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La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase : paradojas de la reminiscencia y modelos cognitivos

Fermín Bouza Álvarez, Fermín

Abstract

La definición de la situación en el interior del sindicato es un hecho colectivo, que tiene, sin embargo, un núcleo más activo en los sectores más próximos al centro (cargos sindicales y delegados afiliados). Esa definición se hace desde unos hábitos cognitivos históricos enmarcados en toda una cultura sindical que toma la forma de ideología (postulados sistemáticos) en los escritos de la organización y genera una opinión pública interior. Cambiar o no esa cultura es un vasto problema estratégico cuyo alcance desborda este ámbito analítico.

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La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase: paradojas de la reminiscencia y modelos cognitivos Fermín Bouza Universidad Complutense de Madrid. Departamento de Sociología. Madrid. Spain Resumen La definición de la situación en el interior del sindicato es un hecho colectivo, que tiene, sin embargo, un núcleo más activo en los sectores más próximos al centro (cargos sindicales y delegados afiliados). Esa definición se hace desde unos hábitos cognitivos históricos enmarcados en toda una cultura sindical que toma la forma de ideología (postulados sistemáticos) en los escritos de la organización y genera una opinión pública interior. Cambiar o no esa cultura es un vasto problema estratégico cuyo alcance desborda este ámbito analítico. Palabras clave: modelos cognitivos, hábitos cognitivos, opinión pública, cultura sindical. Abstract. Public opinion inside a historical labour union: reminiscence paradoxes and cognitive models The definition of a situation inside a labour union is a collective fact which has, however, a more active nucleus close to the central sectors (hierarchy, member delegates). This definition is reached through historical cognitive habits which are inside every labour unions culture and gives rise to an ideology (sistematic postulates) in the organization writings and produces an internal public opinion. To modify or not modify that culture is a broad strategic question which is outside this analysis. Key words: cognitive models, cognitive habits, public opinion, labour unions culture. Papers 54, 1998 49-77 1. Introducción 2. Cultura, discurso y opinión pública 3. Los procesos de modernización cultural 4. Autoimagen y construcción de la realidad cultural como determinante de la opinión: acción y conciencia de clase, guión cognitivo 5. Errores funcionales. Centro y periferia del grupo 6. Acción colectiva, interés, reminiscencia e identidad 7. La opinión interior como proceso colectivo Bibliografía Sumario La intervención sociológica quiere ser el método que corresponde prioritariamente al estudio de las conductas colectivas por las cuales las formas de organización social son producidas como resultado de los conflictos sociales por el control y la apropiación de los patrones culturales a través de los cuales una colectividad construye de manera normativa sus relaciones con su entorno. (Alain Touraine, La Methode de l’Intervention Sociologique, p. 14) Europa no decidió aceptar el lenguaje de la poesía romántica, ni el de la política socialista, ni el de la mecánica galileana. Las mutaciones de este tipo no fueron un acto de voluntad en mayor medida que el resultado de una discusión. El caso fue, más bien, que Europa fue perdiendo poco a poco la costumbre de emplear ciertas palabras y adquirió poco a poco la costumbre de emplear otras. (Richard Rorty, Contingencia, ironía y solidaridad, p. 26) 1. Introducción Por una serie de circunstancias más bien complejas este artículo ha ido demorando su publicación hasta ahora. No es tarde aún, y espero que sea útil para reflexionar sobre los temas que incluye. Este trabajo es un intento de explicar la génesis y la estructura de la opinión pública en organizaciones formales de carácter sindical, así como las funciones que esta opinión cumple en el mantenimiento de los incentivos colectivos que pudieran servir para mantener la cultura (ideología en sentido fuerte) de estas organizaciones. En el caso que me ocupa se trata del sindicato UGT (Unión General de Trabajadores) para el que he realizado un conjunto de investigaciones de diverso tipo (F. Bouza, 1989a y b; 1990), que ahora amplío con diversas calas en aspectos que no han sido explorados, como éste que constituye el objeto del trabajo. A partir de 1987 se planteó una investigación cuantitativa y cualitativa por la Fundación Largo Caballero (dirigida por Manuel Ventura cuando se inició la investigación y por Sebastian Reyna cuando se concluyó) para conocer cuál era la opinión pública interior del sindicato sobre aquellas cuestiones que podían afectar a la afiliación y cuáles eran, en general, las razones por las que una parte importante de los trabajadores no se afiliaban a los sindicatos. Esta larga investigación fue continuada, en cierto modo, con el análisis del congreso de UGT y con la encuesta electoral de las elecciones sindicales, que tuvieron algunos aspectos conflictivos relativos a los preavisos generalizados presentados por CCOO y que dieron lugar a un juicio de gran interés sociológico. Todas estas investigaciones fueron dirigidas por mí, y en su realización colaboraron o nos ayudaron de diverso modo al equipo de la Fundación (María Teresa Vargas, Almudena Asenjo, Francisco Borges), los sociólogos Luis Garrido, Miguel Requena, Juan Jesús González y otros (entre ellos, el equipo «Arias y Asociados»). El presente trabajo continúa, a un nivel más complejo de conceptuación, esas investigaciones. Hay que decir que sin UGT y sin la FLC el inicio de estas investigaciones no hubiera sido posible, con lo cual queda relativizado el aspecto más crítico que 50 Papers 54, 1998 Fermín Bouza pueda tener este trabajo, puesto que aquéllos que son analizados aquí son los mismos que han pedido este análisis, lo cual significa que están trabajando en el sentido de mejorar las condiciones representativas de los trabajadores. Probablemente muchos de ellos no concuerden con las tesis de este trabajo ni de los anteriores, y hacen muy bien, porque no hay cosa más estéril que estar de acuerdo en aquello que está pidiendo un debate real. En épocas de cambio como la nuestra, las condiciones que hacen posible y necesario cualquier debate están debilitadas por la urgencia de la misma situación, que o bien incita a conclusiones precipitadas o a resistencias absurdas, aunque como veremos las resistencias pueden no ser tan absurdas como en una primera aproximación pudieran parecer. No conozco ninguna investigación interior a un sindicato de clase histórico de las características de UGT, y este conjunto de trabajos aportan una novedad a la bibliografía sobre el tema de las organizaciones formales de interés y al análisis de algunos de sus más interesantes problemas. En la lectura actual, debe entenderse que son datos de unos tiempos en los que UGT mantenía un pulso con el PSOE por su autonomía, y en los que Nicolás Redondo ocupaba la Secretaría General del Sindicato. No he querido modificar la bibliografía usada y citada porque es la que se corresponde a aquel momento y la que aporta lo que los americanos llaman el frame o marco de la investigación: lo que hace posible entender ciertas cosas de ella, e interpretarla. 