex istí a un espacio
abierto que a p arece descrito como “corralico” o pati o (6.99 m 2 ).
La TT.2 era un inm ueble de una única planta (252.30 m 2 ), casi c uadrangular (los lados
mayores miden 18.67 y 17 m, mientras que los menos 13.58 y 12.82 m) , formado por
cuatro habita ciones r ectangulares, una de ellas en construcción en el momento en el que
se realiza este documento. Debemos suponer la e xistencia de un espacio a bierto central,
y a que a la suma de las superficies de cada una de las habitaciones nos da un total de
211.15 m 2 , exist iendo una diferencia de 41.15 m 2 con la cif ra total de la superficie del
inmueble. Se trata de un espacio no mencionado en la descripción de los habices, pero
teniendo en cuenta en primer lugar l a diferencia en las superficies y segundo, la ubi cación
de las habita ciones en cada lateral, nos lleva a pensar en la existencia de ese espacio
abierto ce nt ral.
La TT.5 era la más s encilla de las tarbeas compuestas por v arias habitaciones, y a que solo
cuenta con dos. Está formada por una gran sala rectangular (78.87 m 2 ) y una segunda
estancia de menor tamaño (8.73 m 2 ). Parece que contaba con una seg unda planta, pero e l
inmueble en el momento de la visita pa ra la realización de esta r elación se encontraba en
mal estado, por lo que no se midió, ni contamos con dato alguno sobre la misma.
Como hemos comentado más a rriba también ex isten inmuebles identifica dos como
tarbeas qu e solo cuentan con una única sala. La TT.3 era un inmueble si tuado en una
segunda plant a, sobre u n conjunto de tiendas. El acceso a esta planta superior no se
describe con d emasiado detalle, diciéndose solo que “tenía a la entrada un estaban
pequeño” , daría paso a un segundo piso com puesto por una sala re ctangular d e
considerables dimensiones (64.28m 2 ). La TT.4 por su p arte er a un inmueble de planta
baja, sin altos, es decir, sin plantas superiores. Se trataba de una gran sal a (194.09 m 2 )
cuadra n gular ya que todos sus lados miden igual (13.93 m).
Precisamente ambos espacios que se caracterizan p or esa única sala, son los que aparecen
con una denomina ción d iferente en la do cumentación de 1ª época. Mientras la TT.3 es
identificada como una cámara en los habices de las iglesias de 1505, la TT.4 se le
denomina como alhónd iga en los habices de propios de 1506. Este último es
especialmente interesante, y a que a este espacio se le denomina alhóndiga, utilizando el
término como traducción literal de la palabra árabe funduq . Ya sabemos, que
especialmente en el oc cidente musulmán, algunos fanādiq eran utilizados por grupos de
120
artesanos para realiz ar su actividad, como centro de producción
453
. De ahí, la utilizació n
de dicho término en este caso. S in embarg o, recordemos, la p alabra al hóndiga en la
Península Ibérica adquiere su propio significado, refiriéndose más ta rde, a partir de la
conquista, en exclusividad a aque llos espacios que desempeñan funciones esencialmente
fiscales, aunque sin abandonar su utilidad como lugares de almacenamiento. Esto
provocaría que los e spacios que ant es eran ide ntificados como alhóndi gas, pero no
cumplían esas funciones, pasaran a ser denominados de otra forma, en nuestro caso,
tarbeas.
b) ¿Un espacio para la industria textil?
Este cambio de denominación también nos proporciona una definición funcional de las
tarbeas, al equipararlos con estos fanādiq . Se trat a de espacios alquilados o ace nsuados
por un grupo de artesanos, transformándolos en un lugar de trabajo colectivo. En los
ejemplos que recogemos en el cuadro compa rativo 16, observamos cómo se encuentran
vinculados especialmente con el desarrollo de actividades relaciona das con l a producción
textil. La mencionada alhóndiga (recogida en el cuadro comparativo como TT.4),
posterior tarbea, e stab a dedicada a espadar lino.
Pero no se trata del único establecimiento dedicado a tal fin o vinculado con la industria
textil del lino. Para conseguir f ib ras textiles de la planta del lino, era n ecesario someterla
a una serie de procesos de limpieza en los que estas fibras adquirían la flex ibilidad y
resistencia necesaria para poder ser tejido. El primer paso consistí a en li mpiar los t allos,
quitando hojas y semill as. Esta operación podía rea liz arse tanto en seco o con agua
454
. En
la ciudad de Granada, y sobre todo en el entorn o de la mi sma, el p rocedim iento más
utilizado era la cocción del li no, como demu estra las dif erentes “albercas pa ra cocer
lino” que encontramos en la documentación. En estas albercas era sumergidos los tallos
y a continuación enfriados en agua limpia y pue sto s a secar.
Posteriormente se p rocedía a m acerar o majar, es d ecir, separa las fibras que
posteriormente serían utilizadas para tejer. En la ter cera fa se el lino era espadado,
mediante el uso de una espadilla, un instrumento sim ilar a un machete, el lino era
453
T odo lo relacionado con funduq y alhóndiga se enc uentra en el apar tado bajo ese título incluido en este
mismo capítulo.
454
Ricardo Córdoba de la Llave, La in dustria… , op. cit., p ágs. 90-91.
127
cuadro 21) y aparecen en los habice s como lindes de los diferentes bien es,
proporcionándonos el nombre de quien lo o cupa (no existe información suficiente para
poder concretar si es propietario o arrendatario), así como la ubicación aprox imada del
mismo. De las 58 almac erías que forman parte de los habices (cuadro 20), 10 se
encuentran en mal estado, estando y a caídas o d erribadas, 7 se hallaban v acías y 4 estaban
incorporadas en las viviendas que los nuevos habitantes de la ciudad se estaban
construy endo en el momento de realizar este documento . Del resto destaca n algunos
ejemplos que nos indican la posible función de estos espacios. Nos los muestra n como
espacios auxiliares o dep endientes de ot ros, como casas o tiendas. De tal m anera que las
almacerías 6-51-55 e ran espacios vinculados a un a tienda, lo que nos indic aría su posible
uso como almacén de la misma o taller
481
. Otras a parecen dire ctamente como casa s -
almacerías (AM-7) indicando su uso también como parte de la vivienda
482
.
De la segunda época (cuadro 22), debemos ten er en cuenta que de las 53 almacerías
recogidas en el cuadro 14, 14 de ellas se en contraban ya incorpo radas en diversas casas,
por lo que generalmente no se midieron y no se describen. En el resto podemos observar
cómo los inmuebles denominados almacerías son muy variados en cuanto a su estructura
interna
483
. Los más simples están compuestos por una planta b aja, casa -puerta o portada
(refir i éndose al portal
484
) y una habitación (denominada en la ma yoría de los casos como
cámara, pero también pa lacio) en la planta superior. Así podemos observar en AAM -3
(donde en la pla nt a baja también hay una tienda), AAM-9, 15, 29, 36, 39.
El resto de las almac erías nos muestran unos inmuebles más c omplejos. Así la AAM - 17
constaba con la portada donde se encuentra la escalera de acceso al piso superior, en el
que se hallab an dos habitaciones, una de las cu ales se nos detalla qu e con taba con una
ventana a la c alle. En la AAM -22 observamos có mo además de l a c asa-puerta d e acc eso
habices”. La razó n p ara no co ntabilizar estas macerías, se encuentra en el hecho de q ue b ajo esa
deno m inació n i mprecisa puede hacer referencia a alguna de las m acerías descritas en el resto del
docu m ento . P or tanto, pensam o s que si las contabilizamo s, estaría m os teniendo en cuenta d os veces un
mismo bien.
481
Esto ya ha sid o señalado por Mª Dolores Rodrígu ez, quien además suma a esta posible funcionalidad
aquellas otras alm acerías situad as al lado o en ci m a d e tiendas. María Dolores Rodríguez Góm ez, “Algunos
interrogantes…”, art. cit., pág. 89
482
Un detalle a te ner en c uenta: las gra ndes relaciones de biene s, co mo por ej em plo los pertenecien tes a la
Iglesia de Santa Mª de la O, anterior Mezquita Mayor, se encu entra n divididas en vario s ap artado s, las
almacerías aparecen r ecogidas en la secció n dedicad a a las casas.
483
Co mo ya reco gieran breve mente en su ar tículo Julio Navar ro Palazó n y Pedro Jiménez Castillo, “Plantas
altas…”, art. cit., pág. 132 , nota 10.
484
Jea n P assini, “Algunos aspecto s del espacio doméstico m edi eval en la ciudad de Toledo”, en J esús Ángel
Solórzano Telec hea y B eatriz Arizaga B olumburu (coo rd.), El espacio urba no en la Europa medieval ,
Logroño, 2006 , págs. 245 -272, espec. 259.
128
en la planta supe rior ex istía una habitación (5.90 m 2 ), así como un p equeño patio con dos
habitaciones de reducidas di mensiones (todo el conjunto sumaba 6.29 m 2 ), de tal manera
que las habitaciones aparecen descritas como “p edazos de palacios”. El AAM -26 está
formado por una casa-pu erta así como dos habitaciones, una enfrente d e otra en la primera
planta. La AAM-30 t enía además del portal dos plantas, en la primera dos habitaciones,
una encima del portal y en la segunda planta, otr a habitación más. El ejempl o AAM -34
nos muestra c ómo e n la planta baja, además de la portada, podía n existir otros espacios
como un establo o una cocina, y en el piso superior dos habitaciones con un pequeño patio
entre medias. La AAM- 46 tenía en la primera planta dos habitac iones co n un pequeño
patio y en la planta baja además d el acceso contaba con ot ra h abitación. En la AAM -47
junto a la portada hallamos una “cocinica” y y a en la pa rte superior un patio con un a
habitación. En la AAM-4 9 en la pl anta baj a, la por tada y el establo, y en la superior dos
habitaciones, una d e ellas encima de la portada.
En definitiva, observamos cómo exist en ejemplos cuy a planta baja está formada
únicamente por e l portal (denominado c omo casa-puerta, portada), una pieza e n la que se
encuentra la es calera d e ac ceso a la planta sup erior. En general se trat a de espacios que
no superan los 10m 2 , salvo en muy contadas e xcep ciones, siendo la más llamativa el caso
de AAM- 39, que sobrepasa los 20 m 2 . En esta misma planta, en los inmuebles más
complejos podemos encontrar otras estancias co mo una pequeña tienda (1.97 m 2 ), un
establo (4.19m 2 ) o una c ocina (3.49 m 2 ). En lo que se refiere a las plantas superiores ya
hemos podido ver cómo encontramos a veces una sola habita ción, dos o tres, a lo que
debemos añadir el hecho de que en tres de los eje mpl os encontramos un p equeño patio
entre las ha bita ciones (AAM- 34, 46, 47).
En lo que se refiere a las algorfas, el número que aparecen en los h abices granadinos es
bastante menor. Así mi entras que en la primera época aparecen 14 de estos inmuebles
(cuadro 24) en l a 2ª épo ca son 16 (cuadro 25). P or las d escripciones que acompañan a
este segundo grupo observamos que se trata d e inm uebles que solo cuentan con un bajo
y un alto, a excep ción de AAG -7. Salvo el ejemplo AAG-2, donde la planta a lta es ma yor
(10.48m 2 ) que la baja (6.99m 2 ), en el resto ambos espacios son del mismo tamaño.
Oscilan entr e los 8.38m 2 de AAG-7 y AAG-13 y los 30.74 m 2 de AA G-5, si bien
mayoritariamente el área de estos se mantiene por debajo de los 20m 2 , con la excepción
de los ya m encionados AAG-5, y AAG-16.
