Los decires y los haceres
Abstract
La mayoría de las técnicas de investigación sociológicas son lingüísticas. Ello plantea el problema de la relación entre lo que los sujetos hacen y lo que dicen. Normalmente se analiza esta problemática desde una perspectiva idealista que reduce el lenguaje a expresión. Se propone, a partir de las obras de Goffman y Bourdieu, una perspectiva pragmática del lenguaje: los discursos son prácticas de los sujetos en situaciones sociales. Desde esta perspectiva, la pregunta sobre la relación entre los decires y los haceres lleva al análisis de la relación entre las diversas censuras estructurales de las diversas prácticas -discursivas y extradiscursivas- en distintas situaciones sociales.
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Los decires y los haceres* Enrique Martín Criado Universidad de Sevilla. Departamento de Sociología 41005 Sevilla. Spain Resumen La mayoría de las técnicas de investigación sociológicas son lingüísticas. Ello plantea el problema de la relación entre lo que los sujetos hacen y lo que dicen. Normalmente se analiza esta problemática desde una perspectiva idealista que reduce el lenguaje a expresión. Se propone, a partir de las obras de Goffman y Bourdieu, una perspectiva pragmática del lenguaje: los discursos son prácticas de los sujetos en situaciones sociales. Desde esta perspectiva, la pregunta sobre la relación entre los decires y los haceres lleva al análisis de la relación entre las diversas censuras estructurales de las diversas prácticas —discursivas y extradiscursivas— en distintas situaciones sociales. Palabras clave: metodología sociológica, técnicas de investigación, discurso, sociedad y lenguaje. Abstract. To say and to do Most of research techniques in sociology are linguistic. This raises the question of the relation between what the subjects say and what they do. This question is usually analyzed from an idealistic perspective, which reduces language to expression. A pragmatic perspective of language —based upon Goffman and Bourdieu’s work— is proposed: discourses are subject’s practices in social situations. From this point of view, the question about the relation between what people say and what they do leads us to the analysis of the relation between the different «structural censorships» of the different —discoursive and extradiscoursive— practices in different social situations. Key words: methods and techniques in social sciences, discourse, society and language. Papers 56, 1998 57-71 *Este artículo es la reelaboración de una ponencia presentada en el curso «Crítica del lenguaje institucional. Nuevos métodos/nuevas teorías: fundamentos de la crítica de las ciencias sociales», dirigido por Narciso Pizarro, en la Universidad Libre de Maspalomas en julio de 1993. Agradezco a Miguel Beltrán las críticas a una versión anterior —menos precisa, si cabe, que la actual— del texto.
Encuestas, entrevistas, grupos de discusión…, los instrumentos habituales —y, en muchos casos, únicos— del trabajo de campo del sociólogo se caracterizan por el rasgo común de ser tecnologías lingüísticas. El acceso del sociólogo a la realidad social es fundamentalmente un acceso mediado por los discursos de los sujetos. Ello plantea inmediatamente una problemática central de toda la metodología sociológica: ¿qué relación hay entre los datos que utiliza el sociólogo —discursos, respuestas a preguntas— y las prácticas de los sujetos? Esta pregunta suele enunciarse, en las ciencias sociales y revistiendo diversas formas, estableciendo una escisión entre el decir y el hacer: separándolos como ámbitos muy distintos. Simplificando, la forma habitual de plantear el problema partiría de los siguientes presupuestos: a) El sujeto real, verdadero, sería el de la práctica: el sujeto que actúa. b) Pero no podemos acceder directamente, en la mayoría de los casos, a este sujeto real: hemos de recoger su discurso, enfrentarnos, no con un sujeto actuante, sino hablante. c) La relación entre el sujeto actuante y el hablante se plantea bajo el binomio de la verdad y la mentira: ¿nos dice el sujeto la verdad de sus prácticas? Este binomio toma diversas formulaciones según la perspectiva teórica: se hablará de «sesgo» en la literatura positivista sobre técnicas de investigación, o de «ideología», «legitimación falseadora» o «mala conciencia» en la literatura de inspiración marxista. En uno y otro caso, la pregunta