2. Cultura, discurso y opinión pública Entiendo por paradojas de la reminiscencia aquellas contradicciones que se plantean a toda organización entre su cultura tradicional de sustentación (incentivos colectivos de identidad) y las necesidades de adaptación: la reminiscencia es la presencia o el regreso recurrente de esa cultura tradicional, que cumple funciones autoconservadoras de identidad y cohesión, entre otras. La cultura de la organización es el factor determinante, en mi criterio, de la opinión expresada o pública de sus afiliados. Definimos cultura, en los términos clásicos de Sir Edward B. Tylor, como «the complexe whole», la totalidad compleja producida y/o adquirida por el hombre en cuanto miembro de la sociedad, y habría que decir, a nuestros efectos, producida y/o adquirida por las organizaciones. Esa totalidad compleja que incluye tantas cosas y que, por ello, ha sido reducida por los antropólogos a lo largo de los últimos decenios a aspectos parciales (lenguaje, símbolos…), la reducimos también aquí al sistema de creencias que comparten los miembros de una organización formal de carácter ideológico: un sindicato, en nuestro caso. La reducción metodológica de la definición tyloriana de cultura permite conservar el espíritu totalizador de la definición pionera de Tylor y aplicarla sectorialmente. El mantenimiento de ciertas creencias puede entenderse como supervivencia (Tylor) o como funcionalidad (Malinowski), pero también, sin entrar en el debate metodológico, como supervivencia funcional: aspectos de una cultura tradicional que perduran funcionalmente y que, añadimos, se expresan La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 51 verbalmente bajo la forma de oposiciones que «cierran» el espacio creencial en opciones dicotómicas muy rígidas, como veremos. En este sentido es en el que vamos a tratar de mostrar la génesis de la opinión pública interior de un sindicato como un proceso cognitivo colectivo que ha generado modelos, guiones o mapas cognitivos dicotómicos: reminiscencias de orígenes o mitos genéticos que siguen cumpliendo una función, cuya valoración en términos de eficacia y acción colectiva trataremos de hacer. La definición de cultura como «el conjunto de información no hereditaria acumulada, conservada y transmitida por las diversas colectividades de la sociedad humana» (Y. Lotman, 1973: 71) nos permite interpretar la «totalidad compleja» en términos informativos, y entender la cognición colectiva como proceso de selección y elaboración de información. No postulamos una mentalidad grupal en su sentido más esencialista o determinante, sino unos hábitos cognitivos y unas conductas típicas a los que eventualmente podemos llamar mentalidades en el marco de una reconceptuación del término, y, desde un uso empírico, proceder a las falsaciones oportunas. Tales hábitos cognitivos y conductas típicas están fundados en una tradición de aprendizaje común (en el marco creencial de una cultura compartida) y conducen a unos usos verbales y conceptuales en el marco restringido de un sistema de oposiciones que marcan el ámbito de la creencia propia y ajena: la definición de la frontera entre el grupo y los otros. El discurso grupal está limitado por ese sistema de oposiciones que la cultura del grupo ha generado, y muestra los estereotipos grupales como formas cognitivas (H. Tajfel, 1984: 155 y s.). Como dice Tajfel, «no hay duda de que el contenido de los diversos estereotipos tiene sus orígenes en tradiciones culturales, que pueden estar relacionadas o no con experiencias comunes, pasadas o presentes, generalizadas en exceso. Pero, quizás lo que es más importante es su estructura y su función. Como Gordon Allport (en The nature of prejudice, 1971 (1954)) y muchos otros señalaron, los estereotipos surgen de un proceso de categorización. Introducen simplicidad y orden donde hay complejidad y variación casi al azar. Solamente nos ayudan si las diferencias difusas entre grupos se transforman en diferencias claras, o si se crean nuevas diferencias donde antes no existía ninguna. Por supuesto, los estereotipos representan tendencias hacia la simplificación más que hacia dicotomías abruptas; en otras palabras, en cada situación relevante realizaremos tanta simplificación estereotipada como podamos, sin violentar innecesariamente los hechos. Pero hay sobrados indicios de que, incluso cuando los hechos se vuelven contra nosotros y destruyen las confortables y útiles distinciones, todavía encontramos maneras de mantener el contenido general de nuestras categorías. (cursivas mías) (H. Tajfel, 1984: 160). Aún matizando la afirmación de Tajfel de que «los estereotipos representan tendencias hacia la simplificación más que hacia dicotomías abruptas», el conjunto del párrafo, que resume las investigaciones sobre el tema, encuadra bien la cuestión que aquí planteamos. Decía que matizaba esa afirmación de Tajfel, y lo hago al menos en el sentido de que, en el caso que nos ocupa, parece fun52 Papers 54, 1998 Fermín Bouza cionar un sistema de oposiciones bastante abrupto que luego veremos, creado por los estereotipos que fundan la cultura del sindicato. Vamos a ver en qué medida esas categorizaciones fundadas en estereotipos determinan un proceso de cierre organizativo del modo y manera en que aparece en las encuestas realizadas en el interior del sindicato. El discurso que emana de sus afiliados (delegados o no) expresa vivamente ese sistema de oposiciones (F. Bouza, 1989a y b, 1990c) y sistematiza la información organizativa desde sus comienzos: tal información, elaborada en la historia y en la acción colectiva, es la cultura del sindicato entendida como sistema de creencias. La opinión pública interior está determinada por este marco cultural que aporta un diccionario de usos en el que los términos políticos (entre otros) habituales tienen las entradas léxicas pertinentes al mantenimiento de tal cultura como modo de interpretar la realidad, entradas léxicas o acepciones que se renuevan de forma ad hoc. Este proceso de construcción de la realidad a través de interpretaciones colectivas muy regladas (orgánicas) en el marco de una cultura tradicional, conduce a una tensión permanente entre tal cultura orgánica y el mundo externo, tensión que se expresa, como veremos, en forma de opiniones defensivas hacia el exterior, dificultando la modernización de las organizaciones. Sin embargo, el que la adaptación o modernización esté obstaculizada por prejuicios defensivos no quiere decir que tales prejuicios, los estereotipos que conforman y la cultura de la que proceden y a la que refuerzan, no cumplan un papel muy productivo para el mantenimiento de una organización: no se puede dar como seguro el que lo que llamamos modernización de una organización no conduzca, finalmente, a su crisis y desaparición. Y aún considerando muy correcta y sugerente la posición de Jon Elster (1988: 2.232) que cito en sus propias palabras («La idea de errores útiles, equivocaciones afortunadas y prejuicios beneficiosos atrae a cierto tipo de pensador, a aquél que está fascinado por lo contraintuitivo, las elaboraciones paradójicas y perversas de la mente humana y de las sociedades humanas. Según mi propia experiencia personal, esta fascinación puede convertirse en una obsesión, de modo tal que uno empieza a considerar axiomático que los esfuerzos deliberados nunca tendrán éxito y que