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Resumen Según la autora de este trabajo, los actos siniestros perpetrados por cuerpos convertidos en arma no están vinculados con ningún contenido religioso según el cual, por decirlo de este modo, una liberación de la prisión del cuerpo impuro, o de la comunidad religiosa frente al menosprecio de Otro, conlleven una autoaniquilación con la exigencia simultánea de aniquilar a miles de civiles. Como Benhabib mencionó en otra parte con relación a la hermenéutica, la comprensión religiosa no tiene por qué dejar de implicar «comprensión que es también interpretación y una “fusión de horizontes”, un diálogo a través del tiempo, las generaciones y perspectivas» y esto nos lleva a concluir que las orientaciones valorativas (de corte religioso) de la acción no se pueden encerrar en sí mismas sin proceder a la autocrítica de sus propios fundamentos. Para Benhabib, el problema no es tanto creer en algo, sino cómo creemos en algo. Los fundamentalistas que destruyen las Torres Gemelas tienen objetivos muy profanos, como cualquier otro actor político, enmascarados de retórica religiosa. Son nihilistas en los fines, pero radicales fundamentalistas en los medios. Palabras clave: modernidad, guerra profana, choque de civilizaciones, fundamentalismo. Abstract. Profane Wars According to the author of this paper, the sinister acts perpetrated by bodies transformed in weapons are not linked with any religious meaning according to which the liberation from the polluted body prison or from the religious community facing the undervaluation or disrespect of the other could drive towards a self-killing and the mass killing of innocent civilians. The fundamentalist who destroyed the Twin Towers have very unholy goals, as any other political actor struggling in the political arena, masked and hide behind the religious rhetoric. They are nihilistic subjects considering the ends they pursue but fundamentalist radicals considering the media they use to fulfil such ends. Key words: modernity, unholy war, clash of civilizations, fundamentalism. I Desde el once de septiembre de 2001 ha quedado claro que nos enfrentamos a una nueva forma de lucha que amenaza con disolver las fronteras de aquello que es político en las democracias liberales. La red de terror de Osama bin Laden, y sus diversas ramas en Egipto, Pakistán, Malasia, Indonesia, Filipinas, Argelia, y entre grupos islamistas de Europa occidental, es más ancha, más Papers 84, 2007 67-80 Guerras profanas Seyla Benhabib Yale University Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 67
atrincherada y más sofisticada de lo que se creía. Los ataques desatados por estos grupos (y sus simpatizantes potenciales en los Estados Unidos y en Europa, entre los neonazis y los defensores de la supremacía blanca), especialmente el uso del arma biológica ántrax para contaminar a la población civil por la vía del correo, indican un nuevo fenómeno político y militar que desafía el marco de la política centrada en el estado. Los historiadores siempre nos avisan que aquello que no tiene precedentes, acaba teniendo precursores en algún lugar, y que aquello que hoy parece nuevo, parecerá viejo cuando lo consideremos con el trasfondo de un espacio de tiempo más largo. Sin embargo, «pensar lo que es nuevo» en política es la vocación del intelectual. Ésta es una tarea en la que Susan Sontag, Fred Jameson y Slavoj Zizek nos han fallado al interpretar estos acontecimientos junto con el cansado paradigma de la lucha antiimperialista por parte de los «desheredados de la Tierra»1. Olvidando la dinámica interna y las luchas dentro del mundo islámico y la historia de conflictos regionales en Afganistán, Pakistán, India y Cachemira, estos análisis nos aseguran que podemos continuar entendiendo el mundo con nuestras categorías usuales, y que cuando culpamos a las políticas y a las acciones de los gobiernos occidentales nos podemos purgar de la enemistad y el odio que se dirige hacia nosotros como miembros de estas sociedades occidentales. Estos análisis no nos ayudan a entender la naturaleza sin precedentes de los acontecimientos que han tenido lugar desde el 11 de septiembre de 2001, ni a apreciar