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El Cantábrico y el comercio americano

Martínez Vara, Tomás

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Martínez Vara, Tomás

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El Cantábrico y el comercio americano Tomas Martinez Vara ¿Cuál fue el papel que, dentro del esquema general del país, jugaron los capitalismos comerciales del Cantábrico? E. Fernández de Pinedo ha dado una respuesta tan concisa como gráfica: "Excepto en el caso del hierro, y en mucha menor medida en las harinas, dado su tardío desarrollo, los comerciantes de la comisa cantábrica vivían de espaldas a la producción del área en la que estaban implantados. Actuaban -aAadede intermediarios entre la demanda de los grupos privilegiados interiores y el sector manufacturero exterior"'. En general, la dinámica de estas burguesías, sus impulsos y sus momentos de "impasse", y la actividad de los puertos en los que operan, van a depender menos de ''bases económicas propias" que del grado de control que lograrán ejercer sobre el paso de esas corrientes mercantiles entre Castilla, las economías atlánticas y América. Hace ya tiempo, en 1978, J.J. Laborda explicaba, de manera precisa y certera, cómo la recuperación comercial de Bilbao a principios del siglo XVllI se fraguó al margen del mercado interior regional2. Los comerciantes donostiarras, por su parte, se orientaron en el transcurso del siglo hacia un mercado exclusivamente de tránsito sin vinculación con la dinámica interna de la Provincia. "La realidad fue -escribe M. Gárateque el puerto de San Sebastián fue cada vez más un puerto receptor de artículos de otros lugares, los cuales se redistribuían, sin que sirvieran para integrar en aquel tráfico a una economía provincial que parecía ajena al movimiento mercan ti1 donostiarra'j3 . l 130 T. MARI~NEZ VARA Por mi parte, y en diversas ocasiones, he tratado de mostrar cómo el edificio mercantil-colonialista que surge en Santander tras la habilitación de su puerto para el Libre Comercio necesitó poco de los productos regionales para su funcionamiento. Claro está que el transporte, el propio comercio y la débil actividad industrial nacida al amparo de éste estimulan y alimentan las economías del área de tránsito, pero más allá todo seguía como siempre, es decir, pobre y miserable. Como señala A. Domínguez Ortiz "no había que alejarse mucho de la costa para entrar en una Cantabria rural apenas afectada por estas novedal des "4. Del caso asturiano sabemos poco aún como para hacer afirmacio- ~ nes tajantes, aunque todo parece indicar que allí la situación fue bastante distinta. Pese a la habilitación del puerto de Gijón éste no llegó realmente a despegar, o al menos no lo hizo con la fuerza que de 61 se esperaba. "Ni del comercio interior ni del exterior pudieron acumularse beneficios que permitieran incrementos de inversión capaces de onginar cambios en la economía asturiana, del signo de los que tuvieron lugar, a finales del siglo XVIII, en otros países de Europa (...) En el Principado -continúa G. Anes de quien son también las anteriores palabras-, continuó vigente una vida rural patriarcal, caracterizada por el paternalismo de los propietarios y por la sumisibn de la mayoría de los renteros '" . Los sistemas comerciales montados por bilbaínos, donostiarras y santanderinos produjeron a sus protagonistas importantes beneficios, pero en ningún caso se convirtieron en activadores del crecimiento económico. Al finalizar la centuria, unos y otros, aunque por razones diferentes, se encontraban inmersos en una profunda crisis de la que difícilmente podrían salir ayudados por unas economías regionales a las que habían casi ignorado. Se habían acomodado perfectamente al marco impuesto por el Antiguo Régimen, aprovechando, según el caso y el momento, los cambios institucionales introducidos por los ilustrados, las ventajas del ordenamiento foral o los privilegios de la Administración. Y la verdad es que, durante bastante tiempo, no les fue nada mal. ¿Por que cambiar entonces de actitud? Sabemos que la industrialización -y así lo ha señalado reiteradamente J. Fontanasurgió allí 'adonde los campesinos habían aprendido a vender para comprar, donde los caminos hormigueaban con el trajín de las mulas y de carros transportando trigo, tejidos, aguardiente, pañuelos o cuchillosJ', donde, en definitiva, había empezado a cambiar el modo de producción6. ¿Era éste el caso de las tierras del Norte? ¿Se habían experimentado en su hinterland las transformaciones necesarias? A juzgar por las palabras de G. Anes y A. Domínguez Ortiz tal cosa estuvo muy lejos de suceder en Asturias y Cantabria. En el País Vasco, la expansión agrícola del siglo XVIII se limitó a recoger y ampliar los legados de la EL CANTABRICO Y EL COMERCIO ... 