En defensa de una arqueología explícitamente científica : In praise of an unambiguous scientific archaeology
Abstract
Barceló, Juan A..
Full text
Muchos lectores pueden creer que el hecho de entablar un debate como éste en nuestra disciplina es señal de vitalidad de la misma. Antes al contrario, creo que no hace más que mostrar el profundo vacío y el fracaso más estrepitoso de la manera en que hemos estado haciendo arqueología. En una ciencia madura hay discusión, hay disparidad de opiniones, hay crítica incluso, pero se produce crecimiento en el saber; las diferentes opiniones enriquecen el debate, y ayudan a sumar conocimientos nuevos. En arqueología, por el contrario, cada uno de nosotros inventa lo obvio, defiende una verdad subjetiva e ignora lo que los demás dicen haber descubierto, encerrándonos en el solipsismo más absoluto. Demostramos total incapacidad por demostrar la validez de aquello en lo que decimos creer. La arqueología está enferma, quizás desde sus orígenes. Sufre de una grave indigestión de filosofía mal digerida, cuyos principales síntomas son una erupción incontenible de corrientes de pensamiento, a cual más original, que nacen (en profusión), se reproducen (poco) y mueren (enseguida), para que cuanto más movimiento aparentemente haya, menos cambio real se produzca. La nuestra es, sin duda, una disciplina marginal, que ve con envidia cómo otras ciencias producen conocimiento, lo validan, y crecen acumulando aquella información que supera las pruebas a que ha sido sometida. Ejemplo y síntoma de la marginalidad de la disciplina es la eternización del debate sobre la verdad. Considero que no hay otra alternativa al razonamiento histórico sobre la realidad social que la producción de conocimiento validable y el abandono explícito de la subjetividad. No es esto un ejemplo de absolutismo ideológico, sino el reconocimiento expreso de la posibilidad de que uno pueda equivocarse en la mera tarea de llevar a cabo una investigación y en la explicación de cierto fenómeno, y en el convencimiento que ese error es detectable. Con esto queda bastante claro que tomo partido expreso por la manera de abordar el problema de Manuel Domínguez-Rodrigo. Pero con matices. Manuel Domínguez-Rodrigo me permitirá una crítica, pero la ciencia no busca la verdad. Almudena Hernando me permitirá otra crítica, porque tampoco busca verdades diferenciadas. La ciencia busca el error. Ya nos gustaría buscar la verdad, pero ocurre que ésta sólo existe (virtualmente) en la mente de (ciertos) filósofos. Lo que hacemos es poner en duda lo que creemos, y buscar formas de superar esa duda, con nuevas creencias que también son sometidas a investigación para encontrar sus errores. Lo que buscamos es ajustar cierto explanans a cierto explanandum. Y ese ajuste nunca es perfecto. Tiene una naturaleza estadística, probabilística. Las matemáticas asoman así su pérfida cabeza en un ámbito, las humanidades, que había creído posible vivir al margen de ellas. Hace cuarenta años David Clarke afirmó que el lugar propio de la arqueología era la facultad de matemáticas. Cuando se elaboraron los planes de estudio de la licenciatura de historia, allá por los años 90, a algún despistado programador se le ocurrió la peregrina idea de introducir dos asignaturas anuales obligatorias de estadística. Todos sabemos el resultado. La profesión con mayor número de analfabetos matemáticos es la nuestra. Y para ocultar ese no-saber, lo hemos sustituido por histéricas retóricas en contra de la tiranía de los números y de En defensa de una arqueología explícitamente científica In praise of an unambiguous scientific archaeology Juan A. BARCELÓ Departamento de Prehistoria. Universidad Autónoma de Barcelona. E-08193 Bellaterra (Barcelona) [email protected] ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196 ISSN: 1131-6993 175
su no-adecuación para entender la sublime complejidad humana. Exactamente como Kant y Hegel hicieran al no entender ni una palabra de lo que habían afirmado Leibniz y Newton1. Oscar Moro apuesta por una arqueología “moderna postmoderna” que investigando sobre los factores que pesan sobre nuestro presente avance hacia un conocimiento cada vez más riguroso del pasado. ¡Magnífico! También yo apuesto por ello, pero esa disciplina ya está inventada. Se llama “historia”, y es una ciencia cuyo objetivo siempre fue el conocimiento del proceso de formación del presente del investigador o investigadora. No hace falta criticar a la ciencia para afirmar esto. Constituye la auténtica definición de eso que hemos convenido en llamar “ciencia”. En el fondo, todo método científico es un método histórico por definición, ya que su propósito es hacer observables las condiciones en las que tiene lugar la interpretación, y poder validar la interpretación cuando las condiciones (tecnológicas, pero también sociales, políticas, económicas, etc.) han desvirtuado el análisis. La utilización de una teoría formal como la teoría de probabilidades posibilita esa manera de trabajar. En contra de algunos participantes en el debate, creo tener suficiente apoyo empírico para afirmar que el análisis arqueológico no está necesariamente determinado por las condiciones en las que éste se produce. No tenemos por qué citar a un sinfín de filósofos para saber que el presente puede llegar a producir errores interpretativos. Pero seguirán siendo errores, que deben ser descubiertos en tanto que tales, porque es el mismo método el que los hará visibles a los demás investigadores e investigadoras. A veces no es la misma persona que ha presentado una explicación la que valida su proceso de formación. Es la comunidad académica, con una dinámica social, histórica y también política la que se va encargando de ello. Sí, Newton cometió errores, y Einstein, pero la Física no ha perdido su carácter científico por ello. Nosotros, arqueólogos aún somos incapaces de poner a prueba nuestros modelos referenciales, y los Marx, Darwin, Durkheim, Levi-Strauss, Foucault, etc. siguen imperando como referencias dogmáticas sin que a nadie se le ocurra validar esas informaciones, no con arreglo a “su” verdad, sino con arreglo a las observaciones disponibles en éste momento. Es cierto que en los últimos años la hiper-profesionalización de la investigación científica ha multiplicado los engaños, los errores y las estafas cometidas por investigadores anhelantes de reconocimiento mundial y éxito. No todos han sido denunciados todavía, pero en la medida en que se someten a análisis científico las condiciones en las que se ha producido cierto conocimiento, los errores se ponen de manifiesto. Esta es la clave y la bondad de la ciencia, la posibilidad de descubrir el error, y quizás por ello, el método científico sea la más artificial de todas las maneras de pensar, dado que no se parece en nada al sentido común, a la manera en que pensamos en nuestras vidas cotidianas. Sin un método universal que nos permita poner en duda aquello que creemos es “verdad”, nadie podrá validar nada de lo afirmado y sólo quedará el recurso a la autoridad (¿moral, intelectual, política?) para aceptar la validez de una interpretación que nada explica. La alternativa es la transformación de nuestras creencias en hipótesis estadísticas y la adopción de una estrategia formalizada de contrastación de esas hipótesis. Una advertencia: no existe una única forma de comprobar la bondad del ajuste de una hipótesis estadística con la evidencia disponible. Los manuales de estadística cubren tan sólo la manera clásica (la prueba de chi-cuadrado y sus derivadas). Pero la estadística también ha avanzado en sus presupuestos y en sus métodos, y las formas de trabajar con hipótesis estadísticas son ahora extraordinariamente variadas y sutiles. No todos los problemas están resueltos, pero la conclusión es obvia para cualquier disciplina científica: cuantifica la evidencia disponible, porque sólo así descubrirás la probabilidad de cometer un error. Me sumo a Manuel Domínguez en su denuncia tajante del engaño post-moderno, si bien estoy convencido de que no todas las pensadoras y pensadores que se suelen clasificar como tales participan de dicho engaño. El apresurado uso de etiquetas para calificar la manera de pensar de aquellos y aquellas que no piensan como uno mismo, nos lleva a generalizaciones subjetivas y, además, claramente erróneas. En este caso, creer que todo el postmodernismo es lo mismo constituye un error científico. Mi descalificación más absoluta va dirigida tan sólo a todos aquellos que renuncian al método, a la validación y entronizan la subjetividad del “todo vale”. El mismo teorema de Bayes nos dice que no todo vale, que hay un método en la crítica y en la revisión de las creencias. Rechazo a todos aquellos investigadores e investigadoras que creen que el “método científico” no puede aplicarse a los seres humanos para obtener información útil, porque ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 176 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