las dinámicas internas del mundo árabe musulmán que los provocaron. La línea entre objetivos militares y civiles, entre ejército y poblaciones civiles, ya se había borrado con los bombardeos aéreos de la Segunda Guerra Mundial. Esto no es lo nuevo desde el 11 de septiembre. Enfrentadas a la movilización total de la sociedad, que empezó con el fascismo y el nacionalsocialismo, fueron las democracias del mundo, y no un grupo terrorista marginal escondido en las montañas de Afganistán, las que primero traspasaron aquella línea e iniciaron la «guerra total». La población civil en general pasó a ser rehén del enemigo, igual que durante los bombardeos sobre Londres por parte de los nazis, y los de Dresde, Hiroshima y Nagasaki por parte de los aliados, más tarde. En la década de los cincuenta, la guerra de Argelia marcó una nueva variación en el proceso de borrado de la línea entre el frente y el hogar, el soldado y el civil. La Resistencia argelina contra los franceses pretendía destruir la normalidad de la vida cotidiana de los civiles de la población ocupante. Con las explosiones en los cafés, mercados y estaciones, la Resistencia no tan sólo recordaba a los residentes franceses de Argelia que eran el enemigo, sino también que no podría haber «vida normal» bajo las condiciones de la ocupación colonial. Desde entonces, este tipo de terror —que lucha contra las armas milita68 Papers 84, 2007 Seyla Benhabib 1. Ver Susan SONTAG, The New Yorker, 24 de septiembre de 2001; Fred JAMESON, The London Review of Books, 23, núm. 19, 4 de octubre de 2001, y Slavoj ZIZEK, «The Desert of the Real: Is this the End of Fantasy?», In These Times, 20 de octubre de 2001. Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 68
res y técnicas superiores de un enemigo más poderoso, haciendo de cada autobús o estación de tren, de cada esquina o lugar de reunión, un objetivo potencial— se ha convertido en una de las «armas preferidas de los débiles». La estrategia de este tipo de lucha es hacer la vida tan invivible para los civiles del enemigo que se den por vencidos pese a que disfruten de superioridad militar. La Intifada Palestina, al menos en parte, sigue el modelo argelino: al crear condiciones de continuo miedo, inseguridad y violencia a la tierra de Palestina, pretende destruir el propósito de la población civil israelí de continuar con la vida normal2. En estos últimos años, no obstante, los infiltrados de grupos islamistas, como por ejemplo Hamas y Hizbollah, en las filas de los palestinos, y la práctica extendida de los «terroristas suicidas» están cambiando también la naturaleza de la Intifada. El bombardeo del World Trade Center y el Pentágono es distinto, tanto de la guerra total en la lucha contra el fascismo, como del terrorismo contra el ocupante iniciado por los argelinos. Estos nuevos ataques, perpetrados contra una población civil en su propia tierra y contra un país que no se encontraba en hostilidad declarada con los atacantes, no sólo desafían a todas las categorías de la ley internacional, sino que también reducen la política a símbolos apocalípticos. Hasta que Osama bin Laden no emitió su conciso vídeo que celebraba el once de septiembre, su gesta no tenía nombre político: ¿En nombre de quién o para quién actúa este grupo? ¿Qué exigencias políticas plantea? Las breves referencias a las tropas americanas estacionadas en Arabia Saudí, a las sanciones de los Estados Unidos en Irak y al apoyo de los Estados Unidos a Israel estaban rodeadas del lenguaje de la jihad (‘guerra santa’) y ofuscadas por alusiones a la gloria perdida del islam en el siglo XIII con la pérdida de al-Andalus (España), que pasó a manos de los cristianos. Aunque es concebible que el terror palestino pueda acabar cuando Israel se retire de la ocupada Franja de Gaza, libere los prisioneros de guerra palestinos, encuentre un asentamiento para los refugiados y resuelva, de alguna manera, la cuestión de Jerusalén, no está claro que pueda acabar con la jihad de la red de Osama bin Laden en los Estados Unidos y sus aliados. La suya es una guerra de revancha «santa», una guerra destinada a humillar el poderoso «Satán» en Nueva York y en Washington, volviendo las armas de la tecnología más