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La Inglaterra de los Tudor (síntesis de historia política)

Jiménez Sureda, Montserrat

Abstract

Como su título indica, este artículo es una síntesis histórica de la Inglaterra de los Tudor, analizada desde una perspectiva política.

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Resumen Como su título indica, este artículo es una síntesis histórica de la Inglaterra de los Tudor, analizada desde una perspectiva política. Palabras clave: Inglaterra, Tudor, síntesis, historia política. Resum. L’Anglaterra dels Tudor (síntesi d’història política) Com el seu títol indica, aquest article és una síntesi històrica de l’Anglaterra dels Tudor, analitzada des d’una perspectiva política. Paraules clau: Anglaterra, Tudor, síntesi, història política. Abstract. Main events in England under the Tudors This article intends to be a synthesis of Tudor England’s main events. Key words: England, Tudor, synthesis, political history. I Considerada por autores rancios aunque entretenidos como el brillante momento de eclosión de una personalidad genuinamente inglesa afianzada en siglos posteriores, la época de los Tudor ha hecho correr ríos de tinta y gastado quilómetros de celuloide. La combinación de personajes singulares y hechos violentos y transcendentes ha fascinado a los historiadores de todos los tiempos. Desde que los mismos coetáneos reflejaran tal combinación en unas crónicas que han sido caldo de cultivo de brillantes plumas apologéticas como la de William Shakespeare —que, en sus Enrique VIII o Ricardo III, bebe de Edward Hall o Polidoro Virgilio. Cada momento —y cada nación— ha tenido su manera de analizar la época de los Tudor, y han sido patrimonio de la más estricta contemporaneidad los intentos más cientificistas. Del sesgo que caracterizaba a las opciones personales de la historiografía es un ejemplo paradigmático la postura asumida ante el fenómeno Manuscrits 21, 2003 195-210 La Inglaterra de los Tudor (síntesis de historia política) Montserrat Jiménez Sureda Universitat Autònoma de Barcelona Departament d’Història Moderna i Contemporània 08193 Bellaterra (Barcelona) [email protected] MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 195 del honrado comercio para un sector de la inglesa, corsarismo para otra facción continental o directamente piratería para los descendientes de los más afectados por ella, ésto es, los españoles, que así calificaban a las severamente enjuiciadas actividades de navegantes como Hawkins o Drake. El ejemplo de este último viene al pelo para retratar a través de su biografía una pauta de la manipulación de la memoria histórica asumida por ciertos historiadores ingleses de viejo cuño al tratar de la época de los Tudor, puesto que todavía en algunas selectas boarding schools decimonónicas se mencionaba la divisa que la reina Isabel concedió al ya sir Francis en investirle caballero —el Tu primus circumdedisti me— acompañada del globo terráqueo para obviar la previa hazaña de Magallanes y Elcano en pro del osado patrón del Pelícano. Claro que un modelo crítico hacia esta época no es —ni fue— exclusivo de la historiografía de las naciones que se consideraron amenazadas por su pujanza. Máxime si se cuenta con que en la misma Albión existieron grupos directamente agredidos por el sesgo político de los burócratas de los Tudor. Entre ellos, muchos segmentos poblacionales católicos y disidentes de la Reforma, fracciones campesinas perjudicadas por las desamortizaciones y los cercamientos de tierras o una población crecientemente exprimida a base de impuestos para financiar guerras exteriores y el enaltecimiento de los sucesivos monarcas. De ahí que el conocido escritor Anthony Burgess elevara la voz para hacerse oír en medio de los panegíricos y las glosas que celebraron un centenario de la muerte de Enrique VIII. En una serie de intervenciones muy duras, Burgess afirmaba que lo mejor que hizo el gran Harry —como gustaba el rey de ser llamado— fue precisamente morirse. Durante muchos años, los Tudores han gravitado entorno a las dos grandes figuras de Enrique VIII y de Isabel, los miembros de la dinastía con mayor número de estudios dedicados. La insistencia se justifica en la revolución del primero —el gran cambio estructural gestado en tiempos de aquel soberano Barbazul al que algunos recuerdan con rasgos holbeinianos y otros con la fisonomía de Charles Laughton. Y, en el caso de su hija, en la excepcionalidad de un