creen que los “valores” humanos no responden a métodos inventados para analizar electrones, ecosistemas, enfermedades o estrellas. Curiosamente, el término “valor” no deja de ser un término cuantitativo, relacionado con la noción de “medida”. Que el mismo método nos permita entender la realidad física y la realidad social no implica afirmar que la realidad social sea idéntica a la realidad material, sino que ambas deben estudiarse, necesariamente, de la misma manera. Por consiguiente, defiendo una aproximación a la realidad humana en términos de hechos, conductas, producciones. No dejo de lado, sin embargo, las intenciones, creencias o valores, sino que debemos incluirlos en tanto que productos, puesto que son informaciones producidas por los seres humanos a través de su interacción con otros agentes sociales y con la misma realidad física. Si la arqueología pretende ser una ciencia, tendrá que abandonar su habitual “interpretación” de los objetos, y construirse en términos de problemas a resolver: •qué tipos de acción social pueden ponerse en relación con conjuntos específicos de evidencias materiales. Es decir, qué efectos materiales produce la acción social y de qué manera podemos “reconstruirla” partiendo de la observación de esos efectos, •por qué la acción social en cuestión se produce, cambia o permanece estable. Es decir, por qué varían a lo largo del tiempo y/o del espacio los efectos materiales de la acción social. Dentro de las ciencias sociales, la arqueología aparece en realidad como una especie de “ingeniería inversa”, cuyos resultados serán utilizados en investigaciones más abstractas o interpretativas acerca de la naturaleza social: • ¿Qué acción social (proceso de trabajo) causó (determinó, condicionó, influyó) el efecto material que puedo observar en el yacimiento arqueológico? • ¿Qué acción social (proceso de trabajo) causó (determinó, condicionó, influyó) que otra (otras acciones sociales) tuvieran lugar en este lugar (o en un lugar relacionado) en un momento de tiempo posterior? Resulta obvio que la resolución de problemas del primer tipo es una condición para la resolución de los del segundo tipo. Si no sabemos qué acciones se produjeron en un momento y lugar, difícilmente averiguaremos por qué cambiaron a través del tiempo, y por qué la acción colectiva cristalizó en distintas formaciones sociales. Antes de resolver un problema histórico (“¿por qué pasó?”), debemos resolver el problema arqueológico (“¿qué pasó?”). En cualquier caso, defender una arqueología explícitamente científica no significa defender exclusivamente la arqueología anglosajona de los años 60-70, más vinculada a un pretendido materialismo ecológico que al peculiar y paradójico tipo de “socio-física” basada en el materialismo histórico en el que me muevo con mayor familiaridad. El objeto de estudio de la arqueología debieran ser todas las consecuencias materiales de la acción humana; esto es, del trabajo de mujeres y hombres. Como resultado de nuestro trabajo, de nuestras relaciones con otras personas, producimos objetos, transformamos cosas, ya sea de manera consciente, ya sea de manera inconsciente. Todo lo que ha sido modificado en su forma, en su tamaño, en su composición, en su textura, en su localización, es pues un elemento del registro arqueológico. Las carcasas animales, los bloques extraídos de mineral, la tierra cultivada, la madera tallada y decorada, el paisaje transformado, el agua que se va a beber o se va a utilizar para regar son artefactos, de la misma manera que el cuerpo humano o la habilidad concreta de un individuo, sus valores y creencias, sus actitudes y conductas, las maneras cómo se ha relacionado con el vecino, los muertos que ha dejado a su paso, son artefactos, productos del trabajo, ya que su materialidad ha sido alterada por acciones como la caza, el despiece, el transporte y la repartición de la carne, su cocción y la fragmentación de huesos, el cultivo, el embalse de aguas y su canalización, la deforestación, la fabricación de instrumentos, la decoración de maderas, rocas o cuerpos, el nacimiento, crianza y educación de las personas, la violencia, etc. Es en esos productos finales (materias primas, instrumentos, residuos y desechos) donde quedan reflejados los procesos de trabajo. El primer paso en esa ingeniería inversa que pretende averiguar la causa partiendo de la observación del efecto es, lógicamente, describir esa materialidad resultado de la acción social. Por descontado, en muchas ocasiones (a veces la mayoría) los materiales arqueológicos tienen una apariencia material o una localización determinada debido a todo lo que pasó desde el momento histórico de su depositación hasta la excavación arqueológica. El elemento original que fue consecuencia de la acción social pudo haberse ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 177 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
roto, pudo haberse alterado en su composición química, pudo haberse desplazado, su contenido en carbono 14 pudo haberse contaminado, etc. El primer problema arqueológico a resolver consistirá en averiguar hasta qué punto lo que observamos es resultado de lo que tuvo lugar en el yacimiento arqueológico después que la acción social original se produjera. Una vez que hayamos podido resolver qué aspectos de la materialidad arqueológica no son una consecuencia de todo aquello que sucedió en el yacimiento arqueológico después de su formación, pasaremos a plantear el problema arqueológico propiamente dicho (“¿qué pasó?”). Sin embargo, no toda acción social tiene necesariamente consecuencias materiales, por lo que no siempre resultará arqueológicamente observable. Es una obviedad afirmar que aquello que no es perceptible no es analizable. Esta afirmación puede llenar de alegría a quienes como Almudena Hernando afirman que el estudio de los significados, de las motivaciones, no puede realizarse dentro de los cauces del denominado “realismo científico”. Creo que esa idea es incorrecta. Por un lado, la motivación y la intencionalidad de la acción, ya sea ésta individual o colectiva, son perfectamente analizables, siempre y cuando dispongamos de suficientes observaciones de la repetición de dicha acción a través del tiempo; por otro lado, suele olvidarse que en realidad todas las ciencias son no-observables. En raras ocasiones pueden verse las causas. Afortunadamente, aquello que no es observable en un aspecto, siempre tendrá otro que sí puede resultar observable, aunque quizás esté tan sólo indirectamente relacionado. No puedo “ver” el viento, pero sí que percibo cómo se mueven las hojas de un árbol. Los átomos no son observables, de la misma manera que el dolor de cabeza no puede “verse”, pero pueden medirse (indirectamente) porque sus consecuencias físicas generan efectos en otras entidades asociadas que sí resultan observables en las circunstancias adecuadas. Y prueba de ello es la energía atómica y los medicamentes. De la misma manera, el poder coercitivo de una parte de la población no puede “verse”, pero pueden medirse algunos de sus efectos. Este carácter indirecto