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La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco

Balltondre, Mónica

Abstract

Sabuco OLIVA, Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos : la cual mejora la vida y salud humana.

Full text

Athenea Digital - num. 10: 259-262 (otoño 2006) ISSN: 1578-8946 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre Universitat Autònoma de Barcelona [email protected] En este número estamos ante una clásica transexual por intervención historiográfica. En 1587 a nombre de Oliva Sabuco vieron la luz nueve coloquios, bajo un solo libro, con el título de "Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos: la cual mejora la vida y salud humana", con una reimpresión al año siguiente. Siguió siendo Oliva Sabuco de Nantes Barrera en la historia hasta entrado el siglo XX, cuando la publicación de dos documentos dieron al traste con la imagen que se tenía de una joven escritora renacentista. En 1903, José Marco Hidalgo, registrador de la propiedad en Alcaraz, lugar natal de los Sabuco, y eventual historiador, hizo público un testamento y una escritura de poder donde el padre de la escritora reclamaba la autoría de la nueva filosofía. En el testamento1, Miguel Sabuco afirmaba que había puesto a su hija de autora “solo por darle el nombre e la onrra” (Marco, 1903, p. 8), sin decirnos por qué se arrepintió, en el último momento, de ese previo acto de generosidad paterno filial que supuestamente había tenido. Y aunque están los prólogos y la petición de amparo y favor real para imprimir la obra bajo la rúbrica de una mujer, y el subsiguiente privilegio real concedido también a su nombre, la historiografía posterior no ha dudado en transformar a Oliva en Miguel2. Pocos datos tenemos, por el momento, de la familia Sabuco, por ejemplo, acerca de la formación intelectual de ambos, pero no parece descabellado mantener la duda de la autoría, pues se pueden dar argumentos para sostener ambas posibilidades, e incluso pensar en una labor a cuatro manos. Evitando caer en la tentación de sobreinterpretar los escasos datos biográficos disponibles, sí que me atrevo, quizá imprudentemente, a esgrimir un argumento de tipo textual en favor de la hija. En el primer coloquio me parece haber encontrado muchas más referencias al sexo femenino de las que cabría esperar en un texto de la época. Si la comparamos con otras obras coetáneas, e incluso con libros dirigidos a mujeres, como: Los coloquios matrimoniales de Pedro Luján (1550), donde las interlocutoras son mujeres, hablando de temas de mujeres, creemos notar en el primer coloquio de la obra de Sabuco una consideración atenta hacia la mujer, que no pasa por un aprecio superior a la condición femenina, sino por un especial cuidado por considerarla. Si bien frases del tipo: “este afecto obra más en las mujeres” (Sabuco, 1588, fol. 11), “éste obra mucho en las mujeres, y más en las preñadas” (Sabuco, 1588, fols. 14; 22) podían ser más o menos típicas en los escritos de avisos para la salud, el hecho que, hablando del hombre en genérico, tome en cuenta a la mujer, parece bastante atípico por aquel entonces: “así el hombre y la mujer, con todo el saber” (Sabuco, 1588, fol. 16), “que 1 El testamento puede leerse en red: www.sabuco.org. 2 A excepción reciente de varias historiadoras y filólogas que, desde diferentes frentes, están intentando devolver la autoría a la hija. 259 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre de cien hombres o cien mujeres, mueren los ochenta de enojo y pesar” (Sabuco, 1588, fol. 15), “para no darle crédito al hombre o mujer que la tuviere”(Sabuco, 1588, fol. 23), “y todo el mundo sabe que muchos y muchas murieron de amores, y otros y otras muchas se mataron” (Sabuco, 1588, fol. 26). Estas muestras sólo las encontramos en el primer coloquio3: Coloquio del conocimiento de sí, del que editamos aquí una parte. El primer coloquio trae avisos para ambos sexos y su propuesta médica va dirigida a toda la humanidad, y no es que quiera trasmitir conocimiento ni comprensión de la condición femenina en especial. Por eso mismo, es insólito que aluda al género femenino con tanta frecuencia y específicamente. Puede que este argumento no sea muy sólido, pero en todo caso, nos resistimos a dar por zanjada la cuestión de la autoría y preferimos mantener a la hija, porque al fin y al cabo, es a ella a quien se le concedió el privilegio real de publicación en su momento. Antes de dar paso a su voz, demos algunas claves interpretativas para poder gozar mejor de sus palabras. Sabuco en su obra intenta dar respuesta a las muertes violentas, aquellas que llegan antes del curso natural de la vida de una/o. En esa hora histórica, era habitual que la filosofía se inmiscuyera en la medicina y viceversa. Así que no nos debemos dejar engañar por el título de