reinado largo, vigoroso y triunfante que situó a Inglaterra en una rampa de despegue imperial. Sin embargo, los últimos enfoques dentro de una nueva corriente de historia política que integra factores económicos, sociales, culturales y religiosos en un afán globalizador han abrazado también a los otros componentes menos destacados del linaje. Basta observar los estudios de Storey sobre Enrique VII, los de Jordan sobre Eduardo VI, los de Chapman sobre Juana Grey o los de Jennifer Loach, Robert Tittler o David Loades sobre María Tudor. Este revisionismo supera la anacrónica tentación de inserirse en la magistratura judicial que asaltaba a algunos historiadores centrados en la época, rehuyendo explicaciones simples a fenómenos tan complejos como el de la reforma anglicana —que llegó a plantearse a modo de corolario de los problemas nupciales de Enrique VIII—, un ejemplo de ponderación en el análisis del gobierno del cual es la obra del profesor y gran divulgador del monarca J.J. Scarisbrick. Por esta senda —no tan novedosa puesto que una de sus mejores síntesis, England under the Tudors, fue editada por el profesor Elton en 1955— han transitado, además, Steven Gunn, Gwynfor Jones, el modelo básico sobre la economía de Inglaterra que O. Coleman trazó en 196 Manuscrits 21, 2003 Montserrat Jiménez Sureda MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 196 The economy of England, 1450-1750, la interrelación entre la religión y la economía que contiene The age of Elizabeth de David Palliser o la descripción en The English Reformation de Dickens. En todos estos casos, se constata la eficacia del empirismo coligado a una bella escritura y a las ganas de aclarar qué pasó, cuándo y por qué, sin dejar que la adscripción de cada cual tiña de un excesivo prejuicio las respectivas interpretaciones. De modo que resultan volúmenes sugerentes, aunque, por desgracia, no todos se han traducido al castellano o a otra lengua peninsular. Así que no pueden llenar una laguna parcialmente cubierta por los análisis de Teófanes Egido sobre la Reforma en Inglaterra, los volúmenes correspondientes que toman a la iglesia como centro de Fliche-Martin, traducciones tipo De la reforma a la revolución de Christopher Hill o monográficos como Fray Bartolomé de Carranza y el cardenal Pole de Tellechea Idígoras. II Más allá de la serie de eventos señalados como síntomas de la transición entre dos eras —el afianzamiento monárquico, la invención de la imprenta o el perfil preciso del estado nación—, la fecha tópica adoptada como umbral de la modernidad en Inglaterra fue la de la victoria de la estirpe de los Tudor en la batalla de Bosworth en 1485. Hasta entonces e igual que otros reinos, la Inglaterra medieval había experimentado convulsiones violentas en definir el concepto —y la praxis— de la soberanía. A saber: 1. Como en el continente, en Inglaterra existía un sedimento nobiliario complejo y con las lógicas enemistades internas, aunque poderoso globalmente y susceptible de cohesionarse en advertir los privilegios del conjunto amenazados por el rey, a quién, con frecuencia, percibía como uno más, si bien el más poderoso, de entre ellos. Este conglomerado aristocrático había sido capaz de imponer: a) El acatamiento de la llamada Carta Magna a Juan sin Tierra en 1215. De toda la recopilación legal, los artículos doce, trece y catorce vigorizaban más, si cabía, la presencia pública de los magnates en condicionar las aportaciones de los feudatarios y de la ciudad de Londres a la aprobación del Consejo del Reino. Un órgano que había de componerse de grandes barones congregados por medio de un escrito regio y de pequeños señores convocados por un oficial de justicia, el sheriff. b) La reunión periódica de las fuerzas vivas del reino para tratar —parler, de dónde deriva parlement— de los asuntos concernientes a éste. Recabada de Eduardo I en 1265 a instancias del enérgico conde de Leicester, Simón de Montfort. 2. Los potentados no sólo fueron capaces de consolidar un dominio alternativo al regio mediante las citadas estructuras, sinó que, de su seno, surgieron prosapias a las que el nivel de pujanza hizo reivindicarse como acreedoras a una corona a la que las instituciones aludidas dificultaba la justificación a través de argumentos teológicos. La después bautizada por Walter Scott como Guerra La Inglaterra de los Tudor (síntesis de historia política) Manuscrits 21, 2003 197 MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 197 de las Dos Rosas enfrentó durante tres décadas intermitentes a los Láncaster y a los York hasta cuasi aniquilarlos, favoreciendo las ambiciones del flamante candidato Tudor. 