131 centuria anterior sin que se produjeran cambios importantes en sus estructuras; hubo crecimiento del producto, en efecto, pero se debió fundamentalmente a la ampliación del área roturada7. Tampoco al comercio mercantil le resultó difícil sostener su esquema tradicional mientras gozó de una situación arancelariamente privilegiada; y la falta de previsión industrial condujo al sector a una situación de progresivo deterioro. A. Origenes y desarrollo La burguesía comercial vasca se consolida en el transcurso de la primera mitad del siglo XVI11 en torno a los puertos de Bilbao y San Sebastián. En la vertebración de este proceso tuvieron mucho que ver los acontecimientos políticos sucedidos a partir de 1700 y, sobre todo, el apoyo del País Vasco a la causa borbónica al permitir que el activo comercio de esta primera mitad se erigiese sobre una situación excepcional de privilegio que permitía a los comerciantes vascos disfrutar de ventajas comparativas respecto a las demás regiones españolas en el agio de los intercambios con los países más desarrollados, en el comercio colonial y en la práctica del contrabando. San Sebastián obtendrá la gracia de una compañía privilegiada -la Guipuzcoana de Caracasque monopolizará la explotación de una de las áreas más ricas del continente americano, y Bilbao controlará el comercio exterior con el norte de Europa. Al finalizar el siglo XVlI la situación comercial e industrial de Guipúzcoa era más bien crítica. Asediados por bilbainos y bayoneses, mucho más pujantes, los comerciantes donostiarras no tenían nada claras sus perspectivas de futuro. Crearon en 1682 el Consulado de San Sebastián con el fin de aunar esfuerzos frente a Bilbao y Bayona y desde esta excelente plataforma buscaron con ahinco un espacio concreto y privativo8. En el gozne de los dos siglos eran muchos los que, ante un panorama que se ensombrecía cada vez más, consideraban la protección del Estado como el último recurso al que se debía acudir9. Por fortuna para los que así pensaban los futuros acontecimientos políticos vendrán a favorecerles, entre otras razones porque ellos mismos colaborarán a que así sea, dando sobradas pruebas de lealtad a la nueva dinastía. Sabido es que Felipe V utilizó barcos de los comerciantes donostiarras en la contienda dinástica. Pero es con la política de reajuste comercial con las colonias cuando llega realmente la oportunidad que acabará materializándose en la tercera década del siglo al crearse la Compañía Guipuzcoana de Caracas. Con su creación en 1728 la Administración buscaba reintegrar a la metrópoli el rico comercio de Venezuela en manos de los holandeses, los hombres del Consulado donostiarra habían encontrado definitivamente actividades donde invertir y 132 T. MART~NEZ VARA el puerto de San Sebastián se convertía en puerto receptor y de salida de artículos de diversa procedencialo. En la vida de la Compañía se pueden distinguir claramente dos etapas bien diferenciadas. Entre 1728 y 1752 la dirección reside en San Sebastián, las acciones pertenecen por entero a españoles de la Península y se obtienen saneados beneficios. Se podrá decir -y es ciertoque el tráfico de la Compañía no es sinónimo del donostiarra; pero no es menos cierto que era aquél el que le daba el tono a la ciudad y sobre él giraban las grandes operaciones comerciales". San Sebastián se convierte en un activo y bullicioso centro comercial en donde los géneros coloniales y europeos estaban presentes en sus almacenes y tiendas. Desde el puerto donostiarra salen hacia diversas direcciones importantes cantidades de artículos del País como hierro, armas, anclas, limones, etc., aunque por debajo siempre de los ajenos a la región, preferentemente extranjeros. La Compañía tendrá que enfrentarse durante su primera etapa a dos graves problemas: - la guerra de España con Gran Bretaña -1739-1748en la que participa de manera muy activa, sufriendo notables pérdidas, compensadas por la concesión en 1742 del monopolio