de la evidencia de una causa es fundamental, y la ciencia permite predecir lo no-observable a partir de lo observable. Por descontado, esa predicción tiene una naturaleza estocástica, es decir, probabilística. Por consiguiente, una arqueología expresamente científica no tiene por qué limitarse a un “economicismo” de vía estrecha. Materialismo histórico no significa fijarse tan sólo en cómo comió la gente, sino que parte del supuesto de que todos los aspectos de la vida humana dependen de la necesidad de trabajar para poder comer. Para comer producimos información, símbolos, nos relacionamos con los demás, prohibimos a nuestros vecinos que hagan algo, les obligamos a que hagan otras cosas,… No sólo la producción y el consumo de la subsistencia generan consecuencias materiales, sino cualquier acción social, tanto política, como reproductiva o ideológica. Como es obvio, no nos quedaremos cruzados de brazos cuando una acción que suponemos pudo haber tenido lugar no puede observarse en su efecto material con la metodología disponible, sino que buscaremos nuevas maneras de documentar la acción social en el pasado, más allá de las limitaciones circunstanciales de los métodos y técnicas de medida disponibles en un momento dado. Hasta hace poco a nadie se le ocurría estudiar la composición isotópica de los restos humanos, ni la paleopatología asociada al sexo, ni los ácidos grasos en un sedimento con evidencias de termoalteración, etc. No siempre nos damos cuenta que el registro arqueológico proporciona mucha más información que la que puede parecer obvia en un momento dado. La arqueología es una ciencia experimental que estudia tanto en el laboratorio como a través de simulaciones computacionales, así como en la inmensa base de datos del registro documental etnográfico e histórico, las múltiples maneras en que una acción produce un efecto. Son muchas, en efecto, y muy diversas, pero no hay infinitas maneras, y las herramientas matemáticas y estadísticas hoy disponibles nos permiten organizar esa variabilidad. Hemos llegado al quid de la cuestión. La arqueología observa la variabilidad estadística de ciertas consecuencias materiales de acciones humanas que tuvieron lugar en el pasado e intenta explicarla causalmente. ¿Por qué esta vasija tiene esta forma? Quizás porque fue la forma más apropiada para el uso al que se la destinó en el pasado, o bien por accidente, porque el horno se apagó cuando nadie se lo esperaba, por capricho de quien hizo esa cerámica, o por otras razones. Puede haber millones de causas posibles que explican por qué una persona hizo algo concreto en un momento y lugar determinado, pero existe con toda probabilidad una tendencia estadísticamente determinable para que un conjunto de personas hicieran lo mismo en unas circunstancias precisas. Es decir, si bien un objeto o ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 178 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
evidencia aislada no puede explicarse porque las soluciones posibles al problema arqueológico de la causalidad histórica de esa evidencia pueden ser innumerables, si dispusiéramos de una cierta cantidad de evidencias entre las cuales se pudiese fijar un cierto grado de asociación estadísticamente determinable, podríamos inferir que existió una causa común que produjo dicha asociación. No estudiamos la causa de la acción individual, sino que buscamos determinar la acción colectiva, es decir, la repetitividad de las actividades de trabajo de los hombres y mujeres, y el grado de regularidad que manifiestan las consecuencias materiales de dichas actividades. Esa regularidad es la que nos permite afirmar que aquello que está asociado en el presente tuvo la misma causa en el pasado. Para explicar la dinámica de la acción colectiva, para explicar los procesos históricos de creación y transformación de las formaciones sociales no es necesario averiguar por qué cada uno de los artefactos arqueológicos (los productos del trabajo realizado por un grupo de personas relacionadas, precisamente, en razón de ese trabajo) son como son o aparecen donde aparecen, ya que ese estudio resulta, en la práctica, imposible, además de sin sentido. Tampoco necesitamos modelos universales de acción colectiva para poder interpretar los observables arqueológicos como sus realizaciones particulares. Se trata simplemente de buscar, identificar y medir la cantidad y naturaleza de la regularidad/irregularidad, de la semejanza/diferencia, de la homogeneidad/heterogeneidad, de la continuidad/variación de las consecuencias materiales de distintas acciones sociales. La arqueología debería analizar los objetos que son resultado del trabajo, que son producto de la acción colectiva, y a los mismos agentes sociales, que también son producto del trabajo y del esfuerzo de otros agentes sociales. Pero no los estudiamos porque ellos mismos sean importantes, por las intenciones o motivaciones individuales de los agentes que los produjeron, sino porque constituyen el aspecto “observable” de una parte de la acción colectiva; porque constituyen el conjunto de elementos materiales que usa el grupo humano para subsistir y reproducirse. Mi mayor diferencia con autores como Almudena Hernando radica en que considero que el interés de la investigación arqueológica se encuentra en el estudio de la acción colectiva, y no en el estudio de la acción individual. No porque la ignore o la considere poco importante, sino porque la acción colectiva es mucho más determinante que la individual para conocer determinados procesos sociales. Descubrir por qué una población de agentes sociales actuó como actuó, me permitirá entender la manera cómo esa acción colectiva fue transformándose a través del tiempo para llegar a ser lo que es ahora. Por descontado, decir que una acción fue colectiva no quiere decir que todos los agentes sociales hicieron lo mismo o actuaron sincrónicamente, sino que entre una multiplicidad de acciones individuales asíncronas existen determinadas formas de dependencia estadísticamente determinables. No tiene sentido alguno estudiar el pasado, si no es para ayudarnos a construir el presente. Pero para ello ¡tiene que ser cognoscible! Obviamente, estudiarlo no quiere decir describirlo o testimoniarlo, que es lo que lamentablemente solemos hacer. Debemos analizar y explicar por qué nuestra sociedad es como es y no de otra manera. Mejor dicho, cómo se ha ido haciendo nuestra sociedad. Ninguna descripción de artefactos nos dará la respuesta que buscamos, sino un estudio que utilice los elementos que se conservan del pasado, para definir el proceso causal responsable del presente. Esto no sólo significa analizar cómo el poder social, político y económico se ha inventado un pasado, sino analizar qué conjunto de causas provocaron que ese Poder se pusiera a inventar Pasados. Tan importante como saber de qué modo nos están engañando, es conocer por qué nos engañan. También la clase social que nos dirige tiene un origen, así como los medios de control que utiliza. Y para ello necesitamos el método científico. ¡El análisis de la realidad social no puede quedarse encerrado en la hermenéutica subjetivista! Que existe racismo, o desigualdad social no es fruto de nuestra subjetividad, sino un hecho real, puesto de manifiesto gracias a la investigación científica con datos sociológicos, antropológicos y económicos. Cualquier negación de la capacidad que tenemos de conocer objetivamente cómo se ha formado nuestra sociedad, niega también nuestra capacidad de lucha colectiva y de construcción del futuro. Sólo podremos construir racionalmente el futuro definiendo las contradicciones del presente y estudiando sus causas. Ese debiera ser el auténtico propósito de la historia y de la arqueología: el estudio de la continuidad que pueda existir entre pasado y presente. En otras palabras, de cómo las sociedades pasadas se convirtieron en nuestra propia sociedad. La arqueología no ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 179 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