la obra, porque lo que nos propone Oliva Sabuco en ella es fundamentalmente una renovación del saber médico de la época, dominado por el galenismo. El primer coloquio viene a ser una primera enunciación de sus ideas filosófico-médicas (y por ello lo he escogido como muestra), que después sustentará fisiológicamente en el Coloquio de la Vera Medicina, presentando una fisiología de preeminencia cerebral, basada en la imagen del hombre como árbol del revés, cuya raíz y principio de funcionamiento y mantenimiento es el cerebro. Oliva Sabuco hilvanará su primer coloquio de la mano del manido precepto helénico latinizado nosce te ipsum. Conocerse a una/o misma/o supone, ante todo, conocer la naturaleza del alma, con un doble fin que se identifica en nuestra autora, estar sana/o y ser feliz. Para ella, conocerse es conocer los males anímicos que nos acechan y Antonio, alter ego libresco de Sabuco, defenderá la importancia que los afectos tienen para la salud. La tesis central de la autora es que las pasiones nos pueden matar o dejarnos mal humor de enfermedad en el cuerpo. Según ella, inspirada en buena medida en el Timeo de Platón, las pasiones desmesuradas desbaratan la armonía entre el cuerpo y el alma, armonía principal para la salud, que se da en el cerebro4. Su argumento es que el alma, cuando recibe impresiones aborrecibles, las quiere expulsar, y con ello provoca una caída de cierto flujo cerebral, que según su cantidad, calidad (depende de cómo se vicie) y/o lugar a donde vaya a parar, supondrá un tipo de enfermedad u otro. Dentro de la antropología cristiana del siglo XVI, la composición natural del hombre, ordenada por Dios, sigue siendo la de estar formados por dos partes claramente distinguibles, pero a la vez, necesarias e inseparables para ser personas, que son el cuerpo y el alma. Las pasiones formaban parte de la dinámica anímica, externas al cuerpo como realidad asomática, pero dentro de la persona y, por lo tanto, naturales a ella. Dios las había dado al hombre y a los animales como impulsos que ayudaban a la conservación de sus naturalezas. Estaban para espolear al ser a perseguir aquello saludable y a apartarse de lo nocivo. Así, se creía que de nuestra parte de alma sensitiva nos nacían 3 Aunque la coherencia temática y en buena medida formal con los restantes coloquios hace sospesar su participación en ellos también. 4 Incluso la distribución del jugo que alimenta el cuerpo la hace depender nuestra autora de éste órgano, cuando lo habitual dentro de la medicina galénica era que se encargara de ello el hígado. Athenea Digital - num. 10: 259-262 (otoño 2006) 260 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre estas inclinaciones, que son el gozo, el deseo, la esperanza, el amor, la alegría, el dolor, el miedo, la vergüenza o la ira, por ejemplo. Estos apetitos se entendían como perturbaciones, movimientos inherentes al alma, afectando al cuerpo desde el corazón, que perseguían o eran desencadenados por algo exterior. En tanto que naturales, las pasiones funcionaban de un modo necesario en los animales, pero en el hombre, por tener éste una parte superior, el alma racional, ligada a la voluntad y al libre albedrío, que escapaba a lo dado conforme natura, estos apetitos se le podían convertir en vicios (la lujuria, la gula, etc.). Por ello, fue tópica durante muchos siglos tratar los males que las pasiones nos acarreaban como humanos, pues estos autores creían que las pasiones humanas a menudo se dejaban engañar por la imaginación, la fantasía o por juicios erróneos, y nos arrastraban a perseguir lo que nuestra fantasía creía bueno, y no lo que nuestro entendimiento debía juzgar rectamente. Sabuco, por boca de Antonio, disertará sobre los dos tipos de vida anímica que cree que más nos enferman: los afectos negativos y/o desmesurados, y los vicios de la racional (los pecados). Y su terapia va a residir primero en hacernos ver cómo estos afectos nos afectan. El primer paso para vencer a “estas armas de la muerte” como ella las llama, es ser conscientes de su poder para enfermarnos físicamente, para lo cual desplegará multitud de ejemplos, casos que funcionan como demostración, a la par que aviso moral y fuerza terapéutica, al estilo de Cicerón y Séneca. Y en segundo lugar, debemos aprender a darnos buenas razones para dominarlas. De modo que, el instrumento por excelencia que nos va a ofrecer para la curación de los desórdenes anímicos son las palabras. Palabras que deben llegar a nuestros entendimientos y persuadir/mover nuestra voluntad a desear aquello que es correcto (dentro del dogma cristiano) que siempre será saludable, a sus ojos. A continuación, de la obra de Sabuco, ofrecemos la primera carta al lector y la carta dedicatoria al rey, seguido de algunas partes del primer coloquio. En lo que atañe a la edición de estas partes, se