desarrollada en contra de la sociedad que las ha creado. El resultado es una combinación sublime de hechicería y atavismo moral y político, denominado por algunos «jihad online». Pero esta política impía ameGuerras profanas Papers 84, 2007 69 2. La analogía no es del todo exacta, porque los colonizadores franceses abandonaron finalmente de Argelia. Pese a todas las teorías contrarias, la población judía de Palestina no es colonizadora en el sentido tradicional del término. No está allí para explotar a la población indígena o a sus recursos, sino para establecer una «patria judía» —por más que esta visión sea problemática y trágica. La negativa de la mayor parte del mundo árabe a comprender como es de único el sueño que motivó a la iniciativa judía, lo facilita la comparación de Israel con el modelo del opresor occidental mientras se presentan a sí mismos como colonizados y oprimidos. Israel no se estableció por ser una fuerza colonizadora; ello ha ido aconteciendo desde la ocupación de la Franja de Gaza y desde su dependencia creciente de la mano de obra palestina para gestionar su economía en expansión. Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 69
naza con deshacer las distinciones morales y políticas que tendrán que gobernar nuestras vidas, distinciones entre enemigo, amigo y espectador; culpa, complicidad y responsabilidad; conflicto, combate y guerra. Tenemos que vivir de acuerdo con ellas, pese a que otros no lo hagan. Uno de los argumentos escuchados más frecuentemente después del once de septiembre era que, aunque los ataques terroristas del World Trade Center y de Washington equivalían a una guerra respecto a los daños sobre los civiles y contra la propiedad, a la intencionalidad y precisión con que fueron ejecutados, y al cinismo con que violaron las normas morales, legales e internacionales, el Congreso de los Estados Unidos no podía, de hecho, declarar la «guerra», no porque el enemigo aún fuera desconocido, sino porque un estado sólo puede declarar la guerra a otro estado. La idea de que un estado nacional democrático declarara la guerra contra una red global, más o menos organizada, de simpatizantes de una causa religiosa y de civilización, forzó todas las categorías de la ley internacional con la que el mundo había vivido desde 1945, y donde los estados nacionales eran reconocidos como actores principales. Es por esta razón que la actual acción militar en Afganistán no ha ido precedida de una declaración de guerra; al contrario, el Congreso ha autorizado al presidente a hacer todo aquello que sea necesario para luchar contra la red de terror global y llevar ante la justicia a los perpetradores, pero no ha declarado la guerra ni contra los talibanes (a quien la mayoría de los países no reconoce como régimen legítimo) ni contra el pueblo afgano. Es como si el territorio, el terreno de Afganistán, fuera nuestro enemigo, en la medida que este terreno ofrece refugio y una base de operaciones a uno de los más grandes fugitivos de nuestro tiempos, Osama bin Laden. Irónicamente, el pueblo de Afganistán ha caído él mismo «cautivo» o «prisionero» de alguien que opera en su territorio a quien los talibanes han dado refugio. Afganistán es un estado nacional en decadencia o fracasado, y esta misma situación de decadencia nos permite comprender aún más intensamente los principios de soberanía nacional que han gobernado las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial. Recordamos aquí la definición modernista clásica que Max Weber hace del estado como «el monopolio legítimo del uso de la violencia dentro de un territorio reconocido y limitado»3. La estatalidad moderna se basa en la combinación de los principios de territorialidad de monopolio administrativo y militar, incluyendo el uso de la violencia y la legitimidad para hacerlo. Cuando los estados están en decadencia, se disuelven o se escinden, estos tres principios se desmenuzan. Su territorio se puede convertir en terreno para la puesta en escena de operaciones no solamente de guerra de guerrillas, sino también de contra70 Papers 84, 2007 Seyla Benhabib 3. «Sin embargo, la monopolización de la violencia legítima por parte de la asociación político-territorial y sus consociaciones racionales en un orden institucional no son nada primordiales, sino un producto de la evolución» (Max Weber, Economy and Society, vol. 2., Guenther Roth y Claus Wittich (eds.), Berkeley, University of California Press, 1978, p. 904-905). Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 70