129
4. Los espacios comerciales y arte sanales del R eino Nazarí de Granada
4.1.- Gr anada: la ciud ad y los espacios comerc i ales y artesanales
4.1.1.- Introducción
En la G ranada n azarí el núcleo urbano, la ciudad propiamente dicha, s e ex tendía tanto por
la parte baja de la colina de la Sabica y colina del Mauror como por toda la colina de
enfre nt e, el Albaicín, des de zonas más altas, núcleo originario de la ciudad, como en la
parte más llana de la misma. Esta ciudad contaría también con varios arrabales, cuatro
concre t amente : raba ḍ al- Bayyāzīn , al-Ramla , al- Fajjārīn y al- Na ŷ d , símbolo del
crec imiento ex perimentado en la ciudad durante los últimos siglos de la Edad Media.
Sabemos que la ciudad d e Grana da como tal, e s decir como ente urbano, fue creada en e l
siglo X I por parte de la tribu ṣinhāya que habían llegado años antes a la Península pa ra
tomar partido en la fitna en que acabó el C alifato Omeya de al -Ándalus. N o obstante, la
ocupación del espacio que posteriormente se co nocería como Madīnat Garnāṭ a viene
sucediéndose desde la Edad del Bronc e.
La arqueolo gía urbana desarrollad a en la ciudad de Granada ha puesto de manifiesto la
existencia de dicho asentamiento en distintas épocas históricas . Nos encontramos con el
problema de la ex istencia o no de una eventual c iudad romana d e Iliberis, que hasta el
momento no ha aparecido en el emplazamiento d e la ciudad de Granada. De hecho, todo
parece indicar que un elemento tan definitorio de la ciudad romana, el foro, no habría
existido. Rodríg uez Aguilera nos ofre ce el re lato de las excavaciones rea l izadas por el
padre F lores en el entorno de la calle María de la Miel, donde presuntamente enc ontró lo
que se identificó como el foro romano. Mientras que el resto de hallazgos que sustentaban
la idea de la existencia de la Iliberis roman a en el s olar granadino fueron pro gresivamente
desmentidos y comprobados que habían sido falsificaciones por M anuel Sotom ay o r,
según este último la excavación donde se habí a encontrado el foro era cierta
485
. L o cierto,
es que las excavaciones posteriores realizad as en este entorno (Calle Maria de la Miel,
Carmen de la Mur alla, Callejón de las Tomasas, etc.), nada han sa cado de este pasado
485
Ángel Rodríg uez Aguilera , Gran ada Arqueológica, Granada, 20 01, págs. 11 -13.
130
romano. Sin embargo si son destaca dos los hallazgos de numerosas villae en la periferia
del núcleo urbano, como la encontrada e n l a c alle Primavera, otra en la anti gua estación
de autobuses, o el más reciente caso d e la villa de los Mondragones. Todo ello
efec tivam ente indica un poblamiento consolidado en la zona . A pesa r de ello, la
arqueología todavía no ha podido responder a algunas lagunas p resentes en el periodo
inicial de la historia gra n adina. Sabemos que a l a llegada de los árabes, y sobre todo, con
la proclamación del emirato y la consiguiente división político -administrativa, se creó la
cora de Elvi ra, con capital en Madīnat Ilbīra . Mientras que lo que en esos momentos las
fuentes árabes recono cen como ḥ i ṣ n Garnāṭ a quedaría relegado a un s egundo plano donde
se mantendría un hábitat disperso e n torno a dicho ḥ i ṣ n , ubicado en e l Albai cín
486
.
Se trataba de una cora integrada por varias pobl aciones, entre las que se encontraba n,
según los diversos testimonios que hallamos en las fuentes árabes, Loja, P rieg o, Pechina,
Almería, Berja, J uviles, Salobreña, Almuñécar y , por último y no por ello menos
importante, este ḥ i ṣn Garnāṭ a
487
.
Este ḥ i ṣ n plantea alguna que otra discusión. En primer lugar y debido a la confusión que
algunos relatos árabes pr oponían, se pensaba que dicho ḥ i ṣ n o castillo se ubicaba en la
colina donde pocos sig los después y h asta nuestros días se enc uentra la Alhambra
488
. S in
embargo, la falta de evid encias arqueológicas en este se ntido ha de sactivado dicha teoría.
Según Rodríguez Aguilera, es posible que dicha fortificación se hallara e n la colina del
Albaicín, aprovechando y reparando los restos que aún quedaban de l a fortifi cación ibe ro-
romana
489
.
Otro problema que plantea esta época anterior al siglo XI tien e que ver co n la población
que puede ocupar dicho ḥ i ṣ n . ¿Se reduciría a la que pudiera habitar el ḥ i ṣ n , o por e l
486
Bilal Sarr , “La Granad a prez irí (siglos VIII - XI): ¿Madina, Hisn o Qal ’a?”, en Philippe Sénac (co ord. ),
Villa III. Historia y a rqueología de las sociedad es del valle del Ebro (ss. V II -XI ), Univer sité de T oulouse,
2010 , págs. 381 -400, espec. 383 y 39 1.
487
“…las siguientes refere ncias sobre la cora de Ilbīra, las halla m os en relación a la llegada de ‘Abd al -
Raḥmān al - Dāj il… ‘Cuando el Emir Yūsuf b. ‘Abd al - Raḥ m ā n al - Fiḥri fue derrotad o penetró en Ilb īra
atricherándose en ḥiṣ n Garnāṭa. E l em ir ‘Abd al - Raḥmān b. Mu ’awiyya le puso asedio por lo que tuvo que
rendirse…’…la deno minación de ḥ iṣn para Granada en una f ec ha tem pra na el 756, indicándonos ya que
había perd ido la categoría de centro urbano… De nuevo va a ser citada como un ḥ iṣn , en el que Sa ww ar b .
Hamdun y los árabes que le siguen se atrincheran y realizan continuas e xpediciones contra la v ecina Ilbīr a”
Bilal Sarr, “L a Gra nada…”, ar t. cit., p ág. 384.
488
“…la ciudad co n su Alcazab a ocupab a en el si glo XI una colina e n la margen derecha del Dar ro; el
creci m ie nto urbano en los do s siguientes ob ligó a inte grar en el recinto mu rado la colina d e la Alh a mbra,
en la q ue de antiguo par ece que exi stía un a fortificación no muy i mportante”. Leopoldo Tor res Balb ás,
Ciudades h ispano musulmanas, Ma drid, 1971 , pág. 118.
489
Ángel Rodríg uez Aguilera , Gran ada…, op. cit., pág. 9 1.
131
contrario s e pued e habl ar de un núcleo en la orilla izquierda del D arro, núcleo que al -R ā z ī
denomina villa de los judíos ? Hasta el momento “las exc avaciones realizadas (…) en San
Matías no han proporcionado datos sobre un posible asentamiento humano anterior a l
siglo XI”
490
. Sin embarg o no solo lo menciona al -R ā z ī. S in duda no debemos dejar de
mencionar el nombramiento de I sma‘ī l b. Nagr ā la como visir dura nte el emirato z ī r ī
491
.
Y no se trataría del únic o puesto de responsabilidad, y a qu e encontramos a Abū l - Rabī ’
b. M āṭūnī
492
.
Los datos arqueológicos que actu almente manejamos de un posible asentamiento antes
del siglo XI pro ceden d e las excavaciones realizadas en la catedral de Granada, más
concre t amente en la girola, donde aparecieron un conjunto de c erámicas c u ya c ronología
parte del si glo X y principios del X I
493
. También resultan relevantes la s diversa s
excavaciones realizadas en la calle Panaderos
494
, donde se ha identificado uno de los
primeros cementerios de la ciudad, con una población de al menos los sig los IX-X
495
.
Parece plausibl e la posibi lidad de que esta población viviera en el interior del mencionado
ḥ i ṣ n , debido a la cerc aní a del cementerio.
En todo caso, el si glo XI se muestra i rrefutablemente como el d el momento de la
fundación de Madīnat Garnāṭ a por parte de Z ā w ī ibn Z ī r ī, quien traslado a la ciudad a
gran parte de la població n de Madīnat Ilbīra
496
. Él mismo se instaló en la zona más alta
de la c olina del Albaicín, en el área que posteriorm ente se conocería como Al - Qa ṣ aba al -
Qadīma
497
. Sabe mos que en ese mom ento se proteg e la zona cerc ándola, se constru y eron
490
Alberto Gar cía P orras, “ Ocu pación d el espacio en la orilla izq uierda del río Dar ro. El bar rio d e San
Matías (Granada)”, en A ntoni o Malpica Cuello, Ciudad y t erritorio en al-A ndalus , Granada, 2000, págs.
111 -137, espec. 116- 117.
491
Bilal Sarr, La Granada Zíri (101 3 -1090): análisis de u na Taifa An dalusí. T esis Doctoral, Granada, 2009,
pág. 198 .
492
Ídem, Ibíde m, pág. 198.
493
Tanto García Porras com o M alpica Cuello coinciden en aso ciar dichos restos al contex to d e un horno.
Alberto Gar cía P orras, “Ocupació n...”, ar t. cit., p ág. 115; Antonio Malpica Cuello, “La expansión de la
ciudad d e Granad a en época almohade. Ensayo d e reco nstrucción de su configuració n”, Miscelánea
Medieval Mu rciana, XXV -XXVI (2 001-20 02), págs. 6 7-116, espec. 90.
494
Antonio Bur gos Juárez, Josefa Rosales Ro mero, J osé Jesús López Sal merón, “Exca vación d e urgencia
en el solar situado en la calle Panader os, números 25 - 27 del Albaicín (Gr anada)”, Anu ario Arq ueológ ic o
de Andalucía /1989 , t. III, Sevilla, 1 991, p ágs. 190 -191. Y An t onio Burgos Juárez, Auxilio Moreno Onorato,
“Excavación de urge ncia en el solar situado en la calle Panad ero s número s 2 1 - 23 en el Albaicín (Granada)”,
Anua rio Arqueológico de Andalucía/1989, t. III, Sevilla, 1991, págs. 19 2- 195.
495
Bilal Sarr, “L a Gra nada…”, ar t. cit., p ágs. 387 y 390 - 391.
496
Ángel Ro dríguez Aguilera, G ranad a…, op. cit., p ág. 98 y Anton io Malpica Cuello, “Granada, ciudad
islámica…” art. cit. , pág. 2 00.
497
“…y co ntemplaron una hermosa llanura, llena de arro yos y de arboled as, que, como t odo el terreno
circundante, está regada por el río Genil [Wadi San ili], que baj a de Sierra Nevada [Yabal Su la y r].
Contemplaron a simismo el monte en el que hoy se asienta la ciudad de Granad a, y co mprendier on que era
132
el alcázar de los ziríes y las primeras infraestructuras urbanas, entre las que destaca la
construcción del sistema de abastecimiento hídrico mediante acequias para proveer de
ag u a a la población de la ciudad y l a edificación de la Mezquita May o r, construida en la
zona llana de la c iudad
498
.
Con respecto a los esp acios comerciales y artesanales, sabemos por el relato de último
emir z irí que la comunida d de comerciantes y art esanos ya estaba constituida y no parecía
distinta a la de cualquier ciudad en esos p rimeros momentos
499
. Algo que podemo s
observar si comparamos las eviden cias qu e conocemos de la Granada del siglo XI en
relación a otras ciudades como Pechina o mad ī nat Ilb īra en el s. X
500
. En ambos casos se
identifican tanto una zona de alfares como estructuras relacionadas con la actividad
textil
501
, las mismas activida des que se han registrado en la capital zirí.
