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Josep Maria Baget Herms

Vilariño, Paco

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Vilariño, Paco

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Anàlisi 32, 2005 201-203 Josep Maria Baget Herms Paco Vilariño Periodista i crític de televisió Sumario 1. ¿Información o crítica? 2. Trabajarse a los informadores Con Josep Maria Baget Herms como pionero en Barcelona y con Enrique del Corral haciendo lo mismo en Madrid desde las páginas del diario ABC, la incipiente crítica de televisión al término formal del franquismo, da el gran salto. A ambos vamos a llamarles pioneros, no están solos, aunque sea en medios minoritarios que llegan, pese al prestigio de sus cabeceras, a menos lectores. Es el caso, por lo que a Cataluña se refiere, de Lluís Bonet Mújica, en Serra d’Or, y Joan Francesc (entonces, Juan Francisco) de Lasa. Ya por esa misma época, a contrapelo del pasotismo televisivo «oficial» de la intelectualidad crítica con el sistema franquista de televisión (los tiempos en que Adolfo Suárez era director general de Radiodifusión y Televisión, con Luis Ezcurra, instalado durante lustros en la subdirección general), no sólo Baget, en su doble función de periodista y de docente, sino los semanarios como Triunfo y Cambio 16, a través de sus conocidos y reconocidos columnistas, inciden, al modo de McLuhan, en la importancia del que ya es el medio de comunicación de masas por excelencia. Intención que va más allá de la militancia crítica y que, en años posteriores, llegará a cuajar en un interés empresarial, porque la información sobre televisión, incluyendo la crítica, vende. De aquí que un semanario, TP, editado en papel de ínfima calidad, vende de promedio 1.563.000 ejemplares. Ya bajo los gobiernos de UCD, tanto la prensa diaria como la semanal, afilan el sentido crítico. El fenómeno de la «caja tonta» tiene muchos detractores, a los que, no obstante, no les importa dedicar tres o cuatro horas diarias (son estadísticas de entonces) a consumir lo que la única televisión del país tenga a bien suministrarles. Claro que, del mismo modo que en la actualidad el telespectador abona el peaje de soportar larguísimas pausas televisadas, antes soportaba el adoctrinamiento y la sedación que le suministraba «la mejor televisión de España». Que para eso era la única, claro. 1. ¿Información o crítica? Si, en Barcelona, Baget marca una línea clarísima en la crítica de televisión, hay que esperar a primeros de los años ochenta para que la información sobre el hecho televisivo en todas sus vertientes atraiga el interés de los medios. El despegue del diario El País da una vuelta de tuerca. Y lo da de forma no casual, sobre la que el autor tiene algo más que una teoría, como se verá. Con Baget instalado como un auténtico malgré lui, un referente, un gurú de la crítica, el rotativo de Jesús de Polanco opta por la información pura y dura sobre televisión. El crítico pasa, pues, de esta primera condición a la de especialista en la materia. Y ahí surge José Ramón Pérez Ornia (en la actualidad director general de la televisión autonómica del Principado de Asturias). Y esto sucede —confirmación de la teoría apuntada más arriba por el autor— no de forma inocente, sino por pura necesidad. Baget Herms, por el tiempo que lleva en el ejercicio de la crítica, es inmejorable. No se le puede superar. Por tanto, el profesional que accede a esta especialidad, darwinianamente, busca su propio nicho ecológico: el de la información sobre audiencias y presupuestos. Lo hacen no sólo el citado Pérez Ornia, sino también su paisano y compañero de periódico Juan Cueto. Mientras que en Barcelona, en la prensa diaria, siguen la misma senda Santi Riera y Cuca Mascort (Avui) y Manuel de Luna (El Periódico), en Madrid, además, están Carmen Rigalt (Diario 16) y Marisa Perales (Ya), aunque con desigual dedicación. Y también lo acaba haciendo el autor de estas líneas, a la sazón en El Noticiero Universal, periódico semiagonizante allá por septiembre de 1982. Darwinismo profesional, por supuesto. Nicho informativo de especial interés por cuestiones de supervivencia periodística. Y en una época, el comienzo de la década de 1980, en que el monopolio televisivo estaba a punto de saltar por los aires para, con la inminente aparición de las televisiones autonómicas; primero la catalana, luego la vasca y, en 1985, la gallega y posteriormente la andaluza, llegar al oligopolio primero y, con la llegada de las privadas, a la actual sopa de canales. Naturalmente, la materia daba para información diaria strictu sensu, además de para la inevitable columna, a caballo entre la crítica y la glosa satírica. Del puñado de especialistas de aquella época, nadie aspira a dar la batalla y superar a Josep Maria Baget en su propio terreno. Y uno se busca la vida (cuando más cómoda, mejor, que es una aspiración de la profesión periodística) allá donde menos competencia existe. 2. Trabajarse a los informadores Claro que el fenómeno de la aparición de información especializada que va mucho más allá de los contenidos de las parrillas de programación y de lo que luego, pasados unos pocos años, será la crónica rosa de los iconos de la pequeña pantalla, viene desencadenado por la aparición de un agente —¿provocador?— catalizador: José María Calviño Iglesias, primer director general del Ente Público RTVE tras la victoria socialista en las elecciones generales del 28 202 Anàlisi 32, 2005 Paco Vilariño de octubre de 1982. Si hay un antes y un después de Baget en la crítica de televisión —y de radio, añado—, también lo hay en la información sobre radiotelevisión con la llegada del Estatuto de RTVE y de quien es su principal muñidor. Calviño, conocedor de los entresijos de RTVE, ya que lleva unos cuantos años trabajando (lo colocó allí Adolfo Suárez en las postrimerías del franquismo) en la asesoría jurídica de Prado del Rey, sabe qué terreno pisa y necesita, para el saneamiento del ente público, a los especialistas, por muy críticos que sean con aspectos, conflictivos o no, de su gestión, pero que informen con seriedad y, como le reconoció al autor en diversas conversaciones privadas: «nos ayudéis a vender la burra». De manera que el director general de RTVE consigue que la burra achacosa sea vista como una yegua purasangre. Aunque para esta tarea cuenta con personal de la casa (Enrique Vázquez, Antonio Martín Benítez —actual jefe de informativos de Canal Sur— y Secundino González Romero en Madrid, y Lluís Quinquer en Barcelona), es el propio José María Calviño quien, con su arrolladora personalidad, tira del carro mediático. Y para ello no da puntada sin hilo. Como cuando organiza el primer encuentro (CRYTEL 85) de críticos de televisión. Y lo hace, gratis total, en Palma de Mallorca la última semana de septiembre de 1985. La apuesta está clara: Calviño aspira a que se forme una asociación de críticos de televisión. Lamentablemente, los críticos no están (estamos) demasiado por la labor, como el autor pudo constar sobre el terreno, en alguna conversación de café mantenida con Baget. Tres o cuatro años después, el propio Calviño reprocharía jovialmente al autor el no haber entrado al trapo, cuando él esperaba lo contrario. Simultáneamente, siguiendo el ejemplo de RTVE, las incipientes televisiones autonómicas, en fase de creación, se vuelcan con los medios. Se han dado cuenta de que hay que trabajarse también a los informadores, aunque, a la hora de la crítica, incluso la más ligera, la encajan francamente mal, como sufrió reiteradamente el autor. Josep Maria Baget Herms Anàlisi 32, 2005 203