ha intentado respetar la forma y sentido original del texto, buscando los equivalentes actuales para las grafías y la puntuación5. De este modo, se ha acentuado y se han modernizado la grafías según la norma actual: “ss” por “s”, “u” por “v/b”, “x” por “j”, “i” por “y”, etc., sin modificar los consonantismos propios de la época: “preceto”, “invidia” o “celebro”, por ejemplo, y manteniendo también las contracciones genuinas: dél, dellas, destas, etc. La puntuación responde casi por entero a nuestra mano. Referencias Luján, Pedro (1550). Los coloquios matrimoniales. Edición a cargo de Asunción Rallo. Madrid: Real Academia Española, 1990. Marco Hidalgo, José (1903). Doña Oliva de Sabuco no fue escritora. Revista de archivos, bibliotecas y museos. Año VII. Tomo 9, 3ª época. 1, 1-13. 5 La falta de una buena edición actual hace que esta tarea haya que tenido que correr a mi cargo, pero no hubiera sido posible sin la colaboración de Kitina Maestres y el asesoramiento lingüístico de Xavier Tubau, con los cuales quedo en deuda. Athenea Digital - num. 10: 259-262 (otoño 2006) 261 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre Sabuco de Nantes y Barrera, Oliva (1587). Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcançada de los grandes filosofos antiguos: la qual mejora la vida y salud humana. En Madrid, por P. Madrigal. Sabuco de Nantes y Barrera, Oliva (1588): Nueva filosofía de la naturaleza del hôbre, no conocida ni alcançada de los grandes filosofos antiguos: la qual mejora la vida y salud humana. En Madrid, por P. Madrigal. Formato de citación Balltondre, Mònica. (2006). La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco. Athenea Digital, 10, 259-262. Disponible en http://antalya.uab.es/athenea/num10/sabuco.pdf. Este texto está protegido por una licencia Creative Commons. Usted es libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra bajo las siguientes condiciones: Reconocimiento: Debe reconocer y citar al autor original. No comercial. No puede utilizar esta obra para fines comerciales. Sin obras derivadas. No se puede alterar, transformar, o generar una obra derivada a partir de esta obra. Resumen de licencia Texto completo de la licencia Athenea Digital - num. 10: 259-262 (otoño 2006) 262 Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) ISSN: 1578-8946 Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos: la cual mejora la vida y salud humana Oliva Sabuco de Nantes Al lector. Cosa injusta es y contra razón (prudente lector) juzgar de una obra sin verla ni entenderla. Equidad y justicia hacía aquel filósofo, que cuando oía alguna diferencia atapábala una oreja y la guardaba para oír la otra parte. Pues esta es la merced que aquí te pido, que no juzgues deste libro hasta que hayas visto y entendido su justicia, pasándolo y percibiéndolo todo. Entonces pido tu parecer y no antes. Y suplico a los sabios médicos, esperen con prudencia al tiempo, experiencia y suceso que declaran a vistas de ojos la verdad. Bien conozco que por haberse dejado los antiguos intacta y olvidada esta filosofía, y por haberse quedado la verdad tan atrás mano, parece ahora novedad o desatino, siendo como es la verdadera, mejor y de más fruto para el hombre. Pero si consideras lo poco que el entendimiento humano sabe, en comparación de lo mucho que ignora, y que el tiempo, inventor de las cosas, va descubriendo cada día más en todas las artes y en todo género de saber, no darás lugar (benigno lector) a que la injusta invidia, emulación o interese prive al mundo de poderse mejorar en el saber que más importa y más utilidad y fruto puede dar al hombre. Vale. Carta dedicatoria, al Rey nuestro señor. Una humilde sierva y vasalla, hincadas las rodillas en ausencia pues no puede en presencia, osa hablar. Diome esta osadía y atrevimiento aquella ley antigua de alta caballería, a la cual los grandes señores y caballeros de alta prosapia, de su libre y espontánea voluntad se quisieron atar y obligar, que fue favorecer siempre a las mujeres en sus aventuras. Diome también atrevimiento aquella ley natural de la generosa magnanimidad que siempre favorece a los flacos y humildes, como destruye a los soberbios. La magnanimidad natural y no aprendida del león (rey y señor de los animales) usa de clemencia con los niños y con las flacas mujeres, especial si postrada por tierra tiene osadía y esfuerzo para hablar, como tuvo aquella cautiva de Getulia huyendo del cautiverio por una montaña, donde había muchos leones, los cuales todos usaron con ella de clemencia y favor, por ser mujer y por aquellas palabras que osó decir con gran humildad. Pues así yo con este atrevimiento y osadía, oso ofrecer y dedicar este mi libro a. V.C.M. y pedir el favor del gran león, rey y señor de los hombres, y pedir amparo y sombra de las Aquilinas a las de V.C.M. debajo de las cuales