debiera ser confundida con un conjunto de datos muy antiguos, por muy “procesuales” que sean, sino que se configura como una forma de razonar científicamente acerca del presente en su dimensión temporal, esto es, “formativa” o causal. El objetivo no está en el paleolítico en sí mismo, sino en el estudio de la transformación histórica de la animalidad en humanidad. El objetivo tampoco está en el neolítico ni en el origen del estado, ni en ningún periodo o grupo humano concreto, sino en la globalidad y carácter sistémico de las distintas trayectorias históricas posibles. El pasado por el pasado es tan contraproducente como el coleccionismo de anticuario. Aún sustituyendo una serie de cacharros muy antiguos por una serie de formas de vida muy antiguas, seguirá siendo una historia descriptiva, encerrada en unos ilusorios límites temporales, sin vinculación con el presente, dando lugar a una “reconstrucción” invalidable y fácilmente manipulable. Aunque la descripción de los hechos o materiales antiguos sea correcta y precisa, ese conocimiento se puede utilizar en la propaganda de cualquier forma de hacer el presente, porque la vinculación entre pasado y presente no se ha hecho explícita. En definitiva, el pasado no es un conjunto de piedras ni de conductas, ni de ideas, sino nuestro propio presente hace algunos años (miles o millones). El orden social ha ido cambiando, transformándose paulatinamente, como resultado de multitud de causas, y esas causas, esos procesos de cambio en transformación siguen actuando sobre nosotros, por lo que nuestra sociedad cambiará, al igual que cambió entonces. Sí, es cierto, soy un determinista: todo aquello que existe está determinado por sus causas. Si hoy en día las relaciones de poder impiden la supervivencia de mucha gente, si en Europa Occidental el racismo está a la orden del día, si la explotación es la afición favorita de unos pocos, no es por azar, ni por voluntad divina. Todo tiene una causa. El problema es que el mecanismo causal y, por tanto, esa determinación, puede llegar a ser extremadamente complejo y, a veces, estar más allá de los métodos existentes para descubrirla. De la misma manera que es posible “observar” y medir la existencia de contradicciones en el presente, podemos analizar el proceso de formación de esas contradicciones. El conocimiento del pasado puede ser “objetivo”, pero sólo en la medida en que permita una comprensión correcta (empíricamente ajustada a aquello que conocemos de los hechos) de la causa de los problemas o fenómenos del presente. Posiblemente sea imposible una descripción no sesgada de un momento concreto del pasado, pero cuando los distintos momentos aparecen vinculados entre sí y se consiguen entender sus formas de dependencia y el mecanismo causal, concluiremos la corrección de la investigación, aunque ésta siempre pueda ser abordada con más detalle y profundidad cuando la cantidad y naturaleza del conocimiento aumente. Llegamos al final de mi defensa de una arqueología expresamente científica. En este artículo he definido la arqueología como la disciplina que estudia la variabilidad estadística de los efectos materiales de la acción social. Este recurso a los autómatas, a las matemáticas, a la teoría de las probabilidades, a los mecanismos de la lógica formal no constituye, sin embargo el deus ex machina salvador de la cientificidad. Es una consecuencia obvia de la definición de la arqueología como una ciencia social útil que estudia las trayectorias históricas de la acción colectiva, y que deja de lado expresamente la acción individual. ¿Cómo pueden ayudarnos las matemáticas a entender la manera en que el pasado se convirtió en el presente? Lamentablemente este artículo tiene ya demasiadas palabras. Posiblemente un nuevo debate en Complutum, ya no en defensa o en contra de una arqueología científica, sino acerca de la necesidad del lenguaje matemático en arqueología y ciencias sociales, nos permitiera llegar al fondo de la cuestión2. ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 180 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
NOTAS 1. No es éste el lugar para hacer una defensa de la filosofía de la probabilidad, pero me permitirá el lector o la lectora tan sólo un breve guiño a ciertos arqueólogos post-modernos: si bien algunas formas de entender la probabilidad emergen de un contexto rígidamente positivista (probabilidad = frecuencia), también existe una concepción probabilística del mundo mucho más crítica y dialéctica (probabilidad = valor de una creencia). 2. Para aquellos y aquellas que no puedan esperar y quieran una respuesta a la pregunta de cómo pueden ayudarnos las matemáticas a entender la manera en que el pasado se convirtió en el presente, puede leer mis libros: BARCELÓ, J.A. (2007): Arqueología y Estadística. I. Introducción al estudio de la variabilidad de las evidencias arqueológicas. Servei de Publicacions de la UAB (Colección Materials, 187), Bellaterra. BARCELÓ, J.A. (2008): Computational Intelligence in Archaeology. Information Science Reference (The IGI Group, Inc.), Hershey, Nueva York. AGRADECIMIENTOS Mi agradecimiento a Laura Mameli y Florencia Del Castillo por su lectura crítica de una versión preliminar de este texto. Muchas de mis ideas acerca de qué cosa es esto que llamamos Arqueología han sido modificadas por el diálogo constructivo y debate con mis compañeros y compañeras del equipo de investigación conjunto entre el Departamento de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Barcelona y el Departamento de Arqueología de la Institució Milà i Fontanals (CSIC). Por descontado, ninguno de ellos o ellas es responsable de mis excentricidades intelectuales. ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 181 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
En el artículo sobre filosofía de la ciencia y arqueología publicado por Manuel Domínguez-Rodrigo (2008) se pueden encontrar numerosos puntos para un debate interesante. Coincido con él en parte de su crítica a la arqueología posprocesual, especialmente en lo que se refiere a superar definitivamente el constructivismo extremo, que está plagado de problemas políticos y epistemológicos. Mi intención en este comentario es defender lo que hay de defendible en la arqueología posprocesual y en la sociología de la ciencia, añadir otras críticas al paradigma en cuestión y proponer otra visión de la verdad que no sea la que abraza el realismo científico. Un primer punto que me llama la atención del ensayo de Domínguez-Rodrigo es su fe en el ISI Citation Index. Si fueran objetivos, racionales e imparciales los criterios con que se eligen las revistas que forman parte del famoso Index no sería posible encontrar en él revistas como Arabian Archaeology and Epigraphy, con nulo impacto en el desarrollo de la arqueología, y que en cambio haya estado ausente hasta este año Archaeological Dialogues, una revista de referencia desde hace más de una década en nuestra disciplina. Tampoco tiene lógica (científica) que figuren revistas como el Danish Journal of Archaeology, una publicación que no recuerdo haber visto citada en mi vida. Es la denostada sociología de la ciencia la que permite entender por qué son ISI algunas revistas y no otras. Por ejemplo, sólo cuestiones extracientíficas (que no extraacadémicas) pueden explicar que la gran mayoría de publicaciones periódicas de humanidades y ciencias sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España sean ISI: Trabajos de Prehistoria, Arbor, Hispania, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares yEmerita y Archivo Español de Arqueología. Son buenas publicaciones en el ámbito español, pero desde luego no tienen la misma trascendencia para sus respectivas disciplinas que el Journal of Human Evolution o American Anthropologist. Uno puede sospechar que existen motivos más allá de la racionalidad científica para la inclusión en el índice de tales revistas. Más allá de nuestro país, en los últimos años han crecido las críticas a la forma en que se evalúan las revistas y se