¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento?
Abstract
En el text es defèn que tot grup humà utilitza dos mecanismes per sentir-se segur en el món incommensurable en el que viu: vincular-se al grup al qual pertany i construir un discurs de legitimació. Ambdós mecanismes són compatibles i coherents en grups de complexitat socioeconòmica escassa, en què el discurs de legitimació es el Mite, però incompatibles quan s'arriba a la Modernitat. A partir de llavors, el discurs de legitimació, la Història, es construeix sobre la individualitat, cosa que suposa una contradicció amb la necessitat de vincular-se al grup. Aquesta és la causa que la Història hagi negat tant la importància de les activitats de manteniment i també la funció que les dones han desenvolupat fins arribar a la modernitat.
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¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento? Almudena Hernando Dones i activitats de manteniment en temps de canvi Barcelona, 24-26 de novembre de 2005 Treballs d’Arqueologia 11, 2005 115 Resum: En el text es defèn que tot grup humà utilitza dos mecanismes per sentir-se segur en el món incommensurable en el que viu: vincular-se al grup al qual pertany i construir un discurs de legitimació. Ambdós mecanismes són compatibles i coherents en grups de complexitat socioeconòmica escassa, en què el discurs de legitimació es el Mite, però incompatibles quan s'arriba a la Modernitat. A partir de llavors, el discurs de legitimació, la Història, es construeix sobre la individualitat, cosa que suposa una contradicció amb la necessitat de vincular-se al grup. Aquesta és la causa que la Història hagi negat tant la importància de les activitats de manteniment i també la funció que les dones han desenvolupat fins arribar a la modernitat. Resumen: En este texto se defiende que todo grupo humano utiliza dos mecanismos para sentirse seguro en el mundo inconmesurable en el que vive: vincularse al grupo al que pertenece y construir un discurso de legitimación. Estos dos mecanismos son compatibles y coherentes en grupos de escasa complejidad socioeconómica, en que el discurso de legitimación es el Mito, pero incompatibles al llegar la Modernidad. A partir de entonces, el discurso de legitimación, la Historia, se construye sobre la individualidad, lo que supone una contradicción con la necesidad de vincularse al grupo. Esta es la causa de que la Historia haya negado la importancia de las actividades de mantenimiento, y con ello la función que las mujeres han desarrollado hasta llegar a la modernidad. Abstract: In this paper it is argued that human groups use two mechanisms to establish security in the complex world in which they live: a) to attach themselves to the social group to which they belong and b) to create a discourse of legitimation. Both mechanisms are compatible and consistent with groups of low socio-economic complexity, where the legitimation discourse is based on Myth, but they are incompatible with the modernist discourse. Since the advent of Modernism, History has emerged as legitimating discourse based on individuality, which implies a contradiction with the role of the social group. This is the reason why History has denied the importance of maintenance activities and at the same time, the role that women have played before the arrival of modernity.
Introducción Es un hecho que la Historia —o la Arqueología— no ha reconocido nunca la importancia de las actividades de mantenimiento, a pesar de que resultan imprescindibles para el sostenimiento del grupo. Cuando se comienza a cuestionar la razón de esta ocultación aparece rápidamente una respuesta que parece concluyente: las actividades de mantenimiento no han sido valoradas porque eran realizadas generalmente por las mujeres, por lo que se trata, simplemente, de una evidencia más de la sistemática ocultación del papel de las mujeres en la Historia, que es un relato protagonizado por hombres. Sin duda esto es así, pero a mi juicio, el argumento puede seguir profundizándose un poco más, porque en mi opinión, la clave de lo que la Historia ha querido ocultar no han sido las mujeres, sino las propias actividades de mantenimiento, a resultas de lo cual, las mujeres no han sido visibilizadas por ser quienes las realizaban. La causa de semejante hecho reside, a mi juicio, en la contradicción estructural que existe entre la lógica y el orden de racionalidad que implica la Historia, por un lado, y los que implican las actividades de mantenimiento por otro. Dado que la primera construye el relato de lo Dones i activitats de manteniment en temps de canvi 116 que debemos saber sobre el pasado, ha ocultado sistemáticamente