pongo este mi hijo que yo he engendrado. Y reciba V.M. este servicio de una mujer, que pienso es mayor en calidad que cuantos han hecho los hombres, vasallos o señores, que han deseado servir a V.M. Y aunque la cesárea y católica Majestad tenga dedicados muchos libros de hombres, a lo menos de mujeres pocos y raros, y ninguno desta materia. Tan extraño y nuevo es el libro, cuanto es el autor. Trata del 259 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre conocimiento de sí mismo, y da dotrina para conocerse y entenderse el hombre a sí mismo y a su naturaleza. Y para saber las causas naturales por que vive y por que muere o enferma. Tiene muchos y grandes avisos para librarse de la muerte violenta. Mejora el mundo en muchas cosas. A las cuales si V.M. no puede dar orden, ocupado en otros negocios, por ventura los venideros lo harán, de todo lo cual se siguen grandes bienes. Este libro faltaba en el mundo, así como otros muchos sobran. Todo este libro faltó a Galeno, a Platón y a Hipócrates en sus tratados De natura humana; y a Aristóteles cuando trató De anima y De vita et morte. Faltó también a los naturales como Plinio, Eliano y los demás cuando trataron De homine. Ésta era la filosofía necesaria y la mejor y de más fruto para el hombre, y ésta toda dejaron intacta los grandes filósofos antiguos. Ésta compete especialmente a los reyes y grandes señores, porque en su salud, voluntad y conceptos, afectos y mudanzas, va más que en las de todos. Ésta compete a los reyes, porque conociendo y entendiendo la naturaleza y propiedades de los hombres, sabrá mejor regirlos y gobernar su mundo, así como el buen pastor rige y gobierna mejor su ganado cuando le conoce su naturaleza y propiedades. Deste coloquio del conocimiento de sí mismo y naturaleza del hombre, resultó el diálogo de la Vera medicina que allí se vio nacida, no acordándome yo de medicina porque nunca la estudié, pero resulta muy clara y evidentemente, como resulta la luz del sol, estar errada la medicina antigua que se lee y estudia en sus fundamentos principales, por no haber entendido ni alcanzado los filósofos antiguos y médicos su naturaleza propia, donde se funda y tiene su origen la Medicina. De lo cual, no solamente los sabios y cristianos médicos pueden ser jueces, pero aún también los de alto juicio de otras facultades y cualquier hombre hábil y de buen juicio, leyendo y pasando todo el libro. De lo cual, no solamente sacará grandes bienes en conocerse a sí mismo y entender su naturaleza, afectos y mudanzas, y saber por qué vive o por qué muere o enferma, y otros grandes avisos para evitar la muerte violenta, y cómo podrá vivir felice en este mundo, pero aun también entenderá la medicina clara, cierta y verdadera, y no andará a ciegas con ojos y pies ajenos ni será curado del médico como el jumento del albéitar, que ni ve ni oye ni entiende lo que le curan, ni sabe por qué ni para qué. Pero especialmente los médicos de buen juicio, cristianos, libres de interese y magnánimos, que estimen más el bien público que el suyo particular, luego verán de lejos relucir las verdades desta filosofía, como relucen en las tinieblas los animalejos lucientes en la tierra y las estrellas en el cielo. Y el que no la entendiere ni comprendiera déjela para los otros y para los venideros, o crea a la experiencia, y no a ella, pues mi petición es justa, que se pruebe esta mi secta un año, pues han probado la medicina de Hipócrates y Galeno dos mil años y en ella han hallado tan poco efeto y fines tan inciertos, como se ve claro cada día y se vido en el gran catarro, tabardete, viruelas y en pestes pasadas, y otras muchas enfermedades, donde no tiene efeto alguno, pues de mil no viven tres todo el curso de la vida hasta la muerte natural, y todos los demás mueren muerte violenta de enfermedad sin aprovechar nada su medicina antigua. Y si alguno por haber yo dado avisos de algunos puntos desta materia en tiempo pasado, ha escrito o escribe, usurpando estas verdades de mi invención, suplico a V.C.M. mande las deje, porque no mueva a risa como la corneja vestida de plumas ajenas. Y no se contente V.M. con oírlo una vez, sino dos y tres, que cierto él dará contento y alegría y gran premio y fruto. Tuve por bien de no enfadar con la ostentación de muchas alegaciones ni refutaciones, porque estas impiden el entendimiento y estorban el gusto por la materia que se va hablando. Cuan extraño, más alto, mejor y de más fruto es este libro que otros muchos, tan extrañas, mejores y extraordinarias mercedes espera esta humilde sierva de V. M., cuyas reales manos besa y en todo próspero suceso salud, gracia, y eterna gloria le desea. Catholicae tua Maiestatis Ancilla, Oliva Sabuco de Nantes Barrera Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) 260 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre COLOQUIO