En Granada por una part e nos encontra mos con el complejo alfarero identificado en el
solar de la Casa-Museo de los Tiros, cuy os restos aparecieron durante las obras de
construcción de un nuevo edificio. Excavación en la que se doc ument aron dos hornos de
producción cerámica y diversas fosas v ertedero que fueron utilizadas durant e el siglo XI
y hasta mediados -finales del siglo X II , cuando se p roduce el des arrollo urb anístico de esta
área de la c iud ad y e l traslado de sus antiguos talleres a otras zonas
502
. Junto a los horno s
el centro de t oda la co marca, ya q ue te nía delante la Vega [al -Fahs], a ambos lados lo s tér minos de al -
Zawiya y de al -Sath, y detr ás el d istrito del Mo nte [nazar al -Yab al].
El lugar les encantó, p orque vieron que reunía todas las ventaj as, y se dieron cuenta de que est aba en el
punto central de una región m uy rica y en medio de sus foco s de població n, y de que, si un ene m i go venía
a atacarlo, no podría ponerle sitio, ni impedir en m odo alguno que sus habitantes se aprovis ionasen, dentro
y fuera, de todos l os v íveres nec esarios. En co nsecuencia, y en tanto Elv ira quedaba arruin ada, com enzaron
a edificar en aquel sitio, y cada uno de los hombres del gru po, lo mismo a ndaluz que ber éber , procedió a
levantar allí su casa.” Évariste Lévi -Provençal y E milio García Gómez, El siglo XI en 1. ª p ersona. Las
“Memorias” de Ab d Allah, último rey Zirí de Granad a, destronado por los Almorávid es (1090 ) , Mad rid ,
2009 , págs. 102 y 103.
498
Antonio Malpica C uello, “La expansió n de la ciudad…”, art. cit., pág. 92 .
499
Évariste Lévi-P rovençal y E milio García Gó m ez, El sig lo XI en … , op. cit., pág. 306 .
500
Eneko López Mar tínez de Marigorta, Merca deres, artesano s y ulemas. Las ciudad es de las Coras de
Ilbira y Pec hina en época Omeya, Jaé n, 2020
501
En P echina se halló un alfar fechado en el últi mo tercio del s. IX formado por un horno de planta circular,
un te star con varios recipientes cerá micos defect uosos, así co m o al gunos elementos del u tillaj e de alfarero.
Posterio rmente, ya en el siglo X, la creación d e un arr abal en esta área m oti vo el d esplazamien to del alfar
para dar cabida a otras ac tividades como la textil, identificada por la presencia d e algun a s piezas de
cerá m ica relac ionadas con tela res. Ídem, Ibíde m, págs. 155 - 159
En m ad ī nat Ilb īra, m á s allá de los alfares, destaca la prese ncia de un co mple j o estructural en el que destaca
la existencia de un enorme hogar donde se hallaron escorias d e hierro, pero además se encontraron grandes
recipientes cerá micos a sí com o un ded al de b ronce par a coser cuero. T odo esto ha llevad o a p ensar que
podr ía tratarse de un taller cu ya labo r estaría vinculada co n el hierro o el cuero. Ídem, Ibídem, pág. 78
502
Ma nuel López López, Ángel Rod ríguez Aguilera, Edua rdo Fresneda P adilla, José Ma nuel P eña
Rodríguez, Car men P érez T orres, Antonio Gó mez B ece rra, “Casa museo d e los Tiro s ( Granada).
Excavación arqueoló gica de emergencia”, Anua rio Arqueológ ico de Andalu cía/1992, T . III, Cádiz, 1 995,
págs. 270 -278, esp ec. 270.
133
se identific ó una posible áre a de taller, una estructura rec tan gular que se cimentaba sobre
los desechos del alfar
503
.
Por otra parte, y posiblemente derivado de la co nstrucción d e la mezquita aljama en la
parte baja de la ciudad, en el entorno de la mi sma se comenzaría a desarr ollar una
importante actividad comercial/artesanal, como parecen indi car los result ados obtenidos
en una de las excavacion es realizadas en su entorno. Nos r eferimos concr etamente a la
actividad que tuvo lugar en el solar del antiguo Diario Patria, sede del actual museo José
Guerrero, donde se ident ificó un edificio de dimensiones considera bles, interpretado en
su mom ento como posible taller/tienda, e incluso u na posible alhóndi ga
504
. Esta estructura
estaría operativa dura nte el sig lo XI y parece que estuvo vinculada con la industria o e l
comercio te x til
505
.
Con esta descripc ión de la Granada zirí observamos una primera configuración urbana,
que en su bas e se manten drían hasta la época nazarí e incluso durante los p rimeros años
tras la conquista. Se suceden cambios que en su ma y oría de rivan del propio crecimiento
natural de la ciud ad. En época almorávide, po r ejemplo, podemos constatar cierta
reforma, mejor a y construcción de murallas
506
, a sí como una c ontinuidad en el desarr ollo
urbano de la ciudad. Sobre todo en época almohade es cuando se da un ma y or crecimiento
de la ciudad, ocupando hasta ahora z onas agrícolas que existían dentro de la ciudad, así
como el desplazamient o de las zonas artesanales consideradas como sucias y
polucionantes, como lo demuestra el claro ejem plo del alfar sit uado en época zirí y
almorávide en la a ctual C asa de los Tiros
507
. Esta primera zona arte sanal posiblemente se
extendería con posterioridad a la a ctual manzana situada detrás del Cuarto Real de Santo
503
Ídem, Ibíde m, pág. 276.
504
Antonio Malpica Cuello, Luc a Mattei (ed s.), La madraza de Yusuf I y la ciudad de Gra nada. Análisis a
partir de la arqueo logía , Gr anada, 2015, págs. 30 - 31.
505
Bilal Sarr , La Gran ada Zíri … , op . cit., pág. 258.
506
“Las refor mas e mprendidas incluyen, p or tanto, al tramo de muralla que vemos q ue une la P uerta de
Monaita y el Arco de las Pesas, probablemente co nstruido en v arias etapas ya que arqueológicamente se
observan d istintas f ábricas y tapiales…”. “También sab emos que en esta misma épo ca se ac ometieron o tras
obras de cierre y a murallamiento sobre todo en dos áreas dif er enciadas: una, la zo na del ca uce del Darro; y
la o tra, el tramo que uniría la Puerta de Elvira co n la puerta de B ibaram bla, baj ando d e forma p aralela a la
calle San J uan d e Dios, cruzando por la p laza de la T rinidad y disc urriendo p or la calle Mesones hasta
enlazar co n la pue r ta.” Ángel Ro dríguez Aguilera, Granada…, op. cit., págs. 1 40 y 142 . Ídem, Ib ídem, La
puerta de Bib arrambla de Granada y el flanco occid ental de la muralla de la ma dina hasta Bib almazán ,
Granada, 2 018, pág. 331.
507
Ma nuel López López, Ángel Rod ríguez Aguile ra, Ed uardo Fre sneda P adilla, Jo se Manuel Peña
Rodríguez, Carme n Pérez T orres y Ant onio Gó mez Becerra, “Casa Museo… ”, ar t. cit., p ágs. 270 - 273.
134
Domingo, cercana a la popular P uerta del Pescado, ho y desaparecida
508
. Otra s eñal de esa
densificac ión de la ciudad, es que en esta época comienz a la construcción de los arrabales
de al-Bayy ā z ī n , al-Ramla y al-Fajj ārīn
509
, que serían cercados ya durante el emirat o
nazarí
510
.
Ya en é poca nazarí la ciudad sufriría a l gunas tra ns formaciones de bido al hecho principal
de convertirse en la capi tal del reino nazarí, así como en la sede del poder. Tal vez , la
principal transformación sería la construcción en la colina de la Sabika de una ciudad
palatina, la Alhambra, sede por excelenc i a del poder nazarí.
“El crecimiento d emográfico ocasionado po r la llegada de los
musulmanes desde territorios que pasaban a manos cristianas y la necesidad de
mejorar las defensas urbanas frente a las incursiones enemigas, serían las causas
que motivasen el amurallamiento”
511
.
En la medina también se realizaron transformaciones, pero difícil mente pued en
constatarse arqueológicamente. Un programa constructivo que como re flejo de la
autoridad exist ente tiene su máximo exponente en Y ū suf I, qui én constru yó la madraza,
la puerta de Bibrambla, el Corral del Carbón (Alhóndiga nueva) y la Alcaicería.
La ciudad de Granada en su mom ento de ma yor e splendor, es decir, en l a época n azarí,
se convirtió en uno d e los puntos destacados d e la red comercial internacional. No
obstante, más allá de esa afirmac ión general desconocemos el alcance que e ste papel pudo
tener en el desarrollo comercial interno d e la ciudad. Los espacios come rciales/artesana les
no solo se reduce n a las famosas alhóndigas o alcaicería, sino que también se menc ionan
las numerosas tiendas que confor m aban los diferentes zocos que existían:
“Como en toda ciudad, hay comerciantes y arte sanos”
512
, pero además
Granada er a “una ciudad grande, fértil y de abundante agua, con muchos cas tillos
508
Alberto García P orras, “Ocupación…” art. cit., pág. 123 y J . J. Álvarez García “Apro ximación a la
configuració n urbana d e los arrabales de Al- Fajjarin y del Nayd (ac tual b arrio del Realej o) en época nazarí”
en Antonio Malpica, Ciuda d y territorio en Al -Án dalus, Granada, 200 0, págs. 6-11 0, espec. 98 - 99.
509
Ángel Rodríg uez Aguilera, Gran ada …, op. cit., p ágs. 144 - 146 .
510
Luis Seco de Lu ce na Par edes, “ Nota s de Arqueología granadina”, Cuaderno s de la A lhambra , 6 (1970),
págs. 51-68 , espec. 52.
511
Antonio Ori huela Uzal, “Granad a, ca pital del r eino nazarí”, en Rafael López Guzmán (co ord.), La
arquitectu ra del Islam occiden tal , Mad rid, 1995, págs. 195 - 209.
512
Évariste Lévi-P rovençal y E milio García Gó mez, E l siglo XI en… , op. cit., pág. 3 06 .
135
y alquerías, y gran centro agrícola y comercial”
513
. Aunque “las riqueza s
abundan incluso en sus tiendas que reúnen m uchas novedades”
514
, tambié n
destaca la art esanía. Un viajero e gipcio afirmaba “ vi sono in essa ogni sorta di
artefici ”
515
.
Cuando hablamos de actividad comercial/artesanal en la ciudad d e Granada muchas son
las re ferencias a calle s, z ocos, alhóndigas y alcaice ría. Es p recisamente e n estas zonas
donde se centran los trabajos de Torres Balbás
516
, que realiza un estupendo a n álisis de su
uso, configurac ión, y estructuras arquitectónicas. Por nuestra parte hemos considerado
adecuado realizar una aprox imación a la faceta comercial de esta ciudad e n época nazarí
a través d e la pro yección urbanística de la mi sma, acercándonos a aquellas zonas o barrios
que, debido a la concentración de artesanos de una misma actividad, o de tiendas que
vendían ese p roducto, acabarían adquiriendo el n ombre de tal acti vidad, lo que a la hora
de estudiarlos simplifica el trabajo, que no por ello es menos arduo.
513
Ib n al- Ja ṭīb, Al -Lam ḥ a al- badriyya fī l -dawla al- Na ṣ riyya . Ed. Mu ḥ ibb al- Dīn al - Ja ṭīb. Beir ut: Dār al -
Afāq al - Ŷad īda, 1 980 2 ; trad. español Casciaro, José Mª y M olina López , E milio, Historia de los Reyes de
la Alha mbra Gr anada, 2010, pág. 111 .
514
Ídem, Ibíde m, pág. 128.
515
Ibn Jalīl, ʽ Abd al- Bāsiṭ , Al -Raw ḍ al - bāsim fī ḥawā diṯ al - ʽ umr wa-l- tarāŷim . Ed . y trad . italiano del
fragmento relativo al territorio nazarí po r G. L evi Della Vida, “Il Regno di Granata nel 146 5 -66 nei ricord i
di un viaggiatore egizia no”, Al -An dalus , nº 1/2 (1933), págs. 30 7 -334, espec. 321.
