Paisaje y memoria : recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos
Abstract
Al recuperar y releer los relatos de viaje españoles que hacen referencia al Marruecos colonial se constata aquello de que la Geografía ha sido y es una arma para la guerra (Lacoste, 1977). Además, para el contexto hispano-marroquí también se elucida lo que Lacoste desarrolló como «alertas en el Mediterráneo» en su libro Cuestiones de geopolítica (1988) vinculadas al Islam, el mar y África. Este artículo, partiendo de las dos ideas apuntadas, realiza una revisión crítica de la construcción histórica de una particular geografía de la guerra utilizando como objeto de análisis la significación que aportan las recreaciones literarias de los paisajes bélicos en territorio marroquí (1859-1936).
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219 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009, págs. 219-248 PAISAJE Y MEMORIA: RECREACIONES LITERARIAS DE LA GEOGRAFÍA BÉLICA COLONIAL EN MARRUECOS Rosa Cerarols Ramírez Departament de Geografia, Universitat Autònoma de Barcelona RESUMEN Al recuperar y releer los relatos de viaje españoles que hacen referencia al Marruecos colonial se constata aquello de que la Geografía ha sido y es una arma para la guerra (Lacoste, 1977). Además, para el contexto hispano-marroquí también se elucida lo que Lacoste desarrolló como «alertas en el Mediterráneo» en su libro Cuestiones de geopolítica (1988) vinculadas al Islam, el mar y África. Este artículo, partiendo de las dos ideas apuntadas, realiza una revisión crítica de la construcción histórica de una particular geografía de la guerra utilizando como objeto de análisis la significación que aportan las recreaciones literarias de los paisajes bélicos en territorio marroquí (1859-1936). Palabras clave : geografía cultural, libros de viaje, colonialismo español, paisajes bélicos, Marruecos. ABSTRACT Landscape and Memory: Literary recreations of the military colonial geography in Morocco .- When recovering the Spanish travel accounts that refer to the colonial Morocco is confirmed that Geography has been and is one weapon for the war (Lacoste, 1977). Besides, for the Hispanic-Moroccan context which Lacoste developed as «alerts in the Mediterranean» in his book Questions of geopolitics (1988) linked to the Islam, the sea and Africa is also elucidated. This article, setting off from the two noted ideas, carries out a critical revision of the historical construction of a war geography using as an object of analysis the signification Fecha de recepción: junio 2009. Fecha de aceptación: octubre 2009.
220 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez that the literary recreations of the warlike landscapes provide in Moroccan territory (18591936). Key words : Cultural Geography, travel accounts, Spanish colonialism, war landscapes, Morocco. I. INTRODUCCIÓN El presente artículo explora, a través del análisis de los libros de viaje, las relaciones existentes entre paisaje y memoria en las geografías imaginarias españolas del Marruecos colonial (1859-1936). Las páginas que siguen tratan de averiguar la significación cultural del lado más subjetivo del paisaje en su narración vinculada al recuerdo y a la memoria nacional del período imperial. Se puede avanzar que para el caso español, debido al propio desarrollo de la política colonial africanista, predomina la temática bélica, y por este motivo —en sí muy significativo—, se tratarán únicamente las aportaciones textuales que hacen referencia a la geografía de la guerra. Un rasgo común observable en la literatura viajera es que se apropia de lo visto mediante la construcción de paisajes (Zusman, 2007). Toda la diversidad de elementos naturales y socioculturales se interrelacionan entre sí a la vez que quedan sometidos a diferentes cánones estéticos e ideológicos (Gregory, 1994; Paradela, 2005, Schama, 1995). Al mismo tiempo, cuando este proceso de transformación coincide con la práctica colonial, la revisión paisajística se convierte en un valioso instrumento de análisis para examinar los aspectos culturales del colonialismo (Blunt, 2002; Borghi, 2008; Cosgrove, 2003; Ramiro et al., 2007) o la constitución y difusión de unas geografías imaginarias determinadas (Garcia Ramon, et al., 2008; Cerarols, 2009). Así pues, el estudio de las de las prácticas de desplazamiento (de viajes) nos permite reconstruir una Geografía Cultural que encuentra sus bases en la movilidad y no solo en el sedentarismo o, en todo caso, en la yuxtaposición de ambas prácticas (Zusman et al, 2007). Por otro lado, en los últimos tiempos también estamos experimentando un «retorno al paisaje» (Mateu Bellés, et al., 2008), entendiéndolo y considerándolo de una forma más holística (Azevedo, 2008). Ahora «el paisaje puede interpretarse como un producto social, como el resultado de una transformación colectiva de la naturaleza y como una proyección cultural de una sociedad en un espacio determinado» (Nogué, 2007: 12-13). Con este enfoque interpretativo que entiende el paisaje como un producto social, se recuperan los valores de la representación y del poder de la mirada. En consecuencia, el paisaje no sólo muestra como es el mundo; más bien se trata de una construcción, una composición de este mundo, una forma de mirarlo. En efecto, al concebir el paisaje como un «modo de ver» (Berger, 1972; 1991), hay que asumir la carga ideológica incorporada al proceso de apropiación del espacio (Mitchell, 2002). De ese modo, los paisajes se construyen socialmente en el marco de un juego complejo y cambiante de diferentes relaciones de poder. Además, desde este punto de vista, también cabe recalar en las vinculaciones que se establecen entre los paisajes y sus correspondientes horizontes históricos y nacionales. En este sentido, y tal y como apunta Ortega Cantero (2008), las sociedades modernas han utilizado a menudo el