se reformularía de la siguiente manera: ¿cómo acceder al discurso verdadero del sujeto? O también: ¿cómo acceder al discurso del sujeto verdadero? Enunciándolo de esta manera, ya comenzamos a ver la concepción del sujeto y del discurso que subyace a esta formulación de la pregunta. Simplificando, podríamos presentarla de la siguiente manera: el sujeto que habla es un sujetoconciencia: sujeto compacto, sin fisuras, que podría, en determinadas condiciones —las de la técnica correcta— revelarnos la verdad de sus prácticas: sus «opiniones», «actitudes» o «razones» —que, en una curiosa y problemática circularidad, terminarían «explicando» sus prácticas—. A este sujeto-mente le corresponde una concepción del discurso como «expresión»: mero vehículo de los contenidos internos almacenados en la conciencia del sujeto. Se hace preciso, pensamos, reformular el problema para extraerlo de las premisas idealistas en que normalmente se lo piensa. Es lo que vamos a intentar partiendo de dos cuerpos teóricos: por un lado, la obra de Erving Goffman; por otro, la obra de Pierre Bourdieu. 58 Papers 56, 1998 Enrique Martín Criado 1. Erving Golffman 2. Bourdieu: el sentido práctico y el mercado de la interacción 3. La diversidad de prácticas y de discursos Bibliografía Sumario
1. Erving Goffman Los autores de la etnometodología y la sociolingüística americanas desarrollaron una teoría sobre la producción lingüística basada en la concepción del discurso como práctica. Una de las principales fuentes de esta concepción es el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, con su teoría de los «juegos de lenguaje». Hablar es, para Wittgenstein, una técnica que se aprende en la práctica. Para entender la producción lingüística no tenemos que remitirnos a significados interiorizados en la conciencia —a códigos—, sino a las situaciones prácticas en las que se manejan palabras y que se manejan con palabras. Hemos de estudiar el lenguaje no como relación referencial, sino como práctica en un universo de prácticas. Será en Erving Goffman donde encontremos uno de los desarrollos teóricos más completos de esta concepción. 1.1. Los discursos como jugadas en situaciones sociales Para Goffman los discursos son fundamentalmente prácticas: con ellos no nos «expresamos», sino que hacemos cosas. Los movimientos discursivos son para este autor «jugadas» —moves— en el juego de la interacción con los que los actores gestionan su propia imagen —face— delante de los demás. El juego de la interacción es una dinámica muy seria: en ella se negocia constantemente el valor social —la identidad— de los distintos participantes. Y ¿cuál es la unidad pertinente para analizar el orden de las interacciones? Lo principal para Goffman no será tanto el sujeto —cuyos discursos y prácticas van cambiando en función de las circunstancias1—, como la «situación social»: en función de los participantes, del espacio en el que se desarrolla la interacción, de la «definición de la situación» variarán las normas de aceptabilidad de los discursos y prácticas. Lo que el concepto de «situación social» pone de relieve es que hay un orden público comunicacional —una economía comunicativa (Hymes, 1972)— que impone un orden de regulaciones sobre la interacción: una selección del tipo y número de participantes que pueden intervenir, una estructura de lo decible, un margen para el cambio de tema, una selección sobre el tipo de actuaciones (verbales y no verbales: movimientos corporales, posición, tono de voz…) permitidas, un margen para la divergencia de opiniones, un determinado grado de implicación en la situación… En la medida en que una persona pertenece a un grupo social, adquiere el sentido de su economía comunicativa: de los tipos de sitios, situaciones y acontecimientos sociales que en cada uno se dan y del tipo de conducta que hay que presentar en cada uno de ellos. A través de las redes sociales por las que se mueve, el individuo va a adquirir una competencia comunicativa: un aprendizaje Los decires y los haceres Papers 56, 1998 59 1. La perspectiva de Goffman es radical aquí: el self es una fórmula que se maneja en la interacción: las personas no son algo a lo que habría que llegar, sino que se van construyendo y reconstruyendo en el curso de las interacciones. La existencia de una persona «verdadera» es un presupuesto de sentido común sobre el que se juega el sentido de la interacción (Goffman, 1974: 573).