bando de drogas, producción de armas, contrabando en general y otras actividades ilegales; la competencia administrativa y militar está comprendida por unidades en el ámbito subestatal, como por ejemplo señores de la guerra, comandos, jefes de clan o líderes religiosos; y la legitimidad pierde su calidad representativa en la medida que ya no hay un pueblo unificado a la voluntad del cual se refiere o se somete —la legitimidad emana bien del cañón de un arma o bien de otras visiones ideológicas del mundo, supranacionales y subnacionales, ya sean basadas en la raza, la religión o la civilización. Los decadentes y débiles estados nacionales del mundo contemporáneo tienen similitudes y diferencias con los regímenes totalitarios de mediados del siglo XX. Esta ruptura del imperio de la ley, la destrucción de las instituciones democráticas y representativas, la presencia generalizada de la violencia y la universalización del miedo son características de ambas formas de estado. Aunque a veces movilizaban «al movimiento» contra la burocracia estatal, los regímenes totalitarios de mediados del siglo XX, en general, fortalecieron y reconstruyeron el estado subordinándolo a sus ideologías. Pero los estados postmodernos casi feudales del presente, como por ejemplo Afganistán, Chechenia, Bosnia y Ruanda, surgen como resultado, no del fortalecimiento, sino de la destrucción de la unidad territorial y administrativa del estado en aras de las subunidades, las cuales están, por lo tanto, interconectadas a nivel global. Como nos demuestra Hannah Arendt, los movimientos totalitarios también tenían ambiciones globalizadoras en la medida que pregonaban ideologías supranacionales, como por ejemplo el pangermanismo y el paneslavismo4. Aun así, las ideologías globales de los movimientos actuales del terror tienen un alcance a su vez más pequeño y más grande: en lugar de la ideología de unidad lingüística o cultural entre las naciones eslavas o germánicas, por ejemplo, nos encontramos hoy con ideologías destinadas a tribus, etnias o a una visión de una comunidad de creyentes que las trasciende —es decir, la Umma islámica de los creyentes. La nueva unidad de totalitarismo es la célula terrorista, no el partido o el movimiento: El objetivo de esta nueva forma de guerra no es sólo la destrucción del enemigo, sino también la extinción de una forma de vida. La aparición de agentes no estatales capaces de ocasionar destrucción a unos niveles que hasta ahora sólo eran competencia de los estados, y la aparición de una visión ideológica supranacional con un indefinible contenido moral y político, que difícilmente se puede satisfacer con tácticas políticas y negociaciones ordinarias, son los aspectos sin precedentes de nuestra situación actual. Con esta observación, no quiero dar a entender que atribuyo una racionalidad o una normatividad general al uso de la violencia por parte del estado. El terrorismo de estado también puede ser brutal, injusto y despiadado —¡Recordemos la guerra del estado yugoslavo contra los bosnios y los albanokosovares!—. El punto que quiero subrayar, no obstante, es que, en las Guerras profanas Papers 84, 2007 71 4. Hannah ARENDT, The Origins of Totalitarianism, New York, Harcourt, Brace, Jovanovich, 1979 (1951), p. 3. Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 71