3. Los conflictos se expandieron a ambas orillas del canal de la Mancha, engarzando a la anterior la Guerra discontinua llamada de los Cien Años, crisol de identidades y hechuras territoriales y dinásticas contrapuestas. La batalla de Bosworth, apologizada en el Ricardo III shakesperiano, fue un inciso en las hostilidades. Por diversas razones: 1. Una de ellas era el agotamiento. Quedaban pocos sucesores directos de Eduardo IV, entre ellos su aterrorizada hija Isabel. Sobre el destino de la cual, Enrique Tudor albergó serias dudas para acabar desestimando un asesinato que pudiera haberle pasado una factura de impopularidad por un aclamado enlace que hibridaba la última rosa blanca a la rosa roja encarnada en aquel requirente legatario. 2. Otra fue el alma maquiavélicamente principesca del ya Enrique VII. De 1485 a 1509, Su Majestad maniobró con sumo tacto. a) Pasó de ser el candidato apoyado por una gran parte de próceres —que ayudaron a su victoria en Bosworth— a sojuzgar a éstos. Con la vieja táctica mixta de recompensas generosas a sus adeptos, rigurosos castigos a sus opositores, fomento de la división estamental y uso de la plebe, sensibilizada previamente por unos publicistas que magnificaban sin cesar el arquetipo de buen soberano, dándole el sobrenombre de rey de los pobres. b) Reanudó órganos como la Cámara Estrellada, tribunal superior que, bajo el subterfugio de agilizar la administración de justicia de aquel padre magnánimo, depuró a sus probables contrincantes. c) Reavivó la discordia contra Francia para ocupar a sus patricios y cohesionar a sus vasallos. d) Indujo la fusión, equiparando legalmente a su Gales natal e Inglaterra. e) Favoreció a los pequeños y medianos propietarios y a la plutocracia de la industria y el comercio hasta el punto de adherir a estos últimos sectores una dirección internacional, maridada —también— al arraigo de su casa. En este sentido, el desposorio de su primogénito con una hija de los monarcas más prestigiosos de la Cristiandad fue un éxito que supuso la ratificación del advenedizo. El casamiento fue mutuamente anhelado y reportó a la Inglaterra de Enrique VII: 1. Ventajosos acuerdos mercantiles —y estímulos productivos derivados— con la Corona de Castilla y sus anexos coloniales. Amén de auxilio para la prosecución de su próspero trato con Flandes que la competencia gala estorbaba con asiduidad hasta el punto de fisión patente en las luchas del pasado. La lana era uno de los pilares de la riqueza británica y de ahí su comparecencia como asiento en la Cámara de los Comunes. Y el dinámico esqueje dieciochesco del algodón en una más que venerable explotación textil. 198 Manuscrits 21, 2003 Montserrat Jiménez Sureda MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 198 2. Un socio militar de renombre con quien contar en sus querellas, con la común antagonista Francia y con el reino limítrofe de Escocia, amiga de los galos por medio de los conciertos de una Auld Aliance. 3. Un refrendo reputacionista de cara a la pacificación y arraigo de su gobierno por la aquiescencia hispánica, pragmática y poco quisquillosa, hacia su comentada ralea. El pasado de la cual se dieron buena prisa en remozar unos genealogistas que viajaron a Camelot en el empeño de hallar en Arturo, el de la Tabla Redonda, un ancestro fulgurante, digno de perpetuarse en el patronímico de un mayorazgo y de acallar unas críticas sobre el pasado oscuro que atribuía a Enrique VII tener sangre villana y mercenaria. Máxime si su príncipe de Gales había de casar con una doncella tan afamada como la hija de los Reyes Católicos. Salvando diversas conjuras, Enrique VII alcanzó una buena parte de sus objetivos antes de perpetuarse en su segundón tras la muerte prematura de Arturo de Gales. El octavo de los Enriques ocupó el paréntesis comprendido entre 1509 y 1547, adoptando, en sus albores, las líneas maestras de su antecesor, garantía de las cuales era el arzobispo de York, y luego cardenal, Tomás Wolsey. Perseveró en la confederación castellana, simbolizada en el himeneo con su cuñada, Catalina de Aragón. Y, del bando de Fernando el Católico y el emperador Maximiliano de Austria, no rehuyó una falsamente prometedora contienda contra Francia. Hacia 1526, sin embargo, se produjo una inflexión derivada del papel que el rey creía poder asumir. Este giro, azuzado por ministros como Tomás Cranmer y Tomás Cromwell, tuvo como consecuencias trascendentales: 1. La rotura de la liga con Castilla, argumentada por la desproporción entre beneficios y pérdidas que se extraían de las sucesivas batallas contra Francia. 