Fragmentos del constante recuerdo de Luis García Ballester. I. Los comienzos en los años sesenta
Abstract
López Piñero, José María
Full text
DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. Fragmentos del constante recuerdo de Luis García Ballester. I. Los comienzos en los años sesenta JOSÉ MARÍA LÓPEZ PIÑERO (*) BIBLID [0211-9536(2001) 21; 437-446] Fecha de aceptación: junio de 2001 En el último decenio del siglo XX, Luis y yo habíamos recuperado plenamente la estrecha fraternidad con la que vivimos y trabajamos durante los años sesenta. Lamentábamos a menudo la distancia y las deficientes comunicaciones entre Santander y Valencia, pero volvimos a estar en relación cotidiana a través de largas conversaciones telefónicas y continuos envíos urgentes por correo de todo tipo de materiales. De vez en cuando, con la facilidad que Luis tenía para viajar, venía a Valencia y podíamos repasar cara a cara y a fondo las cuestiones pendientes. Incluso yo rompí con este motivo mi inmovilidad patológica de más de dos decenios, viajando a Santander en varias ocasiones. La relación cotidiana de los años sesenta se interrumpió cuando ambos decidimos que resultaba necesario llevar a Granada la «buena nueva» de la enseñanza y la investigación histórico-médicas. La del último decenio del siglo XX sólo ha podido interrumpirla su muerte. A finales de 1961, Luis se presentó en el local que entonces tenía la asignatura en la Facultad de Medicina de Valencia, por indicación de D. Juan José Barcia Goyanes, con quien estaba cursando el primer curso de anatomía y era en Valencia el gran promotor de la disciplina y el (*) Catedrático jubilado de Historia de la Medicina. Universidad de Valencia.
438 JOSÉ MARÍA LÓPEZ PIÑERO DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. constante protector de quienes nos empeñábamos en dedicarnos a ella. Exactamente diez años después, el Profesor Barcia se jubiló y, el día que lo hizo, Luis y yo le dejamos en su casa el número XI de Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina, que contenía el facsímil de la Oración inaugural sobre la importancia de la Anatomía y la Cirugía, de Antonio de Gimbernat, con la siguiente dedicatoria: «Magnifico viro Johanni J. Barcia Goyanes, emerito Anatomiae magistro, Valentinae Scholae Medicae artis medendi historiographi grates agunt». Las primeras publicaciones de Luis estuvieron asociadas a D. Juan, ya que en 1962 se celebró bajo su presidencia un congreso internacional de anatomía, para el que la «Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina» editó, además del volumen sobre morfología del catálogo de la Biblioteca Histórico-médica de la Facultad, una Antología de la Escuela Anatómica Valenciana del siglo XVI, en la que Luis y yo reunimos fragmentos de las obras de Pedro Jimeno y Luis Collado, así como de las relativas a su influencia en Francisco Valles, Juan Calvo y Francisco Díaz. Aquel mismo año, apareció en la revista de D. Pedro Laín, maestro de todos los historiadores españoles de la medicina, nuestro artículo Francisco Valles y los comienzos de la anatomía patológica moderna. Luis estudiaba entonces el segundo curso de la licenciatura de medicina, tras haber terminado su formación en el Seminario Diocesano de Valencia, que bajo la dirección de D. Antonio Rodilla alcanzó un nivel cultural muy superior al de la Universidad, especialmente en el terreno de la historia del pensamiento. Esta formación la aprovecharía después brillantemente en su obra histórico-médica. Cuando inició el tercer curso de la licenciatura, Luis había tomado ya la decisión de dedicarse a nuestra disciplina, decisión que se vio reforzada por la admirable enseñanza de D. Miguel Carmena, catedrático de patología general, quien, en el trimestre previo a impartir personalmente, alumno por alumno, una docencia práctica en las salas y el laboratorio de su servicio hospitalario, se ocupaba con extensión y rigor de los fundamentos conceptuales del saber patológico, utilizando sobre todo la Einführung in die Medizin, de Sigerist. Como D. Juan Barcia hacía otro tanto con los de la morfología, antes de que los estudiantes trabajaran intensamente en la sala de disección y realizaran prácticas embriológicas, Luis vivió un ambiente —igual que yo lo había hecho el decenio anterior— en el que los profesores más prestigiosos concedían