democracias liberales, el monopolio que reclama el estado sobre el uso de medios violentos está siempre, en principio, si no de hecho, sujeto al imperio de la ley y a la legitimación democrática de la ciudadanía. Estas limitaciones internas, con respecto al uso legítimo de la violencia se trasladan al ámbito internacional, donde los estados soberanos se comprometen a limitar su uso mediante pactos y asociaciones, firmando tratados, etc. El fin del mundo bipolar de la Guerra Fría comportó no tan sólo pluralidad, sino también una sociedad global en la que no ha aparecido ningún actor estatal con medios para ejercer violencia que no esté sujeto a las limitaciones usuales de las leyes y los tratados internacionales. Todos los tratados que hasta ahora han regido la no-utilización y la no-proliferación de armas biológicas, químicas y nucleares se han mostrado irrelevantes: aquéllos que las desplegarán, nunca han firmado los tratados. Es más, al no haber sido reconocidos como entidades políticas legítimas, estos grupos no son responsables ni tienen que dar cuentas ante las poblaciones en medio de las cuales actúan, y que los esconden. Suponemos que Osama bin Laden y su grupo tienen misiles Scud con ojivas nucleares, que pueden haber conseguido de Iraq, de la mafia rusa o de otros contrabandistas. ¿Qué les impediría disparar estos misiles contra los centros de población en Afganistán, Pakistán, India o Israel si esto tuviera alguna utilidad? Como no son responsables ante nadie, los daños colaterales que pueden causar incluso a sus aliados y simpatizantes no les importan en absoluto. Mientras grupos terroristas, como por ejemplo el vasco ETA y el IRA, aún han de guiarse por algún tipo de proporción en el daño que infligen y en la violencia en la que están inmersos con objeto de no perder solidaridad por su causa ante la opinión pública mundial, estas nuevas redes del terror no están motivadas por previsibles objetivos políticos similares a la independencia de la tierra vasca de España y Francia, la eliminación de la población lealista irlandesa y la unificación con la católica Irlanda, y de otras por el estilo. Estos grupos tampoco luchan por los corazones y las mentes de occidente, buscando la conversión de la población al islam y a la forma de vivir islámica. Cuando era practicada por los ejércitos islámicos durante los siglos posteriores a la muerte de Mahoma (623 aC), la jihad —que significa también la lucha del alma consigo misma por llevar una vida virtuosa tal y como lo manda el Corán—5 estaba dirigida a la conquista de la tierra de los «infieles» para forzar su conversión al islam. La gente de todas las razas, colores, etnias y lenguas se podía convertir al islam y convertirse en «buenos musulmanes». Es esta opción a la conversión que ha hecho del islam la mayor religión abrahámica del mundo; irónicamente, es la ausencia misma de esta misión de conversión lo que sorprende de la nueva jihad. La nueva jihad no es tan sólo apocalíptica, es nihilista. La afirmación de un portavoz talibán de que su gente aprecia la muerte tanto como los americanos 72 Papers 84, 2007 Seyla Benhabib 5. Roxanne EUBEN, «Killing (for)Politics: Jihad, Martyrdom, and Political Action», conferencia dada en el Political Theory Colloquium, Yale University, 16 de octubre de 2001. En el Political Theory de febrero de 2002. Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 72
la vida, es una expresión de sensacional nihilismo. Es singular la erotización de la muerte, como lo evidencian, por un lado, los frecuentemente escuchados vulgarismos sobre las huris, las vírgenes de ojos negros que recibirán a los guerreros en el más allá y, por otro y más importante, la destrucción del propio cuerpo en un acto de suprema violencia que lo desmiembra y desmenuza. Los seres humanos han muerto a lo largo de siglos por causas en las que creían, por salvar a sus seres queridos, y cosas por el estilo. Pero la aparición de los «terroristas suicidas» entre los grupos islamistas a escala masiva es sorprendente. Como han señalado muchos eruditos coránicos, no hay justificación teológica para este hecho: una cosa es morir en la guerra y otra hacer de la destrucción del propio cuerpo, junto con los de otros, el arma suprema. Con objeto de abochornar a estas oleadas de terrorismo suicida, las autoridades israelíes recurrieron a una práctica atávica: hicieron saber públicamente que enterrarían a los restos de terroristas suicidas en mortajas de piel de cerdo (un animal que es considerado haram —‘tabú’—, tanto por los judíos como por los musulmanes), para evitar que subiesen al cielo según la fe islámica. Es difícil saber, desde luego, si hombres de la sofisticación y la mundanidad de Muhammad Atta y otros, que han vivido en las capitales de Europa y Occidente y han ido a sus universidades, y