2. La construcción de una iglesia rígidamente nacional y subordinada al rey, única potestad reconocida en adelante, representado —por el ubicuo pincel de Holbein, sobre todo— como vicario de Dios en la tierra. 3. El aumento de la potestad real sobre emblemas alternativos —como el parlamentario— a costa de la purga de los adversarios a esta línea gubernamental. Utilizando organismos adictos como la Cámara Estrellada, Enrique VIII mandó al cadalso a muchos nobles, entre los cuales algunos de sangre azul —antagonistas potenciales en caso de cuajar alguna disidencia. Sus pares más conformistas fueron recompensados con largura. 4. Una frenética carrera matrimonial en pos de la cohesión del reino —y de su dinastía representante— a través de la figura de un heredero incuestionable y, por lo mismo, varón. Típico príncipe —más que renacentista, eterno—, el segundo de los Tudor no se amilanó ante obstáculos morales, pero una soberbia inagotable le llevó a negligir las coartadas que hubiesen aminorado el impacto emocional de los abusos, desaires, repudios o sentencias sumarísimas ejecutadas sobre sus seis esposas y sus dos herederas, a las que su mismo padre ilegitimizó —en 1534 y 1536, respectivamente— para desanimar opciones disyuntivas, aunque, luego, corrigiese aquella humillación que devaluaba a la La Inglaterra de los Tudor (síntesis de historia política) Manuscrits 21, 2003 199 MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 199 carne de su carne en el mercado de los pactos por la vía de los casorios, poco dado a basarse en princesas de segunda —bastardas. Esta revolución en descenso vertical que rediseñaba la articulación política de todo el reino pudo materializarse merced a los apoyos comprados, mayormente, con los bienes eclesiásticos desamortizados por la administración enriquista, que se aseguraba, así, la perpetuidad de su obra. En adelante, la Cámara de los Comunes tendería a ser una antipapista furibunda puesto que muchos de sus miembros se habían enriquecido con los bienes de los conventos suprimidos y el regreso de los mismos les hacía temer la devolución de las confiscaciones en virtud del derecho de post limino. Por otro lado, las potencias exteriores tenían otras prioridades a que atender. Así que no sólo no se corporificó la cruzada reclamada por Clemente VII para expulsar a Enrique VIII del trono, sino que el emperador Carlos volvió a pactar con él siempre que la ocasión lo requirió —contra Francia como motivo— entrecerrando los ojos ante el ultraje recibido por su tía. El tan deseado Eduardo VI, habido de la tercera unión de Enrique con Juana Seymour, punta de una de las familias más potentes de sus dominios, sólo pudo reinar de 1547 a 1553. Que no gobernar, pues era muy joven e inexperto. Tenía nueve años a la muerte de su padre y quienes se amarraron al timón, en tandas sucesivas, fueron sendos validos. Primero su tío, Eduardo Seymour, duque de Somerset, plenipotenciario avalado por el título de lord protector, que rentabilizaría un siglo más tarde Oliverio Cromwell. Y, luego, Juan Dudley, conde de Warwick y duque de Northumberland, ávido personaje que, cuanto menos, incitó a su postrado rey a alterar el orden sucesorio dispuesto por Enrique VIII en favor de su nuera —y bisnieta de Enrique VII— Juana Grey, casada con su benjamín Guilford Dudley. Además de inaugurar una nueva línea dinástica, el gobierno de los duques dibujó con trazos marcadamente calvinistas su política interior. Reformismo que hipotecaría —junto a otras causas— su ajuste alternativo. Entre sus opugnadores se hallaban: 1. Buena parte de los obispos anglicanos, beneficiados por las disposiciones desamortizadoras y nacionalistas de Enrique VIII y descontentos —y asustados— de los postulados puritanos más radicales —en cuanto anulación de jerarquías. 2. Pujantes clanes rivales —los Norfolk, por ejemplo—, resentidos con la priorización y la rotura del equilibrio entre los pares. 