práctico de las situaciones sociales y de los rituales de interacción y estructura de constricciones propios de cada una. Pertenecer a un grupo implica, en este sentido, compartir con el resto de miembros del grupo una competencia comunicativa. 1.2. Sujetos creyentes y escindidos Lo expuesto hasta aquí es seguramente lo más conocido de Goffman en España. A partir de ello se ha difundido la idea de que la concepción del sujeto de Goffman es fundamentalmente la de un «actor»: un sujeto cínico que desarrollaría estrategias siempre interesadas en el juego de la interacción. Sin embargo, una lectura detenida del conjunto de la obra de Goffman —y sobre todo de la que, en muchos aspectos, es su obra cumbre, Frame analysis— nos lleva a una concepción del sujeto muy distinta: un sujeto a la vez creyente y escindido. Lo vamos a ver a partir de dos conceptos fundamentales: el de implicación y el de marco. 1.2.1. Implicación Uno de los puntos en los que más insiste Goffman a la hora de distinguir situaciones sociales es en el grado de implicación que requieren. La implicación es definida como «un proceso psicobiológico en el que el sujeto llega a no controlar, al menos parcialmente, la dirección de sus sentimientos y su atención cognitiva» (1974: 346). Cada situación social requiere de los participantes un grado de implicación afectiva y cognitiva, una determinada «distancia al rol». El exceso o el defecto de implicación es una impropiedad situacional. La implicación es un buen ejemplo de la incorporación de las exigencias de la estructura social: tenemos que implicarnos en las situaciones, pero hacerlo «naturalmente», sin esforzarnos en ello: «si tiene que mantenerse un foco de atención particular, no puede hacerse intencionalmente (al menos, no del todo), ya que esta atención introduciría un foco de atención diferente, el de mantener un foco de atención particular» (1974: 346). El concepto de implicación es fundamental, por tanto, porque a través de él vemos cómo la adquisición de una competencia comunicativa no es el simple aprendizaje de una habilidad: es también la adquisición de un interés, de una creencia. El concepto de implicación nos aleja de toda concepción del sujeto como conscientemente estratégico: es también un sujeto sujetado, un sujeto producido para jugar el juego sin plantearse si vale la pena jugarlo, si puede no jugarlo. Y ello porque el concepto de implicación nos lleva a dos características fundamentales de la interacción: a) El orden de la interacción es un orden moral: los actores hacen esfuerzos continuos de «mantenimiento de la normalidad» porque las «delincuencias interaccionales» son atentados contra el orden de las cosas, contra las categorías, rutinas y rituales mediante los cuales se reproduce cotidiana60 Papers 56, 1998 Enrique Martín Criado
mente el orden social. Aprendemos el orden social —sus categorizaciones, jerarquías, exclusiones e inclusiones, definiciones de grupos, individuos, situaciones…— en el orden de las interacciones cotidianas, interiorizándolo a partir de todas las rutinas de interacción que vamos aprendiendo a medida que nos movemos por distintas situaciones sociales. Este «sentido práctico» del orden social, incorporado en nuestras rutinas y gestos diarios, es el que nos explica las situaciones de embarazo, de vergüenza ajena y de incomodidad ante delincuencias interaccionales que lo hacen peligrar. b) La identidad de los sujetos se construye en el orden de las interacciones con los otros: en las definiciones del yo —que suponen un determinado valor social— que allí se negocian. Por ello hay una inversión emocional de los sujetos en el juego de la interacción: porque lo que está en juego no es solamente el «crédito social» que podemos obtener, sino toda nuestra identidad2. 