el objetivo sólo se logrará por accidente, como subproducto, o por efecto de algún error afortunado. De ahí a afirmar la creencia implícita o explícita de que estos mecanismos perversos de alcanzar objetivos puedan ser explicadospor su tendencia a producir tales felices resultados hay un sólo paso»), aún siendo esencialmente cierto todo esto, no es menos cierto que efectos relativamente positivos se pueden derivar de acciones erróneas. Y digo «relativamente» porque la positividad de la autoconservación de una organización en sus términos actuales es discutible desde diversos puntos de vista, por más que el mero hecho de la estabilidad y la conservación temporales produzcan lo que puede ser un espejismo social. ¿O quizá no? Es preciso estudiar cada caso concreto para poder contestar con rigor a esta última duda, aunque la decisión de cambiar o no la cultura organizativa (la ideología en sentido fuerte o amplio, incluyendo usos y costumbres: mentalidad materializada o reglada en normas La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 53 de circulación creencial definidas por esa cultura abarcadora) sea siempre difícil, penosa, compleja, y tienda a ser apartada de las preocupaciones del día como «cuestión metafísica» o algo similar, reforzándose así la tendencia general al mantenimiento de la definición de la situación, como es normal en toda organización de cualquier tipo. 3. Los procesos de modernización cultural La cuestión final que se plantea en la investigación realizada y en las investigaciones futuras, es la de las organizaciones sindicales (y políticas en sentido estricto, y aún de las organizaciones en general) enfrentadas a un proceso de modernización que implica una sustitución de conductas y de creencias profundamente arraigadas en sus miembros o afiliados: un proceso de modernización en los términos en que la sociología le dio a tal concepto en las últimas décadas. El concepto de modernización ha sido polémico, y sigue siéndolo, sin que su exacto significado se haya fijado para siempre y por encima de tal polémica. En el marco de ese debate, el problema principal es aquél que aparece cuando se pretende, explícita o implícitamente, mostrar la universalidad de un modelo modernizador por encima de la propia dinámica de las sociedades concretas (A. Touraine, 1989). En el sistema cultural, por usar la terminología parsoniana (sin que ello signifique un acatamiento de sus tesis centrales) se produce una tensión hacia el mantenimiento de patrones que nosotros vamos a interpretar como mantenimiento de creencias, y esa tensión creencial está sometida también a la polémica del modelo único, como ocurre con la economía o con la sociedad en su conjunto. Temas del día, como son el del islamismo como religión de estado o como religión omniorientativa (parte central de las culturas árabes), replantean la cuestión de la adecuación creencial al conjunto de valores (acciones creenciales) del modelo occidental, o el mantenimiento de la cultura islámica como eje del proceso modernizador. En este debate, las posiciones indigenistas y cosmopolitas aducen poderosos argumentos en favor de sus tesis, y de nuevo se vitaliza la polémica central de la década de los años sesenta sobre los modelos de desarrollo. En el caso que nos ocupa, no se trata de una cultura nacional que sustente un proceso progresivo o regresivo de adecuación o inadecuación a la modernidad, sino de la cultura interior de una organización que también tiene un papel determinante en la adaptación o inadaptación de un sindicato histórico de clase de esas características a los procesos de cambio social acelerado que se están produciendo. La racionalidad del sistema creencial o cultural, y de los hábitos o acciones de una organización sindical se confrontan hoy con una creciente tendencia a la unanimidad en torno al modelo de razón que debe prevalecer en los países occidentales y aún en el mundo: esta mundialización del modelo de racionalidad óptima está produciendo tensiones adicionales a las ya existentes en toda organización necesitada de una transformación de su opinión interior: los cambios tienden a verse 54 Papers 54, 1998 Fermín Bouza como imposiciones o agresiones, y la actitud defensiva o de cierre parece inducir un modelo «nacionalista» (metafóricamente hablando) en este tipo de organizaciones. Con frecuencia, al uso del concepto de racionalidad se le imputa un etnocentrismo que se presenta como evidente: «Los “universales cognitivos” no son otra cosa que la transformación de las creencias occidentales» (J. Lave, 1988: 186; véase también M. Sahlins: 1976 (1988), 1981). Sin embargo, la tendencia a buscar diversos universales se ha hecho firme en la lingüística (Chomsky) y en la antropología (Mary Douglas), siendo ahora la metodología cognitiva (científicamente interdisciplinaria) la que busca sus modelos de proceso universalizables. En cierta manera, esta tensión entre racionalidades universales y particulares expresa muy significativamente problemas que hoy aparecen como centrales en la dinámica social, y esta centralidad de la cuestión debatida entre racionalidades o lógicas universales y locales es vivida, en el ámbito político que nos ocupa, hacia el tema del acatamiento o no de lo que se ha venido llamando «un nuevo orden mundial»: se hace una interpretación netamente política de la cuestión, y el debate deriva hacia lo política de tal forma que oscurece la cuestión de la modernización cultural del sindicato. En términos de Ludolfo Paramio (1988: 33), la alternativa a los problemas sindicales es «una nueva cultura política y una nueva cultura sindical que acentúen en términos racionales el valor de la solidaridad: lo que podríamos llamar “un altruismo utilitarista”». La cultura que se reclama para hacer frente a la nueva situación tiene más que ver con el liberalismo histórico que con los valores comunitarios tradicionales de la clase obrera. Yo mismo (F. Bouza, 1990c) he confrontado estos valores de una racionalidad nueva de raíz utilitaria con esos valores tradicionales, y he creído ver también en éstos últimos un obstáculo creciente para realizar el proceso adaptativo. El egoísmo racional que se propone (L. Paramio, 1988: 34) como alternativa a la disolución de la identidad obrera tradicional y a los egoísmos particulares que emergen sobre ese vacío, es una conceptuación que aparece demasiado abrupta (e históricamente significada) en el marco de una cultura fundada sobre lo comunitario, por más que contenga elementos mucho más sólidos para la nueva acción sindical que la cultura en declive. Nicolás Redondo, secretario general del sindicato en el momento de la investigación, lo expresa vivamente: «El progreso en sentido solidario siempre se entendió como un proceso en el que la dimensión colectiva prevalecía sobre el egoísmo individualista, pero se nos presentan ahora estas aspiraciones como antitéticas con una sociedad moderna». La cuestión reside en la posibilidad o no de adopción por las organizaciones sindicales de un recambio cultural con esos indudables fundamentos simbólicamente antiobreros. Posibilidad se refiere aquí al marco cultural receptivo de estas nuevas elaboraciones teóricas: en qué medida es posible un cambio de racionalidad partiendo de la ideología y de la cultura históricas, y en qué medida, si no es posible ese cambio, estas organizaciones están abocadas a la permanencia en esa línea de