221 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 paisaje como factor de identidad, apoyándose en él para caracterizar y afirmar la propia entidad colectiva, y convirtiéndolo en la representación sensible del sentimiento de pertenencia nacional. Así pues, vemos como el paisaje también puede adquirir un significado histórico y nacional importante. La ocupación y colonización territorial de Marruecos no fue en ningún momento una empresa fácil. Desde el punto de vista español, quedó duramente marcada por reiterados enfrentamientos bélicos y por una gran movilización de soldados y artillería, lo que se tradujo en una alta presencia militar española en suelo africano (Balfour, 2002; Guerrero Acosta, 1998; Madariaga, 1999; Nogué et al. 1999). Si se hace una lectura geográfica del proceso, se observa que las escaramuzas militares se produjeron en los lugares donde convergían los intereses contrapuestos de España y Marruecos, o sea, en los alrededores de Ceuta y Melilla. Por otro lado, si hacemos un repaso histórico, el período que se analiza empieza con los enfrentamientos militares, que en España, se bautizaron como la Guerra de África (1859-60). Fue una guerra que des del primer momento se orientalizó y tomó unas características casi míticas en el imaginario colectivo español (González Alcantud, 2004; Marín, 1996; Martín Corrales, 2002; Morales Lezcano, 2004). Se consideró una «gran victoria» que, aunque tuviese unas consecuencias políticas y económicas limitadas, se convirtió en la principal fuente de inspiración para la construcción de un (nuevo) discurso colonialista que aglutinaba todo el legado de exaltación de la reconquista medieval española. Así, la gran mayoría de viajeros y viajeras que realizaron la ruta prototipo —de Tánger o Ceuta hacia Tetuán—, recorrieron lo que fue el campo de batalla, y por tanto, de forma constante en todo el período de análisis, rememoraron la fructífera y suculenta victoria militar. A su vez, desde finales del siglo XIX, aquellas personas que se desplazaron a Melilla o que recorrieron la ruta rifeña , también dejaron constancia de los múltiples enfrentamientos bélicos acaecidos en la zona del Rift marroquí 1 . Melilla y sus cercanías, vivieron antes del establecimiento formal del Protectorado, los infortunios militares de los años 1893, 1909 y 1911. Además, a partir del 1912, la resistencia rifeña se organizó y protagonizó el revés militar más duro para el ejército español, conocido popularmente como el «desastre de Annual» (1921). Dicha derrota, silenciada y censurada por el Ejército y Gobierno españoles (Maradiaga, 1999; Villalobos, 2004), tuvo posteriormente su contrarréplica con el desembarco de Alhucemas, dirigido por Primo de Rivera el año 1925 y donde cooperaron por primera y última vez los ejércitos español y francés. Anulada militarmente la resistencia local, se abrió un período de teórica «pacificación» que duró hasta el final del período de análisis, cuando los mismos generales españoles del ejército africano diseñaron y ejecutaron el golpe de Estado de julio de 1936, que desembocó a la Guerra civil española. En consecuencia, a lo largo del período de análisis, muchas de las aportaciones viajeras también dejaron escrita la evolución de la geografía de la guerra en territorio africano. Con la recuperación de la literatura viajera que vincula paisaje y memoria, se puede fácilmente reinterpretar la construcción social del paisaje a través de las citas explícitas que 1 En la actualidad también existen relatos de viaje que hacen referencia explícita a estos paisajes bélicos. Un buen ejemplo es el libro de Lorenzo Silva publicado el año 2001 con el título Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos , donde el autor-viajero relaciona al detalle paisaje y memoria de las guerras hispano-marroquíes coloniales.
222 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez hacen referencia a los paisajes bélicos fruto de los enfrentamientos hispano-marroquíes del período colonial. De una muestra analizada de treinta relatos 2 , vemos que exactamente la mitad de las aportaciones 3 tratan dicha temática abiertamente. Estos quince relatos son, por orden cronológico, los de Pareja (1868), Boada (1889 y 1893), Collell (1891), Burgos Seguí (1909), Eguilaz (1912), Dantín (1913), Montero (1913), Prats (1915), Olmet (1916), Zulueta (1916), Cabrera (1913-1923), Sánchez Pérez (1925), Otero (1930), Jiménez de Noguera (1933) y Tirant (1934). Incluyeran o no evocaciones explícitas de los escenarios de las guerras hispano-marroquíes, lo cierto es que, tanto las personas que se desplazaron a Marruecos como el resto de población española, estaban al corriente de las relaciones conflictivas entre España y Marruecos (Bachoud, 1988). De hecho, desde siempre, las relaciones entre ambos territorios estuvieron marcadas por un contacto constante que a menudo fue problemático (Martín Corrales, 1999; Villanova, 2004). En este sentido, el militar Sánchez Pérez, al principio de su libro 4 , manifiesta que: « Siempre ha sido cosa peregrina el trato entre moros y españoles. Desde la tradición del Conde don Julián, con la consecuencia de la invasión de Tarik, hasta nuestros días, apenas si ha transcurrido entre ellos y nosotros un solo año sin lucha . Primero la irrupción avasalladora, después la reconquista, iniciada por Pelayo en Covadonga y terminada en Granada aquel memorable 2 de enero de 1492; más tarde, las muchas con lo moriscos sublevados; las expediciones a Melilla, Ceuta, Orán y tantos otros puntos de la costa marroquí y argelina, donde anclaban los bajeles de los fieros bandidos del mar. En tiempos de nuestros abuelos, la guerra de África, esmaltada de gallardías que tuvieron por escenario la exuberante tierra de Yebala; la campaña del 93 en Melilla y desde 1909 en Ceuta, Larache, Tetuán y el Rif, todas esas jornadas azarosas en las que —pese a quien acaso por no haberlas vivido no sabe poner las cosas en su justa razón— ha brillado con fúlgidos destellos la limpia ejecutoria de la raza » (Sánchez Pérez, 1925: 9-10). De ese modo, al referirnos a las evocaciones españolas de los paisajes de la guerra, habrá que considerar también el legado conflictivo heredado de los siglos anteriores. Éste, condi2 En la tesis doctoral se consideró que treinta relatos era una muestra significativa teniendo en cuenta la representatividad de género, la cronológica en el eje temporal de análisis, la de procedencia geográfica y la de tipología de viaje-viajero/a. Ver: Cerarols, Rosa (2008). L’imaginari colonial espanyol del Marroc , consultable en http://www.tesisenxarxa.net 3 La otra mitad de aportaciones no incluyen evocaciones de los paisajes bélicos. Amor (1859) viaja justo antes del primer enfrentamiento. Los aventureros Gatell, Murga y Benítez no hacen ninguna mención en sus escritos. San Martín, aún siendo miembro del cuerpo de Aduanas que se instauró con el acuerdo de paz de la Guerra de África, no incluyó en su relato ninguna referencia en relación al territorio. Muro y Calvet, por su lado, sólo conocieron Tánger. Mitjana, únicamente relata la misión diplomática que representaba, la cual no pasó por los parajes bélicos que se analizan. Jara, aunque si que los atravesó, no incluyó ningún comentario. Juarros y Escamilla hicieron referencia exclusivamente al Tetuán del Protectorado. Martínez Ferrando, sólo conoció la zona del Protectorado francés y, Esteve, Bertrana y Sáenz, omitieron tratar la temática. 4 Las citas de los relatos que aparecen a lo largo del artículo mantienen la ortografía original. Los destacados que se incluyen son de la autora para enfatizar la significación discursiva del texto.