1.2.2. Marco El concepto de implicación nos lleva a ver al actor que negocia su imagen como un sujeto sujetado: implicado, creyente. Ahora bien, este sujeto actuará de una manera u otra en función de la situación social en que se halle. ¿Es posible que este actor tan variable sea a la vez un sujeto creyente, que actúa con convicción, manteniendo el grado de implicación requerido en cada caso? La respuesta —afirmativa— nos la da Goffman con su teoría del marco: una teoría con la que, al mismo tiempo, intenta explicar la producción cotidiana de sentido en las interacciones sociales. Nuestra experiencia se halla dividida en diferentes universos de existencia. Cada uno de estos subuniversos —«marcos»— tiene sus propias leyes de funcionamiento —de verosimilitud—. La experiencia se organiza, por tanto, en una serie de dominios separados: dominios de relevancia. Cada uno de estos dominios no implica simplemente un paquete de información, sino una serie de procedimientos generativos a partir de los cuales se va a dar sentido a la experiencia. A partir de los marcos de interpretación seleccionamos, entre la multitud de aspectos que se ofrecen a nuestra percepción, aquéllos que son relevantes y los coordinamos en un esquema que les da sentido3. Los decires y los haceres Papers 56, 1998 61 2. Es esta lógica de inversión emocional de los sujetos la que nos puede explicar que en muchos casos la «presentación en público» pueda ser contraria a los intereses inmediatos (Goffman, 1974: 552). 3. Cuando, en nuestra sociedad occidental, el individuo reconoce un acontecimiento particular, tiende, entre otras cosas, a implicar (y de hecho a emplear) en su respuesta uno o varios marcos o esquemas de interpretación de una manera que puede llamarse primaria. Digo primaria porque la aplicación de tal marco o perspectiva es vista por aquellos que lo aplican como no dependiendo o no remitiéndose a alguna interpretación anterior u «original»; de hecho un marco primario es uno que es visto como lo que convierte lo que de otra manera sería un aspecto sin sentido de la escena en algo que tiene sentido (Goffman, 1974: 21).
Estos esquemas cognitivos se generan prácticamente, socialmente, organizacionalmente4. La experiencia está socialmente estructurada en una serie de ámbitos: situaciones normativamente fijadas. El proceso de aprendizaje es un proceso de saber adaptarse a estas situaciones: de adquirir prácticamente los esquemas mediante los cuales se da sentido a los objetos, acciones y palabras dentro de las situaciones. Adquirir la competencia social para moverse en las situaciones sociales cotidianas es adquirir la competencia interpretativa y cognitiva que éstas presuponen e inculcan. Nuestro pensamiento no se estructura lógica, sino sociológicamente. Nuestro conocimiento y nuestra experiencia son almacenados en la memoria por su utilización en tareas prácticas. La división de ámbitos cognitivos corresponde a la división de ámbitos sociales. Y esta división asegura que estos ámbitos no entren en contradicción5. El sujeto creyente es, por tanto, también un sujeto escindido: en función de la situación social en que se halle proyectará para darle sentido un marco u otro6, marco que supondrá también un determinado grado de implicación y de «creencia» que se activará automáticamente porque el sujeto ha sido producido —ha interiorizado las categorías del orden social— en el curso de repetidas interacciones que ponen en juego una serie limitada de marcos. 62 Papers 56, 1998 Enrique Martín Criado 4. Estos marcos no son simplemente un asunto mental, sino que corresponden en un sentido al modo en que se organiza un aspecto de la actividad —especialmente actividad que suponga directamente la intervención de agentes sociales—. Están implicadas premisas organizacionales, y éstas son algo a lo que la cognición de alguna manera llega, no algo que la cognición crea o genera. Dado su entendimiento de qué es lo que está pasando, los individuos ajustan sus acciones a este entendimiento y normalmente encuentran que el curso del mundo apoya este ajuste. Estas premisas organizacionales —sustentadas en la mente y en la actividad— es lo que llamo el «marco de la actividad» (Goffman, 1974: 247). 5. Goffman define los marcos como una «puesta entre paréntesis»: las reglas a partir de las cuales se da sentido en un marco pueden no aplicarse a otros —que están práctica y cognitivamente separados—. Sperber (1988) también habla de las prácticas y las creencias mágicas y religiosas como de una puesta entre paréntesis, precisamente por ello las personas pueden sostener creencias religiosas que no serían aceptables si se les aplicase los principios de otros dominios prácticos: los curas católicos insisten en que no se pueden explicar científicamente los dogmas de la fe: exigen una puesta entre paréntesis que preserve de la contradicción. 