DEL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO, EN EL CUAL HABLAN TRES PASTORES FILÓSOFOS EN VIDA SOLITARIA, NOMBRADOS ANTONIO, VERONIO, RODONIO. Título primero. De la plática de los pastores en que mueven la materia y proponen sus preguntas. NTONIO. Qué lugar este tan alegre, apacible y grato para la dulce conversación de las Musas. Asentémonos y aflojemos las venas del cuidado, pues este alegre ruido del agua, el dulce murmurar de los árboles al viento, el suave olor destos rosales y prado nos convidan a filosofar un rato. VERONIO. ¿Quién es aquel que pasa por el camino? RODONIO. Aquel es Macrobio, mi padre, que va a su heredad. ANTONIO. Por cierto, yo juzgara que era algún mancebo, según la disposición que lleva. RODONIO. Pues a fe que ha más de noventa años. VERONIO. Cuán pocos y raros son los hombres que viven todo el curso de la vida y llegan a morir la muerte natural, que se pasa sin dolor y viene por acabarse el húmido radical, y vemos a esotros animales comúnmente que viven el curso de su vida hasta la muerte natural y sin enfermedades, o muy raras. RODONIO. Por cierto es de considerar si desto hubiera alguna lumbre en el mundo, que el hombre supiera las causas naturales por que enferma o muere temprano, muerte violenta, y por qué la natural fuera una gran cosa. Y si desto alcanzáis algo, señor Antonio, muchas veces os he rogado que antes que nos muramos mejoremos este mundo, dejando en él escrita alguna filosofía que aproveche a los mortales, pues hemos vivido en él y nos ha dado hospedaje, y no nacimos para nosotros solos, sino para nuestro Rey y señor, para los amigos, y patria, y para todo el mundo. VERONIO. Si vos pedís esto, señor Rodonio, yo pido otra cosa, y es que me declaréis aquel dicho escrito con letras de oro en el templo de Apolo: Nosce te ipsum, conócete a ti mismo, pues los antiguos no dieron dotrina para ello, sino sólo el preceto, y es cosa que tanto monta conocerse el hombre y saber en qué difiere de los brutos animales. Porque yo veo en mí que no me entiendo, ni me conozco a mí mismo, ni a las cosas de mi naturaleza. Y también deseo saber cómo viviré felice en este mundo. ANTONIO. Dijo Galeno: ninguna evidente razón hay que nos muestre por qué viene la muerte. Hipócrates dijo: yo alabaría al médico que yerra poco, porque perfeta y acabada certinidad de la medicina no se alcanza. Y Plinio dijo: no sabe el hombre por qué vive ni por qué muere. También dijo, señor Veronio, el divino Platón, de vuestra pregunta, estas palabras: cosa muy ardua y dificilísima es conocerse el hombre a sí mismo; y dijo que el conocimiento de sí mismo no consiste en otra cosa, sino en conocer el ánima divina y eterna, y no pasó de allí. ¿Y queréis que en cosas tan altas y no alcanzadas de grandes varones os responda y dé satisfacción un pastor? Título II. Que los afectos de la sensitiva obran en algunos animales. VERONIO. ¡Oh santo Dios!, y que seguida y acosada viene aquella perdiz del Azor, y en verdad que se abate a valerse de nosotros, como es cosa natural que todos los animales se acorren al hombre en sus necesidades. ANTONIO. Mas antes, señor Veronio, cayó muerta, veisla aquí. VERONIO. Por mi vida así es, muerta está. Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) 261 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre ANTONIO. ¡Oh cuán eficaces son los afectos y pasiones del espíritu sensitivo para matar! Este caso responde a vuestra pregunta y nos da materia fecunda, y bastante, para este rato de conversación. RODONIO. ¿No es cosa de notar, que venía volando esta perdiz, sana, y fue bastante el temor y congoja a quitarle la vida en un momento? ANTONIO. ¿Desto os espantáis señor Rodonio? pues quiero os contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado longosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca dél, se muere, y pierde del todo la vida. Y que si el congrio ve cerca de sí la longosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que uno dellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la ribera del mar, y lo llamaba por este nombre, Simón, y el delfín luego venía, y el niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas. El delfín se ponía de manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar y lo volvía a tierra. Continuando pues esta conversación y amistad diole una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño (siempre lo veían en aquel lugar), gimiendo en semejanza de lloro hasta tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano de otro delfín, que teniendo la misma conversación con otro mozuelo, lo paseaba cada día por el mar, y una vez, al subir, se descuidó el delfín de bajar las espinas del lomo, de manera que el mozuelo se hincó una espina por la ingle, y andando por el mar se desangró y cayó muerto. De lo cual el delfín tomó tanto pesar, que