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¿Del fin del siglo a la crisis sin fin? Cuba : el modelo híbrido en la disyuntiva entre capital social y participación o desigualdad y fracaso político

Burchardt, Hans-Jürgen

Abstract

El artículo trata de explorar los factores que permiten al sistema político de Cuba una todavía estabilidad sorprendente, a una década después de la caída del muro de Berlín. Al principio se introducen los elementos estructurales exógenos y endógenos del socialismo cubano y presenta los antecedentes de la crisis. Posteriormente se documenta grosso modo el proceso de reformas y las medidas adoptadas en la Isla. El siguiente análisis demuestra que la sociedad cubana se encuentra en un proceso dinámico de heterogeneización social que está destruyendo la estabilidad política en la Isla. Retomando aspectos teóricos de la sociología política de la desigualdad social, se identifica como próximo el factor estabilizador especial del socialismo cubano. Finalmente, se intenta develar un posible escenario de reformas que pudiera dar a la sociedad isleña una última posibilidad histórica para una transformación civil y social.

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¿Del fin del siglo a la crisis sin fin? Cuba: El modelo híbrido en la disyuntiva entre capital social y participación o desigualdad y fracaso político Hans-Jürgen Burchardt Universidad de Hannover. Instituto de Sociología Schneiderberg, 50. D-30167. Germany Resumen El artículo trata de explorar los factores que permiten al sistema político de Cuba una todavía estabilidad sorprendente, a una década después de la caída del muro de Berlín. Al principio se introducen los elementos estructurales exógenos y endógenos del socialismo cubano y presenta los antecedentes de la crisis. Posteriormente se documenta grosso modo el proceso de reformas y las medidas adoptadas en la Isla. El siguiente análisis demuestra que la sociedad cubana se encuentra en un proceso dinámico de heterogeneización social que está destruyendo la estabilidad política en la Isla. Retomando aspectos teóricos de la sociología política de la desigualdad social, se identifica como próximo el factor estabilizador especial del socialismo cubano. Finalmente, se intenta develar un posible escenario de reformas que pudiera dar a la sociedad isleña una última posibilidad histórica para una transformación civil y social. Palabras clave: sociología política de la desigualdad social, economía cubana, estructura social, capital social y cultural, Bourdieu, Cuba. Abstract The article tries to track down the factors which provide the political system of Cuba with the stability it still shows almost one decade after the Berlin wall-case. At the beginning the central exogenous and endogenous structure-elements of the cuban socialism are introduced. Afterwards the previous reform-course is documented. Its analysis shows, that the Cuban society is in a process of structural heterogenisation, which will erode its stability. With recourse on known theories of the political sociology of social inequality, the specific stability of the Cuban socialism is finally identified. The article closes with an outline of reform-requests, which might give Cuba a last historic chance for a civilian and social transformation of its society. Key words:Political sociology of social inequality, cuban economy, social structure, social and cultural capital, Bourdieu, Cuba. Papers 59, 1999 131-153 Abril de 1999 Algunos sectores del gobierno de los Estados Unidos y el exilio cubano lamentan irritados que Cuba haya sobrevivido ya un decenio al derrumbe del socialismo en Eu r opa del Este. La sociología, por el contrario, ha prestado poca atención a las circunstancias especiales que concurren en la isla del trópico; ésta ofrece una oportunidad única para estudiar el cambio social bajo las condiciones de una dramática transformación económica. Por ello, consideramos particularmente interesante explorar las razones por las cuales la Cuba socialista no siguió el camino de sistemas análogos; si existe en la Isla, y por qué, un potencial específico que explique su sorprendente estabilidad. Tal vez se deriven de estas perspectivas de desarrollo para Cuba que sean significativas no sólo para el país, sino, en general, para la sociología. Las crisis antes de la caída. Viejas y nuevas presiones La Cuba de los años cincuenta se ajustaba al patrón de un capitalismo subd e s a r rollado y dependiente. Su estructura económica se adaptó casi totalmente a las necesidades del «hermano grande», EEUU. Cuba suministraba materias primas baratas y productos semielaborados al mercado norteño e import a b a de ese país más de la mitad de las manufacturas y víve res consumidos en la Isla. El principal sector económico, la industria azucarera y los serv i c i o s fundamentales, también estaban en manos de empresas nort e a m e r i c a n a s ( Fabian, 1981). En lo político, el país estaba dominado por una burguesía sometida a los monopolios de EEUU; no orientada hacia lo nacional y poco interesada en fomentar un desarrollo pro p i o . Además, ambas fuerzas se apoyaban, a fines de los años cincuenta, en una dictadura en extremo re p re s i v a y corrupta. Por otra p a rte, se había formado una clase obrera con poder mov i l i z a t i vo y organización considerable; un semiproletariado agrario vinculado a la producción azuc a r era; un número alto de campesinos sin tierras y un amplio panorama de clases medias. Lo común a ellas era la lucha contra el desempleo masivo y la exclusión social. Éstas son, en síntesis, las condiciones que fueron barridas por la Re vo l ución Cubana en 1959. Pronto el «Goliath del norte» se mostró hostil y agre s i vo f rente al proceso re volucionario iniciado en el país. Éste, en sus comienzo s , no se consideró socialista, sino, más bien, democrático nacionalista radical. 