Pueblos del saber. Sobre la destinación social de las prácticas académicas en la universidad neoliberal
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Índice Presentación Antonio Collados Alcaide Seminario About Academia Documentación audiovisual Artículos Epistemologías críticas para el Netflix académico Rosa Benéitez Andrés Nuevos vocabularios y epistemes para pensar la Universidad. Resistencia: los estilos de la teoría Azucena G. Blanco Una compañía de saberes Vicente Sanfélix Vidarte Ser investigador y profesor de ética en tiempos del «publica o perece»: ¿hacia una deseable (des) colonización de las métricas? Ramón A. Feenstra La agonía de la universidad franquista Miguel Amorós Pueblos del saber. Sobre la destinación social de las prácticas académicas en la universidad neoliberal Jordi Carmona Hurtado La universidad y su sombra Max Hidalgo Nácher Conspirar (en) la Universidad. Notas desde una filosofía jurídica plebeya Daniel J. García López 10 15 21 22 34 42 52 62 68 80 100
Propuesta a futuro: contra la separación política entre «bellas» artes y oficios Aurora Fernández Polanco Academia: pensar un sitio para pensar Natxo Rodríguez Arkaute La relevancia social de la investigación en las ciencias humanas y sociales Julia Olmos Peñuela y Elena Castro Martínez Corazonar para sobrevivir dentro de la Universidad. Investigaciones colaborativas Aurora Álvarez Veinguer Anarchivear lo barroco, entender no entendiendo la catástrofe Ángel Luis Lara Territorializar la Universidad: experiencias desde el movimiento de mujeres organizadas de la Universidad Nacional Autónoma de México 1919-2021 Márgara Millán Moncayo De rebeliones científicas e indígenas en la emergencia climática Mauricio Misquero, Josefa Sánchez Contreras y Alberto Matarán Ruiz Grupo de estudio About Academia: los estudiantes Laboratorio Permanente de Política Cultural Universitaria Jésica Domínguez, Ignacio Amilivia, Carmen Sousa Pardo, Giorgia Van, Fernando Bayona, Elena Lara, Daniel Medina, Louise K. Houtman, Jesús Palenzuela y María Isabel Puerto 110 128 138 156 168 182 194 210
Pueblos del saber. Sobre la destinación social de las prácticas académicas en la universidad neoliberal Jordi Carmona Hurtado Bio Jordi Carmona Hurtado ejerce, desde 2020, como profesor de Estética y teoría del arte en el departamento de Filosofía I de la universidad de Granada. Anteriormente se doctoró en Paris VIII y la Universidad Autónoma de Madrid, antes de marchar unos años a la universidad brasileña. De entre sus publicaciones, cabe destacar: Paciencia de la acción. Ensayo sobre la política de asambleas (Akal, 2018); Cómo matar a la muerte. Agustín García Calvo y la filosofía de la contracultura (La oveja roja, 2022). Además de su labor docente, investigadora y ensayística en nombre propio, ha formado y forma parte de diversos colectivos artísticos y políticos.
69 «El movimiento obrero nos legó una palabra nueva, la palabra solidaridad». John Berger «Hay que darle al pueblo lo suyo». Federico García Lorca Permítanme que introduzca un poco a la fuerza, desde el título mismo de estas aventuradas consideraciones, casi como una cuña, esa palabra «pueblo», un poco vulgar, apenas ilustrada, incómoda y pasada de moda, quién sabe si un poco hueca y vacía, o un tanto residual y vetusta. Espero que vayan entendiendo por qué. Con justicia sería calificada como «populista» toda operación de discurso que tratase de oponer un «saber popular» a un «saber académico». Las imágenes del saber del pueblo, tanto como las de su ignorancia, suelen remitir además a estereotipos muchas veces creados por los señores y señoras de la Academia, quienes se dedican exclusivamente al saber, y no por las gentes del pueblo llano, normalmente ocupadas en otros menesteres que tienen más que ver con ir sobrellevando como buenamente pueden las urgencias de la existencia. Sin embargo, ¿hasta qué punto se pueden evacuar completamente, cuando nos preguntamos por la Universidad, las cuestiones que tienen que ver con la relación de las prácticas académicas con el pueblo o con los pueblos, o con la vocación social del saber? Poniendo en uso esta palabra «pueblo» no nos interesa reivindicar un afuera de la academia sustancial, sabio o ignorante, sino interrogar cómo la producción académica no deja de relacionarse con un afuera no sustancial, real aunque indeterminado, al que esta producción en cierta medida responde, y también en cierta medida constituye. En estas