también a los bares, cines y burdeles, creen en el más allá. Personalmente lo dudo. No tan sólo queda claro que la versión muy estricta del islam —wahhabisme— que Osama bin Laden sigue no es seguida por todo el mundo, ni siquiera dentro de su grupo, sino también que la Hermandad Egipcia (Brotherhood), que era la organización que dio lugar a muchas filosofías islamistas de los años cincuenta, tenía su propia versión de las cosas, como también los miembros de la red de terror argelino. Estas redes de jóvenes militantes que trotan por el mundo, de Bosnia a Afganistán, de París a Indonesia, para volver a Bagdad, Hamburgo o Nueva York , son como mercenarios islámicos, a la búsqueda, no de las riquezas, sino de un encuentro difícil y decisivo con la muerte. En este sentido, de entre todas las religiones del mundo, se asemejan más a sectas milenaristas que a los ejércitos de los Umayyad, el Abassids o los Otomanos. Aunque utilizan gobiernos musulmanes amigos y su hospitalidad para conseguir sus propósitos, estos grupos representan una clara amenaza para cualquier forma de autoridad establecida, lo cual puede haber sido una razón por la que los saudíes denegaron la ciudadanía a Osama bin Laden y lo convirtieron en un fugitivo internacional. Igual que en el siglo pasado, enfrentadas a una nueva forma de totalitarismo, las democracias se enfrentan a retos únicos. La presencia de un enemigo, que no es ni un adversario militar ni un agente que represente a un estado conocido, crea confusión sobre si la policía, las otras agencias policiales o el ejército tendrían que ponerse al frente de la investigación y la lucha; las líneas entre actos criminales y actos de guerra se desdibujan. El concepto de un «enemigo interno», que está siendo ahora promovido contra «grupos sospechosos», con vigilancia, intervención de teléfonos y controles de inmigración más estrictos, no es un concepto con el que las democracias puedan vivir. La categoría del terrorista como «enemigo interno» que vive entre nosotros, aunque no es uno Guerras profanas Papers 84, 2007 73 Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 73
de los nuestros, daña la comunidad democrática cuando muestra que el imperio de la ley no es inclusivo y que la violencia está al quite en los extremos de la normalidad cotidiana. Nuestra opinión sobre los extranjeros, los refugiados y los asilados se ve marcada por la imagen de los otros como enemigos potenciales; «el otro» deviene el delincuente. Es posible que nos encontremos en un punto de la historia en que el sistema centrado en el estado esté decayendo: el terrorismo global y la formación de una economía global y la sociedad civil son parte del mismo vórtice. Sin embargo, nuestras leyes e instituciones, prácticas y alianzas, están gobernadas por términos centrados en el estado que presuponen la unidad de territorialidad, el monopolio del uso de medios de violencia y la consecución de legitimación a través de instituciones representativas. Naturalmente, es del todo irónico que el presidente Bush, que defendía una nueva versión de unilateralismo y el aislacionismo americano y que censuraba la «construcción de naciones», dé ahora apoyo a las acciones multilaterales con aliados como Pakistán, Arabia Saudí y Siria, la legitimación democrática de las cuales es altamente cuestionable, y también reconstruyendo un gobierno posttalibán en Afganistán. ¿Podemos encontrar respuestas a este nuevo reto que rompa los círculos viciosos de violencia, incomprensión y represión en casa y de guerra en el exterior? Aunque los ataques se han dirigido hasta ahora contra los EEUU, y aunque los EEUU están justificados por la ley internacional cuando invocan el derecho a la autodefensa para justificar la guerra actual6, los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN han recurrido a la cláusula de seguridad colectiva y al artículo 5 de la OTAN, el cual garantiza la seguridad de cada miembro de la Alianza. Yo apoyo esta línea de acción, y apoyaría también a un llamamiento del presidente de las Naciones Unidas, Kofi Annan, para declarar el terrorismo un «crimen contra la humanidad» y juzgar a los terroristas, cuando sean capturados, ante un tribunal internacional. Aún