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Exigir y fomentar. ¿Educación, para qué?

Cuve, Felix von

Abstract

Cuve, Felix von

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EXIGIR Félix VON CUBE Aunque no estemos afectados nosotros mismos, los periódicos nos recuerdan diariamente el aumento de la violencia, de la brutalidad, de suicidios, objetores, desertores, etc. Tengo ante mí cuatro artículos de periódico de los últimos días, con informaciones como las siguientes: .Niños maltratan a sus padres, anualmente 2,5 millones de casos en los Estados Unidos.; .Escalada la violencia, brutalidad entre alumnos, fractura de huesos y dientes rotos en el patia esca14r»; <<Cri= minalidild a!armant&~; <<Par-!arnsn@riss de la @orngd4d id~f@p@~ d eontml de Vfdeo-films.. Los entrevistados son sobre todo jóvenes. En la comisión investigadora del Parlamento fgclgyal trata 19 opr@Rsta juvenil en el Estado democráticas, Y muchas investigaciones más se refieren también al problema de la juventud, por ejemplo, Haller (1981), Homstein (1989) ~rg$aiggci6a 6kall de la juventud alepa.i,a, jgst'ci,dif! %@11 d& l9811, y tantas otras. Efl Igg refloxieaes siguientes creemos oportuno dividir la problemática en tres secciones: agresión, ~anduce $M@&sIMGI~v~ y ~ekaaa. La gggggi& ~xpreoa~se esn mayor o menor violencia; nos encontramos con casos de terrorismo, de demostraciones viole~gs, Qg g&i$i&i@~g$, el !a sscuelg, & ?a hmiiie, aa 1e destpueei6n absurda de cosas, de violencia en los Vídeo-films, etc. La conducta autodestructiva comprende el alcoholismo, el consumo de drogas, 13s &plggi~1= nes, la resigac@n, ~pf.medd08 ~gfquicas $e diversos tipos, hasta llegar al suicidio. Los datos ~uméricos sobre tales perturbaciones de la c(3n&Q juvenil son oscilantes, percl, tede BaAQ, GQR= sideran alarmantes. ggghago puede consistir en el alejamiento de nuestra sociedad, en la adhesión a sectas, en grupos alternativas; e. ve,ceg $@ trata solamente del ((rendimiento negatiwu, del esnocid0 ~cerollsu, del tedio, de la frustración. El problema salta a la vista; pero la explicasi~n no es fdcil de encontrar. Se aducen infinidad de causas: amenaza de armamentos y guerra, destrucción del medio ambiente y de las fuentes de vida, saciedad de técnica y consumo, injusticias en la distribución de bienes y poder, presión de rendimiento, estrés, sobrecarga; sin qmbarg~, la eriumeración no resulta satisfactoria. Falta una teoría unitaria, y las causas aducidas en ocasiones son contradicforias. Se afma, por ejemp!~~ que la conc ducta agresiva es debida a ep$4s, a una sobreearga en la sociedad de rendimiento. Ahora bien, una encuesta entre jóvenes revela motivos muy diferentes: el aburrimiento y el bajo nivel de exigencia. Lo que me sorprende en el conjunto de los análisis de causas es que apenas se tiene en cuenta la investigación biológica de la conducta. Para subsanar este defecto y hacer una aportación sistemática al problema de la juventud, a continuación qgiero EeQrrer tres pasos: 1, Resultados de la investigación biológica de la calidueta. 2. Análisis de la situación actual sobre la base de la investigación de la conducta. 3. Consecuencias para la educación. RESULTADOS DE LA INVESTIOACI~N BIOLÓGICA DE LA CONDUCTA Es evidente que los investigadores de la conducta parten de la evolución biol6gica, de los principios de la mutación y de la selección. Consideran al hombre como producto de una evolución biológica de millones de aíios. A este respecto, la herencia filgggpetica de1 hombre no sólo consta de su anatsmfa y fisiología, de sus formas corporales, de los órganos de movimiento y de los sentidos, sino que comprende tambih determinadas disposiciones Qe ceriducta previamente programadas. Pertenecen a estas disposiciones instintivas de conducta las pulsiones, tales coms la alimenticia, la sexual, la de curiosidad, y los correspondientes instia@@ instfumentales, como el correr, mamar, morder, prender, etc. Según mostró Eibl-Eibesfeldt, también son innatas