vino corriendo y se arrojó fuera del agua en tierra, donde se dejó morir. Pareceos, señor Rodonio, que obran estos afectos en los animales por el instinto y memoria sensitiva que tienen. Cuenta también Plinio que en el tiempo que Roma florecía se ayudaban los romanos en la guerra de los elefantes, y llevaban capitanía dellos por sí. Los cuales por su gran instinto, dice el mismo Plinio que entendían el pregón en la lengua romana. Y llegando un día el ejército romano a un gran río que tenía el vado dificultoso, mandaron pasar los elefantes delante, y el elefante capitán, que se nombraba Áyax, no osando pasar, estuvo detenido el ejército romano gran pieza, en tanto que fue menester pregonar que el elefante que primero pasase el río, le harían capitán. Y entonces un elefante que se llamaba Patroclo osó pasar, y pasó el río, y todos los de más elefantes tras él y el ejército romano. Y, llegados a la otra parte del río, luego Antíoco cumplió lo que había hecho pregonar, quitando al Áyax las insignias que llevaba de capitán, a manera de jaeces y ornamentos dorados, y las mandó poner al Patroclo, por lo cual el Áyax nunca más comió bocado, y a tercero día lo hallaron muerto. También cuenta Plinio del perro y del caballo casos notables, que muertos sus amos sin más querer comer bocado murieron. VERONIO. Bien creo que esto pasa en muchos animales y acontece cada día, aunque no se hecha de ver y es cosa notable, pero deseo mucho saber si acontece esto mismo a los hombres. ANTONIO. Jesús, señor, mucho más sin comparación, porque tiene las tres partes del ánima: la sensitiva con los animales, la vegetativa con las plantas, la intelectiva con los Ángeles, para sentir y entender los males y daños que le vienen de parte de los afectos del alma, que son los mayores, y los de la sensitiva y vegetativa. Yo os contaré algunos ejemplos de hombres que murieron por el afecto del enojo y pesar, que es el que hace mayor daño, y después procederemos por los demás afectos. Título III. Del enojo y pesar. Declara que este afecto del alma, enojo y pesar, es el principal enemigo de la naturaleza humana; y este acarrea las muertes y enfermedades a los hombres. RODONIO. Pues estamos en esta materia, declárame primero de raíz por qué le acontece esto más al hombre de morir por estos afectos y pasiones del alma. Y también por qué tiene tantas diferencias de enfermedades que esotros animales no tienen, para que vengamos al conocimiento de las causas por que muere el hombre o enferma. Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) 262 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre ANTONIO. Como el hombre tiene el ánima racional (que los animales no tienen) della resultan las potencias: reminiscencia, memoria, entendimiento, razón y voluntad, situadas en la cabeza, miembro divino, que llamó Platón silla y morada del ánima racional. Y por el entendimiento entiende y siente los males y daños presentes, y por la memoria se acuerda de los daños y males pasados, y por la razón y prudencia teme y espera los daños y males futuros. Y por la voluntad aborrece estos tres géneros de males: presentes, pasados y futuros. Y ama y desea; teme y aborrece; tiene esperanza y desesperanza; gozo y placer; enojo y pesar; temor, cuidado y congoja. De manera que sólo el hombre tiene dolor entendido, espiritual de lo presente, pesar de lo pasado, temor, congoja y cuidado de lo por venir. Por todo lo cual les vienen tantos géneros de enfermedades y tantas muertes repentinas, cuando el enojo o pesar es grande, que es bastante en un momento a matarlos. Y cuando es menor, los pone gafos y los mata en pocos días o más a la larga (según la fuerza del enojo), y si es menor, que no mata, deja por las mismas causas humor para enfermedad en el cuerpo, y así son causa de las enfermedades. Las causas y el por qué y cómo esto pasa en el hombre, yo lo diré adelante, porque ahora no nos divertamos desta materia de ver cuanto obran los afectos en el hombre, así para muertes presentáneas como para otras muertes de allí a algunos días, y enfermedades. RODONIO. Pues contadme, por vuestra vida, que holgaré mucho de oír estas muertes. ANTONIO. En Roma, estando el gran Pompeyo en unos comicios, acaso le cayeron unas gotas de sangre de un hombre herido en la ropa, y luego mandó a un paje llevarla y traer otra. Llegó el paje a dar la ropa a Julia, su mujer, y antes que dijese a qué venía, así como vido Julia las gotas de sangre en la ropa de su marido, luego se cayó amortecida y mal parió, y murió. RODONIO. Por cierto ella fue muy apresurada, que aun no quiso esperar a oír el mensaje y entendiera que la sangre no era de su marido. ANTONIO. Ahí veréis vos, señor Rodonio, cuanto obra en los mortales el afecto del amor cuando se pierde lo que se ama, pues sola la imaginación falsa y sombra del mal, que fue la sospecha