439 Luis García Ballester (1936-2000), in memoriam DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. gran importancia a las cuestiones «propedéuticas» que habían conducido a que la «Introducción a la medicina» se convirtiera en la aportación fundamental de nuestra disciplina a la enseñanza médica. Ello explica que, apenas conseguimos una mínima consolidación institucional, intentáramos implantar dicha asignatura, para lo cual redactamos el esquemático manual Introducción a la medicina (1971), que dedicamos con gran ilusión «A los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia». Resulta penoso recordar que, tras varios años en los que demostró como en todas partes su fertilidad didáctica, fuera suprimida por la represión ideológica de finales del franquismo —que advirtió que favorecía la capacidad crítica del alumnado— en medio de la indiferencia general, pues dominaba la consideración de la historiografía médica como mera narración erudita inútil para la formación médica, como ahora vuelve a suceder. «Para esta gente —solía decir Luis con humor negro— somos “Decorativos Gómez”, igual que los que ponen macetas y tapices, o los Coros y Danzas de la Sección Femenina». Continuar estudiando la licenciatura con el exclusivo propósito de dedicarse a la historia de la medicina, como hacía Luis, era algo carente de sentido en la España de comienzos de los años sesenta, a diferencia de lo que sucedía en la práctica totalidad del resto de Europa. Por ejemplo, en el Instituto de Bonn, dirigido por mi maestro el Profesor Johannes Steudel, estudiaba medicina con la misma finalidad, tras doctorarse en filología germánica, Gundolf Keil, quien luego sería un destacado especialista en el periodo medieval y amigo de Luis. En Valencia, el local de la asignatura en la Facultad se limitaba a cuatro pequeñas habitaciones del sótano, que habían servido antes de perrera y que María Luz se preocupó de adecentar durante mis ausencias en Alemania, antes de casarnos. Durante mucho tiempo, Luis y yo lo llamamos «el servicio», palabra que hoy suena a retrete, pero que entonces usábamos para sentirnos equiparados a los demás locales de la Facultad y el Hospital Universitario. Para reforzar la autoimagen, incluso clavamos en la puerta una ficha con la conocida frase de Cajal en la que contrapone los «profesores de sótano» con los triunfantes clínicos. Ahora pienso que, por la misma razón, llevábamos siempre batas de médico, prenda que sorprendió mucho a Thomas Glick cuando vino por primera vez al «servicio», pero que en cualquier caso era un eficaz guardapolvos. La pomposa denominación «Cátedra e Instituto de Histo-
440 JOSÉ MARÍA LÓPEZ PIÑERO DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. ria de la Medicina», que apareció al pie de nuestras publicaciones hasta 1979, solamente tenía detrás un «encargo de cátedra» (seiscientas pesetas mensuales) y un «Instituto de Historia de la Medicina» (cuarenta mil de presupuesto anual) perteneciente a la Institución Alfonso el Magnánimo, con la que han acabado en la práctica los enfrentamientos políticos manipuladores de la actividad científica y cultural. Luis, lo mismo que Juan Ramón Zaragoza y más tarde José Luis Peset, eran «ayudantes» sin sueldo ni nombramiento alguno. La única habitación espaciosa del «servicio» servía de cuarto de trabajo, sala de prácticas y lugar para las sesiones en las que intentábamos imitar los seminarios centroeuropeos. Tenía el inconveniente de que, algunas veces, saltaban ruidosos chispazos de un dispositivo eléctrico cercano y llegaban los malos olores o el agua de una alcantarilla próxima. Los tres incidentes coincidieron cuando estaba hablando el Profesor Millás Vallicrosa, quien ya al final de su gloriosa vida tuvo la generosidad de venir a una «Semana de Estudios Históricos sobre la Medicina en España», que organizamos con un dinerillo que consiguió Juan Ramón, un año antes de la incorporación de Luis. La personalidad central de dichas sesiones de seminario era D. Vicente Peset Llorca, al que Luis recordó emocionadamente como «auténtico mentor intelectual» de nuestro pequeño grupo, anotando «su devoción por la historia de la medicina», así como su condición de «discípulo senior de Laín» y «marginado de la universidad oficial por pertenecer al bando perdedor de la guerra civil y no renegar de ello». La historiografía médica estaba entonces en un periodo de auténtico esplendor. Sólidamente institucionalizada, contaba con centenares