del comercio con Caracas; - y la sublevación capitaneada por los criollos venezolanos contra el monopolio y que supone su momentánea expulsión -de febrero a septiembre de 1749del territorio americano12. Como consecuencia de estos hechos, la Junta General de Accionistas decidió en 175 1 duplicar el capital, permitiendo a los venezolanos comprar acciones al tiempo que la sede central se trasladaba de San Sebastián a Madrid. Comenzaba así una nueva etapa, menos boyante que la anterior, que se iba a prolongar hasta su desaparición en 1785. Durante este tiempo, la Guipuzcoana se enrola en el comercio de esclavos, tratando de surtir de negros a las provincias de Maracaibo y Caracas, invierte sin acierto en la Compañía de Ballenas e insiste, con poco éxito también, en la integración de productos textiles de las fábricas españolas. En relación con el comercio donostiarra propiamente dicho esta segunda etapa no hace sino ahondar en el surco abierto'con anterioridad. El puerto de San Sebastián es cada vez más una plataforma de redistribución de artículos europeos y coloniales -cacao, tabaco, algodón, cueros de pelo, etc.- con destino a Ultramar los primeros y "a las Castillas ", Galicia, Asturias, Navarra y Vizcaya los segundos. Esta falta de conexión entre las economías donostiarra y guipuzcoana era denunciada ya en 1756 por la Junta General de la Provincia. "La Compañia de Caracas -se dicemantenía el nombre de comercio, pero no reportaba grandes beneficios a la Pro~incia"'~. ¿Por qué esta falta de inte- EL CANTABRICO Y EL COMERCIO.. . 133 graciói~ de la economía provincial en el comercio donostiarra? La ex1 plicación reside tanto en la naturaleza de ese comercio de tránsito que se acaba de señalar como en la estructura misma de la economía interior de la región de la que la Junta Provincial era fiel representante, como lo era el Consulado de los intereses mercantiles de largo alcance. Gracias al mercado colonial, los comerciantes donostiarras pudieron acumular sumas importantes de capital. Pero que sus negocios marcharan bien o mal tenía poco que ver con la presencia de productos de la tierra, agrícolas e industriales, en los muelles. Más allá de las áreas próximas a los puertos, en las tierras del interior, vivía una población mayoritariamente agrícola, pero que sin embargo y aún después de la generalización del cultivo del maíz, no produce lo suficiente para sí y menos para el resto de los hombres no dedicados al campo, que tampoco eran demasiados, lo que significa que se debían importar subsistencias. El tráfico mercantil entre los pequeños núcleos rurales era muy limitado y se reducía, por lo común, a proveer a sus moradores de medios de subsistencia y de los elementos necesarios para la labranza y explotación de la tierra. El trabajo fabril, allí donde existía, no alcanzaba a alterar, sin embargo, la imagen general de una Guipúzcoa interior aferrada al viejo régimen. Ni siquiera las ferrerías -el sector más presente en los muellesconocieron algún tipo de renovación tecnológica, lo que las llevó a solicitar la protección del Estado14. Así pues, las expectativas abiertas por el mercado colonial condujeron en Guipúzcoa a la vertebración de un modelo económico dual no exento de equilibrio. De un lado, la economía del interior de la Provincia, enraizada en la tierra y en el mundo rural, y de otro, la donostiarra, volcada hacia los intercambios de largo alcance, y con muy escasos vínculos sobre el quehacer económico de la provincial5. La difusión del maíz y la libertad foral de importar subsistencias para paliar las deficiencias de una explotación agrícola insuficiente jugaron un papel decisivo en la permanencia de esas estructuras tradicionales y explican, en no pequeña medida, esa convivencia con el capitalismo mercantil urbano sin que se violentaran las peculiares lógicas de comportamiento de cada uno de ellos. El entramado comenzó a resquebrajarse, como luego se verá, cuando se modifiquen las condiciones que hacían posible tal equilibrio, lo que tendrá lugar a partir del último cuarto del siglo. La situación de partida de Bilbao es muy distinta. La capital vizcaína mantuvo y concentró durante el crítico siglo XVII una importante actividad mercantil debido a que su puerto, sus mercaderes y el amparo legal foral, favorecieron el que allí se instalase una nutrida colonia de mercaderes y negociantes extranjeros. De allí salían materias primas y dinero y por allí penetraban las competitivas manufacturas y coloniales que los europeos traficaban. 