de lo que podía ser, sin estar cierta la mató en un momento. RODONIO. Pasa adelante en estos cuentos, señor Antonio, por hacernos merced, que nos deleitan y alegran en extremo, pues el lugar y el tiempo nos convidan a ello y me parece que montará mucho verlos para que yo (escarmentado en cabeza ajena) me sepa guardar y no me acaezca otro tanto, entendiendo bien la fuerza y operación destos afectos. ANTONIO. En el tiempo del Rey don Alonso onceno, siendo gobernadores del reino dos Infantes, don Pedro y don Juan, tíos del Rey don Pedro, que era niño, habiendo hecho muchas guerras y batallas en la tierra de Granada como esforzados y valientes caballeros, volviéndose para tierra de cristianos venía don Pedro en la vanguardia, y don Juan en la retaguardia cargó gran multitud de moros, que venían haciendo tan grande daño en la retaguardia, que tuvo necesidad de enviar a decir a don Pedro que se detuviese y le viniese a socorrer. Lo cual, queriendo él hacer con grande ánimo y voluntad, halló su gente tan acobardada, que no quería volver contra los moros ni pudo hacerles por ninguna vía volver a socorrer a su tío y amigo. Tomó desto tanto enojo y pesar, que sacó la espada para herirlos y sin poderla menear perdió luego la habla y sentido, y cayó muerto del caballo sin más se menear ni quejarse, no otra señal de vivo. Algunos de los suyos viendo esto, volvieron a dar noticia dello al Infante don Juan, y sabido por él tan doloroso y triste caso, tomó tanto enojo y pesar, que luego perdió el sentido y habla, y se puso gafo y tullido de todos sus miembros, que no pudo menearse y luego a la tarde murió. RODONIO. Por cierto, señor, extraño caso fue en caballeros tan animosos y magnánimos. ANTONIO. Pues sabed que en tiempo del cristianísimo Emperador don Carlos V, en las guerras de Hungría, en el cerco de Buda, era capitán Raisciao Suevo, el cual, como cuenta Paulo Jovio, tenía un Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) 263 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre buenas comidas, y que del comer se engendran los malos humores y vienen las muertes. Y así dijo Arnaldo: mucho más mata la gula que la espada. ANTONIO. Engáñanse mucho. Verdad es que la comida de mala calidad, o de algún veneno, o demasiada, que el calor no la puede abrazar, engendra mal humor vicioso, y desbarata la armonía del estómago, como los afectos desbaratan la armonía principal del celebro, como adelante se declarará. Y mucho más daño causan las cenas porque cae una comida sobre otra, sin dormir, y la orden de naturaleza y buena salud es de cada comida tomar el jugo de tres maneras, y enviar su parte a este rey y príncipe, que se dice miembro principal o raíz, el celebro, o médula de los sesos, y esta parte le envía sus criados del estómago en el sueño principalmente, que es una manera, como se ve en los niños, que tras cada comida duermen. Por esto las grandes cenas son causa de malos humores y enfermedades, también por otra razón que adelante se dirá. Aristóteles siendo preguntado que había visto en Sicilia respondió: vi un monstruo que se hartaba dos veces al día, porque vido a Dionisio, Rey de Sicilia, comer dos veces hasta hartar. Pero es meaja el daño que el comer demasiado hace en los hombres en la armonía segunda del estómago en comparación con del daño que hace el enojo y pesar (porque éste yerma el mundo como dicho es), y otros afectos en la armonía primera y principal del celebro, donde habita y mora el ánima divina, desbaratándola y haciendo discordia entre alma y cuerpo, mediante las especies contrarias y aborrecidas que ahí entran por las cinco puertas de los cinco sentidos. RODONIO. Desta manera, señor Antonio, ¿mejor es tener poco que comer que mucho? pues comúnmente vemos a los pobres vivir más tiempo y más sanos que los ricos. ANTONIO. ¡Y cómo si es mejor!, sin comparación, porque el hombre se escapa deste daño del mucho comer y del otro mayor, que dijimos, enojo y pesar, porque no tiene de donde le vengan grandes pérdidas ni grandes enojos. Pero dejemos esto ahora para adelante, y vengamos a dar las causas de todo lo dicho, que yo lo pondré claro lo más que pudiere. Habéis de saber que, ordinariamente, la mayor parte del humor que en el cuerpo humano se cría, cae del celebro o médula de la cabeza, y a esta caída llaman catarro o reuma, cuando cae de la parte anterior de la cabeza. Y sabed que las demás enfermedades que tienen infinitos nombres, es humor también que cae de la cabeza por la parte posterior, como más largamente se declarará en el diálogo de la vera medicina. Y si la caída, o catarro, o reuma de ambas partes es grande, y de gran causa, y vehemente, una sola caída (catarro o decremento del celebro, que todo es uno) es bastante para matar, como se vido en el gran catarro pasado, del cual tan infinito número de gentes murió, que fue una