de centros y miles de profesionales especializados que trabajaban en ambiciosos programas de investigación e impartían una o varias asignaturas obligatorias en casi toda Europa, los Estados Unidos y otros países de América y Asia. A partir de los planteamientos de Puschmann, había desarrollado rigurosos métodos de investigación específicos e incorporado con gran altura las diferentes corrientes médicas, científicas e intelectuales, distanciándose por completo del positivismo vulgar desde el punto de vista epistemológico, antropológico y sociológico. Esta trayectoria había culminado con los lúcidos programas renovadores de H. E. Sigerist y P. Diepgen, que durante aquellos años estaban poniendo brillantemente en práctica sus discípulos y seguidores de la generación
441 Luis García Ballester (1936-2000), in memoriam DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. siguiente. Uno de los aspectos destacados por Sigerist había sido que nuestra disciplina no es en absoluto una vertiente de la historia de la ciencia, aunque tenga amplias intersecciones con ella, ya que los saberes médicos son solamente uno de los temas del estudio histórico-social de la medicina. En la actual etapa de desmantelamiento institucional de la historiografía médica, todo ello parece olvidado por mera ignorancia y por las granujerías de los que pretenden «estar a la última» sin esfuerzo alguno, convirtiéndose en picaflores de las modas de turno encabezadas por turbios mandarines culturales (Lakatos, Foucault, Kuhn, los llamados «constructivistas», etc.). Muy por el contrario, a quienes trabajábamos durante los años sesenta en el inefable sótano de Valencia nos apasionaban las aportaciones que se estaban haciendo, especialmente las de nuestros maestros directos: por ejemplo, en 1957 había aparecido Rudolph Virchow. Arzt, Politiker, Anthropologe, de Ackerknecht; el año siguiente, A History Public Health, de Rosen; en 1960, Félix Martí Ibáñez nos envió On the History of Medicine y On the Sociology of Medicine, de Sigerist, que el inolvidable exiliado cartagenero acababa de editar; y en 1962, Laín publicó en el Archiv de Sudhoff el artículo Die ärztliche Hilfe in Werk Platons, punto de partida de su formulación acerca de la asistencia médica «para esclavos, pobres y ricos». No resulta extraño que, junto a Pilar Faus, intentáramos incorporarnos a tan extraordinaria línea con el libro Medicina y sociedad en la España del siglo XIX (1964), que nos prologó el propio Laín y en el que Luis escribió el capítulo «El testimonio de la sociedad española del siglo XIX acerca del médico y su actividad», redactado en 1963 robando horas al sueño en pleno estudio de las asignaturas del correspondiente curso. Con el mismo motivo, nos lanzamos a la tarea de otro libro: La enfermedad en la sociedad española del siglo XIX. Tras vaciar más de setecientas fuentes impresas —y estimulados por la Geschichte und Geographie der wichtigsten Krankheiten (1963), de Ackerknecht— Luis, María Luz y yo aprovechamos la pausa de septiembre para acabar de redactarlo. Felizmente, la rigurosidad que la disciplina tenía entonces nos condujo a la autocrítica y decidimos considerarlo una mera «memoria mecanografiada» de uso interno. En las demás facultades de la Universidad de Valencia había importantes personalidades con las que tuvimos el privilegio de entablar relación amistosa, a través de la cual nos influyeron decisivamente. Después de un largo exilio y dos años antes de su jubilación, se incor-
442 JOSÉ MARÍA LÓPEZ PIÑERO DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. poró a la cátedra de derecho político D. Carlos Sanz Cid, quien había sido figura muy destacada del Tribunal de Garantías Constitucionales de la II República. En una ocasión, Luis le preguntó cómo se las arreglaba en relación con las leyes fundamentales del «Glorioso Movimiento Nacional»: «al burladero y a Aristóteles» fue su respuesta, equiparando la valla que sirve de refugio a los toreros para burlar al toro que les persigue con la Política del clásico griego para hacer otro tanto con las imposiciones ideológicas del régimen. Aprendimos de D. Carlos infinidad de cosas, tan distintas como la forma de organizar la terminología de un curso universitario y que la democracia parlamentaria es solamente el «menos malo» de los sistemas políticos. En la Facultad de Filosofía y Letras, Joan Reglà encabezaba el mejor grupo de