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Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) ISSN: 1578-8946 133 Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Reflections on suicide: destabilizing a reductionist discursive construction Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Universitat Autònoma de Barcelona [email protected] [email protected] Resumen Abstract Nuestro trabajo gira en torno al cuestionamiento de las prácticas de producción de conocimiento sobre el suicidio, inscritas principalmente dentro del campo de saber positivista de la Psiquiatría y de la Sociología desde una mirada psicosocial. Pretendemos problematizar la noción convencional del suicidio introduciendo la subjetividad como categoría analítica y política; y centrándonos en los procesos de subjetivación, desde una perspectiva foucaultiana. La incorporación de la dimensión social al estudio del suicidio, mediante la inclusión de sus dimensiones subjetivas e intersubjetivas, nos permitirá poner en juego conceptos que nos posibiliten desplazar las preguntas sobre éste. Confeccionamos así nuestro trabajo, con el propósito de introducir nuevos elementos de análisis para discutir sobre algunas de las condiciones de posibilidad desde las que emerge nuestra capacidad de actuar; así como exponer aspectos sobre las formas en que se puede llegar a producir el morir de nuestros intentos (y deseos) en la vida cotidiana. This article questions the practices by which suicide is understood, which are inscribed primarily in the positivist camp of Psychiatry and Sociology from a Psychosocial point of view. We problematize the conventional notion of suicide by introducing subjectivity as an analytical and political category, and focussing on the processes of subjectivation, from a foucaultian perspective. The incorporation of the social dimension into the study of suicide, through the inclusion of its subjective and intersubjective dimensions, provides concepts that permit the reworking of questions about suicide. The new elements we introduce offer, we claim, a reconceptualisation of the conditions out of which people's capacity of action emerges. This kind of analysis can be extended to cover the different ways in which the death of mundane efforts (and desires) in daily life may be brought about. Palabras clave: Suicidio; Subjetividad; Subjetivación; Deseo Keywords: Suicide; Subjectivation; Subjective; Desire
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 134 Ante el acto del suicidio no hay réplica, la muerte en este caso es contundente, cualquier tipo de posibilidad se ha terminado y aniquilado junto con el sujeto “suicida”. Pero el suicidio, paradójicamente y a pesar del silencio al que aparentemente nos arroja, deja un sinfín de preguntas sobre las condiciones (tanto emocionales como materiales), en las que el sujeto se produce dentro de los juegos de poder. Trazando el punto de partida El afán de trabajar con el tema del suicidio nos surge del ánimo de problematizar la noción convencional del suicidio. Poniendo en juego el concepto de subjetividad como categoría analítica y política, concepto que permite darle movimiento a la pregunta sobre éste, en el intento de diluir la contraposición entre suicidio y vida. Así como introducir nuevos elementos de análisis para discutir sobre algunas de las condiciones desde las que emerge nuestra capacidad de actuar, lo cual, más que pensar sobre la muerte, nos ha ido llevando a plantearnos aspectos sobre las formas en que se puede llegar a producir el morir de nuestros intentos y deseos en la vida cotidiana. En breve, discurrir sobre el suicidio, en este caso, es el medio para plantear una serie de reflexiones desde las cuales establecer una ruptura radical de la polarización y disimetría (psiquiátrica y sociológica) en que la Ciencia moderna ha instalado la pregunta sobre el suicidio y, de esta forma, remover por entre sus lápidas, las partes que arman un cuerpo de conocimientos disecados, lugar en el que habita la pregunta tradicional del suicidio. Se trata también de remover el pensar sobre el suicidio de los espacios de saber enquistados y endurecidos, en los que se ha vuelto Verdad y mantenido como tal en el tiempo; lo que nos permitirá despojarlo de las celdas de su encierro, conectándolo a un proceso de pensar vivo, renovado pero peligroso a la vez, ya que, “pensar peligrosamente consiste en entregarse sin miedo al vértigo del objeto pensado, a la aparición en uno mismo que necesita de lo acumulado socialmente como fuerza de producción intelectual. Ese pensar es peligroso porque pone continuamente en cuestión al individuo, entregándolo a algo que lo excede, a algo que le hace recordar sus sufrimientos, su ser dividido, su no ser individuo; porque pone en cuestión sus relaciones con lo social y no siempre con el final feliz de una aceptación; porque implica libertad y resistencia. Pensar peligrosamente consiste en no tomar nada que uno no haya examinado, aún con el riesgo del error y de la trivialidad, del castigo que imponen quienes lo ven ya todo claro y exigen obediencia previa. Pensar peligrosamente es hoy negarse a cumplir los mecanismos de control con los que se sustituye el pensar por el mero aplicar métodos a parcelas bien delimitadas”(Antonio Aguilera, 1996, p.131-132). De esta forma es como planteamos la problematización del abordaje convencional del suicidio: desde el proceso subjetivo e intersubjetivo, y no desde el acto positivo, descripción o mera categorización disciplinar. Proceso subjetivo que evidentemente puede tener como desenlace la muerte, la cual curiosamente suele ser el punto de partida común del interés de gran parte de los estudios sobre el suicidio; contabilizando muertes y acumulando datos estadísticos. Desmarcando de la trama, la pregunta sobre las dimensiones subjetivas e intersubjetivas, articuladas y puestas en juego, dentro de unas relaciones de poder cada vez más sofisticadas.