132 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt Las crisis antes de la caída. Viejas y nuevas presiones El ajuste econòmico o crisis sin fin Cambios y rompimientos: el regreso de la desigualdad social en Cuba Estructura social versus socialismo El nacionalismo radical, fortaleza de la sociedad cubana Detalles de la unidad: opiniones sociológicas Por qué en Cuba debieran leer a Bourdieu Bibliografía Sumario El conflicto terminó a principios de los años sesenta con el fracaso de una intervención militar y la implantación de un bloqueo económico total por part e de los Estados Unidos. Esto radicalizó aún más la dinámica política en la Isla y constituyó un va l l adar que obstruyó casi todas las otras alternativas viables. Se abrió así el camino hacia la conformación de un modelo de desarrollo económico-político social similar al soviético. La URSS recibió con los brazos abiertos la Isla y la apoyó mediante re l aciones comerciales ventajosas. Si al principio este llamado «intercambio justo» más bien contribuía a compensar las pérdidas económicas causadas por el bloqueo de los EEUU, desde inicios de los años setenta y hasta finales de los ochenta se transformó en un medio de subvención completo a la Isla. So b re esa base tuvo lugar en Cuba un cambio social y económico profundo. Así, la estructura social heterogénea se eliminó y se re n ovó más rápido que en otras experiencias socialistas (CIPS, 1990), el motor impulsor fue una nacionalización económica total (comerc i o / i n d u s t r i a / f i n a n z a s / s e rvicios, 100%; agricultura, 70%). Después se origina un impulso hacia la construcción de un modelo de desarrollo socialista que tomaría mucho de los rasgos y características del soviético, sobre todo al tener lugar la integración de Cuba en el merc ado mundial socialista. Los resultados de esta política fueron discord a n t e s . Por una parte, entre 1976-1985 la Isla logró un crecimiento económico s o s t e n i d o. Además, se re a l i z a r on programas sociales ejemplares y se mantuvo una política salarial nivelada (la relación entre las mayores diferencias salariales en el año 1989 era de 4,5 a 1). Todo esto producía grandes efectos homogeneizantes. Mientras que en 1953 el sector más pobre de la sociedad cubana constituía el 40% y obtenía el 6,5% de los ingresos totales de la población, en 1986 éste ingresaba el 26%. En 1953 el sector más rico era el 10% y recibía el 39%; mientras que en 1986 ingresaba aproximadamente el 20% (Brundenius, Zi mbalist, 1989). Los datos y hechos ocurridos hasta el año 1989 demuestran que en Cuba p u d i e ron eliminarse las características estructurales principales del subdesarrollo, especialmente en el plano social. Las disparidades sociales y geográficas cedieron a una igualdad marcada; la población creció de forma equilibrada y la esperanza de vida se elevó a 75 años, diez años por encima del promedio en Latinoamérica. Alrededor del 30% de la población era laboralmente activa , de ella el 40% eran mujeres. Fenómenos como la desnutrición, el desempleo y la pobreza masiva desaparecieron totalmente. Pe ro al asimilar muchos de los elementos del modelo soviético, Cuba tomó también considerables porciones de sus deficiencias. En el transcurso de los años ochenta el desarrollo cubano perdió empuje sensiblemente. La estru c t ura social se hizo cada vez más estática. La mayoría de las veces la dinámica social sólo existió dentro de grandes grupos aislados, lo que para muchos grupos sociales significó un agotamiento de las posibilidades reales de avance socioeconómico (Espina, 1997a). No se pudo tampoco eliminar la exc e s i va buro c r a c i a de la sociedad. ¿ Del fin del siglo a la crisis sin fin? Papers 59, 1999 133 Como consecuencia, el reconocimiento social y la movilidad ascendente e s t u v i e ron ligados casi exc l u s i vamente a profesiones administrativas y altamente calificadas, así como las actividades pro d u c t i vas perd i e ron su antiguo prestigio. Esto se reflejó en la creciente discordancia entre las exigencias económicas y la estructura de empleo del país. Ejemplo de ello es el alto grado de urbanización alcanzado, a pesar de que se creó una base económica agraria que, en el sector de la agricultura, condujo a una estructura de producción extre m adamente costosa y dependiente de importaciones. Ot r o caso de significación lo c o n s t i t u y e el nivel de calificación deformado de las especialidades de nive l superior. Entre 1980 y 1989 casi la mitad de todos los estudiantes universitarios se graduaron como médicos o maestros en detrimento de otras ramas técnicoprofesionales (CEE, 1991). La dinámica económica también empezó a debilitarse peligrosamente. El c recimiento cuantitativo del producto interno bruto estuvo acompañado por una caída en la eficiencia de la producción cada vez mayor (Carranza, Gu t i é r rez , Mo n real, 1995). Esto se evidenció principalmente en aquellas obras de inve rsión cuya construcción en 1975 tardaba medio año y en 1985 casi ocho años. Toda la isla conoce la anécdota de la fábrica procesadora de níquel que se espera que esté terminada desde hace más de veinte años. Ot ro ejemplo es la eficiencia en el consumo energético que alcanza la isla caribeña. A finales de los años ochenta el consumo per cápita de energía en Cuba situaba a la Isla en el c u a r to lugar de América Latina. En números re l a t i v os, Cuba consumía per cápita el doble de energía que los EEUU y casi el triple que Francia (Figueras, 1994). Estas «formas de producción extensivas», típicas del socialismo, y los gastos cada vez mayo res tuvieron un carácter particularmente trágico para Cu b a , pues, por ejemplo, mientras la URSS satisfizo hasta los años ochenta sus crecientes necesidades de recursos con el suministro de inmensas cantidades de materias primas, la Isla nunca pudo recurrir a semejantes re s e rvas. Por este m o t i v o, el recurso principal de Cuba permaneció en la división socialista del trab a j o. De esta forma se cimentó el papel de Cuba