3. Un sector amplio de entre las clases adineradas y la plebe que creía en peligro la firmeza del reino por la rotura de las últimas voluntades de Enrique VIII y temía la fragmentación en bandos contendientes por instalar a una o a otra reina. Con demasiados factores en contra, la desventurada Juana Grey sólo fue reina durante nueve días. La mayoría aplastante de partidarios de la hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón impuso la legitimidad enriquista de María Tudor. En 1553, la política inglesa volvía a virar ante el creciente escepticismo de los pobladores de 200 Manuscrits 21, 2003 Montserrat Jiménez Sureda MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 200 aquel país, cuyos vaivenes posibilitaron, en poco más de una generación, el paso de la ortodoxia cristiana al anglicanismo, de éste al protestantismo, el retorno al catolicismo y la vuelta al anglicanismo más pragmático. Desconcertante zarabanda tañida entre vehementes apologías y descalificaciones. Y víctimas procesadas por los respectivos tribunales de la fe —y de la ortodoxia que más convenía al gobernante de turno. La victoria mariana se concretó en una tendencia política que sus predecesores habían superado y que supuso: 1. La restauración de la alianza hispánica a través de la boda de la reina con Felipe —luego II—, que actualizó el usual pellizco a Francia y los tratados comerciales ventajosos facilitando el inveterado acceso a Flandes. 2. La vuelta al catolicismo y el acatamiento a la supremacía papal que lesionaron el absolutismo de la monarquía consolidado en tiempos de Enrique VIII y la imagen de iglesia nacional independiente y soberana. Al tiempo, se reimpusieron tributos revertibles en Roma y se reinstalaron las órdenes religiosas que habían sido expoliadas de sus posesiones, con el consiguiente riesgo de demanda de restitución de los mismos. Obviamente, los detractores de tales medidas, junto a aquellos disgustados por la presencia pública de los extranjeros arribados con el monarca consorte, pusieron a funcionar todos los medios con que podían contrariarlas. Entre ellos, se contaba una propaganda que fue arruinando la imagen de una reina incapaz de torcer un rumbo desventajoso para sí misma. Convertida en una Bloody Mary, cuyo obcecamiento provocó un número creciente de víctimas político-religiosas sin que ni tiempo —ni fruto de su vientre— diesen lugar a consolidar su opción. Por desgracia para María, además, los esponsales habían sido impopulares entre una población que se había acostumbrado a digerir una identidad antiespañola y antiromana en tiempos de Enrique VIII y que, pronto, contempló como desfavorables los efectos del enlace en ser arrastrada de nuevo a una guerra que reportó a Inglaterra la pérdida de su último bastión en suelo francés. Calais, la reliquia del antiguo imperio. Un golpe psicológico fenomenal que abundó en el daño a su representación y que volvió a desempolvar el fantasma de una Inglaterra como comparsa de potencias mayores. A su accesión al trono en 1556, su media hermana y relevo sí había aprendido de unos errores que luchó por no repetir. Aparentando recuperar para su reino las directrices políticas de su padre, Isabel I: 1. Adoptó un anglicanismo coyuntural y pragmático en materia de religión. Relativamente flexible en asuntos dogmáticos y de liturgia —con el culto a los santos, por ejemplo—, el aparato de estado de Su Majestad se mostró férreo con cuanto pudiese deteriorar los símbolos de la realeza. Así que se exigió de todos los funcionarios el juramento que sancionaba la supremacía eclesiástica de su soberana y un respeto escrupuloso hacia un catecismo de treinta y nueve artículos compuesto por quien fuese su padrino, el obispo Tomás Cranmer, como derrotero de la suspirada unidad sin fisuras. La Inglaterra de los Tudor (síntesis de historia política) Manuscrits 21, 2003 201 MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 201 2. Aunque contemporizó en una medida que estimaba justa, mantuvo la independencia insular desdeñando propuestas continentales. No aceptó el matrimonio con su cuñado Felipe y cuando éste, con Francia y otros interesados en ello, la desautorizó —aguijando su permanencia y la solidez del reino—, Isabel moldeó el argumento para reforzar la identidad nacional y el concepto de patria ensamblado a su persona. E, incluso, a su falta de pedigrí en unos inteligentes discursos en que se descubría ante la plebe como mere English, una simple inglesa, una de los suyos agredida por los extranjeros invasores. 