223 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 cionará fuertemente el discurso definitorio del enemigo (González Alcantud, 2002; Mateo Dieste, 1997), creando una mirada particular que no sólo recogerá los elementos típicos de la época imperial sino todo el conjunto de imaginarios forjados durante siglos en el sí de la sociedad española. II. ENTRE CEUTA Y TETUÁN: LA MÍTICA GEOGRAFÍA DE LA GUERRA DE ÁFRICA «La célebre guerra de Tetuán fué promovida, por haber hostilizado los anyherinos nuestra guardia de la Caseta de la sangre, el día 11 de agosto de 1859, y, que dieron motivo durante algún tiempo á encarnizados combates entre los moros y nuestras tropas. […] En la memoria de todos están aquellas memorables batallas del valiente ejército español acaudillado por los bravos generales que se llamaron O’Donnell, Prim, Echagüe, Ros de Olano, Gasset, Zabala y otros, que de combate en combate, y de triunfo en triunfo llegaron hasta los muros de la ciudad de Tetuán, colocando la bandera española sobre los torreones de la Alcazaba el día 6 de febrero de 1860. El Serrallo, los Castillejos, Monte Negrón, Río Izmir, Wad-Rás, son nombres escritos con letras de oro en las páginas de la historia y que hacen latir el corazón de los buenos españoles á impulso del más noble patriotismo» (Eguilaz, 1912: 12-13). Con la Guerra de África, España modifica sensiblemente su mirada y sus aspiraciones en relación a la expansión territorial en el país vecino (Martín Corrales, 2002). En realidad, la victoria militar se convirtió en la gran excusa y el motivo más adecuado para efectuar una primera intromisión real en territorio marroquí (Albet et al., 1997; Albet & Riudor, 1999; Urteaga et al., 2003; Urteaga, 2006). De esa manera, las filas colonialistas españolas hicieron de la Guerra de África un mito patriótico (Reguera, 2002) y de Marruecos, su Oriente doméstico (Marín, 1996, Martín Corrales, 2002; Moga Romero, 2006; Morales Lezcano, 2006). La mayor parte de las personas que se desplazaron a Marruecos recorrieron la ruta prototipo , la que desde Tánger o Ceuta llega a Tetuán. A menudo, en ruta —o no— evocaron el mítico paisaje de la guerra ganada, recreando las emblemáticas aportaciones de la época 5 y, por tanto, rememorando la proto-penetración colonial en Marruecos. En consecuencia, empieza a construirse un complejo imaginario colectivo que vincula percepciones paisajísticas con idearios patrióticos y ansias coloniales. 1. La patria se desplaza a Marruecos: primeras evocaciones de la gloriosa guerra El período histórico que se analiza empieza con la guerra hispano-marroquí del año 1859. Los primeros viajeros que se desplazaron a Marruecos encontraron todavía vivo el fulgor de la victoria militar española y reconocieron épicamente la huella material y paisajística 5 En este sentido cabe recalar en el impacto mediático que tuvo la crónica de guerra del joven Pedro Antonio de Alarcón, granadino de Guadix que se desplazó a Marruecos como voluntario y se convirtió en su «cronista oficial» (González Alcantud et al., 2004). Sin embargo, no fue el único que narró el enfrentamiento (Correa, 2004) y, en este sentido, también se tiene que destacar la influencia que tuvo el pintor de Reus Marià Fortuny al inmortalizar y orientalizar los escenarios de dicha guerra (Carbonell, 1999). orientalizar los escenarios de dicha guerra (Carbonell, 1999).orientalizar
224 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez que allí se dejó. De hecho, la misma guerra —y especialmente su victoria— se convirtió en un aliciente primordial para viajar a Marruecos. Así pues, gran parte de la literatura viajera generada en aquellos tiempos rememoró la batalla que se había convertido en la punta de lanza de la penetración colonial española en Marruecos. El viajero Pareja, al desplazarse entre Tánger y Tetuán 6 en el año 1868 [ver mapa 2], nos cuenta: « En la espesura de aquel monte, hoy descuajado, se vertió la primera gota de sangre española, y este recuerdo conmovió las fibras más recónditas de mi corazón; allí, en fin, comenzaba el enigmático Mhogreb » (Pareja, 1908: 13). Así pues, parece ser que para el autor, el dejar atrás Tánger implicaba adentrarse al Marruecos real, aún desconocido. Al mismo tiempo, menciona que los parajes que recorre —por sus implicaciones históricas y sentimentales—, lo conmueven profundamente. En esta misma línea, inmediatamente añade que « poco después estábamos á las puertas del Serra- «poco después estábamos á las puertas del Serra-« llo , donde un pelotón de soldados del Fijo de Ceuta daba la guardia al primer baluarte marroquí, tomado en 1859 por las tropas españolas » (Pareja, 1908: 13). De esa manera, vemos que no sólo se trata de rememorar el pasado, si no más bien publicitar la materialidad Figura 1. FOTOGRAFÍA INCLUIDA EN EL RELATO DE PAREJA (1908) 6 En referencia al trayecto, incluye: «Larga jornada teníamos que hacer antes de llegar a Tetuán, por un mal camino de herradura trazado en terreno quebradísimo , entre peñascos y malezas. Nada más pintoresco , sin embargo, que la selvática majestad de aquel amasamiento de piedras, árboles y brozas» (Pareja, 1908: 15).
225 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 del presente, o sea, la constatación de la presencia española en territorio africano. Para enfatizar este objetivo, Pareja, al referirse al Serrallo [ver imagen 1], se sirve también de la eficacia de la fotografía, que para él, ilustra la españolidad de la plaza. Prosiguiendo la ruta en dirección a Tetuán, explica que «La pendiente iba marcándose poco á poco. De pronto, al doblar un recodo, el monte se aclaró á pala, con terraplenes á uno y otro lado. Mjamet volviese hacia mí y señalándome aquella especie de carretera me dijo: — Esto es obra de vosotros; por aquí subió la artillería española en la campaña de 1859 á 60 » (Pareja, 1908: 16). Ahora es el guía local quien recala en la transformación del paisaje. Lo atribuye a la presencia extranjera y a la construcción de la primera infraestructura española (de finalidades bélicas). Con la observación, el viajero evoca la significación del lugar y de la emoción que le genera encontrarse allí, empieza a rememorar los detalles de la guerra. De ese modo, vemos que desde una perspectiva claramente territorial, elabora una translación nostálgica de una alta significación patriótica. Incluye: «De sus labios oí el relato de los sucesos más culminantes de la lucha. Aquel terreno estaba regado con sangre española y, ante la palabra llena de sobriedad y sencillez del moro, veía con la imaginación el cuadro magnífico de la batalla, como en un diorama se ven los episodios de un combate cualquiera » (Pareja, 1908: 16). «Descendimos al llano, pasando por las colinas donde los moros tenían aquel formidable campo atrincherado que tomó Prim al frente de los voluntarios catalanes , y distraídos con la relación pintoresca de Mjamet, llegamos al pie de los muros cuyas troneras asomaban la boca verdosa los cañones marroquíes» (Pareja, 1908: 19). Tal y como si estuviera contemplando las acuarelas de Fortuny —subvencionado para inmortalizar las escaramuzas—, Pareja deambula absorto por aquellos parajes, recreando y retroalimentando una de las geografías imaginarias más consolidadas de aquel lugar. Finalmente, el viajero llega al que fue el emblemático «campo de batalla» [ver mapa 1]. Nos explica: « ¡Wad-Ras! ¡El campo donde se libró la temible batalla! ¡El puente tan heroicamente tomado por los cazadores de Ciudad Rodríguez! Yo reconstruía en mí mente el cuadro magnífico del combate [...]. Todo lo veía, todo lo recordaba, teniendo presentes los relatos hechos por la prensa, y mi corazón latía de orgullo evocando la hermosa epopeya de nuestras glorias nacionales, mientras la vista divagaba desde el bosque al valle, del valle al monte y del monte al norte, en cuyo horizonte y como manto de niebla se divisaban las costas españolas » (Pareja, 1908: 60).