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 135 El centro de reflexión será, pues, el proceso subjetivo e intersubjetivo que discurre en muchas ocasiones por una continua e invisibilizada lánguida muerte en vida; en palabras de Butler, por una muerte en “el contexto de la vida” (Judith Butler, 1997, p.53). Planteamiento que pone en juego y cuestiona el proceso cotidiano del vivir y las diferentes formas de morir en éste. Muerte que, desde nuestros planteamientos, se trenza con las formas que toma el devenir sujeto en permanente proceso de subjetivación. “La categoría de sujeto y/o la de subjetividad representa, como está dicho, una dificultad necesaria, un ámbito teórico insoslayable a la hora de intentar arrojar algún tipo de luz sobre lo que nos ocurre”(Manuel Cruz, 1996, p.16). Partiendo desde una mirada psicosocial y una posición crítica El espacio de saber y hacer de la psicología social crítica es el caldo de cultivo en el que se inscriben nuestros interrogantes. Coincidimos con lo que señala Ana Garay, al decir que “la psicología social crítica puede ser vista como la consecuencia del continuo cuestionamiento y problematización de las prácticas de producción de conocimiento. Además participa también del proyecto/intento de permeabilización de las disciplinas científico-sociales, pudiendo ser vista como un magma informe que impregna lugares y recovecos en el ámbito genérico de las humanidades y las ciencias sociales” (Garay,2001,p. 49). Situarse en este espacio crítico supone un no dejar pasar lo evidente por su evidencia, así como lo conocido por las certezas que engañosamente nos provocan y seducen con el anzuelo del poder/saber y la verdad. Ánimo de reflexión situado en un diálogo enmarcado por espacios de producción de conocimiento que fracturen lo aparentemente incuestionable, las verdades intocables y asumidas de forma natural. Así mismo implica poner en juego como herramienta analítica las dimensiones tanto emocionales como materiales del devenir sujeto. Otorgando mayor reconocimiento a los terrenos de experiencia compartible, abriendo espacio a las tensiones y ambivalencia en las que se articula nuestro proceso de subjetivación en relación a los juegos de poder. Admitiendo que, “lo que una psicología social como crítica debe cuestionar es que la realidad exista con independencia de nuestro modo de acceso a la misma”(Miquel Doménech; Tomás Ibáñez, 1998, p.12-21). Cuestionamiento que se nutre mayoritariamente de la perspectiva socio-construccionista en Psicología (Ibáñez, 2001; Kenneth Gergen, 1985, etc.), del post-estructuralismo en las Ciencias Sociales (Michel Foucault, 1978, 1975; Gilles Deleuze y Félix Guattari, 1980, etc.) y la perspectiva política de la subjetividad planteada desde la Teoría Feminista contemporánea (Butler, 1997; Rosi Braidotti, 1994; Donna Haraway, 1991, etc.) Transitando las posiciones (y discursos) hegemónicos sobre el suicidio Después del giro lingüístico en las Ciencias Sociales (Ibáñez, 2003) podemos decir que históricamente el suicidio ha sido construido a partir de la retórica de la verdad, encarnada por el saber filosófico, religioso, médico, sociológico y psicológico entre otros. La educación, las pasiones, el clima o las enfermedades como motivos de suicidio, son parte, igualmente, de las verdades construidas en torno a uno de los actos que más prejuicios y opiniones de rechazo levanta dentro de