más, la Asamblea General de las Naciones Unidas tendría que condenar el régimen talibán por cometer crímenes contra la humanidad, no solamente por dar refugio a Osama bin Laden y a sus hombres, sino por la manera como han pisado los derechos humanos de sus propias mujeres. No hay ninguna razón para que los derechos humanos de las mujeres a trabajar, a recibir una educación, a andar por la calle, a vestirse como les plazca, etc., tengan que ser considerados menos sagrados y menos necesarios que la defensa de los derechos de las minorías étnicas. En respuesta a los acontecimientos del once de septiembre y a futuras amenazas, se habrían de invocar a las respuestas multilaterales que disfrutan de legitimidad transcultural y reflejan algunas de las nuevas formas de derecho internacional —como, por ejemplo, crímenes contra la humanidad o genocidio, definidos por el Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional. Desgraciadamente, las acciones actuales de la Administración Bush tienden a ir en sentido contrario: 74 Papers 84, 2007 Seyla Benhabib 6. Para una aclaración de la situación actual desde el punto de vista del derecho internacional, ver Richard FALK, «A Just Response», The Nation, 8 de octubre de 2001. Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 74
los soldados talibanes y de Al Qaeda han sido declarados «combatientes no militares» y serán juzgados por tribunales militares, en el espacio extraterritorial de la bahía de Guantánamo, la cual no está sujeta a la protección constitucional de los Estados Unidos. Tal y como hizo con la renuncia a los acuerdos de Kyoto y Salt II, en torno a este tema la Administración Bush predica el internacionalismo pero practica el unilateralismo. Naturalmente —y los ciudadanos de las democracias occidentales no pueden decirlo más claro— es necesaria una revisión radical de la política de los Estados Unidos y la OTAN con respecto al mundo árabe y al centro y sur de Asia. Los Estados Unidos y sus aliados tienen que dejar de apoyar a las dictaduras militares y a los conservadores religiosos de aquellas zonas tan sólo para asegurarse el suministro de petróleo. Se tiene que apoyar a los movimientos democráticos dentro de las reencontradas sociedades civiles de países como, por ejemplo, Egipto, Turquía y Jordania, y también el nuevo Irán. Se tiene que reunir la Asamblea General de las Naciones Unidas para tratar de los derechos de las naciones, las etnicidades y las otras minorías sin estado en esta región, como los kurdos de Turquía, Irak e Irán; los chiitas de Irak, y los bahaís y azerís de Irán. Esfuerzos parecidos al Plan Marshall en la Europa de posguerra o la Fundación Soros en la Europa del Este se tienen que desarrollar y promover para regiones enteras. Pero, aunque se asuman todas estas cosas, creo que empieza a hacerse evidente una aún más desalentadora lucha cultural y enfermedad de la civilización. II Como muchos ya han indicado (incluso la exministra del Pakistán Benazir Bhutto), los acontecimientos del once de septiembre parecían, en un primer momento, ofrecer una confirmación tardía de la famosa tesis de Samuel Huntington sobre el choque de civilizaciones. Huntington escribió: Mi hipótesis es que la fuente fundamental de conflictos en este mundo no será principalmente ideológica o principalmente económica. Las grandes divisiones entre la humanidad y la fuente dominante de conflicto serán culturales. Los estados nacionales serán los actores más poderosos de los asuntos internacionales, pero los principales conflictos de la política global tendrán lugar entre naciones y grupos de diferentes civilizaciones. Las lineas de falla que hay entre las civilizaciones serán las lineas de batalla del futuro7. Procediendo de una comprensión holística de las culturas y las civilizaciones —términos que a veces combinaba y que otras distinguía—, Huntington fue incapaz de diferenciar una «civilización» de otra, con el resultado de que, aparte «de occidente y el resto», no podía especificar cuántas civilizaciones Guerras profanas Papers 84, 2007 75 7. Samuel HUNTINGTON, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order,Nueva York, Simon and Shuster, 1996, p. 2. Papers 84 001-200 5/7/07 18:23 Página 75