breves consideraciones, no nos interesa por tanto el saber popular, sino más bien los pueblos del saber. Nos interesa, más generalmente, plantear la relación de la academia actual con cierta posibilidad crítica que podemos llamar «pueblo». Si usamos «pueblo» y no «sociedad» es también porque nos parece que en la primera palabra habita precisamente una posibilidad crítica que en la segunda hoy en día está totalmente ausente. Ciertamente, la pregunta por el pueblo o los pueblos del saber hoy en día ni siquiera se plantea. Hay tal vez para esto dos motivos principales. El primero tiene que ver con la presuposición, hoy en día consensual, de que la Universidad ya está plenamente conectada con la sociedad. Si la pregunta por el destino social de las prácticas académicas no se plantea, entonces, es en primer lugar porque en realidad se presupone que este destino ya está sellado desde el principio
70 en nuestra época. La pregunta, como suele ocurrir, no aparece porque la respuesta en realidad ya está dada, y los actores académicos la aceptan como un presupuesto mismo de sus prácticas. Así, en los países en que el neoliberalismo está más avanzado, las patentes y «transferencias de conocimiento» a empresas son el único lazo directo que liga la producción académica con la sociedad. Los profesores son evaluados según ese criterio, así que están obligados a hacer este tipo de transferencias de conocimiento al capital. Pero cuando la Universidad se relaciona así en sus prácticas con la sociedad, ciertamente acepta las premisas ideológicas mediante las que se estructura esa misma sociedad. La Universidad, en esas condiciones, asume lo que Mark Fisher ha llamado una actitud de «realismo capitalista» (2016), y subentiende que su única misión social consiste en contribuir a los fines civilizatorios del neoliberalismo, sin interrogar si estos fines son justos, libertadores o al menos vitalmente sostenibles. Entonces, el primer motivo de que la pregunta por cuál es o cuáles son los pueblos del saber ni siquiera se plantee hoy en día es esta especie de tendencia a una identificación, a un solapamiento entre las lógicas y ritmos de la sociedad neoliberal y los de la producción universitaria. Pero si la cuestión del pueblo no aparece en la Universidad, también es, más generalmente, porque en las sociedades en que vivimos esa cuestión tampoco aparece. El neoliberalismo tiende a constituir el pueblo como «masas de individuos», según la expresión de Agustín García Calvo (1993). Ya no se ejerce una autoridad sobre los súbditos, como en las sociedades disciplinarias analizadas por Foucault, sino que se gestiona a los libres ciudadanos. La nueva manera que el capitalismo tiene de conducir a las masas es convencerlas de que son individuos completamente únicos e irrepetibles, como estrellas de cine o más bien concursantes de Big brother, que ejercen ese derecho universal a los cinco minutos de gloria que reclamó Warhol. Mediante las redes sociales virtuales, la vida cotidiana, en todos sus detalles más ínfimos y sus aspectos más anecdóticos, se espectaculariza y se transmite sin cesar. El neoliberalismo fomenta este tipo de individualización de masa, muy acorde con la tradición liberal del ciudadanismo y con las políticas clásicas de control social, que tanto Foucault como Rancière han llamado «policía», extendiendo el uso habitual y reconectándolo con los orígenes de esa institución. Sin embargo, para el sujeto emprendedor, que también es un individuo único e irrepetible, con su propia imagen, su DNI y su huella dactilar absolutamente insustituibles, la vida tiende a presentarse como un mercado incesante, una competición insufrible que causa ese malestar hoy en día tan generalizado. La universidad, en este aspecto, cuando multiplica las
71 situaciones de evaluación, cuando fomenta que todo estudio y aprendizaje se ordene al objetivo de la nota, no contribuye precisamente a poner en marcha otras formas de subjetividad o posibilidades de subjetivación alternativas a las neoliberales. Durante la reciente pandemia pudimos experimentar también, debido a lo que Flavia Costa ha llamado un «shock de virtualización» (2021: 15), el modo en que estos sistemas de educación virtual tienden a perfeccionar, automatizándolos, procesos de control en los que el «factor humano» podía todavía dejar resquicios de posibilidad de imperfección. Pero esa identificación entre la lógica y los ritmos de la producción