fina pestilencia. Y estos catarros, caídas o decrementos del jugo del celebro pasan en el hombre de esta manera. Primero cae la ventosidad, secundariamente lo más acuoso y flujible, que es la cólera, y lo tercero lo viscoso, que es la flema, la cual como se ve cada día en una cabeza de carnero, y se puede ver en las de los hombres, después de muerto queda colgando un pedazo de flema, como gargajo de la médula de los sesos. Yo tengo opinión que este humor viscoso (que es la flema y lo postrero que cae) es lo que mata a los hombres, y hace los mayores daños. Pero sea el que fuere, si este humor cae al pecho, da la tos; y si cae al corazón, da epilepsia; y si va al pleuresi, da mal de costado; y si va al bazo da melancolía; y si va al hígado, desbarátale su calor nativo, y viene calentura; y si va a los riñones, da mal de riñones; y si va a los pies, la gota, etc., como más largamente se tratará en el diálogo de la vera medicina. Y aunque los médicos antiguos juzgaron de otra manera (porque no alcanzaron las caídas, catarros y decrementos del jugo del celebro por la parte posterior y nuca, o vicaría del celebro, que es la médula espinal, que nace del celebro), su dicho no forzó a la naturaleza a que fuese aquello que dijeron, antes ella se quedó, y está en lo que fue y es, y su dicho no la mudó, antes sus dichos se mudarán, pero esto quédese para su lugar. Yo tengo muy visto y experimentado que esto pasa así en el hombre, que cuando con esta humidad, jugo, Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) 270 La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco Mònica Balltondre chilo, o substancia, la raíz, que es el celebro y la pía mater, está firme haciendo su oficio oculto (que es tomar y dar) el cual se dirá adelante, entonces es la salud. Cuando cae de allí y se disminuye y descrece el celebro, y cesa su oficio de raíz, que es (como dijimos) tomar y dar, son las enfermedades. Y sabed que este celebro es la raíz principal que vegeta el cuerpo del hombre, que se dijo árbol del revés. Y el aumento desta es la salud, y la disminución son las enfermedades. Tres columnas o empentas tiene este jugo de esta raíz principal, y la pía madre, para estar firme en su lugar y hacer su oficio, donde da la salud, que son éstas: la primera, alegría, contento y placer. La segunda, esperanza de bien. La tercera, buen calor del estómago, y concierto de la armonía segunda del estómago, como arriba dijimos. Y tiene muchos enemigos y contrarios que le hacen caer aquel jugo del celebro y armonía primera, cada uno en su proporción, según su fuerza y eficacia con que mueven y sacuden la pía madre, y estorban su vegetación que brota para arriba hacia el cuero, como más largo se declarará en los diálogos. Pero el mayor que tiene es enojo y pesar, el cual, si es grande, de una sola caída o deflujo sufoca y apaga el calor nativo del corazón y estómago, y en un momento mata, como está dicho, porque derriba en un instante tanta cantidad del jugo del celebro, contrario al estómago por su frialdad, que basta a sufocar el calor del corazón y enfriar el calor del estómago, y en un momento mata, y la causa y como esto se hace es ésta. Título. XXIIII. La manera como hace este daño el ánima en los afectos. Como allí en el celebro está el ánima divina, entendimiento, razón y voluntad, y potencias del alma, llega aquella especie que entra por uno de los cinco sentidos, tan aborrecida y contraria, y que tanto le duele al alma, que luego el entendimiento y voluntad la arrojan y sacuden con movimiento de la pía madre de sí. No queriendo que aquello fuera en el mundo, arrójanla con tal violencia, que arrojan también con ella toda la sustancia, humidad y jugo que tenía la raíz, el celebro, para su alimento, salud y vegetación de sus ramas, y para hacer su oficio la pía mater (el cual se dirá más largamente). Deséchanla y arrójanla como cuando a un animal le dan una cuchillada en el pie y da muchas coces, a menudo arrojando y desechando aquel dolor, y arrojara también el pie, si fuera la materia blanda y pudiera desasirse, como acá puede el jugo y humidad del celebro. Esto hace el ánima con el movimiento de la pía madre, que es la mano del ánima. Al orador que, subiendo a la cátedra a orar (en Roma), se le olvidó totalmente la oración que iba a decir, y el que en la enfermedad olvidó su nombre propio y el de sus esclavos, y el que olvidó las letras, y el que viniendo camino un aire frío que le daba en el colodrillo le hizo perder la memoria, fue que se les cayó y corrió la humidad del celebro, y con ella todas aquellas especies que en ella estaban situadas. Formato de citación Sabuco, Oliva (1587/2006). Nueva filosofía de la naturaleza del hombre. Athenea Digital, 10, 263-275. Disponible en http://antalya.uab.es/athenea/num10/sabuco.pdf. Athenea Digital - num. 10: 263-275 (otoño 2006) 271