como exportador de materias primas. Hasta 1989 la URSS cubría con importaciones de azúcar cubano más de la mitad de su demanda interna, lo que convertía a Cuba en el segundo mayor exportador de azúcar del mundo. Las favorables condiciones comerciales adquiridas con la adherencia al CAME hicieron que la nueva dependencia creada de los hermanos países socialistas fuera más cómoda para Cuba. Pe ro ellos no sólo nutrían la isla, sino que también repercutían directamente en la cultura de gobernar el sistema, o sea, en el grado de autonomía e interdependencia entre los agentes Estado-empre s a - m e rcado-sociedad. Para su crecimiento extensivo, el modelo de desarrollo seguido por Cuba necesitaba grandes cantidades de recursos, cuyas dimensiones gigantes legitimaban un control centralizado de la economía. Asimismo, de la planificación centralizada de la economía creció una actitud opuesta a la innovación de las empresas, que frenaba el aumento de la productividad y perjudicaba la eficiencia de la producción interna. 134 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt En tanto, la función material del comercio exterior y la de la administración centralizada como base política del sistema, afianzaron las debilidades del mercado interno. La dinamización económica, el crecimiento cualitativo y la dive rsificación de las estructuras productivas fueron excluidos por la propia lógica del sistema (Burchardt, 1996). Con la creciente importancia del comercio exterior aumentó también la de su administrador, el Estado centralizado. La afluencia de recursos externos (equipos, maquinarias, fábricas, materias primas, etc.) fortalecía la función del Estado, por lo que éste no dependía esencialmente de la captación de los exc edentes internos, así que su autonomía social creció. Todos estos elementos re p e rc u t i e ron de forma negativa en la compre n s i ó n democrática del sistema. Así, la amenaza abierta de los EEUU y del exilio han influido en que hasta hoy se pulverice en Cuba toda oposición interna en un campo de tensión entre la re p r esión estatal y la agresión norteamericana. De esta forma se consolidó un Estado autoritario, incluso autocrático, con un único «órgano de poder en el cual un número reducido de personas toman las decisiones políticas y económicas» (Stahl, 1996: 83), pero que, a pesar de la insuficiencia de fuentes generadoras de democracia, pudo legitimar sus éxitos como soberano nacional y agente de desarrollo. En resumen, hay que destacar dos elementos estructurales endógenos del sistema cubano que se condicionan re c í p r ocamente y que se evidencian aún hoy. Desde el punto de vista político, una forma de Go b i e rno centra l i z a d o que lo controla todo, y desde el punto de vista económico, el predominio de formas de producción extensivas e ineficientes. Cuando, a principios de los años noventa, se cortó la afluencia de la subvención de la hermana ayuda socialista, Cuba perdió el 75% de su comercio exterior y con ello su sustento económico. El antiguo garante del desarro l l o cubano —la fundamental relación económica soviética— resultó después c a b eza de Jano y la Re volución cayó en la crisis más aguda de su historia. Le quedaba como legado una economía despro p o rcionada e ineficiente incapaz de sobrevivir sin los volúmenes inmensos de importaciones y que, además, se había especializado en la exportación de algunas pocas materias primas, como el azúcar y el níquel, así como divo rciado prácticamente del merc a d o m u n d i a l . El d e r rumbe abrupto del comercio exterior puede verse, entonces, como un primer elemento estructural exógeno del cambio. A esto se suma que la superv i vencia del socialismo cubano está hoy mas agudamente afectada por el bloqueo de los EEUU —el último conflicto institucionalizado que sobrevivió a la «guerra fría»—. Los obstáculos hacia el comercio exterior cubano, que se increm e n t a r on de forma exorbitante a partir de 1990, son una de las mas evidentes consecuencias de la hostilidad y del bloqueo a Cuba. Vale destacar de paso que esto le frustra al régimen cubano una perspectiva de desarrollo posiblemente interesante. Cuando en 1995 el presidente de los EEUU, Clinton, afirmó pre ver una América unida «desde Alaska hasta la Tierra de Fuego», Cuba quedó exc l u i d a . Pe ro la estratégica posición geográfica de la Isla como «llave del Golfo» —cerc a n a ¿ Del fin del siglo a la crisis sin fin? Papers 59, 1999 135 al área económica norteamericana y vinculada culturalmente a la región ibero americana— podría hacerle ganar en importancia para la integración de América. Por otra parte, los efectos del bloqueo en la política interna de Cuba se discuten desde puntos de vista más bien contrarios. Unos creen que la agresión de los EEUU estabiliza el sistema político de Cuba apoyándolo sobre un nacionalismo g e n e r a l i z a d o . Para otros existe el convencimiento de que justamente la pre s i ó n n o rteamericana impide una apertura amplia y, además, exacerba un conserva d urismo estructural enemigo de reformas: «No puede esperarse una distensión en la política interna de una sociedad sometida a tensiones extremas» (Ni e s s , 1 9 9 2 :965). Entonces, si se analizan desde estos puntos de vista los efectos concre t o s de la política norteamericana hacia Cuba, hay que considerar el bloqueo nort e a - m e r i c a n ocomo un segundo elemento estructural exógeno del cambio. El ajuste económico o crisis sin fin La dirigencia cubana respondió a la crisis de su comercio exterior con una «transformación a medias» (Maihold, 1996) que sólo se concentra en la economía. Ma yo res reformas en las esferas económico-políticas se rechazan de forma vehemente. Por el contrario, desde 1992 se intentan rehacer sectore s específicos del desaparecido comercio exterior y producir divisas con la menor cantidad de concesiones posibles e impulsar la recaudación de divisas. Con este objetivo se seleccionaron segmentos aislados de la