declive que algunos postulan como cierta y que, en La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 55 todo caso, algunos índices (baja general de la afiliación en Europa) señalan, al menos coyunturalmente. Esta nueva retórica racional-utilitaria ¿es un modelo de modernización cultural adecuado o es la forma ideológica de una renovada estrategia de dominio, como algunos sindicalistas piensan?, ¿en qué media la opinión pública sindical en el marco del sindicato analizado por mí en los últimos años contiene elementos receptivos o en qué medida está fundada sobre dicotomías categóricas fundadas sobre estereotipos muy rígidos? El análisis de algunos aspectos de esta opinión pública sindical que ahora hago aquí trata de dar cuenta de ello. 4. Autoimagen y construcción de la realidad cultural como determinante de la opinión: acción y conciencia de clase, guión cognitivo Construida por oposición, la autoimagen de los trabajadores de este sindicato vendría dada por los conceptos inversos a los que ellos atribuyen abrumadoramente (F. Bouza, 1989a, 1990c) a los trabajadores no sindicalizados: apáticosy sin conciencia de clase. Esto es una atribución. Los mecanismos de atribución, en sentido sociológico y psicosociológico, son aquellos que procuran un orden en el entorno mediante la asignación a los demás de ciertas características u otras cuestiones más fácticas: una forma de reducir la imprevisibilidad del entorno y de facilitar su comprensión. Realizada desde inferencias más o menos fundadas empíricamente, la atribución es un orden ad hoc que prolonga las creencias y les da consistencia real en un mundo construido desde uno mismo: «las categorías sociales tienden crecientemente a ser un tópico de la investigación en sí mismas. Los psicólogos sociales se han centrado sobre los procesos cognitivos subrayando la categorización y sus consecuencias. ¿Cuál es el mecanismo cognitivo implicado en la categorización? ¿Cómo construye la gente el mundo social dentro de las distintas agrupaciones? Y, dado que una categoría ha sido aplicada, qué efecto tendrá sobre la percepción de la gente o el conocimiento? En esta tradición, la categorización es vista como un fenómeno natural similar a la respiración; la gente transforma automáticamente el detritus contaminado de su entorno físico y de su realidad social en una forma simplificada y fácilmente asimilable» (J. Potter y M. Wetherell, 1987: 116). En este sentido, apáticos y sin conciencia de clase limita el mundo conocido a una dicotomía pedagógica: el mundo de los activos frente a los apáticos, y el mundo de los trabajadores con conciencia de clase frente a los sin conciencia de clase. Las dicotomías más específicas no se detienen ahí, pero estas dos son las más expresivas. Se ha producido en esta operación atributiva una simplificación del mundo que, al tiempo que facilita su conocimiento, lo deforma, y es esta deformación producida en estos procesos atributivos, categorizadores y estereotipificadores, la que dificulta la adaptación a las transformaciones sociales y la evolución cultural y de la opinión interior de la organización. Aunque nacidas en otra tradición, podemos considerar a las teorías de la atribución formando parte del grupo de tradiciones que analizan los procesos 56 Papers 54, 1998 Fermín Bouza de construcción social de la realidad desde diversas perspectivas metodológicas y diferentes tradiciones, a veces sin ninguna relación, como la etnometodología, las sociologías de la vida cotidiana de diverso origen, la sociología cognitiva y las diversas áreas de la psicología social que estudian temas de esta índole, entre otras. La percepción del mundo externo aparece fundada sobre atribuciones (definiciones estables de los demás) cuya modificación trastorna al sujeto y le obliga a reestructurar sus puntos de vista (sus atribuciones). En nuestro caso, si el trabajador sindicado llega a entender que los trabajadores no sindicados no necesariamente son «apáticos» y «sin conciencia de clase», el orden atributivo se ve alterado y se producen fenómenos que trataremos de evaluar. En el proceso de interpretación de un acontecimiento del mundo (¿cómo son los otros trabajadores?, p.e.) se produce una entrada de información individual y/o colectiva (cualquier suceso que exija contestar a esa o a otra pregunta) que es puesta en relación con lo conocido (con la información ya interpretada, con la cultura, con el sistema creencial y valorativo): «la interpretación es el acto de relacionar una entrada nueva de información con lo que ya se conoce» (A. Sanford, 1990: 469). La elaboración de esa entrada informativa o de ese estímulo-pregunta se produce en el interior de un sistema cultural que tiende a la dicotomización: la opinión sindical se expresa en un marco cultural atributivamente dicotomizador. Este complejo de «culpas y justificaciones» (J. Potter y M. Wetherell, op. cit., p. 116) que es el proceso categorizador, orienta la acción discursiva hacia la didáctica cultural, y reproduce la cultura de origen en esos procesos atributivos. La cultura, así, se recrea constantemente en el discurso dicotómico (en este caso) y es construida y reconstruida en esta interpretación permanente de la información de entrada que se pone en relación con el núcleo cultural básico. Estamos ante guiones o mapas cognitivos que están fundados en una cultura construida sobre estereotipos y dicha cultura incluye sólidos sistemas de creencias, tema este que ha ocupado el interés de los científicos sociales y aún de los filósofos (R. P. Abelson, 1973). La oposición activo/pasivo simboliza el carácter transformador de la organización sindical y sitúa al margen de ella al conjunto de posibles afiliados no dotados para la acción, de tal manera que al tiempo que se identifica a la organización con ese concepto y sus derivaciones prácticas, se limita a la población de trabajadores activos el trabajo sindical, en un trueque de identidad (acción) por restricción cultural y afiliativa: el incentivo colectivo de pertenecer a un grupo de acción dotado de conciencia de clase es superior a las posibilidades expansivas de la organización. Se genera así una cultura de la acción construida sobre una restricción excesiva. Como el concepto acción se ha adquirido en el marco de las luchas obreras históricas y está dotado de un halo semántico (un campo semántico) que incluye semas como enfrentamiento, violencia, lucha de clases, etc., la percepción de tal acción por los trabajadores no sindicados se resume en la frase «hay un sentido ilegal de estar afiliados», que expresa la opinión del conjunto de trabajadores no afiliados estudiados por nosotros La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 57 Tanto los delegados por UGT que no pertenecen al sindicato (figura posible y frecuente) como aquellos delegados que se han dado de baja en el sindicato tienen unos porcentajes de imputación negativa al trabajador no afiliado menores. Los delegados afiliados, verdadero motor del sindicato, tienen el más alto porcentaje de imputación negativa. Podemos observar aquí (igual que ocurre en la percepción por adjetivos del trabajador no afiliado, en donde los afiliados, delegados o no, incluían como adjetivo más elegido el de apático, y después el de sin conciencia de clase—en el caso de los afiliados base o sin cargo ni ayer ni hoy la atribución sin ideologíaaparecía un punto directo o de enunciación