134 T. MART~NEZ VARA En los últimos decenios del siglo se produce un notable aumento en el volumen de negociación mientras que los mercaderes bilbaínos, con una estrategia bien estudiada y explotando las ventajas y capacidad de maniobra que las condiciones forales le otorgaban, se lanzan a la recuperación del espacio comercial ocupado por los extranjeros. Y todas las previsiones de los mercaderes bilbaínos se verán inesperadamente favorecidas e impulsadas por la llegada del primer Borbón y la reorientación que, como efecto de la Guerra de Sucesión, experimentaron las relaciones de la Monarquía española y las potencias europeas. Bilbao sabrá sacar buen provecho de las hostilidades de ingleses y holandeses contra Felipe V así como de la fidelidad catalana al pretendiente austríaco. Durante la guerra "exigió y obtuvo toda suerte de privilegios para seguir comerciando incluso con las mismas potencias enemigas y los funcionarios toleraron grandes operaciones de especulación y contrabando "16. Sin embargo, no cambia, en absoluto, la estructura del comercio tradicional de la Villa; tampoco hubo, por supuesto, variación alguna en la relación de dependencia que a traves de Bilbao la economía castellana tenía con los países del Norte. La única modificación consistió, como recuerda J.J. Laborda, en que fue desde entonces que una mayoría de bilbaínos y no extranjeros negociaron directamente con los países de origen17. Desde Bilbao zarpaban en dirección a los países europeos barcos cargados de sacas y sacones de lana y diversas mercancías llegadas de Castilla -vino, aceites, etc.- más el hierro vizcaíno; los tornaviajes se aprovechaban para introducir manufacturas y coloniales, a menudo procedentes del ámbito reservado legalmente a España. Una fracción de las mercancías introducidas del exterior pasaba al interior meseteño, otra se consumía en la propia provincia y el resto, junto con algunas porciones de hierro, se redistribuía, por medio de pequeñas embarcaciones, entre los demás puertos del Cantábrico a cambio de cebollas, avellanas, nueces, castañas, piedras de molino o simplemente lastre que era lo que sus economías podían ofertar. Hay -es ciertoun incremento del giro y negociación comercial según avanzan los años, pero en nada modifican las características reseñadas. El esquema, en sus constantes básicas, se mantiene idéntico hasta finales de siglo. La lana y el hierro en las exportaciones y las manufacturas en las importaciones siguen siendo los pilares básicos sobre los que se asienta todo el edificio. R. Basurto y A. Zabala han reconstruido puntualmente el movimiento anual (exportaciones y destinos) de la lana18. Ambos autores coinciden en señalar que, aunque con diversas alternancias, el nivel secular de contratación se mantuvo elevado. Se superó mejor de lo esperado el impacto que supuso la apertura de la carretera de Reinosa (1752) y, aunque la cosa se complicó con las exenciones fiscales y EL CANTABRICO Y EL COMERCIO ... 135 otros privilegios que la Administración concedió al eje Burgos-Santander, en realidad el puerto montañés jamás pudo desplazar a Bilbao de su privilegiada situación, sobre todo después de arreglado el camino de Orduña. Precisamente es a finales de la centuria cuando se dan los mayores niveles de contratación, bien es verdad que salpicados de grandes altibajos producidos por las coyunturas bélicas. No es el momento de referirse a la importancia del hierro en la economía vizcaína durante el Antiguo Régimen; el hecho es de sobra conocido. Recordar únicamente que es, junto a insignificantes cantidades de castañas, manzanas y limones, lo que Vizcaya podía ofrecer en los retornos. La economía rural vizcaína era tan pobre y deficitaria como la guipuzcoana; de ahí que sus habitantes se vieran en la continua necesidad de importar bastimentos y ropas. Y esta debilidad y dependencia en recursos agrícolas sin otra cosa de relevante significación económica que no fuera el hierro fue lo que convirtió, desde el principio, la industria siderometalúrgica en industria de exportación necesariamente constante en la economía global de Vizcaya, y en general, de todo el País Vasco. Según los cálculos más recientes de L.M. Bilbao y E. Fernández de Pinedo la producción conjunta de las tres