6. El proceso cognitivo mediante el cual se aplican marcos a la experiencia consta de dos pasos: en primer lugar, el sujeto busca indicios en la situación que le permitan inferir el marco que ha de aplicar para dar sentido a lo que percibe; en segundo lugar, a partir de este marco deduce todas las implicaciones que le van a servir para orientarse en la situación. Este proceso se rige por una ley cognitiva elemental: la de la economía de medios: el marco aplicado será el primero consistente con los indicios observados; es decir, la búsqueda de indicios y la búsqueda de marco son simultáneos: la primera búsqueda finalizará cuando se haya encontrado un marco consistente con lo observado. Pero además es automático y no pasa por la consciencia: normalmente no somos consciente de este proceso de inferencia mediante el cual conferimos significado a nuestro entorno o a las afirmaciones de nuestro interlocutor, sino que contemplamos los resultados de este proceso inferencial como algo natural, que ya estaba ahí previamente a nuestra actividad interpretativa. Este carácter automático del proceso viene dado, fundamentalmente, por la correspondencia entre estructura social y estructura cognitiva: precisamente porque los marcos cognitivos se han formado a partir de marcos organizacionales, sociales, al encuentro de éstos el sujeto llegará, de una forma «natural», automática, a aplicar los marcos cognitivos correctos.
2. Bourdieu: el sentido práctico y el mercado de la interacción Bourdieu va a integrar las aportaciones de la etnometodología y la sociolingüística americanas, entre otras, dentro de su teoría del habitus en el libro que supone el desarrollo más acabado de esta teoría: El sentido práctico. La idea fundamental: buena parte de la teoría sociológica parte de la posición del observador externo, a partir de aquí, se da los discursos como textos a descifrar, como si no tuvieran otra razón de ser que la de ser descifrados, analizados7. Proyectando así en el objeto que estudian su particular relación al objeto —la del intelectual que, con el privilegio del tiempo, puede desglosar, analizar, taxonomizar, descodificar, interpretar…— olvidan así que lo fundamental de la práctica discursiva es el hecho de ser una práctica: de funcionar en la inmediatez y en la urgencia. La competencia lingüística, como todas las competencias sociales, se adquiere prácticamente, mediante un proceso de familiarización con las prácticas discursivas del grupo en el que el sujeto es producido. Mediante este proceso de familiarización con unos espacios, prácticas, discursos que reproducen los esquemas fundamentales de división del mundo social del grupo en el que se halla, el sujeto adquiere la competencia social que le permite ser miembro del grupo y, con ella, interioriza el orden social del grupo: sus divisiones, sus fronteras, sus estructuras… La producción de enunciados en las situaciones sociales también es una producción práctica: sin tiempo para la reflexión, para el distanciamiento, el sujeto ha de producir sus discursos —como todas sus prácticas— en la urgencia de la situación inmediata. Y esto es posible sólo en la medida en que ha adquirido prácticamente el sentido de las situaciones sociales y de las prácticas adecuadas en ellas: «sentido práctico» que, más allá de la consciencia, permite ajustarse perfectamente a las situaciones sin esfuerzo, sin cálculo8. Los decires y los haceres Papers 56, 1998 63 7. En este punto Bourdieu sigue la crítica que Bajtin (1976) realiza de las teorías del lenguaje que él denomina «filologistas» y el análisis de Goody (1985) de la diferencia entre la producción oral y la escrita. 