a las segundas, resultando este hecho en la negación de la participación de las mujeres en la construcción de nuestra trayectoria social. Para desarrollar este argumento es necesario comprender primero determinados mecanismos que guían el comportamiento de todos los seres humanos. Mecanismos de negación de la impotencia frente al mundo En la base de todas las formas culturales, formando parte de la estructura más profunda de sus armazones de sentido, sirviendo de causa a todos los efectos que en forma de organizaciones sociales, económicas o ideológicas nosotros estudiamos, reside un hecho que cada vez me parece más esencial comprender en todas sus implicaciones: el ser humano es una especie tan inteligente que comprende, aunque niega, su elemental insuficiencia frente al universo en el que vive. Comprende su impotencia y el hecho de que él constituye sólo un pequeño fenómeno más entre los infinitos que componen la realidad. Pero lo niega, porque si los seres humanos tuviéramos presente consciente y cotidianamente la impotencia que caracteriza nuestra posición
en el universo, la angustia nos bloquearía, y simplemente dejaríamos de intentar sobrevivir porque pensaríamos que no tenemos capacidad para hacerlo. Si esto no ha sucedido es porque hemos desarrollado mecanismos psíquicos, sociales y culturales complejos cuyo fin es neutralizar esa percepción, construyendo en cambio una visión de las cosas en la que nosotros tenemos una posición privilegiada y central. A los efectos del tema que ahora tratamos, nos interesa traer a colación los dos principales mecanismos que nos permiten construir esa fantasía: -La vinculación al grupo al que pertenecemos como forma de reforzar nuestra identidad, de sentirnos más poderosos de lo que nos sentiríamos si nos percibiéramos solos y desconectados en mitad de un universo inabarcable. -La elaboración de discursos de legitimación de la sociedad a la que se pertenece, que tienen como función convencer a sus miembros de que viven en la única sociedad que tiene la clave de la supervivencia. Todos los grupos humanos piensan que ellos son los únicos que van a sobrevivir, porque les protege algo que ellos conocen y los demás no; porque sólo ellos han encontrado el verdadero secreto de la supervivencia. Existen dos tipos de discursos de legitimación: el Mito y la Historia. Pues bien: a mi juicio, la razón básica de la ocultación que la Historia ha hecho de las actividades de mantenimiento reside en lo siguiente: mientras que esos dos mecanismos (la vinculación al grupo al que se pertenece y el discurso de legitimación) son completamente coherentes y compatibles en grupos de escasa complejidad socioeconómica, cuyo discurso de legitimación es el Mito, resultan sin embargo incompatibles al llegar la Modernidad, cuyo discurso de legitimación es la Historia. Esto es así porque el Mito se construye sobre la necesidad de vinculación al grupo al que se pertenece como base de la identidad y la seguridad, mientras que, por el contrario, la Historia está basada en la individualidad como forma de identidad, negando la importancia de la vinculación al grupo. Y las actividades de mantenimiento, como vamos a explicar a continuación, sirven para reforzar los vínculos, para construir las redes de supervivencia física y psíquica que sostienen al grupo. No tienen nada que ver con la individualidad, sino precisamente con lo contrario. Así que, a pesar de resultar esenciales, su importancia es sistemáticamente ¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento? 117
negada por el discurso histórico. Los discursos de legitimación y su coherencia con la vinculación al grupo social Desde que se desarrolló la capacidad de utilizar símbolos para representar el mundo —lo que parece haberse producido en lo que llamamos Paleolítico Superior—, todas las sociedades humanas han construido discursos de legitimación del presente en el que viven. No se trata sólo de discursos que explican la génesis de la sociedad, sino de discursos en los que esa explicación lleva a concluir que su forma de vida es superior a las de las demás sociedades, lo que la convierte en el “grupo elegido” entre todos los demás para permanecer y sobrevivir cuando los demás desaparezcan. Como decía, existen dos formas de construir este discurso de legitimación: el Mito y la Historia. El Mito (Gotesky 1952; Eliade 1968) es el tipo de discurso que caracteriza a las sociedades con un nivel de complejidad socio-económica que aún no permite que la especialización del trabajo y la división de funciones caractericen a la mayor parte de la sociedad. En estas sociedades, hombres y mujeres realizan tareas complementarias, que siempre son Dones i