economía que f u e ron «reparados» por medio de la introducción de mecanismos de merc a d o , legalización de la propiedad privada para inve r s o res extranjeros, creación de zonas francas y otras formas de asociación, como empresas mixtas, etc., orientadas al mercado mundial. Los sectores económicos más importantes seleccionados para introducir los cambios son la biotecnología, la extracción de níquel, prospección y extracción de minería, petróleo y el turismo (Díaz, 1997). Frente a estas alternativas se encuentran áreas pro d u c t i vas que incluyen sectores manufacture ros, agropecuarios y el azúcar, que prácticamente no re c i b e n capital externo y se deterioran lentamente. Hasta 1999 no se ha logrado hallar solución sostenida de la crisis. La muestra más clara de ello es la pro d u c c i ó n de azúcar, cuyos niveles pro d u c t i vos caye ron sensiblemente y, tras una leve recuperación en 1996, se encuentra nuevamente en un rápido descenso. Estas prioridades dadas a los productos destinados al mercado mundial y el retraso en la aplicación de políticas más agre s i v as e innovadoras para estimular el mercado interno realmente se diferencian muy poco por sus resultados de las estrategias económicas del neoliberalismo, tan criticadas en Cuba. La vía especial cubana se ha caracterizado mucho menos por una política económica a l t e r n a t i v a coherente e integral que por el mantenimiento de las llamadas «conquistas sociales», de los programas de protección sociales altamente priorizados y que aún funcionan de forma aceptable si se tienen en cuenta los patro n e s de las naciones más favorecidas del Tercer Mundo. En mi opinión, los cambios habidos en el ámbito del modelo cubano pueden dividirse en dos etapas. La primera etapa de la reforma se caracterizó por 136 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt una estrategia de selección para ampliar cuantitativamente el sistema. O sea, algunos sectores capaces de incrementar las exportaciones fueron escogidos para adaptarlos a parámetros económicos mundiales, pretendiendo que se erigieran en enclaves eficientes sin unirlos al resto de la economía. Esto desembocó en una heterogeneización económico-pro d u c t i va que a menudo se describe como «economía dual» (Henkel, 1996; Bu rc h a rdt, 1997). Mientras la producción de azúcar re t rocedió de forma continua, ya que este sector fue exc l u ido de las re e s t ructuraciones. Las consecuentes pérdidas de ingresos provo c a ro n finalmente una crisis de liquidez. Esto hizo que en el verano de 1993 Cu b a estuviera a punto del colapso económico. El Gobierno accionó un freno emergente legalizando el empleo del dólar n o rteamericano como segunda moneda, y con ello permitió la tenencia privada de divisas. Desde entonces muchos de los casi dos millones de cubanos y sus descendientes que viven en el extranjero envían dinero a sus parientes en la Isla. El dinero inyectado por este medio hizo que proliferaran todo un sistema de cadenas de tiendas estatales que operan en divisas. Segmentos de la población pudieron satisfacer por esta vía parte importante de sus deseos de consumo, de los que estuvieron privados durante mucho tiempo; y el Estado absorbió el nuevo cash flowen moneda fuerte. Esto abrió una nueva válvula de captación de divisas para el Estado y allanó el camino hacia una segunda etapa en el proceso de reformas, la cual empezó a finales de 1993 y se caracterizó, junto con una orientación forzada hacia la exportación, por una redefinida política monetaria y transformaciones estru cturales microeconómicas en el área económica interna. En t re ellas figuraro n cambios radicales en el entorno agrario y una liberalización puntual de la producción privada e introducción de mercados. Sin embargo, este cambio estru ctural en la base pro d u c t i va no se acompañó de transformaciones necesarias en el nivel macro; la segunda etapa puede describirse como cualitativa, pero aún no como un proceso integral y consistente. Éste tampoco parece ser el camino para consolidar el remonte de la crisis en la economía. La Isla se encuentra actualmente, desde nuestro punto de vista, en lo que pudieramos calificar de un estado de «estancamiento estable». Pero, mientras tanto, Cuba puede mostrar coberturas de servicios sociales aceptables y un desarrollo económico alentador. El PIB creció en los últimos cinco años en un 11%, el número de empresas mixtas aumentó considerablemente y en el turismo se alcanzó en el año 1998 la cifra histórica de un millón cuatrocientos mil visitantes (Granma, 5-1-1999). Por eso el arquitecto de las reformas, Carlos Lage, ha reiterado la afirmación que «la recuperación económica es una tendencia irre versible» y el ministro de economía cubano habló incluso de un «ve rd a d e ro milagro». Sin embargo, la población se adueñó de esta frase y en tono jocoso bromeaba diciendo que «el papa visitaba la Isla para ver cómo se puede vivir del milagro». Con su ironía característica, el hombre del trópico señala que hasta ahora el auge económico apenas le ha tocado. Con su escepticismo intuitivo también desconfía, con razón, de los pro n ó s t i c o s eufóricos. ¿ Del fin del siglo a la crisis sin fin? Papers 59, 1999 137 Las tasas de crecimiento actuales tienen que aceptarse con sentido re l a t ivo, pues se re f i e ren a un producto interno bruto que disminuyó en más de un 40%. Entre 1994 y 1998 el incremento del PIB representó un aumento promedio del 2,2% anual. Más de un especialista ha indicado que, de crecerse al ritmo del 2% al 4% de promedio anual, se conseguiría vo l ver a los niveles del PIB anteriores a la crisis del 2002 al 2007. Remontar la crisis bajo esas condiciones le costaría al país entre 13 y 18 años de crecimiento económico (Carranza, Mo n r eal, 1998). Dicho con respecto al consumo y en términos más dramáticos: con la dinámica de desarrollo actual, la población sólo arribaría dentro de 14 años a un estándar de vida igual al de unos 