516
Leopoldo T orres B albas, “Las alhóndigas hisp anomusul manas y el Corral del Carbó n de Granada”, Al -
Anda lus , nº 1 1 (1946), p ágs. 446 – 480. Ídem, “Plazas, zoco s y tie ndas en las ciudades hispano musulmanas”,
Al -Ánda lus , nº 12 (1947), p ágs . 43 7 - 476. Ídem , “Alcaice rías”, Al -Án dalus , nº 14 (1949), págs. 431 - 455.
136
Fig. 1 Plano general de Granada. Realizado por Jorge Garrido López
143
La Puerta del Corr o ( B ā b al- Ma ṣ da )
546
, e mplazada en la actu al plaza de la Trinidad
547
, al
inicio de la c alle Capuchinas, era el siguiente acceso que existía en el recinto defensivo
de la madina. Como deduce Rodríguez Aguilera :
“De la información hist órica y arqueológica se despren den v arias c osas:
la primera que la Bab a l-Masda es una puerta de la ciudad y no del arr abal,
comunicando de forma directa con una de las vías interiores de importancia que
conectaba con la calle Elvira, encontrándose abierta en el trazado de la muralla
urbana. Es muy probable la e xistencia d e un esp acio acotado extramuros como
el que existe en la puerta de Elvira o incluso muy parecido a la propuesta de la
estructura de Bab al-Tawwabin. A esta antepuerta debe pertenecer el re sto de
muralla docume ntado en el borde superior de la plaza de la Trini dad, y que
reforzaría la explicación del signifi cado del topóni mo (como pu erta del
Corro)”
548
La muralla seguiría su recorrido ascendiendo po r la calle Capuchinas y haciendo un
quiebro a la d erecha en la plaza d e la P e scadería continuaría paralela a la plaza de
Bibarrambla, hasta la calle Arco de las Orejas. Lugar donde recientemente aparecieron
los restos del torreón qu e albergaba la B ā b al- Ramla
549
, y a que los re stos de la puert a
propiamente dicha se co nservan en los bosques de la Alhambra
550
. El recinto defensivo
continuaría entre las actu ales calle Monterería y Sa lamanca hasta ll egar al rí o Darro donde
se uniría con e l muro d e contención de la margen derecha del río
551
.
La siguiente puerta recibe el mismo nombre del puente que se encontraba en s us cercanías
así como del barrio al que daba acceso. Me refiero a la Puerta de los C urtidores ( B ā b al-
Dabb āgīn ), ubicada al final de la actual calle Salamanca. P osiblemente previa a este
546
Ha sido deno minada de o tras formas debid o a errores de lectura ( Puerta d el Palenque, Puerta de la
Explanada) o a una incorrec ta interpretació n (Puerta del Hospital, Puerta Fortificada). L uis Seco de Lucena
Pared es, “Las puertas…”, art. cit., págs. 445 - 449.
547
“…ha aparecido parte del alzado de u n mu ro, como p erteneciente a la muralla m edie val. Dicho muro
que posee un as dimensiones poco comunes p or el lugar que ocupaba, m uro perimetral de un a posible cerca
o b ien barb acana, q ue ase gura la defensa e xterior d e la puerta d el Corr illo…” Ana Ma ría Cá rdenas Gar rido,
“Intervención ar queológica d e urgencia: seg uimiento y sonde o en plaza de la T rinidad (Gr an ada) ”, Anuario
Arqueoló gico de Anda lucía/2001 , vol. I, Sevilla, 2004, págs. 3 86 -389, espec. 389.
548
Ángel Rodríg uez Aguilera, La puerta d e Bibarrambla… , op. cit., pág. 316 .
549
Ángel Rodríg uez Aguilera, La puerta d e Bibarrambla… , op. cit.
550
“Esta Puerta de las Orejas que aparece en la P lataform a de Vico , situada en el paño o ccidental de la
muralla d e la plaza de Bibarra mbla, se co nser vó en d icho sitio ha sta f i nes del pasad o si glo, en q ue fue
derrib ada. Con sus prop ios restos, el arquitecto T orres Balbás la r econstruyó en el Bosque de la Alhambra,
donde hoy se la puede contemplar.” Luis Seco de Lucena P aredes, “Las puertas…”, art. cit ., págs. 449 -450
551
Ángel Rodríg uez Aguilera, La puerta d e Bibarrambla… , op. cit., pág. 326 .
144
puerta existiera un portillo o estructura anexa a B ā b al-Dabb āgīn denominada como B ā b
al -Farax
552
.
La Puerta de los Ladrilleros ( B ā b al - Ṭ aww ābīn ), estaría situad a c erca de la confluencia
del Darro y el Genil, en la ll anura aluvial creada por el primero
553
. Durante la época
moderna esta puerta se configuraría como castillo para la defensa de esa zo na
554
. En este
punto el recinto defensiv o gira noventa grados hacia l a actual plaza Fortun y d onde se
emplazaba B ā b al -Fajj ārīn (Puerta de los Alfareros). En su entorno además de ubicarse
la judería
555
, se encont raban también el cementerio de los alfareros ( maqbarat b ā b al-
Fajj ārīn ) y el cementerio del Meler o ( maqbarat al - ‘Assāl )
556
. Situada por encima de la
puerta de los alfareros estaba B ā b al- Š ams (Puerta del S ol) o b āb Mawrūr y , por últ imo,
B ā b al -Jandaq (Puerta del Barranco), emplazada en el mi smo lugar que la actual Puerta
de las Gra n adas
557
.
Desde aquí subía hasta l a alcazaba de la Alhambra, conectando la muralla de la medina
con la de la ciudad p alatina. L a cerca volvía a ba jar por el otro lado de la colina de la
Sabika hacia el rio Da rro, media nte una coracha que conectaba el Albaicín con la
Alhambra y en la cual se encontra ba la Puerta de los Tableros o B ā b al-Difaf .
558
Al lad o
de la cua l se conserva el Bañuelo o baño del Nogal.
En nuestra descripción de la Medina vamos a incluir el arra bal de Ax ares, po blado a partir
de la segunda mitad del s. XI
559
. Contaba con una trama urbana articulada por la acequia
del mismo nombre que el arrabal, que se nutría del Darro, y que fue c onstrui da para dotar
de a gua a la mezquit a ma y o r. Este arrabal no fue amurallado hasta el si glo XII, cuando la
552
Ángel Rodríg uez Aguilera, La puert a de Bibarrambla… , op. cit., pág. 302 .
553
Santia go M. P ecete Serrano, B ibataubín: propuesta de evolució n de un edificio histórico, Junta de
Andalucía, Sevilla, 2010 , pág. 17.
554
“Bibataubín, que se encuentra en la P lataforma d e Vico , subsistió hasta los pri m e ros año s d el pasado
siglo. Sus r uinas desapar ecieron durante la in vasión francesa. E n el lu gar de su e mplaza miento se conservan
algunos r estos d e la puerta, que forman p arte integrante de un edificio que fue cuartel en el siglo XVIII y
donde ahora está instalada la Diputació n P rovincial. Ta mbién perdura allí tod avía el recuerdo de su no mbre:
Castillo de Bibataubín.” L uis Seco de Lucena Pared es, “Las puertas…” ar t. cit. pág. 45 2.
555
Antonio Malpica Cuello, “Ac erca de la j udería de Granad a en nuevos docu mentos árabes r omanceados”,
en Antonio L uis Cortés Peña, Miguel Luis L óp ez, Guadalupe Muñoz y Francisco Sánchez -Mo ntes,
Estudios en homenaje a l profesor José Szmolka Clares , Gra nada, 20 05, págs. 117 -141, espec. 122 - 123.
556
Este se hallaba co lindando con los arrab ales de al-Fajj ārīn y Na yd, al p ie del m oder no B arranco del
Abogado. Man uel López López, Gestos funerario s… , op . cit., pág. 2 4.
557
Antonio Malpica C uello, “La s murallas…” ar t. cit. pág. 9 0.
558
En to rno a la identificación d e esta p uerta han e xistido algunos p roble mas histo riográfic os que f ueron
aclarado s por T orres B albás en do s artíc ulos “El puente del Cadí y la puerta de los Pand ero s” Al -Án dalus
II ( 1934), págs.357- 364 y “La supuesta puerta d e los Pander os y los puentes de la Gr anada mus ulmana” Al -
Ánda lus , XIV (1949) , pág s. 419 - 430.
559
Bilal Sarr , La Gran ada Zíri … , op . cit., pág. 246.
145
ocupación del espa cio fue aumentando progre sivamente
560
. L a pue rta de los Aduf es era
el límite oriental de este barrio que, hasta el momento, se sabe que abarcaba h acia el norte,
o más bien noreste, h asta la cuesta de l a Victoria. Antes de llegar a esta c uesta, en la calle
del Candil debió de estar la Puerta de Guadix
561
. El paño de muralla continuaría por la
ribera del Darro ascendiendo por la mencionada cuesta de la Victoria. Remontando hasta
el carr il de S an Agustín donde se situaría la Puerta del Barrio Blanco ( B ā b Raba ḍ al-
Bay ḍā’ ). P or último este lienzo de muralla giraría hacia el torreón conservado en el
convento de las Tomas as donde se emplazaría la puert a de los Estandartes ( B ā b al -
Bunūd )
562
.
Pasamos a continuación a tratar las principale s áreas en el interior de la medina que
acabamos de delimitar a partir de su cinta murar ia, prestando de nuevo atención a los
espacios comerciale s qu e pudieran acoger.
Fig. 3 Plano de la Alcaicería en la época de los árabes por Ventura Sabatel. APAG.
560
Ángel Rodríg uez Aguilera, Gran ada …, op. cit., p ág. 154.
561
Antonio Orihuela Uza l, “Las murallas d e Granada…”, art. cit., p ág. 127.
562
Ídem, Ibíde m.
146
4.1.3.1.- Zona de la Alcaicería
El corazón mismo de la ciudad. En esta zona se l evantaban algunos de los edificios más
importantes de la misma, formando un núcleo destacado no y a solo mercantil, como
describiremos a continuación, sino también religioso, por el hecho evidente de
encontrarse la mezquita ma y or
563
, y educativo, al e ncontrarse la madraza Yūsufiyy a
564
.
En lo que s e refiere al aspecto com ercial, son abundantes las noticias que tenemos sobre
esta área e n p articular.
En primer lugar centrémonos por supue sto en la misma alcaicería, posi blemente uno de
los espacios comerciales y artesanales mejor conocidos de la capital granadina (Figura
03). Ex isten varios trabajos dedicados exclusivamente a la misma, como, el ya
mencionado de Torres Balbas
565
, los de Seco de Lucena
566
o Garzón Pareja
567
, y otr as
aportaciones más recientes
568
.
Situada al sur de la me zquita may or, ocuparía un amplio solar (aprox. 4.591 metros
cuadra dos
569
) donde y a se han podido constatar ac tividades comerciales y/o artesanale s
desde el si glo XI
570
, con tinuadas en época almohade y nazarí cuando Yūsuf I cr eó la
alcaicería
571
. Era en este c aso un recinto cerrado, mercado y zona d e control fiscal d e
productos de lujo pero también destinado a guarda r y p roteger dichas merc ancías
(principalmente t ejidos de seda, lino o lana pero también otras mercancías como
especias) .
563
Leopoldo T orres Balb as, “La m ez quita mayor de Gr anada” , Al -Ándalus , nº 10 (1945), p ág s. 409 -432.
Antonio Fernández Puertas, “La mezquita aljama de Gra nada”, Miscelánea de estudios árabes y hebra icos.