sobre sin conciencia de clase—) como los no afiliados (que entonces ponían en primer lugar el adjetivo independiente) tienen una actitud crítica más matizada hacia el exogrupo, al que en cierto modo también pertenecen en su función bicéfala de delegados no afiliados. De esta forma podemos observar la expansión en big-bang de la cultura y de la ideología de la organización, con sus diversas atribuciones (prejuicios y estereotipos). Y es en esa periferia cultural en donde se hace más débil la cohesión o la conformidad. Las investigaciones sobre las relaciones entre tamaño del grupo y cohesión u homogeneidad ideológica son insuficientes y ambiguas: no hay datos claros que permitan hacer afirmaciones sobre esto: Estas observaciones de carácter intuitivo sobre el papel que tiene el tamaño (se refiere el autor a Van Doorn —Conflict in Formal Organization—, Sjöblon —Party Strategies in Multiparty System— y Kircheimer —Politics, Law and Social Change—: todos establecen alguna relación entre tamaño y cohesión) vienen a establecer una serie de relaciones de este tipo: dimensiones reducidas igual a elevada homogeneidad política interna y, por consiguiente, grupo dirigente unido; grandes dimensiones igual a elevada heterogeneidad política y, por consiguiente, grupo dirigente dividido. Son observaciones intuitivas pero no del todo satisfactorias (A. Panebianco, op. cit. p., 345). Efectivamente, la fundamentación empírica de una relación de este tipo tropieza con la dificultad o la imposibilidad de manejar grupos grandes en situaciones de laboratorio y, por tanto, de remitir el problema a los cuasiexperimentos, con observaciones ex post, o a la observación participante, con sus limitaciones. Además, la infinidad de variables que confluyen en una cuestión de este tipo dificultan enormemente la posibilidad de generar enunciados de base empírica suficientemente significativos que vinculen cohesión y tamaño. Los trabajos clásicos de Asch, y las réplicas de Gerard y otros (1968), no pueden extrapolarse a grandes grupos. Mancur Olson analiza la relación tamaño/eficacia desde la perspectiva dicotómica pequeños/grandes grupos, nunca suficientemente definidos en sus textos. Aún así, sus observaciones son muy pertinentes para analizar los problemas de los grandes sindicatos históricos de clase: 64 Papers 54, 1998 Fermín Bouza […] cuanto mayor sea la cantidad de individuos o empresas que se beneficien de un bien colectivo, menor será el porcentaje de ganancias obtenidas a través de la acción en favor del grupo que le va a corresponder al individuo o empresa que lleva a cabo la acción. Así, en caso de no existir incentivos selectivos, el incentivo de la acción de grupo disminuye a medida que aumenta el tamaño del grupo, de modo que los grandes grupos están menos capacitados que los pequeños para actuar en favor de un interés común (M. Olson, op. cit., p. 50). Algunas cuestiones parecen propias (aunque no esencial o necesariamente propias) de los grandes grupos, como un sindicato o un partido. Temas como la distribución jerárquicamente decreciente de la información y, por tanto, de la cultura y la ideología del grupo aparecen claras en los índices usados por nosotros en esas encuestas interiores. Además de la tabla de imputaciones por la no afiliación y la de los adjetivos, podemos añadir, entre otras muchas pruebas de esto, los datos de las tablas 2 a 5: Tabla 2. Satisfacción hacia la información recibida sobre lo que ocurre y se decide en UGT. Delegados (estén o no afiliados) Afiliados Se siente «poco o nada» informado sobre lo que ocurre en la UGT 62% (592) 72% (521) Si desglosamos la categoría «delegado» en sus tres componentes (delegados afiliados, delegados no afiliados y delegados ex afiliados): Tabla 3. Delegados afiliados no afiliados ex afiliados Se siente «poco o nada» informado sobre lo que ocurre en la UGT 55% (422) 78% (138) 78% (32) O bien, objetivizando la pregunta hacia la información recibida: Tabla 4. Recepción de boletines diversos.. Procedencia Delegados Afiliados o editor (estén o no afiliados) (muestra) Unión territorial 3% 3% Federación de industria 10% 5% Comisión ejecutiva confederal (Unión) 62% 30% Otros 9% 4% NS/NC 5% 2% Total encuestados 588 520 La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 65 Y desglosando la categoría «delegado» en sus tres modos (afiliado, no afiliado y ex afiliado): Tabla 5. Delegados afiliados no afiliados ex afiliados No recibe ninguno 9% (46) 19% (28) 23% (7) La cantidad jerárquicamente decreciente de información subraya la existencia de lo que podríamos llamar una «depresión periférica» del sindicato que ofrece en sus bordes jerárquicos los flancos más débiles culturalmente (me refiero a la cultura-ideología), y aquéllos, por tanto, más asequibles a una recepción menos vinculada a la cultura nuclear de la organización, aunque la misma probable variedad de esta afiliación desinformada y periférica haga impensable una agrupación conceptual del tipo «los más xo y» (los más desinformados, sin duda) relativa a aspectos culturales-ideológicos: los más modernos, combativos, pasivos, activos, etc. En el conjunto de informes y artículos (F. Bouza, informes y artículos citados en la bibliografía) pueden observarse muchas otras tablas que explicitan esa depresión informativa y, en general, esa distancia entre el núcleo y la periferia, propia de una organización que ha tenido que asimilar en el postfranquismo una importante cantidad de afiliación nueva y que se convirtió, casi de la noche a la mañana, en una organización compleja, con déficits notables de todo tipo. Hay elementos discursivos en la opinión recogida entre los afiliados a UGT que parecen expresar una realidad mucho más radical que la imagen que da el sindicato, situado en una línea histórica socialista de corte socialdemócrata, en el sentido moderado que tenía ese adjetivo en el medio político de izquierdas. Parecen supervivencias funcionales de una definición colectiva de la situación que fue más correcta que lo que hoy es. Pero aquello que sobrevive no lo hace por raras cuestiones metafísicas, sino porque hay algo en la situación que contribuye a ello: y estamos otra vez en el tema de los errores útiles. ¿Hay realmente una racionalidad eficaz en el mantenimiento de las definiciones, oposiciones y adjetivos de la cultura sindical histórica? No se puede olvidar, para comprender algún sentido de este trabajo, que ha sido el propio sindicato el que encargó las investigaciones, en un intento de conocer su propia situación y la de la afiliación en general: no estamos, pues, ante una crítica exterior, sino ante la propia acción racional de la organización en busca de sus déficits. 