20 años atrás (Burchardt, 1999). Asimismo, el auge vive de préstamos. Algunos expertos estiman que la deuda cubana en divisas asciende hoy a 13 mil millones de dólares. Cuba presenta uno de los endeudamientos per cápita más alto de Latinoamérica. Se valora además que en 1998 el déficit en el comercio exterior se aproximó a los 2 mil millones de dólares; contando que la mitad de todas las importaciones fueron financiadas a través de créditos a corto plazo. Este valor re p resenta el peor resultado desde el comienzo de la crisis y empuja a Cuba al borde de un nueva crisis de liquidez y tensiona aún más el balance de divisas. Resulta paradójico que hoy en día la mayor fuente de divisas de la Isla no sea ni el azúcar, ni el turismo, sino las transferencias privadas de dólares desde el extranjero, estimadas por fuentes independientes en más de 800 millones de dólares (CEPAL, 1997). Así, la recuperación coyuntural de Cuba socialista es el resultado del mercado mundial capitalista y del exilio cubano. La debilidad estratégica de esta estabilización puede repararse, pero los problemas más elementales de Cuba son aún irresolubles, pues la economía continúa padeciendo de una eficiencia menguante. En los últimos diez años el consumo energético en la Isla creció en un cuarto aproximadamente (Bohemia, 1995; Rodríguez, 1997). El dilema de Cuba puede comprenderse ahora en todas sus dimensiones. Con una capacidad de i m p o rtación «solamente» estable, el rendimiento económico disminuiría de forma continua, con ligeras mejoras podría estabilizarse el nivel mínimo actual, y sólo un crecimiento colosal podría conducir a un desarrollo sustentador. Por ello, el necesario destape de las futuras reformas no deben concentrarse en vo l ver a expandir solo el comercio exterior, sino también en incrementar la pro d u c t i v i d a d en el mercado interno. Al mismo tiempo, aún está por superarse la ruptura entre la intocabilidad del ordenamiento político y las propuestas de reformas, concentrándose éstas últimas principalmente en el plano puramente económico. En ve rdad, esta contradicción no ha tenido mayo res consecuencias, pero políticamente no ha podido resolverse. De hecho, en los últimos tres años el avance en el proceso de reformas ha permanecido inmóvil. Los espacios libres para transformaciones puramente económicas parecen haberse agotado. Las informaciones provenientes de fuentes gubernamentales hasta principios de 1999 señalan que hasta hoy no aparece en la agenda cubana una estra138 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt tegia de reformas integrales y consistentes. El desarrollo sucesivo de los cambios realizados más bien indican que la mayoría de las reformas aplicadas son el resultado de reflexiones tácticas y pragmáticas que, además, se desenvuelve n en el campo de las tensiones entre el conservadurismo estructural y las pre s i ones de ajuste. En ocasiones los mismos cubanos describen estas maniobras como «desahogamiento», lo cual significa intentar salvarse cuando el agua llega al cuello, sin querer aprender a nadar de forma sistemática. Lo que hasta ahora pare c e posible, en el futuro se hará más difícil, ya que mientras la economía continúa m o viéndose intermitentemente, las re p e rcusiones sociales de las reformas generan una dinámica que pudiera conve rtirse en una bomba de tiempo o, en el caso de la Cuba que no sabe nadar, en un peso que la hunda. Pues en el país a vanza tambaleándose la economía, mientras las desigualdades sociales también se extienden, y ello conduce a la diferenciación social de manera ostensible. Cambio y rompimientos: el regreso de la desigualdad social en Cuba Las nuevas contradicciones han tomado múltiples formas, sobre todo en la capital cubana. La Habana, antes la perla del Caribe, parece hoy metrópolis sumida en la agonía; sin embargo, realmente vuelve a palpitar en el Caribe. Pero el movimiento agitado obedece hoy a otras leyes muy diferentes a las de hace diez años. Cada vez más son expresión de una creciente desigualdad social. Ésta se observa mayormente en la capital; por allí comerciantes flotantes que intentan vender barato mercancías manufacturadas, por allá jubilados que para aumentar su miserable pensión venden pacientemente, uno por uno, al precio del mercado, recaudador de ingresos mediante precios elevados, los cigar ros que les asigna el Estado. A veces, también puede verse al mendigo que no o f r ece otra cosa que una oración a San Lázaro, el patrón protector de los pobre s . A quien el santo no le ayuda le queda como última salida hurgar en la basura por una baratija o algo de comer, una estrategia de superv i vencia que ha vuelto a la capital de Cuba y que puede encontrarse, sobre todo, en las cerc a n í a s de los mercados agropecuarios, los cuales atraen a clientes con mejores niveles de ingresos y ofrecen todas las delicias del Caribe. Quienes tienen dinero en Cuba, no padecen, y las multitudes aglomeradas en los mercados libres, en las tiendas por divisas y en las cadenas cubanas de comida rápida, re c u e rdan que los años de crisis ya terminaron para una parte de la población. Los tímidos números de los economistas cubanos confirman la impresión de que los montos de los ingresos en la Isla se difere n c i a n e n t re sí cada vez más y de manera ostensible. En los últimos años se han constatado re a g rupaciones importantes de ingresos. Mientras las cuentas de ahor r o pequeñas disminuye ron en un 50%, el volumen monetario de los más ricos casi se duplicó. A finales de 1996 cinco sextos de todo el dinero depositado en Cuba se encontraban en sólo 620.000 cuentas privadas (Beruff, 1997). Si hacemos una comparación, estas cuentas de ahorro son tres veces más altas que las inversiones estatales del año 1998. Se parte, además, de que la mayor ¿ Del fin del siglo a la crisis sin fin? Papers 59, 1999 139 En t retanto, el Gobierno ha evitado el deterioro social generalizado a pesar de la crisis. Hasta 