Sección Árabe-Islam , vol. 53 (2004), p ágs. 39 - 65.
564
Rafael López Guz mán y Ma ría Elena Díez Jorge (ed s.), La Mad raza: pasado, presente y futuro , Granada,
2007 . A nto nio Malpica C uello, Luca Mattei (ed s.), La madraza … , op . cit.
565
Leopoldo Torres Balb as, “A lca icerías”, art. cit.
566
Luis Seco de Lucena Par edes, “Nota s de Arqueolo gía gra nadina”, Cuadern os de la Alhamb ra , nº 6
(1970), págs. 51 - 68.
567
Manuel Garzó n Par eja, “Una depend encia de la Alhambra: la Alca icería”, Cuadernos de la Alhambra,
Granada, nº 8 (1972), págs. 65 - 76.
568
Co m o la memoria d e licenciat ura de Carriazo Rubio ( La a lcaicería de Granada. A pr opósito de la visita
de Pedro de Arévalo en el año de 1552 . Memoria de L ic enciatura. Sevilla, 200 0) o el libro de Garzón
Cardenete ( Real sitio y fuerte de la Alcaicería de Grana da . Granada: Caja Gen eral de A ho rros de Gr anada,
2004)
569
Leopoldo Torres Balb as , “Alcaicerías”, ar t. cit, pág. 4 45.
570
“Lo p one d e manifiesto la ex cavación q ue se hizo en el a ntiguo edi ficio del diar io P atria, en la calle de
los Oficio s, no muy lejo s de la madraza, y frente a la mezquita m a yor. Allí se p udo identi ficar una
construcción de considerab le tamaño, q ue parec e q ue se d edicó a taller y /o tienda, si es que no era una
primera alhóndi ga”. Antonio Malpica Cuello, Luca Mattei (eds.), La ma draza … , op. cit., págs. 30 - 31.
571
Antonio Malpica C uello, “La expansió n de la ciudad…”, art. ci t., pág. 97 .
147
Es un área con una forma predominantemente rec tangular que se encuentra dividida en
dos mitades por la c alle de los Sederos, también denominada como calle Real de la
Alcaicería o calle de los Re y es. Dicha vía se encontraba cerrada a ambos lados por dos
de las nueve pue rt as de acceso con las que c ontaba este b arrio, la del lado nor te conoc id a
como la puerta del Sa grario o de las Cadenas, que d aba s alida ha cia la mez quita, posterior
catedral, y actual Iglesia de l S ag rario, y en el ex tremo sur por la denominada como puerta
de los Reye s. No obstan te ambas puertas también aparecen con el genérico puerta del
Alcaicería en ocasiones, espe cificando a cual se referían al añ adir si salían a los
escribanos
572
o al Zacatín
573
.
De esta calle Rea l o calle de los Sederos partían el resto de vías de este barrio comercial.
En la parte oriental, nos encontra mos cua tro c alles: desconocemos la denominación de
las dos primeras, sin embargo la tercera “se dize d e los gelizes e se solía ll amar la calle
a Jelisminaleyman”
574
. Por su parte la cuarta calle se denomina “Hamyzmy n
Aleyman”
575
. L a calle de los gelizes de la seda, era la principal en la que confluían va rias
callejuelas y dond e se encontraba tanto el adua na de la s eda como el aduana de la
especiería, así como una alhóndiga también de la especiería. Esta actividad se encontraba
en el ex tremo de la calle de los gelices “pasada l a puerta que se dize el p ostigo como
entran en la espeçeria q uesta en la calle de los gelices”
576
. De hecho en o casiones esta
misma vía recibía e l apel ativo de la calle de los especieros.
En cuanto a la ubic ación de la especiería, si bien tradiciona lmente se h a planteado que
esta se enc ontr aba e n el exterior de la alcaicería, sin emba rgo creemos que esta actividad
o se encontraba completamente en el int erior de esta estructura solo algunas de las tiendas
se hallarían rodea ndo este pequeño barr io.
Seco de Lucena en su descripción de la Granada del siglo XV ubicaba la especiería en la
calle de Darb al- Qata
577
(Figura 04). Era una vía situada al este de la alcaicería. Esta calle
aparece de nominad a en los habice s como “calleja que va de Santa María de la O al pil ar
572
“Puerta de la ca dena q ue sale a los escriva nos”, “pu erta de la cade na de los e scrivanos”. A.M.Gr. l ib.
603, fol. 27r y 88r.
573
“Puerta de la ca dena que sale al Çacatín”, “Puerta de la cadena q ue sale a la calle del Çacatin”, o en
ocasiones apar ece simpleme nte como “puerta del Çacatí n”, A.M.Gr. l ib . 603, fol. 88r.
574
A.M.Gr. lib. 603, fol. 116v.
575
A.M.Gr. lib. 603, fol. 66v.
576
A.M.Gr. lib. 603, fol. 121v.
577
“…a la calle Darb al -Qata ant es citada, ed ificios en los que estaban establecid os los esp ecier os que
comerciaban en es te sector de la medina y cuyo ala mín gre mial tenía su tienda y oficina lindando con la
Madraza” Luis Seco de Lucena P aredes, La Granada… , Granada, 1 975, pág. 6 8.
148
de los tintoreros” . Precisamente esta misma calle aparece en dos es crituras relativas al
mismo inmueble (media casa y tienda)
578
, denominada de dos formas, en la primera como
“calle nueva çerca de Santa María de la O ”, mie ntras que en la segunda, se le nombra
como “ calle de los cereros” . L a se gunda denominación se debe a que en e sta se sitúan
varios inmuebles ocupados por estos artesanos. Concretame nt e en la d escripción de una
de casa de z erveros (una posible mala lectura del término cereros
579
), para indicar su
ubicación, menc iona la acera de la espec ie ría, señalando de e sta manera como en la calle
que limitaba al est e con l a alcaicería se podí a en contrar no solo la actividad de los cereros
sino también algunos especieros, como el propio alamín. Aun así el grue so de los
comerciantes de la especiería se emplazaría en el interior de la alcaicería o al menos as í
se reco ge en la documentación consultada, donde hallamos referencias muy específicas
(cuadro 0 7 ).
Por otro lado algunas afirmaciones sobre la ubica ción de determinados inmuebles hacen
que nos planteemos la posibi lidad de que Alca icerí a no fu era utilizada solo para re ferirse
al recinto c errado que actualmente conocemos sino que también englobaría los
alrededores
580
.
En el extremo occidental de la alcaicería encontramos cua tro puertas que d aban acceso al
mismo (puerta de los Lineros y traperos o puerta de lo s Paños, puerta Real o de la
mezquita y de los Quincalleros o casa -tienda de pu erta, la cua rta era una puerta pequeña).
De la p rimera de estas puertas partía una calle con los mismos nombres y que terminaba
en la calle principal de la alcaicería. En su rec orrido deb emos sit uar en el mar gen
izquierdo la guardia, el cuarto de los perr os así como varios almacenes y a los traperos.
En el margen de recho, se emplazaría la actividad relacionada con el lin o así como su
aduana, d e características sim ilares a las vis tas p ara el aduana de la sed a, y al igual que
en los casos anteriores, ro deada de las tie ndas dedicadas a la venta de este producto y una
578
A.P.A.G., L- 87 - 16
579
T anto cerveros como cerero s pueden tratarse d e m alas lec turas del término çerreros, es d ecir, los q ue
hacen manoj os de lino o de cáñam o. Aunque ta mbién es posib le que el tér min o ce rero haga referencia al
fabricante de cer as, dada la cercanía de la m ezquita alj ama y sus necesidades de iluminació n.
580
Alonso de Castilla, vecino de la ciudad de Granada, en nombre de la mujer e hijos de Diego Rodríguez,
sedero difunto, mi suegro arrienda a Juan Quijada una tienda en la alcaicería linde de tiendas de los hijos
de Ped ro Gutiérrez donde ahora esta Go nzalo d e Luque, sede ro , e de la otr a parte la calle d e lo s al m izqueros
por un año y oc ho ducad os de oro en cada mes. A.H.P. Gr., Escrib anía de Go nzalo Quijada, prot. 19
(Granada), fol. 333 r - 33 4r. Los al m izquero s se sit uarían por enci m a de la alcaicería e n la col ación de San
Gil. A . H.P.Gr ., Escribanía de Francisco Muñoz, prot. 14 (Granada), fol. 556r -556v. El térm i no alm izq uero
que recogen a m bo s documento s posiblemente sea una cas tellanización del ter mino árabe almisk, almizcle.
Una sustancia de origen anima l utilizada en perfumería.
149
tarbea de lineros
581
. Por último también se encontraría el aduana y tiendas em pleadas en
los paños.
Posiblemente ambas d enominaciones se refieran al mismo espacio, al menos en los
primeros momentos, y a que encontramos alg un a referencia de “la casa donde está el peso
del lino y lana” . Posteriormente c ada aduana ocuparía un inmueble diferente
582
.
En esta área occidental también debemos ubicar otras actividades como la de los
algodoneros cu y a calle se encontraba junto a los lineros (cua d ro 06 nº 9), pero también
“el Mercantyl” es dec ir el lugar donde se ubicaban los merc aderes de marlotas e
almaizares (cuadro 06-A nº 14) y que p osteriormente aparece recogidos como “calle del
mercantil” (c uadro 06-B nº 6 y 8) sin que podamos ubicarla con mayor pr ecisión. Otra
calle que partía de los se deros, es la “calle que va a los mercaderes moriscos”
583
.
Finalmente en lo que r especta a otras de las a ctividades que tenía lu gar en la alca icería,
el chinchicayrín
584
, nos encontramos en una sit uación similar a la especiería, es decir, con
determinada s dificultade s para situar su emplazamiento.
La historio grafía que ha tratado el asunto, si bien escasa , o frece diversas opiniones. En
primer lu gar, Torres Balbás sin concretar su ubicación en el interior de la alcaicería nos
informa que:
“Próxima, con puerta a la alcaicería, había en la primera mitad del s.
XVI, una calle llamada del Chinchicayrín o chinchacayrín, en la que expedían sus
productos los calceteros”
585
581
Luis Seco de L ucena Docume nto s arábigo -granadin os. Madrid, 1961, págs. 34 - 38.
582
Marcos Ruiz, v eci no de Granad a, tiene a re nta de Alons o d e Luque u na t ienda q ue es de la ad uana de
paños en el alcaicer ía p or dos años y 5 .000 maravedís cad a año tr aspaso la dicha tienda por dos años y
5.00 0 m aravedís ca da año a Hernando de Vaena. A.H.P.Gr., Escribanía d e Go nzalo Quij ada, p rot. 2 2
(Granada), fol. 240r - 240 v. Alonso Gutiérrez, sed ero y vecino de Granad a por cuanto él tiene a censo de
la hagüela una tie nda en la alc aicería a la entrad a del alcayçatin de lo s paños a la entrada a mano izquierd a
que alinda co n tienda del fisc al castellanos a P edro d e Baeza por 100 maravedís cada mes. A.H.P .Gr.,
Escribanía de Go nzalo Quijada, p rot. 2 6 (Granada) , fol. 2 88r - 29 0v. Álvaro Dá vila, merc ader y veci no de
Granada arrienda a Alonso Vazq uez, mercader, vecino de Granad a una tie nda en la alca icería en lo s
bronidor es alinde de tienda d e B rizeño por 10 años y 51 maravedís cada mes. A.H.P .Gr., Escribanía de
Go nzalo Quijad a, pro t. 23 (Granada), fol. 363 v - 364r .
583
A.M.Gr. Lib. 603 , fol. 62v.
584
Aunque en la document ación apar ece co n diversas g rafía s (Chinchecaizí n, Chinch ycayrín,
Chinchaca y r yn), hemos optado por esta ya que es la más util izada.