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 136 la sociedad. Objeto de discusión moral, religiosa, filosófica y científica; sinónimo de libertad o de locura, tabú que arranca las más duras condenas y los temores más inciertos (Blanca Sarró; Cristina de la Cruz, 1991). En particular, lo que repasaremos en estas líneas son los dispositivos de poder/saber que han conformado gran parte de la producción de conocimiento contemporáneo sobre el suicidio. Éste como objeto de conocimiento de la psiquiatría, seguido de un recorrido por el estudio sobre “El suicidio”, desde la perspectiva sociológica durkheimiana. Ocupando un lugar privilegiado en el discurso sobre el suicidio, durante el siglo XIX y XX las teorías psicopatológicas y sociológicas han sido las principales encargadas de hacer las lecturas e interpretaciones científicas del suicidio. En este sentido, se puede decir que por una parte y sobre todo el descargo del suicidio, desde entonces, se ha venido cobijando, en el manto paternalista de la medicina; justificando a quien se quita la vida con los argumentos del discurso psiquiátrico de la locura, provenientes principalmente, de los trabajos de la escuela francesa de la primera mitad del siglo XIX (Sarró, De la Cruz, 1991). Juego bastante resbaladizo, ya que a la vez que exculpa y justifica, desdibuja e invisibiliza la (posible) agencia del sujeto que lleva a cabo un suicidio. Desvinculando radical y arbitrariamente el acto del suicidio, del proceso de producción subjetivo e intersubjetivo en que se inscribe. Arrolladas hacia el saco de la enfermedad mental, las manifestaciones del sufrimiento y malestar cotidiano suelen clasificarse, entonces, como síntomas mentales de patologías diversas. Datos recientes, aseguran que el 95% de suicidios tienen una base patológica.1 La enfermedad mental está considerada como el factor de riesgo más importante de suicidio, al cual define como un problema de naturaleza individual, y causado por acontecimientos aislados. Mirada que construye el acontecimiento del suicidio, exclusivamente, en base a variables internas y biológicas del sujeto, por tanto sacada de contexto y ahistórica.Preocupando lo que más, lograr invisibilizar la posible agencia del sujeto que lo lleva a cabo; y su dimensión tanto subjetiva como intersubjetiva. Es esta concepción reduccionista del suicidio como asunto perteneciente a la patología, la que lo condena desde un primer momento a las sombras de una maldición aparentemente inabordable. Tal parece que el papel que se atribuye hoy en día a su comprensión, tras siglos de deambulación errática en manos de la iglesia como uno de los peores pecados a castigar y de la justicia como crimen, es ahora exclusivamente el de una enfermedad, o síntoma final de un proceso patológico. Como si al hablar de suicidio, estuviéramos aludiendo al fruto malsano de una enfermedad que como tal debe ser enfrentada médicamente y reducida a la autopsia del hecho. Por otra parte, el sociólogo Emile Durkheim abre paso al suicidio como fenómeno que de ser estudiado a nivel individual e interno, sea susceptible de ser estudiado socialmente; considerándolo un hecho social producto de fuerzas o factores externos al individuo. En su obra El suicidio, establece una tipología del suicidio en permanente relación con estados de organización social. Determinando así que la única vía para explicar la cifra social de los suicidios, es a partir de la Sociología. Advierte que, “es la constitución moral de la sociedad la que fija en cada instante el contingente de las muertes voluntarias. Cada grupo social tiene realmente por este acto una inclinación colectiva que le es propia y de la que proceden las inclinaciones individuales; de ningún modo nace de éstas. Lo que la constituye son esas corrientes de egoísmo, de altruismo y de 1 Datos obtenidos del último congreso de suicidiología en Barcelona, febrero 2004.