han advertido sesgos, especialmente de género (p.ej. Tregenza 2002). Resulta fácil, sin embargo, caer en este círculo vicioso: la investigación procesual es mejor y por eso se refleja en el ISI y el ISI es un mecanismo racional y objetivo de evaluar las revistas, por lo que la arqueología procesual es científicamente superior a sus contrincantes teóricos. Domínguez-Rodrigo tiene razón cuando dice que muchos arqueólogos posprocesuales reducen la Nueva Arqueología a una caricatura, pero el propio autor no se ve libre de esta tendencia, pues da por hecho que la arqueología posprocesual mayoritaria se guía por un posmodernismo extremo que reduce toda la realidad a una mera construcción subjetiva de los actores sociales. Las posturas constructivistas radicales han sido criticadas en el seno de la arqueología posprocesual de la misma manera que lo han sido las aproximaciones nomotéticas ingenuas por parte de investigadores que se adhieren a la corriente procesual (sobre esto ha comentado Óscar Moro en el volumen anterior, Complutum, 2008, Sobre los límites del constructivismo social y las posibilidades del concepto de verdad On the limits of social constructivism and the possibilities of the concept of truth Alfredo GONZÁLEZ RUIBAL Departamento de Prehistoria. Universidad Complutense de Madrid [email protected] ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 182 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
19-1: 205-207). Pocos arqueólogos posprocesuales practican el constructivismo extremo. Seguramente, la mejor forma de juzgar un paradigma no sea por sus excesos, sino por las propuestas teóricas y las aplicaciones prácticas más sobresalientes. Es difícil no admirar los trabajos de Binford, por muy posprocesual que uno sea, y del mismo modo habría que poseer un cierto fanatismo paradigmático para no darse cuenta de que las propuestas de Ian Hodder son mucho más que una boutade, un intento de destruir la ciencia o una estrategia para adquirir poder. Si reconociéramos lo que hay de valor en otros paradigmas podríamos enriquecer nuestras propias perspectivas teóricas. En eso, el afán de la arqueología simétrica por no hacer tabula rasa del pasado y dialogar con todos me parece una actitud loable (González Ruibal 2007). No se trata, sin embargo, de realizar una apología del eclecticismo, que suele relevar un conocimiento poco profundo de las corrientes teóricas, sino de una actitud crítica y abierta fundamental para el progreso científico. Es cierto que las aproximaciones posprocesuales han engendrado monstruos: trabajos de escasa fundamentación teórica, basados en lecturas sesgadas e incompletas de fuentes filosóficas, antropológicas o sociológicas, en la repetición de clichés y en el afán de adscribirse a la última moda. Todo esto ha sido puesto en evidencia por personas que vienen de ambientes posprocesuales. Uno de los casos más obvios es el de la fenomenología, malinterpretada y vulgarizada hasta el límite por toda una generación de arqueólogos británicos cuyo conocimiento de Heidegger y Merleau-Ponty no proviene de los filósofos mismos, sino de lo que otros arqueólogos han dicho de ellos (cf. crítica en Olsen 2006). El consumo desenfrenado de teoría por parte de la arqueología posprocesual ha dado lugar a asimilaciones superficiales y erróneas del trabajo de pensadores de primer orden como Bourdieu o Foucault y ha llevado a descartar prometedores líneas de análisis sólo porque ya se habían pasado de moda en determinados círculos académicos. Y desde luego hay algunos artículos de arqueología posprocesual que podrían haberse escrito con el Postmodern Essay Generator (http://www.elsewhere.org/pomo), un programa humorístico de ordenador que produce excelentes artículos posmodernos con sólo un click del ratón del ordenador. Pero sería injusto criticar las aportaciones de la arqueología posprocesual sobre la base de su descendencia menos afortunada. Manuel Domínguez se queja de que los posmodernos hacen referencia a posturas procesuales y de filosofía de la ciencia de hace 40 años, como si ambas no hubieran evolucionado. Es igualmente erróneo pensar que el paradigma posprocesual no ha variado desde mediados de los años 80. Existe mucha arqueología posprocesual sin excesos subjetivos ni constructivistas y creo que es ahí donde debemos encontrar lo mejor del paradigma. De hecho, el posprocesualismo, lejos de haber constituido un ataque a la ciencia, ha permitido ampliar los horizontes de lo cognoscible. No se puede rebatir el hecho de que ahora nos preguntamos muchas más cosas que hace 40 años y que tratamos de resolver esas preguntas de forma racional. Los arqueólogos posprocesuales, por ejemplo, recurren con frecuencia a la arqueometría y a la estadística para probar sus hipótesis (Jones 2004; Hodder 2005). Al ampliar el abanico de preguntas consideramos que existe una parcela de realidad mucho mayor que es aprehensible con el método arqueológico. Se puede decir, por lo tanto, que la heurística de la arqueología posprocesual es superior a la procesual, puesto que permite comprender una porción mayor de la realidad. Basta con echarle un vistazo a los monográficos publicados por World Archaeology (revista ISI no procesual, por cierto) para darse cuenta de cómo se han ido ampliando los horizontes de la disciplina desde finales de los años 60. Es cierto que ha habido un énfasis exagerado en lo discursivo y en la construcción social. Pero la crítica a estos excesos también ha surgido dentro del propio paradigma. El interés de hoy en día por la materialidad parte precisamente de la base de que existe un mundo que no es irreducible al discurso ni incluso a la cultura. La cuestión, a mi parecer, es si podemos seguir hablando de arqueología posprocesual para una determinada corriente que critica duramente la subjetividad y el constructivismo, aunque siga haciendo suya una parte de la agenda posprocesual. Pocos arqueólogos negarán que la realidad existe, pero eso no quiere decir que todos consideren que la ciencia es el único camino para llegar a ella, como entiende Domínguez Rodrigo. Creo que es necesario volver a la etimología de ciencia para ponerla en su justo lugar. Scientia originalmente significaba “conocimiento”. Las estrategias de purificación modernas, como las llamaría Bruno Latour, nos han hecho pensar, a partir del siglo XVII, que ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 183 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
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En mi anterior intervención crítica sobre el conjunto de paradigmas posmodernos (Complutum 19, 2008), recalcaba que los arqueólogos procesuales y los posprocesuales estaban destinados a no entenderse ya que residen en universos conceptuales separados; los primeros creen en el concepto de verdad, limitan el alcance de conocimiento, se abrazan a criterios epistemológicos de realismo científico y reniegan de manipular maniquéamente el pasado para politizar el presente. La mayor parte de los segundos son relativistas que rechazan del concepto de verdad, equiparan el conocimiento con el amor y la poesía, son fabricantes de discursos dentro de lo que se conoce como constructivismo social, rechazan la existencia de criterios de demarcación, y mantienen activa una agenda política que se nutre con cierta regularidad de alardes de sofismo con frecuencia equiparable al de Protágoras. Entre ambas posiciones no veo el hueco para tender puentes. Aunque la intervención de Webmoor es moderada, posiciones como la de mi colega Ruibal no son sino un ejemplo descafeinado de semejantes actitudes posprocesuales relativistas. Veamos por qué. Alfredo González Ruibal reniega de los excesos del paradigma al que está suscrito (que califica como constructivismo extremo), sin especificar cuáles son éstos. En contraste, no define cuáles son los criterios de un constructivismo moderado que lo convertirían en más deseable. A continuación mostraré cómo ambos tipos de constructivismo no definen sino dos extremos complementarios de una misma