8. El tema de la rapidez de la interacción, de la urgencia del tiempo en la práctica es fundamental. Tenemos que actuar de la manera adecuada y en un tiempo mínimo. Para darse cuenta de lo que esto significa basta con pensar en todos los análisis producidos por autores como Birdwisthel para describir unos pocos minutos de interacción: hacen falta páginas y páginas. Es sólo por el proceso de familiarización práctica en un universo de prácticas similares que podemos dar cuenta de esta competencia. Y es también por este proceso que podemos hablar de sujetos sujetados sin tener que remitirnos a un sistema de normas interiorizado en una consciencia —concepción durkheiminiana similar a la lingüística que habla del código interiorizado en la mente del hablante (Pizaro, 1979)—. Lo fundamental de este «sentido práctico» es que es un sentido incorporado, es decir, hecho cuerpo. La metáfora de la formación del hablante «competente» no la encontraríamos en el estudioso de diccionarios y gramáticas, sino en el bailarín que aprende a bailar bailando, que adquiere, por la repetición de la práctica, el sentido de los movimientos que tiene que hacer en cada momento. Esta adquisición práctica, inconsciente —pero no reprimida— del orden social es la que pone tan bien de relieve Goffman con conceptos como el de «implicación» o el de «territorios del yo».
En virtud de la orquestación de los habitus de los agentes que interactúan, y de su adecuación a unos dominios prácticos producidos según los mismos principios, se produce la generación social del sentido como «sentido común». Los procesos de interpretación y significación —procesos que escapan a la consciencia, automáticos, y que producen esa sensación de naturalidad, de reconocer unos significados como «naturalmente» inscritos en las palabras y las cosas— deben sus características precisamente a este acuerdo entre el sentido práctico y el sentido objetivado en las instituciones sociales. Organizado según la lógica cognitiva de economía de medios, y funcionando según este principio, el habitus, enfrentado a unas prácticas discursivas con las que está familiarizado —es decir, organizadas según los mismos principios—, nos permite explicar el carácter automático y generalmente exitoso de los procesos de interpretación. Es a partir del sentido práctico que los sujetos van a distinguir lo relevante y dar sentido a los discursos. Los conceptos de habitus y sentido práctico están imbricados con el de marco. Los esquemas generativos se incorporan y se utilizan en dominios prácticos separados entre los que no se aplica el principio de contradicción9. Pero también nos dan cuenta de la unidad subyacente a esta diversidad: unidad que no es lógica, sino práctica: la generalización de unos esquemas fundamentales del habitus a todos los dominios de la práctica. De esta manera nos remite el análisis de la significación: por un lado, a la situación social en que se genera; por otro, a la posición en el espacio social de las personas implicadas10. 2.1. El mercado de la interacción Todas las constricciones que las situaciones sociales imponen a la interacción y a la producción de discursos son asimiladas por Bourdieu a una situación de mercado11. Los mercados de la interacción —las situaciones sociales— implican siempre una censura estructural sobre los productos lingüísticos: éstos 64 Papers 56, 1998 Enrique Martín Criado 9. «La lógica práctica debe su eficacia al hecho de que se ajusta en cada caso, por la elección de los esquemas fundamentales que pone en funcionamiento y por un buen uso de la polisemia de los símbolos que utiliza, a la lógica particular de cada dominio de la práctica. Como consecuencia de ello, las incertidumbres, es decir, las incoherencias que se encuentran en cuanto se quiere confrontar metódicamente todas las aplicaciones particulares del sistema de esquemas. Como la misma palabra recibe un sentido diferente en cada uno de sus grandes dominios de utilización, permaneciendo a pesar de ello en los límites de una familia de significaciones, las estructuras fundamentales se realizan en significaciones que son muy diferentes según los campos» (Bourdieu, 1980: 424). 10. En la medida en que los habitus, «clase incorporada», son función de la posición en el espacio social. 11. «El intercambio lingüístico es también un intercambio económico que se lleva a cabo en una cierta relación simbólica de fuerzas entre un productor, provisto de un cierto capital lingüístico, y un consumidor (o un mercado), apto para procurar un cierto beneficio material o simbólico» (Bourdieu, 1985: 40).