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 137 anomia que influyen en la sociedad examinada en torno a tendencias como la melancolía lánguida, al renunciamiento colectivo o al cansancio exasperado, que son sus consecuencias. Son esas tendencias de la colectividad las que, penetrando en los individuos, los impulsan a matarse” (Emile Durkheim, 1897, p.326). Para Durkheim en todo suicidio o casi todo, existen causas sociales y generales del fenómeno a partir de las cuales poderlo explicar, y así encontrar o definir su marca colectiva. De esta forma la relación entre la Sociología y el suicidio se ha ido articulando, privilegiando la validez científica de los estudios estadísticos sistemáticos. Representando el suicidio como un fenómeno social constante, inaccesible a ser comprendido a partir de actos individuales; dependiente y condicionado sobre todo por el conjunto de influencias sociales como la familia, la religión, el trabajo y la profesión (Durkheim, 1897). La Sociología y la Psiquiatría, de manera disimétrica a favor de la última, han sido pues los dos espejos reduccionistas a través de los cuales el suicidio ha sido reflejado. Aunque ambas proyecciones comparten una desconsideración y enmascaramiento del espacio subjetivo e intersubjetivo en el que se articula dicho acontecimiento. Desplazando la pregunta sobre el suicidio: del morir en el contexto de la vida Sociedad disciplinaria y relaciones poder/saber Una vez transitados los discursos hegemónicos que conforman los principales modelos de pensamiento sobre el suicidio, queremos introducir en la pregunta sobre éste las condiciones de producción normativa de la subjetividad, o el proceso de subjetivación articulado entre las relaciones de poder que lo atraviesan. Un efecto central de los juegos que atraviesan el poder a través de la verdad y la verdad a través del poder, es la construcción de identidades concretas y señaladas, vueltas objeto de ser conocidas y evaluadas, caracterizando así a cada sujeto en sus particularidades. Sujetos de estas verdades normalizadoras se nos juzga, condena, clasifica, y determina en nuestras decisiones, destinadas a un cierto modo de vivir y de morir, en relación con los verdaderos discursos que son los agentes de los efectos específicos del poder (Michel Foucault, 1975) Por lo tanto, centramos nuestra reflexión a partir del poder como productor de realidad y de saber. Y como Foucault señala, no se puede estar fuera del poder, no queriendo decir con eso que estemos atrapados en éste. Sino por el contrario, posibilitados, a abrir continuamente espacios, puesto que como el mismo autor señala, “no hay relaciones de poder sin resistencia”. De esta forma conceptualizamos las relaciones de poder, siguiendo a Foucault (1975, 1976). El poder, pues, como elemento constitutivo y constituyente en la producción de realidad y de saber y a la inversa, los dispositivos de poder/saber. Decimos esto, en la línea de que todo ejercicio de poder, es a la vez un lugar de producción de saber, y convencidas también de que quienes experimentamos sus efectos, a su vez contribuimos y formamos parte de su producción. Vastas son las afirmaciones que hablan del poder como represivo, que descalifica, limita, niega y contiene. Sin embargo,“hay que admitir más bien que el poder produce saber; que poder y saber se
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 138 implican directamente el uno al otro. En suma, no es la actividad del sujeto de conocimiento lo que produciría un saber, útil o reacio al poder, sino que el poder/saber, los procesos y las luchas que lo atraviesan y que lo constituyen, son los que determinan las formas, así como también los dominios posibles del conocimiento” (Foucault, 1975, p.34). En otras palabras, el poder como algo que vincula a los seres humanos de diversas formas, y no como algo que está o que posee alguien. Foucault integra la cuestión del saber y del poder a partir de su obra “Vigilar y Castigar”, a través de una mirada genealógica tomando como ejemplo el surgimiento de la prisión. Abocado en el estudio de “la metamorfosis de los métodos punitivos a partir de una tecnología política del cuerpo donde pudiera leerse una historia común de las relaciones de poder y de las relaciones de objeto. De suerte que por el análisis de la benignidad penal como técnica de poder, pudiera comprenderse a la vez cómo el hombre, el alma, el individuo normal o anormal han venido a doblar el crimen como objeto de la intervención penal, y cómo un modo específico de sujeción ha podido dar nacimiento al hombre como objeto de saber para un discurso con estatuto “científico” (Foucault, 1975, p.30-31). Centrándose