corriente de pensamiento. En el primer paso para deconstruir los argumentos que yo señalaba con anterioridad de que el mundo de las revistas de impacto se rigen predominantemente por criterios epistemológicos de realismo científico, Ruibal aporta un listado escueto de varias revistas ISI que no encuentran acomodo en semejante paradigma. Probablemente no le sorprendería si le digo que el listado de revistas “no científicas” que forman parte de ISI es mucho más amplio. Para entrar en la base de datos de ISI, sólo es necesario cumplir una serie de requisitos formales (entre los que se encuentra la regularidad de la publicación y la revisión por pares de los trabajos) y no es necesario pasar un examen de realismo crítico. Este formalismo tiene poco de extra-científico en el sentido constructivista expresado por Ruibal. Sin embargo, una cosa es entrar en la base de datos de ISI y otra muy diferente tener asignado un impacto académico. El primer tipo de revista es académicamente nulo (sólo sirve para que los aquejados del síndrome Bienvenido Mr. Marshall presuman de que el tío Sam reconoce su existencia), mientras que el segundo tipo (siempre que nos refiramos a valores de impacto elevados) es el que regula la dinámica académica internacional. Dicho impacto se consigue por el número de veces que los trabajos publicados son citados, lo cual es testimonio indirecto de su influencia y relevancia en la disciplina a nivel general, en un mundo académicamente globalizado. Ruibal no distingue ambos conceptos. Por ejemplo, de las revistas que menciona, varias no son revistas de impacto, en contra de lo que afirma; no tienen asignado ningún valor por ISI. De los cientos de revistas que forman parte del listado oficial de ISI no todas gozan ni del mismo impacto académico, ni de una misma influencia en la praxis de la disciplina. De aquéllas que sí tienen ¿Eran los Caballeros de la Mesa Redonda procesuales o posprocesuales? Were the knights of the Round Table processualist or post-processualists? Manuel DOMÍNGUEZ-RODRIGO Departamento de Prehistoria. Universidad Complutense de Madrid [email protected] ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 191 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
asignado un valor de impacto, hay que diferenciar entre las que tienen un valor elevado (reflejando su importancia en cómo se concibe la disciplina) y las que tienen un valor escaso. De estas últimas, aquellas revistas que tienen valores inferiores a 0.5 indican un impacto académico prácticamente nulo al ser poco citadas. Cuando anteriormente aludía al paradigma predominante en las revistas de impacto, me refería a aquéllas que figuran de manera hegemónica en nuestra disciplina, es decir, dentro de las 10 o 20 primeras según su valor de impacto. Y dentro de estas revistas de mayor influencia en la praxis de nuestra profesión académica, la mayor parte de ellas (sobre todo las de mayor valor) surgen de planteamientos epistemológicos claramente vinculados con el resto de revistas científicas y, por ende, con el realismo científico. El círculo vicioso que menciona Ruibal no existe; la clasificación de las revistas en el sistema ISI es racional (no constructivista): cada puntuación refleja lo mucho o poco que los trabajos de cada revista son citados y por lo tanto, su influencia real. Podría decirse que dicho sistema es darvinista: las revistas no citadas no son aptas para pasar el examen de selección académica y su valor decrece cada año en la evaluación que ISI realiza. No vale, pues, como hace Ruibal, comparar revistas ISI de una liga de segunda regional con las que figuran en la Champions League. En resumen, basta echar un vistazo al listado ISI de esta última para ver que la investigación procesual tiene mayor impacto, es mucho más usada y citada (con una diferencia muy amplia a tenor de los valores de impacto de cada revista) tal y como también reconoce Webmoor. Mi colega Ruibal matiza que el posprocesualismo moderado tiene como virtud no llegar al relativismo absoluto, como si las diferencias de un paradigma a otro fueran cuestión de variación gradual, con el procesualismo a un lado, el constructivismo extremo en el opuesto y el constructivismo moderado en medio. Nada más lejos de la realidad; estos posicionamientos son dicotómicos y excluyentes. Ruibal podría haber otorgado credibilidad a su posición moderada si hubiese explicitado cuáles son los criterios epistemológicos de dicho posicionamiento, en vez de hacer lo que Bashkar (2002) imputa críticamente a los posmodernistas de “talking about talking” sin justificar que aquello de lo que se habla exista. En su querencia hacia Heidegger, Ruibal deja entrever esta contradicción. Heidegger junto con Nietzsche han sido la base del pensamiento de Derrida, poco sospechoso de haber sido un “monstruo postprocesual” según la definición crítica de Ruibal, y pilar fundamental de deconstruccionismo que niega la existencia de la realidad y reduce todo a un juego relativista. El mismo Heidegger, como miembro del movimiento hermenéutico, manifiesta que la palabra es la morada del ser, por lo cual, el ser es un juego del lenguaje, como también sostenía Carnap. Esto lo recoge críticamente Bunge (2006: 96) cuando afirma que “falsedad más lógica (Carnap) o menos lógica (como en Heidegger) es igual a falsedad”. Del mismo modo, Ruibal pondera en positivo a Foucault, quien niega la objetividad y con ella la posibilidad de reconstruir la realidad humana (Foucault 1970). En mi anterior critica al posmodernismo (número 19 de Complutum) ofrecía varios argumentos mostrando el profundo grado de relativismo en el que incurrían los mismos personajes que Ruibal arropa con aprecio bajo un constructivismo moderado y su incompatibilidad con posicionamientos intermedios. Ninguno de esos argumentos ha sido desmentido por mi colega. No son desvirtuación de la pureza de los demiurgos por los que Ruibal hace libaciones provocada por monstruos filosóficos, sino el alma misma de dichos personajes. El apego de mi colega a la arqueología simétrica, porque no “hace tabula rasa del pasado y dialogar con todos me parece una actitud loable” encaja dentro de lo políticamente correcto (como también coincide en afirmar Webmoor) pero sigue siendo epistemológicamente criticable hasta que sus presupuestos vayan más allá de la actual ambigüedad y sean definidos con claridad. Cuando esto suceda, anticipo que las contradicciones internas mostrarán profundas asimetrías dentro de ese aspirante a paradigma. Esta necesidad de definir la arqueología simétrica desde un punto de vista teórico y epistemológico lo pone también de relieve de manera acertada el artículo de Webmoor. Donde creo que Ruibal ronda lo surrealista es en su afirmación de que el posprocesualismo está lejos de haber constituído un ataque a la ciencia. La ciencia está regulada por un uso estructurado de la razón, como ente objetivo aspirante a alcanzar una verdad real, mientras que la razón, desde el punto de vista post-moderno se entiende como un constructo contextual incapaz de aprehender la realidad. Foucault (1970) niega la objetividad y la posibilidad de conocer la realidad y dice que la ciencia es un mito que debe ser superado. El posestructuralismo recha- ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 192 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