en el hombre (lo mismo que en 19s animales más cercanos a él) formas de expresi6n como la risa, el llanto, el enfado, la amenaza. Muchas veces se plantea ya en este lugar la primera objeción: ¡El hombre no es un simple animal! La conducta humana no puede compararse con la animal. Esta objeción de sacar inferencias para el hombre a partir del animal se plantea especialmente contra Konrad Lorenz. Y, sin embargo, grccisamente este investigador ha resaltado una y otra vez la diferencia fundamental entre el animal y el hombre, a saber, el cerebro típico del hombre, $$te, eon su cerebro, puede reflexionar sobre las disposiciones de conducta latentes en la base del mismo, y así es capaz de dirigirlas hasta cierto punto. Sólo el hombre, aunque no tenga hambre, puede seguir comiendo por gula y atormen- tar o torturar a otros hombres. Con razón decía Goethe: «Él lo llama razón, y sólo el tiene necesidad de ser más animal que todo otro animal*. Esta frase de Goethe no sólo tiene validez para su tiempo, sino que designa una posibilidad del hombre en general. Siempre hubo brutalidad, excesos sexuales, orgías, etc. Recordemos a Nerón o ;il Marqués de Sade. Retengamos en firme un primer resultado: la conducta humana es fruto de dos componentes, de las disposiciones instintivas en la base del cerebro y de las funciones directivas del cerebro. Este hecho hace sumamente difícil investigar la conducta humana, especialmente la agresiva. Por ejemplo, mientras que el animal es agresivo cuando lo «expresa~, el hombre puede ser agresivo sin mostrarlo en este momento. Un segundo resultado de la investigación de la conducta es la ley de la doble cuantificación. Consicleremos esta ley primeramente en los animales. Sobre el animal podemos decir: una acción instintiva, por ejemplo, comer o la conducta sexual, se alimenta de dos fuentes: la intensidad del estímulo exterior (estímulos alimenticios o sexualex) y la fuerza de la pulsión interior. Los investigadores de la conducta biológica parten de que el animal no sólo reacciona a estímulos externos, sino que posee además potenciales pulsionales que se cargan espontáneamente y, con ello, diversas disposiciones para la acción. Ambos componentes, lo!; estímulos y las pulsiones, no son constantes (cosa que cada uno puede experimentar en sí mismo), sino variables. Así pues, hay estímulos más o menos intensos (pan seco, bistecs jugosos) y pulsiones más o menos fuertes. Y la ley de la doble cuantificación dice que la acción instintiva es tanto más intensa cuanto más altos son el estímulo y la fuerza de la pulsión. El comer se produce con tanto más gusto, cuanto mayor es el estímulo del alimento y mayor el hambre; y no se produce cuando ambos componentes son bajos. Hemos de advertir todavía que a las pulsiones particulares corresponden estímulos especiales. Lorenz habla de «mecanismos desencadenantes innato!;~ (MDI). Mencionemos las plantas zoófagas o los animales depredadores, y también, en el ámbito sexual, los estímulos ópticos o los olores. La ley de la doble cuantificación, como programa filogenético, extiende igualmente sus efectos al hombre. También sus acciones instintivas son tanto más intensas cuanto más alto es el estímulo y mayor la fuerza de la pulsión. No obstante, hemos de indicar dos diferencias respecto de la conducta animal. En primer lugar, el hombre posee una enorme capacidad de aprendizaje, lo cual significa en este caso que él puede condicionar los estímulos; es decir, él tiene a disposición un gran repertorio de estímulos para desencadenar acciones instintivas. Y, por otra parte, según hemos dicho, el hombre puede dirigir su conducta con el cerebro, y así detenerse, o, por el contrario, utilizar para su disfrute una fuerza pulsional baja mediante una refinada elevación de los estímulos. El tercer resultado importante de la investigación de la conducta enlaza inmediatamente con la ley de la doble cuantificación, y es la llamada conducta apetitiva. Esta conducta consiste en que el