6. Acción colectiva, interés, reminiscencia e identidad Las trabajos de Mancur Olson (1965, 1986) han introducido una forma relativamente nueva de analizar los procesos sindicales en términos de interés y 66 Papers 54, 1998 Fermín Bouza racionalidad, en línea con la tradición de elección social y de la conceptuación económico-utilitaria. Al fondo de este tipo de tradiciones aparece el dilema del prisionero, que la teoría de juegos (M. D. Davis, 1971: 108 y s.) actualiza para su uso como ejemplo de la contradicción acción individual/acción colectiva (intereses individuales/intereses colectivos): es posible una solución óptima cooperativa frente al albur de la acción individual. Bien, la cuestión es darle contenido real a lo que no es más que un esquema lógico: en qué condiciones las soluciones cooperativas son mejores que las individuales, y qué clase de cooperación es la precisa para cada caso, y en qué medida un sindicato representa una lógica cooperativa eficaz en las condiciones sociales actuales del mundo industrial? Las tesis de Olson se elaboran contra la concepción habitual (marxista, según Olson, de sentido común, diría yo): De modo general, si los individuos de determinada categoría o clase social tuviesen un grado suficiente de interés propio, y si todos ellos coincidiesen en un interés compartido, el grupo actuaría asimismo de una manera favorable a sus propios intereses. Si examinamos con cuidado la lógica de la frecuente suposición que se recoge en el párrafo anterior, cabe apreciar que es básica e indiscutiblemente errónea… [pero] dado que cualquier ganancia se aplica a todos los miembros del grupo, aquéllos que no contribuyen para nada al esfuerzo conseguirán tanto como los que efectuaron su aportación personal. Vale la pena «dejar que lo haga otro», pero el otro tampoco tiene demasiados incentivos —si es que tiene alguno— para actuar en favor del grupo. Por lo tanto, en ausencia de factores que ignoren por completo las concepciones mencionadas en el primer párrafo de este capítulo, habrá una muy escasa acción de grupo, en el caso hipotético de que la haya. En tal eventualidad, la paradoja consiste en que —si no se dan combinaciones o circunstancias especiales, sobre las que volveremos más adelante-— los grandes grupos, por lo menos si están compuestos de individuos racionales, no actuarán en favor de sus intereses de grupo (M. Olson, 1986: 32-33). Este tipo de análisis fundado en la racionalidad instrumental del hombre económico difícilmente pueden dar cuenta de los vericuetos de una racionalidad tan compleja como la que podría operar en sindicalismos históricos de origen marxista o anarquista sustentados en una cultura moral católica comunitaria y culpabilizadora. Con todo, a medida que el tipo de moral de fondo se va transformando, el «altruismo egoísta» o el «egoísmo racional» podrían ser una alternativa al egoísmo a secas que los segmentos diferenciados de trabajadores van aplicando a su política sindical en un momento en que la dificultad de los grandes sindicatos para controlar al conjunto del movimiento sindical hace que aparezcan multitud de pequeñas agrupaciones con alternativas muy limitadas. Entre el racionalismo instrumental de estos trabajadores y el «racionalismo» tradicional de los sindicatos fundado en una definición de la situación que es continuista con respecto al sindicalismo histórico (dos bloques —capital, trabajo—, dos intereses —capitalistas, trabajadores—: «La clase trabajadora organizada declara que la forma de producción actual se caracteriza por La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 67 la existencia de dos categorías o agrupaciones de clase: capitalistas (dueños o poseedores de los instrumentos de trabajo y usufructuarios de los modos de producción) y trabajadores (asalariados que crean en condiciones inferiores —económicas, políticas y jurídicas— la riqueza colectiva o social». Del UGT. Manual del afiliado), no hay casi nada en común. He aquí el sistema completo de oposiciones que los trabajadores sindicados daban en el cualitativo (tabla 6, F. Bouza, 1990c). A modo de contrapunto, los no afiliados (en sus grupos de discusión) calificaron a los sindicatos de no representativos, sin credibilidad, cerrados, masificadores, oscuros, grises, lúgubres, partidistas, traicioneros, clasistas, destructivos, anticuados, reventadores. Para satisfacción de Olson, algún no afiliado resume así su relación con los sindicatos: les das tú más a ellos de lo que te dan a ti. Una racionalidad implacable que quizá sea extensiva a muchos otros trabajadores. La traducción en términos olsonianos sería: afiliándote les das tú más a ellos que ellos a ti, sobre todo porque si no te afilias recibes lo mismo sin dar nada: ni cuotas, ni reuniones, etc. Ni siquiera los servicios de un sindicato parecen resultar muy atractivos si es a costa de la militancia, y sólo a veces, de forma puramente oportunista, alguien confiesa haber entrado en el sindicato para obtener algún servicio y darse luego de baja. Todo parece apuntar a las tesis de Olson en favor de la prevalencia de los pequeños grupos: Cuando el grupo está compuesto sólo de unos cuantos miembros, también aparece la posibilidad de que negocien entre sí y acuerden una determinada acción colectiva. En tal caso, la acción de cada uno posee un efecto perceptible sobre los intereses y sobre el curso de acción que sigan los demás, de manera que todos tienen un incentivo para actuar estratégicamente, es decir, de una forma que tome en cuenta el efecto de las opciones individuales sobre las opciones de los demás. Esta interdependencia entre las distintas empresas o personas que constituyen el grupo puede otorgarles un incentivo para negociar mutuamente en beneficio recíproco. En realidad, si los costos de la negocia68 Papers 54, 1998 Fermín Bouza Tabla 6. Diversas oposiciones restrictivas que aparecen en el cualitativo (once grupos de discusión de diversa composición). Afiliado No afiliado o afiliado no activo Sección Sindical Comité de Empresa. Asambleas Desinterés (conducta Interés (conducta interesada o egoísta): desinteresada): «romántico, «materialista» sentimental, devoto, idealista» Conciencia (de clase, sindical) No conciencia (individualismo) Hacer sindicalismo Subir, trepar Acción Apatía Sindicato de clase Gremialismo ción son escasos, tendrán el incentivo de continuar negociando entre sí hasta que se maximicen las ganancias del grupo, es decir, hasta lograr lo que llamaremos un resultado óptimo de grupo (o lo que los economistas denominan a veces un «óptimo de Pareto» para el grupo) (M. Olson, op. cit., p. 48). Sin embargo, Albert O. Hirschman en su Interés privado y acción pública (1986: 90) hace una revisión de las tesis de Olson bajo una perspectiva particularmente interesante para nosotros, que estamos observando a un sindicato histórico de clase: «Una crítica general que puede formularse contra el análisis de Olson —y contra gran parte de la teoría de la decisión económica en general— es el hecho de que sus agentes, si bien son eficientes y a menudo aun ingeniosos y astutos, carecen de historia». Hirschman introduce la variable «historia» (que en sus planteamientos entiendo yo que equivale a la variable «aprendizaje» o «memoria», incluso «memoria colectiva») como un elemento que modifica aspectos de las conductas racionales obvias y ahistóricas (Hirschman está defendiendo ciclos del tipo privado/público de causación mutua, que entrañan historia y memoria social). Por otra parte, no hay cognición sin historia (J. Lave, 1991), ni racionalidad que no la incluya, salvo que trabajemos como modelos ideales galileanos. En este sentido, pero aplicado al tema de la acción sindical colectiva y pública traemos aquí el concepto-variable historia. Y lo hacemos para relativizar las tesis de Olson (él las resume así: «La tesis expuesta en este capítulo predice que aquellos grupos que tengan acceso a incentivos selectivos probablemente actuarán de manera colectiva para obtener bienes colectivos con más frecuencia que los grupos que no disponen de tales incentivos. Además, es más probable que los grupos más reducidos emprendan