activitats de manteniment en temps de canvi 118 recurrentes, repetitivas, caracterizadas por la falta de especialización, que no pasan obviamente por la escritura, y que son tanto productivas como de mantenimiento. Entre estas últimas, incluyo todas esas actividades implicadas en el mantenimiento del grupo, tanto de las personas —a través de la gestación, crianza, cuidado, higiene y salud (Montón 2000: 52)—, como de la cultura material y los recursos que permiten sobrevivir al grupo. Así consideradas, la única diferencia que podría señalarse entre las tareas desarrolladas por hombres y mujeres es que las segundas se ocupan especialmente de las actividades de mantenimiento que atañen a los bebés y al cocinado de alimentos, y entre las tareas productivas realizan siempre las que menor desplazamiento —y por tanto, menor riesgo— implican (Hernando 2005). Para estas sociedades el cambio constituye un riesgo que no se quiere afrontar, ya que no se tiene confianza en la propia capacidad humana de dominar el mundo si las condiciones en las que se ha sobrevivido hasta el momento, cambian. Al mismo tiempo, debido a la ausencia de complejidad socio-económica de estos grupos, no existe un desarrollo tecnológico complejo (al menos en manos de una mayo-
ría significativa de la sociedad) ni de un sistema de escritura que permita imaginar modelos científicos de representación del mundo. De esta forma, no pueden explicar las dinámicas de la naturaleza a través de mecánicas científicas, por lo que le atribuyen el único comportamiento que conocen, que es el comportamiento humano. Invisten a toda la naturaleza de comportamiento humano (cfr., p. e., Douglas 1991: 97 o Viveiros de Castro 1996), pero con mucho mayor poder que el que tiene su propio grupo, ya que las nubes, los ríos, los animales o la tierra les pueden dar o quitar el alimento, darles abundancia o escasez, facilitarles o negarles la vida, determinar el momento de su muerte. Así que la naturaleza es percibida como una instancia sagrada, de infinito poder y dinámica humana. Ahora bien, como lo que hacen es proyectar su propia dinámica humana y social a toda la naturaleza, creen que son ellos los que se comportan igual que la naturaleza, es decir, que ellos reproducen el comportamiento de la instancia sagrada. Concluyen que han sido elegidos por ella para transmitirles el modo de vida que les permitirá sobrevivir frente a los demás grupos humanos, lo que les convierte en “el grupo elegido” por la divinidad. De hecho, los nombres con los que se autodenominan estos grupos significan siempre “los auténticos seres humanos”, “la gente verdadera” (Viveiros de Castro 1996; Leenhardt 1997; Eliade 1968)… porque creen que sólo ellos conocen el verdadero orden del mundo, el que les ha transmitido la divinidad. Por otro lado, como este estado de cultura se caracteriza por la ausencia de escritura, no existen mapas para representar espacialmente la naturaleza, así que sólo puede conocerse y ordenarse espacialmente aquella parte de la naturaleza en que se desarrolla la vida, por la que se anda, en la que discurre la propia actividad. El resto no se puede imaginar, porque no existen modos de representarlo. De esta forma, tienen una percepción del espacio como algo muy limitado pero completamente investido de sentido y de emoción —ya que todo lo vivo que hay en él tiene comportamiento humano—, y absolutamente autorreferido. El mundo gira alrededor de ellos mismos, ya que tiene sólo las dimensiones que ellos pueden recorrer, se guía por las emociones y dinámicas que caracterizan a su propio grupo, y la instancia sagrada que las encarna los ha elegido a ellos frente a todos los demás para manifestarse y transmitirles el secreto de la supervivencia. Su seguridad depende de ¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento? 119
que la instancia sagrada, que se guía por deseos y emociones humanas, siga queriendo ofrecerles siempre su protección, para lo que deben reconocer permanentemente su superioridad a través de los ritos, y sobre todo, mantener inalterado el modo de vida que les transmitió, lo que constituye un perfecto correlato simbólico de la necesidad de no modificar las condiciones materiales de vida como estrategia para sentir seguridad. Esto, en resumen, es el Mito: un tipo de relación con la realidad en la que se atribuye comportamiento humano y carácter sagrado a la naturaleza nohumana, cuyos límites son los del espacio conocido y donde la clave de la supervivencia reside en la ausencia de cambios (Hernando 2002). De esta forma, tenemos que estas sociedades se caracterizan por un rechazo del cambio, que se manifiesta en la reproducción inacabable de las mismas actividades