en las formas de ejercicio de poder radicalmente nuevas, es como el texto de “Vigilar y Castigar” nos enfrenta con los cambios que han tenido lugar, respecto a las formas de ejercicio de poder a finales del siglo XVIII. Pasando del sistema punitivo (el cuerpo) al sistema disciplinar (el alma) (Maurice Blanchot, 1986), en el cual la sociedad se vuelve un complejo que dota de hábitos y disciplina al sujeto por doquier. Produciendo comportamientos concretos que caracterizan a los sujetos, y así, mediante hábitos específicos definen su pertenencia a una sociedad, fabricando lo que sería la norma; así es como los juegos de poder devienen la forma cotidiana de la norma -lugar común a partir del cual se reconoce el sujeto-, ocultándose como poder y desplegándose como sociedad.“El discurso que a partir de entonces va a acompañar al poder disciplinar va a ser aquel que funda, analiza y especifica la norma para volverla prescriptiva. Puede entonces desparecer el discurso del Rey y ser reemplazado por el discurso de aquello que la norma dice; de aquello que vigila, que realiza la división entre lo normal y lo anormal, es decir el discurso del maestro de escuela, del juez, del médico, del psiquiatra [...]”(Julia Varela; Fernando Álvarez, 1987, p.216). En suma, de cara a la segunda mitad del siglo XVIII tiene lugar un movimiento que cuestiona el modo y el lugar del ejercicio penal, proceso que lleva a constituir una nueva economía y tecnología del poder de castigar (reforma penal del siglo XVIII); se instaura la disciplina normalizante (mecanismos científico – disciplinario), cuyo ejemplo paradigmático es la prisión. Y así pretenden que el alma (psique, subjetividad, personalidad, conciencia etc.) sustituya al cuerpo (se introduce el poder de castigar más profundamente en el cuerpo social) como objeto de la penalidad, menos crueldad, menos sufrimiento, más benignidad, más respeto, más “humanidad” (Foucault, 1975). Es la sociedad disciplinaria planteada por Foucault, la que ha posibilitado una nueva manera de estudiar las relaciones de poder/saber, que a su vez abren paso a la crítica de las teorías científicas vigentes hasta ahora. “Michel Foucault ha demostrado que el internamiento psiquiátrico, las instituciones penales y la normalización de los ciudadanos han sido esenciales para el funcionamiento expedito de las sociedades capitalistas. El control de los desviados, la inculcación de las conductas socialmente valorizadas, la disciplinarización de los sujetos, no son efectos residuales o superestructurales en nuestras sociedades, sino instancias constitutivas y centrales al propio sistema. La producción de sujetos y la producción del orden social constituyen el corazón mismo de nuestras formaciones sociales de capitalismo avanzado” (Varela; Álvarez, 1987, p.105).
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 139 Formación discursiva Por otra parte, desde su enfoque arqueológico y discursivo Foucault analiza cómo desde El nacimiento de la clínica moderna a finales del siglo XVIII, la subjetividad del enfermo cede el paso a la objetividad de los síntomas, “que no remiten a un ambiente, a una manera de vivir, a una serie de costumbres contraídas, sino a un cuadro clínico, en que las diferencias individuales, que repercuten en la evolución de la enfermedad, desaparecen ante aquella gramática de los síntomas” (Umberto Galimberti, 1996, p.12). Así, más que expresión de un malestar y de unas condiciones de vida, los síntomas pasan a ser signos de una enfermedad; una nueva alianza entre el saber y el dolor, donde la verdad del sufrimiento, no se conoce sino a través de la designación de la enfermedad. Paradojas de la vida cotidiana, que claman “la necesidad de incorporar en el discurso [...] la dimensión de lo no sabido, de lo no pensado pero actuado a través de él” (Margot Pujal, 2003, p.130). Así, en “El nacimiento de la clínica”, Foucault muestra cómo la anatomía patológica dota a la medicina moderna de las bases conceptuales y semánticas que constituyen los significantes de su lenguaje; del enunciado preciso y el estilo conciso del saber médico sobre una enfermedad -y por tanto sobre el sujeto al que inviste-.Como señala Foucault, “la mirada, que recorre un cuerpo que sufre, no alcanza la verdad que busca sino pasando por el momento dogmático del nombre, en el cual se recoge una doble verdad: ésta, oculta, pero ya presente de la enfermedad, ésta, cerrada, pero claramente deducible de la conclusión y de los medios. No es la mirada misma la que tiene el poder de análisis y de síntesis; sino la verdad sintética del lenguaje que viene a añadirse desde el exterior y como una recompensa a la mirada vigilante [...]” (Foucault, 1963, p.93). Concientes del abismo construido entre el sujeto y su experiencia, nos preguntamos sobre los efectos que tiene el inscribir el futuro o las posibilidades (pronóstico) a partir de los medios (diagnóstico) con los que éste es objetivado. Ambivalencia constitutiva y constituyente del sujeto Por otra parte, siguiendo a Butler, se puede dar un vuelco a lo que venimos planteando, si también hacemos referencia a la formación del sujeto basada en la productividad de la norma, definiendo la prohibición tanto privativa como productiva. Como señala Butler, “el poder actúa sobre el sujeto por lo menos de dos formas [...]