universitaria y los de la sociedad neoliberal hoy dominante hacen que la Universidad falte profundamente a su vocación, pues la crítica tiende a volverse imposible. Y no es extraño que tienda a desaparecer toda la tradición del pensamiento crítico en las universidades actuales, o a sobrevivir en espacios muy marginalizados. También ocurre que, cuando esta tradición crítica sobrevive, lo hace como una tradición muerta, momificada, que solo se estudia para aprobar exámenes, que solo se pone en práctica en los propios rituales académicos. Pero lo que brilla por su ausencia es una interrogación de la sociedad actual desde una academia capaz de heredar (y por tanto, también, de deconstruir y construir de nuevo, a la altura de la situación actual) la tradición crítica. Falta la crítica, precisamente porque el pueblo falta. Y es que la cuestión del pueblo y la de la crítica están irreversiblemente ligadas. Para que haya la más mínima posibilidad de una situación crítica, en los términos más generales que podamos concebir, lo primero es suscitar una separación con respecto al objeto criticado. De ahí que la posibilidad de cualquier crítica hoy en día pase por comprobar hasta qué punto la Universidad actual es capaz de separarse o de desidentificarse de las lógicas que rigen la sociedad neoliberal, desde sus prácticas mismas. Ciertamente, esta ausencia de crítica de la que hablamos aquí no implica que no se investiguen todo tipo de asuntos en la Universidad, ni que esta no garantice la libertad de investigación o la pluralidad de enfoques epistémicos. Las universidades actuales dicen muchas cosas, dicen cosas muy diferentes y existe, de hecho, una gran diversidad de puntos de vista críticos en la producción científica y académica (de género, poscoloniales, marxistas, ecologistas, etc.) Pero las cosas que las universidades hacen y las cosas que hacemos los actores académicos no suelen ser tan diversas ni tan diferentes: la mayor parte de las veces, rituales estandarizados que se repiten sin cesar, y cuya principal motivación es responder a exigencias de evaluación de la carrera docente e investigadora. Así, la universidad se cierra sobre sí misma, en una falsa autonomía que se parece más bien a un JORDI CARMONA HURTADO
72 ensimismamiento, que permite que sea capturada todavía mejor por las lógicas neoliberales de las élites. En este punto, podemos retomar una vieja distinción que Walter Benjamin realizó en su discurso El autor como productor, de 1934. El contexto de esa intervención, en el que convivía el entusiasmo de los primeros años de la revolución de Octubre y la angustia frente el fascismo ascendente, era opuesto al nuestro, y los debates sobre la destinación social del saber, o sobre la posible contribución del intelectual a los combates por la emancipación social, no solo existían sino que eran abundantes y de vibrante intensidad intelectual. Benjamin, en esa ocasión, oponía los intelectuales que solo se solidarizaban con las luchas del proletariado en las ideas, sin alterar las formas mismas en que se daba su práctica intelectual, a los que se mostraban solidarios con el proletariado al nivel de los medios mismos de su producción intelectual. Esta segunda actitud, que Benjamin piensa a partir de modelos rupturistas de la época como el periodismo de combate de Tretiakov o el teatro épico de Brecht, resulta la única realmente efectiva desde el punto de vista del materialismo histórico. Se trata de cierta práctica de producción intelectual que no solo alimenta cierto medio de producción, sino que lo altera, lo «refuncionaliza», según la expresión de Brecht. Esta refuncionalización permitiría que lo que era herramienta de dominio de las clases pudientes se vuelva arma de emancipación de los desposeídos. La distinción de Benjamin, entre una solidaridad que se practica al mero nivel de las ideas y una solidaridad que se sitúa en el nivel de los medios de producción, nos remite de nuevo a la cuestión de las prácticas, a la que Foucault también ha contribuido tanto a dar una visibilidad epistemológica. Nos invita a dirigir la mirada no tanto a los discursos y metodologías diversas, sino a las prácticas académicas mismas. ¿De qué manera, desde nuestras prácticas, nos limitamos a alimentar la adhesión de la universidad al neoliberalismo? ¿En qué medida, en nuestras prácticas mismas, podríamos producir una refuncionalización de nuestra función, en un sentido de solidaridad efectiva con los desheredados del neoliberalismo? ¿Y qué espacios de liberación son susceptibles de ser inventados por los actores académicos, a este respecto? Pero estas preguntas solo cobran sentido si se tiene en cuenta que los límites de esa libertad de invención resultan claramente delimitados por las evaluaciones a las que los docentes están sometidos y, más generalmente, por el aspecto profesional o burocrático de la actividad académica. Si existe algo así como una libertad en la vida académica, no es una libertad que se dé en un espacio de posibilidades infinitas, sino más bien en el espacio