226 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez De esta manera, el viaje, concretado ahora en una panorámica paisajística de gran valor simbólico para la reconstrucción histórica española, también tiene la capacidad de transformarse en un ejercicio mental, en una forma de mirar, que vincula directamente paisaje y memoria. Años más tarde, otros tantos viajeros también rememoraron ad nauseam el espacio-mito de la Guerra de África. Boada, por ejemplo, que recorre la zona en el 1889, era ya muy consciente de la carga emocional que poseía aquel territorio. En efecto, el paisaje aunque sea una realidad física también es la representación que culturalmente hacemos de ella. En otras palabras, aparece un tangible geográfico y a la vez, su interpretación intangible. Así, escribe en su relato que « con la vista fija en el paisaje, el pensamiento vagando por aquellos campos tan Mapa 1 ZONA OCCIDENTAL, RUTA PROTOTIPO. LOCALIZACIÓN DE UAD RAS 7 Fuente: mapa incluido en el libro de Villalobos (2004). 7 Fíjense en la central ubicación de Uad Ras entre Tánger y Tetuán. Dense cuenta también de la proximidad existente con el Fondak , lugar muy evocado en las narrativas viajeras.
227 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 llenos de recuerdos , y el cuerpo abandonado al monótono vaivén de la marcha, seguimos hora tras hora» (Boada, 1999 [1895]: 266). Conocedor de los avatares ocurridos treinta años atrás y de la simbología de su localización geográfica, concreta que: «Íbamos en demanda, desde la mañana, de la divisoria que separa las estribaciones de las montañas que cierran la llanura de Uad-Ras por el Este, y en cuyo sitio está el fondak donde descansan las caravanas que cruzan estos caminos ; pasamos a pocos metros de distancia, y aunque á la ligera, pudimos observar este fondak, famoso por el temido paso á cuya entrada se halla y que estuvo á punto de recorrer el ejército español el año 60 » (Boada, 1999 [1895]: 266). Como otros viajeros, Boada, in situ, consideró que « ni para un ejército ni para una caravana nos pareció pavoroso, en épocas normales, el paso del fondak» (Boada, 1999 [1895]: 267) [ver mapa 2]. Esta puntualización hace referencia a la extrema peligrosidad descrita en relación a dicho tramo por los cronistas de la guerra, especialmente por Alarcón. A su vez, como Pareja, Boada también llega a la mítica explanada donde tuvieron lugar los hechos más archiconocidos de la Guerra de África [ver mapa 1]. Así: «Llegados al límite inferior del camino, encontrémonos ya en la llanura. Desde aquel momento la emoción fué grande. Teníamos ante nosotros la extensa llanura del Uad-Ras, con sus campos cubiertos de doradas espigas. En el fondo, y á nuestra derecha, una serie de lomas, formando escalones, recordábanos el sitio principal escogido por los marroquíes para formalizar la mayor resistencia cuando la célebre batalla . A nuestra izquierda, unos cuantos arbolillos raquíticos señalaban aún el sitio donde se firmó la paz que puso término á la empeñada contienda » (Boada, 1999 [1895]: 267). Una vez allí y aunque se encontrara físicamente delante de un campo de cereales espigados, Boada se dedicó a reubicar espacialmente las localizaciones-iconos más significativas de la batalla. Al mismo tiempo, preso por la nostalgia, reconstruyó y revivió las excentricidades de aquel combate que supuso mucho más que una simple victoria militar. Leemos: «Por un momento creímos ver nuestros valientes batallones esparramados por el llano; el ruido ensordecedor del cañón y las descargas de la fusilería parecían herir nuestros oídos con ilusión creciente. Como treinta años atrás, el sol doraba con sus rayos montes y valles, envolviendo en un nimbo de luz esplendorosa los mil episodios épicos que la historia registra en sus mejores páginas, formando, alrededor del nombre de España, una aureola de gloria inmarcesible. […] Sobre el terreno y formando una sola comitiva, examinamos el campo, reconstituyendo la disposición de los batallones y cuerpos de ejército en montes y llanos. La imaginación suplía lo que en la realidad faltaba, presentándonos las principales fases del combate , el más importante que se ha librado en tierra de Africa» (Boada, 1999 [1895]: 268).