provincias, incluyendo Navarra, se habría más que duplicado en los dos primeros tercios del siglo, lo que no deja de ser sorprendente si se piensa que hasta el siglo XIX la siderurgia vasca ostentó los rasgos más tradicionales del complejo industrial19. Sólo la combinación afortunada de las circunstancias de la demanda exterior -aumentan las peticiones de Ultramar-, la relativa recuperación del mercado interior, debida al auge demográfico y agrícola, más la reactivación de los intercambios y de la flota comercial y de guerra, y la política arancelaria, consiguen explicarlo. Entre 1790 y 1850 hay que situar la fase de declive definitivos; ceñido el mercado a los límites de las colonias americanas y a los territorios peninsulares, la independencia de aquellos acabará por recluir a los hierros vascos definitivamente a los términos estrictos del mercado español justamente cuando el tráfico lanero había alcanzado su final. A cambio del hierro y la lana, en los muelles de la Villa se recibían manufacturas -tejidos de lana ingleses, prendas de lujo holandesas, etc.- y coloniales -azúcar, cacao y tabaco fundamentalmente. El grueso de estas importaciones iba a Castilla, mercado controlado desde Bilbao. El fortalecimiento del comercio tradicional va acompañado, como no podía ser menos, de la reafirmación del sector mercantil más influyente: el de los cargadores u hombres de negocios dedicados al "cambio y giro lejanos". Una élite pequeña en número, pero que concentra y domina prácticamente toda la actividad mercantil. No más de 20 ne- 136 T. MART~NEZ VARA gociantes acaparaban entre 1750 y 1770 cerca del 50 por ciento de todos los embarques de hierro (en bruto, semielaborado o manufacturado) y otros 20, entre los que aún había bastantes extranjeros, casi la mitad, hacían lo propio con más del 70 por ciento de la lana2'. Al igual que en Guipúzcoa, también en la vecina Vizcaya nos encontramos con esa dualidad tan común en las economías penféricas atlánticas: de una parte, el gran comercio que discurre por el suelo regional y, de otro, una economía agrícola apenas moficada por él. Y es que, como indica J.J. Laborda, "ni la oferta ni la demanda de la sociedad rural vizcaína eran la causa de la existencia del mercader, el motor activo del comercio bilbaíno: la lana venta de Castilla, y hacia allí se dirigían también la mayor parte de las mercancías importada~''~~. El comercio no incidía sobre la estructura agraria, pero sí paliaba algunas deficiencias como la escasez de alimentos y vestidos y la rigidez de las rentas agrícolas. Los comerciantes bilbaínos procuraron que se cumpliera siempre la máxima foral según la cual el Señorío debía estar abastecido. La exportación de hierro fue la principal responsable de que no decayese la oferta de subsistencias. En este sentido, la actividad comercial se nos presenta como un factor de equilibrio más entre los distintos intereses económicos del entramado social, entre la Vizcaya de los ríos y caminos, de muelles y comerciantes, de marineros de cabotaje, ferrones, arrieros, mesoneros y la otra más aislada y rural. La pervivencia de este equilibrio no excluye, por lo demás, la existencia de conflictos internos dentro de la comunidad vizcaína, muy lejos de una situación de idílica paz social inmunizada contra cualquier violencia de signo social. Tampoco se dio, pues, en Vizcaya el paso del capital comercial al industrial; hubo -y bastanteacumulación de capital en manos autóctonas, pero de acuerdo con la muestra que realizó R. Basurto sobre las herencias de un grupo representativo de cargadores estos prefirieron el papel moneda, los vales reales y los bienes inmuebles a otras actividades productiva^^^. El mercader se llevó las cosechas de hierro como lo hizo con la lana; sin embargo las ferrerías no alteraron sus anquilosados aparatos productivos. Al final de la centuria y perdidos los mercados europeos, América era la solución. Pero este mercado tampoco tardaría en desaparecer. El aspecto que presentaban los puertos montaííeses a principios de siglo XVlII era más bien sombrío. Toda su actividad se reducía a pequeños y oscilantes intercambios que, en la mayoría de los casos, no iban más allá del mero ámbito local. Y es que detrás de estos mal acondicionados puertos y núcleos urbanos medievales, localizados en la costa, de tamaño mínimo, decadentes a partir del siglo XVI todos ellos, incluido