73 de cierta precariedad laboral, que limita mucho las posibilidades de acción de lxs docentes. Esta precariedad, por otra parte, funciona como medio de disciplinamiento extremadamente eficaz de la actividad académica. Pues la libertad académica no es tal cuando se debe corregir por encima de cierta cantidad de exámenes, cuando se es responsable de la evaluación de más de cierta cantidad de alumnos, cuando se encadenan contratos temporales, cuando los cuidados que los profesores realizan no se consideran parte de la jornada laboral, cuando las evaluaciones a que están sometidos suponen una cantidad enorme de trabajo burocrático, alienante y agotador. Y aquí es donde aparece el segundo aspecto de la cuestión que queríamos plantear. Pues si hoy en día el papel de la destinación social de la actividad académica no se plantea, si no se plantea la pregunta por el modo en que nuestras prácticas intelectuales no dejan de responder a un afuera y no dejan de constituir ese mismo afuera, no solo es porque se supone que la respuesta ya está dada (pues no habría afuera real, y la universidad no sería más que otra empresa, un sector especializado de producción de la sociedad neoliberal, una institución normal más de ese tipo de sociedad). No solo es porque, en nuestra sociedad, se nos trate de convencer incesantemente de que no hay pueblo ni hay clases, ya que no habría más que individuos en competición los unos con los otros, según unas célebres declaraciones de Margaret Tatcher. Y es que el neoliberalismo solo pudo acceder al poder destruyendo la obra del movimiento obrero, destruyendo las formas de solidaridad de clase y entre los pueblos que este había creado. Pero no solo es que se nos trate de convencer sin cesar de que no hay pueblo ahí afuera, sino que, en esta identificación entre la universidad y los fines de la sociedad neoliberal, parecería en todo caso que si hay pueblo, ese pueblo ya estaría adentro desde el principio. Desde esta segunda perspectiva, el círculo de la identificación entre academia y sociedad se cierra de nuevo, en la otra dirección, hacia adentro, hacia una autonomía que hemos llamado más bien «ensimismamiento». Aunque sin duda, ciertamente, y a pesar de que esto tienda a ocultarse o a experimentarse de manera clandestina, hay mucho pueblo en la universidad. Las condiciones laborales de gran parte del profesorado universitario no se parecen en nada a las del intelectual bien establecido en la burguesía, típico del tiempo en que escribió Benjamin. El académico, hoy, suele ser también un trabajador precario. Antaño, se suponía que la Academia era un espacio consagrado al ocio y al paseo peripatético; hoy en día, no se hace en ella más que trabajar y correr sin cesar de un lado a otro. Y sin embargo, algo tal vez queda de ese ocio, un resto invisible de ese ocio, pero esta vez bajo la condición y la forma de un trabajo. En medio de las lógicas JORDI CARMONA HURTADO
PUBLICACIÓN Edita Editorial Universidad de Granada Edición Antonio Collados Alcaide Textos Aurora Álvarez Veinguer Miguel Amorós Rosa Benéitez Andrés Jordi Carmona Hurtado Elena Castro Martínez Antonio Collados Alcaide Ramón A. Feenstra Aurora Fernández Polanco Daniel J. García López Azucena G. Blanco Max Hidalgo Nácher Ángel Luis Lara Alberto Matarán Ruiz Márgara Millán Moncayo Mauricio Misquero Julia Olmos Peñuela Natxo Rodríguez Arkaute Josefa Sánchez Contreras Vicente Sanfélix Vidarte Diseño y coordinación editorial Patricia Garzón Martínez Maquetación Gema Rodríguez Vicente Fotografías de la exposición José Antonio Albornoz Documentación audiovisual Raquel Botubol Rivera Dana López-Astilleros Montoza Impresión Imprenta Comercial Motril, Granada ISBN: 978-84-338-7067-4 Depósito Legal: DL. Gr. 669-2023 © De la presente edición, Universidad de Granada. © De las imágenes, los autores Organiza Colabora Edita