234 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez histórico que tienen sus alrededores como frontera colonial, como límite real de la penetración española. Para él, el colonialismo y la ciencia siguen el mismo itinerario y, por tanto, más allá de Tetuán no se podían realizar exploraciones científicas debido a la peligrosidad de no ser todavía territorio colonizado por las tropas españolas. También Sánchez Pérez recuerda la simbología del imaginario colectivo que tiene para España la ciudad de Tetuán, orientalizada pero también colonizada por las reiteradas miradas españolas. Incluye: «Los que en sus mocedades gustaron de saborear romances; los que se deleitaron con la prosa palpitante de entusiasmo de Alarcón; los que oyeron consejas que decían de las guerras con los moros; los que pensaron, durante los últimos años, en los miles de soldados que cumplieron en tierras moras una sagrada misión, miran a Tetuán como se mira a algo muy suyo, muy querido y muy digno de anhelos y sacrificios » (Sánchez Pérez, 1925: 14) III. ALREDEDORES DE MELILLA: ESCARAMUZAS EN LAS PUERTAS DEL RIFT (1893-1926) Melilla y la geografía de sus cercanías también tendrán un gran poder evocador en el conjunto de los paisajes belicosos que aparecen en la literatura viajera. Serán unos paisajes que se irán repitiendo y modificando y, no siempre tendrán aires de victoria. Desde la «Campaña de Melilla» del año 1893 al «Desembarco de Alhucemas» del año 1925, el hinterland de Melilla recogerá, uno tras otro, los cruentos enfrentamientos entre el ejército español y la resistencia rifeña. 1. Los primeros disturbios contados desde el campo de batalla Dos de los relatos existentes tratan específicamente la temática bélica hispano-marroquí porque se desplazaron allí como periodistas. Boada, como el primer corresponsal de guerra de La Vanguardia , dejó constancia de los enfrentamientos del año 1893. En aquella primera ocasión, divisando la costa de Melilla, escribió: «el Cabo de Tres Forcas dibujábase en el horizonte. La costa riffeña, pelada y abrupta, atraíanos de un modo particular » (Boada, 1999 [1895]: 336). Ciertamente, el paisaje del Rift, durante el período de análisis, experimentó la paradoxal dicotomía de atracción colonial hacia su territorio (colonizable) y la conciencia de repulsión hacia sus habitantes, tal y como si de un estereotipo geográfico se tratara. Así pues, encontrándose en Melilla, Boada cuenta: « Acostumbrada la opinión á las continuas escaramuzas provocadas perió- «Acostumbrada la opinión á las continuas escaramuzas provocadas perió-« dicamente por los moros fronterizos de aquella plaza africana , hubo de convencerse por el número de bajas y duración del combate de la importancia que había revestido éste, y de la escasa gloria que en él había correspondido á las armas españolas, para sentirse unánimemente excitada clamando venganza del bárbaro atropello riffeño, y dispuesta á agotar cuantos medios fueran necesarios para dejar á salvo, al par que el honor de nuestra bandera, la integridad de nuestros derechos » (Boada, 1999 [1895]: 325).
235 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 El viajero corresponsal constata la existencia de reiterada conflictividad entre los militares españoles de Melilla y los rifeños de las cabilas de los alrededores. Es más, estos disturbios fronterizos, que representaban una forzada normalidad, se agudizaron hasta tal punto que, en el 1893, uno de ellos fue considerado de «agravio a la patria española» y, con el renacimiento institucional y popular de las ansias de venganza hacia el «bárbaro rifeño», estalló una desproporcionada guerra. Así, «No debía pues sorprender á nadie el que apenas comenzados los trabajos del nuevo fuerte, los escasos soldados que protegían las obras viéranse atacados por Mapa 3 CERCANÍAS DE MELILLA. LOCALIZACIÓN DEL BARRANCO DEL LOBO 12 Fuente: mapa extraído del libro de Villalobos (2004). 12 Este mapa ubica el Barranco del Lobo (muy cercano a la ciudad de Melilla) donde el año 1909 el ejército español sufrió otro gran revés militar. Los puntos negros que aparecen en el mapa son los fortines militares españoles, mientras que los triángulos representan los accidentes geográficos más destacables.
236 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez fuerzas muy superiores, ocupando posiciones ventajosas y por ende en situación crítica. […] Alármose entonces la opinión, sacudió su inercia el Gobierno, y dada la gravedad de las circunstancias decidióse el envío de refuerzos. El entusiasmo que reinó en todos los ámbitos de la Península, no tuvo límites. Y es que la guerra al moro ha sido siempre muy popular en nuestro país, teniendo el don de enardecer todos los corazones. No en vano ha sostenido España una lucha de siete siglos con ellos, para que, al menor conflicto, recuérdense antiguas glorias, apagadas ambiciones y no vengadas ofensas » (Boada, 1999 [1895]: 326). Melilla y su entorno más inmediato se convirtieron en una dura espina clavada en el patriotismo español. Las constantes escaramuzas, algunas de les cuales se transformaron en batallas descomunales, evocaron desde sus inicios, tal y como apuntó Boada, el odio a muerte al «moro» y exaltaron el más puro sentimiento de venganza forjado muchos siglos atrás. Unos años más tarde, concretamente en el verano del año 1909, Carmen de Burgos, más conocida por Colombine, también estuvo al pie del campo de batalla a las afueras de Melilla [ver mapa 3]. Su relato novelado 13 elucida la histórica simbiosis existente entre este territorio y los reiterados enfrentamientos bélicos. En plena guerra nos informa que «Los batallones en columna doble de dos líneas estaban de cara al cerro, entre cuyas hendiduras habían quedado insepultos tantos cadáveres de españoles en las recientes batallas. La silueta pizarrosa del Gurugú recordaba la del Vesubio por la línea quebrada de la cumbre. [...] A sus espaldas se alzaban los fuertes de Alfonso XIII y de Camellos con sus formidables baterías de cañones, á la izquierda el mar iba á batir con sus olas de espuma las arenas de la playa , extendiendo su franja azul hasta la suspirada costa española, mientras que á la derecha el terreno arenisco, estéril, se esfumaba en el horizonte internándose en el Rif » en el Rif» en el Rif (Burgos, 1912: 28). La geografía de la guerra deja atrás las costas atlánticas que divisan la patria para referirse al territorio del Rift como un paisaje «estéril» donde yacen insepultazos militares españoles y donde destaca visualmente la presencia del Gurugú y los nuevos fortines militares españoles. Colombine, en relación directa con lo que se conoció como el «Barranco del Lobo», informa de las calamidades que comportó la guerra: « Aquel siniestro barranco del Lobo, donde quedaran insepultas las víctimas «Aquel siniestro barranco del Lobo, donde quedaran insepultas las víctimas « del 27 de Julio, se había recorrido en la última descubierta. Los que llegaron hasta él contaban con horror el espectáculo lúgubre de los cadáveres insepultos, desnudos, despedazados por los cuervos y profanados por los rifeños feroces » (Burgos, 1912: 55-56). 13 Las crónicas de guerra se publicaron en el Heraldo de Madrid entre agosto y septiembre del año 1909.