3. Por otro lado, consciente de sus fuerzas, eludió el enfrentamiento físico con unos émulos de mayor fuste, aunque intentó en todo momento debilitarles ayudando de forma subrepticia a cualquier disidencia en sus hegemonías. Ya a los rebeldes de los Países Bajos de Felipe II, ya a los hugonotes de los Valois, ya animando el corsarismo contra ambos. Manantial, además, de ingresos para la corona por el pertinente —aunque, con frecuencia, solapado— impuesto e instrumento de diversión y saneamiento económico de una nobleza susceptible de escorarse hacia otras empresas no tan convenientes a un rey. 4. Desplegó con habilidad un cálculo matrimonial que agasajaba las ambiciones de sus pretendientes toda vez que cumplía su determinación de no supeditarse ni personal ni políticamente a ningún varón que hubiese podido quebrar la frágil armonía de fuerzas del reino. 5. Anuló de modo contundente a su más directa competidora, María Estuardo, negociando con los magnates del reino vecino y rival una salida honrosa a la afrenta a través de la reversión de su esterilidad en la herencia inglesa al rey escocés e hijo de aquélla, Jaime VI. 6. Controló a los demás cuerpos del poder y de la legitimidad con una estrategia de colocación de subalternos leales y de concesiones a éstos. 7. Mantuvo una cohorte de ministros fieles que aportaron, junto a ella, estabilidad al reino, repescando cuando precisó hacerlo eficientes estadistas de monarcas anteriores —así los Cecil o sir Francis Walsingham—. Y cuidó de nivelar las diferentes facciones emplazadas en consejos y sinecuras. 8. Le prestaron servicio o favor talentos tan brillantes como los de Shakespeare, Edmund Spencer o sir Walter Raleigh y sus apariciones británicas contuvieron siempre mensajes glorificadores. 9. Al igual que sus mayores, protegió el tejido comercial e industrial del reino, incentivando las regulaciones que favorecían la instalación de trabajadores cualificados del extranjero y priorizando el comercio, motor de su política exterior. A lo largo de su regencia se activaron los intercambios con Rusia y el levante de Europa, se otorgó la primera carta de franquicia a la Compañía de las Indias Orientales y se fundó la primera colonia inglesa en el norte de América. De ahí que, en la década de los 30 del siglo pasado, el historiador norteamericano John Nef, sugiriese retrotraer al XVI una primera fase del proceso felizmente etiquetado por Arnold Toynbee como Revolución Industrial. Todo ello, asociado al amparo de la fortuna que frustró expediciones como la Invencible en 1588 o sucesivos intentos de asesinato y le concedió una vida lo bas202 Manuscrits 21, 2003 Montserrat Jiménez Sureda MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 202 tante larga como para que su obra se afianzase y ella misma se convirtiera en el mayor emblema de la fortaleza del reino, ha hecho que la etapa de la voluntariamente última de los Tudor haya sido asimilada por muchos ingleses como una de las épocas de oro de su historia. Sólo parangonable al lapso de tiempo marcado por otra mujer, Victoria, cima de una base construída por su antecesora en el imaginario colectivo tradicional. Bibliografía La época de los Tudor en Inglaterra y Gales APPLEBY, Andrew B. (1978). 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La Inglaterra de los Tudor (síntesis de historia política) Manuscrits 21, 2003 203 MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 203 1559-1560: Francisco II 1560-1574: Carlos IX (regencia de Catalina de Médicis) 1574-1589: Enrique III (regencia de Catalina de Médicis) 1589-1610: Enrique IV Reyes de Portugal 1481-1495: Juan II 1495-1521: Manuel I 1521-1557: Juan III 1557-1578: Sebastián 1578-1580: Enrique 1580-1580: Antonio 1580-1598: Felipe II de España 1598-1621: Felipe III de España Pontífices 1484-1492: Inocencio VIII (Juan Bautista Cibo) 1492-1503: Alejandro VI (Rodrigo Borja) 1503-1503: Pío III (Francisco Tedeschini) 1503-1513: Julio II (Julio della Rovere) 1513-1521: León X (Juan de Médicis) 1522-1523: Adriano VI (Adriano de Utrecht) 1523-1534: Clemente VII (Julio de Médicis) 1534-1549: Pablo III (Alejandro Farnesio) 1550-1555: Julio III (Juan del Monte) 1555-1556: Marcelo II (Marcelo Cervini) 1556-1559: Pablo IV (Pedro Caraffa) 1559-1565: Pío IV (Juan Ángel de Médicis) 1565-1572: Pío V (Miguel Ghislieri) 1572-1585: Gregorio XIII (Hugo Buoncompagno) 1586-1590: Sixto V (Félix Peretti) 1590-1590: Urbano VIII (Juan Bautista Castagna) 1590-1591: Gregorio XIV (Nicolás Sfondrato) 1591-1591: Inocencio IX (Juan Antonio Fachinetto) 1592-1605: Clemente VIII (Hipólito Aldobrandini) 210 Manuscrits 21, 2003 Montserrat Jiménez Sureda MANUSCRITS-21 31/5/05 13:37 Página 210