y ritmos que han sido transmitidos generación tras generación; una percepción del tiempo como algo cíclico en el que el futuro constituye sólo una reiteración del pasado conocido; una percepción del espacio como algo limitado y también conocido, ámbito de dinámicas emocionales autorreferidas y protectoras, donde uno constituye el centro y la medida de un universo sagrado y omnipotente que, sin embargo, nos ha elegido para protegernos y así, dar verdadero sentido a nuestra vida y permitirnos sobrevivir. La identidad de las personas que integran estas sociedades se construye a través de una indisoluble vinculación al grupo al que pertenecen, ya que dada la impotencia que sienten frente al mundo, sólo percibiéndose como parte de una unidad mayor que la que constituye cada uno de ellos por separado pueden llegar a sentirse con fuerza para encarar las dificultades de la existencia. Es decir, no existe individualización en estos grupos, que se irá generando a medida que aumente la complejidad socioeconómica, sino que se caracterizan por lo que he llamado (Hernando 2000 a y b, 2002) “identidad colectiva o relacional”. M. Leenhart (1997: 153) ejemplificaba claramente este modo de identidad al hablar de los habitantes de Nueva Caledonia y referir que ellos saben quién son sólo a través de las relaciones que establecen: son el padre de su hijo, el hijo de su padre, el sobrino de su tío, el hermano de su hermana… La persona sabe quién es a través de los vínculos que forman el tejido del grupo, siendo incapaces de concebirse fuera de ellos. Dones i activitats de manteniment en temps de canvi 120
¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento? Nadie sabe quién es por lo que les diferencia o particulariza de los demás, sino por lo que tienen de semejante con el resto del grupo: ellos saben quiénes son porque hacen lo mismo que el resto de su grupo de género, visten igual o comen las mismas cosas. De esta forma, la falta de desarrollo tecnológico, o de especialización del trabajo y de consecuente ausencia de control material del medio en el que viven, se compensa con un mecanismo muy potente de refuerzo de la identidad: cada uno de ellos no es una unidad de identidad aislada, sino sólo una pequeña parte de una unidad mucho mayor, y por tanto, mucho más poderosa, lo que les permite sentir que están en condiciones de enfrentarse y sobrevivir al mundo en el que viven. Por eso, la sensación de lo que podríamos llamar “éxito” en estas personas, no tiene que ver con la acumulación de atributos y bienes personales en mayor medida que los demás, como sucede entre la gente individualizada, sino con la capacidad de mantener los vínculos con el grupo, de formar parte de él sin generar conflicto ni división, porque sólo manteniendo al grupo unido podrán sobrevivir las personas que lo integran. El desarrollo de esta capacidad produce mucha compensación narcisista, ya que quien la desarrolla sabe que su colaboración es esencial nada menos que para la supervivencia del grupo, mientras que existen muchos mecanismos para neutralizar, y de hecho culpabilizar, a quienes puedan desarrollar comportamientos ligeramente diferenciados o insolidarios dentro de él. Todos estos rasgos caracterizaron inicialmente a las actividades de mantenimiento y a todas las productivas, definiendo a las personas que las encarnaban, que eran todos los hombres y las mujeres del grupo social. Pero así como las de mantenimiento se definen siempre por esas mismas pautas y por tanto expresan siempre ese mismo tipo de percepción del mundo y de identidad relacional, las actividades productivas fueron diversificándose a medida que avanzaba la división de funciones y la especialización del trabajo. De esa forma, comenzaron a representar una doble pauta: aquellas relacionadas con el mundo campesino, que seguían siendo recurrentes, limitadas a un espacio y ajenas a la especialización tecnológica y a la escritura, que podían ser desarrolladas tanto por hombres como por mujeres, y que seguían asociándose estructuralmente a la falta de poder, la necesidad de instancias protectoras e 121