237 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Ahora, paisaje y memoria difieren —y mucho— de las gloriosas evocaciones que hacen referencia a la Guerra de África. En esta ocasión, el paisaje se ha convertido en un escenario dominado por la tragedia. 2. Evocaciones paisajísticas de las geografías de la derrota: diferentes visiones A partir de 1909, los viajeros que recorrieron las cercanías de Melilla también describieron sus paisajes de la guerra, rememorando y resiguiendo aquellos lugares e itinerarios impregnados de conflicto. Prats, por ejemplo, al llegar a África evoca explícitamente el territorio exacto donde se materializaron las batallas anteriores a su desplazamiento, dejando escrito que, «Para mí, igual que para todos los que hayan leído en la historia las repetidas guerras de los españoles en África, el nombre del Cabo de Tres Forcas es perfectamente conocido, familiar [...] ¡Por tal hubiera yo entonces rechazado la idea de ver un día con mis propios ojos este gigante pico, mudo testigo de la bravura española, sepulcro de cientos de héroes que vertieron la sangre por su patria, que también lo es mía…! » (Prats, 1915: 155). Después de reconocer la topografía más destacable de la zona y manifestar su conmoción, se acercó a la geografía concreta de los delirios bélicos evocando los crueles enfrentamientos entre españoles y marroquíes. Explica: «Mi vista, al paso del coche, seguía recorriendo aquellos lugares por donde, en justo castigo, persiguieran nuestros soldados a los traidores rifeños , y observaba las ruinas de los caseríos destruidos por la artillería, permaneciendo aún los escombros cual vivo testimonio de la tradición de sus antiguos moradores. ¡Y pensar que aquel suelo, que nosotros pisábamos, había visto mezclarse con la de los moros la sangre de nuestros hermanos, la del pérfido islamita con la del noble cristiano! En verdad, que me estaban dando ganas de estrangular al primer marroquí que me hallara al paso… sólo la caridad cristiana podía contemplar mi indignación» (Prats, 1915: 168). Prats, cura y académico de Salamanca, sirviéndose de la contemplación del paisaje, transmitió su discurso católico más reaccionario: la ancestral guerra de religiones en la cual topan «nobles cristianos» y «pérfidos islamitas», o sea, buenos y malos. Con esta evocación –y las ganas de estrangularquedan manifiestos los sentimientos más patrióticos e inquisitivos del clérigo. Y prosigue: «En derredor nuestro una gran explanada, que se prolonga en la vasta laguna (tal es Mar Chica), cuya faja de separación del mar se pierde entre la bruma azulada; al Sur el cerro del Atalayón; hacia el Poniente el Gurugú, que en su imponente elevación, y vestido de luto por las sombras de la tarde, llega a parecerme inmenso mausoleo erigido por la naturaleza a los mártires del deber que en las
238 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez faldas de este monte sucumbieron. Una resplandeciente nube oculta a la sazón su encumbrada cima, y, sin saber por qué, me figuro ver en ella algo simbólico, así como el blanco cendal con que el Dios de las batallas quiere cubrir las lobregueces del barranco del lobo y del de la muerte, sepultura de los innumerables soldados que con su sangre escribieron el 27 de Julio una de las páginas más gloriosas de nuestra historia contemporánea » (Prats, 1915: 168-169). Después de trazar una detallada panorámica paisajística hacia todos los puntos cardinales, el viajero, todavía ofuscado, recala en el temor de la inseguridad que inspiran estos parajes y por este motivo, termina manifestando que « los soldados que continuamente vigilan aquellos lugares infundían, con su presencia, en nosotros la tranquilidad que, de faltar ellos, no hubiéramos tenido , máxime desde el punto en que la noche nos salió al paso durante el regreso» (Prats, 1915: 171). Finalmente, al llegar a la población de Zeluán, constata que «Una cosa se echa de ver apenas se llega a Zeluán. En sus casas de madera sencillas, con lo estrictamente indispensable para proteger a sus moradores contra la intemperie, advierte al menos avisado que todo allí es postizo, que falta aún aquella seguridad, aquella calma precisa para las obras sólidas y estables; se adivina a la legua que estamos en tierra de enemigos. El poblado se reduce a una calle formada por dos manzanas de casas destinadas a cantinas, donde los soldados, relevados de la rígida disciplina militar, triunfan y se divierten confundidos con sus jefes. [...] A unos cien metros del sitio se alza la célebre Alcazaba, de gigantescas proporciones, refugio de los rifeños, donde impunemente se guarnecía después de hostilizar a nuestras tropas » (Prats, 1915: 225-226). Para el viajero, los paisajes de los alrededores de Melilla se caracterizan por la inestabilidad y fragilidad de su geografía. Prats, denotó una falta de seguridad debido a la proximidad y desconocimiento del enemigo. El resultado, por tanto, es un paisaje postizo que depende directamente de una necesaria presencia militar. Sin embargo, los mismos paisajes generaron diferentes opiniones, e incluso, evocaciones tremendamente optimistas al quedar estrechamente relacionadas con las aspiraciones más materialistas del colonialismo español. Desde este punto de vista, el relato de Olmet nos informa que: «Cuando vino, en 1911, á Melilla Don Afonso XIII, la plaza había tenido una pequeña expansión. El Rey pudo recorrer á caballo la zona ocupada. Hoy hacen falta cuatro ó cinco días para recorrerla en automóvil. Fuera de los primeros choques ocurridos en el año 9 y de la infortunada excursión al Kert del 11, etapas sangrientas, momentos arduos, la ocupación se ha ido haciendo sin ruido, sin dolor, sin tragedia. [...] Poseemos ya hasta el Muluya, límite de nuestra zona, dilatados territorios. El Kert es un regato inofensivo. Monte Mauro, estorbo grande para llegar á Alhucemas. [...] Lo que todos hemos de reconocer es que la obra realizada tiene, desde el punto de vista militar considerable importancia » (Olmet, 1916: 35).
239 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Así, para Olmet, los paisajes bélicos quedan tremendamente «relativizados» a merced de los positivos cambios obtenidos en el territorio en cuestión, entre los años 1911 y 1915. Así pues, parece que para el autor, los intentos de ocupación española no estaban siendo nada trágicos. Su mirada, deja atrás las derrotas bélicas y, destaca superlativamente el aumento de la influencia española en la zona. Al encontrarse allí, añade: « Hemos llegado á las más avanzadas posiciones. Desde ellas se dominan las jaimas ó campamentos de los moros nómadas que guerrean contra nuestra invasión . Y ahora, al regresar, lleno de polvo, de sol y de esa energía física y espiritual que comunica el espectáculo de la guerra, quisiera tener una paleta gigante para trazar este cuadro asombroso » (Olmet, 1916: 36). Al desplazarse hasta el extremo más fronterizo o en el que era considerado el frente de batalla, Olmet transforma su narrativa en una lírica épica y alegórica de los enfrentamientos existentes debido al dominio territorial. Además, el autor, llevado por la emoción de contemplar la «proeza española» se remite a la incapacidad textual para transmitir sus emociones y evoca una necesidad más artística para describir lo que él considera el espectáculo de la guerra. Como en el caso de otras aportaciones, se elucida la aparición de lo que Roger (1997) llama la «artialización» 14 del paisaje, la cual mediante la transformación visual del espacio, se prepondera la referencia artística (tradicionalmente pictórica) y el espacio vivido o visto se transforma en un paisaje contemplado y percibido. Al mismo tiempo, y retornando a la temática de las políticas de ocupación, concretamente en la área del Rift, donde la resistencia fue más virulenta, incluye nuevas referencias a la españolidad de los territorios ocupados. Escribe: « A la derecha se alza el Gurugú. Hoy se le recorre á pie, sin armas. El «A la derecha se alza el Gurugú. Hoy se le recorre á pie, sin armas. El « Barranco del Lobo es una grieta verde que sonríe al sol. [...] Cuanto abarcan los ojos, aquellas montañas hermosas de la lejanía, todo, todo pertenece a España » (Olmet, 1916: 36). En cambio, para Zulueta, la visualización de estos lugares lo obsesiona y lo enmudecen. Observando el territorio y asociándolo a su pasado más reciente, lo maldice y lo adjetiva de ingrato y estéril. Como escenario bélico que fue, sus paisajes quedaron condenados a no ser nunca fecundos. Leemos: «La emoción callada que experimenté en aquel primer momento, constituía para mí una verdadera obsesión. El paisaje iba desenvolviéndose áspero y de aspecto ingrato. Los pocos restos de arbolado, alguna higuera raquítica y desmedrada, cantados pinos encanijados proclamaban a las claras la esterilidad de aquel suelo ingrato. La sangre con que lo habíamos regado no podía ser fecunda. ¡Tierra maldita! » (Zulueta, 1916: 19). 14 De la adaptación del artialisation francés de Allan Roger (1997).
