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Sobre unos versos de Hegel a su novia

Valverde, José María

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Valverde, José María

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SOBRE UNOS VERSOS DE HEGEL A SU NOVIA José María VALVERDE Jocep Calsamiglia fue uno -y el mejorde los oyentes y comentadores de cierta charla que di hace «un par o tres» de años, a propósito de unos versos dedicados por Hegel a su nouia: en honor al recuerdo siempre presente de ese amigo quiero anotar aquí, a la ligera, algunas de las cosas que dije, o pude decir, en aquella ocasión. Empiezo por ofrecer el texto del poema, y una versión adhoc, de pedestre literalidad, confesando que no he sabido recordar de dónde lo he sacado -en todo caso, es evidente que no podría haber inventado yo este poema en puro alemán romántico-: lo conservo copiado en las guardas de un libro sobre Hegel, pero no lo he encontrado, por ejemplo, en la edición Suhrkamp. Y tampoco recuerdo ahora dónde he leído -no está en Lowith ni en Kaufmannla inolvidable historia de cómo surgió este poema: el ya cuarentón director de Gymnasz'um, al preparar su matrimonio con una muchacha de veinte años, no pudo menos de «deducirlo» lógicamente, diciendo, en una carta a un amigo, que la mujer es la gran Mz'ttlerz'n, la «mediadora» respecto a la realidad. Marie, la prometida de Hegel, se enteró de aquella opinión, y, consciente de su dignidad femenina e individual, se sintió gravemente ofendida por verse reducida a un «momento» dialéctico y amenazó con abandonar la proyectada boda. (Mayor galantería metafísica, esto es, mayor respeto, mostraría el Abel Martín machadiano en su copla-piropo: «La mujer - es el anverso del ser))). Hegel, entonces, recurrió a la única forma posible, a la poética, para presentar sus excusas y dar explicaciones: con éxito, como es sabido. Veamos los textos: AN MARIE, den 13. ApnJ 1811 Tritt mit mir auf Bergeshohen, reiss Dich von den Wolken los: lass uns hier im Aether stehen, in des Lichtes farbelosem Schoss. Sieh den Altar hier auf Bergeshohen, auf dem Phonix in der Flamme stirbt, um in ew'ger Jugend anfangehen, die i,hm seine Asche nur erwirbt. Auf sich war gekehrt sein Sinnen, hatte sich zu eigen es gespart, nun sol1 seines Daseins Punkt zerrinnen, und der Schmerz des Opfers ward ihm hart. Aber fühlend ein unendlich Streben, treibt's ihn über sich hinaus: mag die irdische Natur erbeben, führt er es in Flammen aus. Fallt so, enge Binden, die uns scheiden. nur ein Opfer ist des Herzens Lauf: mich zu Dir, tu mir Dich erweiten, geh'in Feu'r, was uns vereinzelt, auf! Tritt der Geist auf freie Bergeshohen, er behalt vom Eignen nichts zurück: leb'ich, mich zu Dir, Du Dich in mir zu sehen so geniessen wir der Himmel Glück. Y ahora esta versión meramente auxiliar: Sube conmigo a cumbres de montes, despréndete de las nubes: quedémonos aquí en el éter, en el seno incoloro de la luz. Mira el altar aquí en cumbres de montes, en que el Fénix perece en las llamas, para comenzar en juventud eterna que sólo le depara su ceniza. Hacia sí estaba vuelto su pensar; si se lo había reservado para poseerse, ahora ha de desgarrar el plinto de su existir, y el dolor del sacrificio se le ha hecho duro. Pero sintiendo un esfuerzo infinito, eso le empuja más allá de sí: por más que tiemble la naturaleza terrena, él lo lleva adelante en llamas. Caed así, estrechos vínculos que nos separan, la carrera del corazón es sólo un sacrificio: para ensancharme hacia ti, y tú hacia mí, ideshágase en fuego lo que nos individualiza! Si el Espíritu sube a libres cumbres de montes no se reserva nada de lo propio: si vivo yo para verme en ti, y tú para verte en mí, disfrutamos la dicha de los cielos. La primera estrofa encontraría pocos años después una posible ilustración pictórica: El caminante sobre el mar de nubes, de C.D. Friedrich. Pero con la gran diferencia de que Hegel parte del «dos» amoroso para llegar al «uno» del contemplador nefelibata (Con el nzímero Dos nace la pena, así acaba cierto soneto amoroso de Leopoldo Marechal). El poeta-filósofo se desprende aquí de las nubes como rompiendo un velo que todavía le retuviera, para arrastrar a su a.mada a lo más indeterminado, al «éter», cantado por Holderlin, pura luminosidad celeste, y, según la ciencia aún teñida de iYaturphilosophie romántica, paradsjico fluido a la vez impalpable y sustentador, que no desaparecería de la imaginación hasta poco más de medio siglo después, con el experimento de