1999 se destinaba anualmente casi el 40% del pre s u p u e s t o estatal para los servicios sociales. Sin duda, éstas constituyen las partes soleadas de Cuba. A ello se suma un sistema de salud que en mucho se corresponde con los estándares de países de más desarrollo y que, como muestran índices asistenciales, a pesar de la creciente escasez de materiales, no ha sufrido deterioro s sustanciales de eficiencia. Igualmente, los sistemas de educación general y superior han continuado garantizando el acceso gratis a todas sus instituciones. Ad emás, Cuba ha sido, hasta hoy, el único país de Latinoamérica que no ha conocido el trabajo de niños ni el analfabetismo. Ot ros elementos de las conquistas del socialismo cubano son el sistema de pensiones, la protección social para los desempleados, así como una política de empleo activa que descansa en pro c urar trabajo para todos los ciudadanos reconocida en la Constitución. Estas medidas estabilizaron a corto plazo la precaria situación del merc ado de trabajo y amort i z a r on los efectos de la crisis. La Isla también ha logrado mantener aún estándares sociales altos en otras esferas. Por ejemplo, en 1998 Cuba ocupó el rango 25, lejos de países como Francia (rango 31), Japón (rango 38) o Brasil (rango 68) en el índice GEM, realizado por la PNUD (1998), que mide las posibilidades de participación de las mujeres. El potencial de estabilización de la cohesión social que encontramos en Cuba, aún cuando ahora aparece junto a connotaciónes de desigualdad, puede encontrar punto de apoyo en la «sociología política de la desigualdad social». K r eckel (1992), uno de sus re p resentantes en la sociología alemana, en su categorización teórico-práctica de la desigualdad social, cree que la «dimensión del saber», nombrada así por él, tiene igual rango y valor que la distribución material. Kreckel entiende el saber y la riqueza como «recursos para la realización individual y también colectiva» (ibídem, p. 80). Junto a una «marginal economic position», el investigador social norteamericano Wilson (1991), menciona el «social isolation» como una segunda característica de la exclusión social. Si seguimos estas definiciones, en Cuba no existe hasta ahora ni desigualdad estructural, ni su forma materializada de exclusión social. El acceso a la dimensión del saber en la Isla aún se distribuye de forma igualitaria y está socializada sin límites marcados. También impiden el aislamiento social la educación obligatoria general, el sistema de salud, el mínimo de abastecimiento estatal mantenido de forma regulada y la promoción cultural. Estas ventajas sociales compensan aún la distribución asimétrica de los ingresos, dificultan la reproducción de la diferenciación social o étnica en la estructura social y, junto con la acción estatal, han impedido, hasta ahora, que la desigualdad se art i c u l e políticamente. La diferenciación social en la Isla todavía se articula de distinta manera. Es cierto que se observa una mercantilización palpable de las relaciones sociales, p e ro ésta no ha provocado que desaparezca la solidaridad y aumente el individualismo. Como conducta de crisis se evidencia, por el contrario, una concentración en grupos delimitados que mantienen dentro los principios de solidaridad internalizados y se proyectan hacia el exterior mucho más orien146 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt tados hacia lo económico. Los núcleos principales son la familia «como enclave de la solidaridad tradicional» (Kreckel, 1992), los vecinos más cercanos y los colectivos de trabajo, sin olvidar que a menudo el trabajo se concibió en el socialismo como campo de solidaridad. Si, como dice Kreckel, estas «asociaciones selectivas» también constituyen a largo plazo un factor de desigualdad social, por el momento más bien predominan sus positivos efectos c o m p e n s a d o res que han impedido, hasta ahora, que la crisis económica re p e rcuta totalmente en la sociedad. El segundo factor de estabilidad de Cuba es la voluntad general de mantener la independencia nacional. La colonización doble, por así decirlo, primero española y después norteamericana, dejó huellas profundas en la conciencia histórica de la población de la Isla. Gracias a la expulsión exitosa de la dictadura de Batista y a la actitud inquebrantable frente a la agresión de los EEUU, la Re volución es, por el contrario, el símbolo de la autodeterminación. Ha s t a ahora el gobierno encabezado por Fidel Castro es el único que ha conseguido integrar a su política esta conciencia histórica colectiva; más que eso, ha sido expresión y garantía de la existencia de esta conciencia. En principio, el socialismo cubano mezcla la pronunciada pretensión social del Estado con una doctrina estatal leninista. Esta mezcla se legitima con el i m p e r a t i vo de defender la soberanía nacional. Por consiguiente, cohesión social e independencia nacionalpueden resumirse con el concepto general de u n i d a d nacional. Considero que éste es el factor de estabilidad más importante y tercer elemento estructural endógeno del proceso de reformas. De aquí concluimos que, según el actual régimen cubano, debe entenderse mucho más como «nacionalista radical» que como «socialista ortodoxo». El mantenimiento de esta «unidad nacional» re p resenta el mayor apoyo para la transformación y, al mismo tiempo, su mayor inseguridad. Por lo tanto, requiere de una observación más precisa. Detalles de la unidad: opiniones sociológicas Vo l vamos a re c u r r i r, por parecernos útil, al recurso de la sociología política de la desigualdad social. Comencemos por señalar que ésta reconoce la interacción social como una actividad pro d u c t i va (Bourdieu, 1983; Coleman, 1988; K reckel, 1992). Según esto la capacidad de re p roducción colectiva no sólo puede explicarse mediante el capital económico, sino que hay que considerar además formas de capital más justificadas; Bourdieu (1983) las denomina «incorporadas» y