za la existencia de verdades absolutas o hechos acerca del mundo (Derrida 1983). ¿Puede uno a tenor de estos conceptos cuestionar seriamente que el posprocesualismo no haya atacado los fundamentos básicos de la ciencia? Negar una evidencia de semejante calibre sólo se justifica desde el sofismo más pernicioso, del que obviamente no acuso a mi colega. Ruibal lo justifica diciendo que los arqueólogos posprocesuales recurren con frecuencia a la arqueometría y a la estadística para probar sus hipótesis. Sin embargo, en esto reside la belleza de la contradicción. Ahí se identifica el mismo tipo de incongruencia que comentaba en mi réplica a Víctor Fernández en el número anterior de Complutum cuando le decía que un constructivista que otorga la misma validez epistemológica a un curandero que a un galeno, pero que en la praxis opta por el último, entra en contradicción al hacer una elección instado por su espíritu de realista crítico. La arqueometría y la estadística están basadas en premisas que exigen criterios de demarcación (la estadística no existiría sin ellos) y por lo tanto, premisas claramente definidas de lo que es correcto o erróneo. El posprocesual acude a ellas porque es oportunista, no porque crea en ellas. Un posprocesual que utiliza métodos arqueométricos y estadísticos, es decir, científicos, lo que está haciendo es ir en contra de los principios teóricos básicos de la mayor parte de las corrientes postmodernas claramente definidas. Es lo que Bunge (2006) denomina el juego académico de los constructivistas, que al ser irrealistas promueven el vacío total (ontológico, gnoseológico, semántico, metodológico, axiológico, ético y práctico) pero que en la práctica diaria se comportan de modo distinto. En palabras de Bunge (2006: 382): Únicamente los filósofos pueden profesar el antirrealismo y esto sólo cuando escriben y enseñan”. A mi colega la arqueología procesual le aburre y por ello le escribe un epitafio (Ruibal, 2007); esto a pesar de que varios de sus colegas (Fernández, Webmoor) reconocen que no sólo está viva, sino que académicamente es hegemónica. Ruibal dice que la heurística de la arqueologia posprocesual es superior a la procesual pero no ofrece ninguna justificación que así lo demuestre. El término heurística se populariza en la filosofía de la ciencia a través del marco epistemológico realista de “los programas de investigación científica” de Lakatos (1978), quien lo define como la capacidad de un programa de investigación de explicar (a través de la contrastación) más cosas que el programa rival. La arqueología posprocesual tendría más heurística si pudiese aportar más conocimiento contrastado que la arqueología procesual; lo cual es falso. Insto a que se me desmienta con algún ejemplo. El que una disciplina amplíe horizontes no quiere decir ni que sea más científica, ni que aporte más conocimiento, ni siquiera que se haya aproximado más a la verdad, especialmente si no cree en ella como concepto. Barceló dice que los procesuales buscamos el error y no la verdad, pero ambas cosas son caras opuestas de la misma moneda. El error sólo se busca porque nos acerca a la verdad. De hecho, en la contrastación de hipótesis la confirmación del grado de verosimilitud –truthlikeness (Niiniluoto 1987, 2002)– o de refutación (Lakatos, 1978) es exactamemte simétrico. No está epistemológicamente más justificada la confirmación del error que la verosimilitud de la hipótesis en su camino hacia la verdad (Lakatos 1978; contra Popper). Ambas se expresan en términos de probabilidades. Ruibal afirma que pocos arqueólogos negarán que la realidad existe, pero eso no quiere decir que todos consideren que la ciencia es el único camino para llegar a ella. Efectivamente, yo coincidiría en afirmar que hay muchos caminos para llegar a la realidad; sin embargo, la mayor parte de ellos producen incertidumbre. ¿Cómo sabemos cuando estamos cerca o lejos de la realidad? Sólo si aplicamos criterios de discriminación (demarcación) que nos permitan contrastar hipótesis, obtener resultados en la contrastación y poder rechazar o aceptar hipótesis según su heurística, es decir, su capacidad de explicación. Esto es la ciencia. Ninguno de los otros caminos indicados por Ruibal puede ofrecer dichas garantías, dejando la interpretación al libre albedrío del discurso, que es mucho más totalitario de lo que el achaca al paradigma procesual, ya que depende aún más de los círculos de poder y sus dinámicas de metamorfosis (basta con echar un vistazo al panorama europeo). Vuelvo a instar a Ruibal a que me de ejemplos. Con la misma evidencia material que un posprocesual elabora una interpretación, se pueden elaborar otras veinte, todas igual de válidas siempre que no se eche mano de un marco discriminatorio realista. Para mi colega es necesario recuperar la verdad no por razones de una asepsia en la praxis de la arqueología, sino por otras razones entre las cuales destacan las políticas. El único uso moralmente legítimo del pasado con fines políticos actuales es el de desentrañar su realidad sin distorsionarla; y esto ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 193 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
es lo menos frecuente por quienes abogan por mezclar el pasado y la política moderna. Muchos posprocesuales utilizan el pasado para elaborar discursos sin fundamento real, pero insertos en agendas políticas concretas. Ruibal sigue el concepto de Badiou de que la verdad es siempre algo nuevo. Semejante afirmación no sólo es errónea (los atomistas griegos tenían una concepción de la Physis que en lo estructural no ha variado gran cosa hasta el siglo XX y sólo para ampliarla), sino que además es irracional o ambigua. ¡Se pueden entender tantas cosas con semejante definición! Es como buscar la verdad en el Tao. De hecho, esta no es una afirmación exagerada ya que el mismo Ruibal pone como ejemplo de verdad la aparición de la Tragedia con Esquilo. Muchos “eventos” han surgido a lo largo de la historia del conocimiento que poco han aportado a la aproximación a la verdad (en las ciencias naturales suceden todos los días). El grado de ambigüedad con el que Ruibal resuelve la cuestión llega a un paroxismo ininteligible para un realista crítico como es que su concepción de que “el arte, la ciencia, el amor y la política son todos campos en los que puede surgir lo nuevo de la verdad..... No obstante, sería estéril tornar el debate sobre la verdad en una nueva discusión sobre las ciencias del espíritu y de la naturaleza. De lo que se trata es de comprender que en ambos casos el proceso de verdad es semejante y se basa en la fidelidad a un evento, que es impredecible y sobre todo indiscernible”. Semejante afirmación podría perfectamente haberla producido (en lo que respecta al arte y al amor) San Juan de la Cruz, pero me resulta incomprensible por parte de un arqueólogo. Yo preguntaría, ¿cómo puede surgir del arte o del amor una aproximación a la verdad, entendida como realidad comprobable? ¿Cómo podemos estar seguros de estar cerca de ella? ¿Cómo puede decirse, o mejor aún, justificarse que el concepto de verdad sea el mismo en las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu? ¿Cómo puede hablarse a estas alturas de “ciencias” del espíritu? El concepto de ciencia ha sido bien definido desde hace siglos y elijamos la definición que queramos (¿por qué no la más comúnmente aceptada en la actualidad?) no puede haber nada más incompatible con la concepción del espíritu (pese a San Agustín y Santo Tomás) que el concepto de ciencia. Ruibal argumenta que el concepto de verdad procesual es fiel al totalitarismo, e inmutable, se contenta con reproducir el conocimiento establecido. Ignoro como puede justificar mi colega semejante concepción. Desde Popper (en realidad desde bastante antes) se ha generalizado lo que se conoce como teoría evolutiva del conocimiento (la base fundamental del realismo científico) que postula que el conocimiento científico jamás se encuentra en posición estática sino que se va ampliando continuamente. En nuestro campo sólo diré que todo lo que se conoce en evolución humana, que el mismo Ruibal no me negará es mucho más de lo que sabíamos hace 20 años, es el resultado de haber aplicado una arqueología y una paleontología sujeta a criterios procesuales y de realismo crítico. Un vistazo superficial a cualquier ciencia mostraría lo mismo. El totalitarismo hace uso oportunista de cualquier herramienta para conseguir sus medios, y a este respecto, si bien movimientos totalitaristas han usado ciertas ciencias para fines propios, el mayor daño de éstos ha sido la implantación de discursos sobre verdades ficticias (construidas) mucho más proclives a ser usadas como modo de engrase de dichas máquinas