585
Leopoldo Torres B albas, “Alcaicerías”, ar t. cit., pág. 4 48.
150
Como observamos identifica Chinchicayrin con la actividad de los calceter o s sin embargo
se trataba de dos activida des diferentes aunque pos iblemente ubicada s ambas en la misma
calle, “Chinchicayrin junto a la calcetería”
586
.
Por su parte Seco de Lucena c oment a:
“En tiempos de la Granada musulmana esta cal le y, tal vez, la puerta
fueron conocidas por una expresión árabe que lo s cristianos trans cribiero n por
chichec a yrin, cuyo original no acierto a resti tuir, pero que pienso pueda ser
forma dial ectal granadina, equivalente en su signi ficación a la castellana
quincallero “
587
De tal manera establece que el término chinchicayrin no es sino una castellanización del
término árabe usado para referirse a los qui ncalleros.
Ambos autores coinciden en sit uar esta actividad en el interior de la alcaicería. Tal y como
podemos observar en e l c uadro 08, el chinchicayrin estaba junto a la puerta chiquita, por
donde se entraba a la alcaicería. Identificamos esta puerta ch iqui ta con el p ostigo que en
el siglo XIX se d enominaba de los plat eros. En primer lugar, po rque p ese a exist ir otras
puertas p equeñas o post igos, sab emos que algunos establecimientos comerciales d el
chinchicayrin lindaban con las oll erías (cuadro 08, nº 12) y las únicas ollerías en esta área
de la ciudad se encontraban en la pl aza de Bibarrambla; por lo tanto el chinchicayrin
habría de localizarse en la parte occidental de la alcaicería. En se gundo lugar, tr as la
conquista sabemos que la platería se instaló en l a calle del chinchicayrín
588
, desplazand o
esta actividad fuera d e la alcaicería y de ahí deriva la denominación del “osti llo de los
plateros”, que antes he mos mencionado. Amba s razones nos llevan a pensar que el
chinchicayrin se sit uaba ini cialmente en la esquina suroeste d e la alcaicería, aunque tras
la conquista se despl azaría en parte ha cia el otr o lado de la calle Zacatín, donde se
encontraba la ropa viej a
589
. F inalmente, la platería ocuparía el áre a del chinchicayrín , y l a
calle que iba al puente del carbón.
586
Mª Amparo Mor eno Tr ujillo, Juan Mª de la Ob ra Sierra, Mª José Osorio Pérez, Los lib ros de rentas… ,
op. cit., pág. 105 nº 24.
587
Luis Seco de Lucena P aredes, “Notas …”, art. cit., pág. 68 .
588
“ es començado a faser platería en la calle de Chachecayrina ” AGS, CCA, CED, 1 - 12 -2
589
“ en la ca lle del chinchica yrin en el canton co n una ca lle que en tra ha cia la ropavieja con d os puerta s
la vn a q ue sale a la dicha de chinchecayrin e la otra q ue sa le a la dicha calle quesa la r op avieja ” A.H.P .Gr.,
Consejo de población, c. 5 132, p. 15.
151
En lo que se refiere a los calceteros (cuadro 09), que como vimos se si tuaban junto al
chinchicayrin también f u eron trasladados en parte a la otra acera de l Zacatín
590
.
Para terminar con este espacio diremos que la alcaicería posi blemente sea el áre a
comercial d e Granada qu e menos modificaciones t iene tras la conquista. Así se mantienen
en su interior las tiendas de sederos, especieros, lineros, traperos, algodoneros, mercader
de paños y calceteros. Las prin cipales reformas están orientadas más a rem arcar su
carácter fiscal y control sobre las m ercancías que allí se vendían. Adquiriendo el aduana
un papel ce ntr al.
En los Apeos re alizados por el C oncejo de la ci udad granadina
591
en 1506 y 1537 se
recoge n algunos de estos establecimientos:
- Aduana del lino . En una primera descripción (1506) se nos describe como otra
tienda donde zagüacan el lino que ti ene Juan Rodrígues de Ávila a çenso en
DCXII maravedís cada a ño, I gall ina
592
. Como observamos ni siquiera es situada
en la Alcaicería . En e l segundo recuento (1537), sin embarg o, y a si aparece como
aduana allí mismo: Y ten se visitó el aduana del li no que es en el Al cayçería, que
anda en renta e ali nda p or la vna parte con tien da de la hagü ela e por la otra
parte con tienda de castillos fronteros que la tiene a ç enso Z acaría Abentarafa,
linero e por las espaldas con tiendas d e los olleros que son d e los dichos
Castillos.
593
- Aduana de l a Especiería. Es un caso muy simil ar al anterior, y a que mi entras en
un primer momento aparece citada como el lu gar en el que se perc iben los
derec hos ( Vna tienda en el Espeçería cabe donde cojen los derechos, ti énela a
renta Rodrigo de Córdoba, yerno de Ribera, el ça patero, en D maravedís
594
) , e n
un se gundo inventario el término utili zado sería aduana: Otra tienda en el
Alcayçe ría en el aduana de la Espeçiería, que la tiene a çenso Alonso P érez de
Ribera y la solía tener a renta Rodrigo de Córdoba, su suegro; alinda de la vna
590
Mª Am paro Mor eno T rujillo , J uan Mª de la Obra Sierr a, Mª Jo sé Osorio P érez, Los libros de ren tas… ,
op. cit., pág. 102 nº 18. Era un inmueble si tuado en la cal le d e la ca lcetería, uno de lo s lind es de dicho
inmueble es la calle de la Rop a Viej a.
591
Son documentos que recogen los inmuebles urbano s y rurales que formaban los bienes pr opios, co njunto
de ingresos que su fragaban los gastos del mencio nado Conce jo.
592
Mª Ampar o Moreno Truj illo, Juan Mª de la Obra Sierra, Mª José Osorio P érez, Los libros de rentas
municipa les de la ciuda d de Granada en el siglo XVI , Granada, 2015 , pág. 33.
593
Ídem, Ibíde m, pág. 106 , nº 27.
594
Ídem, Ibíde m, pág. 35.
152
parte con ti enda de Rosa les e de la otra parte con el aduana de la Espeçiería
595
.
Por otro lado, al igual qu e ocurre c on el a du ana del lino, en un primer momento
tampoco se especifica su ubicación. Debemos esperar a 1537 y la se gunda
descripción para verla situada en la Alcaicería.
Otro aduana, la de los paños, aparece recogida en un último apeo, el de las tiendas
pertenecientes al Monast erio de San J erónimo realizado en 1518, pero carecemos de datos
previos de la misma: Otra ti enda qués en el Alcayçería desta dicha çibdad en la calle que
está a las espaldas de la aduana de los paños a los guadameçileros moriscos…
596
Si tenemos en cuenta estos y otros datos con respecto al aduana de la seda de la alcaice ría
granadina, podremos aclarar la posible ubicación de la misma
597
. Nos encontramos por
un lado ante una tienda donde se solía marc h amar la seda:
Otra media tienda que e s tá encorporada en v na tienda grande, solía estar
Poio Mazuela, e se solía marxamar la seda, que alinda con tienda de Pedro
Hernández de Mora; e s tá acensuada en tre cientos e veynte marav edís cada
año
598
.
Vna tienda en el Alcay çe ría, junto con la tienda grande donde solía ser el
marxamo de la seda, tié nela Juan Girao, colchero, a renta está en CCCCLXXX
maravedís cada año
599
.
Pero por otro lado, en lo s habices de 1505 se habla de Vna mezquita en el Alcaice ría,
dentro, en que agora se marchama la seda; está acensuada e n tres mil maravedís cada
año
600
.
Por últim o, en un docum ento conservado en el R egistro General del Sello de junio del
mismo año de 1505 se c ita c omo casa del aduana del partido de la a lcaicería un inmueble
que solía ser mez quita. Mu y posiblemente se trate d el mismo inmueble, donde en un
595
Ídem, Ibíde m, pág. 107 , nº 31.
596
Adelina Ro m ero Martínez, “ Documentació n para los locales co merciales en la Gra nada d el siglo XVI:
las tiendas”, Homen aje a To más Quesada Qu esada, Gr anada, 1998 , págs. 835 -857, espec. pág. 855, nº 43.
597
El aduana d e la seda aparece m e ncionada en alg unos documentos del Registro Gener al del Sello
simanquino, sin aportar ninguna infor mación sobre su situació n. Solo en el apeo de 1552 , conservado en el
Archivo Municipal de Granada, apar ece mencionada un ad uana d e la seda (AHMG, libr o 603, fol. 122v -
123v)
598
Mª d el Carmen V illa nueva Rico, Habices de las mezquitas de la ciudad de Grana da y s us alquerías,
Madrid, 1961, pág. 31, nº 35.
599
Mª Am paro Mor eno T rujillo , J uan Mª de la Obra Sierr a, Mª Jo sé Osorio P érez, Los libros de ren tas… ,
op. cit., pág. 35.
600
Mª del Car men Villanueva Rico , Habices … , op. cit., pág. 31, nº 33.
255
4.5.2.- L os espacios comerciale s y artesanales
Nuestro recorrido se inicia en la pu erta de Archidona, situada en el extremo oeste del
Arrabal, a escasos metros de la mi sma. En el margen izquierdo hace unos años se
identificó una alhóndiga cuya cronología se sitúa en época n azarí. En la intervención
arqueológica realizada en el Teat ro Cine I mpe rial de Loja ( Granada) en e l a ño 2006, se
halló un inmueble org aniz ado en torno a un patio con un pozo más o menos centralizado.
Dispone de una serie de habitaciones en los lados N, S y E, no así en el late ral W , donde
sólo se halló el muro que cerraba el conjunto sin ning ún tipo de dependencia vinculada al
mismo
944
. En varias d e estas estan cias se identific aron hogares que pod rían estar e n
relación con el desarrollo de alguna actividad arte s anal
945
.
Sin embargo esta caracterización choca con la información que nos proporciona la
documentación. Esta nos dice “Gil de Solana, jurado: las casas en qu e mora; ali ndan
con su fixo; e un corral a las espaldas e un solar en que faga un meson o casa a la pu erta
de Archidona”
946
. Nada se dice de nin guna alhóndi ga, pero debemos ten er en c uenta algo
que ya señalaba Barrios Aguilera durant e su estudio del citado repartimiento donde
suponía que bastantes de los corrales como de los solares eran resultado de la guerra que
pudieron haber sido casas
947
, y e n este caso, otro tipo de establec imientos .
Pero más allá de la p resencia de esta alhóndi ga con función artesanal, el repartimiento se
menciona la exist encia de varios mesones y /o alhóndiga s en la ciudad de Loja: e l
mesón/alhóndiga d e los moros, el mesón de la plaza, a sí como este solar dado a Gil de
Solana para que constru yera otro nuevo. Como hemos podid o ver los mesone s en época
castellana cumplen una función de alojamiento, mientras que la alhóndiga cumple una
función fiscal. Este d esarrollo sobre todo en lo que al hospedaje s e refiere se podría poner
en relación con e l eno rme tráfico comercial de esta ciudad.
Pero el testim onio más destacado d e este inte nso tráfico comercial si n duda es las
menciones que ha llamos al puerto seco de Loja que controlaba el paso de las mercancías
944
Antonio F. B uendía Moreno, J osé J avier Álvarez García, “Un po sible funduq nazar í intervención
arqueológica puntual en el teatro Cine- Imperial de Loja (2006)”, Anuario Arqueológico de And alucía/2006 ,
T. Granada, Sevilla, 20 10, págs. 1344 -1348. Excavado posterior m e nte e n el a ño 2010 , durante la
restauración de los r estos halla dos en 20 06. “Memoria científica de la Intervenció n…”, art. cit.