240 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez Al igual que otros viajeros, también se desplaza a la geografía del crimen y allí aparecen de forma cruenta los recuerdos dolorosos. A su vez, en la narración de los paisajes de la guerra, el componente geográfico se convierte en un elemento de análisis importante. En este sentido el autor detalla que: « Contemplamos a nuestro sabor el barranco del Lobo. ¡Siempre el recuerdo doloroso! Pero el auto corría ya por una carretera bien conservada, por entre líneas férreas, y se nos ofreció la perspectiva de Mar Chica y de Nador, por entre la combinación de hilos telegráficos y postes, que nos hablaban, con su muda silueta, de civilización y progreso. Nador no más dista 14 kilómetros de Melilla. ¡Cuántos combates para dominar tan reducido espacio! La población es insignificante; los edificios poco más que barracas grandes. Es menester que el guía, complaciente, nos advierta que los grupos de chumberas ocultaban habitaciones humanas» (Zulueta, 1916: 20). Encabalgado entre el pasado doloroso y el presente cambiante (debido a la implementación de elementos que modernizaban el paisaje), el autor objetiva y delimita la insignificancia del territorio ocupado trazando la comparativa entre el esfuerzo realizado y el total de la superficie colonizada. En este sentido, su opinión difiere y mucho, de la del su compatriota Olmet. 3. El fatídico 1921 Las campañas militares españolas en Marruecos tuvieron la peor derrota 15 en el año 1921, con una gran escabechada humana que tuvo unas duras repercusiones en la Península y en el sí de la organización militar española. En este sentido, el naturalista Cabrera que conoció la Zona oriental del Protectorado en el año 1919 (pero que publicó su relato en el año 1924), informa que: « Monte Arruit no tenía entonces la trágica fama que hoy tiene , siendo simplemente una de tantas posiciones con poblado español adjunto, a la que daba alguna importancia el hecho de dominar la inmensa llanura del Garet, donde se desarrollaba la explotación agrícola de la Compañía Española de Colonización, que era la que había construido el poblado, compuesto de edificios bajos, bastante confortable, con fachadas de estilo árabe, formando calles tiradas a cordel sobre la llanura, entre la vía férrea y el monte, cuya cima ocupaba la posición» (Cabrera, 1924: 114). El paisaje narrado y la descripción territorial incluida son bien diferentes de las que se generarán a partir de 1921. Así pues, cuando Tirant viaja en los años treinta del XX y recorre los alrededores de Melilla, evoca lo que él considera los escenarios de la más grande de las tragedias vividas en Marruecos [ver mapa 4]. Incluye: 15 Para profundizar sobre este hecho histórico, ver Carrasco García (1999), Leguineche (1996) y Villalobos (2004).
241 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Mapa 4 ZONA ORIENTAL. LOCALIZACIÓN DE MONTE ARRUIT Y ANNUAL, ASÍ COMO LA TRAYECTORIA DE LA DERROTA MILITAR ESPAÑOLA DEL AÑO 1921 Fuente: Mapa extraído del libro de Villalobos (2004). «Se atraviesan desde la salida de Melilla, todos los lugares que fueron teatro de la tragedia del año 21, y, en verlos, no podemos dejar de avergonzarnos por aquel desastre que parece imposible que no se evitara. Nador, Zeluán, Monte Arruit, Dar-Drius, sobretodo las tres primeras, son posiciones fáciles de socorrer desde Melilla, ¡ donde habían 18.000 hombres que no fueron utilizados ni poco ni mucho por intentar evitar aquella vergüenza nacional! [...]. Nador conserva todavía enrunada la fábrica de harinas donde se hicieron fuertes los héroes que resistieron, esperando el auxilio que no llegó. [...] Monte Arruit debe tener una cota que no llega a cincuenta metros, y dista de Melilla muy pocos kilómetros; se puede utilizar para casi todo el recorrido de la «Mar Chica». ¿Cómo se explica, si no es por un pánico insuperable, que el comandante general de Melilla abandonara los hombres de aquella posición? Las responsabilidades por la catástrofe de Marruecos, del año 1921, a lo mejor no se averiguarán nunca...; si lo hiciesen, contarían aquello y muchas otras cosas posteriores» (Tirant, 1934: 30-33) 16 . 16 El texto original de Tirant está escrito en catalán: «Es travessen, des de la sortida de Melilla, tots els indrets que foren teatre de la tragèdia de l‘any 21, i, en veure’ls, no podem deixar de sentir vergonya per aquell desastre que sembla impossible que no s’evités. Nador, Zeluà, Mont-Arruit, Dar-Drius, sobretot les tres primeres, són posicions fàcils de socórrer des de Melilla, on hi havia 18.000 homes !!! que no foren utilitzats ni poc ni molt per tal d’evitar aquella vergonya nacional [...]. Nador conserva encara enrunada la fàbrica de farines on es feren forts els herois que resistiren, esperant l’auxili que no arribà. [...] Mont-Arruit deu tenir una cota que no arriba a cinquanta metres, i dista de Melilla molts pocs quilòmetres; hom pot utilitzar per a quasi tot el recorregut la «Mar Chica». ¿Com s’explica, sinó per un pànic insuperable, que el comandant general de Melilla abandonés els homes d’aquella posició? Les responsabilitats per la catàstrofe del Marruecos, de l’any 1921, potser no s’escatiran mai...; si ho fossin, explicarien allò i moltes altres coses posteriors» (Tirant, 1934: 30-33). La traducción al castellano es de la autora del artículo.