sitúa dentro de ellas el capital cultural y el social. Con ello B o u rdieu evita una definición cosificada de su concepto de capital y entiende al capital como una «tendencia de superv i vencia» formadora de estru c t u r a s , como «una fuerza interna de la objetividad de las cosas» que «puede producir tantas ganancias como re p roducirse o crecer» (ibídem, p. 183). En adelante no utilizaremos el término c a p i t a l en el sentido marxista de «realización del valor», sino según la interpretación de Bourdieu; esto es, como identificación de un potencial reproductivo. ¿ Del fin del siglo a la crisis sin fin? Papers 59, 1999 147 La categorización del capital social de Bourdieu, descrito por él como «re c u r - sos que descansan en la pertenencia a un grupo», nos permite, en el caso de Cuba, una operacionalización más amplia del factor de estabilización «unidad nacional». La homogeneización social, el aumento colectivo, el marcado carácter social del sistema, su alto grado de organización, la posibilidad de exc l u i r geográficamente e individualizar toda oposición o insatisfacción personal, la política autoritaria del Estado y la omnipresencia de su doctrina, así como la difusión limitada de informaciones asentada en el monopolio de la pre n s a escrita, radiofónica y televisiva, y la ausencia de un discurso plural, favo recen, en Cuba, el mantenimiento de una identidad de grupo única a lo largo de todo el territorio nacional. La función del capital incorporado como creador de identidad puede observarse particularmente en el marcado nacionalismo de los subprivilegiados de antes, que ahora forman grupos otra vez limitados económicamente por las reformas. A menudo estos grupos manifiestan una sorprendente lealtad al sistema. En Cuba, los bienes materiales y las formas de capital incorporadas, s i e m p r e estuvieron en interdependencia con la política, la economía y la nación; y se legitimaron y consolidaron sinergéticamente. Por ello, tras la eliminación de la estabilidad material por la crisis, la legitimación del sistema pudo mantenerse sobre la base de las formas de capital incorporadas. Así pues, cuando Bourdieu (ibídem, p. 191) constata que «el capital social desprende un efecto multiplicador del capital del que de hecho se dispone», implica que en parte se puede compensar una disminución del sustento material de determinadas formas de capital incorporadas. Por lo visto, esto es exactamente lo que sucede en Cuba. Sólo así ha podido garantizarse hasta ahora la re p r oducción social a pesar de la crisis económica permanente de los últimos años. El concepto de formas de capital incorporadas permite ir aún más lejos. Históricamente, el capital social y el cultural han nacido y se han desarro l l a d o en espacios regionales. Por eso el concepto de «formas de capital incorporadas» señala regiones delimitadas geográficamente y, por ende, a la nación como base central del desarro l l o. Sin ignorar, como expresara Bourdieu tan acert adamente, «el hecho brutal de la reducibilidad universal a la economía» (ibídem, p. 196), derivando de ello un enfoque que para explicar el desarro l l o social no sólo reduce los conceptos de economía y nación a lo económico, sino que los funde. Vale agregar que el concepto de Bourdieu está implícitamente en contradicción con la tesis actual de la globalización. Por el contrario, se da la mano con reflexiones teóricas que siguen atribuyendo importantes potencialidades a la nación para el desarrollo y la regulación, así como agente en el n u e vo campo de coordinación de las relaciones internacionales (Kru g m a n , 1994). El enfoque de las formas de capital incorporadas también merece ser observado por la sociología del cambio social o, específicamente, por la teorías de transición. La conservación de la integridad cubana del sistema, a pesar de la p é rdida del sustento económico, subraya que el «socialismo estatal» no sólo 148 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt era expresión de relaciones de producción económicas o de política monopolizada, sino una formación social históricamente creciente que se caracteriza de forma multifacética por sus propios va l o res y experiencias: cultura, ética, moral, vida cotidiana, etc.; precisamente por la presencia del capital cultural y el social. Resumiendo, a partir de lo apuntado pueden descifrarse algunas experiencias postsocialistas de reformas. En la mayoría de aquellos países no se logró, con un nuevo orden de relaciones sociales, imponer la racionalidad económica de formas de producción capitalistas o establecer una cogestión política estable y amplia —las cuales a menudo se designan con palabras como m e rc a d oy d e m o - c ra c i a—, sino que estas sociedades de cambio tampoco pudieron exo rcizar de un día para otro sus reglas socialistas de conducta. Estas experiencias motiva n a los teóricos de la transformación cada vez más a preferir enfoques re f o r m a d ores graduales; el proceso de cambios en Cuba podría servir como un ejemplo revelador. Por qué en Cuba debieran leer a Bourdieu B o u rdieu (1983: 191) identificó «el reconocimiento de un mínimo de homogeneidad objetiva» como una condición de partida para la acción de las formas de capital incorporadas. Las implicaciones para Cuba de esta afirmación son precisas. A medo plazo la desigualdad social también se estructurará en la Isla. Últimamente esta desigualdad se refleja, como señalamos anteriormente, en la estructura social y se erige en el factor trastocador de la estabilidad «unidad nacional»: «Más tarde o más temprano se constituirán en el nivel político los moldes de las diferencias sociales producidas por las reformas económicas» ( Habel, 1997: 24). Si echamos una ojeada a esta dinámica, podemos re c o rd a r los disturbios sociales ocurridos en La Habana en agosto de 1994, y la crisis que éstos provo c a r on en el exilio. El economista exiliado cubano Go n z á l ez (citado por Habel, 1997: 