totalitarias. En lo que si comulgo con Ruibal, es un gesto foucaultiano, es en que a pesar de promulgar que la dinámica teórica del funcionamiento de la gestión de la información científica se adhiere a las reglas del realismo científico, la praxis de cómo se materializa con frecuencia en las publicaciones (de impacto o no) experimenta serias deficiencias. Los editores y comités científicos de las revistas de impacto adquieren un tremendo poder que a veces se utiliza maquiavélicamente para censurar aquellos iconoclastas del sistema o los que atenten contra el paradigma mayoritario, que siempre suele coincidir con el cultivado por la mayor parte de los miembros de dicho comité editorial; indistintamente de que el comité de la revista sea procesual o posprocesual. No es un secreto que los científicos no anglosajones tienen muchas más dificultades para hacerse oír en dichas publicaciones. El mismo editor jefe de Nature no tiene el menor pudor en admitir que la preselección de artículos la hace cada día a las cinco de la tarde en un pub delante de una pinta de cerveza y que los trabajos que recibe de Harvard les otorga una atención preferente. El sistema está por desgracia pervertido más por cuestiones de naturaleza humana que por la filosofía que lo respalda, puesto que sucede de igual manera en ámbitos europeos donde la publicación académica es de corte constructivista. En un mundo globalizado, el haber adop- ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 194 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
tado los criterios de excelencia científica de ISI exclusivamente ha otorgado al mundo académico anglosajón una preeminencia sobre los demás, que permanecen subyugados al mismo. La clave del sistema de impacto de ISI reside en que sólo utiliza el listado de revistas de su base de datos, claramente saturado de publicaciones en inglés y con serias carencias de revistas ajenas al mundo anglosajón. Ante semejante situación, la unión europea recientemente ha perdido una ocasión de oro de hacerse con una legítima balanza de poder al haber elaborado un listado de revistas de impacto europeas inspirado en la filosofía de café para todos (intentando sopesar la variabilidad linguística y político-cultural del continente) más que en su valor científico real en cuanto al impacto efectivo académico de cada una de ellas. Al científico no le queda, pues, más alternativa que defenderse de los sesgos del sistema anglosajón si quiere universalizar su investigación o hacer frente a los caciquismos locales que regulan los criterios de excelencia en la publicación guardando la imagen de asepsia (a través de revisión por pares) pero incapaz de imponer que la dinámica del proceso esté regulada por criterios científicos. El editor/revisor en este caso siempre tiene la razón. En el panorama peninsular, en la disciplina arqueológica no disponemos de ninguna publicación que funcione de otra manera; ni siquiera la popular Trabajos de Prehistoria. El artículo de Webmoor ofrece una reflexión más pausada sobre el debate procesual y posprocesual, recalcando la aversión al relativismo por la mayor parte de disciplinas académicas, más centradas en la búsqueda de la verdad. En el título de su comentario, se pregunta sobre la necesidad de recalcar que la arqueología procesual está viva y coleando. Bien, la necesidad de hacerlo es porque otras voces, menos eclécticas que Webmoor, habían promulgado la defunción del procesualismo (Ruibal 2007) y habían venido acompañados de plañideras posprocesuales para la celebración (véase especial sobre arqueología simétrica en Complutum). Webmoor ofrece una diatriba sobre la superación de la tradicional división entre procesuales y posprocesuales que no comparto. Uno de los problemas más graves con los que se encuentran los departamentos de antropología en EEUU en la actualidad es la profunda división entre los partidarios de una antropología científica y los antropólogos posprocesuales críticos de la misma, disfrazada dicha división de múltiples maneras: antropólogos físicos, culturales, evolucionistas culturales, neo-darvinistas, conductualistas, etc... El resultado es una escisión de departamentos en la última década en EEUU o, en los casos en los que las dotaciones económicas no lo permiten, una segregación, que incluso llega a ser física entre procesuales y posprocesuales. Esta dicotomía no está superada y la he vivido en cada uno de los departamentos de Antropología de EEUU en donde he estado. Webmoor indica la necesidad, creo que manera adecuada, de mostrar la utilidad práctica de la aplicación del realismo científico a la arqueología. Posiblemente, esto sea necesario para contextos recientes donde semejante paradigma se ha visto mermado por la pujanza creciente de arqueólogos posprocesuales. Sin embargo, semejante ejemplo práctico existe de manera prolija en el mundo del paleolítico. Un vistazo a la arqueología Plio-Pleistocénica de África oriental de las últimas dos décadas puede proporcionar un claro ejemplo de cómo la heurística de nuestro conocimiento se ha disparado en los últimos años gracias a la aplicación masiva de estudios sobre lítica y fauna basados en criterios procesuales propios del realismo científico. Lo que me presto a reconocer con Webmoor es que semejantes ejemplos son necesarios para contextos más recientes donde las preguntas son más diversas e incluso de diferente cariz. Algunas de las preguntas que Webmoor plantea de manera escéptica, no dejan resquicio a una aplicación de realismo crítico ya que son difícilmente abordable por este. De ahí que al no ser capaz de responder todas las preguntas, un enfoque procesual pueda parecer, como en el caso de Ruibal, extremadamente aburrido. Lo conveniente en este caso es practicar varias arqueologías, reconociendo donde terminan las científicas de las más especulativas, para poder abarcar la gama de preguntas que cada arqueólogo quiera hacerse en un periodo determinado. Webmoor plantea la inconveniencia de dejar intervenir a los filósofos en una disciplina en la que los arqueólogos hemos alcanzado cierto consenso sobre lo que constituye una buena explicación. Sin embargo, yo discrepo que semejante consenso exista. Me gustaría ver una definición al respecto. A buen seguro que lo que constituye una buena explicación para Webmoor resulta insatisfactoria para mi. Lo que propone Webmoor podría fácilmente confundirse con practicar la arqueología sin una continua reflexión filosófica teórica, y sin semejan- ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 195 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196
te teoría, nuestra disciplina está abocada al absurdo. De hecho, el dejarse arrastrar por el hábito pragmático de hacer las cosas como venimos haciéndolas sin mayor reflexión epistemológica es lo que produce la diversidad de enfrentamientos que existen en el seno de la arqueología/antropología moderna y la panoplia de interpretaciones que los acompaña. Sin epistemología somos incapaces, ante un vacío filosófico, de discriminar cuáles de dichas interpretaciones son las que nos acercan a la realidad del pasado. Es la diferencia entre intentar acercarnos a la verdad o seguir contando cuentos. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS BUNGE, M. (2006): A la caza de la realidad. La controversia sobre el realismo. Gedisa Editorial, Barcelona. DERRIDA, J. (1983): Letter to a Japanese friend. A Derrida Reader: Between the Blinds (J. Derrida y P. Kamuf, eds.), Harvester, Londres: 271-276. FOUCAULT, M. (1970): Arqueología del saber. Siglo XXI, Méjico. LAKATOS, I. (1978): The methodology of scientific research programmes. Cambridge University Press, Cambridge. NIINILUOTO, I. (1987): Thruthlikeness. D. Reidel, Dordrecht. NIINILUOTO , I. (2002): Critical scientific realism. Oxford University Press, Oxford. GONZÁLEZ-RUIBAL, A. (ed.) (2007): Arqueología simétrica: un giro teórico sin revolución paradigmática. Complutum, 18: 283-319. ¿Qué clase de ciencia es la arqueología? 196 Complutum, 2009, Vol. 20 (1): 175-196