profesores de historia existente entonces en las universidades españolas; nos enseñó los enfoques y métodos de trabajo de la «histoire intégrale» de la escuela francesa, indispensables para asimilar debidamente nuestra firme adhesión a la historia social de la medicina. Un decenio más tarde, en el volumen dedicado a Reglà (1975), Luis le expresó su gratitud con el artículo Una possibilitat frustrada a l’Espanya del segle XVI: l’arabisme com a via d’accés a les fonts mèdiques gregues, perteneciente a una de sus más fértiles líneas de investigación. No existía aún la licenciatura de psicología, cuyas bases más sólidas estaba sentando entonces en Valencia José Luis Pinillos. Su magisterio nos abrió nuevas perspectivas que nos permitieron, por ejemplo, situar adecuadamente la importancia de la estadística. Su generosidad permitió que colaborásemos en su libro Constitución y personalidad. Historia y teoría de un problema (1966). Resulta chocante que Luis escribiera el capítulo correspondiente al Barroco y que, entre los que yo redacté, figurase el relativo a Galeno. La sección primera de este libro ha sido mi primera y última incursión en la medicina de la Antigüedad clásica, con la única excepción de un folleto de divulgación acerca del tema (1985), que Luis no pudo hacer a causa de muy dolorosas circunstancias familiares y que procuré convertir en un pequeño homenaje a la obra de D. Pedro Laín y la suya como autoridades indiscutibles sobre los hipocráticos y Galeno. La actividad académica de Pinillos estaba relacionada con la otra línea de trabajo del grupo de nuestro sótano: el estudio histórico de las neurosis y la psicoterapia. Aparte de los que queríamos ser profesionales, al grupo pertenecían José María Morales, Demetrio Barcia, Enrique
443 Luis García Ballester (1936-2000), in memoriam DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. Amat y otros psiquiatras y neurólogos discípulos de D. Juan Barcia y D. Román Alberca, seriamente interesados por la investigación históricomédica. Bajo la directa influencia de D. Pedro Laín, Morales y yo colaboramos durante doce años en la serie de trabajos que condujeron al libro Neurosis y psicoterapia. Un estudio histórico (1970). En este contexto de fraterno voluntarismo, Luis preparó su tesis doctoral Alma y enfermedad en la obra de Galeno. Introducción, traducción y comentarios a «Las facultades del alma se derivan de la complexión humoral del cuerpo» (1968). Por otra parte, en la riada que sufrió Valencia en 1957 habían salido a la luz, aunque deteriorados y llenos de barro, muchos valiosos materiales que estaban ocultos y olvidados. Entre ellos figuraban los papeles y el archivo de trabajo de José Rodrigo Pertegás (18541927), primer médico valenciano y español plenamente dedicado a nuestra disciplina, que había vaciado minuciosamente los archivos locales, muchos de ellos destruidos en la guerra civil, atendiendo especialmente la medicina medieval. Con veinticinco mil pesetas conseguimos adquirirlos para «el servicio» y resultó inevitable que Luis se sintiera atraído por su contenido. En el I Congreso Español de Historia de la Medicina (1963) —al que acudió en pleno el grupo valenciano, encabezado por D. Vicente Peset Llorca— Luis presentó la comunicación La medicina valenciana del siglo XIV. Otro tanto sucedió en el segundo, celebrado el año 1966 en Salamanca, a cuya ponencia sobre la urología en España colaboró Luis con la titulada El tratado del «Mal de la piedra» de Joan Jacme (siglo XIV). En el tercero, que tuvo lugar en Valencia en abril de 1969, expuso, entre otras, tres relativas a cuestiones que a partir de entonces analizó en profundidad: Arabismo y escolástica en la medicina valenciana bajomedieval, La desintegración de la medicina en la minoría judía en la Valencia bajomedieval y El proceso de «proletarización» de la medicina árabe en la Valencia bajomedieval. Confieso mi satisfacción de haberle convencido, en un momento en el que ya tenía amplio prestigio internacional, para que publicara la magnífica síntesis La medicina a la València medieval (1988), en la serie monográfica Descobrim el País Valencià. Su versión castellana constituyó diez años después la primera parte del volumen Estudios sobre la profesión médica en la sociedad valenciana (1329-1898), última vez en la que publicamos juntos, aunque nuestro propósito era reanudar la estrecha colaboración de los sesenta.