945
Antonio F. Buendía Mor eno, José J avier Álvarez García, “Un p osible funduq nazarí…”, art. cit., pág.
1345.
946
Manuel Barrios Aguilera, Libro de los repa rtimiento de Lo ja I , Granada, 198 8, pág. 81.
947
Idem, “La po blación de Loja a raíz de su incorporación al Reino d e Castilla (según el pad rón de
1491)” , Chronica Nova , nº 10 (1979), págs. 69 -122, esp ec. 75.
256
y por tanto de mercaderes. L a información proviene de sendos requerimientos a los Reye s
Católicos que se han conservado en el R GS, donde Loja reclama el papel de su puerto
frente a la villa de I llora en el primero
948
, y la c iudad de Alcalá la Real, en el segun do
949
.
La denominación como p uerta entrañaba el p ago d e ciertos derechos y re nta s por parte de
las mer cancías que por a llí pasaban, muy posiblemente el establecimiento fuera la
alhóndiga /mesón que formaba parte de los bienes propios de la ciudad .Como podemos
ver en las instrucciones que los Re y es C atólicos redactaron para la elaboración del
repartimiento de la ciudad de Loja, se especifica que los bienes que pasarían a formar
parte de los bien es propios del Concejo serían el mesón d e la plaza, los ba ños, las ti endas,
el molino de aceite y la correduría de las bestias
950
. Así se confirma también e n el propi o
documento del Repartimiento
951
. De este modo ll egamos a saber que gran p arte de los
establecimientos comerciales y artesanales pasar on a manos de la ciud ad y su conc ejo.
Según podemos observar en el libro de las rentas de censos estas tiendas, 20 en total,
recibían una denominación ca da una para identificarlas y diferenciarlas en tre sí. Por la
información que pode mo s extraer del mencionado libro no existía re lación entre el oficio
del artesano qu e ocupaba el establecimiento y la denominación del inmueble por part e
del Concejo
952
.
En estas tiendas se instalaron los denominados “obligados”. Estos eran in dividuos qu e
vendían en alg unos de estos inmuebles produc tos de primera necesidad para la población
948
AGS, RGS, LEG, 149309, 47 .
949
AGS, RGS, LEG, 148812, 199.
950
“ Otrosy es nuestra merçed e volunta s que porque la dicha çib dad sea mas preçiada e onr rada tenga
algun os propios pa ra sus nesçesydades, e que para ello s sea el meson de la plaça de la d icha çibdad e los
vaño s e las tienda s e el molin o d el aceite e el meson de los moros, co n el ex ea e mea ja e almota çenadgo e
medida de aceite e correduría de las b estias e los degred os e los Gaion bares e las Marrojas, con tanto que
el dicho almotaçen adgo non se a rrende mas que antes se e nca rgue al maiordomo que fuere de la dicha
çibdad de cada año, e qu e sy los prop ios llegaren a çien to mill ma ravedís sean los çinquenta mill ma ravedís
dellos para el conçejo de la dicha çibdad, e los otros çin quenta mill maravedís para las obras e lauo res d e
los muros e hedefiçios della .” Antonio Malpica Cuello y T omás Quesada Qu esad a, Colección de
docu mentos reales d el archivo mun icipal de Loja (14 88 -1515) , Granada, 1993 , pág. 63.
951
“ Dieron la po sesión al regimiento d e esta çiudad d e el meson de la plaça e de tres tiendas qu e alindan
con el dicho meson y de las dos tiend as qu e t ien e le Ferrero , e de otras quin çe tienda s, que comien çan
desde la casa de S antestevan, barvero, fasta la casa d e Aguilera, del un costado; e de la otra parte de la
calle, dend e una cámara que se dio a Ba rtholome S anchez d el Almendral, fasta las tiendas de Rod rigo de
Peralta, regisor; e ma s le dieron un solar para ca rnicerías y tiend as al dicho Con zejo, en saliendo de la
puerta de Jaofin, pa ra venir a la plaça, a la mano izquierda, junto con la to rre o chavada de Basurto; e
mas dieron la posesión de las tier ras de los Baiombres e de las Marrojas e de la alh ondiga de los moros
para que fag an un meson tomando el sitio que bien visto le s fuere a Sant Sebastian, con la cueva do nde
ahora se acogen los moros q ue a esta ciud ad vienen .” Manuel Barr ios Aguilera, Libro … , op. cit., pág. 245,
nº 2747 .
952
La tienda d e la syerra, d e las hor m as, d e la sillera, de la liebre, de las p erdices, del gallo, d el preso, d el
cuervo, de la vallesta, de la lan ça, del espad a que la tiene Juan Ruys (boticar io), del toro, de la llaue, del
cordero. A.H.M.L., libro de p ropios 1507 -1528, fol. 1r - v.
257
de la ciudad tales como c arne, pescado, aceite, queso, jabón, o candelas de s ebo. Para ello
se comprometían por u n tiempo determinado a vender a un pre cio a cordado por el
Concejo uno de estos p ro ductos. Más allá de obtener el monopolio de venta, los obligados
no obtenían más beneficio, pero la ciudad s e aseguraba e l a b astecimiento de estas
mercancías
953
. P ero estas tiendas también se utiliz aron para ubicar a los artesanos tales
como sastres, herreros, especieros, z apateros, barberos, silleros, albarderos, tinajeros y
olleros
954
.
Retomando nuestro recorrido en la plaza situada en el centro del Arraba l en contraría mos
algunos de los bienes mencionados que fueron dados al Concejo como un mesón
955
, junto
con tres ti endas, además también se sit uarían en d icha plaza un horno y l as tiendas de la
herrería (cuadro 01). L o s establecimientos comerciales continuaba n por la ac tual calle de
la Caridad, a ambos lado s de la mi sma, donde de bemos situar las r estantes 1 5 tiendas y
un solar pertenecientes al C oncejo
956
, así como las otorgadas a R odrigo P eralta por
merced
957
, aunque post eriormente serían restitui das al Concejo
958
, finalizando en la puer ta
del J aufin. En el Arrabal se han identificado dos hornos dedica dos a la elaboración de
pan.
En el arrabal de Jaufin la zona comercial emp ezaría en la m encionada puerta (cuadro 02),
en el margen iz quierdo, donde encontraríamos una serie de tiendas dadas a Martín de
Basurto. Aunque desconocemos el número, sabemos que li mitaban con una mezquita.
Además identificamos un horno, la ca lle de la carnicería vi eja, el molino del aceite a sí
como la casa del aceituna, lo que nos indica la i mportancia de esta p roducción para la
ciudad, que a punta de este modo la intensa relación entre el mundo urbano y el mundo
rural adscrito.
En el interior del espacio amura llado ex istían una serie de propiedades cuy a ubic ación
exacta desconocemos, y a que en el repartimiento aparecen sin nin gún tipo de referencia.
953
Antonio Malpica C uello, El co ncejo d e Loja (1486 -1508) , Granada, 1 981, pág. 301.
954
Esther Galera Mendo za, Loja, urba nismo y obras p úblicas , Granada, 1997, p ág. 91.
955
Manuel Barrios Aguilera, Libro … , op. cit. , pág. 74.
956
Ídem, Ibíde m, pág. 245.
957
Ídem, Ibíde m, pág. 253.
958
A.G.S., C.C. A., PUE, leg. 1 0, p. 223.
258
En todo caso es interesante destacarlas por su n aturaleza. Se trata d e las dos tiendas dadas
a Diego de Alcantara
959
y sobre todo la alhóndiga de los moros dada al Concejo
960
.
Un últ imo espac io que debemos analizar es el ámbito periurbano (cuadr o 03). En esta
área encontraríamos sobre todo diversas zonas de carácter a rtesanal. Saliendo por la y a
citada puerta de Archid ona extramuros localizamos tanto un molino como un área
denominada los Pelambres, relacionada con la a ctividad textil, especialmente con las
tenerías. Cercanos a los caminos hallamos varios molinos: de las morcas, el del jurado
Morales situado entre lo s caminos de I llora y M ontefrío, el del Ponton d el Infierno así
como el molino del alcaide de Zagra, y el situado en la orilla del río Manzanil. Dos
actividades más tenía n lu gar en e ste espacio periu rbano: el tejar, o lugar donde hace n los
adobes, del cual sabemos que estaba cer cana a una zona de cultivo y contaba al menos
con un horno; y los y esa res
961
, haciendo referencia a la cantera d e la que se extraía este
material.
959
Manuel Barrios Aguilera, Libro… , op. cit., pág. 254.
960
Ídem, Ibíde m, pág. 245.
961
Ídem, Ibíde m, págs. 222 y 244 .
259
4.5.3.- Conclusiones
Lo ja se presenta como la ciudad de las estudiadas con el entramado comercial más
sencillo. En ella observamos un número bastante menos acusado de establecimientos
comerciales y artesanales. A duras penas identificamos un conjunto de actividades que
podemos considerar es enciales para cualquier entorno urbano y cuya función es
proporcionar los servicios imprescindibles a los habitantes de la urbe, así como de los
núcleos ru rales de alrededor: alimentación un a industria texti l vinculada con el
tratamiento del cuero inci piente y otr as actividades como herrerías. Sin embargo d ebemos
de señalar la pre s encia de fanādiq .
A lo largo d e nuestra d escripción hemos visto có mo por una parte y tras la re alización de
una intervención arqueológica se ha identificado un funduq, posiblemente dedicado a
alguna actividad artesana l. Aunque este espacio n o parece como tal en el Repartimiento,
sí que se cita una “alhóndiga de los moros ” . L a presencia de este funduq p osiblemente
destinado al alojamiento, nos indica que si bien la ciudad no era un punto comercial, sí
constituía una parada en el trasieg o de com erciantes entre el valle del Guadalquivir y la
vega de Grana d a e incluso entre ciudades del propio emirato.
260
Capítulo 5. Conclusiones
Hemos intentado diseñar un mapa de la pre s encia de espacios de me rcado, mostrado en
sus distintas formas y con sus distintos elementos, en a l gunas de las ciudades nazaríes.
Con ello no solo esperamos contribuir a completar una parte importante de la
conformación urbanístic a de est as ciudades a tra vés de datos concretos, localizados e
interpretados, que esperamos sean útiles para futuros traba jos que avancen aún más en e l
proceso de reconstrucción y comprensión del mundo urbano en la época final de la
historia de al-Ándalus. Más allá de es e trabajo, creemos poder o frecer nuevos elementos
de interpretación acerca de cómo está constituida la red urbana nazarí a partir de un
criterio tan de sta cable como la dimensión comercial de sus ciudades.
Como Mazzoli-Guintard afirmó, el emirato nazarí constitu y e un o de los territorios con
mayor número de ciudades dentro de sus fronteras
962
. Así se re fleja po r eje mplo en la
documentación generada con posterioridad a la c onquista castellana de es ta área. En la
misma vemos cómo apa recen de nominad as como ciudades a l menos Antequera, Mála ga,
Marbella, R onda, Vélez -Málaga, Alhama, Almu ñécar, Baza, Gr anada, Guadix, Loja,
Almería, P urchena y Vera
963
. Cada urbe jugaba su papel en la estructuración d el territorio.
Ese papel podría varias dependiendo d el factor, característica, ac tividad o función sobre
la que centremos nuestra atención. Uno de los eleme ntos importantes a tener en cuenta
podría ser pr ecisamente el papel que asumieran en ese importante sector d e la economía
nazarí que pudier on ser los intercambios comerciale s, ento rno a cuales nos hemos
centrado a lo largo de este pre sent e trabajo.