Santander, retraídos en la actividad pesquera y en la residencia rentista de algunos propietarios, estaba la realidad de una región atrasada, siempre necesitada de bastimentos y con muy poco que ofrecer a cambio. La importación de subsistencias fue una constante histórica desde tiempos remotos. No es extraño que la población montañesa, integrada mayoritariamente por campesinos con o sin tierras, pero en su mayoria pobres, y, por tanto, compradores siempre de una parte de su subsistencia, tuviera que ingeniárselas para contrarrestar su miseria. A causa de esta situación, los campesinos de la Montaña tuvieron que practicar otras actividades complementarias y subsidiarias de la agricultura y de la ganadería. Los cántabros conocían bien el arte de labrar la madera -fabricantes de carros, duelas, toneles, aperos, etc.-, de tallar la piedra, acarrear mercancías -muleteros, carromateros, carreteros, ...- y pescar en el mar. Y como, a pesar de ello, las condiciones seguían siendo precarias, muchos acababan ausentándose por un tiempo limitado o de forma definitiva en búsqueda de una vida que la tierra les negaba. El permanente déficit de cereales se solventaba introduciéndolos de Castilla. Aunque estaban los profesionales de los caminos -los transportistas-comerciantesque atendían a una demanda más selecta, urbana en su mayoría, eran los mismos campesinos quienes efectuaban, compaginándolo con las propias tareas agrícolas, el acarreo de los productos más elementales. Y este comercio a diferencia del otro no dependía tanto del estado de los caminos, cuanto de las fluctuaciones de la producción en la Meseta, así como de la falta de los oportunos acopios y agentes de comercio que hubieran permitido racionalizar la distribución de los excedentes cuando éstos existían. Por otro lado, en las villas portuarias y en sus poblaciones más próximas el déficit se cubría mediante la importación de granos europeos. En los momentos difíciles -carestías en el interiorlos circuitos y direcciones del tráfico podían invertirse; entonces el cereal entrado en los puertos tomaba los caminos intrarregionales o remontaba la cordillera camino de la Meseta. Es importante que se comprenda cómo con aquellas estructuras portuarias y mercantiles, detrás de una región atrasada y sin un camino carreteril que llevara a Castilla, resultaba de todo punto imposible que tanto la villa de Santander como su puerto salieran por si mismos del estado de postración y decadencia en el que estaban inmersosZ3. Para Santander las cosas van a cambiar radicalmente a mediados del siglo al confluir e interaccionarse diversos factores detrás de los que hay que ver la mano providencial de una Administración decidida a atraer hacia Santander las mercancías castellanas que venían pasando por Valmaseda, Orduña y Vitoria. Es esa voluntad exterior la que marca el cambio y pone el sustrato que posibilita el despertar de la ciudad y su puerto. Todo comienza en la década de los cincuenta con la apertura del 144 .T. MART~NEZ VARA lo de paz fue aprovechado por los comerciantes para liquidar operaciones que tenían pendientes y para repatriar sus beneficios. En cualquier caso, este último acelerón del tráfico no fue sino el canto de cisne de un esplendor que, pese al espejismo momentáneo, había desaparecido. Los años que siguen a 1804 son de caos total. El 5 de abril de 18 10 solicitaba Juan Antonio de la Cuesta se le diera de baja en la matrícula del comercio porque "viendo que desde el año 1804 no hacía giro alguno para América que era su única profesión (...) dio y resolvió emplear su caudal en fincas fructíferas, con el fin de dejar a sus hijos una subsistencia segura y honrosa". Ni habia sido la primera solicitud ni será la última y así lo recordarán los diputados del comercio de Santander en informe cursado al Gobernador de Vizcaya el 8 de marzo de 18 1 1. Estos años -y los que suceden a la Guerra de Independenciarepresentan para el comercio marítimo de Santander el cierre de un ciclo iniciado a mediados del siglo XVIII. Desaparece el comercio de largo alcance y con él las fábricas de harina, cerveza y refino de azúcar y también ese otro tráfico secundario hacia el interior castellano y el de cabotaje. En definitiva, el sistema había surgido bajo unos presupuestos arcaicos -intento de monopolizar el comercio de las lanas-, más tarde se adaptó al esquema colonial con el Libre Comercio, pero fue