19), valora los acontecimientos de entonces «[…]c o m o primera acción importante de desobediencia civil desde 1959. Además, mostró que la crisis económica tomaba un cariz de crisis social que pudo convertirse en una crisis política». Aunque esta crisis también fue superada, dejó cicatrices dolorosas. Smith (1991), por ejemplo, parte de que la identidad c o l e c t i va, que según él se constru ye sobre un m y t h - s y m b o l - c o m p l e xcon sentido de continuidad, puede ser dañada por experiencias colectivas traumáticas o movimientos migratorios. Es perceptible que la sociedad cubana se encuentra hoy en un estado de frágil estabilidad que sólo puede consolidarse con una homogeneización re n ovada. Pe ro si hasta ahora lo que ha asegurado la re p roducción de la sociedad ha sido lo extraeconómico, ésta no podrá estabilizarse solamente con éxitos en la economía. El intelectual cubano Ma rt í n ez (1995: 46), al resumir las posibilidades futuras del proyecto social cubano, se refirió a este punto de forma clara: «Si se espera que la evolución económica ofrezca sus lados favorables al socialismo, no nos salva remos». En las ciencias sociales cubanas no existe nin- ¿ Del fin del siglo a la crisis sin fin? Papers 59, 1999 149 guna duda de que para el régimen, la desigualdad creciente re p resenta un «pelig ro para su sobre v i vencia» (Ubieta, 1996: 72). Sin embargo, los criterios sobre una estrategia para lograr una homogeneidad renovada son muy divergentes. Mientras el gobierno trata de luchar contra las deformaciones sociales asociadas a los descontroles económicos a partir de 1999 con un aumento de re p r esión, el discurso científico oficial sólo se centra en un fortalecimiento de la economía y del Estado manteniendo todas las estructuras del sistema (Ro d r íg u ez, 1996; Ferriol, 1997), algunos científicos insisten en la necesidad de que se profundicen las reformas a través de un «cambio radical» (Espina, 1997a). No se trata de una restauración de la vieja homogeneidad ahora frágil, sino de una re n o vación donde la nación se defina por unión en vez de por unidad. La diferenciación social debe incorporarse al sistema a través del incremento de las posibilidades de re a rticulación de los nuevos grupos, y de esta forma utilizar los potenciales de innovación con el objetivo de aumentar la capacidad social para autodirigirse. Espina (1997b: 18) re c u e rda, con razón, que «[…] la difere n c i a c i ó n socioeconómica y desigualdad social no pueden ser identificados». Como acciones necesarias para mantener la responsabilidad del Estado con la sociedad, así como asegurar una política de redistribución que impida la marginalización social, en Cuba, en el plano político se mencionan los siguientes aspectos: desideologización del Estado, descentralización de las instituciones políticas y nivelación de sus estructuras, despersonificación del sistema, liberación de los derechos humanos, desarrollo de un Estado constitucional, democratización del mecanismo estatal hasta legitimar un sistema pluralista, así como una pluralización parcial de los medios de difusión (Bu rc h a rdt, 1999; Di l l a , 1996a; Valdés, 1994). En el plano económico la apertura y el fortalecimiento del mercado interno, la despolitización y descentralización de la economía, la socialización de pequeños mercados internos y de la propiedad estatal a través de cooperativa s , así como la privatización de ciertas actividades, son temas que se discuten para la integración selectiva al mercado mundial (Carranza, Urdaneta, Mo n re a l , 1995; CEEC, 1997; Dilla, 1996b; Gonzales, 1998). Así, el motor del aumento de la eficiencia tendría que ser la reforma radical empresarial, que ha estado desde hace años en un segundo plano. Ésta debe conceder más autonomía a las empresas y convertir el control directo planificado en regulación indirecta del merc a d o. Los últimos cambios agrarios de Cuba constituyen un ejemplo revelador (EER, 1996; EER, 1998; Díaz, 1998; Valdés, 1997). Es evidente el carácter de choque de todas estas propuestas. Se trata de encontrar una nueva cultura de gobernar. En la agenda cubana deberán apare c e r ahora reformas que pro m u e van los potenciales endógenos existentes y permitan utilizar los efectos multiplicadores del capital cultural y el social a través de nuevos espacios de participación. Según Scharpf (1993), esto puede crearse desde el interior de la misma «estructura de gobernación» imperante en la Is l a . Las jerarquías institucionalizadas superiores y las redes de cooperación selectivas son, según él, capaces de promover de forma sinergética la capacidad de autocoordinación de los agentes. 150 Papers 59, 1999 Hans-Jürgen Burchardt El objetivo principal sería reconfigurar y reinstaurar como nuevo proye c t o social el factor estabilizador «unidad nacional». Según este proyecto social, la «vieja legitimidad re volucionaria» se sustituiría por una «nueva legitimidad institucional» (Habel, 1997). Algo así sólo sería posible a través de una transformación gradual pero fundamental del «socialismo estatal», lo cual depende de la capacidad del Gobierno para trazar una estrategia de re f o r m a s consistente. Si no lo logra, Cuba tendría que seguir hasta sus últimas consecuencias el camino de otros países socialistas. Seríamos testigos de una historia re p e t i d a en cámara lenta. Por tanto, constatamos que la isla caribeña no sólo continúa siendo víctima de la política agresiva de los EEUU, o de la llamada globalización, sino que también debería encontrar soluciones creativas para continuar siendo protagonista de su propio futuro. Cuba tampoco se encuentra en el «final de la historia» sino en un nuevo comienzo: su modelo económico, político y social aún tiene por delante el mayor reto... Bibliografía ALVA R A D O, Juan Antonio (1996). «Relaciones raciales en Cuba. Notas de inve s t i g ación». Temas, núm. 7, p. 37-43. 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