Michelson-Morley. Acaso el mejor verso de este no muy inspirado poema sea el último de la primera estrofa: in des Lichtes farbelose Schoss, «en el seno incoloro de la luz». Y aquí se me viene a la memoria, por dialéctica no del todo hegeliana, el reverso complementario -antirromántico, antiidealistade este verso, en aquel otro de Unamuno, en El Cristo de Velázquez : Titiieblas es la luz donde hay luz sola Aquí las cumbres, bíblicamente, sirven para elevar un altar donde arda el sacrificio -Abraham-: pero el ser que arde es el Fénix, aquella ave, en ejemplar único, que sólo podía morir cuando se la rodeaba de fuego, pero entonces para renacer a continuación de sus cenizas. El Fénix hegeliano, ciertamente, es muy peculiar: se quema como dual para renacer como unitario. «El Fénix Mutuo)): un amigo y colega se reía mucho de ese nombre de una empresa de seguros, una contradzctio zn a4ecto que yo no me convencí de que no fuera invención suya, hasta que la vi confirmada con mis propios ojos. Bajo tal denominación, esa ave, única por hipótesis, tendría que ser bicéfala, si es que no bicorpórea, con las cabezas mirándose amistosamente, al revés que el águila austrohúngara -que, por cierto, como observaba Musil, debía haber tenido de - diverso tamaño sus cabezas, la del imperio austriaco y la de la monarquía húngara (&.u.&. de Kakania) . El Fénix hegeliano, «en el Principio», no era la Palabra, sino la Idea, el Dios a punto de comenzar su gran enajenación, saludable a la larga, como Hijo Pródigo de sí mismo, en la vasta Bildungsroman que -a través de sus goethianos «años de peregrinación» en Naturaleza y «años de estudio» en Espírituculminaría su «Viernes Santo especulativo» en su Pascua final de pleriificado reencuentro consigo mismo: su Pascua, 110 la nuestra: alguien aficionado a los chistes malos decía que el Dios de Hegel no es el Dios que nos redime, sino el Dios que «nos hace la Pascua». Ese Dios, inicialmente satisfecho y absorto pensándose a sí mismo, en cierto momento. en el primer «momento», pierde su unidad y se desgarra -también en el viejo sentido del muchacho que se «desgarraba», escapándose de su padre y su casa. Es un desgarrón doloroso -aunque para el Hegel sistemático, no tanto el juvenil, ocurre por pura necesidad lógica-: Dios se queda siti su concentrada unidad, su «condición de punto» -término éste que ya había aparecido, sobre todo, en un alucinante apunte de los llamados Wastebooks de Jena, que empieza así (en traducción mía. a falta de otra): Dios, habiéndose hecho Naturaleza, se ha extendido en el esplendor y el mudo girar de formaciones, se da cuenta de la expansion. de la perdida condición de punto (Pz1t2Rtzltlitntj p se encoleriza por eso. La cólera es esa forrnacióti, ese concentrarse en-el punto vacío. [. ..] Esa cólera, en tanto que El es ese salir fuera, es la destrucción de la Naturaleza [. . .] devora sus formaciones, haciéndolas entrar en sí. Todo vucstro reino extenso debe pasar a través de ese punto central: vuestros miembros quedan así destrozados y vuestra carne aplastada en esa fluencia. La ira de Dios por sí rnismo en su Otredad, el Lucifer caído. aquí fijado, se rebela contra Dios, y su belleza le hace arrogante ... Según esta frenética visión, que podría ser ilustrada con el -poco posteriorSaturno-Cronos de Goya, devorando a sus hijos, en e1 origen del proceso hubo un big bang metafísico, el estallido de un punto infinitamente denso, que lo iría formando todo: en «expansión del Universo», según términos de la física actual, pero con su cuenta y razón. El hombre tiene su verdadero destino en imitar, y aun contribuir a realizar en cuanto «momento» infinitesimal, ese enorme proceso teológico y lógico: lo cual requiere «deshacer en fuego lo que le individualiza» -según este poema, y aquí es donde Hegel, como tantas veces, introduce un poco de astucia personal entre las «astucias de la Razón», ahora para contentar a su prometida: los «vínculos que nos separan» caen, para «ensancharme hacia ti. y tú hacia mí». El Espíritu «no se reserva nada de lo propio», y ese Espíritu es el paradigma en que se absorbe el espíritu de cada cual. ¿Cuál es la moraleja del poema: «Por el matrimonio hacia Dios»? Sí, pero más aún: nada es racional ni real sino en cuanto que es ad maiorem Dei g/o?-iam. Lo malo es que, por muy abnegadamente que arrimemos el hombro al inmenso desarrollo de la divina Idea, de nosotros, al final, no se acordará «ni Dios», (ni el Dios de Hegel, claro). . . En todo caso, Hegel y Marie se casaron y fueron felices.