identidad relacional; y aquellas que comenzaban a ser especializadas, a implicar el uso de la escritura y de tecnología compleja y a asociarse al poder y a la individualización. Pues bien, históricamente, éstas últimas han sido ejercidas sólo por hombres hasta llegar a la Modernidad, y son éstas las únicas reflejadas en el discurso histórico que, como veremos, es el discurso de legitimación que se asocia a la individualidad y la sociedad que se construye a través de ella y de la complejidad socio-económica a la que se asocia. La Historia no ha contemplado ni a las actividades productivas recurrentes y no especializadas que no se asocian al poder —ni por tanto a todos los hombres y las mujeres que las han desarrollado en todas las sociedades pre-modernas—, ni a las actividades de mantenimiento, que fueron quedando en manos exclusivamente femeninas como una forma de garantizar su existencia, imprescindible para el grupo. El resultado es que la Historia no ha contemplado nunca la función de las mujeres, y sólo lo ha hecho con la de algunos hombres, aquellos que han ido individualizándose y ocupando posiciones de trabajo especializadas y por tanto, asociadas al poder. Las sociedades humanas fueron Dones i activitats de manteniment en temps de canvi 122 aumentando su grado de complejidad socio-económica, esto es, la división de funciones y la especialización del trabajo en un proceso indisolublemente unido al desarrollo y generalización de la escritura (Elías 1993; Ong 1996). Aunque no entraré aquí a analizar las causas del origen de la divergencia en los desarrollos identitarios y sociales de hombres y mujeres (cfr. Hernando 2005), poco a poco, determinados hombres del grupo social comenzaron a ocupar posiciones distintas a las de los demás, a entender las dinámicas de la naturaleza a través de fórmulas abstractas, y por tanto, a desacralizar algunos de sus fenómenos. Es decir, el cambio que propiciaba el desarrollo tecnológico y de los planteamientos científicos se iba instalando correlativamente al desarrollo de la individualidad, de la percepción del tiempo como un eje lineal que incluía la incognoscibilidad del devenir, y la percepción del espacio como un ámbito ilimitado y desconocido en su mayor parte. El desarrollo de los sistemas de transporte y comunicación y el diseño de los mapas que permitía la escritura iban construyendo la imagen de un mundo imposible de conocer en todos sus rincones y cuyas dinámicas iban dejando de ser una proyección de la propia dinámica social a medida que se enten-
¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento? dían científicamente sus mecánicas, lo cual era todo parte del mismo proceso de transformación cultural (Hernando 2002). Este proceso de cambio fue muy lento y gradual en Europa. Téngase en cuenta que sólo en el siglo XVII aparece en el pensamiento europeo una palabra genérica para el concepto de “riesgo” (aunque la noción había sido ya sugerida por Maquiavelo) (Giddens 1997: 143), porque sólo entonces la sociedad comenzaba a tener la sensación de dominio sobre las condiciones de su presente, y por tanto, de capacidad para sobrevivir aunque esas condiciones cambiasen. Sólo en la modernidad, como correlato a la división de funciones y especialización del trabajo que manifiesta la Revolución Industrial, este proceso afectó a una mayoría masculina de la población europea, así que sólo entonces el discurso mítico de legitimación del presente comenzó a ser sustituído por uno construído estructuralmente de forma opuesta, que no es otro que el discurso histórico. A diferencia del Mito, la Historia establece el cambio y el dominio tecnológico como las claves de la supervivencia y la seguridad que, de esta manera, vienen a sustituir a la protección divina (Hernando 2006). La supervivencia ya no derivará de mantener inalterado el modo de vida que la instancia sagrada nos transmitió, sino precisamente de transformarlo, de demostrar que podemos mejorar las condiciones de vida a través del cambio que el desarrollo tecnológico permite. La Historia es el discurso de legitimación de un grupo que cree dominar en medida suficiente un universo que cree entender a través de la ciencia, es decir, al que ya no atribuye comportamiento humano. Dado que puede prever el comportamiento de la naturaleza, aplacar en cierta medida sus efectos, y forzar en ocasiones su rendimiento productivo, el ser humano comienza a sentir que es él, y no la naturaleza, la instancia de poder en la relación con ella, y que el cambio es la condición para que ese poder y la seguridad que garantiza vayan en aumento. Así que, a partir de la modernidad, el cambio es considerado la clave de la supervivencia y de esta forma, el presente comienza a interpretarse como resultado de los cambios ocurridos en el pasado: el evolucionismo, que caracteriza todo el discurso científico, es el argumento que nos hace ahora sentirnos el grupo elegido. La Historia es un relato de cambios que demuestran el aumento de la capacidad técnica de control material del mundo de nuestro propio grupo, poniendo en ello la 123