van a recibir un «precio» —un valor social— conforme a su adecuación a las leyes del mercado —a las normas que rigen la interacción particular—. Estas «leyes de formación de precios» —que determinan la «aceptabilidad» de los discursos— dependen, por una parte, de la situación, y, por otra, de los sujetos implicados que negocian la valoración de los discursos —y cuyo poder de negociación es función de su posición relativa en el espacio social—. La estructura del mercado determina lo indecible y lo impensable12. Los discursos —prácticas mediante las que las personas negocian su valor en el mercado de la interacción— van a llevar, por tanto, siempre las marcas de la situación en la que se han producido: la anticipación de las condiciones de recepción formará parte de las condiciones de producción13. Aplicando su esquema general de análisis de prácticas14 a la producción de discursos en la interacción, Bourdieu afirmará que la producción discursiva ha de entenderse como el producto de la relación entre: a) un habitus lingüístico, producto de la relación prolongada con los mercados de la interacción (la disposición); b) un capital lingüístico y simbólico (la posición), y c) un mercado de la interacción, con sus propias leyes de aceptabilidad de prácticas y discursos (el campo). En una situación social nos vamos a encontrar, por un lado, con unos modelos socioculturales de aceptabilidad de los discursos según las situaciones sociales; por otro, con individuos con determinados habitus —que suponen, entre otras cosas, una determinada competencia comunicativa y sentido Los decires y los haceres Papers 56, 1998 65 12. «Al imponer la formalización, la censura ejercida por la estructura del campo en cuestión determina la forma […] e, inseparablemente, el contenido, indisociable de su expresión y, por tanto, impensable (en el sentido verdadero del término) fuera de las formas conocidas y de las normas reconocidas» (Bourdieu, 1985: 110-111). 13. «La ciencia de un discurso que únicamente puede existir […] en la medida en que no sólo sea gramaticalmente correcto, sino también y sobre todo socialmente aceptable […] deberá tener en cuenta las leyes de formación de precios y características del mercado considerando o, dicho en otras palabras, las leyes que definen las condiciones sociales de aceptabilidad […] efectivamente, las esperadas condiciones de recepción forman parte de las condiciones de producción y la anticipación de las sanciones del mercado contribuye a determinar la producción del discurso. Esta anticipación, que no tiene nada que ver con un cálculo consciente, es consecuencia de un habitus lingüístico que, en tanto que producto de una primordial y prolongada relación con las leyes de un cierto mercado, tiende a funcionar como un sentido de la aceptabilidad y valor probables de sus propias producciones lingüísticas y de las de los demás en los diferentes mercados. Es este sentido de la aceptabilidad, y no ninguna forma de cálculo racional orientado hacia la maximización de los beneficios simbólicos lo que, al incitar a que se tome en cuenta el valor probable del discurso en la producción, determina a su vez las correcciones y todas las otras formas de autocensura; concesiones que se concede a un universo social por el hecho de hacerse aceptable para él» (Bourdieu, 1985: 50-51). 14. Toda práctica ha de entenderse como producto de la relación entre el sujeto estratégico y el campo donde produce su estrategia. A su vez, en el sujeto estratégico hay que tener en cuenta: a) su habitus; b) su posición actual, su estructura de capital. En la relación entre «disposición», «posición» y «campo» se produce la práctica.