242 Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 Rosa Cerarols Ramírez Comparando las aportaciones presentadas vemos como se perfila la concepción de unos paisajes belicosos cambiantes. Para Tirant, como para Zulueta, los escenarios guerreros se convierten en unos paisajes de frustración, incompetencia y también espacios de la vergüenza. Así pues, al pisar el territorio y conocer su geografía, aparecen nuevas valoraciones de lo que previamente se había conocido por otros canales informativos. Como en otras ocasiones, las percepciones de los paisajes de lucha pueden tener diferentes interpretaciones y múltiples evocaciones. Los paisajes están llenos de lugares que encarnan la experiencia y las aspiraciones de los seres humanos. Los lugares se transforman en centros de significado y en símbolos que expresan sentimientos, ideas y emociones de muy diversa índole (Nogué, 2007). Así, Santiago Otero, gran propagandista de la acción colonial española en Marruecos, cuando se refiere a la áreas limítrofes de Melilla, su lectura e interpretación se proyecta en lo que podría llegar a ser, alejándose de toda mirada retrospectiva de la historia del territorio. En este caso concreto, la vinculación entre paisaje y memoria queda distorsionada por la omisión de hechos muy relevantes en relación a las recientes y virulentas derrotas militares ubicadas allí. Da la sensación, pues, que después del desembarco de Alhucemas —y con la correspondiente censura previa y posterior—, y «habiendo pasado página», las miradas colonialistas dedicadas a estos paisajes ya no hicieron referencia al trágico 21. De ese modo, se observa la voluntad de hacer desaparecer y borrar el séquito de tragedias desasociándolas de su paisaje. Otero afrontó la temática y describió su paisaje desde un punto de vista totalmente diferente. Lo hizo con la introducción de Villa Sanjurjo 17 . Escribe: «de noche hacemos entrada en la coqueta y risueña población, la más jovencita de todas las hermanas de Zona. Apenas cuenta tres años» (Otero, 1930: 117). Y prosigue informándonos: « Considerad que hace poco más de dos años Villa Sanjurjo era todavía un campamento. La historia de su desarrollo es brevísima . Durante dos siglos y medio, España, desde la isla de Alhucemas, contempló con amor estos campos rifeños; fué aquel Peñón faro de esperanza, que captó lentamente afectos y voluntades de los vecinos costeros, a favor de un próspero comercio, llegando a introducir entre los indígenas nuestra moneda y nuestro idioma que se hablaba en la costa casi tanto como el xelja. No se registra violencia alguna hasta la exaltación de Abdelkrim el Jatabi con su ridícula república rifeña. De acuerdo con Francia y España para destruir, en interés del pueblo reprimido, la pseudo soberanía de éste, las flotas de guerra de ambas naciones, el 8 de septiembre de 1925, apoyaron con sus fuegos el audaz desembarco de las heroicas tropas españolas, que se afirmaron en las crestas que circundan esta meseta, y venciendo en pocos días la porfiada resistencia rebelde, llegaron a dominar las feraces vegas, en cuyo centro floreció la antigua Nekor » (Otero, 1930: 118). En esta ocasión, coincidiendo con el ejemplo de Prats, vemos como al referirse a dichos espacios se habla más bien de la morfología y evolución de los enclavamientos partiendo 17 Villa Sanjurjo fue el nombre que recibió temporalmente Alhucemas después de la contundente contraréplica militar española de 1925 que salió desde esta ubicación.
243 Paisaje y memoria: recreaciones literarias de la geografía bélica colonial en Marruecos Boletín de la A.G.E. N.º 51 - 2009 de la nada que no de su significación antes y durante la penetración colonial española. Sin embargo, Otero se refiere a la construcción de un paisaje nuevo a partir de la construcción del campamento militar aunque haga referencia de la presencia española en Alhucemas desde mucho tiempo atrás. Así, en referencia a los paisajes de la guerra, Otero habla sólo de un pueblo reprimido por la «ridícula república rifeña» de El-Jatabi y de unas fuerzas de liberación —española— de los rebeldes ejecutada eficazmente en pocos días y con brillantes resultados. Así, para el autor: « Las afortunadas operaciones de las tropas aliadas en 1926 y la entrega del Jatabi, consolidan la situación, y a las barracas suceden construcciones de mampostería; se traza a futura ciudad, se la dá el nombre del popular y bizarro general Sanjurjo, y entre las primeras luces de cultura que se encienden como propulsor y heraldo de la labor iniciada, aparece en 1927 un periódico, Diario Español de Alhucemas, para contribuir en primera línea a la labor civilizadora, razón de existencia del nuevo pueblo, empezando por definir las ventajas de seguridad, salutíferas y económicas, de su ocasional emplazamiento en emotivas páginas vibrantes de pasión y de redentores anhelos» (Otero, 1930: 119). En esta línea más intervencionista, Otero se remite sólo al post desembarco de Alhucemas para referirse a la construcción de unos paisajes coloniales nuevos, omitiendo así, toda conflictividad presente en la geografía del hinterland de Melilla. Así pues, con la revisión de hinterland de Melilla. Así pues, con la revisión de hinterland las aportaciones viajeras que hacen referencia a las áreas que rodean las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, vemos como se formularon y recrearon los paisajes de gloria y fracaso militares en el norte de África. IV. REFLEXIONES FINALES: RECREACIONES ASIMÉTRICAS DE LOS PAISAJES DE LA GUERRA Tal y como se ha ido elucidando en estas páginas, los paisajes son las configuraciones de los espacios geográficos, que, además, de ejercer funciones territoriales básicas, son capaces de tener intensas influencias morales y culturales (Martínez de Pisón, 2007). El caso de las recreaciones literarias españolas de la geografía de la guerra en Marruecos es un buen ejemplo de ello porqué pone a debate el papel de los viajes asociados a la construcción de los «imperios» y los «estados nacionales» en la conformación de ciertos imaginaros geográficos de relevancia, los bélicos, los cuales a partir de 1936 traspasaron a la Península. Con la creación y recreación de determinados paisajes asociados a mensajes ideológicos concretos, se forjan imágenes y patrones de significados que permiten ejercer el control sobre el comportamiento de lo histórico, dado que las personas asumen estos paisajes «politizados» de manera natural y lógica, pasando a incorporarlos a su imaginario y a consumirlos, defenderlos y legitimarlos. En este sentido, se constata claramente como el paisaje es también un reflejo del poder y una herramienta para establecer, manipular y legitimar las relaciones sociales y de poder. Como bien manifiesta Nogué (2007), de ahí que sea tan importante polemizar los símbolos que la nación, el estado o la religión dejan impresos en el paisaje para marcar su existencia y sus límites.