Ibn J aldún cua ndo realizaba su reflex ión sobre el mundo urba no señalaba como uno de
los condicionantes para que un a ciudad p rosperara el de sarrollo de su s actividades
comerciales. Unas a ctividades que podrían ser de dos tipos, según las necesidades qu e
estaban destinas a satisf acer. Así, por una parte se encontrarían s egún él las actuaciones
dedicada s a a satisfacer n ecesidades de primer ord en, relacionadas fund amentalmente con
la alimentación, mientras que considera ba no indi spensables o de lujo todos los trabajos
relacionados con el vesti do, utensilios domésticos, los animales de sil la, las manufacturas
962
Christine Mazzoli-G uintar d, “Ronda en el orden urbano del r eino nazar í ¿Ha cia una hist oria global de
las ciudades? ”, Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos , nº 46 (2018) , págs. 91-128, espec. pág .
92.
963
Miguel Ji ménez Puertas, El p oblamien to del territorio d e Loja en l a Edad Media , Granada, 2002, pág.
153.
261
y la constru cción. Si bien el objetivo de I bn J aldún no sería establecer una clasific ación
de las ciudades según la complejidad de los zocos, lo cierto es que esta primera
diferenciación atendiendo a las actividades que en ellos se desarrollarían nos resultará
muy útil.
964
Ciertamente Chalmeta Gedrón, observando las actividades exist entes en una ciudad,
estableció las diferentes dinámicas comerciales que pudieron ex istir entre una urbe y su
entorno. En primer lugar, identificaba “un g ran co mercio ex terior o de tránsito”, centrado
en aqu ellos produc tos considerados de luj o, (te las , e specias, p erfumes, etc.) y llevado a
cabo por grandes mer caderes que actuaban a tr avés de agentes o int ermediarios. En
segundo lu gar, encontraría “un comercio de abastecimiento de alimentos y m aterias
primas” (campo > ciudad), actividad que se produce cuando los pro ductos del campo se
venden en determinadas áreas cercanas a la ciuda d, reproduciendo estructuras conocidas
por los campesinos, es d ecir, los z ocos rurales donde se en contrarían cereales, g anados,
alimentos, combustibles, fibras textiles, materias primas, e t c. En tercer lu gar, “un
comercio de suministro al ex terior”, es decir, un comercio en el que la funció n de la ciudad
es suministrar al c ampo y a sus habitantes aquellos productos relac ionados con la
alimentación, vestido, construcción, utillaje, sanidad e, incluso productos d e lujo, que en
el medio rural no se po drían obtener de otro modo. Y en cuarto y último lugar, un
comercio “d e la ciudad y para la ciudad ”, donde se inclu y en algunas de las actividades
que y a hemos mencionado, como las industrias de transformación (haciendo refe rencia a
aquellos oficios dedica do s a la preparación de pla t os cocinados), la industria del vestido,
artículos de lujo, etc.
965
Como hemos podido observar en muchos cas os estos intercambios se sirven de
actividades muy similares y no repre s entan grandes variac iones en la org ani zación de los
espacios de comercio dentro de la ciudad. En rea lidad las principales difere ncias en la
identificación de espacios comerciale s pa recen darse no tanto en relación a esa naturaleza
de sus intercambios como respecto a las distancias y ámbitos que se pretende alcanzar.
Donde según hemos podido percibir nosotros que ex iste una diferencia mar cada es entre
el gran comercio o de larga distancia, el comercio de media -pequeña dist ancia y el
964
Ibn J aldún, In troducció n a la historia u niversal (al - Muqadd ima) , ed . y trad. Francisco Ruiz G irela,
Córdob a, 2008, págs.
965
P edro Chalmeta Gedró n, E l zoco medieval. Con tribución a l estudio de la historia d el mercad o , Almería,
2010 , págs. 253 -360.
262
comercio de prox imidad, aquel que proporciona lo necesario tanto a los habitantes de la
ciudad como a los de las alquer ías cercanas.
Esta última caracter iza ción de las formas de comercio si que podría tener una
corre spond encia a nivel incluso edilicio, de manera que, si guiendo nuevamente a
Mazzoli-Guintard, se podrían señal ar las líneas generales de una posible jerarquía de
ciudades atendie ndo a la presenc ia de unos establecimientos comerciales u otros. Tres
son los elementos que se tendrían en cuenta: la prese ncia de alc aicería, ata razanas, etc.,
vinculada con un come rcio a gran distancia; l a identificación d e alhó ndigas como
testimonios de un comercio de media dist ancia; y po r último, la existencia zocos
semanales, extramuros, realmente difíciles de detectar, y que r epres entaría un comercio
de corta distancia
966
. Siguiendo estos parámetros se podrían establecer cuatro tipología s
de ciudades: 1- Las que cuenta con al menos dos de los elementos reseñados, indicando
con ello la presencia de u n comercio de larga distancia, con un área de a cción mu y amplia;
2- Las ciudades que solo contarían con uno de los elementos, apuntando a un volumen
del comercio meno r, o un comercio de media distancia; 3 - ciudades en una sit uación mu y
similar a la anterior, donde, sin embargo, solo encontr amos uno de los elementos
reseña dos y donde además se identifican los espacios de abastecimiento de los bienes
objeto de intercambio en la misma zona o ciudad ; 4- y aqu ellas urbes, por último, que
únicamente presentan zocos extramuros o vinculados con un i ntercambio estrictamente
local
967
.
A partir de esta primera caracterización, queremos conoce r qué ocurriría en un territorio
definido como abierto al comercio como es este del reino nazarí, intentando caracterizar
el rol de sus diferentes c i udades dentro de toda esta estructura polidimensional. Para ello
no solo hemos tenido en cuenta los establecimientos que encontramos en cada ciudad, o
las diferentes dinámic as que esta estable cía tanto local como int ernacionalmente, sino que
también hemos atendido a las diferentes actividades, tanto c omerciales como arte sanales,
que en su interior se ejercían.
Es ampliamente conocido el papel del emirato naz arí dentro de las líneas comerciales
establecidas por los co merciantes europeos. Pero para da r respuesta a la demanda
(principalmente d e seda y frutos secos, p ero también de otros produ ctos) era n ecesaria
una red comercial bien articulada, no solo por parte de aquellos hombre de neg o cios, los
966
C hristine Ma zzoli -Guintard , Ciudad es d e al-Á ndalus. España y Po rtugal en la ép oca musulman a (s.
VIII -XV), Granad a, 2000, pág. 1 18.
967
Ídem, Ibíde m, pág. 119 - 120.
263
cuales contaban con un a larga de lista de colaboradores, sino que el emi rato na zarí
también había de estar preparado para r esponder a la demanda de estos mercaderes
internacionale s y a sus propias necesidades de desplazamiento y aprovision amiento.
El análisis realizado en este trabajo nos permite o bservar diferentes grados y papeles de
las ciudades en el emirato nazarí desde una perspectiva comercial y artesanal, atendiendo
no solo a su importancia en el entramado urbano por el ma y or o menor número d e
establecimientos, a la pre sencia d e una tipología d e inmuebles u otra, sino también a las
relaciones estable cidas con su espacio circ undante y al papel jugado con respe cto al resto
de urbes que conformaron el emirato nazarí. Bien es cierto que en este traba jo solo hemos
podido analizar un número limi tado de ciudades, pero la varie dad de l as mismas nos ha
permitido establecer l as líneas generales de lo qu e podríamos d enominar la r ed interna
comercial d el emirato naz arí, donde el p apel asignado a cada una de ellas depende rí a de
elementos como su ubic ación geográfica, su situación con respect o a ot ras urbes, y l a
capacidad productiva d e la misma y de su ent orno, que en todo c aso podría verse
orientado de manera p rogresiva h acia producciones relacionadas con esa vertiente
mercantil. A partir de e st e último e lemento detectamos claramente ciudade s c on un pa pel
determinante en la orientación e speculativa de su e ntorno productivo , y claramente
dedicada s a gestionar este aspec to.
1-En esta jerarquía mercantil de las ciudades nazaríes situamos en un primer nivel a
ciudades que actúan de puntos de conex ión con otras urbes cuyo volumen comercial es
más significa tivo. Me ref iero a c iudades como L oj a y Baza. Se tra ta de dos núcleos cu y o
entramado urbano di fiere ligeramente entre si, pero muestran elementos comunes.
Mientras que L oj a presenta un núcleo c omer cial m uy s encillo, distribuido a lo largo de la
principal calle que atraviesa el arra bal y con un menor númer o de establecimi entos, B aza
no solo presenta un ma yor número de estable cim ientos comerciales y arte sanales, sino
que goza de va rios núcleos de in tercambio, uno principal en el arra b al de A rgedid y otro
secundario, en la propia medina, ambos complementados con el arrabal artesanal de
Churra, donde se concentraban principalmente tenería s y ollería s.
Ambas comparten un a ubicación simil ar, es d ecir se encuentran en puntos in termedios de
importantes rutas de co municación entre ciudades. Loja entre la capital del emirato,
Granada y la campiña del Guadalquivir, aunque tampoco debemos descartar ciertas
conexiones con Málaga, puerto principal. No obstante s abemos que la opción preferida
de comunicación entre la c iudad malagueña y la granadina s e abría pasand o por Alhama.
Por su parte B aza se e n contraba, como ya hemos dicho e n difere ntes ocasiones, e n la ruta
264
que conectaba el emirato nazarí con e l Levante. Ca be destacar que dentro del territorio
nazarí se encontraba a m edio camino entre Guadix y Huéscar, esta última uno de los polos
que concentraría poco después uno de los grandes núcleos de la actividad genovesa,
especializada en el com ercio de la lana. R espe cto a l a prime ra, Guadi x, de la que
hablaremos a continuación, se ha revelado como u n núcleo donde convergen varias rutas,
viéndose por ello b eneficiada económicamente. Esta posición en un punto intermedio
entre otros núcleos más destacados comercialmente se refleja esenc i almente en la
presenc i a de fan ā diq d estinados al alojamiento de comerciantes, aunque también
observamos la presencia de otro tipo de estos inm ue bles preparados para acoger artesanos
y que se d efinen como espacios de trabajo, más que como establecimientos para el
alojamiento.
En estos núcleos la pr esencia internacional quedaría relega d a a un s egundo plano. En el
caso de Baza sí se documenta ciert a interacción entre g enoveses y m ercaderes locales,
sobre todo en fases t ardías y en relación con la compra de l ana. De to dos modos su
verdadera relevancia queda marcada por el pap el que desempeñan en el área pe riurbana
de estas ciudades. Sabemos, tal y como se ha mostrado en nuestro análisis, que en todas
las ciudades el ár ea peri urbana es un complemento necesario donde se sit úan no solo
molinos (cere ales o aceite) sino también espacios in dustriales dedicados a l a c onstrucción,
como alfare s cu yo objet ivo es sumi nistrar material de construcción, tanto tejas como
ladrillos. En estas ciudades, donde la importanci a del tejido comercial es relativamen te
menor, se observa sin embargo un des arrollo notable de las actividades productivas
relacionadas con el sumi nistro de elementos esenciales para la población circundante,
como el trigo o el aceite.
2-En un se gundo nivel hallaríamos aquellas urbes con una marcada especializ ación, tanto
comercial como artesanal en una dete rminada materia prima o producto. Aquí encuadraría
Almuñécar. S e trata de ciudades cu yo entramado c omercial está orientado a dar respuesta
a las necesidades de sus habitantes, cómo no, pero también destacan en su faceta como
sedes comerciales especializadas en un producto determinado, o varios, en esta ocasión
no tan relacionado con necesidades d e abastecimiento de primera necesidad, sino con otro
tipo de bienes mucho más orientados a una s alida diferente.
Más allá del conocido papel de Almuñécar como centro productor y exporta dor de azúcar,
nos g ustaría de tenernos con este ejemplo en otro aspec to de la estructura comercial, en la
propia jerarquía de artesanos, comerc iant es, mercaderes, etc.
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