una acción colectiva, en comparación con los grupos más numerosos, op. cit., p. 54). La historia del sindicalismo español nos muestra una acción esencialmente ideológica y política, y la racionalidad histórica de estas organizaciones está fuertemente determinada por la extraña mezcla de ideología revolucionaria (anarquista, socialista, comunista) y cultura religiosa (un fuerte comunalismo organizativo, una cultura de salvación colectiva, una moral estricta y puritana, un sentido de la acción muy evangélico —la fe sin obras es fe muerta— y un cierto y paradójico desprecio hacia lo económico). El resultado histórico son unos sindicatos muy enfrentados con el Estado y más vencidos hacia los incentivos colectivos que hacia los incentivos selectivos. El historiador Santos Juliá (1990: 55) lo resume(«La permanencia entre los obreros españoles de una común expectativa y práctica revolucionaria puede relacionarse con el superior, pero siempre vulnerable, crecimiento sindical hasta 1930 y con la ausencia de fuertes partidos políticos obreros en la España de la segunda mitad de la Restauración. Estos fenómenos explicarían, por una parte, la diferencia entre los movimientos obreros europeos y el español, que no radicaría tanto en la permanencia del anarcosindicalismo como en el predominio de los sindicatos sobre los partidos políticos, y, por otra, la ausencia de un proceso de incorporación obrera a los mecanismos políticos parlamentarios. Los trabajadores españoles —tanto en la CNT como en la UGT— se caracterizaban por La opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 69 su indiferencia hacia la forma política del Estado y por su hostilidad ante el poder político, lo que naturalmente dio lugar a la ausencia de debate sobre el Estado y la conquista del poder —aquí no hubo realmente discusión entre socialdemócratas y bolcheviques— y a la creencia de que el contenido político de la revolución era sencillamente la administración de la sociedad por las organizaciones obreras. Loa socialistas, que se presentaban a pesar de todo a las elecciones, llegaban a rechazar como calumnioso el propósito que se les atribuía de conseguir la mayoría parlamentaria. Su presencia en el Parlamento no tenía más objeto que el de hacer allí de “voceros” de las organizaciones obreras, o sea, de los sindicatos») centrando la cuestión en la tendencia política de los sindicatos a suplantar a los mismos partidos, y, sin embargo, para conceptuar este proceso la expresión antipolítica es más ajustada, en mi criterio. El marco de todo ello es la peculiaridad de la situación española, que resume así Carlos Moya: El paso de la vieja sociedad estamental a la moderna sociedad industrial de clases tiene un desarrollo singularmente traumático en nuestro país. La Constitución liberal de las Cortes de Cádiz, con su valor carismático acuñado en una guerra de liberación nacional, al trascender utópicamente el desastre económico-social que resulta de aquella guerra, dispara la dramática paradoja que inaugura y preside la historia política del siglo XIX español: un modelo liberal para una sociedad sin clase nacional burguesa; un sistema «moderno» de fórmulas ideológicas y organizativas para una estructura social que hace imposible su vigencia en cuanto esa práctica realidad colectiva constituye la negación radical de aquel proyecto político. Manteniéndose esa paradoja histórica a lo largo de todo el siglo, determinará su condición «pintoresca o fastidiosa» (Pierre Vilar) —y a la vez trágica— de aquel desarrollo. Se trata de un país que liquida los restos de un imperio enorme, precapitalista, sin conseguir alcanzar el nivel correspondiente a una potencia nacional moderna; carece para ello del requisito político-organizativo necesario: un Estado nacional mínimamente moderno y racional, en cuyo marco se desarrolle paulatinamente un mercado y una clase nacional burguesa. A su vez, estas desviaciones estructurales sobre el modelo normal de modernización, conformaron un fuerte sindicalismo popular, que aglutinó a su alrededor todas las esperanzas revolucionarias. Por eso, el actual tema de la insuficiencia de afiliación a los sindicatos puede entenderse también como un conflicto de identidad: se trata de sustituir una cultura de lo colectivo por otra de lo selectivo o de lo colectivo-selectivo, y esto es mucho más que la introducción de algunos servicios para los afiliados: es toda una cultura-ideología que ha nutrido la tradición sindical de definiciones de situación y de construcciones comunes de la realidad. En tanto que coalición de distribución, un sindicato (al margen de otras consideraciones, como tamaño o eficacia afiliativa) caería en el ámbito de la crítica de Mancur Olson (op. cit., p. 103-1.045) de frenar la producción y orientar la dinámica social hacia la distribución. Es una perspectiva a tener en cuenta, pero es demasiado obvia para explicar la complejidad de tales socie70 Papers 54, 1998 Fermín Bouza dades: al contrario, todo parece indicar que allí donde existen sindicatos estables la economía es más adaptativa. Al menos hasta ahora ha sido así. En todo caso, la permanencia o regreso, paradójicamente, de culturas tradicionales en el sindicato (paradojas de la reminiscencia) cuando acucia más un cambio cultural, parece tener como principal objetivo la salvaguarda de la identidad y de las fronteras, una manera de responder al desorden externo en el terreno de las ideas y de la estructura social. En condiciones de transformación rápida del mundo, y a falta de una estructura partidaria interior que pudiera proponer alternativas de forma organizada, como de las que hablan Lipset, Trow y Coleman (1989: 534), la respuesta parece ser la permanencia cultural. Aunque estamos hablando de una cultura sindical en declive, esto no tiene un equivalente automático en una acción homogénea de tipo tradicional. A pesar de su cultura histórica y de un cierto radicalismo verbal, lo cierto es que los sindicatos de clase (no sólo UGT) tienden crecientemente a una conducta moderada y razonable, aunque discutible, y no estamos ante grupos revolucionarios ni mucho menos. Esto establece una fractura entre la culturaideología del sindicato y su acción diaria: una cultura dicotómica para una práctica extremadamente reformista, por más que en ocasiones pueda parecer radical vista contra el fondo de una situación política y económica tan especial como la española de hoy. La propia dinámica de acuerdos propicia la dificultad de un debate: […] el sindicalismo de negociación económica que se configura como un conjunto de ideas que tienden a justificar las definiciones más limitativas del papel del sindicalismo en la sociedad, contribuye a la legitimación de la oligarquía de un sólo partido, porque implica que el liderazgo consiste sencillamente en la administración de una organización que persigue unas finalidades incuestionables: la maximización de los ingresos de sus miembros y el bienestar general. Cuanto más limitadamente define sus funciones una organización, concibiéndolas como el cumplimiento de necesidades acotadas y específicas, más estrecho es el margen para la controversia (Lipset, Trow y Coleman, op. cit., p. 537). El sindicalismo de clase ha unido su suerte a la del socialismo, en unos casos, y a la del comunismo, en otros, y resulta obvio que no pueden los sindicatos eludir su parte en el éxito o la crisis de sus modelos políticos, y