animal, cuando aumenta la intensidad de la pulsión, busca activamente los estímulos desencadenantes. El animal busca alimento, y lo hace tanto más intensamente cuanto mayor es el hambre; igualmente, busca su pareja sexual cuando la fuerza de la pulsión hace necesario el estímulo desencadenante. Lorenz caracteriza la conducta apetitiva como .una poderosa tendencia originaria a producir en el entorno aquella situación liberadora en la que puede descargarse un instinto retenido. (1474, p. 71). Si la conducta apetitiva no tiene éxito, es decir, si no encuentra ningún estímulo desencadenante, se llega a las llamadas acciones de punto muerto. Por ejemplo, a la postre la conducta sexual puede ejercerse también sin estímulo visible, y de igual manera se realizan cursos de movimiento u otras acciones instintivas. Cada cual puede observar en sí mismo que la conducta apetitiva extiende su dominio al hombre. Basta con que, cuando tenemos hambre o sed, vayamos por las calles de la ciudad; podremos advertir entonces nuestra .percepción selectiva., reflexionar sobre ella y perseguir nuestra conducta apetitiva. Hay un cuarto resultado importante de la investigación de la conducta que no está exento de oposición crítica. Me refiero a la afirmación de Lorenz de que también en la agresión se trata de un instinto con todas las características esenciales: espontaneidad, estímulos desencadenantes, conducta apetitiva. Yo no soy un investigador de la conducta y, por eso, no puedo intervenir en la disputa acerca del carácter instintivo de la agresión. Puedo consta- tar, sin embargo, que las otras teorías de la agresión, la teoría de la frustración-agresión y de la agresión como aprendizaje, no contradicen la concepción de Lorenz. En efecto, la frustración se presenta como un estímulo desencadenante, y los procesos de aprendizaje se producen en el control de la agresión, así como en la búsqueda de posibilidades alternativas de acción. Por lo demás, numerosos críticos de la investigación de la conducta argumentan en forma puramente ideológica o polémica; los argumentos se contradicen entre sí y no van al grano. Por otro lado, las razones aducidas por Lorenz confieren una gran probabilidad al carácter instintivo de la agresión; tales razones son las siguientes: la conducta territorial, las luchas de rivalidad y las luchas de rango. Es muy conocida la conducta territorial de muchos peces, pájaros y mamíferos. Estos animales necesitan un territorio que les aporte suficiente alimento. Si penetra allí otro animal de la misma especie, se trata nada menos que de la existencia. Por tanto, el animal tiene que defender su territorio, y un animal joven ha de buscarse o conquistar un territorio. Otra razón para la agresión como necesidad biológica es la lucha entre rivales en el ámbito de la procreación. Esas luchas (por la hembra) sirven a la selección biológica; son un componente de la evolución. Algunos animales, por ejemplo, los ciervos, están pertrechados de armas especiales para estas luchas. Y debo advertir aquí que las luchas dentro de la misma especie animal normalmente no tienen un desenlace mortal. Más bien se resuelven en forma ritual, de acuerdo con determinadas reglas; el vencido no es matado, simplemente ha de dejar libre el puesto. Finalmente, hemos de mencionar las luchas de rango. También éstas tienen una función importante para la sobrevivencia. Por las luchas de rango, los animales más fuertes o más prudentes llegan a posiciones directivas, lo cual redunda en bien del grupo o de la manada. También este fenómeno es bastante conocido en la actualidad. ¿Quién no sabe lo que es andar de picadillo en el despacho o en la empresa, o lo que es un pez gordo? Existen, pues, buenas razones para suponer que también la agresión es un instinto que el hombre acarrea a consecuencia de su proceso filogenético. Es insostenible la objeción de que esto ya no vale para el hombre actual. Bajo el aspecto de la evolución, el tiempo entre los principios de la