incapaz de desembarazarse a tiempo de las herencias de la etapa de gestación y se mantuvo siempre desconectado de su hinterland inmediato. Ni en Castilla ni en la Montaña habia elementos -no los podía haber porque no se habían creadoque pudieran atemperar el colapso de un comercio y de una industria surgidos con proyección exterior y sin enraizar en ninguna de las dos áreas. La perdida de las colonias, la deflación y el fin de la exportación de lanas obligaron al capital comercial a buscar nuevos derroteros. Los comerciantes donostiarras y bilbaínos centraron su mirada en lo que quedaba, el mercado interior, aunque sabían muy bien lo que esto suponía: traslado de las aduanas a la costa y oposición frontal de los consumidores. En cambio, los comerciantes santanderinos lo van a tener más fácil. Cuando el cielo estaba más oscuro y la inviabilidad del sistema parecía evidente, varias medidas proteccionistas en materia de granos y harinas devuelven el optimismo. El puerto recobra su actividad y vuelve a ser el gran redistribuidor de mercaqcías entre Castilla, Europa y Ultramar, lo que quedaba de Ultramar. l E. FERNANDEZ DE PINEDO, "Coyuntura y política económicas", en Historia de España, dirigida por M. Tuñón de Lara, VII, Centralismo, Ilustración y agonía del Antiguo Régimen (1 715-1833), Barcelona, 1980, pág. 154. EL CANTABRICO Y EL COMERCIO ... 145 3.5. LABORDA MARTIN, "El arranque de un protagonismo: la recuperación comercial de Vizcaya a comienzos del siglo XVIIII", en Saioak, n. 2 (1978), págs. 136-1 8 1 ; id., "Materiales para el estudio de la política comercial durante el primer reinado de Felipe V: el valor ilustrativo del caso vizcaino, 17001727", en Cuadernos de Investigación Histórica, n. 5 (1981), págs:73-112. M. GARATE OJANGUREN, "Comercio colonial guipuzcoano durante el siglo XVIII", en Coloquio Vmco-Catalán, Barcelona, 1982, pág. 6. A. DOMINGUEZ ORTIZ, Sociedad y Estado en el siglo XVIII, Barcelona, 1976, pág. 155. S G. ANES, "La Asturias preindustrial", en España en el siglo X VIII. Homenaje a Pierre Vilar, Barcelona, 1985, págs. 534-535. Sobre el movimiento mercantil de los puertos asturianos A. 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BASURTO, Comercio y burguesía mercantil de Bilbao ert la segunda mitad del siglo XVIII, Bilbao, 1983, págs. 27 y SS.; A. ZABALA, La jünción comercial del Pais Vasco en elsiglo XI.íI1, San Sebastián, 1983,1, págs. 205-21 1, y 11, págs. 276-294 y 303-307. l9 L.M. BILBAO y E. FERNANDEZ DE PINEDO, "Auge y crisis de la siderurgia tradicional en el País Vasco, 1700-1850", en La economía española alfinal del Antiguo Régimen. 11. Alianza, Madrid, 1982, págs. 135-228. 20 R. BASURTO, op. cit., 233-264. 21 J.J. LABORDA MARTIN, "El arranque de un protagonismo: la recuperación comercial de Vizcaya a comienzos del siglo XVIII", op. cit., 455. 22 R. BASURTO, op. cit., págs. 241 y ss. 23 Interesantes aspectos sobre el puerto santandenno hasta mediados del siglo XVIII, en M.J. ECHEVARRIA ALONSO, Lafinción comercial del puerto de Santander en el siglo XVII, Memoria de Licenciatura, Universidad de Cantabria, 1986. 24 J. POZUETA ECHAVARRI, "Relaciones e implicaciones en el modelo ciudadlpuerto de Santander", en Ciudad y Territorio, 4 (1984), págs. 23-24. 25 T. MARTINEZ VARA, Santander. De Villa a Ciudad (Un siglo de esplendor y crisis), Santander, 1983, págs. 153 y SS. 26 V. PALACIO ATARD, El comercio de Castilla y el puerto de Santander en el siglo XVIII. Notas para su estudio, Madrid, 1960, págs. 143-163; M. DE TERAN, "Santander, puerto de embarque para las harinas de Castilla", en Estudios Geográficos, IX (1947). Una cuantificación más detallada en T. MARTINEZ VARA, "El comercio de Santander en los siglos XVIII y XIX. Notas para su estudio", en Santander. El puerto y su Historia. Santander, 1985, pág. 79 y SS. 27 P. FERNANDEZ ALBADALEJO, op. cit., págs. 229-262. 28 Ibidem., pág. 232. 29 Estos debates en, M. GARATE OJANGUREN, "Comercio con América y fueros 1778-1 780. Estudio documental sobre el debate en el Pais Vasco", en Boletín de la Real Sociedad Basca de Amigos del País, (1985), págs. 3-36. 30 M.T. NAJERA BURON, "El comercio del puerto de Bilbao y sus relaciones con el puerto de Santander al iniciarse el siglo XIX, La Guerra de la Independencia (1808-1814) y su momento histórico, Santander, 1982, págs. 101-119. TOMAS MART~NEZ VARA INB 'Antonio Dominguez Ortiz ': Madrid