. Como súbdito del poder que es también sujeto de poder, el sujeto eclipsa las condiciones de su propia emergencia; eclipsa al poder mediante el poder” (Butler, 1997, p.24-25). Señalando de esta forma que en el caso del diagnóstico, aparte de censurar, se posibilita (hasta cierto punto) la construcción de la conciencia (sujeto reflexivo, que reflexiona y refleja) volviendo al sujeto objeto para sí mismo. Y continuamos con Butler al apuntar que, “cuando las categorías sociales garantizan una existencia social reconocible y perdurable, la aceptación de estas categorías, aun si operan al servicio del sometimiento, suele ser preferible a la ausencia total de existencia social” (Butler, 1997, p.31). Estableciéndose como reto, más que su evitación, la superación de dicha ambivalencia constituyente. Ampliamos lo dicho siguiendo a Pujal al plantear que, “la tarea creativa / política asociada a la subjetividad consistiría en convivir con una contingencia y ambigüedad irreductibles, pero no en ignorarlas –imagen de sujeto moderno– o someterse mansamente a ellas –imagen de algunas versiones del sujeto postmoderno-. La subjetividad / identidad no supondría, en este sentido, un punto
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 140 de partida, sino la siempre renovada capacidad de referirse al sí mismo y al propio actuar en el mundo. De lo contrario caeríamos en la ilusión que es posible transformar el mundo sin transformarnos a nosotros mismos y al revés, o en la fantasía de pensar que podemos actuar sin tomar en cuenta nuestro punto de partida” (Pujal, 2003, p.134). Al hilo de lo anterior, tomamos de ejemplo el orden médico como régimen que delimita y establece a qué se le puede llamar vida, y a qué se le puede llamar muerte. Por lo tanto, cómo deben gestionarse ambos, o sea, el vivir y el morir. Para ver cómo el discurso médico ejerce una censura a partir de lo que no entra o se sale de su orden o coherencia. En otras palabras, cómo establece clasificaciones de las que emergen la psiquiatría y el enfermo mental, el “suicida” en este caso, como objeto de estudio. La irreductible tensión sujeción - potencia El morir como espacio de imposibilidad subjetiva e intersubjetiva Con el propósito de abrir nuevos frentes de análisis a la pregunta sobre el suicidio, introducimos ahora la reflexión sobre el morir en el contexto de la vida. Centrando nuestro interés en la problematización de la producción del sujeto definido en los bordes del discurso hegemónico, concretamente desde el ya conocido sujeto “suicida”. A partir de aquí es que hacemos la pregunta sobre cómo se puede morir en el intento de vivir correctamente la vida. Para lo cual, reflexionamos sobre el sometimiento radical; equivalente al cese de la vida subjetiva o desborde de sufrimiento, articulado a partir del debate y tensión entre la producción subjetiva y el proceso de sujeción. Proceso en el que se da el vuelco del deseo por la norma como condición de existencia social, como anclaje para ser en la categoría lingüística de sujeto, y así poder ser nombrado y nombrar. Como señala Butler, “obligado a buscar el reconocimiento de su propia existencia en categorías, términos y nombres que no ha creado, el sujeto busca los signos de su existencia fuera de sí, en un discurso que es al mismo tiempo dominante e indiferente. Las categorías sociales conllevan simultáneamente subordinación y existencia” (Butler, 1997, p.31). Preguntamos pues, cómo es que se puede llegar a la imposibilidad de desplazar y mantener el rastro del deseo entre la subordinación fundacional, entumeciendo los ritmos y movimientos del deseo dentro del proceso de subjetivación. Gestándose así relaciones infiltradas con alta dosis de sometimiento. Las cuales, dejan fuera de los márgenes de la realidad el deseo imposibilitado, el que no entra dentro del orden de lo posible. Produciendo relaciones en las que el flujo del deseo queda radicalmente supeditado al orden simbólico. Esta pregunta nos posibilita reflexionar