humanidad y el actual .hombre cultural» se repliega en una magnitud menospreciable. Los estímulos desencadenantes de la agresión no se hacen buscar mucho. Son las frustraciones de todo tipo, y también las disputas de rango, las que ponen en movimiento la agresión. Por lo demás, también puede demostrarse en el hombre la conducta territorial y la de rivalidad. Naturalmente, también la agresión conlleva su conducta apetitiva. Si la estancación de la agresión es demasiado grande, se buscan estímulos desencadenantes. De nuevo es Goethe el que describe esta conducta en la forma más certera: Subid a Burgdorf. Allí encontraréis las más bellas chicas y la mejor cerveza, y también peleas de buena ley. En general, podemos decir que la poesía parece más cercana a la investigación de la conducta que ciertos tipos de ciencia. Quisiera mencionar todavía que también el instinto de curiosidad lleva aneja una tendencia apetitiva. El que no experimenta nada nuevo, el que durante largo tiempo ha tenido que privarse de novedades, las busca donde sea. El quinto resultado importante de la investigación de la conducta es la existencia de un equilibrio natural de la misma, lo que me atrevo a denominar como ecología de la conducta. La reflexión es la siguiente: todo el sistema instintivo, con sus pulsiones particulares, sus instintos instrumentales y su economía de agrado y desagrado, se halla en un equilibrio formado a través de millones de años. En consecuencia, según Lorenz, la agresión es un instinto espontáneo porque se necesita constantemente en un entorno natural, y así se recurre a ella una y otra vez. Un animal se halla siempre en peligro, tiene que defenderse o huir; en todo momento puede aparecer un rival que lo deje sin comida y sin zona, o que le dispute la pareja. Filogenéticamente tiene muy buen sentido producir un exceso de energías pulsionales. La sobrevivencia está mejor garanti~ada con un exceso que con un defecto de las misrlias. Por tanto, también los potenciales pulsionales están adecuados al medio ambiente, se hailan en equilibrio con él. La representación del equilibrio biológico queda más clara si utilizamos el concepto de «expectativa.. En virtud de nuestra anatomía y fisiología, esperamos un determinado entorno. Es- peramos aire y luz, temperaturas y presión adecuadas, impresiones de los sentidos, posibilidades de alimentación, pareja sexual, etc. Y esperamos también el uso de agresión, de explotación de los aparatos de movimiento, etc., lo mismo que el peligro, estrés, aventura, esfuerzo, e igualmente vinculación y comunicación. Recientemente Hassenstein hablaba en un programa televisivo del nacimiento de un camello. Los camellos nacen con callos en el vientre completarriente formados. Por así decirlo, esperan un suelo duro y caliente. El hombre recién nacido espera el pecho materno. En él satisface el instinto de alimentación y, a la vez, el correspondiente instinto instrumental, el mamar. Si damos al lactante una botella con un orificio demasiado grande, se sacia rápidamente, pero el instinto de succión no queda satisfecho. El lactante sigue chupando; y algunos investigadores de la conducta afirman que cuando es adulto continúa con ese comportamiento, mordiéndose las uñas, fumando cigarrillos, etc. Retengamos en firme que hay un equilibrio de la conducta, una ecología de la misma. Esto es una parte de la ecología biológica en general, de su equilibrio en conjunto. Está claro, a este respecto, que la ecología de la conducta se refiere a un comportamiento natural, a una vida como cazadores y recolectores, así como al correspondiente entorno natural. ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN ACTUAL SOBRE LA BASE DE LA INVESTIGACI~N DE LA CONDUCTA Los resultados mencionados de la investigación biológica de la conducta permiten reconocer ya el núcleo del análisis, a saber: la perturbación del equilibrio natural y, en especial, del equilibrio de 13 conducta. De hecho, hace tiempo que el hombre ha comenzado a intervenir negativamente en la ecología de la naturaleza. Recordemos la tala de bosques en el área del Mediterráneo. Pero la perturbación de la ecología de la conducta proviene de más lejos todavía. En cierto modo forma parte ya de la herencia de nuestro cerebro. Me refiero a la capacidad de intervenir en el equilibrio natural de nuestro comportamiento pulsional. Por ejemplo, el hombre ha buscado desde siempre el máximo placer con el mínimo esfuerzo posible. Para esto utiliza su cerebro y las posibilidades técnicas creadas por él, dirigiendo así su conducta pulsional. La cosa funciona como sigue. El hombre conoce el placer que proporciona la satisfacción de los instintos; por eso, ante la mínima intensidad de la pulsión, quisiera llegar a la correspondiente acción instintiva. Para ello, de acuerdo con la ley de la doble cuantificación, ha de procurarse intensidades de estímulo especialmente altas. Y la consecuencia es que la satisfacción de la tendencia instintiva se produce mediante estímulos altos; no se requiere la correspondiente conducta apetitiva. Pero una falta duradera de esfuerzo, de lucha en el sentido más amplio, conduce a un estancamiento de la actividad y, en especial, de la agresión. Si entendemos por mimos una rápida y fácil satisfacción del instinto, podemos decir brevemente: los mimos conducen a la agresión. Y, además, ésta se refuerza por el hecho de que la vivencia de placer en un nivel bajo de pulsión no corresponde a las expectativas, lo cual conduce a la frustración y de nuevo a la agresión. Lo dicho puede esclarecerse con un ejemplo tomado del campo de la educación. Cuando por la noche los niños están, finalmente, en la cama y quieren beber algo todavía, la recta medida educativa sería decirles que se busquen un vaso de agua mineral en la cocina (a veces un piso más abajo). Se utilizaría así el potencial de la acción, pues el estímulo del agua sólo opera si la sed es suficientemente fuerte. El educador que mima no da una en el clavo. Va él mismo a la cocina y trae agua a los niños. Así éstos se hacen agresivos, pues el estímulo no es suficiente para su sed escasa y no proporciona ninguna vivencia de placer. El educador vuelve a la cocina y trae zumo de manzana. Está claro que los niños así educados se hacen más exigentes, perciben cada ((renuncia. como frustración y, en consecuencia, reaccionan agresivamente. Quiero acentuar explícitamente que siempre hubo vicios. ¿Quién no se deja mimar con gusto? Pero antes, por ejemplo, en el medievo, los vicios estaban reservados a unos pocos privilegiados, a los reyes, a los príncipes, a los nobles, a los acaudalados, etc. El pueblo se limitaba a soñar con ellos, por ejemplo, en las fábulas de .El país de Jauja)), «El pescador y su mujer», etc. Hoy, los vicios, por lo menos en los países llamados desarrollados, constituyen una perturbación masiva de la ecología de la conducta. Se han hecho posibles por la civilización técnica y, quizá, también por el cambio de representaciones morales. ¿Qué joven sigue aguantando hoy los esfuerzos de una larga y penosa conquista de su muchacha? ¿Quién arrastra todavía la escalera hasta la ventana de la adorada, y esto con peligros de todo tipo? Está fuera de toda duda que en nuestra actual civilización técnica y de masas se halla sensiblemente perturbado el equilibrio natural de la conducta. Estamos faltos de esfuerzo, de ((aventuras)), de tensión, etc., sea por la disminución directa de este esfuerzo a causa de la técnica, por ejemplo, los automóviles, sea por los vicios, en el sentido de una rápida y fácil satisfacción de las tendencias, lo cual conduce a un estancamiento de la actividad y de la agresión, que a su vez buscan estímulos desencadenantes. A esto se añade que el mundo, en nuestras latitudes, se ha hecho más aburrido, es un mundo asfaltado, arreglado, monótono; ya no es explorable. Con ello ofrece pocos estímulos para la utilización de los potenciales almacenados. En muchas investigaciones sobre la protesta