ción, entonces nunca llegaremos a entender la imprescindible función que han cumplido y cumplen en la sociedad, garantizando los vínculos en lugar de la fragmentación individualizadora a la que se asocia la especialización tecnológica. En este sentido, este seminario me parece verdaderamente renovador, pues ha planteado, precisamente, escapar de una visión histórica de las actividades de mantenimiento y analizar su función social como sostenedoras de la sociedad en los momentos de cambio, allí donde más se evidencia su papel de contrapeso a la disgregación social. Conclusión Las actividades de mantenimiento son vitales para el sostenimiento del grupo, pero son estructuralmente contrarias a las actividades que se asocian a la individualidad y al poder, lo que impide que sean reconocidas por la Historia. Creo que el resumen de todo lo dicho consistiría en señalar que la Historia es el discurso de legitimación de la Modernidad, coherente con una relación con la realidad a través del cambio, del tiempo y del uso de la ciencia para interpretar el mundo, mientras que las actividades de mantenimiento son coherentes con una relaDones i activitats de manteniment en temps de canvi 130 ción con la realidad a través de la recurrencia, el espacio y el uso de la emoción para interpretar la realidad en la que se insertan. La Historia es el discurso de legitimación de la Modernidad, que nos da seguridad haciéndonos sentir distintos de cualquier otro grupo humano entre otras cosas porque somos “individuos”, agentes de fuerza y poder, mientras que las actividades de mantenimiento son el mecanismo a través del cual permanecemos vinculados y unidos, condición esencial para sostener la fantasía en la que la individualidad se funda. Los habitantes de la Modernidad no podemos renunciar a ninguno de los dos mecanismos si queremos seguir sintiéndonos seguros, pero sí podemos en cambio transformar su asociación a sexos específicos, diluyendo con ello la base en la que se asienta la sociedad patriarcal. Como todos sabemos, las mujeres comenzaron a incorporarse a la división de funciones y a la especialización del trabajo cuando llegamos a la Modernidad. A través de la generalización de la escritura, comenzaron a individualizarse, a conocer las mecánicas del mundo, y así a sentir poder sobre él. Comenzaron a desprenderse de la necesidad de protección de los hombres y los dioses, y, en coherencia con su
¿Por qué la Historia no ha valorado las actividades de mantenimiento? individualidad, a buscar espacios desconocidos, diseñar futuros a la medida de unos deseos que empezaban a conocer, realizar actividades especializadas y no sólo actividades de mantenimiento. Pero a diferencia de los hombres, ellas no pueden abandonar éstas, porque ya nadie quedaría para hacerlas, y es obvio que el grupo no podría sobrevivir sin ellas. Y además, las mujeres conocen bien la importancia de los vínculos. Así que las mujeres —y poco a poco algunos hombres que van siendo conscientes de su necesidad de vínculo— tienen que hacerse cargo en la Modernidad de la contradicción que implica participar a la vez en ambos mecanismos de supervivencia: organizar el mundo a través del tiempo y el cambio en sus actividades profesionales, y a través del espacio y la recurrencia en sus actividades de mantenimiento; dar prioridad a la razón en sus tareas especializadas y a la emoción en las de mantenimiento; potenciar la individualidad a través de las primeras, y el vínculo con su grupo a través de las segundas. Personalmente yo creo que la sociedad será mucho más sana, y desde luego igualitaria, cuando hombres y mujeres podamos encarnar ambos mecanismos de manera consciente y explícita, aunque debido a la contradicción estructural que ambos representan, me parece inevitable que ello conduzca a niveles de conflicto intra-psíquico mucho más elevados que los que caracterizan a las sociedades pre-modernas. A mi juicio, la contradicción interna que ambos mecanismos implican cuando los actúa la misma persona será el precio que pagaremos por una sociedad viable, más consciente de sus verdaderas necesidades, de sus auténticos límites, de la realidad de su posición en el mundo y de la limitación del alcance de lo humano en él. Si esta sociedad igualitaria llegara a existir, entonces hombres y mujeres reconocerían que la Historia es sólo un discurso de legitimación tramposo, negador de la base sobre la que se construye: las actividades de mantenimiento que al principio hombres y mujeres y después sólo mujeres, han venido sosteniendo. Y concederá por fín a éstas el lugar que les corresponde en la supervivencia de nuestro grupo. Bibliografía Burín, M. 1996. Género y psicoanálisis: subjetividades femeninas vulnerables. En M. Burín, M. y E. Dío Bleichmar (comp.), Género, Psicoanálisis, Subjetividad. Buenos Aires: Paidós, pp. 61-99. 131
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