sobre la subordinación inaugural como forma de poder que llega a someter al sujeto, pero que a su vez le abre las condiciones iniciales de existencia. Paso indispensable para poder seguir el hilo de la producción del sujeto en (el deseo por) la norma que da existencia social, pero que a su vez puede ir mermando las posibilidades de un sujeto de deseo. Siguiendo el ejemplo del orden discursivo y disciplinar médico/ psiquiátrico se podría pensar que debido a que tanto el médico como el enfermo están atravesados y articulados por el poder a partir de una subordinación inaugural, parten de una condición de sujeto similar. Pero como el proceso de subjetivación va emergiendo ligado a ciertas condiciones de posibilidad (tanto emocionales como
Reflexiones en torno al suicidio: desestabilizando una construcción discursiva reduccionista Mª del Mar Velasco Salles y Margot Pujal i Llombart Athenea Digital - num. 7: 133-147 (primavera 2005) 141 simbólicas y materiales), relacionadas con la posición de poder simbólica y material que va ocupando el sujeto en el discurso, el rumbo que toma su situación de sometimiento produce efectos muy distintos en la vida cotidiana de ambos. Pudiendo significar en un primer momento, que el sometimiento del enfermo al orden médico, sea su única vía de posibilidad para hacerse de una entrada precaria, pero inteligible en el orden simbólico. Ilusión socialmente construida y sostenida, que tanto puede dar sentido a su vida como sometimiento ante ella, explicándose a sí mismo a partir de ella. Pero que preso de una versión impermeable y hermética de sí mismo, activa su muerte en el contexto de la vida. Encarnando, siguiendo a Butler, una posición identitaria en el discurso como un ideal normativo - desviado más de un dispositivo médico y no como un aspecto subjetivo de su experiencia. Cuestión que nos plantea la pregunta sobre los límites y los efectos del saber médico en relación al suicidio. ¿Cuál es el límite del saber médico, acaso la muerte? Más que el acto de la muerte física, del cual el discurso de la ciencia nos pretende librar a toda costa, parece que lo que más importa, es el hecho de que ésta se produzca dentro de un orden, o sea, que tenga lugar y sea reconocible para el saber médico. La anatomía patológica, encargada de poner orden en la enfermedad y la muerte, ¿qué hace en el caso del suicidio?, acontecimiento que indudablemente se le escapa de las manos. Sujetos incómodos como los “suicidas”, objetos de indignación y mancha imborrable en el discurso vigilante de los otros, ponen bajo sospecha los imperativos intocables de supervivencia y las formas de resistencia ante la imposibilidad de inscribirse desde su propio deseo en el orden social. Cuestionan lo establecido como cierto por quien cree “poseer poder” sometiendo, y por quien cree “saber verdad” imponiendo realidad. En otras palabras, sujetos cuyos deseos circulan enmohecidos y melancólicos por el discurso. Haciendo de la muerte un lugar donde no se la esperaba, instituyen en el acto suicida un orden de posibilidad radical distinto, aunque paradójicamente lleve a la imposibilidad absoluta, al agujero negro. Desestabilizando así, los discursos de verdad, vinculados al orden simbólico, del contexto en el que, invitados o no, por fin participan. En la mayoría de las ocasiones el deseo de supervivencia es tal, que se prefiere “existir en la subordinación a no existir” (Butler, 1997, p.18), lo cual de igual forma implica un riesgo de muerte, aunque de manera distinta. Muerte subjetiva e intersubjetiva: muerte, donde ya no veo mis ojos en la mirada del Otro, donde ya no hay sitio para subvertir el orden simbólico desde mis deseos, donde ya no cabe crearme sino simplemente ser. Cuerpo disecado, inflado de significación y de mera exhibición, asesinato diario del deseo que tiene el valor cotidiano de un suicidio. Cuando la presencia del sujeto no logra una articulación subjetiva en el mundo, se ve arrojando enunciados sin marca y sin lectura, imposibilitados para trazar una huella en el Otro. “Cuando no existe la posibilidad de elaborar un sentido, cuando no existe la posibilidad de desplazamiento por los significantes (significantes que nos han venido de otros), quizá el deseo queda asfixiado, queda condenado el sujeto, a un no decirse o a un no poder moverse, crear, a fin de cuentas. Ahí puede dar la vuelta el deseo y ser deseo de desaparecer”.2 ¿Cómo se puede llegar a la muerte en el intento de vivir correctamente la vida? Una vida que va aniquilando las posibilidades de articular el deseo, y llegar a subvertir los límites de lo posible. 2 Como señala Patricia Amigot Leache en comunicación no publicada.