juvenil se pregunta con admiración por qué el rechazo se acentúa precisamente en Suiza. A mí no me sorprende este hecho. La agresión no sólo es una consecuencia de la represión de las tendencias, sino que es fruto también de los vicios y del aburrimiento. En resumen: la agresión es consecuencia de una perturbación de la ecología de la conducta. En especial ha perdido el equilibrio, en perjuicio del placer, lo que Lorenz llama la «economía del agrado-desagrado» . Si miramos la situación actual y ponemos como base la teoría de la ecología de la conducta, podemos hacer algunas predicciones poco halagüeñas. Parece que sigue dilatándose en el mundo la ola de aburrimiento, monotonía y orden. Los nuevos medios, en especial la pantalla, incitarán menos todavía a la comunicación personal. Ya no hace falta presentarse en la ventanilla del banco, ya no es necesario que vaya a comprar uno mismo, etc. El mercado de vídeos permite una elevación de los estímulos en el ámbito de la sexualidad y de la violencia; y eso significa más vicios y menos esfuerzo. El desempleo, en especial el desempleo juvenil, está en vías de crecimiento. Es evidente que aquí no puede hablarse de vicios o mimos, pues los jóvenes no tienen la culpa de esta desgracia. Pero el efecto del desempleo es el mismo: la falta de utilización de los potenciales de acción conduce a una agresión reforzada, a un umbral más bajo de los estímulos desencadenantes. Pero dejemos el futuro y consideremos la situación actual. Si partimos del nivel (ya alto) de estancamiento de la agresión en los jóvenes, las formas de conducta antes mencionadas (violencia, autodestrucción, rechazo) pueden interpretarse en cierto modo como un comportamiento apetitivo, en el que se distinguen tres ámbitos. En primer lugar, la eliminación de potenciales agresivos mediante persuasiones dogmáticas. Incluiremos aquí el terrorismo y otros usos de la violencia políticamente motivados. Los jóvenes activistas de este campo están tan persuadidos de la verdad de su fe o de su .ciencia», que dirigen su agresión fanática e impertérritamente en una determinada dirección. En segundo lugar, la canalización de potenciales agresivos mediante la agresión contra sí mismo. Se trata aquí de jóvenes que consumen su agresividad mediante el alcohol y las drogas, destruyendo así el potencial entero. Y esta eliminación puede resultar incluso agradable, por lo menos en el estadio inicial de la destrucción. En tercer lugar, la consumición del potencial mediante fines diferentes, cambiantes, alternativos. Tenemos ante la vista a jóvenes que se dedican a una u otra actividad, en busca de posibilidades de emplear su energía con sentido, y con voluntad de mejorar o restablecer las formas de vida natural, etc. Es suficientemente conocida la destrucción del equilibrio ecológico por lo que respecta a nuestro entorno natural. Recordemos la inconcebible catástrofe de los bosques que mueren. Es hora, pues, de que se enseñe ya en la escuela el debido comportamiento con la naturaleza, y no podemos menos que aplaudir a los políticos responsables que han encauzado tal enseñanza. Pero una explicación cognitiva de los nexos ecológicos de la naturaleza no sirve de nada si a la vez no cambia fundamentalmente la conducta del hombre. Mientras el hombre siga elevando la intensidad del estímulo (para conseguir rápida y fácilmente la satisfacción de las tendencias), especialmente mediante estímulos materiales, continuará explotando y destruyendo el entorno. Lorenz dijo una vez con sumo acierto: *La evolución ha llevado al hombre en brazos, para dejarlo caer luego.. Se trata ahora de si él quiere asumir con respon- sabilidad propia las tareas que resolvía antes la evolución. Esto significa que el hombre debe enmarcar su propia conducta en el sistema de equilibrio natural; él debe practicar refleja y conscientemente una ecología del comportamiento. Mencionemos en particular la conducta reproductiva, que desde hace tiempo ha sacado al hombre del