parece cierto que los sindicatos deben implicarse más activamente en este debate sobre el futuro del socialismo, lo que no quiere decir implicación partidaria, necesariamente. A las dificultades citadas se añade hoy el cuestionamiento general de un sistema político de igualación sin mercado, modelo común a la izquierda histórica: abordar este tema es también revisar la cultura-ideología tradicional, la definición de la realidad y todo lo que de ahí se deriva. Esta realidad bicéfala de un sindicalismo pragmático en la negociación y tradicional en la cultura ideológica es quizá la causa de que, efectivamente, estemos más ante sindicatos de representación que de afiliación (L. Paramio, 1990; V. Pérez Díaz, 1987), pues los mismos trabajadores que se sienten repreLa opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 71 sentados en la negociación por los sindicatos se sienten muy alejados de su cultura y de su ideología. La crisis de afiliación sería así, en parte, una crisis de historización, por decirlo en términos de un filólogo y semiótico (Cesare Segre, 1981: 33), que expresa con este término, en el territorio de la interpretación literaria, lo que sigue: […] la línea que une a emisor y receptor es una línea histórica. Si el lector es contemporáneo del escritor, su interpretación pone en evidencia en el texto los signos más sobresalientes de su pertenencia a una época, en ausencia de la cual carecería de sentido. Si el lector pertenece a otra época, se da pronto cuenta de que posee una «competencia» diferente a la del escritor; deberá ejecutar, como el crítico, y si hace falta ayudado por el crítico, una serie de maniobras de sintonización y de control que implican un modelo de historización. Así, un modelo interpretador de esa clase sería aquél que hiciese inteligible para un trabajador medio la cultura y la ideología de los sindicatos de clase en la actualidad: una interpretación, sin la cual un sindicato así carece de sentido. Pero esa interpretación no dejaría de ser sólo un acto interior al tiempo y a la cultura del sindicato, que si bien podría hacerse entender en esas coordenadas espaciotemporales de su historia, no podría justificar la permanencia (la reminiscencia) de su cultura histórica. La imputación a la falta de sindicalismo libre durante el franquismo (L. Paramio, op. cit.), con ser cierta, no da cuenta completa de la persistencia en la no afiliación. Como tampoco la da, en la misma línea, «la desmovilización, la escasa participación y el recelo frente a las organizaciones» (J. M. Maravall, 1981: 184) generadas durante el franquismo: es en el interior de la propia cultura/ideología de los sindicatos donde está la causa central de su expansión limitada, causa que se hace más operativa, ciertamente, en el marco del posfranquismo, con las secuelas citadas por Maravall y Paramio. Probablemente ha sido también ese problema central, unido a las carencias estructurales, con la amenaza de caos interior, lo que limitó la respuesta sindical a las demandas de afiliación. La unión de una cultura tradicional y una organización débil fue lo que no hizo posible el encuadramiento de los trabajadores que acudieron a los sindicatos tras la legalización (véase el tratamiento que da Panebianco a temas similares —op. cit., cap. 10—). Tampoco el legado de cuatro décadas autoritarias, la crisis económica, la falta de líderes de empresa, los free rider y la oposición patronal a los sindicatos (R. M. Fishman, 1990: 249 y s.) explican las carencias afiliativas, aunque aportan elementos todos ellos significativos. Con todo, si hubiera existido un ajuste mayor entre la cultura sindical y las expectativas de los trabajadores, los sindicatos de clase hubieran desarrollado más rápidamente una afiliación muy superior a la actual. Ida Regalia (1988), citando sus experiencias y algunos trabajos de Pizzorno, da una especial relevancia a ciertas variables individuales (complejos procesos de definición del yo en el mundo actual) junto con las colectivas (fisonomía del sindicato en un determinado momento) para explicar la participación o no en el movimiento sindical. Por otra parte, la transformación en los mode72 Papers 54, 1998 Fermín Bouza los de participación (del modelo organizativo-ideológico de pertenencia «sobre bases ideológicas opuestas» al modelo de las movilizaciones, y de éste al de la participación limitada y especializada y no totalizadora y genérica —I. Regalia, op. cit., cap. 6—) obliga a los sindicatos a dar mayor información a sus afiliados o simpatizantes y a no fundar la acción sólo sobre asambleas multitudinarias, en creciente declive. Tanto las variables individuales (más importantes si cabe en una sociedad de individuos algo más autónomos) como aquellas variables «técnicas» derivadas de una concepción conflictiva tradicional, como la movilización y la asamblea, requieren un tratamiento específico. En estas condiciones de dificultad para mantener las identidades históricas, resulta chocante pero explicable la permanencia o la reminiscencia de la cultura tradicional, aún a costa de limitar creciente y peligrosamente la expansión afiliativa. 7. La opinión interior como proceso colectivo Volvamos ahora a la cuestión del ordenamiento del mundo desde el conjunto de categorías aplicadas para ello (ver tabla 6), recordando el mecanismo de reducción de complejidad que esto significa: es, sobre todo, un acto de economía cognitiva. Las experiencias sobre categorización, estereotipos y prejuicios (Tajfel, op. cit.; Potter y Wetherell, op. cit.) muestran unanimidad en cuanto al fenómeno de categorización como tendencia a clasificar el mundo en categorías de agrupamientos según ciertas características con frecuencia infundadas. Para algunos, la categorización prepara el camino del prejuicio (p.e. D. A. Wilder, 1986), pero otros sugieren que «predisposiciones (sesgos) y estereotipos no son aberraciones sociales y psicológicas inducidas por una educación deficiente o por procesos ideológicos distorsionados, sino un inevitable producto del modo en que nuestro sistema cognitivo está organizado para responder a categorías» (Potter y Wetherell, op. cit., p. 118). A su vez, las categorías funcionan sobre prototipos (Cantor y Mischel, 1977, 1979; Rosch y otros, 1976; Potter y Wetherell, cap. 6): un prototipo es un ejemplo típico o paradigmático (Potter y Wetherell, op. cit., p. 119) de algo, tal como usamos la palabra en el lenguaje cotidiano en español: ciertas concomitancias con el prototipo nos lleva a incluir a persona o cosa en la categoría que representa el prototipo o prototipos, que parecen estar jerárquicamente dispuestos en nuestras estrategias cognitivas con diversas ramificaciones específicas: el mundo está ordenado en esta clase de cadenas cognitivas. Así, clasificamos a alguien en la categoría sin conciencia de clase porque se parece al prototipo (un esquema o una imagen concreta realizado/a sobre experiencias previas culturalmente determinadas), y dentro del prototipo en alguna de sus variantes (subprototipos), pasivo p.e, tal como aparece en el discurso sindical el trabajador no sindicado. «El fenómeno social del estereotipo (estereotipificación) está causado por el modo en que nuestro sistema cognitivo opera sobre la información, reduciendo y distorsionando a la luz de las estructuras organizadas de protoLa opinión pública interior en un sindicato histórico de clase… Papers 54, 1998 73