444 JOSÉ MARÍA LÓPEZ PIÑERO DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. Tres meses antes de su muerte redacté un comentario acerca de un acontecimiento de auténtica importancia para la investigación histórica de la medicina: la aparición del volumen undécimo de la edición crítica de las obras médicas completas de Arnau de Vilanova, al cumplirse los veinticinco años de la iniciación por Luis de tan singular empresa. Negándome a asumir su grave estado de salud, en él anunciaba como «excelente noticia» la próxima publicación de su libro acerca de la medicina en la Castilla bajomedieval, que acababa entonces de terminar, y la no muy lejana de una reedición ampliada de su indispensable compendio sobre Galeno. Me parece una pesadilla que no haya podido ver impreso el primero ni resumir los abundantes materiales que tenía reunidos para la segunda, aparte de interrumpir otros trabajos a los que se dedicó infatigablemente hasta que sus fuerzas se extinguieron. Cualquiera mínimamente informado sabe que Luis era generalmente considerado como la máxima autoridad en Galeno y la medicina bajomedieval y que su brillante producción servía de contrapunto en la actual etapa de colapso y desmantelamiento institucional de la historiografía médica. Una cuestión que repetíamos en nuestras últimas conversaciones era la semejanza de su trayectoria con el curso del Guadiana. Durante los años sesenta nos había fascinado una etapa brillante y caudalosa, mientras que en los noventa estábamos sufriendo un descenso hasta el subsuelo. Por supuesto, recurríamos al paralelismo con la época de Haeser, sirviéndonos de modelo las lúcidas palabras iniciales de la introducción de la edición definitiva de su espléndido tratado, sus denuncias de la «Buchhändlerspekulation» consumista y su enfrentamiento con la torpe concepción de la historiografía médica por parte de un gran clínico y patólogo como Wunderlich, mantenida bajo distintas formas por muchos otros carentes de su talla. Para consolarnos de la penosa forma en la que habían contribuido a sumergir la disciplina tantos oportunistas y filisteos que habían trepado a puestos de trabajo histórico-médicos, subrayábamos continuamente la posición solitaria de Haeser en una «etapa intermedia» entre el «alte Janus», de Henschel, Choulant, Daremberg y Renzi, y el periodo encabezado por Puschmann. A Luis le gustaba especialmente recordar que, durante este último, Virchow y Federico Rubio habían publicado en sus revistas —auténticos «core-journals» de la patología y la práctica médica— los trabajos de
445 Luis García Ballester (1936-2000), in memoriam DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 437-446. Steinschneider y Martínez Vélez sobre la medicina medieval y la clásica griega, de los que con razón se consideraba continuador. Cuando en 1971 ganó las oposiciones a profesor agregado de la Facultad de Medicina de Valencia nos ilusionó, desde luego, continuar trabajando juntos, pactando una especie de reparto cronológico, con amplias zonas de solapamiento. Antes se había encargado, haciendo continuos viajes, de la enseñanza en la recién fundada Facultad de mi tierra natal murciana, de la que era decano-comisario el Profesor Gomar. D. Francisco Gomar Guarner y D. Carlos Carbonell Antolí —que superaron la llamada «edad de hierro» de la cirugía valenciana de la postguerra— fueron activos promotores de nuestra disciplina. Los dos formaron parte del tribunal de las oposiciones de Luis, quien dedicó la lección reglamentaria a la historia de la profesión y la técnica quirúrgicas. Como he adelantado, ambos decidimos finalmente que resultaba necesario llevar a la «buena nueva» de la enseñanza y la investigación histórico-médicas a Granada, en cuya Facultad de Medicina el gran médico-legista Juan Antonio Gisbert Calabuig había preparado con cariño un local para la asignatura mucho mejor que «el servicio» de Valencia. Con humor, esta vez optimista, Luis concluyó: «No podemos ignorar que existen en Granada las “condiciones objetivas” exigidas por los marxistas para fundar un nuevo convento de la Orden HistóricoMédica». Para mantener los dos «conventos» estrechamente asociados, convertimos los Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina en Cuadernos Hispánicos, exactamente con el mismo formato, pero coeditados en Valencia-Granada. La serie cobró un notable impulso: en su volumen XII (1972) apareció la tesis doctoral del propio Luis; en el XIII (1973), subdividido a la alemana en dos tomos, el repertorio Bibliografía histórica sobre la ciencia y la técnica en España, firmado por el «grupo»; en el XIV (1974), la tesis de Emilio Balaguer sobre Borelli; en el XV (1975), la Bibliografía histórica de la medicina valenciana, otro trabajo del «grupo». Por desgracia, nuestra ingenuidad no había tenido en cuenta el funesto obstáculo de la burocracia universitaria, que se encargó de que el «grupo» se quedara a partir de entonces sin serie conjunta. Sin embargo, precisamente en 1975 comenzó la edición de las obras médicas completas de Arnau de Vilanova. Al acometer esta gran empre-