equilibrio natural. Sólo un pensamiento y una acción orientados hacia la ecología de la conducta podrán conducir siinultáneamente a la conservación de sistemas ecológicos superiores. En el contexto antes expuesto, lo dicho significa lo siguiente: el hombre tiene que apearse del desequilibrio entre intensidad de la pulsión e intensidad del estímulo. Ha de elevar la fuerza de la pulsión y reducir drásticamente la intensidad del estímulo. No quiero ponerme a predicar ascética. Pt:ro es verdad que, en general, la percepción de agrado en medio de una pulsión fuerte (por ejemplo, un hambre intensa) es mayor, aun permanecienóo escasa la intensidad del estímulo, que la satisfacción de las tendencias producidas artificialmente a través de una elevación de las intensidades del estímulo. Con la disminución de la intensidad del estímulo va unido el consumo permanente de potenciales naturales de actividad y agresión. Y la utilización de estos potenciales puede experimentarse con agrado; es cuestión de que su desgaste se produzca con un sentido de responsabilidad subjetiva y social. Mencionaré como ejemplo el esquí. No cabe duda que es agradable experimentar la aventura del descenso sin el esfuerzo de subir andando; pero también la subida, el esfuerzo mismo, la utilización de energías corporales, puede practicarse de forma placentera. Además, así se evitan agresiones y queda protegido el entorno. Por otra parte, constato con alegría que está en marcha un movimiento creciente de reflexión sobre el esfuerzo propio como fuente natural de complacencia. Mencionaré el movimiento Do-it-yourse% los grupos de ayuda propia, las numerosas iniciativas de jóvenes en el ámbito del deporte, de la música, de la cultura, del trabajo social, de la vida dt: asociaciones, del cultivo del entorno, etc. Hay, pues, iniciativas encaminadas a una recuperación del equilibrio en la ecología de la conducta. Con todo, no creo que sin educación sistemática pueda lograrse masivamente un comportamiento recto en lo tocante a la conducta ecológica. No olvidemos qué fácil es dejarse viciar y con qué gusto se eluden los esfuerzos. Con ello se plantea la pregunta de cómo se conseguirá, por educación, la difícil meta de la ecología de la conducta. Considero que la educación debe proceder a través de dos pasos, en parte simultáneos y en parte sucesivos: 1. Plantear exigencias. 2. Capacitar para la propia dirección. El primer paso, el de plantear exigencias, puede dividirse en los siguientes puntos: - Ante todo, no hay que mimar a los niños y jóvenes. Sobre este punto hemos reunido ya algunos conocimientos; quisiera añadir solamente que para amar no es necesario dar vicios. Es posible amar a su hijo y, sin embargo, exigirle esfuerzos. Esto tiene ya validez en la edad de ir a gatas. No hace falta correr en ayuda del niño cuando él explora el mundo. El instinto de exploración ha de desarrollarse plenamente, pues es básico para la capacidad posterior de asumir esfuerzos y superar dificultades. - En segundo lugar, las exigencias a los niños y jóvenes han de dirigirse primeramente a trabajos productivos, a la superación de dificultades, a la solución de problemas, a la confrontación activa y fértil con el entorno. La escuela actual mantiene a los alumnos en una actitud excesivamente pasiva y receptiva. Prevalece el trabajo reproductivo. Y semejante comportamiento no elimina los potenciales de actividad y de agresión; muy al contrario, la conducta pasiva no disminuye, sino que incrementa las agresiones. El aprendizaje natural funciona de otra manera. Es un aprender orientado al problema, un aprender que descansa en la exploración, en las exigencias planteadas por el entorno natural. En este contexto merece mi aprobación el hecho de que la reforma del bachillerato superior aspire a un aprendizaje orientado al problema. Mediante una reducción a puntos difíciles, se propone estimular a los alumnos en orden a un trabajo activo y productivo. También merecen una mención las escuelas ~Waldorfn, que exigen una alta medida de productividad y ofrecen muchas posibilidades de comportarse activamente y conseguir rendimientos. Recordemos, por ejemplo, el ámbito musical y el manual, que allí se cultivan intensamente. - En tercer lugar, no hemos de limitarnos a plantear exigencias (con mayor o menor coacción) a los niños y jóvenes; también tenemos que ofrecerles múltiples posibilidades de gastar su potencial de actividad. He dicho ya que tiene gran importancia el deporte; y la tienen igualmente la danza, el arte, la cultura y las actividades en la naturaleza. Son especialmente eficaces y se aceptan con gusto las actividades llevadas a cabo en común, incluidas las que se realizan junto con los padres o los profesores. Sin embargo, la oferta de posibilidades de emplear con sentido los potenciales de actividad no ha de ir tan lejos que se pierdan todos los espacios libres para iniciativas propias; a la postre, el adulto ha de buscarse las posibilidades de utilizar racionalmente su actividad natural. Es interesante el resultado de algunas investigaciones en las que se ha puesto de manifiesto cómo niños y jóvenes, a los que se han planteado exigencias en el sentido expuesto, luego están también en condiciones de desarrollar iniciativas propias. El segundo paso de la educación, el de capacitar para la propia dirección, puede dividirse asimismo en tres puntos: - A través de los años el joven ha de ser instruido sistemáticamente sobre el nexo de interdependencias en que se halla enmarcada la ecología de la conducta. En definitiva se trata aquí de formas fundamentales de conducta que son necesarias para la sobrevivencia de la humanidad. Opino que el conocimiento de sistemas tan enredados (como Vester dice) es más importante que un segundo o tercer idioma extranjero. Lorenz manifestó una vez que hay que contar con la agresión como herencia filogenética, y añadía que lo peligroso de la agresión está en su espontaneidad. Sin duda, se trata en nuestro contexto de informaciones que son auténticamente importantes para la sobrevivencia de cada uno. - La propia dirección no se agota con el conocimiento de los propios instintos, pulsiones y demás programas filogenéticos de la conducta. En definitiva, tenemos que vivir en nuestra civilización técnica y, por lo regular, nadie desearía volver a la época de piedra. Esto significa qiie nadie agota simplemente los potenciales de energía (como hace el animal); más bien los empleamos reflexivamente y, entre otras cosas, buscamos alternativas. Quisiera ilustrar esto con un ejemplo. Si en una carretera estrecha de montaña nos vemos obligados a circular detrás de un camión, forzosamente nos volvemos agresivos, según creo, pues, en verdad, se nos impide la realización de una actividad razonable. Es decisivo a este respecto que uno mismo nota cómo crece el grado de agresividad, acompañada de la tentación eventual de dejarse inducir a acciones imprudentes. En tal caso, el hombre que se dirige a sí mismo buscará alternativas, por ejemplo, intercalará una pausa, se desviará hacia otra carretera, pondrá la radio, etc. En el aprendizaje de formas alternativas de acción, que, sin embargo, tienen el fin de dar satisfacción a las pulsiones, desempeña una función importante la ritualización de acciones agresivas. En este campo pueden enseñarnos algo los animales. El hombre, con su cerebro, tiene que buscar posibilidades adecuadas de deshacerse de la agresión. - La educación para la propia dirección ha de culminar en que el hombre se halle en condiciones de responsabilizarse de las propias decisiones en el marco de la ecología de la conducta. Como Lorenz dice, la evolución nos ha dejado caer; ahora somos nosotros mismos los que cargamos con la responsabilidad de conservar en nuestra civilización moderna los sistemas ecológicos de la naturaleza y de nuestra propia conducta. Una educación para el futuro tiene que preocuparse de esto. Nota: Aquest article ha estat traduit pel profesor Raúl Gabás.